miércoles, mayo 09, 2012

La aventura tenaz (Diario Milenio/Opinión 08/05/12)


Porque estamos tan enamorados y, sin embargo, nos morimos. Siempre me pareció tremendamente triste esta cita de Living Theatre. Es una respuesta, o eso parece indicar el porque sin acento con el que inicia la oración, para la que no existe la pregunta. Se trata, valdría la pena considerarlo así, de la pregunta como ausencia o como lugar de la invención. La respuesta, en todo caso, no pone en cuestión la existencia del amor: ese cliché o ese cinismo. No es que el amor sea o no posible, después de todo, puesto que el amor ya está aquí, y es. Lo triste es que, siendo, no sea suficiente para evitar lo inevitable: nuestra mortalidad, el hecho incontrovertible de que todos, día a día, en todo momento, morimos. Gerundio fatal. La respuesta a esa pregunta que habríamos de inventar tiene la virtud o la fatalidad de colocar dos términos monstruosos muy cerca: el amor y la muerte. Tal vez sea la omnipresencia de esa muerte sobre la geografía política de lo que llamamos, todavía, México, lo que obliga a veces a pensar con rabia o con convicción, con ansias o como rezando, en el amor. Porque, ¿qué puede estar más lejos de la violencia sino el amor? Si, como argumenta Badiou en su Elogio del amor, el amor es el Escenario de Dos, esa manera de ver al mundo desde la diferencia y no desde la identidad, el amor tendría que encontrarse, en efecto, en el otro extremo de esa cuerda tensa o floja que es la vida social.

Hay que reinventar el amor, dijo hace tantos años Rimbaud. Hay que reinventarlo, sostiene sin rubor alguno Alain Badiou. Vaya escándalo. En una época que fabrica amores sin riesgo, y luego entonces sin sustancia, o amores en el límite entre el consumo y el deshecho, Badiou piensa en el amor como un comunismo minimalista: el triunfo del bien común sobre los intereses del egoísmo; la victoria de la voluntad colectiva sobre la privada. Ver a dos. Experimentar el mundo, y el tiempo, desde la trinchera de otros ojos y otro cuerpo. En Elogio al amor, el amor es ciertamente una aventura, pero por ser una aventura en el tiempo, es una aventura tenaz. Vaya paradoja. O no.

La historia, de existir, empezaría así: en la contingencia. El amor contiene, puesto que lo pone en escena, un elemento de separación, de dislocación y de diferencia: el terrible instante en que el uno se descubre en dos. Todo parte de un encuentro, eso se sabe. Menos una experiencia, en el sentido literal, y más un evento en el sentido que le da Badiou al término: algo que no entra en el orden inmediato de las cosas, algo “que permanecerá bastante opaco y sólo encontrará realidad en las múltiples resonancias del mundo real”. Pudo haber existido o no.

Pudimos, acaso, estar hechos el uno para el otro, o no. El asunto, cuando el asunto es el amor, suele involucrar la transformación de lo contingente en lo necesario. El azar como destino. Pudo no haber existido, en efecto, pero existe, y existirá. El amor es un siempre.

Pero, ¿cómo va del puro azar al destino, este amor? A través de la declaración amorosa, sostiene Badiou. Se trata, después de todo, de “enunciar la palabra cuyos efectos, en la existencia, pueden ser infinitos”. El antes y después de la declaración amorosa: ese abismo.

Todo “te amo” sería así, en sentido estricto, un parteaguas. Puede ser clara y feroz, o tentativa y sinuosa, en pleno proceso de auto-reiteración, pero la declaración amorosa sella el encuentro y produce un más allá: la promesa de re-inventar la vida, el acuerdo de embarcarse en una nueva manera de producir la experiencia del cuerpo en el tiempo. En el contexto de un amor que se declara, esta declaración, dice Badiou, aún si permanece latente, es lo que produce los efectos del deseo, y no el deseo mismo, como suele creerse. El amor se constata a sí mismo al permear el deseo y no al contario.

Siempre me han parecido sospechosas las definiciones del amor que involucran la palabra trabajo, naturalmente. Pero más allá del amor loco o de la idea romántico del amor como fusión absoluta o con el absoluto, Badiou sostiene que la Escena de Dos, para permanecer tal cual, de dos, requiere de la categoría del tiempo y, el tiempo, con su inclinación narrativa, propone un proceso de construcción. “El amor inventa una nueva forma de duración en la vida”, asegura. De acuerdo con Badiou, quien en entrevista con Nicolas Truong ha dejado en claro que en este, como en otros temas, le interesan más los procesos y la duración que los inicios, le parece que en tanto proceso de construcción, el amor es un procedimiento de verdad. ¿De qué verdad? De la verdad de ese dos que él ha dignificado en escena primordial. Si la Escena de Dos está fundada en la diferencia, luego entonces, el procedimiento de verdad que acarrea el amor no puede no ser una verdad acerca de esa diferencia. Y he ahí, en su cuestionamiento de la identidad y lo que la identidad produce, una de las facetas más radicales del amor. He ahí, como el pensador francés lo resumió en otra entrevista, “su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario”. He ahí las razones por las que es vital “reinventarlo para defenderlo”. Badiou ha agregado: “No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual —que siempre busca domesticarlo—. En otros tiempos, las sociedades clericales y tradicionales buscaron domesticarlo por el matrimonio y la familia. Hoy se busca domesticar al amor con un mezcla de pornografía libre y de contrato financiero. Pero debemos preservar la potencia subversiva del amor y apartarlo de esas amenazas”. Vaya escándalo. O no.

martes, mayo 08, 2012

De cómo un juglar amaba a su musa-(Sexenio-Puebla 30/04/12)


La costumbre de publicar correspondencia de escritores reconocidos va aumentando con el transcurrir de los años, sobre todo si se trata de cartas intercambiadas entre 2 autores; sin embargo publicar la correspondencia íntima de los escritores es algo fuera de lo común.

