martes, julio 21, 2009

El gesto de la actriz

Diario Milenio-México (21/07/09)
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La había visto, es cierto, pero, para ser franca, no la había visto. La recordaba de alguna telenovela en la que una barbilla usualmente erguida y una voz en volumen algo alto la habían ayudado a representar a una prostituta joven y de cierta clase. Creo que la tenía en mis recuerdos entre el adjetivo dramático y el adjetivo estridente. Su rostro también me había dejado huella después de aparecer —acaso demasiado efímeramente— en un par de películas. Pero, a decir verdad, yo a Cecilia Suárez no la había visto hasta que vi, al menos dos veces, las secuencias morosas y magistrales de Párpados Azules, la ópera prima de Ernesto Contreras. Después de esa actuación, una de las más memorables entre las ejecutadas por ese grupo de actrices mexicanas que buscan con afán un lugar propio más allá de la televisión y el cine comercial, me será muy difícil olvidar el espacio íntimo y perturbador de ese rostro. La belleza, en este caso, es lo de menos (aunque nunca está de más). Lo que en verdad cuenta, al menos después de ver Párpados Azules, es que en ese rostro se desdoblan, iluminándolo a voluntad, los gestos de la actriz verdadera. Sutil como el filo de la proverbial navaja. Delicada hasta el colmo de la herida. En posesión del control que, por serlo, se parece tanto al estar a punto (de morir o de vivir, da lo mismo). Abierto, como lo demanda la frase “dar la cara”, pero igualmente vuelto de manera inevitable sobre sí mismo, el rostro de Cecilia Suárez estremece.
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Dicen las varias máquinas de búsqueda en internet que Cecilia Suárez nació el 22 de noviembre de 1971, en Tampico, Tamaulipas, un estado en el que, de acuerdo con La Tuta, uno de los capos líderes del grupo de narcotraficantes conocido como La Familia, “está el mal de toda la república”. Sin afán de contradecir (no vaya a ser la de malas), y tal vez presa de esa aspiración no necesariamente localista (yo también soy de Tamaulipas) de poner todas las cosas en su justa balanza, habrá que recordar que, antes de irse a estudiar actuación a Illinois, y antes de cualquier otra cosa de hecho, la Suárez es de esas broncas tierras del noreste mexicano. Así que algo bueno debe haber, en definitiva, en ese lugar donde se concentra tanto y tan contemporáneo “mal”.
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Ha sido muchas antes pero, en Párpados Azules, Cecilia Suárez es Marina Farfán, una empleada de una empresa de uniformes que aparece primero en la pantalla frente a un mostrador de vidrio, doblando ropa. De movimientos regulares, hombros caídos y actitud ensimismada, la mujer es esa máquina anómala que produce un ruido apenas audible e ineludible a la vez. Esa actitud, entre resignada e invisible, entre mecánica y frágil, es la misma que utiliza cuando el azar le regala de un premio: boletos para dos y estancia por diez días en un hotel con todos los gastos cubiertos. La actriz abre los ojos y sin apenas mover otro músculo del rostro sugiere que hay algo, que hay mucho más, de hecho, detrás la expresión que transforma la cara en una intrigante máscara. Que la timidez de la que hace gala no es signo de indefensión lo deja claro Marina cuando confronta al dueño de la panadería que le escatima el cambio correcto; o cuando, a pesar de los malabares manipuladores de la hermana, se niega a caer en un chantaje a todas luces alevoso; o cuando después de haber recibido un número de teléfono, se decide a marcarlo. “Qué bueno que me hablaste”, le dirá después, en un restaurante y frente a platos de spaghetti, Victor Mina, el otro tímido.
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Más solitaria que tímida, a Marina Farfán le resulta difícil introducirse en, y luego permanecer dentro de los confines de, la conversación. Más silenciosa que inexpresiva, Marina se concentra en detalles nimios del paisaje o de los objetos sin apenas darnos otro tipo de información. ¿Cómo son los mundos a los que su rostro nos anuncia que parte cuando el exterior deja de interesarle? El espectador no lo sabe, es cierto, pero quiere saberlo porque el rostro de la actriz anuncia a través de gestos minúsculos que lo que yace detrás es enorme o misterioso o, en todo caso, irrepetible. Marina Farfán comparte por primera vez un día de campo en plena ciudad con Víctor Mina pero, eludiendo el lugar común del diálogo donde los futuros amantes comparten las historias de su vida, Marina habla escuetamente y luego, cuando le toca el turno de escuchar, prefiere concentrarse en el misterio de los hilos que conforman el mantel. No hay desdén o comentario moral ni en su silencio ni en la magistral fotografía del momento. Al contrario, lo que despierta ese gesto, capturado por la cámara en un gran acercamiento, es curiosidad. ¿Dónde está Marina Farfán cuando está con Víctor Mina en un camellón citadino? Producir esa tensa interrogante —ese inaugural deseo— con un guión minimalista y de la mano de diminutas inflexiones es lo que constituye una verdadera lección de actuación. Sin necesidad de movimientos abruptos y a contracorriente de una cinta que avanza con deliciosa dilación, la actriz da a entender que la velocidad, aquí, es interna. Hay mundos inauditos, mundos de suyos inexpresables, detrás del azul de los párpados. De eso, tal vez por eso, estos dos tímidos se enamoran. El proceso ocurre abierta y morosamente frente a los ojos del espectador y, sin embargo, permanece oculto tras la paradójica apertura del rostro. ¿A qué horas pasó todo? ¿En qué momento el enojo se transformó en propuesta de matrimonio? ¿Dónde se fraguó el sí que Marina Farfán le regala, dentro de una versión posmo del arca de Noé citadino, a Víctor Mina?
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El director no sólo despliega un gran control actoral sino que contribuye con una dirección de cámara que pone en juego el sentido “natural” del tiempo y el sentido “histórico” del espacio. Despojada de la muchedumbre que la distingue con frecuencia, la Ciudad de México emprende aquí un viaje por ese mítico túnel del tiempo del sentido cronológico. Tanto la edad de los departamentos —el diseño de los mosaicos, por ejemplo, le corresponde a la década de los 40— como la inexistencia de los objetos de la tecnología contemporánea —tanto el celular como la computadora brillan por su ausencia en esta cinta— develan un punto melancólico de mediados de siglo XX. Sin embargo, los anuncios del tráfico y las selecciones musicales traen ecos más recientes. Estos empleados cuasikafkianos no son, tampoco, apropiadamente (es decir, estereotipadamente, sobredramatizadamente) pobres. Entre más evoco escenas completas de la película, más me convenzo de que habría sido muy difícil subvertir esos contextos de tiempo y de espacio, utilizando además una trama mínima, sin la contenida y delicada y magistral actuación de la Gran Cecilia Suárez. Salut.

Aquí mi vida medida según una aplicación del Facebook

Alfredo calculó su tiempo de vida, y el resultado fue:
Has nacido en Jueves
Desde que naciste han pasado: 24 años
Desde que naciste han pasado: 293 meses
Desde que naciste han pasado: 8,916 días
Desde que naciste han pasado: 213,985 horas
Desde que naciste han pasado: 12,839,100 minutos
Desde que naciste han pasado: 770,346,058 segundos
Tu corazón ha latido más de 898,737,000 veces!

