martes, noviembre 01, 2011

Lejos de las cabeceras (Diario Milenio/Opinión 01/11/11)

En alguna de las páginas de la primera parte de la nueva novela de Michael Ondaatje es posible leer lo siguiente: “Lo interesante ocurre casi siempre en secreto, en los lugares donde no hay poder. Nada de mucho valor pasa en la cabecera de la mesa, organizada usualmente de acuerdo a una retórica familiar. Los que ya tienen poder tienen que continuar deslizándose en una ruta conocida que han hecho para sí mismos”. Es así como nos queda claro que la mesa, y las posiciones en que distribuyen los comensales alrededor de la mesa, corresponden en mucho a las relaciones tensas y vivas que animan los vínculos humanos más diversos. La mesa del gato, que éste sería la traducción literal al español de The Cat’s Table, el título de esta novela, adquiere un poco más de sentido si recordamos que con esta frase se designa a la mesa que queda, en la estricta jerarquía social de un barco, justo en el extremo opuesto de la mesa del capitán. A la mesa del gato van a parar los vagabundos, los pobres, los sospechosos, los irregulares, los amantes de los libros, los huérfanos, los solos, ese tipo de “extraños” que, al decir del narrador, siempre tendrán la capacidad de “alterar su vida”. La frase es mucho mejor completa: “Siempre serían ese tipo de extraños, en las varias mesas de gato de mi vida, los que terminarían alterándome”.

Y alterar, en este texto, no es un verbo menor. En una larga carta que nunca llega al remitente deseado, una vieja escritora rememora una primera relación sexual y amorosa utilizando precisamente ese verbo: “Pensé que me amaba porque me estaba alterando”. Así mismo, el narrador, preguntándose años después sobre la importancia que una larga travesía en barco pudo haber tenido para una prima, dice: “¿Se había convertido en una adulta debido a lo que había pasado en ese viaje? No lo sabía. Nunca sabría cuanto la habría alterado a ella”. En un tono más benigno, pero igualmente revelador, otro personaje reflexiona sobre la huella de ciertas cicatrices en el cuerpo y en la vida: “[e]l corte en la carne. ¿Lo ves? Uno se sobrepone con el tiempo. Uno aprende a alterar su vida”.

Del latín alterare, de alter, otro, dice el diccionario de la Real Academia, señalando lo que parece interesarle a Ondaajte de este verbo. El cambio de la esencia o forma de algo, sí, pero siempre en relación a la huella del otro. Perturbar, trastornar, inquietar, sí, pero junto a o a causa de otro. Enojar o excitar. Estropear, dañar y descomponer también, y también con otros.  Si alguien me preguntara de qué se trata esta novela, tendría que decir lo que acabo de anotar en estos tres párrafos: de los cambios relacionales que experimenta un grupo de tres niños en un viaje en barco que va de Sri Lanka a Londres. De la manera en que los extraños que convergen en la mesa de los desheredados alteran las vidas de los unos y de los otros en 21 días sobre el mar. De las experiencias, casi todas ellas ilegales (“cada día teníamos que hacer al menos algo prohibido”) o ilegibles (“¿Fui testigo de algo que pasaba bajo la superficie de los acontecimientos de esa noche?”), que viven tres niños en un viaje de 21 días en barco, del que saldrán convertidos, a sabiendas de sí mismos o no, en los adultos que serán. De la manera en que uno de ellos al menos, el de nombre compartido con el autor de la novela, los recuerda y los busca o se deja encontrar por ellos a lo largo de los años (“¿Y por cuánto tiempo significaríamos algo para los otros?”). De cómo un prisionero logró obtener, por fin y de manera peligrosa, su libertad. The Cat’s Table es esto y, como toda novela que se precie de serlo, es mucho más.

Aunque la novela inicia con el proceso de embarque, en el cual el personaje principal, el “Mynah” (nombre de un ave) apenas si se despide de su familia porque desconoce en general la importancia o la duración del viaje, hasta llegar 21 días después al desembarque en que un “Michael” es recibido por su madre, la novela tiene poco de desarrollo lineal. Un narrador adulto observa de cerca y con gran curiosidad al niño que atraviesa el océano, pero no se deja limitar por el punto de vista del infante. De vez en cuando, y con poca explicación de por medio, el memorioso tomará los desvíos que son ya un sello de la casa Ondaatje, para llevar al lector hacia un pasado menos remoto donde un encuentro ha acontecido o donde una historia es alterada una vez más. En lo que parecería ser una declaración de principios de la novela pero que en la novela se refiere a una función de cine, se lee esto: “No sabemos más que lo que los personajes saben de sí mismos. No debemos sentirnos seguros o ciertos de sus motivos; no podemos despreciarlos. Creo en esto”. Y, aunque tratándose de otra cosa, esta otra frase produce un eco similar: “Siempre hay una historia delante de ti. Apenas existente. Sólo es de manera gradual que te pegas a ella y la alimentas”.

“A algunos eventos les lleva toda una vida revelar su daño o su influencia”, declara el narrador mientras reflexiona sobre las razones que lo llevaron a casarse, años después, con la hermana de Ramadhin, uno de sus dos amigos en ese viaje, el delicado del corazón, el cuidadoso que, sin embargo, termina muriendo antes que los otros dos. “A algunos eventos les toma toda una vida revelar su daño o su influencia. Ahora veo que me casé con Massi para estar cerca de una comunidad de mi infancia en la me sentía a salvo y que, ahora me doy cuenta, todavía deseaba”. No es sino hasta años después igualmente que, viendo las pinturas que exhibe Cassius, el tercer amigo, en una galería de Londres, el narrador se da cuenta de que “Lo que veía ahora en la galería era el exacto ángulo de visión que Cassius y yo teníamos aquella noche, desde el barandal, mirando hacia abajo a los hombres que trabajaban esos charcos de luz. Un ángulo de 45 grados, más o menos. Estaba otra vez en el barandal, viendo, que es lo donde Cassius se encontraba también, emocionalmente, al hacer estas pinturas. Adiós, les decíamos. Adiós”.

