lunes, septiembre 19, 2011

Esa carta fatal (Diario Milenio/Opinión 19/09/11)

Las fórmulas corteses, dice el autor, no escriben buenas cartas, pero a veces evitan el error garrafal de la franqueza.

1 Afectos de cartón

Cuando niño, uno encuentra pesadas las fórmulas de cortesía. Algo más tarde le parecen ñoñas, y sin embargo acaba por usarlas, generalmente mal porque para decir, por ejemplo, tu casa cuando hablo de mi casa, tengo que hacerlo con la sinceridad de quien lanza un piropo a un esperpento. A veces, cuando intento ser muy amable, es decir demasiado, termino equivocándome de fórmula, o trato de acortarla y ni yo mismo entiendo qué fue lo que dije. Algo me falla en el fervor cortesano, y por lo que he escuchado no estoy solo. La gente se despide, o se saluda apenas de pasada, sin mucho tiempo para reflexionar en lo que está expresando, que de cualquier manera es siempre lo mismo. Quiere uno que supongan que quiso ser amable, y en una de éstas equivocar la fórmula —hacerse perdonar con una risa, un guiño, una sonrisa— es un modo amigable y relajado de recordar que estamos en confianza, por lo que toda fórmula sale sobrando.

Las cosas se complican cuando uno ha de mostrarse amable por escrito. Lo más fácil, de nuevo, es colgarse de fórmulas empleadas por todos. Un método seguro si se escribe una carta para hacer valer la garantía de una lavadora, pero inútil si lo que uno desea es parecer al mismo tiempo respetuoso y simpático a los ojos de su destinatario. ¿Despreocupado, tal vez? ¿Muy ligero, mejor? ¿Y por qué no algo cálido? ¿Y si piensa que soy un confianzudo? ¿No sería mejor hacerle percibir una cierta frialdad profesional? Para quienes vivimos de movernos dentro de los estrictos y quisquillosos límites de la verosimilitud, escribir una carta de esta clase es un suplicio que no tiene nombre. ¿Cómo esperan que me despida de gente a la que no he visto ni veré declarándome suyo afectuosamente? ¿Por qué debo empezar por llamar estimado a los sujetos que menos estimo, y encima de eso darles gracias anticipadas por lo que anticipadamente sé que harán mal o no harán en absoluto? Y ahí está la cuestión, el mérito más grande de la cortesía consiste en evitar la tentación nefasta de la honestidad.

2. Posesivos emotivos

El puro intento de escribir una carta suele poner en guardia a nuestro pudor. Las fórmulas ayudan, pero estandarizan. Si no quiere uno lucir ciento por ciento ordinario, le conviene echar mano de algo más que recetas. Es decir, reemplazar las palabras de cajón en favor de las propias. Y eso suena muy bien, pero igual compromete. Una cosa es tratar de eludir la frialdad y otra hacer por escrito el papelazo de lamesuelas. Por otra parte, los tiempos cambian. Nadie nos asegura que lo que hoy es derecho mañana no será visto por el revés. La mejor prueba de ello son las cartas de amor. Quien se enamora escribe más de lo que debe, y mucho más de lo que le conviene. Quisiera regalar y regalarse, cuenta con las palabras para hacer claras esas intenciones en forma de promesas. Se vale de metáforas para expresar sus sentimientos inflamados y en cada una pretende entregar su alma, tanto que justo antes de garabatear su firma recuerda al ser amado que es de su propiedad. Tu Martín. Tu Ana Rosa. Tuya por siempre. Tuyo en la adversidad.

El problema de las grandes verdades que se expresan en una carta de amor tiene que ver con su vigencia insuficiente. A la gente le gusta repartirse a menudo, especialmente cuando es muy amable, y es como regalar dinero de juguete. Pero hay quienes se toman esas cosas en serio, tanto así que no paran hasta cobrar entero el documento. Despechados, les llaman. Son los que dieron crédito a quien no debían y en pago recibieron documentos apócrifos. O los que calcularon una deuda más grande, ya capitalizados los intereses. Guardan como un trofeo de caza mayor la carta donde dice soy tuyo para siempre, creen que ese papel basta para darles por siempre la razón. Si alguna vez el torpe remitente no se propuso más que ser amable y empleó una mera fórmula para hacerse querer, o en el camino cambió de opinión, le toca hacerse cargo de sus dichos.

3. ¿De quién es ese micrófono?

