martes, diciembre 02, 2008

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-01/12/08)

PARA SORPRESAS
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Esas que siempre dicen que te da la vida, hoy al parecer se encuentran por demás escasas, ya que toda información que se revise parece no causar estragos en la conciencia del receptor. Las cifras de ajusticiamientos suben y van construyendo una realidad aparte, ya no nos incomodan, son sólo números, los recientes acontecimientos en el Municipio de Huachinango se minimizan como parte de un hecho aislado, ¿acaso los hechos aislados no son los que conforman el todo de una realidad histórica?
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El mundo al revés se ha instalado en el ánimo colectivo, me invitan a presentar mi más reciente novela “Se nos hizo tarde” en la delegación Iztacalco, y de pronto surgen algunas voces que censuran las llamadas malas palabras que conforman parte de mi discurso; pretendo hacer ver que decir tal o cual de aquellas llamadas malas palabras es parte del bagaje cultural, que no están siendo utilizadas para ofender a nadie, que no son dardos de insultos, ni nada que se le parezca, y la turba comienza a enarbolar las buenas conciencias, la actitud rijosa de mis censores me lleva a concluir de la mejor manera mi participación. ¿Qué será más ofensivo? ¿Un chingado, o un muerto? ¿La certeza ficticia del Secretario de Agricultura sobre aquello de que no ha faltado la comida en ninguna de las mesas de los mexicanos?
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Me traslado a Chiapas, en San Cristóbal de las Casas Marcos sigue siendo la mejor de las atracciones aún y cuando sus bonos hayan bajado dentro de la popularidad mediática, las indígenas recorren las calles de la ciudad, ya no tan sólo para ofrecer los ya clásicos zapatistas de estambre, chales, o cualquier otra artesanía, sino que ahora hay plumas, llaveros, encendedores con la figura del enmascarado, incluso se oferta también a Tacho y a Ramona, el idealismo de un ejército libertador convertido en símbolo de consumo.
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Reviso los periódicos y me entero de que los Chuchos han alcanzado el control absoluto del PRD, al parecer hay fiesta y en grande en la sede del partido albizul, la capacidad de asombro tiene sus límites, y parece que se han alcanzado con creces.
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Estamos próximos a iniciar los festejos navideños, y estos sin duda van a permitir que la cortina de humo aumente, ¿a quién le va a interesar la realidad nacional? Si los brindis siempre serán una parte importante para desear mejores tiempos, aún y cuando las bolas de cristal para predecir el futuro estén absolutamente enrojecidas.
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De todas estas estampas que acabo de enumerar ninguna genera extrañeza o desconcierto, todo parece previsible, imaginable, remuevo en el cajón de los desastres para intentar localizar una chispa de optimismo; lo revuelvo todo, salta Campanita, esa hada que vuela alrededor de Peter Pan en el país de Nunca Jamás, y mis recuerdos infantiles de cuando me enamore platónicamente de aquel ser alado contribuye para que ahora si exista un poco de sorpresa en mi desgastado ánimo.
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Opto por conservar el enamoramiento platónico, a pesar de saber que se debe sobrevivir en este mundo al revés, ya que alguien podría decir por ahí que si se gasta demasiado el ánimo, los sueños pueden comenzar a escasear y esa si que puede llegar a ser una mala sorpresa.

La noche del derroche

Diario Milenio-México (01/12/08)
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Bienvenidos, insolventes
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Hace tres días que ocurrió el Viernes negro. Algunos lo supimos horas antes, otros se relamían los bigotes ya de tiempo atrás. Contra lo que pudiera pensarse, no se trataba de otra quiebra financiera, sino de un subterfugio para combatirlas. Black Friday!, anunciaban los correos promocionales de Amazon.com, que por razones obvias evitan distribuir malas noticias. Y la noticia era que por el solo día que siguió a la cena de Acción de Gracias habría una venta con descuentos especiales, misma que en los locales comerciales ocurriría durante la noche. Hasta antes de anteayer, conocíamos en México esa clase de eventos como Venta nocturna, título ciertamente más estimulante que Viernes negro, aun si las conciencias perturbadas quieren ahora pintarlo todo de negro como antes preferían verlo blanco. Más allá, sin embargo, de tonos y colores, quien ha estado en alguna Venta nocturna sabe que no es difícil terminar padeciéndola como una noche negra.
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Ya lo dijo Rodríguez Zapatero, consumir es mejor para la economía. Si antes los compradores compulsivos eran vistos con desdén y reproche implícitos, hoy esperamos que sean ellos quienes vengan armados de billetes y tarjetas de crédito a rescatarnos de la gran debacle. Si en el crack anterior el horror comenzó a partir de un Martes negro, ochenta años después el Viernes Negro se dispone a salvarnos. Pero no es fácil, pues. Qué más quisiera uno que pasarse la noche comprando chucherías a 12 meses sin intereses —diríase planeadas para saldarse de aquí al próximo Viernes Negro— pero algunos pensamos en esa magna noche como un breve calvario premonitorio. Horas lentas en medio del gentío que acude a la vendimia con la misma mentalidad de los clientes de una venta de garage. Quiere uno aprovechar. Sacar ventaja. Abalanzarse sobre la mercancía con el temor de que otro la descubra primero. Se está, además, dispuesto a padecer numerosas penurias en el proceso, si ya la rebatinga general subraya lo especial de la ocasión, que por lo visto alcanza el rango de misión.
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Festín de sobregiros
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En el principio de las ventas nocturnas, el almacén lucía casi tan concurrido como en un día normal. No eran muchos los que se aventuraban a desvelarse en aras de las compras; había tiempo y espacio para despacharse a placer, y hasta algunos meseros que repartían vino entre la clientela —trampa mortal para los abusivos dispuestos a embriagarse sin pagar, y después a endrogarse sin remedio—. Una cuantas vendimias más tarde, la idea había prendido. Literalmente miles de personas acudían dispuestas a gastar cuanto fuera gastable, así ello supusiera gastarse el hígado entre la multitud que hace colas incluso para entrar a la tienda. Por no hablar de las escaleras eléctricas, cuyo ascenso o descenso toma de pronto cinco o más minutos de fila. Un ambiente de exceso, donde la contención está fuera de tono y la prudencia siempre puede esperar. ¿Quién querría padecer tamaños empujones y salir con las manos vacías, cuando el ambiente exige integrarse al festín y perder la cabeza just for one night?
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Nunca será el gustillo de gastar el dinero con el que uno cuenta comparable al deleite de dilapidar el que no se tiene. Ello explica quizás que hasta el par de horas que los clientes pasan intentando salir del estacionamiento formen parte vital de la diversión, pero sólo si antes han cumplido con el deber impuesto de salir desplumados de la tienda, tal vez haciendo cuentas alegres en torno a los ingresos probables para el año siguiente. Nada parece tan sencillo a la hora del derroche como ingeniar recursos numerosos para empequeñecer la talla visible de la deuda. Es factible, no obstante, que cuando llegue la hora de sufrir el endeudado realice milagros para salir del trance, y al paso de los doce meses de maromas se felicite por esos compras locas que de otro modo nunca habría hecho. Pocas cosas fastidian tanto la autoestima del cliente como la certidumbre de no haber hecho una compra inteligente. Y ese es otro ingrediente de las ventas nocturnas. ¿Quién va a tachar de torpe a quien obtiene un poco más por su dinero?
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¿Jo jo jo?
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Habemos, claro, los que nos engentamos. Es difícil no hacerse con una cosquilleante misantropía cuando se forma parte de una horda sin concierto cuyo factor común es la voracidad de un niño encerrado en una juguetería. Busca uno, ya engentado, los espacios más o menos vacíos, que sin embargo son tan aburridos como las oficinas de un club nocturno. Acudir a una venta nocturna y no comprar nada, o siquiera cuidarse de no gastar mucho, equivale a ser invitado a un gran baile y dedicarse a criticar a los que bailan. No se divierte uno, aun si así lo piensa y hasta se cree más listo que el resto sólo porque lo suyo es el ahorro. La idea imperante, al fin, consiste en que el ahorro verdadero sólo se da en mitad del máximo derroche, si al fin quienes más compran más ahorran.
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Quienes en numerosas ocasiones hemos caído redondos en los sofismas que ayudamos a construir sabemos que el malgasto no se justifica solo. Hay que ayudarle con los argumentos más estrambóticos, tal como suele hacerlo quien se enamora de la persona errónea. Hay veces, ya avanzada la madrugada, en que el insomnio acaba por llevarlo a uno a hacer compras nocturnas por internet, de modo que al final concilie el sueño por la satisfacción del gasto consumado. Lo de menos es si necesitamos el objeto comprado, basta al final cualquier razonamiento intrépido para justificar la transacción hasta darla por absolutamente necesaria. Antes, los compradores compulsivos temíamos ser tachados de consumistas; hoy se nos dice que nuestros excesos ayudan a salvar la economía. Tal vez no esté tan lejos el día en que los viernes negros se prolonguen por días o semanas para que todo el mundo se sienta Santa Claus y suelte un destemplado jo jo jo al salir de la tienda. Quién pudiera, como él, carcajearse a costillas de las cuentas que jamás pagará.