Y de esto también se trata la novela. De lo que se ve a la distancia, con comprensión o añoranza. De lo que se va, a veces para siempre. Pero sobre todo de lo que se queda, alterado pero permanente, en el centro de la memoria que es el cuerpo.

La frontera y sus caras, a través de Crosthwaite-(Sexenio-Puebla 18/10/11)

Había oído hablar de Luis Humberto Crosthwaite gracias a Ignacio Padilla: excelente narrador, hay que leerlo. Luego Pedro Ángel Palou me dijo lo mismo respecto a su calidad narrativa, después me percaté que en su libro El último campeonato mundial, Crosthwaite aparece descrito de la siguiente forma: “Traicionero escritor tijuanense, amigo de quien esto escribe hasta el 28 de octubre del aciago año de…No quiere escribir no quiere. Ídolo de dos personajes femeninos de la literatura clásica: Beatriz e Isolda. Lo peor de todo es que dio un aventón al autor y corrector de esta novela, y cuenta buenos chistes”.

Y efectivamente, busqué libros suyos y no encontraba, se había, quizá, desaparecido del espacio literario. Por ahí del 2006, cuando solía dar mi vuelta por algunas librerías del Centro Histórico de Puebla, encontré en descuento Instrucciones para cruzar la frontera; fue el primer libro por el cual conocí –literariamente- a Luis Humberto Crosthwaite. Dicho libro estaba editado por Joaquín Mortiz, sello perteneciente a Planeta. Al leer éste libro de Luis Humberto me enfrenté por primera ocasión a una narrativa ágil y corta. Me agradó, recuerdo haberlo leído en menos de un día. Era un libro que me atrapó hasta llegar al fin. Aquí nació mi inquietud por seguir leyendo y conocerlo.

Justo cuando empecé a reseñar libros para esta columna y entrar en contacto con Tusquets editores -como por arte de magia-, reapareció Crosthwaite con Aparta de mí este cáliz y posteriormente Tijuana: crimen y olvido. Libros que devoré y disfruté.

Tijuana: crimen y olvido, fue el libro que dio un excelente motivo para traerlo a Puebla a presentar dicho libro y por fin conocerlo. Al término de la presentación de tal libro, Luis Humberto me regaló la re-edición de Instrucciones para cruzar la frontera, ahora dentro la colección Fábula de Tusquets.

Muchas re-ediciones suelen tener breves cambios y no ofrecer tanto al lector. En cambio, Instrucciones para cruzar la frontera es distinta a la primera edición. De la primera versión se quitan: Y le digo que no, y me dice que sí y Zapatistas en la playa. Y en la segunda edición se agregan: Corriendo hacia el fuego; Plumita consentida, plumita de mi vida; El ritmo que hay en sus pestañas; Ambiente de fiesta en la playa; además de integrar, a modo de Bonus track: Misa fronteriza. Cambios que enriquecen más esta nueva edición y muestran a un Crosthwaite más maduro e irreverente, pero sobre todo a un autor que no deja de experimentar y arriesgar; virtud que muy pocos escritores tienen.

En este libro, Crosthwaite es capaz de combinar con crudeza y humor la realidad de la frontera. Instrucciones para cruzar la frontera, son una serie de relatos que se impactarán en la imaginación del lector, cual certera bala, que en lugar de ocasionar una muerte, incita a poner a trabajar el cerebro; así como a sentir indignación y pena por toda la clase de suertes que algunos mexicanos tienen que librar para cruzar la frontera.

Un libro imperdible.

lunes, octubre 31, 2011

Morir a la Gadafi (Diario Milenio/Opinión 31/10/11)

Al playboy de la familia Gadafi no lo mató una turba. Ejecutado por los milicianos, Mutassim encendió su último cigarro mientras por una vez oía la verdad.

1. Me lo dijo Jack Daniel’s

Una botella de Moët & Chandon tamaño Nabucodonosor —equivalente a 20 botellas de 750 ml— se vende en 2 mil dólares, dentro de una bonita caja de madera que a su modo subraya la ocasión memorable del descorche. ¿Y cómo no iba a ser digna de recordarse la suerte de acudir a una fiesta de Mutassim Gadafi, donde esos 15 litros de champaña solían llover sobre los jubilosos invitados? No es que fuera un secreto. Cualquier libio podía asistir por YouTube a los fiestones del playboy de los Gadafi. No contrata uno a Beyonce o a Mariah Carey esperando que nadie vaya a enterarse. ¿O de qué mejor tema esperaría que hablaran los pasmados invitados en los días y semanas siguientes? Por otra parte, nada gusta al mal gusto tanto como exhibirse delante de quien pueda, y de paso mostrar que puede más que muchos. ¿Qué son unas decenas de litros de champaña para quien vuela cada Navidad de Trípoli a la isla caribeña de San Bartolomé abordo de su Boeing privado con una extensa corte de vividores?