“Fidel querido: Te deseo lo mejor en tu convalecencia”, iniciaba la ya famosa carta que Pablo Milanés envió en 2006 al mandamás cubano. Tras citar compromisos ineludibles en el extranjero y prometer unidad y coraje, el cantante se despedía con un abrazo de “Tu Pablo Milanés”. Hoy día, esa carta piadosa le pasa dos facturas: si los anticastristas le reprochan el posesivo, por abyecto, sus ya virtuales excompañeros van a crucificarlo por la misma razón. A Fidel Castro no se le dice un año soy tuyo y al siguiente se busca independencia. ¿Cuándo se ha visto que la gente que se dice incondicional del dictador vaya por ahí expresando sus privados pareceres? Si de verdad lo son, y así les gusta ostentarlo, deberían entender que un incondicional, es decir un esbirro, lo es de pensamiento, palabra, obra y —esto es muy importante— omisión. Lo que el patrón no ve, no lo ve nadie. Es decir, nadie que se llame suyo.

Sabrá el demonio la cantidad de cartas que han sido interpretadas erróneamente por quienes cumplen órdenes de interceptarlas. Mala pata tendría quien se pasó de amable con un destinatario estigmatizado, o quien fue percibido como frío por un acomplejado poderoso. Y mal le irá también a todo aquel que intente distinguirse, si cada paso en esa dirección semejará un desplante de soberbia. Por eso sufre uno siempre que escribe cartas; o sufrirá más tarde, cuando llegue la cuenta. Nadie sabe la cantidad de borradores que se gasta uno en cierta carta difícil donde la cortesía jamás es suficiente y la sinceridad consiste en repetir unas cuantas fórmulas corrientes. Nadie sabe cuándo va arrepentirse por haber escogido el borrador erróneo. Nadie sabe lo que es llamarse Pablo y tener que escribirle a Fidel. Tu Fidel.

martes, septiembre 13, 2011

La lectora severa (Diario Milenio/Opinión 13/09/11)

La historia de Severina (libro de Rodrigo Rey Rosa) no es difícil de imaginar... Es el encuentro entre la mujer inaccesible (...) y el hombre altamente sentimental.

Decían Deleuze y Guattari, en aquel multicitado ensayo sobre Kafka, que para llamarse “menor” una literatura tendría que reunir las siguientes tres condiciones: la desterritorialización de la lengua, la articulación de lo individual en lo inmediato-político, y el dispositivo colectivo de enunciación. Luego, y convirtiéndolo tácitamente en un objetivo de toda literatura revolucionaria, añadían que se trataba de “[e]scribir como un perro que escarba un hoyo, una rata que hace su madriguera. Para eso: encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto”.

Hace no mucho me dio por hablar de un libro que acababa de leer con bastante gusto como “una novelita”. La mención no iba con sorna, sino con una admiración acaso un tanto cuanto íntima. Se trataba de una referencia con la que quería dejar por sentado lo entrañable que había sido del proceso de la lectura. Lo cercano. No la califiqué como un novelón, que es lo que queda muy por encima o muy lejos (y con frecuencia no importa), ni como la novela que se ve a la distancia exacta. Tampoco sentí preciso el uso implícitamente snob de “nouvelle”, ni el despreciativo “noveleta”, ni el meramente descriptivo “novela corta”. El libro en cuestión no era nada de eso, me convencía. O, para ser preciso, siendo todo eso, el libro era nada más “una novelita”. No era la primera ocasión que utilizaba el término de ese modo, y la frecuencia del acontecimiento me aguzó los sentidos. De ahí la cita de Kafka. Por una literatura menor. De ahí también, eso creo yo, el uso del diminutivo.

El libro en cuestión, Severina de Rodrigo Rey Rosa, es en efecto un libro de no muchas páginas que se lee, como se dice, de una sentada. También lo son, por cierto, Estrellas muertas, de Álvaro Bisama, o Bonsái, de Alejandro Zambra, o El jardín devastado, de Jorge Volpi. Pero esas características, digamos, físicas, no son las que necesariamente transforman a un texto corto de aliento narrativo en “una novelita”. Lo que lo hace parecer un texto escrito por ese mítico perro que escarba un hoyo, o por esa filosófica rata que hace su kafkiana madriguera, lo que lo vuelve ejemplo de una literatura menor en todo caso, son dos cosas: se trata de un texto que abreva de una tradición de la baja cultura, de la cultura popular, en este caso el de la novela rosa o la novela sentimental; y se trata de un texto que, a sabiendas de que lo sentimental es un lugar común, en el sentido en que es común el sentido común, por ejemplo, sutilmente subvierte sus características para entregar, de manera “aparentemente sencilla”, una liebre por un gato.

