lunes, octubre 19, 2009

Conversaciones entre fugados.

-Conejo-Amigo, he llegado a la conclusión de que me enamoré de un holograma.
-Vaya, al menos, eso confirma que si hemos evolucionado.
-No entiendo.
-Mira, antes nos enamorábamos de mujeres enmascaradas, ahora los tiempos cambiaron. Hemos cambiado las máscaras por los hologramas. Y tú, mi lobo-amigo, eres adicto a la tecnología.

jueves, octubre 15, 2009

Lecturas de baño-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 15/10/09)

Estuve por varios meses dándole vueltas a un problema: tener el magistral Libro del desasosiego, de Pessoa en el baño de invitados es un gesto literario, pero no del todo cordial. Aunque las entradas del dietario portugués tienen la medida e inteligencia exacta para acompañar a un huésped durante su estancia en nuestra casa y más allá, las meditaciones son un poco duras si a uno no le está yendo bien en la vida -el cual es casi siempre el caso. Nunca me animé, sin embargo, a devolverlo a su estante y sustituirlo por otro más alegre. Entonces me mudé a Tacubaya.
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Hay algo de épica ridícula en todas las mudanzas o cuando menos en todas las que suceden a partir de la edad en que uno ya empieza a tener cosas -siempre más de las necesarias y siempre insuficientes para estar cómodo con exactitud. Es un asunto operático en el sentido de que representa un espectáculo gigantesco en el que la intimidad de alguien se despliega en todas las dimensiones imaginables.
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¿De verdad nos importa que el joven Werther sufra tanto?, ¿de verdad es necesario dejar la reja con mis camisetas en el patio mientras entra el sillón?
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Todo es faraónico y un poco tonto en el acto de mudarse: la compresión, transporte y despliegue violento de lo que tenemos; el maquillaje excesivo de la casa recién habilitada; el dramatismo de los gestos de comando que implica coordinar a una serie de cargadores -eficaces y afinados como una sinfónica de gatos-: “El bambineto al cuarto de en medio”, grita uno como si estuviera soltando a la caballería germánica en Farsalia. Al final, la melancolía rotundísima se nos impone cuando el ballet de los forzudos deja el escenario y nos quedamos entre cajas repletas de cosas que ya se volvieron demasiado viejas.
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Como la ópera, mudarse tiene también mucho de cruda: no se acaba nunca y uno no hace más que decirse que no lo vuelve a hacer mientras está en ello.
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Luego sigue el tedio de ocupar todo el tiempo en taladrar paredes y cuajar repisas, volver a lavar todo lo que se había lavado 10 horas antes y que parece haberse multiplicado durante el viaje en contenedor. Hay actividades que se sienten irremontables como una tesis de doctorado: deshacerse de las cajas que quien sabe por qué ocupan más espacio desarmadas que llenas, esperar a los electricistas que no acabaron ninguno de los trabajos que tenían que terminar (lo digo sin querer poner ningún dedo en ninguna llaga; he estado tan concentrado en volver a tener una vida habitable, que cuando alguien dice “SME”, le respondo: “Salud”); esperar al infinito para poder ver el correo electrónico porque los empleados de Cablevisión son las personas más importantes, ocupadas y sangronas de todo el mundo.
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Sin embargo, en todas las mudanzas llega también el momento tan reconfortante de volver a montar la biblioteca -que por cierto es lo único que mejora con cada cambio porque los contextos nuevos le permiten exhibir su pátina de veterano de todas nuestras guerras.
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El proceso de realfabetización de los volúmenes es como un Facebook sin indeseables: cada libro remite a la mejor parte de un periodo de vida.
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El sábado pasado, por ejemplo, establecí las condiciones para llegar hasta la M y la tarde me alcanzó sin haber terminado ni la A. Estuve hojeando la edición de 1910 de la Enciclopedia Británica -según Emir Rodríguez Monegal, la base del estilo borgesiano-.
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Mi vida sigue siendo un revoltijo de cajas entre las que es imposible escribir ni una palabra, pero mi sábado fue insuperable.
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Ayer en la noche alcancé, trabajando con marcialidad teutona, la L. Entonces tomé la decisión que he estado posponiendo por años: saqué del baño de invitados el Libro del desasosiego y metí los diarios de Lewis y Clark sobre la exploración del río Missouri: las entradas de los dos exploradores tienen también la duración perfecta y ofrecen la virtud de devolver a los amigos entonados para la conversación: con ánimo curioso y naturalista.

Usos (y abusos) del electroshock

Diario Milenio-Puebla (15/10/09)
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Un accidente dio paso al descubrimiento del electroshock cuando el psiquiatra italiano Ugo Cerletti (26 de septiembre, 1877-25 de julio, 1963) se dio cuenta, en un matadero de cerdos, que algunos de éstos no morían al aplicarles una potente descarga eléctrica. Los cerdos que se mantenían con vida (los observó Cerletti), quedaban momentáneamente tranquilos, sedados. No tardó mucho en experimentarlo con los pacientes de los psiquiátricos de Italia. Al aplicarles una dosis de terapia electroconvulsiva, desaparecían los síntomas agudos (como los arranques de ira, por ejemplo) en los aún mal llamados esquizofrénicos.
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Cerletti usó lo que llamaría electroshock para fines terapéuticos en pacientes con delirio y alucinaciones, luego de experimentarlo en animales durante un buen tiempo. Los representantes de la antipsiquiatría italiana (Franco y Franca Basaglia Ongaro), lucharon en la década de los setenta por eliminar esta práctica fascista de los sanatorios mentales, lográndolo a medias.
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También RD Laing y David Cooper documentaron y condenaron la práctica del electroshock, por considerarla inhumana. Durante mi servicio social como psicólogo clínico, nunca jamás (a Dios gracias) vi que a alguien se le aplicara un electroshock. Pensé que estaba erradicado, lo creí en serio. La única vez que vi cómo se aplica un electroshock fue en la película Atrapado sin salida con Jack Nicholson, pero eso estaba en el cinematógrafo.
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Lo que yo pensé que se había erradicado gracias a la lucha de la antipsiquiatría (la terapia electroconvulsiva) para el tratamiento de las enfermedades mentales, no lo ha sido. He leído recientemente en los medios (La Jornada, 12-10-09) que en el hospital psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, en el DF, continúa aplicándose el electroshock como terapia a los pacientes. Es terrible lo que declara el doctor José Ibarreche, médico adscrito a la Unidad Médico-Quirúrgica. Dice que es un mito aquello que la gente sufre al sentir la descarga eléctrica, y que el tratamiento se aplica mensualmente a “unos cuatro afectados”. Y dijo más: que la terapia electroconvulsiva es ideal en embarazadas que padecen depresión. El doctor luego reconoce que cada vez el electroshock es menos frecuente, pero sí necesario para beneficio de los enfermos. ¿Necesario?, me lo pregunto.
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Pareciera que el avance científico (en cuanto a fármacos y terapias se refiere) no se ha dado en la ciencia médica en el ramo de la psiquiatría. ¿No es el electroshock una forma más, por parte de los médicos, de quitarse al paciente de encima, con todo y sus problemas? Es una más; la otra lo fue la "camisa de fuerza".

miércoles, octubre 14, 2009

"El otro rostro de Juárez"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 14/10/09)