lunes, diciembre 01, 2008

Disculpa: no hay culpa

Diario Milenio-México (01/12/08)
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"Ni Freud ni tu mamá” es una canción —acaso la más exitosa— de la cantante pop mexicana Belinda. A decir verdad, es mediocre (pero pegajosísima): la despedida de una boba niña nice a su novio irresponsable e inmaduro, sembrada de los clichés habituales del género. El título, sin embargo, a medio camino entre Georges Bataille y Gordolfo Gelatino, se antoja una genialidad y una, además, que puede ayudar a preguntarnos por fenómenos tan extravagantes e incomprensibles que ni la perspicacia del padre del psicoanálisis ni la presunta sabiduría de nuestras cabecitas blancas bastarían para explicarlos.
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Ni Freud ni tu mamá, por ejemplo, resultarían de gran ayuda para comprender las reacciones al reciente video (apenas) sexual protagonizado por la dicha Belinda y subido a internet por un ex novio acaso despechado pero incontrovertiblemente cabronazo. Lo he visto ya (soy tan morboso como el que más) y lo resumo (también lo rezumo) aquí: la imagen, en blanco y negro, ofrece a una Belinda hermosísima, impecablemente maquillada y sugerentemente posada (tanto así que hay quien duda de lo amateur de la factura), que se afana (pero con recato) por alebrestar a un hombre del que no conocemos más que la voz en off, a un tiempo suplicante y divertida. En algún momento, la linda Belinda gira hacia el otro lado, se quita la blusa, muestra a la cámara una espalda espigada y flexible. El hombre, por supuesto, pide más; Belinda, púdica, se niega, ofrece un fugaz perfil y con él la sugerencia tenue y tersa de la silueta de sus senos. Fin del video, principio del caos.
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Que el video sea o no genuino —es decir genuinamente lúbrico e íntimo— es cosa que me viene huanga, como sin cuidado me tiene también la reacción de la propia Belinda, quien vive (o imposta, a saber) una suerte de choque psicológico a partir de su difusión. (En todo caso, no la habría creído capaz de la dignidad amazónica de esa Madonna que, cuando fueran vendidas a Playboy y Penthouse sus fotografías de desnudo de juventud, reaccionara ante tal escándalo con un lúcido y lucidor, liberado y libertario “I’m not ashamed”). Más me preocupa la violación a la intimidad que supone su aparición pública… pero no demasiado, dado que no hay verdadero dilema posible en torno a esto. Si, en efecto, el video fue subido a la red sin la venia de Belinda, hubo dolo y, por tanto, debería haber castigo, lo que habría de llevarnos a una urgente discusión en torno a derechos civiles e internet y, a partir de ella, a reformas legislativas: en eso, creo, estamos de acuerdo todos. Queda, eso sí, el asunto de la reacción primero mediática y después social al suceso: el hecho mismo, pues, de que haya mutado en escándalo.
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El tan llevado y traído y consultado video no muestra sino una cosa (amén del más bien casto atisbo de seno): que Belinda, como cualquier chica de 19 años —es decir mayor de edad—, tiene una vida sexual. ¿Justifica esto el circo mediático, el morbo social y el presunto quiebre emocional? Yo diría que no. De hecho, debería darnos gusto por ella.
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Ni Freud ni tu mamá podrían ayudarme tampoco en lo que toca a la comprensión de otro fenómeno social que me deja igual de perplejo: la molestia de algunos integrantes de la comunidad judía —al menos de eso he sido informado— ante la instalación del artista Miguel Ventura que, bajo el título de Cantos cívicos, se exhibe desde hace unos días en el flamante Museo Universitario Arte Contemporáneo. Cierto: la pieza contiene una enorme cantidad swásticas y parafernalia nazi, en lo que bien podría definirse como una suerte de Disneylandia del Tercer Reich. No ha hecho Ventura, sin embargo, una obra acrítica y menos apologética del horror hitleriano. Delirio multimedia que incorpora ratas vivas y amaestradas, imágenes pornográficas y referencias inclementes al mundo del arte, Cantos cívicos recurre a la iconografía nazi para hacer un llamado atencional, para erigirse en advertencia moral contra la seducción del mal. No soy judío pero sí amigo de muchos y admirador de su ecléctico y transnacional legado cultural; de serlo, sin embargo, mi reacción sería exactamente la misma: admiración ante lo que no es sino una condena lúcida y lúdica del horror pasado y acaso del horror por venir.
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“Disculpa: no hay culpa” canta Belinda en el estribillo de “Ni Freud ni tu mamá”. Lo mismo digo: disculpen ustedes pero, a mis ojos, ni en un caso ni en otro hay culpa (a no ser la de la estrechez de miras).

Van 44 mexicanos al Salón del Libro de París

El pabellón llevará por título 'México. Mosaico de diversidad', y reunirá a una delegación 'representativa' de la literatura nacional
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Yanet Aguilar Sosa, enviada
El Universal
Guadalajara, Jal. Lunes 01 de diciembre de 2008
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Al Salón del Libro de París, que se realizará del 13 al 19 de marzo de 2009 y en el que las letras mexicanas son las invitadas de honor, acudirán 44 escritores, entre novelistas, poetas, ensayistas y dramaturgos, que manejan un elemento común: la diversidad.
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El pabellón, que ocupará mil metros cuadrados, llevará por título "México. Mosaico de diversidad" y reunirá a una delegación "representativa" de la literatura nacional.
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Autores como Calos Fuentes, Jorge Volpi, Homero Ardjis, Héctor Aguilar Camín, José Agustín, Mario Bellatín, Carmen Boullosa, Gonzalo Celorio, Elsa Cross, Fernando del Paso, Álvaro Enrigue, Ximena Escalante y Guillermo Fadanelli, han sido invitados a participar en el encuentro literario.
Aunque se habla de diversidad, sólo dos de los escritores seleccionados son representantes de lenguas indígenas, se trata de Juan Gregorio Regino y Briseida Cuevas, quienes se darán cita al lado de otros narradores como Ana García Bergua, Margo Glantz, Sergio González Rodríguez, Mario González, Vicente Leñero, Angeles Mastretta, Carlos Monsiváis y Carlos Montemayor.
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Durante la presentación del programa que llevará México a París, Benoit Yvert, presidente del Centro Nacional del Libro Francés, aseguró que los criterios que se consideraron para seleccionar a los 44 escritores fueron cuatro: que tuvieran al menos una publicación en francés, que escribieran en lengua española, representaran la diversidad de géneros y tuvieran a México como lugar de residencia, pero no descartaron la "diáspora" que hay en las letras mexicanas.
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Sin un presupuesto definido, aunque sí con un diseño arquitectónico completo, a cargo del arquitecto Bernardo Gómez Pimienta, la presencia de México en el Salón del Libro en París, no se ciñe a las letras, llevarán exposiciones ---una de la cultura teotihuacana--, teatro, danza y otros espectáculos que den cuenta de la diversidad cultural.
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Como parte de los intercambios, al menos 20 editoriales francesas publicarán 34 novedades traducidas de los autores que asisten al encuentro que cuenta con la participación de Claude Fell, quien fue amigo y colaborador de Octavio Paz y quien conoce la literatura mexicana y quien estuvo a cargo de la selección de autores, entre los que podría no estar Juan Villoro, pues tiene problemas de agenda.
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La organización del Salón del Libro de París está a cargo de la Dirección General de Publicaciones (DGP) del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y fue la razón por la que Vicente Herrasti renunció a su cargo como director de la DGP a principios de este año, pues le quitaron a él la planeación.
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Nombres de los 44 autores que viajarán a París:
  • Homero Ardjis
  • Héctor Aguilar Camín
  • José Agustín
  • Mario Bellatín
  • Carmen Boullosa
  • Gonzalo Celorio
  • Elsa Cross
  • Breseida Cuevas
  • Fernando del Paso
  • Alvaro Enrigue
  • Ximena Escalante
  • Guillermo Fadanelli
  • Carlos Fuentes
  • Vilma Fuentes
  • Ana García Bergua
  • Margo Glantz
  • Sergio González Rodríguez
  • Mario González
  • Vicente Leñero
  • Pura López Colomé
  • Alain-Paul Mallard
  • Héctor Manjarrez
  • Ángeles Mastretta
  • Fabrizio Mejía Madrid
  • Carlos Monsiváis
  • Carlos Montemayor
  • Fabio Morábito
  • Guadalupe Nettel
  • Ignacio Padilla
  • Sergio Pitol
  • Elena Poniatowska
  • Juan Gregorio Regino
  • Daniel Sada
  • Alberto Ruy Sánchez
  • Jaime Alfonso Sandoval
  • Enrique Serna
  • Tomás Segovia
  • Martín Solares
  • Jordi Soler
  • Paco Ignacio Taibo II
  • David Toscana
  • Alvaro Uribe
  • Juan Vlloro
  • Jorge Volpi

sábado, noviembre 29, 2008

Aclaraciones.

Los cierres son exhaustivos, a veces el entorno aprieta, ahoga, como invitando a que uno vocifere: váyanse todos a la chingada.
Pero, no, uno debe aprender a calmarse.
Hay tanto alrededor: el qué dirán, el que no la debe y por razón justa, no debería pagarla; enseguida, el todopoderoso creador de lo que conocemos como vida, que está ahí, listo para degollar al idiota que no esté preparado para gozar de su imperio celestial y, antes, por encima de todo: la familia, ese apellido que uno carga sin haberlo escogido, a la que uno puede dejar en mal, por culpa de una mala decisión o una palabra, frase u oración, mal empleada por mi culpa, por su santa culpa, mi puta culpa.
Por eso ruego a quién se deje engañar por mi verborrea, que no me abandone en las tinieblas.
Me da tanto miedo la oscuridad.
La vida es corrosiva lo que no hace daño, no sabe. Lo que no mata, simplemente no es agradable.
Quizá por eso, desde chico he tolerado que pasen por encima de mí.
Hay que aprender a ser pisoteado, para después, chingarme a todos a gusto.
Y si alguien me pregunta por qué, le diré: es más humano que los lleve de la mano al camino que conduce a la chingada, a aventarlos a la deriva.