La historia de Severina no es difícil de imaginar. Es más: se trata de una historia contada miles de veces. Es el encuentro entre la mujer inaccesible, mejor conocida en tiempos pasados como lafemmefatale, y el hombre altamente sentimental. Están ahí, sin duda, los elementos básicos que han dado pie a más de una gran novela romántica del XIX y a más de una novela rosa del XX (incluyendo el repertorio inabarcable de Corín Tellado). Pero, tal como lo investiga Aníbal González en su recienteLoveandPolitics in theContemporarySpanish American Novel, la novela neo-sentimental latinoamericana tiene sus raíces bien firmes en la era del post-boom, cuando distintos autores y autoras (Gonzáles incluye en su lista a autores tan distintos como Elena Poniatowska y Alfredo Bryce Echenique, Isabel Allende y Gabriel García Márquez, Miguel Barnet y Luis Rafael Sánchez, entre otros) introdujeron, y no de manera aleatoria ni secundaria, el tema del amor en sus libros. Para distinguirla de otro tipo de novelas, González argumenta que el amor del que tratan las nuevas novelas sentimentales es del tipo que pretende sanar “las divisiones y el rencor generado por décadas de movilización social y política”, más cercano al ágape (el amor hacia el vecino) que a la pasión súbita y carnal que tantas veces dominó el espectro emocional de otras muchas novelas.

Así entonces, Severina, la del título de Rey Rosa, es legítimamente una femme post-fatale. Tal como lo exige el estereotipo, la joven mujer es, en efecto, misteriosa e inaccesible, bella (y para eso el autor recurre a minuciosas descripciones de vestuario que dan mucho en que pensar) y complicada, pero, a diferencia de las fatales de antaño, que solían ser mortíferas y dejar marcas indelebles a través del daño, esta Lolita light, esta mujer joven y sin documentos y perfectamente ataviada, es sobre todo una lectora. Lo que es más: Severina es una lectora severa. Con ella establecerá el narrador una relación sexual, pero en realidad lo que más hacen es leer libros y, sí, platicar. No es fácil, y lo sabrán los lectores que se fijan en estas cosas, convertir a una mujer severa, esa construcción con la que se ha asociado históricamente a las abuelas enérgicas, las amargadas sin motivo y las solteronas frígidas, en un objeto de deseo ni en una musa palpitante ni mucho menos en la heroína de una novela neo-sentimental. Tampoco fue fácil, en el mismo sentido y por ejemplo, hacer de un lector voraz el héroe de una novela escrita por un latino, Junot Díaz, que ganó el Pulitzer justo una década después de que la novela latina ganadora del mismo premio fuera un latinlover. Y porque no es fácil es que engatusa la serie de arabescos culturales a los que hay que recurrir para poder dar, en toda su arriesgada extensión y en toda su subversiva carga, la mítica liebre por el gato de pacotilla. En efecto, la “aparente sencillez” de Severina no está en la manufactura de las oraciones o en el uso austero del lenguaje (esas oraciones y ese lenguaje son, en efecto, sencillos), sino en la serie de complicadas estrategias (tanto o más que las utilizadas por el autor en su trabajo anterior, El material humano), la serie de estratégicas apelaciones (el formato de la novela rosa, entre otras) que hacen posible que exista, a inicios del XXI y en la literatura latinoamericana, una Severina que es, a la vez, encantadora y humana, terrestre, viva.

Requeriría más espacio desarrollar algunas ideas acerca de la repetición significativa del término “vanidad” a lo largo de este libro. La vanidad, por ejemplo, del hombre solo, de la que el narrador se deshace gustosa y planeadamente al dejar que la historia sentimental tome precedencia sobre cualquiera de sus otras historias; y la vanidad de esos hombres y mujeres que ya sólo existen por y para y entre los libros que se consumen, en este caso a través del desvío de la circulación comercial que presupone el robo. Que ambas condiciones sean tildadas de vanidad hace que esta novelita no sea una más de esos artefactos hechos para la autoglorificación de la alta cultura y consecuente santificación del status quo, sino un libro que hace pensar de manera crítica en el lazo que va de las relaciones de intercambio, ya sea mercantil o amoroso, con el estado de todas las cosas. Lo neo-sentimental, así, no deja de ser político.

lunes, septiembre 12, 2011

El cocodrilo albino, metáfora de las preguntas jamás respondidas-(Sexenio-Puebla 06/09/11)

Piérdete para que puedas buscarte, lev motiv de esta novela y -por qué no-, una postura de vida.

