martes, abril 06, 2010

Discriminación e ignorancia de Verdú-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión 06/04/10)

Hace tiempo que el opinólogo de El País —venido a escritor gracias a Anagrama— Vicente Verdú se me cayó por completo. Pero este viernes al querer describir el estado de inanición de la narrativa española contemporánea ha mostrado no sólo una profunda ignorancia de lo latinoamericano —quiénes somos, de dónde venimos—, sino una gran capacidad discriminatoria. Poco le faltó para afirmar que no está seguro si los escritores latinoamericanos tenemos alma.
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Vayamos, como el descuartizador recomendaba, por partes. Primero: es cierto el diagnóstico: la novela española de estos días no goza de gran fuerza. Son contadas las obras que sobrevivirán un impasse temático y formal producto por un lado de la profesionalización del escritor gracias al periodismo y, por otra, de una endogamia impresionante. Es decir que las razones de la falta de buena novela son las mismas que tienen a Verdú como una de las plumas esenciales de El País. Su provincianismo es ombliguismo.
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Segundo: la literatura que él llama vintage, retro-narrativa (que otros llaman novela histórica por comodidad editorial) no es una plaga per se, por culpa de que los escritores “literarios” escriban para escritores, como dice Verdú. Hay una necesidad de verdad en el lector contemporáneo. La obtiene por el testimonio o por la historia. Pero decir que eso no es literatura requeriría por parte de escritor inflamado de opinionitis, definir lo literario.
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¿Para qué sirve la literatura, me pregunto hoy con insistencia? Dice Martin Amis —el novelista inglés autor de Campos de Londres— en su reciente memoria, Experiencia que antes cada hombre llevaba una novela adentro —yo acotaría, una saga siempre familiar— pero que hoy, en este mundo locuaz, verborreico, mediático, todo hombre o mujer lleva dentro una memoria, no una ficción.
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Esa memoria le parece a quienes se las cuenta auténtica, ejemplar, una verídica crisis del corazón. Nada, entonces, puede competir con la experiencia hoy en día, tan incuestionablemente individual, democrática y liberal. La experiencia es lo único que compartimos en igualdad, y todos tenemos una noción de ello.
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Nos rodean, entonces, casos especiales, vidas contables en una atmósfera de celebridad universal. Uno de los libros más vendidos del último tiempo, Las cenizas de Ángela de Frank McCourt, hoy tranformado en película, lo fue porque narraba el testimonio no fictivo de un hombre concreto. Justamente los lectores de hoy buscan esas historias reales, aunque descubran que son fabricados para dar la ilusión de reales —como en los talk shows a los que ya me referí o en los programas sensacionalistas tipo Primer Impacto o incluso con productores antiéticos que pagan dinero a inexistentes rateros para actuar un asalto callejero.
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Los lectores actuales, no nos podemos identificar con un héroe novelístico porque no hay heroísmo ni épica posibles actualmente. Así las cosas nadie lee novelas con inocencia ni se cree esa esencial trampa ficcional. Antes se leían novelas porque nuestro mundo era ancho y ajeno, insuficiente, hoy se leen memorias porque se considera que una vida, toda vida es autosuficiente.
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¿No estaremos glorificando la banalidad? La crudeza ha sustituido a las verdades sutiles, incontrovertibles y la experiencia individual, siempre egoísta con verdad o tintes de verdad —como en Boys don’t cry o Amores perros—ha sustituido para siempre a la experiencia colectiva, social.
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Tercero: la mejor literatura se está haciendo, curiosamente, en las series de televisión de EU que él tanto critica, como Lost (Perdidos) o The Wire, o House y tantas otras escritas por escritores como Pelecanos o el mismo Richard Price, un novelista genial.
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La frase del artículo, que más me preocupa, es la siguiente. Cito a Verdú: “A los latinoamericanos, como a los de otros continentes menos desarrollados materialmente, menos ordenados en las convenciones de la vida urbana, todavía les queda mucho por contar, sea en las páginas o en las pantallas. (…) Pero, ¿Occidente? Si cada vez aparecen más series televisivas referidas a décadas atrás, si las películas no hacen más que rebobinar revivals, las novelas, por su lado, se estrellan contra sus propios límites: o se concentran en tópicos históricos o se suicidan en el triste dogal de la literatura de la literatura. Esto, sin contar, los casos de novelas sin mayor fin que crear sudokus o sucesivos Macguffins, señuelos falsos al estilo de la serie Perdidos.”
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Alfonso Reyes se moriría. Verdú afirma, sin empacho que los latinoamericanos no somos occidentales (¿y qué seremos, si por culpa de los españoles fuimos despojados de nuestra discursividad, nuestro oro y de nuestras culturas nativas?) Los latinoamericanos somos, según Verdú, un desmadre, y por eso, por caóticos, tenemos aún muchas cosas que contar. ¡Qué miopía!, mientras en el mundo la psicología evolutiva y la genética han demostrado que contamos, narramos por empatía, como mamíferos avanzados, Verdú piensa que sólo pueden contar algo auténtico los buenos salvajes que no saben convivir y son menos desarrollados económicamente. ¡Gulp!, ¿y él puede escribir con desparpajo en un periódico progre?
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Contamos historias, pero siempre han sido también las mismas. Lost ha descubierto no nuevos temas sino nuevas formas de narrar, de presentar en la pantalla —que tanto le molesta, qué curioso si está tan desarrollado materialmente como dice— un tiempo y un espacio narrativos que sobrecogen. He seguido Lost y muchas otras con la misma pasión que leo novelas o que me sumerjo en ficciones gráficas como las de Persépolis, Maus o mucho antes Tintin, ese clásico de la literatura sólo comparable con Balzac. Y soy latinoamericano y occidental, por cierto, señor Verdú. Por cierto, la literatura es siempre plagio, pirataje, siempre es literatura de la literatura.
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Y guiso mis alimentos, los cuezo, para el estupor de usted, de Levi-Strauss y de muchos Europeos que no se han dado cuenta de que están muertos. ¡Descansen en paz!

Tim Burton, el genio de la imaginación y el misterio (Revista Poder y Negocios 22/03/10)