Mutassim prefería el Jack Daniel’s diluido en Coca-Cola. Así brindó con una de sus incontables novias —la modelo holandesa Talitha van Zon, que huyó de Libia en barco proclamando que los rebeldes se proponían quemarla viva— por la victoria que consideraba inminente, una semana antes de la caída de Trípoli. Al igual que su padre, era de la opinión de que los insurgentes no pasaban de ser un puñado de ratas. “No hablo con adolescentes”, le había respondido a uno de sus captores, minutos antes de caer cadáver y ser fotografiado con un hueco sanguinolento a la altura de la garganta, capaz de por sí solo provocar un alud planetario de especulaciones. “Alza la cara y bebe agua, se acabaron los días de lujo”, le había dicho el soldado, entre varios insultos y amenazas que a Mutassim Gadafi nadie le había soltado en sus treinta y tres años de vida opulentísima.

2. ¿Dónde están los lambiscones?

En los pocos instantes filmados de sus últimas horas de vida, Mutassim aparece fumándose un cigarro, consciente acaso de que lo más probable es que sea el último. Ahí mismo, ensangrentado, revisándose las pequeñas heridas que le constelan los brazos y el torso, el hijo sibarita del coronel es un príncipe desdeñoso y ensimismado. Desde donde él está, sus captores no existen. Son, con mucho, las sombras amargas de un revés decisivo pero inaprehensible. Desgreñado, con la barba crecida, el Asesor de Seguridad Nacional está más ocupado en limpiarse la sangre que en prestar atención a los milicianos que parlotean en torno suyo. “¡Ya verás pronto, perro!”, lo amenaza uno de ellos, pero difícilmente acepta Mutassim más compañía que sus pensamientos. Por una vez, no obstante, escucha la verdad. ¿Cuántas mentiras tuvo que haber oído de sirvientes, amigos, socios y matarifes, ninguno de los cuales habría osado mostrarle realidad cruda alguna a un Gadafi, habida cuenta pública del precio que acostumbra cobrar esa familia por un solo causal de ofuscación?

Hoy que se multiplican los internautas interesados por las tumultuosas imágenes de la muerte del mandamás libio, no faltan los videos dedicados a la vida suntuosa de la familia. Entre cajas de Cristal y Blue Label, la cámara recorre el piano blanco, los jacuzzis y el mobiliario digno de una boutique de autor en Copenhague. Ello, más los fiestones en el Caribe y los muertos hallados en mazmorras y tumbas clandestinas, permite a los curiosos armarse cada uno su documental, con las dosis exactas de cada ingrediente para colmar al morbo sin saturarlo. Volvamos, pues, a la imagen del playboy que sangra, fuma y piensa. Podría escribirse un tupido tratado misantrópico desde el lugar de Mutassim Gadafi. Está solo, pero no mucho más de lo que ha estado el resto de su vida, habituado a vivir entre incondicionales y aduladores. Muy tarde se ha enterado de que hasta sus amigos le mentían por sistema, aunque adentro supiera que uno como él no puede hacer amigos, y si los hace es para devorárselos.

3. La verdad empalada

Hasta donde se sabe, los ídolos de Mutassim Gadafi eran tres: Adolf Hitler, Fidel Castro y Hugo Chávez. Como ellos, se juzgaba bien informado, si no incluso el mejor informado después de su padre. ¿Pero cómo iba el padre a figurarse que había libios deseosos de clavarle una estaca en el culo, y para colmo filmar el momento y subirlo a la red? Un dictador que agoniza ensartado, cacheteado y pateado por la turba tiene que haber perdido más de una brújula. Tras cuarenta y dos años de vivir la irrealidad de un poder absoluto y protagónico, salpicado de narcisismo, megalomanía y crueldad extrema, nada hay más complicado que pretender saber qué opinión tienen de uno sus subordinados, tanto los que conspiran a sus espaldas como aquellos que intrigan a sus órdenes; por no hablar de millones de súbditos que temen por su vida al escuchar su nombre.

“No hay placer más profundo en este mundo que empalar a un tirano moribundo”, opinaría un anónimo hincha de los linchadores en uno de esos foros donde la gente dice lo que le viene en gana, especialmente si es una burrada que en otra parte no podría soltar. Nada que pueda ser comprendido desde la soledad de un Gadafi, y para muestra basta el testimonio de los sirvientes de Aníbal, que comparte con su esposa, la modelo libanesa Aline Skaf, la fama de golpearlos y maltratarlos a niveles de tortura por una mínima desobediencia, amén de rara vez pagarles sueldo. Antes de terminar con la sesión, conviene echar un ojo al video donde aparece una infeliz mujer con la cabeza totalmente quemada por el agua hirviendo que le echó encima Aline Skaf de Gadafi. ¿Qué tan solo en la vida está quién trata así a la nana de sus hijos? No más solo que Mutassim Gadafi, con el último cigarro en la boca. No más solo que un viejo fanfarrón planetario con una estaca dentro del esfinter. No más solo que el fondo de una botella de Moët & Chandon de quince litros, regados por el piso en el nombre de la irrealidad.

martes, octubre 25, 2011

Los héroes carniceros (Diario Milenio/Opinión 25/10/11)

Verdugos sin patíbulo

Las estrellas del video son tres, pero solamente habla el que está en el centro. Estan sentados entre un par de banderas, con una mesa al frente y un logo de la banda detrás. Los tres visten de azul, usan guantes, portan el mismo escudo que los identifica como etarras y llevan una boina sobre la capucha blanca. Escenifican un ritual solemne y ampuloso como sus vestimentas, un poco por hacerse respetar y algo más para hacerse temer, en todo caso henchidos de razón y mejor dispuestos a conceder disculpas que a pedirlas. Los inventores de la “socialización del sufrimiento”, perversión terrorista que en la práctica incluye la estigmatización de los deudos, saben que arrepentirse equivaldría a darse por asesinos. Y ellos se piensan héroes, aunque luzcan ridículos como quienes impostan voz y gesto para mirar de frente a la Historia. Su patetismo es también su coartada, de otro modo tendrían que dar la cara. Cuando el que habla termina de recitar el manifiesto, alza el puño junto a sus dos acompañantes y remata con tres consignas al hilo.