Gracias a los nietos de Juan José Arreola: Alonso y José María Arreola, el lector puede disfrutar de un libro exquisito y muy valioso para todo lector que haya disfrutado de la obra de Arreola.

A manera de homenaje al escritor jalisciense, pero sobre todo al amor que éste le profesaba a su esposa, sus nietos han decidido publicar la correspondencia que Juan José Arreola mantenía con su amada Sara Sánchez y el padre del autor de Confabulario; así como algunas conversaciones sostenidas entre el autor de La Feria y sus familiares, bajo el título de Sara más amarás, bajo el sello editorial de Joaquín Mortiz.

Aunque es un término reservado para exposiciones museográficas; puede decirse que Sara más amarás más que contar una bella edición, tuvo una curaduría muy bella. Pues tanto la correspondencia como las conversaciones han sido ordenadas de forma cronológica, de forma tal que el lector pueda ser testigo de la construcción de una historia de vida, donde se deja ver a un Juan José Arreola muy tierno, cariñoso y respetuoso en el trato con Sara o con su Padre. Edición que va acompañada de una serie de fotografías de Arreola, Sara y sus familiares, así como la digitalización de algunas cartas; de igual forma, cuenta con comentarios de los nietos de Arreola con el fin de ir contextualizando al lector con cada una de las cartas.
Estas cartas dejan ver que Sara formó una parte fundamental en la carrera literaria de Arreola. Ella era su fuerte, su impulso, su todo.

Sara más amarás también plasma las preocupaciones económicas y literarias que día a día sufría Arreola; no toda historia amorosa es sencilla, por ello –atinadamente- deciden retratar el momento en que Sara y Juan José rompieron su relación de noviazgo y el cómo la vuelven a reconstruir.

Correspondencia escrita con el sumo cuidado que le dedicó a cada uno de sus cuentos.

Publicaciones como estas hacen que el lector reconozca y valore la parte humana de los escritores. Los hace más táctiles y otorga la posibilidad de darle una nueva relectura a la obra escrita de Arreola.

El cerebro del diablo (Diario Milenio/Opinión 07/05/12)



No espera uno de un libro que lo revuelque y estruje y reconforte, aunque tal vez sea eso lo que más desea. Que la novela llegue y tome el control, hasta el punto de hacerlo a uno dudar si en realidad se trata de una novela. Que nos cuente las cosas de manera que deje la sensación de que no solamente se refiere a ellas, sino a todas las cosas. Que a todas partes donde vayamos no podamos por menos de hablar de ella, y al hacerlo reunamos cantidades ingentes de entusiasmo y vehemencia. Que, con todo, nos quede la sensación de no haber abarcado ni descrito lo bastante para dejar bien claro por qué aquél es un libro imprescindible. Espero, sin embargo, que quien haya llegado hasta el fin de este párrafo se lleve en la memoria cuando menos el título: HHhH.

“¿De qué trata?”, preguntan, y uno se cohibe porque de nuevo teme que cuanto diga parecerá prosaico, si no vago y pueril. Himmlers Hirn heisst Heydrich (“el cerebro de Himmler es Heydrich”), solía comentarse entre los oficiales de la inmensa pandilla de asesinos que desde siempre fue la SS-Waffen; de ahí el peso del truculento acrónimo que da título a la novela de Laurent Binet y equivale a decir que el nauseabundamente célebre Reinhard Heydrich es nada menos que el primer responsable por la Solución Final (despreciable eufemismo, da escalofríos emplearlo). ¿Pero qué estoy diciendo? Esta novela no trata del Holocausto, su historia es anterior a los primeros campos de exterminio. Y no obstante queda la sensación de haberlo visto entero a través de ella.

Laurent Binet ha investigado febrilmente. Lo sabe casi todo sobre el burócrata más temible y sanguinario de la SS en particular y el Tercer Reich en general, pero no va a contarnos una biografía. Se ha informado al detalle sobre los pormenores de su ajusticiamiento y no vacila en contagiar su simpatía por los protagonistas del incidente, aunque tampoco es ésta una novela propiamente heroica. Más todavía, no acaba de constarme que sea una novela.

Antes de HHhH, recordaba borrosamente otro libro que leí hace apenas un par de años: The Killing of Reinhard Heydrich, donde Callum MacDonald narra con eficacia y pulcritud la legendaria Operación Antropoide. ¿Cómo pude olvidar los nombres de Jan Kubiš y Jozef Gabcík, titanes solitarios que sin más medios que voluntad, ingenio y la pequeña ayuda de unas cuantas familias valerosas propinaron el golpe más osado en la historia de la resistencia al nazismo? Binet lo explica en una sola línea, que en alguna medida define la naturaleza de su intento: “Para que cualquier cosa pueda penetrar en la memoria, es preciso antes transformarla en literatura”. Y añade, con un más que probable nudo en la garganta: “No está bien, pero es así.”

Es verdad que este libro equivale a un gran nudo en la garganta. De esos nudos que inevitablemente se hacen querer. No transcurre, además, en los tiempos que narra, sino ya entrado el siglo XXI. El autor-narrador creció en tierra francesa, escuchando leyendas familiares en torno a aquellos héroes, de modo que apellidos como Gabcík, Kubiš y Valcík le acompañan mucho antes de lanzarse a narrar su historia inenarrable. Y lo acompaña uno, sin condiciones, una vez que a su lado descubre que no escribe esta prosa de vuelos kunderianos para demostrar nada en especial, sino apenas “por necesidad de consuelo”.

Pareciera que Laurent Binet camina de puntitas por la historia que cuenta. Le da vergüenza improvisar un diálogo, y así pide permiso para reconstruirlo. Es como si escribiera ya no para el lector, sino a su lado. Imposible entrever, no obstante, cuánto de lo que cuenta está documentado, pues al cabo de las primeras páginas nada es tan bienvenido como esta confusión providencial. Más allá de narrar, como varios han hecho y él así lo consigna, los intríngulis de la gesta heroica, Binet pinta un retrato siniestro del demonio y se lanza a fungir como exorcista. Ciertamente, la historia de HHhH ocurre en escenarios gemelos del infierno, ¿pero quién dijo que a esas profundidades no hay sitio para un chorro profuso de ternura?

