miércoles, diciembre 08, 2010

Wikileaks y el signo de Prometeo-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 08/12/10)

Todo es información. Las revelaciones de Wikileaks y la seductora Dalila corroboran esa verdad de oro. La más famosa filistea de todos los tiempos logró la misión más complicada de la historia: descifrar el código de Dios.

Según refiere la Biblia, la hermosa Dalila logró conocer el secreto que a Sansón le había confiado la divinidad para proteger a su pueblo. Lo sucedido entonces todos lo sabemos: ocurrió, sin hipérbole, la lucha de la carne contra el espíritu y la victoria de esta última.

Dalila, personaje que parece más extraído de Las mil y una noches que de la Biblia, ha sido al parecer la principal fuente de inspiración del trabajo de espionaje de nuestros días. Sólo así entiendo el énfasis que los servicios de inteligencia estadunidenses pusieron en el botox de Muhamar Kadafi, o en las francachelas del primer ministro Silvio Berlusconi tan propenso al Silicon Valley según parece por los documentos de la diplomacia estadunidense dados a conocer por Wikileaks y por la prensa de Italia.

Pero a diferencia de Dalila que llevó con éxito su misión, los resultados de los servicios de espionaje de Estados Unidos dejan mucho que desear si nos atenemos al hecho de que miles de documentos clasificados fueron filtrados de sus bases de datos. Ni siquiera fue un trabajo de Spy versus Spy, a la manera de la revistaMad. Tampoco producto de una trama increíble imaginada por John Le Carré sino algo más cercano a la hackerLizbeth Sallander que pone de cabeza a los servicios secretos suecos en la estupenda trilogía Millenium, escrita por el sueco Stieg Larsson.

Si alguien anticipó el tsunamiinformativo provocado por Wikileaks fue Larsson, quien renovó desde la tradición de la novela a ese género que ya no nos ofrece novedades con tanta frecuencia.

Si nos atenemos a hechos como los atentados contra las Torres Gemelas o las revelaciones de Wikileaks podríamos pensar que el imperio más poderoso de la historia tiene en la actualidad pies de barro en materia de inteligencia. Después del 11 de septiembre de 2001, uno esperaría un mejor blindaje de la información secreta del vecino del norte, pero no es así. Ahora sabemos que es verdad lo que Las mil y una nochessentencian en uno de sus cuentos: que secreto confiado es secreto revelado y que el universo se sostiene sólo por un secreto.

Así como la red de Internet ha relativizado el concepto de soberanía,Wikileaks nos ha mostrado que en el mundo global de la era cibernética resulta casi imposible vivir y actuar bajo la sombra del anonimato, pues todo sistema de encriptamiento de datos implementado por un hombre puede ser descifrado por otro. O mejor aún: que personajes como Dalila o Lizbeth Sallander no sólo podrán poner de cabeza a los poderes terrenales sino al reino mismo de la divinidad. El fuego que Prometeo robó a Zeus para regalarlo a los hombres seguirá haciendo arder a no pocas buenas conciencias. Todo secreto es un privilegio del poder. Revelarlo, otro aún mayor por su poder liberador. ConWikileaks y la web ya vivimos bajo el signo de Prometeo. Alumbrarnos con el fuego robado a Zeus es nuestro privilegio. Nuestro riesgo incendiarnos con él. La detención de Julian Assange es el principio del incendio.

Sueño serial #1 (Diario Milenio/Opinión 07/12/10)

Se dice que es a causa de la lectura. Se dice que todo se debe a un cierto, aunque perverso, gusto por las largas horas solitarias. Se dice, de manera insistente, que está relacionada con la timidez. Se dice que ciertas personas nacen con esa facilidad o con esa fatalidad o que en muchos casos está presente la miopía. Yo creo que la respuesta más básica y, tal vez por eso, la más verdadera, tiene que ver con un peculiar desencanto por lo real. Se escribe, esa actividad por demás inexplicable, porque la realidad molesta o hiere o no alcanza o abruma. De ahí parte todo. Sin ese elemento central, sin ese peculiar desembonamiento, ni la lectura ni la timidez ni el gusto ni la facilidad o fatalidad hubieran sido posibles. Sin eso, quiero decir, no existiría la escritura. Y alguien a quien no le gusta la realidad terminará siempre, sin alternativa alguna, poniéndole una atención acaso desmedida a los sueños.

Yo escribo, luego entonces le pongo una atención desmedida a mis sueños.

Todavía no los redacto en el momento del despertar ni los llevo como piedra preciosa al diván de analista alguno, pero no lo puedo evitar: les pongo atención. Una atención, ciertamente, desmedida. Tengo sueños largos y llenos de anécdotas como una telenovela. Y sueños que, de tan abruptos, me despiertan con gritos que se originan en otros mundos fantasmáticos. Tengo sueños en blanco y negro y sueños en technicolor. Hay sueños a los que me mudo por día enteros, viviendo una vida que bien pudo haber sido mía si no hubiera estado soñando. Tengo, incluso, sueños seriales que me visitan detrás de los párpados de manera recurrente aunque nunca regular. Sé que se trata del mismo sueño por razones que sólo son explicables dentro del sueño mismo—una cierta estrategia narrativa, algunos colores, alguna textura, ciertas frases, algún asomo de geografía. El caso es que a esos sueños no sólo los reconozco cuando llegan sino que también los añoro cuando no llegan y los lloro, como si se trataran de un ser querido, cuando se acaban. El sueño de la calle Normal fue, de entre todos, el más constante. Por años. Cuando llegaba, lo recibía como a un pariente muy querido con quien hubiera sostenido una conversación fundamental que, por razones fuera de nuestro control, había sido interrumpida. Quiero decir que, cuando llegaba, le abría la puerta de mi inconsciente, y más a menudo de mi inconsciencia, y me abocaba a disfrutar sus mensajes como un drogadicto frente al fix en turno.

Por razones que no puedo ni siquiera avizorar, tal vez por puro amor a la paradoja o por esa costumbre que me obliga a llevarle la contraria a todo lo que veo y oigo y siento, he vivido en dos ocasiones en barrios que sustentan el nada evocativo nombre de Normal—en Houston era Normal Heights y, en San Diego, Normal Heights. Las gemelas malditas. Mi sueño de la calle de Normal se sucedía, de esa manera brumosa y algo rara en que se suceden los sueños, en el barrio de Houston donde se erguían grandes casonas victorianas construidas en los años 20s a base del dinero producto del algodón o, según me dicen, petrodólares tempranos, aunque también en base a esa idea algo edulcorada de la grandiosidad sureña. Se trata, aún ahora, de casas de dos plantas con amplios porches fresquísimos y techos de dos aguas. A los costados de pequeñas callecitas sin banquetas, cruzado aquí y allá por rieles melancólicos, y poblado, así mismo, por oscuros bares donde tocaban jazz, el barrio de Normal era bastante normal fuera del sueño. En el sueño, sin embargo, el barrio era otra cosa. Había grandes aves metafísicas que sobrevolaban, negras, el desastre del tiempo. Había retorcidos encinos y rozagantes plantas de mariguana y flores de la pasión. Había centros comerciales siempre cerrados y estacionamientos permanentemente vacíos. Había tragaperras con luces espectaculares. Y caminatas infinitas que siempre, sin variación alguna, terminaban en una cierta esquina. Se trataba, estoy segura, de la Esquina del No-Hay-Más-Allá.