Para su mala suerte, el día del manifiesto los tres encapuchados recibieron apenas la atención de los medios, si en esas mismas horas la imagen del cadáver de Moammar Kadhafi se adueñaba de la atención universal. Nadie mejor que un terrorista activo sabe el poder que tienen los cadáveres. Y digoactivo porque ya van tres veces que miro el video y ni quién hable allí de retirarse. ¿Será que los etarras guardarán armas, bombas y capuchas para dar gravedad a sus reuniones? Uno diría, por el tono altanero del de la voz, que no habla en nombre de una banda derrotada sino justo al revés: han ganado la guerra y conceden la paz como una gracia. ¿Y luego qué? ¿Cada quien a su casa, con todo y capucha? ¿Qué hace con su vida el ejecutor cuando la autoridad elimina el patíbulo? ¿Busca chamba en el rastro o se interesa por la jardinería?

Narciso, el olvidadizo

En términos etarras, el fin de la violencia terrorista es la reprivatización del sufrimiento. Un disparate, claro, si bien no menos que esa idea torcida de lanzarse a matar hijos de vecino con el pretexto de repartir penas. Una vez que se cruza la línea que separa al combatiente del asesino, hace falta una excusa poderosa, no tanto por sesuda como por simplona. Algo que sea o parezca una responsabilidad superior, capaz de desplazar a la propia, y eventualmente reemplazarla del todo. Como decían antes, eldiablo me obligó. Qué más quisiera un buen terrorista, sino vivir en paz y cultivar mejores relaciones con sus vecinos, pero pasa que no se manda solo y debe responder por un deber más grande que su pequeña vida, valga la vanidad. ¿Cómo, si no ostentando como una medalla el desprecio por la propia vida, va uno a darse licencia y buena conciencia para acabar con la de quien sea? ¿Y cómo no encontrar a un héroe en el espejo?

Hay empresas que no conocen la reversa, como el nazismo y el estalinismo. Cualquier paso hacia atrás, o incluso a un lado, será entendido como traición; cualquier escepticismo sonará a sabotaje. Se trata de ir al fondo del remolino, irremisiblemente, apostarse completo y hasta el fin por una sola idea más grande que la vida y sus deleites, capaz de oscurecerla o cercenarla si una razón de peso lo hace ver preciso. No vale arrepentirse, ni apiadarse, ni pensarlo siquiera. La valentía del matón con causa consiste en atreverse a cometer las peores cobardías imaginables sin dejarse acosar por la conciencia (toda vez que esta ha sido suplantada por razones mayores, frente a las cuales no hay más alta canallada que la desobediencia). Entre los que masacran inocentes en nombre de abstracciones tiránico-mesiánicas, el mérito es más grande cuanto mayor es la crueldad invertida, así como la indefensión de las víctimas. No se trata de escrúpulos, cuentan los enterados, sino de cojones. Quien los tiene no mira para atrás.

Yo no fui, fue El Conflicto

Ochocientos, se dice, redondeando la cifra, es el número de muertos atribuibles a ETA. Demasiados difuntos para sencillamente dar la cara por ellos, de ahí que los matones culpen al Conflicto, del cual se consideran cualquier cosa menos instigadores. Si yo salgo a la calle a echar tiros al aire porque no estoy contento con cierta situación, puedo endilgar los muertos al Conflicto, cual si éste fuese un ser independiente frente al cual no he hecho más que tomar partido. Ahora bien, una cosa es echar tiros al aire y otra muy diferente descerrajarlos en la nuca de una víctima equis como método de presión política. O plantar una bomba en un supermercado, oprimir play en el control remoto y desaparecer de la escena dantesca, en la certeza de que no ha sido uno sino Mr. Conflict quien dejó todos esos charcos de sangre en el piso. Y así, hasta llegar a ochocientos. Si los encapuchados y su ritual macabro nos parecen ridículos, no está de más pensar en ese peso muerto. Más todos los heridos y mutilados que por lo visto no son tan importantes y de por sí se suman a la cifra redondeada para el consumo global. Más la amargura y el terror de unos deudos estigmatizados por los fanáticos y su imperio del miedo. Ochocientos, es decir chorrocientos. Más de los que podría uno contar. Las capuchas están en el video para no rendir cuentas por esa numeralia.

