martes, septiembre 09, 2008

De casa en casa

Diario Milenio-México (09/09/08)
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Es bien sabido que, junto con la pérdida de un ser amado o la falta de empleo, mudarse de casa es una de las actividades que suelen producir más estrés. Una mudanza implica, desde luego, el cierre de un ciclo, la descontextualización y eventual recontextualización de una vida, el inicio de algo que, si es cierto que es un inicio, es algo en sentido estricto desconocido. El entusiasmo y el duelo se confunden así para producir aquella poderosa sensación que Heidegger definiera como el dolor que produce la cercanía de lo lejos: la melancolía. El que se muda ya no está, pero todavía no llega. El que se muda observa su alrededor pero en realidad ve hacia atrás. Sublime retrospectiva. En entredicho permanente, el mudante observa, calcula, descuelga, empaca. Pero, sobre todo, el mudante palpa: los objetos convertidos, por obra y gracia del cambio, en historias condensadas que la mano descifra. Braille sentimental. Supongo que la tensión y el cansancio de la mudanza están íntimamente relacionados a esa súbita animación de los objetos. Esa taza que. Aquella repisa. La superficie de la mesa donde. ¿Te acuerdas de los zapatos? Esta cortina. Sobre la punta del mítico alfiler, el mudante ocupa un centro alrededor del cual el pasado danza.
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Es así como surge la casa.
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Justo como la respiración, la casa suele pasar desapercibida en su recurrente estar-ahí. Uno se acostumbra a entrar en ella, a deslizarse por sus pasillos o chocar contra sus paredes como si tal entrar o tal chocar fueran actos naturales. Cosas de la vida diaria. Uno abre o cierra sus puertas en realidad sin pensar. De conocerla tanto, pues, uno la olvida. Aún en el proceso de remodelación o fraguando el diseño de sus cuartos, uno olvida sus planos internos, los que permiten o no permiten la existencia de una salida. Pero con la lista de enseres y las cajas de cartón a cuestas, el mudante recapacita: uno es, después o antes de todo, el espacio que le da forma, la casa que lo oprime o lo arropa, la ventana por la que se puede mirar. Tengo la impresión de que es por eso, por la existencia a la vez explícita e invisible de esos inamovibles planos internos, que uno visita las casas de sus escritores favoritos. Más allá de la huella anecdótica de su presencia, lo que uno busca es el puente que va, y esto de manera por demás íntima, de la habitación a la página. Un principio de composición. Una arquitectura privada que, estando a la vista de todos, es, sin embargo o por lo mismo, invisible. El escritor vive, en el sentido más material del término, de la misma manera en la que escribe, y viceversa. Sólo los habitados narran.
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Es así como surge la página.
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En 1844, Edgar Allan Poe escribió The Purloined Letter, un relato en el que el prefecto de París pide ayuda a Auguste Dupin para encontrar una carta robada. Las autoridades saben quién la robó (un ministro con ojos de lince) y, en general, el lugar donde el objeto puede encontrarse (la casa del ministro). Sin embargo, después de una búsqueda minuciosa, acaso exhaustiva, los policías no pueden dar con ella. Dupin, quien está al tanto de que el ladrón es, además de ministro, poeta y matemático, llega a la conclusión que la carta no está escondida, cuando menos no de la forma convencional. Lejos de buscar el objeto en cajones secretos o en el hueco de las patas de la mesa, Dupin la rastrea en un lugar distinto: no en la profundidad de los escondites extraordinarios, sino en la superficie. Y ahí es, precisamente, donde la encuentra. A la vista de todos. La carta arrugada y puesta de revés parece otra, pero es la misma.
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Unos cien años más tarde, Jaques Lacan analizó este relato en su famoso seminario de los miércoles, curiosamente en la misma ciudad donde Poe situó su relato original. La lettre volée. Al psicoanalista le preocupaba, entre otras cosas, promover el siguiente principio: “que en el lenguaje, nuestro mensaje nos viene del Otro y, para anunciarlo hasta el final: bajo una forma invertida”. También se planteaba desde ahí la siguiente pregunta: “si el hombre se redujera a no ser más que el lugar de retorno de nuestro discurso, ¿no nos regresaría la pregunta de para qué dirigírselo?” Tal vez. Es muy posible que al psicoanalista, en realidad, le interesaran muchas más cosas pero, tal como él mismo lo afirmó a menudo, la verdad sólo puede ser enunciada a medias. En todo caso, no sugería Lacan dejar cosas a la vista para esconderlas mejor, sino llamar la atención sobre el hecho básico de que nada “por muy lejos que venga una mano a hundirlo en las entrañas del mundo, puede estar escondido en él, puesto que otra mano puede alcanzarlo allí”. El misterio es simple y raro al mismo tiempo, tal como lo había enunciado Poe.
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Hacia el final de la primera parte del seminario, después de verse confirmado en el rodeo por el objeto mismo que lo lleva a él, Lacan sentenciaba que una carta siempre llega a su destino o, en otras palabras, que el lenguaje entrega su sentencia a quien sabe escucharlo.
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Es así como surge la mudanza.

