martes, mayo 19, 2009

La página cruda

Diario Milenio-México (19/05/09)
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De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda.Juan Rulfo, Luvina
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No ha pasado por el fuego, se entiende. Como la fruta, está verde y, en términos de los alimentos, es de difícil digestión. Si se refiere a la seda o a un lienzo, quiere decir que no está curado. Cuando en relación con los negocios, se conecta a algo que no está todavía bien elaborado. En lingüística, en lo tocante a los extranjerismos, quiere decir que no ha sido sometido a la adaptación formal. Nadie la ha cazado en los bosques de las palabras juntas ni la ha puesto, luego de desplumarla o de destajarla, según sea el caso, en un cazo de agua hirviendo. Nadie la ha visto morir, poco a poco, en medio de lastimeros estertores. La página cruda. Lo que sigue, esto:
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a) ESCRITURA DE LO INMEDIATO: La novela es una estructura (flexible y variable, es decir, histórica) que construimos para que por ahí se filtre la vida cotidiana. El tema de la novela —el que subyace por debajo o el que levita por encima de cada supuesta anécdota— es siempre el aquí y el ahora que, en toda su densidad y falta de claridad, emerge en un desorden o en un orden peculiar a cada paso. De ahí que se diga, como usualmente se dice, que escribir es la atención más extrema. De ahí que se diga, también, que toda novela es una estructura ligada al cuerpo y su modo de percepción.
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b) ESCRITURA SIN SENTIDO: Hace muchos años leí un libro de historia que todavía recuerdo hasta la fecha: La Gran Masacre de Gatos de Robert Darnton. Hay muchas cosas interesantes en ese libro, pero la que recuerdo tiene que ver más con la metodología del escrito que con el tema en sí. Recomendaba Darnton a los jóvenes historiadores que leían documentos históricos detenerse sobre todo en aquellos aspectos de los escritos que escapaban a su entendimiento. Tal resistencia al entendimiento era, según Darton, la señal más clara de que ahí residía ese “algo” de la época que, por pertenecerle de manera tan orgánica, por ser en sí misma “la época”, la constituía. Ese consejo yo lo he tomado no sólo para mi trabajo como historiadora sino también, acaso sobre todo, para mi trabajo con la escritura. Sólo eso que no entiendo, sólo eso que representa una resistencia a mi lógica o mi entendimiento o mi poder de normalización, vale la pena de ser escrito. Y por eso, por que presenta esa resistencia a mi lógica —que es una lógica de mi época— sólo puedo acabar escribiendo sin sentido sobre lo que no muestra su sentido. Aclaro, no se trata únicamente de identificar el sin sentido, sino también de utilizar todas las herramientas gramaticales y sintácticas y semánticas que están a mano para capturar eso que es lo único que vale la pena escribir a su manera y no la mía.
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c) ESCRITURA EN SUCIO: Si algo he aprendido en mi constante ejercicio de la escritura electrónica es a desconfiar de las versiones finales. Aclaro de antemano: no es ésta una defensa de la negligencia o una apología de la flojera. Más bien, es un llamado de atención acerca de la riqueza que conlleva trabajar —cuidar y revisar un texto— para producir en éste lo que le pertenece a lo inmediato, es decir al aquí y ahora que se alerta ante todos nuestros sentidos de la percepción. Hay que trabajar mucho para producir una escritura en sucio. Hay que evitar el proceso convencional que lleva a la página cocida: matar a la presa (lo real) y cocinarlo (sacarle el jugo) de tal modo que se convierta en una entidad perfecta sí, pero inerte y sin vida. Hay que resistir la versión final y conservar, siempre, la posibilidad de que eso que saltó una vez hacia la percepción lo vuelva a hacer desde la página.
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d) ESCRITURA FUERA DEL CIRCUITO DE LA COMUNICACIÓN: Un libro escrito con este sentido de la escritura del aquí y ahora, es decir, sin sentido y en sucio, no puede constituirse como un libro comunicativo. Pero un verdadero libro no tiene por qué comunicar un mensaje, puesto que para eso ya están los anuncios de la televisión, los manuales de instrucciones, los manifiestos políticos. La claridad y el entendimiento no son responsabilidad de la escritura. Tengo la sospecha que un escritor que verdaderamente escribe, escribe siempre sobre algo que no sabe (es lo inmediato, es lo que saltó a los sentidos, es lo que no se entiende y no tiene sentido, después de todo), de ahí que lo que requiere del lector no es una recepción pasiva y clara del mensaje (desconocido), sino la implicación audaz y dinámica en un juego de acertijos. La frase, “el lector es quien concluye el libro”, no podría ser más cierta en este tipo de libros. Es el lector quien, después de un trabajo consigo mismo a través del texto, terminará por entregarle al autor de la estructura que llamamos novela, el mensaje del mismo.
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e) ESCRITURA QUE IRRITA: ¿Y quién te dijo que la escritura te haría feliz?, ¿Y quién te dijo que un libro te aclararía el mundo en un acto de epifánica pasividad? Y para terminar, ¿y quién te dijo que la lectura te confirmaría y, al confirmarte, te daría la paz?

lunes, mayo 18, 2009

El héroe de anteayer

Diario Milenio-México (18/05/09)
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Viejas nuevas de siempre
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Quiere uno que la vida sea siempre extraordinaria. Que nada se repita y sea todo rigurosamente novedoso. No en balde nuevo es la palabra mágica de la publicidad y la propaganda. Si a un detergente se le cambia el empaque, ya se tiene un pretexto para gritar que es nuevo. Quedan y quedarán charlatanes prestos a propagar la nada nueva idea del hombre nuevo, que a la hora de darse a conocer resulta por supuesto peor que los anteriores. Abundan asimismo los olfatos entusiastas que encuentran novedades con simpleza envidiable, pero candor total. Pero uno, que no por eso lo necesita menos, cree que lo nuevo, cuando es de verdad, no necesita de la ayuda de nadie para manifestarse y arrasar, si su sola ocurrencia no deja espacio a los escepticismos. Vivir lo extraordinario es ser extraordinario y atravesar la nube inconcebible, aunque luego se esté condenado a volver a la tierra y recordarlo todo desde la ordinariez de la nostalgia, tan embustera ella. Vivir para revivir: he ahí la recompensa y la compensación.
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Épica por duplicado
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Revivo aquí una gesta que hasta anteayer fue nueva. Una pelea dura que me ha tenido en vilo por cuatro horas de calambres, aullidos y alaridos, tras los cuales me acecha el impulso de contarla. Mas no tengo el poder de revivirla entera, y acaso ni siquiera el de hacerla lucir tan novedosa como sin duda fue. A espaldas de la cierta tentación de sentarme a narrar nada más que un partido de tenis, me veo precisado a ir un poco más lejos, pues de otro modo corro el riesgo de quedarme en la mera superficie. Partamos, pues, no del instante precedente al primer raquetazo, sino los que siguieron al último. Demos por hecho que el que termina ha sido un partido épico y es lógico que el alarido general haga de la Caja Mágica —la novísima sede del Abierto de Madrid— un pandemónium apenas consecuente con el duelo tremendo que acaba de ocurrir. Asumamos que Novak Djokovic y Rafael Nadal han ido más allá de sus fuerzas y capacidades, de modo que ya el mero apretón de manos al término de la semifinal no permite otra cosa que un abrazo conmovedor y extraordinario. Hagamos ahora una pequeña pausa...
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Si observamos la imagen congelada de los dos gladiadores abrazándose, notaremos que en una orilla de la pantalla se asoma un quinto brazo, de talla incomparablemente menor. Es un niño, que se ha prendido del antebrazo de Rafa Nadal y no piensa soltarlo. Tendrá unos diez, once años. Se ha colado a la cancha en el momento álgido y ahora, cuando el estadio aún se viene abajo, se abraza del tenista como si fueran viejos conocidos. Luego, al soltarlo le pide la bandana como recuerdo, pero aún no termina. Sabe que es su momento, que la vida es extraordinaria aquí y ahora, y hasta quizás intuye que en el futuro revivirá incansablemente estos instantes de indudable gloria. No le han contado nada: él ha visto a Nadal ganar dos muertes súbitas y salvar tres match-points con una enjundia heroica que no le ha permitido sino seguir a su héroe a cualquier precio.
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Y ahí va una vez más, tras de Nadal, una vez que éste deja la raqueta y camina hacia media cancha a levantar los brazos ante el público. Uno de los empleados de seguridad se apresta a detener al niño invasor, pero alguien lo detiene, seguramente porque una cosa es tratar de poner orden y otra hacerlo delante de las cámaras. Presa de una emoción que no sólo a él lo tiene con carne de gallina, el ganador se hinca sobre la cancha y levanta los brazos, un segundo antes de que el pequeño admirador, a su lado, lo imite con fervor de iluminado. Hélos ahí, juntos y de rodillas. Temblando, de seguro, como casi todos al final de un partido inenarrable que se ha resuelto casi por azar. Dos segundos más tarde, Nadal se levanta, el niño hace lo propio y se mueve de la escena, no sin antes alzar la mano y despedirse. Pues ya a todos les consta que es una estrella.
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Objetivo subjetivo
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Se aconseja a quien habla o escribe para niños que tire bolas rápidas constantemente, so pena de aburrirlos y perder para siempre su atención. Con tantas cosas nuevas para ver y hacer, atrapados por una percepción del tiempo que extiende los minutos y amaga a toda hora con traer al fantasma del aburrimiento, los niños se consuelan de su vida ordinaria —mucha voz, poco voto— encontrando exotismo por doquier, a lo cual los adultos corresponden con la ternura-envidia que provoca plantarse ante el reflejo de la fe más o menos perdida. Y digo más o menos porque hace un par de días que me vi en el lugar del niño impertinente, como tantos en ese justo momento, y entendí que mis gritos frente a la pantalla no eran menos indispensables que su gesta. Pero esas impresiones se borran pronto. Basta con asistir más tarde al noticiero y observar que la gesta se ha transformado en gesto. El conductor explica, las imágenes ilustran sus palabras y el marcador reluce en la pantalla. La conjunción de miles de subjetividades se degrada a una simple visión objetiva. A ver, niño metiche, te me sales de aquí.
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Hace más de cuatro años que sigo, a menudo con pasión infantil, el paso por las canchas de Rafa Nadal. A partir de esa forma de combatir, el tenis parecía un juego nuevo. Jamás había visto en un competidor esa fuerza mental puesta al servicio de semejante furia vencedora. No me extrañan las hordas de niños intrépidos que hoy día se agolpan a pedirle un autógrafo, ni creo que sean pocos los que también gritaron, aullaron y se revolcaron frente la pantalla, el sábado pasado. En lo que a mí respecta, no he podido por menos de estallar en un llanto nervioso y desatado, no bien la última bola se estrelló en la red. Salve, niño metiche. Quién pudiera ser nuevo, como tú.