Es una pena pergeñar estas líneas tras leer HHhH nada más que una vez. Ya se sabe, no obstante, la urgencia que lo toma a uno por rehén cuando se topa con un libro indispensable, cuya escritura acusa, línea tras línea, un virulento esfuerzo de sobrevivencia. Un libro que es una obra maestra, pero antes de eso es una gran hazaña. La clase de epopeya solitaria que uno, como lector, sospecha también suya.

martes, mayo 01, 2012

¡Abajo nosotros! (Diario Milenio/Opinión 30/04/12)


Eran las once de la mañana de un lunes inusual cuando Andrés Carrión Álvarez llegó a la Plaza Antonio Maceo, armado de una botella de agua y algunos caramelos, resuelto a perpetrar el atentado. Varias horas más tarde, Benedicto XVI oficiaría una misa para la población de Santiago de Cuba, recién limpia de todos esos disidentes de iniciativa pronta y boca floja que permanecerían oportunamente guardados mientras durase la visita papal. ¿Todos, dije? ¿Cómo puede saberse, ahí donde subsisten índices truculentos de orejas y dedos por metro cuadrado y rara vez se sabe de un alambre sin pájaros, quién repite consignas por convicción, quién por puro interés, quién nada más por miedo? Imposible evitar que aquella tarde, a finales de marzo pasado, en la cabeza del osado Carrión pesara más la realidad que el miedo.

Veinte minutos antes de las seis de la tarde, agotados el agua y los caramelos, un hombre que nunca antes se había distinguido como disidente saltó una de las vallas de seguridad, corrió hasta verse al frente del altar y gritó a pulmón pleno “¡Abajo el comunismo! ¡Abajo la dictadura! ¡Libertad para el pueblo de Cuba!”. Reducido en no más de diez segundos por los raudos agentes de seguridad, el gritón agalludo fue sacado hacia el backstage, donde ya lo aguardaban dos tipos indignados y entusiastas, listos para cobrarle a golpes la osadía...

Si han de prestarse oídos a la narración del corresponsal de RCN Colombia, Andrés Carrión “fue golpeado por algunos de los presentes, algunos de los habitantes comunes y corrientes que no estaban de acuerdo con esa arenga que gritó”. La imagen, sin embargo, cuenta otra historia. Ya fuera que el corresponsal de RCN se viera intimidado por los supervisores locales o se inclinase por autolimitarse, en la pantalla vemos que quien con más enjundia castiga al disidente no es cualquier ciudadano, sino un camillero de la Cruz Roja, que está allí destacado para socorrer a quien se ofrezca, en un área de por sí inaccesible a los “habitantes comunes y corrientes”. Y he aquí que el camillero no se conforma con abofetear a Carrión, pues aún corre tras él y se permite sorrajarle en la espalda un camillazo. La escena sería cómica, si no fuera patética: un camillero vestido de blanco, la cruz roja en el pecho, apaleando a un usuario de la libre expresión, sujeto e impedido de responder.

Andrés Carrión salió del calabozo veinte días más tarde. Ya era una celebridad universal, de modo que en la cárcel no hubo quien le pegara. Lo dejaron salir con varias condiciones, como las de no dar una sola entrevista ni reunirse con miembros de la disidencia. Bastante sorprendido estaba con el hecho de haber sobrevivido a su temeridad para dejarse ya intimidar por la amenaza de un nuevo encierro. Si bien nadie en la plaza lo había secundado, era tarde para meter reversa. Arrestado de nuevo y liberado pocas horas después, no ha parado Carrión de disfrutar el raro privilegio de no temer más a los apparatchiks, y es por eso que sabemos su historia. Si otros en torno suyo hablan con señas y medias palabras, él ya no tiene nada que ocultar. Su trabajo es sacarle canas verdes al poder.

Cierto es que la frase “abajo el comunismo” no está del todo sola. Otros, hasta el día de hoy con mejor suerte, no lo piensan dos veces cuando miran pasar a las damas de blanco y se lanzan en grupo a gritarles injurias. Una de ellas, por cierto, en boga últimamente y sin duda anterior al grito de Carrión. No se trata de una consigna aislada, ni quizás espontánea, si se sabe que en esos actos de repudio, burdamente orquestados desde el poder, la frase salta en boca de uno y otro exaltado repudiador: “¡Abajo los derechos humanos!”. O lo que es lo mismo: ¡Abajo yo!

El camillero no lo dice en el video, pero en sus golpes no hay lugar a duda. El infeliz está que escupe bilis contra esa mariconería de los derechos humanos, tanto que ya se lanza a hacer de la camilla un arma contundente y le da igual que todos puedan verlo. Hoy se cuenta que el camillero fue despedido días después, acaso consternado por haber hecho a sus santos patrones el muy flaco favor de salpicarles el altar histórico. Y es que la suerte suele ser ingrata para esos oficiosos que renuncian al yo en nombre de un nosotros que no los incluye.

El arte de escribir, según Wharton-(Sexenio-Puebla 16/04/12)


La teoría literaria suele ser un camino muy espino y quienes se dedican a ella no siempre son didácticos a la hora de escribirla. Pasa lo mismo con los críticos literarios, suelen ser muy atinados para desmenuzar una obra de ficción, pero no son tan asertivos al construir la propia.

Pocos escritores se animan a compartir el cómo de su arquitectura narrativa, aunque si hay muchos que además de escribir obras ficcionarias, ejercen una crítica de la obra de sus autores favoritos; y desde luego muy pocos logran tener una amplia congruencia y consistencia tanto en lo criticado, como en su propia pluma. Sergio Pitol es de los pocos escritores que se ha dedicado a crear una obra narrativa muy consistente y concisa, así como una fina y dura crítica a la arquitectura narrativa de diversos escritores. Ambas forman un binomio importante de su obra.

