
Espacio del Poeta superfugado, hijo de Hugh Grant y sobrino flaco de Federer.
domingo, abril 10, 2011
Duelo (Milenio diario/Opinión 05/04/11)

lunes, abril 04, 2011
Torquemada en Florida (Diario Milenio/Opinión 04/04/11)

¿Qué decir de un puñado de lunáticos que enjuicia un libro y lo envía a la hoguera por crímenes contra la humanidad?
1. Favor de no quemar este periódico
No sé si deba dar más risa o miedo la idea de un jurado de doce personas reunidas para juzgar y eventualmente condenar al ejemplar de un libro a la hoguera. Es una lástima que el video colgado en internet por el reverendo excluya todo el juicio —no sabemos si para proteger al jurado de un eventual ataque terrorista, o del inminente pitorreo planetario— y se consagre a transmitir las imágenes de la ejecución. Un ritual más bien pobre y anodino, que sin embargo cuenta con la espectacularidad de la sola noticia. Y hoy que los pastorcillos wahabíes lanzan a multitudes de creyentes a prender fuego al mundo para vengar la afrenta Made in USA, el Mulá Jones se lava las manos. Él y los suyos no responden por los estropicios que día tras día se cargan a la cuenta de su pequeña hoguera editorial. Por el contrario, piensan que cada nuevo linchamiento evidencia el carácter maligno del enemigo y la razón que tienen al combatirlo desde el mismo garage de su casa.
Insisto, no me extraña. Hace tiempo pensaba en dedicarle unas sentidas líneas a Mel Gibson, pero siempre se cruza algún tema menos desagradable. Ya puedo imaginar al pastor Jones disfrutando de Passion —no la banda sonora de La última tentación de Cristo, sino el bodrio morboso y delator donde Gibson descargó sus demonios menos presentables— en rigurosa alta definición e impecable 3D. Una experiencia purificadora, similar en esencia a la de cercenarle la cabeza a un infiel y probarse con ello acreedor del Cielo. Si el Cristo de Scorsese y Kazantzakis invitaba al fervor estético y la reflexión hiperbólica, el de Gibson acusa la profundidad propia de un matadero. Cierto es que el pastor Jones y sus discípulos se han quedado algo cortos en el tema de los efectos especiales, pero la idea es ser igual de crudo que su maestro. Aunque si a uno le diera por ponerse exigente, diría que a la magna chamusquina le hicieron falta algunos latigazos.
Si los equivalentes wahabíes del pastor de Florida tuvieran una pizca de objetividad y quisieran usarla en bien de su autoestima, valorarían la proliferación de lunáticos y fundamentalistas en el corazón mismo de Babilonia. ¿O de qué otra manera podrían pintar a esa tal Gainsville, que más merecería ser llamada Nueva Cafarnaúm? Suena todo a locura y oportunismo, dos ingredientes cuya mezcolanza les permite existir sin tener que justificarse, o en todo caso haciéndolo con argumentos al estilo Mel Gibson. A los desorbitados ojos del purificador, la barbarie absoluta es el más elocuente de los discursos. Si Cristo sufre y sangra en alta definición, a ver quién es el primer blasfemo que se queja por unos cuantos arroyuelos de sangre pecadora. Finalmente, no es el pastor Jones el primer exaltado que se hace popular quemando libros. Reverendos idiotas, se les llama, no exactamente con devoción.
jueves, marzo 31, 2011
A mis veintiséis años (Sexenio 30/03/11)
A todos aquellos que están, estuvieron y seguirán.
Nuevos bríos, son los que esperan a esta columna. Hasta hace unos meses, El Columnista fue el espacio que albergó a esta reunión de palabras. Hoy, gracias a Mario Alberto Mejía y el equipo de Sexenio, El guardián del diván sigue con vida.
A propósito de inicios y cambios, quien esto escribe tiene exactamente un mes y días de haber celebrado su cumpleaños y como todo buen aprendiz de poeta, la reflexión inundó mis días.
Aquí el resultado.
Cumplir años, dicen, siempre es un acontecimiento; para otros, es la fecha que marca el inicio de un año nuevo personal. El verdadero inicio de un ciclo.
Mientras se cumplen años, se adquieren experiencias y nuevas amistades, también se sufren fracasos y la pérdida de seres queridos, ya por diferencias, ya por la visita de la muerte.
