lunes, septiembre 07, 2009

Sonatina neoyorquina

Diario Milenio-México (07/09/09)
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Más acá de Times Square
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Los turistas frecuentemente se preguntan cómo es que los locales apenas si conocen las diversiones de su ciudad, más cuando éstas abundan y son famosas. ¿Cómo pueden los parisinos no frecuentar Montmartre, los romanos jamás entrar en el Coliseo, los neoyorquinos eludir Times Square? Por la misma razón, diría Borges, que en el Corán jamás aparece un camello. Voy atando estos cabos a media mañana, entre la calle 34 y la 42 de Manhattan, no porque me disponga a descubrir el hilo negro sino porque me gana una cierta alegría inexplicable. No tengo tiempo para hacer turismo, y ni siquiera un poco de shopping. Como tantos anónimos que van y vienen por las aceras de la Séptima Avenida —pícara, cochambrosa, vivísima— tengo trabajo y voy corriendo hacia allá. Si en otras ocasiones me sobró el tiempo para vagar sin rumbo y según yo sacarle jugo a la ciudad, ahora voy con premura de neoyorquino y de pronto me escucho canturrear.
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Seguramente en otra ciudad atraería la atención y hasta los pitorreos de los viandantes, pero si alguna garantía me ofrece Manhattan, ésta es que lo que yo haga a nadie le interesa. Puedo gritar, cantar o quitarme la ropa, que de seguro nadie se detendrá por ello. Puedo reír, berrear, blasfemar a placer y no seré sino un ínfima parte del paisaje. Todo lo cual me anima a seguir entonando cierta canción de los Flaming Lips que de pronto, llegando a Park Avenue, se transfigura en otra de Caetano Veloso. ¿Por qué es al fin tan raro que a la gente le dé por cantar por las calles? ¿Soy un freak si lo intento? ¿Tendría que buscar a un loquero y contárselo? Si he de dar mi opinión, es mucho más extraño el pueblerino que no cruza la puerta de su casa sin ampararse contra el qué dirán, y al cabo como dice la canción de Rita Lee: más loco está quien me lo dice y no es feliz.
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Cantar de vagabundos
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Llámenme imbécil, cursi, frívolo, ñoño, hueco, que de todas maneras seguiré canturreando. Tal es por el momento la única sabiduría a mi disposición. Tengo quince minutos para llegar al autobús que me llevará a Queens y no hay forma de que baje el volumen. Pienso que habrá decenas, centenares, miles de vagabundos y perturbados que cantarán también, no muy lejos de aquí, sin más móvil que el de sentirse vivos en una isla encantada sospechosa de ser centro del mundo. Una isla prodigiosa donde todo es posible y casi nada es digno de llamar la atención, entre otras cosas porque aquí desde siempre todo es llamativo. Además, ya lo dije, no tengo tiempo para distracciones. Ello me abre un espacio para albergar la fugaz ilusión de ser ahora y aquí un neoyorquino más. Alguien que no se ocupa de otra vida que la propia y va y viene dichosamente ensimismado, cantando nada más porque está vivo y libre y ésas son dos razones para celebrar.
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Hay gente que detesta verlo a uno contento. Suponen que sonríe nada más por joderlos, o porque es un idiota y un vacío y un bembo. Esperan que uno espere a tener un motivo de peso y substancia, como si ya la pura libertad de cantar por la calle no lo fuera de sobra, de repente. Todavía recuerdo el primer día que pude ir y venir por Nueva York. Tenía trece años y un enorme deseo de que mis padres me soltaran un rato para perseguir solo el hechizo de estas calles. Hablar con vendedores callejeros, comprarme un pretzel en alguna esquina, sentarme un rato al lado de un bueno-para-nada. Cosas simples que a un niño de trece años le suenan prodigiosas de por sí, pues ya el sólo intentarlas supone verse libre y soberano como todos sabemos que son los neoyorquinos. ¿Que es difícil la vida, y todavía más en la ciudad competitiva por excelencia? ¿Y qué esperaban, pues? ¿Que cayeran los mangos de los árboles y el alcalde les diera la bienvenida? No quiere uno ser libre para vivir fácil, si de quienes lo intentan están llenas las cárceles.
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El riesgo del idilio
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Da escalofríos pensar que hace apenas ocho años un amargo puñado de ignorantes se preparaba para llevar a cabo una matazón en las Torres Gemelas. Los pobres infelices y sus gurús no podían soportar la idea disolvente de que en una ciudad como Manhattan la gente pudiera ir cantando por las calles. O gritando, o saltando, o conversando a solas. Que uno pudiera darse al desenfreno si acaso se le hinchaba su libertina gana, sin que a nadie tuviese que importarle, ni escocerle, ni llamar su atención en modo alguno. Si otras ciudades juran garantizar los buenos ratos a sus visitantes, a Nueva York todo eso le viene guango. Joderse la existencia, o alegrársela, es la responsabilidad de cada uno. ¿Hay acaso motivo mejor para cantar?
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Como tantos amantes de Nueva York, desconfío de esas ciudades piadosas en teoría donde la vida propia es asunto de todos. ¡Ay, sí, qué generosos! ¿Esperan que me crea que me señalan porque quieren mi bien y por él se preocupan? ¿Quién me asegura que va a coincidir su concepto de bien con el mío? ¿Y si todo cuanto ellos juzgan positivo viene a ser, ya en los hechos, impositivo? Canto, pues, por las calles de Manhattan celebrando que nadie puede evitarlo, ni hay a quien le interese si entono o desentono. Y si bien no me atrevo a dudar que de aquí a diez minutos podré estar maldiciendo, o gruñendo, o chillando, porque al cabo Manhattan nunca podrá tener más corazón que el que yo le conceda porque así se me antoja, más tarde o más temprano me tocará entender que en el centro del mundo nada es gratis, ni siquiera el deleite de cantar porque sí. O, para ser sincero, porque en una mañana de recorrer las calles de Nueva York existe siempre el riesgo de enredarse de nuevo en el idilio y decirse que uno ama a esta ciudad igual que se ama todo lo entrañable. Sin razón, e inclusive contra toda razón. Sin dejar de cantar, cedo a los pueblerinos y su coro de beatas sin beat el monopolio entero del buen juicio.

Batallas de Nueva York

Diario Milenio-México (07/09/09)
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“En lo que viene no quiero pensar; mientras menos pienso, mejor juego.” Tras haberle servido con hacha a Thomas Berdych en la cancha del Grandstand, el chileno Fernando González todavía duda que consiga alcanzar los cuartos de final, donde podría enfrentar a Rafa Nadal. Sabe que ha hecho un gran juego, pero insiste en que la jugada más importante será siempre la próxima. Eso sí, se le ve muy sonriente. Tranquilo. Satisfecho. Como se está después de una victoria en tres sets, a menos que uno sea Federer o Nadal y tenga que enfrentar expectativas siempre demasiado grandes.
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¿Será por eso que el Matador llegó a la conferencia con los nervios de punta, tras encargarse no sin ciertos trabajos de borrar en tres sets a un Nicolás Almagro más errático que él? En todo caso, nada más que uno entre los jugadores aún vivos —Gael Monfils, verdugo fresco de José Acasuso— ha logrado salvarse de ceder algún set. Hay tanta cancha para especular que de cualquiera puede decirse que está débil o fuerte. “No quiero hablar del tema de las lesiones”, puntualiza Nadal, que ya en el tercer set ha hecho una pausa médica por molestias presuntamente abdominales, “no sé si estoy al cien, al cuarenta o al ciento diez por ciento; hay torneos que uno empieza muy mal y termina ganándolos, y otros en que sucede lo contrario; sólo sé que pasado mañana voy a estar en la cancha y espero darlo todo”.
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Todo es lo que ha entregado Venus Williams. Tras perder los seis juegos del primer set, le ha ganado a la belga Kim Clijsters siete al hilo, y al poco rato ha perdido el servicio para ya nunca más recuperarlo. Uno de esos partidos tan extraños que terminan por ser espectaculares, si luego de dos sets sin pies ni cabeza cualquier expectativa parece ya ridícula. Más todavía cuando se juega ya la cuarta ronda y hay demasiados grandes nombres afuera.
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Si anteayer aún flotaba la pregunta de cómo habría jugado Jelena Jankovic de no haberse enterado, horas antes, de la muerte de su abuela materna, hoy persiste la duda en torno a Dinara Safina, cuyo partido del sábado en la noche fue cambiado del estadio Arthur Ashe al Louis Armstrong por consideraciones entre torpes, mezquinas y quizá, gulp, sexistas. “Soy la número uno del mundo”, se ha quejado la rusa, “y a última hora me han dicho que me van a sacar de la cancha central para dar prioridad al juego entre James Blake y Tommy Robredo, sólo porque era un tres de cinco sets”. ¿Cómo saber qué tanto pudo pesar tamaño ninguneo sobre su desempeño desigual ante Petra Kvitova?
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Una vez agotada la primera semana del torneo, los duelos resultantes ganan gravedad. La tensión se condensa, la incertidumbre crece, en cada uno de los tres estadios se escenifican dramas tan intensos como la zacapela entre Vera Zvonareva y Flavia Penetta, que en la última orilla del segundo set, tras una joya de muerte súbita, resucitó para robarse el partido con números apenas creíbles: 3-6, 7-6(6), 6-0.
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Si el sábado fue el día de las grandes batallas, el domingo lo ha sido de los hondos dolores. Gilles Simon y José Acasuso se han retirado heridos con el partido a medio perder; Nadal y Almagro recibieron atención médica simultánea; Flavia Penetta debió hacer lo propio justo antes de asestarle el 6-0 final a Zvonareva, que con seguridad tardará un rato largo en recobrarse del sonoro golpazo. Puede olvidarse pronto el mal trago de una eliminación, siempre que esto no pase en un Grand Slam. Y pasa que el dolor se ha despachado con cucharón sopero.
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No es muy difícil arriesgar pronósticos para el partido Federer-Robredo, pero lo demás luce digno de pandemónium. Djokovic-Stepanek, Wozniacki-Kuznetzova, Oudin-Petrova, Soderling-Davydenko, Isner-Verdasco, Dulko-Bondarenko. Y eso es sólo una parte del octavo día, ya que para el siguiente se esperan otras tundas no menos peliagudas.
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Hace algo más de un año, a la mitad de Wimbledon 2008, el legendario comentarista Bud Collins jugaba con la idea de dos jugadores —Federer y Nadal— y ciento veintiséis invitados de función más o menos decorativa. Ya no parece el caso, por suerte para el tenis, aun si somos legión los que prendemos velas por ver la primera final americana entre los dos rivales que han hecho historia en Wimbledon, Australia y Roland Garros.
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Quién pudiera mirarse tan solo y a sus anchas como Serena Williams...