La aventura por el mundo de lectura –pienso- debe ser siempre un ejercicio de constantes descubrimientos.

Recientemente ha llegado a mí “Escribir ficción” de Edith Wharton, un libro por demás sorprendente. Mencionado libro recopila una serie de artículos publicados por la escritora en la revista Scribner’s entre 1924 y 1925, donde la escritora vierte su visión particular sobre lo que significa dedicarse al arte de escribir. A lo largo de cuatro capítulos y de manera muy didáctica, Wharton hace comparaciones claras entre el cuento y la novela, donde explica que el escritor jamás deberá influir en la extensión de la obra, más bien el tema será el encargado de dictaminar la extensión. Otro de los temas importantes es la construcción del personaje y la situación; aquí el escritor si debe tener mayor responsabilidad, pues deberá saber con exactitud todo acerca de sus personajes, sin embargo nunca deberá entrometerse en el desarrollo de los mismos, los personajes deberán crecer conforme mejor les convengan. Donde el escritor deberá intervenir más es en el desarrollo de la situación, pues afirma que la situación no deberá salirse del tema y buscar que dicha sea atractiva para el lector.

Todas las reflexiones realizadas por Wharton se acompañan o se fundamentan con la comparación y ejemplificación de algunas obras de escritores como Dostoievski, Goethe, Dickens, James; entre otros. Proust es un escritor demasiado importante para Wharton, por ello dedica un apartado especial para hablar de su obra, a quien pone como uno de los mejores ejemplos del arte de escribir ficción.

Un libro agradable para su lectura y que debería formar parte de la bibliografía obligada de los estudiantes de literatura, pues los conocimientos vertidos por Wharton siguen siendo vigentes.

Edith Wharton fue la primera escritora mujer en recibir el Premio Pulitzer (1920) por su obra  “La edad de la inocencia” que junto con las novelas “La casa de la alegría” y “Las costumbres del país” forman la trilogía: “Vieja Nueva York”. Fue alumna y posteriormente amiga de Henry James.

Una escritora a la que vale la pena acercarse, sin duda.

martes, abril 17, 2012

Non - fiction (Diario Milenio/Opinión 17/04/12)

Dice que no es creyente pero que le han pasado algunas cosas a últimas fechas que lo hacen dudar. Dice que no le creeré. Dice que me contará, cuando le insisto que lo haga, pero que no está seguro. Y es entonces que, entre cambio y cambio, me mira por el espejo retrovisor y noto la diferencia.

Beto es el taxista que siempre me lleva al aeropuerto cuando salgo de Tijuana. Desde que lo conozco, que ya tiene tiempo, insiste en que algún día terminaré escribiendo alguna de las historias que me cuenta. ¡Y me cuenta tantas! En las vueltas al aeropuerto he conocido, a través de su voz, un cierto submundo de la ciudad fronteriza que de otra manera no visito. Beto trabaja mucho también con las chicas de la zona y ya en alguna ocasión me tocó compartir servicio porque andaban, como me lo explicó, apurados. Esta vez es distinta. En lugar de empezar su relato con la algarabía que lo caracteriza, usualmente subiéndole al mismo tiempo el volumen al radio, me esconde la vista y hasta cierra las ventanillas del auto. En un momento o dos recordaré cómo, al subir, admiré lo limpio que estaba, lo bien que olía. Lo inmaculado.

Dice que la recogió, como a tantas otras, en una esquina cualquiera. Dice que sus largos cabellos cobrizos, sus ojos claros, su acento de las afueras. Dice que se trataba de una chica muy joven, de las que aseguran tener 20 cuando apenas si andan rozando los 16 y que por eso son bonitas de verdad. Dice que la chica recibió una llamada por teléfono y que, todavía con el aparato sobre la oreja, le indicó el destino final. Dice que ahí donde estaba, en el asiento delantero, se quitó el pants deportivo y se puso un vestido entallado, verde, en realidad encantador. Dice que el destino final era un hotel.

Nunca antes me habían dado escalofrío las historias de Beto. Pero ésta, aún antes de conocerla del todo, me lo provoca. De repente tengo deseos de que se calle. De repente tengo la esperanza de que algo pasará en la calle o en su cabeza y dejará de contarme lo que irremediablemente me cuenta. ¿Quién que haya vivido en México el último sexenio no sabe el final ya?

Dice que le pidió el número de teléfono para que, al terminar su trabajo, pasara por ella al mismo lugar. Dice que entre una cosa y otra, se abrieron de capa y se contaron lo que se puede contar en un servicio. Dice, y esto lo dice otra vez ensartando su mirada apesadumbrada, su mirada afectada por algo que justo en ese momento no sé si llamar metafísico, en el espejo retrovisor. Dice que nunca le habló.

Sé que todavía no llega el punto que realmente me quiere contar porque hace pausas cada vez más largas. Algo discutimos alguna vez sobre el papel del silencio, del espacio en blanco, en la construcción del suspenso. Mientras calla veo los grandes espectaculares. Eligio Valencia 2012. Me río, claro; luego me vuelvo a reír cuando me percato del equívoco. Eligio no lleva acento en la o.

Dice que a la siguiente mañana lo supo todo por la televisión. Dice las palabras de siempre: encontrada muerta, asfixiada, cuerpo sin identificación. Dice que tuvo que responder preguntas en la estación de policía. Dice las palabras de siempre: sin identidad, sin familia, sin qué más.

No sé si en ese momento o después que empieza la náusea. No sé en qué momento me percato que, apenas unos días atrás, leí palabras similares respecto a un poeta y traductor cuyo crimen permanece sin esclarecimiento alguno: atado de pies y de manos, cinta canela en la cabeza, golpe o disparo de gracia. Cada vez están más cerca, me digo, mientras quito la mano instintivamente del respaldo del asiento donde se había cambiado de ropa la muchacha.