Soñé este sueño por años enteros, sabiendo sólo a medias que se llevaba a cabo, por supuesto, en el barrio Normal de Houston. Esto no lo vine a saber a ciencia cierta sino hasta el fatídico o bendito día, según se interprete, en que tuve que regresar. Todo esto 7 años más tarde. Asistía a una reunión académica a mediados de marzo. Atosigada por las temperaturas congelantes de los auditorios donde nos dábamos a la tarea de hablar sobre el estado actual de la historiografía moderna de México mientras nos titiritaban los dientes de una manera algo violenta, aunque no sólo por eso, me vi obligada a dejar los recintos donde se llevaba a cabo la reunión porque ya empezaba a toser. Estaba lista para enfrentar la humedad salvaje del trópico tejano pero, cuando un amigo de tiempo atrás se ofreció a manejar por la ciudad, acepté de inmediato porque la humedad era verdaderamente salvaje y, sin metáfora alguna, le pertenecía al trópico.

martes, diciembre 07, 2010

El espíritu elástico (Diario Milenio/Opinión 06/12/10)

Tortuosa Navidad


Nunca entendí muy bien a esas personas frías y previsoras que corrían a hacer sus compras navideñas con varias semanas de antelación, cuando aún no había en las tiendas adornos navideños ni se hablaba del tema porque era muy lejano, o así lo parecía. Nada que hoy día pueda imaginarse, si al final ha ganado la anticipación y lo más natural es que la temporada navideña se haya engullido no nada más diciembre, sino también noviembre y quién sabe si no dentro de un tiempo se extenderá hasta octubre, devorándose Halloween en el camino. Tiempo de regalar, nos dicen, de modo que la gente no solamente invierta en ello parte de sus ingresos de diciembre, sino los de noviembre, octubre, enero y febrero, o inclusive los de los próximos doce o dieciocho meses, según las relucientes facilidades disponibles para los generosos impulsivos. Todo lo cual redunda en un estado de excepción, de pronto confundible con la crispación, que se extiende por seis o siete semanas, durante cuyo transcurso no es posible llegar a tiempo a ningún lado.

Es todavía el principio de diciembre, aunque se hace ya tarde para las compras. Las mejores ofertas han desaparecido con las ventas nocturnas que las albergaron; más de uno se arrepiente por no haberse apurado a aprovecharlas y ya se hace el propósito de hacerlo bien temprano el año próximo. Un escenario ideal para los comerciantes, que llegan a diciembre con los números negros y extienden a lo largo de casi dos meses el tiempo del espíritu navideño, pero acaso no tan afortunada para el alma de la generosidad. La sola idea de comprar un regalo con seis semanas de anticipación se antoja anticlimática, pues de entrada erosiona la ilusión del que da: esa anticipación emocional que día tras día crece, conforme la ocasión se va acercando, pero difícilmente vive por semanas. Tratar de transfundirnos el dichoso espíritu navideño a lo largo de poco menos de dos meses, mediante villancicos, ofertas y efectos especiales, no es sino contagiarnos de una resignación más o menos neurótica que promete aliviarse a golpe de derroche. Total, es Navidad.

Del sismo al pasmo


No parece casual que tras el maremágnum de noviembre y diciembre sobrevenga un estado de pasmo general que cada día resulta más extenso y ya amenaza con devorarse enero: un mes incierto y hueco por la resaca misma del anterior, durante cuyo transcurso nadie quisiera hacer nada importante, si de antemano ya puede contarse con la apatía y la quiebra de los más. Raro es quien paga deudas a lo largo de diciembre y enero, y abundan quienes lo hacen por ahí de marzo. Es decir que el efecto de la Navidad bien podría extenderse a lo largo de poco menos de medio año. ¿Exagero? Tal vez, pero los comerciantes nada quisieran más que darme la razón. ¿Quién nos dice que de aquí a pocos años la temporada navideña no se comerá octubre, de modo que pasemos una cuarta parte del año escuchando constantes villancicos, embotellados entre tienda y tienda, o incluso dentro de la tienda misma?

De niño me gustaban estas cosas, pero como ya he dicho: duraban menos. Nunca, que yo recuerde, me dio por escribir una carta a Santa Claus fuera de las hoy mal llamadas fiestas decembrinas, aunque había ciertos niños industriosos que dedicaban octubre y noviembre a ofrecer la impresión de tarjetas navideñas, que como es evidente requerían de cierta anticipación. Ahora que las imprentas han perdido ese ingreso, pues ya a nadie le importa enviar ni recibir esos alegres trozos de cartón que un día fueron parte de la decoración de temporada, las felicitaciones se intercambian, si acaso, en las tiendas, que es donde por azar logramos coincidir, si lo demás del tiempo que nos queda lo pasamos embotellados, o corriendo, o esperando a que se haga más tarde y pueda uno salir y volver a su casa sin por ello tener que presentar nuevos síntomas de envejecimiento prematuro.

Dieta de villancicos


Sé cómo se le llama a la gente que esgrime argumentos como los aquí expuestos. Amargado, ¿no es cierto? Uno supuestamente debería celebrar la extensión de la temporada navideña, por cuanto ésta consigue tener de extraordinario. Pero he aquí que lo extraordinario no suele ser elástico, ni se distingue por abundante; menos aún se deja configurar. Qué más quisiera uno que su cumpleaños durara dos meses, y si bien es verdad que de niño la emoción precedente vivía a lo largo de toda una semana, no imagino cómo es que algunos logran celebrar navidades de dos meses. A menos, por supuesto, que en lugar de pasarme dos meses gastando me dedicara a recolectar dinero. En tal caso mi espíritu navideño sería como Zeus vestido de rojo, y haría todo cuanto fuera posible por inundar el mundo de villancicos, de manera que sólo los sonidos de mis registradoras rivalizaran con el coro de las campanas de Belén. A como están las cosas, sin embargo, encuentro que este espíritu navideño dilatado no alcanza para más que ir cada año detrás de la zanahoria de las ventas nocturnas y sus resplandecientes meses sin intereses, ya no en plan desprendido sino con la avidez de un cazador de ofertas trasnochado.

No dudo que a lo ancho de una venta nocturna crezca y florezca la generosidad, e inclusive la irresponsabilidad. Es por supuesto muy gratificante tomar la decisión de endrogarse a lo bestia y porque sí. Hay un deleite en comprar a deshoras, pero de ahí a poner a Santa Claus a trabajar desde el inicio de noviembre, de modo que el chantaje se extienda más allá de lo creíble, hay la misma distancia que separa a la fiesta del simulacro. No han pasado ni siete días de diciembre y ya hay quienes ofrecen a precio de remate los saldos de colguijes y adornos navideños. Pues hoy la Navidad es más larga que la Cuaresma misma, y para quien lo dude ahí están los villancicos. Hay quien quisiera oírlos el año entero.

martes, noviembre 30, 2010

Escrituras en presente /II (Diario Milenio/Opinión 30/11/10)

Ya lo había dicho pero lo repito: acaso no sea literatura, sobre todo porque la Literatura, así con mayúscula, ya fue. Pero estas escrituras en continua producción producen, esto lo argumenta Josefina Ludmner respecto a las escrituras posautónomas, presente.

III. Jezreel Salazar (DF, 1976). UNAM Filosofía y Letras/UACM @jezsalazr

SEÑALES DEL FIN DEL MUNDO

• El edén perdido. A eso llamamos el fin del mundo: unas manos, un rostro iluminado, las palabras que nos fugan de la tierra.

• Una señal de que se está en el fin del mundo es que los sentidos fallan y modifican nuestro contacto con la realidad.

• El fin del mundo es instalarse en los recuerdos, ser incapaces de dar pasos que no sean hacia atrás.

