martes, junio 14, 2011

La invasión del porvenir (Diario Milenio/Opinión 13/06/11)

De pollos y polleros


La película, tal vez un tanto absurda a la distancia, cuenta la peripecia tragicómica de un grupo de infelices campesinos turcos ilusionados con la idea en apariencia fácil de hallar trabajo pronto en Escandinavia, una vez enganchados por cierto estafador que prometió arreglar su situación legal y laboral una vez que llegaran a Suecia. Y hacia allá van, cargando pasaportes y expectativas, aunque no hablen una palabra de sueco ni hayan jamás salido de sus aldeas, de modo que la extraña travesía los lleva aún más lejos en el tiempo que en la simple distancia. Y eso lo sabe bien el enganchador, quien una vez llegados al centro de Estocolmo alerta a sus ilusos pasajeros sobre el peligro de salir a la calle, o siquiera dejarse ver por nadie abordo del autobús, mientras él se hace cargo del papeleo y consigue las visas de trabajo. Compinches indefensos del pollero, los pasajeros están lejos de imaginar que nada más baje éste del autobús, arrojará todos sus pasaportes en el primer bote de basura que se le atraviese y escapará de ahí con todo su dinero.


El resto de la historia, filmada a la mitad de los años setenta, era de un patetismo escalofriante, a partir de la imagen del autobús estacionado al lado de una enorme plaza comercial sueca, lleno de pasajeros escurridizos que se mueven a rastras para hacerse invisibles a los curiosos eventuales. Una vez que se atreven a salir —de noche y a hurtadillas, convencidos al fin del engaño, es como si se vieran en otro planeta, de modo que el destino de cada uno a partir de ese punto es trágico por fuerza. El autobús, se titulaba la coproducción suizo-turca dedicada a explorar esa suerte de ciencia-ficción involuntaria que revelaba de una vez por todas el único destino concebible para los tripulantes de una máquina del tiempo.


Unos años después de El autobús, el periodista Günter Wallraff desvelaría horrores no muy diferentes, luego de un par de años de vivir disfrazado de turco en Alemania. ¿Qué tanto iba a importarle al capataz racista de una central nuclear del Ruhr que sus trabajadores ilegales recibieran el doble de las radiaciones permitidas y fueran a incubar sarcomas terminales en otro continente, es decir en distintos siglo y planeta? Cuesta trabajo imaginarlo ahora, cuando la información va y viene por el mundo en cosa de minutos, de modo que el desdén de los desarrollados y el desconcierto de los primitivos se han hecho lo bastante relativos —si no insignificantes, confundibles, intercambiables— para no verse más a salvo uno del otro.


La fusión de los mundos


Vi El autobús en un cine club, cuando el guión aún lucía verosímil. La imagen de esa plaza escandinava, cuya moderrnidad alucinante a un tiempo fascinaba y aterraba a aquellos personajes poco menos que extraterrestres (los recuerdo pescados de la escalera eléctrica como de un carro flojo de la montaña rusa), era tan poderosa que sobrevivió intacta en la memoria. Lo sé porque ayer mismo me he visto recorriéndola y una hora más tarde ya había constatado a través del Google que la película se filmó justo allí: Sergels Torg. El lugar, sin embargo, a estas alturas luce ya tan lejano de la modernidad como cualquier glorieta descuidada. Nada raro sería toparse con alguna plaza idéntica, si bien más avanzada y en una de éstas menos cochambrosa, en mitad de Estambul. Vamos, si me quedara dormido y abriera al fin los párpados en una de sus bancas, no me sería difícil suponer que he despertado en la estación del metro Insurgentes. De modo que si a estas alturas hubiese un productor interesado en volver a rodar El autobús, tendría que dar al guión un giro tan violento que acabaría filmando una historia costumbrista. ¿Qué de raro hay hoy día en ser un turco más en tierra de vikingos?


“¡Yo no soy sueco!”, se deslinda el taxista, risueño y aliviado, un pelito orgulloso, de camino hacia la Ciudad Vieja, que acaso es lo más sueco que le queda a Estocolmo. Nacido medio siglo atrás al sur de Ankara, el conductor llegó hace treinta años a Suecia y ha visto a lo inusual transformarse en corriente, al extremo de apenas recordar cómo era el primer mundo cuando aún había sentido en apodarlo así. Dan pena los xenófobos a la luz de estos tiempos, menos por sus prejuicios anticuados que por su miserable conexión con un mundo que ya dejaron de entender. ¿No son ellos ahora los extraterrestres? ¿No ignoran casi todo en torno a esos fuereños que de repente los conocen al dedillo?


Esa extraña extranjería


El futuro es aquel raro lugar desde el cual el pasado nos parece mentira. Hace unos pocos años, nadie daba un centavo por la democratización de los países árabes, asumiendo quizás que el rencor de fanáticos y exaltados afines podía más que el flujo de la información. ¿Qué quieren hoy los libios, los sirios, los egipcios, sino un poco de aquella civilización antes inaccesible y hoy común y corriente como un café internet? ¿Quién por ahí no desea unos tenis nuevos, un transporte decente y unas calles pavimentadas, por ejemplo? ¿Sería mucho pedir que la civilidad fuera parte de la normalidad, allí donde los mandamases corruptos de anteayer cada día cuentan menos con la ignorancia de los propios y la indiferencia de los extraños? ¿Creen los pobres globófobos que quienes tienen hambre preferirían seguir viviendo a espaldas y a distancia de los bien comidos, en lugar de buscarse un lugar en la mesa?


Como los personajes de El autobús, el sueco me es perfectamente incomprensible, pero aún no me topo con el primer lugareño que no sepa expresarse en inglés corriente. Enciendo la televisión en el hotel y por ella me entero que los turcos siguen esperanzados en integrarse a Europa formalmente, pese al escepticismo y la discolería de quienes aún creen que pueden regresar a los años setenta y cerrar unas puertas a todas luces desaparecidas. Contra todo pronóstico, no me siento del todo extranjero; tal vez porque ese es uno de los términos que cada día voy entendiendo menos. Vuelvo a la calle y ahí está la plaza. “Sergels Torg”, me repito, no tanto porque quiera aprender sueco, sino para acabar de convencerme de que no estoy pasando por el metro Insurgentes.

miércoles, junio 08, 2011

El poema como devoción (Diario Milenio/Opinión-07/06/11)

La poeta norteamericana Eileen Myles publicó su Inferno (una novela de poeta) en 2010. Entre el relato memorioso y la novela propiamente dicha y el tratado sobre poesía, este Inferno es una veloz, deliciosa, energética visita al pasado, una vuelta a ese proceso vital que hizo de esa niña católica, de la clase trabajadora de la costa este de Estados Unidos, una vigorosa poetaqueer con voz propia. Las palabras y los cuerpos y las calles de un Nueva York de finales de los 60s están tan vivas en estas páginas como esos trasiegos iluminadores sobre la poesía. Aquí, por primera vez en traducción al español, una selección apenas de este libro:


El lugar que encontré estaba tallado por la tristeza y el sexo y para escribir un poema ahí sólo necesitabas congregar. Había días en que los sentimientos estaban tan afuera que te comportabas como un pintor, un niño con los bolsillos muy grandes, que llevaba la lavanda a casa. El poema era una rejilla—ese influjo y ese movimiento a través de él en el que sólo recogías y colgabas las cosas mientras te la pasabas cantando a todo pulmón sobre tu corazón roto. Tarareando. Era un gris muy, muy profundo. En ese lugar (y la poesía es sobre todo una cierta maestría sobre los lugares, no del mundo sino del clima de los estados que conforman tu vida y lo que lees y cómo tomaste cada una de las cosas y lo que con el tiempo regresó) cada una de las series de eventos crea una estación. Y las estaciones crecen enormidades (hasta que mueren) y en cada una de ellas creas una nueva definición de lo que es el poema en relación al espacio de tu mente, del corazón, esa clase de sustancia. Se trata del bhav del mundo en el que estás. En mi cortejo o mi amor temprano por esta muchacha (y así fue cómo realmente terminó) fui a la India y seguí pensando y leyendo sobre la India ya cuando el viaje se había terminado. Finalmente comprendí que era occidental. En realidad había supuesto hasta entonces que, a final de cuentas, toda la realidad era así. Que a final de cuentas la realidad era católica, incluso blanca. Pero no era cierto. De súbito ya no tenía armas. Era un bebé. Regresé y empecé a investigar, preguntándome sobre el hinduismo como parte del pensamiento, porque un día al entrar a un templo todo lo que sentía era malo. No tenía permiso alguno de estar ahí. Y me abrumó encontrar a esa niña en mí. Una pequeña católica asustada. Me parecía que eso no se iría pero necesitaba hacerlo a un lado.


Aprendí que un yogi Bhakti entra en un cuarto lleno de gente y metódicamente mueve esta cosa hacia arriba y hacia abajo —al decir sus historias y al invitar a todo mundo a hablar y cantar al unísono— es como si estuviera afectando un barómetro invisible: la cualidad de la unión de la gente dentro del cuarto. Eso es el bhav. Sentí entonces que ese era mi tarea ahora: moverlo.


Estoy diciendo también que la vida tiene su bhav. Un día tiene su bhav. Un poema traza eso. Acaso el poema también provea la más dulce documentación de lo que ese todo está llegando a ser, en lo que se está convirtiendo. Así que, por ejemplo, un libro de poemas acerca de un período corto de tiempo, un año o dos, explica el bhav de ese período, y el poeta se aproxima a esa explicación a través de la forma, inventando la forma más económicamente verdadera de cómo le ocurrió la realidad en ese tiempo. Así entonces. Comprendí que ahora le estaba explicando el mundo a una niña triste. La cual era yo. Y me la pasaba encontrando sus cosas y tratando de hacer una historia para ella basada en lo que iba recolectando. Pienso que estaba empezando a entender el poema como alegoría. Una fórmula misteriosa. Y cada vez era más buena para leer las cosas que recolectaba, sobre todo porque me importaba que sonaran bien —no muy falsas. No quería atrapar el poema en un orden opresivo, sino que el ritmo se mantuviera bastante cerca. Siempre precisaba darse la vuelta, salir, detenerse. El lenguaje norteamericano, si no lo han notado, es muy violento así que bien puedes seguir escribiendo estos pequeños poemas que arrullan y carecen de las verdades incómodas del mundo. Mi poema con frecuencia simplemente se detenía.


Recuerdo una mañana en que el mundo se convirtió en algo cubista. Había rentado mi departamento y regresaba antes de tiempo. Me mudaba de un lado a otro todo el tiempo. Lo cual era bueno. Eso extendía mi viaje. Una mañana las cosas encajaron de manera diferente, como si algo le hubiera pasado a mi cabeza. En lugar de estar triste, tenía un dolor. Me desangré.


Myra me dio un libro llamado La pasión de Rumi. Se trataba de la historia de un moderado profesor universitario en Turquía con una familia y de cómo uno de esos sucios santos llegó a seducirlo y a llevárselo ante la presencia misma del amor y la pasión. Arruinó, por supuesto, la vida de Rumi y algunos de sus amigos de hecho mataron a ese tipo pero ya era demasiado tarde. Rumi ya no era Rumi. Probablemente hasta se cambió el nombre. Ni siquiera sabemos quién era el hombre que fue. Esto tenía entonces mucho sentido para mí, esto de someterse completa y absolutamente a la pasión de la pérdida no sólo de la niña que era pequeña y estaba bastante dañada sino también de todo lo que había construido, todo lo que creía ser y haber sido ante los ojos del mundo. Esa persona no existía más. Era difícil no morir ahora, tomar la salida fácil y de hecho morir, pero en lugar de eso me di cuenta de que ya era tiempo de dejar de contar, era tiempo de dejar de ver al mundo como una lista, y de considerar la existencia y la escritura del poema como una devoción, una expresión del deseo. Lo que estaba empezando a entender es que el poema estaba hecho de tiempo —pasado, presente, futuro. Vive en el presente, respira ahí y así es como dejas que cualquiera entre. Tan pronto como el poema ya no es acerca de algo, cuando ya deja de salvar cosas, cuando deja de ser ese coleccionista tan bruto, se convierte en una invitación para el único refugio que es el momento imposible de estar vivo.

martes, junio 07, 2011

Defendiendo la Decencia narrativa de Enrigue (Sexenio-Puebla 31/05/11)

Mucho se ha dicho alrededor de la más reciente novela de Álvaro Enrigue: Decencia (Anagrama, 2011). Que si no es mejor que Hipotermia, que si está por debajo de Vidas perpendiculares, en fin. El problema no es del escritor, es del lector.

Al parecer, los lectores estamos retrocediendo años luz al esperar que un escritor conciba sus novelas respetando el estilo ya conocido, en sus otras obras, etc. ¿Y la experimentación, dónde queda? ¿Vamos a leer novelas o queremos leer continuaciones de estilos?

En alguna vieja entrevista que le hacen a William Faulkner, le preguntaban ¿si utilizaba una técnica para cumplir su norma?, a lo que él respondió: “Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún tajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error (…)”.

Decencia deberá juzgarse por sí misma, por la forma en qué está contando y en cómo lo está haciendo. A Enrigue habrá que agradecerle sus ganas de reinventarse, de transgredirse a sí mismo, ¿cuántos escritores se han dado el lujo de hacerlo?, pocos en México, la mayoría ha preferido usar el camino ya conocido y sobre ese contarnos diversas historias.

A mí en lo personal, me gustan los escritores que apuestan por usar distintas fórmulas. Enrigue es uno de ellos. Decencia sigue teniendo mucho de lo que es Enrigue: claridad narrativa, transparencia en sus personajes y lo que quiere reflejar en cada uno de ellos, su humor que le caracteriza; así como la capacidad para mezclar a la perfección las historias, hacer que parezcan independientes y sólo aquél lector inteligente podrá encontrar desde un inicio la unión de ambas, si no tendrá que esperarse hasta el final.

Decencia es, tal vez, una forma de responder a las incógnitas que a todo mexicano nos surgen ante la situación actual de México. Un repaso por el segundo centenario mexicano, visto a través de los ojos de un personaje: Longinos; con él se recorra al México revolucionario y luego a esta modernidad donde la corrupción, los secuestros y la violencia son el pan de cada día.

Y a lo largo de la novela, se irá respondiendo las preguntas que Enrigue -como dijo en una entrevista a El Universal-, se plantó al escribir esta novela: ¿cómo carajos llegamos aquí?, ¿cómo llegó a pasar esto en el país más importante de América Latina, que era la joya de la corona?

Y vaya que su respuesta es cruda y dolorosa. Una novela que debe leerse, si no por interés narrativo y novelístico, pues mínimo por morbo. Total en México el morbo y el amarillismo es lo que más lectores atrae ¿qué no?

