martes, abril 20, 2010

Las penas del puntero (Diario Milenio/Opinión 20/04/10)

La cruz del de adelante
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Para quienes, de niños, solíamos perder en casi todos los juegos, la experiencia de verse rebasado no era ni con mucho traumática. Por el contrario, uno aprendía de eso a ganar otras cosas, como resignación, paciencia y una ambición oculta, por ridícula, de pronto confundible con ensoñación: la de un día vencer ya no tanto al contrario como a sí mismo; conquistarse, atreverse, ir más allá de lo que nadie espera. ¿Qué es lo que pierde uno cuando en vez de perder se habitúa a ganar? Al menos en el ámbito de las competiciones —y hay quienes piensan que éstas lo abarcan todo— sólo una desventura supera la del siempre perdedor, y ésta es la del perpetuo ganador: ese infeliz secreto que a cambio de la gloria fugaz de los aplausos se obliga a ser mañana quien fue ayer, so pena de caer del penthouse hasta el sótano en un solo tropiezo. Nadie en su sano juicio y buena leche aconsejaría al perpetuo ganador que se creyera cuanto elogio escucha, o asumiera que todo seguirá siempre así, o tomara distancia de quienes aún se atreven a increparle, pero quien se acostumbra a dar por hecho el triunfo difícilmente aceptará otro consejo que los rendidos a su monomanía.
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Es, por cierto, verdad de Perogrullo que en cualquier situación todos quieren ganar y ninguno perder, pero bien poco aprende quien se habitúa a no tener a nadie por delante, y en tanto eso vivir dando la espalda al resto de los competidores. Qué monserga intrincada tiene que ser no convertirse en un perfecto papanatas cuando hay que dar la cara por tantas hazañas, que sin embargo no parecen bastantes porque el mañana sigue comprometido a extender los aplausos del ayer y ya nada parece pesar más que esas ansias. Semejante hipoteca del espíritu suele llevar a algunos a opinar —no sin envidia, las más de las veces— que el mortal en cuestión pactó con el demonio, y lo cierto es que son contratos tan afines que hay que ser un experto para diferenciarlos entre sí.
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Gracias por la derrota
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Hará un año que los cronistas deportivos coincidían en ver a Tiger Woods y Rafa Nadal como los deportistas más competitivos del planeta. Poco tiempo después, le tomó a éste un solo partido —el de Robin Söderling en Roland Garros, retransmitido hasta la náusea cual si fuese la ejecución de Luis XVI redivivo— y a aquél un zipizape conyugal caer del pedestal de palabras donde los habían puesto. “He visto a Rafael estrellar en el piso el control de la PlayStation, pero jamás una raqueta en la cancha”, dice orgulloso el tío Tony, que además de entrenarlo se encarga de afirmarle los pies en el piso, al extremo de no aceptarle sueldo alguno y prohibirle el acceso a “privilegios que luego duele perder”. Lejos de refugiarse en presuntas mansiones de Mónaco o Dubai, el entonces aún número uno del mundo volvió del escenario del regicidio al domicilio familiar, donde el abuelo sigue escandalizado “porque a un chaval de esa edad le den toda esa pasta”. Ya habría querido alguien como Mike Tyson tener el diez por ciento de esa protección.
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Once meses después de haber sucumbido al saldo del desgaste propio de jugar cada punto como si fuera el último, tras superar lesiones físicas y anímicas —éstas menos notorias, en principio— y desde entonces ganar y perder calibrando el valor de la experiencia, antes que el resultado, el Matador Nadal ha mordisqueado al fin un nuevo trofeo, luego de hacer puré a Fernando Verdasco y darse a sollozar sobre la toalla (nadie como él sabrá la cantidad de diablos contra los que ha peleado para salir con esa fuerza a la cancha). No debería ser tan sorprendente que Verdasco, al tomar el micrófono, haya empezado por dar las gracias a su contrincante, no sólo por cuanto hizo en este torneo, como por las seis copas consecutivas que se ha llevado ya de Monte Carlo. ¿Pues cómo, sino yendo tras las huellas de una bestia salvaje puede uno enseñarse a afilar las garritas, y eventualmente hacerle algún rasguño? ¿Y cómo no apreciar la lección del amigo-fenómeno que te borra del campo de juego sin trampas ni rabietas ni desplantes?
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Tigre al agua
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Poco antes de que el aura de Tiger Woods rodara lecho conyugal abajo hasta los precipicios de la ignominia, recibí una propuesta inaceptable: escribir un artículo comparando a Tiger Woods con Roger Federer. Sabía demasiado sobre uno y muy poco del otro. Cierto que había visto a Woods hacerse con trofeos acá y allá, y alzar el puño ante el público en pie luego de un nuevo eagle milagroso, e inclusive silbar la tonada de Eye of The Tiger en un comercial, pero hasta entonces nunca lo vi caer, cuantimenos llorar, cual era el caso del tenista legendario.
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Francamente no me imagino a Roger Federer escenificando un papelón como el de Tiger Woods a la hora de pedir público perdón por sus deslices. Un montaje evidente, espeluznante, donde sólo faltaron humos de hielo seco, dedicado a esas almas pudibundas que aún pierden el sueño de saber que su Tigre es, amén de campeón, un pitoloco. Si alguna vez el hoyo 19 había estado en todas partes, no lo estaría ya más allá del Hogar. Una vez autoabsuelto, Woods volvió a competir en la edición reciente del Masters de Augusta, donde alcanzó un notable cuarto lugar, tomando en cuenta el medio año de ausencia. No obstante, entrevistado tras el último hoyo, un Woods con las facciones tiesas por el enfado se declaró del todo insatisfecho. “Si yo voy a un torneo, es para ganarlo”, subrayó, diríase que empeñado en demostrar que poco o nada ha aprendido de su paseo por el purgatorio. Dos momentos más tarde, el vencedor Phil Mickelson abrazaba a su esposa, que había ido a esperarlo al hoyo 18, todavía débil por su pelea vigente contra el cáncer. Un escenón, sin más efectos especiales. Volví un poco hacia atrás la grabación y apareció de nuevo Tiger Woods, sinodal y hagiógrafo de sí mismo, solo con su disgusto de triunfador perpetuo en stand-by. Moralejas aparte, no sé si alguna vez vi a un campeón con tan mala puntería.

miércoles, abril 14, 2010

¿Y en Puebla, dónde están las ideas?-Pedro Ángel Palou (Diario El Columnista 13/04/10)