Eduardo Antonio Parra se inscribe en esta avalancha de escritores mexicanos que han optado por novelar a los próceres de nuestra mítica Historia. Sin duda Antonio ha escogido a uno de los insignes más importantes para la nación mexicana: Juárez ni más, ni menos. Juárez, el prestigioso liberal; Juárez, el personaje más representativo de la masonería en México y quizá en Latinoamérica; Juárez, el gran reformista; Juárez, el que en México le dio a la Iglesia lo que es de la Iglesia y al gobierno lo que le pertenece; Juárez, el que está en todo el país ya como nombre de escuela, ya como designación de alguna calle o como “el rostro de piedra” que se erige en alguna plaza de cada ciudad y a la que cada 21 de marzo se le deja una ofrenda floral. Hablar de Benito Pablo Juárez García es una ardua y complicada tarea, pues aparentemente –según Monsiváis- ya se ha dicho todo acerca del personaje plasmado en los billetes de veinte pesos. Sin embargo, Antonio con esta novela demuestra lo contrario.
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Eduardo logra mezclar con gran perfección dos estilos literarios, por decirlo de una forma: el realista y el actual. Recurre a las descripciones detalladas, a veces asfixiantes (propias del realismo); pero juega con los tiempos para romper con la linealidad, logrando así una novela redonda en la cual va retratando a aquél Juárez que luchó a muerte contra Santa Anna; que derrotó a Miramón en la Guerra de Reforma y a Habsburgo en la Guerra de Intervención; pero también nos habla del Benito que conforme transcurren los años y los logros en el poder se va volviendo más ambicioso y se reniega a perder o ceder tal, porque Juárez en vida se sabía héroe y se sentía indispensable para el país.
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“Juárez” es la novela de un héroe lleno de claroscuros, de un humano que actúa bajo la razón, el amor, el patriotismo, la humildad, la sencillez; pero también bajo los efectos de la envidia, la soberbia, la egolatría. Aquí también se plasma la vida de un Benito que llega al poder fortalecido y apoyado siempre por Margarita, su esposa, y sus amigos liberales como: Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Miguel Lerdo de Tejada, Sebastián Lerdo de Tejada; entre otros, pero poco a poco la guerra, la vida y la búsqueda por permanecer en el poder -hasta que encuentre alguien capaz de manejar el país o la muerte se lo lleve-, le van arrebatando a cada una de sus fortalezas hasta volverse un ente débil o al menos una frontera fácil de pasar.
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A lo largo de cuatrocientas cuarenta páginas el lector se acercará a un Pablo que caminará por situaciones adversas de las cuales saldrá triunfante y verá cómo un hombre tan lleno de certezas y seguridades en el inicio de su carrera política, al final de su vida se la vive en la duda y el desacierto, víctima de su propia historia que él y nada más trazó.
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“Juárez. El rostro de piedra” es publicada por Grijalbo en su colección de novela histórica y a diferencia de muchas otras novelas que recientemente proliferan, ésta sí aporta algo nuevo en la forma de mirar a Juárez.
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A partir del 14 de octubre en el blog: http://librodiadia.blogspot.com, el novelista poblano Pedro Ángel Palou se ha propuesto leer un libro y reseñarlo cada día durante un año, para que al final sean 365 libros los comentados. La invitación está hecha.

martes, octubre 13, 2009

Saber de esas cosas

Diario Milenio-México (13/10/09)
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Al inicio pensé que el ruido era provocado por la lluvia. Recordaba vagamente, como suelen recordar los que no están en verdad despiertos, que el día anterior había caído una tormenta y que había conciliado el sueño todavía con el arrullo de las gotas sobre el ventanal. El inconsciente debió haberse refugiado en ese puñado de datos para evitar el despertar. El ruido, sin embargo, continuó. A momentos parecía que un ave hubiera caído sobre la terraza e intentara, sin conseguirlo del todo, elevarse otra vez. A momentos daba la impresión de ser producido por el lento andar sobre zapatos muy pesados. Mi incapacidad para darle forma o asociarlo a alguna actividad familiar fue lo que me obligó a abrir los ojos y ver de reojo hacia el ventanal.
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Afuera, en efecto, llovía. Era apenas una ligera sábana de gotas diminutas que, una vez sobre la superficie del cristal, se deslizaba a gran velocidad hacia la base de la ventana. Las hojas puntiagudas de un árbol se arremolinaban con la ventisca nocturna. Estaba a punto de darme la vuelta para continuar durmiendo cuando el ruido arreció de nueva cuenta. No tuve otra alternativa más que incorporarme de la cama y tratar de investigar si algo pasaba. Tuve miedo, eso es cierto. El frío de las baldosas se me pegó a las plantas de los pies. La oscuridad y la lluvia no me dejaron distinguir nada preciso a través de la ventana. Era de madrugada y todo afuera parecía tranquilo. Suspiré aliviada, pero también con cierto desencanto. Ahora, ya pasado el peligro, imaginaba que habría podido enfrentarme a cualquier reto. Imaginaba que, de haber sido necesario, habría luchado cuerpo a cuerpo contra el ladrón desprevenido o el asesino a sueldo. Si hubiera tenido la oportunidad, habría podido demostrar mi valentía. Iba ya de regreso a la cama cuando escuché el ruido sobre el cristal. Voltee tan rápido que. El salto del corazón. El pulso.
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Se trataba de una broma, sin duda. Sabía que mi mejor amigo deseaba ser astronauta así que de inmediato supuse que se trataba de él. Seguramente había rentado un disfraz y, agazapado en la terracita de mi cuarto, había esperado la hora más callada de la noche para tocar a mi ventana. Fue por eso que la abrí, riendo. Me tomó un poco de tiempo confirmar lo obvio: el astronauta que saltaba por la ventana para introducirse en mi recámara era mucho más alto que yo, que ya le sacaba, por cierto, un par de centímetros a la estatura de mi amigo. Pero para entonces el hombre había encontrado la forma de echarse sobre una silla y de aclararme a señas que bajara la ventana pero que tuviera cuidado con la sonda que lo conectaba a algo en el exterior. Yo cerré la ventana porque tuve frío y porque temí que la llovizna arruinara las cortinas y los papeles que yacían sobre el escritorio.
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El, por otra parte, no me provocó miedo. El traje blanco era brumoso, lo cual le prohibía llevar a cabo los movimientos que yo asociaba con la violencia. ¿Cómo podría lanzarme contra la pared si apenas podía mantenerse en pie? ¿Cómo me podría hundir una daga en el corazón si llevaba las manos cubiertas de incómodos guantes? Así, en lugar de salir corriendo de la habitación para dar aviso del suceso, mejor me senté a los pies de la cama para observarlo a mis anchas. Ahí estaba, protegido de todo: las altas temperaturas y la radiación infrarroja, el fuego y la falta de gravedad. Me fijé cómo las perneras se conectaban al chaleco y éste a los conductos de gases y ventilación. Luego, me entretuve observando mi propio reflejo sobre el casco. El astronauta había dejado caer ambos brazos a los lados del cuerpo y, por la inclinación de su casco sobre el hombro derecho, deduje que dormiría. Era, a todas luces, una deducción peregrina porque la esfera que cubría su cabeza no me dejaba en realidad ver su rostro. Me aproximé entonces, de puntillas. Extendí la mano pero en el último minuto la pegué a mi pecho. Al final me decidí a hacer lo mismo que él había hecho: tocar su visor con mis nudillos. Algo dentro del traje reaccionó entonces, moviéndose apenas.
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-¿Qué haces aquí? -fue lo único que atiné a preguntar, estupefacta.
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Una pequeña pantalla se encendió entonces en la parte superior del casco y, dentro de ella, brillaron una serie de letras en color rojo: “ESTOY CANSADA”, leí.
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Pensé en todas las cosas que podría preguntarle y en la cantidad de respuestas con las que podría sorprender a mis compañeros de clase al siguiente día. Organicé algunas ideas en mi cabeza preparándome para el interrogatorio e, incluso, acerqué una libreta y un lápiz para no correr el riesgo de olvidar datos u omitir fechas o nombres. El espacio sideral, me dije a mí misma. La vía láctea. El cosmos. Las palabras eran tan diminutas bajo mi paladar como nuestra existencia bajo la bóveda celeste. Afuera, el cielo nublado no me permitía ver las estrellas.
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Como no sabía en realidad qué hacer, opté por lo que me pareció la salida más cortés: la dejaría descansar y, tan pronto como detectara algún movimiento de su parte, la atacaría con preguntas claras y bien planteadas. Su edad, por ejemplo. La primera impresión verdaderamente subjetiva ante la falta de gravedad. La consistencia de la superficie de donde había surgido el polvo que ensuciaba su traje. ¿Qué hacía cuando tenía sed? ¿Cuándo tenía comezón? Y luego, al final, lo más importante: ¿extrañaba todo esto? Postergar mi curiosidad, que era mucha, me aseguraría, eso supuse, su buena voluntad y, luego entonces, con algo de suerte, sus mejores secretos. Los quería todos, desmenuzados sobre mi regazo. Estadísticas. Hallazgos. Percances. El tipo de cosas que nunca son oficiales pero que motivan la conversación entre conocidos. Aguardé inmóvil tanto como pude pero los minutos pasaban sin cambio alguno. Los ojos, eventualmente, se me empezaron a cerrar, y la cabeza a caer en picada sobre el pecho. Cabecee más de una vez, sin duda alguna, porque al abrir los ojos en una ocasión leí su mensaje sobre la pantalla: “SE ESTÁ MUY SOLO ALLÁ AFUERA”. Las letras rojas fulgurando en la noche cerrada. La segunda vez que abrí los ojos no había ya nadie frente a mí.
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Limpié el agua que había dejado sobre la silla con un trapo seco. Luego, al cerrar la ventana, no pude evitar murmurar:
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-En efecto -como si yo entonces hubiera sabido ya de esas cosas o como si ella me hubiera podido escuchar.

