sábado, octubre 09, 2010

La persistencia del pensamiento crítico y la novela-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 09/10/10)

Ahora que el PRI prepara su regreso a Los Pinos y el presidente Felipe Calderón asegura no tener problema en devolver a un miembro de ese partido la banda presidencial, convendría recordar la descripción que el ahora premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa hizo de ese partido en 1990. Y vale la pena porque justamente la Academia Sueca destacó que ese galardón le fue concedido por la cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo presentes en su obra.

Hace 20 años durante el encuentroEl siglo XX: La experiencia de la libertad organizado por el poeta Octavio Paz, Mario Vargas Llosa hizo una dura crítica a las dictaduras latinoamericanas pues impedían construir por su propia naturaleza, sociedades abiertas, democráticas.

Luego de hacer un recuento de ellas aseguró que el sistema político mexicano encajaba en esa tradición dictatorial con un matiz que es más bien un agravante:

Recuerdo haber pensado muchas veces sobre el caso mexicano con ésta fórmula dijo entonces Vargas Llosa:México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética. No es la Cuba de Fidel Castro: es México, porque es una dictadura de tal modo camuflada que llega a parecer lo que no es, pero que de hecho tiene, si uno le escarba, todas las características de una dictadura.

Y el autor de La fiesta del Chivoenumeró las características de lo que para él era una dictadura: En primer término, la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido; un partido que es inamovible, que concede espacio para la crítica en la medida en que esa crítica le sirve, es decir, que confirma que es un partido democrático; un partido que suprime por todos los medios, incluso los peores, aquella crítica que de alguna manera pone en peligro su permanencia. Una dictadura además, que ha creado una retórica que la justifica, una retórica de izquierda, y que para desarrollarla, a lo largo de su historia reclutó muy eficientemente a los intelectuales, a la inteligencia.

Según Vargas Llosa no existía ninguna dictadura que hubiera reclutado tan eficientemente al medio intelectual, sobornándolo de una manera muy sutil, a través de trabajos y nombramientos, a través de cargos públicos, y sin exigirle una adulación sistemática como hacen los dictadores vulgares, sino por el contrario, pidiéndole más bien una actitud crítica, porque esa es la mejor manera de garantizar la permanencia de ese partido en el poder.


Recordó entonces que el partido que se mantuvo 71 años en el poder se encargaba (incluso) de financiar a los partidos opositores. Otra muestra de ese carácter dictatorial del PRI fue para Vargas Llosa que había sido incapaz de traer a México justicia social. Las tremendas desigualdades existentes en nuestro país eran producto de esa injusticia social y la corrupción, consecuencias muy similares, según el escritor peruano, a las que han tenido los sistemas dictatoriales latinoamericanos.


En aras de la democratización en nuestro país de la que entonces se hablaba, el polémico Vargas Llosa quiso poner ese proceso a prueba al decir públicamente lo que pensaba sobre los usos y abusos del poder en México.


Años después, cuando el PRI había sido derrotado en las elecciones de 2000 el ahora Nobel de literatura aseguró que México vivía ya no una dictadura perfecta sino una democracia imperfecta y eso era un gran avance.


Por desgracia la injusticia social, la corrupción y la inequitativa distribución de la riqueza persisten y la actual clase política tan proclive a saltar de partido en partido parece que sólo busca permanecer en el poder en una especie de gatopardismo en el que todo cambia para que todo siga igual.


Los dueños de la verdad o la de aquellos que quieren imponer la suya a los demás; los que exterminan y persiguen a los opositores; la naturaleza del poder absoluto y sus mecanismos para perpetuarse se encuentran en libros como La guerra del fin del mundo, Conversación en la catedral y La fiesta del Chivo, novelas que aun retratan las estructuras del poder autoritario, sus costumbres y sus ondas expansivas que no se han podido erradicar de nuestras sociedades. La novedad de estas novelas es que esas estructuras siguen vivas con mecanismos más sutiles quizá y nos confirman que las prácticas democráticas son el único antídoto contra las tentaciones autoritarias.

Cacahuates-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 09/10/10)

Cacahuates

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Asiste sin duda la razón a mi amigo que afirma que Mad men –mi serie televisiva favorita pero, por cierto, también la suya– habría debido encontrar su final definitivo en el último capítulo de su tercera temporada. Y si digo que le asiste la razón es porque ambos sabemos algo de narrativa, y porque por tanto nos queda claro que el arco de la historia ha recorrido ya su parábola natural: Don Draper ha terminado por enredarse los bien calzados pies en el rastro de mentiras –o de silencios: es lo mismo– que ha venido sembrando a su paso y ha dado un resbalón del que acaso se levante, pero sólo a costo de su identidad misma. Su pasado inconfesable y su presente turbulento han quedado al descubierto. Su mujer lo ha dejado. Su edén personal –la agencia Sterling Cooper– ha colapsado. Kennedy ha muerto, pues, y Draper no se siente demasiado bien.

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O, dicho de otro modo, el punto ético y estético que ha pretendido hacer esta serie sobre una época en que la estética se pretendía ética ha sido establecido con creces. El paraíso está inexorablemente perdido. Nuestro trágico ha aprendido la lección (al menos hasta donde es capaz de aprenderla) y nosotros, aun si de manera vicaria, la hemos aprendido con él (al menos hasta donde somos capaces de aprenderla… y de aprehenderla). Debería haber llegado la hora de que cayera lento el telón.

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Pero no cae y, hasta donde sabemos, no caerá en años. El pasado julio vio el estreno estadounidense de una cuarta temporada de Mad men, cuya llegada las pantallas mexicanas se antoja inminente. Y, como la serie está bien escrita y se concibe como un producto de nicho –como uno que no apela al mínimo denominador común–, anticipo ya que la trama será lógica e inteligente, que los personajes no serán objeto de traición psicológica, que el ambiente narrativo en que se desarrolle la continuación será respirable. No, por ello, sin embargo, dejara ésta de ser respiración artificial.

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Pero Mad men no es sino una feliz anomalía, con todo la serie televisiva con mayor rigor narrativo jamás filmada. Mucho más evidentemente mercenarios son casos como el de la ya extinta Lost, a cada capítulo más extraviada en sus propias subtramas y teorías conspiratorias y por tanto más inverosímil, o el de esa Desperate housewives cuya séptima temporada tuviera su estreno hace dos semanas en Estados Unidos y hace una en nuestro país.

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A fin de mantenerla con vida, sus creadores han jugado con el destino de sus personajes como los semidioses ex machina que se saben. Las parejas se casan, se divorcian y se vuelven a casar, merced a la muerte oportuna o a la locura temporal de las parejas sustitutas que van topándose. Cancerosos, alcohólicos, ciegos y paralíticos son objeto de curas milagrosas por obra y gracia no de los adelantos de la ciencia sino de los adelantos por concepto de regalías. Las esposas desesperadas se han vuelto, pues, desesperantes. Y pese a ello seguimos esperando algo de ellas, como algo esperamos todavía de los Mad men.

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¿Y qué esperamos? Consuelo. El placer infantil de la repetición. La certeza de que, aunque nuestro entorno cambie todo el tiempo, el de nuestros personajes favoritos se mantendrá por siempre entrañable y divertido y hermoso. Es un placer menor, pero esos son los únicos que prodiga la televisión, a la que no en balde solía comparar Orson Welles con cierta botana.

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“Detesto la televisión”, decía. “La detesto tanto como a los cacahuates. Pero no puedo dejar de comer cacahuates”.

jueves, octubre 07, 2010

"De rudos y técnicos"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 07/10/10)

Mucho se ha dicho acerca de la Lucha Libre: que si es un circo, que si los golpes son de verdad, que si está arreglado, que no son deportistas. Dichas opiniones tienen cierto valor. Sin embargo, la mejor manera de comprender, analizar y verificar cualquier versión y opinión alrededor de este deporte, es asistiendo.

Después de un año regrese a la Arena Puebla –acompañado de Carolina, mi hermosa Kurá-, para disfrutar de una función de Lucha Libre, cuya cartelera anunciaba en su semifinal a Rush, Máximo y Valiente del bando técnico; mientras que la tercia ruda estaba conformada por Averno, Mephisto y Ephesto. Por otro lado, la lucha estelar advertía la presencia de Místico, La Máscara y Máscara Dorada en contra de los Guerreros de la Atlántida: Atlantis y Último Guerrero, al lado del "Rey del Guaguanco": Mr. Niebla. La cita como de costumbre era a las nueve de la noche en punto.

Por motivos económicos, decidimos que el mejor lugar era ir a la zona de balcón, estando dentro de la Arena Puebla, elegimos en pro de una mayor visión y diversión sentarnos en el área donde se ubica la porra ruda. Ahí las pasiones salieron a flote y la seriedad de cada día quedo en el olvido. Ambos necesitábamos liberar adrenalina y gritar lo que hace mucho no gritábamos. De nuestras bocas emergían diversos gritos, desde mentadas de madre hasta porras rudas.