Dice que otro día, un día también de entre semana, le volvió a pasar algo parecido. Dice que esto es lo que no le voy a creer. Dice, abriendo los ojos pero manteniéndolos paradójicamente sombríos, que cuando la chica joven se subió al auto iba ya contestando una llamada. Dice que respiró profundo y dudó. Dice que, luego, envalentonado o comprometido, en todo caso fuera de sí, le contó lo que le había pasado a la otra chica para convencerla de que no fuera sola a cumplir con una cita de trabajo a un hotel. Dice que le dijo: era una chica tan joven como tú. Dice que en ese momento la muchacha nueva se quedó callada y le hizo preguntas. Dice que al final, cariacontecida pero sin derramar lágrima alguna, le dijo que era su hermana. Dice que entonces marcó un número y en voz muy baja le dio la noticia a su madre. Dice que dijo: Ya sé dónde está mi hermana.

¿Cuáles son las probabilidades reales?, me pregunta como si yo lo supiera. ¿Puedo o no puedo ver claramente la intervención de algo más allá de nuestra comprensión habitual?, insiste. No sé que pensar ni de la conversión religiosa que me anuncia ni del paisaje que, gris, se desdobla en polvo y ruido del otro lado de la ventanilla. Qué íntima es a veces la tristeza social. Y viceversa. Dice Carlos Beristáin, sociólogo y médico, perito de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, que la violencia en México ha alcanzado los grados de catástrofe. También dice que el legado de esta violencia impactará, al menos, dos generaciones enteras. Los duelos. La rabia. La impotencia.

Lástima de corona (Diario Milenio/Opinión 16/04/12)

Puesto a cazar, si yo cazara, me gustaría más cazar a quienes cazan elefantes.
Arturo Pérez-Reverte

Justo es decir que el hombre me simpatizaba. Era, según contaban, “un rey de a pie”, tan franco y campechano que no tenía reparo en prodigar piropos y palabrotas, entre otras expresiones en teoría incompatibles con uno de su cargo. Por eso aquella tarde, durante la recepción que se ofrecía en honor al Premio Cervantes en el Palacio Real de Madrid, me pareció gracioso que nada más llegar a la antesala, todos los asistentes hubiéramos de hacer una fila infernal para darle la mano al rey y la reina.

Afortunadamente, detrasito de mí venía Rosa Montero. Recién nos conocíamos, pero ya nuestros perros se entronizaban en la conversación. Hasta que fue llegando la hora del saludo, y así le pregunté cuál era el protocolo a seguir. Algunos, me explicó, los saludan haciendo una reverencia y otros inclinan levemente la testa, en todo caso no se les suele mirar a los ojos. Esta última regla la quebré obedeciendo a una deformación profesional. Un novelista no puede perderse la oportunidad de observar la mirada de un monarca, me dije al estrechar sus reales diestras, pero al cabo conseguí percibir no más que alguna suerte de resignado hastío. “El tedio de reinar”, concluí, entre decepcionado e indulgente. Impresión reafirmada nada más enterarme que al cabo del saludo protocolario, el rey había escapado de la escena para ver el partido del Real Madrid.

No deja de ser un deleite plebeyo imaginar al rey de España farfullando “basta ya del coñazo, me voy ver el futbol y que se jodan estos hijos de puta”. La grosería del rey es al fin una prueba de humanidad —como si hiciera falta— así que no escasean los monárquicos que la toman como gracia especial, ni los republicanos que la creen una leve victoria sobre la institución monárquica. El hecho es que a la plebe le gusta el ejercicio de verse en los zapatos de medio mundo, y eso incluye a los reyes. Cierto es que un pelagatos cualquiera nunca llegará a rey, pero lo opuesto sí que puede ocurrir. Lo sé porque ahora mismo acabo de verlo.

Hasta ayer, creí equivocamente que Juan Carlos de Borbón era el rey de España. Hoy compruebo no sólo que es un vil pelagatos, sino encima un vulgar matancero. Helo ahí, tan orondo —vale decir tan chulo, tan padrote— mirando hacia la cámara con el rifle en la mano, el instructor a un lado y atrás un elefante recién ejecutado, con la trompa doblada sobre un árbol, sabrá el diablo si todavía vivo. Tal es la gran hazaña de los matanceros, y es por eso que se toman la foto. Esperan que se piense, y acaso ellos lo creen, que consumaron una epopeya. Les parece motivo de orgullo dar al traste por nada con la vida de un pobre animal cuya especie padece como pocas un expolio feroz, brutal y sanguinario por parte de ignorantes y codiciosos. Algunos, por lo visto, de noble cuna.

“Juan Carlos realiza una amplia y eficaz labor en favor de la conservación de la naturaleza”, afirma la ONG ecologista de la que el rey es nada menos que presidente honorario. Si tanto desveló a los viejos Borbones que la Iglesia cayese en manos de Lutero, hay que ver a qué garras vino a dar la defensa de la vida silvestre. Cierto es que Don Borbón ha elegido Botswana, donde la matachina de paquidermos ha sido permitida y regulada, para esas vacaciones sanguinarias de las que nadie quiere regresar sin su foto (por más que sea monarca y no le falte el gas a su autoestima), pero esa imagen lo pinta completo: le da igual exhibirse como no más que un pobre diablo entronizado, si para eso es el rey y hace lo que le da la gana con sus balas. Y los de la ONG, que se jodan.

Nadie puede explicarle a un elefante que ése que le dispara es un soberano y se sostiene con dinero público. Los elefantes nunca serían tan bestias para creer en patrañas como el derecho divino y la línea sucesoria. Los elefantes son animales inteligentes; no hay modo de explicarles la estupidez humana, menos aún la falsa nobleza. Y lo que aquella foto deja ver es la imagen de un par de bestias nocivas y engreídas, al momento de saciar sus instintos. A una de ellas, por cierto, le di una vez la mano sin medir el peligro. Si he sabido, me calzo un guante de hule.