viernes, mayo 15, 2009

Ensayo para la posteridad*

I
El motivo de este texto es divertido, pero incoherente. ¿Cómo voy a escribir sobre los escritores de “mi generación” si yo fui el más apartado?, sino de cada uno, al menos de la mayoría, le dije al editor de la revista Devuelta: Ignacio Montoya, con el fin de colaborar en uno de sus números con el fin de hacer una revisión por aquellos escritores de mi generación que, como yo, dejaron de escribir inexplicablemente y bien podríamos ser personajes de las innumerables novelas de Enrique Vila Matas.
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¿Qué hacían los escritores de su generación?, se preguntará el amable lector. ¿Mi generación?, ¿cuál generación?, ¿teníamos tal? No recuerdo ninguna, tampoco manifiestos, ni posturas públicas artísticas de nada. No, mi generación nunca promulgó con la idea de conformar grupos como Los Contemporáneos, Los Estridentistas o el Crack. Se movían por la conveniencia o la obligación. Todos padecían de la contradicción. Se decían apolíticos, pero se enrolaban a mítines políticos con el afán de hacer historia, el que más recuerdo fue el convocado por el intento de mártir nacional: Andrés Manuel López Obrador. De repente, decidían alejarse de todo aquél que públicamente aceptara simpatía por tal o cual escritor, por tal o cual burócrata; y esas son posturas políticas, pero las renegaban. Lo que sí recuerdo es que mi generación fue abandonando poco a poco a literatura como punto de partida y empezó a irse por otros rumbos, respetables todos ellos, pero que nunca compartí ni lo haré ahora. Todo lo veían científicamente, cuadradamente y así no se puede ver a nada que se considere artístico. Sólo había un personaje que, por raro y apartado, me llamaba la atención, sin duda, me refiero a Rodrigo Millán.
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Millán se apartaba de todos y de nadie. Me explico, era un ser que sí convivía con sus allegados, pero hacía todo lo posible por mantenerse lejano, extraño. Mientras me dedicaba a organizar un sinfín de eventos literarios con escritores que admiraba y que a la larga acabaron siendo mis amigos, y al mismo tiempo escribía mis poemas que se iban cocinando entre los talleres literarios y los amores fracasados; Millán, en tanto, ganaba un que otro premio literario convocado por algunas de las Universidades del país. Quizá le faltó lo que Alí Calderón desmerecía: el prestigio o reconocimiento de la plebe literaria ya local, ya nacional.
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II
¿Qué si he leído a los de mi generación? Si por generación entendemos a los nacidos en los ochentas, puedo considerar que si leí a uno que otro. Regularmente esa oportunidad se daba cuando me los cruzaba en el camino. Con algunos inclusive llegué a publicar en suplementos que dirigí. Unos publicaban textos escritos con más fuerza y seguridad que otros. La lista de escritores es larga, empero toda lista como toda antología pasa por un filtro que no es estético; sí amistoso, convenenciero, conciliador o todas las opciones anteriores juntas.
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Consideraría dignos (as) de ser nombrados (as) a los (as) siguientes: Leonardo Ávila, Alan Arroyo, Carmen Barranco, Israel Aguilar, Juan Rivas, Indira Díaz, Sandra Palacios, Rodrigo Millán, Verónica Xochipiltécatl, Luis Miguel Orozco, Abigail Rodríguez, Alejandra Vergara, Mariel Martínez y quizá tardíamente: Conrado Zepeda, también pueden considerarse como parte de este grupo generacional a Viridiana Carreto y Anyi Valerdi que a pesar de haberse desenvuelto en el mundo de las artes plásticas no eran ajenas al de las letras. Seguramente, para algunos, he olvidado otros tantos que desde mi perspectiva no son significativos.
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Esta generación nunca tuvo padres literarios definidos ni unificables. El posmodernismo, pensamiento que nos caracterizó, no nos lo permitía. Unos optaban por Paz, Borges, Cortázar, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Del Paso, Pitol, Elizondo; otros se iban más atrás y tomaban a la generación Beat, Faulkner, Hemingway o Cirlot; mientras que algunos más tenían como guías a los escritores del momento: Rivera Garza, Volpi, Bellatin, Palou, Padilla, Serna, Mankell, Sada, Tabucchi, Coetzee, Vila Matas, entre otros más.
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III-1
Una vez hecha esa revisión, es oportuno pasar a analizar uno de los textos que me fue proporcionado por el editor de esta revista. Rodrigo Millán, autor de ‘El aleph’ y Rodrigo Millán, autor de ‘El aleph’, ambos de mi contemporáneo: Rodrigo Millán Alemán. No, ni es broma de mal gusto ni me equivoqué al escribir los nombres. Así se llaman los cuentos.
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El primer cuento, es divertido y atrevido. Su trama se centra en presentar un gran problema literario surgido en Septiembre de 1945 tras la publicación de un cuento llamado: El aleph, tanto en Buenos Aires, Argentina; como en la Ciudad de México, firmados cada uno por autores distintos: Jorge Luis Borges y Rodrigo Millán, respectivamente. Cada cuento tiene la misma trama, la diferencia la hacen sus escenarios, el nombre de sus personajes y una frase. Acto seguido, el autor plantea la polémica que se desata en el mundo literario: unos defienden a Borges, otros a Millán. Una disputa por la legitimidad de los textos, hasta que hace su aparición Bioy Casares, íntimo de Borges, para acallar la discusión con una idea que le resulta inexplicable de describir, pero deduce que ambos en algún lugar, quizá en los sueños, se encontraron con la misma idea y que la diferencia yace en que ambos textos fueron escritos por diferente autor.
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El cuento dos, por otro lado, es aún más sorprendente. En éste, se dibuja a un personaje que descubre en una biblioteca una revista donde aparece publicado el texto de Millán y al verlo nombrado de forma idéntica que el cuento de Borges, le da por compararlos, hecho que lo llevó a la investigación, que a su vez lo trasladó a una serie de artículos donde se hace un repaso por algunas de las escenas planteadas en el cuento número uno y después pasa plasmar en un tipo artículo las experiencias gratas que le provocó haber descubierto esa extraña similitud entre los cuentos de Millán y Borges.
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III-2
Lo que propone Millán en esos dos cuentos es sorprendente. Lástima que no volvimos a ver más de él, en cuanto a creación literaria, porque estamos inundados de textos académicos, reseñas de libros y artículos para revistas destacadas. Sus allegados dicen que Millán llevaba años trabajando en un libro de cuentos, pero nunca lo terminó y no ha sido publicado debido a que el autor está decidido a nunca publicarlo en vida.
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Lo planteado por Millán es consistente con la visión que tiene de la literatura y que fue plasmada en cada uno de los ensayos que escribió. Su estilo bien cuidado, hace que se vea excesivamente bello, poético. Plasma una ecuación muy provocativa: Millán es Borges, como Borges es Millán, como ambos son literatura. Literatura donde bien Borges pudo haber sido personaje de Millán o alter ego del mismo y viceversa. Sea cual fuere el resultado, lo que menos debe importarnos es la mano que lo escribió, sino la forma y el motivo por el cual fue concebido tal texto. En este caso, Millán quiere decirle al lector que lo único importante en la literatura es el texto en sí, pues embellece la vida de uno, al mismo tiempo que revela una enfermedad social: la persona por encima de lo creado por ésta. No hay más síntoma de egoísmo que ese.
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IV
¿Por qué dejamos de escribir? Toda la literatura escrita por mi generación, es superable. Es cierto que nos animamos a experimentar de formas grandiosas, propusimos juegos por demás atrevidos, originales, sin embargo no fue suficiente. Ocurrió lo que más se temían otros escritores y lo que menos quisimos aceptar los de mi generación: la Literatura murió y la matamos nosotros. La matamos con nuestros excesivos paternalismos, con nuestra terquedad por superar a Borges, Cortázar, Pitol y compañía, con nuestra excesiva necesidad por acabar con el otro y menospreciar su literatura. La ambición nos mató y con ello a la literatura misma. Inclusive ese temor por no repetir, nos orilló a cometer dicho crimen.
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Sólo nos han quedado los fracasos y el placer de seguir leyendo a los grandes escritores que tanto nos han alegrado la vida desde que descubrimos la literatura.
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Pare cerrar, no hay mejor forma de hacerlo que con Cortázar: “Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas[1]”. Tal vez en la frase de Cortázar se puede resumir el mal que carcomió a cada uno de los escritores que conformamos la generación de los nacidos en los ochentas.
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[1] Cortázar, Julio. Cuentos Completos. Punto de lectura. Buenos Aires. 2007. Cuento: El perseguidor. Página 328. Tomo I.
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*Ensayo escrito para la materia de Crítica literaria impartida por Sheng-li

Las vidas de Álvaro Enrigue-Carlos Fuentes (16/05/09 El País/Babelia)