Asistir a la Lucha Libre es presenciar un teatro enorme donde luchadores y afición se conjugan para ofrecer una gran comedia. Ahí uno puede toparse con mujeres y hombres de todos colores y clases; acuden los trajeados, los malolientes, los pandrosos, los fresas, los comunes. No hay distingo de nada, durante las dos horas que dura la función todos se confunden y se transforman con el fin de sacar a flote aquél ente vulgar y corriente que está escondido en espera de encontrar el mejor lugar para mostrarse; la Lucha Libre es la zona indicada, pues aquí no interesa otra cosa que interpretar de la mejor forma posible el papel de rudo o técnico. A nosotros nos gusta el papel de rudos, pues este bando no basa su triunfo en la aprobación de una autoridad, (referí) ellos se generan las opciones: el triunfo legal o el triunfo ilegal, cuyo principal motor es humillar a cualquiera de los luchadores del bando técnico.

La Lucha Libre es un espectáculo como cualquier otro, donde probablemente el triunfo de determinado bando esté pactado con anterioridad; aunque se diferencia de los demás por la enorme preparación tanto deportiva como actoral; ya que los golpes son reales, pero, sin duda alguna, saben dónde y cómo pegarse. Tan reales son los golpes como los lances que las lesiones o la muerte durante la pelea son opciones contempladas por cada uno de los participantes.

No hay mejor forma de lograr una catarsis perfecta que la Lucha Libre y no existe mejor ruda, que además sea bonita, que Carolina. Y no conozco mayor poesía deportiva que la emergida por cada una de las porras, ya ruda, ya técnica.

¡Arriba los Guerreros de la Atlántida! y a quien no le parezca que vaya y que chi…y que chi… y que chiquitibum a la bin bon ba, ¡Rudos, Rudos, Rudos; rra, rra!

miércoles, octubre 06, 2010

El secuestro (Diario Milenio/Opinión 05/10/10)

Es que estamos secuestrados”. La repito aquí porque ésta es tal vez la frase más utilizada en las ciudades fronterizas del norte de México. Al menos fue la que escuché con mayor frecuencia en mi reciente visita a Matamoros, Tamaulipas, ciudad que colinda con Brownsville, Texas. Antes había formado parte de las conversaciones que tuve en Ciudad Juárez, Chihuahua, y no me extrañaría que apareciera con la misma insistencia en Monterrey, Nuevo León. Ya con aires de resignación o con la rabia que provoca la impotencia cotidiana, los fronterizos hablan de su secuestro como un estado de excepción que poco a poco se va convirtiendo ya en un modo de vida.

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¿Qué significa vivir secuestrados? Como todo en la cotidianeidad eso se nota, especialmente, en los detalles más pequeños, es decir, en los mecanismos sociales que, por usuales o comunes, se vuelven transparentes y pasan, luego entonces, desapercibidos la mayoría de las veces. Hasta que cambian, claro está. Hasta que se establece una clara frontera entre el antes y el después. Hasta que el origen desde el cual se mide el paso del tiempo cambia de lugar. “Hasta hace poco”, me comentan, “en Matamoros ni siquiera cerrábamos la puerta, ahora no podemos salir a la calle”. “Era bonito cuando los niños podían salir al parque o jugar en la cuadra”, dicen otros, súbitamente nostálgicos, como si hablaran de una jeroglífico cuyo significado fuera conocido apenas por muy pocos. “Lo malo de estar joven en estos tiempos es, que cuando pasen, y eso si pasan, yo no habré podido salir a divertirme y entonces, cuando podamos volver a salir, si es que eso vuelve a pasar, tendré ya muchos años más”, me dice, en un aparte, una mujer soltera cuya voz que se esfuerza, sin lograrlo del todo, por darle un tono de ironía a su predicamento. “Cualquiera puede estar coludido; cualquiera puede ser o es un informante”, me avisan otros en murmullos apropiadamente bajos. El gesto que más se repite es de la cabeza que se vuelve una y otra vez hacia atrás o a los lados, en claro signo de alerta.

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Los cambios más notorios y notables tienen que ver con los usos del espacio público. La vida nocturna, eso que en otros lados todavía se denomina la fiesta, languidece lastimeramente en las ciudades secuestradas del norte. Sólo los inconscientes o los de la resistencia infinita o los que no tienen nada que perder, arriesgan su vida por un par de cervezas o la música de una rocola. “Mejor nos vemos en la casa”, me contestan cuando, inconsciente o resistente o ambas, propongo el nombre de un restaurante como punto de reunión. “Tenemos niños”, añaden a modo de explicación. También obvios son los bloqueos, algunos, como los muchos que presencié en las calles matamorenses, llevados a cabo por el ejército; pero otros, como los que azolaron a Monterrey no hace tantas semanas, organizados por el narco. El resultado es el mismo: cuando el armatoste se posa perpendicular sobre la calle hay que virar, si se tiene suerte o calle disponible a la derecha; o hay que esperar o avanzar a vuelta de rueda mientras los hombres enmascarados apuntan las armas a los rostros o al auto. “Ya hubo balacera otra vez”, expresan como quien dice “yo creo que hoy sí llueve” o “pero mira qué bonita está la tarde”. A eso le siguen los “granadazos” o el “rafagueo” o, más genéricamente, los “sustos”.

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Los que tienen los recursos mandan a sus niños cada mañana a través de la frontera a las escuelas públicas de las ciudades fronterizas de los Estados Unidos. En los últimos meses, me informan, el número de niños mexicanos que se han inscrito a escuelas primarias o secundarias gringas se ha duplicado e, incluso, triplicado. De hecho, una de las actividades habituales de las pudientes madres fronterizas es organizar la ronda de autos que llevan y regresan a los jovencísimos migrantes intermitentes. Los que carecen de recursos, sin embargo, siguen mandando a sus niños a escuelas como la General Alberto Carrera Torres, ubicada en la calle Antonio Cabazos y 2 de enero, en la colonia 20 de noviembre, cuyos salones y patio central se inundan puntualmente en tiempos de lluvias, donde alumnos y maestros trabajan con 4 abanicos desvencijados en una ciudad cuya temperatura suele alcanzar los 30 y más grados con una facilidad, digamos, aterradora. A esto habrá que añadirle la ausencia de libros y, por ende, de biblioteca. Y ni qué decir de computadoras o conexiones electrónicas en un plantel cuyo cableado de luz fue robado no hace mucho y cuyo servicio de teléfono se instalará, aunque eso sólo si hay suerte, hasta este 7 de octubre de 2010.

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Acaso la traza más punzante del secuestro cotidiano sea el miedo de hablar; la necesidad de hablar, quiero decir, acompañada de su terrible hermano gemelo: el miedo a hacerlo. Cada que las conversaciones giran alrededor del tema de la inseguridad no sólo resulta usual que los participantes bajen la voz sino que aderecen sus comentarios con algo que parece un ruego insistente: “pero esto es off the record, ¿va?”. La paulatina desaparición del nombre propio. El ocultamiento estratégico de la identidad del conversador. La autoinvisibilización como estrategia de sobrevivencia. Cesar de existir antes de cesar la existencia.

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¿Y cómo no quedarse meditabundo y rabioso al mismo tiempo cuando, al despedirse, nadie dice “nos vemos luego” sino el proverbial “te cuidas mucho”?

martes, octubre 05, 2010

El gancho estambulita (Diario Milenio/Opinión 04/10/10)

Saltando continentes

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“Welcome to Asia”, reza el letrero a la mitad del puente, y su sola obviedad basta para llenarle a uno los pulmones de un recóndito aire de victoria, no sólo porque salta de un continente a otro sin por ello salir de una misma ciudad, sino asimismo porque el golpe del viento parece de repente propulsar las ruedas de la Piaggio y plantarlas encima de una nube, libérrimas. Y de paso porque hace unos instantes que seguí el mal consejo de un lugareño —el único que hablaba inglés allí—, consistente en pasar de largo el control de peaje sin la calcomanía que lo autorizaría. “No pasa nada, vienes en moto”, dijo y yo le hice caso, luego de diez minutos de tratar de entenderme con un empleado que insistía en venderme una tarjeta de cincuenta liras turcas (algo más de cuatrocientos pesos) que vale para un mes de cruces ilimitados. ¿Cómo dice uno en turco que sólo se propone atravesar el Bósforo por esta ocasión? Es inútil, me he dicho, tratar de forcejear con un idioma del que no se conocen ni cinco palabras, tanto como tratar de convencerse de dar marcha atrás o dejarse estafar incomprensiblemente. “Welcome to Asia”, leo de nuevo en voz alta, presa de una emoción que de paso me ayuda a ahuyentar el recuerdo de la sirena que ha sonado no bien el detector delató el vuelo libre de la Piaggio y no hubo ya otra opción que acelerar.