viernes, noviembre 28, 2008

jueves, noviembre 27, 2008

Ernesto Cardenal en Zacatecas

Diario Milenio-Puebla (27/11/08)
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Esta vez voy a reproducir para todos los interesados parte del boletín de prensa que recibí del gobierno del estado de Zacatecas y que contiene la programación del Festival Internacional de Poesía 2008, ahora con la presencia del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal:
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El antecedente del Festival Internacional de Poesía “Ramón López Velarde” se remonta al festival que desde 1982 se comenzó a organizar para dar a conocer las más recientes ediciones de la colección Praxis-Dosfilos.
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El Festival de Poesía se ha celebrado durante la primera semana del mes de diciembre y desde 1990 se ha honrado la obra de alguno de los más sobresalientes poetas, entre los que se podrían mencionar a Tomás Segovia, Jaime Augusto Shelley, Homero Aridjis, Eduardo Lizalde, Dolores Castro, Jaime Labastida, Sergio Mondragón, Alejandro Aura, Juan Gelman y Elsa Cross.
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Con el objetivo de conmemorar el 175 aniversario de la Universidad Autónoma de Zacatecas y el 25 aniversario del Festival de Poesía, en el 2007 se elevó al rango de “Festival Internacional de Poesía” y honra la obra no sólo de alguno de nuestros más notables poetas en lengua española, sino también extranjera.
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Y este 2008, entre los días que corren del 3 al 6 de diciembre, el poeta invitado es Ernesto Cardenal. Paralelamente el Festival Internacional de Poesía participa de la organización de la Feria Municipal del Libro, de una serie de exposiciones plásticas (individuales y/o colectivas) y de una ofrenda floral en la ciudad de Jerez a la inestimable memoria de Ramón López Velarde.
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Ernesto Cardenal nació en Granada, Nicaragua, el 20 de enero de 1925. Es sacerdote católico y poeta. Un destacado promotor de la teología de la liberación.
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De 1942 a 1946 realiza estudios de literatura en la ciudad de México y de 1947 a 1949 los continúa en Nueva York. En julio de 1950 regresa a Nicaragua y participa dentro de la denominada «Revolución de Abril» de 1954 en contra del régimen de Anastasio Somoza García. Por diversas circunstancias, el plan revolucionario fracasa y posteriormente Cardenal ingresa en el monasterio de Gethsemani (Kentucky). En 1959 lo abandona para estudiar teología en Cuernavaca.
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Recuerdo a Ernesto Cardenal recibiendo el Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Puebla en 1980, en el tercer patio del Edificio Carolino, de manos del entonces rector Luis Rivera Terrazas. Cardenal es autor de varios libros de poesía: Hora 0 (1960); Epigramas (1961); Oración por Marilyn Monroe y otros poemas (1965); Salmos (1967); Oráculo sobre Managua (1973); El Evangelio de Solentiname (1975); Nueva antología poética (1979), etcétera; y de los libros de memorias: Vida perdida (1999), Las ínsulas extrañas (2002) y La revolución perdida (2004).
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Entre los organizadores del festival, gracias al decidido apoyo de la gobernadora Amalia García Medina, están el ayuntamiento de la ciudad, el Instituto Zacatecano de Cultura, la Universidad Autónoma de Zacatecas, la Asociación de Libreros de Zacatecas, el Instituto Jerezano de Cultura y Dosfilos Editores. Allá los esperamos.

martes, noviembre 25, 2008

Historia y collage

Diario Milenio-México (25/11/08)
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Desde que escribo historia, que es mucho después de que empezara a escribir novelas, tuve la sospecha de que el público en general no lee libros de historia porque la gran mayoría, independientemente del tema que traten o la anécdota que intenten desarrollar, van escritos de la misma forma. Me refiero, por supuesto, a los libros de historia académica, a los libros académicos de historia que suelen explorar, por cierto, temas de suyo interesantes y anécdotas por demás amenas o escandalosas. Sin embargo, organizados de acuerdo a principios inculcados, ya subrepticia o ya de manera evidente, por manuales de reglas metodológicas o libros de consejos acerca de cómo escribir una tesis, muchos de estos textos se conforman de acuerdo a, y de paso confirman, una narrativa lineal en modo aristotélico, la cual incluye, a saber, tres pasos: la elaboración de un contexto estable y debidamente documentado; la descripción, de preferencia en gran detalle, del conflicto y/o hecho que ocurre en dicho contexto; y la producción de una resolución final o una lección, de preferencia ligada a un lenguaje teórico que incluya grandes conceptos. Esta narrativa, que tiende a reproducir una idea lineal, es decir, secuencial, es decir visual, de lo narrado, tiene como consecuencia el ocluir el sentido de impermanencia y de simultaneidad tan asociadas a las labores del oído y la presencia. Una escritura histórica en modo etnográfico, luego entonces, precisará de estrategias narrativas que contrarresten este fenómeno y abran las posibilidades dialógicas del texto. Y aquí es donde los consejos de Walter Benjamín, y sus peculiares notas para una filosofía de la historia, vuelven a hacer su aparición: el collage como estrategia para componer una página de alto contraste cuyo resultado es el conocimiento no como explicación del “objeto de estudio” sino como redención del mismo.
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Ciertos expedientes históricos suelen responder, de hecho, a una composición basada en un principio semejante. Me refiero, claro está, a los expedientes médicos. Aunque firmado por un doctor, el diagnóstico pocas veces es lineal o definitivo. Todo lo contrario: una lectura detallada de este material textual pone en evidencia que el diagnóstico, como el expediente mismo, es un constructo multi-vocal y, además, contradictorio. Para muestra basta un botón: he aquí una vez más el expediente de Matilda Burgos (no es su verdadero nombre), la enferma que hablaba mucho y que, por ello, se convirtió en el personaje central de un libro. En la boleta de admisión, la primera hoja del expediente de Matilda Burgos, se responde a la pregunta acerca de la causa de su admisión con las siguientes dos alternativas: Confusión mental amoralidad. Demencia precoz hebefrénica. La primera de estas anotaciones está conspicua y significativamente tachada. A manera de palimpsesto o de capa geológica, el expediente acoge ésta y otras revisiones pero sin borrar las notas precedentes y, de más importancia para el lector en modo etno-historiográfico, sin incorporar las nuevas versiones a las anteriores, es decir, sin normalizarlas. El texto, en este sentido, no sólo es una colección de marcas sino una colección de marcas o inscripciones en permanente y perpetua competencia. Una escritura histórica que se pensara ante todo como escritura tendría que proponerse como reto el encarnar en la página del libro este sentido de composición competitiva y tensa, esta estructura dialógica propia de e interna al documento mismo. El collage, así, no sería una medida de representación arbitraria o externa al documento, sino una estrategia que, en ciertos casos, en casos como el de Matilda Burgos, contribuiría a llevar al papel su historia y la manera en que esa historia fue compuesta a inicios de siglo XX dentro de las instalaciones del Manicomio General La Castañeda, que es donde ella estuvo. Así entonces, no basta con identificar “todas” las versiones posibles y rechazar sólo una, la versión final, sino que hay que mostrarlo. La función del collage es sostener tantas versiones como sea posible, colocándolas tan cerca una de la otra como para provocar el contraste, el asombro, el gozo—ese conocimiento producido por la epifanía no enunciada sino compuesta o fabricada por el mero tendido del texto, su arquitectura.
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Lo que esto significa en términos de la posición del autor dentro del texto, especialmente en una era en que se experimenta con la muerte del autor, es importante. El historiador en modo etnográfico que escribe de acuerdo a los principios del collage no puede preservar su posición hermenéutica como intérprete de documentos o como descifrador de signos. No se trata de un historiador que ande en busca de la verdad escondida de las cosas. Este otro historiador, y aquí utilizo un símil del mundo de la música contemporánea, cumplirá más bien las funciones de compositor o, aún mejor, de director de orquesta gestual muy a la Boulez. Lo cito: “El director debe tener en todo momento disponible en su cabeza, y de manera instantánea, el dibujo de la disposición, tanto más cuanto que los acontecimientos que se quieren suscitar no se producen de raíz de una secuencia fija, o porque dicha secuencia puede ser improvisada y puede cambiar en cualquier momento. Hay que “tocar” a los músicos, como si fueran las teclas de un piano” *. Hay que “tocar” a los documentos, parafraseo ahora, como si fueran las teclas de un piano. Y esto lo debe saber tanto el historiador como el escritor de novelas históricas.
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* Pierre Boulez, La escritura del gesto. Conversaciones con Cécil Grilly (Barcelona: Gedisa, 2003), 117.