La sentencia latina -"nada nuevo bajo el sol"- se aplica a la creación literaria de modo irónico. No, no hay nada "nuevo". El crítico ruso Vladimir Propp reduce a diez o doce los "temas" constantes de la fábula literaria: el abandono del hogar, la aventura en el mundo, la pareja y sus vicisitudes, el retorno al hogar (el hijo pródigo), etcétera. De modo que, si los temas son eternos, lo que varía es la manera de contarlos. Tres grandes novelas del siglo XIX -Ana Karenina, Effi Briest y Madame Bovary- tratan del mismo asunto, el adulterio, pero nadie dejaría de distinguirlas como obras singulares a causa de autoría, estilo, intención...
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La excelente novela de Álvaro Enrigue Vidas perpendiculares pertenece a una -a muchas- tradiciones y hace gala de todas ellas. La situación inmediata oculta las tradiciones mediatizadas. Estamos en Lagos de Moreno, Jalisco, donde don Eusebio es panadero y casado con Mercedes, madre de Jerónimo, que será el centro de la narración. En Lagos se vive "entre la misa y las vacas" y se cree implícitamente en "la hegemonía cultural jalisciense". Capturado en "los parámetros del catolicismo militante mexicano de provincia", Jerónimo habla muy poco y pasa por retrasado. En realidad, posee el don del recuerdo. Su secreto es su memoria.
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A partir de ello, de manera en apariencia sucesiva, Jerónimo nos conduce a sus múltiples "pasados". Ha sido un cazamonjes asesino, padrote y explotador de putas en el Nápoles español del siglo XVII. Ha sido una muchacha griega en la Palestina del siglo cero. Ha sido un brahmán hindú en un tiempo perdido. Y ha sido, sobre todo, vástago anónimo de una tribu sin nombre en la aurora del tiempo.
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Vienen a la mente del lector antecedentes tan célebres como el Orlando de Virginia Woolf, donde el personaje del título recorre el tiempo histórico cambiando de sexo en las distintas épocas que van de un Londres congelado y revivido por la música de Handel, a Constantinopla, a Inglaterra entre las dos guerras mundiales. Orlando traza un devenir, al cabo, lineal -del pasado al presente- en el que cambian el tiempo histórico y el sexo del personaje.
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En Vidas perpendiculares, en cambio, no viajamos del pasado -o los pasados- de Jerónimo a su presente jalisciense. Los "pasados" de Jerónimo no se suceden. Sólo suceden, uno al lado del otro, no en progresión, sino en simultaneidad temporal. Ésta es no sólo la diferencia, sino la gran apuesta de Enrigue y es la apuesta de la novela a partir de Joyce. Trascender la narración sucesiva por la narración simultánea. Darle a la novela la misma instantaneidad que a la pintura, trátese de Velázquez, que nos da el cuadro inmediato de Las meninas, o de Picasso, que lo descompone en sus partes para ir de la narrativa al hecho de narrar: todo se descompone, todo se multiplica. La instantaneidad frontal de Las meninas se convierte en la instantaneidad de lo que no vemos aunque lo adivinamos: el atrás, el arriba, el abajo, así como los lados del cuadro.
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Semejante estética obedece a múltiples transformaciones que asociamos con la revolución del conocimiento en el siglo XX. Einstein y Heisenberg, en la ciencia, transforman tiempo y espacio de acuerdo con la posición del observador y su lenguaje: todo se vuelve relativo. En términos literarios, esto significa que no hay realidad sin tiempo y espacio -y tampoco realidad sin el lenguaje de tiempo y espacio-. Creo que esto es importante para leer Vidas perpendiculares, porque Enrigue da un paso de más. Su novela pertenece al universo cuántico de Max Planck más que al universo relativista de Albert Einstein: un mundo de campos coexistentes en constante interacción y cuyas partículas son creadas o destruidas en el mismo acto.
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Saber esto no es indispensable, desde luego, para leer y disfrutar las Vidas perpendiculares de Enrigue. El talento narrativo del autor trasciende sus posibles orígenes teóricos para entregarnos el sentido -o, mejor, los sentidos- de cada época simultánea a la vida del joven Jerónimo en Guadalajara, en una escuela jesuita de Estados Unidos y en una ciudad de México admirable -y novedosamente- presentada en su hora mejor, la más desolada, y en su hora más desolada, "triste como un boliviano".
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Es esta inmediatez lo que le otorga su presencia al pasado-presente cercano a la evocación de Faulkner ("Todo es presente, ¿entiendes? Ayer no terminará hasta mañana y mañana empezó hace diez mil años:..."). Enrigue penetra a través de los sentidos -sobre todo el olfato- en la concreción de sus fábulas cuánticas. En una de las más llamativas, Saulo, antes de tomar el camino a Damasco, nos es presentado como un hombre raquítico, vivaz y enfermo, "celoso y abstinente", desquiciado por su "irregularidad sentimental" ante la griega narradora. El cazamonjes napolitano y los brahamanes indostánicos están todos inmersos en el mundo de los sentidos, escupen saliva, se limpian las uñas, y como no son momias, sudan.
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Creo que la estrategia narrativa de este inteligentísimo autor culmina en unas páginas de un poder arrasante -tormenta, terremoto- en las que el narrador ha perdido -o aun no tiene- su identidad, sino que es parte de la gran jauría pre-histórica, la manada de la aurora de los tiempos, la tribu del origen que corre por el cerro del lobo, mitad animales, mitad hombres, siguiendo con instinto a la vez obediente y feroz al jefe, al único que consiente imitación...
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Este segmento le da a Vidas perpendiculares su verdadera originalidad, que no consiste en inventar el agua tibia, sino en saberse parte de una tradición que se remonta al origen del mundo, y el origen del mundo es la muerte.
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Vidas perpendiculares depende en alto grado de la confianza que el autor le da al lector, y éste, al autor. Aquí van desapareciendo los capítulos tradicionales, las transiciones de un tiempo a otro se diluyen cada vez más, hasta que el Río Bravo y el Río Jordán coexisten entre dos alisados de la falda de una mujer.
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No cuento las historias mexicanas que dan sustento a esta obra, porque, con fatalidad retrospectiva, hay que matar a Octavio del Río. Prefiero evocar la sensualidad final, la cachondería luminosa y oscura, de un personaje -Tita- que en un alarde creativo, Enrigue nos presenta en dos o tres páginas desbordantes como una mujer "coqueta, maternal, berrinchuda o escéptica" cuyas pulseras vuelan como cascabeles, que tiene pecas en el escote y "las pupilas más hondas del mundo".
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Vidas perpendiculares. Álvaro Enrigue. Anagrama. Barcelona, 2008. 240 páginas. 16,50 euros.

En defensa de la filosofía

Diario Milenio-Puebla (14/05/09)
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Preocupados por el aún intento de la Secretaría de Educación Pública de eliminar de los programas de estudio de educación media superior la humanística disciplina de la filosofía, un grupo representativo de “Observatorio Filosófico” en Puebla, a través de la doctora Célida Godina Herrera, ha hecho circular sus puntos de vista y su preocupación referente al tema.
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Es lamentable, como han expresado ya muchos investigadores y periodistas, que la SEP pretenda eliminar, así de golpe, la enseñanza de la filosofía. Siempre ha representado un peligro la enseñanza de las humanidades para el sistema. No deben cerrarse espacios filosóficos sino, por el contrario, se deben abrir más espacios de reflexión.
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Plantean en su documento los representantes del “Observatorio Filosófico”, que como personas consagradas a los estudios y a la formación filosófica de los jóvenes universitarios, se encuentran preocupados por el destino de la filosofía en el nivel medio superior bajo las actuales autoridades de la SEP, quienes, en su opinión, se inspiran, “al menos en esta ocasión, por un estrecho y miope utilitarismo”. Sólo por decreto presidencial se ha suprimido en estos niveles la enseñanza explícita de la filosofía, sustituyéndosela por una difusa e inaceptable transversalidad.
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Es en el ámbito de la filosofía donde se plantean las preguntas acerca de quién es el hombre, cuál es su destino, qué es la historia, qué es la cultura, qué es la ciencia, qué es la técnica, qué es lo sagrado, etcétera. Las ciencias particulares no pueden sustituir a la filosofía en su vocación de universalidad y radicalidad, de ahí su función indispensable en la formación de los jóvenes.
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“Creemos –escriben—, y en esto estamos con la explícita recomendación de la Unesco de que deben abrirse espacios de formación y reflexión filosófica en todas partes y para todas las edades, es decir, que no deben cerrarse espacios filosóficos, como hoy lo está haciendo la SEP, sino en abrir más espacios de reflexión.”
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Ahora se ha formado un movimiento nacional, con apoyo internacional, en favor de la causa de la filosofía en México y se han dado a conocer un par de documentos para pedir que las autoridades rectifiquen su posición. El sitio de comunicación de la comunidad filosófica nacional se llama “Observatorio Filosófico” y su sitio es: http://sites.google.com/site/observatoriofilosoficomx/Home, por si el lector quiere asomarse.

