martes, noviembre 23, 2010

Nostalgias embusteras (Diario Milenio/Opinión 22/11/10)

Levántate y declara


No se hablaba del reportero estrella porque fuese un notable investigador, ni por la sagacidad de sus preguntas, ni por la contundencia de su prosa, sino por su sentido de la oportunidad. Si ayer en la mañana estiraba la pata un personaje clave del arte y la cultura, o incluso la política, cerca del mediodía ya timbraba el teléfono de uno y otro jefe de redacción que escuchaban la oferta del reportero estrella: tenía una entrevista inédita con el ilustre fiambre, acompañada de una fotografía de los dos, tomada al justo término de la entrevista. Como era de esperarse en un mundano ubicuo como él, cada conversación del reportero estrella solía estar salpicada de referencias a ciudades y épocas prototípicas, de manera que resultara natural imaginarlo en Berlín cuando la caída del muro, o en Nueva York durante los avionazos, o en el lecho de muerte de Borges. Efecto que no siempre conseguía, pero de todas formas él daba por hecho pues no podía creer que alguien no le creyera.

“Las mentiras no necesitan de un avión para perseguirte”, sentencia la canción de los Avett Brothers, y he aquí que la suerte del reportero estrella se vino abajo cuando algún aguafiestas oficioso descubrió que en ninguna de sus entrevistas había nada que el poeta, la pintora, el cineasta o la chanteuse no hubiesen expresado en otra parte. Cada uno de esos textos providenciales era un habilidoso pastiche de entrevistas publicadas en diferentes medios. ¿Y las fotos? Rascando un poco más, se supo que el farsante muy rara vez perdía oportunidad para ir a retratarse al lado de los personajes que después juraría haber entrevistado, e incluso, en varios casos, profesarles un cariño profundo por causa de su larga y fructífera amistad. Ahora imaginemos el obeso archivero del reportero estrella, hinchado de carpetas con los nombres de futuros difuntos inminentes, cada una sembrada de recortes de entrevistas auténticas, de manera que ni los propios deudos pudiesen reclamar, si acaso se topaban con aseveraciones tan verosímiles. En cuestión de dos horas, el pícaro mitómano podía entrevistar póstumamente a cualquiera de sus fotografiados.

Cristian Who?


Me ha venido el recuerdo de la caída en desgracia de aquel laborioso farsante no bien leí, casi sin proponérmelo, una de esas noticias que dejan al lector pasmado e indeciso entre la carcajada y repelús, nada más ubicarse en los zapatos de su protagonista. Resulta que el cantante Cristian Castro tuvo a bien alardear días atrás, ante un par de medios argentinos, de sus farras al lado del cantante Luis Miguel, así como de su honda amistad con el infortunado Gustavo Cerati, tanto que según él acudió a visitarlo al hospital, donde la enfermedad le impide comentar a este respecto. Su esposa, sin embargo, no está en coma profundo, así que ha respingado para tirarle el cuento al declarante: Cerati nunca fue visitado por Castro, ni eran amigos, y de hecho tampoco se conocían. A lo cual, indignado, el aludido contraatacó: lo había visitado un par de veces, y de hecho lloró a su lado durante nada menos que cuarenta y cinco minutos. Más todavía: distinguió entre sus piernas una manta con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Ahora bien, no hay testigos. Por lo visto Gustavo Cerati está allí solo a expensas de que cualquier pelmazo llegue y le chille por tres cuartos de hora. ¿Quién más, si no un pelmazo, va de visita al hospital sólo para llorarle al enfermo cual si estuviese ya en el ataúd?

Para mayor descrédito de la voz cantante, resulta que el colega Luis Miguel tampoco ha recordado las supuestas parrandas que Castro tanto añora frente a los micrófonos, y de hecho asegura que jamás sostuvieron otra relación que la profesional. Es decir que, ya fuera cierta o falsa la amistad parrandera de marras, el estirado crooner al que llaman El Sol encuentra desprestigio en ser reconocido como amigo —y peor que eso: amigote— del baladista de la lengua larga (apodado también el Gallito Feliz, y en fecha más reciente el Pato Lógico). ¿O es que el tal Sol desmentiría a Harry Connick Jr., si un día éste se dijera su cotrasnochador? A la mitomanía del pretencioso se le reclama menos su falsedad que ese interés recóndito y desvergonzado al que suele aludirse con napias arrugadas: el hediondo y conspicuo arribismo, discreto como un moco en la corbata.

Con permiso del olvido


Ahora bien, si uno se ríe tanto cada vez que un narciso memorioso es desmentido en público, es porque se imagina la talla del bochorno, dado que alguna vez, si no es que varias, mintió asimismo en nombre de su ego y temió luego ser desenmascarado, quizá en la adolescencia, o en la infancia, o puede que ayer mismo en la mañana. Tire la primera Biblia quien esté libre de mitomanía. Aunque eso sí, como suele decirse, hay niveles. Mi amigote Santiago Roncagliolo, que para bien de ambos sí se acuerda de nuestras parrandas, ha añadido al relato respectivo tanta literatura que ya me da vergüenza dar cuenta de esas noches como de verdad fueron, pero es verdad que lo hace con la gracia bastante para evitar que corra a demandarlo por difamación. Qué más quisiera, en cambio, a la hora de soportar a uno de esos fantoches ubicuos que se quieren el centro de todos los relatos y cuentan las anécdotas ajenas como propias, que poder demandarlo por usurpar los recuerdos ajenos. Pero no es un delito ser fantoche. Basta, aparte, con una rebanada de cinismo para enfrentar la mala fama resultante, y al fin hallar asilo entre la desmemoria general.

Cada vez que un nostálgico inspirado intenta recordarme una aventura que según yo jamás vivimos juntos, siento como si me estuviera invitando a maquinar un fraude contra mí mismo, que para colmo ya no estoy tan seguro de que lo que recuerdo sea cuanto en verdad sucedió. El mitómano, en cambio, podría describirlo con lujo de detalles, y hasta jurarlo a lágrima viva. Se apuesta uno completo por sus patrañas, más todavía si se justifica dando por hecho que igual todo es mentira en esta vida turbia y engañosa. ¿Y todas esas risas, allá afuera? ¿Cuáles risas, perdón? ¿No oyeron los aplausos?

sábado, noviembre 20, 2010

Conductor designado (que no resignado)-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 20/11/10)

Problema mayúsculo durante años: completar en fichas migratorias la casilla marcada “Ocupación”. Y es que la respuesta verdadera arroja en mi caso un resultado harto plural. Escribo, y lo que escribo es a veces crónica, a veces ensayo, a veces narrativa, a veces teatro, a veces periodismo, y con mayor frecuencia todas las anteriores a un tiempo; por si fuera poco, lo hago en libros, en revistas, en este periódico. Trabajo, asimismo, en televisión, para la que en ocasiones también escribo, en ocasiones produzco —actividad que consiste desde en revisar contratos hasta en corretear gente para que haga su tarea asignada, pasando por ir por los chescos— y en la que con frecuencia aún mayor aparezco. ¿Que qué hago en ella? Depende. De los tres programas en que participo ahora, en uno llevo una sección —es decir que produzco / investigo / comento—, en otro debato sobre un tema con un amigo y un invitado —digamos que ahí comento / explico / discuto, pero también asumo tareas que podrían ser consideradas de producción— y en un tercero respondo preguntas del público, chacoteo con mis compañeros de panel y me esfuerzo con poco éxito por hacerme el chistoso. Reto al lector: ¿cuál es mi ocupación profesional?

Podría responder que soy comunicólogo, y es que en efecto estudié Ciencias de la Comunicación (prometo no volver a hacerlo). Pero también es cierto que dicha formación universitaria no me capacitó para realizar mi trabajo mejor que a mis amigos filósofos, politólogos y hasta abogados e ingenieros que se dedican a lo mismo que yo. Escritor es lo que pongo ahora, pero confieso que no me atrevía a hacerlo hasta que publiqué mi primer libro, y que me sigue pareciendo un poco sacrílego hacerlo. Periodista me dije en un tiempo pero, cada que pensaba en Kapuscinski o en Jon Lee Anderson, la sola palabra me hacía sentirme culpable. Podría consignarme productor de tv, y diría una verdad pero –¡ay!– demasiado parcial. Escritor entonces, sin pudor pero ya sin culpa. Lástima que pocos me consideren tal. Y es que, de acuerdo a la mayoría de la gente, lo que soy es un Conductor, a lo que respondo “¡Eso sí que no!” (cuando menos no en tanto identidad profesional). No que no conduzca. Pero conducir televisión o radio no es una identidad profesional ni una ocupación sino una mera función administrativa, acotada en el tiempo. Conducir es saludar y despedir una transmisión, dar información práctica, presentar al invitado, mandar un corte.