lunes, noviembre 24, 2008

Oficio: Mini-Ministro

Diario Milenio-México (24/11/08)
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Se rifa estigma
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Casi todos podemos recordar la última vez que fuimos regañados en público. Una experiencia amarga durante la infancia o la adolescencia; peor todavía si ocurrió después. Puede uno soportar que le den trato de niño siempre que aún sea niño, de otramanera deberá cargar con el peso de una infumable humillación. Incluso para los testigos, a los que si algo queda de decencia les incomodará la situación, sentirán pena por el pobre infeliz que es sobajado en público y no le queda más que agachar la cabeza, o en su caso ubicarse a la altura de la ocasión poniendo una impecable cara de imbécil. No quiere ni pensarlo el regañado, pero ya debería ir calculando que cada uno de los presentes tendrá algo qué contar en los próximos días. Tendrías que haber visto la santa cagotiza que le pusieron anteayer a Zutano.
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No me he repuesto aún del Hugo Chávez Show, el documental de la PBS que circula actualmente en internet (www.pbs.org), centrado en esa suerte de pedestal-patíbulo mediático que es Aló Presidente, programa de concurso que por igual reparte premios y castigos, desde el cual prácticamente gobierna Venezuela. A la cabeza de una junta televisada con la totalidad de sus colaboradores, aparece el promotor del Socialismo del siglo XXI, subido en la tarima del maestro-prefecto-director. Cada vez que un problema entra en escena, se le ve regañar con saña a sus ministros, que acuden al programa como el niño a cada una de las clases en una escuela militarizada y por supuesto no pueden responder más que con absoluta sumisión. Helos ahí, vestiditos de rojo, como la abrumadora mayoría de sus seguidores. Tiemblan, titubean, tragan saliva si el Comandante se refiere a ellos, pues les pedirá cuentas delante de todos y es probable que responder con la pura verdad los hunda para siempre. La única salida ya no decorosa, sino de menos ávida de supervivencia —el Comandante es muy capaz de despedirlos ahí mismo, al aire— es echarse la culpa del desaguisado, esperando que el acto de contrición merezca cuando menos el aplauso oficial, que tiene la ventaja de ser unánime. Nadie como ellos conoce ese dato que hace de su trabajo un oficio de alto riesgo: en nueve años, Chávez hizo ciento treinta cambios a su gabinete.
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Juez, parte y contraparte
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Debe de ser calamidad inenarrable para algún funcionario serio y responsable, saber que cuando llegue la hora de explicar a su jefe la situación, tendrá que hacerlo en acuerdo perfecto con las expectativas del Guionista, Productor, Director y Animador en Jefe, pues de otro modo será reprendido durante largos minutos, o hasta varias decenas de ellos, si tiempo es lo que sobra en el único programa del mundo cuyo animador decide a su capricho cuánto durará la emisión. Cinco, seis, siete horas, la señal está allí, para servirle. Qué distinto es, en cambio, cuando el jefe los ratifica en sus carteras ante el país entero, bajo el aplauso dócil de los presentes. Algo muy similar a lo que sucedía en aquellas ceremonias escolares donde los aprobados recogían triufantes sus boletas de calificaciones. Lo espeluznante es que esto sea serio. Ver cómo sudan frío bajo el uniforme, delante de un país que con toda certeza se ríe de su jeta.
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¿Quién no recuerda a alguno de esos profesores acomplejados y abusivos que tanto se esparcían martirizando públicamente a sus alumnos? El que ponía apodos, favorecía a sus lambiscones y ridiculizaba a sus bestias negras. Imposible oponerse al único mayor de edad presente, cuya fama de drástico le concedía poderes extraordinarios. Más si se toma en cuenta que cualquier adulto habilitado como maestro, prefecto y director tiene un poder enorme sobre los niños. Y el colmo es que las cámaras de Aló Presidente nos muestran a ese adulto convertido asimismo en padre de todos. El que denuncia, juzga, castiga, perdona y premia, nunca se sabe en qué orden. Se sabe, eso sí —sobre todo si uno trabaja para él y por tanto busca su beneplácito con ansias similares a las que le mantienen aterrado y alerta contra su mal humor— que salirse del guión es falta imperdonable. Por la majadería y la dureza que a su entender han merecido las interpelaciones que sugerían un error en él, así fuera de mera apreciación, se infiere que la única regla inamovible es que el jefe no puede equivocarse. ¿O es que hay otra persona adulta presente?
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¿Qué vas a ser de grande?
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Debe de ser extraordinariamente difícil ser un buen tipo —digamos, alguien consecuente con los dictados básicos de su conciencia— en tan comprometidas circunstancias, y más de uno acaso lo habrá conseguido. No hay que ser, sin embargo, politólogo para entender que los más exitosos en ese triste club de agachones vestidos de rojo no son los funcionarios serios, discretos y profesionales, sino aquellos cuyas declaraciones estridentes los ponen al parejo con el jefe, y hasta adelante de él. Tal vez sea una magnífica persona, pero he aquí que el pobre infeliz se mira apavorado día y noche ante la posibilidad de malquistar al jefe y caer de su gracia. Pero todavía, en público. Delante de enemigos, amigos, familiares, colegas. ¿Quién, que sea aguerrido en el discurso, no estará dando lo mejor de sí mismo a la causa del show, que es la que los sostiene a todos donde están?No es México un país ajeno al papelón del aplauso automático, donde hay un líder de palabra incuestionable vitoreado por una horda de obedientes. Por muchas décadas fue todo así, pero ni aún los casos más ignominiosos se acercan al de los ministros de Chávez, reducidos por el jefe y sus cámaras y micrófonos a meros monigotes de los que todo el mundo puede hacer mofa, y en su caso apuntar hacia ellos con el dedo del público desprestigio. Si la gente ve cada semana al comandante cagoteando a sus pobres ministritos, ¿quién va a culparlo a él de lo que no funciona? ¿Quién, que haya sido humillado en el trabajo, o de plano se sienta humilado por él, no quisiera cagotear de esa forma al que según su cargo es un señorón, y en realidad es sólo un ministrito? A todo esto, algunos dan ternura. Todavía creen, los inocentes, que cuando sean grandes van a ser como el jefe.

Tres monedas para Fuentes

Diario Milenio-México (24/11/08)
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En el aire
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Como con Ana y Bruno en el Barrio Sur. (El nombre del restaurante, por cierto, es el único real en este párrafo, por razones que bien pronto resultarán comprensibles para el lector).
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Bruno: Anoche en lo de Fuentes estuvo preguntando por ti Enrique Márquez. ¿Por qué no llegaste? Me dijo que habías confirmado.
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Ahora, en cambio, los nombres son reales: Enrique Márquez es uno de los dos secretarios técnicos —junto a Jorge Volpi— del comité encargado de las actividades conmemorativas del 80 aniversario de un conocido escritor. Fuentes es Carlos y, por supuesto, es ese conocido escritor. Y “lo de Fuentes” es la imposición de una medalla que el miércoles pasado le hiciera el gobierno de la Ciudad de México.
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Yo: Pues sí, me apena. Una de esas aventuras terroríficas en el tránsito: no logré llegar a mi casa sino hasta a las 8 y media.
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Ana: ¿Y por qué no te fuiste directo a la cena?
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Yo: Porque andaba en jeans; ni modo de llegar así: ya ni Monsiváis va de jeans a esas cosas. Pero voy a lo de hoy en la noche. ¿Ustedes van?
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Nueva aclaración: “Lo de hoy en la noche” es el estreno mundial de Santa Anna, ópera de José María Vitier con libreto del propio Fuentes, basado, claro, en la figura del controversial caudillo.
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Bruno: A mí no me invitaron.
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Ana:¡Ay, qué raro! A mí sí pero no sé si ir... Ya ven que luego las cosas teatrales a Fuentes nomás no le salen bien. ¿Cómo se llamaba esta obra horrible sobre Dolores del Río y María Félix? ¿El jardín de las violetas susurrantes?
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Yo: Orquídeas a la luz de la luna.
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Ana: Eso. ¡Ahora imagínense sobre Santa Anna! Va a ser como monografía de la primaria. Mejor deberíamos ir a Saks.
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Bruno: ¿A Saks… Fifth Avenue?
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Ana: Sí: hoy hay 50 por ciento de descuento en toda la tienda. Y no me negarán que la calidad de Saks es más consistente que la de Fuentes.
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Recordamos Los años con Laura Díaz y reímos con justicia. También con crueldad.
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Cruz
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Cae la moneda y pierde Saks (una venta) y pierde Ana (un Armani de rebaja) pero gana Santa Anna (una espectadora, lo que no le cae nada mal, puesto que el teatro, aunque plagado de rostros reconocibles, no está lleno sino a las dos terceras partes).¿Y qué tal la tal Santa Anna? Más o menos… tirando a menos. Una ópera, sí, pero con mucho (y muy innecesario) de teatro de revista. Mucho chiste malo. Mucho son jarocho y mucho zapateado metidos con calzador. Mucha grosería evidente y populista. Y un personaje —una Muerte travesti pero cliché, vestida de calaca de Posada— que ni los buenos oficios de Hernán del Riego logran salvar de la gratuidad.
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Cierto: la puesta en escena de Lorena Maza es dinámica y elegante. Cierto: la escenografía de Mónica Raya es a un tiempo pertinente y espectacular. Cierto: Fernando de la Mora es un Santa Anna espléndido (he aquí un raro cantante de ópera que nunca se olvida de que, por definición, es también un actor). Y, aunque la música de Vitier habría de resultar demasiado moderna y pretenciosa para la mayoría, en lo que a mí respecta, su osadía, su eclecticismo y su humor me sedujeron. El problema entonces tendrá por fuerza que ser —¡ay!— el texto.
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A la salida me topo con Ana. Anticipaba ya su frase: “¿Viste? Mejor hubiéramos ido a Saks”.
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Cara
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La moneda vuelve a caer, ahora del lado de Fuentes. Sí, Santa Anna es una mala ópera. Sí, Los años con Laura Díaz es una mala novela y Todas las familias felices también. (Sobre la recentísima La voluntad y la fortuna no puedo pronunciarme todavía, puesto que no la he leído.) Y, sí, supongo que La región más transparente no ha envejecido demasiado bien. (Eso me dice Bruno en nuestra comida. En cuanto a mí, no la he leído más que una vez, a los 15 años, cuando me pareció portentosa; concedo, sin embargo, que en esa época también me daba por pensar que las canciones de Mecano eran pequeñas maravillas.) Pero están Aura y La muerte de Artemio Cruz y Gringo viejo, las tres perturbadoras y conmovedoras y notables, lo que bien podría validar la vecindad mítica de Fuentes con Rulfo y Arreola, escritores ambos de una sola novela que, por tanto, solo una pudieron aportar a nuestro canon. Y más allá —eso también me lo dice Bruno— está Fuentes mismo, que ha sabido pensar México en el tránsito de la revolución a la democracia y de la modernidad a la posmodernidad, que antes que un escritor se antoja un intelectual y uno inteligente. Será por tanto la suya una voz no sólo atendible pero indispensable.(Lo que por otra parte no me lleva a disculparle su Santa Anna).