martes, mayo 12, 2009

La turbulenta vida de los etcéteras

Diario Milenio-México (12/05/09)
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Aparecen usualmente al final de las oraciones, pero en realidad están en todos lados: ya como signo que reemplaza lo por todos conocido, ya como puerta por donde pasa lo infinito, ya como señal del mismísimo olvido. Según la Real Academia de la Lengua, la expresión et cetera, que viene del latín, se usa “para sustituir el resto de una exposición o enumeración que se sobreentiende o que no interesa expresar. Se emplea generalmente en la abreviatura”. Reducido a su expresión mínima, ese todo lo demás me ha provocado una especie de pesar no muy hondo por mucho tiempo, esa camaradería que surge de manera casi automática ante las cosas frágiles o las causas perdidas. Siempre al final de la línea, siempre en-lugar-de, siempre en la cola del mundo sustituyendo lo de menos importancia o alargando innecesariamente una lista de referencias con frecuencia bastante inútiles, ¿cómo no sentir una ligerísima pero evidente tristeza por los Etcéteras? Me los imaginaba grises, sin lugar propio; apenas un agregado de última hora, un añadido más. Apéndice universal. Solía suponer que más de uno albergaría el denotativo deseo de dejar de ser un Etcétera para convertirse en algo específico y concreto, algo cerrado y con nombre propio. Algo con forma. Supuse, en fin, tantas cosas. Mi actitud hacia Los Etcéteras y su Extraña (o Turbulenta) Vida Secreta, sin embargo, ha cambiado. Véase si no.
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En la oración: “En X (donde X es un parque conocido) había de todo: niños y ancianos y perros y etc.”, el Etcétera juega un papel nada menor. Reducido a tres letras y a un singular acaso vergonzoso, ese Etcétera, sin embargo, deja entrar a todo lo que no es ni niños ni ancianos ni perros en el tal lugar X. Acaso podría tratarse de seres anodinos o cosas intrascendentes —aunque esto como tantas otras cosas suele depender del cristal con que se mire— pero en definitiva se incluyen ahí, en ese Etcétera súbitamente engrandecido, un número demencial y creciente de elementos más bien inenarrables. Y esa es una tarea, si me lo preguntan ahora, no sólo portentosa sino también fundamental en el proceso de extender lo límites de lo real. Ese Etcétera, habrá que decirlo con todas sus consonantes y vocales, está en lugar del Infinito Mismo. Quiérase o no, esa expresión cotidiana y accesible tiene el don de agigantar los dones de la imaginación.
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El Etcétera, además, aparece a menudo en la oración en lugar de Lo Indecible o en lugar, aun más, del Olvido (y todos sabemos que el Olvido es el otro término con el que se conoce Lo Infinito). “Fui a la casa de X por mi corbata y mi televisor y mi pisapapeles y etc”. Cuando el emisor no puede recordar una larga lista de referencias, el Etcétera Salvador sirve como escudo contra la mala memoria o el Alzheimer temprano. Se trata de un Etcétera que se aprovecha de las asociaciones básicas de un determinado campo semántico.
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Como pocos otros vocablos, el Etcétera nos da vida y, en el centro de su ambivalencia, también nos la quita. Asumo que todos estamos al tanto de que todos y cada uno de nosotros hemos sido un Etcétera alguna vez en la vida. Por ejemplo, en la oración: “Y en la fiesta X estaban Juanita y Lucrecia y Ozuna y Martha y etc.”, ese último Etcétera amenazador nos incluye en la lista de los poco memorables o los de menor importancia pero, he aquí lo relevante, nos incluye. Un poco como el Estado mexicano en la post-revolución temprana, el Etcétera incorpora a todos los involucrados pero a condición de una básica subordinación, en este caso al anonimato o la desmemoria.
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El Etcétera no sólo cumple funciones metafóricas ligadas al poder sino que también construye su propia geografía. Por los caminos del Todo Lo Demás se elevan colinas encantadas y se abren paso ríos de turbulenta aguas. Debe haber océanos y cadenas de montañas y fenómenos acaso impensables en sus inmediaciones. Debe tener, incluso, sus Fronteras y su Más Allá. En todo caso, todos alguna vez hemos estado en Etcétera: “Visité Chiconcuac y Huixquilucan y Atarasquillo y etc.”.
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El caso es que entre ser código no-tan-secreto para designar El Infinito o Lo Inconmensurable y ser puerta que se abre para que lo Real se expanda, Los Etcéteras no deben pasársela nada mal. Cómplices de la imaginación desatada y camaradas en armas del lado más débil de las jerarquías, los Etcéteras parecieran querer subvertir el mundo tal y como lo conocemos, poniéndose a sí mismo en lugar del enigma. Aliados de la menudencia cotidiana, del diminutivo y la ruina, los Etcéteras se nutren de lo mismo que alimenta a la escritura: lo que pasa desapercibido pero que encierra, en sí, un laberinto. Cuentan, además, con la protección del anonimato más radical (nadie anda por las calles tratando de revelar la identidad de un Etcétera, por ejemplo). Así entonces, no sólo ya no siento pesar alguno —ni hondo ni superficial— por Los Etcéteras sino que su elusiva condición de tránsfuga gramatical me causa un extraño anhelo. Allá van libres ellos, esos Etcéteras, con visado para todas las oraciones del mundo y sin identidad fija a la que tengan que responder o a la que tengan que serle fiel. Como plan de vida no está nada mal, eso cavilo, mientras pienso también en mis clases y en dos libros y los sobrenombres del aire y etc.

lunes, mayo 11, 2009

¿Para qué queremos la vida si en lugar de disfrutarla nos llenamos de deudas, trabajamos en lo que no nos gusta, estudiamos porque sí y vivimos bajo una serie infinitesimal de convencionalismos que aplastan al ser puro, para convertirlo en un ser social?

Esos libros increíbles

Diario Milenio-México (12/05/09)
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1 Intríngulis crediticios
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Tal vez el gran problema de escribir un libro —cuando menos la gran preocupación— consiste en ser creído. Lleva uno ventaja, sin duda, mas no por eso se hace fácil conservarla, pues basta una expresión inverosímil, un adjetivo fuera de lugar, una mínima inconsistencia argumental, para que los lectores quisquillosos arruguen la nariz, como quien considera ya la posibilidad de regatearle crédito a lo leído. Aun cuando se narra aquello que pasó, luego de haberlo visto o averiguado, es preciso contarlo de manera que la verdad parezca verdad, pues se sabe que en los dominios de la crónica no sólo abundan las falsedades, sino también las exageraciones. Y si la historia pertenece al reino de la ficción, donde más que narrar la realidad se la corrige y además encapsula en un proyecto estético, está por verse que sea suficiente con emular y replicar la verdad, si encima hay que dotarla de aquella intensidad vivencial sin la cual quedaría, en el caso mejor, como una triste verdad irrelevante. ¿Quién va a querer sentarse a escribir un libro para llenarlo de irrelevancias, mentiras obvias o verdades dudosas?
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Responder a la pregunta anterior es adentrarse en un género aparte. Allí donde no importa gran cosa la improbable veracidad de lo expresado, pues se escribe para sacarle raja a un momento, ya sea por las ventas automáticas o por el tema del posicionamiento. Se espera buena fe de los lectores. Complicidad, también. Todo depende de la fama del súbito autor, sin la cual no habría libro, ni historia, ni lectores. Unos porque tuvieron el poder, otros porque acabaron en la cárcel, otros más porque están o estuvieron de moda, todos quieren vendernos lo que nos dicen que es su verdad, asumiendo que muchos nos tronamos los dedos por conocerla. Total, si tantas divas se maquillan y afectan al extremo y aún así la gente jura que las conoce, qué tanto es un tantito a la hora de leer verdades corregidas y acomodadas de acuerdo a conveniencias fantasmales que el lector da por hechas de cualquier manera. Pues el chismoso al cabo se lo cree todo por deformación propia de su oficio. Qué más da si se narra la verdad; lo que cuenta es que haya algo que contar.
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2 ¿Tú lo lees? Yo tampoco
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Parientes próximas de los discursos públicos, que asimismo suelen valerse de negros oficiosos para ser redactados, las memorias al vapor deben su credibilidad casi exclusivamente a la fe del lector, que se empeña en creer incluso lo improbable por así convenir al interés, el morbo, la simpatía o lo que sea que le despierte el personaje narrador. Más que, tal como ofrecen, desnudar al autor, estos libracos fueron pergeñados para satisfacer al qué dirán. No son un ejercicio de exhibicionismo, como de ocultación. Brillan también como instrumentos de revancha, dado que sus autores intelectuales rara vez llegan a enterarse de que existe una ética al respecto, y al autor material no suele preocuparle más que cobrar su cheque y jalar la cadena.
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La presencia de un nuevo libelo es siempre sorprendente en las estanterías. “¿Y éste?”, nos extrañamos, a menudo con menos curiosidad que repelús. Da grima imaginar que ciertas mercancías consigan venderse, tanto como que exista quien se crea mentiras evidentes. A veces inclusive provoca ternura, como es el caso de ese libro cuyo título no es preciso recordar, firmado por Roberto Madrazo. Lo he visto en un estante, hace pocos días, y lo cierto es que me ha ganado la risa. ¿Quién lee eso, en caridad del Verbo? Vamos, que el mero texto de la solapa ya se antoja infumable, por increíble. Pues más allá de lo que pueda decir en su defensa, y hasta en su denuesto, todo el mundo —y esto me temo que es literal— conoce al autor por tramposo. No lo leímos, lo vimos. Levantaba los brazos al fin de un maratón cuyo trayecto sólo corrió a medias. No dudo, por supuesto, que entre sus detractores haya tramposos aún más avezados, pero es que a éste lo vi. Si alguien me ve con su libro en la mano, se va a reír con ganas a mis costillas. O quizá voy a darle ternura de la mala. Para el caso, prefiero que me atrapen con un libro de Niurka. No ha de ser muy sincera, pero al menos será más verosímil.
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3 Leer para ignorar
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Un par de días después, topéme con el libro donde Carlos Ahumada se confiesa, luego de su odisea como preso político de la esperanza. Era una pila enorme de volúmenes que subrayaban su calidad de hit, sólo que como dicen tantos perezosos, yo ya vi la película. Es decir, los videos, que extrañamente no acompañan al libro en un indispensable dvd —en cuyo caso me lo habría llevado de inmediato—. Hasta hoy casi nadie habrá olvidado las imágenes del tahúr y los gangsters que extorsionaban en nombre de los pobres, y de un día para otro se volvieron estrellas del video. No están en internet (qué pudor sospechoso) pero su huella peca de imborrable. Nada puede añadírseles, son perfectas. En ellas se demuestra la calaña de toda la camarilla, pero se corre el riesgo de tomar partido, cuando lo único claro es que no hay uno solo digno de crédito, por más papeles que consiga apilar.
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Insisto, yo no sé si me digan la verdad, pero como lector les creo poco o nada. Del maratonista milagroso al presidente legítimo —cuesta diferenciarlos, de repente— me es más fácil dar crédito al horóscopo, cuyo autor no pretende convencerme de necedades que yo mismo no crea porque me da la gana. Así el que se confiesa lograra desnudarse del alma y no falseara ni un solo relato, sospecho que creerle cualquier cosa me instala en los dominios de la superstición inducida. Como si su lectura me convirtiera en ignorante supino. O aún peor, en idólatra. Y ahora, con su permiso, me regreso al estante de ficción. Como lector ansioso, me urge que alguien me cuente algo creíble.