• Una señal del fin del mundo es que las piernas fallen a la orilla del acantilado. La conciencia de estar ahí se adquiere en pleno vuelo.

• En el fin del mundo hay un lago. En el fondo del lago hay un libro. Al final del libro, comienza un sueño: el del fin del mundo.

• Estamos en el fin del mundo cuando deseamos morir y decidimos seguir vivos.

• En el mundo posterior al fin del mundo, los hombres nacen ya muertos.

• En el fin del mundo no se escuchan estallidos ni quejidos. En cambio, el sonido del mar se detiene.

• El fin del mundo no es una orilla, sino una isla. Quienes la habitan se saben aislados, tontos y felices. No desean escapar.

• Si el fin del mundo abriera sus compuertas, tendríamos que refugiarnos en el Arca de Noé.

• Todo lo que se dice en el fin del mundo es una metáfora que refiere a otro lugar, un deseo desplazado, la confesión de algún fracaso.

• En el fin del mundo sólo hay cementerios y risas. Risas macabras.

• Siembra huesos en el fin del mundo y nacerán flores.

• Sí, seguro Baudelaire fue jardinero. En el fin del mundo.

• Sentarse en la orilla del fin del mundo y balancear los pies como en un columpio.

• En la religión del fin del mundo, la Biblia es una pantalla repleta de frases breves y discordantes que fungen como versículos proféticos.

• En el fin del mundo es importante andar de puntillas para no despertar a los monstruos.

• Cuando los monstruos interiores despiertan, comienza el fin del mundo.

• Volver del fin del mundo no es despertar; es otra cosa, algo así como dar un cabeceo cuando vas al volante.

• Volver del fin del mundo es volverse un sonámbulo.

• Enseñanza del fin del mundo: saber que el mundo es vaho y su existencia efímera, saber que vivimos entre brumas.

• La ausencia siempre derrota a la presencia -esto lo aprendí en el fin del mundo.

IV. Javier Raya (DF, 1985) UNAM Filosofía y Letras. @Javier_raya

EL LIBRO DE YO

1. Este soy yo vomitando: he bebido tequila, ron y vodka para saber qué esperar de una borrachera. Rigor científico, tengo 10 años.

2. Este es el día que tomé mal un camión y aparecí del otro lado de la ciudad. Esta es la policía que no sabe de mí. Este soy yo sin tenis.

3. Este soy yo en el monasterio abandonado. El desierto. Se rompe un escalón de madera podrida del campanario: nos persiguen las abejas.

4. Este soy yo despertando con tubos conectados por todas partes. Olor a lejía, alcohol, plástico y detergente barato. Una, dos... seis veces.

5. Este es el burdel. Aquí vemos televisión mientras se desocupa un cuarto. Este es el asco y esta la duda por el final de la película.

6. Este soy yo en la presentación de Crótalo. Texcoco, ¿2004? No sé que decir. No he dormido en dos días. Tiemblo: bebo el cuarto espresso.

8. Esta es la indignación de los grandes poetas. Este soy yo con miedo y vergüenza. Esta es la hybris, este su pasto.

9. Esta es mi bravura. Esta su embriaguez. Esta la autoridad de mi maestro. Me pide que lo golpee u obedezca. No haré ninguna de las dos.

10. Este soy yo, estos ustedes y esta “Pennyroyal Tea” de Nirvana. Aquí me avientan ¢20. Aquí me aviento sobre el patán. Aquí la sangre.

11. Este soy yo de camino a tu casa en mi bicicleta. Me han prohibido ir y a ti salir. Esta eres tú enmarcada en una ventana de herraje blanco.

12. Este soy yo y esta la palabra RED. La deletreamos: “ar-i-di”. El crayón es rojo como la palabra rojo, rouge, vermelho, rosso, scharlach...

13. Este soy yo cargado por mi madre en el museo de Historia Natural. Corrijo a la encargada: no es brontosaurio, es apatosaurio. Error común.1

1 En 1994 los diplodocidae fueron agrupados en nuevas familias por lo que hoy brontosaurio y apatosaurio son sinónimos. En el 89 no lo eran.

14. Este soy yo salvando mis dibujos de la inminente catástrofe. Los empaco cuidadosamente en una bolsa y los cuelgo de un árbol. Tengo 6 años.

15. Este es el día que me fui de casa de mis padres por primera vez. Tengo 8 años y he decidido no volver. Volveré a las 6 horas.

16. Este soy yo, como se dice, rompiéndote el corazón. Este soy yo siguiéndote por la calle. Esta es la lluvia, inoportuna, que te sigue también.

18. Este soy yo hablándote de la guerra del Pacífico, de los Mustangs y los Zeros. Esta eres tú, ignorándome

19. Este soy yo viendo cómo en el pueblo acostumbran quemar el cañaveral. Las llamas se acercan. Me subo a una piedra y escribo “Pyros”.

20. Este soy yo entrando en tu casa cuando todos duermen. Este, el ruido apagado de las cerraduras, que conozco de memoria. Esta, tú.

21. Este soy yo, gritando poemas en la esquina del país. Este soy yo “buscando mi voz”. Allá, mi voz, indiferente a mis pequeñas revoluciones.

23. Este soy yo siendo asaltado por un hombre con un tatuaje del castillo-prisión del Conde de Montecristo, un heroinómano carismático.

24. Este soy yo, escribiendo con mi caligrafía de electrocardiograma “lo haría todo de nuevo. Aquí no ha pasado nada”.

lunes, noviembre 29, 2010

Xavier Velasco presentando "Puedo explicarlo todo" en la FIL-G 2010

Contra el opinionato (Diario Milenio/Opinión 29/11/10)

Con ustedes, la ironía


Cierta vez, de visita en un restaurante-librería, descubrí con horror que el menú, rico en citas y referencias literarias, estaba saturado de faltas de ortografía. ¿Cocinarían también los guisos ofrecidos allí con el mismo ostensible desaseo? La pregunta se la hice al mesero, que en un tris regresó acompañado de la dueña: una mujer afable, y de hecho encantadora, que nada más llegar se deshizo en disculpas —era nuevo el menú, no lo había revisado— y añadió un comentario que desde entonces le he venido plagiando: “¡Duelen los ojos!”, dijo, y yo me carcajeé solidariamente porque era justo así, toda aquella barbarie producía una punzada que empezaba en las córneas y seguíase de largo hasta el cerebelo. Algún tiempo después, regresé al restaurante y encontré, con alivio admirado, que los errores habían sido corregidos y el menú lucía al fin resplandeciente. O sería que así me lo pareció, tras aquellas enmiendas que al menos por un rato me dejaron creer que el mundo tiene arreglo, aun sabiendo que aquel incidente feliz era rareza pura y muy probablemente no volvería a ocurrir.

Duelen los ojos, cierto, y con frecuencia también los oídos, pero hay quienes opinan que no tiene importancia. Da igual, nos aseguran, que uno diga o escriba las cosas como sea, y por supuesto encuentran innecesario corregir nada, si de cualquier manera, insisten, las personas se entienden como pueden y al final siempre pueden, ¿no es verdad? ¿Y no es también verdad que inclusive la confusión resultante contiene alguna dosis de poesía involuntaria y a su particular manera refrescante? ¡La manga, digo yo! El conformismo tiene los mismos argumentos para “legitimar” todo aquello que pueda contribuir a quitarle de encima la responsabilidad por ser, al fin, lo que es. Y ahora que se han metido las comillas, no está de más traer a cuento esa manía apestosa de endilgarle comillas (!) a todo aquello que se cree importante y por ello es preciso “resaltar”. Aviso “importante”, anuncia una pizarra repleta de ironía involuntaria, de lo cual se desprende que el tal anuncio es una vacilada y no vale la pena hacerle caso. ¡Qué pedazo de chasco se llevará quien logre descubrir (cosa poco probable, dado el carácter refractario y autosuficiente de la ignorancia en armas) que en lugar de otorgarle preponderancia a sus grandes palabras no ha hecho más que ponerlas en ridículo!