Cumplir años es acercarse más a la finalización de la vida: la muerte.
La muerte es lo único seguro que se tiene en la vida, aseguran los sabios.
Sin embargo, cuando se cumplen años y te das cuenta que a lo largo del camino recorrido las amistades sembradas se han cosechando con creces y que los pasos trazados para llegar a las metas deseadas, en su mayoría, van viento en popa. La muerte es lo que menos importa.
Siempre será preferible que la calacuda agarre a cualquiera, haciendo lo que mejor saber hacer, que lamentándose.
Vida sólo hay una y habrá que tomar de ella, lo que mejor convenga a los sueños dibujados.
Vivir es un arte, algunos harán de ella una pintura vanguardista, otros quizás prefieran tallarla cual fina escultura y unos más prefieran escribir una novela. Algunos más preferirán un arte complicada, que no entable diálogo ni nada con algún posible interlocutor, no les quedará más que esperar a que el tiempo les regale a un intérprete.
Muchos de estos artistas acompañarán su vida con algún vicio. ¡Artista sin vicio, es como el siglo XXI sin tecnología! Quizá les remorderá la conciencia, tal vez en el primer momento en que ingresen al hospital, se arrepentirán de cada uno de sus vicios; existirán otros que se morirán siendo fieles al vicio que genera su arte.
Por mi parte, querido lector, no sé si soy un poeta o un escritor en ciernes, como afirman algunos amigos. Como todo ser creativo, estoy lleno de ambigüedades, temores, más que de certezas. Empero, y parodiando a Joaquín Sabina, si a mí me preguntan de entre todas las artes, cuál elijo: yo quiero la del poeta, porque la poesía es corta, dura, seductora, solitaria, amorosa y dolorosa. La más prostituta de todos los géneros literarios.
La poesía es la vida misma y con vino tinto o una coca-cola, según sea la ocasión, siempre deberá estar acompañada.
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martes, marzo 29, 2011
Escribir de paso (Diario Milenio/Opinión 29/03/11)

La vida en sí, eso es lo que cuenta, lo que le pasa al cuerpo. La única cuestión problemática es que, mientras le está pasando algo al cuerpo, no hay manera de estarlo escribiendo
Otra manera de decirlo sería el preguntarse: ¿cuáles son las relaciones que la escritura establece con el espacio que la genera o que la impide? Pero la manera pedestre y cotidiana de hacerse la interrogante es, más o menos, la siguiente: ¿cómo es posible escribir en ciertos lugares y no en otros?
Solía pensar que no se trataba, en sentido estricto, de espacio sino de tiempo, especialmente del así llamado “tiempo libre”. Solía creer que de la posesión de ese bien —de ese recurso, dirían otros— dependería el inicio o continuación o fin del texto. La vida cotidiana me ha enseñado que la posesión, en general, no asegura nada, mucho menos escritura. Y que el “tiempo libre” viene con frecuencia atado a sus propias necesidades, todas ellas singulares. Abundan, por ejemplo, los deprimidos que no atinan a domesticar ese monstruo en que se convierte el tiempo libre; o los hedonistas que, una vez con tiempo libre en las manos, se dedican mejor a disfrutarlo de maneras más sociales. O los cibernéticos, a quienes el tiempo libre se les va en un tuit. El tiempo, libre o no, pues, no garantiza nada.
Queda, pues, el espacio.
Tampoco el espacio doméstico determina el fluir de la escritura. Hubo un tiempo en que creí que sólo podría escribir en ciertas habitaciones, con ciertos instrumentos, en circunstancias ciertas. El café era, en efecto, imprescindible en todas esas ensoñaciones. Y la ventana perfecta. Y el asunto ése de la luz; cierta luz. Todos estos ángulos y estas texturas ayudan, ciertamente. A veces. Como saben los globalizados de hoy, cada vez es más difícil estar ahí, permanecer ahí. Quedarse ahí por el tiempo necesario para escribir lo que se tiene que escribir es casi imposible, vamos.
La vida, dicen otros. La vida en sí, eso es lo que cuenta, lo que le pasa al cuerpo. Ahí. La única cuestión problemática con esto es que, mientras le está pasando algo al cuerpo, no hay manera de estarlo escribiendo. Ditto.