El ombligo del dragón (Tusquets, 2007) es la segunda novela de Ximena Sánchez Echenique –antecedida por Sobre todas las cosas, ganadora del Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2003.

Aquí se narra la historia de una madre y Elio, su bebé albino (albino por magia o maldición) que tras días y meses de estar esperando el retorno de Ermilo –padre de Elio- deciden alcanzarlo a China, donde Ermilo participa en un ambicioso proyecto científico. Un viaje cuyo objetivo es alcanzar al padre de Elio, sin embargo esta búsqueda no sólo los acercará a Ermilio, también encontrarán las respuestas que llevaban buscando, un viaje que estará lleno de un sinfín de obstáculos, que por cada barrera librada vendrá una revelación, una pista más para seguir andando-navegando por el camino llamado vida.

Al igual que en Sobre todas las cosas y posteriormente en Por cielo, mar y tierra; un objeto es el pretexto, el detonante de las historias. En su primera novela la obsesión fue un huevo perteneciente a una dinastía rusa; aquí en El ombligo del dragón es un cocodrilo albino hecho todo de marfil, dicho objeto concentra uno de los tantos misterios que llevan a la madre de Elio a viajar a China.

En El ombligo del dragón, nuevamente el lector se enfrentará ante una narradora comprometida con el lenguaje, lo que le permite jugar y construir una historia precisa. Un estilo narrativo muy tierno que sirve para soltar posturas fuertes ante la vida.

Una novela que pierde al lector con todos los personajes y que al final, junto con ellos, el lector se encontrará y así lograr continuar su camino, entendiendo –quizá-, que nunca encontraremos las respuestas esenciales y lo mejor será afrontar la vida como viene.

Acérquense a la novela y ojalá encuentren su propio cocodrilo albino.

El presente obsoleto (Diario Milenio/Opinión 12/09/11)

Nadie está al día, hoy día. Al paso inexorable del hi tech, el mañana ha saltado al pasado mañana y el ayer ha cesado de ser hospitalario.

1. En el nombre del fax

Suele uno recordar el primer día que pasó manipulando su nueva computadora. Especialmente si ésta le parecía más nueva que las nuevas, que es lo común cuando, vencido el miedo al cambio, pasa gloriosamente de Windows a Mac y tiene la impresión de haber dado un gran salto hacia adelante. Recuerdo que era marzo del 2007, y que recién comprado el aparato me enteré que venía sin módem. ¿Cómo iba a hacer, entonces, para conéctame a internet? Presa de alguna mezcla de piedad y sorpresa, el empleado me preguntó si acaso no tenía conexión inalámbrica en mi hogar, y como respondiérale que no sólo mi casa carecía de ella, sino asimismo varios de los sitios a los que pretendía llevarla, como era el caso de la morada paterna, donde sólo podía conectarme a través del teléfono, me ofreció por quinientos pesos extra un fax-módem externo de plástico blanco, tan pequeñito que cabía en mi puño inadvertiblemente. Durante los pocos meses que lo usé para conectarme a la red, varios amigos se burlaron de mí. Era, me dijo alguno, como traer un Ferrari con remolque.

Hoy la gente se ríe de los faxes, pero es un hecho que de pronto hay que enviarlos, si es que los documentos son importantes y se requiere, por ejemplo, de alguna verificación legal que el correo electrónico no garantiza. Ya estaba el mundo lleno de conexiones WiFi cuando mi aparatito seguía cumpliendo las funciones de una moderna máquina facsimilar. Habré mandado quince o veinte de ellos, en todo caso los suficientes para felicitarme por tenerlo a mi lado en esas emergencias. Hasta que un día fui convidado por la publicidad de Apple a dar un nuevo salto hacia adelante, consistente en dejar atrás el sistema operativo conocido como Snow Leopard e instalar el novísimo Lion. Pocos días después, los administradores de Twitter me pidieron verificar mi identidad por fax, y he aquí que mi pequeña caja blanca recién había quedado descontinuada. El sistema no la reconocía más. Si quería enviar un fax, tenía que dar un brinco en reversa y reinstalar el Snow Leopard, o ir en busca de una papelería equipada con tales vejestorios.