jueves, septiembre 03, 2009

Palabras para Wimpy’s

Diario Milenio-Puebla (03/09/09)
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Cada ciudad debe de tener su café tradicional. Puebla lo tiene y se llama Wimpy’s. Luego de haber permanecido mucho tiempo en la Avenida Reforma, entre la 3 y la 5 Sur y enfrente de la parroquia La Santísima. Me puedo imaginar que en cualquier ciudad del mundo les ha mortificado que las autoridades no tengan una especie de reglamento donde se prohíba la modificación del entorno y de sus lugares tradicionales, los que permanecen porque se lo han ganado sólo con el tiempo.
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En el año 2000 el Wimpy’s de la Reforma se mudó, luego de una larga batalla de parte de sus dueños por conservar el espacio, a la 3 Poniente, entre la 3 y la 5 Sur. Ahora en ese lugar se venden mascotas, nada qué ver con el Wimpy’s que ahí perduró algunos años. Por ese tiempo ya la familia Fernández de Lara y Alonso había instalado el Wimpy’s que conocemos y frecuentamos ahora, el de la 7 Poniente, a un ladito nomás de los conocidos cines Puebla.
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El pasado 15 de agosto, el Wimpy’s de La Concha, el único que se conserva en Puebla, festejó sus apenas jóvenes setenta años. Fundado originalmente por la Familia Fernández de Lara, esos setenta que tiene encima fueron el motivo de su remodelación. La familia Fernández de Lara y Alonso ha mostrado una gran sensibilidad por mantener y cuidar de la tradición del buen café, siempre se han preocupado por su buen funcionamiento y han entendido que un sitio como éste es un lugar de reunión a donde vienen los amigos para hablar de sus tragedias o de sus logros en la vida. Es, en esencia, un buen pretexto para estar con los demás, con quienes algo nos identifica, lo mismo que hubieran querido las tías de Gerardo y de Armando Fernández de Lara, particularmente Elisa, quien hizo del Wimpy’s su propia casa.
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A través de los años el café, el Wimpy’s, ha sido el sitio de preferencia de muchas generaciones. Se podrían mencionar aquí a los personajes que ahí han hecho historia pero es seguro que cometería injustas omisiones. El Wimpy’s, en setenta años, ha reunido a la clase política, a los periodistas, a los grupos de médicos, de arquitectos, de estudiantes o de los poetas y sus musas. En el Wimpy’s, de acuerdo a Pilar Bravo, se llegaron a reunir quienes decidían el futuro político del estado y de la universidad.
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Festejemos entonces el setenta aniversario de este café que es ya (se lo ha ganado con su presencia) un clásico en Puebla. Un café tradicional que no escatimará ningún esfuerzo por permanecer entre nosotros mucho, mucho más tiempo.
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En esta época que nos han invadido las franquicias sobrevive el Wimpy’s.
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Y como lo dirían los publicistas que no tenían otro recurso que sus altavoces encima de su auto: “Vengan a disfrutar del buen café al Wimpy’s, los esperamos con la atención debida en la 7 Poniente 102-b”. Larga vida al Wimpy’s. Felicidades.

Compadres-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 03/09/09)

De verdad no sé qué sea más alarmante: si que 40.2% de los mexicanos le pediría a Peña Nieto que fuera su compadre o que 30.9% no se lo pediría a ninguno de los candidatos punteros de los partidos para la campaña presidencial de 2012. Las cifras fueron publicadas la semana pasada en la Encuesta Nacional del Gabinete de Comunicación Estratégica, con una muestra de 16 mil entrevistados por todo el país (EL UNIVERSAL, 27/08/2009).

La proporción de personas que se emparentarían espiritualmente con el gobernador del Estado de México es interesantísima por ser espejo de otra todavía más grave: 41% de los mexicanos piensa que los diputados y senadores que se sentaron guapachosamente en su curul el martes pasado van a ser iguales a sus antecesores y 35.4% piensa que van a ser peores.

Los mexicanos se perciben a sí mismos, entonces, como dentro de una economía de agárrese el que pueda: dado que el clima político de la administración pública va a ser igual o peor durante la nueva legislatura, mejor blindarse con un compadre de lujo.

Y es que en México todo sigue siendo, a fin de cuentas, personal . En la ventanilla hay que pedir las cosas porfavorcito a pesar de que el que está al otro lado gana un sueldo por hacer lo que le estamos demandando que haga y si uno no tiene una buena relación con el director técnico no hay talento que le dé derecho a pisar la grama.

En Una muerte sencilla, justa, eterna, que a la fecha se sostiene como el ensayo de crítica literaria más agudo sobre el inabarcable legado cultural de la Revolución Mexicana, Jorge Aguilar Mora notó que la distribución de la jerarquía entre Los Dorados de Francisco Villa —cuerpo pretoriano de élite de la División del Norte—, tenía más que ver con la forma en que se organizan los clanes —mediante lazos espirituales y de sangre— que con la racionalidad meritocrática de los ejércitos posteriores al napoleónico. Es decir: el reparto del mando y la lealtad estaba relacionado, en el cuerpo militar más grande en la historia de América Latina (al menos según Friedrich Katz), con quién era primo o compadre de quién. De ahí que la ferocidad y resistencia de la División del Norte fueran el factor decisivo en sus batallas, pero también que haya sido relativamente sencillo, al final, disgregarla: muerto el compadre se acabó la rabia.

Claramente en el México que se percibe a sí mismo como una nación que transitó exitosamente a la democracia —en la misma encuesta una mayoría muy cómoda considera que las elecciones de 2009 fueron confiables— el poder sigue emanando un aura de impunidad que 40% de la población preferiría compartir. No sé si es que unos 44 millones de mexicanos piensan que se beneficiarían de tener una charola o si, simplemente, supongan que estarían a mejor resguardo de la crisis si el que es percibido como el próximo presidente les bautizara un hijo, pero es un hecho que calculan que se beneficiarían de algún modo de estar relacionados con él.