Pero hay quienes se dicen, muy orondos, conductores. No es que tengan una identidad profesional, y ésa los haya llevado a aparecer en tv donde, además, conduzcan; es que eso se asumen: conductores. Lo peor es que tienen razón.

jueves, noviembre 18, 2010

México en desconcierto-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión 18/11/10)

Aunque algunos vaticinaron que nos empacharíamos de festejos, lo cierto es que el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la revolución en realidad nos dejaron a todos un mal sabor de boca. Más allá de la polémica por saber quién era el modelo para el Coloso –o la tontería misma del Coloso y la fatuidad del grito de 2010- lo cierto es que perdimos la oportunidad de reflexionar con seriedad en la sociedad que fuimos en ese entonces y en la que queremos ser en este milenio que apenas comienza y en la que parece que nuestras asignaturas pendientes nunca serán aprobadas.

Este país sigue siendo hecho, pensado y retransmitido vía satélite por las élites. Aunque estas cambien cada vez, no importa: son las mismas que se llamaron hombres de bien en la época de Santa Anna, pacíficos en la época de Zapata, legalistas cuando López Obrador tomó el Paseo de la Reforma.

Son los mismos que le pidieron a Marcos —cuando era el subcomandante y no su caricatura— que se quitara la máscara pues alguien sin rostro no podía hablar en la Cámara de Diputados. Son los mismos que creen que sólo la mano dura puede solucionar nuestros problemas y son los mismos que hablan del estado de derecho cuando una manifestación política se les sale de control sin darse cuenta que el estado nunca le ha dado derecho de nada a una inmensa mayoría de mexicanos que lo mismo se van a Estados Unidos a buscar una mejor vida que se matan en las calles de Ciudad Juárez y Tamaulipas y… en todos lados

Se hicieron tan mal las cosas –con Durmamos México por las noches de los viernes, con celebraciones inocuas en los estados, con fatuidad en la federación que tampoco se logró que adquiriéramos conciencia de nuestra historia, sus aciertos y lagunas, sus triunfos en medio del desconcierto que se ha llamado México.

Y no me llamo a engaño con la producción literaria pues los tirajes no tienen la extensión suficiente como para que formen parte de la argumentación; son un añadido apenas al edificio en ruinas en que se ha convertido nuestro país.

Sin embargo todavía es tiempo de llamar a pensar, a construir un espacio público para un debate nacional. Todavía tengo la esperanza de que más temprano que tarde deberemos convocar a un nuevo constituyente y empezar por allí. No de cero, ese error ya también lo cometimos muchas veces, sino de nuestros mínimos comunes múltiplos. ¡Que alguien empiece a despejar la incógnita, por favor!

miércoles, noviembre 17, 2010

"Vida + Fútbol + Literatura = Vladimir Dimitrijević"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 17/11/10)

La relación entre fútbol y literatura para muchos puede resultar extraña, pero otros ya la vemos como cotidiana. Los mejores ejemplos en México de dicha relación son: Juan Villoro, Rafael Pérez Gay; a nivel Latinoamérica tenemos a: Andrés Neuman y Eduardo Galeano; por nombrar algunos.

A mis manos ha llegado la segunda edición de: “La vida es un balón redondo” de Vladimir Dimitrijević (Sexto Piso, 2010), un libro exquisito para todo aquél lector que tenga como pasiones vitales al fútbol y a la literatura.

A lo largo de ciento treintaisiete páginas, el autor ofrece una hermosa y dinámica disertación sobre la importancia que tiene en su vida el fútbol y cómo ésta comparte símiles con las formas de vivir la literatura. Vladimir ofrece unas comparaciones interesantes entre escritores y directores técnicos, entre cualidades poéticas y la existencia de los cracks del fútbol. Sin embargo, no es un texto romántico donde el autor sólo se dediqué a plasmar las virtudes del fútbol y sus semejanzas con la literatura; también retrata las grandes afectaciones, para bien y para mal que este deporte ha sufrido con la incursión de tecnologías y la inyección de fuertes economías, gracias a las monstruosas publicidades; desde la implementación de slogans en las playeras de fútbol, quitándoles elegancia; hasta la aparición de cánones de lo “futbolísticamente correcto” y la “esclerosis democrática”, que da como resultado: un cierto temor a no triunfar que ha inundado el fútbol a nivel mundial, cambiando así los juicios y la estética futbolística. Ahora es raro ver marcadores abultados y en cambio se ven partidos donde la diferencia entre el ganador y el perdedor es de un gol.

Sin duda, una amplia metáfora de la vida futbolísticamente literaria.

“La vida es un balón redondo” más que ser una serie de ensayos ortodoxa, es una serie de conversaciones amenas e íntimas , donde el autor quiere hablar con el “otro” acerca de lo mucho que extraña el fútbol, pues una lesión le arrebato la posibilidad de llegar a ser un futbolista profesional. Es, de igual forma, una invitación a no perder la pasión por la vida y por los sueños que uno va teniendo desde pequeño y que no siempre se cumplen.

Avisos parroquiales

Ya está circulando el número 111 de la revista Dosfilos, cuyos principales atractivos son las apariciones de las plumas de Guillermo Samperio con su texto “El amplio y breve oficio de la escritura” y una breve muestra poética de Pedro Ángel Palou, poemas que son parte de su “Catálogo de las aves”, publicado recientemente por el Gobierno del Estado de Zacatecas.

Y pronto saldrá el segundo número de la revista Uni-Diversidad, espérenla.

martes, noviembre 16, 2010

Goeritz en Campo Alaska, 1950 (Diario Milenio/Opinión 16/11/10)

Werner Mathias Goeritz Brunner nació el 4 de abril de 1915 en Danzig, una ciudad de la Prusia Oriental, Alemania, que con el paso del tiempo se convirtió en Gdansk, Voi-vodato de Pomerania, Polonia. Pero Mathias Goeritz, el nombre por el que sería más conocido, murió en México un 4 de agosto de 1990. El número, vean. El cuatro. Recordado, sin duda, por frases como “Menos inteligencia y más fe”, Goeritz inició estudios de medicina en Berlín, pero terminó inscribiéndose en la Escuela de Artes y Oficios de Berlín-Charlottensburg, donde se doctoró en filosofía e historia del arte. Tal vez desde entonces ya creía que el arquitecto y el albañil eran una sola persona. Tal vez desde esa estancia en Berlín se convenció de que estar a la vanguardia no significaba ir al frente de los demás, sino separarse de ellos hasta volverse algo en sí, absolutamente nuevo y ejemplar, aunque lejano. Es difícil saber con precisión en qué momento surgen las ideas. Es difícil ponerle un número a todo eso.

Quienes lo recuerdan, que no son muchos, lo recuerdan como un hombre alto, altísimo. Una manera típica de describirlo sería la siguiente: “Un hombre de casi dos metros de estatura y manos grandes que estaban constantemente ocupadas con lápices, pinceles, papeles, libros, pieles, cuerpos”. Luego de vivir en Tetúan en 1941, en Granada en 1945, Goeritz fundó la Escuela de Altamira en Santillana del Mar en 1948. El lema que la volvería famosa fue: “Todos los hombres, por fin hermanos, se convierten en artistas”. La carga de la utopía. El olor a cueva. Luego, en 1949, justo cuando enfrentaba dificultades con la renovación de su permiso de residencia, Goeritz recibió una invitación del arquitecto Ignacio Díaz Morales para impartir cátedra en una universidad de la ciudad de Guadalajara. En esta universidad creó un taller de diseño en el que difundió lo que sabía de la Bauhaus. Cinco años después, la Universidad Nacional Autónoma de México lo contrató para dirigir un taller de educación visual y, más tarde, la Universidad Iberoamericana le encomendó la creación de la Escuela de Artes Plásticas. En todo caso, fue por invitación del arquitecto Ignacio Díaz Morales que Mathias Goeritz se trasladó a la Ciudad de México en 1949.

Un año después, Mathias Goeritz llegaba, exultante, a Campo Alaska.

En las numerosas cartas que escribió tanto a miembros de su familia como a amigos y artistas de distintas comunidades, Goeritz contaba en minucioso detalle lo que pasaba frente a sus ojos y lo que pasaba, casi al mismo tiempo, por su cabeza. Se trata de un copioso diálogo epistolar que, todo parece indicarlo así, le ayudaba a aclararse ante sí mismo su propia relación con el mundo. Ahí explicaba. Ahí decía y se desdecía. Ahí pedía disculpas o demandaba disculpas. Ahí, también, en algunas de esas cartas, mencionó su viaje al norte. 1950. El esternón del siglo. La mitad de la mitad. Todo había empezado, se explayaba ahí, a causa de un tambor. Entre todas las personas que conoció en los primeros tiempos de su estancia en México, hubo una en particular; era un hombre un tanto enloquecido de nombre Daniel Mont que se la pasaba tocando un tambor mientras decía: “Que chingue su madre me dijo la muerte, que chingue que gusto de verte”, lo cual podía durar horas. Goeritz veía en Mont ciertos dejos de la personalidad del dadaísta Huelsenbeck, quien portaba un tambor dentro del cabaret Voltaire, y bajo esta misma “lógica del tambor” propuso al irreverente hombre hacer un museo experimental en el que la emoción y la espontaneidad primaran sobre la lógica y la razón. Cabe la posibilidad de que haya sido ese mismo hombre quien primero le habló del otro hombre, el hombre del fin del mundo. El hombre de Campo Alaska.