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Cierto es que no termino de estar en Asia, igual que hace un minuto no terminaba de verme en Europa. Estambul es la clase de ciudad que uno podría ubicar en cualquier parte, y esto tiene que incluir más de un planeta para quienes no logran entenderla, ya sea porque les parece demasiado oriental o insoportablemente occidental, según el juicio y credo de cada cual. Una ciudad tan libre que raya todo el tiempo en la anarquía, donde tal vez los únicos disciplinados sean esos turistas que hacen filas inmensas para entrar al Palacio de Topkapi y construirse una idea más o menos difusa de cómo era la vida del sultán y su harem-laberinto con cientos de esclavas. Una ciudad donde muy pocas cosas parecen imposibles, y aún éstas no dejan de insinuarse probables.

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Perderse es encontrarse

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Abrir los ojos en una habitación del Sultanahmet Sarayi —un hotel pequeñito y pintoresco, medio oculto detrás de la famosa Mezquita Azul— remite al visitante somnoliento a los dominios de la ingeniosa Sherezada, pero basta con andar media cuadra para mirarse inmerso en la marea turística que le arranca de golpe parte de la ilusión de flotar en otra dimensión del espacio y el tiempo, entre la majestad de muros y alminares y los rezos que cada pocas horas se elevan por los aires del barrio exótico por excelencia, donde Bizancio, Constantinopla y el Imperio Otomano resisten día a día el embate feroz de millares de cámaras digitales, resueltas a tornarlo no mucho más que un parque temático.

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Grande es la tentación de quedarse el día entero a colmar los sentidos del hechizo propicio de Sultanahmet, pero no menos fuerte es el magneto de la ciudad entera para quien viene de otra casi igual de caótica. Cruzar el puente Gálata y subir al Beyoðlu hasta Istiklal Caddesi —la imponente avenida peatonal a toda hora repleta, ruidosa, vivísima— es regresar a medias a la Europa del siglo XXI, sin salirse del todo de los dominios de Constantino. A dos días de ir y venir sin un rumbo preciso, consulto al fin la guía y sus pequeños mapas sólo por confirmar que la Piaggio ha logrado bastarse sola. Perderse entre avenidas y callejones de Estambul —una suerte de laberinto amigable, merced a la imponente omnipresencia del mar de Mármara— es un lujo al que la ciudad invita, más allá del turismo arrebañado y un pelo pusilánime delante de este caos delicioso al que un chilango mal podría sustraerse. Lo de menos es si los callejones serpenteantes son de pronto reemplazados por avenidas anchas, rascacielos y autopistas amplísimas, o si al caer la tarde el solo tráfico del Bulevar Barbaros se asemeja al de San Juan de Letrán; en esta ciudad caben tantas posibilidades que la imaginación no alcanza a concebirlas y vale más seguir al caos en su flujo.

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La adrenalina turca

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Las ciudades caóticas contienen una magia inmarcesible que a su modo acomoda lo disperso y lo deja en su sitio, pese a las predicciones fatalistas de quienes no terminan de aceptarlas. La sola idea de lidiar con esta clase de automovilistas —diríase que los microbuseros mexicanos vienen aquí a tomar sus cursos de manejo— parecería un suicidio para quien se decide a ir en dos ruedas, pero igual que sus incontables gatos callejeros el conductor se integra a los peligros aparentes mediante el uso pródigo de un sexto sentido sin el cual el colapso ya le habría ganado a la ciudad. Se va y se viene, al fin, con los sentidos en alerta máxima y una fe inquebrantable en la Providencia, entre los bocinazos y el salto intempestivo entre carriles. Nada que no aprenda uno en su ciudad de origen, donde ya de por sí la vida es un milagro de la supervivencia.

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¿Qué tendría de raro que los disciplinados europeos occidentales miren con desconfianza la anexión de Turquía a su pulcra pandilla? Mientras en otras partes se debate con furia sobre la posibilidad de permitir o no que las niñas de fe musulmana se cubran la cabeza en el colegio, en Estambul conviven minifaldas y burkas (ninguna abunda, es cierto) tanto como melenas y pañoletas. Entre tanta y tan ancha libertad, se antoja poco menos que quimérica la idea de meter costumbres en cintura, por más que los cuantiosos detectores de metales hablen ya de la rabia fundamentalista frente a la esplendorosa Babilonia eurasiática que ni el siglo XXI, tan ordenado él, consigue contener. Vuela la Piaggio a orillas del estrecho y un desfile de aromas impetuosos va penetrando el casco protector, cual si ellos se bastaran para trazar el mapa de la ciudad. No sé por qué ni como, pero me huelo ya que estoy en casa.

sábado, octubre 02, 2010

Teoría del reproche-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 02/10/10)

Alguien nos escamotea algo que creemos que nos pertenece –algo tan concreto como la mitad del flan o tan abstracto e indefinible como “nuestro lugar”–, nunca he entendido esa obra maestra del reproche criollo: “No me diste mi lugar”; un lamento tan inasible que no hay defensa que lo contenga.

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Ante la intuición de una injusticia todos le recetamos un reproche a la persona que estamos seguros que nos víctima. Se lo podemos hacer en el momento en que sucedió la infamia o 20 años después. No importa cuánto nos tardemos en hacernos justicia por mano propia porque el acto de reprochar es tan poderoso que ocupa el espacio completo de la cosa escamoteada.

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Reprochar es sustituir algo perdido por una sentencia: volver a la estatura y dignidad morales que teníamos antes de que nuestra hermana hubiera rasgado el póster de Led Zeppelin en 1974 como venganza al corte de pelo que bien merecido tenía su Barbie. La eficacia del reproche estriba en que ocupa con economía perfecta el lugar de la argumentación: no sólo es sumario, es restitutivo.

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El problema es que, contra los dictados de la sabiduría criolla, en realidad no tenemos “nuestro lugar” y nadie tiene nada garantizado. Las microcomunidades en que vivimos la vida de todos los días son meritocráticas y aunque funcionan de acuerdo con ciertas normas, no tienen mecanismos formales para hacer justicia. Las distintas posiciones que jugamos en nuestro entorno íntimo se pierden y ganan todos los días y los motores de nuestras conductas son tan misteriosos e incontrolables que no siempre actuamos con la estatura moral que creemos tener: no se puede llegar a tiempo todas las veces del mundo, ni responder diario con la grandeza que registramos en los días buenos, ni considerar todos los factores al alcance cada vez que tomamos una decisión.

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Además no todo lo que quisimos decir o hacer es lo que los otros entendieron o percibieron de nuestros dichos y actos; los canales de comunicación humana están dañados de origen porque un ejercicio de interpretación siempre pasa por el tamiz de la experiencia individual, azarosa e irrepetible.

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Nuestros lugares se desgastan, se alteran, se conquistan y pierden casi siempre de maneras involuntarias. Los reproches, en cambio, por estar afincados en la inmutabilidad de lo abstracto y estar planteados siguiendo la retórica macabra del sentido común, conservan siempre el lustre de lo nuevo. Reprochar implica traer de vuelta el pasado desde el futuro y renovarlo. No importa qué tan seguros estemos de que lo que nos imputan es inexacto, nuestra defensa va a requerir necesariamente a la memoria y el matiz: herramientas complicadas y poco higiénicas. El que reprocha gana porque está plantado en la nitidez del futuro; el reprochado pierde porque nuestros actos son, entre otras cosas, irremediables.

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La cultura del reproche es, al parecer, inseparable de los procesos de socialización y hay que aceptar que pocas cosas producen el placer de clavar bien clavada una daga de lenguaje en quien nos hizo algo que suponemos real -le cobramos a nuestros padres lo que nos cobrarán nuestros hijos y reclamamos de nuestros colegas lo que otros demandan de nosotros. El reproche es un mecanismo de reconstrucción de la autoestima que nuestros compañeros de viaje pueden decidir si aguantan o no, pero, ¿qué pasa cuando el reproche sale de la esfera de los mensajes íntimos y se transforma en una herramienta de comunicación pública? La sociedad que se permite ese lujo simplemente se quiebra, y deja de creer en los pactos que la mantienen saludable.