Del amor de un humano por una liebre-(Sexenio-Puebla 02/04/12)

¿Se imaginan a un hombre cualquiera recorriendo un país entero, teniendo como compañera de viaje a una liebre? ¿Conciben una novela capaz de retratar el amor que un ser humano puede sentir por un animal? Arto Paasilinna lo hace posible en su reciente novela: El año de la liebre (Anagrama, 2011).

Vetanen es un periodista que está cansado de su trabajo, de su esposa y de la rutina que lleva su vida. El periódico para el que trabaja lo ha mandando a cumplir una misión, al lado de un compañero; ya de regreso en la carretera atropellan a una liebre, provocando que Vetanen baje en busca del animal para auxiliarlo, contrariando a lo que su colega le pidió, al no recibir éste respuesta alguna de Vetanen, decide abandonarlo. Una noche en el campo, al lado de la liebre, será suficiente para tomar el valor suficiente y desprenderse de todo aquello que lo tiene infeliz: su esposa y el trabajo. Decisión que cambiará el resto de sus días. A partir de aquí, Vetanen y la liebre viven una serie de inhóspitas aventuras, recorriendo toda Finlandia. Juntos reconstruyen y habitan pequeñas casas que sirven como refugio para cazadores, combaten incendios forestales, venden ilegalmente un botín de guerra alemán, cazan a un oso junto a una comitiva del Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia sin éxito alguno, y cruzan la frontera existente entre Finlandia y la Unión Soviética cazando a un oso que los atacó.

El año de la liebre posee una narrativa ligera, pero precisa y es contada al más puro estilo de una fábula; donde el lector se reirá, se enojará y se conmoverá a ratos con las vivencias que protagonizan Vetanen y la liebre al enfrentarse a ciertos acontecimientos, donde se plasma la crueldad que caracteriza a los citadinos y la nobleza propia de los habitantes del campo. Novela que retrata la búsqueda de la libertad, la cual Vetanen vivirá apasionadamente y luchará por ella contra cualquier obstáculo que quiera arrebatársela.

El año de la liebre se considera -en tierras nórdicas- fundadora de un nuevo género: la novela humorístico-ecológica. Arto Paasilinna es autor de otras novelas como El molinero aullador, El bosque de los zorros, Delicioso suicidio en grupo y El mejor amigo del oso.

Hay pocas novelas con personajes, relativamente sencillos, que logran atrapar al lector y darle una gran fortaleza narrativa a la misma, que agrada por su sencillez narrativa; El año de la liebre es una de ésas novelas. Habrá que seguir leyéndolo.

Obituario literario

Si la muerte de Antonio Tabucchi -sufrida el pasado 25 de marzo- no fuera suficiente; nuevamente la literatura se llena de luto, el pasado fin de semana se informó del asesinato del poeta y traductor Guillermo Fernández. En este mismo fin de semana, Omar Calabrese murió a los 62 años.

Descansen en paz y a leerlos, mejor homenaje no pueden recibir.

martes, abril 10, 2012

Norteña hasta el tope (Diario Milenio/Opinión 10/04/12)

Lo que vino del norte no fue, por supuesto, una literatura uniforme —como los mercaderes de libros la anunciaron y la vendieron— sino varias escrituras vivas, nutridas de lecturas sin fronteras.

Con el adjetivo norteña se designó en la literatura mexicana a la irrupción de un grupo social subalterno en el quehacer cultural de México de finales del siglo XX. Si el grueso de la producción literaria había sido dominada hasta entonces por aquellos ligados tanto cultural como geográficamente con la capital de una nación eminentemente centralista, grupos conformados en su mayoría aunque no únicamente por hombres pertenecientes a los estratos más privilegiados del país, los bárbaros que vinieron del norte fueron desde el inicio una gama bastante amplia de hombres y mujeres vinculados tanto económica como culturalmente a esos amorfos grupos populares que cierta teoría progresista ha calificado de subalternos. Educados en su mayoría en escuelas públicas y careciendo de los legados y conexiones que animaron por tantos años las actividades de sus contrapartes del centro, los norteños trajeron consigo, a cambio, una cierta visión periférica que trastocó los temas y las formas y las prácticas de la tradición dominante de las letras.

Sólo una mirada literal leería lo norteño como una mera referencia localista. Ser del norte, al menos en México, es ser de una región que es tanto una zona geográfica como una relación cultural. Y las raíces de esta aseveración se extienden bastante atrás en el tiempo. Ya desde la época prehispánica, los ojos de la hegemonía Mexica veían el norte, eso que ya no era Mesoamérica sino Aridoamérica, como una zona poblada por “perros sin correa”, es decir, por bárbaros. Que los españoles sólo con dificultad y muy lentamente lograran extender su domino hasta estas áridas regiones, no sólo habla de la resistencia que se llevó a cabo en estos lugares lejanos al centro del poder sino también de la hostilidad de la naturaleza y la poca monta del botín generado por comunidades que nunca construyeron una Tenochtitlán. A las regiones que el poder central no pudo ni dominar ni defender durante las guerras intestinas del siglo XIX, se les denominó y se les perdió también como el norte. Para cuando José Vasconcelos, el famoso Ministro de Educación de la etapa temprana de la posrevolución, se refirió a la frontera norte como el lugar donde terminaba la cultura e iniciaba la cerveza ya se había establecido el valor, o la falta de valor, simbólico asociado a lo norteño.

El rápido crecimiento del así llamado Milagro mexicano sacó a la luz otros valores norteños. Bajo la influencia tanto económica como cultural de los Estados Unidos, la producción industrial y la expansión de centros urbanos como Monterrey pronto solidificaron al menos dos estereotipos regionales: el del norteño como una especie de self-made man adepto al trabajo y la producción, y el del norteño como un individuo franco y directo, es decir, poco refinado, capaz de obviar, o violentaren caso necesario, las jerarquías de clase (nunca las de género) del todo social. En ambos casos, de manera por demás interesante, el norteño es ahorrador, cuando no codo. Más de una ideología capitalista se nutrió de y reforzó a su vez el primero de estos dos estereotipos. Del segundo dieron cuenta actores como Eulalio González Piporro, a menudo en papeles de tipo listo y autodidacta que, gracias al esfuerzo y el carisma, puede salirse con la suya; así como compositores y cantantes, entre los cuales vale la pena recordar a Cuco Sánchez, el Dostoievsky de la canción mexicana, con la célebre “No soy monedita de oro”, aquí en versión queer de Gloria Trevi: Nací norteña hasta el tope/ me gusta decir verdades/ soy piedra que no se alisa/ por más que talles y talles”.