Hay quienes escriben para poner una firma en un territorio: los sedentarios suelen eso. Lo familiar les resulta productivo y, a menudo, alentador. El axioma. Escribir en la misma posición. Escribir donde están todas las herramientas del trabajo. Escribir donde nunca falta nada. Pocas veces he podido escribir así, lo afirmo.
A medida que pasa el tiempo (libre y no) descubro, por ejemplo, que las salas de espera de los aeropuertos y, aún mejor, el estrecho espacio del asiento de un avión, constituyen lugares propicios para la escritura. Justo a un lado de la velocidad, pero esgrimiendo los principios del equipo contrario, que son la lentitud y, sobre todo, la quietud; justo en medio del remolino de la transición y el cambio, pero inmóvil como un asta: así el escriba. Sin identidad. En trance. Hacia la fuga. Pero aunque regreso con acaso demasiada frecuencia a esos lugares, hay que confesar que también se acaban. Hay que aceptar que incluso las salas de espera de los aeropuertos tienen fin.
Después de darle vueltas y con base en datos comprobables me es posible decir que suelo escribir más en los lugares que dejaré pronto. Si el espacio me resulta ajeno y, por lo tanto, me mantiene alerta, mejor. Algo sucede entonces: la curiosidad de los sentidos, supongo. La curiosidad de los sentidos seguida por una especie de alerta generalizada: ese zumbido singular dentro de las orejas que pone a funcionar el mecanismo que produce las palabras y, luego, las oraciones y, eventualmente, los párrafos. La situación se vuelve incluso más propicia para la escritura si hay otra lengua contra o con la que mi pensamiento choque continuamente, en especial si es una lenguaje que no conozco o no practico. Nada como el muro de un lenguaje desconocido para acrecentar la conciencia del lenguaje propio. El sonido antes familiar de las palabras “propias” se vuelve apropiadamente extraño y es entonces, dentro de esa extrañeza, que inicia el tiempo de jugar, que es el tiempo de escribir. Desapropiar es un verbo cruel, pero esencial.
Si sé que no he de quedarme, que también de ahí he de partir, entonces escribo sin pausa/ con la fiebre de lo que está a punto de no ser/ haciendo una apuesta. Se trata, en sentido estricto, de una travesura. Pero es una travesura de la que depende que el mundo, tal y como no lo conozco, tenga también un lugar. La respiración se agita. El cuerpo se abalanza contra el teclado. Las manos vuelan. La cuestión es de vida o de muerte, y en eso no me engaño. Lo que sigue es un cierre fenomenal.
Autogeografía (45)-Pedro Ángel Palou
Que jamás el destino, comprendiéndome mal
Me otorgue la mitad de lo que anhelo
y me niegue el regreso.
Robert Frost.
Somos países enteros, dijo el abuelo un día. El exilio no existe.
Se viaja con uno mismo a cuestas. Aguarda la luz, que es tuya,
me susurró al oído, luego se desvaneció en un hilo de sangre.
No le bastaba ya su forma, pronto iba a ser en otro ser.
Cerró la voz, apagó la mirada tan poco humana ya.
-
Tengo ahora la edad en la que él salió de su país
para no volver nunca. Sé de cierto que él era la neblina
verdosa de su Asturias. Sus canciones, sus risas.
Y como él, he partido. Con los míos a cuestas, como
un coro nostálgico. Hemos optado por la nieve y
la montaña y otra vez el silencio. Tal vez el hielo, pienso,
nos apacigüe.
-
Busco la luz, esa que el abuelo prometió un día.
Anhelo la voz total, una que salga de la piel pero sea
más que carne. Que provenga de la tierra pero quizá
de cuando la tierra no era sino sueño de ser polvo.
La mirada nocturna y de crepúsculo. La verdadera.
-
He envejecido, visto canas y otro cuerpo, como un traje
nuevo. Uso gafas, no veo bien los contornos y colores
de las cosas. Sé algunas cosas ya: que uno nunca se conoce
del todo, que los caminos no siempre nos llevan al destino
y que el viaje, cualquier viaje, es un regreso a casa. Al viento.
-
Sé también que no basta el amor, ni la canción o la granada.
Que otros frutos, otra copla y otros humores nos vuelven
menos bestias, más huraños. Y que se está al final solo.