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Cuando en la política se pierden los asideros ideológicos y pragmáticos, la argumentación es automáticamente sustituida por el reproche, que no deja espacio para negociar y no permite proyectar: ocupa todo el futuro. Un país que ha dejado de argumentar en la tribuna política, pero también en la mediática, es una nación de novios criollos y tías sentidas.

miércoles, septiembre 29, 2010

"El exilio mexicano en tres tiempos"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 29/09/10)

Quemar las naves es un signo de madurez, dicen, pero no siempre es una decisión que se tome por cuenta propia, algunas veces las circunstancias y el entorno invitan a huir del lugar de origen; otras la necesidad se convierte en la madre de las acciones y otras la presión por dejar de hacer y ser lo que otros quieren incita a fugarse de todo aquello que se conoce por mundo. Son algunos de los temas abordados en la novela –la tercera en su carrera novelística- “Por cielo, mar y tierra” de Ximena Sánchez Echenique, publicada por Tusquets en su colección Andanzas.

La novela cuenta la historias de tres personajes: Porfirio Díaz, Alfredo Palacios y Benigno Silva. Relatos cuyo vaso comunicante es el abandono de la tierra que los vio nacer y crecer: la Nueva República. El primero abandona México a bordo del célebre barco Ypiranga y ahí tendrá una serie de reflexiones en torno al país que deja y en lo que espera éste se convierta; el segundo es un joven clasemediero, cuya única preocupación ha sido saber qué ropa ponerse, pues a pesar de su rebeldía todo lo han decidido sus padres por él; que ha terminado su carrera universitaria y se propone estudiar su maestría en el “Viejo mundo”; y el tercero es un humilde padre de familia oaxaqueño que va sobreviviendo apenas en el día a día, para mantener a su familia: una esposa y una hija, cansado de eso decide que tiene que buscar algo mejor en el “Otro lado”, y así poder ofrecerles algo más digno.

El exilio como motor para el crecimiento y la reflexión; la partida del lugar de nacimiento como búsqueda de las respuestas a esas preguntas que no dejan conciliar el sueño; parecen ser algunas de las certezas que la novela de Ximena Sánchez Echenique busca ofrecer al lector. Las historias de esta novela se van alternando para hacer más ágil y amena su lectura; las cuales se cuentan desde la segunda voz, cuya intención pareciera sentenciar la vida de estos personajes y cuestionarlos en cada una de sus acciones y pensamientos; al mismo tiempo que confronta al lector pues lo hace partícipe de la novela al optar por este estilo de narración.

Ximena Sánchez Echenique es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM y aspirante a maestra en Letras Latinoamericanas por la misma casa de estudios. Se desempeña como ensayista y novelista, a lo largo de su carrera ha colaborado en las revistas La experiencia literaria, Luna Córnea y en obras como “Literatura, memoria e imaginación en América Latina. Algunos derroteros de su representación a través de la oralidad y la escritura” (2006). “Sobre todas las cosas” (2004) –su opera prima-, la hizo acreedora al Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2003.

“Por cielo, mar y tierra” es una novela que invita al lector a reflexionar sobre las razones por las cuales tantos y tantos se ven obligados a dejar México. Y que junto con sus obras dos novelas: “Sobre todas las cosas” y “El ombligo del dragón”, según en una entrevista ofrecida por la autora para Milenio diario, conforma una trilogía que explica: “porque los personajes depositan su historia en los objetos que les rodean, y se aferran a los objetos porque piensan que contienen su identidad. Ése es el motivo por el que, hasta cierto punto, fracasan: porque no están a tiempo de recapacitar y generar vínculos con las personas”.

Invitación

Este viernes 1 de octubre estará Guillermo Samperio presentando sus tres novelas históricas juveniles: “Hidalgo”, “Morelos” y “Juárez”, publicadas por Ediciones B. El evento se realizará dentro de las instalaciones del Colegio Woodcock a la 1:00 PM.

martes, septiembre 28, 2010

Elogio a la coincidencia (Diario Milenio/Opinión 28/09/10)

¡Cómo me gustaría poder narrarles ahora una historia llena de coincidencias! Escribir, por ejemplo, la bola de papel que Olmo 1900 aventó a la vía pública con tan poco cuidado cayó a un lado de la banqueta y, empujada por el sucio viento de septiembre, avanzó tumbo a tumbo sobre baches y topes, de manera veloz, hasta llegar (coincidencia #1) a los zapatos de cobalto de Una Mujer Sin Nombre, quien (coincidencia #2) se encontraba en esos momentos a la espera de un mensaje divino que le resolviera el acertijo de su destino. Eso, por lo demás, se le notaba en la mirada horizontal con la que auscultaba el texto impredecible del asfalto. Cuando recogió la bola de papel y empezó a leer su contenido, pues, la Mujer Sin Nombre tuvo la imperiosa necesidad de buscar una banca donde sentarse y, por lo mismo, se dirigió a un parque. Magnolias. Cedros. Álamos. Ahí terminó de leer la misiva pensando, de la manera más ardua posible, en su significado. Levantó la vista, observó las nubes, se dijo: que extraño este azul en el cielo y, justo cuando acababa de hilar la oración completa, una ráfaga de ese mismo viento sucio de septiembre (coincidencia #3) le arrebató el papel arrugado de entre las manos. La Mujer Sin Nombre, quien se encontraba especulando todavía sobre el extrañísimo azul de este cielo, tardó en reaccionar y, cuando salió corriendo tras el papel, sólo alcanzó a ver cómo un perro callejero (coincidencia #4) lo tomaba entre sus fauces. El pobre, se dijo la cansadísima Mujer Sin Nombre mientras dejaba de correr, debe tener tanta hambre que confundió la tinta con carne de cerdo. Pero el perro que, aunque hambriento en verdad no tenía un pelo de tonto, pronto se dio cuenta de que el papel sabía a papel y la tinta a tinta y, después de correr un par de cuadras más, lo dejó ir con la misma falta de cuidado que mostrara Olmo un par de horas antes. De ahí lo barrió la escoba de una viejecita muy disciplinada quien momentos después lo llevó, junto con una montaña de polvo y otros tantos desperdicios, a su bote de basura, lugar donde permaneció sin ser visto por unas diez horas más. La medida del tiempo es aproximada. A la siguiente mañana, cuando la viejecita disciplinada sacó la basura, el papel encontró la manera (coincidencia #5) de salir volando antes de llegar al interior del enorme camión. Como si supiera el destino de su propia trayectoria, el papel volvió al parque donde (coincidencia #6) cayó sobre el regazo de La Mujer Bi-Nominal quien se encontraba ahí ponderando, como la otra Mujer Inominada, algo sobre los manglares, los tres últimos días del invierno, el uso del punto y coma y, claro está, el destino. La Mujer de los Dos Nombres, pues, leyó la nota y, como se encontraba en denso trance de resignificación personal, sólo esbozó una sonrisa enigmática cuando, a paso lento, depositó el papel en el bote de basura más cercano. Se iba ya. Iba a hacer otra cosa. Todo habría sido distinto, pero. Luego, como si algo la jalara por el antebrazo (coincidencia #7) la Mujer Bi-Nominal volvió al bote y tomó el papel arrugado. Musitó: Lucinda. Y en ese momento se dio cuenta de que no sabía su dirección ni tenía manera de encontrarla y, por eso, le apostó silenciosamente a la sabiduría del tiempo. La sabiduría del tiempo, por cierto, actuó de manera más que rápida porque, con lo distraída que andaba, la Mujer Binominal no tardó en caer, como le había pasado a la propia Lucinda un poco antes, en la madriguera de los cómics (coincidencia #8) un lugar al que se llegaba por una escalera muy estrecha que conducía, sin metáfora alguna, hacia abajo. Revisó, eso sí, algunas publicaciones y, mientras se sobaba el tobillo, hasta tuvo tiempo de reírse. Cuando no pudo más y decidió sentarse al lado de una pila de revistas de colores fue que la vió. Lucinda sólo supo decir o, mejor, exclamar:

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—Y tú ¿qué andas haciendo por aquí? —como si el aquí se refiriera a un cine o un parque o algún lugar definitivamente público donde no pudiera pasar nada más natural que encontrar a alguien que se conoce vagamente pero que no se tiene manera de localizar. La Mujer Bi-Nominal se volvió a ver su entorno con cuidado. Aquí, se dijo. Una madriguera. Aspiró el aroma a papel manoseado y eso le gustó. Puso atención a los murmullos que su conversación provocaba en algunas esquinas. Momentos después, al tanto de que todo mensaje emitido llega inevitablemente a su destino, sonrió. Tocó el papel arrugado, lo extrajo de su bolsillo y lo colocó frente a sus ojos.

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—Esto es para ti. Naturalmente…

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Todo eso, lo repito ahora, me hubiera gustado. Mi imaginación romántica, proclive a finales-felices y metanarrativas varias, se habría regodeado con una historia de ese tipo. Pero si las novelas se hacen de coincidencias, todo lo demás se alimenta, por el contrario, de la ausencia de ellas. He aquí la verdadera relación de los hechos:

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La bola de papel efectivamente avanzó tumbo a tumbo sobre baches y topes a través de la Ciudad Sin Nombre. El tiempo borró los trazos de tinta. El agua la destruyó. Nadie alcanzó a leer la misiva.