lunes, septiembre 08, 2008

Señores del tolete

Diario Milenio-México (08/09/08)
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Y si no fueran todos los que están?
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Siempre que uno escribe o lee una parrafada, espera que le lleve a un destino final; a diferencia de la realidad, las palabras escritas prometen, por el sólo hecho de hallarse ahí, alguna conclusión más o menos plausible. Tres semanas atrás, realicé en estas páginas algo muy parecido a un ejercicio ciudadano: quería preguntarme qué razones tendría una persona intrépida para volverse policía en la ciudad de México, pero al cabo no di con una sola. Sólo la sinrazón, o el afán manifiesto de corromperse, concluí no exactamente por mi gusto, podía llevar a cualquiera por un camino en tal modo sembrado de despropósitos. Más que una conclusión, parecía la ausencia total de conclusiones. Una ficción, al cabo, pues lo cierto es que la ciudad está repleta de policías, de modo que por pura ley de probabilidades parece fantasioso aventurar la idea de que no existe un solo policía honesto, o de perdida bienintencionado; si bien lo cierto es que éstos, dondequiera que estén, la tienen tan difícil que bien merecerían el calificativo de héroes.
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Si uno sensatamente se pregunta por la eficacia real de nuestra policía y se asoma a las cifras al respecto, acabará por no salir a la calle, o hacerlo acompañado de esa clase de paranoia que a la postre consigue imantar las desgracias que pretendía evadir. De ahí que algunos prefiramos confiar en las destrezas del ángel de la guardia, y a veces sumergirnos en el consuelo de la novela negra, donde mínimo existe un principio y un fin, amén de que es posible asomarse a las motivaciones de los participantes. Queda, no obstante, la sensación de haberse paseado por un parque temático o un planeta distante cuando se vuelve de una de esas novelas de Henning Mankell donde los peores crímenes son meras excepciones del comportamiento y las instituciones justicieras no nada más funcionan de una manera óptima, sino además sus miembros trabajan permanentemente preocupados por la impresión que causan en los ciudadanos. A lo largo de varios cientos de páginas, el lector es un sueco que paga sus impuestos y exige que éstos se administren como es debido. No faltaba más, pues.
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Regla mata excepción
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¿Qué razón tuvo en un principio Kurt Wallander, el ultrachambeador detective de Mankell, para volverse policía? Según éste confía al niño de once años que le hace la pregunta, su motivo es tan simple como el que debería tener cualquiera que se aboque a emprender un oficio determinado: creía que podía ser un buen policía. En cualquier sociedad que pretenda llamarse a sí misma civilizada, ese parecer basta para lanzarse a buscar suerte en la profesión, y en alguna medida encontrarla. Nada, en la vida cotidiana del policía Wallander, conspira contra ese propósito fundamental, como no sean los propios criminales, que como es de esperarse querrían demostrarle lo contrario. Ministros, funcionarios y leyes trabajan dentro de los límites razonables para que las personas vayan y vengan por las calles sin jamás esperar que el sistema pudiera traicionarlos, y acaso se encomiendan a la Providencia contra el curioso azar que los haría víctimas de una excepción.
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La última vez que descendí de una novela de Mankell hacia la realidad cruda y pelona, fue aterrizando en las imágenes de Tropa de élite, del brasileño José Padilha. Es ahí donde el protagonista, policía entrenado para operativos especiales donde matar no es ni con mucho una restricción, encuentra y se repite que el sistema de justicia no está allí para proteger a los ciudadanos, como a sí mismo. ¿Qué de extraño tendría que policías, funcionarios y políticos se coludieran con los criminales, cuando todos son parte del mismo sistema? Más raro, a todas luces, parecería que los socios se combatieran a sí mismos, especialmente cuando buena parte de los ciudadanos que los pusieron ahí no tienen cuando menos la educación bastante para alzar la voz y exigir cualquier cosa. Frente a una policía pobre y corrompida y un hampa siempre mejor provista, pagada y armada, toda esperanza de justicia queda en manos de un batallón de cien mercenarios incorruptibles y asimismo inconmovibles, expertos no ya en investigar sino en hacer la guerra contra el crimen. Una guerra perdida de antemano, que no obstante compensa a sus combatientes con unas cuantas cabezas sangrantes. Uno se refocila así en la certidumbre del personaje, cuando éste afirma que todo aquél que mata a un miembro de su batallón firma su propia sentencia de muerte. A como van las cosas, se diría que en una hipotética policía eficaz sólo cabrán dementes y fanáticos.
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Cínicos y contentos
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Aún sin entender cómo hace un policía inmerso en un sistema corrompido y disfuncional para llevar a cabo su trabajo, salto a otra muestra de violencia extrema: Ángeles del sol, también brasileña, dirigida por Mauricio Gonçalves. Noventa escalofriantes minutos dedicados a contar la historia de una niña nordestina secuestrada y forzada a prostituirse en una mina de oro de la Amazonia. Apenas una muestra insignificante de las cien mil niñas y adolescentes que, según se estima, viven hoy día en esta situación, solamente en Brasil. Secuestradas, violadas y esclavizadas, no pocas veces para el deleite de ciertos turistas, llegados de países civilizados donde esas canalladas son impensables, o quizá excepcionales. ¿Sirve de algo pensar que en mi país tal vez no sean cien mil?
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Me cuesta imaginar a un policía digno percibiendo un salario de mierda. Habría que ver quién logra combatir al crimen desde la indignidad y la miseria. Pero más que ponerme en el pellejo de uno de ellos —dudo que sea posible, por lo demás— me meto en los zapatos de un escritor de novelas negras y nomás no consigo eludir la sombra de ese sistema dado al autoblindaje y la inconsecuencia. Lo peor, me temo, es que la mera idea de un policía local incorruptible provocaría risas en el público lector. Entonces me pregunto si no será esa suerte de cinismo impotente la más grande esperanza de los criminales en uno y otro bando. ¿Es posible creer en una policía eficaz a la que nadie logra respetar? Henning Mankell, al menos, concluiría que no.