Matar a una persona es un asesinato en toda la extensión de la palabra; llevarse entre las patas a ochocientas es no más que la consecuencia de un conflicto. O sea que hay opiniones involucradas, quien lo dude eche un ojo a las capuchas y observe la gran carga idiosincrática que se esconde tras ese solemnísimo simulacro de Halloween donde los asesinos hacen alarde de conciencia histriónica para mostrar al mundo y a la Historia que los verdugos saben ser piadosos, a pesar del Conflicto. O mientras El Conflicto lo permita. En todo caso, larga vida al Conflicto y que viva la piedad, mientras pueda.

miércoles, octubre 19, 2011

La piel dura (Diario Milenio/Opinión 18/10/11)

¿A qué edad empezamos a ser lo que ya íbamos a ser sin remedio? ¿En qué momento queda establecida la serie de rituales y de convenciones a las que denominamos luego, con algo de sorna y algo de resignación, la personalidad propia? ¿Cuándo es que nos damos cuenta de que ya no hay, por más que lo deseemos o, incluso, lo intentemos, marcha atrás? Me hago con frecuencia estas preguntas a últimas fechas sin saber bien a bien por qué o para qué. Tal vez se deba en parte al asombro que me provoca el constatar lo poco que cambiamos a lo largo de los años. Tal vez el cuestionamiento se relacione a este ver una y otra vez que la mayoría de las decisiones que tomamos en la vida, las tomamos mucho tiempo atrás, cuando poco o nada sabíamos de la relevancia o la consecuencia de cada uno de los hechos o los actos. Cuando me pongo así me dedico a ver cosas raras a través de las ventanas y regreso, sin pensarlo mucho, sin desearlo apenas, a Truffaut. A La piel dura de Truffaut.

Francois Truffaut, uno de los directores más relevantes de la nouvelle vague francesa, inició su larga carrera internacional con Les Quatre Cents Coups/ Los 400 golpes, un homenaje agridulce a los últimos años de una niñez. Pero esa no fue la única vez que el realizador le dedicó tiempo a la infancia. En L’argent de poche (traducida al español con buen tino como La piel dura, aunque su título original haga referencia al cambio que se lleva en los bolsillos), Truffaut exploró las vidas cotidianas de un grupo de niños y niñas a punto de entrar de lleno en la adolescencia, en Thiers, una pequeña ciudad francesa. La falta de sentimentalismo, la ausencia de toda condescendencia en el trato de estas vidas sólo es comparable a la huella que dejan en la memoria. Esta cosa honda. Esta cosa a veces trémula. El bien comportado y con flequillo. La que se aburre mortalmente los domingos. Al que golpean. El del padre inválido. Los que hacen travesuras. El que tartamudea. El que se queda pensativo observando las piernas de la madre del amigo. El que aparece con moretones y no explica nada. A la que no le gustan los plátanos. El que toma de la mano a la chica, por primera vez. El que besa. El que es besado.

“Es pavoroso pensar que los niños están en peligro siempre”, expresa la esposa del profesor Richet, cuando se dan cuenta de que un niño de apenas dos años ha caído, sin aparente lesión alguna, de un noveno piso.

“Eso no es verdad del todo”, asegura él. “Un adulto hubiera muerto del impacto, pero un niño no; los niños son como una roca. Tropiezan por la vida sin quedar lastimados. Ellos se encuentran en estado de gracia y eso les permite tener la piel dura. Son mucho más resistentes que nosotros”.

Recuerdo estos diálogos y no puedo dejar de dudar y de sonreír a un tiempo. Yo no sé si esto es, en verdad, cierto. Pero lo que sí sé es que me gustaría mucho que lo fuera. El estado de gracia. Pasar por la vida sin ser lastimados. Ser como una roca. Vi esta película por primera vez acompañada por amigos que no hacía tanto habían abandonado la niñez y se disponían entonces, con más pena que gloria, con una especie de nostalgia anticipada por todo lo que perdíamos ya sin siquiera saberlo, a dejar atrás la adolescencia. Se acababan justo en esos días nuestros largos lánguidos días de errancia universitaria y poco sabíamos de lo que haríamos después. Pocos tenían trabajo. Ninguno había terminado su tesis. Las relaciones amorosas se aproximaban y se alejaban con el embate de ciertas olas. Vagábamos por la ciudad como almas en pena o jaurías desamparadas observando con una obsesión mal disimulada las constelaciones en los cielos nocturnos o las nubes en los cielos diurnos. Veíamos señales en todos lados. Nos asustaba el futuro. Por eso y por la manía del ocio, llegamos a la recóndita sala donde se ofrecía esa película que se había estrenado en 1976. No teníamos nada qué hacer, en efecto, y todavía no aprendíamos a no estar juntos. Por eso y no por otra cosa la vimos con los ojos brillantes del que sabe y que, por saber que sabe, está listo ya para despedirse. De umbral a umbral, del fin de la niñez al fin de la adolescencia, Truffaut nos ofreció el pasadizo por el que, al menos por unos momentos, existía la posibilidad del alivio: resistiríamos el trance, no nos pasaría nada, éramos más fuertes de lo que pensábamos. ¿No habíamos visto que un niño caía de un noveno piso y, los huesos demasiado blandos todavía como para quebrarse, salía inerme, casi sin notar realmente por lo que había pasado? Sí, lo habíamos visto, y esa imagen agridulce, inverosímil, candorosa, nos había dado alas.

No sé a ciencia cierta si nos volvimos a juntar todos después de ver esta película o si ése fue el punto verdadero de la separación. Recuerdo que esa noche hablamos interminablemente sobre lo que nos deparaba, como se dice, el destino. Hacíamos apuestas mientras el humo de mil cigarrillos envolvía las cabezas como halos. Las desmesuradas bocas emitían desmesurados vocablos. Como era nuestra costumbre, nos arrebatábamos la palabra para señalar este o aquel detalle, aquella toma, esta fotografía. Interrumpir siempre fue una forma de producir sentido. Los bilabiales labios. Cada uno encontró a su cada cual en La piel dura. Cada uno rememoró a su manera la manera de su primera vez con el horror o el amor o la violencia o el dinero o el aburrimiento o la amistad. Cada uno volvió a ser, aunque fuera por un momento, el niño que estaba destinado a no dejar de ser.

martes, octubre 18, 2011

Henry James y Sergio Pitol: bello binomio literario-(Sexenio-Puebla 11/10/11)

Dicen que el lector ideal es aquel capaz de enfrentarse a los textos en su lengua original, pues eso aseguraría que se valore adecuadamente a la novela, cuento o ensayo que se esté leyendo. Sin embargo, cuando no se tiene dicha habilidad, se antoja como una tarea imposible. Para ese tipo de lectores –entre los que me encuentro- existen las traducciones.