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Y así.

La edad de la pedrada (Diario Milenio/Opinión 27/09/10)

Crononáutica aplicada

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Del extenso catálogo de invenciones quiméricas que creció uno añorando desde la limitada realidad, hay una que destaca por su concepción misma, capaz de darle cuerda a la imaginación de un niño durante tantas horas que las lucubraciones al respecto se extienden más allá de la niñez: la máquina del tiempo. Por más vueltas que daba uno a la idea, la sola posibilidad de que un tiempo lograra incidir en el otro hacía trizas la entera fantasía, y aun así asistía fascinado a zagas como El túnel del tiempo, El planeta de los simios yRegreso al futuro, donde esa hipótesis esencialmente absurda parecía verosímil e inducía a toda suerte de divertidas travesías, materia gris adentro. Más allá, sin embargo, de la mera lógica secuencial, la perspectiva de transportarse en el tiempo abrigaba asimismo el engorro de entenderse con gente que no parece gente. Fue sin duda una cortesía piadosa que nos plantaran simios en lugar de personas, ya quiero ver cómo les habría ido a los crononautas de la película de haber aterrizado, por decir algo, en los dominios de la Santa Inquisición.

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Una forma sencilla y económica de hacerse cierta idea de los estragos que implicaría la construcción de una máquina del tiempo consiste en asomarse a las tecnologías extintas. Una película grabada en Betamax, comerciales incluidos, es capaz de mostrarnos un mundo que parece y es rupestre, más todavía si se le juzga desde la alta definición. Cada día, el pasado despierta un poco más borroso, plano y desierto, y en tanto eso va haciéndose difícil entenderse con él. Y si así pasa con las décadas recientes, cuyos protagonistas ya aparecen salidos de un planeta distinto, cuando no distante, qué no sucedería tratándose de gente del pasado remoto, que ya sólo por eso sería menos gente que los contemporáneos, y a su vez nos vería como simios. Uno se afrenta a veces cuando ve los programas de los años setenta y halla, no sin alguna dosis de bochorno darwiniano, que pertenecen a una distinta etapa del proceso evolutivo.

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Planeta Jamenei

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Cada vez que aparecen, a su modo borrosos y pixelados en la pantalla plana de mi televisión, personajes como Hugo Chávez o Silvio Berlusconi, experimento la rara sensación de estar viviendo en los años setenta. Juraría que el cinescopio se va haciendo convexo y le brotan controles analógicos adelante y atrás conforme el personaje se esfuerza por llevarme de regreso a esos tiempos atrabiliarios, cuando estaba de moda y parecía normal administrar países como haciendas mediante la figura del gorilato. Unos tiempos tal vez no tan distantes si asistimos a ellos mediante fuentes de tan alta y gozosa definición como, digamos, el cine de Polanski o Truffaut, con Isabelle Adjani como protagonista: la querúbica Stella en El inquilino, la hija enloquecida de Víctor Hugo en La historia de Adéle H. ¿Sería casualidad que en adelante los papeles de la actriz rara vez se apartaran de la tragedia o el desquiciamiento? A juzgar por la lapidaria opinión de los editores del periódico iraní Kayhan, el diablo es responsable de esa coincidencia. “Prostitutas que merecen morir”, calificó el periódico a Isabelle Adjani y Carla Bruni, por la infamia de interceder públicamente contra la pena de lapidación.

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De lo anterior tendría que desprenderse, mediante un solapado anacronismo, la sospecha de que el líder supremo de la revolución iraní —Alí Jamenei, a cuyas terminantes órdenes trabajan los editores de Kayhan— guarda cierto rencor contra la absolución de María Magdalena, y hasta la fecha juzga que quienes interceden por presuntas casquivanas, son por fuerza cafiches o suripantas. “Hasta la fecha”, al fin, no quiere decir mucho, si bastaría un vistazo a las leyes iraníes para asumir que sus pergeñadores y votantes habitan una época poco distante y aún menos distinta de la que nos refieren Juan, Lucas, Pablo y Mateo. A los ojos de los subordinados entusiastas del líder Jamenei, este Cafarnaúm al que llamamos mundo tiene que estar repleto de casquivanas, prostitutas y diablas. Cualquiera califica, de acuerdo a los rigores de un jurado compuesto por fanáticos, fariseos y miedosos, que sin embargo serían del todo verosímiles dos mil años atrás, por no ir muy lejos.

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Magdala en el corazón

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Escuchar las soflamas de Mahmoud Ahmadineyad, no menos sometido a Jamenei que los esbirros majaderos del Kayhan, equivale a viajar tanto en el tiempo que uno se mira inmerso en el planeta agreste de los puros. Al final, la experiencia suele ser tan frustrante como tratar de oír un cassette en un iPod, sólo que en vez de cuarenta años de inventos se interponen milenios de cerrazón, por cierto, muy rentable para los puritanos en el poder. El caso es que al través del filtro empleado por palurdos, acólitos y mochos de provecho, la gran diva de culto del cine francés no es más humana que un simio enjaulado, y al cabo si se trata de engordar una lista de actrices pecadoras que han reunido los méritos para encender los ánimos de los lapidadores, no quedaría a salvo ni Mary Pickford.

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El místico dialoga, decía Octavio Paz, sólo con Dios y consigo mismo. No se espera otra cosa, pues, del misticastro que es anacrónico e inaccesible por mera conveniencia. Puede dar libre curso a burradas, calumnias y prejuicios sin responder por ellas, y menos todavía sustentarlas, cuando en todos los casos cuenta con la coartada de la santidad. Uno de los problemas recurrentes en los relatos donde aparecen máquinas del tiempo tiene que ver con el asunto del regreso, pues nadie garantiza a quienes viajan en el tiempo que algún día consigan volver sanos y salvos hasta el año del que una vez salieron. Cuesta mucho trabajo no ser visto como simio en una época distinta a la propia. Se sobrevive mal, en todo caso. De escribir este artículo en el Irán de hoy, por ejemplo, tendría que someterme a procesos y penas dignos de tiempos previos al medioevo. “Si mi abuela resucitara en esta época”, solían aventurar las abuelas, “se volvería a morir de la impresión”. Pobre Ahmadineyad: debe sentirse así cada vez que una máquina del tiempo lo abandona a su suerte en medio Nueva York.

sábado, septiembre 25, 2010

Gerontofilia agradecida-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 25/09/10)

Escena de la vida real. Pareja aparentemente cuarentona sentada en una sala de cine, absorta en la película. El final de la cinta se acerca, una de las actrices principales se enfunda un catsuit de cuero negro que hace resaltar sus apetecibles formas veinteañeras y comienza a repartir catorrazos a diestra y siniestra –mejor: a siniestros muy diestros… pero no tanto como ella– en un estilo equidistante del ballet y del kung fu.

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El espectáculo es a un tiempo excitante y hermoso, porque la coreografía de la pelea es eficaz y el ritmo de edición frenético pero, sobre todo, porque la protagonista de la escena ha sido dotada por natura con un cuerpo que hipnotiza y un rostro de proporciones clásicas y aires lúbricos. La esposa observa la secuencia con entusiasmo acaso teñido de envidia: esa fuerza de la naturaleza y del eros que llena la pantalla es hermosa, como lo es la espectadora, pero también joven, como ya nunca lo será.

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El rostro del esposo acusa excitación palpable, sí, pero mitigada. El cuerpo que protagoniza la escena, neumático y aerodinámico a la vez, es muy atrayente. Y el rostro, cómo negarlo, innegablemente hermoso… pero también un poco demasiado joven. Un exceso de ingenuidad en la mirada. Un temblor casi imperceptible en los labios. Y una ligera acumulación de grasa en los pómulos, no de ésa que resulta de la indisciplina alimentaria sino de la que remite más bien a un pasado púber apenas distante (no en vano, en inglés, se le llama baby fat: grasita de bebé, síntoma de la proverbial enfermedad que se cura con los años). No basta para romper el encanto pero sí para someterlo a un tamiz crítico. El esposo lidia con sus reacciones orgánicas, las analiza y, menos por ser caballeroso que por autoafirmarse, susurra su veredicto al oído de su amada:

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—¡Qué guapa va a ser Scarlett Johansson en unos diez años!

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Ese esposo que el único reproche que tiene que hacer a la protagonista de Iron Man 2 es su lozanía, y que se complace en compartir su desdén por su juventud con su mujer –ésa que es más grande que él en todos los sentidos (y eso incluye el cronológico)– soy yo. El mismo que, cuando su tío de 66 años emparejado con una chica de 25 se complace en citar la máxima de Groucho Marx de acuerdo a la cual el hombre tiene la edad de la mujer que acaricia, se deleita en asentir, y en afirmar que ambos son prueba de ello, y en cantar, junto con Maurice Chevalier, “I’m glad I’m not young anymore”.