Puebla necesita ideas, le urge reprensarse como estado para no quedar en el furgón de cola del desarrollo del país. Se han hecho variados diagnósticos y no dudamos que los candidatos a la gubernatura tengan el propio. ¿Por qué no comparten con sus electores sus programas? ¿A qué le temen?
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Primero hay que definir a Puebla en el contexto nacional, sin complejos de inferioridad pero también sin sueños imposibles de alcanzar. En 1961 Puebla sufrió un cambio radical gracias al gobierno del ingeniero Aaron Merino Fernández. La Volkswagen, la carretera, Hylsa, entre otras empresas, hicieron crecer el producto interno bruto y la competitividad de una parte de nuestro estado. Antes de eso vivíamos ya de un pasado glorioso por la industria textil. La falta de visión, la competencia desleal y la no renovación de la maquinaria, entre otras razones, hicieron que esa aparentemente inagotable fuente de ingresos desapareciera como opción. Hoy el acero no es nuestro fuerte, la industrial textil cayó estrepitosamente y hemos pasado a ser meros maquiladores. Por si fuera poco dependemos de una sola empresa automotriz y de todas las pequeñas fábricas y empresas que le sirven y trabajan. Cada que hay amenaza de huelga, de cierre o simplemente de recorte en la armadora Puebla literalmente tiembla.
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Nuestro campo produce poco y no ha conocido formas novedosas de reorganizarse. El café, por ejemplo, es de pena ajena. A una hectárea o hectárea y media y sin cooperativas o beneficios fuertes buena parte de la cosecha se pierde, se pudre o se llena de plagas. No hay valor agregado, cosecha orgánica, exportación bien pensada. La papa, por su parte, en la zona de Tlachichuca, Ciudad Serdán y las faldas del Citlaltépetl no se ha agroindustralizado y ninguna procesadora (por ejemplo Sabritas) quiere venir porque no se asegura la cantidad mínima diaria. Las Sierras (Norte y Negra, así como Mixteca) apenas dan para el consumo personal y los diversos programas, (flores o agave mezcalero) no han dado los resultados que se esperaban.
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Los fracasos totales o relativos de La Célula este sexenio y de los Parques Industriales (simplemente Ciudad Textil, por ejemplo), nos deberían poner en alerta. Puebla no parece tener vocación industrial, pero sí de servicios. Somos, ya por naturaleza –desde que fuimos fundados como ciudad de paso entre Tepeaca y la Ciudad de México, para así llegar a Veracruz-, un lugar de comercio. Es el sector terciario y de servicios una de las fuentes de crecimiento de Puebla. Le he oído decir en privado al menos tres veces a Carlos Slim –que algo sabe de esto- que una inversión cuantiosa en centros de redistribución sería muy rentable. Nuestra localización geográfica como puerta del sureste es en ese sentido decisiva e incluye a Centro América. Somos comerciantes, somos un lugar de paso. Esa vocación no nos demerita si sabemos sacarle jugo en una economía global.
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Puebla tiene 217 municipios y al menos 6500 comunidades menores a mil quinientos habitantes. Conclusión: la dispersión poblacional es uno de nuestros principales problemas. Urge microregionalizar al Estado. Definir prioridades inter e intra municipales. Detonar regiones específicas según proyectos compartidos. Hasta que esto no se haga con esmero y con participación ciudadana tendremos una metrópoli medianamente rica que no puede seguir creciendo anárquicamente y algunas regiones francamente pobres, de otro mundo. Educación, salud y carreteras sin desarrollo regional sólo produce expulsión poblacional (y no se nos olvide que hoy 1 de cada cinco poblanos vive en Estados Unidos).
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Las universidades son otras de nuestras fortalezas, pero han sido subutilizadas. Cuando en el sexenio pasado se perdió la posibilidad de traer a Motorola todos debimos preguntarnos qué hicimos mal. No producimos en los tecnológicos la mano de obra suficiente y calificada como para competir en una maquila un poco superior, la de los componentes electrónicos y cibernéticos (como si lo hacen zonas enteras de la India), no producimos suficientes alumnos de lenguas como para intentar crecer en otra área de servicio, los centros de llamadas (otro logro de Bangalor, en la India), no producimos, en pocas palabras, alumnos competitivos para el contexto global y local. Producimos muchos alumnos que trabajan de otra cosa: abogados taxistas, médicos panaderos, contadores choferes de ambulancia. Algo está completamente errado en la manera en que orientamos las profesiones, abrimos licenciaturas y posgrados u otorgamos permisos para ello. Puebla tiene más universidades que ningún estado de la república y eso no nos hace fuertes ni competitivos ni tecnológica ni profesionalmente. Es algo que urge revisar con cuidado, junto con los rectores y académicos. Nuestro Consejo de Tecnología debe incorporarse verdaderamente a los proyectos de desarrollo, igual que nuestro Colegio de Puebla, que urge se reinserte con calidad al sistema de Colegios dependientes del Colegio de México, razón por la que se lo fundó en la época de Jiménez Morales. En Michoacán, por ejemplo, el Colegio fundado por don Luis González ha sido una fuente de ideas y de proyectos de desarrollo regional.
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La Cultura de Puebla debería generar un turismo sustentable, que se quedé más de un día, que no sólo venga a comer a la ciudad. El estado entero debería pensarse en términos de su capacidad para atraer turismo de la tercera edad, turismo de investigación y turismo ecológico y de aventura. Si esto no se convierte en una de las fuentes centrales de ingresos habremos desperdiciado una de las herencias más importantes que tenemos. En Puebla vivimos de nuestro pasado, pero no le agregamos valor a las cosas. Muchos Exconventos o sitios arqueológicos están cerrados si se les visita, no hay donde comer o simplemente sentarse, las comunidades de alrededor ni viven de los lugares ni se preocupan por su conservación. Es una pena que con toda nuestra historia vivamos de Africam Safari, nuestra única fuente importante de turistas (más de un millón al año), con el problema de que vienen sólo por el día y regresan a sus estados o al DF.
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Turismo y cultura es un estado como el nuestro son un binomio indisoluble. Urge repensar el papel del fomento a las artesanías populares, a los artistas locales, a los festivales, en términos de hacer de Puebla un lugar verdaderamente atractivo. No tenemos un festival de Cine como el de Morelia o Guadalajara, ni una Feria del Libro realmente importante, ni un Festival Musical propio. Hemos probado con el FIP y con Barroquísimo con resultados meramente locales porque ha faltado inversión estatal y de la iniciativa privada en eventos que sean atractivos y que no vayan al DF, que se queden aquí. Los mejores anunciados nunca han llegado (Philipp Glass, Michel Nyman, por mencionar algunos).
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Y lo más triste de todo, con lo que termino este primer diagnóstico, es que no hay participación ciudadana, ni de expertos ni de ONG´s que detone una nueva perspectiva. Ni los candidatos parecen tomarnos en cuenta: luchan entre sí, no nos proponen ideas novedosas ni nos consultan. ¿Cómo esperan que la gente salga a votar por una nueva Puebla?

martes, abril 13, 2010

La guerra perdida /I (Diario Milenio/Opinión 13/04/10)