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-24/11/08)

LA SOMBRA
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En el cajón se esconden los recuerdos, las mentiras, alguna que otra lagrima extraviada, un inservible clip, las monedas de poco valor que estorban en la bolsa del pantalón, un recado ya sin urgencia, el souvenir del viaje que termina incomodando y no se sabe en realidad los motivos por los cuales se adquirió, incluso ahí puede que también habiten las telarañas del pensamiento, de la existencia y de la vida misma.
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No existe cajón ordenado, en ellos simplemente se vierten cosas, objetos, ideas, situaciones, nostalgias, tan es así, que cuando se acude por algo que se sabe se encuentra ahí almacenado, se tiene que revolver todo, y luego el desconcierto nos atrapa para preguntarnos a nosotros mismos ¿Qué hace esto aquí?
Al momento en el cual asoma algo que nuestra memoria no ubica los motivos de como aterrizó aquello a ese espacio.
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Por estas y muchas razones más, es por lo que se ha elegido titular a esta columna semanal “El Cajón del Desastre”, ya que no sólo se trata de desempolvar todas aquellas sustancias por ahí dispersas en los cajones sociales, culturales, mentales, sino porque además, es evidente el desastre que hoy día se aprecia en el ambiente de Puebla, México y del mundo en general.
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Tan existe angustia y preocupación para que no “cunda el pánico” como diría aquel personaje de antenas ridículas y traje rojo de la televisión mexicana, entre la percepción de la sociedad, que se pretende inyectar un somnífero mediático con mensajes del tipo: “tu siempre has luchado”, “no existe crisis que nos pueda vencer”, “hoy somos más fuertes” y demás frases impregnadas del peor sentido de libro de superación personal.
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Se había dicho que el catarro económico de los gringos no nos provocaría estornudo alguno, y MADRES, la friolera ha provocado una temblorina absoluta, se insiste en demostrar que el accidente aéreo en el cual perdiera la vida el Secretario de Gobernación se debió a falta de pericia, falla humana, turbulencia o cualquier otra circunstancia que evite la especulación sobre un atentado, y claro, ¿cómo se podría reconocer que la vulnerabilidad llega hasta el segundo hombre en la jerarquía política?
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Me apetece soltar la hipótesis, que para mí es convicción, que sin duda estamos peor que en el siglo XIX, ya que en estos inicios del XXI la brújula política parece sostener un imán debajo, no hay orientación, hoy podemos ver el revestimiento del político, ayer panista, hoy priísta, del perredista disfrazado de panista y diversos ejemplos más, los antiguos antagonistas, hoy son aliados, la fecha de caducidad de las ideologías pareciera ser una constante del actuar humano; sumado a una crisis económica cuyos efectos van a llegar peor que tsunami, así como a un acostumbramiento del número de bajas por día. ¿Cuántos decapitados hubo el fin de semana? Pareciera que es la pregunta que nos hacemos en el presente, y no ya, el marcador del fútbol, o la tensión dramática de dónde se quedo la telenovela de moda.
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De ahí que la sombra esté recorriendo las consciencias, ya no se trata de aquella sombra de Marx que recorría Europa, habilitado en fantasma, ahora es un espectro negro que batalla por inhibir cualquier intento de colorido, por lo que habrá que consumir más de una pastilla que permita descifrar los tiempos, los espacios, la coyuntura, para insistir que la realidad no supere a la ficción, como de pronto estamos acostumbrados a suponer en nuestro país.
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Quedemos pues para el siguiente desastre, o en su defecto, para localizar colectivamente algo del cajón.

domingo, noviembre 23, 2008

Homenajearon Montemayor, Velasco y Volpi a Carlos Fuentes-(Diario Milenio/Cultura-22/11/08)

El arte de novelar, título de la mesa en la UAM; participó Poniatowska
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La mesa contó con figuras representativas del género, como Elena Poniatowska, Wendy Guerra, José Ramón Ruisánchez, Xavier Velasco, Vicente Herrasti, Adrián Curiel Rivera y Jorge Volpi.
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El narrador, poeta, ensayista y traductor Carlos Montemayor afirmó hoy que dos ejemplos claros de lo que es la novela son La Biblia (prosa) y La Odisea (verso), al presidir la mesa El arte de novelar III, organizada como parte del Homenaje Nacional que se rinde a Carlos Fuentes por sus 80 años, en la Universidad Autónoma Metropolitana.
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El Miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española señaló que el arte de la novela sigue convocando a grandes escritores, aunque desde hace mucho tiempo se ha augurado su muerte, sobre todo en el siglo XX. Subrayó que la novela es un género que ha sobrevivido al paso de los siglos.
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La mesa contó con figuras representativas del género, como Elena Poniatowska, Wendy Guerra, José Ramón Ruisánchez, Xavier Velasco, Vicente Herrasti, Adrián Curiel Rivera y Jorge Volpi.
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Ante un escaso público, el acto se inició con la participación de Herrasti, quien refirió que su historia como novelista arrancó cuando, durante el tercer año de primaria, su maestra le encargó que escribiera una historia, una novela. “Tomé un libro clásico de mi casa. Tomé los párrafos que me interesaron y eliminé los que mi impaciencia de niño me señaló, por inútiles. Al otro día lo presenté a la profesora, lo leyó y me lo devolvió. Luego, me pasó al frente y me pidió que lo leyera para toda la clase y eso hice”, dijo Herrasti.
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El resultado fue que la maestra lo reprendió al decirle que no podía ser cierto, “seguramente te lo escribió tu papá; así pasa siempre, los padres maleducan a sus hijos al hacerles la tarea”. Eso, confesó, no supo si lo hizo feliz o infeliz, pero así sucedió.
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Indicó que 10 años después volvió a intentar hacer una historia, ahora sin plagiar, y fue cuando nació un maridaje que hasta la fecha existe. En tanto, Velasco y Curiel coincidieron en que sus inicios en el arte de novelar giraron en torno al antiacademicismo y en ocasiones la escritura fue un escape de la realidad.
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Volpi leyó un texto de familia y Guerra, quien viajó de Cuba para tomar parte en el homenaje, preparó un texto que tituló El síndrome de Scarlett O´Hara.

jueves, noviembre 20, 2008

Latinoamérica, gesta de literatos: Padilla-(Intolerancia diario/Cultura-Notimex-20/11/08)


Tras asegurar que “Latinoamérica es una novela con novelistas”, el mexicano Ignacio Padilla, premio Juan Rulfo de Literatura y profesor en la Universidad de Edimburgo, advirtió que en esa zona del mundo se gesta una importante generación de literatos.
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Al tomar parte en la mesa uno del ciclo “El arte de novelar”, que se inscribe en el homenaje que se rinde a Carlos Fuentes por sus 80 años de vida, Padilla recordó que en una vez el peruano Luis Alberto Sánchez sentenció que “Latinoamérica es una novela sin novelistas”, a lo que Fuentes contestó que “sí los tiene”. Comentó que han pasado muchos años y a la fecha sigue convencido de que “Latinoamérica sigue siendo una novela con novelistas, con muchos y extraordinarios autores. La obra de Fuentes es clásica, junto con otras de autores de esta región, para la generación mía, nacida en el año de 1960”.
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Crisis
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En el aula magna del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dijo que él nació con la palabra crisis como primer vocablo aprendido. “En estos meses de crisis y recesión mundial, esa condición parece que se reafirma y afianza”. En medio de esa vorágine, y ante la fatalidad del panorama económico, “asistimos ahora a un arte de hacer novelas, a pesar de que antes algunos escritores se llegaron a convencer de que no eran novelas lo que se debía de hacer. Los necios dijeron también que el fin de la novela había llegado”. Padilla, quien compartió la mesa con los mexicanos Cristina Rivera, Hernán Lara Zavala y Luis Felipe Lomelí, así como con el canadiense David Homel, todos ellos presididos por el nicaragüense Sergio Ramírez, aseveró que “hoy descubro un afán por declarar que la novela está viva”. De esa forma, explicó que fuera de esas monstruosidades descubre un deseo novelístico en él y en sus contemporáneos, “y percibo una natural necesidad de dar vuelta al equilibrio de la novela, porque en México y en Latinoamérica, en la novela en español en general, sí hay novelistas”.
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Convicción de novela
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Señaló que “hemos realizado el exorcismo para volver a la convicción de que la novela tiene una poderosa raíz entre la fuerza y la razón de los escritores, por eso, es falso que alguna vez Latinoamérica haya sido una novela sin novelistas, como lo señalara, hace años ya, el crítico Sánchez”.
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Aseguró que “en este momento se escriben más novelas que nunca. Entre otras cosas, para celebrar que Latinoamérica es una novela con muchos novelistas, como lo dijo uno de los máximos exponentes de ese género en lengua española de éste y el siglo pasado, Carlos Fuentes”.
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Parábolas
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En tanto, el escritor y editor Hernán Lara Zavala, autor de cuentos, crónicas y novelas, ofreció una retrospectiva sobre los artilugios literarios a los que ha tenido que recurrir a lo largo de su carrera para hacer novela. “Recurro a parábolas, parodias, hipérboles y prosopopeyas”.
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Cristina Rivera, escritora y profesora en una universidad de California, Estados Unidos, dijo que las palabras fundamentales para que pueda iniciar, desarrollar y concluir con éxito una novela son “orilla”, “respiración”, “política” y “no”. Luego, Luis Felipe Lomelí, premio nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), dedicó su texto “El arte de enamorar” a Julio Cortázar, en el que pone de manifiesto que esta sensación tienen una gran similitud con escribir novelas: en ambas cabe o no el amor.
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Finalmente, David Homel, autor de cuatro novelas para adultos y dos para niños, habló de la muerte de su padre, a los 85 años, en 2000, y “como me quedaron muchas preguntas por hacerle, lo reviví en una novela, y como yo soy el jefe de ella lo hice hablar a mi entero gusto y satisfacción”.
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Nacer en carestía
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Dijo que él nació con la palabra crisis como primer vocablo aprendido. En estos meses de crisis y recesión mundial, esa condición parece que se reafirma y afianza, señaló.

martes, noviembre 18, 2008

Un martes como hoy...