Bang, bang, dijo el señor (Diario MIlenio/Opinión 06/06/11)

La sensatez culposa


A veces uno escribe con la impresión de ser irresponsable, y de pronto no se siente tan mal. Más todavía, me atrevería a decir que uno muy rara vez consigue arrepentirse de haber escrito así, por más que haya temido pagar las consecuencias o éstas le hubiesen sido cobradas con réditos. No me refiero, y ojalá esto se entienda, a la irresponsabilidad desfachatada de quien escribe importándole un pito cuidado, resultado y calidad, sino a la de quien lo hace sin reparar en el probable perjuicio que sus palabras le causarán, y acaso entusiasmado por ese peligrillo agridulce. Nada más divertido que terminar el último párrafo y hasta apretar los párpados saboreando el desmadre que quizás —¿ojalá?— se armará. Lo cual, por cierto, rara vez sucede, y esto a menudo cuando menos se espera. “Ahora sí me pasé”, dícese uno y saliva con el entusiasmo del niño que consuma una travesura. ¿Quién no quiere pasarse, de cuando en cuando?

Otras veces, no obstante, y que conste que esto no sabría escribirlo sin alguna vergüenza, uno se inclina por la opción sensata. Que consiste no tanto en decir lo contrario de lo que se desea, sino sencillamente en ser sutil. Ni modo de pasarse la vida de artillero, so pena de perderla en acato a las leyes de la probabilidad. Y eso es a lo que voy: no quiero hablar aquí de cuando que me he atrevido a escribir lo que menos parecía convenirme, como de una en la cual decidí preservarme. Ignoro si hice bien, pero debo decir que contar cierta cosa que había escuchado me pareció menos irresponsabilidad que idiotez. ¿Y qué sabía yo, finalmente, que no fueran rumores por todos conocidos y acaso por ninguno comprobados? ¿Qué tal que el caballero del cual había escuchado aquellas cosas era un alma de Dios, o un simple inocente, o nada más uno entre tantos culpables? Cosas que uno se dice para acallar esa suerte de culpa endemoniada que de pronto nos da a los inconscientes por no haber sido lo bastante irresponsables.

Los sicarios callaron


Este era un festival cultural, de esos que a todo el mundo le parecen dignísimos de encomio y habría que ser un necio para oponérseles. Los organizadores, sin embargo, temían que probables balaceras, de las que había tantas por aquellos lares, dieran al traste con el festival. De manera que no les quedó más remedio que ir a ver a un señor muy poderoso en cuyas manos se encontraban, según les explicaron los enterados, no sólo los recursos de la ley sino asimismo los del crimen organizado. ¿Es que el hombre jugaba en los dos equipos? Imposible saberlo. Pero si a él le gustaba la idea, lo probable es que nadie se atreviera a alzar una pistola en la ciudad durante todo el transcurso del evento. Y así fue: el señor opinó que el proyecto era bueno y prometió que al menos durante aquellos días incluso los malvados —y sobre todo ellos— se portarían bien. “No sé si eso me deja más tranquilo o me para los pelos de punta”, recuerdo haberle dicho, más o menos en broma, a los amigos que me hicieron saber que al amparo de aquel señor tan poderoso no tendríamos nada que temer.

Me habría gustado mucho contar aquella anécdota, pero estaban faltando un par de ingredientes. El primero, que venía a ser el más importante, era que me faltaba la certeza. Escribir lo que a uno le consta que es verdadero da una tranquilidad que le permite ser irresponsable, pero no hacerlo así provoca el sobresalto de la mala conciencia. No es igual que te den un balazo por chismoso a recibirlo por difamador. El segundo ingrediente, por lo tanto, era mi absoluta falta de disposición a recibir plomazos gratuitos. O, en su defecto, el ataque de algún equipo de abogados que en una de ésas podían hasta tener razón. No pretendo con esto ser original: igual que mucha gente dentro y fuera de los que se supone son sus dominios, me siento más tranquilo si permanezco fuera de la mira de un señor como Jorge Hank Rhon.

De facción a ficción


Ignoro en qué consiste su poder, aunque el día que vi a Demián Bichir aparecer en la serie Weeds, interpretando a un político mexicano al mando de un ejército de traficantes, no conseguí eludir el lugar común de creer que me hablaban del famoso ex alcalde de Tijuana. Nada que uno pudiera comprobar, puesto que si así fuera el hombre poderoso y temible lo habría parecido seguramente menos. La idea, sin embargo, de un señor funcionario con el poder de imponer el silencio a las armas de policías y maleantes parecía lo bastante sugerente para creer cuanto de él se contara, y eso debe saberlo Jenji Kohan, que es responsable por la creación y el sano desarrollo de Weeds. Motivo suficiente para preguntarse si, tal como sucede en la serie de Showtime, solamente desde Estados Unidos es concebible desafiar a ciertos poderosos mexicanos que aquí inspiran un miedo sobrenatural.

Me explico: cuento historias. Imposible negar la fascinación que en los de nuestro oficio inspiran personajes como Hank Rhon. Nada, al fin, me parece más entretenido que ponerme en las botas de personajes como el anónimo policía municipal mazatleco que tuvo el infortunio de echarse al plato al legendario Ramón Arellano Félix. Que perdonen los muertos y los vivos, pero ver a Hank Rohn detenido por acopio de armas es fantasear aún más en torno a la llevada y traída peligrosidad del vástago más joven de Carlos Hank González. Si en los próximos días vuelve a la libertad, creeré que su poder va más allá de todo lo imaginable. Y si pasa que permanece encerrado, merced a nuevos cargos y evidencias, no me quedará más que pensarlo un villano tremebundo. Recolectaré anécdotas, entonces, y con seguridad repetiré unas cuantas ante mis amistades, sin por ello arriesgarme a más castigo que su incredulidad. Cosa poco probable, porque en esos asuntos uno se lo cree todo. Lo único seguro es que nunca sabré la verdad pelona, y ello en el fondo me tranquiliza mucho, porque como ya he dicho soy un irresponsable. Afortunadamente no estoy solo: somos muchos quienes nos conformamos con la especulación en torno a un tema que nos pone la carne de gallina. La verdad pesa mucho, a ver quién va a querer echársela en la espalda.

jueves, junio 02, 2011

N 21° 18’ 28¨ W 157° 48’ 28¨ (Diario Milenio/Opinión 31/05/11)

En las notas que acompañan el poema que a continuación traduzco, la poeta norteamericana Juliana Sphar explica que todo se debió a su intención de explicarse un día que pasó en Francia. Había colas y gente cantando y un hombre alimentaba un gorrión y ella se puso a pensar sobre los viñedos y sobre quién es dueño en realidad de qué y sobre las divisiones que todo eso ocasiona. Luego, al regresar a casa, introdujo esas notas en aplicaciones de traducción del francés al inglés y viceversa. Así surgió esta peculiar sintaxis, este inglés extraño y retorcido con el que nos introduce a esos algunos del nosotros que vivimos en una tierra que nunca es ni será nuestra.