2. Deprisa hacia el panteón

“Estamos simplificando el cubo de la Quinta Avenida. Empleando piezas de cristal más grandes y junturas invisibles, usamos sólo 15, en lugar de 40”, reza el aviso en la famosa tienda Apple de la calle 59, que atiende a toda hora a multitudes bíblicas de clientes. Lo que no se nos cuenta es adónde irán a dar los cuarenta cristales que ya no se usarán, pues la idea es correr hacia adelante sin reparar en cuanto quedó atrás. Hace veinte años, Nueva York era todavía un ciudad donde había la idea de que todo podía conseguirse; hoy, los tiempos exigen mirar hacia adelante. Si a uno se le ocurre ir a la impresionante tienda Sony de la calle de Madison en busca de algún simple accesorio para la cámara que compró hace siete meses, lo probable es que el dependiente le informe, entre el desdén y la conmiseración, que es preciso mandarla pedir y con alguna suerte la tendrá en dos semanas. Ahora, si tiene prisa, puede comprarla en Amazon o ir directamente a B & H.

Por donde se le vea, la tienda B & H es una reliquia en el Manhattan del siglo XXI. Si hoy día la inversión en inventario aparece a los ojos del vendedor moderno como un derroche huérfano de sentido, B & H es el reino del despropósito. No abre 24 horas, como la enorme tienda transparente de la Quinta Avenida, pero igual sus dos pisos lucen llenos de gente entre mañana y tarde. La razón es bien simple: difícilmente existe en este mundo una tienda de aparatos electrónicos mejor surtida que B & H. Es no sólo la tierra prometida de los fotógrafos, sino también el Xanadú de los interesados en video, computación y sabrá el diablo cuántos gadgets más. Por más que intenten ser amables y eficientes, sus empleados -¿uno, dos centenares?- son naturalmente incapaces de conocer a fondo sus inventarios, así que en varios casos es el cliente quien los ilumina. Pero lo tienen todo, y si no lo consiguen, como uno habría esperado en el Manhattan del siglo pasado, del cual no queda mucho a estas alturas porque hoy el mundo exige correr hacia adelante y es de entenderse que Nueva York tendría que estar a la vanguardia en esa carrera, cuya meta probable, decía Octavio Paz, no es más que la extinción.

3. Peligro: cobertura limitada

Hago cuentas y advierto que a estas alturas mi otrora deslumbrante MacBook Pro no es más que una antigualla, tras cuatro años y medio de servirme como ninguna PC lo habría hecho, tanto así que la idea de prender uno de esos resabios del Pleistoceno me ocasiona una tirria similar a la de echar a andar una Betamax descompuesta. Igual que mis marchantes de Apple, miro hacia la tecnología de anteayer con una suerte de repelús sarcástico, y por supuesto no desecho la idea de que llegará el día en que yo mismo sea mirado así.

“¿Por qué entonces no cambias de computadora?”, preguntará más de uno, agudamente. En otro tiempo, habría respondido que estoy encariñado con la mía, pero lo cierto es que en cincuenta y tres meses me las he arreglado para tornarla casi tan lenta y retobona como las que usan Windows y sacan canas verdes a sus dueños. La razón, finalmente, por la que ahora no corro a endrogarme con un nuevo aparato es que me gana el miedo al porvenir. ¿Quién asegura que de aquí a cuatro meses no estará en el mercado un modelo absolutamente novedoso que hará del reluciente bólido portátil un vejestorio digno de sarcasmo? ¿Qué hago para que el gusto del estreno me dure cuando menos un añito? Doy risa, ya lo sé, como todos aquellos que hallan aún concebible vacunarse contra la obsolescencia. Quiero ser como Mac, o de perdida como B & H, pero miro al espejo y advierto que ha vencido mi garantía. Cualquier día como hoy, van a descontinuarme sin que me entere.

martes, septiembre 06, 2011

Yo también sé de lo que se desvanece (Diario Milenio/Opinión 06/09/11)

La mujer sale a toda prisa: la taza de café en una mano, las llaves del auto en la otra, el cabello mojado.

Es evidente, desde el futuro, que se le hace tarde.

Sé lo que piensa la mujer porque la mujer soy yo, naturalmente: dentro de la cabeza da vueltas “El guardián del hielo”, un poema del peruano José Watanabe: http://desdebabia1.wordpress.com/2007/05/03/jose-watanabe-el-guardian-de..., y, tal vez por asociación contraria, aparece entonces, casi de inmediato, la tonada de PJ Harvey: http://www.youtube.com/watch?v=Z87cA1c3M50. ¿Se ama demasiado rápido y, por consiguiente, todo se deshace bajo el sol o hay que amar rápido porque todo se deshace bajo el sol? El dilema me entretiene. El dilema, que me permite encender el auto, no me deja ver en realidad la carretera. El tiempo. Lo que pasa.

Mientras tanto (siempre hay un mientras tanto): la montaña.