Lacifra habla además del hecho de que cuatro de cada 10 mexicanos se sienten tan a los cuatro vientos entre el rodar de cabezas de los narcos y el escalar de precios de las tiendas, que ya de plano renunciaron a la realidad: prefieren encargarle el chamaco a un tótem a dejar esa paternidad putativa tan rara y antigua que es el padrinazgo en manos de un amigo de toda la vida. Hay una última lectura de la encuesta que no por perversa me parece menos considerable. Ni Marcelo Ebrard, ni Santiago Creel, los otros dos políticos percibidos como viables para la Presidencia por los mexicanos, se acercan a la cifra de personas que ambicionarían encompadrar con ellos. Esto podría implicar que aunque a la gente le parecen viables, también supone que son otro tipo de políticos. No hay que olvidar que las preguntas dirigen las respuestas: a lo mejor la gente no sueña con que un presidenciable le bautice un hijo, pero ya metidos en gastos, preferirían que si alguien va a ser su compadre, sea un priísta.

miércoles, septiembre 02, 2009

"¿La fuga: necesidad o cobardía?"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 02/09/09)

¿Qué hay de seductor en la idea de la fuga? ¿Por qué todos sentimos el deseo de huir y sólo pocos se atreven a hacerlo? Son dos preguntas que aparecen a en la contraportada de la novela “El dilema de Houdini” de Norma Lazo (Mondadori, 2009), dos preguntas capaces de atrapar a cualquiera, ya que todos alguna vez hemos sentido cómo las cadenas de la rutina se vuelven pesadas e imposibles de cargar.
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Eso sienten los cuatro personajes de esta novela: Sofía, una mujer atrapada en su melancolía y soledad -causadas por la pérdida de Lázaro, su esposo- recurre a medicamentos como el Lexotán, el Valium y otros para escaparse por un momento de su realidad; Carmelo, un viejo artista-escapista dispuesto a igualar las hazañas de Houdini, no encuentra la manera de librarse de una relación por demás tortuosa; Sebastián, un ex-niño prodigio trata de olvidar el trauma que le ocasionó a sus padres al no poder acoplarse a los planes que le tenían; por último Lancelot, un tigre de Bengala hambriento –la gran metáfora de la novela- que al emprender la huída del zoológico en que lo tienen cautivo, causa un caos capaz de paralizar, enternecer y enfurecer a buena parte de la ciudad, convirtiéndose en la noticia del momento en los medios locales. Cada uno de estos personajes están ensimismados en su propia travesía. Sofía, Carmelo y Sebastián necesitan escapar antes de morir asfixiados. Los tres precisan aprender de Houdini el arte de escapar y del tigre de Bengala las agallas para decidirse a escapar. Al final, alguien logrará huir y los otros morirán en el intento.
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Aparentemente huir es sencillo: basta con tener una buena razón y ganas; sin embargo se necesita renunciar a todo lo construido a lo largo de muchos años, volver a nacer y borrar todo aquello que se conocía por vida. Una novela para llevarse a la reflexión, donde la fuga puede ser la única solución, una salida fácil o inclusive una adicción.
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“El dilema de Houdini” está divida en cinco capítulos trepidantes y emocionantes. Aquél que se acerque a esta novela seguramente logrará identificarse con los personajes y sufrir con su necesidad de huir. Una novela que se agrega a la lista de los libros que llegan en el momento justo y necesario.

martes, septiembre 01, 2009

Batallas de Nueva York

Diario Milenio-México ('01/09/09)
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No es un parque temático, aunque igual lo parece. Tampoco es propiamente una pasarela, pero hay leyendas vivas que van y vienen. Se llama, oficialmente, Centro Nacional de Tennis Billie Jean King, si bien uno se guía por el conjuro mágico: US Open. Imposible ignorar la mística imperante: nada más dar un paso hacia dentro del estadio de tenis más grande del mundo, sabe uno que no está ya en Nueva York, sino en alguna suerte de coliseo esencial donde cada septiembre se escribe la Historia.
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El Arthur Ashe es más que un estadio. Más allá de la cancha central donde ahora mismo juega Roger Federer, serpentea un laberinto de puertas y pasillos por cuyos meandros uno goza extraviarse. Más todavía cuando una rubia avanza por delante de ti, abre la puerta, cruza, la detiene, te obsequia una sonrisa y entonces haces tu mejor esfuerzo por fingir que es normal toparse con Martina Navratilova, la más grande de todas aquí y en cualquier parte. Momento ideal para tener presente que en un torneo Grand Slam lo extraordinario es moneda corriente. Dos minutos después, un recién cincuentón de mirada sagaz y sonrisa sarcástica cruza la misma puerta, con su mochila de raquetas Dunlop colgando de la espalda y el ímpetu de algún novato ilusionado. Es, nada más, John McEnroe. Cuatro veces campeón aquí, como Martina.
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En el día inaugural, los dos reyes vigentes abren fuego y apenas encuentran resistencia. Devin Britton, rival de Roger Federer en la primera ronda, recién ha confesado que su única meta es no ser aplastado en el partido. Alexa Glatch tampoco tiene cancha para ilusiones, más allá de saberse obstáculo pequeño en el camino de Serena Williams. Acaso, al fin, la única sorpresa estuvo en los dos quiebres de servicio que Britton le ha arrancado al suizo arrasador, quien ganó 6-1, 6-3 y 7-5. Serena, por su parte, ha demolido a Glatch sin el menor asomo de piedad por dos parciales de 6-4 y 6-1.
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Es todavía temprano para la épica. Los más fuertes ajustan los tornillos, en un descuido se les puede ganar antes de que terminen de ambientarse. Los demás sudan tinta para seguir aquí, y el resultado es una efervescencia que le quita el aliento al recién llegado. Si en los últimos días del torneo reina el drama de los sobrevivientes, el inicio es no menos que un festín donde, conviene recordarlo, todo puede pasar. Para botón de muestra basta el local John Isner, que le ha dado una zurra a Victor Hanescu en cuatro sets, sobre la cancha del estadio Louis Armstrong.
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Decir que cualquier cosa puede suceder equivale a saber que nada será fácil para nadie. Camino de la cancha, Serena recorría los pasillos tensa y ensimismada por el duelo pendiente; un par de horas más tarde, tendida y perniabierta en el gimnasio con los tobillos a medio vendar, la campeona del año pasado se entretiene jugando a la trivia con mamá Oracene: una y otra se precian de conocer a fondo las canciones de Ice Cube. Tal es el otro lado de la magia, pues antes que un complejo de estadios y canchas —son catorce escenarios simultáneos— éste es un club de tenis. Si afuera se atropellan los cazautógrafos, en los salones priva el relajamiento. No conviene tener demasiado presente la dimensión del desafío mayor, hay que hacer como si no fuera mucho más que otro partido de tenis. El duelo se disputa primero en la cabeza que en la cancha.
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Ya con la noche encima y el discurso reciente de André Agassi, Venus Williams se esfuerza por estar a la altura, pero pasa que Vera Dushevina ha asumido lo poco que tiene por perder, le rompió ya el primero de sus servicios y va tras el segundo: señal de que un Grand Slam pesa igual para todos. La rodilla maltrecha, el saque tambaleante… ¿Dónde está Venus? Llega la muerte súbita y en un descuido el set es de la rusa, que sin embargo sigue a siete triunfos del cielo. Tras un segundo set no menos errático, Venus se recupera ganando seis juegos al hilo, cede un servicio más y acaba recetando un sufrido 6-7, 7-5 y 6-3 que le devuelve apenas el alma al cuerpo. Puesto en términos simples, aquí no pasó nada.

Reencarnación

Diario Milenio-México (01/09/09)
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Se había visto a sí misma a su lado al pasar frente a los espejos del recibidor: era una pareja triste.
Los espejos de los recibidores son con frecuencia espejos biselados.
La aflicción estaba y no en las prendas de vestir: un vestido azul cielo de corte recto sobre el cuerpo de ella y un traje de un gris muy claro sobre el cuerpo de él.
La aflicción se oía en el repiqueteo del tacón sobre el piso de mármol.
La aflicción es una cuestión de exceso de orden.
¿Es la aflicción lo mismo que el desconsuelo?
Seguramente ella se habría preguntado eso antes.
No sé qué pudo haberse preguntado él.
Si en lugar de haber llegado a una fiesta se hubieran quedado a solas en su casa sin duda alguna habrían llorado.
Sin duda alguna: esa frase me espanta.
Cabe la posibilidad de que el hombre y la mujer habrían guardado silencio en habitaciones distintas de la misma casa.
Las casas grandes se acomodan a la soledad de sus habitantes.
Una oración completa es como una habitación donde una mujer o un hombre lloran sin notarlo.
La tristeza con frecuencia se expresa a través del llanto.
Es también común que la tristeza resulte inexpresable.
¿Es lo mismo la tristeza que la aflicción?
El hombre no habría podido creer que ella repitiera las palabras de una adivinadora.
La mujer le había explicado ya la diferencia entre una adivinanza y una reencarnación.
Hay algo que va a ser dicho.
El hombre habría preferido que ella fuera sonámbula.
Si ella hubiera sido sonámbula, él habría podido salvarla del precipicio.
Las sonámbulas suelen vestir largos vestidos de color blanco.
Tú hablas dormido, le había asegurado con algo de rabia.
Afligir es un verbo que viene del latín affligere.
Afligir hace referencia tanto al sufrimiento físico como a la pesadumbre moral.
Quiero que me cambien mis percepciones, había pedido.
Los que detentan el poder utilizan gran parte de su tiempo en vigilar que el hombre o la mujer sea reproducido convenientemente.
Alguien había puesto a funcionar un viejo aparato de música cerca de ahí.
El hombre no podría creer que la mujer le asegurara que la reencarnación es un camino de regreso.
El hombre no podría creer que su tristeza, que su aflicción, ese sufrimiento físico y esa pesadumbre moral, se transmitiera a través de las palabras que pronunciaba al estar dormido.
Nadie tiene idea de quién fue el primer hombre afligido de la tierra, eso es cierto.
Estupefacto puede ser un adjetivo o un sustantivo.
Mientras platicaban alrededor de la pequeña mesa redonda del jardín de atrás, un ventanal se había partido en dos.
El ruido del cristal cuando se rompe.
Tuvimos un hijo y, a los dos años, murió.
El espectador viene a ver cómo se gasta el actor.
Una pareja pasa apresurada enfrente de los espejos biselados de un recibidor.
Si tuviera que precisar, diría que todo esto ocurre en 1947.
Un espectáculo es una duración.
Hay alguien que calla y alguien que habla mientras una música peculiar entra por el ventanal roto que da a un amplio jardín.
Una mujer lleva a un niño en los brazos, contra su pecho, dentro de un avión.
Excepto por la vigilancia en los aeropuertos, el avión es un rápido medio de transporte.
En 1947 la vigilancia en los aeropuertos era menor.
El hombre no habría podido creer que la mujer hubiera llevado a un niño muerto entre los brazos.
La aflicción es un gasto del cuerpo.
Lo que ha sido dicho resulta materialmente imborrable.
El lenguaje es así.
Ella habría insistido en que una adivinanza es distinta a una reencarnación.
Las personas usualmente no lloran en sus casas sino en un panteón.
Algunos cementerios se han transformado con el tiempo en atracciones turísticas.
¡El actor es un muerto que habla, es un difunto el que se me parece!
La muerte es con frecuencia un error y es también algo inevitable.
Los sucesos imperdonables detienen el pasar del tiempo.
El crimen es un lugar al que hay que regresar.
El lenguaje es así.
Lo mismo puede ser dicho de la muerte accidental.
Ella le habría asegurado que no tuvo culpa alguna en el deceso del infante.
Si ella hubiera sido una sonámbula, él habría podido empujarla desde el precipicio.
Convertirse en un asesino o en una asesina es una tarea relativamente fácil.
Tú hablas dormido, había insistido con la misma rabia.
Prefiero la palabra ira a la palabra rabia.
En un momento dado, el hombre habría sido capaz de ver el cuerpo del niño entre los brazos de la mujer.
Algunas veces es necesario beber un buen cognac.
Ojalá dejen de considerar su cuerpo como si fuese un telégrafo inteligente.
Como está lleno de orificios, por el cuerpo pasan demasiadas cosas.
Las lágrimas no son un signo de algo más.
La aflicción, en todo caso, es muy parecida al desconsuelo.
La pareja que camina enfrente de los espejos biselados del recibidor tiene prisa por volver atrás.
¿Existió, alguna vez, un mundo sin pesar?
Los jardines cuidados con esmero da la apariencia de estar cerrados.
Hay una mujer en el proceso de abrir los brazos.
Que alguien profiera las palabras: te lo traje de regreso.
El abrazo suele ser tomado como un signo de bienvenida o de paz.