Nueva York es inagotable. En un mismo fin de semana puedes ver el mejor teatro –en mi caso a Scarlett Johanson en la obra de Arthur Miller La vista desde el puente–, danza –los 80 años del gran coreógrafo Paul Taylor–, un musical prácticamente perfecto –Mary Poppins–, y comer en uno de los restaurantes más innovadores del mundo, Craft, de Tom Coliccio, en Greenwich Village. Comprar un libro en su edición orginal en The Strand –Enemigos de la promesa, de Cyrill Conolly en la edición de 1943, por 10 dólares– y ver la mejor retrospectiva de arte nigeriano –en el Metropolitan–, así como contemplar el vacío del arte de Demian Hirst en la galería Gagosian (prescindible totalmente; es como ir a una tienda Louis Vuitton, pero con supuestas obras de arte; se trata de una tomadura de pelo para millonarios, me queda claro) o introducirte en el MOMA, y dejarte llevar por ese museo que es una cita obligada.
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En mi caso, con uno de los artistas que más admiro: Tim Burton. Me han encantado siempre sus películas, su mirada, el talento exquisito para plasmar las tétricas y truculentas fantasías infantiles. Amé Beetlejuice con la misma fruición que esa película casi etérea de tan perfecta, Edward Manos de Tijera. Me encantó su Batman regresa y he leído una y otra vez los cuentos del Chico Ostra.
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En mi imaginario, Burton es una referencia constante. Ahora, en el Museum of Modern Art podía ver la primera gran retrospectiva del genio de Burbank. Mi boleto –comprado por computadora, para evitar las colas–, tenía la entrada para la sección de Burton a las 12:30. Contaba, pues, con dos horas enteras antes de poder asistir a la boca de un animal, de uno de sus personajes. Decidí recorrer las otras dos exposiciones abiertas (Marina Abramovic, para mi tristeza, aún no estaba terminada, aunque una de sus instalaciones sí pude verla de reojo), la genial del artista sudafricano William Kentridge, que merecería un ensayo aparte pero que aún me ronda en la cabeza, y la cada vez más fútil de mi amigo Gabriel Orozco. He estado en todas las otras muestras de él en el MOMA y lo que antes parecía una actitud artística con contenido, conceptual, empieza a datarse en sí misma. Es como asistir a la obra de un viejo que se repite sin innovar ya.
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En algún momento Orozco deslumbraba con un balón de futbol mojado. Hoy su repetición geométrica –una de las dos salas especiales dedicadas a él estos días– parece más bien el azulejo de los baños de una de esas grandes construcciones de Pedro Ramírez Vázquez. No asombra, no compromete. Me dio mucha tristeza. La ventaja es que de allí recorrí las cinco propuestas de Kentridge, por más de una hora (regresé en la tarde sólo a ver su maqueta de La flauta mágica de Mozart, que es genial).
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Y, por fin: la hora de Tim Burton. Mi hora.
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Me deslizo dentro de la boca de un animal salido de la imaginación de Burton para entrar a un largo pasillo, lleno de gente que mira cortos animados de los Chicos de Burton, especialmente Chico Tóxico y Chico Manchas. Son hilarantes, aparentemente simples en sus líneas y sus historias, pero nos introducen en realidad en el mundo retorcido, lleno de humor negro de alguien que ha hecho de los tradicionales temas para niños algo muy serio.
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Y eso es lo primero que sorprende de la muestra, la evolución de Burton. De un joven artista sin aparente originalidad ó méritos, salvo cierta capacidad para el dibujo –que diseña los pósters para la banda de policía o para los bomberos de su natal Burbank–, pasamos al aprendiz de ilustrador de libros infantiles que le propone un libro a Disney. La respuesta es conspicua: “Pese a la falta de elementos técnicos el libro nos parece interesante, no deje de seguir empeñado en sus esfuerzos creativos”.
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¿Cómo es que ese joven se convierte en el artista dotadísimo que es? Primero, nos queda claro –como ha comprobado la actual neurociencia– que se necesitan muchos años de práctica, al menos 10, para dominar un arte. En el camino se puede lograr la técnica pero nadie nos asegura, pese a las muchas horas empeñadas, que se logrará el objetivo. La paciencia no hace genios, aunque junto con práctica, práctica y más práctica puede hacer que un artista, como el caso de Tim Burton, descubra su voz.
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Y he aquí lo más notable. El dibujante que entregó un cuento de un gigante en una isla a la Maurice Sendak, de pronto decide ser él mismo. Encuentra en su universo, un universo que es único, y en su infancia, los elementos para poblar sus fantasías, construir sus dibujos y mejorar su arte.
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¿Qué descubre, además, mientras encuentra su voz? Descubre, creo yo, que es un contador de historias que utiliza el dibujo y el cine para sus propósitos, pero que antes que cineasta o artista plástico es un contador de historias que, además, ha decidido quedarse en dos territorios apenas diferenciables, el de la infancia y el de la curiosa, compleja y ambigua adolescencia.
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Y decide, además, no edulcorar su empresa. Decide que las fantasías serán como él las ve: oscuras, llenas de humor, tétricas muchas veces. Así tenemos en la muestra del MOMA un momento muy especial, su versión japonesa de Hansel y Gretel. Está llena la salita en la que la proyecta, pero encuentro un lugar para sentarme y ver el corto. Sólo niños a mi lado. La madrastra es un hombre, disfrazado de geisha, el padre una especie de samurái urbano. Pocos elementos. Mucha crueldad. Mucha soledad. Esos dos son en realidad los temas de Burton, ahora lo sé de cierto: la cruel soledad.
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Y en ese estado del alma que él ha captado tan bien, el horror tiene siempre lugar, el miedo, la esperanza psicodélica, el humor. Un humor que me he empeñado en describir aquí como el único que vale en arte, el humor empático, no autoritario, que no erige al que lo asume como superior al objeto de la burla. Todo es tocado, trastocado por el humor que se convierte en una manera distanciada de ver y aceptar las cosas del mundo.
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Está claro (voy ya a la mitad de la muestra, donde están las esculturas de Charlie o la fábrica de Chocolate), que para los grandes artistas lo más importante ocurre en la infancia. Para Burton, lo esencial, ocurrió entre los dos y los seis años. A partir de allí la experiencia de la vida, ha sido redibujada por esa realidad. Como si lo ocurrido fuera un recuerdo proyectado en el futuro de lo que fue en la infancia, la dueña de nuestros sueños y por supuesto, estamos en el universo de Tim Burton, de nuestras pesadillas.
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Y de la pesadilla es que surge Beetlejuice, o el personaje del Pingüino en el Batman regresa de Burton, encarnado maravillosamente por Dani De Vito. Los bocetos de cada disfraz, de todas las películas ocupan la siguiente sala, la más impresionante. Y están allí –no podía ser de otra manera– las cartas a Johnny Deep, el actor icónico de Burton.
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Líneas sugeridas, ideas ocurridas en el último momento antes de filmar. Como esa carta maravillosa en la que le dice: “Johnny, se me ocurrió una línea para tu Charlie. Tienes que decir: Todos somos comestibles, pero si lo hiciéramos seríamos caníbales. Muy sabrosos”.Allí están los trajes de Batman, de Edward Manos de Tijera, de la hermosa Gatubela interpretada por Michell Pfeifter. Y más y más bocetos, aparentemente simples con los que Burton “encarna” sus fantasías.
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El mejor contador de historias es aquel que no sólo cuenta, performa, actúa, actualiza esa historia y la renueva al volver a decirla. Es un acto de habla, un performance, en el mejor sentido de la palabra. Por eso ocupa un lugar tan importante en el museo más moderno de Nueva York. Y lo ocupa con todas las de la ley.
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El mejor homenaje para hacerle a ese Burton que me ha dejado boquiabierto es entrar a su nueva película en tercera dimensión, la Alicia en el país de las maravillas que recién se ha estrenado. Los estudios han invertido –pensemos en Avatar– sumas extraordinarias en la nueva tecnología participativa de la renovada tercera dimensión con la esperanza de regresar al espectador a la sala de cine en medio de un mundo en el que todo nos llega por delivery, a la comodidad del hogar. Las dos películas más taquilleras de la historia ya son, obviamente, la citada Avatar y la nueva Alicia.
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La primera Alicia de Disney –que siempre me pareció psicodélica, como un viaje con LSD–, se hizo en 1951. Ahora, casi 60 años después, Burton retoma la historia con una Alicia adolescente que no está dispuesta a jugar los juegos del mundo adulto, que decide regresar al sueño, o a lo que cree que es un sueño, que es el mundo dentro del agujero, del otro lado, el país de las maravillas. Al principio no la reconocen, la piensan como la falsa Alicia y ella misma tiene que descubrir si es la verdadera heroína de la historia. El mundo visual de Burton está aquí llevado a la quintaesencia etética y el cineasta ha logrado su mejor obra en Alicia.
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Pero también gracias a su actor favorito, Johnny Deep, quien interpreta a un genial Sombrerero Loco. O a la actuación perfecta de Helena Bonham Carter como la Reina Roja. Y a la especialmente lejana, bella, aparentemente fría, casi congelada actriz australiana de origen polaco Mia Wasikowska, quien tiene que derrotar a un dragón que es en sí mismo un riddle, una adivinanza. En eso Burton y Carrol comparten otra pasión. Y es que Lewis Carrol es un antiguo Tim Burton o Tim Burton es un moderno Lewis Carrol. Los dos escriben/dibujan del mundo infantil, no para el mundo infantil, lo que hace universales sus historias.
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Y esto me lleva a un comentario final. En la reciente entrega de los Oscar, la Academia reaccionó a favor de los actores, no de los robots y de las criaturas creadas por computadora. Votó por The Hurt Locker, no por Avatar. La tercera dimensión de Burton incluye muchísimos personajes, excepcionales, hechos por computadora pero también basa buena parte de su efecto duradero en el espectador en las excepcionales actuaciones, no sólo de los dos que he mencionado sino, por ejemplo, de la glacial y carismática Anne Hathaway como la reina blanca. El mundo siniestro de Burton se sirve de la computadora para producir los soldados de la reina de corazones o los tétricos hermanos gemelos, pero utiliza el talento interpretativo de seres humanos para recrear una obra que le hubiese encantado, estoy seguro, a ese raro matemático de Cambridge, Charles L. Doggson quien firmó siempre como Lewis Carroll.
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Y le hubiese tomado muchas fotografías en blanco y negro a la talentosa Mia Wasikowska.Larga vida al joven Tim Burton, un artista que sí sabe renovarse. Tanto que afuera del cine me sigo riendo ya no con Alicia, sino con el Chico Tóxico tragándose el líquido destapacaños sin poder morir nunca, el suicida impenitente a quien la vida siempre le juega una broma pesada. Y por eso, como su creador, sobrevive.