Mientras tanto (siempre sigue el mientras tanto): los sonidos de Warpaint en espacio cerrado del auto.

¿Por qué si todos sabemos que las máquinas de los automóviles funcionan con gasolina, esa mujer, que soy yo, no lo sabe?

Las cosas ocurrirán así: la mujer hace una serie de cosas reales, terrestres, amables durante el día (una de ellas, por ejemplo, incluye la lectura súbita de poesía en voz alta cuando nadie lo espera o lo requierepero, ya se sabe, la obsesión, pero este vivir en el mundo de al lado). Eventualmente, como resulta obvio siempre pero sólo desde el futuro, la mujer regresa. Hay que atravesar un bosque en sentido inverso para hacer eso, regresar. La carretera a veces parece infinita. Las nubes: iridiscentes. El bienestar a pesar del malestar. El parabrisas.

Y sucede, claro, de repente: la luz roja sobre el tablero. La curiosidad y, de inmediato, la respuesta: ah, no tengo gasolina.

Vean el contexto: se está haciendo de noche en una carretera concurrida. Se trata de un país donde, sólo hace unos días, 52 mujeres y hombres (cifra oficial) murieron asesinados en un atentado que las autoridades califican de terrorista pero que es en realidad uno de muchos más. Hace no tanto desenterraron los cuerpos de 25 o 27 no muy lejos de aquí. ¿Y cuántas mujeres terminan decapitadas o desaparecidas en el Estado de México?

Me detengo, pues, en una fonda que todavía tiene la luz encendida antes de tener que pararme a las orillas de la carretera que está a las orillas de un bosque. Un par de señoras con largas trenzas negras me ofrece comida: tacos de cecina, chorizo, chicharrón. Una pareja taciturna ocupa una mesa sobre cuyo mantel de plástico de pequeños cuadros rojos y blancos yacen dos platos vacíos. Un hombre come solo en otra mesa que apenas si se deja ver en la penumbra. Se los digo a las dos mujeres como si existiera el alivio: me quedé sin gasolina. El padre de las mujeres sale de un cuarto todavía más oscuro y sugiere: haga esto o aquello. Veo el auto de judiciales en el estacionamiento, esto en el reojo de las cosas. Alguien pasa diciendo que hay un accidente en la carretera, algo horrible. Un muerto. Tal vez dos. Le digo al hombre que no puedo hacer esto o aquello que me sugiere porque no tengo gasolina y supongo que, mientras se lo digo, lo veo con pesar o angustia o desolación. Él, amable, se ofrece a ir a la gasolinera más cercana a comprar unos litros. La noche se cierra en un pequeño nudo tenso. ¿Y si el hombre que ha terminado de comer y ahora se sube a una enorme pick up roja que, sin embargo, no enciende, es en realidad un asesino a sueldo? ¿Y si lo que emerge de esa otra camioneta grande, gris, con placas de otro estado, no es un hombre enorme que pide tacos para llevar sino un sicario hambriento? ¿Y si los policías judiciales se vuelven locos y empiezan a disparar? ¿Y si las mujeres de trenzas tan largas y negras dejan sus delantales y me atan las manos y cubren la boca con tape? ¿Y si el hombre de la gasolina nunca regresa? ¿Y si no puedo salir de aquí nunca, nunca, nunca, atada a una pequeña fonda de la carretera por razones inenarrables? ¿Y si llueve? ¿Y si graniza? ¿Y si el súbito dolor de cabeza se vuelve dolor de mano y de pie y de anginas? ¿Y si este temblor que se apodera de la punta de los dedos y luego de los dedos y más tarde de las manos codos brazos no cesa?

Todo esto que, sin duda, continúa, sólo se detiene cuando la mujer de las trenzas murmura: no se preocupe, señorita, ya llegó mi papá.

Y, en efecto, el hombre que fue por la gasolina está ahí ya, con el viejo sombrero de paja sobre la cabeza, y cinco litros del preciado líquido en la mano izquierda (debe ser zurdo).

–Si le hubiera hablado al seguro– dice el hombre enorme que ha salido a fumar–, se hubieran tardado horas. Y usted ahí, sola –añade. Luego, sin pensarlo mucho, me pide que le cuide su cigarro para ayudar al anciano que forcejea con la manguera y la gasolina. En el futuro diré: Y estaba yo, con el cigarrillo de un extraño consumiéndose entre los dedos que no dejaban de temblar, mientras un hombre amable le ponía cinco litros de gasolina al coche. El ruido de los autos al pasar. El rumor del bosque. El frío.