Breves notas

He terminado por fin de leer Ícaro de Sergio Pitol (Almadía, 2007), es sin duda una antología que sorprende y fascina. Leer a Pitol es un privilegio, es un autor que sabe llevar al lector de la mano, hace con éste lo que mejor le plazca y convenga, le narra sus procesos de escritura y lectura, le platica de sus aventuras al lado de otros escritores, le cuenta de la admiración que siente hacia lo escritores rusos e ingleses, lo lleva de la realidad a la ficción. Todo esto hace que sus libros sean indefinibles, pues mezcla relato, cuento, memoria, ensayo, a veces hasta noveleta. Y no queda otra mejor definición que antología. Antología de experiencias y conocimientos. Esta semana, si no pasa otra cosa, podrán ver un breve comentario acerca del libro en mi columna El guardián del diván.
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Ahora, leo con agrado la novela más reciente de mi maestro amigo Pedro Ángel Palou: Cuauhtémoc, la defensa del quinto sol. Novela que viene a cerrar su trilogía histórica que busca responder el por qué de las derrotas que ha sufrido este país desde la antigua Tenochtitlán hasta la Revolución Mexicana. Las primeras cincuenta páginas me han fascinado, sin duda, Pedro Ángel ha encontrado su voz narrativa, esa que lo define, como se dice en los talleres literarios, uno puede borrar el nombre del autor en la portada de la novela y se sabrá quién la escribió. En cuanto acabe, la comentaré brevemente en mi columna que escribo para El Columnista.
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Este domingo fue fatal, todo el día lloviendo desde las 4 de la mañana hasta las 7 de la noche aproximadamente. Carmen, mi novia adorada, ya me paso esa extraña costumbre de querer ir al baño cuando llueve, fui 5 veces en este día, ¡por dios! Hablando de Carmen y cosas personales, en este día lluvioso, fui a imprimir unas de las tantas fotos que tengo. Las fotografías no sólo sirven para buscar conservar algo de la memoria e historia personal, también son un instrumento que nos ayudar a darnos cuenta qué afortunados podemos ser. Tuve que elegir una foto con Carmen de cómo 25 que ya tenemos, también imprimí otras donde aparezco con Juan Villoro, Margo Glantz, Ignacio Solares, Sergio Pitol, Álvaro Enrigue y Cristina Rivera Garza, pura luminaria y estrella de la literatura.
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En la tarde de este lluvioso domingo estuvimos reunidos con parte de la familia de mi madre para festejar el cumpleaños de una prima. Es curioso, en eso que le llamamos sobremesa, se prestó la discusión acerca de lo pésimo que es Amanditititita, decían mis familiares: eso es algo que no debiera existir. Ofende al oído y el gusto musical. Pero ¿dónde dejamos a RBD, Tokio Hotel, Simple Plan, todos los de la Academia, el refrito mal hecho de Timbiriche, etc? No sé, mientras el populacho familiar asegura que Amanditititita apesta, en el canal 22 del CONACULTA uno se puede enterar que dicha cantante se codea con Monsiváis, Pitol, J. E. Pacheco, Poniatowska, además ¡los ha leído! Ya quisieran muchos disque artistas tener ese bagaje literario, además de la herencia, es ni más ni menos que hija del extinto Rockdrigo González. Y mientras nos poníamos a debatir de música, mis adentros lamentaban que no estuviera presente Carmen, quien seguro me hubiera ayudado a darles una amplia lección sobre oído y gusto musical.
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Mañana es lunes y de nuevo a la friega semanal, espero traiga mejores cosas. Ya se empieza uno a hartar de secuestros, descabezados, asesinatos, jóvenes imprudentes que se matan y matan a otros por ir a toda velocidad y ebrios, de políticos rateros que prometen el cielo y nos meten más a los inframundos de Dante, etc.