Los días en Puebla suelen ser inexpresivos, rutinarios y sin sorpresas extraordinarias. A Puebla hace mucho que le falta vida.
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Caminar todos los días por el centro de la ciudad se hace vuelto para mí algo necesario por casi ya 8 años. A veces uno se encuentra los familiares, conocidos. Comúnmente cuando recorro las calles céntricas de la ciudad angelopolitana lo hago en compañía de algún o amigo, pero últimamente y para mi fortuna, lo he hecho siempre al lado de mi novia Carmen. Pero hoy ambos llegamos tarde a nuestra cotidiana vida en el centro, la clase que nos obligaba llevar temprano está en stand by por una semana. En el trayecto que tengo que recorrer de la 2 ote y boulevard 5 de mayo a mi facultad, decidí caminarlo con calma, disfrutarlo. En dicho trance me encontré con Sampedro quien me pidió lo acompañara dejar un paquete a correos de México de la 2 ote, luego nos encaminamos para la facultad, pero yo lo deje a la altura del carolino y la entrada del hotel Colonial, para pasar a comprar mi periódico, acto seguido camine por la 3 ote rumbo a la facultad, cuando escuchó una voz que grita: ¡Alfredo, Alfredo!, volteo y era ni más ni menos que Gerardo Pablo, amigo de años y trovador de alto nivel que hace ya muchos años dejo Puebla para ir a radicar a Tijuana, donde ha podido encontrar lo que necesitaba para terminar de consolidarse.
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No pude evitar sonreír. El reencuentro con alguien que uno admira y hace años he dejado de verlo, siempre será motivo de alegría. Pero cuando es alguien que destaca y emigra, aunado a la lejanía y el escaso contacto, se puede apostar ciegamente por el olvido. Pero no, Gerardo aún se acordaba de mí.
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Momentos como esos provocan la alegría de saber que uno ha podido sembrar un amigo sincero que siempre estará presente, a pesar de la distancia.
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Volver a saber de él, hizo de este martes inolvidable.
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Pd. Para más detalles acerca del mismo tema, pero con otra variante visite el blog de mi adorada novia que es Carmen: http://otroblogdekrmnlilith.blogspot.com

La confesión más transparente/80 años de Carlos Fuentes-(Diario "El Columnista" de Puebla-18/11/08)

A un lado del monitor de la computadora en la cual me siento cada noche a navegar por el mundo, usando un teclado y un mouse como guías turísticos, tengo una edición especial de “La región más transparente” de Carlos Fuentes. Dicha novela viene con comentarios de Julio Cortazar, José Lezama Lima, Fernando Benítez, Salvador Elizondo, José Alvarado, Luis Cardoza y Aragón, Salvador Novo y Miguel Ángel Asturias. Fue hecha, supongo, hace diez años, pues en su contraportada afirma ser una edición conmemorativa a los cuarenta años de su edición, y este año cumple el medio siglo de haber sido publicada por vez primera. Entonces me pregunto: ¿Y la parafernalia escandalosa para celebrarla?, ¿acaso es menos importante que “Cien años de soledad”?, ¿no se supone que Fuentes es nuestro gran escritor y “La región más transparente” su gran novela, que peca de ser fundadora de la nueva novela contemporánea mexicana y sepultadora de la novela revolucionaria?
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Como sea. Es sólo una opinión pues a nuestro Nobel sin Nobel le tengo guardada una considerada distancia; el Boom en general me causa un cierto aburrimiento, su discurso se me hace tan repetitivo, en fin. A Fuentes lo leí por vez primera en la secundaria: fue “Aura”. La novela o noveleta, debo decir, me gustó en demasía, pero jamás volví a toparme con un libro de Fuentes, lo respetaba y lo veía cada vez que salía en la televisión porque sabía que era y es ¡el gran escritor de México! –claro, después de Paz, todo es después de él-, pero lo veté cuando supe que vino a Puebla a recibir el “Honoris causa” de parte de la BUAP y leí en alguna nota periodística que por razones “ajenas a él” dejó esperando en la puerta principal del Carolino a un adolescente con casi toda su obra completa en espera para ser firmada por su creador. ¡Y él se había salido por la puerta trasera y no fue capaz de regresar! Llámelo sangronada o fruslería, querido lector, pero fue razón suficiente para que lo vetara.
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Luego, como con Paz, Pedro Ángel Palou me insistió en que debía leer a Fuentes por encima de mi veto: estaba perdiéndome una indispensable lectura. Haciendo caso a la invitación, cuando tuve la primera oportunidad de enfrentarme a otra obra cuentista, lo hice, y le tocó el turno a “La muerte de Artemio Cruz”. La leí con mucha atención, esmero y dedicación. La aplicación de técnica se me hizo muy buena, pero hasta ahí. Aunque hay escenas sumamente bien logradas, otras aburren. Recién leí “La Región”, y puedo afirmar con toda certeza, y a modo personal –una opinión siempre será así-, que efectivamente es una novela muy bien lograda, que prefiero al Fuentes de ésta novela que al Fuentes después de “Aura”, que me encantó mucho esta obra por la forma en que aplicó la técnica de Faulkner a lo mexicano, a lo Fuentes. Y ya.Ahora se celebran ochenta años de su nacimiento, las pasiones no tardarán en desbordarse, por lo tanto propongo que a Fuentes, de no recibir el Nobel en la edición que sigue, se le nombre presidente sentimental de México.

La construcción del suspenso

Diario Milenio-México (18/11/07)
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Me aficioné a leer al autor sueco Henning Mankell debido a los achaques y la soledad que caracterizan a Kurt Wallander, ese detective ya no tan joven que acierta tantas veces como falla a lo largo de los casos que le toca resolver. Cuando empecé a leer Pisando los talones, la novela en que un apesadumbrado Wallander trata de dar con un asesino a quien le molesta sobremanera la felicidad de la gente, me llamó la atención sobre todo el cuidado de la prosa. Estaba ante una intriga interesante, eso era cierto, pero sobre todo estaba incursionando en un mundo de oraciones cadenciosas cuya construcción enunciaba, página a página, el suspenso de la trama. Y de ahí pal real, como se dice. Poco a poco, conforme iba devorando los libros de la serie Wallander, el paisaje de Escania me fue resultando familiar: la cadencia de sus inviernos, la naturaleza de sus vientos racheados, el estado de sus carreteras, la belleza de sus costas. También poco a poco me fui sintiendo cerca de esa entidad conocida como “la inescrutable alma sueca” que, para mí, ha llevado desde siempre el sello de Hamsun, de Ibsen y de Bergman. Leí con mayor o menor gusto, pues, todos esos libros de Mankell sin considerar ni siquiera la posibilidad de que llegara a su fin, asumiendo de hecho que la serie Wallander sería infinita. Pero lo inimaginable pasó: la serie llegó a su fin. Y, traicionada, sufriendo las consecuencias de un abandono inconcebible, dejé de leer a Mankell. Pensé que si para él era tan sencillo deshacerse de Wallander, para mí tendría que ser igual de sencillo deshacerme de él y, sin más, di por terminada esa extraña relación amorosa que se fragua, al calor de páginas y personajes y escenas, con ciertos autores.
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No fue sino hasta hace poco que, beneficiándome de una donación de libros, volví a leer dos de sus novelas: Zapatos Italianos (traducida al español en 2006) y Profundidades (con traducción de 2007). Si no me los hubieran obsequiado, ahora lo sé bien, me habría perdido de dos experiencias importantes. Bastó recorrer la primera página de Zapatos italianos para constatar que me encontraba, una vez más, ante una escritura depurada hasta su punto máximo: ningún rodeo, ninguna innecesaria deriva, ninguna salida en falso. “Siempre me siento más solo cuando hace frío”, dice la primera frase y, antes de dar por terminado el segundo párrafo, esto: “La vida es una frágil rama que se mece sobre un abismo”. Bastó también leer las páginas de Hielo, la primera sección el libro, para comprobar que las profundidades del corazón humano no le son desconocidas a un Mankell de 60 años, cada vez más consciente del deterioro del cuerpo y de los extremos accidentados de la vida: el dolor, el perdón, el amor.
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La imagen es escalofriante: cada mañana un hombre de avanzada edad cava un agujero en el hielo para zambullirse en el agua helada con tal de sentirse vivo. El hombre, que alguna vez fue médico, es el único habitante de una isla a donde sólo llega, y eso de cuando en cuando, el servicio de correos. El hombre ha vivido así por los últimos 12 años de su vida, todo esto después de “la catástrofe”. Hasta esa isla desierta llega una anciana que avanza sobre el hielo con ayuda de un andador. Se trata de una mujer enferma de cáncer que, hace 37 años, él abandonó. Ahora, a punto de morir, la mujer ha regresado para pedirle que cumpla una promesa que él le hizo. “—¿Quieres saber por qué deseo ver esa laguna? De repente su voz adoptó otro timbre. Sí —confesé— quisiera saberlo. —Porque es la promesa más hermosa que me hayan hecho en la vida. —¿La más hermosa? —La única verdaderamente hermosa”.
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Cumplir una promesa tiene consecuencias. La anécdota, llena de recovecos por los que se deslizan personajes heridos y entrañables, personajes cada vez más alejados de los mundos de todos y más presas de sus propios mundos incomunicables, lleva al lector por los gélidos bosques que Mankell imagina como habitados por aquellos que hablan su propia lengua: “Yo creo que en estos parajes cada uno tiene su propio dialecto. Se entienden entre sí pero cada uno habla a su manera. Así es más seguro. En las regiones más remotas puede llegar a parecer que cada personaje constituye una raza aparte”. La evocación de las islas nórdicas y la descripción puntual de fenómenos climatológicos como la temperatura o los vientos hacen dolorosamente vívidas las costas agrestes de esos lugares apartados donde perviven personajes con poca capacidad para comunicarse pero con gran capacidad para resistir.
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Zapatos italianos no es una novela de detectives, pero en su centro palpita, como en toda novela que se digne de serlo, un enigma que no sólo es anecdótico sino que va construido de párrafo en párrafo del libro entero. El suspenso es, después de todo, una manera de narrar: una manera de frenar la acción para dejarla fluir luego, en otro sentido. Cuando, por ejemplo, el ex-médico husmea en la bolsa de mano de la vieja que ha llegado sin invitación ni mucha explicación de por medio a su isla, el narrador registra que encuentra algo pero, con sabiduría, con infinita paciencia y más malicia, deja pasar una o dos oraciones más antes de descubrirle al lector su contenido. “Estaba a punto de volverla a guardar en el bolso [una agenda] cuando vi que había un papel entre las páginas. Lo abrí y leí lo que ponía”. Hasta ese momento, el lector imagina que la información contenida en ese papel será importante, sin embargo, en lugar de darla a conocer, el narrador continúa con un punto y aparte. “Después, me fui al vestíbulo. El perro estaba sentado a mi lado”. El lector podría imaginar entonces que la información en el papel o no es importante o es tan importante que llegará sólo después. Lo segundo es lo que impera: “Seguía sin saber por qué había venido Harriet a mi isla. Pero lo que había encontrado en el bolso era un documento en el que se le comunicaba que estaba gravemente enferma y que le quedaba poco tiempo de vida”. Entonces y hasta entonces, Mankell da por concluido ese subcapítulo, iniciando el siguiente con una descripción del viento.