¿Por qué si todo mundo sabe que el universo se mueve a través de transacciones económicas que, en la era del tardocapitalismo, se rigen por el intercambio de dinero, la mujer ésa no lleva un quinto en la bolsa? El misterio, ah, el misterio, que sólo puede resolver un guardián del hielo. Las gracias son a veces tan poca cosa.

Cuando finalmente llego a la gasolinería más cercana ya es muy noche. Las manos todavía no han dejado de temblar. La frente sobre el volante: un día de estos, la distracción me va a matar. Qué triste es sentir tanto miedo en tu propio país y qué difícil es admitirlo. La vergüenza.

Debería escribirle todo esto a Watanabe, que está en el cielo. Debería decirle: mira, ya ves, todo por vivir en tu “ardiente y perverso reino”. Todo por seguir en estas “formas puras, como de montaña o planeta que se devasta”. Debería decirle, “tan desesperada como inútil”, yo también, José, yo también soy la guardiana de todo esto. Yo también sé de todo lo que se desvanece. El hielo.

lunes, septiembre 05, 2011

Jorge Volpi y la media distancia literaria-(Sexenio-Puebla 30/08/11)

Desde hace ya más de cinco años que sigo la literatura creada por los integrantes del Crack, particularmente: Pedro Ángel Palou, Ignacio Padilla, Jorge Volpi, ya que ellos están publicando de forma constante; a Eloy Urroz y Vicente Herrasti también los sigo, pero sus publicaciones son más esporádicas.

Podría atreverme a asegurar que después de ellos -en cuanto a obras publicadas por los autores de la Generación del Crack-, tengo la biblioteca más completa.

Recientemente Páginas de Espuma, reconocidísima editorial española especializada en cuento, ha publicado Días de ira de Jorge Volpi.

A mí las re-ediciones no me gustan mucho, sobre todo si el autor ha tenido el atrevimiento de volver al texto para corregir los errores. Empero, en el caso de todos ellos, es un ejercicio que me parece interesante, incluso plausible. Ya que además de una cierta distancia, también existe una maduración narrativa. No es lo mismo el Jorge Volpi de A pesar del oscuro silencio (1992), al Jorge Volpi que después de una interesante trilogía narrativa sobre el siglo XX, entrega una bella novela como El jardín devastado. Hay muchos Jorge Volpi de distancia y de experiencia.

Días de ira junta tres textos: A pesar del oscuro silencio, Días de ira (originalmente publicado en Tres bosquejos del mal, donde también aparecen Padilla y Urroz) y El juego del Apocalipsis. Textos que tienen como previo, una ardua reflexión de Jorge Volpi acerca de la literatura de media distancia: aquellos textos que por su extensión no pueden ser cuentos, pues son muy largos; ni novelas, ya que son muy cortos. Un tema que a Jorge Volpi siempre le ha interesado y un género al cual ha buscado darle voz y lograr -por qué no-, que le den (tanto en el ámbito crítico, como literario) el nombre más adecuado para este ejercicio creativo y así pueda considerársele, ya, como un género literario.

Días de ira es una publicación por demás atinada, tanto por la editorial como por Jorge Volpi. Aquí se rescatan tres textos muy contundentes (ya inconseguibles) dentro de su obra, y sobre todo tres obras en la cual la media distancia literaria es el principal vaso comunicante, además de que aquí se concentran las inquietudes literarias que –desde mi perspectiva- más han interesado a Jorge Volpi: la locura y los binomios amor-odio y pasión-desencanto en las relaciones de pareja.

Tres textos que seguro atraparán su atención y harán que no suelte el libro hasta que llegue al punto final de los finales.

Adictos al interdicto (Diario Milenio/Opinión 05/09/11)

1. El primer crimen está en la prerrogativa, obsequiada por las leyes vigentes, de hacerse millonario traficando estupefacientes.

2. Los narcotraficantes han sido creados y sostenidos por las leyes en contra del narcotráfico. A diferencia de la policía y el ejército, sus recursos y armamento son ilimitados.

3. A ojos miserables, ignorantes o cínicos, el narcotráfico es la única opción garantizada de inmediata movilidad social: imposible ignorar esa aritmética.

4. ¿Es razonable que una ley puritana convierta a los miedosos en fanáticos?

5. No es una idea brillante gastarse en armamento los recursos que son indispensables para la prevención y rehabilitación de adicciones.

6. Culpamos al poder ejecutivo por una guerra que en rigor sólo podría pararse desde el legislativo.

7. Si las drogas son el objeto en discordia y por ese negocio están muriendo miles, ¿por qué no proscribirlo de un plumazo?