Somos todos. Nosotros de entre todos los pequeños somos. Somos todos. Nosotros de entre todos los pequeños somos. Estamos en el mundo. Estamos en el mundo. Estamos juntos. Estamos juntos. Y algunos del nosotros comemos uvas. Algunos del nosotros estamos todos comiendo uvas. Algunos de nosotros estamos todos comiendo. Estamos todos en este mundo hoy. Algunos del nosotros estamos comiendo uvas hoy en este mundo. Y algunos nos permitimos comer uvas. En la comedera de uvas. Nosotros de entre todos los pequeños somos lo que come uvas. En el mundo de las uvas. Comiendo uvas. Nosotros de entre todos los pequeños somos lo que come. Algunos de nosotros estamos juntos en las uvas. Nosotros de entre todos los pequeños estamos hoy en este mundo. En este mundo. Por el comer de las uvas. Para comer uvas. Algunos de nosotros nos permitimos comer uvas hoy en este mundo. Algunos de nosotros nos permitimos estar juntos en las uvas. En el mundo de las uvas. En este mundo. En las uvas. En las uvas. En sabor. En el sabor. En fermentación. En fermentación. En vino. Fuera del vino. En la fresca sólida piel. En la fresca sólida piel. En semilla. Fuera de la semilla. En humedad. En humedad. En hoy. En hoy. Estamos todos juntos en este mundo. Nosotros de entre todos los pequeños estamos juntos en este mundo. En el nosotros estamos todos juntos. En el nosotros nos permitimos estar juntos. Algunos de nosotros comemos. Algunos de nosotros nos permitimos comer. Algunos de nosotros estamos comiendo uvas juntos. Algunos del nosotros nos permitimos todos ser las uvas que se comerán juntos. En este lugar. En este lugar. En el comer. Mientras comemos. En las uvas algunos de nosotros estamos todos comiendo. En todas las innegables uvas de nosotros permitámonos dejarlas permitámonos ser lo que come. En la comedera de las uvas. Por el comer de las uvas. Somos todos hoy. Nosotros de entre todos los pequeños somos hoy. Las uvas en el comer. En el nosotros somos. En el somos. En las uvas son. Comiendo uvas. En el nosotros el mundo. En el estar juntos. Algunos de nosotros somos todos en este mundo de estar juntos comiendo uvas.


Algunos del nosotros y la tierra que nunca fue nuestra mientras éramos de la tierra. Empezó de nosotros y desde la superficie terrestre que nunca estuvo con el nosotros mientras éramos la superficie terrestre. Algunos del nosotros nos vestimos con la tierra. Algunos del nosotros cargamos la superficie terrestre. Algunos de nosotros plantamos las uvas. Y nos comimos los pliegos de la superficie terrestre. Pero fuimos hechos por la superficie terrestre, por las uvas. Las uvas de la superficie terrestre. Algunos de nosotros plantamos uvas. El verde de la superficie terrestre. Algunos de nosotros nos asentaríamos. Algunos de nosotros lo organizaríamos. Y la tierra nunca fue nuestra. Y la superficie terrestre nunca estuvo con nosotros. Y sin embargo fuimos hechos por la tierra, por las uvas. Nos comíamos las hojas de la tierra. Las uvas de la tierra. El verde de la tierra. Las hojas. Los pliegos. Y éramos de la tierra porque comíamos y la tierra nos dejó comer a algunos de nosotros. Y éramos la superficie terrestre porque comíamos y la superficie terrestre nos dejó comer a algunos de nosotros. Y sin embargo la tierra nunca fue algo de lo nuestro. Pero la superficie terrestre nunca estuvo segura con nosotros. Nunca es algo de lo nuestro. Nunca estés seguro con nosotros. Nunca será verdaderamente algo de lo nuestro. Nunca estés correctamente seguro con nosotros. Nunca será poseída. Nunca será atrapada. Y el verde de la tierra es la posesión de la tierra de nosotros. Y el verde de la superficie terrestre es la posesión de la superficie terrestre de nosotros.


La tierra es algunos de nosotros extendiendo la mano y los gorriones que la picotean al comer. La superficie terrestre está entre nosotros los que ofrecemos la mano y los gorriones la picotean mientras comen. Estamos todos en este mundo, este mundo de manos y granos, juntos. Nosotros todos los pequeños estamos en este mundo, este mundo de manos y de grano, juntos. Algunos de nosotros somos gorriones que picotean nuestra mano. Algunos de entre nosotros somos gorriones que picotean con nuestra mano. Volamos y luego hacemos nidos en nuestro dedo. Con eso controlamos luego el mecanismo en nuestro dedo. Los gorriones están picoteando nuestra mano, picoteando el grano, nuestra mano, nuestro grano, nuestra mano. Los gorriones que picotean con nuestra mano, picotean con nuestro grano, nuestra mano, nuestro grano, nuestra mano. Estamos todos en este mundo con los gorriones. Nosotros todos los pequeños estamos en este mundo con los gorriones. Con el picoteo. Con el que picotea. Estamos en esta mano, en este picotear. Estamos en esta mano, en este picotear. Somos todos. Nosotros todos los pequeños somos. Algunos de nosotros repicoteamos. Algunos del nosotros dejamos que nos picoteen. Estamos picoteando nuestra mano. Picoteamos con nuestra mano. Estamos esperando a estar llenos de grano. Queremos estar llenos de grano. Y luego comer uvas. Y comer uvas luego. Algunos de nosotros volamos sobre nuestra mano, volamos sobre nuestra mano. Algunos del nosotros nos permitimos volar hacia la mano, remontando con la mano. Algunos del nosotros estamos picoteando la mano del volar. Algunos del nosotros nos dejamos picotear con la mano del vuelo. Estamos juntos en este mundo, volando, picoteando. Nosotros todos los pequeños estamos juntos en este mundo, controlando al que picotea. Abajo en la superficie terrestre. Con el trasero en la superficie terrestre. Y luego, otra vez, volando, picoteando. El otro lado, volar, picotear.


Lo que significa asentarse. Lo que significa organizar. Para el nosotros que estamos todos en este mundo juntos. Nosotros todos los pequeños juntos en este mundo. Comer las uvas y no plantar la semilla. Comer las uvas y no plantar la semilla. Agarrarse muy fuerte. Ser agarrado fuertemente en la función. Cambiar. Cambiar. Hacer el cambio. Hacer el cambio. Cambiar la tierra. Cambiar la superficie terrestre. Arrojar la semilla. Arrojar la semilla. Para los que estamos juntos en la tierra sin embargo todavía algunos del nosotros estamos comiendo uvas, algunos picotean la mano. Nosotros todos los pequeños estamos juntos en este mundo siempre aunque algunos del nosotros comamos uvas, mientras otros picotean con las manos. Cómo moverse. Cómo moverse. Cómo moverse del asentarse en la cima al adentro. Cómo cambiar la estabilización en la cima adentro. Adoptar, no asentarse. Abrazar, no organizar. Hablar. Hablar. Haber hablado. Con el hablado. Asomarse a eso que es lo que está mal en este mundo en el que estamos todos juntos. Empujar bien lejos lo que está con lo que es incorrecto en este mundo en el cual todos los pequeños somos nosotros en unidad.

martes, mayo 31, 2011

Una generación no tan X (Sexenio-Puebla 24/05/11)

En el universo de antologías es común encontrarse con la reunión de un amplio número de personajes que son convocados a participar con una muestra de su obra ya poética, ya narrativa, ya dramática. Cuyos objetivos son dar un ejemplo de la obra realizada por una generación de escritores o proponer una generación de nuevas voces, nuevos escritores, que son lanzados al ruedo de la crítica.

Lo raro sería enfrentarse con una antología que en lugar de reunir una muestra de obra; congregue a diversas voces con el objetivo de responder: ¿qué fue y es de su generación a 40 años de distancia? Pues esta rareza existe y se llama: Lo escrito mañana. Narradores mexicanos nacidos en los 60; antología de voces, de posturas, de sueños, de experiencias y de realidades, coordinada por Sandra Lorenzano y editada por Axial, dentro de su colección Tinta nueva.