sábado, mayo 09, 2009

Así escribo. Doy parte de rescate por Xavier Velasco (Nexos-Número 377-Mayo2009)

El parapeto mide dos por uno y medio. Diría que es una celda, si no hubiera esta vista espectacular. Juraría que es un escondite, si no tuviera pinta de escaparate. Aceptaría que es sólo un balcón, si no lo empleara a diario para librar combate con monstruos y demonios. Pasado el mediodía, un poco a espaldas de la novela en curso, descargo estas palabras sobre una página vacía del cuaderno —enorme, de argollas, especial para bocetos— que uso como pizarra, o agenda, o bitácora, o casi cualquier cosa porque sus hojas gruesas y anchas son la tierra más libre que he conocido. Diría que combato para defenderla, pero hay días que actúo como su enemigo y culpo de ello a monstruos y demonios, que a todo esto me deben la vida. Somos uno y legión, no quiero imaginar qué papelón haríamos a solas.
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Peleo contra el pánico a no ser suficiente, luego de haberme dicho durante tantas lunas que lo sería de sobra, pues de noche se piensa uno capaz de cualquier cosa y ay, de día le toca demostrarlo. En la niñez, el día era un desierto abominable del que frecuentemente me redimía la tarde. Horas largas mirando las ventanas del aula donde nada asomaba sino nubes y cielo, pero ya lo demás se adivinaba lo bastante suculento para darse a inventarlo de cualquier forma. No sería un pupitre el parapeto ideal para iniciarse en los combates literarios, pero tenía dentro lápices, plumas, libretas, cuadernos: armas legales todas cuyo uso clandestino quedaría encubierto por esos cientos de columnas de garrapatas contrahechas, que para diario horror de mi madre yo osaba hacer pasar por caligrafía. ¿Cómo le iba a explicar a la inocente que la bonita letra se lleva mal con el malandrinaje?
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Aun hoy, que por fin las recorto a punta de ronquidos, las mañanas me tratan con la punta del pie. No bien abro los párpados, miro el reloj y me propongo estar en mi puesto no después de las diez. Cosa algo complicada, pues aún no hay nada propiamente puesto sobre el balcón que mira a la barranca. Falta el sillón. La música. El tapete. Los víveres. La sombrilla. La idea es no moverse del parapeto, una vez que comiencen las escaramuzas. Pero ya he dicho que éstas arrancan mal...
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Alguien adentro quisiera una coartada para quedarse el día entero holgazaneando. Imposible, le digo, de vuelta en los zapatos del capataz, asombrado de estar de pie a estas horas en que, jura mi madre, ya los perros buscan la sombra, y a mis ojos semejan aún la madrugada. Metabolismo nocturno, dicen. Por años me propuse alcanzar la espartana disciplina de aquellos novelistas admirables que hacen lo suyo desde que amanece; hoy aduzco que mis dominios íntimos se rigen por la hora del Pacífico.
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Al capataz le he dado un poder indecente. Nadie como él asume que lo que es yo no entiendo por la buena. Cada tarde, nada más terminar, planto en un calendario de pared tres pegotes en forma de dígitos, correspondientes a la última página escrita. Y como el calendario está frente a la cama, no hay manera de abrir los párpados al mundo sin reparar en ese mapa de productividad, orgullo de Dracón que consigna la entrega, o en su caso la holganza, sin otros argumentos que los cuantitativos. Sintomáticamente, de esa cifra acostumbran pender el buen humor de la tarde y la serenidad de la noche.
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No escribo la novela en el cuaderno, sino en una libreta donde no caben otros menesteres. La novela es celosa y yo le correspondo. Solamente con ella uso las hojas rayadas Maruman tamaño B5, dentro de una carpeta con veintiséis argollas de metal, así como la tinta Waterman negra que aproximadamente cada siete cuartillas devora mi Mont Blanc Julio Verne, traqueteado y querido juguetazo con la forma de un Nautilus y el peso de una daga. Es en esas recargas recurrentes que percibo el avance del proyecto y le gano terreno a la ansiedad. Voy nadando en el mar, lastrado por el peso muerto de mi historia y resuelto a salvarla contra todo pronóstico.
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Al parapeto lo rodea el rumor de los pájaros de la barranca. Una sonata múltiple que crece conforme la tarde avanza y la tinta, a su vez, fluye hasta terminarse. Bombeo el combustible y vuelvo a la carga. Limpio el punto con manos y antebrazos, me embadurno feliz de sangre color negro. Retorno a alimentar la ampolla del dedo corazón de la mano derecha que de pronto amenaza con punzar y ya ni caso le hago porque estoy combatiendo a monstruos y demonios y me he apostado entero a salvar a la historia y sobrevivirlos. Lo que importa es pelear, ha escrito Javier Cercas. Si alguien quiere pelear, entrométase ahora. Dígame dónde quiere que le encaje la pluma.
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Xavier Velasco. Escritor. Su libro más reciente es Este que ves.

Lágrimas en el clóset. ¿Por qué el arte de conmover se cotiza a la baja en los círculos intelectuales? (Milenio-Laberinto 09/05/09)

En una comida reciente con académicos, un maestro de filosofía descalificó a Philip Roth por el tinte melodramático de sus novelas. Le respondí que, en mi opinión, a veces Roth peca de farragoso, pero su compenetración emotiva con los personajes y su talento para hurgar en los tumores del alma no me molestaban en absoluto; por el contrario, gracias a su vena melodramática yo le perdono su proclividad a la retórica. Pues de todos modos lo encuentro muy lacrimógeno, insistió el profesor. No quise enfrascarme en una discusión áspera, como lo hubiera hecho a los veinte años, pues la moderación etílica me ha condenado a escuchar sandeces y arbitrariedades en respetuoso silencio. Pero no puedo tolerar que se siga vilipendiando a un género al que debo tantas efusiones de llanto placentero, sin traicionar a mi propia naturaleza. ¿Por qué el arte de conmover se cotiza a la baja en los círculos intelectuales? ¿Quién le teme a su capacidad perturbadora? Si el intelecto llegara a predominar sobre la emoción en la literatura, el cine y el teatro, hasta erradicarla por completo, como quería Ortega y Gasset, ¿la ecuanimidad resultante sería un avance o un retroceso?
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Quien usa el adjetivo melodramático en sentido peyorativo niega implícitamente la posibilidad de que exista un buen melodrama. ¿Son despreciables Casablanca, Lo que el viento se llevó o Esplendor en la hierba? Ni el esteta más exigente puede negar que en manos de cineastas como Fassbinder, Clint Eastwood, Almodóvar, el melodrama puede alcanzar un vuelo poético extraordinario. La crítica cinematográfica, televisiva o teatral debería distinguir cuáles melodramas utilizan recursos baratos para provocar emociones y cuáles intentan elevarse por encima de la sensiblería. Pero como es más fácil poner etiquetas que hilar fino en un juicio crítico, el melodrama ha corrido la misma suerte de algunas especies zoológicas —el asno, el cerdo, la rata— cuyos nombres son insultos. Avergonzados de sus propias lágrimas, los enemigos del melodrama combaten el sentimentalismo, como si las emociones fueran un material artístico deleznable. Desearían colocarse por encima de ellas, o cuando menos, observarlas en frío desde una prudente distancia. Pero sin el alivio de la catarsis la vida sería insoportable para millones de seres, incluyendo a los intelectuales más analíticos y abstraídos.
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Cuando los odios religiosos o las disputas ideológicas niegan el valor de la vida humana, es decir, cuando las entelequias aplastan a los sentimientos, hasta la telenovela más burda puede reconciliar al hombre con sus afectos primarios, como lo ha señalado Orhan Pamuk en su estupenda novela Nieve, que narra la visita del poeta Ka a una remota ciudad de la frontera turca, donde los integristas musulmanes y los modernizadores laicos libran una guerra a muerte por imponer su ley. En ese clima de discordia civil, donde proliferan los atentados sangrientos, sólo hay una afinidad entre los bandos antagónicos: la telenovela mexicana Mariana [Los ricos también lloran], que todas las noches paraliza las actividades bélicas de la ciudad y conmueve hasta las lágrimas a los jefes de las facciones en pugna. Al observar el efecto de la telenovela sobre el ánimo colectivo, el poeta recién llegado al pueblo “se da cuenta de que el sarcasmo del intelectual, las preocupaciones políticas y las pretensiones de superioridad cultural lo habían hecho vivir una vida estéril alejado del sentimentalismo al que inducía aquella serie”. Orhan Pamuk no califica el valor artístico de la telenovela que unificó al pueblo turco (seguramente uno de los éxitos mundiales de Verónica Castro): sólo advierte que en una sociedad desangrada por el odio fanático, el melodrama contrarresta el poder manipulador de los dogmas políticos o religiosos y restablece las prioridades naturales de la existencia.
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Desde luego, es lamentable que en Turquía o en México la masa televidente no tenga opciones para distinguir un melodrama valioso de otro ramplón. En determinadas circunstancias, la telenovela puede cumplir una función civilizadora, como ha observado Pamuk, pero la repetición de fórmulas gastadas embrutece al público en vez de humanizarlo. Con una dramaturgia más creativa, y un menor apego a los cartabones de mercadotecnia, la telenovela podría ampliar los horizontes culturales de su público y darle elementos de juicio para exigir un mejor entretenimiento. Las mafias de mediocres incrustadas en las televisoras mexicanas lo saben y por eso han cerrado filas para impedir una renovación del género. No creo, sin embargo, que esa renovación debiera consistir en un alejamiento del melodrama, como creen algunos críticos de la televisión comercial. Se trataría, más bien, de conmover al auditorio sin falsear la realidad, dentro de unas coordenadas éticas y sociales que reflejaran la verdadera complejidad de la vida amorosa. Pero suponiendo que la sutileza y el decoro artesanal tuvieran cabida en la telenovela mexicana, como la tienen ya en las telenovelas de Colombia, Argentina o Brasil, que nos han arrebatado el mercado internacional: ¿habría en México libretistas y directores que supieran aprovechar esa apertura? Lo dudo, porque en las filas del cine marginal o del teatro universitario, de donde podrían salir los nuevos cuadros de la televisión mexicana, existe un fuerte prejuicio esnob contra el melodrama.
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Los jóvenes egresados del CUEC o del CCC creen a pie juntillas que los protagonistas de una historia de amor nunca deben llorar ante cámaras, y cuando tienen en sus manos a un actor de valía, le ruegan que por favor evite al máximo las gesticulaciones, es decir, que no actúe. Para colmo, muchos de ellos creen que la edición vertiginosa y la cámara al hombro los colocan a la vanguardia del cine contemporáneo, cuando en realidad están siguiendo una moda imbécil, impuesta por el videoclip. Una película con actores impávidos, en la que los tumbos de cámara marean al espectador y ninguna escena puede durar más de 30 segundos no puede conmover a nadie. Para escudriñar los movimientos del alma salen sobrando los movimientos de cámara. El melodrama requiere otro lenguaje visual y una mirada más atenta a los sentimientos de los personajes. Muchos de los recursos que utilizan los aspirantes al título de cineastas pueden servir para abrirles las puertas de algún festival, pero no para llegar al corazón del espectador. La contrapartida del menosprecio al melodrama es la sobrestimación del distanciamiento crítico. Por ese camino se puede llegar a falsear la vida sentimental, no a ponerse por encima del sentimentalismo. Pero un joven director ávido de prestigio no quiere contar historias, ni construir personajes, sino exhibir su voluntad de estilo. Pedirle fidelidad y respeto a la química de las pasiones sería tan difícil como vencer los prejuicios de un doctor en filosofía que se encierra a llorar en el clóset con la cara oculta por un tomo de Kant.
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Enrique Serna es escritor. Entre sus libros se encuentran: Las caricaturas me hacen llorar y Fruta verde.
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Las telenovelas han sido la educación sentimental de millones de personas en nuestro país, incluso entre los escritores es difícil escapar a la tentación que suponen estos ejemplos de melodrama, y prueba de ello es este sondeo que realizamos entre varios de ellos. Si bien la mayoría de los convocados aseguraron que nunca habían visto una, otro grupo reconoció su preferencia por alguna teleserie. Aquí el resultado. (Héctor González)
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Cristina Rivera Garza: Cuna de lobos.
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Mónica Lavín: Cuna de lobos.
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David Miklos: Cuna de lobos.
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Álvaro Enrigue: Mundo de juguete.
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Francisco Hinojosa: Gutierritos.
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Ana Clavel: Yesenia.
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Ignacio Padilla: La vida en el espejo.
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Élmer Mendoza: Cuna de lobos.
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Margo Glantz: Renata y Café con aroma de mujer.
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Juan Villoro: Cuna de lobos y Café con aroma de mujer.
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Pedro Ángel Palou: Alborada y Café con aroma de mujer.
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Mauricio Carrera: Amor en custodia.
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Andrés de Luna: Mirada de mujer.
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Ana García Bergua: Nada personal y la inglesa Los de arriba y los de abajo.
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Mario Bellatin: Rubí.