Quieres ser la mujer por la que un hombre se queda en el fin del mundo.

Encorvado sobre la máquina de escribir, absorto. El abrigo negro. Las uñas rotas. Una especie de continuo balbuceo que algunos confundían con un rezo en la punta de la boca. Eso era él o un resumen de él. El humo de los cigarros. Los anillos de plata y aguamarina en los dedos índice y pulgar. Por sobre todas las cosas, el ruido, ese incesante ruido de las teclas que azotaban el estrecho rollo de papel blanco.

––¿Por qué usa eso? —le habían preguntado con frecuencia al inicio, durante sus primeros días en el campamento. La voz consternada o irónica, una de las dos.

—Porque no hay otra cosa —había sido su respuesta una y otra vez. Terrena. Práctica. Brevísima. Como si tuviera muchas otras cosas por hacer. Como si alguien, en el fin del mundo, pudiera tener, en realidad, tantas cosas por hacer. Los ojos sobre el interlocutor con un poco de condescendencia, otro tanto de incomprensión. A alguien se le había ocurrido que cuando había pedido papel, él había querido decir rollos de papel para caja registradora. O tal vez era difícil conseguir hojas de papel tamaño carta o tamaño oficio. O seguramente poco le importaba al encargado de juntar sus víveres y sus objetos en esa caja que viajaba, cada mes, dentro de una avioneta piloteada por una mujer.

Por eso había empezado a hablar con ella. Todo a causa del papel.

—Necesito hojas, ¿me entiendes? —le había repetido muchas veces. Al inicio con la dicción de una paciencia falsa, a fuerza apenas simulada y, muy pronto, con exasperación—. ¿Será de verdad tan difícil conseguir papel de máquina en tu ciudad de mierda?

Mathias Goeritz llevaba un fajo de hojas blancas, tamaño oficio, enrolladas en el bolsillo interior de su saco cuando abordó el avión privado que lo llevaría de la capital hasta la ciudad fronteriza donde lo estaría esperando ya, con esa actitud entre distraída y petulante, la aviadora de cabello corto y cobrizo que lo conduciría finalmente hasta Campo Alaska.

—Usted debe estar loco para ir hasta allá —le había dicho ella a manera de saludo mientras extendía la mano y removía la tierra suelta con la punta de su bota derecha. La mirada, definitivamente, en otro lado.

—Usted también —le había respondido, terrenal y práctico, el hombre más alto de su vida. Luego, como si no hubiera otra cosa por hacer, le había señalado el camino hacia la avioneta con un gesto diminuto y delicado.

Ese tipo de mujer.

lunes, noviembre 15, 2010

La sonrisa de Berlanga (Diario Milenio/Opinión 15/11/10)

Asqueroso entrañable


Tamaño natural, se llamaba la película. Si no recuerdo mal, fue la única vez que me vi fascinado por los guiños estáticos de una actriz absolutamente inexpresiva. O fue acaso que no supe evitar cierta recóndita solidaridad con el protagonista, encarnado por Michel Piccoli. Recordaba al actor por El trío infernal y La gran comilona, donde asimismo daba vida a sendos príncipes del libertinaje, pero he aquí que Tamaño natural abrevaba de un hondo romanticismo donde, nupcias de castidad y concupiscencia, un hombre se entregaba a seducir a la muñeca plástica que le había llegado en un paquete. Paseos, ropa, joyas: el hombre no escatima. Y cuando espera de ella un regalo especial, es lo bastante espléndido para comprarlo él mismo y ponerlo en las manos de la muñeca. “¡Te acordaste!”, le dice, tan sorprendido como el espectador, que a cada paso duda si lo que ve no es sólo verosímil, sino encima posible, y por toda respuesta se carcajea. Recuerdo que en el cine, atrás de mí, había una mujer acongojada cuya idéntica queja iba antes y después de cada escena intensa entre hombre y muñeca: “¡Guácala, viejo asqueroso!”

Ese viejo asqueroso, celebré ya después, cansado de reírme de la sinceridad de la expresión, no es solamente Michel Piccoli, sino el provocador Luis García Berlanga, que amén de dirigir la película regentaba asimismo una colección de libros que a mis ojos elevaba sus bonos a la mera estratósfera del libertinaje: La sonrisa vertical. Nunca supe, ni quizá me interese saber hasta dónde se involucraba Berlanga en la edición de esos libros preciosos y regocijantes, cuya estigmata implícita los destina a ocupar un lugar tan recóndito en libreros, armarios, cajones, dobles fondos, como el del corazón en el abdomen. En lo que a mí respecta, me basta con que los haya leído. Sería cuando menos signo de que ha gozado de la vida más allá del común de los mortales. Imposible contar las risas y terrores y rubores, entre otros exabruptos intempestivos, que he vivido con uno de esos libros de pasta rosa y cerradura abierta entre las manos. Porque, claro, esas cosas no se cuentan.

Los rosados infiernos


El primero que leí —El bajel de las vaginas voraginosas, de Josep Bras— no era un clásico, ni quizás una joya, pero me reí tanto del principio al final que desde entonces ya no puedo evitar una cierta sonrisa francamente horizontal cada vez que me enfrento a una de las portadas de la colección que hoy es la biblioteca pública de Berlanga. Si los pacatos deudos de otros muertos ilustres se ocupan con afán de inquisidor en desaparecer las zonas infernales de su biblioteca, la del cineasta se halla en tal modo desperdigada, multiplicada y con frecuencia escondida, que su fuego está a salvo de la hoguera oscurantista. Ya quiero imaginar las deliberaciones del jurado que por aquel entonces entregó al libro de Josep Bras el primer lugar del Premio La Sonrisa Vertical, y el segundo a Siete contra Georgia, de Eduardo Mendicutti, tras haberse retorcido de risa con la lectura de tamañas finalistas.

Tanto consenso hay en el asunto erótico que caben dentro de él la escritura humorística, las historias de horror y el grito primigenio de la carne, no pocas veces a un mismo tiempo. Del verdugo coprófago, profano e infanticida que lo hace a uno dudar entre risa y pavor en El inglés descrito en un castillo cerrado, el anónimo reivindicado por André Pieyre de Mandiargues, a los regocijantes consejos del Manual de urbanidad para señoritas, de Pierre Louÿs, el catálogo de La sonrisa vertical es poco menos que una repostería literaria. Pero se trata de ediciones escasas, o cuando menos escasean en los anaqueles, de modo que es más grande la tentación de ir atesorándolas. ¿Qué tal, se teme uno, como buscando justificación, si en veinte años no me vuelvo a encontrar este libro? ¿Quién me dice que ahí, entre las catacumbas de la entrepierna —o acaso las del alma, que les son contiguas— no me espera algún tren de pensamiento indispensable? ¿Cómo negar que es uno socio activo de esa logia secreta cuyo símbolo es una sonrisa chueca?

Superación pasional


Tal vez la gran ventaja de estos libros cuyos lomos se hacen reconocer a veinticinco metros de distancia sea su calidad de inquietantes. Si otros textos se leen por genuino interés, curiosidad voluble o mero amor al arte, éstos cargan las estigmatas suficientes para ya de antemano contar con las miradas turbias de quienes van a leerlos en la privacidad de su salpicada conciencia, y con alguna suerte volverán de ese ensueño tropical con el esfínter menos apretado. Si me diera por hacer chistes obvios, intentaría una lista de libros eróticos y personajes públicos urgidos de leerlos. De Espera, ponte así, de Andreu Martín, a la anónima Señorita tacones altos, es seguro que harían maravillas por dar vida y aliento a esos pobres rehenes del ojo público que se pasan la vida engarrotados como la muñeca de Michel Piccoli.

He revisado las noticias y editoriales en torno a la vida y obra de Luis García Berlanga, y apenas aparece alguna referencia a su trabajo como editor de libros. Especialmente aquellos color de rosa, con la solapa ancha y un suajado en el ojo de la cerradura que coincide con la mueca de marras. ¿Y no es uno, por cierto, lo que lee? Verdad es que la biografía, palabra y obra de Berlanga se bastan solas para dibujarlo, aunque no siempre darle profundidad. Cuando he leído la noticia de su muerte, me he quedado pasmado menos por el cineasta que por el secuaz: ese provocador que nunca se despide sin dejar tras de sí un pequeño desastre, como sería el caso de una conciencia sucia, un instinto convulso o una alcoba empapada. Poco me extrañaría que el estruendoso Luis G. Berlanga viera en cada uno de sus títulos queridos a una muñeca tersa y complaciente, digna de enloquecer al más equilibrado. Vayan, pues, estas líneas para acusar recibo agradecido.

sábado, noviembre 13, 2010

Puedo explicarlo todo-Xavier Velasco (Milenio/Suplemento Laberinto 13/11/10)

Con autorización de la editorial Alfaguara, publicamos dos momentos de la nueva novela del autor de Diablo Guardián, una historia, ha dicho él mismo, de “sarcasmo, ternura, inocencia y culpa” cuyo protagonista, literalmente, deja a todos sin aliento.