lunes, agosto 31, 2009

Un silogismo, uno.

Todos los que le van al América son putos y/o pendejos;
es un milagro que el América haya goleado al Toluca;
sólo Dios hace milagros;
Dios es americanísta;
entonces Dios es puto y/o pendejo

Adiós a los Kennedy-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 31/08/09)

Dice David Huerta que los chismes son como el polvo que ensucia los libros que guardan nuestras bibliotecas: por más que uno lo limpie no se va nunca. La figura de Edward Kennedy (1932-2009), como la de toda su familia, siempre estuvo contaminada de maldicencia. La Wikipedia, estándar de la sabiduría pop en nuestros tiempos, señala como los dos datos más prominentes de su vida que lo expulsaron de Harvard por copiar en un examen de español y que dejó morir a Mary Jo Kopechne para salvar su carrera política en el celebérrimo accidente de Chappaquiddick.
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Esta sombra de duda que pendió siempre sobre la figura de los Kennedy fue al mismo tiempo una cruz —vivieron bajo un nivel de escrutinio que sólo padecen las estrellas de cine— y un capital de popularidad inagotable para una nación que adora a los justicieros y forajidos: el Llanero Solitario o el Hombre Araña habrían sido los malos en cualquier otro país. Que si el origen de su fortuna venía del tráfico ilegal de alcohol en la era de la prohibición, que los Kennedy no habrían llegado a nada sin el fraude electoral de Illinois que llevó a Jack a la Casa Blanca en 61, que si por ser católicos eran más leales al Vaticano que a la Constitución, que en el fondo eran una bola de borrachos.
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Sin embargo, la presencia de Edward Kennedy en la curul más tradicional de la más tradicional de las instituciones estadounidenses —la del senador senior por Massachussets—, generaba una suerte de tranquilidad para todos. Enloquecieran lo mucho que pueden enloquecer los conservadores gringos, Ted siempre estaría ahí para cerrarles la puerta y promover, al mismo tiempo, la agenda más radical que podía soportar el cuerpo legislativo.
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Sospecho que todos los que en algún momento han sentido una afinidad por la ciudad de Washington —amor difícil si lo hay, pero amor a fin de cuentas— compartirán la misma sensación de orfandad esta semana, que me ha recordado tanto a aquellos meses de la década de los 90 en México en que se murieron en fila Cantinflas, Fidel Velásquez, Emilio Azcárraga y Octavio Paz. (Recuerdo que tras la velación del Nobel en Bellas Artes, un grupo de escritores por entonces jóvenes y más bien heterodoxo nos detuvimos a tomar una cerveza en La Ópera. En algún momento el poeta Luigi Amara dijo entre el desasosiego que nos producía habernos quedado sin figuras tutelares a las cuales culpar de nuestras desdichas: “Ahora nomás falta que en el 2000 gane el PAN”.)
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Un adagio de la clase política estadounidense dice que en Washington se puede sobrevivir a todo menos a una mujer muerta o un niño vivo. La figura de Ted Kennedy es tan excepcional que sobrevivió —y muy temprano en su carrera— a una mujer muerta. El final de su lento y doloroso proceso de extinción empalma, curiosamente, con otro final sucedido hace unas semanas: el de Michael Jackson —tan excepcional también que fue encontrado un sinnúmero de veces con niños vivos y tampoco fue a la cárcel.
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Desde ayer sábado el cuerpo del “León del Senado”, que encarnó a la manera de una sirena de popa con sobrepeso casi todas las batallas legislativas de la izquierda gringa, descansa en el cementerio de Arlington, en Virginia, junto a las tumba de los malogrados John y Robert Kennedy. El único miembro de la familia política más notable de Estados Unidos que conserva cierta visibilidad es la esposa de un gobernador republicano, fisiculturista y en realidad austriaco, que sale hasta en la película de Los Simpson.
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¿Qué vamos a hacer sin los Kennedy? Es como si de pronto nos quitaran nuestro derecho inalienable a usar pantalones vaqueros, a bebernos una coca-cola helada, a ver una serie magníficamente producida en la televisión o a nuestra iPod. Es como si los usos y tradiciones del siglo XX, que comenzaron a emborronarse con los avionazos del Pentágono y las torres gemelas, y estuvieron a punto de difuminarse por completo con la elección de Barack Obama y la pulverización de la economía especulativa de Wall Street, hubieran llegado, esta semana, a su tímida, discreta, elegantísima salida del escenario. Adiós al siglo americano.