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-18/11/08)

Otro nuevo invitado a mi blog, hoy empieza a aparecer su columna en Cambio y también decido subirlo a mi blog.
Escritor polémico, otro poblano que sí destaca fuera de la ciudad.
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El jefe Paco
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El celular no dejo de berrear, era Guadalupe, quien con voz autoritaria por la noticia que recién había recibido soltó: “Nos tenemos que ir a México”. El sentido de su voz daba a entender que evidentemente algo había sucedido, mi sorpresa únicamente atinó a preguntar: “Qué pasa”, y claro, la respuesta trágica: “Murió Paco Uno”.
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Don Paco, el Jefe Paco, el gran conversador, el hombre todo generosidad, aquel patriarca de una zaga familiar llena de historia, para quienes la tragedia nunca ha impuesto sus reglas, casa en la cual la puerta ha estado permanentemente abierta para recibir al perseguido, al amigo, al golpeado, al exiliado, al extraño con una historia de viejos fantasmas colgados de cualquier saco.
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Paco Ignacio Taibo I, es más que un personaje de las letras mexicanas y del periodismo cultural de México y España, es el ejemplo de lucha, con la capacidad de nunca haber apostado en balde los sueños, las utopías, la consciencia, el deber ser; perteneciente a una generación tardía del exilio español, supo contribuir al reforzamiento del ser mexicano, transito por diversos medios de comunicación masiva, fue jefe de información de la actual Televisa, y su salida de aquella empresa ha recorrido legendariamente la anécdota, ya que es el único que se atrevió a insultar en su propia cara al implacable Emilio Azcarraga (el Tigre), posteriormente llegó a ser Director de Imevisión, y su renuncia enfureció a la entonces hermana del Presidente José López Portillo, pero a pesar de eso no se amedrento, y mantuvo su postura, a pesar del linchamiento del cual pudo haber sido objeto.
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A partir de 1985 fundó la sección cultural del periódico El Universal, dando cabida a jóvenes escritores y periodistas, donde se desplegó una gran labor literaria, de crónicas, entrevistas y reportajes del más alto sentido profesional, espacio desde el cual llenó varios hoyos negros con su columna “Esquina Bajan” y sobre todo su famosa caricatura “El Gato Culto” el cual mantuvo siempre la frase punzante, correcta, única, para desacralizar todas aquellas falsas ideas de la cultura con mayúsculas, así como las reflexiones existenciales más irreverentes o la construcción de nuevos pensamientos, la lectura de dicho Gato, se hizo imprescindible en más de un lector de aquel diario.
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La urgencia de Guadalupe no podría contar con mayor espasmo de la propia realidad, aún y cuando teníamos conocimiento de su ya precario estado de salud, aquella noticia no se desea recibir nunca, y es que su monstruo favorito dejaría de estar presente para señalar, contribuir, opinar, apoyar, alentar…
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Con ese Jefe tuve la oportunidad de compartir varios viajes, anécdotas, carcajadas y copas, es de esas ofertas que la vida ha entregado y que sin duda uno aprecia por el valor que todo esto conlleva.
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Aquel jueves 13 de noviembre en la calle de Culiacán de la colonia Condesa en el Distrito Federal, la cita no se hizo esperar, llegaron lo que teníamos que estar, con la sensación de ser uno más de los huérfanos, además de Paco II, Benito y Carlos… al anochecer, la invitación para dejar fuera a la multitud y que los Taibo asumieran esta nueva realidad, provocó la despedida con los acordes de una gaita entonando la clásica “Asturias patria querida” que tanto le emocionaba, ante el debate sobre lo que se hará con las cenizas de este Jefe, los hermanos Taibo dudaron de hacer o no pública la disposición de Paco, hasta que Maricarmen, la compañera más que oportuna de toda la vida, explico que una parte será llevada a Gijón, su ciudad natal, otra a Nueva York, una más a París, sus dos ciudades predilectas, a las cuales hasta en el último suspiro regreso una y otra vez, y una cuarta porción en la ciudad de México… ¿en un gallinero? Es una de las versiones que ya corren, luego de dar dicha explicación, con su siempre dispuesto sentido del humor, Maricarmen terminó externando, no saber si alcanzaría o no tanta ceniza para cada espacio en los cuales eligió el Jefe como obvio descanso… Convocando a la evidente carcajada de los ahí reunidos para atestiguar que Paco Ignacio Taibo I sigue presente, vivo, único, como un fantasma que recorre consciencias y ánimos.
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Por último, cabe destacar que dentro de su obra literaria dos son los libros que a mi parecer son imprescindibles, uno, “Fuga Hierro y Fuego” recientemente reeditado por Ediciones B, donde no existe mejor descripción de lo que es Puebla y sus habitantes, novela que le ha otorgado a ese genial hombre la ciudadanía única. La otra novela, “Para parar las aguas del olvido” donde la imaginación de cinco niños y sus andanzas, provocan un bálsamo contra las tragedias que evidentemente originó la guerra civil en España.
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Sirva esta primera columna de Cajón del Desastre en el diario Cambio, como el reconocimiento de que hay hombres a los cuales se les debe decir JEFE, no por un puesto, no por la jerarquía, no por la capacidad de despilfarro, así como tampoco por la simulación, sino simplemente, porque el ejemplo de vida dice mucho más que todas las palabras y todas las imágenes, desde siempre QUE VIVA PACO.

lunes, noviembre 17, 2008

Destacan labor estética del crack-Federico Vite-(Intolerancia/Cultura-17/11/08)

El narrador Mauricio Carrera ofreció ayer a mediodía una conferencia acerca de lo que él denomina la “generación del umbral” en la Casa del Escritor, y aseveró que esta idea reúne a los escritores nacidos de 1955 a 1969.
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Destacó las vertientes histórico-sociales que originan a este grupo, el cual es amplio en cuanto a proposición estética se refiere.
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Habló, por ejemplo, de lo que considera autores representativos de la “generación del umbral”, como Cristina Rivera Garza, Mario González Suárez, Enrique Serna, Guillermo Fadanelli, Ana García Bergua, Ana Clavel, Eduardo Antonio Parra, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, David Toscana y Pablo Soler Frost.
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Efectivamente, Carrera hizo referencia a la ruptura planteada, en primera instancia, por los escritores del norte del país Eduardo Antonio Parra, David Toscana, ambos de Monterrey, y Humberto Crosthwaite, tijuanense.
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Señaló la vitalidad de estos autores, la forma en que han puesto de manifiesto un territorio poco explorado por la literatura mexicana: el desierto y la violencia.
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Carrera, desde el 2005 ha tratado este tema, incluso ofreció un curso para quienes se interesaran en entender hacia dónde va la literatura mexicana. De este curso se desprende la conferencia en la cual destacó el trabajo del narrador Enrique Serna; la ambición estética de los chicos del crack (Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Eloy Urroz), la creación de atmósferas y universos personales de Mario Bellatin. Enfatizó la obra de Guillermo Fadanelli, a quien considera el canon de la literatura basura en México.
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Hizo un apartado en cuanto a la obra de mujeres; las definió con una novela de Cristina Rivera Garza: Nadie me verá llorar. Rescata la labor, en cuanto a mujeres se refiere, de Ana García Bergua, Rosa Beltrán, Ana Clavel y la propia Cristina Rivera Garza.
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Mencionó que el crack fue un grupo que internacionalizó la narrativa en México, pues tras los premios que Jorge Volpi e Ignacio Padilla recibieron en Europa, se vio de otra manera la labor de los escritores de este país.
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¿Quién es Mauricio Carrera?
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Nació en la ciudad de México en 1959. Narrador, ensayista y periodista. Estudió Periodismo y Comunicación Colectiva en la UNAM y la maestría en Literatura Española en la Universidad de Washington. Ha ganado diversos certámenes literarios, pero este año obtuvo el premio nacional de cuento Rafael Ramírez Heredia 2008.