jueves, mayo 07, 2009

El año mil

Diario Milenio-Puebla (07/05/06)
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Apropósito de tanta calamidad que nos ha traído la vida al inicio del siglo XXI he leído, en el espléndido ensayo de Georges Duby (Gedisa, 1996) que el año mil representó para los hombres europeos un año de miedo y temor, ante ellos mismos y ante la naturaleza. La Edad Media, bautizada así por los hombres del Renacimiento y de acuerdo a Le Goff, fue una etapa difícil para el hombre en su relación con la naturaleza.
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Me llamó la atención (hoy que hablamos de epidemias) el texto que apareció en Milenio el pasado 28 de abril bajo la autoría de Francisco Báez Rodríguez, “El otro virus… los untores” y que se refiere precisamente a una creencia popular que durante la Edad Media asoló a Europa: la presencia de los untores, personas que esparcían las enfermedades untando las manijas de las puertas con la sustancia que infectaría a quien se atreviera a tocarlas. La presencia de los untores (dice bien Báez Rodríguez) son quizá meras conjeturas que desmovilizan a las sociedades. Lo cierto es que, siguiendo al historiador Duby, el año mil, los hombres de Europa vieron “Los prodigios del milenio”. Hacia el 1014, un enorme cometa se vio claramente y durante meses en el cielo durante el reinado de Roberto. Era un cometa de intenso brillo que se ocultaba con el canto del gallo. Fue una señal milagrosa que tenía la forma de una espada.
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Luego, el 29 de junio de 1033, hubo un eclipse de sol “muy tenebroso” que duró desde la sexta hora del día hasta la octava: “El sol tornó el color del zafiro y llevaba en la parte superior la imagen de la luna en su primer cuarto”.
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Duby habla también de un combate de estrellas que observó Ademar de Chabannes en 1023, cuando “las estrellas combatieron entre sí como lo hacían en ese mismo momento las potencias de la tierra”.
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Y siempre que pasaba el gran acontecimiento sobrevenía una desgracia. A la aparición del cometa siguió el incendio de muchas ciudades, castillos y monasterios italianos; luego de la lluvia de estrellas el Emperador Enrique murió sin dejar hijos, y cuando hubo pasado el eclipse “la sangre cubrió la sangre” porque se oía hablar de “fechorías desconocidas entre los pueblos”.
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El año mil también vio los desórdenes biológicos, mismos que Georges Duby divide en Monstruos, Epidemias y Hambres. La complexión del hombre –reflexiona—también está sometida al desorden y aparecen los monstruos, el hambre y las epidemias que a su vez anuncias discordias.
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Ahora que se ha incrementado el miedo en el mundo por lo que todos conocemos y un untor moderno podría ser el jugador de las Chivas Héctor Reynoso, quien escupió al chileno Sebastián Penco, rival del Everton de Viña del Mar, durante un partido contra el Guadalajara en la Copa Libertadores, lo que lo hará quedar fuera hasta que termine el torneo. Un untor chiva de corazón. Que no haya otros como él.

miércoles, mayo 06, 2009

"El gran Mankell"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla-06/05/09)

Henning Mankell (1948) nacido en Estocolmo, Suecia es un escritor por demás consagrado en el ámbito literario actual y recién lo conocí en días pasados al enfrentarme a su más reciente novela: “El Chino” publicada por Tusquets a finales del año pasado.

Mankell es conocido por desenvolverse de manera magistral en el género de la novela negra donde el protagonista estrella es un detective llamado Kurt Wallander.
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“El Chino” es un thriller sorprendente que atrapa al lector desde sus primeras líneas con la narración de un asesinato cruento y múltiple en un pueblo frio y desolado de Suecia: Hesjövallen. Un hecho sin precedentes que empieza a llamar la atención de la prensa local y nacional, a pesar de que la información empieza a ser manejada con absoluto hermetismo. La sospecha y móvil principal que manejará la policía se basa en que dicho asesinato tuvo que ser perpetuado por un demente, pero Birgitta Roslin, una jueza de avanzada edad, empieza a seguir el caso a través de la prensa y a interesarse por tal suceso, pues se percata que entre las víctimas se encuentra la familia adoptiva de su madre. Este interés la lleva a buscar un acercamiento con las investigaciones y es a través de un amigo personal que es presentada con Vivi Sundberg, una de las principales encargadas de la investigación de tan brutal asesinato. Gracias al acercamiento con Vivi Sundberg podrá tener acceso a la casa donde vivió la familia adoptiva de su madre y obtener un diario de alguno de los parientes donde narra sus experiencias al frente de la construcción de un ferrocarril. Al mismo tiempo la jueza Birgitta irá sacando sus teorías y conclusiones, basadas en la única pista: una cinta de seda roja. A la par que se va narrando esa trama se presenta la historia de los hermanos Wu, San y Guo Si, que quienes irán viviendo un sinfín de peripecias que los conducirán al sufrimiento y la muerte, no sin antes dejar testimonio a través de un diario que cobra mayor intensidad cuando narra el sufrimiento que en 1860 miles de chinos padecieron al construir un ferrocarril en la costa oeste de los Estados Unidos. Pero la búsqueda de Birgitta, que no sólo tiene tintes policiacos, sino también políticos la llevarán a interrumpir tal, cuando siente que su vida está en peligro.
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Este tipo de novelas es de las que deben agradecerse en épocas como esta donde la imagen está por encima de todo. Mankell logra que uno se lleve al sueño esta novela, un sinfín de veces soñé con las escenas. Son cuatrocientas setenta y un páginas que se leen de forma amena. Una novela que además es una visión crítica a la eficacia policiaca para resolver casos delicados, a esa izquierda europea que es se quedó en un idealismo romántico, a esa China evolucionada, pero que no respeta los derechos primordiales del humano.
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Descubrir a Mankell ha sido algo maravilloso, quien se anime, se llevará una grata sorpresa.

El hombre es un ser lleno de ritos. No se explica su vida sin ellos.