En el mundo editorial varias son los sellos que compiten por colocar en el mercado su traducción, su mejor versión del texto literario. Se tiene conocimiento que Anagrama, Alianza, Cátedra y Siruela se encuentran entre los sellos editoriales con buenas traducciones y algunas de ellas contienen comentarios o estudios previos muy bien documentados. Lastimosamente, en el mundo editorial, ya son pocas las editoriales que publican traducciones realizadas por escritores connotados, en parte porque es una tradición que ya se perdió; la mayoría de esas traducciones son hechas a conciencia y con una riqueza literaria increíble, pues conocen el proceso que conlleva escribir un texto literario.

Entre esos traductores, que son escritores, se encuentra Sergio Pitol, por mucho uno de los mejores que ha tenido México e Hispanoamérica. Las traducciones escritas por Pitol sucedieron en la época en que viajaba como Embajador. Mientras vivía en determinado país, además de leer su literatura, se empapaba de su vida cotidiana y cultural; logrando así tener todas las herramientas necesarias para lograr traducciones apegadas al texto original, además de comprensibles al modo de pensar y leer del mundo hispano.

La Universidad Veracruzana, desde hace tres años, pública dentro de su sello la Colección Sergio Pitol Traductor –coordinada por Rodolfo Mendoza Rosendo-, la cual tiene por objetivo reunir todos los textos que Pitol llegó a traducir. Washington Square de Henry James es el título número 16. Una novela que ya está considerada dentro de los “clásicos de la literatura universal”. La trama de dicha novela es muy sencilla: una rica heredera está siendo acosada por un caza fortunas. Un tema –quizá- muy trillado, empero la excelente construcción psicológica de los personajes, el exquisito lenguaje utilizado y el retrato detallado del comportar de los protagonistas de la novela acorde a una sociedad muy conservadora, le dan mucho valor a esta novela que entretiene y atrapa. Lograr que todo esto se note en la traducción es un logro de la pluma de Sergio Pitol, pues realmente deja hablar tanto a la novela, como al autor.

Preciso recordar que Henry James es uno de los escritores que más ha leído y estudiado Sergio Pitol, dándole un plus a esta bella traducción.

Una novela que no deben dejar pasar.

Mira mi manuscrito

Quisiera ser canalla

Nunca he sabido bien qué hacer en estos casos. Es una de esas situaciones incómodas en las que sólo entiendo que voy a arrepentirme de todo lo que diga, igual que esos momentos embarazosos en los que se intercambian cumplidos sin sustancia y no se sabe de qué más hablar. Cierto es que además la situación, para ser de verdad incómoda, debe tomarlo a uno por sorpresa, pero es también verdad que hay ocasiones para las que se está siempre desprevenido, no importa cuántas veces se repitan, y ésta es de esas. No descarto, inclusive, que las presentes líneas sean un puro intento de racionalizar esta incomodidad y con alguna suerte dar con los argumentos para suprimirla. Para qué escribe uno, sino para lidiar con sus demonios. Y ahí empieza el problema: cada vez que se acerca un entusiasta y habla del tema de su manuscrito, no es a él a quien veo sino a mí mismo, varios años atrás, persiguiendo las opiniones ajenas como si fueran piedras preciosas, creyendo porque quiero -es decir, porque el miedo lo aconseja- que una palabra suya bastará para darme la fe que tanta falta me hace para seguir.

Ahora no me es difícil reconocerlos. Algunos, los intrépidos, ya traen el manuscrito bajo el brazo, cuando no bien oculto debajo de la ropa. Otros nada más llegan con la pregunta lista. ¿Puedo leer un poco de lo suyo, si me lo hacen llegar? Son unas cuantas páginas, no me tomará más de diez minutos. Si me pongo en su sitio, cosa que es facilísima porque como ya he dicho me miro en un espejo retrospectivo, calculo que es preciso ser un canalla para decir que no; pero si me devuelvo a mis zapatos y veo la cosa tal como creo que es, entiendo que hace falta ser un irresponsable para decir que sí. Lo peor es que en algunos territorios, como es el caso del quehacer artístico, la irresponsabilidad suele hacer más estragos que la canallada. Aunque eso sí: no duele, y por eso uno a veces la prefiere.

Esto no es un club social

Existen profesiones de por sí solitarias. No espera el velador hacer muchos amigos en horas de trabajo, ni pretende el forense animarse charlando con sus pacientes. Francamente sería fabuloso poder chismear y echar relajo con los compañeros al tiempo que se escribe una novela, pero en este quehacer no hay compañeros. Se está solo con él, desde el principio, a lo largo de tantos días y noches que la experiencia tórnase intransmisible. Sabe uno demasiado sobre lo que está haciendo o se propone hacer, aun si la sensación apunta al lado opuesto porque aún no se asimila lo esencial, o no se está consciente de lo asimilado y es necesario continuar escarbando. En todo caso, nadie más lo entiende, pues para ello sería necesario compartir no unas líneas ni unas páginas, sino el proyecto entero, incluyendo las dudas más profundas y las certezas menos aparentes. Si ello fuera posible —abrirse y compartirse con todo y obsesiones y temores— no haría falta escribir más novelas.