jueves, septiembre 04, 2008

Variaciones sobre la violencia

Diario Milenio-Puebla (04/09/08)

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Me he puesto a revisar ahora que he tenido tiempo, algo sobre la bibliografía literaria que contiene como tema la violencia y la impunidad. La condición humana es compleja, en verdad compleja. ¿Quién va a detener a quienes matan, violan, roban o atentan contra la inocencia, etcétera? A lo largo de la historia hay registros múltiples de grandes mentes psicópatas. Pero esas mentes se forman lentamente, en silencio y sin manifestaciones que prendan un foco rojo. Una primera condición: una mente así no sabe lo que es la culpa: no sabe lo que es el arrepentimiento y ve a sus víctimas como si fueran todo, menos personas. Y para eso no todos estamos preparados.
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En un reportaje que transmitieron en la televisión, vi el recuento que hicieron sobre la lucha que los gobiernos de México y de otros países han dado en contra de la delincuencia. Y las cosas siguen igual en el mundo. ¿Corresponde a la parte animal del hombre? Quizá.
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En realidad, como lo han comentado varios articulistas en los medios impresos, hace falta más –mucho más— que una marcha para terminar con el miedo –el miedo legítimo— que siente ya cualquier persona al salir a la calle.
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Muchos factores se reúnen para desembocar en el umbral del horror. Estamos viviendo en la zozobra, mucha gente se despierta por la mañana; es probable que salga a conseguir para comprar algo de pan y no creo con esto estar exagerando. Leo la página roja de los periódicos y me encuentro casos donde alguien asesina por una cantidad irrisoria de dinero, por celos infundados, por sospechas paranoicas. Cafres que sin precaución terminan con la vida ajena sin que nadie les ponga límites. Ésa es también la otra forma de la violencia. La impunidad cobra vida donde sea. Basta echarle entonces una ojeada a los medios, sólo basta eso. Algo tiene que suceder, me lo dicen las propias condiciones del país. No entiendo cómo se resolverían las cosas, pero me uno a ese ¡ya basta!, que se ha convertido en un clamor popular.
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Tomé el libro Los casos que más conmovieron a México (Ed. Populibros “La Prensa, 1978), y ahí se incluyen páginas terribles. Una pregunta que se hacen los especialistas investigadores: ¿cuántos delitos no se denuncian por miedo? Muchos, deben de ser muchos.
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En este volumen está el caso (el famoso caso) de las solteronas hermanas Villar Lledías, quienes tenían una fortuna en su casa. Al entrar a robarlas los malhechores arremetieron con todo, de ahí el dicho popular “se llevaron hasta el perico”. Este fue un hecho que estremeció a la sociedad mexicana de los años cincuenta.
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La violencia y la impunidad crecen como la mala hierba y no hay poder humano que logre detenerla. Sigo pensando que una manifestación simultánea para iluminarnos contra la violencia para algo ha de servir.
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Yo así lo espero. Ojalá en la reedición de Los casos que más conmovieron a México aparezca ya aquí el caso del notario que despacha cerca del Puente de Ovando y del pillo abogadete que me han defraudado. Y deseo que la violencia, el delito y la impunidad dejen de serlo algún día.