El lector que se acerqué a este libro, se topará con posturas variopintas sobre lo que para cada protagonista ha significado y seguirá significando ser parte de la denominada Generación X; la generación que llegó tarde a la fiesta, la que no tenía nada por decir ni aportar, hasta que llegaron la serie de atentados perpetrados por la organización de Al qaeda.

Ricardo Chávez Castañeda, Ana Clavel, Adriana Díaz Enciso, Fernando Fernández, Ana García Bergua, Claudia Guillén, Norma Lazo, Nubia Macías, Mónica Maristain, Laura Emilia Pacheco, Ignacio Padilla, Eduardo Antonio Parra, Ricardo Pohlenz, Cristina Rivera Garza, Enzia Verduchi, Jorge Volpi y Gabriela Warketin; son los autores convocados para compartir con el lector las respuestas que pueden dar a las preguntas, plateadas por la antologadora, como: ¿Qué marco nuestra vida? ¿Cómo eran nuestras ciudades? ¿Qué paisajes nos vieron crecer? ¿Cómo fueron nuestra infancia y adolescencia? ¿Compartimos algo más que la época de nuestro nacimiento? ¿Cómo vivimos el presente con esas marcas a cuestas? ¿Estamos realmente destinados a “recoger los platos rotos”, como plantean algunos? ¿A vivir de las migajas que quedaron del fracaso de las utopías? ¿Quiénes somos? Y cómo no tener tantas preguntas y ganas de responderlas si son una generación que heredó muchas de las heridas generadas –y aún abiertas- por acontecimientos históricos como: la matanza de Tlatelolco de 1968, el asesinato del “Che” Guevara, los asesinatos de los hermanos Kennedy y Martín Luther King, así como las revueltas ideológicas encabezadas por estudiantes en varias partes del mundo como París, Praga; y también el nacimiento de bandas como The Doors, The Rolling Stones y The Beatles, la llegada del hombre a la luna. Una generación que nació y empezaba a dar sus primeros pasos cuando otros ya se habían entregado a las utopías y luchado por ellas. Una generación que cuando empieza a tener voz y postura crítica, también comienza a ser testigo de la muerte de las utopías y el nacimiento del desencantamiento social y político.

La generación de los nacidos en los 60, aparentemente llegó tarde a todo y sin posibilidades de aportar nada, empero son una generación que aprendió a generar sus propios espacios a través de las diferentes disciplinas artísticas y literarias; una generación que supo entender que lo suyo no era levantar escombros o ruinas, sino reconstruir y volver a encaminar el barco en el rumbo más adecuado.

Un libro que el lector no debe dejar pasar y que por extraño que parezca lo deja a uno con una sensación de esperanza.

Ni le busque, capitán (Diario Milenio/Opinión 30/05/11)

Por lo visto, el hallazgo reciente del genocida Ratko Mladic es la noticia
más novedosa desde el descubrimiento del hilo negro.



Juan Carlos Fleicer.

1. Las temidas vacantes

Habré escuchado aquella frase tan simpática por ahí de los diecisiete años: Fulano anda buscando trabajo rogándole a Dios no encontrarlo. No recuerdo de quién lo insinuaban, pero el saco me vino a la medida porque llevaba días en el mismo trajín. Me acercaba a las tiendas y las oficinas donde podía ofrecerse alguna ayuda durante la temporada vacacional y preguntaba sólo donde ya adivinaba que iban a rechazarme. Nada más escuchaba la negativa, un alivio profundo me invadía. No había vacantes, por la gracia de Dios. De vuelta en el hogar, narraba mi odisea con una desazón tan bien fingida que mi padre movía la cabeza, ya no por mí, sino por el país. “La cosa está terrible”, se inquietaba de manera fugaz y saltaba a otro tema de conversación, con lo cual me libraba del calificativo de bueno para nada que me había pasado la mañana ganándome con el sudor de mi frente, pues luego de reunir los pretextos bastantes para no dar con lo que andaba buscando me lanzaba a vagar alegremente por esas calles siempre tentadoras de las que mis papás querían retirarme para que me enseñara a ganarme el sustento.

Casi todos nos hemos empeñado alguna vez en hacer imposible cierta búsqueda. Por no hablar de los incontables infelices que van tras el amor, la dicha o la fortuna contra la decisión del subconsciente, de forma que no logran explicarse cómo es que la traen chueca desde hace tanto tiempo. El caso es que uno puede gastarse la vida buscando lo que menos desea encontrar, al extremo de huir despavorido cada vez que el hallazgo se insinúa cercano o siquiera probable. Si ya da escalofríos asomarse a la estadística según la cual sólo una minoría de los delitos cometidos son perseguidos y castigados, más nos asustaría toparnos con los datos verdaderos en torno a los guardianes de la ley que van en busca de los criminales decididos a nunca dar con ellos, y como suele hacerse en estos casos con trabajos encuentran los motivos por los que no pudieron atraparlos.

2. Llamando a Polpotópolis

Resulta por lo menos tragicómico enterarse hasta ahora de que el solicitado carnicero Ratko Mladic llevaba ya un par de años escondido en la casa de ciertos familiares que por supuesto compartían su apellido. Es decir que en lugar de perseguirlo (no lo buscaron ni en el directorio telefónico), buena parte de la policía y los servicios secretos se entregaban con celo escrupuloso a la tarea de esquivar al prófugo, considerado al menos por la mitad de sus compatriotas como un héroe de guerra y al cabo capturado no en razón de las espeluznantes atrocidades que ordenó con la anuencia del hoy difunto Slobodan Milosevic, sino por el asunto aquél del ingreso de Serbia en el Euroclub. Pocos entre los residentes de Lazarevo, que es el nombre del pueblo donde se ocultaba, reconocen haberlo cobijado a sabiendas de que era quien era, pero ya un grupo de ellos se ha lanzado a pedir que en adelante el pueblo cambie su nombre por el de Mladicevo. Nada digno de asombro, finalmente, si hasta hace pocos lustros existía Stalingrado y de seguro hay quienes votarían a favor de la fundación de Himmlerburgo.

Guerras de fantasmas: La historia secreta de la CIA, Afganistán y Bin Laden, de la invasión soviética al 11 de septiembre de 2001, es el título entero del ya clásico libro del periodista Steve Coll, dos veces ganador del premio Pulitzer, donde se narra la cadena de errores, desencuentros, mentiras y traiciones que llevaron a la matanza de las Torres Gemelas, entre varias desgracias conexas. Recorrer esas páginas es explicarse lo que hasta hoy la administración Obama se ha hecho tantas bolas para esclarecer: cómo y por qué Osama Bin Laden jamás iba a ser capturado por el servicio secreto paquistaní, que se había pasando año tras año buscando al jefe máximo de Al Qaeda rogándole a Mahoma no encontrarlo. Vamos, que ni siquiera el Mulá Omar y sus talibanes fueron tan eficaces para protegerlo, mientras los mandamases de la CIA y el Departamento de Estado —una legión de ineptos, por lo leído— se peleaban por creer o descreer las patrañas de sus dudosos aliados.