lunes, abril 05, 2010

Allá la llaman meth (Diario Milenio/Opinón 05/04/10)

El malandro autodidacta
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Hasta antes de saberse víctima de un enfisema pulmonar, Walter White era un simple profesor de química. Casado, con un hijo adolescente y una niña en camino, Walter se deja acongojar por la virtual certeza de que los dejará desamparados, pero ya le da vuelta a una idea en apariencia desquiciada, no bien se entera por su cuñado —agente de la DEA— de las escandalosas utilidades obtenidas por ciertos productores de drogas. Concretamente, metanfetaminas: un compuesto cuya fabricación no es un secreto para un profesor de química, ni quizás un exceso para quien ya se mira desahuciado y encuentra que la otra opción disponible consiste en desahuciar el futuro de su familia. Por lo demás, y esto lo sabrá Walter nada más arrancar con el negocio, la sola idea de ir contra la ley y endurecerse para plantarle cara a los más duros es de por sí rejuvenecedora. No menos refrescante resulta la elección del cómplice propicio: Jesse Pinkman, ex alumno suyo, muy afecto al consumo e iniciado en la producción de los tan cotizados cristales.
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No es el Dúo Dinámico, pero funciona. Los mismos traficantes y matones, a la vista de la pinta académica de Walt, le auguran desastrosos resultados en los dominios del crimen organizado. No tiene la madera, observan, socarrones, como dando por hecho que a ser duro y malvado se aprende tempranito o ya jamás. O puede que inclusive considerando circunstancias genéticas y tendencias innatas que en la gente de bien serían impensables. Pero ello no es sino un escudo formidable para quien tiene pinta de persona de bien y ha decidido convertirse en crápula. Que es el caso de Walt, un envenenador con causa que compensa su escaso callo criminal con audacia científica y rigor analítico, pero a la hora de enseñar el músculo tiene igual que matar y desmembrar cadáveres, entre otras disciplinas afines al negocio del caramelo ilícito.
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Micronarcoempresarios
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Breaking Bad, es el nombre de la serie. Literalmente, “Volviéndose malo”. No es la historia de un capo todopoderoso, ni la de un asesino compulsivo, sino la de un buenazo echado a perder, tanto así que la trama cuelga entera de su transformación. Para sobrevivir a la segunda vida que ha elegido, y de paso cuidar el equilibrio frágil de la primera, el profesor y padre de familia necesita asimismo calificarse como criminal de alta escuela. Si la protagonista de Weeds —madre de familia, viuda de un agente de la DEA— lo puede todo por obra y gracia de la licencia humorística, el profesor de Breaking Bad es tan convincente como los tres cuartos de millón de dólares que ha planeado heredar a su familia: un futuro improbable sin metanfetaminas. Lo más extraño, pues, no es que a alguien se le ocurra desarrollar una historia de aprendices de gángster a partir de un alumno y su profesor, sino que esta resulte verosímil, y hasta obvia. ¿Cómo más iba a hacerse rico en semanas un profesor de química, sino a costillas de los viciosos locales?
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Cierto es que a uno, que es por supuesto gente de bien, ya como espectador le estorba la virtud, y hasta a menudo se descubre en secreto metido en los zapatos del villano. Sólo que en este caso, igual que en Weeds, los villanos son sólo las pandillas rivales. Nuestro héroe, no olvidemos, es un tipazo al que la vida —la muerte, en realidad— puso en el mal camino. Ya en el curso de la tercera temporada de Breaking Bad vemos que el enemigo llega del sur, apersonado en dos sicarios mexicanos devotos de la Santa Muerte. Y eso a uno lo ilusiona, porque ya ve venir al esposo amantísimo, padre ejemplar y educador preclaro dispuesto a encabezar una carnicería al interior de su segundo gremio. ¿Quién no se metería en un problema así por cuidar el futuro de su familia?, podría preguntarse la gente de bien, con esa habilidad poco menos que innata para eludir el tema del dinero. Pero es mucho dinero: la cultura del dólar propulsada por la cultura del narcótico, a su vez consagrada por la persecución policial. No es al cabo el primer ni el último negocio donde el oficio exige ahorrar escrúpulos.
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La magia verde
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Una serie excesiva como Breaking Bad parece verosímil porque trata sobre un negocio fantástico. Basta ver esas bolsas repletas de billetes enrollados para caer en una hechicería similar a la que seduce a los narcoempresarios cuando llega la hora de hacer corte de caja. ¿Cómo es posible todo este dinero?, tiene que preguntarse el recién millonario, tal vez enloquecido por lo que ya de origen era locura. ¿Qué más pueden querer los guionistas, sino un tema vigente, auspicioso y afín a los excesos, toda vez que se trata del negocio más grande del mundo? Poco o nada sabemos de los daños colaterales de las drogas, pero sin duda estamos al tanto de sus estratosféricos márgenes de ganancia, así como los presupuestos billonarios dedicados a medio hacer valer las leyes que hasta hoy hacen posible ese negocio irreal y estrambótico, acaso incomprensible para generaciones futuras.
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Ignoro qué tan rudo sea para un agente de narcóticos enfrentar en la vida real una guerra que ya ha perdido en la televisión, donde sólo aparece lo verosímil, que al poco rato es lo más ordinario. Lo cierto es que he aprendido, por ejemplo, que una molécula de metanfetamina contiene 15 átomos de hidrógeno, 10 de carbón y uno de nitrógeno, pero voy a seguir sin entender cómo es que esas moléculas pueden reconstituirse en bonanza estratosférica, con certeza aún más gratificante y comprometedora que su mero consumo. ¿Cuánto dinero toma hacerse malo? Con frecuencia, algo más de lo que uno cree o teme valer. Mientras haya quien pague 10 veces ese precio, a ver quién está a salvo de hacerse Walter White.