El prócer inservible

Diario Milenio-México (31/08/09)
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La gloria no hace cuentas
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Cuando uno entra en la carrera de Ciencias Políticas, suele hacerlo con cierta grandeza en mente. Supone ya que va a hacer grandes cosas, pues habrá de toparse con enormes obstáculos; de ahí que luego apenas si mencione que en realidad estudia para administrador público. Para quien se ha planteado la peligrosa idea de hablar ante las masas y acaso enardecerlas, la idea de sentarse a contar chiles por el abstracto bien de la comunidad parece poca cosa, y más que eso semeja un engorro fatal del que nadie quisiera ocuparse. Nadie, pues, que haya oportunamente contraído las ínfulas del prócer que pide apoyo y votos con los brazos en alto. Ahora, cuando lo escribo, me causa un repelús insoportable, pero entonces, con pocos años y la cabeza llena de épica plástica, la idea parecía tan seductora como cualquier patraña grandilocuente. ¿Quién iba a preocuparse por asuntos ingratos como el de vigilar los pesos y centavos cuando estaba pendiente salvar a la patria?
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Cursaba todavía el primer semestre cuando el profesor de teoría política nos hizo una revelación confortadora. Al principio, nos dijo, un cargo en la administración pública intimida a quien llega a ocuparlo, pero en un par de meses se da cuenta de que es una vacilada. Si aquello era verdad, nosotros, futuros rescatistas de la nación, tendríamos por tanto tiempo de sobra para entrar en la Historia sin distraernos de más en la monserga de andar administrando lo que ni nuestro era. Cierto es que había más de uno entre los estudiantes que se entendía muy bien con los conceptos administrativos y ciertos temas de economía, pero ello pocas veces era útil para entrar en debate y alcanzar lucimiento entre los compañeros, si en esas lides lo más socorrido era soltar al aire opiniones osadas, a menudo sin otro fundamento que la vehemencia de quien las sostenía. Opiniones hinchadas de lo que uno entendía como conciencia histórica, untadas de una suerte de sensibilidad social apenas distinguible de la culpa católica, porque al final aquella era una universidad privada y nosotros unos privilegiados.
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Que vivan los ineptos
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Poca o ninguna gloria parecería aguardar al burócrata serio y dedicado que administra con responsabilidad, si afuera menudean los que viven de reclamar y ofrecer imposibles, sin por ello tener que sacarle punta a un lápiz. Por el contrario, su papel es odioso y anticlimático. Se le suele tildar de cuadrado y obtuso si se atreve a decir que tal o cual proyecto resultan inviables, o que para llevarlos a cabo es preciso seguir estrictas directrices y cumplir con preceptos indispensables. ¿Quién es ese aguafiestas para echar tierra sobre cuentas alegres? De ahí a sepultar al interfecto bajo un manto de burla y menosprecio apenas hay distancia, pues allí donde abunda la demanda no suele tolerarse el límite en la oferta. Repartir lo que no hay, ni hubo, ni por lo visto habrá, no requiere hacer cuentas, ni estudiar un proyecto, ni consultar con un especialista. Basta con que los técnicos al servicio del pueblo encuentren la manera de dar cuerpo y sentido al despropósito, al menos mientras llegan las elecciones.
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A juzgar por el éxito de un número creciente de servidores públicos improvisados y folclóricos, el título de administrador público vale hoy en día menos que un puesto en el comercio informal. Conforme iluminados, dicharacheros y chistositos van seduciendo a cámaras y micrófonos, su entusiasta clientela se reproduce en proporción geométrica. Si otros les piden tiempo para resolver, éstos resuelven todo sin tener que bajar del escenario. Quisieran despachar directo en el templete, al ritmo del clamor de una manada alegre y monocorde que se solaza en la certeza de ser tan ignorante como el de la voz. De pronto no se vota ya por el más apto, sino por quien se precia de su ineptitud, en aras de esa angélica sencillez que lo equipara con el menos dotado. Tiene que haber legiones de votantes que se sienten seguros al verse gobernados por torpes e ignorantes. Qué mejor prueba de eso que ocho años de Bush Junior.
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Una ola para el Sr. Lic.
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Nunca he entendido por qué quienes votan por el candidato de apellido Mengánez son conocidos como menganistas. Hasta donde entendemos, no se vota para endiosar a nadie, sino apenas pensando en darle trabajo. Votamos porque creemos que esa persona debería tener una oportunidad, pero como en lugar de ser sus empleadores nos comportamos como sus hinchas, o en su caso como sus adversarios, no se ve cómo va a arreglárselas alguien para evaluar los costos y beneficios de la oportunidad. Dondequiera que uno se consiga una chamba, entiende que será observado, fiscalizado y evaluado conforme su trabajo rinda frutos. Esperar que sus jefes lo agasajen con hurras y papel de China cada vez que parece que trabaja es una ingenuidad que en todo caso sirve para reírse a costillas de sí mismo. ¿Cómo entender que esa misma persona tolere, e inclusive celebre, disparates afines en baquetones a los que en su momento dio su voto, es decir su confianza, es decir su dinero?
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Entender, al final, no es importante, y en todo caso tampoco es posible cuando la realidad se empeña en demostrarnos que ascender a los puestos en teoría reservados a los administradores resulta más sencillo para los payasos. El payaso y el trono son de repente consustanciales, pues pasa que al payaso ni quién le pida cuentas, y aún si las ofrece no deja otra salida que la risa, y por supuesto espera los aplausos. Más que un gobernante, el señor licenciado Mengánez parecería el ganador de algún programa de concursos. Si pretende seguir por la senda del triunfo, no necesita administrar lo que hay; basta con que reparta lo que no hay. Para conseguir eso, no hace falta una profesión, ni más conocimientos que los del merolico. Nadie sino él entiende dónde está la bolita, y eso no existe escuela que lo enseñe. Pues a lo que ha aprendido el tal servidor público es a ser inservible y así ostentarlo. Tal es su orgullo y por eso le aplauden.

domingo, agosto 30, 2009

Sin ningún rumbo los festejos del bicentenario: Pedro Ángel Palou-El Sol de Puebla por Celina Peña Guzmán (29/08/09)

Gravísimo quitar la Colonia y la Conquista de los libros de historia en las primarias, Pedro Ángel Palou criticó la forma en cómo se editaron los nuevos libros de educación básica


CIUDAD DE MÉXICO.- El ex secretario de Cultura de Puebla, Pedro Ángel Palou, dijo que los festejos del centenario de la Independencia que organizó Porfirio Díaz sí tenían definido un proyecto de nación: "En cada ciudad se iba a inaugurar una obra", pero ahora vemos que no hay rumbo.


El ex rector de la UDLA condenó la mutilación de los libros de historia de primaria, en un país donde la gente sí lee, pero sólo aquellos libros accesibles a su bolsillo.


"Fue un error gravísimo, muy mandado, de quitar la Colonia y la Conquista y la historia de México".Palou García mostró su descontento con la forma con que en todo el país se desarrollan los preparativos del Festejo de la Independencia de México y el Bicentenario.


Palou, miembro del Sistema Nacional de Creadores, ha dedicado el último lustro a una trilogía dedicada a personajes históricos, rastreado documentos, cartas, y actas en archivos, sobre Zapata, Morelos. Morir es nada y Cuauhtémoc. La defensa del Quinto Sol.


Pero en su última novela, "El Dinero del Diablo", Palou da un giro hacia la novela policiaca, a partir de una investigación minuciosa en fuentes documentales, para exponer la historia oculta del Vaticano.


LA GENTE SÍ LEE


-¿Cómo percibió la respuesta de sus lectores?
-Finalmente, regreso de una larga gira por Latinoamericana, y cuando en mayo salió el libro, tuve muchas reuniones con los medios de comunicación pero no pude estar como ahora con los lectores. Y en un día tan especial como éste que hay una venta nocturna, aquí en la Librería Rosario Castellanos, me siento muy contento.


-¿Cuál fue el proceso de escritura del libro?
-Me llevó más de dos años. Un año de investigación en trabajo de archivos e investigación dura en archivos de universidades, como lo comentaron los presentadores, y ya por supuesto, la propia escritura que es divertida.
Es una novela policial con dos tramas paralelas. Con una trama que ocurre, alrededor de la muerte del Papa Pío XI en 1929 y otra que ocurre en esta época cuando se quiere canonizar a Pío XII. La novela juega con esos dos tiempos.


-¿Cuándo se presenta el libro en Puebla?
-Vamos a presentar el libro en Profética en septiembre. Todavía no hay día. Se movió la fecha que ya teníamos. Espero que vayan a presentarla Ignacio Padilla y Paco Ignacio Taibo II.


-¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores?
-La novela salió en mayo. Ya se agotó la primera edición 12 mil ejemplares. Ha agotado dos ediciones en Colombia, 6 mil ejemplares, en España. Globalmente estamos editando ya los 50 mil ejemplares de la segunda edición.


-En esta nueva novela, acudes al género policiaco, pero has realizado una trilogía narrativa sobre los héroes nacionales con esa experiencia ¿cómo se recibe la eliminación de temas como la Conquista y la Colonia de los nuevos libros de texto?
-La SEP ha hecho en esos días declaraciones que cada una es vez caen en un absurdo más grande. Han dicho que van a hacer un cuadernillo para sexto. Si o no estaban esos temas, estaban sacadas del libro, y sus primeras declaraciones del secretario Alonso Lujambio, de que no había error, de que los nuevos contenidos de que iban a ser historia.


Habla de cómo está el país.


Fue un error gravísimo, muy mandado, de quitar la Colonia y la Conquista y la historia de México, habla de cómo este país, este gobierno, no tiene rumbo, no tiene ideología, no tiene proyecto de nación. Las celebraciones del bicentenario es un catálogo de absurdos, esto es sintomático, de que estamos viviendo un país donde no hay proyecto de nación, no sabemos qué queremos, no hay un proyecto político y económico, se critica mucho a Porfirio Díaz, pero en el Centenario de la Independencia estaba muy claro que cada municipio debía hacer un proyecto importante de obra pública, hospitales, escuelas, carreteras. El tema de los libros de historia y los festejos del bicentenario refleja exactamente lo contrario que no hay rumbo.Nosotros estamos conmemorando algo más, la Independencia y la Revolución. Yo estoy filmado un programa para Discovey Channel "Unidos por la Historia".


Hay países como Argentina, Colombia, Venezuela, Perú, Chile, hay proyectos muy interesantes. En Argentina, ya salieron los primeros 50 tomos, de una colección masiva, popular, comprable, donde están todas las ediciones fundacionales, con prólogos de especialistas pero muy accesibles, pero aquí necesitamos ediciones de los Sentimientos de la Nación, del Plan de Iguala, de las leyes de Reforma, no hay visión. En otros países está muy claro que celebrar el bicentenario de la Independencia es un tema político de alta trascendencia histórica. México, a la mejor no estábamos en el momento de hacer un gran fasto de fiesta, pero sí un gran ejercicio de debate público.