3. A sus órdenes, jefe

Mientras en lo demás del ancho mundo se pintaba a Bin Laden y los suyos mudándose de cueva cada tercer día por rincones inhóspitos e ignotos, el jeque nihilista vivía poco menos que plácidamente en Abbottabad, a cincuenta kilómetros de Islamabad, en una residencia de bardas gigantescas que ni en sueños habría pasado por alto un servicio secreto como el paquistaní, administrado a la medida de un estado policial. No es de dudarse mucho que buena parte de los miembros y jerifaltes del siniestro ISI (Inteligencia de Inter-Servicios, es el nombre eufemístico de la solapadora institución) estaría de acuerdo en cambiar el nombre de Abbottabad por el de Osamabad. Quienes hasta hoy se rasgan las vestiduras por el método empleado para eliminar al multimillonario y multitudinario asesino, que de forma periódica anunciaba matanzas inminentes y animaba a sus huestes y admiradores a cultivar su piadoso ejemplo, tendrían que leer el libro de Steve Coll y sugerir alguna idea preferible. Da hasta risa enterarse de la indignación de quienes aún opinan que el ISI debió ser avisado del operativo. ¿Y qué tal si de paso le avisaban también al Mulá Omar? Digo, para estar todos coordinados.

Sorprendido por la extraña noticia de que Ratko Mladic debió de disfrutar durante veinte años de la complicidad de toda suerte de altos cargos oficiales, el presidente serbio Boris Tadic ha anunciado una honda investigación, que de ser exhaustiva tendría que llevar a la cárcel a una auténtica multitud de secuaces, comenzando por los tres mil y tantos discretos habitantes del hoy famoso pueblo de Lazarevo. Por no hablar de los miembros del servicio secreto y la policía, cuyo olfato tiene que ser tan fino como el de los sabuesos paquistaníes. Por eso cada vez que me entero que un encumbrado jerifalte ordena una investigación exhaustiva tipo caiga-quien-caiga, vienen a mi memoria las dichosas semanas en que busqué trabajo con la ayuda de Dios. ¡Ah, qué joda me puse, Virgen Santísima!

martes, mayo 24, 2011

La parvada imparable (Diario Milenio/Opinión 23/05/11)

El pasatiempo de hoy consiste en matar cerdos a pajarazo limpio y presumirse adicto, por no quedarse atrás.


1. Cuestión de compulsión

Foto: Alfredo San Juan

El juego está de moda, tal como las palabras que con frecuencia se usan para hablar de su extraño sortilegio: adicción, fanatismo, intensidad. Uno sabe que es hombre de su tiempo cuando se dice adicto, más que adepto, pues el segundo término suena a muy poca cosa cuando se le compara con el primero. Sobran quienes se dicen adictos a la música, el cine, los libros, y en general hasta el más nimio y ñoño de los pasatiempos, con un orgullo igual de exagerado pues se trata de hacerse ver así: víctima venturosa de una pasión extrema; fuerte sólo a partir de las debilidades que la hacen posible. Y es el caso, de pronto, con el juego de marras, mas esta noche no hay orgullo que valga. Quiero decir que avanza la madrugada, los pendientes se agrupan desde hace varios días y tengo puesta en pausa media vida por causa de un problema hasta hoy insoluble que apenas me permite conciliar el sueño: su nombre es Angry Birds y todavía no sé cómo soltarlo.

Quien haya sido adicto a alguna cosa debe saber que en ello ya no hay casi placer y aún menos novedad, por más que su recuerdo persista en la engañifa de pasar lista en nombre del ausente. Lo que hay, en todo caso, es esa intensidad que permite a la víctima creer que de todas maneras está viviendo a tope, y la prueba es que no se atreve a darse tiempo ni para hacer escala en al baño, como si dos minutos de liberación pudieran resultar un hecho catastrófico. Y aquí entra el otro término: fanatismo. Llamarse uno fanático de alguna actividad equivale a decir que es lo bastante buena para hacer prescindible todo razonamiento y entregarse a seguirla o venerarla con la ceguera propia de un ignorante pleno de certezas. Si en el mundo hay fanáticos dispuestos a inmolarse por causas francamente inmateriales, no debería de parecer extraño que otros dejemos trozos de existencia dirigiendo a unos pájaros kamikazes al ignoto interior de una pantalla plana como la vida que nos queda.

2. El tamaño del tantito

No diré que a Angry Birds le falta gracia, si la tiene de sobra desde el primer instante. Más que hacerlos volar con unas alas que jamás vemos —tampoco tienen patas, solamente cabeza— se trata de lanzar a los pajarracos valiéndose de una resortera virtual, de modo que se estrellen contra sus enemigos: unos cerdos ladrones de huevos que son quienes los han puesto furiosos y prestos al martirio vengador. ¿Cómo explicarse que de una trama tan simple puedan venderse más de doscientos millones de copias? Puede que sea por eso. No es preciso saber nada especial ni tener cualquier clase de destreza para jugar a los Pájaros Furibundos y eventualmente descubrirse enviciado. “Tres más y ya”, me he prometido infinidad de veces luego de ver la hora y alarmarme por tanto despropósito, pero pasa que el éxito puede tanto como la frustración, de forma que tanto ésta como aquél invitan a seguir otro poquito más, y otro, y otro. Qué tanto es un tantito, finalmente.

En promedio, un tantito puede medir entre 30 y 60 segundos. O segunditos, que es como se los ve desde la entraña misma de la obsesión. Con suerte y maña, bastan no más de cinco intentos de esa talla para acabar con cada nivel, aunque a veces se logra en el primero... o en el quincuagésimo. Motivo, éste último, para obstinarse con mayor tesón. ¿O es que la máquina va a poder más que uno? Suponiendo que exista un ser humano capaz de resolver los poco menos de 250 niveles en el primer intento, indefectiblemente, bastarían no más de tres horas para acabar con el pasatiempo, pero eso es demasiado suponer. En realidad, hay quien se pasa días en un solo nivel, hasta que se le ocurre cambiar de estrategia o una chiripa insólita le cae del cielo. La familia, el patrón y hasta el romance pueden esperar, toda vez que lo único importante es encargarse de esos pájaros malditos.

3. S.O.S.

En realidad, no sé si sea fácil. Tampoco tengo idea de si soy bueno o malo para jugarlo, ni qué tanto cerumen es preciso invertir en el empeño. Supongo que ahí reside la satisfacción: uno se siente hábil de cualquier manera, de lo contrario menos podría parar. Cuestiones de autoestima, qué se le va a hacer. ¿Quién quiere irse a la cama con la frustración? Y una vez que ésta ha sido superada, ¿quién resiste la nueva tentación? Debe de haber decenas de millones de pelmazos que ya se sienten listos, audaces y brillantes sin precisar de más confirmación. Quise decir: debemos. Aunque de ahí a afirmar que es uno adicto de seguro hay distancia. Nada hay tan fácil entre los obsesivos como echarle la culpa a una adicción presunta, cual si ésta ya existiese por su cuenta y uno fuese su víctima indefensa. Todo lo cual no deja de tener su chic, si no hay más que decirlo para estar a la moda y formarse en la fila de felices adictos, intensos y fanáticos.