domingo, octubre 11, 2009

¿Literatura mundial? (El universal/ Opinión 11-Octubre-2009

¿Puede hablarse de literatura mundial? ¿Desde dónde? No desde la producción, creo, sino desde condiciones similares de recepción del texto. En ese sentido sintomático Pascale Casanova se embelesa en su propio discurso y desde la comodidad del eurocentrismo habla de condiciones objetivas de universalidad (con el ejemplo del Nobel, mecanismo de consagración, no de producción estética) y, por ejemplo, no reconoce que un escritor que lee a otro escritor, las más de las veces desde la traducción, no lee normalmente. Un escritor lee a los otros desde su obra y la redibuja permanentemente.
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Pero quizá la mayor miopía sea pensar la tradición como una sola. Es curioso que un escritor de las periferias, desde hace años colocado en un centro, París, Milan Kundera, reflexione en su último libro, El telón, sobre el particular con especial agudeza. “Sea nacionalista o cosmopolita, arraigado o desarraigado, un europeo está profundamente determinado por la relación con su patria; (…) al lado de las grandes naciones, hay una Europa de pequeñas naciones entre las cuales muchas han obtenido o reencontrado su independencia política en el curso de los dos últimos siglos (…) mi ideal de Europa: la máxima diversidad en el mínimo espacio”.
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La argumentación es impecable: cada país de Europa vive el mismo destino común pero cada quien lo vive de modo distinto a partir de sus experiencias particulares. De allí, dice, que la historia del arte europeo parezca una “carrera de relevos”. Metáfora curiosa que contradice el simplismo de Casanova. En fin. Me interesa, sin embargo, un pequeño argumento de Kundera: “Lo que distingue a las naciones pequeñas de las grandes no es tan sólo el criterio cuantitativo del número de habitantes; es algo más profundo: su existencia no es para ellas una certeza que se da por hecha, sino siempre una pregunta, un reto, un riesgo: están a la defensiva frente a la Historia, esa fuerza que las supera, que no las toma en consideración”.
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Hay tantos polacos como españoles, se dice Kundera, pero los últimos pertenecen a una potencia colonial cuya existencia nunca estuvo amenazada, mientras que la Historia ha enseñado a los polacos lo que quiere decir pertenecer al corredor de la muerte. ¿Gombrowicks pudo ser español, es mundial? Nada más imposible. Y luego llega al centro: el testamento goethiano, una weltilerature, es traicionado. Basta abrir una antología, una historia: siempre se presentan superposiciones, una historia de las literaturas, en plural.
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Se puede, afirma el novelista checo, ver la realidad desde una perspectiva local, la del pequeño contexto, o leerse desde la perspectiva del gran contexto, de lo universal. Y afirma que sólo desde la traducción puede leerse la contribución de una gran novela. Sólo desde la distancia puede apreciarse el arte. Lo mismo que pensaba Bourdieu cuando decía que el traductor es quien lee de la manera más parecida a como leerá la posteridad. No se me malentienda: en todos los casos estamos hablando de lecturas, de recepciones, no de la producción literaria. Digámoslo muchas veces: la literatura mundial es un efecto de lectura, es un efecto —hoy en día más que nunca— de mercado.
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No se nos olvide que el provincianismo de los grandes es tan dañino como el de los pequeños. Traigo a colación a otra escritora periférica, la novelista croata Dubravka Ugresic. En su libro Thank you for not reading ha escrito quizá la mayor defensa del escritor actual frente al mercado. Un escritor, afirma, a quien le preocupa el contexto en el que escribe debería quedarse callado. De lo contrario es como si separara del árbol la rama que lo sostiene. Y para un pájaro que se sostiene en tan endeble rama se trata de un acto peligroso. Sin embargo, sólo se sabe la calidad de un artesano por sus herramientas. Y entonces tira el dardo: los escritores de los países del este estaban tan aislados del mercado y de sus tendencias que pudieron escribir sus obras con la libertad que Occidente desconoce ya. En su cuarto, por las noches, alejado de toda estética imperante, el escritor puede crear una obra propia. Y reitera: los escritores en una cultura literaria orientada por el mercado son solamente “hacedores de contenidos”.
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Podríamos seguir esta argumentación. La literatura mundial produce temas, modos reiterados de abordarlos, contenidos universales. La forma estética está fuera de la discusión. Sólo desde la periferia (algo que sabía muy bien Borges) puede renovarse profunda, duraderamente. Porque se trata de formas, descubiertas en el oficio, el taller, con los ojos estrábicos de los que habla Piglia: allá y acá. En ningún lado. Dice Ugresic que el peor descalabro para un escritor del este al encontrarse en el mercado occidental es reconocer que hay una ausencia de criterios estéticos absoluta.
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Los criterios para una evaluación literaria eran el mundo cotidiano, afirma, de un escritor del este, no Oprah. Eran su capital y ahora descubre que “vale mierda”. En el mundo no comercial no había mala y buena literatura, sino literatura y basura, concluye. Pero la mierda es accesible a todos, paradoja final del mercado que Casanova y Moretti parecen desconocer. No se trata de oponerse a lo global con la tiranía manipuladora de lo local. Se trata, aún, de producir formas novedosas. La novela es, desde Cervantes, un arte de la resistencia, de la periferia. Y es el género que mejor les sirve a los detentadores del poder literario para producir esa especie de producto de igual sabor y textura, ajeno a la diversidad, que es lo mismo El alquimista de Cohello que El zorro de Allende o esa plaga de Dan Brown. No importa que sean malos. Los lectores incluso lo afirman: “Sé que es una porquería, pero me encanta”, dicen a coro. Tal vez sería bueno regresar a la espesa selva de lo real desde donde se escriben las verdaderas novelas.
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Resistir al mercado es hoy resistir a la llamada literatura mundial, desde el exilio. Y no hay que olvidar la maravillosa frase de Edward Said: el exilio es un estado celoso.

viernes, octubre 09, 2009

El índex progre-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 09/10/09)

“Madame Bovary incita al adulterio y a la mala administración de las finanzas personales. El halcón maltés promueve el robo organizado, el contrabando, la traición, la mentira y el recurso a los atractivos sexuales femeninos en tanto carnada para utilizar y después desechar a un hombre (este último, claro, no es sino un delito menor, si acaso un avatar más del girl power): arda en el infierno de las progresistas y los progresistos Dashiell Hammett por haber imaginado semejante atrocidad, arda dos veces en él John Huston por haber osado llevarla al cine, esa perniciosa máquina de condicionamiento skinneriano y control orwelliano. Otelo es cosa del demonio: su lectura predica con el ejemplo la intriga, la ambición, la celotipia, la misoginia y el asesinato; queda como urgente asignatura pendiente la realización de una investigación confiable que permita cuantificar cuántas pobres incautas —toda mujer, sobre todo si joven, es ya por malhadado designio biológico una pobre incauta en potencia— hubieron de perecer a manos de bestias hambrientas de sangre y de sexo (corrijo: de bestios hambrientos de sangre y de sexo), rehenes de una vanidad (por definición) masculina desmesurada y despiadada, desatada por el satánico doctor Shakespeare y su secuaz, el temible Laurence Olivier. ¿Para qué escribió Dickens Oliver Twist y por qué hizo de Fagin su personaje más fascinante? Para glorificar el tráfico de niños, piedra de toque de una conspiración secreta urdida desde 1838 y entre cuyos presuntos implicados se cuentan Frank Lloyd, David Lean, Carol Reed y Roman Polanski (¡cómo no!), agentes de distribución viral de la orden subliminal emitida en cada fotograma de sus películas, merced a la cual todo espectador deviene robachicos impenitente no bien abandona la sala. ¿El ciudadano Kane? Autoapología de los poderes fácticos. ¿En busca del tiempo perdido? Volúmenes consagrados a fomentar el complejo de Edipo, la infidelidad, la sodomía y, peor, el esnobismo. (¡Menos mal que su delirante extensión ha impedido hasta ahora su traslado al cine!) ¿El Satiricón? Mala influencia el de Petronio, todavía peor el de Fellini, ese pornógrafo del alma. ¿Dante? Un pederasta cualquiera (recuérdese cuántos años tenía Beatriz). ¿Romeo y Julieta? Erótica infantil: una suerte de antecedente pretencioso de Barely Legal. ¿Freud? Un viejito cochino. ¿Platón? Otro abusador: ¡deje ese niño ai’! ¿Muerte en Venecia? El Assenbach de Thomas Mann es un peligro para las elites, el de Visconti la potencial perdición de las masas. (Todos somos Dirk Bogarde. Y no por elegantes o por apuestos o por flemáticos o por melancólicos sino porque todos vivimos a la espera de que el cine, ese invento de Lucifer, pulse los resortes de nuestras más bajas pasiones para salivar por cuanto niño güerito se nos atraviese en el camino.) Por culpa de Thomas de Quincey todos comemos opio. Por culpa de Baudelaire todos —flores del mal que somos— consumimos haschisch, ora fumado, ora ingerido en confitura. Admítelo: leer a Henry Miller te volvió misógino y los libros de Louis Fedinand Céline te hicieron mutar no sólo en misántropo sino en fascista. Un asesino asola la ciudad: eres tú, devenido M el Maldito, por culpa del influjo todavía más maldito del malvado Fritz Lang. Confiésalo: comes niños; la causa de tu trauma originario es una lectura temprana de Hansel y Gretel. No te escudes en tu falsa piedad: si no fueras tan asiduo lector de la Biblia, esa épica sensacionalista, no habrías emulado todos los crímenes que a lo largo de sus miles de páginas de papel cebolla se cometen. Sade está en el origen de tus múltiples parafilias sexuales. ¡Y cuidadito con leer la novela más célebre de Vladimir Nabokov o con ver las películas que Stanley Kubrick y Adrian Lyne filmaron a partir de ella! El resultado inescapable de dejarte contaminar por ese panegírico de la pederastia que es Lolita será una sed irrefrenable de desarrollar comercio ilícito y degradante con la nínfula a la que más confianza tengas. ¡Hijastras violadas del mundo, uníos! ¡Todas al auto de fe!”.
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Más o menos éste sería el discurso que sostendrían a propósito de varias obras canónicas de la literatura y el cine los progres bienpensantes que se oponen a que se produzca una versión fílmica de la Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez. Por fortuna, no las han leído, no las han visto, no las conocen. (Y, para mayor sosiego y como dijo Don Teofilito…)