martes, septiembre 02, 2008

San Diego Alternativo / II



Diario Milenio-México (02/09/08)
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A los visitantes más tradicionales de San Diego de seguro los mandarán a merodear por La Jolla, donde las vistas del Pacífico son, sin duda, fantásticas. Pero con excepción del extraño espectáculo que ofrecen unas focas okupas que hace años tomaron por asalto la entonces llamada playa de los niños y el Déjà vu que remitirá a escenas cruciales de El amante del teniente francés, en versión de Meryl Streep más que de John Fowles, resultado de la caminata por la estrecha vereda de piedra que se adentra en el mar, en realidad el paseo ofrece pocas singularidades. La Jolla está repleta del tipo de cafés y galerías cuyo objetivo parece ser no distinguirse un ápice de sus pares y filiales en otras latitudes costeras. Hay que ir, por supuesto, pero no hay demasiadas razones para quedarse mucho tiempo ahí.
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Para vistas conjuntas del Pacífico y de la Bahía de San Diego yo prefiero Point Loma, especialmente el área que se extiende más allá de las bases militares y que rodea al faro que se inauguró con bombo y platillo en 1845, sólo para ser sustituido por otro mejor ubicado apenas unos 36 años después. Cosas extrañas suceden cuando uno le da la espalda a la tierra desde ese punto preciso del globo. Una novela, por ejemplo. La cresta de Ilión. El océano es apabullante de lo inmenso. El horizonte se pierde al parpadear. Hay algo de definitivo en la manera en que el agua toca los bordes del continente justo ahí, bajo el faro ciego. Si uno no vuelve el rostro, si uno logra controlar el vértigo o la ansiedad que provoca la inmensidad marina y no vuelve la mirada a tierra firme en busca de refugio o consuelo, entonces algo tiene que pasar por fuerza. Algo extraño. Algo como la frase no tener asidero. Algo como la imaginación.
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Para los neo-hippies, o los jóvenes con aspiraciones retro, no hay, sin embargo, mejor elección que Ocean Beach –cercada por comercios locales (y no la tradicional cadena de homogeneas trasnacionales que domina muchas de las playas no sólo de San Diego sino del mundo entero) y una plétora de pequeños restaurantes que van desde las hamburgueserías con decoración de los 50 hasta los todo-es-orgánico-aquí, este pueblo playero carece de pretensiones y de onomatopeya. Los militantes de causas sociales, los cazadores de antigüedades, los surfistas convencidos, los fumadores de mariguana y/o de tabaco, los pacifistas, los buenos para nada, los eskateros, los que huyen de las cadenas de la realidad, los dueños de perro (hay desde 1972 una playa para perros en esta área), todos ellos se sentirán comodísimos en un espacio que se mueve a contracorriente de los designios de la moda o el capital. A mí me gusta caminar por el largo muelle de madera donde se apostan los hombres con sus cañas de pescar a esperar a que pique la cena de la noche. Paralíticos o con sospechosos aromas a alcohol barato, los pescadores de Ocean Beach no son deportistas que pasan el rato sino personas con apetito. Alguien que pase las manos sobre el barandal de madera del muelle, podrá sentir las escamas que quedan después del ritual despedazamiento de los peces.
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A los turistas con familia de seguro los enviarán a Sea World o al muy famoso zoológico de San Diego. He aquí, sin embargo, dos alternativas para los que sospechan de las virtudes de los espectáculos del amaestramiento o para los que tienen bolsillos más bien pequeños. El acuario de la Universidad de California en San Diego es relativamente pequeño, pero guarda una variada colección de vida marina de la región, además de gozar de una de las vistas más hermosas del océano. Los niños se divertirán, además, tocando las estrellas de mar o el coral o el sargazo que se dejan a su alcance en pequeños contenedores en la terraza. El museo que documenta con textos, imágenes y objetos la historia de la oceanografía en UCSD también debe resultarles de interés. Claro que si todo falla, siempre queda la posibilidad de dar el salto que depositará a la familia entera en las arenas de la playa nudista donde, sin duda, nada será aburrido (al menos la primera vez).
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La segunda opción involucra un deslizamiento (inevitable) hacia la frontera. Se trata del estuario del río Tijuana –un sitio en apariencia olvidado (las oficinas muestran empolvadas aves disecadas que han conocido, no sé cómo decirlo de otra manera, mejor vida) que, sin embargo o por lo mismo, se ha convertido en el blanco de diversos grupos ecologistas. Lugar de descanso para aves migratorias, el estuario contiene también los estanques vernales donde se encuentran algunas especies en peligro de extinción, entre ellas la menta de Otay Mesa y los camarones de San Diego. Es del todo justo, o así me lo parece, terminar un recorrido alternativo de un San Diego eminentemente fronterizo con un paseo por un lugar que es, en sí mismo, signo de liminalidad y cruce. En el estuario embocan, es decir, se besan, las aguas del río y las aguas del mar. El estuario es entrada y abertura y grieta. Por ahí sobrevuelan las aves sin papeles que nos llevan, con fortuna, al otro lugar. A todos los lugares.