En medio del bosque, su humedad y sus extraños ruidos.
El blanco arce, abedules, la enramada. Toda huida nos conduce
al mismo refugio. Allí un libro, papel, tinta. Las palabras.
-
Somos sólo eso: palabras, letras descosidas buscando remiendo.
Sílabas enloquecidas en pos de un ritmo. Rumores y ruidos
nuestros cuerpos necesitados siempre del naufragio.
Hace frío. Sopla el viento. Una ardilla emerge tímida de su árbol.
Respiro hondo, suspiro. Soy otro. Soy ninguno. Soy el mismo.
No han llegado aún los pájaros, no se escucha su canto. El silencio
De las aves es mi otro abrigo. Amanece entre mis venas y tu cuerpo.
Surge al fin la luz, aún tímida. Otra vez nos abrazamos.
-
Empieza el deshielo, la montaña se hace de agua, se desvanece
Tal vez nos merezcamos, todos, la alegría de una flor, una tan solo
Y el canto de un petirrojo, que anuncie el inicio de otro día.
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28 de marzo 2011, frente a la Senda Apalachina, en Nueva Inglaterra.
Para amarrarse la lengua (Diario Milenio/Opinión 28/03/11)

La tiranía del lenguaje políticamente correcto sueña con diseñar el antifaz perfecto: una utopía cosmetológica
1. El habla pasteurizada
Piensa antes de hablar, le enseñan a uno desde muy niño. Mide tus palabras, le advierten o amenazan en la adolescencia, si acaso se le ocurre pasarse de franco. Cuidado con lo que dices, se previene más tarde al joven hocicón o al viejo boquiflojo. Lo cierto es que no suele uno hacer caso, y al cabo va aprendiendo a desconfiar de quienes ni de broma abren la boca sin calcular el peso de lo que dirán: gente que jamás dice cosas inconvenientes, ni rebasa los límites de la charla anodina con tal de no arriesgarse a cruzar la frontera de lo que cree que otros creen aceptable. Una actitud común entre políticos y diplomáticos, habituados a lubricar sus puntillosas comunicaciones con un amplio catálogo de eufemismos cosméticos, aunque hoy día asimismo una maña frecuente y, ay, creciente, entre la multitud de censores y soplones en que la hipocresía reinante nos está convirtiendo.
Antiguamente, malhablados y malpensantes solían ensañarse con viejitas y beatas, ante quienes probaban con éxito abusivo y redundante la eficacia de sus blasfemias y patanerías. Casi todos lo hicimos en la adolescencia, pero hoy pasa que beatas y viejitas han sido rebasadas por medio mundo. ¿O no es acaso medio mundo quien pone el grito en el cielo cada vez que trasciende cierto disparate que luce inaceptable a los ojos de la conciencia común? Qué término asqueroso: conciencia común. Si a disparates vamos, me cuesta imaginar alguno más bellaco que aquél que cree posible —y el colmo: deseable— acabar para siempre con los disparates. Entre tantas noticias de políticos y diplomáticos que no obstante su hermética profesión se exhiben aflojando la mandíbula, sorprende que lo de hoy sea morigerar el quehacer de la lengua. Y ya que medio mundo parece estar de acuerdo en tener que expresarse siempre a la defensiva de sí mismos y emprender la ofensiva contra toda franqueza transgresora, nada hay más natural que someterse al yugo impredecible de aquellas minorías acomplejadas y despóticas que se ven al espejo como acreedoras de siglos de agravios pendientes, y en tanto habilitadas para juzgar y condenar al blasfemo según sea el rigor de su resentimiento: batallones de beatas hipersensibles para quienes no hay risa libre de sospecha.
“¡En la mesa!”, solía reprenderme mi madre cada vez que me daba por contar algún chiste antihigiénico. El problema es que hoy día casi todos los chistes resultan potencialmente antihigiénicos, si justo el ingrediente que los hace graciosos es el que mueve el piso del beaterío. Los amigos de la simulación encuentran en la risa un causal permanente de incomodidad, por cuanto ésta tiene de espontánea y hace vano el esfuerzo del disimulo. Ellos preferirían que nunca terminase la edad de la obediencia, de manera que su sola y solemne tiesura les permita hacer méritos, y entonces reprender a los remisos: costumbres escolares extendidas al ámbito parroquial. Según Milan Kundera, lo que sucede a los inquisidores de la risa es que no han escuchado reír a Dios. Y esto los lleva a la blasfemia obvia y escandalosa de dar por hecho que el Supremo Creador es algo así como un imbécil milenario. ¿Será que ofendo a alguna minoría quisquillosa si opino que la ausencia absoluta de sentido del humor señala un muy probable raciocinio tullido?