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Me gustan, pues, las mujeres mayores. Y no sólo la mía –aunque es mi favorita– sino muchas que han logrado sumar a su belleza atemporal el atractivo sereno y retador que dan los años. Así, por ejemplo, Olivia Collins, cuyo turgente trasero de 52 años –me disculpo por el fraseo, pero tal es la feliz realidad– se me apareciera hace unas semanas en un espectacular de la revista Playboy, yuxtapuesto a la leyenda “La Nueva Cara”.

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Ignoro si el copy publicitario se refiere al rediseño de la publicación –afortunado, por cierto–, a que Olivia es quien da la cara por ella, a que en estos tiempos posmodernos una nueva cara es la de una hermosa cincuentona o a que las nalgas Collins entrañan todas las posibilidades expresivas de un rostro.

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Ante la ignorancia, opto por dar por buenas todas las posibilidades. Corrí a comprar la revista.

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Y la contemplé horas. Y la sigo contemplando mientras celebro que Playboy sepa que muchos hombres deseamos una mujer y no una niña. Gracias, desde lo más hondo de mi gerontofilia.

miércoles, septiembre 22, 2010

"Para reírse del Bicentenario"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 22/09/10)

Dicen que la mejor medicina es la risa. De ser así, Trino es el doctor que les recomiendo visitar para curarse de la enfermedad llamada: bicentenario.

Con un gran humor y a través de la tira cómica, Trino decide ofrecer al lector una variante de la “Historia Patria” y quitarle toda esa carga simbólica, para desmitificarla y contextualizarla con los tiempos que nos encontramos viviendo. Hidalgo, Allende Zapata, entre otros, serán los próceres que protagonizan la mayoría de estas tiras y el lector los verá llevando a cabo sus respectivas guerras utilizando diversas herramientas como el Facebook o el BlackBerry; etc. ¿Se imagina alguna de estas célebres batallas si en sus tiempos hubieran tenido dichas herramientas tanto sociales como tecnológicas? Pues Trino lo hace posible de manera inteligente, verosímil y entretenida.

Obviamente, no es un libro que busqué acomodarse como un testimonio fiel u ofrezca una postura científica e histórica de dichos acontecimientos, pero sí puede considerarse como un libro lúdico para las nuevas generaciones y así otorgarles la oportunidad de acercarse a la historia sin tanto formalismo, que le pierdan un poco el respeto, para después ya intentar entenderla sin los candados educativos que vienen arrastrando desde la primaria.

A lo largo de 107 páginas Trino no sólo busca hacer pasar al lector un rato ameno en su encuentro con la Historia, también es una crítica audaz de lo inútil de estas celebraciones, porque antes habría que resolver muchas cosas: el empleo, la violencia en la mayoría de los Estados del país y la falta de espacios para el desarrollo de los jóvenes de hoy.

Historias desconocidas de la Independencia y la Revolución ha sido editada por Tusquets y es una propuesta que busca anclarse tanto el público juvenil como en el adulto.

Sin duda, es una lectura que no debe dejar pasar y una mejor manera de seguir festejando a México.

lunes, septiembre 20, 2010

La sombra de Silverio (Diario Milenio/Opinión 20/09/10)

Silverio made me do it

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Conocí a Julián a finales del siglo pasado, quizás un par de años antes de que se le metiera el mal espíritu. Lo recuerdo sonriente y entusiasta, bailando casi cuando hablaba de su nuevo proyecto, en uno de esos desfachatados festines que solían ocurrir en una suerte de tugurio intermitente al que llamaban La Panadería. Desde entonces, no obstante, Julián se refería al fantasma en tercera persona, como si no fuera él quien lo encarnaba, ni por tanto sus méritos y estropicios (entre sí confundibles, yo diría que idénticos) pudieran serle alguna vez acreditados. Lo suyo parecía nada más que un juego, pero no es un secreto que hay unos juegos más peligrosos que otros, especialmente si su transcurso implica traer al mundo fantasmas caprichosos y atrabiliarios que no estarán de acuerdo en dejar de jugar, ya con sus reglas y en su territorio. El juego de Julián iba en ese camino. Su personaje, originario de Chimpancingo, es uno de esos míticos engendros por sí mismos capaces de tomar posesión de su creador y sembrar el terror irremisiblemente. Al día siguiente, Julián regresa al mundo armado de una sólida coartada: Yo no fui, fue Silverio.

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La única razón de verdadero peso para jugar un juego repetidamente consiste en ignorar su desenlace, y de pronto también sus consecuencias. Quien ha visto a Silverio en un escenario sabe ya de lo que hablo. La razón más pesada para quedarse ahí es el hambre de asombro que el personaje azuza entre la turba. Un ritual delirante, macabro y destructor que convoca al concurso de los demonios íntimos de cada cual, a través de una intensa sucesión de agresiones sin freno ni piedad, bajo un yugo electrónico impecable, porque si algo está claro en el show de ese D.J. lovecraftiano es que es un personaje antes que una persona, y como tal hace todo cuanto parece antojable a su misantropía desatada, no bien ha dado a los estribos por perdidos y ya insulta a su público sin el menor atisbo de contemplación. Media hora más tarde, a la vista de una audiencia frenética que lo agrede con la misma alegría, se comprende que la de Chimpancingo sea una contagiosa ciudadanía.

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El fantasma engorilado

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Nada tiene de raro que mi amigo Julián le tema mortalmente a su engendro, si como todas las visitas encajosas llega al primer llamado y no se va hasta ver dormido al anfitrión. Mientras eso sucede, se espera de Silverio no otra cosa que nuevos estropicios, que por sus consecuencias acabarán contando como méritos. El problema es que, insisto, Silverio no se va con el final del show, sino que se empecina en prevalecer, pues resulta que se ha engolosinado en la cabina de mandos y quiere más acción, a cualquier precio. El día que intenté felicitarlo, al fin de una performance en El Imperial que sus fans duros tildan de ligera, dos amigos llegaron a disuadirme. Con los nervios quebrados por el largo endorcismo que implica el espectáculo, Julián debía pelear a solas con Silverio.

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Silverio vino al mundo a compartir el factor común entre fantasmas, monstruos y bestias desatadas: hasta donde se sabe, no tiene límites, como no sean aquellos que le impiden prender fuego al local. Sus excesos escénicos en esencia dependen del nivel de osadía de su público. Si en un bar citadino se le ve deshacerse de la ropa y seguir el performance en calzones, hay memoria de intensos tugurios suburbanos donde el público lo ha dejado en cueros, sin que faltara alguna buena samaritana dispuesta a desnudarse para cubrirlo. De una u otra manera, Silverio se engorila como el protagonista del Donkey Kong, programado para tirar barriles saltarines a todo el que pretenda subir en su busca, y eventualmente baja a jugarse el pellejo entre el gentío, unas veces en pos de un nuevo drink y otras con el puro ánimo de Godzilla injertado en Bee Gee. A estas alturas, pues, lo único que me extraña es que no exista todavía un software de Silverio para el Plastation 3 o Wii-Fit. ¿Cómo saber, no obstante, la clase de gorilas que saldrían del usuario, una vez sometido a los rigores propios de ese juego?

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Sobredosis de azufre

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La penúltima vez que supe de Silverio, aunque no de Julián, fue a través de un cartel, pegado aquí y allá en el centro de Lisboa. Se había presentado la noche anterior, con el ritual telúrico e imprevisible que le ha construido un amplio culto portugués. “Esse cara de pau é meu amigo!”, le mentía a mi chica brasileña cada vez que un video de Silverio aparecía en la televisión, como quien deja de algún modo en claro que en sus tierras también florece la macumba. Y digo que mentía porque lo único cierto es que a Silverio no lo conozco, y quién sabe si quiera conocerlo. Vamos, dudo hasta que Julián haya tenido el gusto de tutearse con él, como no fuera para provocar su ira o instigarle a un jolgorio de consecuencias comprometedoras. Silverio es ese súbito cómplice de farra que conoce el camino más corto hacia el infierno, donde se le recibe con deferencias nunca consignadas por Dante, y del cual cada noche se le saca a patadas.