Dios (es decir Google) me libre-Nicolás Alvarado (El Universal/Ipinión 03/10/09)

Así fue como la libré yo aquella noche en que, habiéndome comprometido a que mi editora recibiera a la mañana siguiente un ensayo sobre el espíritu y la decadencia de la fotonovela (sólo a mí pueden pedírseme semejantes cosas… y es que acaso sólo a mí me interesen), me descubrí ante un problema grave: necesitaba citar un pasaje del Sobre la fotografía de Susan Sontag y, por más que rebuscara en mis libreros, no podía encontrar mi ejemplar. Lo había ¿prestado?, ¿perdido?, ¿soñado sin haberlo poseído jamás? Las 2 de la mañana es horario fértil para abjurar del trabajo y entregarse a la especulación autocompasiva; sin embargo, dado que había yo incumplido ya tres fechas de entrega y que la revista sólo esperaba mi texto para su impresión, debía actuar. Dada la hora, la opción de ir a comprar otro o la de despertar a un amigo para pedírselo prestado no parecía tener demasiado sentido. Entonces salió a mi rescate, por así decirlo, mi amigo imaginario. El geek que llevo dentro. El que juega con PhotoShop y con ProTools, el que se empeña en sincronizar una grabadora Sony y una Mac hasta que lo logra. Que es el mismo que, puesto en tan adversas circunstancias, no descansa hasta encontrar lo que busca en internet.
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Me tomó varios clics y algunos cuartos de hora harto dificultosos pero, en algún sitio —lo lamento: no recuerdo ya el URL— di con una versión electrónica del On Photography anhelado. A precio exorbitante, sí —habré pagado 30 dólares por el PDF—, pero a fin de cuentas asequible en cualquier momento, y particularmente en ése.
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Aquél fue el día en que me convertí en defensor, acaso a ultranza, del libro digital.
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La anécdota es evidentemente previa al advenimiento de Google Book Search, el servicio del gigante de la informática que, desde 2004, escanea y publica en la red ediciones integrales de libros de dominio público y fragmentos no superiores a 20% de libros con derechos de autor vigentes. A la fecha, Google ha firmado a tal efecto convenios con las universidades de Harvard, Oxford, Stanford, Columbia, Cornell, Princeton y la Complutense —entre otras— y con las bibliotecas públicas de Nueva York, Bavaria y Lyon. Fue este último acuerdo el que moviera a escándalo en una Francia parcialmente refractaria a lo que muchos interpretan como colonialismo cultural y como amenaza a la supervivencia del libro y a las garantías del derecho autoral. Y fue justo tal escándalo el que ocupara la portada del diario Libération hace cosa de un mes, como habría yo de consignar antes aquí.
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No falta razón a los críticos de Google Books: en efecto, la empresa no tenía derecho legal a la digitalización de muchas de las obras y ni siquiera a la publicación de fragmentos. De ahí que el Sindicato de Autores de Estados Unidos y la Asociación de Editores Estadounidenses la demandaran en 2005 y recibieran 125 millones de dólares para sus agremiados, a manera no sólo de compensación sino de validación. Creo, sin embargo, que las ventajas de la digitalización son superiores a sus efectos perniciosos y que si nadie ha podido arrebatar a Google el cuasi monopolio en este empeño —Microsoft lo intentó y terminó por desistir— es por falta de ingenio. Dijo Umberto Eco un día que internet es una gran biblioteca desordenada. Salve, entonces, el bibliotecario no sólo hegemónico sino originario. Pueda terminar su tiranía por la vía de la competencia democrática y no de la argumentación paranoica.

jueves, octubre 08, 2009

Los Temas de Castilla del Pino

Diario Milenio-Puebla (08/10/09)
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A pesar de que Península/Atalaya editó estos Temas de Carlos Castilla del Pino, notable psiquiatra español y estudioso de la literatura y de la filosofía, es necesario siempre volver a él. Es, para decirlo con justicia, un profundo investigador del Hombre. Recuerdo a Castilla del Pino en la Capilla Alfonsina, dictando una conferencia sobre psiquiatría en el año de 1984 aproximadamente.
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Los Temas de Castilla del Pino son entonces el hombre, la sociedad y la cultura. Nacido en 1922 en San Roque (Cádiz), falleció el 15 de mayo de 2009 en Córdoba. Es autor de una vastísima obra. Baste mencionar algunos de sus imprescindibles títulos: Vieja y nueva psiquiatría (1963), Un estudio sobre la depresión (1966), Cuatro ensayos sobre la mujer (1971), Patografía (1972), Teoría de la alucinación (1984) y su obra de ficción Una alacena tapiada (1991) y Discurso de Onofre (1999), entre otras muchas más.De acuerdo con el Wikipedia, Castilla del Pino fue alumno interno del Hospital Provincial de Madrid, en donde conoció al maestro de la Neurología germánica Manuel Paraita. Su brillante tesis doctoral “Fisiología y patología de la percepción óptica del movimiento” tuvo una enorme aceptación hacia 1947.
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La mayoría de los ensayos que se reúnen en Temas se publicaron originalmente durante el transcurso de la década de los ochenta del pasado siglo XX, Temas que siguen siendo muy actuales. El libro es heterogéneo. Se divide en De hombres/ De literatura/ De ensayo y De sociedad.
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Por razones de espacio, como es obvio, sólo me ocuparé de un par de ensayos que a los lectores de Castilla del Pino nos abrió a la conciencia de la vida cotidiana en su momento: las “paradojas de la novela” (que son precisamente quizá las grandes paradojas de la cotidianidad) y “El mito de la conciencia culpable”.
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Aprendí por aquellos años lo que descifraba Castilla del Pino: la novela y el delirio son lo mismo, y sin embargo se distinguen por algo fundamental: “el novelista dice verdad, acierta; el delirante dice error, se equivoca”. El novelista hace ficción y el delirante –se dice– no hace ficción y, sin quererlo, hace ficción.
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He reflexionado mucho en lo que escribe Castilla del Pino y he entendido cómo se da el proceso de “volverse loco”. La culpa, por otro lado, envuelve a los personajes de novela y a quienes son delirantes, sólo que quienes deliran ya no saben bien a bien qué es la culpa, tema que, como lo dice Castilla del Pino, no es sólo una constante en la tragedia clásica, sino también del “drama de la modernidad”.
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El acto considerado culpable es, según el autor de Temas, deparador de preocupación. El sentimiento de culpa pertenece al ámbito de lo subjetivo. La transgresión de la norma deriva en culpa, y en la novela y en la vida cotidiana se hallará siempre ese sentimiento, a menos que se caiga en las garras de lo patológico, donde la culpa ya no es.