Como con cierta frecuencia en una taquería semiambulante que se llama El Chapo —sus tacos de cazón a la plancha no tienen rival alguno alrededor—. Entre uno y otro punto de la ciudad en la que paso más o menos dos de las cuatro semanas del mes suelo encontrarme con un par de retenes militares y todavía más de esos apresurados convoyes que nos obligan a orillarnos a la orilla (¿adónde más, puesn?). Lo de las sirenas policiacas (bueno sería que fueran de las otras) es cosa de a diario. Cuando se callan, que no es muy seguido, es que logro escuchar el sonido del mar: hosco, constante, ruido sucio. Algunos integrantes de mi familia reportan hechos todavía más alarmantes desde la otra esquina del país: toques de queda, cancelación de recreos, restaurantes vacíos, calles por las que no se atreve a transitar nadie. Todo esto es desde siempre. Un siempre definido, claro está, como desde hace una media decena de años. Un poco más. Un poco menos.
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Hemos compartido el mismo cielo ya por mucho tiempo, quiero decir. Nosotros sabemos de ellos y ellos de nosotros. Entre más pasa el tiempo nosotros somos menos Nosotros y ellos menos Ellos. La permeabilidad tiene su precio. Pero pocas veces como en esta semana se me han apersonado tan de frente: en las portadas de las revistas que leo, en el área de comentarios de los periódicos que desmenuzo, en la pantalla de mi computadora. El narco. El jefe de Jefes. La plaza. Los siento, como pocas veces, aquí cerquita. Podría tratarse de un mero efecto ecfrástico, puesto que estas imágenes ya pasaron de la indiferencia a la esperanza y luego al miedo, pero el número de muertos es demasiado real. Las mujeres. Los estudiantes. Los niños, ahora. En el libro Horrorismo, una exploración de la violencia contemporánea que toma partido por la visión y la experiencia de la víctima inerme, Adriana Cavarero decide dejar de lado el glamour y la mitificación que usualmente acompaña a las acciones del guerrero. A eso no pocos le llaman una narrativa épica. Compartiendo como comparto esa postura (pocas cosas más tediosas que la mente de un asesino serial, si me lo preguntan), no puedo dejar de poner atención a la súbita cercanía mediática del narco. Recuerdo el lema de mi espejo retrovisor: los objetos están más cerca de lo que aparecen.
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Siempre he sido reacia a creer en héroes de cualquier tipo, especialmente si vienen con las señas y modos de la virilidad más aparatosa (supongo que por eso no caí en el encanto de los super-héroes de cómics, en los que el único poder de las mujeres, todo me lo decía entonces, consiste en volverse invisibles o en crear campos de protección). Por eso cuando empecé a escuchar los primeros corridos o a revisar las primeras novelas con narcos como motivo mantuve una distancia que me gustaba describir como crítica. Las declaraciones que Zambada le propinó al periodista Julio Scherer y los mensajes anónimos que aparecieron en la sección de comentarios de una noticia acerca de un de facto toque de queda ocurrido en Tampico, Tamaulipas, me obligan, ahora, a volver la vista. ¿Qué país es éste, Agripina?
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En lo que ha sido una estrategia mediática bien organizada, Zambada, un hombre poderoso, que explícitamente se dedica a un negocio ilícito, tuvo el buen tino de convocar a un periodista respetado para hacer un par de declaraciones importantes. Eligió bien. Se saltó a los otros periodistas, esos a los que, aunque reaccionaron con alarma y desdén ante la celebración del cronicado encuentro, pronto les sacaron sus recibitos salinistas al sol en la prensa nacional. Eligió al periodista que ya le había dedicado horas de atención a Sandra Ávila, la mujer que atravesará la historia, en parte gracias a su libro, como La Reina del Pacífico. Eligió, y se lo hizo saber en pose de anfitrión, en pose de dueño de la plaza, porque lo había leído. En un país donde el promedio de lectura al año alcanza apenas la escandalosa cifra de un libro, esta declaración no deja de tener su evocadora relevancia.
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Los mensajes explícitos fueron, en efecto, explícitos: no atentó contra Calderón, el Ejército comete atrocidades, la corrupción social es lo que mantiene vivo al narcotráfico, la guerra contra el narco está, luego entonces, perdida. La realidad, para colmo de males, le dio la razón casi de inmediato: el Ejército asesinó a dos niños en la carretera Matamoros-Reynosa-Nuevo-Laredo justo el domingo de Pascua, apenas un día antes de que se publicaran sus declaraciones. Pero no es lo que declaró lo más importante de esa historia, sino lo que dijo. Porque si de lo que se trata es de no mitificar ni mucho menos engrandecer al narco —un peligro cierto en un país en que ante una legalidad percibida como ilegítima suele anteponérsele una poderosa ilegalidad— entonces habría que devolver su discurso al terrizo terreno de la tierra.
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Veamos. Antes de hacer sus declaraciones, Zambada se contextualizó. Dijo: primero platiquemos. No es necesario ser un especialista en hermenéutica ni un profesional lector del entrelineado para resaltar lo que el mismo Zambada resaltó: un discurso patriarcal donde las fronteras de género además de bien definidas quedan bien desniveladas. Zambada insistió en presentarse como un hombre de familia, un patriarca al tanto de y preocupado por la suerte de su mujer, sus cinco hijos, a uno de los cuales, el primogénito por más señas, admitió “llorar”. También se expresó, aunque brevemente, de sus otras cinco mujeres, 15 nietos y un bisnieto, todos según aseguró, “gente del monte”, como él mismo. No habló, por supuesto, de las poderosas Reinas del Sur, las damas que, como Sandra Ávila, nacen dentro de sus filas y gozan, por lo mismo, de cierta permisividad y autonomía. Tampoco se refirió a las carismáticas buchonas que, como se sabe, suelen ser flores de ciudad. No habló de las que han aparecido —al menos una, en Tijuana, no hace mucho— decapitadas en la vía pública después de algún desaguisado, digamos, romántico. Una primera tentativa para desmitificar al narco tendría por fuerza que pasar por una crítica general a las nociones de masculinidad que éste reclama y alienta. Si Zambada, de manera astuta, quiso resumir su idea de lo que es un hombre de fiar en frases tales como “tiene mi palabra”, “mi esposa, 5 mujeres, 15 nietos”, “mijo”, “agricultura y ganadería”, “todos mienten”. Habría que recordar que el clima de violencia de género que se respira no sólo en la plaza de Ciudad Juárez sino en lugares donde las estadísticas son incluso más alarmantes, como en el Estado de México, están en gran parte relacionadas a las agresivas respuestas con que se reciben los reacomodos del núcleo familiar y las cambiantes conductas de género en el México contemporáneo. Carlos Carrera, con guión de Sabina Berman, supo poner esto muy bien en su cinta Backyard.

lunes, abril 12, 2010

Furtivos del infierno (Diario Milenio/Opinión 12/04/10)