domingo, abril 04, 2010

Viva la gente-Nicolas Álvarado (El Universal/Opinión 04/04/10)

No que la haya donde quiera que vas pero sí, desde 1965, en Argentina y, a partir de 2007, en México. Gente –o Gente y la Actualidad, que tal es su nombre completo–, publicación cuya mezcla de jet set, farándula y una pizca de periodismo duro viene reportándole éxito desde hace décadas en su país de origen, arribó a nuestro país de la mano de la editorial Mundo Ejecutivo, especializada en revistas de negocios, que firmara una alianza estratégica con la argentina Editorial Atlántida para la edición mexicana de tal publicación.
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Eran tiempos en que Quién, de Grupo Editorial Expansión, aparecía ya posicionada como la revista de sociales líder en el mercado mexicano y en que Caras, otra franquicia argentina –de Editorial Perfil, importada a nuestro país por Editorial Televisa–, comenzaba a hacerle sombra, erigiéndose en competencia primero respetable, más tarde amenazadora. Gente pretendió aprovechar la apertura de tal segmento del mercado para dar la pelea y fracasó. Dotada de menos presupuesto, limitada por su inserción en una empresa menos poderosa y lastrada por su tardía llegada a la lucha por lectores y anunciantes, parecía condenada a la marginalidad.
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Inesperado revés: en 2009, Editorial Televisa completa su proceso de compra de Editorial Atlántida y se encuentra, de súbito, con Gente en su cartera de publicaciones; así, se descubre en la necesidad de editar una revista que, si bien no puede soñar siquiera con competir con su Caras, parece compartir la misma agenda editorial y el mismo público objetivo.
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¿Qué hacer? En un principio, nada: refrendar su estatuto de patito feo, ahora con toda deliberación. La situación no podía durar y, de hecho, no duró: para enero de 2010, la edición mexicana de Gente era objeto de un reposicionamiento casi total, concebido para dotarla de una personalidad propia y una propuesta original.
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La decisión harto afortunada consistió en abjurar casi totalmente del legado de la revista –nota rosa, glamour y, en la edición argentina, un cierto sesgo ideológico hacia el conservadurismo– para replantearla como una que contara historias, justamente, de gente. Así lo muestra la edición actualmente en circulación, donde conviven un perfil de portada de la cantante Natalia Lafourcade y una entrevista a la actriz Danny Perea –que, si bien salen en la tele, no son figuras de la tele– con reportajes sobre el turismo alternativo promovido por comunidades indígenas autogestivas, las series de televisión recientemente producidas en México, un proyecto de la NASA para la exploración de Marte (en el que trabaja –entre otros– un científico mexicano) y lo preparados (o no) que estamos los mexicanos para encarar un nuevo terremoto. Además, columnas de buenas plumas (Ana María Salazar, Julio Patán y –único prietito en el arroz– un servidor) y una sección de breves dinámica y socarrona que incluye una reseña mensual de cuentas de Twitter (con todo y señalamiento de faltas de ortografía), una hábil parodia de Facebook a guisa de crítica sociopolítica y una numeralia que funciona como denuncia (en este caso de la situación de Ciudad Juárez).
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Por su carácter de revista “de historias” parecería competir con Gatopardo. Sólo que, mientras la revista de Editorial Mapas se dirige a las capas más prósperas de la población, Gente parece interesada en hablar a las clases medias. Buenas noticias para un público que se antoja urgentemente necesitado de contar con mejores lecturas que TV Notas.

sábado, abril 03, 2010

Crujir de dientes-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 03/04/10)

Empieza abril y, como todos los años en estas fechas, pienso intensamente en Eduardo Lizalde, poeta mayor que no ha terminado de tener el reconocimiento que merece: es un evidente premio FIL castigado por quién sabe qué guerras intestinas. Pero no lo recuerdo en estos días por eso, que no importa porque tiene que ver con las nocturnas mareas académicas, sino por el poema de “Charlie Brown en la loma”.
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No es cierto –y que me perdonen todos los cursis de vanguardia– que abril sea el mes más cruel. Es el mes del renacimiento del mundo, que se verifica con todos sus estruendos en el parque de beisbol. Dice Lizalde:
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En la noche asesina,

y solo en el montículo

que soledad a veces,

Charlie, pavorosa!
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Empieza abril, vuelvo a leer el poema de Lizalde, y me sigo con libros que deberían ser clásicos, al menos de la ciudad de México, como El tigre en casa (1970) o Caza mayor (1979). Entonces sospecho que además de haber sido, como fuimos todos, un lector leal de Carlitos y Snoopy, Eduardo Lizalde le va también a mis pobres Orioles de Baltimore. No encuentro otra razón para tener una visión tan tremenda del más infantil y dulce de los deportes:
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Salvaje, eterna soledad de veras.

Cósmica soledad del lanzador

al centro del diamante.
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No es fácil seguir a un equipo que pierde todo siempre y de manera tan rumbosa: la última vez que los Orioles llegaron a la postemporada –con una novena formidable que después fue transplantada casi completa a Atlanta con mejores resultados–, mi hijo mayor tenía tres meses de edad. Hoy es un greñudo que navega la secundaria con unos vaqueros que dan pena y unos zapatos tenis que podrían servir de escabadoras. Lizalde tiene, en el mismo poema, unas líneas para esa soledad adolescente de mi hijo:
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Viudo en la loma,

Como bajo la ducha en

esa infancia

Que dejábamos ya, soñando

en altas diosas

O primas ruborosas

e imposibles.
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El bebé de entonces es un hombre y los Pájaros siguen en la lona –si en el béisbol existiera el ritual carnicero del descenso, los Orioles hace años que jugarían en segunda. Y sin embargo, nos mantenemos leales.
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En alguna ocasión dije en una presentación de libro, seguramente en el norte, donde el beisbol todavía importa, que le iba a los Pájaros. Un bloguero anónimo, artero y sabio, publicó al día siguiente una página en la que explicaba todos los defectos de los tristes libros que he publicado a partir de esa pasión tan dura de seguir llevando.
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Lluevan cielos