lunes, julio 20, 2009

Permiso para infringir

Diario Milenio-México (20/07/09)
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El arte de licenciarse
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A los dieciséis años supe que no es lo mismo licencia que permiso. Si quería ejercer como hijo consentido, necesitaba de un permiso provisional para conducir, toda vez que una licencia de manejo sólo podía obtenerla con dieciocho años. La diferencia estaba en que el permiso no garantizaba infracciones, ni era reconocido por las compañías aseguradoras. Ya en la práctica, pues, el documento solamente servía para iniciarse en las lides de la extorsión y el soborno. Se daba uno permiso para sortear la falta de licencia justo en aquellos años en que más infracciones cometía.
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“¿Saben, muchachos, por qué causa infracción seguir a una ambulancia?”, había preguntado el instructor del curso requerido para obtener el permiso de marras. No lo recuerdo bien, pero debo de haber levantado la mano buscando una excepción. “¿No será porque las ambulancias corren a exceso de velocidad?”, respondí preguntando, a lo que el instructor asintió, satisfecho. Ya no quise insistir, me conformé con dar por hecho que era lícito perseguir a la Cruz Roja, mientras no rebasara la velocidad máxima, y por un tiempo me sumé a la infaltable pandilla de buitres que suelen disputarse el primer sitio del raudo cortejo. Un lance de alto riesgo, pues supone ir tan cerca de la sirena que ningún otro carro consiga meterse, y lo bastante lejos para no ir a estrellarse con la ambulancia.
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Uno recuerda sus años azarosos menos por las licencias que le dieron que por aquellas que se tomó, muchas veces no tanto en busca de problemas como tratando de sacudírselos. Ir tras una ambulancia para salir de un embotellamiento es opción atractiva para quienes se miran agobiados por alguna premura desquiciante, que a su vez los faculta para mirarse tan urgidos de una sirena como el herido que va en la ambulancia. Si unos creen que su edad les da licencia, otros llevan por causa una premura fuera de control. No tienen tiempo para pedir permiso.
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Entendamos al raptor
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Se sabe que las causas nobles en la teoría permiten que en la práctica sus seguidores se den ciertas licencias. Pues como tantas causas imperativas, la suya tiene siempre más prisa que paciencia. Hay que ver qué canalla va a estorbar a propósito a una ambulancia, cuya causa es sin duda noble y urgente. El problema es que hoy día son tantas las causas y sus prisas que se ha hecho harto difícil distinguirlas. No podemos saber si detrás de la ambulancia viene un coche repleto de secuestradores. O si tal vez dentro de la ambulancia, previamente tomada por narcotraficantes, viaja una tonelada de cocaína. Imposible enterarse, asimismo, si los maleantes en cuestión tienen o no licencia para hacer lo que hacen; es decir, si lo que los impulsa es la pura ambición o alguna cierta causa permisiva. En cuyo caso no serían maleantes sino combatientes, y así reclamarían licencia para todo.
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El problema de ciertas causas presurosas es que sus impulsores rechazan otros juicios que los propios. No hay quien los fiscalice, pues de entrada se asumen portadores y ejecutores de verdades tan grandes que nada puede anteponerse a ellas. Y son ellas, no ellos, las que les dan licencia de cometer las peores tropelías y asociarse con carne de patíbulo con tal de ir adelante con La Causa. No piensan en sí mismos, nos aclaran, y si somos escépticos seguramente nos darán el trato que se gana quien no deja pasar a una ambulancia.
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Las causas que se juran desinteresadas y se anuncian mesiánicas difícilmente aceptan auditores. Insinuar que algo chueco se mueve en sus entrañas es para sus adeptos una canallada, si ellos mismos jamás se cansan de repetir a quien quiera escucharlos que es muy honroso hacer todo cuanto hacen y estar donde están. Tanto se han pertrechado de coartadas y eufemismos, que saben distinguir entre un secuestrador y otro secuestrador, si pasa que uno de ellos es también combatiente, y por lo tanto tiene licencia.
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El tamañito del crimen
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Me encantaría saber qué esperarían los simpatizantes de las FARC, en el caso de una eventual victoria, de los que hoy se dedican entre otras cosas al secuestro, la extorsión, el narcotráfico y el asesinato. ¿Será que, ya con el poder en las manos, renegarían de los viejos medios y arrestarían a sus antiguos socios y valedores? ¿Para qué, pues, si ya sus bienquerientes se han mostrado de acuerdo en concederles todas las licencias? ¿Quién más que ellos suspira por vivir al amparo de un poder licencioso y prohibir al unísono las disensiones?
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Hay quien dice que es cosa de opinión. Ser abierto a las opiniones ajenas implica, según esto, respetar a quien no las respeta. Basta con que uno opine que un matón no es matón para que lo redima la relatividad —táctica socorrida en las prisiones, donde cada quien hurga buscando su inocencia— y al cabo lo rescate la legitimidad. Traficar, secuestrar, chantajear, financiar candidatos y hacerse de gobiernos secuaces son, según sus apóstoles, actos legítimos y dignos de encomio. Se les mira correr exaltados, furiosos, tras la ambulancia de una causa mayúscula, esgrimiendo las mismas licencias que acostumbran usar los esbirros de las satrapías. Hablan de libertad, pero ya se les queman las habas por tomarle el dictado a su caudillo.
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Dar o darse licencias es trámite sencillo. Lo complicado es luego retirarlas. Una vez que los combatientes del autoritarismo libertario se han permitido todas las crueldades en el nombre de una abstracción a modo, y encima han recibido la sonora aprobación de su hinchada, no parece que aspiren sino a ir adelante con esa permisividad selectiva. Pues los hinchas están en tantas partes que ahora mismo no paran de sucederse las evidencias de complicidad. Una vez que se admite que la causa es más grande que el crimen, nada hay más fácil que perder a éste de vista tras la inmensa figura de aquélla. ¿Crimen? ¿Cual crimen, si aquí está mi licencia?

domingo, julio 19, 2009

Una flor, es una flor.

Que a uno le digan poeta es demasiado, pero que provenga de una mujer que sí es poeta, es belleza pura, flor eterna.
Y eso es lo que hizo Ana en su blog.
Gracias, pues, por la flor inmerecida.

jueves, julio 16, 2009

Temporada de zopilotes

Diario Milenio-Puebla (16/07/09)
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El prolífico escritor Paco Ignacio Taibo II recientemente ha publicado una historia narrativa de la Decena Trágica, bajo el sello Planeta. En la portada se deja leer una sentencia dura, pero no por menos irrebatible: “En este país hay muchos hijos de la chingada y los peores son los seis generales que dieron el golpe contra Madero”. En este episodio de México y de Francisco I. Madero, en Taibo II se conjuntan sus oficios de historiador y de novelista.
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Taibo II describe a un Madero confiado, dedicado en una época de su vida a la homeopatía a favor de los pobres, un presidente que nunca se enriqueció con el poder. Cuando matan a Gustavo Madero, luego de los engaños y trucos de Victoriano Huerta, los médicos que le practican la autopsia dan cuenta que tiene unos cuantos billetes escondidos en uno de los calcetines. Por más que buscaron los golpistas, no hallaron nada que inculpara a la familia de Madero y que tuviera que ver con la corrupción.
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Trascribo por su importancia y porque se trata de unas cuantas líneas que hablen del contenido de Temporada de zopilotes, la cuarta de forros: "La tensión estaba en el aire. La ciudad de México era un hervidero reaccionario y porfirista donde los generales que juraban fidelidad al presidente Madero conspiraban por las noches para dar un golpe de Estado.
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”¿Pero qué ocurrió exactamente durante aquellos días de febrero de 1913? Paco Ignacio Taibo II hace una reconstrucción minuciosa de la confabulación: su gestación en octubre de 1912 en La Habana, un corrupto embajador norteamericano presionado para que el levantamiento se lleve a cabo, las calles del centro tomadas por el ejército… La traición se respiraba por toda la ciudad.
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”Pero el presidente no quería verlo:
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”Gustavo, su hermano, se lo decía:
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”Nos van a matar a todos.
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”Y así sería.”
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En Temporada de zopilotes Paco Ignacio Taibo II parece coincidir con uno de los más destacados biógrafos de Madero, Alfonso Taracena, al describirlo como un hombre cuya causa y actividad política fue intensa, dándose cuenta de que todo dependería del “espíritu público”.
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Escribe Jorge Fernández de Castro y Finck que la vida de Madero dignifica al hombre y justifica la creación del género humano. Durante el próximo 2010, año del bicentenario, el texto de Paco Ignacio Taibo II ocupará un lugar privilegiado dentro de los festejos que se preparan para tal ocasión. Temporada de zopilotes describe bien al hombre nacido en Parras, Coahuila el 30 de octubre de 1873. Temporada de zopilotes, una excelente investigación.

martes, julio 14, 2009

Un fragmento gracioso, uno.

-¿Qué dijeron los cinco judíos más célebres de la historia?- preguntó Shoval.
-No lo sé -Gonzagaya se reía entre dientes, pensando la respuesta.
-El primer judío, Moíses, dijo: "Todo es ley"; el segundo, Jesús, dijo: "Todo es amor"; el tercero, Marx, dijo: "Todo es dinero"; el cuarto, Freud, dijo: "Todo es sexo."
Hizo una pausa y tomó champán, aguardando la curiosidad de su compañero. Gonzaga entonces preguntó:
-¿Y el quinto?
-El quinto, Einstein, dijo: "Todo es relativo."