El orco está Kabul
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Hace unos días que debí responder a una de esas preguntas que uno suele rehuir, no nada más por falta de respuesta sino porque ya intuye que inclusive si se la saca de la manga terminará diciendo una sandez y no quiere soltarla delante de un micrófono. “¿Qué es para ti el infierno?”, retumbó la pregunta y en ese mismo instante me sumí en el perol del extravío mental. Respondí cualquier cosa, resignado a no ir más allá de mi candor, pero igual la cuestión se quedó allí flotando, un poquito rehén del pudor tardío porque seguro había metido la pata. Había dicho, eso sí, que el infierno es un sitio de esta vida y no de alguna otra, pero me abstuve a tiempo, merced a las alarmas del repelús, de dar ejemplos ñoños (¿y cuál no lo es, por cierto, cuando toda metáfora exitosa del averno tarda tres cuartos de hora en hacerse lugar común?). El punto es que en la noche todavía me seguía bailando la pregunta en el coco, ya no tanto qué diablos era el infierno sino cómo era eso y dónde estaba.
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Como suele pasar, y en estricta obediencia de las leyes de Murphy, la respuesta llegó con horas de retraso. Era ya madrugada y recorría, control remoto en mano, la guía de películas disponibles cuando advertí que estaba a punto de comenzar un documental producido por HBO que bien podía valer una hora y media más de insomnio. Afghan Star, se titula, y se basa no más que en las vicisitudes que ha debido enfrentar el programa de concurso del mismo nombre en un país donde hasta hace pocos años se prohibía cantar o escuchar música, y el acto de bailar bien podía pagarse con la vida. ¿Pero es que eso ha cambiado, en realidad? Tal es el ingrediente que hace de la peripecia de productores y concursantes una suerte de gesta heroica que se ve como un thriller de otro planeta.
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Estrella y heroína
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En todo caso es un planeta miserable, donde la cotidianidad transcurre entre las ruinas y la vida humana no alcanza a cotizarse muy por encima de una televisión descompuesta. No obstante, y muy probablemente en consecuencia, menudean los ojos y oídos azorados ante la más pequeña ventana que comunique con el resto del mundo: una tentación ya de por sí pecaminosa, cuando no clandestina. “¿Es cierto que allá en Kandahar tomabas en secreto clases de canto?”, le preguntan a Lima, una de las dos insólitas presencias femeninas en el concurso, residente de la ciudad-bastión de los talibanes, y ella que de por sí se sabe amenazada termina de ponerse la soga al cuello: “En Kandahar todo se hace en secreto.” Conforme va avanzando el concurso, y así su trascendencia se extiende a lo ancho y largo del país, para furor de unos y rabia de otros, uno asiste a las nuevas escenas con la aprensión de quien ya sólo espera el próximo atentado.
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Las solas aventuras del conductor —que antes de ser estrella de TV ya arriesgaba el pellejo vendiendo televisores clandestinamente— dan para una película de acción, pero nada conmueve ni en su momento asusta más que la valentía de los participantes, que luego de exhibirse cantando en la pantalla tendrán que regresar a sus ciudades a enfrentar las probables consecuencias de lo que hasta hoy es altísima osadía, más aún en el caso de las mujeres. ¿Y no es cierto, además, que menudean entre el público de la emisión las cabezas femeninas descubiertas, los labios rojo intenso, las sonrisas, los gritos, el desenfado? Para quien da la vida por obedecer a un fanático del calibre del mulá Omar, que ha leído completo el Corán sin antes molestarse en aprender a leer, tales afrentas son una vergüenza y exigen ser lavadas con la sangre caliente del infractor. ¿Quién, que no sea una heroína de su tiempo, puede vivir en Kandahar y aparecer cantando en un programa de concurso?
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Asilo en el purgatorio
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Tal vez el espectáculo más escalofriante —el que más alebresta, cuando menos— es el de Setara, la concursante de Herat que al momento de despedirse, tras ser eliminada, tiene el atrevimiento de acompañar su canto con unos cuantos pasos de baile, para pelos parados de Afganistán entero. Nada más regresar del escenario, la concursante ya es una apestada, pero es al paso de unos cuantos días que la noticia acaba de calar en una sociedad que la ve entre el desprecio y la lástima. Nadie en la calle dice que vaya a matarla, pero hasta quienes quieren pasar por piadosos opinan que Setara se lo ha ganado. Y ella insiste en que lo hizo porque era necesario, alguien adentro de su alma de artista necesitaba de esa liberación. Tras la cual la esperaba la repulsa de propios y extraños y una vida de pánico porque se ha convertido en símbolo y a un símbolo se le odia con dos condiciones: a muerte y de por vida.
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Es imposible echar a andar un programa de esta clase, ya sea en Kabul o Tokio o Nueva York, sin que su incalculable capital de candor termine convertido en melcocha, pero pasa que en Afghan Star esa melcocha es todo lo que queda de alegría en un sitio que aún ahora —con mulás y verdugos a salto de mata— daría la talla para calificarse de infierno, y se empeña no obstante en parecerse un poco al purgatorio (que no es más que un averno con puerta de salida, pero hay que ver lo que ese detallito puede hacer por el ánimo de los inquilinos). Solamente llegar a la final, tras superar obstáculos de toda índole, tiene un sabor de triunfo que, vistos y temidos tantos horrores, deja corto a los seis de Rocky Balboa. Sigo, pues, sin saber bien a bien cómo describiría a la capital del legítimo Reino de las Tinieblas, pero ya apostaría a que es un sitio donde no se oye música, y que en lugar de diablos está lleno de clérigos. Lo pienso una vez más: que cosa escalofriante.

martes, abril 06, 2010

Los planetas muertos (Diario Milenio/Opinión 06/04/10)