-¿Por qué no hubo un boom en México de la novela histórica como sí ha sucedido en otros países latinos?
Hasta hace muy poco la novela histórica era un subgénero, el escritor serio no lo quería tocar, de los pocos que lo tocaron con seriedad Fernando del Paso, con la mejor que se ha escrito Noticias del Imperio, y Carlos Fuentes, con una novela que sucede en tres países, La Campaña que pasó sin pena ni gloria, la última novela que publicó en el Fondo de Cultura Económica, en México se consideraba la novela histórica como un género menor como la policiaca, hoy en día, los que hay Eugenio Aguirre ha escrito lo mismo sobre Guadalupe que sobre Hidalgo, pero somos cinco o seis personas que escribimos novela histórica de México con cierto rigor, hasta ahora ha sido solamente patrimonio de los historiadores, y como si el novelista sólo tuviera que escribir ficción pura. Así como el PRI hizo de la historia, una especie de monopolio, siempre era la historia oficial, siempre era la familia revolucionaria, el absurdo de que las letras de oro del Congreso, Carranza, el verdugo de Zapata encima. Había que festejarlos a todos como si fuera una sola revolución.


-¿Por qué la gente sólo lee Harry Potter o Crepúsculo?
-La gente que lee Crepúsculo y Harry Potter es porque tiene más de 200 pesos. Hace mucho que debimos haber descubierto el papel del libro de bolsillo, en México los libros son inaccesibles para la mayoría de los lectores; pero uno se sube a un metro y se da cuenta lo que lee la gente de México, lo que está a su alcance, lee lo que su bolsillo le permite, desde Cuauhtémoc Cárdenas, en el gobierno de la Ciudad de México, ha hecho esfuerzos interesantes. Para cultura, en la SEP se ha gastado muchísimo en políticas de lectura, alguien que lo ha hecho bien en el Conaculta es Paloma Saez.

Pero en general, hemos gastado dinero en los administradores de programas de lectura, ir a secundarias porque se acababa de hacer lo de la biblioteca de aula, los libros son para usarlos, y la respuesta de él es terrible, yo no puedo dárselos porque se van a estropear, los libros están intactos, cuando costó el programa de bibliotecas de aula, el libro, cómo estaban y decía el libro, si usted quiere, y la gente criticó mucho al principio del programa, el 90 por ciento de los libros regresaron, para que otro lo leyera, no debemos seguir con lugares comunes. Los mexicanos leemos pero los libros son inaccesibles.


LA LITERATURA MEXICANA DEJA SU ERA PROVINCIANA


Los escritores Nicolás Alvarado, Ignacio Padilla y Paco Ignacio Taibo II celebraron la aparición de la nueva novela del escritor poblano Pedro Ángel Palou durante la presentación de "El Dinero del Diablo" en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica.


Los presentadores resaltaron la capacidad de Palou de moverse con habilidad entre los géneros literarios y reivindicar que ningún escritor está limitado en sus temas por sus orígenes.Una serie de súbitos asesinatos en las recámaras de la Santa Sede en Roma, aparentemente sin ninguna relación, tienen sus orígenes en un pasado lejano. Las respuestas a estos asesinatos podrían encontrarse en las intrigas políticas de 1929 una vez que el Vaticano se enfrenta al poderío creciente de Mussolini y Hitler, en las postrimerías del papado de Pío XI y la renovación papal de Pío XII.


Los homicidios, sin aparente conexión, transcurren rápidamente, mientras el padre Gonzaga, investigador y detective, regresa del Oriente Medio para indagar las muertes en el Vaticano, acompañado de la guapa forense israelí, Shoval Revach. Pero llegar del Oriente a la Santa Sede no será nada fácil.


Luego de la presentación del libro, el escritor firmó dedicatorias de su nueva novela. La presentación se realizó en la librería del Fondo de Cultura Económica (FCE), Rosario Castellanos, de la Ciudad de México; en lo que fue el legendario cine de los años cincuenta, "Bella Época", después de una extensa gira por Latinoamericana y Europa para dar a conocer su nueva novela "El dinero del Diablo".


Al evento literario asistieron escritores como Eduardo Casar, Pablo Boullosa; novelistas poblanos, amigos del autor, como Fritz Glockner, Gerardo Oviedo, y el especialista en temas administrativos David Villanueva Lomelí.


La novela fue finalista del premio Iberoamericano de narrativa, Planeta-Casamérica 2009.


Durante la presentación el escritor Paco Ignacio criticó la vieja idea, prevaleciente en buena parte de la segunda parte del siglo XX mexicano donde novelistas y cuentistas estaban condenados por su geografía y sus orígenes a ciertos temas en su escritura:


"Usted, como es de Chilpancingo, nada más puede escribir novelas de cocoteros, le decían a algunos autores y así lo tenían que hacer", explicación tan clara de Paco Ignacio Taibo II, que originó las carcajadas entre el auditorio.


El novelista e historiador, que ha pasado con desparpajo de la novela policiaca a biografías noveladas como la de Pancho Villa afirmó que no hay ninguna temática inapresable para los escritores y novelistas, y reivindicó la paternidad de cada uno de los escritores de sus temas: "A cada novelista le pertenecen sus temas".

jueves, agosto 27, 2009

El internet, mal usado-Pedro Ángel Palou

1. La Internet es una web, una red y un útero. En ella se refugian los mediocres, en él flotan los fetos de los imbéciles.
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2. Hay algo de infantil en las identidades de los cibernautas. O al menos de perpetua adolescencia. Pellicer decía: Tengo veintitrés años y creo que el mundo empezó conmigo. Podríamos ampliarlo ahora: tengo entre catorce y treinta y cinco años y creo que el mundo sólo existe dentro de los límites de la red. Y, por supuesto, nació conmigo.
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3. Un ¿ser? oculto tras el anonimato de la red puede insultar a alguien con nombre y apellidos que habita en el mundo real. Los insultos, las descalificaciones, el ataque son siempre de lo más vil. Descalifico para existir, al menos virtualmente. El otro, el vituperado, jamás puede devolver el insulto. Si acaso, poner la otra mejilla.
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4. El Internet y sus comisarios son la nueva Cosa Nostra. De su totalitarismo y su adhesión ciega al insulto y la diatriba depende que el “Anónimo de las 10:46”, por ejemplo, no sea insultado a su vez por discrepar mínimamente de la voz del consenso. Por eso es estúpido participar en un foro: nadie escucha allí los argumentos de los otros. Es una especie de uniforme coro griego en el que la Voz colectiva silencia el pensamiento individual.
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5. En el Internet –y no en la prensa, como creían Nieztche y Kart Krauss- es donde ha triunfado de una vez y para siempre el nihilismo rampante. Bienvenidos a su morada digital.
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6. Matriz congenital de los retrasados mentales y su religión hecha de consenso. Algunos periodistas de hotel, diplomados en periodismo de cocina utilizan la red como su fuente de ¡información!, y lo allí vomitado pasa a sus páginas de tinta con las que, de cualquier manera, las abuelitas arreglan el piso de las jaulas de sus periquitos australianos. Dicho cristiano: la mierda vuelve siempre a la mierda.
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7. Lo que no entienden quienes así actúan es que forman parte de una metaconspiración de la que son, a la vez, sicarios y victimas. A la sombra del fascismo que combaten y, curiosamente, pregonan. Decía Windham Lewis que en un mundo donde los imbéciles son reyes queda un resquicio de esperanza. Al menos.
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8. ¿Cómo estar vivos en un mundo así, donde los aprendices de periodismo universitario convertidos en jueces morales dictaron ya sus sentencias y sus Fatwas neo-islamistas? Si las palabras han sido prostituidas por esos mismos profesores que les enseñaron a balbucear, si el pensamiento ha sido uniformizado por sus blogs y sus videos en You Tube. El ser se transfigura sólo por la destrucción de las cosas que la literatura puede operar. Un mecanismo explosivo así, la escritura, un arma de destrucción masiva contra la nueva ciudad del sentido común: el Internet.
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9. Los situacionistas, con Guy Debord a la cabeza y su Sociedad del Espectáculo, criticaron en los sesentas la vida separada que se había vuelto la vida cotidiana, ¿qué dirían ahora de la vida separadísima que representa la vida virtual de los pobres cibernautas adiestrados por sus maestros del pensamiento uniforme a ya no pensar sino en términos de negro y blanco. ¡Muera la ambigüedad!, les dijeron. Y mataron la literatura en ellos, puesto que la literatura es la tierra del matiz.
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10. Masa vociferante de pequeños extrotskistas y sus nuevos giñoles, rejuvenecidos por My Space y Facebook. ¡Oh, Diosa fortuna!
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11. El Internet es una falsa democracia, la demowikicracia, donde las correcciones y enmiendas son dictadas por el árbitro del mercado.
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12. El Internet es una máquina antiliteraria a la que hace falta dinamitar desde adentro. Se necesita una buena cantidad de uranio.
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13. Un escritor es en cambio ese no lugar, esa ninguna parte en la que toda libertad se consume.
14. Un escritor porta en él, siempre que sea digno de ese nombre, su parte contraria. Sobre todo si escribe novelas.
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15. Lo único que le importa al escritor es tener un lector –aunque sea uno- cuando él ya haya muerto y no estorbe la persona que escribió el libro. Un lector que tiemble de miedo, de ternura, de terror incluso ante las páginas escritas. Uno que sienta la desesperanza y actúe en consecuencia.
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16. Esquizocrítica transficcional, línea de fuga, como quería Deleuze, la escritura verdadera. La escritura como recuento de los recuentos de la destrucción. Nada más y nada menos.
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17. Un escritor es una voz que da voz a los muertos, preferentemente a sus escritores muertos.
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18. Toda teoría de la literatura seria sólo puede ser escrita desde la práctica y desde una teoría del mundo que se va haciendo, progresivamente, o regresivamente según sea el caso, con la obra. La ficción como contra-mundo.
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19. Combatir la magia negra del devenir-mundo de la mercancía con la ciencia gnóstica que es la novela.
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20. La novela como turbina mental para el escritor y como maquina de guerra contra el mundo. Para el lector como un dispositivo frágil, explosivo: una estratagema de destrucción de lo que, oh paradoja, lo virtual ha convertido en real.

miércoles, agosto 26, 2009

Un poema, uno.