Derrúmbense las nieblas

sobre el parque.
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Que yo sepa, sólo habemos cuatro mexicanos que le vamos a los Orioles: Juan José Reyes –ilustre crítico y editor–, el Píter Párquer –que aunque no es el hombre araña sí se le parece–, mi hijo y yo. De los cuatro nacionales que calzamos la gorra negra y anaranjada, uno no ha visto nunca a su equipo cruzar la frontera de gloria del Clásico de Otoño y los otros tres quién sabe en qué situación estábamos principios de los ochenta, cuando fueron campeones por única vez –por entonces no había televisión por cable en México, así que escuchamos la Serie Mundial contada por el Mago Septién en la W de AM.
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Para nosotros cuatro, como para el Charlie Brown de Lizalde, la temporada que empieza mañana domingo es una “Solar, nocturna jornada interminable.”
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Nunca he entendido por qué la mayoría de los mexicanos cultos, que no le van ni a Dallas ni al América, siguen con un fervor tan arribista a los inmamables Yankees –aquí hay que explicar que un devoto de los Orioles obtiene idéntica felicidad con un triunfo de los Pájaros que con una derrota de los Mulos–. Para ellos, amigos respetables en todo lo demás, empieza mañana domingo el tiempo de la luz. Nosotros cuatro, Orioles firmes, resistiremos pagando todas las comidas hasta septiembre y celebrando en silencio balqueadas sin consecuencias contra Kansas City o Detroit.
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¡Qué soledad, de veras, Charlie!

–y falla el doble play,

para acabarla–.

miércoles, marzo 31, 2010

Unidos por la Historia. Primer capitulo (5/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (4/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (3/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (2/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (1/5)

Agencia trágica (Diario Milenio 30/03/10)

Suele ser difícil escribir sobre el dolor. Los riesgos al tratar de aprehender sus contextos sociales y de encarnar sus quiebres y recovecos humanos, como lo recordara Susan Sontag en Regarding the Pain of Others, van desde el amarillismo fácil hasta la sentimentalidad achacosa —formas de interpretación que, en lugar de provocar una respuesta implicada o una empatía activa, más bien transforman cualquier escena de sufrimiento en un estereotipo o una pétrea lejanía. Se trata de mecanismos interpretativos que por lo regular se rinden ante el estado de las cosas o, peor aún, que lo reproducen ya en su crudeza o en su impotencia o en su verticalidad. Contra este tipo de construcciones, emergieron hacia el último cuarto del siglo XX estudios que privilegiaron la perspectivas de los más débiles y, en su caso, el de las víctimas. En su afán por ofrecer la otra versión, la perspectiva alternativa, la mirada que iba de abajo para arriba, muchos de estos análisis transformaron al sufriente en un héroe incluso a pesar de sí mismo. Así, enfatizando la agencia social —capacidad del ciudadano de producir su propia historia a través de estrategias tales como la resistencia, el acomodo o la negociación—, estos estudios se convirtieron, queriéndolo o no así, en narrativas de heroísmo: relatos más bien lineales y positivos en los que el agente no sólo aparece como proactivo sino que también se orienta hacia resultados concretos, por no decir que oportunos. ¿Y qué se hace entonces con el individuo que lo intenta pero no lo logra y, habiéndolo no logrado, entonces desiste? ¿Dónde se coloca a la persona que, devastada por el sufrimiento, sólo atina a enunciarlo y, aún entonces, entrecortadamente? Los estudios acerca del sufrimiento social, un campo interdisciplinario del que se fue oyendo más y más hacia finales del XX, han intentado, de hecho, buscar respuestas a este tipo de preguntas. Entre otras cosas, a mí me han hecho pensar en otro tipo de agencia. Sin ser pasivo, pues un acto siempre es un acto, este agente clama por una denominación alternativa: trágico.
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Como término que necesariamente remite a Poética de Aristóteles y que a menudo representa el fatalismo en el discurso común (pues en una tragedia, el héroe es destruido), la tragedia exhibe “la relación entre el sufrimiento y el gozo en un universo que con frecuencia es percibido, en mejores términos, como adverso, y en peores términos, como radical en su hostilidad hacia la vida humana”. Tanto si es celebrada como un deleite dionisiaco, al estilo de Nietzche, como si es lamentada como un mundo que lucha contra la voluntad de la humanidad, la tragedia incluye el importante concepto de purificación, “por piedad y temor”, en términos de Aristóteles; el proceso a través del cual las limitaciones humanas son reconocidas y aceptadas. Sin embargo, como ha señalado Karl Jaspers, la tragedia funciona cuando revela “alguna verdad particular en cada agente y, al mismo tiempo, las limitaciones de esta verdad, con [el] fin de revelar la injusticia en todo”. Este poder revelador ha conducido a Raymond Williams, con Bertold Brecht en mente, a percibir la tragedia a través de las lentes tanto del sufrimiento como de la afirmación.
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“Tenemos que ver no sólo que el sufrimiento es evitable sino que no es evitado. Y no sólo que el sufrimiento nos destruye sino que no necesita destruirnos... Contra el temor de una muerte general y contra la pérdida de conexión, un sentido de vida se afirma, aprendido tan cerca del sufrimiento como nunca en el gozo, una vez que las conexiones son establecidas.” Estos elementos trágicos; es decir, el énfasis en el sufrimiento y en los límites de la experiencia humana que subrayan el encuentro de fuerzas antagónicas capaces de alterar las jerarquías que las mantienen en su sitio, han demostrado ser particularmente útiles para el análisis social de las revoluciones.
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En el México moderno, donde las generaciones posrevolucionarias han convertido la Revolución de 1910, con más o menos éxito, en una épica oficial y fundamental, muy poca atención seria se ha prestado a sus trágicos orígenes y a sus trágicos sujetos. Las narrativas dolientes, en las cuales, como en la tragedia, “el detalle del sufrimiento es insistente, así sea por violencia o por la reconfiguración de las vidas por un nuevo poder en el Estado”, proporcionan esa oportunidad al lector. Como han señalado los estudiosos que trabajan en el campo emergente e interdisciplinario de los estudios del sufrimiento social, el sufrimiento es una acción, una experiencia social y cultural que implica los más ominosos aspectos de los procesos de modernización y globalización. Al considerar que las formas locales de sufrimiento, establecidas históricamente, “merecen atención seria”, estos expertos evaden las representaciones de quienes sufren como víctimas inadecuadas, pasivas o fatalistas. Así, en lugar de privilegiar “los devastadores daños que la fuerza social puede infligir en la experiencia humana”, los estudios más recientes hacen hincapié en las distintas maneras en que los sufrientes identifican, soportan y desenmascaran las fuentes de su desgracia.
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Mi comprensión del agente trágico, más una aproximación que un concepto en sí, pretende vislumbrar lo que parece tener sentido común en tantas narraciones de padecimientos del hospital psiquiátrico: que el sufrimiento destruye pero también confiere dignidad, un estatus moral más alto, a quien sufre. Como en una ocasión dijo Jorge Luis Borges: “Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas corresponde a la victoria”.