Llegó tu novela (No tengo tiempo) y la leí y lo primero que dije al cerrar sus páginas fue: qué libro tan tremendamente triste. Ahora, meses después, me pides (Arturo Vallejo) que te explique, por escrito, la razón de ese comentario. Pueden ser miles de cosas, como bien sabes, pero señalo, al menos, las siguientes.
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1) Pocas novelas, contemporáneas o no, rondan con tanta inmisericorde exactitud el mundo del trabajo. Mejor dicho, en el caso de tu novela, el mundo del post-trabajo. Lo primero que me vino a la mente al seguir las andanzas de La Chaparra, esa empleada que fríe papas en un restaurante de comida rápida especializado en hamburguesas, fue un librito feroz que una francesa escribió allá hacia finales del siglo XX. En una prosa aguerrida y dentro de una conceptualización todavía marxista, Vivianne Forrester arremete contra lo que percibe como el principal problema de la globalización: la desaparición del trabajo. El título de su infernal libro es El horror económico. Su tesis: La ferocidad social siempre existió, pero con límites imperiosos porque el trabajo realizado por el cuerpo humano era indispensable para los poderosos [...] La supervivencia de la humanidad nunca estuvo tan amenazada.[…]hasta ahora el conjunto de la humanidad tenía una garantía: era esencial al funcionamiento del planeta”. Pero ya no.
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El mundo de La Chaparra es, precisamente, ese mundo del post-trabajo donde el cuerpo humano no es ya necesario para la producción y reproducción de lo real. La Chaparra es, en sentido estricto, un espectro o, aún mejor, una especie de piel-cáscara humana en un mundo definitivamente post-humano. Empleada de una cadena de no-trabajo, La Chaparra recorre a veces la sección de empleo en los periódicos para sólo encontrar oficios demenciales: demoedecanes, asistentes, repartidor de volantes: todas estas actividades que, en sentido estricto, se ubican en espacios liminales de la producción y reproducción social.
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2) El paisaje de tu novela, sólo escuetamente dibujado, mejor: silueteado, es un paisaje neo-apocalíptico también. Rodeados de edificios con nombres de antiguas naciones, los espectros de la novela viajan en medios de transporte colectivo que, en lugar de avanzar, se detienen. En las zonas habitacionales donde las puertas de los edificios carecen ya de las cerraduras que alguna vez ostentaron, sus habitantes observan coches que, de manera literal, se van deconstruyendo frente a sus ojos día tras día. El color a óxido. La lluvia que se antoja radioactiva sobre todo eso.
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3) No hay nombres, por supuesto, en un mundo así. Hay identificaciones efímeras. Identidades como máscaras. La Maldad. El Güero de Rancho. El Grunge.
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4) El talante emotivo de ese mundo post-humano y neo-apocalíptico se parece mucho al de Párpados Azules, la ópera prima de Ernesto Contreras. En la película se entrelazan dos personajes con vidas emotivas extrañas, aunque no nulas. El empleado en quien nadie repara y la empleada que siempre pasa desapercibida se encuentran por casualidad y, en momentos de pletórico silencio, cuando la noción misma de “expresión” ha desaparecido del entorno, se enamoran. Torpes, balbuceantes, con poca capacidad para cambiar de registro (incluso de la voz, tanto su tono como su volumen), los personajes no saben cómo aproximarse, y por eso su aproximación tiene mucho de actuación. Post-expresivos, así entonces, los personajes siguen al pie de la letra un guión ajeno (de ahí que les guste tanto ver películas) para poder encontrar puntos de articulación propios.
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5) Se debió haber llamado Almas Muertas, como la banda de rock y como el libro de Gogol. Pero claro que eso habría sido una elección burda y obvia. Aunque de eso y no de otra cosa trata este libro: las almas muertas del mundo del post-trabajo Hago trampa aquí: ya lo platicamos y, estoy de acuerdo, el verdadero título debería ser Los planetas muertos, una frase que, siendo también parte de una canción de Rockdrigo, se las arregla para retener ecos del título de Gogol.
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6) Alguna vez dije que Pedro Páramo era una novela urbana. No hay ahí, esto lo argumentaba muy atravancadamente, ningún talante nostálgico por el mundo rural, sino una descripción acaso realista (realismo extremo), en tiempo real en todo caso, del proceso de urbanización del país y la consecuente desaparición (más que real) del ambiente rural. Los No-Muertos de Comala son producto tanto de la imaginación de Rulfo como del ascenso de la economía industrial y dependiente por la que optó el régimen priísta hacia mediados del siglo XX. Que le hayan llamado el “milagro” económico no deja de tener su tono perverso. Si Forrester tiene razón y lo que estamos presenciando es esta horrenda transición hacia un mundo post-productivo donde el trabajo ya no cuenta, entonces tendría que decir que los espectros de No tengo tiempo son productos tanto tuyos como de esa decisión horrenda que los regímenes de la globalización han ya tomado. Reveladora en este sentido es una frase acerca de Rockdrigo muy al inicio de tu novela: está muerto, ergo seguramente tendrá mucho de qué hablar (cito de memoria).
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He ahí, en resumidas cuentas, la “tremenda tristeza” de tu libro. No es la tristeza personal y/o generacional de un puñado de jóvenes desorientados, sino la profunda horrenda horrísona tristeza que produce un mundo que, esencialmente, ya no nos necesita. Se trata de un mundo en el que la presencia humana en la tierra no se garantiza más. Es un mundo donde el cuerpo ha dejado de tener un papel relevante —tanto en términos de producción como de placer— y donde su cáscara, su cascajo, avanza o no en atestados medios de transporte que no llevan hacia ningún lado. La tristeza es tremenda porque es una tristeza de la especie toda. Y es nuestra.

Discriminación e ignorancia de Verdú-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión 06/04/10)