Cuando hacia fines del XX, con el país ya hecho pedazos, los libros de Elmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra, Patricia Laurent Kullick, David Toscana, Rosina Conde, Rosario Sanmiguel, Luis Humberto Crosthwaite, y Felipe Montes, entre tantos otros, dejaron atrás las pequeñas editoriales de provincia para publicar en algunas transnacionales del español, no sólo interrumpieron la hegemonía cultural del centro de la República de las Letras sino que también vinieron a contar cosas bastante incómodas sobre el país en su conjunto.

Lo que vino del norte no fue, por supuesto, una literatura uniforme —como los mercaderes de libros la anunciaron y la vendieron— sino varias escrituras vivas, nutridas de lecturas sin fronteras, a veces generadas desde exilios varios, tan diversas en sus métodos como en sus relatos. Lo que tuvieron en común desde el inicio fue lo que estaba ahí desde el inicio: una tradición de resistencia cultural marcada por siglos de relación ambivalente con el centro del país. La competencia entre tradiciones literarias no es abstracta o esencialista. A los que tuvieron que compartir lectores, ventas de libros, becas, premios, viajes, espacios culturales, prestigios y más, todo esto les resultó molesto, por decir lo menos, y así lo señalaron tanto en reseñas como en comentarios de sobremesa. Eso, y una versión inclusiva y convulsiva del país que incluya los acentos distintivos, afiebrados, peculiares de los broncos habitantes de sus orillas, es lo que está en juego mientras las tradiciones hegemónicas del XX se re-organizan.

¿A qué debo el horror? (Diario Milenio/Opinión 09/04/12)

Ser mujer en la Franja de Gaza es vivir acechada por el deshonor: un monstruo más temible que la muerte.

Hay palabras pesadas de por sí, cuya mera mención en términos formales enrarece el ambiente. O será que a unos cuantos así nos lo parece, cuando el grave vocablo flota ya en el aire y nos invade una incomodidad entre intimidatoria y bochornosa, pues tememos que entrar en la clave solemne nos hará ver ridículos e impostados. Algo así me sucede con la palabra honor. Como no sirva para un buen sarcasmo, el honor tiene un aire ceremonioso que nos instala en otro nivel de gravedad, donde cuanto se dice lleva su propio eco retumbante. A todo esto, ninguno coincidimos en el significado de una palabra así de subjetiva, pero en casos como estos es lo que se pretende. Hay palabras que amafian, y de pronto ésta es de ésas.

Abundan quienes citan al honor con las más constructivas intenciones, mas para sopesarlo en su justa medida basta con acudir a su siniestro antónimo. Pues donde no hay honor, hay deshonor: término incomparablemente rico en tonelaje. Si los pollos de granja matan a picotazos a sus iguales nada más porque tienen las plumas oscuras, algo no muy distinto se urgen a realizar quienes asisten al morboso espectáculo del deshonor. Que puede ser cualquiera, si tomamos en cuenta el variopinto espectro de deshonores a la disposición de todos los paletos de este mundo. No sabe uno gran cosa del tema del honor, pero ya entiende que se transforma en horror cada vez que lo llevan a la lavandería.

“Crimen de honor”, llama el código penal en la Franja de Gaza al acto por el cual se lava una vergüenza familiar. Importa poco al juez si es un asesinato despiadado, toda vez que el honor está por delante. Si una mujer es vista por otro hombre distinto a su marido, no sólo éste sino sus demás familiares pueden asesinarla y acogerse después a ese atenuante para estar unos meses en la cárcel (tres años, cuando más) y volver a las calles con la satisfacción del deber cumplido.

Esto último ahora lo sabemos en virtud de la historia recentísima de una mujer de Gaza —“K.K.”, la llama Ana Carbajosa en su escalofriante reportaje para El País— que a los 22 años fue sorprendida por la polícía en compañía de un hombre que no era su primo y marido. Una vez liberada, la mujer regresó a su casa, donde el tío (¿y suegro, quizás?) la obligó a beber de un herbicida hasta hacerla perder la conciencia, tras lo cual la llevó a un hospital, donde arguyó un intento de suicidio. Varias horas más tarde, nada más enterarse de que la envenenada mejoraba, el tío amenazó a doctor y enfermera con una pistola, introdujo el cañón entre los dientes de su sobrina y disparó sin más contemplación.

Para colmo de horrores, cuenta Ana Carbajosa desde Jan Yunis —no exactamente la zona más liberal de Gaza— que en un principio, tras el asesinato, la familia entregó, en lugar del tío, a un hermano enfermo mental para que le imputasen el homicidio. Vista cínicamente, la maniobra implicaba matar un nuevo pájaro con la misma pedrada. Es decir, sacudirse de una segunda vergüenza familiar, sabrá el demonio qué tan estorbosa en un medio propenso al estigma donde la muerte misma no es peor que el deshonor y ser mujer o enfermo mental es vivir al capricho del complejo imperante.

A menudo se nos hace partícipes de lo difícil que ha sido la vida para los honorables pobladores de Gaza desde que viven presos del bloqueo israelí, pero si ya parece complicado meterse en los zapatos del palestino que sobrevive al fuego cruzado entre fanáticos de uno y otro signo, habría que ver quién osa imaginar el infierno que es ser mujer en esas latitudes, y por tanto fatal depositaria y lado flaco del honor familiar: sospechosa de origen y llegado el momento culpable por default.