El dinero del diablo, Pedro Ángel Palou

La sal soluble de los solitarios

Diario Milenio-México (14/07/09)
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Así que esto es lo que la gente hace sola en sus vidas”, expresaba, no sin un trémulo asombro, un contenido personaje de Don DeLillo. La cita es de memoria, así que no recuerdo el título de la novela ni los nombres de los personajes ni la escena específica, pero recuerdo las palabras tan claramente como el primer día que se incrustaron en mi esfera de percepción. “Así que esto es”, parecía expresar el pasmado narrador en una quietud que en mucho se asemejaba a la quieta rutina que registraba desde su omnisciencia limitada (siempre me lo imaginé invisible casi, en la esquina de un cuarto sin muebles). No había en esas palabras ni pesar ni condescendencia ni juicio moral alguno. Había, en cambio, sorpresa, una especie de extrañada admiración. Algo de empatía. Los ojos abiertos; la boca. No son éstas, por supuesto, las reacciones que típicamente provocan las personas solitarias en el mundo contemporáneo. Al contrario, en una sociedad que diagnostica la soledad como una patología, los solos suelen suscitar o suspicacia o pena ajena o, de plano, terror. Nada más enigmático que la persona sola. Nada más inquietante.
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¿Cuántas películas sobre asesinos seriales no incluyen a la soledad, especialmente al aislamiento infantil, como la cause del origen y eventual desarrollo de las características anti-sociales que llevarán, de preferencia de manera directa, a la trasgresión y el crimen? ¿Cuántas veces no voltea uno a ver, ya con curiosidad o con alevosía o con lástima, al comensal que saborea sus alimentos en la parsimoniosa compañía del aire en la mesa de un restaurante? ¿A cuántas personas se les felicita por haber logrado salvar su soledad de la misma manera en que a otros se les congratula por trabajar (así se dice ahora) en su matrimonio? ¿Por qué es que sale siempre más barato alquilar un cuarto para muchos en un hotel que un cuarto para uno? Los ejemplos abundan. Estigmatizados como anomalías peligrosas, discriminados por su falta de pericia social, relegados porque no hay nadie a su lado que los defienda o los vuelva más, los solos sufren con frecuencia los tratos comunes a las minorías raciales o étnicas o de género. Tal vez por eso no son muchos los retratos que hagan justicia a ese estado acaso intransferible pero definitivamente complejo que el solitario no comparte con nadie.
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De ahí que Párpados Azules, la ópera prima que Ernesto Contreras estrenó exitosamente en 2008, resulte tan peculiar. Estelarizada por dos solitarios, esta película no podía ser sino una anticomedia de amor. De expresiones sutiles y ritmos morosos, rutinarios y silentes hasta le exasperación, los personaje principales se encuentran a pesar de sí mismos en una ciudad que, bajo la vista de los solos, ha dejado atrás la velocidad y las muchedumbres para convertirse en un páramo que habría complacido sin duda a un tal Pedro (y que acaso prefiguró los paisajes de la ciudad bajo el embate de la influenza). A contracorriente de los métodos y formas de cierto cine mexicano de nuestros días (qué lejos el trepidar belicoso de Iñarritu; qué fuera de foco la imaginería de Del Toro; aunque, para bien, qué cerca de los rostros que aparecen, como por encanto, frente a la cámara de Francisco Vargas), estos párpados se abren y cierran con una delicadeza casi de otro mundo, atestiguando con su debida distancia y también con su debida intimidad el acaecer ant-iclimático de la vida solitaria. Como si Saturno los divisara desde las alturas antes de devorar sus cuerpos, los solitarios son avizorados por la cámara en tomas verticales que los hacen aparecer más pequeños. Y, luego, transformada de súbito en una Grildig de diminutas proporciones, la cámara captura los gestos de una mano —esos dedos que se ocupan de deshilar un mantel poco a poco— con el cuidado sólo ofrecido a Gulliver. ¿Así que esto es lo que hace a solas en su vida el oficinista en quien nadie repara y la empleada que pasa desapercibida? El espectador se ve tentado a hacerse estas preguntas con un asombro que en mucho me recuerda las palabras del personaje inolvidable y, sin embargo, tan difícil de precisar que inventara DeDelillo. Los solos se van en medio de las conversaciones hacia mundos que no comparten. Fuga sideral. Los solos, que se apegan poco a las cosas o a los seres, olvidan con facilidad. O, anclados en eras específicas del pasado, recuerdan una y otra vez los mismos nombres, los mismos gestos, los mismos espectros. Desacostumbrados a los ritos de la plática, los solos dejan pasar esos largos minutos silenciosos con un estremecimiento apenas. Y luego, en las pocas ocasiones en que se deciden a remontar la elevada montaña de la conversación, no dejan de caer de bruces en el ridículo o en la abyección o, a veces, las menos, en la simpatía de los iguales. Evitando la psicología fácil (hay que agradecerle al guionista y director que no explique el origen de la soledad de sus personajes como si se tratara de un diagnóstico médico y social), los personajes “no saben” por qué son así, pero tampoco parecen obsesionados por saberlo. Sus batallas son otras, y se llevan a cabo detrás de esos párpados azules que no pocas veces le pertenecen a la imaginación.
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Solitario era, después de todo, el observador obsesivo aquel que, después de pasar horas con la cara pegada al cristal de la pecera del acuario parisino, terminó convertido en un ajolote. Solitario hasta el hartazgo era también el hombre que, dentro de una casona de Puente de Alvarado, se detuvo fascinado frente al jardín que lo empujó al encuentro de esa otra gran solitaria que fue Carlota. Solitarios, en fin, los mexicanos que perdieron una nación en 1521. Y no lo digo yo, sino esos autores anónimos de Tlatelolco que redactaron, en náhuatl, la relación de la conquista en 1528: “Golpeábamos en tanto los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros. Con escudos fue su resguardo, pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad.”