martes, marzo 30, 2010

Todos al abordaje (Dairio Milenio/Opinión 29/03/10)

Los empeños de la uña
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Hasta donde recuerdo, el Perro García y yo no habíamos cumplido los catorce años, pero ya nos urgía desprendernos de algunas inocencias fundamentales. Fue con ese propósito que acudimos al Aurrerá de Miguel Ángel de Quevedo y Universidad, al final de un examen semestral, dispuestos a saquearlo en la humilde medida de nuestras posibilidades. Armados de un carrito que fuimos rellenando mientras discretamente íbamos eligiendo los objetos deseados, dábamos ya por hecho que la gracilidad de nuestros movimientos estaba más allá de toda vigilancia. Media hora más tarde, dejamos el carrito repleto en un pasillo y cruzamos las cajas con el alma en un hilo: esa muerte chiquita que era la verdadera recompensa, o tal vez lo habría sido si antes de la salida no hubieran acudido esos dos aguafiestas a pescarnos y casi llevarnos en vilo hacia las oficinas del supermercado. Nada más de advertir la sombra del horror en los ojos del Perro García, podía verme esposado, numerado, fotografiado y uniformado en el patio de algún ergástulo piojoso.
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El botín era escaso, aunque impagable: un espejo, una brújula y dos placas reflejantes para bicicleta. Nada que no le hubiera podido pedir a mis padres cualquier día de la semana, ¡pero de ahí a cargar sesenta pesos en la bolsa…! Luego de una negociación harto sufrida (“ya viene la patrulla”, nos decía), el dizque comandante aceptó mi reloj en prenda por las siguientes 24 horas y nos dejó volver a la calle. Al día siguiente, víctima ya de una diarrea tenaz, apenas pude llegar al examen, así que le di al Perro mi parte del dinero y escapé hacia mi casa, medio muerto. Una hora más tarde, mi madre me pasaba una llamada, con voz de sonsonete y ya ojos de pistola: “Te llama el comandante de Aurrerá. Dice que le dejaste tu reloj y no sabe si dárselo a tu amigo…”
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A Dios le consta que nunca quise que se conocieran; aun así, mi mamá insistía en el tema del bochorno en marcha. “¡Eres mi vergüenza!”, susurraba entre dientes, como preludio a un nuevo pellizco en el brazo. “¡Ya no lo hagas, manito!”, terminó aconsejando el comandante, mientras me devolvía nueve pesos de cambio y entregaba a mi madre la mercancía robada. “¿Cuándo has visto estas cosas en la casa?”, se extrañó varias veces, ya en el coche, mientras confeccionaba la lista de castigos que me había ganado. “¡Por ladrón”, concluiría más tarde, seguramente al tanto de cómo ese sonoro adjetivo resonaría entre los pabellones de mi mala conciencia. Vamos, que luego de tamaño quemón conmigo mismo no tenía la buena de mi madre ni que adjetivarme para hacerme sentir escoria pestilente. “Somos buenos”, diagnosticó al final el Perro García, “lo malo es que nos falta un montón de práctica”.
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Chin-chin el que pague
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La práctica constante de una mala costumbre no nada más otorga múltiples destrezas; también, de paso, innúmeras indulgencias. No se siente culpable, ni tan siquiera cree caber en los correspondientes adjetivos, quien roba a toda hora, diario, a la luz del sol, a media avenida, libre de todo asedio policiaco; menos aún quien lo hace sin salir de su casa y por supuesto no experimenta muerte chiquita alguna. Si discos y películas se venden por millones en las banquetas y ya a nadie le extraña y cada vez son menos quienes se sonrojan de confesar que son clientes asiduos, mal puede alguien sentirse delincuente por incurrir en un delito que ha dejado de parecer delito. Por el contrario, hay hasta quienes ven con menosprecio, inclusive sospecha, al ingenuo que va y se gasta en un disco lo que en la calle le alcanzaría para una docena. Y digo “va y se gasta” porque la mercancía legal está en las tiendas, no en las banquetas, de modo que además hay que desplazarse, si lo que quiere uno es evitar ser cómplice de una estafa tan generalizada que parece ridículo oponérsele.
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Imaginemos una sociedad que acostumbra saquear los supermercados, y donde los escasos compradores son vistos como estúpidos por la turba habituada a vivir de gollete. No hace falta esforzarse para ingeniar un mundo que sobreviviría por tan poco tiempo, pues una vez que la costumbre se generalizara no quedarían ya supermercados, ni mercancías, ni quizá rastro de civilización. Tras los supermercados, caerían las misceláneas y los puestos callejeros, a falta de siquiera un comandante que tuviera el supremo atrevimiento de recordarles que robar es delito.
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Cuestión de cleptofilia
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Uno sabe que vive en un país amigo de las malas costumbres cuando ve a un extranjero escandalizarse. “Mi papá ni siquiera se imagina la posibilidad de instalar una copia pirata en su computadora”, me decía hace poco una neoyorquina avecindada en México, todavía sonrojada porque su padre le había ofrecido una licencia extra para un programa de cientos de dólares que ella había comprado a media calle, por el precio de un par de hot-dogs. Lo raro no es al fin que exista y se negocie la mercancía pirata, sino que esto nada tenga de raro. “Es cosa de opinión”, se defienden algunos, dando así la razón al plagiario de la voz engolada que llama y se identifica como miembro de “la industria del secuestro”. ¿Es de veras tan raro que en Ciudad Juárez los malandros circulen sin placas y nadie los detenga, cuando aquí las banquetas bullen de mercancía irregular y ni quien los moleste? ¿Alguien acaso experimenta temor alguno si carga bajo el brazo un dvd pirata?
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No voy a pretender que desde el incidente del Aurrerá me curé totalmente de esas mañas, si ya he dicho que el gusto no estaba en el botín, como en la adrenalina involucrada. Pero entre eso y pasar el resto de la vida en el papel de adolescente inimputable media un trecho tan grande como el que separa a civilización de barbarie. Por lo demás, la impunidad perfecta tiende a apestar, más todavía si se vuelve costumbre y hay quien dice que todo es cosa de opinión. Hoy día los editores saludan la llegada del libro electrónico y aseguran que los archivos serán inviolables. ¿También será imposible digitalizar las copias de papel y comercializarlas en formato pdf? No es preciso engañarse con los algoritmos: la costumbre es robar, sin esfuerzo ni culpa ni vergüenza, igual que se echa mano de la fruta en el árbol. A saber si mi madre no se equivocó, y en lugar de endosarme aquel papelón debió animarme a seguir adelante. “Ya vas a ver, muchacho”, me habría estimulado, “que en el futuro esto será normal y no habrá comandante que te importune.

miércoles, marzo 24, 2010

¿Qué país es éste, Agripina? (Diario Milenio/Opinión 23/03/10)