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Volví a ver a Julián hace una semana. Escuchamos las nuevas tomas de Silverio —en tercera persona: espectro ausente— y hablamos largamente de los monstruos ficticios, sus extraños poderes y esa manía adhesiva tan propia de su especie truculenta. En mi caso no sin algún horror retrospectivo, ya que recién termino de escribir una historia cuyos protagonistas se pasaron cuatro años peleando unos con otros por obligarme a entrar en sus zapatos. ¿Quién más que uno, al final, puede ser el performer de sus ideas tétricas? Serían pasadas las once de la noche que Julián asumió que se le hacía tarde: tenía que tocar a medianoche. “¿Silverio?”, me animé. “¿Cómo crees?”, se burló, más de sí mismo que de mi pregunta. En tal caso, según me explicó, ya habría estado montado en los nervios de punta que preceden y después acompañan al arribo impetuoso de Silverio. De regreso en mi casa, vi de nuevo en youtube al fantasma soberbio y misantrópico. Un tipazo SIlverio, no faltaba más, pero si yo estuviera en los tenis de Julián, ya traería un crucifijo escondido en la bolsa.

viernes, septiembre 17, 2010

La noche de las metáforas-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 17/09/10)

Las muchas ganas de festejar. Las tantísimas ganas de festejar. La necesidad imperiosa (¿desesperada? ¿desesperanzada?) de festejar. Aunque lo que festejemos sea un pasado remoto y que conocemos mal, y no un presente convulso y que nos atemoriza (y que, por cierto, también conocemos mal). Aunque el horno no esté para bollos. Aunque la consigna sea “Despilfarre ahora, pague después (si es que hay después)”. Aunque nadie se haya detenido bien a bien a pensar qué hay que festejar ni cómo sería mejor festejarlo. ¡Viva la catarsis colectiva (pero inconsciente)! ¡Viva México!

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La fiesta como procedimiento médico. Sólo que se antoja difícil tratar una herida que no ha sido correctamente diagnosticada.

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Sólo que se antoja imposible salvar a un paciente que no clama por antibióticos ni por cirugía, sino apenas -y a voces- por morfina. ¡Viva la obturación! ¡Viva el analgésico! ¡Viva México!

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Mujeres guapas vestidas de gala, hombres adustos de traje negro y corbata verde o roja, empeñados en decir cosas más o menos inteligentes, en aportar al respetable (es un decir) algún dato “curioso” (alguna trivialidad histórica). Entre cada pareja, una mesa baja. Y, sobre cada mesa, bolsas de papas fritas, desplegadas para mejor y mayor lucimiento del logotipo de nuestro amable patrocinador. ¡Viva el product placement! ¡Viva México!

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Pero detengámonos en los vestidos de las mujeres. Y recordemos aquella vieja expresión que hacía furor en los 60 y los 70, cuando Julio Chávez vestía a las aspirantes a Señorita México con caftanes a go-gó sembrados de florecitas huicholas. “Estilizado” era el término. Huipil estilizado. Jorongo estilizado. Calzón de manta estilizado. Lo que vestían las chicas esta noche era también estilizado. Y lo que estilizaron los diseñadores que les crearon los atuendos fue una cierta idea ya no de lo mexicano sino de lo indígena. México es flores de colores chillones. México es preindustrial, premoderno y, por tanto, prehispánico. Es el país del civilizado que, por incivilizado, cultiva la nostalgia del buen salvaje. ¡Viva Yan Yak Rusó (o como quiera que se escriba)! ¡Viva México!

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En el mismo tenor: el término “diversidad cultural” entendido como sinónimo de indigenismo. Y el señor que profiere tal expresión y le da tal sentido vestido con una muy europea (y muy envidiable) camisa de toile de Vichy rosa, adornado el bolsillo pectoral con un cocodrilito de Lacoste. ¡Viva la culpa ancestral, perpetuada ad aeternum! ¡Viva México!
La coreografía entendida como calistenia relax y desmadrosa.

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La incapacidad de seguir en personaje una vez que una cámara de televisión está cerca. El vacuo afán protagónico de sonreírle, de saludarla, de dedicarle una ve de la Victoria (de la Victoria Ruffo, supongo), de pintarle güevos, de gritarle “¡Uuuuuuuuuuuu!”. Salir en la tele como meta final de toda existencia, si no humana, cuando menos mexicana. ¡Viva la improvisación (y no aludo aquí a la jazzística)! ¡Viva México!

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Un puñado de escenas hermosas. Kukulcán convertido en dragón chino y rodeado de C3POS con mascarón de Pedro Infante o de Benito Juárez (lucía mucho mejor de lo que suena su descripción aquí: lo juro). Un cabaré de los 50 rodante, y con divas de la canción bien dispuestas ya no al entretenimiento -¡quién podría escucharlas!- sino al reventón. La Directora de Orquesta bellísima, el rostro extraviado por efecto de la música (el Danzón 2 de Márquez, a un tiempo tan pop y tan solvente), la batuta precisa, las jóvenes cancioneras convocadas a estrenarse como solistas orquestales preciosas. Se trata, sin embargo, de ocurrencias sin idea de fondo. No es noche para el relato sino para el relajo, no es momento para la dialéctica sino para el cadáver (semi) exquisito. ¡Viva la vacuidad espectacular! ¡Viva México!

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El Coloso que hace pensar en Colosio -la expresión triste, la mirada gacha, la espada rota-, que, a decir de quien lo esculpió, “denota la pena, el hambre”, y que sin embargo ha sido concebido para alzarse en la plaza principal de la capital, por sobre todos nosotros. ¡Viva la autocompasión institucionalizada! ¡Viva México!

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Y la imagen indeleble, que hubo de ser la primera. El barquito de papel tripulado por niños, que intenta navegar por un mar de nopales. Hilemos la metáfora nomás por joder. ¿A dónde llegará un barco tripulado por críos?

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¿Y cuánto resistirá si está hecho de papel? ¿Y cómo se puede bregar por un sendero de espinas?

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¡Viva el acto fallido! ¡Viva México!

martes, septiembre 14, 2010

Luz María Dávila / I (Diario Milenio/Opinión 14/09/10)

Hace aproximadamente siete meses, las palabras con las que Luz María Dávila imprecara al presidente Calderón le dieron la vuelta a la nación. Apenas unos días antes, en lo que todavía se denomina como una “equivocación”, un comando había asesinado a 17 jóvenes que participaban de un convivio en Villas de Salvarcar, una colonia en el suroeste del centro urbano más peligroso de México, si no es que del mundo entero: Ciudad Juárez. Dos de esos jóvenes eran sus hijos: Marcos y José Luis Piña Dávila, de 19 y 17 años de edad respectivamente. Sus únicos hijos. Los piñitas; así les decían. La reacción de Luz María Dávila ante su pérdida personal y el dolor colectivo no sólo me conmovieron como a tantos otros sino que también me hizo sentir una especie de sedimentado orgullo por ser conciudadana de esa mujer que, como Antígona, no se amedrentaba. Admiré, pues, de entrada, su valentía. Usted no es bienvenido, señor Presidente. Yo no le doy mi mano. Y luego, a medida en que desdoblaba su lenguaje, admiré incluso más su dignidad. Ya lo decía Borges: Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas corresponde a la victoria.

La noticia de la masacre, una más en una escalada de violencia que no ha dejado de aumentar desde que el presidente Calderón impusiera unilateralmente una guerra del todo fallida sobre el país, dejó impávidos a muy pocos. Luz María Dávila, una trabajadora de una maquiladora de bocinas, había pronunciado palabras que, siendo como eran poderosas y trémulas, también eran básicas y certeras. Por esa razón, decidí entonces resaltar esas palabras suyas, mezclándolas con las de Sandra Rodríguez Nieto, una de las periodistas que reportó los eventos; así como con algunos adjetivos de Ramón López Velarde, el poeta que releía por enésima vez en ese entonces. Lo que resultó de ese primer encuentro apareció en mi blog el 12 de febrero. El texto respondió al título de La Reclamante: Discúlpeme, señor Presidente, pero no le doy/ la mano/ usted no es mi amigo. Yo/ no le puedo dar la bienvenida/ Usted no es bienvenido/ nadie lo es.// Luz María Dávila, Villas de Salvarcar, madre de Marcos y José Luis Piña Dávila de 19 y 17 años de edad.// No es justo/ mis muchachitos estaban en una fiesta/ y los mataron.// Masacre del sábado 30 de enero en Ciudad Juárez, Chihuahua, 15 muertos.// Quiero que usted se disculpe por lo que dijo/ señor Presidente, que eran pandilleros…/ ¡Es mentira!/ Uno estaba en la prepa y otro en la UACH;/ no estaban en la calle,/ estudiaban y trabajaban.// Porque aquí/ en Ciudad Juárez, póngase en mi lugar// Villas de Salvarcar, mi espalda, mi fulmínea paradoja// hace dos años que se están cometiendo asesinatos/ se están cometiendo muchas cosas// cometer es un verbo fúlgido, un radioso vértigo, un letárgico tremor// se están cometiendo muchas cosas y nadie hace algo./ Y yo sólo quiero que se haga justicia,/ y no sólo para mis dos niños// los difuntos remordidos, los fulmíneos masacrados, los fúlgidos perdidos// sino para todos. Justicia.// Encarar, espetar, reclamar, echar en cara, demandar, exigir, requerir, reivindicar.// ¡No me diga ‘por supuesto’, haga algo!/ Si a usted le hubieran matado a un hijo,/ usted debajo de las piedras buscaba al asesino// debajo de las piedras, debajo de piedras, debajo de// pero como yo no tengo los recursos// limosnas para las aves, mis huesos/ mi carne/ de tu carne mi carne// póngase en mi lugar, póngase/ mis zapatos, mis uñas, mi calosfrío estelar// no los puedo buscar porque no tengo/ recursos, tengo/ muertos a mis dos hijos.// Byagtor: entierro a cielo abierto que significa literalmente “dar limosnas a los pájaros”.// Tengo mi espalda. Mi lágrima. Mi martillo./ No tengo justicia. Póngase/ en su sitio: Villas de Salvárcar, ahí/ donde mataron a mis dos hijos.// Usted no es mi amigo, ésta/ es la mano que no le doy, póngase/ Señor Presidente/ en su lugar, le doy/mi espalda// mi sed, le doy, mi calosfrío ignoto, mi remordida ternura, mis fúlgidas aves, mis muertos// Y la mujer bajita, de suéter azul, salió del salón limpiándose las lágrimas.