Hace tiempo que el opinólogo de El País —venido a escritor gracias a Anagrama— Vicente Verdú se me cayó por completo. Pero este viernes al querer describir el estado de inanición de la narrativa española contemporánea ha mostrado no sólo una profunda ignorancia de lo latinoamericano —quiénes somos, de dónde venimos—, sino una gran capacidad discriminatoria. Poco le faltó para afirmar que no está seguro si los escritores latinoamericanos tenemos alma.
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Vayamos, como el descuartizador recomendaba, por partes. Primero: es cierto el diagnóstico: la novela española de estos días no goza de gran fuerza. Son contadas las obras que sobrevivirán un impasse temático y formal producto por un lado de la profesionalización del escritor gracias al periodismo y, por otra, de una endogamia impresionante. Es decir que las razones de la falta de buena novela son las mismas que tienen a Verdú como una de las plumas esenciales de El País. Su provincianismo es ombliguismo.
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Segundo: la literatura que él llama vintage, retro-narrativa (que otros llaman novela histórica por comodidad editorial) no es una plaga per se, por culpa de que los escritores “literarios” escriban para escritores, como dice Verdú. Hay una necesidad de verdad en el lector contemporáneo. La obtiene por el testimonio o por la historia. Pero decir que eso no es literatura requeriría por parte de escritor inflamado de opinionitis, definir lo literario.
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¿Para qué sirve la literatura, me pregunto hoy con insistencia? Dice Martin Amis —el novelista inglés autor de Campos de Londres— en su reciente memoria, Experiencia que antes cada hombre llevaba una novela adentro —yo acotaría, una saga siempre familiar— pero que hoy, en este mundo locuaz, verborreico, mediático, todo hombre o mujer lleva dentro una memoria, no una ficción.
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Esa memoria le parece a quienes se las cuenta auténtica, ejemplar, una verídica crisis del corazón. Nada, entonces, puede competir con la experiencia hoy en día, tan incuestionablemente individual, democrática y liberal. La experiencia es lo único que compartimos en igualdad, y todos tenemos una noción de ello.
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Nos rodean, entonces, casos especiales, vidas contables en una atmósfera de celebridad universal. Uno de los libros más vendidos del último tiempo, Las cenizas de Ángela de Frank McCourt, hoy tranformado en película, lo fue porque narraba el testimonio no fictivo de un hombre concreto. Justamente los lectores de hoy buscan esas historias reales, aunque descubran que son fabricados para dar la ilusión de reales —como en los talk shows a los que ya me referí o en los programas sensacionalistas tipo Primer Impacto o incluso con productores antiéticos que pagan dinero a inexistentes rateros para actuar un asalto callejero.
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Los lectores actuales, no nos podemos identificar con un héroe novelístico porque no hay heroísmo ni épica posibles actualmente. Así las cosas nadie lee novelas con inocencia ni se cree esa esencial trampa ficcional. Antes se leían novelas porque nuestro mundo era ancho y ajeno, insuficiente, hoy se leen memorias porque se considera que una vida, toda vida es autosuficiente.
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¿No estaremos glorificando la banalidad? La crudeza ha sustituido a las verdades sutiles, incontrovertibles y la experiencia individual, siempre egoísta con verdad o tintes de verdad —como en Boys don’t cry o Amores perros—ha sustituido para siempre a la experiencia colectiva, social.
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Tercero: la mejor literatura se está haciendo, curiosamente, en las series de televisión de EU que él tanto critica, como Lost (Perdidos) o The Wire, o House y tantas otras escritas por escritores como Pelecanos o el mismo Richard Price, un novelista genial.
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La frase del artículo, que más me preocupa, es la siguiente. Cito a Verdú: “A los latinoamericanos, como a los de otros continentes menos desarrollados materialmente, menos ordenados en las convenciones de la vida urbana, todavía les queda mucho por contar, sea en las páginas o en las pantallas. (…) Pero, ¿Occidente? Si cada vez aparecen más series televisivas referidas a décadas atrás, si las películas no hacen más que rebobinar revivals, las novelas, por su lado, se estrellan contra sus propios límites: o se concentran en tópicos históricos o se suicidan en el triste dogal de la literatura de la literatura. Esto, sin contar, los casos de novelas sin mayor fin que crear sudokus o sucesivos Macguffins, señuelos falsos al estilo de la serie Perdidos.”
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Alfonso Reyes se moriría. Verdú afirma, sin empacho que los latinoamericanos no somos occidentales (¿y qué seremos, si por culpa de los españoles fuimos despojados de nuestra discursividad, nuestro oro y de nuestras culturas nativas?) Los latinoamericanos somos, según Verdú, un desmadre, y por eso, por caóticos, tenemos aún muchas cosas que contar. ¡Qué miopía!, mientras en el mundo la psicología evolutiva y la genética han demostrado que contamos, narramos por empatía, como mamíferos avanzados, Verdú piensa que sólo pueden contar algo auténtico los buenos salvajes que no saben convivir y son menos desarrollados económicamente. ¡Gulp!, ¿y él puede escribir con desparpajo en un periódico progre?
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Contamos historias, pero siempre han sido también las mismas. Lost ha descubierto no nuevos temas sino nuevas formas de narrar, de presentar en la pantalla —que tanto le molesta, qué curioso si está tan desarrollado materialmente como dice— un tiempo y un espacio narrativos que sobrecogen. He seguido Lost y muchas otras con la misma pasión que leo novelas o que me sumerjo en ficciones gráficas como las de Persépolis, Maus o mucho antes Tintin, ese clásico de la literatura sólo comparable con Balzac. Y soy latinoamericano y occidental, por cierto, señor Verdú. Por cierto, la literatura es siempre plagio, pirataje, siempre es literatura de la literatura.
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Y guiso mis alimentos, los cuezo, para el estupor de usted, de Levi-Strauss y de muchos Europeos que no se han dado cuenta de que están muertos. ¡Descansen en paz!