miércoles, octubre 07, 2009

"Contra la vida activa"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 07/10/09)

¿Se imaginan trabajar cuatro horas al día en lugar de ocho es una de las propuestas que en 1932 hace Bertrand Russell en su ensayo “Elogio de la ociosidad”, es la idea con la cual Rafael Lemus –colérico crítico literario y mejor ensayista que cuentista- abre su ensayo “Contra la vida activa”, round 9 de la colección Versus de Tumbona Ediciones.
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Con una prosa ágil y confrontativa, Lemus invita al lector a analizar el sistema de vida con que se conduce día a día y le propone un cambio: descansar y buscar algo de paz debería ser lo esencial y trabajar como locos para ganar el pan de cada día. Inclusive el procurar un poco más de descanso nos haría personas más sanas en cada aspecto de la vida y abriría oportunidades a otros de obtener trabajo, pues si uno trabaja cuatro horas al día, otro, el desempleado, podría ocupar esas cuatro horas que restan para completar las ocho horas laborales que necesita la economía mundial para sobrevivir.
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Cincuenta y tres páginas que son una clara protesta contra el trabajo en exceso, la rutina diaria y la falta de creatividad, pues a mayor tiempo de ocio mejor oportunidad para sentarse a crear una novela, un cuento, un poema, una canción o una pintura: para crear se necesita de disciplina, dedicación y para contemplar al mundo y su movimiento constante, sin duda se necesita de tiempo.
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Un libro que no debe dejar pasar y que sin lugar a dudas lo hará reflexionar sobre el estilo de vida al que esta sociedad nos ha acostumbrado.
Ayer eran tus manos y labios
los que podía palpar con fineza.
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Hoy es el olvido, la lejanía y la muerte,
lo que corta cada pensamiento y palabra
que me remite a tu recuerdo.
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Cada ruptura es un fracaso;
cada fracaso, una muerte.

martes, octubre 06, 2009

El cigarri-yo

Diario Milenio-México (06/10/09)
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Dejé de fumar el 28 de julio de 2003, a eso de las 2:35 de la tarde. Lo recuerdo perfectamente porque uno no termina una relación de 20 años por casualidad o sin consecuencias. Pero sobre todo lo recuerdo porque ése fue el último día completo que pasé en los Estados Unidos de América antes de emprender un regreso que terminó convirtiéndose, a pesar de mí o a sabiendas de mí, en El Regreso Mismo.
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Fumar, ese gusto o esa adicción, es un verbo que encarna de maneras por demás físicas mi relación cambiante, paradójica, encontrada, con el vecino del norte. Fumar, la actividad biológica que consiste en colocarse un pitillo de tabaco entre los labios con el único fin de aspirar el humo para después expulsarlo, es, en realidad, una actividad social. Fumar, quiero decir, es política.
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Fumaba antes de llegar y fumé todo el tiempo que estuve ahí. A pesar de o debido a que la actitud pública ante el cigarrillo se volvió más rígida y más policiaca con el paso del tiempo, nunca lo dudé. Yo era una fumadora y fumaría. Aún más: Yo era una fumadora Mexicana y, por lo tanto, fumaría. Categóricamente. La identificación nacional quedó así íntimamente ligada a mi cigarro. Yo sentía que los consumía a los dos, a la identificación y a la nacionalidad, incorporándolos a mi cuerpo, cuando el humo raspaba mi garganta, y que los dos se quedaban junto a mí, protegiéndome del exterior, cuando las madejas grises, elípticas, delgadas, danzaban alrededor de mi cabeza. Como bien lo dice Cristina Peri Rossi en ese largo obituario a su relación con el cigarro que es su libro Cuando fumar era un placer, el cigarrillo se convirtió en mi confidente, mi hermano gemelo, mi interlocutor, mi mano derecha, mi resistencia, mi manifiesto público, mi manera de estar afuera. El cigarrillo fue, ante todo, mi manera de enunciar, con cada una de sus letras, esa palabra que Emily Dickinson calificaba de salvaje: No.
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No al cuerpo-máquina que promovían sus gimnasios.
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No a la salud ficticia que defendían sus filosofías y sus clínicas.
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No a las alarmantes fotos de pulmones ennegrecidos.
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No a las pieles lozanas y los dientes blancos de los renuentes.
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No a sus zonas prohibidas.
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No al cuerpo intacto.
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No.
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No se me antojaba darles mi Sí.
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Breve Cronología de un Amor Verídico:
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1) Al inicio estuvo ese ligerísimo mareo que ocasionó la primera bocanada. Una especie de levitación. Esa manera casi imperceptible de perder el control.
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2) Los amigos. Los otros. Los rebeldes. Los creadores. Todos ellos fueron llegando poco a poco, cigarrillo entre labio y labio, pidiendo fuego. Dándomelo.
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3) Y el humo se elevaba en cuerpo y el cuerpo se volvía sólo humo. Así nacieron las letras. Abajo: una máquina de escribir. Arriba: la humareda.
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4) Una larga historia dentro de una voluntariosa (y brevísima) falta de ortografía: cigarriyo.
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5) I rest my case.
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Cuando dejé de fumar, cuando el cigarriyo se transformó en un cigarrillo, incluso en un simple cigarro, estaba enferma. Padecía de todo: me dolían las nubes y las vocales y los bosques y las rodillas y los anteojos y el sereno y los horarios y los murmullos y la falta de voz. Me dolía el esqueleto. Me dolían las uñas y el cabello y el océano. Me dolía todo lo que no tocaba México. Sabía ya que regresaba: un año sabático interrumpía, de manera por demás azarosa, un viaje de demasiados años. Y fue en ese momento, cuando decidí cruzar justo por el centro del gran aro de la palabra No, retándola de hecho, que dejé de fumar. Abandonaba así una larga historia de amor verídico e iniciaba una inverosímil historia de amor con el Sí. El mío.
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El regreso.
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De eso hace aproximadamente un año y seis meses. Todavía lo sostengo con cierta frecuencia entre los dedos. Nunca dejo de aspirar su aroma cuando alguien lo consume cerca. Me continua subyugando la atmósfera enrarecida que produce a su alrededor. Aún lo describo como elegante, alegre, balsámico. Lo sigo queriendo mucho, mucho, mucho, quiero decir. Lo querré hasta el último de los últimos de mis días. Lo sé bien. Pero cada que estoy a punto de ceder, cada que casi estoy a punto de encenderlo, cuando ya toca mis labios con su misma escandalosa caricia, recuerdo lo muchos años lejos y, de la manera más callada, de la más firme también, desisto de mi locura o de mi esfuerzo.
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En un país donde todo mundo fuma, dejar de fumar, por cierto, me ha ayudado a seguir diciendo, enfáticamente, No.
¿Para qué despertar si lo único que hallaré es una vida inmensa,
llena de farsantes, enmascarados y soñadores como yo?
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¿Hasta cuándo las certezas?
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¿Para qué escribir si cada palabra se llena de ausencia
y camina a la nada?
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¿Hasta cuándo la corporeidad?
Pienso en el silencio, inmenso,
áspero, que a veces miente
como los labios de la mujer
y las canciones de cuna.
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No hay noches felices,
ni dulces sueños.
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Sólo ganas de no despertar.