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Isaías Balboa creyó siempre en los cuestionarios. Decía ver en ellos mapas de vida, donde cada pregunta era una irrevocable bifurcación, idéntica a los giros del destino, pero a quien se atuviese estrictamente a los hechos difícilmente le pasaría de largo la tendencia de don Isaías a torcer esos mapas de acuerdo a su concepto personal del destino. Su primer libro, Todo el oro del mundo, publicado en modesta edición privada, invitaba al lector, en términos extrañamente agresivos, a “exprimirle las ubres al universo” hasta dejarlas “secas como una vulva de generala”. En 1972, un estilo en tal modo desafiante podía encontrar cabida en la ficción literaria, y hasta probablemente en la historieta, pero no entre los libros de autoayuda y superación personal. A lo largo de los veinte años siguientes, el contador privado Isaías Antonio Balboa Egea persistió en el empeño de escribir un manual para el éxito en verdad exitoso, y ante cada revés no encontró mejor táctica que contratar a un nuevo redactor. Algún día su firma, respaldada hasta entonces por estilos y contenidos distintos, daría cabida a un verdadero talento, y de esa dupla nacería el éxito.

Isaías Balboa dio por hecho que el éxito por fin había llegado en el otoño del setenta y ocho. Finalmente, una editorial grande se interesaba en publicar su libro más reciente: A golpes con el destino. Unos meses más tarde, le llamó el editor. Tenía lista la portada del libro. Ciertamente Balboa no esperaba gran cosa de los diseñadores, pero tampoco le quitaba el sueño. Quería letras grandes, eso sí. (Había resistido la tentación de llamarse doctor, y pensaba que tarde o temprano alguna institución tendría que obsequiarle el Honoris Causa.) Y así estaba: su nombre en letras grandes, incluso demasiado grandes, sobre un fondo que el editor le había anunciado como Gran Sorpresa: la imagen de Sylvester Stallone en el papel de Rocky Balboa.

Le explicaron: la película estaba de moda, tenían los derechos de la foto, venderían libritos como tortillas.Libritos. Antes de la segunda de las preguntas cáusticas que acabaron llevándolo a la calle bajo oportuna escolta policial, Isaías Balboa tenía las facciones entre hinchadas y contraídas, el semblante completamente fluorescente, la saliva ganando espesura. ¿Quién se creían que era él, un payaso? ¿Habían pagado los derechos por publicar aquella foto inmunda que lo ubicaba sin lugar a dudas en el escalafón más bajo de la filosofía barata? De ahí a referirse con irritante precisión a las partes pudendas de cada una de las madres implicadas en el alumbramiento de imbéciles como ellos, a los cuales “había que ensartarles uno por uno sus libros en el culo, para ver si un experto reconoce la diferencia entre cagada y mierda”, medió apenas un par de minutos.

Ya en la calle, Isaías Balboa llegó a una determinación que con los años probaría ser inquebrantable: se haría impresor, al precio que fuera. En dos meses logró traspasar el despacho contable, justo a tiempo para comprar lo que quedaba de una imprenta caída en desgracia. Con la casa hipotecada y maquinaria de segunda mano, Balboa se sentó a diseñar un cuestionario, pensando en contadores y jefes de compras. Su idea era atraer clientes potenciales, por intermedio de un juego de preguntas que estratégicamente los llevaría a concluir que sus necesidades de papelería podían ser todas satisfechas por el mismo proveedor, a un precio más bajo y, ya en privado, susceptible de otorgar comisiones al comprador, sin factura mediante. Pronto, Isaías Balboa consolidó no exactamente ese negocio, sino otro paralelo: la impresión de facturas fiscales apócrifas “para todos los presupuestos”. Amigo y prontamente cómplice de decenas de contadores en apuros, Isaías logró levantar el negocio en cuestión de cinco años. Tiempo más que bastante para que la imprenta Carlo Magno, bautizada en honor de su primogénito, se convirtiera en Editorial Magno León, donde ya aparecía Napoleón, su segundo hijo. Al resto de la humanidad le heredaría sus libros, que desde el tercer año comenzó a imprimir en casa, con el logo de un león coronado en el lomo de cada uno de los mil ejemplares.

Años más tarde, cuando por primera vez piensa en recopilar sus obras completas, Isaías cae en la cuenta de que dieciocho libros totalmente disímbolos firmados por el mismo autor son menú suficiente para ofrecer respuestas en forma sistemática. Mediante cuestionarios que identifiquen de manera estratégica el problema específico del lector y el libro que lo va a resolver. Un concepto retórico, más que otra cosa, pues una vez que los lectores se sumergieran en el libro en cuestión, éste se hallaría repleto de referencias a los otros, lo cual haría asimismo aconsejable su respectiva compra. Cuando, al final del año, un infarto puso en duda el proyecto, Isaías resolvió publicar con su nombre la colección de libros bajo el título del único que no quería volver a publicar: El oro del mundo. Le había quitado el “todo”, luego que el último de sus redactores lo convenció de que estaba de sobra. Necesitaba, eso sí, alguien que se encargara de revisar los libros y cargarlos de citas y referencias recíprocas. Un redactor que no hubiera participado en ninguno de sus dieciocho libros. Alguien que comprendiera el total de las obras como un conjunto, que pusiera los puentes y los señalamientos, que en lugar de quitar las redundancias se concentrara en multiplicarlas. Según él, la literatura de autoayuda se parecía a la cumbia y a la salsa, cuya sabiduría consiste en repetir un mismo estribillo hasta el delirio. Necesitaba, pues, un redactor capaz de convertir dieciocho panfletos descoyuntados en una sola marca con productos complementarios entre sí. Más que libros, Isaías Balboa pretendía legar al mundo todo un sistema de superación personal. Podía imaginar a su hijo Carlo Magno presidiendo la Universidad Balboa y ya no tanto recibiendo doctorados, como otorgándolos. No le cabía duda de que en trescientos años la gente se referiría a su nombre como un benefactor que cambió los destinos de media humanidad, y con seguridad los premios Balboa, otorgados por la fundación del mismo nombre, valdrían tanto o más que los establecidos por Alfred Nobel, cuyos méritos aparecerían, al fin, claramente inferiores.

Aun con su nombramiento anticipado, Carlo Magno Balboa no se veía a sí mismo como rector de nada. Desde los veintiún años se había hecho cargo de la imprenta, cuyas recientes ínfulas de casa editora eran un agujero por el que se iba parte de las ganancias, y ahora de paso tenía que pagar por los vicios de su hermano Napoleón, quien muy difícilmente llenaría algún día los zapatos de presidente de la F.I.B. (Fundación Internacional Balboa). Borracho, cocainómano y tahúr, Napoleón solamente pisaba la empresa el día de pago, que aprovechaba para de cuando en cuando insultar a los empleados. ¿Qué me ven, holgazanes, jodidos, buenos para nada? Voy a acabar corriéndolos yo mismo, y a patadas. Págame, puta, le exigía a la cajera, mirándole el escote con fijeza insultante. Salía caro tener un hermano rufián y un padre megalómano. Carlo Magno estaba harto de trabajar doce horas de lunes a sábado sólo para hacer viables las cuentas del hipódromo y el proyecto El oro del mundo. Tengo una idea, papá, hazlo todo en un solo volumen. No puedo publicar dieciocho libros, mi negocio es hacer facturas de hule, no alumbrar el camino de la humanidad.

Exageraba, claro. Al cabo de veinte años de crecer, la imprenta daba para sostener cinco padres y otros tantos hermanos como aquéllos, y Carlo Magno muy bien lo sabía, pero alguien dentro de él seguía mascando rabia y Rebeca, su esposa por doce años, se encargaba de alimentarla puntualmente. ¿Para eso lo había hecho su papá heredero? ¿Tenían sus hijos que privarse de tantas cosas elementales para que un viejo loco y un parásito vicioso pudieran continuar desprestigiándolos, y encima de eso descapitalizándolos? ¿No le daba vergüenza que su padre y su hermano le quitaran el pan de la boca a sus hijos? Luego de varios meses de posponer el proyecto, cuando más cerca estaba Rebeca de convencer a Carlo Magno de jubilar a don Isaías y encerrar al cuñado en una clínica, tuvo el padre un segundo infarto. Todavía en el hospital, y acaso ya alertado sobre la peligrosidad del enemigo, Isaías Balboa aprovechó la tarde del domingo, con toda la familia reunida en torno suyo, para escenificar un ataque de asfixia y acto seguido, trémulo todavía, suplicar entre lágrimas que no le permitieran morirse sin ver listas sus obras completas. Vencida, no rendida, Rebeca de Balboa consiguió del marido la promesa de hallar una clínica de rehabilitación para su hermano.