¿Y qué hacer cuando un acto que causa placer y proviene del deseo, se convierte en rito?, ¿cómo lo devolvemos a su condición primaria?

Ernesto Guevara, dijo alguna vez que para matar una idea no basta con matar a un hombre, se necesita más. Probablemente nunca lo entenderemos. Aún existen muchos Imperios, Emporios, Caciques, Idealistas, Religiosos, Políticos, Brujos, Fanáticos, Estudiantes, Alumnos, Masones, Yunquistas, Opus deis, Iluminatis, Templarios, Deportistas, Modelos, Ejemplos a seguir, Ejemplos a no seguir, Ídolos, Dioses, etc.

¿Y los humanos?

¿Qué se hace cuando las palabras abandonan al hombre y con ello toda expresión ya sentimental, ya intelectual, ya banal?

No sé, no tengo alguna palabra para ello, pero quizá, sí, una idea: la guerra.

martes, mayo 05, 2009

¿De qué sirven los recesos rutinarios si la escritura sigue de huelga y el cansancio trabaja más de doce horas?

Radiografías violentas

Diario Milenio-México (05/05/09)
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Como si se trataran de violentas radiografías, los desastres naturales tienden a poner de manifiesto males que la vida cotidiana vuelve —con sus prisas y sinsabores, con sus encuentros y rutinas— transparentes. Se requiere una cierta cantidad de olvido y una que otra estrategia de distracción, después de todo, para soportar una realidad no sólo imperfecta —ese sería, de hecho, el menor de los males— sino esencialmente injusta y mezquina, en resumen: insoportable. Así, aunque todos vivamos al tanto de los juegos sucios que componen no pocos de nuestros rituales, y aunque participemos ya pasiva o activamente en muchos de ellos, es más común hacerse el desentendido que poner una atención ya estética o ética no sólo a lo que nos rodea, sino también a las bases mismas de eso que nos rodea y, por rodearnos, nos funda. Pocos eventos, pues, nos obligan a desarrollar una conciencia del entorno de manera más rápida y puntual como los fenómenos que, fuera de nuestro control, nos avasallan, provocando muertes masivas. El temblor de 1985, por ejemplo, dejó al descubierto la serie de corruptelas públicas que debilitaron las trabes de los edificios que terminaron destrozando los cuerpos y las vidas de miles de víctimas. El huracán Katrina obligó a muchos norteamericanos a constatar la vergonzante falta de cuidado y protección que el gobierno de Estados Unidos brinda a los más frágiles de sus ciudadanos. Por eso no es de extrañar que la epidemia de influenza que ha azotado a la ciudad de México durante las últimas semanas de abril haya también levantado el velo de normalidad que ha encubierto, entre otra cosas, los defectos congénitos del sistema de salud pública en México, dejándonos ver lo que ya sabíamos: hospitales mal equipados, escasez de medicamentos, pobre infraestructura. Pero en la radiografía apareció también algo con lo que se contaba ya al menos desde 1985: una sociedad civil que, amasando una masiva voluntad de millones ha podido cuidar de sí y de una también masiva ciudad de México.
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La epidemia también ha puesto frente a nuestros ojos lo que ha estado frente a nuestros ojos por tanto tiempo: la intromisión constante de transnacionales que, aprovechando el costo de la mano de obra local y los acuerdos que logran establecer con autoridades locales, muestran poca preocupación por el medio ambiente y las condiciones sanitarias de las comunidades circundantes. La teoría de la dependencia y sus acólitos pueden haber perdido la popularidad de la que gozaron hacia el segundo tercio del siglo XX frente al embate de las nuevas historias sociales que, al pensar en la agencia de los elementos internos de un sistema, cuestionaron el peso real de las estructuras externas sobre las economías y sociedades latinoamericanas, pero la presencia de transnacionales con poco sentido de responsabilidad comunitaria es tan real ahora como entonces
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La facilidad con la que sale a flote el lenguaje coercitivo de la orden y la restricción es tal vez uno de los daños colaterales más obvios del paso de la epidemia. Sin necesidad del diminutivo ni las verdades a medias, con el justificado afán de contener el contagio y disminuir, así, el número de muertos, el lenguaje más uniforme de la imposición brota a la menor provocación. Lávese las manos. No salude. Cúbrase la boca al estornudar o al toser. No se aproxime. Vivimos justo entre las páginas de un manual gigantesco que está siendo leído en voz alta —y con ayuda de un micrófono— por aquellos que viven encerrados dentro de las oficinas del poder.
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Pocas cosas como el A/H1N1 dejan ver de manera más clara la suspicacia y la tensión que genera la presencia de los mexicanos en Estados Unidos. Acostumbrados como están a darle la espalda a la vecindad que tienen con México tanto desde sus orillas como desde dentro, los Estados Unidos ahora tienen que ver lo que ya saben que verán: la creciente presencia de trabajadores mexicanos sobre cuyos hombros descansa su sistema de vida. Como es bien sabido, el primero de mayo no es festejado en Estados Unidos excepto por trabajadores mexicanos que, exportando tradiciones de lucha, marchan por ciertas avenidas. Que frente a esos contingentes algunos hayan abogado por denominar al A/H1N1 como la influenza mexicana, mientras que otros hicieron un llamado incluso para cerrar las fronteras, no es más que la manifestación más virulenta de la falta de diálogo y la falta de conocimiento que producen ansiedad y miedo, especialmente en zonas donde, de acuerdo con el censo oficial, el número de mexicanos es cada vez mayor y el uso de una de sus lenguas —el español— no sólo es cada vez más obvio sino también más inevitable.
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Las teorías de la conspiración que se han expandido casi con tanta o más virulencia que el A/H1N1 han dejado en claro también aquella vieja verdad que dice que los ciudadanos mexicanos no sólo no confían en sus políticos sino que gozan de una envidiable capacidad narrativa y argumentativa. Éstas últimas, por cierto, no deberían pasarles desapercibidas a aquellos a cargo de promover prácticas de escritura tanto en la ciudad capital como en el país entero.
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Si pongo atención a los que dicen los amigos, y los amigos de los amigos, el paso del A/H1N1 también ha dejado al descubierto una extraña belleza en los espacios públicos de la Ciudad de México. Vacías acaso por primera vez, las calles y plazas que aparecen en las fotografías de la capital sugieren paisajes después de la batalla —esa melancolía, esa desesperanza, ese abatimiento—. Todo parece indicar que, de manera paradójica, algunos de los que están frente a esas calles, viendo pasar el aire y el silencio a través de las ventanas, han tenido la oportunidad de componer una forma inmediata de recogimiento. Algo, finalmente, de serenidad.

lunes, mayo 04, 2009

Lunes gris

Diario Milenio-Puebla (30/04/09)
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El lunes pasado, los habitantes de Puebla amanecieron reflexivos y tristes. Se veía a la gente un tanto temerosa por las calles. El día anterior, el domingo, se dijo que el estado entraría en estado de contingencia debido para evitar el contagio de la así conocida fiebre (o influenza) porcina: un virus nuevo que ataca al humano y que parece de muy fácil propagación.
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La historia es harto conocida, basta sintonizar el radio o ver la televisión para estar informados. No sé hasta qué punto llegue a ser creíble lo que los medios electrónicos han manejado. Las cifras son alarmantes.
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La ciudad lucía gris. A mediodía, las autoridades decretaron la suspensión de las clases en todos los niveles educativos. Luego, un poco después, se sintió un temblor que hizo crecer el miedo. Y en la tarde llovió. Desde muy temprana hora se agotaron los cubrebocas y todo tipo de gel antibacteriano. Hasta el momento no los hay. En el Centro Histórico los restaurantes y comercios lucían vacíos; y en los bancos, a la gente que se le ocurría estornudar delante de la fila se le veía con malos ojos.
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Se suspendieron las actividades educativas y culturales (como el programa Barroquísimo), pero las personas abarrotan los autobuses. Muchas van protegidas y llevan a la práctica las recomendaciones de la SSA: no saludar de mano ni de beso y lavarse las manos todas las veces que sea posible. Si te quiero, te lo demuestro alejándome.
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Algunos tenemos miedo, otros andan como si no pasara nada. De acuerdo a lo declarado por el doctor Roberto Calva, director de la Atención a la Salud de la Secretaría de Salubridad, en Puebla no se ha registrado un solo caso de influenza porcina.
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Lunes gris. Las calles se van vaciando poco a poco. El ruido que producen los autos se percibe en la lejanía, tímido. Los turistas van al zócalo con sus protectores nasales. Se anunció ese mismo lunes que los desfiles del trabajo y del 5 de Mayo serían definitivamente suspendidos. He seguido de cerca lo que ocurre en Puebla. Las entrevistas a los secretarios de Salud de todos los estados no paran: aparece más y más información, se actualiza.
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Estamos en la antesala del pánico. Se refleja el miedo en los rostros. Y de repente llueve sobre el centro.
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El terror de un lunes gris en Puebla.