A María del Carmen

Si sólo pudieses acercarte,
venir a este sollozo que sufre y permanece.
Si sólo pudieses, desde lejos,
mirar este desierto,
esta calma sin manos, este cuerpo
yacente, sin piernas, debatiéndose.

Si solamente pudieras oírme,
si acaso, sólo, pudieras oír cómo te amo
sin alas, sin agua, sin labios
cómo te amo, ¡sí, sólo cómo te amo!

Per tú desconoces mi existencia
y vas perdiéndote en mi propio desamparo.
Tú desconoces el paisaje que levanta
cada una de estas miradas rotas.

Y vives en una casa sin puerta ni ventanas
y no me oyes llorar cuando atardece
y no adviertes la sangre que mancha tu vestido.

Juan Eduardo Cirlot
Oda a Ígor Strawinsky y otros versos (1944)
dentro del libro de poema En la llama (Siruela, 2005)

"Todo por una chica"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 26/08/09)

Dígame romántico, querido lector, pero últimamente he creído que algunos autores llegan a la vida de uno en el momento más adecuado y de formas inusuales e inesperadas.
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Hace un par de años vi la película “Un gran chico” (About a boy), protagonizada por Hugh Grant y Toni Collette, y me gustó tanto que no descansé hasta conseguir el DVD. Cuando volví a revivirla –hace aproximadamente 3 meses- me percaté, observando detalladamente en los créditos traseros de la caja, que estaba basada en una novela del mismo nombre y Hornby era el autor. Mi siguiente objetivo fue conseguir la novela editada por Anagrama, sin embargo “Todo por una chica” (Anagrama, 2009) se cruzo en mi camino y exigió ser leída, gritaba: “léeme por un carajo” y ante tal súplica accedí.
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Sam, un chico de dieciséis años, cuenta la historia, su historia, con un poco de ironía, sarcasmo y extrema soltura. Sam, hijo de padres divorciados, vive con su madre de treinta y dos quien aun busca el amor y pasa su tiempo libre comparándose con artistas y deportistas que se aproximan a su edad. Nuestro protagonista es como todos los adolescentes un poco retraído pero con una sola pasión: el skate, lo demás se puede pudrir. A diferencia de muchos efebos Sam casi no tiene amigos, sólo colegas de juego; empero cuenta con un gran confidente: Toni Hawk (el Pelé del skate), que no es más que un poster dónde tal personaje aparece retratado y descansa en el reverso de la puerta de su cuarto. Un día, su mamá lo obliga a ir a una fiesta y es ahí donde conocerá a Alicia una bella chica que le cambiará la vida por completo. Cada consejo que Sam necesite tanto para conquistar a Alicia como en la vida diaria, Toni Hawk se lo otorgará por medio de su libro “Hawk: Occupation: Skateboarder”. Éstos consejos fungirán como verdades absolutas para Sam, como si proviniesen de la mismísima Biblia.
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“Todo por una chica” retrata fielmente la vida de un adolescente adentrando al lector a la vida de Sam, una vida que extrañamente pasa a convertirse en nuestra. Con Sam volvemos a sufrir, reír, cuestionar, aprender, aprehender todo aquello que a los dieciséis años era capaz de robarnos el hambre, el sueño y la tranquilidad. Ésta es una novela de iniciación, pero también de educación sentimental, pues sabe fotografiar una etapa tan complicada y maravillosa de la vida como lo es la adolescencia, además de que recurre tanto a sucesos recientes: 11-S, la guerra contra los talibanes; como a personajes de la vida pop actual y por si fuera poco, utiliza expresiones tan presentes que pareciera que un amigo de mi hermana es quien cuenta su historia. A pesar de que “Todo por una chica” plantea la vida de un adolescente que en el camino va aprendiendo la necesidad de no correr antes de saber caminar, Hornby nunca recurre a la falsa moralina ni busca censurar a la adolescencia, al contrario, invitada a cada lector a reflexionar sobre la vida misma y a entender que sabiendo actuar en el momento todo tiene una solución, sin necesidad de que la felicidad se sacrifique y el futuro cambien de manera drástica.

martes, agosto 25, 2009

La cita

Diario Milenio-México (25/08/09)
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La investigación ocupó todas sus energías durante siete meses, pero cuando finalmente dio con ella sintió que le había costado toda una vida. Leyó periódicos y visitó zoológicos, se presentó con padecimientos fingidos ante distinto tipo de psiquiatras y de veterinarios, y se hospedó en innumerables hoteles. Al final, cuando paró el taxi y le indicó que lo llevara al Cosmos estaba casi cierto de que ahí la encontraría. Se daba un margen de error de 1 por ciento. Al empleado del hotel le dejó saber que le gustaría un cuarto amplio, de preferencia en los pisos altos, “para tener una mejor vista a toda la ciudad”, se excusó, y como era temporada baja no tuvo problema en obtenerlo. Fue justo un poco después de las seis de la tarde que se instaló en su recinto.
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Notó el aroma casi desde que abrió la puerta, pero se contuvo. Cuando el botones dejó la habitación, desdobló su ropa con parsimonia y la colgó en los ganchos de madera. Colocó los objetos de uso personal en el baño: el peine, las cremas, la brocha para la rasura. Luego volvió sobre sus pasos y se instaló frente a la ventana. La ciudad, en efecto, a sus pies. El viento de la tarde. Las nubes ralas. Un auto de bomberos avanzaba a toda prisa por una calle estrecha pero como la habitación estaba a prueba de sonidos no pudo escuchar la sirena. Ulises nuevo. A lo lejos, como si se tratara de diminutos muñecos de plástico, muchos hombres caminaban sobre las aceras. Hombres de traje y hombres en jeans. Hombres en harapos. Hombres con cabello y hombres calvos. Hombres con muletas y hombres que se deslizaban como anguilas entre la muchedumbre de hombres. El suspiro que emitió, discreto pero contundente, parecía pertenecerle a un hombre enamorado. Acaso lo fuera.
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Lo último que hizo ese día fue extraer sus papeles del portafolios y colocarlos, en riguroso orden, sobre el escritorio de la habitación. Los hojeó de principio a fin como si no los hubiera visto antes. Había de todo ahí: notas garabateadas a lápiz y recortes de periódicos amarillentos; copias de lo que daba la impresión de ser libros viejos y páginas recién impresas; sobres con estampillas foráneas y recetas antiguas. Un collage era todo aquello. Una colección de pistas o de deseos. Estaba a punto de terminar su actividad cuando alguien tocó a la puerta. Dio un respingo. Un latigazo de electricidad resbaló por su columna vertebral. Parecía salir de una larga parálisis cuando por fin se incorporó y se dirigió a la puerta. Antes de decir cualquier cosa se asomó por la mirilla. No había nadie ahí. Cuando la abrió con sigilo lo confirmó: ahí sólo se extendía el pasillo con su mullida alfombra escarlata y sus paredes tapizadas en papel de oro viejo. La luz tenue que emanaba de los candelabros sólo acentuaba la soledad absoluta del pasadizo. En la punta de sus zapatos, justo como lo presentía, estaba el sobre cerrado, blanco y rectangular, que contrastaba con los diseños geométricos y el color de la alfombra. Lo abrió antes de cerrar la puerta: Aléjese. Váyase de este lugar. Pronto ya no tendrá manera de escapar. El investigador sonreía cuando cerraba la puerta tras de sí. Un hombre satisfecho.
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Fue después de recibir el mensaje que alzó el teléfono y pidió la cena en su habitación. Venado en salsa de manzanas negras. Conejo con alcachofas y endivias. Paté de hígado de cenzontle en rodajas de pan de centeno. Compota de ciruelas. Champán. Mientras esperaba sacó las herramientas de su segunda maleta y las fue colocando una a una sobre el peinador. Un taladro. Un desarmador. Unas pinzas. Un serrucho. Una cinta métrica. Un martillo. Un mazo. Unos clavos. Unos tornillos. Un pequeño ejército avanzando en línea recta. Cuando llegó la cena los introdujo en desorden y a toda prisa en la misma maleta.
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-¿Así que nos visita por primera vez? -preguntó el muchacho mientras quitaba las campanas de cristal de los platos, dejando que un aroma entre dulzón y viejo inundara la habitación.
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El investigador le dijo que así era, en efecto.
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-Hizo una selección peculiar -abundó el mesero, viendo de reojo los platos de la cena. Le sonrió entonces. La sonrisa le produjo el mismo efecto sobre la columna vertebral: un rumor de hormigas apresuradas sobre los huesos. Era, justo entonces, una estatua. Un pedazo de piedra venido de tiempo atrás. Algo arrancado de la eternidad. Iba a decirle algo cuando el hombre joven le dio la espalda. La alfombra apagó el ruido de sus pasos. El ruido de la noche. Entonces empezó su tarea.
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Extrajo una vez más las herramientas de su maleta y con el taladro en la mano derecha se dirigió al clóset. No tardó mucho en despejar la ropa que había colgado apenas un rato antes. Con las manos sobre la madera, tanteando sus huecos con los nudillos apretados, dio con el lugar de la incisión. Iba a utilizar el mazo cuando se dio cuenta que había tornillos nuevos en las esquinas del panel de la caoba. Fue por el desarmador. Cuando se dio cuenta de que necesitaba el otro, regresó por el desarmador de estrella. Las gotas de sudor sobre las sienes le daban la apariencia de ser un hombre apresurado. Poco a poco, el panel cedió. Antes de separarlo por completo de la pared, antes de introducir la cabeza por el orificio, se limpió el sudor con un pañuelo blanco. Luego se hincó y, luego, inclinó el torso. Con ayuda de los codos se deslizó hacia el otro lado del clóset.
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Pensó que los datos obtenidos en tantos meses de investigación lo habrían preparado para cualquier cosa, pero no fue así. Nunca es así. La imaginación tiene, siempre, sus límites. Había pensado que la jaula sería grande, como lo era, pero no que tendría el glamour ancestral de un camerino. Había imaginado que ella estaría encorvada, como lo había leído en tantos diarios, en franca actitud pre-humana, pero no que lo haría mientras se oscilaba lenta, oh, tan lentamente, de un columpio hecho de metales finos. Había pensado en su mirada cientos de veces, recortando su propia figura en las pupilas oscuras de la última mujer, pero nada lo había preparado para la monótona tristeza del momento. Ella le sonrió, como antes el mesero. Y, cuando le indicó con las yemas de los dedos unidos sobre la boca, que tenía hambre, él regresó por el pasadizo para ir trayendo uno a uno los platos de la cena.
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Luego sólo se entretuvo viéndola comer mientras él degustaba trago a trago la botella de champán.
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-Pensé que no existías -le dijo.
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-Así es -le contestó ella con una voz apenas acostumbrada al habla.