lunes, septiembre 01, 2008

Arde Manifestópolis


Diario Milenio-México (01/09/08)
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Del odio a la extorsión
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Escribo estas palabras lejos de mi ciudad y todavía en ascuas en torno a la marcha ciudadana del sábado pasado. Podría salir en busca de alguna conexión a internet y enterarme por vía del periódico, pero dudo que las próximas líneas necesiten de tal información, y hasta es plausible que sirviera de estorbo. Varios, entre quienes nunca antes hemos marchado por las calles en demanda de reivindicación alguna, sentimos todavía la cosquilla por hacerlo cuando parece haber un motivo apremiante y no asoman pastores a la vista. En un par de ocasiones lo intenté, mas he aquí que la presencia escandalosa de líderes en pos de arrebañar al personal hacía de la ocasión un despropósito espeluznante, ciertamente lejano del ideal de salir a las calles a manifestarse. Por no hablar de ese lastre indignante de los acarreados, toda esa pobre gente que marcha y se une al coro gobernante porque fue extorsionada desde el poder y no le queda más remedio que asistir. Dan ganas de marchar contra esas marchas donde los líderes, fascistas naturales, exigen protestar contra el fascismo, mientras la mayoría de los marchantes no acaban de saber para qué exactamente están ahí.
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Es común que en las marchas que se quieren “combativas”, los contingentes se detengan frente a la embajada norteamericana y prendan fuego a una bandera de barras y estrellas, sin más móvil que un odio abstracto, simbólico y estúpido que ya en la práctica no sirve para nada. Se entiende a quien protesta, no a quien odia. La promoción del sentimiento enfermizo por excelencia difícilmente sirve para demostrar más que la frustración y la escasez de ideas de esos agitadores callejeros de quienes nunca hemos oído una sola propuesta constructiva y viable, pues lo suyo es pedir airadamente lo imposible, para luego poder seguir protestando, que su negocio. Que esa gente se haya hecho con el monopolio de la inconformidad ciudadana es una humillación para los ciudadanos y una ofensa flagrante al raciocinio, amén de una razón para marchar, sólo que de verdad. Sin pastores, ni tortas gratuitas, ni infelices pasando lista a los presentes.
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Se alquilan inconformes
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No fue extraño que cuatro años atrás el caudillo del odio —LoLo, que lo llama Luis González de Alba en sus artículos de cada lunes, esos sí combativos, suculentos y valientes—, en su papel de jefe de Gobierno, despreciara a los cientos de miles que marcharon, al igual que anteayer, contra la ineficiencia policial y gubernamental. ¿Cómo le iba a gustar al señor de las marchas que una de ellas osara escapar a su control y, el colmo, que los marchantes acudieran por propia iniciativa, sin un solo pastor que los iluminara? Corría el final de junio de 2004 cuando aquellas imágenes me pescaron a solas en un cuarto de hotel, sólo para llenarme de una regocijada envidia porque no había podido estar ahí, aunque igual celebraba ante la pantalla y ya me preguntaba si aquél sería el principio de un verdadero movimiento ciudadano, toda vez que el poder hacía cuanto podía por minimizar tales avalanchas de espontaneidad cívica. Tampoco sería extraño, finalmente, que más de uno entre los convocantes fuera oportunamente cooptado por el poder local y convertido en su propagandista.
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Más de una vez se ha hablado de la necesidad de designar una zona específica de la ciudad como manifestódromo, cual si fuese posible acorralar a tantos contingentes de inconformes, genuinos u obedientes, cuya meta a menudo no es resolver problemas como exacerbarlos. De ahí que el arma favorita de los fascistas revolucionarios locales no sea ya la marcha, sino el plantón, que es una suerte de berrinche colectivo cuyo precio pagamos todos, menos la autoridad en teoría responsable. Será tal vez por todos ir detrás de esa caricatura de contraimperialismo que a nadie se le ocurre proponer una solución tan simple y democrática como la que permite a los gringos manifestarse a favor o en contra de lo que sea preciso, sin por ello tener que atropellar los derechos de nadie: la obligación civil de circular, pues en rigor nadie tiene el derecho de apropiarse de los espacios públicos, aun siguiendo la causa más noble. Ya quiero ver los rostros escandalizados de nuestros radicales conservadores ante una propuesta que les retiraría el santo privilegio del chantaje.
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La impostura al poder
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Pocas cosas me gustarían más que ahora mismo narrar lo sucedido en la noche del sábado, pero de poco serviría tanto entusiasmo si después es preciso esperar otro cuatrienio para que los pequeños ciudadanos volvamos a asumir nuestra mayoría de edad. Una ciudad donde la gente sólo se manifiesta cuando es arrebañada por pastores oportunistas, zafios y autoritarios no merece llamarse democrática, y desde luego no es gobernada por la izquierda, sino tiranizada por impostores anteayer genuflexos frente al poder priísta y hoy postrados ante un santón pedestre cuyos designios son inescrutables.
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No dudo que la marcha del sábado pasado sea aún la noticia del día, pero al fin las noticias van y vienen, camino del olvido. Es también de esperarse que unos y otros pretendan llevar a partir de ella agua a su molino. La pregunta sería, en todo caso, qué va a pasar con tanta indignación ciudadana. ¿Permitiremos, de aquí en adelante, que el fascismo amarillo siga ejerciendo el monopolio de la protesta, hasta que por fin surjan los otros fascistas, con sus debidos paramilitares, y quedemos nosotros en medio? Suena hasta demagógico decirlo: “permitiremos”. La protesta obediente ya nos ha acostumbrado a esos oradores que se empeñan en no permitir nada, como si tal fuera su atribución. Esos que antes estaban en el poder tricolor que aglutinaba a todas las mafias sindicales son los mismos que ahora juegan a las consultas populares y se entienden a las mil maravillas con personajes cuyos solos apellidos lo dicen todo: Bartlett, Murat, Camacho, Muñoz Ledo, vástagos todos del poder que ahora dicen desafiar mientras sueñan con un golpe de Estado que les devuelva el poder absoluto.
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Y en fin, ya me manifesté. Quiero seguir pensando, aunque sea por unos cuantos días, que soy sólo uno entre millones de inconformes que ya no se contentan con pantomimas.

domingo, agosto 31, 2008

Una cita, una cita.