Tim Burton, el genio de la imaginación y el misterio (Revista Poder y Negocios 22/03/10)

Nueva York es inagotable. En un mismo fin de semana puedes ver el mejor teatro –en mi caso a Scarlett Johanson en la obra de Arthur Miller La vista desde el puente–, danza –los 80 años del gran coreógrafo Paul Taylor–, un musical prácticamente perfecto –Mary Poppins–, y comer en uno de los restaurantes más innovadores del mundo, Craft, de Tom Coliccio, en Greenwich Village. Comprar un libro en su edición orginal en The Strand –Enemigos de la promesa, de Cyrill Conolly en la edición de 1943, por 10 dólares– y ver la mejor retrospectiva de arte nigeriano –en el Metropolitan–, así como contemplar el vacío del arte de Demian Hirst en la galería Gagosian (prescindible totalmente; es como ir a una tienda Louis Vuitton, pero con supuestas obras de arte; se trata de una tomadura de pelo para millonarios, me queda claro) o introducirte en el MOMA, y dejarte llevar por ese museo que es una cita obligada.
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En mi caso, con uno de los artistas que más admiro: Tim Burton. Me han encantado siempre sus películas, su mirada, el talento exquisito para plasmar las tétricas y truculentas fantasías infantiles. Amé Beetlejuice con la misma fruición que esa película casi etérea de tan perfecta, Edward Manos de Tijera. Me encantó su Batman regresa y he leído una y otra vez los cuentos del Chico Ostra.
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En mi imaginario, Burton es una referencia constante. Ahora, en el Museum of Modern Art podía ver la primera gran retrospectiva del genio de Burbank. Mi boleto –comprado por computadora, para evitar las colas–, tenía la entrada para la sección de Burton a las 12:30. Contaba, pues, con dos horas enteras antes de poder asistir a la boca de un animal, de uno de sus personajes. Decidí recorrer las otras dos exposiciones abiertas (Marina Abramovic, para mi tristeza, aún no estaba terminada, aunque una de sus instalaciones sí pude verla de reojo), la genial del artista sudafricano William Kentridge, que merecería un ensayo aparte pero que aún me ronda en la cabeza, y la cada vez más fútil de mi amigo Gabriel Orozco. He estado en todas las otras muestras de él en el MOMA y lo que antes parecía una actitud artística con contenido, conceptual, empieza a datarse en sí misma. Es como asistir a la obra de un viejo que se repite sin innovar ya.
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En algún momento Orozco deslumbraba con un balón de futbol mojado. Hoy su repetición geométrica –una de las dos salas especiales dedicadas a él estos días– parece más bien el azulejo de los baños de una de esas grandes construcciones de Pedro Ramírez Vázquez. No asombra, no compromete. Me dio mucha tristeza. La ventaja es que de allí recorrí las cinco propuestas de Kentridge, por más de una hora (regresé en la tarde sólo a ver su maqueta de La flauta mágica de Mozart, que es genial).
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Y, por fin: la hora de Tim Burton. Mi hora.
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Me deslizo dentro de la boca de un animal salido de la imaginación de Burton para entrar a un largo pasillo, lleno de gente que mira cortos animados de los Chicos de Burton, especialmente Chico Tóxico y Chico Manchas. Son hilarantes, aparentemente simples en sus líneas y sus historias, pero nos introducen en realidad en el mundo retorcido, lleno de humor negro de alguien que ha hecho de los tradicionales temas para niños algo muy serio.
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Y eso es lo primero que sorprende de la muestra, la evolución de Burton. De un joven artista sin aparente originalidad ó méritos, salvo cierta capacidad para el dibujo –que diseña los pósters para la banda de policía o para los bomberos de su natal Burbank–, pasamos al aprendiz de ilustrador de libros infantiles que le propone un libro a Disney. La respuesta es conspicua: “Pese a la falta de elementos técnicos el libro nos parece interesante, no deje de seguir empeñado en sus esfuerzos creativos”.
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¿Cómo es que ese joven se convierte en el artista dotadísimo que es? Primero, nos queda claro –como ha comprobado la actual neurociencia– que se necesitan muchos años de práctica, al menos 10, para dominar un arte. En el camino se puede lograr la técnica pero nadie nos asegura, pese a las muchas horas empeñadas, que se logrará el objetivo. La paciencia no hace genios, aunque junto con práctica, práctica y más práctica puede hacer que un artista, como el caso de Tim Burton, descubra su voz.
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Y he aquí lo más notable. El dibujante que entregó un cuento de un gigante en una isla a la Maurice Sendak, de pronto decide ser él mismo. Encuentra en su universo, un universo que es único, y en su infancia, los elementos para poblar sus fantasías, construir sus dibujos y mejorar su arte.
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¿Qué descubre, además, mientras encuentra su voz? Descubre, creo yo, que es un contador de historias que utiliza el dibujo y el cine para sus propósitos, pero que antes que cineasta o artista plástico es un contador de historias que, además, ha decidido quedarse en dos territorios apenas diferenciables, el de la infancia y el de la curiosa, compleja y ambigua adolescencia.
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Y decide, además, no edulcorar su empresa. Decide que las fantasías serán como él las ve: oscuras, llenas de humor, tétricas muchas veces. Así tenemos en la muestra del MOMA un momento muy especial, su versión japonesa de Hansel y Gretel. Está llena la salita en la que la proyecta, pero encuentro un lugar para sentarme y ver el corto. Sólo niños a mi lado. La madrastra es un hombre, disfrazado de geisha, el padre una especie de samurái urbano. Pocos elementos. Mucha crueldad. Mucha soledad. Esos dos son en realidad los temas de Burton, ahora lo sé de cierto: la cruel soledad.
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Y en ese estado del alma que él ha captado tan bien, el horror tiene siempre lugar, el miedo, la esperanza psicodélica, el humor. Un humor que me he empeñado en describir aquí como el único que vale en arte, el humor empático, no autoritario, que no erige al que lo asume como superior al objeto de la burla. Todo es tocado, trastocado por el humor que se convierte en una manera distanciada de ver y aceptar las cosas del mundo.
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Está claro (voy ya a la mitad de la muestra, donde están las esculturas de Charlie o la fábrica de Chocolate), que para los grandes artistas lo más importante ocurre en la infancia. Para Burton, lo esencial, ocurrió entre los dos y los seis años. A partir de allí la experiencia de la vida, ha sido redibujada por esa realidad. Como si lo ocurrido fuera un recuerdo proyectado en el futuro de lo que fue en la infancia, la dueña de nuestros sueños y por supuesto, estamos en el universo de Tim Burton, de nuestras pesadillas.
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Y de la pesadilla es que surge Beetlejuice, o el personaje del Pingüino en el Batman regresa de Burton, encarnado maravillosamente por Dani De Vito. Los bocetos de cada disfraz, de todas las películas ocupan la siguiente sala, la más impresionante. Y están allí –no podía ser de otra manera– las cartas a Johnny Deep, el actor icónico de Burton.
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Líneas sugeridas, ideas ocurridas en el último momento antes de filmar. Como esa carta maravillosa en la que le dice: “Johnny, se me ocurrió una línea para tu Charlie. Tienes que decir: Todos somos comestibles, pero si lo hiciéramos seríamos caníbales. Muy sabrosos”.Allí están los trajes de Batman, de Edward Manos de Tijera, de la hermosa Gatubela interpretada por Michell Pfeifter. Y más y más bocetos, aparentemente simples con los que Burton “encarna” sus fantasías.
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El mejor contador de historias es aquel que no sólo cuenta, performa, actúa, actualiza esa historia y la renueva al volver a decirla. Es un acto de habla, un performance, en el mejor sentido de la palabra. Por eso ocupa un lugar tan importante en el museo más moderno de Nueva York. Y lo ocupa con todas las de la ley.
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El mejor homenaje para hacerle a ese Burton que me ha dejado boquiabierto es entrar a su nueva película en tercera dimensión, la Alicia en el país de las maravillas que recién se ha estrenado. Los estudios han invertido –pensemos en Avatar– sumas extraordinarias en la nueva tecnología participativa de la renovada tercera dimensión con la esperanza de regresar al espectador a la sala de cine en medio de un mundo en el que todo nos llega por delivery, a la comodidad del hogar. Las dos películas más taquilleras de la historia ya son, obviamente, la citada Avatar y la nueva Alicia.
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La primera Alicia de Disney –que siempre me pareció psicodélica, como un viaje con LSD–, se hizo en 1951. Ahora, casi 60 años después, Burton retoma la historia con una Alicia adolescente que no está dispuesta a jugar los juegos del mundo adulto, que decide regresar al sueño, o a lo que cree que es un sueño, que es el mundo dentro del agujero, del otro lado, el país de las maravillas. Al principio no la reconocen, la piensan como la falsa Alicia y ella misma tiene que descubrir si es la verdadera heroína de la historia. El mundo visual de Burton está aquí llevado a la quintaesencia etética y el cineasta ha logrado su mejor obra en Alicia.
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Pero también gracias a su actor favorito, Johnny Deep, quien interpreta a un genial Sombrerero Loco. O a la actuación perfecta de Helena Bonham Carter como la Reina Roja. Y a la especialmente lejana, bella, aparentemente fría, casi congelada actriz australiana de origen polaco Mia Wasikowska, quien tiene que derrotar a un dragón que es en sí mismo un riddle, una adivinanza. En eso Burton y Carrol comparten otra pasión. Y es que Lewis Carrol es un antiguo Tim Burton o Tim Burton es un moderno Lewis Carrol. Los dos escriben/dibujan del mundo infantil, no para el mundo infantil, lo que hace universales sus historias.
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Y esto me lleva a un comentario final. En la reciente entrega de los Oscar, la Academia reaccionó a favor de los actores, no de los robots y de las criaturas creadas por computadora. Votó por The Hurt Locker, no por Avatar. La tercera dimensión de Burton incluye muchísimos personajes, excepcionales, hechos por computadora pero también basa buena parte de su efecto duradero en el espectador en las excepcionales actuaciones, no sólo de los dos que he mencionado sino, por ejemplo, de la glacial y carismática Anne Hathaway como la reina blanca. El mundo siniestro de Burton se sirve de la computadora para producir los soldados de la reina de corazones o los tétricos hermanos gemelos, pero utiliza el talento interpretativo de seres humanos para recrear una obra que le hubiese encantado, estoy seguro, a ese raro matemático de Cambridge, Charles L. Doggson quien firmó siempre como Lewis Carroll.
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Y le hubiese tomado muchas fotografías en blanco y negro a la talentosa Mia Wasikowska.Larga vida al joven Tim Burton, un artista que sí sabe renovarse. Tanto que afuera del cine me sigo riendo ya no con Alicia, sino con el Chico Tóxico tragándose el líquido destapacaños sin poder morir nunca, el suicida impenitente a quien la vida siempre le juega una broma pesada. Y por eso, como su creador, sobrevive.