lunes, julio 13, 2009

Número secuestrado

Diario Milenio-México (13/07/09)
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1 ¿Quién piensa en mí?
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Hay quienes aseguran que el sonido más dulce que alguien puede escuchar es el que corresponde a su nombre de pila, pero algunos seguimos preferiendo otro sonido por encima de todos los demás. Como ojalá parezca evidente, me refiero al ring del teléfono. No el de la oficina, ni el celular —de repente mejor emparentados con el odioso ring del despertador— sino el de la casa. Su intrusión repentina, no pocas veces impertinente, suele ser sin embargo tan bien recibida como lo fuera en otros tiempos la música del carro de las gelatinas. Un ruido siempre ajeno, por cuanto tiene de llegado de otro mundo, mas siempre familiar, si se juzga por las expectativas que despierta. Pues siempre hay alguien cuyo ring esperamos, así sea en lo profundo del subconsciente, de ahí que cada nuevo timbrazo desate en el incauto respuestas más o menos pavlovianas. Es como si la vida nos saltara hacia dentro de los tímpanos, hasta ese instante un tanto amodorrados por el rumor de la rutina hogareña. No falta incluso quien de sólo escuchar el ring providencial, se apresure a gritar: ¡Es para mí!
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Ignoro las razones que tendrá cada cual para no dar su número a cualquiera, pero cierto es que a muy pocos les faltan. Las mías, por ejemplo, tienen que ver con la expectativas que cada nuevo ring me despierta. Además, no siempre va a tener quien llama el tino de encontrarnos literalmente sin hacer nada, y en más de una ocasión habrá de distraernos de quehaceres absorbentes, cuya interrupción será en principio el precio a pagar por atender al telefonazo. Algo que se perdona, y con frecuencia también se agradece, si quien llama es persona conocida y con suerte apreciada. Ya no digamos cuando se trata de esa llamada mágica, tan improbable como aguardada, que un día, de la nada, nos ilumina el mundo y al destino lo vuelve cómplice entrañable. Una sola llamada y el sol sale radiante a media tempestad. Basta, no obstante, con descolgar y topar con alguna voz extraña —número equivocado, por ejemplo— para que a la tormenta se le sume el granizo. Diríase que el destino se nos burla en la cara. Nadie te quiere, ja, ja.
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2. En la morosidad de su hogar
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Opinaba Oscar Wilde en sus Frases y filosofías para el uso de los jóvenes que vivir endeudado es la única forma de permanecer en la memoria de las clases comerciales. Un privilegio entonces, cuando el departamento de cobranza no tenía la opción de aturdir al moroso con llamadas constantes e impertinentes cada día, y de pronto varias veces el día. Un acoso leonino que se radicaliza en épocas de crisis, cuando la liquidez reluce por escasa y hasta un tarjetahabiente olvidadizo parece un delincuente potencial, a ojos de la jauría de telefonistas de rapiña enviados a joderlo noche y día, ya con recordatorios paternalistas, ya con racimos de amenazas en tono robótico. Y si el interesado está de viaje, de poco servirá que quien conteste así se los informe, pues a ellos se les pide llamar a diario de todas maneras. Quienes los mandan se han asumido depositarios legítimos del derecho de acoso a sus clientes, por métodos no muy distintos del chantaje, toda vez que el asedio termina secuestrando la línea telefónica. Bajo tamaño yugo terrorista, ni quién quiera que suene el jodido teléfono.
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Tal vez la única ventaja del usuario en esta situación sea que, a diferencia de otros acosos, el de los abogados termina abruptamente cuando el moroso se pone a mano. Tras un solo conjuro las hienas se hacen humo y la vida hogareña recobra su pulso. Los chicos del departamento legal levantan el pulgar salen del catálogo de nuestras pesadillas, donde hasta ayer como en su casa, precedidos por otro ring traidor, y otro, y otro. Puede que sea por eso que la gente se reserva con celo el número de casa. Muy pocos ignoramos que ese aparato alcahuete juega en más de un equipo y es un reconocido quintacolumnista. Nadie como él para abrir las ventanas al primer zopilote que llega preguntando por tus ojos.
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3. Los cables invasores
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No es lo mismo, por cierto, deshacerse de un tinterillo que de un vendedor. Esos sí son feroces e inaplacables. Peor todavía, detestan su trabajo. Llaman a cualquier hora para asestarnos en su voz monocorde toda suerte de ofertas jamás solicitadas, de manera que viven habituados a la humillación. Han recibido los peores desdenes e insultos, amén de resistir a decenas de miles de colgones, pues quienes los emplean han descubierto la misma abusiva verdad de la que se valen los spammers —acosadores mercantiles por correo electrónico— para hacer su negocio. En términos porcentuales, la estrategia es barata y acaba funcionando. Basta con que unos cuantos de cada mil prospectos muerdan el anzuelo para cuadrar los números de un éxito redondo, al menos en teoría. Pues habría que contar, asimismo, la cantidad de usuarios que ante el acoso telefónico de una marca o empresa terminan convertidos en adversarios. Si he de dar el ejemplo más injusto, considero una afrenta del cinismo que hasta la compañía que me provee el servicio telefónico usa mi línea para intentar venderme sus productos en mi casa. La línea que yo pago, y que si se me olvida liquidar a tiempo quedará suspendida, de forma que no pueda hacer ni recibir llamadas. A menos que les pague, y entonces pueda disfrutar otra vez del privilegio de compartir sus gastos publicitarios. Cierto: el que llama paga, pero sólo contestan quienes ya pagaron la cuenta por la línea.
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Una de las ventajas de las llamadas de los seres queridos está en que no suelen ser más inoportunas que la persona en sí. Saben cuándo llamarnos, y en qué tono tratarnos si algo nos incomoda. Saben hablar, al menos; lo cual no siempre puede decirse de aquellos merolicos telefónicos que saltan, como un pésimo bromista, tras un par de timbrazos esperanzadores que entraron en la casa bajo camuflaje y procedieron a zurrarse en la sala. En mi experiencia, no hay cómo pararlos. Son terminators del auricular. También son vengativos, y algunos hasta tienen sentido del escarnio. Con la última esperanza puesta en la estadística, resisto la invasión de los androides promotores con el compromiso íntimo de jamás comprar nada que un extraño me llame para venderme, así sea su madre a seis meses sin intereses. Como dicen los gringos, thanks for nothing.

jueves, julio 09, 2009

¿Plagio o intertextualidad?

Diario Milenio-Puebla (09/06/09)
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Escribe el poeta Alejandro Aura en Volver a casa, Premio Aguascalientes 1973, que “por encargo del Rey/ se informa/ a los que componen cantos/ que a partir de ahora/ lo que se llamó plagio/ pierde su carácter de delito/ y se autoriza su práctica/ desmedida/ a fin de que en la tierra/ vuelva a florecer/ el canto colectivo”. Se trata de un poema llamado “Intermedio anímico”.
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El poema de Aura lo cito porque el jueves anterior se presentó en Puebla, en la librería Profética, el poemario de Javier Sicilia Tríptico del desierto (Premio Poesía Aguascalientes 2009), en medio de lo que muchos interpretaron como una acusación de plagio por parte del crítico Evodio Escalante y publicado en "Laberinto", suplemento cultural de Milenio.
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El poema de Aura celebra que las canciones pudieran ser de todos. El libro de Javier Sicilia es, digámoslo así, un tanto tramposo.
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En una entrevista radiofónica, Sicilia se defiende de la acusación de Escalante y recurre al recurso de la intertextualidad.
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Helena Beristáin, en su clásico Diccionario de retórica y poética, define a la intertextualidad que ésta se da en la relación del texto analizado y otros textos leídos o escuchados. Así, un texto puede ser un collage de otros textos pero, lo subraya bien Beristáin, los textos evocados deben ir entre comillas o cursivas o como plagios (Kristeva).
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Lo anterior hace escribir a Daniel Saldaña París que las comillas son una especie en extinción.
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Transcribo parte del texto de Daniel Saldaña: "El crítico Evodio Escalante ha hecho bien en llamar la atención de la comunidad literaria hacia un fenómeno inquietante, escandaloso: las comillas están desapareciendo.
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"Esos signos menores, que sobreviven mal colocados en los carteles de las fondas (Favor de cerrar la puerta al salir. ‘Atentamente’, ‘la administración’. ‘Gracias’), aparecen cada vez menos donde tendrían que estar: en los libros de poesía.
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Muestra de ello es el galardonado Tríptico del desierto, de Javier Sicilia (…) Escalante olvida en su fervor, que el mismo Eliot, por quien voluntaria y voluntariosamente aboga en la corte de la originalidad, atentó contra las comillas en no pocas ocasiones, plagiando descaradamente o modificando apenas algunos fragmentos de la Biblia, de Shakespeare, de John Donne y de muchos otros, sin tomarse la molestia de indicar sus fuentes."
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¿Esto último justifica entonces el plagio o la intertextualidad, provenga de donde provenga? No lo creo. Si, como lo ha dicho Javier Sicilia, él trabaja su poesía con el recurso de la intertextualidad, estaríamos de acuerdo, muy de acuerdo con él, siempre y cuando, en efecto, usara las comillas o las itálicas, que para algo deben funcionar.

miércoles, julio 08, 2009

"Un monumento a Krauze"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 08/07/09)

A Carmen, porque las calles Puebla también te extrañan.
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En el año 2007 las grandes editoriales: Fondo de Cultura Económica y Tusquets se reunieron para organizar un homenaje al historiador, promotor cultural y crítico: Enrique Krauze, con motivo de sus sesenta años de vida. A ese homenaje asistieron sus amigos y colegas del camino: Sabina Berman, Roger Bartra, José de la Colina, Gabriel Zaid, Christopher Domínguez Michael, José Woldenberg, Hugo Hiriart, Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Granados Chapa, entre otros más.
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Lo expresado en ese homenaje, ahora, ha sido publicado por las mismas editoriales que se encargaron de organizar el evento y los textos fueron recopilados por Fernando García Ramírez en una antología que atinadamente se llama: “El temple liberal. Acercamiento a la obra de Enrique Krauze”.
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Para los que no pudimos asistir al homenaje, esta publicación debe agradecerse, pues más que una reunión de textos que se erigen como un monumento de bronce o de piedra -de esos que se levantan en todo México para recordar a aquellos héroes que han forjado patria, por cierto, liberales todos en su mayoría-, es un estudio crítico a la aportación de Krauze en el México actual. Los textos hacen una interesante revisión por las facetas más importantes de Krauze: historiador, empresario cultural, crítico, observador político y, por si faltará más, la parte humana ya como amigo, ya como padre. Hay textos que, quizá, puedan estar cargados de excesivas flores, otros más se comportan neutramente y se enfocan a analizar un libro en particular o una fase krauziana. Pero ningún texto está fuera de lugar.
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La figura de Krauze está envuelta en mucha polémica, debido a su acaparamiento en la opinión pública nacional y a ese emporio cultural que nació gracias al foro que le brinda Televisa, pero sin Clío muchos mexicanos no tendrían una mínima idea de la Historia de su país y muchos escritores no hubieran tenido tanta voz y difusión si no es de la mano de “Letras Libres” (herencia de la “Plural” y “Vuelta” de Octavio Paz).
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“El temple liberal” es un libro que ofrece al lector una serie de ideas sólidas para considerar, desde ya, a Krauze como una de las personalidades más representativas de la cultura en la historia nacional.
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La publicación de libros que celebren la vida y obra de algún autor en particular es una tradición literaria que vale la pena continuar porque es una forma de fomentar el debate, hoy tan descuidado y en algunos casos estropeado.
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No hay mejor forma de homenajear a un personaje del tamaño de Krauze que esta.