¿Mas qué puede esperarse del honor, con sus modos pomposos y su moral dos caras y esa manía esdrújula de poner los acentos sobre los abstractos sólo para embriagarnos de su resonancia, sino que se comporte como el gañán mafioso que siempre ha sido, nada más siente el peso del complejo? Por eso me incomoda que lo traigan a cuento, si como acto reflejo tiendo a sacarme algún sarcasmo de la manga y eso irrita la carne siempre viva de sus acólitos. Me gustaría saber, ante tantos honores atentos y rampantes, quién me vende cien gramos de deshorror.

En la resolana con Guillermo Fernández (Diario Milenio/Opinión 03/04/12)

Durante el primer trimestre del 2012, hubo un promedio de 36.8 muertos al día en marzo. Uno de ellos, acaecido el último día del mes, fue Guillermo Fernández, el poeta y traductor tapatío que radicaba en Toluca.

De acuerdo a las estadísticas nacionales, durante marzo del 2012 se registró el número más alto de ejecutados en 10 meses. Según el recuento de Milenio, “el total de ejecuciones en lo que va del sexenio asciende a 50 mil 93, de los cuales 3 mil 138 corresponden al primer trimestre de 2012”. En lo que fue calificado como un “repunte significativo de la violencia”, hubo un promedio de 36.8 muertos al día durante el mes de marzo. Uno de ellos, acaecido el último día el mes, fue Guillermo Fernández, el poeta y traductor tapatío que radicaba en Toluca, la ciudad más alta de la República mexicana, desde hacía una veintena de años. Aunque las condiciones de su deceso todavía no se esclarecen del todo, las escuetas notas periodísticas al respecto hacen hincapié en la violencia del crimen perpetrado de noche, dentro de su propia casa. El sustantivo y el adjetivo: cinta canela. El verbo: maniatado. El punto final: un golpe en la cabeza. ¿Cuántas veces no hemos leído ya descripciones así? Detesto escribir notas sobre amigos y/o maestros recién fallecidos, sobre todo porque escribir sobre uno tendría que comprometerme a escribir sobre todos, pero en esta ocasión lo hago para unir mi voz a la de tantos escritores y amigos que, ya desde el Estado de México como desde otros estados de la República, han demandado el esclarecimiento puntual de los hechos y la impartición de justicia. Yo tampoco deseo que este crimen, este otro crimen, quede impune. Yo tampoco deseo que Guillermo Fernández, ni nadie más, se convierta en otra cifra horrorífica en este país que se nos cae a pedazos, ¿no es cierto, Agripina? Yo también pido justicia.


Qué difícil es escribir esto.


No fui, ni con mucho, una amiga cercana de Guillermo Fernández, pero sí tuve el privilegio, como residente esporádica de esa ciudad en las tierras más altas, de convivir en ocasiones con él. Como bastantes más en la capital de un estado que poca atención le ha puesto a su vida cultural, asistí en algunas ocasiones a los talleres tanto de poesía como de traducción que impartía en la Casa de la Cultura como quien encuentra algo de oxígeno en una zona de aire muy enrarecido. Los que saben lo cruenta que suele ser la vida en ciertas ciudades industriales de la provincia mexicana, deben imaginarse con cierta facilidad el aura de último refugio y el tono de festejo que adquirían esas reuniones. Conservando siempre y a pesar de los años su posición como recién llegado, Guillermo Fernández contribuyó así a mantener y expandir un medio cultural muchas veces maniatado ya por falta de recursos o ya por rencillas internas. Su ironía, su continuo desmarcarse y, sobre todo, su trabajo constante, propiciaron la aproximación de los más rebeldes hacia los vericuetos de la poesía.


Guillermo Fernández fue, en efecto, un apasionado y devoto traductor del italiano. Como cualquiera que haya leído a Italo Calvino o a Eros Alessi en español, yo también le debo mucho a su labor infatigable, disciplinada, cuidadosa, mal pagada. Pero le debo más. Mi amor por el Xinantécatl, ese Nevado de Toluca que desde hace tiempo insisto en visitar al menos una vez al año, es algo que aprendí en las largas travesías que organizaba Guillermo para oír, en una de las cimas del mundo, su música favorita. Gracias a él también adquirí la bendita costumbre de añadir cardamomo a los granos de café. Fue bastante la música que descubrí o redescubrí gracias a sus sugerencias, pero de entre todas recuerdo horas deliciosas discutiendo en detalle la voz de Lucha Reyes, especialmente su manera de enunciar los versos de “La mensa” —esa canción en que una mujer se vuelve lacia, lacia, lacia. Alguna vez en una charla sobre política llegó a la definición exacta del poder: poder es no poder salir a la calle. Recuerdo que de inmediato tuiteé esa máxima. Nos sacábamos de nuestras casillas con facilidad él y yo pero, para qué más que la verdad, nunca dejamos de hablar en esos encuentros en las tierras altas. Alguna vez llegó a mi casa de Metepec sin invitación, cosa que él rara vez hacía, y se sentó a la mesa (en una esquina de la mesa) y se puso a platicar de su vida. Más que en ninguna otra ocasión, Guillermo fue ahí no el hombre de 80 (o casi) sino esos míticos 4 jóvenes de 20. Nunca supe qué era verdad y qué no en ese relato que ahora se me confunde con la resolana de la tarde: el niño que se escapa de su casa a los 9 años, el joven que conoce en persona a Eugenio Montale, el hombre mayor que continuamente descubre que, ante todo, prefiere la soledad y la poesía. Entre una cosa y otra saqué la botella de tequila —hasta donde sé, su bebida favorita. Y lo escuché. Debió haber sido sábado o domingo. Nunca supe por qué hizo aquello; qué lo conminó a tocar a la puerta y, luego, a quedarse. Esa tarde maravillosa y clara, esa tarde que seguramente fue de un sábado de primavera, está toda entera ahora, aquí.


Dentro de esa tarde, bajo su resolana que no cesa, pido como tantos otros que se esclarezcan los hechos y que se haga justicia.


Aquí había unos versitos, maestrín.