"Cuando escribo algo referente a mi autobiografía -crónicas de viajes, ciertos acontecimientos en que por propia voluntad o puro azar fui testigo, presencias de amigos, maestros, escritores o artistas a quienes he conocido, y, sobre todo, las frecuentes incursiones en el imprevisible magma de la infancia-, sospecho que el ángulo de visión nunca ha sido adecuado, que el entorno es anormal, a veces por una merma de realidad, otras por un peso abrumador de detalles".
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Sergio Pitol, De cómo escribí mis primeras novelas (Ícaro, Almadía, 2007).

Breves notas personales

La escritura sigue durmiendo el sueño de los justos, esperando que la experiencia que me otorgará mi vida, me dé la visión o un recuerdo para tomarlo y sobre éste empezar a ficcionalizar, según Pitol en El oscuro hermano gemelo. Y hace mucho que no blogueo de manera correcta. Las actividades me han absorbido demasiado.
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Como muchos se habrán dado cuenta, en días pasados, estuvieron en Puebla Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue. Oírlos hablar acerca de su proceso de escritura y luego sobre sus novelas más recientes fue todo un deleite. Convivir con ellos fue igual de rico que beberse una nieve de limón nadando en una coca-cola.
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Estos días han traído cambios. El blog no lo sabe, porque no he podido escribirlo, pero tengo 4 meses y un cachito de tener novia; eso le ha dado un rumbo a mi vida inexplicable. De repente todo se torna de un color alegre, atrás quedó el sepia que iluminaba mi cotidiana vida.
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Israel partió rumbo a la sierra poblana, a cinco horas de Zacatlán, para impartir clases, un interinato. La fuga cada vez se vuelve más fugaz, que no extinta, más bien, se esparce.
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Académicamente estoy entrando en los últimos 100 metros de la carrera. Los seminarios que he escogido son llamativos, sumamente literarios, con Raquel Gutiérrez Estupiñan leeremos unas escritoras argentinas descocidas para mí: Paulina Movsichoff y María Rosa Lojo, mientras que con Prada Oropeza el asunto de analizar las novelas policiacas, detectivescas –o como él dice, de detección- será algo entretenido y con Gambetta pues lo interesante son las diatribas y vacilaciones que se presentan a la hora de confrontar el discurso historiográfico con la narrativa y la Historia.
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Mientras me peleo con la universidad y sus tareas leo el más reciente libro de Pitol, con la admiración natural que un niño pueda tener cuando empieza a descubrir el mundo, Ícaro se llama y fue editado por Almadía, a la cual le prometí reseñarlo en mi columna. Espero en esta semana poder terminarlo para así cumplir con mi palabra. En espera inmediata para leer está el libro de cuentos: Ningún reloj cuenta esto de la tremenda Rivera Garza, al libro de Pitol le antecedió Vidas perpendiculares de Enrigue, un libro que me ha dejado anonadado con su limpia y espectacular construcción narrativa, un bello monstruo narrativo.
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Como disciplina, intentaré, al menos cada viernes y sábado, estar subiendo un texto ya narrativo, poético o personal. Por lo pronto parto a seguir deleitando la pupila con cada una de las frases que Pitol hilvana de manera extraordinaria.

viernes, agosto 29, 2008

-El lapsus brutus de Rosendo Huesca, en el caso de Severiano Hernández(Diario “El Columnista” de Puebla- 29/08/08)