—Mira, papá, el anuncio en el periódico. Tiene el texto que tú escribiste, ¿te acuerdas? —se acercó Carlo Magno a la cama, durante la mañana del miércoles siguiente.

—¿Ya sacaste el anuncio? —se alarmó teatralmente Isaías, listo para ejercer el poder que creían haberle arrebatado. —¿Y cómo quieres que contrate a un corrector de estilo, si todavía no hago los cuestionarios?

En la sección clasificada del día, se leía un texto a dos columnas que ya en sí mismo era un cuestionario, pero el patrón tenía sus reservas. ¿Quién le había añadido esa sandez de “Preguntar por el señor Isaías”? ¿Era aquélla su casa, o en su ausencia lo habían degradado a mayordomo? Ya verían si lo trataban de esa manera cuando estuviera listo El oro del mundo, cabrones malagradecidos, vividores, buitres, no se les había hecho matarlo de un coraje. ¿Seguro lo darían de alta al día siguiente? Que le mandaran ya una secretaria, tenía que dictarle los cuestionarios…

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El tiempo te lo dan, la vida hay que robársela”, dice Isaías Balboa en la nueva novela de Xavier Velasco. Empeñado en escribir un manual para el éxito, con el paso de los años acumula dieciocho libros que tienen el común denominador de su firma, sólo eso porque en lo demás son tan diferentes como los redactores a quienes fueron encargados. El último de ellos, contratado para poner a punto las obras completas de Balboa, es Joaquín Medina, un pícaro incapaz de imaginar una frase amable, sólo sabe fustigar a los posibles lectores, atiborrarlos de improperios. Él es el protagonista de Puedo explicarlo todo, una historia —dicen los editores— “plena de comezones entretejidas, rencores entrañables y demonios comunes, donde cada meandro puede ser un abismo y no se quiere más que seguir bajando”.

Para Velasco, éste ha sido “su proyecto más pensado, posesivo y exigente”, con una decena de personajes principales, en sus casi 800 páginas intenta contener un “mundo amplio pero autosuficiente”.

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Narrador y periodista, columnista de Milenio Diario, Xavier Velasco (Ciudad de México, 1964) obtuvo en 2003 el Premio Internacional de Novela Alfaguara con Diablo Guardián. Es también autor de Una banda nombrada Caifanes (1990), Cecilia (1993), Luna llena en las rocas (2000), El materialismo histérico (2004) y Éste que ves (2006).

viernes, noviembre 12, 2010

De lo perdido, lo que aparezca-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 12/11/10)

Si fuera un viejo niño rico (cosa que no soy, pese a haber pasado la infancia en Polanco: lo que soy es tercera generación de nuevos ricos venidos a menos pero con aspiraciones de ascenso social, o sea un trepadé classé ), le llamaría "mi chofe r ". Pero no lo hago porque, de entrada, no es mío -con trabajos puedo referirme a "mi mujer" o "mis padres"- sino apenas alguien que trabaja para mí, y, después, porque chofer no es una identidad sino una función acotada en el tiempo (cuando él maneja el coche es el chofer de ese auto, pero cuando soy yo quien va al volante el chofer soy yo). Pese a la terminología políticamente correcta al uso, tampoco puedo decir que es -como querrían mis amigos de la gauche caviar- "el señor que me maneja ", primero porque mis buenos años de psicoanálisis me ha costado que nadie me maneje, y, segundo, porque si acaso alguien lo hace, es señora, y lo es en términos legales en virtud de su matrimonio conmigo. No siempre me gusta llamar las cosas por su nombre -lo mío es la metáfora o la metonimia- pero sí a las personas: así, diré que se llama Abel.

Resulta que el pobre Abel sufrió un percance, del que -según creí entender a partir del discurso de la agente del Ministerio Público-, él es la víctima pero yo soy la parte afectada. El caso es que le robaron mi auto mientras se dirigía en él a pagar el saldo de mi tarjeta de crédito con dinero en efectivo, y que también se llevaron los asaltantes el dicho efectivo (un bonus inesperado para los malus). Un presunto taxi le dio un defensazo. Al bajarse a estimar la magnitud del daño, dos tipos descendieron del vehículo agresor -disculpará el lector el léxico: llevo cuatro días rindiendo informes legales, y la jerga leguleyo es contagiosa-, lo encañonaron, lo arrojaron al asiento trasero del taxi y le ordenaron cubrirse el rostro con su suéter -"No hagas pendejadas porque te carga la chingada" sugirieron con proverbial gentileza- mientras un tercero asumía el volante de mi auto y se lo llevaba vetúasaberadónde y vetúasaberaqué.

Al enterarnos, mi mujer y yo (tan progres) comenzamos por suspirar de alivio de que nada le hubiera pasado. Después nos lamentamos (y tan tensos estábamos que casi nos la mentamos también). Por el automóvil perdido (¡y tanto que acabamos de gastarle en el taller!). Por el efectivo irrecuperable (¡ayayay!). Por la friega de tener que pasar yo una tarde en el Ministerio Público. Sólo que no resultó tal friega. Los agentes fueron amables. Y expeditos. Y comprensivos. Y pesimistas ("No es por agobiarlo más, señor, pero se antoja difícil que su coche vuelva a aparecer".). Lo que siempre se agradece cuando uno es de talante romántico -como en Hölderlin, que no como en José José- y prefiere los argumentos desencantados que protegen el corazón de la esperanza, ese mal heredado de la modernidad.


Al día siguiente llamó a casa un tipo misterioso. Que era el Comandante Fulano. Que el coche había aparecido, casi intacto, en Pantitlán. Que si quería recuperarlo debía acudir a la puerta 5 del Palacio de los Deportes y de ahí me conducirían. Eunice les dijo que me consultaría (o sea que ni madres). Yo, que sé que es mi faro, la felicité por su respuesta. Llamamos de nuevo al MP. Que nos aclaró que lo más probable sería que el tal Comandante si fuera tal y que anduviera tras una propina. "Espérese y seguro termina por avisarle que lo trasladaron al corralón de la OCRA en la Agrícola Oriental". Dicho y hecho. Y ahí fuimos a dar Abel y yo. Y ahí estaba mi coche, más o menos ileso. Y nos trataron muy bien. Y, cuando nos pidieron una copia de la averiguación previa, tuve que pedir a mi mujer que la escaneara y me la enviara por correo electrónico, lo que me llevó a buscar un café internet donde pudieran imprimírmela.

El dueño y encargado fue amable y paciente. Lo imprimió y me lo entregó y me salvó, lo que me permitió tener de vuelta mi auto, que hoy se recupera del susto y de las heridas en una agencia Volkswagen cuyos honorarios cubrirá el seguro. (El efectivo, por desgracia, no apareció. Ni modo.) Historia desdichada con final feliz, pues. Sólo que lo mejor no fue el final sino el nuevo personaje que entró en mi vida gracias a ella: Pinpón, un Schnauzer gris agrooriental avecindado en el café internet, que decidió consolarme a besos y mordidas, carazos y cabriolas, de las preocupaciones sufridas en las horas precedentes. No bien recupere mi automóvil tendré que ir a visitarlo.

miércoles, noviembre 10, 2010

La violencia en México: percepción o realidad-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 10/11/10)

El clima de violencia en México, ¿será un asunto de percepción creado por los medios como algunos aseguran? No creo: además, percepción es realidad. Imposible que los periódicos, que los noticiarios, que los espacios informativos no den cuenta del baño de sangre que cubre al país. Sería irresponsable que no lo hicieran y una falta a su ética profesional que es la de informar. El mensajero no es el culpable del clima con olor a sangre.

Si funcionarios, empresarios, asociaciones como American Chamber, grupos de banqueros, médicos y familiares de miles de víctimas nos han documentado sobre los flagelos de estaguerra contra el narco, ahora lo hace un singular grupo de académicos.

Singular porque estos académicos no son especialistas en seguridad, política, tráfico de armas, transporte de estupefacientes o en cuadrar estadísticas, sino en el idioma.

Una década invirtieron varios miembros de la Academia Mexicana de la Lengua para documentar el lenguaje vivo en varias regiones de nuestro país.

Y encontraron que la violencia, que el plato de sangre que algunos insisten en ocultar bajo la mesa, ha ocupado un lugar significativo.

Los académicos encontraron que un número considerable de vocablos comunes en México provienen de la jerga utilizada por los narcos. De nueva cuenta percepción es realidad: palabras como levantón, ejecutar, pase o plomear forman parte de ese nuevo, vivísimo y terrible campo semántico que la violencia implantó entre nosotros.

José G. Moreno de Alba, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, lo dijo hace unos días en estas páginas sin rodeos:

Creo que el crimen organizado no sólo revoluciona el idioma; revoluciona la vida de los ciudadanos, que es lo más grave. Lo de menos es el idioma. En este caso el crimen organizado, como cualquier otra organización, sea delictiva o no, tiene su propia jerga, su manera de expresarse y un diccionario completo debe ir estudiando esto.