Alguna vez, saliendo de la preparatoria, un amigo cercano me ofreció presentarme con un novelista para darle a leer ya no unas páginas, sino el texto completo de la novela que según yo acababa de terminar. Una idea que me llenó de entusiasmo, pues había pasado tantas noches en vela dudando entre la fe y el desconsuelo que la oportunidad de oír una opinión calificada parecía la puerta misma del sosiego. “La leeré, por supuesto, con mucha atención”, ofreció el escritor con una sonrisa que en lugar de sosiego me provocó euforia. Durante los pocos días que el efecto duró, anduve por la vida flotando en una nube de autoconfianza extrema; luego, al paso de semanas y meses sin recibir noticias de la lectura prometida, me fue invadiendo en lo tocante al tema de la novela una suerte de ánimo crepuscular. ¿Sería que la leyó y no le gustó? ¿Le daría vergüenza decirme la verdad? ¿Era aquella verdad tan espantosa? ¿Y qué tal si jamás la había leído, o si empezó y ya no siguió adelante? ¿El problema era él (que estaría ocupado en otras cosas y no tendría tiempo para mí) o mi novela (que tal vez no servía, y por tanto tampoco servía yo)?

La falsa línea punteada

No siempre busca uno lo que más le hace falta. ¿Para qué diablos quiere un escritor armarse de sosiego, y todavía peor, de extrema autoconfianza, dones tal vez valiosos para jugar al ajedrez o al ping-pong, pero estorbos seguros a la hora de escribir? ¿Y existe acaso fardo más engorroso para el quehacer artístico que la docta opinión de Mengano Perengánez? ¿Por qué pregunta uno, finalmente? ¿Porque quiere saber si haría mejor en dedicarse a otra cosa? En tal caso, no hay ni que preguntar. Si uno puede vivir sin escribir, debe intentarlo por el bien de todos; y si no, ¿para qué andar preguntando?

“¿No les parece lindo?”, pregunta la señora cuando exhibe a su niño recién nacido: pobre de aquél que opine que está feo, así el chamaco sea un esperpentito. En los años en que iba y venía cargando el manuscrito de mi horrible novela como un salvoconducto hacia la vida real, temía que una sola opinión negativa daría al traste con todo mi futuro, y al revés: un elogio en su punto me llenaría de aliento para continuar. Afortunadamente, lo que vino fue una larga cadena de rechazos, aunque ninguno lo bastante corpulento para evitar que siguiera adelante, y hasta al contrario: entre más decisivo parecía el revés, menos me convencía de recular. Imposible pagarle a aquel novelista el inmenso favor de tirarme a loco cuando faltaban tantos golpes por encajar. Pues no son los elogios, sino los golpes bajos lo que dota de aliento al narrador. Para contar historias suele uno valerse de los obstáculos y eludir como a un virus la tentación de la línea punteada. ¿Qué me parece, al fin, tu manuscrito? Sin haberlo leído, creo que es espantoso, pero albergo la secreta esperanza de que me contradigas y vayas adelante como si nada porque al fin quién soy yo para opinar sobre lo que no sé. ¿Un último consejo? Ráscate con tus uñas y mándame al carajo: es lo menos que puedes hacer por tus lectores.

martes, octubre 11, 2011

Como quien se guarece (Diario Milenio/Opinión 11/10/11)

El 14 de septiembre de 2011 despertamos de nueva cuenta con la imagen de dos cuerpos colgando de un puente. Un hombre; una mujer. Él, atado de las manos. Ella, atada de muñecas y tobillos. Justo como en otras tantas ocasiones, y como también lo notaron con cierto pudor en las notas del periódico, los cuerpos mostraban huellas de tortura. Del abdomen de la mujer, abierto en tres puntos distintos, brotaban las entrañas.

Es difícil, por supuesto, escribir de estas cosas. Es más, acciones como la descrita anteriormente son llevadas a cabo, de hecho, para que no se pueda hablar de ellas. Su fin último es causar la parálisis básica del horror —esa ofensa que se ejerce no sólo contra la vida humana sino también, acaso sobre todo, contra la condición humana.

El terror, nos recuerda Adriana Caverero en Horrorismo. Naming Contemporary Violence, un libro indispensable para pensar, si entender fuera imposible, la violencia contemporánea, surge cuando el cuerpo tiembla y huye para conservar su vida. El aterrorizado teme y, por encontrarse dentro de la esfera del miedo, busca una salida. El horror, cuyas raíces latinas nos remiten al verbo “horreo”, está más allá del miedo que con tanta frecuencia alerta contra el peligro o conmina, por lo mismo, a trascenderlo. Frente a la cabeza de Medusa, que es todo cuerpo despedazado hasta más allá del reconocimiento humano, el que se horroriza separa los labios e, incapaz de pronunciar palabra alguna, incapaz de articular lingüísticamente la desarticulación que llena la mirada, muerde, así, el aire. El horror vive de y en la repugnancia, asegura Caverero. Arrebatados de su agencia a través del estupor y la inmovilidad, engarrotados en un juego de las estatuas de marfil perpetuo, los horrorizados miran y, aún mirando fijamente o precisamente por mirar fijamente, no pueden hacer nada. Más que vulnerables —una condición que compartimos todos como parte de la condición humana— desarmados. Más que frágiles, inermes. Por eso el horror es, sobre todo, un espectáculo —el espectáculo más extremo del poder.