lunes, agosto 24, 2009

Breves, los epitafios

Diario Milenio-México (24/08/09)
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Paradojas digitales
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Hay por ahí —cree uno, a la defensiva— un resabio de dignidad en resistirse al paso del progreso cuando éste no termina de convencer. Pero lo que en principio es excepción no tarda en propagarse y convertirse en regla. Poseer una computadora personal era, veinte años atrás, privilegio rayano en vanagloria. Hoy día, carecer de una —o el colmo: no saber manejarla— provoca en los demás una combinación de lástima y azoro. Lo mismo pasa con los celulares y está muy cerca de ocurrir con los facebooks. ¿Cómo puede cualquiera sobrevivir sin uno? ¿Cómo es que no respondo los e-mail al instante, o cuando menos al día siguiente, y apago el celular si se me da la gana? ¿He de aceptar la dictadura del progreso, cuando estoy poco cierto de que éste sea tal, y hasta a veces me temo que sea retroceso?
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Entiende uno que contra el progreso tendrá siempre la guerra perdida, pero ello no es bastante para rendirse en nombre del progresismo. De entrada, no hay consenso en el término. Demasiados, entre quienes se llaman aliados de progreso, suelen ser más retrógrados que un cristero estalinista. Y hay, por contra, anticuados recalcitrantes cuyas ideas resaltan por osadas y frescas, allí donde la regla consiste en esperar que la computadora piense en lugar de uno. Para quien de por sí se pasma ante el trabajo de un narrador como Javier Marías, enterarse que ha traducido Tristram Shandy y escrito tantos miles de cuartillas con esa calidad y sin computadora tendría que semejar hazaña aparte. Como hoy nos lo parece la idea de cabalgar de Puebla a Veracruz o escribir una carta de quince cuartillas —traduzco: veintisiete mil trescientos caracteres, con espacios—, afanes ambos más bien estrambóticos para los que ya nadie tiene tiempo. Nunca antes en su historia la humanidad se había ahorrado tantas horas, ni había dispuesto de tan pocos minutos.
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Sólo la premura dura
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Es justamente en el transcurso de Tristram Shandy donde Lawrence Sterne se pregunta por qué la narración de un solo día de vida no puede merecer el espacio de una enorme novela. O hasta varias, si así fuese preciso. Ya con esa advertencia, los lectores asisten azorados a la consecución de la bribonada: quien se ha dicho dispuesto a relatar entera su existencia no pasará del día de sy alumbramiento. ¿Qué le costaba a ese señor Sterne, opinará más de uno entre los progresistas perezosos, extenderse hasta el fin de su infancia y resumirlo todo en tres mil caracteres? Que si se ve con calma ya son demasiados, pues el tiempo escasea, los blogs se multiplican y hay quien aún espera que leamos libros. ¿Cómo es que no hay paciencia para nuestra impaciencia?
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Ahora, con su permiso y a pesar de las prisas imperantes, necesito apretar el botón de pausa. Me es francamente incómodo ir adelante con estas líneas sin confesar que me sangra la lengua. Me la he estado mordiendo desde el primer párrafo y es cierto que después de un par de días sin celular ni computadora me miro naufragar en décadas pasadas y ya impresentables. Vamos, la mera idea de tener que mandar un fax me suena poco menos obsoleta que curarme una tisis con sangrías. Por ancha que de pronto parezca la nostalgia, me falta ingenuidad para ubicarme en un mundo de baja definición. Si, como algunos piensan, era aquél y no éste un paraíso, la historia nos demuestra que a lugares así nadie regresa. Progresar es también avanzar hacia el fin. Todavía no se inventa el destino con reversa y el edén siempre estará en otra parte.
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Queda, pues, el cinismo; pero igual hay matices. Si me rindiera al fin al culto a la tecnología, tendría que ofrendar mi profesión. Ser novelista en la era del Twitter es también preguntarse si hay que pedir disculpas por escribir doscientos caracteres seguidos. Se espera que narre uno a borbotones, con la cabeza puesta en la impaciencia ajena, y a cambio de ello ganarse la atención de miles o millones de incondicionales de la nadería intempestiva. Se cree que un texto breve requiere un tiempo corto (!). En el reino de la narrativa espasmódica, un balbuceo adquiere vocación de novela y tres juntos son una trilogía. Circulando, señores, que se hace tarde.
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Don’t tweet me in
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Diría que nada tengo contra las máquinas, si no tuvieran ellas ese prurito de imponerse sobre la voluntad de quien las maneja. Bienvenidas, señoras, pero aquí mando yo. En caso de conflicto, puedo desconectarlas e incluso reemplazarlas. Cierto es que tuve un blog, pero llegado un punto me negué a que fuera él quien me tuviera. Hoy que he comenzado otro, no falta quien opine que me paso de largo con los párrafos, y lo cierto es que encuentro en el reparo motivo suficiente para pasarme más, no solamente porque me da la gana sino también, y esto es lo que interesa, porque el texto lo exige. Pues el texto también es una máquina, y en todo caso elijo alimentarlo y obedecerlo porque ocurre que es mío y no tengo objeción en hacerme suyo. Tampoco tengo prisa, ni me gusta servir los guisos crudos.
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Parecería evidente que a la moda del Twitter y sus 140 caracteres tiránicos le pasará lo mismo que al diskette y el fax. Cualquier día twittear será un verbo anticuado, y sus exégetas unos retrógradas. Pues al fin nada hay más aburrido que repetir ad náuseam lo entretenido. Si medio mundo piensa que estar perpetuamente conectado y habitar una casa de cristal ya no es excepcional sino reglamentario, no me queda otra cosa que responder a la pregunta clásica twittera —“¿Qué estás haciendo ahora?”— con otra interrogante no menos conocida, en sólo 24 caracteres: ¿Qué carajos te importa? Hecha esta salvedad en el nombre de la autodeterminación elemental, procedo a retomar los aparatos y negociar de vuelta con la modernidad. No se puede vivir de espaldas a ella, pero menos aún a espaldas de uno mismo