lunes, octubre 05, 2009

Tartufos contra Polanski

Diario Milenio-México (05/10/09)
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Repulsión por los buenos
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Hasta donde recuerdo, no había ni cumplido los siete años y ya odiaba el realismo infantilista. O sería tal vez que sentía algún pudor ante la perspectiva de unirme al entusiasmo manadero cuando el vaquero bueno derrotaba a los malos de la película. Ese coro de vocecitas gritonas me parecía del todo abominable, pues no sólo me sustraía de la trampa tendida por la pantalla, sólo para instalarme de regreso en la impotencia propia de los años niños, sino además —y esto era inaceptable— contribuía a promover a la niñez como esa etapa bemba de la vida donde se cree uno cuanta patraña escucha y no es capaz de pensar por su cuenta. ¿Cómo explicar delante de ese coro de alaridos ovinos que el vaquero del copete impecable nada tenía que hacer contra el matón zaparrastroso por cuya causa el drama cobró cuerpo y sentido? ¿Cómo era, por cierto, que una vez terminada la película, con las luces prendidas, resultaba que entre los hinchas del vaquero bueno se distinguían los niños bravucones y fantoches? ¿O sería que los rufianes del mundo real sólo se hacían amigos de gente decente cuando ésta provenía de la ficción? ¿Cuántas veces no quise apasionadamente que ganaran los forajidos, nomás para callar a los gritoncitos?
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Nunca ocurrió, en aquellas funciones infantiles, que ganaran los malos, o al menos consiguieran escapar a su sino ejemplar. Y eso me parecía no solamente injusto, sino irreal, tomando en cuenta que no pasaba día sin que escuchara a alguno de mis mayores hablar pestes de los villanos del gobierno, que por supuesto siempre ganaban. Ya en la vida doméstica, los malandros eran aquellos motociclistas de tránsito amables y enguantados, cuyas buenas maneras anticipaban una mordida de burro en el presupuesto familiar. Los oía proferir toda suerte de cortesías rebuscadas, y un instante más tarde ya me torcía de risa escuchando a mi padre mascullar una larga retahíla de adjetivos que solía comenzar por algo así como desgraciado ratero. Y fue así, metiendo las narices entre los adultos, como años más tarde leí la siguiente declaración: En mis películas, el héroe es un perdedor.
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Rehén de la moraleja
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Hasta hoy, no me pierdo una sola de esas películas, acaso porque todavía las encuentro ideales para cortar de tajo el griterío de la hinchada barata. Polanski no me miente y se lo agradezco. Ya sea porque el vampiro logra al fin contagiar a sus cazadores, porque el abuelo incestuoso y triunfante rodea con sus brazos a la hija-nieta como a un trofeo lerdamente codiciado, o porque ya la espeluznante hostilidad de los vecinos convenció al hombrecillo de suicidarse por segunda vez, sus historias ocurren allá por las antípodas de la buena conciencia, donde no queda ni un retazo de Spielberg que nos rescate de la sospecha de habitar un mundo absurdo e imposible, repleto de adefesios repugnantes y aún así plagado de belleza siniestra y entrañable. ¿Y qué de raro hay, así las cosas, en que los peores monstruos de la filmografía polanskiana sean personas de apariencia tan convencional e inofensiva como el niño que aplaude al vaquero durante una insufrible matiné escolar? ¿Deberían los hinchas de la norma dar por buenos exhibición y escarnio semejantes?
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No es un secreto que lo más parecido a sus películas es la vida del propio Roman Polanski. Fatalmente, sus acusadores y perseguidores —al principio los nazis, después los comunistas, más tarde los pastores del Public Eye— son no menos grotescos que los fantasmas de la Deneuve en Repulsión. Y ahora que una vez más los sueños chocarreros del señor Trelkovsky cobran forma en el súbito rigor de burócratas oportunistas, arbitrarios y multinacionales, también es de rigor que una vez más se lancen miles de carroñeros entusiastas a comerse un pedazo del irredento favorito de la zopilotada. Violador, ya lo apodan, y hasta exigen que se le aplique la ley como a cualquiera. Como si los problemas legales de cualquiera se ventilaran en la prensa internacional, decenas de políticos sacaran raja de sus incidencias y el juicio fuese inmune a ese circo podrido que recuerda al de El extranjero de Camus. Condenado al ejemplo por el crimen de no ser ejemplar.
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Privilegio y estigma
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No sería exagerado suponer que gran parte de los asiduos a los pequeños y grandes festines que ocurrían en la casa de Jack Nicholson fueran en su momento libertinos, o al menos liberales, pero de ahí asumirlos como violadores hay la distancia que separa a La lista de Schindler de El pianista. En todo caso nadie solía llegar a la concurrida mansión sin saber lo que adentro le esperaba. Consumir chochos duros y meterse a la tina con quién sabe qué gente no eran, por cierto, prácticas extrañas, sino —cuentan— la regla. Eso sí: nunca se supo de alguien que llegase hasta allí por la fuerza. Ahora que si se trata de costumbres licenciosas —y ojo: vigentes— no estaría de más preguntarse cómo ha logrado Charles Manson grabar discos, venderlos y alimentar su base de fanáticos desde la prisión. A juzgar por la furia persignada de sus detractores, se diría que el director de Tess no es menos peligroso para la sociedad que el asesino intelectual de su esposa.
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No sé qué esperaría un hijo de vecino del privilegio de ser juzgado por un especialista en celebridades —digamos Elvis Presley, Marlon Brando, Cary Grant— de pronto atento menos a las evidencias que a los vaivenes de la opinión pública. Amante de las puestas en escena, el juez Laurence Rittenband asignaba papeles a las partes de acuerdo con su precisa conveniencia, de forma que ya el juicio en sí no era sino una farsa concertada cuyo autor insistía en ser protagonista. Sin ir más lejos, hace pocos días que el entonces fiscal se dijo mentiroso, por segunda vez. Mal podría decirse que el fugitivo de una mala parodia de juicio no haya sido tratado y maltratado en especial por causa de su fama y su carrera. Pero no hay una ley que impida convertir un juicio en el escaparate del público ejemplo, y al acusado en carne de picota. Por eso digo que algo huele a podrido. Parece ser que hay fiesta donde los zopilotes.

jueves, octubre 01, 2009

Ambrose Bierce

Diario Milenio-Puebla (01/010/09)
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Supe de Ambrose Bierce cuando, siendo un adolescente apenas, me topé con el Diccionario del diablo. Supe del humor (del sarcástico humor de Ambrose Bierce) cuando terminé de leer algunos de sus cuentos y luego supe de su enigmática personalidad y desaparición en México cuando leí su biografía. Carlos Fuentes, en Gringo viejo, llevó a la ficción de la novela su vida. Muy parcial e incompleta para todo lo que representa un escritor de la talla de Ambrose Bierce, desde mi humilde punto de vista. He retomado la lectura de Ambrose Bierce porque la editorial Valdemar, en su Colección Gótica se ha dado a la tarea de reeditar sus cuentos fantásticos completos. Un gran acierto de Valdemar.

Buscando algunos datos nuevos en la fama y la comodidad de Google acerca de Bierce, me encontré con la grata sorpresa de que es un autor leído por miles de jóvenes en todo el mundo. Las nuevas generaciones, ésas de las que ya hablaba hace tiempo y que están redescubriendo la música de los sesenta (creen que Los Doors son un grupo que acaba de conformarse) leen a Ambrose Bierce, lo que lo convierte en un autor clásico.

Me pregunto qué hubiera sido de Bierce sin la herencia de Edgar Allan Poe, para no ir muy lejos. Bierce, en efecto, le debe mucho a Poe. En un escrito que deja por ahí antes de su desaparición en 1914 en territorio mexicano, él afirmaba que ser un gringo en México es mejor que suicidarse. Nunca se supo, ni se logrará saber jamás, qué lo motivó a externar tal sentencia.

Su nombre completo fue Ambrose Gwinnett Bierce. Nació en 1842 y no se tiene aún la certeza sobre la fecha de su muerte, que pudo haber ocurrido hacia 1914. Como sucede alrededor de toda personalidad como la de Bierce, desde entonces se han conocido muchas hipótesis y muchas anécdotas sobre él.

Lo cierto es que, de acuerdo a sus biógrafos, Bierce cruzó la frontera con México en 1913. Tenía (lo dicen los editores en la presentación) dos mil dólares en oro y sus credenciales que le permitieron avanzar hacia el territorio de los constitucionalistas.

Fue, como se sabe, soldado, periodista y escritor de negro humor. Su Diccionario del diablo lo llevó a la fama póstuma y sus cuentos “Las delicias del Diablo” y “Telarañas de una calavera vacía” lo han hecho un autor imprescindible. Colaboró en diversos diarios y casó con Mollie Day, hija de un acaudalado minero.