Que vivan los asegunes


Una de las defensas del conformismo es su capacidad de relativizar todo cuanto se enfrenta a su eterna pereza. “Es cuestión de opiniones”, se defienden algunos, como avisando a su interlocutor que está a un pelo de rana de vulnerar su sacro derecho a la libre expresión. Hoy día, las más grandes idioteces encuentran comprensión y cobijo en esa mentirosa relatividad, según la cual incluso los hechos contundentes y las verdades obvias están sujetas a la opinión que cada uno pueda tener de ellas. Cada día parece menos extraño que con ese “argumento” (nótense las comillas) se disculpe inclusive a los matones, o hasta se les elogie, si la diversidad de opiniones lo permite. Todavía en los albores del desastre económico mundial que ya sentaba huella en España, el presidente Rodríguez Zapatero insistía en colgarse de ese relativismo gaznápiro para salir del paso, a fuerza de afirmar que la tal crisis era opinable. Después de todo, algo no muy distinto había hecho Bibiana Aído, por entonces a cargo del ministerio español de Igualdad, al estrenar ante cámaras y micrófonos el término miembra, y así dejar bien claro que el idioma y las reglas gramaticales son para ella cosa de opinión.

Lo peor de semejante opinionismo no es que quien lo sostiene se vea expuesto al público ridículo —pocas veces sucede, y aún así el afectado puede llamarse víctima de intransigencia— sino que estigmatice a quien no lo comparte y hasta se dé el gustazo de no bajarle de autoritario, fascista, represor de la libertad de expresión, que de acuerdo al sentir del opinionista es igual a la livertad de expreción. No olvido a aquel empleado de la zapatería que en muy pocas palabras me explicó la razón por la que unos zapatos del 9 —mi número— me quedaban como si fueran del 7: Yo soy de los que creen en el respeto a la diversidad.


Del saber al parecer


Ándenles. Nadien. Siéntensen. ¡Hay! ¡Uy! Haber si luego vamos… ¿Todo eso y más es cosa de opinión? Porque si a ésas vamos, tengo mis opiniones en torno al Reglamento de Tránsito, el Código Penal y cada una de las disposiciones generales que con o sin motivo me incomodan. Cierto es que en ocasiones me las paso por el arco del triunfo, pero una vez armado de una dosis sobrada de opinionismo puedo lanzarme a defender lo indefendible, sin el mínimo miedo al ridículo. ¿Cuántos bobos no piensan, y acto seguido opinan, que ciertos asesinos son menos asesinos, o acaso no lo son en absoluto, si es que una buena causa los respalda? ¿Y no son, por lo tanto, buenas y malas causas opinables? ¿Quién es el amargado que va a echar a perder el festín donde la irresponsabilidad y la pereza bailan alegremente con la ignorancia?

Verdad es que las faltas de ortografía no matan, aunque de pronto causen dolor de ojos, y que todos las hemos cometido. Pero lo grave no es ya cometerlas, sino que haya zopencos dispuestos a otorgarles legitimidad. Es decir que si vemos a un pelafustán cagando a media calle por sus pistolas, lo que procede es lanzarse a emularlo. Y en caso de que alguno se atreva a alzar la voz contra el desaguisado, será nadie más que él quien cargue con la cruz del esperpento. “¡Hay, no ay que ser mamón!”, opinarán los cómplices del defecante, asustados por tanta intransigencia. Ahora echemos un ojo a esas encuestas donde se invita al público a opinar sobre todos los temas imaginables, y hasta de pronto sobre lo incognoscible. ¿Quién precisa siquiera saberse el alfabeto para opinar sobre cardiología, gramática, finanzas, aeronáutica o física nuclear? ¿Quién todavía distingue, o al menos le interesa, la diferencia entre conocimiento y opinión? ¿Queda alguna, por cierto?

sábado, noviembre 27, 2010

Inscripciones Abiertas-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 27/11/10)

En muchas de las crónicas, pinturas o grabados del periodo colonial mexicano es notable la presencia de los comerciantes: la más poderosa de las imágenes de la ciudad de México, de Bernal Díaz del Castillo en adelante, es la del mercado: la imagen propia de una sociedad en perpetuo intercambio de bienes.

En la célebre pintura anónima La Plaza Mayor de la ciudad de México, de 1768 -a medio camino exacto entre nosotros y la entrada de Cortés y Bernal Días a la ciudad en 1520-, el lienzo está cargado por una infinidad de puestos y negocios; la procesión del virrey, que parece haber sido el tema del cuadro, apenas resalta en su margen inferior izquierdo.

Lo mismo sucede con las tintas de Villalpando, que queriendo ser cuadros típicos descriptivos de los oficios de los habitantes de la ciudad, terminan siendo -en su aplastante mayoría- representaciones de mercaderes diversos.

Y es que para una capital de talla francamente reducida -el viajero italiano Giovanni Gamelli Carrieri dijo, elogiando la rectitud de la retícula en la capital del reino, que no solamente desde el centro..., sino de cualquier otra parte se ve casi toda entera”- no es llamativo solamente que hubiera 68 tiendas de ropa, sino la cantidad de mercados en que se encontraban.

Se vendían flores y legumbres en chinampas detenidas a los lados de las acequias principales; otros productos alimenticios y comida preparada en los mercados de la Plaza Mayor, del Volador y del Marqués; los muebles y la ropa en el Baratillo -a espaldas del Volador-. Además había pulperías -para la venta de carne y pescado- y mestizas para la mercancía general al mayoreo. La miel se vendía en las tabernas y el mecate y las velas en las cacahuaterías -tiendas de chocolate-. Las tiendas de ultramarinos se encontraban en la Acaecería -formada por seis manzanas y seis callejones cerrados al lado del palacio del Marqués- y a sus lados las sastrerías y carpinterías; ahí se encontraban también los talleres de costura en que se fabricaba la ropa vendida en tiendas, a menudo ubicadas a sus puertas. Los objetos suntuosos se vendían en el Parián -el nombre venía del mercado de Manila-, donde se encontraban objetos traídos de Oriente, espejos, abanicos, trastes y cristalería. Los mercaderes del acero, hierro y cobre tenían sus puestos en la calle de Tacuba y los de la seda en San Agustín. En San Pablo estaban los coheteros y las cigarrerías en el callejón de Portacoelli.

El fraile español Antonio Vázquez de Espinoza, describiendo la ciudad que visitó en 1612, notó primero que nada su vitalidad comercial: “Para el abasto de la ciudad -dice- entran de toda la tierra cada día, mil canoas cargadas de bastimentos... y por tierra más de tres mil mulos”. Luego insiste en la condición de emporio mercantil de la capital: “Es de mucha contratación así por la gravedad de la tierra y ser corte de aquellos reinos como por la grande correspondencia que tiene con España, Pirú, Philipinas y con las provincias de Guatemala y su tierra Yucatán, Tabasco y todo el reyno de la Nueva Galicia y Vizcaya”. En el primer capítulo dedicado a la ciudad, llamado: “De la gran Ciudad de México y los suntuosos templos que tiene y de su vecindad”, de lo primero que habla no es de los templos, sino de los mercados.