En aquel entonces no sabía yo que una casualidad me llevaría a conocer personalmente a Sandra Rodríguez en la Ciudad de México y que, todavía un poco después, sería invitada a participar en un festival literario que me llevaría de regreso a Ciudad Juárez y, en consecuencia, a Luz María Dávila. En aquel entonces yo no sabía que, ante la insistencia de la pregunta acerca de los héroes del bicentenario, terminaría pensando en la conducta de esa mujer bajita de suéter azul como una que recupera, concentrándolas, siglos enteros de esas tradiciones de resistencia popular que han mantenido al país a flote ante la ineptitud de sus gobernantes. En aquel entonces no sabía yo, pues, que regresaría a su casa a preguntarle: Y a siete meses de su pérdida que es nuestra, Doña Luz María, ¿qué le diría usted ahora al Presidente?

La svástica y el martillo (Diario Milenio/Opinión 13/09/10)

La edad de la inocencia


Entre los criminales nazis más perseguidos y nunca llevados a juicio, destaca el nombre de Alois Brunner, hombre de confianza de Adolf Eichmann cuya huella se pierde en Damasco, donde se cuenta que llegó a ser muy útil como instructor de policías y verdugos. No se sabe si vive, y como en estos casos suele ocurrir no falta quien afirma haberlo visto vivo, aun en este siglo (tendría que ser fácil reconocerlo, ya que le falta un ojo y varios dedos por sendas cartas-bomba del Mossad). Nacido en 1912, habría cumplido ya los 98 y es seguro que quien pudiera verlo no reconocería a un asesino de la peor calaña en ese viejecillo mutilado, acaso de apariencia bondadosa, o simpática, o al menos indefensa. Y aun en el caso de que fuera detenido, deportado y llevado a juicio, estaría por verse quién propondría colgar o fusilar a un hombre de cien años, o quién lo lograría sin parecérsele.

El último común denominador entre malvados de la talla de Julius Streicher, Hermann Göring, Martin Bormann, Reinhard Heydrich, Hans Frank, Josef Goebbels o Heinrich Himmler fue que ninguno pudo llegar a viejo y concitar así el respeto, piedad o simpatía que en su momento nadie los viera dispensar. El reciente caso de John Demjanjuk, llevado a juicio a los 90 años entre ambulancias y sillas de ruedas, ha dejado una estela de imágenes incómodas, aunque menos que las acusaciones por decenas de miles de asesinatos que lo hacen un anciano nada venerable. Si la vejez nos vuelve olvidadizos, esperamos que aquellos a quienes ofendimos no nos guarden rencores memoriosos, pero he aquí que los nazis y sus valedores se pasaron años luz de la raya, y es así que su ejemplo inalcanzable suele ser hoy en día el más auspicioso: no importa la calaña del malvado, siempre estará debajo de las marcas impuestas por los prototípicos monstruos de la svástica.

Compárome y absuélvome


Tuvo que ser Stalin el primer genocida en compararse ventajosamente con Hitler, de modo que a la fecha el carnicero de Georgia goza de mejor prensa que el palurdo de Linz. Si la figura de éste parece impresentable dondequiera que impere la razón, la villanía de aquél parecería incluso cosa de opiniones, especialmente entre quienes no admiten opiniones diversas a la suya. Si al neonazi, bravucón natural y displicente intrínseco, se le mira con asco, lástima o desprecio, el neoestalinista, fraternal fariseo, se las da de filántropo y progresista, razón que le parece más que buena para ver al distinto como adversario, y en su momento equipararlo a los nazis: una exageración que rinde dividendos invariables, y cuyas regalías paradójicamente corresponden a los propagandistas del nacional-socialismo. Si Goebbels y los suyos impusieron el terror a fuerza de encontrar bolcheviques hasta en el sauerkraut, sus émulos actuales, enmascarados como sus antípodas, son capaces de hallar bigotitos recortados en el armario de su propia madre.

Cuando Fidel Castro llegó al poder en Cuba, había pasado una docena de años desde que se cumplieron las sentencias por los juicios de Nuremberg, Stalin tenía un lustro de ser fiambre y Jrushchov se afanaba en el difícil trance de cambiarlo todo sin por ello tener que cambiar nada. Cincuenta años más tarde, todavía poderoso como nadie en la isla pero ya no oficialmente al mando, el dictador no para de encontrar adversarios, y no lo piensa mucho para medirlos con la vara destinada a los nazis. Ya no es el hombre duro y enérgico que podía dar discursos de doce horas a un público cautivo, literalmente, y en ellos acusar y condenar lo que a su personal entender conviniera, sin réplica posible, sino un viejo sonriente y campechano que se esfuerza en caber en el papel de abuelo sabio, como lo llama alguno entre sus fans. En lugar de sus botas chocando contra el piso, se escucha el resonar de esas sentencias destempladas que suelen ser sus tan mentadasReflexiones, donde el autor invita a sus lectores a ejercer junto a él la desmemoria, y de paso apoyarlo en su misión reciente de salvar al mundo.

El olvido reflexivo


Durante años lo vimos retratado con esos pants Adidas que cualquier cubano puede comprarse, si es que vive en Miami o más allá. Hoy ha vuelto a ponerse el uniforme, y he aquí que en su versión de líder redivivo la edad viene a sentarle de maravilla. Con esa pinta de patriarca otoñal, Castro es hoy día el abue de los progres. Escribir su columna reflexiva es un poco sentarlos en sus piernas y contarles historias de la guerra fría, y dormirlos con cuentos de países remotos donde, como él, los nazis resucitan y deportan gitanos hacia sabrá el demonio qué campos de exterminio. Cierto es que de repente el viejo desvaría, como pasó con el corresponsal ante quien tuvo la graciosa ocurrencia de confesar que el modelo de Cuba no sirve ni siquiera para los cubanos, para luego decir que dijo lo contrario, o cuando menos lo quiso decir, pero en su situación todo se le disculpa. El mismo presidente Sarkozy —cuyo más que evidente narcisismo lo descalifica para ser un Pétain del siglo XXI— se ha abstenido de comentar él mismo al respecto, quizás muy ocupado en verificar que no haya algún gitano metido en el armario de su famosa esposa.

Cada día que pasa, las Reflexiones del Coma Andante lo ponen a resguardo de la crítica, que es al fin como siempre le ha gustado sentirse. Parecería abusivo recordarle que se cura en salud, cuando a leguas se nota que su memoria está dando de sí. Se comprende, no obstante, que sufra y se desgarre las vestiduras por los gitanos arbitrariamente deportados, toda vez que le falla la memoria y no tiene presentes las leyes aún vigentes, comparables a las de Nuremberg del 35, promulgadas por él y sus esbirros, según las cuáles cualquiera puede ir a la cárcel por su pura presunta peligrosidad. Se le habrán olvidado sus deportados, recién echados de la cárcel al destierro sin más alternativa. Se quedaría dormido a media Reflexión. Pero eso sí, algo sabe y no olvida en el tema de los estados policiacos. Si por él fuera, nunca habría dejado salir a esos gitanos. Los habría sermoneado, adoctrinado y aborregado, o en su caso encerrado o sacrificado, si les llegaba a ver caritas de neonazis imperialistas. Que para eso es muy bueno, le ha contado a sus nietos. Si es que todavía vive, Alois Brunner tendría que estar temblando.