Justo porque el humor —y asimismo su hermana, la ironía— es un guiño directo a la inteligencia, nadie quiere tener que explicar un chiste. Se espera del que escucha que realice una cierta gimnasia mental, desentrañe de golpe la confusión y llegue sin ayuda a la risotada, pues ya se teme uno que de lo contrario le hará sentirse torpe y acaso avergonzado. Ahora bien, los riesgos son mayores. Si el chiste no es muy bueno, o el narrador no se esmera en contarlo, o peca de insensible y agresivo, no habrá risa sincera que lo premie y será el de la voz quien se sienta un pelmazo. En cualquier situación, el humor nos expone, y eventualmente también nos exhibe. ¿Y no para eso está el poder redentor de la risa, que al contagiarse teje complicidades, pues bien se sabe que quien se ríe, se lleva?
3. Hábitos carcelarios
Nada me aburre más que ir a dar a una charla de cartón. Enroque obligatorio, dicta el reglamento. Nunca ha sido la vida tan larga y generosa para gastársela en tamañas baratijas, aunque a veces no hay forma de eludirlas. Ese quehacer ingrato de colgarle a la lengua un comisario que vigile su higiene en todo momento no remite a la idea de un mundo ideal, sino a otro de esos ergástulos infames donde cualquier palabra mal medida puede traer consecuencias fatales al bocón. Es ciertamente muy decorativo que en una mesa todos midan sus palabras, de modo que la gente se conozca por lo que según dicen tienen de iguales. Es decir, que jamás sepa nadie con quién estuvo: el lenguaje afectado e incoloro como antifaz, medalla y uniforme. Yo sólo me pregunto si no habrá por ahí una fórmula menos inverosímil para disimular la irrupción de una amenazadora manada de mustios.
“¿Pero qué hacer entonces con los provocadores?”, dirán no sin motivo las sensibilidades alertas, aburridas o quizás indignadas por los chistes canallas y malos (aún peor ésto que aquello, si más daño hace la estupidez que la perfidia) que las lenguas autonombradas incorrectas repiten sin asomo de gracia ni vergüenza. Francamente, me inclino por gozar del privilegio de mirar a los hijos de puta sin antifaz. Cuando, hace pocos días, un aficionado lanzó un plátano al futbolista brasileño Neymar, que acababa de anotar sendos goles a la selección escocesa, no logró convencernos de que el interpelado fuese un chango, pero probó que él era un imbécil peligroso. Gente que con frecuencia termina por linchar o ser linchada. ¿Es lícito prohibir a la gente mezquina y estúpida que exhiba sus miserias y nos prevenga así contra daños mayores? ¿Obligarlos a todos a hablar con sensatez y no mostrar sino valores y virtudes? A este paso, va a haber que reescribir el Manual de Carreño e insertarlo en el Código Penal.
martes, marzo 22, 2011
El sobreviviente de Pripiat (Diario Milenio/Opinión 22/03/11)

Hay un hombre que flota, desnudo, sobre las aguas del río Pripiat con los brazos extendidos, los ojos muy abiertos. El sobreviviente que cruza el río una y otra vez, no existe
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 16/06/2010 by searchingfor Mujeres de las Tierras Altas que, alguna vez, cruzaron el río Pripiat en absoluto silencio 11:37:42 – 13 hours 43 minutes ago
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 23/07/2010 by serachingfor ¿Qué hacer cuando se encuentra un alce detrás del timón del transbordador que cruza muy lentamente el río Pripiat? 11:45:32 – 12 hours 32 minutes ago
TijuanaarrivedfromGoogleon “NO HAY TAL LUGAR: 03/01/2004 - 04/01/2004” ” 24/07/2010 by searchingforLutavia se detiene 09:39:15 – 12 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Hay un hombre que flota, desnudo, sobre las aguas del río Pripiat con los brazos extendidos, los ojos muy abiertos. El infinito, ah 11:15:48 –11 hours 23 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Los caballos nucleares galopan todavía entre las inmóviles máquinas oxidadas, bajo las ramas de los días, este espasmo 11:23:12 – 11 hours 31 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Mira, aquí está la rueda de la fortuna. Estas son las muñecas con las que jugaste. Aquí, dentro de la habitación vacía, crece un árbol11:29:17 – 11 hours 37 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Pero llegará el otoño ¿sabes? y avanzaré entre las altas espigas desmesuradas con este escudo y con este cetro 11:30:23 – 11 hours 38 minutes ago.
Tijuanaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 16/08/2010 by searchingfor El sobreviviente de Pripiat que cruza el río una y otra vez, una y otra vez, no existe 8:54:04 – 12 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 17/08/2010 by searchingforEl francotirador entre la maleza. El devorador de caballos. Alguien come y vomita y defeca. Esto es existir 11:12:56 – 10 hours 21 mintues ago.
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Tijuana arrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 24//08/2010 by searchingfor Juro que leo la historia del sobreviviente de Pripiat. Juro que la creo 5:12:16 – 03 minutes ago.
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Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 24/01/2011 by searchingfor ¿Qué es un libro sino una manera de imaginar lo que yace, moribundo, en el otro lado de la pantalla? ¿O una manera de agarrarse al filo del techo o la última bocanada de aire? 10:37:34 – 9 hours 28 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/01/2011 by searchingfor Al libro verdadero hay que buscarlo en los residuos, en las esquinas, en los lugares más escondidos. Esta es la traza, que se va11:01:34 – 10 hours 23 minutes ago.
Tijuana arrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 28/01/2011 by searchingfor Necesitamos un médico. Tal vez dos 5:15:23 – 03 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 12/ 02/2011 by searchingfor Por lo demás, si ha sido concebido entonces es real. Si es real, luego entonces puede morir 11:12.17 – 10 hours 34 minutes ago.
Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 21/03/2011 by searchingfor Este es el momento en que sueñas con un alce. Ahora pasan los caballos sobre la estepa, alumbrados de uranio. Mira, aquí. En esta línea. Este es momento en que despiertas 21/03/2010 11:27:12 – 10 hours 21 minutes ago.
La paz en armas (Diario Milenio/Opinión 21/03/11)

La guerra sucia de Muamar Gadafi tenía varias décadas de librarse, pero acaso tardó en hacerse fotogénica
1. Pacifismo de podio
Nada como la guerra pone de moda a algunos pacifistas. Y digo algunos porque los que se juran pacifistas son legión de legiones y entre ellas hay tan grandes divergencias que al cabo sobresalen quienes lo son a ultranza y rechazan la guerra a como dé lugar. El gran problema del pacifismo radical es no saber qué hacer con los enemigos mortales de la paz, y eventualmente verse orillado a justificarlos. Chamberlain opinaba, por ejemplo, que veía en Hitler a un caballero. ¿Y quién si no el palurdo de Linz hablaba de sí mismo como un pacifista? Pues he aquí que asimismo sobresale por mérito propio el pacifismo condicionado. Sus partidarios buscan la paz, pero esperan que el mundo sea tolerante cuando para alcanzarla necesitan callar, encerrar o exterminar a la totalidad de sus enemigos, y de pronto no hay ni que abrir la boca para ser señalado como tal. Momento ideal para que haga su entrada el pacifismo protagónico, que puede colocarse en cualquier parte del espectro, con tal de no salirse de cuadro ni de foco.
Para existir, la paz requiere de un acuerdo entre al menos dos partes. La guerra, en cambio, vive del desacuerdo. Le basta un solo voto para imponer su ley, sin siquiera tener que declararse. Y es más, ésa es la idea: guerrear discretamente. Contra lo que nos han contado las películas, a la guerra no le gusta hacer ruido, y si al final termina por armar un escándalo monumental será porque no habrá podido evitarlo. Ello explica tal vez la proliferación de tiranos pacifistas: una postura muy confortable en el podio, y asimismo muy útil para tapar lo hecho con lo dicho. ¿Cómo va a ser Fulano un sátrapa asesino, si está hablando en favor de la paz? Nadie niega el valor de la paz en cualquier situación, lo que no está bien claro es su resistencia. Por eso abundan quienes la dan por viva cuando ya tiene tiempo que se reventó.