En el censo de 1689, citado por Antonio Rubial García en el estupendo La plaza, el palacio, el convento: la ciudad de México en el siglo XVII, se registraron en la ciudad de México 68 tiendas de ropa y sólo dos sastrerías. La cifra tiene de sorprendente la desproporción: la ciudad de México en la hora de esplendor para sor Juana, era una comunidad en la que el intercambio de bienes por dinero era más común que la producción misma de los bienes. La diversidad de la oferta era superior a la de la producción local y por tanto la economía de los criollos -el universo al que pertenecía sor Juana- era totalmente mercantilista: en la ciudad no se producía nada más que dinero.

viernes, noviembre 26, 2010

"Por lo pronto, ya estamos aquí"-Juan Villoro (El País/Babelia-Reportaje 27/11/10)

A los cien años de la Revolución mexicana los objetivos que la motivaron parecen seguir ahí. Los protagonistas y las consecuencias de esa contienda han sido analizados en la literatura, el cine, el teatro y el ensayo.

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De acuerdo con Friedrich Katz, autor de La guerra secreta en México y biógrafo de Pancho Villa, la Revolución mexicana es la única del siglo XX que mantiene vigencia porque sus ideales (justicia social y democracia auténtica) aún deben cumplirse.

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¿No bastan cien años para erosionar la esperanza que llegó con la metralla? Los graves rostros de los héroes han "decorado" demasiados murales en las oficinas públicas y han comparecido en billetes color morado o verde limón que valen cada vez menos. Ciertas figuras pasaron al folclore de los irresponsables: el general Sóstenes Rocha, que bebía tequila con pólvora, inspiró un personaje de Valle-Inclán, y su colega Gonzalo N. Santos pasó a la historia del cinismo político con aforismos de este tipo: "La moral es un árbol que da moras". Las mafias sindicales, el reparto de tierras inservibles, el uso discrecional de los bienes públicos y un inagotable torrente de demagogia son algunos legados de la lucha que estremeció a México de 1910 a 1920. ¿No es daño suficiente?

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Los héroes del hit parade revolucionario vivieron para aniquilarse. Jorge Ibargüengoitia observó con ironía que Zapata, un buenazo, luchó contra el buenazo Madero y fue liquidado por Carranza y Obregón, otros buenazos. Llamamos "Revolución mexicana" a la reconciliación póstuma de los adversarios.

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En La muerte de Artemio Cruz (1962), Carlos Fuentes retrató los negocios de la Gran Familia Revolucionaria. Las consignas progresistas se tergiversaron para crear una nueva burguesía. Bildungsroman de la corrupción, la novela relata el irresistible ascenso de un combatiente que se convierte en potentado.

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Y pese a todo, la Revolución mantiene viva su impronta. La prueba más clara es que dos partidos políticos y una guerrilla posmoderna se disputan su herencia. El PRI se apoyó en una contradicción de términos (la "revolución institucional") para gobernar el país durante 71 años con ideologías rotativas, poco afines entre sí. Este sistema corporativo repartió beneficios con la técnica del tráfico de influencias y demostró que "erario público" es el nombre secreto de "interés privado".

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Los otros herederos virtuales de la gesta son el Partido de la Revolución Democrática, que representa a una izquierda dividida, y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que aguarda en la selva el momento de reivindicar las incumplidas demandas indígenas.

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¿Qué tan contemporánea puede ser una lucha tantas veces desvirtuada? La Ciudad de México tiene 178 calles Carranza. ¿No se agota así la evocación de un prócer? De manera asombrosa, en nuestro presente el pasado sigue en guerra.

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En la película Revolución, estrenada para el centenario, diez cineastas proponen modernos relatos sobre el tema. Tienda de raya, espléndido corto de Mariana Chenillo, se ubica en un supermercado que paga parte del sueldo con cupones para comprar en la misma tienda. El destino amoroso de la protagonista depende de arreglarse la dentadura, pero el médico no acepta cupones. La diferencia entre Wal-Mart y la hacienda de Cananea, donde se atizó el incendio, es menor de lo que pensamos.

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La presencia de la Revolución también tiene que ver con la iconografía. La lucha llegó acompañada de un invento del siglo XX: el cine. Ningún proceso histórico se había filmado tanto. Los ojos de Zapata, los sombreros de ala ancha, las cargas de caballería pasaron del campo a la pantalla y de ahí al inconsciente.

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Ni siquiera en el plano historiográfico el tema puede darse por saldado. La extraordinaria biografía de Katz sobre Villa sugería que sólo quedaba espacio para minucias. Sin embargo, en 2006, Paco Ignacio Taibo II hizo un torrencial regreso al Centauro del Norte. Su Pancho Villa es una novedosa enciclopedia narrativa. Investigar y escribir un libro de esa envergadura hubiera dejado sin aliento a un maratonista. Taibo siguió de frente con Temporada de zopilotes, libro y programa de televisión para History Channelsobre Madero, iniciador de la contienda.

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Ya en los años ochenta, Enrique Krauze había narrado las contradictorias vidas del panteón nacional en su muy leída Biografía del poder. En 2009 Pedro Ángel Palou volvió con éxito a Zapata, novelando lo que parecía agotado después de la espléndida biografía de John Womack. Muerto a los 39 años (la edad del Che, Sandino y Malcom X), el Caudillo del Sur es una incógnita que pide ser narrada. Fuentes ha anunciado una obra sobre su agonía, Emiliano en Chinameca. Alguna vez le pregunté cuándo pensaba escribirla. "La voy a dictar en mi lecho de muerte", contestó sonriendo. El gesto resume una vida en espejo de la Revolución: Fuentes nació en 1928, año del asesinato de Obregón, su rostro se ha perfeccionado como el de un jefe revolucionario y planea su último lance como un encuentro de caudillos, la emboscada literaria de Zapata.

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El zapatismo estético va de los óleos de Alberto Gironella al rock de La Revolución de Emiliano Zapata, que en 1971 ganó en Tokio un concurso con la canción Nasty Sex. La tienda El Taconazo Popis no se quedó atrás y anunció zapatos a precios "zapatistas".

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En La noche de Ángeles (1991), Ignacio Solares se ocupa de uno de los episodios más sugerentes de la Revolución: el regreso del general Felipe Ángeles. Director del Colegio Militar en tiempos de la dictadura, artillero formado en París, Ángeles fue el único intelectual militar de la contienda y luchó al lado del más contradictorio de los líderes, Pancho Villa, imponiendo una dosis de sensatez e incluso de pacifismo en plena guerra. Derrotada la División del Norte, huye a Estados Unidos, donde vive en la pobreza. Decide volver, sabiendo que va a morir. Vaga por el desierto, leyendo la Vida de Jesús de Renan, hasta que es arrestado. Lo llevan a juicio y asume su defensa. Este episodio dio lugar a la pieza teatral de Elena Garro Felipe Ángeles. En el Teatro de los Héroes de la ciudad de Chihuahua, el general imagina un país distinto, de reconciliación democrática. Su adversario es Venustiano Carranza. El público se entrega al mártir. Carranza manda un telegrama con un indulto. De acuerdo con su conveniencia, el telegrama llega tarde. Ahí se pierde la oportunidad de otra historia (al menos así lo exige la imaginación literaria). Adolfo Gilly, autor de La revolución interrumpida (1971), libro vibrante que mi generación leyó con perdurable asombro, acaba de concluir una biografía sobre Ángeles.

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En esencia, no hay una Revolución. Sus contradictorias causas fueron captadas por Juan Rulfo en Pedro Páramo (1953):

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-Como usté ve, nos hemos levantado en armas.

-¿Y?