Bierce escribió un par de cartas la Nochebuena de 1913 en Chihuahua y había dejado un equipaje en Laredo. Las versiones acerca de su desaparición y muerte son muchas. Lo único valedero sigue siendo su autoepitafio: “Para todos y cada uno de ustedes, la paz que no me perteneció”.

miércoles, septiembre 30, 2009

"Contra la homofobia"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 30/09/09)

“Contra la Homofobia” de Jeremy Bentham es el round número ocho perteneciente a la colección Versus de Tumbona ediciones y que ha sido traducido por Pablo Duarte y Ana Marimón.
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A lo largo de sesenta y ocho páginas el padre del utilitarismo y mentor de Stuart Mill, pelea con fervor y fundamentos esta insistencia moralista por castigar la homosexualidad, la cual se llegaba a penar con la horca.
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Todo este breve ensayo gira en torno a la siguiente premisa: ¿cómo se justificaba que se proscriba una inclinación tan inocua para la sociedad como placentera para sus practicantes?, pues quienes se entregan a ella lo hacen de muto acuerdo, sin afán de dañar a nadie, tal y como sucede en una relación heterosexual. Un ensayo necesario en estos tiempos, quizá no ayude a muchos puede servir para ir generando un poco de conciencia en esta sociedad tan extraña y un poco asquerosa. Bentham aborda este tema, de manera astuta y precisa, desde todas las perspectivas: filosofía, religión, sexualidad, social e histórico.
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Este libro es valioso por el aporte que hace a la discusión de este tema tan complicado para algunas esferas ya políticas, ya religiosas; pero también lo es porque nos otorga una reflexión muy importante, “Contra la homofobia” es un texto paródico que viene a recordarnos que en todas las épocas de la humanidad existirán temas escabrosos, tabú, pero que cuentan con convenciones a veces razonables, por muy oprobiosas que puedan ser.
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Un libro que debería leer toda la corriente conservadora de esta mítica Puebla y de los pobrísimos priistas –defraudadores del liberalismo- que votaron en contra del aborto y de la tolerancia a la comunidad homosexual.
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El diván de las invitaciones
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Este Jueves 1 de octubre a las 19:00 horas se realizará la presentación de la novela “Paraíso es tu memoria” (Alfaguara, 2009) de Rafael Tovar y de Teresa. Acompañando al autor estarán el prolífico y tan envidiado novelista poblano Pedro Ángel Palou García, Rafael y la Dra. Gloria Tirado. Como siempre la entrada es libre y al final se ofrecerá un poco de mezcal.
¡No falten!

martes, septiembre 29, 2009

Precisamente ante tus ojos

Diario Milenio-México (29/09/09)
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Armando H. Zozaya era un periodista aficionado a resolver casos criminales misteriosos”, así da inicio “Mensaje inmotivado”, el primer cuento del libro Muerte a la zaga de María Elvira Bermúdez. Nacida en Durango, uno de los estados del norte que más ha sufrido los azotes del narcotráfico, y a inicios del siglo XX (1912), María Elvira Bermúdez no sólo produjo a ese detective joven y trabajador, caballeroso y bien vestido que resolvía, sin paga de por medio y con una inteligencia a la vez rigurosa y desbordante, casos criminales en barcos de tripulación cosmopolita o en casas de huéspedes en la provincia mexicana, sino también a María Elena Morán, la esposa de un diputado por el estado también norteño de Coahuila, cuya afición por leer historias de detectives y a imaginar casi compulsivamente la distinguieron como la primer detective mexicana, al menos en el terreno de la ficción.
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En la fotografía que ilustra la contraportada de Lecturas Mexicanas 31, Segunda Serie, donde se reprodujo en 1986 la segunda colección de cuentos policiacos de la duranguense, María Elvira Bermúdez porta un gesto entre retador y adusto. Los anteojos agatubelados de la época, mitad de pasta y mitad metal, caen diagonalmente sobre la cara, contribuyendo a ocultar uno de sus ojos bajo una sombra exigua. Sería fácil caer bajo la impresión de que el rostro del retrato está guiñando el ojo izquierdo, más un gesto de complicidad en este caso, que de coquetería. El cabello corto, de apariencia fino, termina con las puntas hacia arriba, como si hubieran pasado bastante rato bajo la presión de los rulos de plástico azules o rosas que peinaron a tantas mujeres del medio siglo. La horizontal línea de los labios lo anuncia todo: esto es en serio. Aquí está pasando algo y yo voy a saberlo.
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En 1961, unos ocho años antes de que Rafael Bernal publicara su Complot Mongol, oficialmente reconocida como la primer novela negra producida en el país, La Pre-Primera Detective se enfrentó a un caso ardiente: un crimen pasional que involucraba la muerte de una escritora acaso lesbiana, una crítica literaria con cierta afición por poetas y escritoras del siglo XIX, una periodista acostumbrada a visitar a las autoviudas de una cárcel citadina, un grupo de licenciadas y jueces organizadas en un sindicato, y hasta una paradigmática taxista. Todo esto, por supuesto, bajo el título de Detente, sombra, un verso aptamente cortado de la insigne Sor Juana.
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Si nos atenemos a las fechas y las tramas, los orígenes de la novela policiaca mexicana no se circunscriben al Distrito Federal sino que se extienden a la provincia norte del país. De manera por demás ominosa y acaso profética, es en los alrededores de Ciudad Juárez que se lleva a cabo “Las cosas hablan”, el cuento en que María Elena Morán descubre el crimen y el asesino gracias a su capacidad (“esa manía tuya”, diría su esposo el diputado) “de comparar las personas a las cosas y las cosas a las personas”. Asimismo, “Cabos sueltos”, el cuento que enfrenta a dos hermanos, toma lugar en Durango, y “Muerte a la zaga”, en relato en el que una mujer despechada casi se sale con la suya al deshacerse de un hombre, se desarrolla en un barco que lleva a los personajes de Veracruz a Tampico.
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Me gusta Armando H. Zozaya. Veamos. Cuando por casualidad se topa con las hermanas Germana y Carmela en la plaza de Armas de Veracruz y esta última, una antigua novia de sus tiempos de periodista en Puebla, lo conmina a invitarlas a tomar algo, él responde sin problema alguno y de forma casi inmediata: “¡Cómo no! ¡Encantado!”. Y cuando Rafael Dorantes, el actual esposo de Germana y también antiguo novio de Carmela, lo invita a unirse a un grupo peculiar para dar un paseo en barco, el detective amateur no duda en cancelar su fecha de regreso y postergar compromisos de trabajo para disfrutar la brisa del Golfo de México. Luego, cuando poco a poco va dándose cuenta de que el asesino es, en realidad, una asesina, Armando H. Zozaya no se vanagloria de su hallazgo y ni siquiera hace comentario moral alguno sobre la responsabilidad criminal de la mujer. En lugar de eso, atormentado por el conocimiento de una verdad que en mucho le parece una traición, Armando espera a la presunta asesina “acodado en la barandilla más alta del buque” para hablar con ella. Cuando la asesina, ya descubierta, le grita: “Ríete, ¡ríete tú también! ¿Por qué no te ríes? ¡Debes sentirte muy satisfecho de tu proeza! ¡Me descubriste!”, Armando H. Zozaya se niega a la salida fácil y a la prosopopeya de su género. Dice: “Cálmate, ¡por Dios! Créeme que no me siento nada satisfecho. Preferiría no haber descubierto nunca…” Que ella, ya sin salida pero también sin arrepentimiento alguno, decida saltar hacia su propia muerte para evitar la burla ajena (“nadie se reirá de mí”), escapando asimismo del castigo de una justicia que no tomaría en cuenta su condición de mujer traicionada, no hace sino reafirmar las alianzas peculiares del relato. Finalmente, cuando en contra de quienes lo tratan de convencer de permanecer a bordo se lanza, ya sin saco, al mar, y sobre todo cuando escucha el veredicto final (“tiburones”), Armando H. Zozaya sigue siendo ese hombre empático y curioso, compasivo y flexible y fácil de llevar que lo convierte, aún en 1985, en uno de esos hombres sensibles de los 90.
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A María Elena Morán le gusta ser y parecer inteligente. A través de diálogos cerrados y más bien escuetos, la Primera Detective va desentrañando misterios sobre todo para su primer escucha: Bruno, su marido. Él no sólo le pone atención sino que también, aunque con discreción, la celebra. Lo bueno de María Elena es que a su inteligencia también le alcanza para burlarse de sí misma. En “Las cosas hablan”, luego de haber resuelto el caso, Bruno se pregunta con bastante extrañeza cómo fue que “si tengo el sueño tan pesado, me desperté antes de la hora de costumbre”, una acción fundamental en el desarrollo de la trama. La Primera Detective, en modo francamente autoparódico, ofrece de inmediato una complicadísima teoría involucrando entre otras cosas la telepatía, pero se deja interrumpir por la pragmática sospecha del marido: “A lo mejor desperté por el humo.” En “Precisamente frente a tus ojos”, una lectura intervenida de “La Carta Robada” de Edgar Allan Poe, la feliz poseedora de la clave del misterio se niega a descubrir el contenido del mismo: “—¿Tú qué dijiste? —contestó riendo María Elena—. Ya me dijo, ¿no?”.
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Pues eso.