La pregunta que funciona como título de este texto proviene, claro está, de ese maravilloso cuento de Juan Rulfo intitulado “Luvina”. Recordarán los que lo hayan leído que Agripina es la esposa del ex maestro rural que, bebiendo cerveza tras cerveza, le narra a otro hombre, otro posible visitante de Luvina, cómo perdió su vida y sus ilusiones cuando vivió allá, en ese pueblo triste y pedregoso, ubicado sobre la Cuesta de la Piedra Cruda, donde las ráfagas continuas de un viento negro no dejaban ni siquiera crecer a las dulcamaras “esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos a los despeñaderos de los montes”.
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Según el hombre que cuenta su historia en Luvina, y para quien contarla es una especie de “baño de alcanfor” para su cabeza, un buen día se encontró en ese lugar junto con su familia: “Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento...Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos”.
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Es justo ahí, preso sin duda de la extrañeza, acaso prefigurando de una buena vez su porvenir y el nuestro, que el hombre le pregunta a su mujer:
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“—¿En qué país estamos, Agripina?”
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Y es ahí, en esa Plaza —una palabra que viene del latin plattea y que alguna vez quiso decir, en efecto, “lugar ancho y espacioso dentro de un poblado, al que suelen afluir varias calles”, pero que ahora bien sabemos que significa otra cosa bastante distinta —que ella le da su escueta, muda, monumental, respuesta:
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“Y ella se alzó de hombros.”
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Soy parte de una generación que nació justo después del así llamado milagro mexicano y que creció, eso sí de puro milagro, en las décadas subsecuentes: años de crisis y descaro, corrupción rampante y deterioro. A mí todavía me tocó, por ejemplo, la devaluación que llevó al peso de 12.50 por dólar, a su doble: 25. Y me tocaron todas las otras también, hasta llegar a una irrisoria suma que incluía más ceros de los que puedo recordar ahora. Me tocó asistir de pura casualidad al concierto que daba un raro personaje en los patios de mi universidad frente un número reducidísimo de estudiantes para quienes “no tengo tiempo de cambiar mi vida/ la máquina me ha vuelto una sombra borrosa” no sólo tenía todo el sentido del mundo sino que era, además, algo incontestable. Me tocó, en todas las acepciones del término, el temblor del 85 justo en la Ciudad de México. Supe, con la rabia y la frustración del caso, de las represiones selectivas del salinismo, como sigo al tanto de las muertes de periodistas y activistas sociales en fechas más recientes. Como muchos a mediados de los 80, emigré al norte porque para una graduada de la UNAM, y para colmo en la carrera de sociología, las esperanzas de vida en un país comprometido con los principios del neoliberalismo no eran muchas. La violencia de nuestra historia contemporánea, quiero decir, nunca me ha sido ajena. Pocas veces durante todos esos años, sin embargo, se me ocurrió repetir la pregunta que le hace el ex maestro rural a Agripina, su esposa, apenas un momento después de verse abandonado en Luvina.
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Pero los años pasan (como suelen anotar los narradores) y la realidad que, siendo como ha sido siempre, voraz e injusta, se me ha vuelto cada vez más extraña. Frente a la muerte impune de los 41 niños de la guardería ABC me siento, en efecto, como en esa plaza rodeada de ráfagas negras. Desde ahí repito la pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”. Frente a la muerte impune de estudiantes en Ciudad Juárez y, más recientemente, en Monterrey, la misma pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”. Frente a una guerra espuria que organizó un Presidente para quien su legitimidad política ha sido más importante que el bienestar y la protección de la población civil, la misma pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”.
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En el cuento de Rulfo, Agripina se alza de hombros no una, sino dos veces. La segunda después de salir de una iglesia en la que había entrado nada más para rezar. Luego, poco a poco, todavía entre tragos de cerveza, el ex maestro rural va describiendo Luvina: es un lugar triste, eso ya lo sabemos, donde viven apenas “los puros viejos y los que todavía no han nacido”, “mujeres sin fuerza, casi trabadas de tan flacas”, “mujeres solas, o con un marido que anda donde solo Dios sabe”, y los muertos, por supuesto, nuestros muertos. Más tarde, ya casi a punto de empezar con el mezcal, el hombre se acuerda de la única vez en que vio la sonrisa de los habitantes de Luvina. Fue cuando les sugirió que buscaran un sitio mejor y les dijo, además, que el gobierno los ayudaría. Lejos de alzarse de hombros, y mostrando, de hecho, “sus dientes molenques” a través de una risa que se antoja torva, le contestaron:
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“—También nosotros lo conocemos [al gobierno]. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno”.
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La frase da para mucho, en efecto. Da para tanto. Pero heme aquí, en el centro de otra plaza donde todo se vuelve remolino e intemperie. Aquí. No escribo como analista política porque no lo soy. Escribo desde más adentro. Escribo como lo que alcanzo a ser a veces: una escritora. “¿Qué país es éste, Agripina?”, me preguntas desde tan lejos. Es el país en el que nos convertimos, Juan. Acaso por callar. Acaso por no escuchar las voces de los otros. Acaso por cerrar los ojos.

lunes, marzo 22, 2010

La risa del bandido (Diario Milenio/Opinión 22/03/10)