-Y pos eso es todo. ¿Le parece poco?

-¿Pero por qué lo han hecho?

-Pos porque otros lo han hecho también. ¿No lo sabe usté? Aguárdenos tantito a que nos lleguen instrucciones y le averiguaremos la causa. Por lo pronto ya estamos aquí.

A propósito de la novela histórica, Isaiah Berlin comentó que los hombres históricos no sólo hacen cosas históricas. En Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia extrema esta idea: sus revolucionarios no hacen nada histórico. Sus motivaciones son egoístas, caprichosas, personales. La comicidad de la novela deriva de la ineptitud de esos corruptos. Conspiran contra sus presuntos aliados, pero sobre todo contra sí mismos. En su obra de teatro El atentado, Ibargüengoitia hace que Álvaro Obregón, triunfador de la lucha armada, muera sin pronunciar una frase célebre. En un país donde las declaraciones son más importantes que los hechos, nada resulta tan trágico como morir después de pedir un plato de frijoles. Las famosas últimas palabras expresarán, para siempre, un antojo.

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El triunfo de la Revolución fue consumado por los jefes sonorenses, seres pragmáticos, ajenos al romanticismo revolucionario de Villa y Zapata. Héctor Aguilar Camín escribió en La frontera nómada (1977) la historia narrativa de ese triunfo. Por su parte, Jorge Aguilar Mora recuperó en detalle las técnicas de la guerra y las formas de representación de la contienda en Una muerte sencilla, justa, eterna (1990).

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Cuando los revolucionarios cambian los caballos por los Cadillacs, comienza la intriga de oficinas. En La sombra del caudillo (1929), Martín Luis Guzmán reconstruye la lógica del poder heredada de la Revolución: el Hombre Fuerte del país no depende de los votos sino de la adhesión de quienes podrían desafiarlo. En consecuencia, lo importante se resuelve en la sombra. No en balde, la política de impunidades ha sido bautizada como la "tenebra". Ahí se conjuga un verbo decisivo: "madrugar". Hay que anticiparse al enemigo; para lograrlo, es necesario intuir lo que él haría y actuar primero. En esta delirante dramaturgia, no hay mejor consejo que la paranoia: eliminar al rival es un acto preventivo.

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Fuentes recogió en Gringo viejo (1985) una escena que le contó su entrañable amigo Fernando Benítez, autor de El rey viejo (1959), novela sobre la muerte de Carranza. Los zapatistas toman una hacienda. Al entrar en un salón descubren un desconocido artificio. Se trata de un espejo. Los revolucionarios se paralizan ante su propio rostro. ¿Quiénes son? ¿Por qué llegaron ahí?

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La Revolución ha otorgado dimensión épica a una costumbre mexicana: la impuntualidad. Con cien años de retraso es actual.

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Los rostros se asoman al espejo. ¿Qué justicia piden a través del tiempo? Por lo pronto, ya están aquí.

Espíritu de contradicción. El tesoro de la juventud (perdida)-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 26/11/10)

Hipótesis a considerar, lector (y cuando digo lector, pienso lector varón, a quien me dirijo hoy; suplico a la lectora pasar la página o, mejor, proseguir la lectura de un texto que no va dirigido a ella y así saciar su curiosidad por el tipo de cosas que hacemos los maridos cuando no estamos en su compañía): tu mujer decide, tras 11 años de matrimonio, darse un respiro del bullicio de la nada falsa y muy entrañable y seductora (pero a veces un pelín desgastante) sociedad que tiene contigo, y emprende el vuelo al sur de Francia, a pasar tres semanas con su amiga que vive allá, a hablar de “cosas de mujeres” (es decir de los maridos presentes y pasados: Susana está recién separada), a descansar del trabajo todo, lo que, me temo, incluye también el de esposa. ¿Qué haces tú? Lo de costumbre. Como eres el marido fiel y devoto y enamorado de una mujer fiel y devota y enamorada, sabes que te portarás bien (lo contrario, además, constituiría, en cualquier circunstancia, no sólo una frivolidad sino, peor, una vulgaridad). Pero es cierto que programas una agenda social intensiva, todo para paliar esa soledad endémica que los casados sólo resentimos en momentos como éste pero que constituye a un tiempo el lastre y la liberación de los solteros.

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Pero he aquí que, en medio de la ausencia de tu mujer, llega un puente vacacional -digamos que te hace justicia la Revolución- y que quedarte en México te haría extrañarla de manera insoportable. ¿Entonces? Aprovechas que tu amigo también está separado, y que puede dejar encargada a su hija ese fin de semana, y le dices “¡Güey!” -en estos casos los hombres usamos el vocativo exultante “güey” aun cuando en general no soportemos tal palabra- “¿a qué nos quedamos en México? Vámonos a Acapulco”.

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Suena cliché y clasemediero -y en algún sentido lo es- pero cierto es que tomamos todas las precauciones para evitar tal espíritu al máximo. Elegimos un hotel antiguo y recién remozado con gusto y humor -el Boca Chica-, sito además en una zona -Caleta- ya casi ayuna de turistas. Tomamos dos habitaciones, a fin de invitar cada uno a nuestro otro mejor amigo (el suyo se llama Sol y es un golden retriever, el mío responde -a veces- al nombre de Ralston y es un bulldog francés, y ambos son entrañables y solidarios… aun si no entre sí). (Comentario al margen: lo único en que los seres humanos somos mejores que los perros es en que dos machos dominantes tenemos muchas más probabilidades de convivencia apacible).

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Tomamos la carretera. Alternamos el control del volante. Nunca hacemos menos de 140 y, por una vez, no hay voz angustiada que clame “¡Bájale! ¡Nos vas a matar!”. Y bien sé que tal discurso suena ridículo a esta edad pero hablamos de Mastroianni y su Vespa en La Dolce Vita, y de Peter Fonda y Dennis Hopper y sus Harleys en Easy Rider, y nos soñamos por unas horas amos del camino, international men of mystery, ángeles del infierno o -mejor- todo al mismo tiempo.

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En el punto pertinente de la costera, José Luis me espeta una confesión: nunca conoció el Baby O’. “¡No mames!” -sigo en el campo semántico de la soltería masculina- “¡No conocer el Baby O’ es como no conocer la Catedral!”. (Acaso exagere pero, en términos culturales, tiendo a ser parejero.) Queda en el aire pero, el sábado, después de cenar con puros y whiskys y nostalgias de la esposa y de la hija y de la nueva mujer que no llega, nos precipitamos, sin discutirlo demasiado, a la mítica parodia de las construcciones de Los Picapiedra. Nuestro look es playero, sí, pero ambos llevamos saco de lino (a esta edad sería muy peligroso pescar un aire, y además sirve para disimular la barriguita ya imposible de perder por más abdominales que se fuerce uno a hacer). Nos paramos ante el cadenero. En un tono de autosuficiencia que llevo 15 años sin usar -“¡Maik! ¡Somos tres parejas y dos niñas!!”- nos anunció. Pero no se parten las aguas para nosotros. ¿Dos hombres cuarentones y panzones solos en un antro todavía de moda? ¡Ni pensarlo!