Transferencias de fe

Diario Milenio-México (28/09/09)
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Cómo mover montañas
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Todas las desconfianzas son incómodas, y en su gran mayoría inevitables. Viviría uno más relajado, y puede que más años, sin sospechar de la palabra de nadie; asumiendo que la mentira es excepción remota y además se descubre en la pura mirada. Pero uno mismo miente, siempre que se le ofrece o que es indispensable o quizás conveniente. Hay que ser bruto, de tan arrogante, para menospreciar o regatear una capacidad idéntica en el otro, y asimismo hace falta ingenuidad querúbica para creerse que quienes viven de la fe ajena pueden sobrevivir sin escupir patrañas a toda hora, amparados por unas mejores intenciones de las que no nos queda más que desconfiar.
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No quiere uno ni hacer el ejercicio de imaginar cuántos son los que viven de su fe. Cierto es que quien esto escribe no acostumbra ir a misa y a los obispos no les cree mucho más que al ayatola Jamenei, pero sucede que esto de la fe llega infinitamente más allá de los meros asuntos espirituales. Cierta vez, no hace mucho, abordo de un avión poco menos que nuevo, me tocó en suerte compartir el viaje con un ingeniero aeronáutico que en dos horas me dio una cátedra compacta de marcas, calidades, controles y medidas de seguridad en la aviación comercial. Casi al final, me preguntó si quería saber los motivos de un posible accidente inevitable: ese porcentaje ínfimo al que uno, píamente, prefiere conocer como El Destino. La Desgracia. La Fatalidad. Todo menos los números y los detalles. “Y todavía menos a la mitad de un vuelo”, pretexté, tratando inútilmente de ocultar que elegía a la fe sobre el conocimiento. Vuela uno más cómodo con la fe en el Destino o la Providencia que amparado en las puras matemáticas. No bien el ingeniero se acurrucó entre almohada y frazada, me puse los audífonos, entrecerré los párpados y dejé que la música de Wim Mertens me ayudara a creer que con mis puras alas cruzaba el continente. ¿Quién más podía ser un oficial de Migración para el recién volado, me dormí delirando, sino un enviado de San Pedro mismo?
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Examen de inconciencia
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Ahí está, pues, el brete. Le regatea uno su fe a los frailes, pero se la prodiga a los ingenieros, y a quienes los contratan y a los que ellos a su vez emplean. Y a ellos, como a los santos, tampoco los veremos, y ni siquiera sabremos sus nombres, ni si eran ingenieros o administradores o cardiólogos o, por qué no, impostores. Creemos en vivales y felones y leguleyos y mercachifles y demás fauna infame, no porque sean inmunes a nuestra desconfianza sino porque tenemos tantas suspicacias en marcha que las recién llegadas deben esperar turno. Pues si al final se trata de evitar fanatismos, no menos intratable que un fanático religioso es uno de esos beatos de la desconfianza que en mala hora perdieron la oportunidad de hacerse policías. Creer o descreer es una elección. Al subirme a un avión en lugar de ir a misa, me hago consciente de que en la eventualidad de un accidente aéreo o el advenimiento del fin del mundo, mi fe en los ingenieros y mis sospechas sobre los sacerdotes serían la causa última de mi desgracia.
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Creo en todos los aparatos que manejo, aunque me pase el día blasfemando en su contra. Prefiero, al fin, depositar mi fe en estos charlatanes obedientes que verme ahora mismo entretenido en aplicar teclazos a una olivetti, barnizar el papel con un corrector líquido y levantar la aguja del tocadiscos. Pero cuesta trabajo, pues tal como sucede con la religión, entre más se instruya uno, más ciega habrá de ser la fe que se le exija. Compramos la computadora y nos ofrecen una extensión de garantía y apoyo técnico. Una vez que hemos digerido la abstracción, y antes de eso asumido el pavor de vernos con el aparato descompuesto y la comprensión enrevesada, encontramos que de aquí en adelante firmaremos alteros de autos de fe. Pondremos allí dentro nuestros secretos más personales, unas veces en diarios, otras en e-mail, otras más en la memoria del buscador de internet. Dejaremos ahí la huella de cada una de nuestras compras, encuentros, pactos, chismes, bromas, opiniones, mezquindades, mentiras e imposturas, y además osaremos enviar por esa red de curso inextricable los números de cuentas bancarias y tarjetas de crédito, confiando en uno u otro “certificado de seguridad” que en una de éstas es el hazmerreir de los cibercacos. Cierto es que los católicos le cuentan sus secretos al sacerdote, pero de ahí a confiarle los datos bancarios hay un trecho insalvable, al menos en teoría.
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Pacto de contrición
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Multiplicando tantos terabytes de fe por los millones de cibercreyentes, encontraremos lagunas bastantes para que el fanatismo se esparza como un cáncer. Creemos, por ejemplo, que bajar el archivo electrónico de una canción de la computadora de un desconocido no es un robo, sólo porque lograrlo no nos exige meternos el cd bajo la ropa. Desconfiamos a tiempo de la abstracción y elegimos así creernos inocentes. Si al cabo diez canciones caben en un espacio del tamaño de la uña del dedo meñique, ¿quién va a llamarnos Uñas Largas por eso?
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Cada vez que me rindo a ese placer morboso de hacer compras online —a deshoras, para mayor deleite— encuentro algo de místico en la ocasión. Si de niño debía, cada cuando, enfrentar a un cura y confesarle todos mis pecados —excepto el de omisión, en el que de momento me veía ocupado— de adulto me confieso ante la computadora, que además de pecados almacena intereses, proyectos, tentaciones, vicios, gustos y disgustos, entre tantos secretos más o menos abstractos. Antes, cuando tenía una PC, darle mi fe me parecía una temeridad necesaria. Hoy que tengo una Mac, temo de pronto haberme convertido en beato. La uso como quien es invulnerable al Mal. Con lujo de soberbia. ¿O será que sospecho que al fin he sobornado al sacerdote y estoy al fin del otro lado del infierno? Que no se diga, al fin, que el progreso no engendra supersticiosos.

sábado, septiembre 26, 2009

Dosfilos 107

Diario Milenio-Puebla (24/09/09)
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Tengo en mis manos la revista de literatura y política Dosfilos 107 (mayo-junio de 2009), y como siempre que me llega doy cuenta a ustedes de su contenido. Cada vez encuentro un nuevo detalle entre sus páginas. La ilustración de la portada, a cargo de Luis Fernando, viene ahora dedicada a Jim Croce, y en los interiores unos textos de Barry Weber, Jim Crockett y Sosh Mills: “Jim Croce: Time in a bottle”. Ahí Luis Fernando permitió en Jim Croce una dualidad indiscutible: fortuna e infortunio, dualidad marcada quizá en el texto de los autores antes citados. Es decir: Jim Croce recién comenzaba su carrera de cantante cuando murió la noche del 20 de septiembre de 1973: la avioneta en la que se desplazaba se impactó en Notchitoches, Louisiana. Poco después comenzaría (paradójicamente) su gloria.
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Nacido en Soulh Philadelphia (10 de enero de 1943), Croce era dueño de un estilo único: “uno de los cantantes y compositores más populares y respetados de la Unión Americana. La rudeza de su apariencia (su abundante bigote, un cigarrillo en la mano y un físico deteriorado acaso por las largas jornadas de trabajo) traslucía una gran sabiduría que iba más allá de sus años”, afirman los autores de este texto en traducción de Georgia Aralú González.
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De Jim Croce se conocen en todo el mundo su tercia de éxitos: “You dont´n mess around with Jim”, “Operator” y “Time in a bottle”, que le dieron la fortuna póstuma. ¿Sería un presagio lo que respondió en una entrevista que dio poco antes de su muerte? Dijo, de acuerdo a Josh Mills: "Desearía tener la oportunidad de analizar y asimilar cuidadosamente todo lo que me ha ocurrido este año… ¿sabes? Yo creo que vienen para mí mis mejores años."
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Y aún los vive.
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Dosfilos, éste el más reciente de la revista, también incluye un ensayo de Andrés González Pagés sobre literatura latinoamericana, un poema de Luis Benítez, un excelente cuento de Robert Creeley, “El amante”; y por supuesto, la colaboración de Jesús de León, amena, como nos ha acostumbrado a leerlo. Debo mencionar, antes de cerrar este espacio, que la revista Dosfilos publica un ensayo de Sergio Monsalvo sobre Edgar Allan Poe. La revista ya está circulando entre todos mis amigos de Puebla