8. ¿Sirve de algo decir que el narcotráfico es el más formidable de todos los negocios?

9. El interdicto es el mejor aliado del descontrol: tratándose de drogas, ese crimen no tiene paralelo.

10. Seguir llenando cárceles y de hecho duplicando o triplicando su cupo a costa del hacinamiento y el descontrol apunta a incrementar el número de matriculados en liceos del crimen cuyo sostenimiento pagamos entre todos.

11. Entre más presos y menos espacio, más distante y sarcástica parece ya la idea de rehabilitación.

12. Con leyes o sin ellas, cada uno continúa ejerciendo su sagrado derecho a meterse o no lo que le viene en gana.

13. Como en las dictaduras bien se sabe, las prohibiciones son las mejores aliadas de la hipocresía.

14. Es más fácil encerrar en la cárcel a una legión de narcomenudistas que a un solo funcionario corrompido por el narco.

15. ¿Cuántos prohombres hablan pestes del narco para mejor curarse en salud?

16. Nunca, como desde que fueron ilegalizados, estuvieron tan vivos los narcocorridos.

17. La prohibición es intrínsecamente oscurantista: sabemos más sobre las vidas y vicisitudes de los traficantes que sobre los perjuicios de su mercancía.

18. En su momento, las grandes compañías tabacaleras sobornaron a médicos y científicos para que mintieran en torno a los efectos nocivos del tabaco. A la fecha, ese crimen contra la humanidad continúa impune.

19. El alcohol y el tabaco son promovidos con restricciones claras para evitar, dentro de lo posible, que los menores de edad los consuman y los mayores abusen de ellos. La prohibición ayuda a promover las drogas 24 horas diarias, sin control ni medida.

20. De la mano de una bonanza económica infinita, la clandestinidad otorga toda suerte de libertades insospechadas. Como la de matar impunemente.

21. Las drogas son el punto de contacto más fácil e inmediato entre la gente joven y la delincuencia organizada.

22. Una ley que no puede aplicarse multiplica los cómplices entre los ciudadanos.

23. Imaginemos el margen de ganancia de una simple botella de bourbon destilada en un sótano durante la ley seca: parece tan ridículo como de aquí a cien años lucirán nuestras leyes actuales en torno al narcotráfico.

24. ¿Leyes contra el consumo de las drogas? A juzgar por los magros resultados, se diría que están a su favor.

25. La historia nos demuestra que el puritanismo y las leyes absurdas que lo soliviantan han terminado por perder sus guerras.

26. Criminalizar al consumidor: he ahí otro efecto perverso y execrable del prohibicionismo.

27. ¿Pactar con traficantes y asesinos? ¿Y por qué no mejor cortarles de tajo los ingresos?

28. No hace falta leer a Georges Bataille para entender de dónde viene el mayor sex appeal de las drogas. Prohibirlas es, hasta hoy, la manera más eficaz de promoverlas.

29. Auspiciar la creciente riqueza del enemigo por intermedio de leyes inaplicables equivale a sumarse a su bando sin querer.

30. Es infinitamente más sencillo restringir y controlar que prohibir y castigar. A como están las cosas, las drogas son aún más accesibles a los adolescentes que a los adultos.

31. El narco ha conseguido, en los últimos años, impunidad de facto para los homicidas. Con los precios al alza y millones de dólares sin lavar, los sicarios están en su mejor momento.

32. Nunca ha sido un secreto que la ambición puede más que el poder.

33. Es más fácil prohibir una substancia que informar sobre sus secuelas perniciosas. El poder hace niños de ciudadanos, y por toda respuesta los ciudadanos hacen pato al poder.

34. Como es tradicional, el pato lo pagamos entre todos.

35. “Simplemente di no a las drogas”, clamaba Nancy Reagan. Sorprende que a tres décadas de distancia no sepamos decir mucho más que eso.

36. La prohibición arrasa, entre muchos otros, con el derecho a la información. Asistimos así a un combate de cruzados idólatras.

37. La satanización de la marihuana calla oportunamente sobre sus propiedades terapéuticas.

38. Nunca ha sido tan claro, gracias a las campañas de prevención presentes en las mismas cajetillas, el daño producido por el tabaco. ¿Sería mucho pedir una campaña así de específica contra el consumo de drogas duras?

39. Algo debe de haber de contraproducente en este asunto chueco del combate a las drogas, cuando a la postre corta y arruina más vidas que las drogas mismas.

40. En esta época triste, ya no hace falta consumir droga para morir por ella.