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Fuera de onda que ya estoy, propongo vayamos al Palladium -la competencia en aquellos años áureos-, donde somos admitidos ipso facto (así de decadente es ya). Pagamos mil pesos de cover por 10 minutos y dos Yolis. Terminamos en mi habitación, asaltando el minibar, divertidos con nuestra incipiente pero ya irreversible obsolescencia. Desde el iPod, Maurice Chevalier canta, con voz cascada y acento francés, que he’s glad he’s not young anymore.

miércoles, noviembre 24, 2010

"El terremoto que olvido el arte"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 24/11/10)

Desde tiempos inmemoriales, el arte ha estado relacionado ampliamente con la humanidad. Es por eso que cada hombre que ha habitado la tierra en las distintas épocas, ha tenido la necesidad de dejar alguna huella o testimonio, como constancia de su paso por la vida. Gracias a esta hambre de expresión y ubicuidad, hemos podido enterarnos desde: la desaparición de culturas enteras, el sufrimiento causado por alguna conquista, hasta la lucha contra epidemias, buscando, quizás, heredar una reflexión o un mensaje para las nuevas generaciones.

Gracias a muchas expresiones artísticas, los historiadores han podido rellenar algunos huecos, que el discurso histórico no ha logrado. Lo anterior, es una relación que al autor de la generación del Crack: Ignacio Padilla, le interesa ahondar en su ensayo “Arte y olvido del terremoto” (Almadía, 2010) - galardonado con el Premio Luis Cardoza y Aragón de Artes Plásticas 2008-, cuya intención es buscar esa correspondencia entre arte, catástrofe y pérdida causadas por el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Para ello, busca responder: ¿qué queda de aquel desastre en la conciencia colectiva de una sociedad que, por otra parte, insiste en no olvidar el 2 de octubre o la crisis de 1994?, ¿puede decirse que hubo un arte de los sismos?, ¿cuáles son las asignaturas pendientes de nuestra memoria colectiva, que tocaría resolver a las artes?

Ignacio Padilla lleva al lector a una reflexión amplia y exhaustiva, sobre la verdadera aportación o no que en su momento pudieron tener diferentes artistas como: Gabriel Orozco, Mauricio Maillé, Sergio Toledano, Rubén Ortiz, Ulf Rollof, Eloy Tarcisio, Antonio Luquín, Germán Venegas, Enrique Metinides; o colectivos artísticos como: la Compañía de Luz y Fuerza y el Semefo. Para lograr que este ahondar parezca sencillo, recurre a un lenguaje ameno, de tal forma que el ensayo logra mezclar el argumento con el estilo narrativo de un cuento o una novela.

“Arte y olvido del terremoto” logra explicar y establecer los resultados que la sociedad ha sufrido al no saber nombrar y cuestionar, en tiempo y forma, las heridas causadas por el terremoto; al mismo tiempo que expone las responsabilidades que comparten los medios de comunicación masiva junto con el arte, respecto a la amnesia colectiva que se tiene del temblor.

Avisos parroquiales

Dentro del programa de la FIL-G, Sergio Pitol y su “Autobiografía soterrada” harán acto de presencia el 28 de noviembre a las 200:00 horas en compañía de Martín Solares; el 1 de diciembre a las 19:00 horas Pedro Ángel Palou presentará “Pobre patria mía”, lo acompañara Paul Garner –el biógrafo de Porfirio Díaz-; el jueves 2 de diciembre a las 12:00 horas el poeta poblano Miguel Maldonado presentará su poemario “Los buenos oficios. Responso a Los demonios y los días de Rubén Bonifaz Nuño”, lo presentarán Pedro Ángel Palou, Rodolfo Mendoza y Víctor Ortiz; este mismo día a las 13:30 horas se presentará Uni-Diversidad, la revista de Pensamiento y Difusión cultura de la BUAP, ya con dos números en existencia, dicho evento estará a cargo de Pedro Ángel Palou; e Ignacio Padilla presentará “La isla de las tribus perdidas el 3 de diciembre a las 20:00 horas, al lado de Ana Clavel.

Condón habemus-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 24/11/10)

Y la Iglesia se mueve. El uso del condón, dice el Papa, se justifica en algunos casos. Y aunque debería ser en todos, la declaración de Benedicto XVI muestra por qué la Iglesia católica ha sobrevivido como pocos estados.

El Vaticano, ese Estado más allá de cualquier Estado, es el más antiguo del mundo y el más terrible en muchos casos. Piénsese en la Inquisición, en los siglos que tardó para reconocerles alma a los indios, algunos derechos a las mujeres, en su acercamiento al nazismo, en callar ante el holocausto y más recientemente por haber protegido en sus atrios y lugares santos a personajes tan del submundo como Marcial Maciel, más cercano a la imaginería medieval del infierno que a las cortes de santos que según esa Iglesia existen.

¿Los jerarcas de esa Iglesia terminarán diciendo en cien años que no existieron santos ni vírgenes ni un oscuro infierno a pesar de sus llamas, y recomendarán el uso del condón como ahora recomiendan la lectura de la Biblia que condenaron en la época de Lutero? Por lo pronto ya abjuraron del limbo.

La lucha contra el uso del condón ha sido una bandera de partidos como el PAN, en cuyas filas, al parecer, son más papistas que el Papa (¿eso será producto del analfabetismo funcional?) ¿Qué harán ahora sin esa bandera inamovible? ¿Cuál será el eslogan de sus próximas campañas? ¿Seguirá siendo di sí a la vida sin aclarar que se refieren a aquella más allá de la muerte?

Para Benedicto XVI Marcial Maciel fue un falso profeta. ¿Existirán otros más dados a la fiesta que al ayuno, a la simonía que a la humildad, a la carne que a la meditación teológica? ¿Los conocerá Onésimo Cepeda? ¿El cardenal Rivera? Lo pregunto porque el Papa dijo que el caso de Maciel lo conocían desde hace tiempo.

Bien hizo Juárez en separar la Iglesia del Estado. Bien harían los partidos en separar de sus plataformas políticas los credos de la Iglesia. Eso no significa que los políticos renuncien a sus creencias. Equívocas para unos o certeras para otros, todos tenemos, al fin y al cabo, derecho a equivocarnos. Pero no con cargo a los recursos públicos, como hace una vez y otra el gobernador de Jalisco, que ahora pretende curar conterapias a los gays de una enfermedad que no existe porque cada quien tiene la preferencia sexual que le apetece.

Hay asuntos de salud pública, como el uso del condón y el derecho a la maternidad voluntaria, que es un crimen criminalizar. Y peor aún con recursos públicos. Con recursos que aportan judíos, budistas, protestantes, musulmanes e incluso ateos, los sin dios que han resultado ser muchas veces más tolerantes, como pedía el Cristo, con sus semejantes.

Es cierto que la lucha contra el sida no se ganará sólo con el uso del condón, pero también es cierto que se perderá irremediablemente y a costos sociales y económicos altísimos, como ya los vislumbró el pontífice de Roma.

Justificar el uso del condón en algunos casos es una medida insuficiente pero, en efecto, un primer paso de responsabilidad. De responsabilidad del individuo frente al otro y de una Iglesia que tarda siglos en reconocer sus yerros.

¿Por qué no las buenas conciencias se ponen a hacer buen pan y no inflan con la levadura del odio a quienes promueven el uso del condón y la maternidad voluntaria?

¿No será hora de que los católicos con recursos vuelvan a los orígenes de sus mandamientos y que resumió el Cristo al que dicen seguir en uno? ¿Que amen al prójimo como a sí mismos, sinasquito ni rabia o sin la altanería que da el poder político y el dinero?

Una de esas buenas conciencias desapareció un noticiario, otra bloqueó la publicidad de algunos diarios para tratar de desaparecerlos, otra más intentó censurar a una de las mejores revistas hispanoamericanas, Vuelta, sin éxito.