Y vaya que tiene razón Moreno de Alba: las ondas expansivas de la jerga criminal nos han hecho comprender que un levantón es un secuestro sin intención de rescate, que un pase o un pasón es aspirar cocaína, que plomear sólo puede entenderse como la descarga de las armas de fuego, y ejecutar, asesinar a alguien. ¿Y qué decir de losnarcocorridos que dan cuenta de la vida y las obras de los principales personajes de ese mundo criminal? ¿Desaparecerán con sólo negarlos? ¿La prohibición a transmitirlos en las estaciones de radio ha terminado con ellos?

Mejor aún: ¿será que los expertos que culpan a los medios por crear una percepción falsa de la violencia arremeterán también contra estos académicos que más allá de cualquier dilema moral decidieron documentar lo más vivo y tangible del español actual de los mexicanos? ¿Arremeterán en su cruzada contra el nuevo Diccionario de Americanismos?

Conviene repetirlo: la nota roja dejará las primeras planas de los diarios y los espacios informativos en radio y televisión cuando la violencia disminuya considerablemente. Mientras eso no ocurra los mensajeros de los medios seguirán haciendo su trabajo. Dando cuenta incluso de buenas noticias como aquella del rescate de los mineros en Chile, o la de aquellos otros mineros de China o de Estados Unidos que fueron rescatados con éxito de minas de carbón tiempo atrás. ¿No habrán perdido la oportunidad de generar buenas noticias los funcionarios del gobierno mexicano cuando decidieron ni siquiera intentar rescatar a los mineros de Pasta de Conchos?

La percepción de la violencia disminuirá cuando disminuya la industria del crimen, no cuando los medios dejen de cumplir con su labor de informar.

"¿Cómo se consigue perdurar?"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 10/11/10)

Todo escritor aspira a la inmortalidad, a ese ser recordado por sus lectores, empero ¿por qué ciertos escritores son más recordados que otros? y sobre todo: ¿a qué se debe que Borges se haya inmortalizado más en la memoria de muchos lectores que Alfonso Reyes, a pesar de que el primero vio al segundo como un gran maestro? Preguntas básicas que Hugo Hiriart se hace y comparte con el lector. Cuestionamientos que dan origen a su más reciente libro: El arte de perdurar, publicado por Almadía, dentro de su colección de ensayos: Estuario.

Este libro está compuesto por dos preciosos ensayos: “El arte de perdurar” y “La luz perfecta”. El primero explica magistral y didácticamente –siempre a modo de conversación- las amplias diferencias que existen entre Borges y Reyes. Primero, empieza por definir -con exactitud de cirujano-, el estilo que caracteriza a Reyes, para después confrontarlo con la amplia producción literaria de Borges, especialmente con su prosa ensayística, y termina por enfrentar a estos dos escritores con George Orwell, otro prolífico escritor. La finalidad: encontrar los cómos y los por qué de la perdurabilidad de estos escritores ante el lector. Un análisis donde más que el talento, a Hiriart le interesa ahondar en el recurso. En el segundo ensayo, aplica el mismo argumento que en el anterior, pero ahora con los pintores famosos: Rubens y Velázquez, al mismo tiempo que da lugar a los autorretratos de escritores famosos, proponiendo así una búsqueda donde el centro sea encontrar la perdurabilidad de la creación artística.

Un par de ensayos sumamente ricos, quizá el primero sea más lúcido que el segundo y menos complejo. El primer ensayo a pesar de ser más extenso, tiene un lenguaje más liviano y una prosa más ágil. Sin embargo, el conjunto es extraordinario pues logra hacer que ambos ensayos converjan en uno.

Debo confesar que es la primera vez que leo a Hugo Hiriat y mi encuentro con dicho escritor ha sido ameno. Un libro que me dejo con ganas de leerle más seguido. Una recomendación que tengo que agradecer al amigo Javier Aranda Luna, una razón más para que corran por el libro y lo disfruten, sin duda, les ayudará a entender por qué unos escritores tienen más reconocimiento que otros.

"Cirlot, la mirada de Bronwyn" - Trailer

No deberías decir mentiras (Diario Milenio/Opinión 09/11/10)

Entre el antes y el después hay una larga hilera de hormigas negras.

Había estado en el hospital por días o por semanas, nunca lo supe bien. Pero al salir, justo mientras arrugaba los ojos debido al brillo del sol, me fue fácil adivinar que el mundo era, en realidad, distinto. El lustre sobre las hojas de los árboles. Tremendamente azul, el cielo. Un aire muy delgado frente a la nariz. Había vivido entonces lo suficiente como para saber que los cambios, al menos los que son verdaderos, ocurren sin explicación alguna y, con frecuencia, sin transición. Un estallido en lugar de una lenta evolución. Una crisis súbita. Un parpadeo.

En eso pensaba cuando sentí el primer jalón en la parte inferior del pantalón. Había adelgazado mucho durante mi estancia en la institución de salud y la ropa que me habían entregado al final, con toda seguridad la que había traído puesta al llegar, me quedaba grande. Era una verdadera vergüenza pero poco o nada podía hacer al respecto. Mi cuerpo era una colección de huesos, eso era cierto. Una gran concavidad donde alguna vez estuvo el abdomen. Las puntiagudas crestas ilíacas. Los nudillos protuberantes en todos los dedos. Vi todo eso y mi barba de días antes de decidirme a dar el paso que me sacaría de manera definitiva del edificio blanco. Respiré hondo, me coloqué los lentes y crucé el umbral. Entonces fue que me dí cuenta de la metamorfosis del mundo y entonces pensé en la catástrofe. Ahí fue cuando apareció ella.

Al inicio pensé que era un juguete al que había arrollado sin advertirlo. Luego creí que se trataba de alguna mascota que alguien había olvidado sobre la banqueta. No fue sino hasta que la levanté por la parte posterior de su vestido y la coloqué, después, sobre la palma de mi mano que tuve que aceptarlo: estaba frente a una mujer increíblemente pequeña. Al menos así me pidió que la llamara. Un ser extraño.

La observé, naturalmente. La observé por mucho rato. Los días en el hospital me habían dejado débil y las alucinaciones suelen ser frecuentes en pacientes que han estado bajo los efectos de la anestesia de manera prolongada. Me sonreí. Le agradecí a algo o a alguien que mi delirio no hubiera producido monstruos alados o fosas comunes o montones de cucarachas. En lugar de todo eso, pequeña y cariacontecida y justo sobre la palma abierta de mi mano, estaba una muñeca de vestido azul y zapatos altos.

-Puedes llamarme La Increíblemente Pequeña, si gustas- había dicho a manera de saludo mientras entornaba los ojos.

Me volví a ver el cielo en busca de refugio. Me reí de mí mismo. Iba a sacudir la mano para verla caer pero, en el último momento, reconocí algo en su rostro. Sus ojos inexpresivos, su nariz respingada, los labios carnosos. El cabello tal vez. La manera en que unas ondas castañas y tupidas caían sobre sus hombros. La certeza era de color blanco y me inundó la cabeza y no me dejó ver nada más.

-Tú y yo alguna vez dormimos juntos- murmuré. El sonido de mi propia voz me causó desconsuelo o bochorno. Ella alzó el rostro, sin entender. Juro que en ese momento apareció una especie de rubor sobre sus mejillas. La sonrisa de la indefensión o de la ignorancia. Las ganas de desaparecer.

-Nada sexual -aclaré, y mi voz, entonces, volvió a causarme bochorno o desconsuelo, o ambas. Fue cuando empezaron las bombas en la ciudad -farfullé-. Había más personas en el suelo, quiero decir. Y tú eras de otro tamaño -atiné a explicar al final, carraspeando.

Fue difícil reconocer el ruido de las balas al inicio. Las ráfagas aparecieron de la nada y me dejaron sordo. Sólo supe qué hacer cuando vi lo que hacían los demás: correr despavoridos buscando alguna forma de refugio. Sin pensarlo, obedeciendo a instintos más bien automáticos, coloqué a la Increíblemente Pequeña dentro del bolsillo de mi suéter y avancé en la misma dirección que los demás. Y eso es, en tantas ocasiones, el amor. Corrí por mucho rato. Corrí sin mirar atrás. No guardaba recuerdo alguno del bosque en que me interné cuando el sudor escurría ya a chorros por la columna vertebral y la respiración me ardía en las membranas del esófago. Me detuve, exhausto, bajo la fronda de un árbol gigantesco. Un verde así. La mano sobre la textura rugosa del tronco inmemorial. La cabeza inclinada hacia el suelo. La saliva, cayendo. La hiel. Supongo que me desmayé.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue la larga hilera de hormigas negras. El antes y el después. Avanzaban de manera incesante y veloz y en línea recta. Todas venían hacia mí. Directo hacia mis ojos. Vistas desde el suelo, a una distancia que se antojaba ominosa, daban la impresión de ser prehistóricas. 110 o 130 millones de años o más. El cretáceo. ¿Llevaba en realidad todos esos años ahí? No tardaron mucho en rodear un cuerpo que yacía con los brazos abiertos y las piernas flexionadas sobre las hojas de un bosque muerto. La Increíblemente Pequeña se sentó entonces sobre mi pecho. Me vio como si observara algo inhumano a través de un microscopio.