Para robarse un país
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Se cuenta que una noche de 1944, al final de otra de las peroratas nocturnas con las que Hitler distinguía a sus colaboradores más próximos, allá en su mítica Guarida del lobo, desapareció una de las antorchas con las que cada quién alumbraba el camino hasta su habitación. No bien vio el Führer a su secretaria —la dueña de la antorcha— ir y venir en busca del fuego perdido, tuvo un raro desplante de humorismo. A mi ni me mire, comentó el dictador, que yo robo países, pero no antorchas. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia de otro territorio tomado por sus huestes, el barbaján de Linz solía propinarse un manazo en la pierna y soltar una risotada consonante, igual que los malvados de las caricaturas. Al mando de un gobierno de rufianes, sostenido en pilares tan rentables como propaganda, opresión, secuestro, latrocinio y mano de obra esclava por millones, Hitler tenía tan claro como sus hitlercitos que el suyo era un modelo de Estado bandido.
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Parece siempre injusto y exagerado comparar a los déspotas de hoy con la escoria nacional-socialista, como si para ello el aspirante debiese acreditar la operación de campos de exterminio. Lo cierto, sin embargo, es que bandidos hay de diversos tamaños, y aun si el prototipo parece inalcanzable sobran los entusiastas dispuestos a echar mano del ejemplo. ¿A qué bandido no le gustaría gobernar un país sin cortapisas, con todos los poderes rendidos a sus pies y la Constitución lista para ser retorcida de acuerdo a su capricho y conveniencia? Pues de lo que se trata no es de violar la ley como cualquier bandido, sino de reinventar al Estado para que toda su maquinaria legal funcione ya al servicio del bandidaje —de preferencia en su acepción más amplia, donde cualquier extremo es bienvenido—. Si hemos de echar un ojo a sus prototipos, el Estado bandido se da derecho a todo, de forma que en su contra nadie se mire con derecho a nada. Insisto, no es preciso pensar en crematorios para hacer cierto un purgatorio así; basta con redactar un puñado leyes de absurdas y abusivas y avasallar con ellas a propios y extraños. Nada que un bandidazo no pueda improvisar.
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¿Quién es el peligroso?
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Recuerdo una película —vieja, mala, grotesca: La isla de los hombres solos, inspirada en el libro del mismo nombre— donde tras reprimir, explotar y maltratar a los presos de la isla-prisión, el alcaide la declaraba república independiente, como un ardid extremo para evitar su destitución, y acto seguido repartía entre sus condenados las diversas carteras de su gabinete. Imposible saber, a media proyección, si se carcajeaba uno por la pobre factura de la película o por la situación absurda que narraba. Quiere uno creer, cuando menos en aras de la salud mental, que un gabinete de patibularios y andrajosos cabe apenas en la imaginación. Ya quiero ver qué banda de rufianes y asesinos tiene entre sus secuaces a psicópatas de la talla de Goering, Himmler, Streicher, Goebbels, Frank o Heidrich, por nombrar a unos cuantos de entre los avezados criminales que en su tiempo engrosaron la banda de la svástica. Algo tienen el boato y el protocolo que hacen ver respetable incluso —y, me temo, sobre todo— a la escoria de la escoria. Tipos cuyos encantos y habilidades florecen al amparo de un Estado bandido.
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Como frecuentemente lo hemos visto, los Estados bandidos secuestran el poder y se enquistan en él apoyados por medios tan convincentes como la aplicación selectiva de leyes en esencia inaplicables. Leyes imbéciles, contra las que no es posible argumentar, sostenidas en principios perversos que a su vez son artículos de fe. ¿Qué puede argumentarse, por ejemplo, contra una acusación de peligrosidad? ¿Cómo probar que no es uno peligroso, allí donde los jueces atienden al estigma antes que a la evidencia, al extremo de hallar a ésta en aquél? ¿Quién, que trabaje en una empresa extranjera y le sea confiscado por ley el 95 % de su salario no es, en potencia al menos, peligroso?
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Bandidos al poder
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“Abuelo sabio”, apoda Evo Morales a Fidel Castro, asumiendo que medio siglo de poder irrestricto y abusivo confieren una enorme clarividencia. O en su caso un inmenso repertorio de mañas, traduciendo al lenguaje de los bandidos. ¿Dónde, pues, si no en el seno de un Estado bandido sucede que las madres y esposas de los presos políticos sean insultadas y asediadas por catervas de esbirros y sicofantes enviados por el régimen a intimidarlas en nombre del pueblo? ¿Es pura coincidencia que los peores bandidos persigan y castiguen con la mayor crueldad al periodista que se atreve a exhibirlos? ¿Qué periodista honesto no es peligroso para los bandidos? A nadie extrañe entonces si el régimen y sus corifeos se anticipan a invertir los papeles y clasifican como delincuentes y gusanos a quienes prefirieron pensar por su cuenta en mitad de una tiranía que administra el control de las conciencias con rigor carcelario y celo entomológico.
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Tal como lo hacen tantos bandidos comunes, los Estados bandidos tienden a apandillarse. Y esto es un gran alivio para otros criminales afines —gatilleros, secuestradores, dinamiteros y otros pros del odio— que se mueven entre estos santuarios amparados por privilegios extremos, como una nueva nacionalidad, una escolta oficial o un puesto en el gobierno. ¿Qué puede hacer, desde la Audiencia Nacional española, el juez Eloy Velasco para encausar a Arturo Cubillas Fontán, etarra de cumplidas pocas pulgas, si hoy éste ocupa un cargo de alta relevancia en el gobierno de Hugo Chávez? ¿Qué decir de un fanático y matón metido a funcionario bolivariano, cuyo trabajo es expropiar las tierras de quien básicamente se le antoje? ¿Qué otra razón tendría el matasiete Carlos Ilich Ramírez para opinar, desde su celda en Francia, que en Venezuela mandan al fin los suyos? Pienso al fin en un western de Mel Brooks donde una banda armada con los peores malhechores pretende apoderarse de un pueblo entero. Y lo curioso es que uno se reía, como dando por hecho que eso no era posible. Si los Estados pudieran reírse, el Estado bandido no pararía jamás.

domingo, marzo 21, 2010

Síndrome de abstinencia-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 21/03/10)

Como todos los primeros de enero, la mayoría dedicó el día inaugural de 2010 a formular buenos propósitos que no cumplirá: bajar de peso, dejar de fumar, beber menos, gastar menos. No fue mi caso. Y no sólo porque ninguna de esas perspectivas –a excepción de la primera– me seduce demasiado sino porque mi cabeza andaba en otro lado, como muestra la columna que publiqué ese día en este mismo diario. Escribí entonces sobre mi próxima mudanza, que me llevará a abandonar la casa de principios de los 50 en que vivo (hermosa de sí pero incompatible ya con nuestras necesidades) por unos asépticos departamentitos nuevos –uno para vivienda, uno a guisa de estudio, otro para la suegra–, carentes de gusto y de personalidad pero, eso sí, muy prácticos. No que fuera tampoco ese asunto el que realmente ocupaba mis ideas a la sazón; quien quiera enterarse de mi obsesión de entonces –como de ahora– no tiene más que referirse al último párrafo de aquel texto: “En un mes empieza la tercera temporada de Mad Men. Es mi consuelo.”
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Por más que intento hacer memoria, no logro recordar qué me hizo pensar entonces que febrero habría de ser el mes en que HBO estrenaría en nuestro país los capítulos 27 a 40 de la serie estadounidense que ha concitado el entusiasmo sostenido de la crítica y ganado nueve Emmys y cuatro Globos de Oro en lo que lleva de vida. Acaso no dispusiera de información alguna al respecto y me haya dejado arrastrar por el wishful thinking, ese primer síntoma del síndrome de abstinencia.
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Casi dos meses después de la fecha fantaseada –hoy a las 10 de la noche–, Mad Men regresa a las pantallas mexicanas. La serie, que narra la vida de una agencia publicitaria en el Manhattan de principios de los 60 y especialmente la de su vicepresidente creativo, Don Draper, hombre fundamentalmente decente pero lastrado no sólo por su falsa identidad sino por las condicionantes socioculturales de su tiempo, admite varios niveles de lectura. El más evidente es el literal: la historia de un personaje que lleva una doble vida y debe luchar con su entorno y consigo mismo para que ninguna de las pelotas de su juego malabar caiga y se estrelle contra la dura realidad. El más ambicioso es el sociológico: Mad Men como un estudio sobre las mores de la modernidad agónica, cuando la discriminación era defensa, la represión recurso, la hipocresía hermosura y honor. El más frecuente, sin embargo, será el formal; basta escuchar cualquier conversación de pasillo sobre esta serie para evocar un universo pretérito en que todo mundo fumaba (incluso en restaurantes), en que todo mundo bebía (incluso en la oficina), en que todo mundo vestía bien (incluso en fin de semana), en que todo mundo –o, cuando menos, todos los hombres– daba cauce fácil a sus pulsiones sexuales (incluso con sus subalternas).
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La nueva temporada de Mad Men transcurre en 1963 y obligará a sus personajes a enfrentar los signos de ese tiempo turbulento –el advenimiento de los refrescos de dieta, la popularización de la mariguana, las primeras batallas de la lucha por los derechos civiles, el asesinato de Kennedy– y a Don Draper a encarar por fin su pasado oculto. Aventuro que nada de eso resultará central para nosotros. Aventuro que lo que querremos será perdernos en una ensoñación de humo y de ginebra, de sexo y de consumo, nostálgicos de aquellas adicciones desde estos días en que el único vicio que nos queda es la televisión.