La claridad de los libros oscuros

Diario Milenio-México (07/07/09)
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Leí por primera vez El Quijote hace muchos años, en una de esas versiones abreviadas, con frecuencia acompañadas de ilustraciones de dudosa calidad, que se anuncian como productos especialmente diseñados para niños. La premisa detrás de estos libros delgadísimos es que los niños, aunque en realidad se refieren a todo mundo, evitan por naturaleza internarse en mundos complejos y profundos, prefiriendo el resguardo de lo familiar y lo breve y lo explicado. Los niños, dice esa premisa, son, por naturaleza, lectores de best sellers. Así las cosas, ese Quijote diluido y abreviado, amén de generosa y atrozmente ilustrado por manos que hacen bien en permanecer anónimas, dejó poca huella en mi memoria de lectora.
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Leí, luego, secciones de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en la secundaria y ya bastantes capítulos enteros en la preparatoria, pero siempre con ese temor de quien se aproxima a un templo o, peor, como quien toca letras en braille sin ser ciego. Temía no ser capaz. Albergaba la noción de que, para abrir esas páginas, se necesitaba algo más. Una Gran Obra de la Literatura Universal se abría ante mí con las mayúsculas del caso y, en reacción automática, yo cerraba los ojos aún antes de que sobre mí cayera la iluminación adscrita a sus letras. Sabía, como se saben esas cosas, nomás así, de saberlas, que había que leerlo completo y bien, pero en realidad no lo volví a tomar otra vez sino hasta los años universitarios.
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A medida que lograba convencerme, no sin cientos de batallas internas, de que esa extraña ocupación que devoraba mis horas —escribir— iba a ser algo permanente, también me convencía de que, si iba a continuar haciendo lo que hacía —escribir—tenía que internarme por los caminos de la Mancha con cuidado y con seriedad. De esa lectura que fue, en efecto, seria y cuidadosa, tampoco logré conservar grandes recuerdos. Recuerdo, eso sí, que abría la edición de Alianza Editorial, que, por cierto, un amigo mío había logrado expropiar de las garras del capitalismo en alguna librería del sur de una gran ciudad capital, con una gravedad que ahora me resulta cómica, por no decir ridícula. Iba por los caminos de la Mancha como quien va o hacia la guillotina o hacia la calistenia. Me trepaba sobre el lomo del rocín aquel como si tuviera una deuda que pagar. Tanto me habían dicho que los libros importantes eran difíciles y que los libros difíciles eran oscuros, que al paso de los años terminé por creerles. Y me convertí, por fortuna sólo por un tiempo breve, en una lectora más bien timorata, preocupada continuamente por “entender” el texto o por “captar” la intención o el mensaje del autor o por avanzar a toda prisa por la anécdota para buscar al final la solución al acertijo. Me tomó tiempo, y la placentera, eufórica, apasionada lectura de muchos libros descritos como difíciles, advertir el engaño. Luego, me tomó más tiempo el denunciarlo: ni los niños ni los adultos son lectores naturales de best sellers, ¡válgame dios! Uno no lee libros para “entender” o para “captar” nada. Uno lee libros para jugar, de preferencia para jugar ajedrez con el Extraño que todos llevamos dentro. Uno lee libros (¿habrá que decirlo de verdad?) por placer.
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¿Cuántas lecturas placenteras de Pedro Páramo han dejado de ocurrir sólo porque alguien desde una de esas sillas altas que quedan en la punta misma de una torre de marfil ha dicho que se trata de una obra difícil por lo hermética? ¿Cuántos jóvenes de 20 años han seguido la recomendación de Deleuze y Guattari respecto a que esa es la mejor edad para emprender la primera lectura del Anti-edipo? ¿A quién le conviene que los lectores, o los futuros lectores, piensen que las obras complejas son por naturaleza herméticas y, por lo tanto, imposibles de leer? ¿A qué tipo de autoridad le conviene que los lectores, o los futuros lectores, piensen que las obras complejas sólo pueden ser leídas por lectores altamente especializados o por los lurias lectores tocados por algo más allá de sí mismos? ¿Quién o qué se beneficia describiendo a los libros que retan al lector, demandándole una participación activa y, si se puede, orgiástica dentro (y fuera también) de sus páginas como obras oscuras que es mejor dejar de lado? ¿A quién defienden en realidad los apologistas del best seller?
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Vivimos en una sociedad que premia el esfuerzo calculado o la más ramplona de las facilidades: o se es productivo o suertudo (o corrupto), pocas cosas a la mitad. Vivimos en una sociedad que desprecia las labores del espíritu para congraciarse, en su lugar, con las reacciones automáticas producto del miedo y la humillación que suelen beneficiar tanto a los Grandes Señores del Mercado. Es difícil correr un riesgo en estas circunstancias. Es difícil levantarse un día pensando: tomaré un viaje justo al borde del abismo nomás para ver hasta dónde puedo llegar. Por gusto. Por ardiente curiosidad. Porque es posible. Eso, entre otras cosas, es lo que enseñan los grandes libros. No se inventa todo un nuevo género, como lo hizo Cervantes, creyendo que es preciso reproducir lo familiar o evitar la zambullida en albercas desconocidas. Tampoco es necesario, como lo anota en el revolucionario prólogo de la obra, alejarse de las múltiples capacidades del lector en cuyas manos pone el destino final de sus letras: “Procurad también que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave lo la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. Polimorfo en su figura, este no es el lector al que hay que darle las cosas masticadas ni diluidas. Se trata de un lector en el que se puede confiar. El compañero de juego que se inventan a veces los niños.