-Vas a morir -me dijo con una voz muy pacífica: la voz de la persona que registra un dato, uno ente tantos otros. Uno entre muchos-. Pero no deberías decir mentiras.

Movió la cabeza de izquierda a derecha, lentamente. Luego se levantó. Sacudió un polvo imaginario de su vestidito azul y me dio la espalda. Poco después sentí cómo avanzaba sobre mi esternón para caer, luego, en la concavidad del abdomen. Una resbaladilla. Se introdujo así bajo la pretina del pantalón. Evadió con destreza mi sexo flácido, mi escroto. Continuó su camino por el muslo izquierdo, el promontorio de la rodilla, hasta arribar al tobillo. Entonces se salió de mí.

Cuando los paramédicos me introdujeron a la ambulancia no supe qué decir. Tenía una sed atroz. Unas ganas enormes de huir. Quería verla. Quería decirle que, a veces, el deseo. Que la piedad.

lunes, noviembre 08, 2010

Para quemar un petate (Diario Milenio/Opinión 08/11/10)

Visiones y ficciones


Dicen, quienes de pronto creen saber, que la realidad supera a la ficción, como si ambas corrieran paralelamente. Toma tiempo, sin duda, pero el mero quehacer de la ficción es redondear y perfeccionar aquello que ha nacido chueco y contrahecho. Hacer las cosas mal y porque sí, que es la manía de la realidad, difícilmente puede superar al empeño de armarse de razones y propósitos en la persecución de un objetivo estético. Más que una improbable competidora, la realidad es el abrevadero de la ficción. Ahora bien, su proceso es inverso al digestivo, por eso la tarea del ficcionante consiste en alimentarse de inmundicias a las que su organismo transforma en manjares. Cuando menos eso ayuda a explicarse que a menudo la realidad resulte indigestible y uno sólo la trague con la ayuda de un buen bocado de ficción. Fue así, me explico ahora, como caí en el vicio de las narcoseries. Ninguna, de seguro, lo bastante cercana al horror de la matachina en curso para asumirse más que villamelón, pero más de una al tanto de que no cuenta nada del otro mundo.

Ya sea en California, Miami o Medellín, la narcorrealidad es maná celestial de la narcoficción, si su pura semilla florece donde sea y rinde frutos el año entero. ¿Qué ficcionante se dirá mal provisto por una realidad generosa en billetes, adrenalina y sangre? El cártel de los sapos, Las muñecas de la mafia, Rosario Tijeras, El ventilador, Sin tetas no hay paraíso, El capo, Sin senos no hay paraíso (la misma, pero peor)… Las he visto por una suerte de inercia, esperando tal vez encontrar en alguna de las demás el encanto de la que encabeza la lista. En todo caso, las primeras tres se dejan ver compulsivamente y las últimas cuatro difícilmente pasan de melodramas más o menos infumables, pero la realidad es tan pesada que uno sigue pegado a la pantalla, como esperando que se escape un detalle que abra nuevas ventanas hacia ese lado oscuro que cada día se integra mejor al insulso horizonte cotidiano. Nada hay más divertido, de repente, que ver a medio mundo haciendo alegremente lo que según la ley no puede hacerse.

Validando la fábula


Llega uno a saber, gracias al cine y la novela negra, que la vida de un wise guy difícilmente pasa de los diez años. Son, como todo gángster de poca monta, ratitas desechables, y a diferencia de los grandes capos, varios de ellos políticos encumbrados, sirven para ilustrar las moralejas más socorridas sobre el destino idóneo de los malos pasos. Lejos del cine negro que las precede, donde el crimen también sabe pagar, los personajes de las narcoseries colombianas están sin excepción condenados a engordar el prestigio de los fabulistas. Ya sea porque terminan en plan de presidiarios, soplones o cadáveres, ninguno goza al fin de su fortuna. Mientras eso sucede, día con día se hacen una guerra invariablemente desleal donde florecen líneas tan ingeniosas y decorativas como “¿Quieres que ya te ponga a chupar formol?” o “Vamos a llenarte la boca de moscas”.

A quien me ha preguntado cómo es que soporté tantos capítulos de la que a fin de cuentas es una misma historia, suelo decirle que, por justo contrapeso, me aplica seguir las que no sé si debería llamar narcoseriesamericanas. ¿Es Weeds eso, una narcoserie, o nada más una comedia familiar? Afortunadamente, es estupenda. Y nada menos que eso puedo decir de Breaking Bad, donde se cuenta la vida en familia de un productor de metanfetamina. ¿Y The Wire es una narcoserie, una serie policiaca o una epopeya multifamiliar? En todo caso ninguna de ellas retrata personajes excepcionales; su mérito descansa en hacer ver lo cotidiano excepcional, y viceversa. Más allá de los votos en California y las declaraciones de expertos, columnistas y políticos, la ficción cotidiana que abreva de la cotidianidad gringa (y a la cual se dirige de regreso, enriquecida de orden y sentido) tiene un tufo no menos cotidiano que el de los huevos fritos o la cerveza. ¿Y no es cierto que incluso series en teoría ajenas al tema, como Six Feet Under o Bored To Death, huelen a mota de aquí a treinta cuadras?

El imperio del trampolín


En abierto contraste con la fábula, que en todo caso miente por ingenua, la ficción abomina de la hipocresía, puesto que, a diferencia de la realidad, no puede darse el lujo de ser inverosímil. Si es preciso mentir, lo hará exhibiendo tanto de verdad que de cualquier manera terminará mostrando más de lo que en principio pretendía esconder. Todavía no estamos acostumbrados a tratar con matones y traficantes cotidianamente, pero hace muchos años que el viejo olor a petate quemado dejó de impresionar a las abuelas, acostumbradas hoy a untarse en las piernas justo lo que sus nietos se fuman y sus hijos afirman que jamás han probado, o que una vez lo hicieron pero eso sí, no le dieron el golpe. Nunca en mi vida he quemado un petate, ni creo haber estado cerca de quien lo hiciera: debe de ser por eso que la expresión dejó de ser empleada, toda vez que a la mota todo el mundo la ha olido y a los petates no hay para qué incendiarlos.

He esperado hasta hoy, tronándome los dedos, por el capítulo 8 de Boardwalk Empire, que sin buscarlo así podría terminar engrosando el catálogo de las narcoseries. Producida por Martin Scorsese, que además dirigió el capítulo piloto, transcurre entera durante la ley seca, y a ella le debe toda su trama. ¿Ley seca, dije? Lo que uno ve, poco menos que escena por escena, es a los personajes bebiendo a toda hora en Atlantic City, que es una suerte de gran cantina equipada con casino y burdel, de modo que bajo ningún pretexto alguien se mire seco en su interior. Para fortuna de una larga cadena de maleantes, nada es más fácil en la Atlantic City de los años veinte que hallar cerveza o whisky, igual que en Weeds cualquiera sabe dónde dar con la mota. Pues nada, insisto, intoxica a la ficción más que la hipocresía. En el primer capítulo de Boardwalk Empire, Nucky Thompson —capo mayor, interpretado por Steve Buscemi— brinda con sus compinches a la salud de los ingenuos que les dieron tamaña ley de regalo. Con perdón de Scorsese, Buscemi y asociados: esa frase, hoy en día, tiene el aroma del petate quemado. Quise decir, el de la realidad.


jueves, noviembre 04, 2010

Vargas Llosa, el indispensable escribidor-Pedro Ángel Palou (Revista Poder y Negocios 03/11/10)

Cada octubre nos despertamos con la noticia de un Nobel de Literatura más polémico que el anterior –a Darío Fo, por ejemplo, o a desconocidos o escritores muy menores como Le Clezio– y vemos pasar los nombres de los que, verdaderamente, deberían estar allí. Borges decía que es mejor estar en el grupo de quienes no recibieron el premio (con Kafka o Joyce o Proust a la cabeza), pero es una frase de consolación en realidad.

Este año, sin embargo, la sorpresa fue positiva. Recayó en un viejo nombre de las listas que ya no aparecía como favorito en las quinielas del Nobel, otro deporte común. Él mismo sorprendido, Mario Vargas Llosa –después de 20 años de sequía para los hispanohablantes–, recibió la noticia en un departamento de Manhattan antes de empezar sus clases en Princeton, donde es profesor visitante.