Sin cuanto de solaz

Nueva columna, nueva. Gran personaje y culto es Nicolás Alvarado.
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Diario Milenio-México (17/11/08)
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Hay en el James Bond de Sean Connery un coctel agitado pero jamás revuelto de los mejores ingredientes de la masculinidad cinematográfica. Rudo como Bogart, apuesto como Flynn, elegante como Astaire, ingenioso como Grant, atlético como Gable, el 007 de Connery logró encarnarlo todo para todos (y, sobre todo, para todas), hacer de Bond el héroe más longevo y más popular del siglo XX.
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Sin embargo, ni los diamantes son eternos —sorry, Miss Shirley Bassey— y, al tiempo, Connery terminó por decir nunca jamás. A su zaga (y, por cierto, a su saga) habrían de llegar George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan, todos James Bonds divisivos, aclamados por una parte del público y repudiados por otra, perdedores a la hora de la comparación con el original.
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Las cosas cambiaron con la llegada de Daniel Craig, cuestionado al momento de su selección como Bond —se le reprochaba, sobre todo y con frivolidad, ser el primer 007 rubio— pero entronizado universalmente, a partir del estreno de Casino Royale (2006), como el mejor 007 desde Connery, acaso el mejor de la historia.
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Su éxito, sin embargo, no ha de ser universal. Y es que una voz se permite disentir. La mía.
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El viernes pasado se estrenó aquí Quantum of Solace, la más reciente entrega de la serie y la segunda en la filmografía de Craig. Me gustó. Pero también será menester decir que me parece la peor cinta 007 jamás filmada. No que sea una mala película… lo que no hace de ella una película de James Bond.
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Craig me resulta el peor Bond posible pero no por razones capilares y ni siquiera actorales. (De hecho, es un espléndido actor.) Su problema es de clase: con su rostro de boxeador, sus músculos hipertrofiados y sus maneras bruscas resulta inverosímil al encarnar a quien, a fin de cuentas, no es sino un producto de la clase alta británica. El asunto no es menor: bien apunta el académico James Chapman que el quid de James Bond, tanto en la literatura como en el cine, es una irresistible mezcla de “esnobismo con violencia”. Y, en efecto, en Quantum of Solace Craig dispone del guardarropa de Tom Ford y los escenarios apropiadamente glamorosos para validarlo; lo que desentona, entonces, es él o, peor, su cuerpo de gimnasio, cuyos músculos parecen siempre a punto de desgarrar los lujosos trajes y cuyas manazas harían pensar en las de alguien que no sabe muy bien cómo usar los cubiertos. Un tanto, pues, para la violencia y ninguno para el esnobismo, lo que resta singularidad a Bond y lo hace intercambiable con cualquier otro héroe de acción.
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El problema mayor, sin embargo, no es culpa de Craig sino del guión, que priva a esta cinta por completo de elementos bondianos. No sólo no recurre Bond a sus frases habituales —“The name is Bond. James Bond.”; “Vodka martín, shaken, not stirred.”— sino que no hay villano grotesco ni chica mala en quien Bond opere un “reposicionamiento ideológico” —el término es del académico Tony Bennett— ni verdadera amenaza a Inglaterra o a Occidente. Por no haber, no hay humor en un Bond neurótico y vulnerable, que ahoga sus penas en Vesper Martinis que ni siquiera sabe identificar. Así, no sólo el héroe pierde sus atributos diferenciadores sino que la película misma se vacía de ellos para mutar en remedo de la serie construida alrededor del espía protoexistencialista Jason Bourne, ése que tanto mellara la popularidad de Bond en tiempos de Brosnan y que tanto influyera el casting de Craig y la reconcepción de la serie a partir de su ingreso.
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La estrategia de Quantum no es nueva: ya en 1989 —tiempo, como éste, de cambio de paradigmas—, Bond asumía el rostro de un Timothy Dalton oscuro, astringente y neurotizado, en una película —Licencia para matar— que, como ésta, lo mostraba obrar por venganza personal y en desafío a los dictados del MI6. El experimento fue un fracaso (constituyó, de hecho, la última cinta 007 de Dalton), lo que dice tanto sobre aquellos tiempos como el éxito de Quantum revela sobre éstos. El mundo post 11-S, post Irak y post crisis económica mundial en que vivimos no está para bromas ni para caricaturas, no puede darse el lujo de los lujos ni confiar en las certezas a fin de cuentas optimistas de la modernidad, ésas que constituyen el espíritu mismo de Bond. Así, en el cuerpo incongruente de Craig, Bond ha muerto o, cuando menos, degenerado. Bien lo dice la M de Judi Dench al inicio de la cinta: en estos posmodernos tiempos ya no está uno seguro de conocer a nadie.

Pretenciosos y errantes

Diario Milenio-México (17/11/08)
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1Para parirse en París
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Recuerdo que una vez, en años universitarios, cierta maestra hablaba con estirado encomio de un profesor allí presente, quien recién había vuelto de tierras francesas con la misión cumplida de escribir tres novelas tres. Más de uno entre nosotros opinó, en voz bien baja, que así habrían quedado las tales novelas, mientras el aludido miraba a la ventana, con lo que semejaba, a ojos extraños, una altivez ridícula; misma que nos daría mayor pie aún para pitorrearnos, no sin algún resabio de envidia estudiantil porque al fin a ninguno de nosotros le habría molestado seguir aquel ejemplo y largarse a algún sitio similar sólo para cumplirse una tercia de caprichos. Lo cierto, sin embargo, es que mirar la propia vida desde lejos equivale un poquito a reinventarla. Ser otro y aun el mismo, contemplarse de cerca porque se está bien lejos del origen, pensarse y si es posible ridiculizarse, de modo que al volver ya no sea uno el que era, o quizá lo parezca poco ante el espejo.
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He venido a París por unos días, no por supuesto para hacer una novela, pero sí para pergeñar una pequeña historia. Ver la ciudad por tantos vista, soñada y dibujada con los ojos de un extranjero voraz, perderse en ella abordo de una moto rentada y tratar de mirarla desde adentro. Una quimera, claro, pero asimismo una suculencia que implica la necesidad apremiante de no tanto extraviarse en la ciudad, como entre los sinuosos meandros de uno mismo. Nada es como lo vemos, tanto menos nosotros cuando creemos ser quienes los otros miran. Pero está la distancia. La extranjería. La deleitosa angustia de saberse más que nunca fuereño y pensar que se entiende claramente lo que hasta hace unos días parecía confuso. Uno se ríe de gente como el palurdo George W. Bush porque incluso con todas las facilidades nunca fue más allá de sus fronteras, si se exceptúan unas cuantas farras en tierras mexicanas, no lejos de la franja fronteriza. ¿Cómo esperamos que alguien comprenda su mundo, si nunca se ha dignado salir de él? Decimos que viajamos “para conocer”, parecería un tanto extravagante confesar que lo hicimos para conocernos. Y por qué no, también, para desconocernos.
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2Manhattan era un pueblito
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Alguna vez Woody Allen, que no solía salir de Nueva York ni ante la perspectiva de recoger un Óscar, declaró que no se sentía capacitado para respirar en ningún lugar que estuviera a más de quince minutos del Russian Tea Room. Le bastaría tal vez con saberse judío, y en consecuencia privilegiado por la visión del siempre forastero. Pero he aquí que incluso con tamaña filmografía a cuestas llegó el día en que tuvo que salir a filmar en Europa, por escasez de financiamiento local. Parece un chiste, abundan todavía quienes se niegan a creerlo. ¿O no es cierto que, de contar con capital de sobra, uno mismo pondría de su bolsillo para darse el gustazo de producir su próxima película? El hecho es que hoy por hoy Woody Allen es un judío errante, y más de uno pensamos que ya sólo por eso el viejo provinciano de Manhattan ha vuelto a nacer.
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Luego de ser un pelo francés y británico, Woody Allen se ha hecho otro poco español. Lo he comprobado anoche, tras pintarle un violín a la Ciudad Luz sólo para asistir a su desternillante Vicky Christina Barcelona, ejercicio de cosmopolitismo desatado en el cual el espasmo de la risotada una vez más se alterna con la reflexión íntima propia de la sonrisa. Pocos autores son capaces de esgrimir de tal modo la inteligencia, e inclusive tornarla un instrumento de sensualidad. Pero insisto, ahí está la extranjería. Si los nacionalismos y sus airados representantes nos parecen a algunos tan ridículos es porque no aprendieron a mirarse al espejo, ni se han visto jamás a la distancia. Basta con observar a Penélope Cruz consumando una escena de celos divertidísima para verse a sí mismo, en el recuerdo, fuera de quicio por motivos tan nimios como inmencionables. Es uno idiota con mayor frecuencia de la que se vería forzado a aceptar; Woody Allen lo sabe y eso da mucha risa, cómo no. ¿Y qué decir del celo patriotero, saturado de víscera y desprecio, que ha provocado en tantos compatriotas de Javier Bardem verlo estelarizando sendos filmes de Allen y los hermanos Cohen?
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3Pánico en los conformistas
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No quisiera uno tener que aceptar el miedo que provoca dar un paso hacia afuera de su zona de confort, pero igual no hay espacio más confortable y seguro que el interior de un cajón de muerto. Parece pretencioso que la gente “necesite” ir muy lejos para poder mirarse de cerca, pero si al cabo la intención es juzgar, parece propio de un acomplejado temerle de ese modo a la pretensión. ¿Peca uno de arrogante cuando intenta llegar más allá de sus límites? ¿No es, por cierto, un pecado conformarse con ellos y nunca más tratar de rebasarlos? Se cuentan con los dedos de un ciempiés aquellos arrogantes mediocrazos que se envanecen porque a su entender no precisan tomar la mínima distancia de su pueblo, ni aun de la provincia de sus conocimientos, pues sienten que con ellos tienen ya bastante. ¿Qué podrían aprender en otro sitio que no tengan bien claro en su rincón?
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Nunca leí una sola de las novelas que el profesor amigo de mi profesora vino precisamente a escribir a París, y ni siquiera recuerdo su nombre. Supongo que es muy tarde para celebrar que al menos él tuviera los cojones para escapar de sus fronteras naturales y atreverse a ser otro mejor, o al menos más osado que sí mismo. Lo imagino retándose, negándose, dándose al sufrimiento de volver a parirse con la enjundia que otros, yo entre ellos, tacharían más tarde de pretenciosa. Ojalá fuera uno, finalmente, todo lo pretencioso que hay que ser para vencer al miedo pueblerino que hace sentir tan cómodos a los mediocres. Si algo se le agradece a Woody Allen es que tenga tamañas pretensiones y nos deje de pronto juguetear con ellas.