La soledad ayuda, cómo no, si además de ganar concentración el sujeto se mira incomprendido por quienes no comparten su monomanía. Ahora que si nos da por hacer números, una cifra mayor al tres por ciento de la humanidad —¿el cuatro, el diez, el quince?— ha caído ya presa de esta exacta obsesión. Ahora mismo tiene que haber en el planeta entero multitudes de empecinados impertérritos lanzando pájaros desesperadamente contra unos cerdos que no paran de reírse. No vayamos más lejos: solamente la cuenta de niveles y el cálculo del tiempo que toman los intentos le ha robado un par de horas a estas líneas. Tampoco es tanto tiempo, si he de sumar el hasta hoy invertido, más lo que falta de dos nuevas versiones que se antojan igual de compulsivas. No quiero ser adicto, ni intenso, ni fanático. Alguien por favor sáqueme de aquí.

martes, mayo 17, 2011

El que cura (Diario Milenio/Opinión 17/05/11)

No hace falta tener cuenta en Twitter para confirmar que las tecnologías digitales han transformado radicalmente el quehacer del escritor.


No debe ser casualidad que el verbo con el que designamos una de las actividades más importantes en el quehacer del arte y la escritura contemporánea sea curar. No debe ser casualidad, me repito, aunque la casualidad en este caso tenga algo de macabra. El que cura, pienso demostrarlo en este corto ensayo, es un enfermo terminal: padece de lenguaje. El que cura con cuidado y diligencia, que es como lo señala la raíz latina del verbo curare, es, en el caso de la escritura, un escritor que re-escribe frases.

La discusión etimológica sobre el verbo “curar” no tiene fin, pero todo parece indicar que a los expertos no les gusta mucho que un vocablo tan amplio y con significados que van desde el “cuidado de” a la “preocupación por” se haya restringido en tiempos recientes al muy positivista “sanar”. Poner énfasis sobre la solución a un estado presuntamente alterado como lo sería el “sanar” una enfermedad, deja de lado los aspectos más entrañables y más humanos, también los más largos y los más interactivos, de la praxis del curar. Asumo, pues, que es la primera acepción del término la que predomina cuando hablamos de los curadores, es decir, de los que curan, como aquellos expertos que “atienden a”, “ponen atención a”, y “seleccionan” con devoción, es decir, críticamente, los objetos de su cuidado.

No hace falta tener cuenta en Twitter para darle la razón a Marjorie Perloff (autora de Unoriginal Genuis. Poetry by Other Means in the New Century) cuando argumenta que las tecnologías digitales han transformado radicalmente el quehacer del escritor de nuestros días. Nunca más el Inspirado del siglo XIX que recibía, eso decían, el soplo divino por métodos más bien peculiares, sino el reciclador que lee su realidad con cuidado y, con cuidado, copia, recicla y se apropia del discurso público para participar de este modo en diálogos textuales e intertextuales más amplios tanto a nivel estético como político. No se trata, pues, del creador único y original, sino del re-creador que, a través de distintos métodos que pueden ir desde las restricciones oulipianas hasta las re-escrituras ecfrásticas, cura las frases que habrá de injertar, extirpar, citar, transcribir.

Como pocas veces en la historia de la escritura, todo parece indicar que las tecnologías contemporáneas por fin nos han hecho admitir en público lo que hemos sabido desde siempre: no hay acto de escritura que no sea re-escritura. Si hemos leído alguna vez, estamos, sin duda alguna, re-escribiendo. La memoria, que es una práctica no una metafísica, nos condena. Escribimos, ya lo decía famosamente Karl Krauss, no para que se nos entienda sino porque se nos entiende. Toda palabra que existe, existe porque ha existido antes, es decir, porque ha sido re-escrita. Así las cosas, habrá que admitir en público que lo que hemos hecho en nombre de la creación y la genialidad, no es otra cosa que lidiar de maneras más bien dinámicas y críticas con ese readymade poderoso y multivalente que es la palabra: objeto e imagen a la vez. Cosa de carne. Materia de mis manos cuando se extravían.

En Vanishing Point (Punto de Fuga), una novela que desgraciadamente no está traducida al español, David Markson incluye una larga colección de lo que parecen ser tarjetas de trabajo. Los apuntes que por lo regular van escritos en esas tarjetas blancas, rectangulares por toda seña, para dejar huella de una investigación larga. La investigación, en este caso, es acerca de los momentos más ridículos o controvertidos de algunos personajes fundamentales del arte occidental. La investigación es, vamos a decirlo claramente, sobre la muerte. En cada una de esas tarjetas, que el autor lista en una urdimbre que merece el nombre de novela, van apareciendo los rasgos más punzantes y, a veces, los más cómicos, de la decadencia del cuerpo, de los desajustes de la mente. Es una historia documental del arte occidental al revés. No hay grandeza aquí. Todo es un cuerpo que, lentamente y sin gloria, cae. El libro, las páginas de este libro que leemos azorados, es el lugar de la caída. Un pequeño cementerio sin flores. El sitio desde que el autor, que en el libro lleva el nombre de El Autor, no sólo descubre su mengua física, sino también, acaso sobre todo, el desgaste del lenguaje. Su roce inútil. Acaso por eso la última palabra, que en este caso es toda una frase, de hecho, un párrafo completo, sea el selah. Esa pausa.

Otro libro de oraciones sueltas es, sin duda, Amberes, el texto que Roberto Bolaño curó, según dice la introducción, para sí mismo. Se trata de un texto que, de manera por demás interesante, ha sido publicado tanto bajo el apelativo de novela como en forma de libro de poesía. Las frases aparecían, dice el narrador o los narradores, “literalmente, como anuncios de neón en medio de una sala de espera vacía”. Y el que cura, no tanto un médico que sana sino el curandero que pone atención y atiende, pareciera establecer las reglas de ese campo magnético al que hemos llamado libro más para darles alcance que para atraparlas, a ellas, a esas frases que han sido re-escritas en el mundo físico del entorno (¿y qué no es el entorno?) para escribirlas, es decir, registrarlas, en el mundo plano de la hoja de papel.

¿Y qué es Comala sino la curaduría de las frases re-escritas en el limbo que ha sido la historia de México? Leer párrafos re-escritos es una forma de des-leer. No es pregunta. Más que escribir fases, curarlas. Que es otro modo de padecerlas. Lo extraño es que “curar frases” no nos aleja, ni a las frases ni a mí, de esa enfermedad que es todo lenguaje. El tiempo. Quien re-escribe, actualiza. El motor del re-escritor no es la nostalgia por el pasado, sino la emergencia del presente. Esta cosa sin salida.

Silencio maternal por la Patria (Sexenio-Puebla 10/05/11)

Esta columna se une al silencio poético en pro de la paz, en pro de vivir en un país donde realmente se respete la libertad de expresión; en pro de ser un México donde ningún otro ismo que no sea el de humanismo permeé. No más feminismo, ni machismo y nada parecido. No más violencia en escuelas, en estadios, en trabajos. No más burocracia para impartir una auténtica justicia, ni para aspectos tan humanos como lo son la Educación y la Cultura, porque eso también violenta los procesos humanos.

Y en pleno 10 de mayo es propicio decir: ¡estoy hasta la madre de que a mi Madre Patria la estén madreando sin piedad alguna!

Doy turno a Juan Eduardo Cirlot, para compartirles un poema que le dedicó a su madre.

A mi madre

La luz que me envolvía, la mañana

que me acunaba, la dorada paz

y el cercado celeste de cuidados

venían de tu voz y tus manos.

Todavía ignoraba que, en el mundo,

vivía –sin hablar, sin preguntar-,

pero ya con respuestas habituales

a mis elementales gestos nuevos.

Tarde te lo agradezco, madre mía.

Cuando ya mis cadenas tienen óxidos

y empieza a vivir sombra en derredor

de mi figura demasiado escrita.

Huerto de soledad que un oro negro

aconseja con tétricos latidos.