lunes, julio 06, 2009

De honduras democráticas

Diario Milenio-México (06/07/09)
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1 El Pacto de Managua
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Hay términos elásticos a su pesar, como es el caso de democracia. Si hubiese que dar crédito al reclamo de todos los tiranos de este mundo, encontraríamos apenas un puñado que aceptara ser antidemocrático. Si los jerarcas de Alemania soviética tuvieron la humorada de bautizarla como Democrática y ahora mismo Ahmadineyad y Jamenei celebran la victoria de su caricatura democrática masacrando, apresando o secuestrando a quien no está de acuerdo, cualquier cosa podría caber en el término; democracia sería por fin aquel vocablo hueco y vacío en que sus enemigos buscan transformarla. Da hasta risa escuchar a los autoritarios más plantados en el papel de amigos de la libertad, pero provoca grima certificar que a estas alturas hay quien les hace caso. Debe de ser trabajo de un mal humorista, se dice uno entre risa y horror, ese grotesco sketch donde aparecen Raúl Castro, Hugo Chávez y Daniel Ortega —tres militares de ímpetus imperiales y cara extradura— pontificando en torno a la democracia y denunciando “intervención extranjera” en la frágil república de Honduras, apoyados por una pronta corte de papanatas.
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Ahora mismo, a la hora en que el Mártir Empijamado vuela hacia su país nada menos que en un avión venezolano, sus partidarios no tienen empacho en anunciar que al mando de la nave va un “capitán bolivariano”. Por lo visto, varios de los demócratas que animan el regreso de Manuel Zelaya —ayer tirano en ciernes, hoy prócer democrático— a tierras hondureñas, verían la hipotética intervención de soldadesca venezolana con el mismo entusiasmo que en su momento dispensaron al despliegue de tropas del Pacto de Varsovia, eufemismo muy útil para encubrir las invasiones soviéticas, realizadas en el nombre de una entelequia no muy distinta de lo que los chavistas apodan democracia. Un despotismo hipócrita y paternalista que no acepta la réplica ni da espacio a las dudas, en nombre de un discurso mesiánico descontinuado y tétrico, no muy distinto del que hace varias décadas abanderaba la derecha más silvestre.
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2 La ley del buscapleitos
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Nada tiene de nuevo que a un mando autoritario lo sostenga el pavor que inspiran los rufianes. Cada que puede —y puede todo el tiempo— el golpista Hugo Chávez lanza bravatas contra enemigos reales y potenciales, la mayoría perfectamente aplastables por el poder omnímodo que ha logrado construirse. Tantas y tan sonadas resultan sus soflamas que ya campea el miedo a malquistarlo. ¿Cómo entender, si no, la cándida idiotez de quienes expulsaron a Zelaya de Honduras y con ello invirtieron los papeles, en vez de procesarlo por pisotear las leyes a sabiendas? ¿Qué otra cosa, si no el síndrome trágico de Neville Chamberlain, justifica que José Miguel Insulza —hombre civilizado donde los haya, a quien Chávez tachara de pendejo— no pierda la oportunidad de dar gusto al fascismo de boina roja? A juzgar por las últimas declaraciones del canciller más solo del mundo —el hondureño Enrique Ortez, que recién llamó a Obama “negrito” y lo acusó de no enterarse de nada— da más miedo enfrentar a la gavilla bolivariana que a los demás gobiernos del orbe. Nadie mejor que los hermanos Castro sabe cuánto respeto impone entre los pusilánimes el victimismo en armas del barbaján que insulta a diestra y siniestra y jura estar dispuesto a cualquier cosa, como el demente que amenaza a la turba con volarle los sesos a un niño.
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Uno de los pilares de la hipocresía consiste en el talento para acusar al otro de hacer lo que uno hizo, o piensa hacer. Eso que los expertos llaman pleito ratero: el agresor usurpa el estatus de agredido y en adelante goza de impunidad perfecta. A su vez, los testigos del desaguisado prefieren suscribirse a la versión torcida de los hechos antes que ser sumados al copioso listado de complotistas a diario cacareado por la falsa víctima. ¿No es cierto que es más cómodo y al cabo conveniente formar parte del club de buenas conciencias, en lugar de vivir bajo el intenso asedio de calumnias, insultos y golpes bajos sin número ni madre? Algo apesta entre tanta corrección diplomática, si los que hablan en nombre de la democracia son justo quienes viven de bombardearla.
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3 La danza de los barriles
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Uno de los aspectos más detestables de una tiranía —su ventaja mayor, para el esbirro— tiene que ver con la administración discriminante, que es la divina facultad de dar o arrebatar derechos y privilegios, según la sumisión del ciudadano, cliente o compañero. Mientras los hondureños tuvieron al subcomediante Zelaya por mandamás, el petróleo les costó una bicoca. Hoy, cuando sus antiguos compinches —no muy distintos de él, vale decir— han echado de Honduras al aspirante a sátrapa, su castigo es quedarse sin ese combustible por sí mismo capaz de transformar repúblicas en satélites, cuando no presidentes en mayordomos. La libertad, se dice, carece de precio, pero el petróleo sí que lo tiene, y de hecho se cotiza por encima de ella, cuando menos en la experiencia de quienes lo abaratan selectivamente, a cambio de una cierta sumisión positiva. Es decir religiosa, total e incontestable. Al tiempo que el debate en teoría democrático toma forma entre insultos y razones, bajo la superficie la cosa se reduce al precio del barril. El comprador ya sabe que lo que no ha pagado con moneda corriente, lo saldará en recortes de libertades —previa distribución de privilegios rigurosamente condicionados y derechos en calidad de préstamo.
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Pobre señor Insulza. Demócrata intachable, inteligente, culto y de probada decencia, debe elegir entre llevar el agua a uno de dos molinos indeseables, y termina siguiendo a pie juntillas el guión de quienes menos lo respetan. Él, que alguna vez dijo que el principal problema del populismo es que cree que es posible repartir lo que no se tiene, ha de sacar la cara por ese adefesio. Apostar, en el nombre de la democracia, por los dinamiteros de la democracia. O de cómo borrar con el codo lo escrito con la mano. Qué ingratitud, para un demócrata de cepa, tener que hacerse el tuerto y pretender que ignora lo que todos sabemos, no sea que se le enojen sus peores enemigos —que no respetan reglas, ni tratos, ni opiniones distintas— y les dé por meterse en más honduras.

sábado, julio 04, 2009

Banderines-Álvaro Enrigue (El Universal-Opinión 04/07/09)

Hay que empezar por aceptar que no todas las tradiciones son ni tan buenas ni tan bonitas como de pronto nos ha hecho pensar el conservadurismo de los mensajes positivos que la tele se siente obligada a emitir entre las barbaridades de los noticiarios y las necesidades dramáticas de los culebrones. Hay tradiciones que son más bien calamidades, como la que representan esos insoportables vienevienes melódicos que son los organilleros —hostigando con su gorrita por un servicio que nadie les pidió y a nadie le gusta— o esa manía horrenda y supongo que prehispánica —de la que ya hablé en algún otro espacio— que consiste en escribir en las paredes de los negocios todo lo que venden esos negocios.
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De todas las tradiciones mexicanas que deberíamos esforzarnos por abatir hoy en la mañana, la peor de todas siempre me ha parecido la de gozarse en las caras gigantes. ¿De dónde viene esa misteriosa pasión por llenar el Periférico de cabezas de señoritas anaranjadas con los labios inyectados, de argentinos monoceja con la camisa abierta hasta las tetillas? En todo el mundo un whisky se anuncia con un whisky; aquí con un papuchín que no se afeitó.
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En el contexto de este gozo por arruinar el paisaje urbano —cuando lo hay—, la más horrenda de todas nuestras tradiciones es la de los banderines de plástico con la cara de un candidato a algo que nunca se entiende qué es. ¿De verdad nuestra clase política secundaria supone que exhibir su cara de diario pero ultramaquillada en cada poste de luz sirve para algo? En una ocasión un despistado me invitó a formar parte de un partido político muy urgido de cuadros: el plus que ofrecía, lo juro, era un póster con mi cara retacando el barrio. Si alguna vez soñé con la política —en realidad no—, aquello era para salir despavorido.
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Definitivamente no creo en la chulada de anular el voto: lo que parecía una propuesta creativa para castigar la avaricia de los partidos políticos se nos convirtió, quién sabe cómo, en un salvavidas para una sociedad con una crisis de autoestima tan honda que se avergüenza de votar. Sin embargo, el espectáculo de las carotas de los candidatos alegrando Coyoacán me hace pensarlo dos veces.
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De las urnas voy a salir deprimido y pensando ¡qué hice!, como todos los habitantes de un país con la autoestima de una planta de epazote, pero en el fondo voy a estar contento: vote por quien vote, la cara gigante de Laura Esquivel va a dejar de juzgar desde cada esquina de mi barrio las miserias de mis regalías.

Voto en gris-Nicolás Alvarado (El Universal-Opinión 04/07/09)

En efecto, votar en blanco nunca me pareció una opción. No que no lo considere justificado y justificable: me siento tan poco representado por cualquiera de los partidos como el que menos y, además, ninguno de ellos se me antoja una opción viable de gobierno ni se me figura siquiera remotamente preocupado por devenirlo.
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El asunto, entonces, habrá de responder a un principio irrenunciable: la idea de que los esquemas clientelares constituyen lo más pernicioso de nuestro sistema político. Así, este domingo bajaré a votar —si digo “bajaré” y no “iré” es porque el patio de mi casa, que es particular pero tiene conciencia cívica, habrá de albergar una casilla— sólo por contribuir con lo mío a evitar que ésta sea una elección en que triunfen los bejaranos y los basureitors: una, pues, que se defina en una guerra de aparatos.
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Sé ya cómo he de ejercer dos de mis tres sufragios. Para diputados federales y locales daré un voto convencido, aunque no orgulloso, al PSD, partido que me hace recordar una cita de La dama de las camelias de Dumas junior (ni modo: así de melodramático me pone nuestra política): “Es demasiado pero no es suficiente”. En efecto, hay propuestas del PSD que me parecen demasiado… es decir, demasiado buenas para ser ciertas. Legalización de las drogas para combatir al narcotráfico: de acuerdo. Despenalización del aborto: de acuerdo. Derechos de las minorías: de acuerdo. Demasiado, pues, en un país cuyos partidos tradicionalmente progresistas se han revelado siempre más tradicionales que progresistas, pero insuficiente para quienes aspiramos a que un partido equivalga a un proyecto de nación. Me pronunciaré, pues, por algunos puntos de una agenda y no por un proyecto (y es que no hay tal).
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Lo del jefe delegacional está más complicado. Dado que ese voto no cuenta para el Congreso, no lo desperdiciaré en un partido sin posibilidad de triunfo. Restan PAN, PRI y PRD. En mi delegación, el aspirante perredista es un graduado de las sombrías Brigadas del Sol de Bejarano: descartado; del priísta poco sé, a no ser por su fama de mitotero y por esos espectaculares en que se deja fotografiar con cara de iluminado, en una estética redolente del más puro realismo socialista: otro descarte. Me queda el PAN, partido con el que nunca he coincidido, pero que, en tan desolador contexto, será mi pioresnada.
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No votaré, pues, en blanco sino en gris. En el gris de lo triste, de lo desvaído, de lo indiferente. Y, sobre todo, de lo mediocre.