Más allá del juego sucio

Diario Milenio-México (04/05/09)
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Otros tiros a gol
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Hay prestigios nacidos para tornarse estigmas. Escupir, por ejemplo. Durante los primeros años adolescentes, quienes éramos buenos en las esquivas artes del gargajo certero y substancioso la pasábamos bomba escupiendo de bicicleta a bicicleta, y hasta no pocas veces callando al enemigo con un gallo acertado a medio paladar. Gestas muy celebradas por nuestros menores, que a los diez años no podían rivalizar con la flema, el alcance y la puntería de un labregón de quince. Todo lo cual podía transformarse en vergüenza fatal si acaso una vecina de buen ver se aparecía y lo escuchaba a uno jalar el pollo desde medio esófago, práctica repugnante que en teoría debía causar náuseas a cuanta dama se preciara de serlo, amén de señalar al agresor como un pelafustán o como un niño. Esto último, lo que más se teme cuando ya se ha dejado atrás la infancia y es urgente pintar la raya divisoria. El día menos pensado, no vuelve uno a escupir, ni por supuesto a ser escupido.
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Existen incontables inmundicias que a un niño le divierten, pero a muy pocos bembos causa gracia que un adulto las ponga en escena. Ningún alumno pasará por alto que el profesor se escarbe la nariz o el ombligo cuando es objeto de la atención general. Solamente los niños se lucen eructando y gargajeando en tales circunstancias, donde hasta los peditos saben ser bienvenidos. Los niños y los punks, en todo caso. Curiosamente, apenas nos extraña si ciertos deportistas — que ya sólo por eso suelen ser objeto de toda suerte de loas edificantes— son exhibidos en el acto de entregargajearse. Hay decenas de casos documentados de futbolistas escupidores, y éstos son una muestra insignificante, iniciada a partir de que las cámaras invadieron de zoom la intimidad del juego, sugiriendo que tal vez lo importante no sea ya competir, ni ganar, sino humillar. Darle al otro hasta con la bacinica, como solía decirse. O en su defecto con la escupidera.
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Hablando de rufianes
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No había ocurrido aún el incidente del hoy famoso futbolista mexicano que en una sola noche se reveló capaz de disparar viscosos proyectiles por buzón y napias, cuando ya lamentaba uno ante la cámara lenta, víctima de una risa nacida del azoro, las escenas donde el tenista sueco Robin Soderling se oprime con el índice una fosa nasal para lanzar el moco por la otra. Dos ocasiones, una de cada lado, con sendos resultados voladores. Ya no a lo lejos, en ese territorio futbolero donde el operador de la cámara necesita la suerte de un buen ángulo, sino en extreme close-up. Tampoco hay veintidós competidores entre los cuáles elegir al de pronto estelar. Ya sea que se disponga a sacar o recibir, al menos una cámara lo toma de frente. La probabilidad de que su gesto en curso resulte transmitido, cuando menos en parte, va más allá del cincuenta por ciento. Añadamos a ello que Soderling jugaba contra Rafa Nadal, razón más que bastante para elevar el rating a niveles inalcanzables para un moco. Al menos en el ámbito del tenis, incompatible con el juego sucio.
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Se sabe que las porras futboleras conocen de muy cerca la pamba gallega, desde los tiempos de la míticabotella con agua de riñón, pero en otros deportes tales extremos son aún por fortuna inconcebibles. Se ha dado el raro caso, pero la mayoría jamás hemos visto a dos tenistas darse con la raqueta frente a su público. El radical la toma en todo caso contra los jueces, aunque no les escupe y ni siquiera llega a insultarlos. No faltaría más. En un juego estratégico donde los puntos se construyen a puro golpe de ráfaga mental, la violencia mayor consiste en distraer al oponente mediante interrupciones chapuceras que el público castiga con abucheos. Pues se comparte al fondo un sentido de justicia que las reglas del juego permiten y estimulan. Nadie quisiera ver a su favorito ganar con malas artes y peores maneras. Que es justamente lo que intentó Soderling hace casi dos años, en la cancha central de Wimbledon, también frente a Nadal. Se preparaba éste para servir el quinto juego del partido cuando unas cuantas risas le hicieron ver al frente y descubrir que aquél remedaba sus movimientos con el talante de un niño envidioso. Nada importante en otras disciplinas, barbarie inusitada en términos tenísticos.
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“Es un tipo muy raro”, declararía Nadal respecto a Robin Soderling después de eliminarlo de Wimbledon 2007, “lo he saludado varias veces y nunca me contesta”. Sería un patán, más bien. Uno con mala leche, valga la redundancia. Ya a medio 2009 —hace unos pocos días, sobre la arcilla del Abierto de Roma— Soderling ha salido a la cancha y de antemano sabe que Nadal va a ponerlo en ridículo a raquetazo limpio. Antes que eso suceda, el rufián descerraja los dos mocos de marras ante la cámara. Cuadro por cuadro se les ve caer, como los moscos del comercial. Al final del partido, el fiero escandinaco sufre un demoledor 6-1, 6-0. A ver si eso también lo puede remedar.
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La etiqueta del fuego
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A uno le gusta el tenis también por cuanto tiene de similar al duelo. Los contendientes usan armas redondas para despedazarse, sin faltarse jamás al respeto y a menudo excediendo la cortesía. Ya en la final de Roma, un juez señala falta en el servicio de Novak Djokovic, ante lo cual Nadal da unos pasos al frente, mira la marca y lo contradice, de manera que el árbitro da por bueno el servicio y el punto se repite, tal como corresponde. Luego, ya con Rafa Nadal atenazando el trofeo, Djokovic se resiste pero al fin accede a la petición de escenificar ahí mismo una de sus celebradísimas imitaciones off-court del campeón español, luego de que este acepta atestiguarla. Un detalle en extremo divertido cuando el juego no está ya de por medio y a la vida se le celebra sin complejos.
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En rigor, un duelista que juega sucio es un matón. Y uno que se distrae en sacarse los mocos sin pudor será probablemente un duelista muerto. Yo no sé si el deporte sea tan edificante como dicen, orondos, sus funcionarios, pero algunos seguimos admirando a aquellos que respetan las reglas de los duelos de pelota, quizás por ese niño que tiene una idea estricta de la justicia y aún se cree que son cosa de vida o muerte.

Despedidas

Diario Milenio-México (04/05/09)
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Humbert Humbert maneja entre lágrimas por un camino polvoriento en medio de la nada. La silueta que se recorta en la puerta de la casa es la de Lolita, la que agita la mano en señal de adiós definitivo, la que no quiso vivir con él y morir con él y todo con él, la que un día fue la luz de su vida y el fuego de sus entrañas, la que un día lo atrajo nomás por su taxonomía —era una nínfula o, como sentenciara José Luis Guarner, una nínfula con ínfulas— pero que, hoy que la ha perdido, se le revela objeto de un amor verdadero, de uno que no tiene reparo en ofrendársele aun si envejecida, aun si astrosa, aun si embarazada de otro, aun si incapaz de corresponder ese amor.
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Despedida romántica (versión desesperanzada).
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La película es malísima pero contiene una de mis secuencias favoritas en toda la historia del cine. Sean Penn es un estafador de poca monta. Madonna es una misionera no demasiado adepta a la postura del misionero (a fin de cuentas es Madonna) pero sí a curar el dolor de los heridos de guerra (a fin de cuentas sale de misionera). El capricho del destino los ha llevado a cruzar sus senderos: han corrido un cúmulo de aventuras (más bien idiotas e irritantes, por cierto) en el Shangai de los años 30, en un afán compartido por hallar un cargamento de opio tan ilegal como indispensable a ambos. En el camino, parecen haberse enamorado pero no se lo han dicho. Su misión ha fracasado y tal escollo los ha llevado a carecer ahora de un pretexto para seguir juntos. Una última cena y adiós. Sean camina con Madonna por las calles desiertas de un Shangai caótico, la encamina a un taxi negro y lustroso. Sólo aquí comienza la escena. Mientras suena una melodía desolada, compuesta por George Harrison y rasgada en esa guitarra que llora gentilmente, ella —rubia y hermosísima y aterida— aborda el taxi. Él le dice unas palabras finales, pretendidamente hilarantes pero en realidad amargas. Comienza a alejarse pero se arrepiente. Precipita medio cuerpo por la ventanilla del auto pero sólo atina a golpearse el cráneo. Ella se conmueve, le hace una caricia en la cabeza, ambos ahogan una risita y, finalmente, se besan. No bien sus labios se rozan, el taxi arranca. Ella lo sigue con la mirada mientras él recorre el callejón solo, perdido su paraíso apenas entrevisto.
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Despedida romántica (versión chabacana pero entrañable).
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Como Dorothy Parker dijo una vez a su novio, que te vaya bien. Como Colón anunció cuando se supo botado, fue divino, Isabel, divino. Como Abelardo dijo a Eloísa, no te olvides de escribirme de vez en cuando. Como Julieta exclamó al oído de su Romeo, querido, ¿por qué no encarar las cosas de una buena vez? Fue sólo una de esas cosas, escribió Cole Porter, ese coleporteur (es decir contrabandista) de las emociones. Una de esas cosas locas, una de esas campanas que tañen de vez en vez, sólo una de esas cosas. Y sigue implacable: adiós, querida y amén; ojalá nos veamos de cuando en cuando. Fue una gozada, pero sólo fue una de esas cosas.
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Despedida cínica.
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Juan García Esquivel fue un genio. Un músico innovador y experimental. De lo que nadie podrá acusar a Esquivel, eso sí, es de sinceridad: su música de departamento de soltero de la era espacial es pura pirotecnia, despliegue virtuoso y ensoberbecido de humor socarrón y de elegante espectacularidad. Hay, sin embargo, una excepción a esa regla: una grabación (y una sola) en la que el maestro tamaulipeco cede a la ternura y a la tristeza para entregar a la posteridad tres minutos y catorce segundos conmovedores. La canción es unstandard del cancionero popular mexicano: “Adiós, Mariquita linda”. Comienza con una guitarra que resuena dulce, a la que pronto se suma un piano insistente y neurótico —el del propio Esquivel— y después maracas acompasadas y plañideras. Conforme avanza, sigue añadiendo elementos: una guitarra de surf melancólica, metales funestos, un silbido solitario, una marimba paroxística, un coro espectral. Aunque la versión es instrumental, creemos escuchar el lamento de ese enamorado que se aleja de su Mariquita linda, que se va porque ya no lo quiere como él la quiere a ella.
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Despedida tristísima.
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Con esta entrega, termino la etapa de mi vida en que fui colaborador semanal de MILENIO Diario. Agradezco a Carlos Marín. Agradezco a Ariel González. Agradezco a Javier García-Galiano. Agradezco al generoso lector. Y digo adiós con una disculpa por no encontrar el adjetivo preciso para calificar esta despedida.