lunes, abril 05, 2010

Allá la llaman meth (Diario Milenio/Opinón 05/04/10)

El malandro autodidacta
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Hasta antes de saberse víctima de un enfisema pulmonar, Walter White era un simple profesor de química. Casado, con un hijo adolescente y una niña en camino, Walter se deja acongojar por la virtual certeza de que los dejará desamparados, pero ya le da vuelta a una idea en apariencia desquiciada, no bien se entera por su cuñado —agente de la DEA— de las escandalosas utilidades obtenidas por ciertos productores de drogas. Concretamente, metanfetaminas: un compuesto cuya fabricación no es un secreto para un profesor de química, ni quizás un exceso para quien ya se mira desahuciado y encuentra que la otra opción disponible consiste en desahuciar el futuro de su familia. Por lo demás, y esto lo sabrá Walter nada más arrancar con el negocio, la sola idea de ir contra la ley y endurecerse para plantarle cara a los más duros es de por sí rejuvenecedora. No menos refrescante resulta la elección del cómplice propicio: Jesse Pinkman, ex alumno suyo, muy afecto al consumo e iniciado en la producción de los tan cotizados cristales.
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No es el Dúo Dinámico, pero funciona. Los mismos traficantes y matones, a la vista de la pinta académica de Walt, le auguran desastrosos resultados en los dominios del crimen organizado. No tiene la madera, observan, socarrones, como dando por hecho que a ser duro y malvado se aprende tempranito o ya jamás. O puede que inclusive considerando circunstancias genéticas y tendencias innatas que en la gente de bien serían impensables. Pero ello no es sino un escudo formidable para quien tiene pinta de persona de bien y ha decidido convertirse en crápula. Que es el caso de Walt, un envenenador con causa que compensa su escaso callo criminal con audacia científica y rigor analítico, pero a la hora de enseñar el músculo tiene igual que matar y desmembrar cadáveres, entre otras disciplinas afines al negocio del caramelo ilícito.
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Micronarcoempresarios
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Breaking Bad, es el nombre de la serie. Literalmente, “Volviéndose malo”. No es la historia de un capo todopoderoso, ni la de un asesino compulsivo, sino la de un buenazo echado a perder, tanto así que la trama cuelga entera de su transformación. Para sobrevivir a la segunda vida que ha elegido, y de paso cuidar el equilibrio frágil de la primera, el profesor y padre de familia necesita asimismo calificarse como criminal de alta escuela. Si la protagonista de Weeds —madre de familia, viuda de un agente de la DEA— lo puede todo por obra y gracia de la licencia humorística, el profesor de Breaking Bad es tan convincente como los tres cuartos de millón de dólares que ha planeado heredar a su familia: un futuro improbable sin metanfetaminas. Lo más extraño, pues, no es que a alguien se le ocurra desarrollar una historia de aprendices de gángster a partir de un alumno y su profesor, sino que esta resulte verosímil, y hasta obvia. ¿Cómo más iba a hacerse rico en semanas un profesor de química, sino a costillas de los viciosos locales?
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Cierto es que a uno, que es por supuesto gente de bien, ya como espectador le estorba la virtud, y hasta a menudo se descubre en secreto metido en los zapatos del villano. Sólo que en este caso, igual que en Weeds, los villanos son sólo las pandillas rivales. Nuestro héroe, no olvidemos, es un tipazo al que la vida —la muerte, en realidad— puso en el mal camino. Ya en el curso de la tercera temporada de Breaking Bad vemos que el enemigo llega del sur, apersonado en dos sicarios mexicanos devotos de la Santa Muerte. Y eso a uno lo ilusiona, porque ya ve venir al esposo amantísimo, padre ejemplar y educador preclaro dispuesto a encabezar una carnicería al interior de su segundo gremio. ¿Quién no se metería en un problema así por cuidar el futuro de su familia?, podría preguntarse la gente de bien, con esa habilidad poco menos que innata para eludir el tema del dinero. Pero es mucho dinero: la cultura del dólar propulsada por la cultura del narcótico, a su vez consagrada por la persecución policial. No es al cabo el primer ni el último negocio donde el oficio exige ahorrar escrúpulos.
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La magia verde
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Una serie excesiva como Breaking Bad parece verosímil porque trata sobre un negocio fantástico. Basta ver esas bolsas repletas de billetes enrollados para caer en una hechicería similar a la que seduce a los narcoempresarios cuando llega la hora de hacer corte de caja. ¿Cómo es posible todo este dinero?, tiene que preguntarse el recién millonario, tal vez enloquecido por lo que ya de origen era locura. ¿Qué más pueden querer los guionistas, sino un tema vigente, auspicioso y afín a los excesos, toda vez que se trata del negocio más grande del mundo? Poco o nada sabemos de los daños colaterales de las drogas, pero sin duda estamos al tanto de sus estratosféricos márgenes de ganancia, así como los presupuestos billonarios dedicados a medio hacer valer las leyes que hasta hoy hacen posible ese negocio irreal y estrambótico, acaso incomprensible para generaciones futuras.
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Ignoro qué tan rudo sea para un agente de narcóticos enfrentar en la vida real una guerra que ya ha perdido en la televisión, donde sólo aparece lo verosímil, que al poco rato es lo más ordinario. Lo cierto es que he aprendido, por ejemplo, que una molécula de metanfetamina contiene 15 átomos de hidrógeno, 10 de carbón y uno de nitrógeno, pero voy a seguir sin entender cómo es que esas moléculas pueden reconstituirse en bonanza estratosférica, con certeza aún más gratificante y comprometedora que su mero consumo. ¿Cuánto dinero toma hacerse malo? Con frecuencia, algo más de lo que uno cree o teme valer. Mientras haya quien pague 10 veces ese precio, a ver quién está a salvo de hacerse Walter White.

domingo, abril 04, 2010

Viva la gente-Nicolas Álvarado (El Universal/Opinión 04/04/10)

No que la haya donde quiera que vas pero sí, desde 1965, en Argentina y, a partir de 2007, en México. Gente –o Gente y la Actualidad, que tal es su nombre completo–, publicación cuya mezcla de jet set, farándula y una pizca de periodismo duro viene reportándole éxito desde hace décadas en su país de origen, arribó a nuestro país de la mano de la editorial Mundo Ejecutivo, especializada en revistas de negocios, que firmara una alianza estratégica con la argentina Editorial Atlántida para la edición mexicana de tal publicación.
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Eran tiempos en que Quién, de Grupo Editorial Expansión, aparecía ya posicionada como la revista de sociales líder en el mercado mexicano y en que Caras, otra franquicia argentina –de Editorial Perfil, importada a nuestro país por Editorial Televisa–, comenzaba a hacerle sombra, erigiéndose en competencia primero respetable, más tarde amenazadora. Gente pretendió aprovechar la apertura de tal segmento del mercado para dar la pelea y fracasó. Dotada de menos presupuesto, limitada por su inserción en una empresa menos poderosa y lastrada por su tardía llegada a la lucha por lectores y anunciantes, parecía condenada a la marginalidad.
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Inesperado revés: en 2009, Editorial Televisa completa su proceso de compra de Editorial Atlántida y se encuentra, de súbito, con Gente en su cartera de publicaciones; así, se descubre en la necesidad de editar una revista que, si bien no puede soñar siquiera con competir con su Caras, parece compartir la misma agenda editorial y el mismo público objetivo.
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¿Qué hacer? En un principio, nada: refrendar su estatuto de patito feo, ahora con toda deliberación. La situación no podía durar y, de hecho, no duró: para enero de 2010, la edición mexicana de Gente era objeto de un reposicionamiento casi total, concebido para dotarla de una personalidad propia y una propuesta original.
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La decisión harto afortunada consistió en abjurar casi totalmente del legado de la revista –nota rosa, glamour y, en la edición argentina, un cierto sesgo ideológico hacia el conservadurismo– para replantearla como una que contara historias, justamente, de gente. Así lo muestra la edición actualmente en circulación, donde conviven un perfil de portada de la cantante Natalia Lafourcade y una entrevista a la actriz Danny Perea –que, si bien salen en la tele, no son figuras de la tele– con reportajes sobre el turismo alternativo promovido por comunidades indígenas autogestivas, las series de televisión recientemente producidas en México, un proyecto de la NASA para la exploración de Marte (en el que trabaja –entre otros– un científico mexicano) y lo preparados (o no) que estamos los mexicanos para encarar un nuevo terremoto. Además, columnas de buenas plumas (Ana María Salazar, Julio Patán y –único prietito en el arroz– un servidor) y una sección de breves dinámica y socarrona que incluye una reseña mensual de cuentas de Twitter (con todo y señalamiento de faltas de ortografía), una hábil parodia de Facebook a guisa de crítica sociopolítica y una numeralia que funciona como denuncia (en este caso de la situación de Ciudad Juárez).
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Por su carácter de revista “de historias” parecería competir con Gatopardo. Sólo que, mientras la revista de Editorial Mapas se dirige a las capas más prósperas de la población, Gente parece interesada en hablar a las clases medias. Buenas noticias para un público que se antoja urgentemente necesitado de contar con mejores lecturas que TV Notas.