Votar o no votar-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión 04/07/09)

Este dilema nos mueve a todos este sábado. ¿Iré mañana a emitir mi voto? Muchas cosas me pasan por la cabeza. El costo de la democracia en México. El excesivo financiamiento a los partidos no puede ser castigado anulando el voto. No en una democracia sin segundas vueltas o mecanismos maduros de referéndum y reelección —no elegir nuevamente a un mal gobernante sería un castigo más fuerte que votar en blanco o por Esperanza Marchita, la fantasmal candidata que algunas organizaciones civiles han construido con la idea de que pudiese haber un recuento y alguien diga el porcentaje no de votos nulos, sino de sufragios emitidos a esa dama que nunca hubiésemos querido ver en nuestra incipiente democracia niña-no adolescente, como ha dicho Fuentes. Nuestra democracia en pañales, que no representa a nadie, ni le dice nada a la gente.
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No votar es válido ante una partidocracia que ha sustituido al presidencialismo utilizando lo mismo la franquicia política, el chantaje, el fraude, el miedo y la amenaza. Una clase política, casi sin excepción, que ha olvidado las ideas y las propuestas por eslóganes y costosas campañas.
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Un extranjero que viniera al país no dejaría de alarmarse con el mal gusto, incluyendo los del propio organismo electoral. Hay partidos que apelan a la falta de memoria y utilizan símbolos en los que hace tiempo no creemos, como la Selección Nacional; hay otros que hicieron insoportable a una niña que seguramente fue simpática y ahora dirige cine; unos más vociferaron hasta la mudez, quizá porque habían enmudecido ante su incapacidad manifiesta. Otros más, a pesar del color que representan, abogan por la pena de muerte en un franco retroceso.
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Las campañas se han convertido en un circo donde la única función tiene que ver con la inseguridad. Hay un lema particularmente analizable, el de un candidato a delegado: “Sólo el que sabe se atreve”. Otro candidato promete: “Seguridad o renuncio”. En caso de ser elegido podrá simplemente limpiar la oficina antes de firmar su salida. Como si eso pudiese prometerse en un país marcado por la descomposición política, el narcotráfico y la violencia, que se detendrá de golpe la inseguridad.
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En México un candidato —a pesar de lo que diga la Constitución— no puede postularse de forma independiente, sin partido. La pregunta es si tenemos futuro o si queremos que lo que pasa en Honduras ocurra aquí un día.
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Yo sí voy a votar mañana.

jueves, julio 02, 2009

El hotel boutique-Pedro Ángel Palou (El Universal-Opinión 02/07/09)

De un tiempo a la fecha han proliferado ciertos establecimientos que no llegan a hotel y cuyas pretensiones les impiden quedarse en el modesto grupo de los confiables hostales. Existen dos tipos claramente diferenciados: los que parecen una casa (o lo fueron y a la muerte de la longeva abuelita conservan los muebles, las mullidas alfombras, las viejas porcelanas) y los remodelados por costosos arquitectos y diseñadores japoneses.
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Hace seis días, por motivos de trabajo, pernocto en un hotel boutique —la persona que me recogió en el aeropuerto y me trajo aquí lo pronunció en cursivas, lo juro. Está en Palermo y es como la casa de mi abuelita. El barrio merece un artículo aparte. En sus caminatas juveniles, cuando aún veía, Borges venía hasta aquí, al arrabal, a la casa de su admirado Evaristo Carriego. He visto la casa, por cierto, y espero que nunca la conviertan en hotel boutique, para bien del recuerdo y la milonga.
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Unas cuadras, después de la vía, se llega a Palermo-Soho, lugar lleno de restaurantes y jóvenes parejas y en donde Francis Ford Coppola compró una casa y, sí, no lo van a creer, después de rodar una película, decidió convertirla en hotel boutique, la puta que los parió, como diría un chófer de taxi que no daba con mi posada de lujo:
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— Pero si es una casa familiar, che —me comentó cuando al fin dimos con el sitio.
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— Pero mire, no se ofenda, ese letrero, esas mustias letras dicen el nombre de mi hotel.
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— Y sí… como yo le digo a mi hermano, si alguna vez reencarno en argentino, haré de mi casa un hotel. Si serán boludos…
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Pagué y toqué el timbre.
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Este es uno de los inconvenientes de los hoteles boutique: hay que llamar, anunciarse y el portero eléctrico vibra dejándonos pasar al patiecito —aquí no hay lobby— donde una mujer que podría haber sido mi tía Conchita hace un gran esfuerzo por tenderme un llavero.
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Para que no me olvide donde estoy y no ose pensar que se trata de un hotel cualquiera han llenado mi recámara de fotos familiares en sepia. El primer día ni siquiera las miré. Al cabo de casi una semana a alguna le cuento mi día, a otra —gordita y con un vestido de flores— le rezo y he volteado la del que pudo ser el esposo de la abuela, un vetusto general cuyos bigotes rivalizan con las hileras de medallas.
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Es tan íntimo mi hotel boutique que me da miedo desarreglar la cama, ensuciar el inodoro o dejar tiradas las toallas en el baño. Qué delicia el anonimato del gran hotel donde sólo pueden decir: “Allí va el de la 308”. En donde ahora duermo, en cambio, siento que me miran con recelo: “Allí va el que ensucia el inodoro”. “Mirá que mal, ahora quiere desayunar el muy desprolijo, después de que deja todo tirado”.
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Por la mañana, un joven tímido me pregunta si quiero huevos. Por supuesto que quiero huevos, quiero todo lo que haya porque en los hoteles boutique no hay cena, no existe un piano bar de solitarios y tengo mucha hambre:
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— ¿Revueltos o fritos?
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— Revueltos —digo yo que estoy a punto de desmayarme
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— ¿Con jamón o con salchicha?
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— Con jamón. Tengo prisa.
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Cuando el joven tímido se retira me levanto y me sirvo de una hermosa jarra de cristal cortado una copa de jugo de naranja. Una tetera de plata que bien pudo en mejores tiempos ocultar al genio de Aladino me permite servirme café.
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Espero diez minutos y el joven regresa, sudoroso:
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— Se nos acabó el jamón, ¿ desea salchicha?
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Sólo un par de huevos. Con o sin salchicha me da igual”, pienso, pero le digo que sí, que está bien, por no herir su susceptibilidad. Si su familia no hubiese convertido la casa de su abuelita en hotel boutique él nunca le haría unos huevos a un desconocido.
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Cuando al fin llegan me los tengo que comer de golpe, han tocado a la puerta para avisar que ya vinieron por mí y que me espera un nuevo día de trabajo.
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Si hubiese estado en un hotel normal, vuelvo a pensar.
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En el taxi la amable chica que me trajo del aeropuerto inquiere:
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— ¿Qué tal el hotel?
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Como puedo desvío la pregunta, le hablo del ñandú, los gauchos, la yerba mate. Nada como poner color local de por medio cuando no se tiene nada que decir.
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Un cuarto de hora después pasamos por un enorme hotel, uno de verdad. Suspiro muy hondo y me digo que yo, si reencarno en argentino seré seguramente botones de este hotel, es al menos por hoy mi sueño más hondo.

Un poema, uno, ad hoc.

Amor (Rosario Catellanos)
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Sólo la voz, la piel, la superficie
Pulida de las cosas.
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Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco
Rebalsaría y la mano ya no alcanza
A tocar más allá.
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Distraída, resbala, acariciando
Y lentamente sabe del contorno.
Se retira saciada
Sin advertir el ulular inútil
De la cautividad de las entrañas
Ni el ímpetu del cuajo de la sangre
Que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
Ya para siempre ciego del sollozo.
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El que se va se lleva su memoria,
Su modo de ser río, de ser aire,
De ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene
Y lo reduce a voz, a piel, a superficie
Ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
La oculta soledad aguarda y tiembla.
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El amigo que me enseñó este poema, comentó dos cosas: resume tu situación y le encantaba a Cortázar.