2. Pacifismo coqueto
¿A partir de qué punto la paz deja de serlo? ¿Cuándo se rompe o cuando nos enteramos? ¿Tiene que ver el verdadero inicio de las hostilidades con la agresión tal cual, o es preciso esperar al camarógrafo? Imaginemos un escenario absurdo: el presidente Obama reconoce que su gobierno conspiró con éxito para hacer explotar un par de aviones llenos de pasajeros. ¿Dónde ya imaginarlo, sino en la cárcel y condenado a muerte? Pero resulta que éste y otros excesos espeluznantes parecían poca cosa en el currículum de un tirano ruidoso y pintoresco cuyo catálogo de excentricidades disimulaba a medias la crueldad abusiva e implacable con la que administraba sus dominios. Llamar paz al gobierno del terror, donde las manifestaciones pacíficas se disuelven con fuego de artillería, equivale a afirmar que entre los talibanes no hay sexismo. En todo caso, huele a complicidad pasiva. Cansada de escuchar noticias indeseables, la conciencia no espera ya paz, sino silencio, y en un descuido se conformaría con la clásica paz de los sepulcros.
Como incontables ismos militantes, el pacifismo ultra no vive sin espejo. O será que su misma posición colocó a su conciencia bajo los reflectores, y así se ve empujado a darle lustre, o cuando menos evitarle el deslustre. Y esto lo sabe cómo ningún otro el pacifista protagónico, para quien toda fuente de conflicto es un baile de gala en potencia, y por supuesto nadie baila tan bien como él. Poseedor de un olfato bastante menos fino que entusiasta, Nicolás Sarkozy se ha lanzado a tomar por asalto cámaras y micrófonos, nada más comenzó a parecer obvio que la masacre en curso de Gadafi llamaba a gritos al bravo Super Can que lleva dentro. Cuando sea grande, a Sarkozy le gustaría ser como el juez Garzón. Claro que a Baltasar Garzón nadie lo vio amistarse con Pinochet, ni ser honrado por etarras o falangistas, y al francés se le ve dar bandazos curiosamente acordes con el cambio en la dirección del viento. No hace mucho era amigo de Gadafi, a quien ya se acusaba de lo mismo que ahora, si bien con menos ruido involucrado. Y pasa que ambos claman por la paz, decididos a acaparar las cámaras, pero Sarkozy sabe que verse combatiendo a tamaña sabandija es ganar fotogenia ante la Historia. Se lo dice el espejo, no hay por dónde fallarle.
3. Pacifismo pasivo
Me recuerdo, de niño, como pacifista. Lástima que tuviera que pelear todo el tiempo, pero así eran las cosas en la selva escolar. No había respeto por la bandera blanca, quizá porque tras ella se adivinaba el miedo. ¿A qué le tenía miedo? ¿A entrar en guerra? ¿Y no estaba ya ahí, librándola contra mi voluntad? Pues sí, pero una cosa era vivir en guerra y otra reconocerlo ante uno mismo, que aspiraba a vivir en santa paz. Y ahí estaba el problema. Para alcanzar la paz, había que reventar un par de bocas. Con tal de no intentarlo, parecía preferible resignarse a la diaria tiranía. Hasta que un día la paz daba de sí, y una vez reventada la bandera blanca se imponía romperle el hocico al agresor. ¿Y cómo hacer la guerra con propiedad, si no se considera al otro el agresor?
El coronel Gadafi se ha encargado de restringir la información que sale de Libia hacia el mundo, pero ni así es posible vivir sin enterarse de la matanza en curso. Atrocidades que en países como Libia son moneda corriente, hasta que cualquier día ganan preponderancia delante de la cámara y ponen a temblar a los pacifistas con la amenaza de más tarde, muy tarde, ser señalados como pasivistas. ¿Quién nos dice que Chamberlain no carga más difuntos que Churchill? Y si es así, ¿quién es el pacifista? Miro a Obama y después a Sarkozy: pienso en el Gallo Claudio y Quique Gavilán. No debe de ser fácil para el hawaiano. Y esa es otra monserga del pacifismo: para colmo, hay que pelear por él al lado de perfectos advenedizos.