La obra de Vargas Llosa es, si se me apura, la del novelista vivo más ambicioso del orbe, el último samurái de la novela total, ese género que la globalización parece haber echado por tierra –pero que renacerá pronto, estoy más que seguro–, el creador infatigable, el arquitecto obsesivo, el creador absoluto. Basta mencionar sus dos obras maestras: La guerra del fin del mundo, recreación lingüística excepcional sobre la guerra de Canudos que ya intentara Euclides Da Cunha, y Conversación en La Catedral, su novela sobre el poder y la corrupción del Perú durante la dictadura de Odría.

Y, sin embargo, Vargas Llosa encarna, también, una figura en desuso: el intelectual comprometido. Su viejo maestro Sartre –a quien quiso encontrar en París pero no lo recibió– como modelo, ha implicado que Vargas Llosa no haya, nunca, rechazado la polémica y defendido a capa y espada sus ideas (aunque se haya equivocado, es lo que menos importa). De esa experiencia con los molinos de viento del poder hay heridas –como haber perdido la presidencia de su país en la segunda vuelta frente a Fujimori– y también literatura, su libro no ficcional, El pez en el agua.

Hay esa otra veta, en él, que es impensable en otros autores: la del ensayista sobre la ficción –la novela y la prosa, en particular–, que se ha obsesionado con una idea recurrente: la novela es la verdad de las mentiras. Primero escribió un monumental libro sobre su entonces amigo, Gabriel García Márquez: Historia de un deicidio; luego un ensayo insuperable sobre Flaubert: La orgía perpetua, al que siguieron un libro sobre su novela favorita, Los Miserables, y un largo ensayo sobre Juan Carlos Onetti. Antes, mucho antes, había escrito sobre los libros de caballería y sobre Tirante el Blanco, en particular. Y ahora, en Princeton, dicta clases sobre el punto de vista en la novela (con Carpentier a la cabeza) que seguramente será libro pronto.

Algunos escritores se repiten hasta el silencio. Vargas Llosa es un escritor que se renueva hasta el cansancio. Es un escritor jovencísimo de 74 años que sorprende aún –lo hizo, magistralmente, en su tardía novela de dictador, La fiesta del chivo–, y ahora con su esperada El sueño del celta. Ha caído, a veces incluso estrepitosamente, como en su libro sobre Flora Tristán o en su excepcionalmente horrenda Travesuras de la niña mala (en la que quiso ser Bryce Echenique, sin su humor). Pero incluso esas caídas son el síntoma de un cuerpo vivo, los errores de un novelista que no cree en el estilo tardío, sino en la nueva obra que está escribiendo, como la mejor.

Algunos lo juzgan por sus desventuras políticas, por su cada vez más radical liberalismo –de derechas, dicen, como si ese adjetivo tuviera hoy algún sentido–. Me parece absurdo. Vargas Llosa ha sido un defensor de la libertad del individuo frente al poder –del Estado y sus milicias, como en La ciudad y los perros–, frente a la no diversidad, el tema de la homosexualidad está siempre presente, lo mismo en ese libro que en La historia de Mayta o en el mismo Conversación. Frente al discurso religioso, frente a los totalitarismos de cualquier color. Y por eso ha hecho de la literatura en general y de la novela en particular, un arma para enfrentar a la realidad.

En Vargas Llosa no existe la dicotomía cervantina sobre las armas y las letras: sus armas son las letras. Y es el último caballero andante que cree en la novela como un vehículo privilegiado para derrotar a la ciudad del sentido común que decía Nabokov. A la realidad, sin adjetivos, como diría él mismo. Porque el novelista es un deicida –capaz de matar a Dios– que cree que la literatura es la única forma de felicidad, la orgía perpetua.

Para quienes creemos en la literatura, en el poder del español, y en la novela, éste es un premio que nos llena de felicidad y de orgullo. Pensamos en el joven Marito –el que autobiografía también magistralmente en La tía Julia y el escribidor– con ocho trabajos a la vez, entre ellos el de archivista en un cementerio por las noches, y creemos que el esfuerzo valió la pena.

Es la obra y la vida de quien así opina, al imaginar un mundo privado de la literatura y la novela: “Incivil, bárbaro, huérfano de sensibilidad y torpe de habla, ignorante y ventral, negado para la pasión y el erotismo, el mundo sin literatura de esta pesadilla que trató de delinear tendría, como rasgo principal, el conformismo, el sometimiento generalizado de los seres humanos a lo establecido. También en este sentido sería un mundo animal. Los instintos básicos decidirían las rutinas cotidianas de una vida lastrada por la lucha por la supervivencia, el miedo a lo desconocido, la satisfacción de las necesidades físicas, en la que no habría cabida para el espíritu y en la que, a la monotonía aplastadora del vivir, acompañaría como sombra siniestra el pesimismo, la sensación de que la vida humana es lo que tenía que ser y que así será siempre, y que nada ni nadie podrá cambiarlo”.

La literatura, la buena literatura, ha triunfado por sobre todas las cosas.

Día de Muertos-Margo Glantz (La Jornada/Opinión 04/11/10)

Bueno, Día de Muertos, muchas ofrendas, gente por doquier y un cielo muy azul; los políticos cada vez más imbéciles, como los pueblos que por ellos votan, véanse Berlusconi, su soberbia, su estulticia, su homofobia; el Tea party y la violencia republicana en Estados Unidos, en fin, como decía Walter Benjamin, a quien recurro, siempre es posible lo peor.

Me detengo, me evado, vuelvo hacia otras épocas, a una exposición que actualmente se exhibe en el Museo Maillol, en París, Los tesoros de los Médicis. Los Médicis, leo en el catálogo, cuya historia se confunde con la de Florencia, se impusieron como una de las más importantes dinastías europeas durante cerca de tres siglos. Fueron banqueros y comerciantes, al principio modestos, pero desde 1397 fundan su primer banco y abren una extensa red de talleres de textiles, uno de los pilares de la economía florentina.

Bajo Cosme el Antiguo, el más rico comerciante de Florencia para 1457, la banca Médicis –negocio familiar– cuenta con filiales en Roma, Nápoles, Venecia, Milán, Génova, Lyon, Avignon, Brujas y Londres. Aunque republicanos, su importancia política y sus redes bancarias internacionales les otorgan un rango principesco y les permiten concertar alianzas muy importantes con las principales dinastías europeas, un ejemplo relevante sería el de Catalina de Médicis –mujer de Estado, figura histórica, también legendaria, que se convierte en esposa de Enrique II en 1533 y en reina de Francia en 1547–, participará en acontecimientos cruciales para la historia de ese país: las guerras de religión entre protestantes y católicos y, bajo cuyo reinado, se produce la trágica noche de San Bartolomé.

Los Médicis tienen además un poderoso influjo en lo eclesiástico, el hijo menor de Lorenzo, cardenal desde los 14 años, se vuelve Papa con el nombre de León X, y el hijo ilegítimo de Juliano de Médicis será más tarde Clemente VII.

Esta supremacía bancaria, política y religiosa los convierte en grandes mecenas, y bajo su reinado se cobijan los más destacados artistas de Italia (hoy en franca decadencia).

Brunelleschi construye entre 1421 y 1428 el famoso palacio Médicis-Ricardi, modelo de palacio renacentista y, en ese mismo edificio, Benozzo Gozzoli pintará su famosísima procesión de los Reyes Magos, donde estarán representados los miembros más importantes de la familia; asimismo, en 1440 Cosme le concede a Fra Angelico la misión de pintar el convento de San Marcos; hacia 1469, Marcilio Ficino traduce a instancias de Cosme el Antiguo los diálogos de Platón y, con la llegada de Lorenzo el Magnífico, Florencia se convierte definitivamente en una de las sedes artísticas más importantes de Europa: Massaccio, los Pollaiolo, Donatello, Boticcelli, los Lippi, Leonardo, Ghirlandaio, Miguel Ángel, Bronzino…

La colección exhibida es pequeña, suntuosa y refinada; me impacta un pequeño cuadro de Fra Angelico, de tenue colorido y aspecto tranquilo, narra una historia terrible, la decapitación de los santos Cosme y Damián y de sus hermanos, yacen por tierra con sus cabezas tronchadas, aureoladas y sangrientas, a su alrededor varios personajes con aire contrito y religioso, una figura cuya cabeza va coronada con un alto sombrero rojo arrastra a ¿Cosme? y muestra una tela escrita con caracteres hebreos; el fondo lo constituyen varios edificios de color claro, un paisaje que empieza a oscurecerse, varios cipreses y… vuelvo a mirar y compruebo que es imposible evadirse: esas cabezas tronchadas, esas manos devotamente cruzadas sobre el regazo, me devuelven a la realidad, recuerdo a los 72 inmigrantes asesinados recientemente y en honor de los cuales se ha erigido un altar de muertos, y retorno a la Plaza de Coyoacán repleta de ofrendas, una en especial me sobresalta y a todos los que por allí pasan, la procesión de figuras femeninas enfundadas en hilachos, obra de Helen Escobedo, recientemente fallecida, pasan silenciosas, hechas propia figura de la muerte.