Lo que los mexicanos de inicios del siglo XXI hemos sido obligados a ver —ya en las calles, en los puentes peatonales, en la televisión o en los periódicos— es, sin duda, uno de los espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo. Los cuerpos abiertos en canal, vueltos pedazos irreconocibles sobre las calles. Los cuerpos extraídos en estado de putrefacción de cientos y cientos de fosas. Los cuerpos arrojados desde camionetas de redilas sobre avenidas transitadas. Los cuerpos chamuscados en piras enormes. Los cuerpos sin manos o sin orejas o sin narices. Los cuerpos invisibles, incapaces ya de reclamar sus maletas en las estaciones de autobuses a donde sí llegan sus pertenencias. Los cuerpos perseguidos; los cuerpos ya sin aire; los cuerpos sin voz. Esto es el horror, en efecto. Esto es la versión actual de un tipo de horror moderno que igual ha enseñado su cara más atroz en Armenia, en Auschwitz, en Kosovo.

En el caso de México de fines del XIX e inicios del XXI, el horror va íntimamente ligado al retroceso del Estado en materias de bienestar y protección social y, consecuentemente, al surgimiento de un feroz grupo de empresarios del capitalismo global, a los que se les denomina de manera genérica como el Narco. Se trata, pues, del horror de un Estado que, en pleno retroceso ante los intereses económicos de la globalización, no ha hecho más que repetir una y otra vez aquél famoso gesto de un traidor: lavarse las manos. Así es, desde la época de las reformas salinistas de 1989 y siempre violentando acuerdos centrales que la sociedad mexicana había alcanzado luego de más de una década de lucha, en la así llamada era de la revolución mexicana, el Estado neoliberal mexicano le ha dado la espalda a sus compromisos y sus responsabilidades, rindiéndose ante la lógica implacable, la lógica literalmente letal, de la ganancia. A ese Estado, que rescinde su relación con el cuidado del cuerpo de sus constituyentes, le ha llamado en estos ensayos un Estado sin entrañas.

El Estado es, sin embargo, un verbo y no un sustantivo; el Estado, como el capital, es una relación. Cuando, de manera unilateral, el Estado mexicano, administrado por una enérgica generación de tecnócratas convencida de la primacía de la ganancia sobre la vida, se sustrajo de la relación de protección y cuidado para y con los cuerpos de sus ciudadanos, entonces se produjo la intemperie. Justo ahí, en el escenario de esa intemperie atroz, es que los cuerpos de sus ciudadanos, además de vulnerables —que es parte de una condición humana—, se volvieron inermes —que es una circunstancia generada artificialmente por las formas de violencia unilateral producida por la tortura. En su indiferencia y descuido, en su noción instrumental de lo político e incluso de lo público, el Estado sin entrañas produjo así el cuerpo desentrañado: esos pedazos de torsos, esas piernas y esos pies, ese interior que se vuelve exterior, colgando.

En un lúcido ensayo sobre lo que está mal en el mundo de hoy, el humanista Tony Judt equiparó el nivel de agresión y descuido que sufren los ciudadanos en sociedades donde el Estado es totalitario con las sociedades, donde la carencia de Estado invita a la impunidad y la violencia. Este último es, sin duda, el caso de México.

Mientras los narcotraficantes consiguen a través de la violencia unilateral y espectacular de la tortura, lo que las maquilas y otras cadenas de trasnacionales intentaron a lo largo del último tercio del siglo XX, esto es, reducir al cuerpo a su condición más básica como productor de plusvalía, los mexicanos nos hemos vistos forzados a ser testigos de los hechos. Boquiabiertos, con los vellos erizados sobre la piel de gallina, fríos como estatuas, paralizados de hecho, muchos no hemos hecho más que lo que se hace frente al horror: abrir la boca y morder el aire.

Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del dolor.

De ahí la importancia de dolerse. De la necesidad política de decir tú me dueles y de recorrer mi historia contigo, que eres mi país, desde la perspectiva única, aunque generalizada, de los que nos dolemos. De ahí la urgencia estética de decir, en el más básico y también en el más desencajado de los lenguajes, esto me duele. Porque Edmond Jabés tenía razón cuando criticaba el dictum de Adorno: no se trata de que después del horror no debamos o no podamos hacer poesía. Se trata de que, mientras somos testigos integrales del horror, hagamos poesía de otra manera.

Además de dolerme, yo no sé qué hacer. Todavía no sé con quién unirme, dónde verme, sobre qué hombro llorar. Sé que el dolor encuentra con frecuencia sus propios aliados —y una larga tradición religiosa, alejada de las instituciones más rancias del catolicismo conservador, atestigua en nuestra historia algunos de los usos más políticamente efectivos del sufrimiento social. Recuérdese, entre otros casos, el de nuestro movimiento independentista, al menos el primero, el que todavía fue capaz de aglutinar el apoyo popular. Recuérdese, entre tantos otros ejemplos, el de Tomochic y la Santa Niña de Cabora. Recuérdense, en fin, tantas cosas. Lo único cierto es que, luego de la parálisis de mi primer contacto con el horror, opto por la palabra. Quiero, de hecho, dolerme. Quiero pensar con el dolor, abrazarlo muy dentro, regresarlo al corazón palpitante con el que todavía tiembla este país. Frente a la cabeza de Medusa, justo ahí porque es ahí donde el riesgo de convertirse en piedra es más verdadero, justo ahí decir: aquí, tú, nosotros, nos dolemos.