Pero mis ojos verdes son aún

aquellos que miraban y mirabas

en un suave horizonte de silencio.

Una invitación, una.

El próximo viernes 13 de mayo del año en curso a las 19:00 horas, en la Sala Luis Cabrera de la Casa de Cultura (5 Ote. #5 Centro), el novelista colombiano Jaime Panqueva estará en Puebla para presentar su opera prima: La Rosa de la China, acreedora del Premio Juan Rulfo para Primera Novela Conaculta / INBA 2009, otorgado por las dependencias culturales de los gobiernos de Tlaxcala y Puebla. A decir de los integrantes del jurado -compuesto por los escritores Pedro Ángel Palou, Guillermo Vega Zaragoza y Eve Gil-, La rosa de la China es una novela arriesgada; también declararon que la novela es dueña de una gran investigación histórica, cuyo argumento mezcla diversas tradiciones narrativas y un excepcional manejo de los diálogos sobre el relato de la Colonia y algunos de sus personajes más ilustres.

Al autor lo acompañaran los escritores Enrique Sabugal y Jaime Mesa, así como el poeta Enrique de Jesús Pimentel.

En dicho evento, habrá venta de libros de parte de la editorial Planeta.

La invitación está hecha, esperamos verlos por ahí.

¿Quién dijo abajo Fidel? (Diario Milenio/Opinión 16/05/11)

A esta, que podría ser la crónica de un atropello, le asombra más la enjundia del agredido que el poder aplastante del agresor.


1.- Cambio y fuera

Alfredo San Juan.

En la primera escena, se aparece un agente de seguridad previniendo a los habitantes de la casa para que se estén quietos en los días que vienen. Con todo respeto, claro. Adentro, una mujer lo encara con la clase de entereza que con seguridad aterra a los vecinos, pues ni uno solo asoma la nariz a la calle. No pretende interrumpir los asuntos del gobierno, cuantimenos boicotear su congreso y su desfile (“los espacios del pueblo”, ha dicho el agente), pero tampoco acepta que el gobierno se meta a interrumpir sus actividades, como lo ha hecho durante los últimos cincuenta y dos años. Algo más tarde, deambulan justo afuera de la casa cuatro sabuesos más, decididos a intimidar a la familia, pero ellos no se dejan y responden a gritos que nada va a cambiar hasta que se caiga “la dictadura asquerosa ésta”. La mujer, mientras tanto, se queja por teléfono de los hostigamientos que padecen por opinar distinto y no callarse. Entre la reja y la fachada de la casa están aún regados los restos de pasadas agresiones: piedras, trozos de muebles, palos, astillas, pero los inquilinos han repuesto las cartulinas sobre la pared con arengas contra los hermanos Castro y en mayúsculas negras la palabra cambio.

La turba llega un rato más tarde, sintomáticamente organizados y recitando cantaletas unánimes a las órdenes de un megáfono puntual. Vivan Fidel y Raúl. Libertad para los cinco. Patria o muerte. Una vez que los más adelantados llegan hasta la reja de la casa, el del megáfono gira la orden: ¡Adelante, compatriotas!, de modo que no dudan en brincarse la reja y emprenderla contra la casa y sus ocupantes. A estas alturas, el de la cámara se ha refugiado adentro con la familia entera, mientras los agresores destrozan cuanto pueden y golpean las persianas de metal a palazos. De vez en vez, los agredidos abren una de ellas para poder insultarlos de frente, pero los otros se las cierran a golpes. Más allá de la reja, junto a una camioneta tripulada por más agentes de seguridad del Estado, la turba se da gusto con una cantaleta tropical: ¡Pin-pon-fuera, abajo la gusanera! Palazos y festejo simultáneos forman una coreografía escalofriante, vista desde el interior de la casa, pero los inquilinos son irreductibles y resisten a gritos hasta el final, cuando los invasores se retiran disciplinadamente.

2. Las antípodas del miedo

Hasta hace poco tiempo, los legendarios actos de repudio, organizados desde el poder mismo valiéndose de empleados, esbirros y con frecuencia niños uniformados que salen de la escuela formaditos con ese solo fin, se conocían meramente de oídas. Hoy los hay por decenas en YouTube. Cualquiera puede ver de cerca la bravura de Sara Marta Fonseca, protagonista junto a su familia de las escenas arriba descritas, y acaso entusiasmarse u horrorizarse, tal vez ahora más lo primero que lo segundo, si lo que allí se ve es a unos invasores arrinconados, toda vez que no pueden ir más lejos porque los invadidos están allí filmándolos y más pronto que tarde saltarán a la fama de los infames; sin quizás merecerlo, pues obedecen órdenes de quienes de un plumazo podrían decidir el destino de sus hijos o padres o amistades, allí donde nada de lo que se dice o hace pasa de noche para los vigilantes, que están en todas partes y quieren hacer méritos a como dé lugar.

Algo se resquebraja en una dictadura cuando sus adversarios la nombran en voz alta. Hoy por hoy, los vecinos se callan, pero sordos no son y ciegos tampoco. Tendrían que extrañarse, cuando menos. Según cuentan algunos de los agredidos, la solidaridad de los callados se expresa en gestos a menudo discretos, pero asimismo plenos de admiración. Se necesitan unas agallas grandes para plantarse así frente al poder omnímodo trasladado a la falsa furia de la menuda turba de infelices llevados y traídos a golpe de consigna con tal de no pagar consecuencias mayores. Se va agotando el miedo y de pronto los mismos blogueros disidentes, en cuyas diarias crónicas revolotea la sombra de una opresión sin pausa, conceden que en La Habana se escucha ya a los hijos de vecino hablar con poco o nulo empacho de ese tema de moda: la dictadura. De modo que si antes parecía bastante con encerrar a unas cuantas decenas de boquiflojos y marginar o estigmatizar al resto, ahora sería preciso callar a tanta gente que sus voces acabarían por multiplicarse. ¿Y no es eso, por cierto, lo que ya está pasando?

3. Viva Zapata 2.0

Los videos de uno y otro acto de repudio a la familia León Fonseca —son clientes, tal parece— muestran a unos agresores acobardados ante la valentía sobrenatural de los agredidos. Entre paleros y paramilitares no consiguen quebrarles la moral, y eso seguro que no estaba en el guión. Medio siglo de cantaletas victimistas se desinfla delante de esas imágenes donde una simple madre de familia se atreve a arrinconar a más de un centenar de esbirros exaltados y llamarlos así, además de asesinos. Con no más que palabras llenas de pundonor y lucidez, Sara Marta Fonseca Quevedo se hace con la razón y exhibe las fracturas de la fuerza.

¡Viva Zapata!, gritan los León Fonseca, y la frase de pronto cobra filo y vigencia por la sola herejía de su naturaleza. Será, a un mes de distancia, el grito de Guillermo Fariñas —otro héroe vigentísimo en este libertario santoral donde el nombre de Orlando suplanta al de Emiliano— no bien el régimen intente desmentir a través de su prensa la muerte por golpiza policiaca del disidente Juan Wilfredo Soto García. Una prensa donde estos nombres sólo aparecen para ser denostados y tergiversados, y donde por supuesto sus argumentos no tienen cabida. ¿Qué va a ser del futuro Granma, una vez que en las calles se le desmienta a grito pelado y sin el menor empacho? ¿Quién, que haya crecido soportando como un Te Deum infinito los peroratas del bufón de verde va a querer, para entonces, seguir callado? Como diría mi abuela, duren mis penas lo que esa dictadura.