Es tiempo de que el zapatero vuelva a sus zapatos y el panadero a sus panes. Que hagan buenos cortes y verdaderas hogazas, que no nos den gato por liebre y no anden condenando el uso del condón o criminalizando a las mujeres que quieren decidir sobre su maternidad. Condón habemus.

martes, noviembre 23, 2010

Escrituras en presente /I (Diario Milenio/Opinión 23/11/12)

Acaso no sea literatura, sobre todo porque La Literatura, así con mayúscula, ya fue. Pero son, como argumentaba Josefina Ludmer, las escrituras posautónomas que producen presente. Un presente nuestro. Abrazan la tecnología, confunden a sabiendas el lugar del yo y el lugar del tú, les importa poco dónde empieza y dónde termina la ficción. Si el número de seguidores indica algo, están entre los autores más leídos de hoy. Y, aunque el tuit es una obra en 140 caracteres y no más, algunos de ellos se las han arreglado para producir narrativas más largas que aparecen, entrecortadas, en mi TL casi todos los días. Les he pedido a algunos de ellos que compartan, tramposamente sin los cortes naturales del TL, esos textos. Los ven aquí, ahora, como quedaron después. En el después. Es tuitescritura. Vienen de la frontera tijuanense y del centro chilango y de otros lados. Son hombres y mujeres, casi todos muy jóvenes. Son, sobre todo, lo creo así, escritores. Veremos. Vean, en todo caso.

I. Rafael Zamudio (Tijuana, 1985) UABC Lengua y Literatura Hispánicas @Reiben

ESCRIBIRÉ

Será escribir, escribir todo lo que no puedo mejorar fuera de la escritura, escribir todo como quisiera que fuera, escribir, porque qué.

Escribir el mundo que preferiría habitar, el mundo por el que daría mi vida, el mundo por el que los mataría a todos.

Escribiré sobre las planicies que nunca atravesaré y nunca sabré cómo se siente cruzarlas.

Y llegará la muerte justa en el momento justo, en el más inesperado, sobre la cumbre de las risas más sinceras y amplias.

Llegará la muerte cuando la espesura de todas las hierbas dé la sombra perpetua, la sombra plena.

Escribiré que llegará la muerte en el mejor momento de una vida, para que esa vida no conozca la caída, la náusea ni la decepción verdadera.

Mi crueldad será entonces su redención, y nunca lo sabrá, nunca se atreverá a agradecerme.

Escribiré las calumnias que me apuntalarán sus amigos, sus amados, por habérselos arrebatado, por habérselos negado para el resto del tiempo.

Y seguiré escribiendo, para volver, para evadir mis recuerdos, para vencer esos momentos, a esos otros que aparecieron para robarme el aliento.

Escribiré porque sé que no puedo hacer otra cosa, porque todo lo demás, si no lo escribo, se me muere en las manos, se me hace arena.

Nadie puede salvarme de esto: es mi destino traducir las voces de este mundo y hacerlas legibles, escribirlas.

Escribir es mi responsabilidad y a ello me comprometo. Este es mi voto de casamiento. Esta es mi promesa, mi palabra.

Y en eso me regalaré todos los clímax que nunca he tenido, los que merezco y los que pude haber robado. Los que me negaron y los que detuve.

Escribiré para hacerme la justicia y la injusticia que le faltó a mi vida y a las de ustedes.

Escribiré para casarme y tener hijos y nietos, para dejar de fumar, para ser una persona cansada que ve televisión y trabaja para verla.

Escribiré para cazar a todos los dragones que hacen azul al cielo, para volver a matar a Dios, para cosechar arroz en Tacuarembó.

Escribiré para olvidarlo todo, para morir en paz.

II. Araceli Arriaga Altamirano (MexicoDF, 1987). IPN Ingeniería Ambiental @arissima

TE VOY A QUERER COMO SI TE ESTUVIERA ESPERANDO, EXTRAÑO

1. Estoy con @Porcupino, fumamos mota. Vemos la Big Band en Bellas Artes. Estamos felices. Bailamos discretamente conteniéndonos el vuelo.

2. Ahora un concierto urbano de timbales y pam pam pam, aplausos, mujeres bailando, caderas en vaivén. Tengo este cuerpo y lo uso como si nunca.

3. Aparece un malabarista de fuego, se le escapa la antorcha al público. Alguien se quema. Hay reclamos y decidimos caminar.

5. ¿Nos damos una limpia? Va. Nos damos una limpia a lado de la explanada del zócalo. Canela, aceite caliente, olores espesos, hierba dulce.

9. Llego a metro copilco a las doce pe eme.

10. Espero dentro del metro. El tiempo es una espera ovoide.

11. Se acerca un extraño que no es mi Extraño, pregunta la hora y si estoy esperando a alguien. Hace un gesto de confusión amable y se va.

12. Era guapo.

13. Doce treintaicinco. Van a cerrar el metro. No sé qué hacer. Estoy sola.

14. Salgo del metro, veo un 7eleven. Luz. Entro, compro café, cigarros y una manzana. Salgo y espero.

15. Espero. Estoy lista para quedarme quieta.

18. 1:00 am Hago planes por si no se arma nada y yo tenga que dormir en la calle. No puedo regresar a casa, tengo frío, ¿qué voy a hacer?

20. Veo un bar despierto, debería entrar y esperar para después conseguir un pedazo de asfalto hasta las seis que es cuando abren el metro.

22. Entro al 7eleven con suficiente frío, veo la hora, el policía sonríe, me veo al espejo, pálida. Una señora ojea una revista de señoras.

23. Entra un joven, compra algo y sale a comer justo al lado mío o quizá a cinco pasos medidos en sistema internacional o en pulgadas, depende.

24. Sigo esperando a que pase algo. Esperar es caminar despacio, también.

26. —¿Esperas a alguien?

—No sé… es decir, sí y no, y no sé a quién.

—¿Pasarán por ti?

(Traduce mi mirada: No tengo idea de dónde será mi noche.)

27. Contesto:

—No estoy segura.

—¿Y si no pasan?

—No tengo puta idea.

28. —Tengo un cuarto, vivo solo, hay alcohol y puedes pasar la noche. (Lo dice con calma como ofreciendo nada más. Dar es dar, pienso)

29. En ningún momento imagino que puede matarme, violarme y demás; dormir abrigada es mi única voluntad, con quien sea me da igual.

31. En el camino platicamos de cosas varias y protocolares. Estudia y se llama D. pero para mí es Extraño.

32. Me recuesto en su cama. Qué bonita cama, se recuesta a lado mío y platicamos. Estoy envuelta en cobijas. Ya no tengo frío.

33. Platicamos del tuíter, le escribo mi arroba en el brazo, me escribe la suya, le escribo mi tuit más faveado. Quédate con mi sharpi naranja.

36. A estas horas, siendo las 2:30 am, estoy segura de que pasaré la noche aquí. Estoy segura de que quiero.

37. Si duermo sería lo más bonito que pudiera pasarme, le digo recordando la limpia en el zócalo, el jazz en bellas artes y la bonita noche.

38. —¿Tú no te sientes sola? —me pregunta y yo queriéndome hacer pedazos pero aguantándome la boca.

39. Qué bonito es no tener frío.

40. Me hablan desde la fiesta. Quiero verlos pero no quiero moverme de aquí.

42. Me pongo los zapatos breves y sé que este piso me extrañará descalza, la extraña primera o la penúltima o la quinta.

44. Le doy un beso en la mejilla y me voy. Cruzo el semáforo a saltos pequeños en forma de pasos. Calma.

45. Algo en el corazón que no se quiere ir. Quiero volver y quedarme y amanecer y quedarme un poco más para esperarlo de frente.

46. Llego a la fiesta.

47. Lo extraño.