Dosfilos 106

Diario Milenio-Puebla (02/07/09)
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Como siempre, me hallo atento a que llegue bien a mis manos la revista Dosfilos. He distribuido ya el número más reciente que corresponde a los meses de marzo-abril, es el 106 luego de su larga trayectoria. Cada vez resulta una grata sorpresa recibir la revista Dosfilos, ilustrada por Luis Fernando. La leo y la releo con mucho placer. Sin duda, un esfuerzo extraordinario de su director para mantener, desde 1974, en circulación la revista y que ha sido un espacio para muchos escritores poblanos desde que el primer taller literario comenzó a funcionar en la Casa de la Cultura, allá por 1979, coordinado por el maestro Miguel Donoso Pareja.
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La Dosfilos 106 incluye ahora en sus páginas textos interesantísimos, muy recomendables para cualquier lector que quiera conocerlos. Por ejemplo, H. Javier G. Parada, escribe un ensayo que intitula “Aproximaciones monásticas hacia Thomas Merton” y José Vicente Anaya habla de Ernesto Cardenal, texto que leyó el autor el 5 de diciembre del año pasado durante la ceremonia de entrega del premio del Festival de Poesía.
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Anaya resalta del “poeta sacerdote” sus grandes temas: el amor terrenal, carnal, el amor a la vida misma. Es decir, dice Anaya, que Cardenal trata el tema del amor “en todas sus acepciones”. Y para argumentarlo cita al propio Cardenal: “Todos los apetitos y las ansias del hombre, el comer, el sexo, la amistad, son un solo apetito y una sola ansia de unión de unos con otros y con el cosmos”.
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Dosfilos también incluye un escrito de Patrick Doonan y Gary James: “Suzi Quatro: ayer y hoy y…”, en traducción de Georgia Aralú González Pérez, un grupo de Detroit de los años setenta. Como sucede con las reseñas, no debo dejar de mencionar aquí el ensayo que entrega Mario Calderón acerca de “Híkuri”, el libro de poesía de José Vicente Anaya editado por la Universidad Autónoma de Puebla en 1987 y con el cual obtuvo el Premio Internacional de la revista Plural.
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La revista Dosfilos también contiene una entrevista de Clara Uribe con el poeta Marco Antonio Campos donde se habla del nacimiento y los cambios que ha tenido Punto de Partida, revista de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México creada por Gastón García Cantú y dirigida luego por Eugenia Revueltas con el objeto de dar espacio y voz a los creadores jóvenes de la época. En Punto de Partida muchos de los reconocidos escritores mexicanos publicaron su primer texto, de ahí la importancia de la revista.
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Remito al lector a los poemas de Jorge Salmón y Laura Yasan que publica Dosfilos, son de muy buena calidad. Poetas de oficio. Ya circula Dosfilos 106

martes, junio 30, 2009

Clases de escritura

Diario Milenio-México (30/06/09)
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La pregunta no es nueva de ninguna manera y se seguirá haciendo mientras existan hombres y mujeres con manuscritos bajo el brazo: ¿es posible enseñar a alguien a escribir? La cultura norteamericana de la posguerra respondió a esta interrogante con un sí definitivo y entusiasta, asegura Louis Menand en un artículo del New Yorker hace no mucho tiempo. En “Muestra o declara. Deberían impartirse clases de creación literaria?”, el profesor de Harvard y colaborador asiduo tanto del New Yorker como del New York Times Review of Books recorre la larga aunque moderna historia de los programas universitarios de escritura creativa tanto a nivel de licenciatura como de posgrado en Estados Unidos para llegar a una verdecito más bien optimista: aun y cuando el autor nunca publicó un poema, el haber pertenecido a una de estas clases lo hizo partícipe “de una empresa frágil, aquella de la poesía contemporánea” cuya influencia se dejó sentir en todas las otras decisiones que tomó en su vida tanto como lector como ciudadano. “No la cambiaría por nada”, dice de su experiencia como estudiante en uno de esos talleres intensamente personales, a veces desgastantes y, a veces, en efecto creativos que se imparten en muchas universidades norteamericanas y, cada vez en mayor número, en países tan diversos como Gran Bretaña y México, Nueva Zelanda y Corea del Sur. ¿Pero es posible, de verdad, producir escritores en un aula?
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Menand, académico al fin, toma la ruta más documentada. Aunque ya existían clases relacionadas a la escritura desde 1897 (en Iowa hubo una clase llamada “Verse Making” desde esa fecha), el concepto universitario de Escritura Creativa o, como usualmente se denomina en español, Creación Literaria, no empezó bien a bien sino hasta en los 1920s, cuando se llevó a cabo la Bread Loaf Writer´s Conference en Middlebury, lugar en el que Robert Frost fungió como el primer Escritor en Residencia. Fue en 1936 cuando Iowa dio inicio sus ahora muy famosos Talleres de Escritura, otorgando por primera vez un grado de Maestría en Bellas Artes (diferente a una Maestría en Ciencias o Ciencias Sociales porque es un grado terminal) a escritores creativos. Después de la segunda guerra mundial, los programas para escritores no hicieron más que crecer. John Hopkins y Stanford le dieron la luz verde a sus seminarios de escritura en 1947. Cornell haría lo mismo apenas un año después. El proceso se multiplicó en los 60s, la década en que se contrataron más profesores universitarios en todos los tiempos. Si para los inicios de los 80s había 79 programas en Escritura Creativa en Estados Unidos, su número ha alcanzado un temerario 822 en tiempos más recientes. Los programas de posgrado, en este caso a nivel de maestría, han crecido a un ritmo comparable: de 15 en 1975, el número ha saltado a 153 hoy en día. La pregunta, por supuesto, sigue siendo la misma: ¿es posible, de verdad, enseñar a alguien a escribir en un salón de clase?
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Aunque hay pocas reglas, escritas o no, acerca de lo que un profesor debe enseñar en una clase de escritura, Menand también le dedica atención a los cambios de énfasis que se registraron lo largo del siglo XX en este aspecto. Del “mostrar vs. declarar”, que se convirtió más que en un lema, en un verdadero mantra de los talleres literarios de inicios del siglo, al llamado a “encontrar la voz propia” que resonó tanto en los 60s, es claro que la escritura —su función y su lugar, su círculo de influencia y sus “tecnologías”, su misma enseñanza— se ha transformado de acuerdo a conversaciones sociales más amplias. Pocos de los que entran a un salón de clase donde se imparten clases de escritura creativa se proponen transmitir “inspiración”, pero muchos creen que es posible “ejercitar” un oficio. Lugares como Iowa incluso llegar a afirmar que ellos pocos tienen que ver con la resonancia de varios de sus graduados (5 premios Pulitzer entre ellos), asegurando que no hacen más que mantener juntos por un cierto tiempo a aquellos de entre sus solicitantes que muestran mayor talento. “Es más lo que ellos traen”, dicen sin resabios, “que lo que se llevan de aquí”.
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El tema se presta, cual debe, a un sinnúmero de pullas y a charlas interminables (de preferencia alrededor de unas cuantas cervezas). Lo cierto es que un batallón importante y muy diverso de escritores norteamericanos contemporáneos se ha graduado de programas universitarios que bien pudieron ayudar (o no) al desarrollo de su oficio, pero que evidentemente no destrozaron su vocación personal o su genio. Menand nos recuerda que escritores tan diversos como Raymond Carver, Joyce Carol Oates y Ian McEwan son resultado de programas universitarios. Oates estudió la licenciatura en Escritura Creativa en Syracuse, mientras que Carver tomó clases en Chico State University, en Humboldt State Collage y en Sacramento State Collage antes de convertirse en un Wallace Stegner Fellow en Stanford. McEwan tomó clases con Malcolm Bradbury. Autores más contemporáneos como Ricky Moody, Tama Janowitz y Mona Simpson, asistieron a talleres de escritura casi al mismo tiempo en el programa graduado de Columbia y lo mismo hicieron, también casi al mismo tiempo aunque en la Universidad de California en Irving, Michael Chabon, Alice Sebold y Richard Ford.
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Yo, que no tengo nada resuelto al respecto, me pongo a pensar en estos datos y no puedo evitar relacionarlos de alguna manera con lo que ocurre en México. ¿Son más eficientes en realidad la bohemia y el café, el antro y la calle, el maestro personal y los talleres? ¿Es de verdad deseable que existan programas de escritura en instituciones universitarias del país?
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Veamos.