El escándalo más reciente bajo el cual se ha visto envuelta la iglesia católica poblana, en manos del arzobispo (nótense las minúsculas al propósito) Rosendo Huesca Pacheco tiene que ver con el acto de imputarle los cargos de pederastia, exorcismo y santería al padre Severiano Hernández Méndez, quien hasta hace unas horas se desempeñaba como sacerdote de San Salvador Atoyatempan.
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Lo que causa asombro es la incapacidad y falta de criterio que tiene nuestro arzobispo. Ineptitud sería la palabra más correcta para adjetivar. Mientras al sacerdote Nicolás Aguilar Rivera, a quien sí se le comprobó el delito de pederastia, se le perdonó y sigue ejerciendo su sacerdocio. Severiano Hernández hace unas horas fue destituido de dicho pueblo. Aquí la contradicción es que cerca de 6 mil personas de ese mismo pueblo están dispuestas a protestar para exigir se le regrese a dicho pueblo, en palabras de Ángeles González, entrevistado en este medio el pasado miércoles. Luego las notas este jueves han manejado que la bronca es índole política.
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Citó a Selene Ríos, reportera de Cambio:
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"A decir del presidente del Consejo Parroquiano, el problema de Severiano Méndez —hoy instalado con su familia en la capital poblana— surgió en un retiro llevado a cabo a mediados de julio dirigido por el presbítero Victoriano Ramírez, quien en pleno sermón pidió orar por los políticos que están pugnando por la ley del aborto y de la eutanasia. Incluso en una de las cartas a favor de Severiano se establece: “Lo que queremos manifestarle es que solamente participaron dos matrimonios de los manifestantes en dicho retiro. A nuestro parecer el problema no ha sido lo que argumenta, sino que al finalizar el retiro, el predicador pidió a los asistentes orar por el partido que está promoviendo el aborto y la eutanasia.” Dicha postura política generó molestia entre los perredistas de la región, asegura Élfego Galindo, por lo que días después expresaron ante la Catedral del municipio que la familia de un joven enfermo de epilepsia argumentó que la culpa era del sacerdote.
Élfego Galindo aseguró que Severiano Hernández jamás hizo un acto de exorcismo en la comunidad, porque en esa región “no se presentan ese tipo de problemas”, además de que el padre carece de autorización de Rosendo Huesca para tales situaciones".
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Más adelante cita la misma Selene:
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"Al menos media docena de cartas y más de 300 firmas recabó la Comunidad Parroquial para exigirle a Rosendo Huesca la restitución del sacerdote. Una de las cartas firmada por la Comunidad Parroquial y que le fue remitida a Huesca ayer mismo dice: “No nos corresponde a nosotros juzgar a nadie, lo único que pedimos a su señoría es que vea el trasfondo que persigue este grupo de personas (…) asesorados por Antonio Herrera, excandidato del PRD a diputado por Tepexi. “Respecto a las a acusaciones que versan el grupo de personas que se han manifestado, es mentira que nuestro párroco sea pederasta, divulgador de pecados, satánico y exorcista (…)” Y dicen más. Los religiosos de Atoyatempan lanzan una queja contra la Arquidiócesis: “Lamentamos que nuestro vicario general no nos hubiera escuchado, ya que la versión que obtuvo por parte de las personas que llegaron a manifestarle le dio crédito a ellos y a nosotros no nos dejó manifestar la nuestra. Quiera Dios nuestro señor reconsidere su decisión y nos conceda la restitución de nuestro párroco".
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Con esas citas bastan para darse cuenta de que Rosendo Huesca está pasando por un lapsus brutus tremendo, mientras un sacerdote ha sido destituido por “supuesta pederastia, exorcismo, magia negra”, otro sacerdote y hay que nombrarlo: Nicolás Aguilar Rivera, sigue caminando como si nada, a pesar de que él sí tiene cargos imputados.
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¡Qué pena es ver la incapacidad de una persona que se supone representa de forma recta a la iglesia católica poblana!
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Para rematar, el que esto suscribe es un liberal declarado, se ha alejado de las prácticas religiosas. Sin duda, ahora la iglesia imita las prácticas gubernamentales y ha obtenido su chivo expiatorio para calmar las aguas y él, Rosendo Huesca, irse en paz. ¿Podrá estar en paz ante tal atropello?
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Algo que siempre me ha caracterizado es salir en defensa de las personas que son cercanas a mi vida. Severiano Hernández es un sacerdote por el cual acepté hacer la primera comunión, desde los diez años, yo estaba desencantado de la iglesia, pero él siempre sabía cómo hacer a un creyente entrar en razón. Ahora la iglesia, desde mi perspectiva, le ha dado la espalda.
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Y como en el futbol, ante la duda, no se marca la falta. Aquí hay duda, incertidumbre y la falta se marcó sin llevar el asunto a un análisis extenso. Severiano Hernández es acusado de cargos que difícilmente se van a corroborar. Pero una verdad universal es que el pueblo nunca miente, aquí son 300 contra cuántos ¿50? El pueblo, la gente del campo no es como la citadina, es limpia, no sabe mentir. Esto queda para la reflexión.

jueves, agosto 28, 2008

Contra la delincuencia, contra la impunidad



Diario Milenio-Puebla (28/08/08)
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No sé hasta dónde pueda tener un buen final la convocatoria de Verónica Mastretta Guzmán en la organización de la marcha en contra de la impunidad y de la delincuencia, que partirá de El Gallito este próximo 30 de agosto a las 19: 00 horas.
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Señora Verónica Mastretta: quiero decirle que yo con gusto me sumaré a la marcha y, como usted lo ha dicho, estaré cerca de gente que a lo mejor sólo veré esa única vez en mi vida. Me sumaré porque he sido víctima de la otra forma de la delincuencia, la de de cuello blanco. Independientemente que siga un proceso legal, he de manifestarme porque los delincuentes que andan por ahí merodeando a sus víctimas son menos peligrosos que los que están atrás de un pulcro escritorio. Es más fácil que a uno lo despojen de lo que es suyo (y que con trabajos logró reunir) en veinte minutos, en un despacho notarial, que en la oscuridad de la calle o afuera de la cantina más siniestra.
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En el 2004 adquirí un departamento ubicado justamente atrás del Centro Escolar. Yo fui al notario que me recomendó el vendedor, un abogado sin escrúpulos que presta a rédito. Quizá fue un error mío porque el Notario, mientras se llevaba a efecto la transacción, me mostró documentos apócrifos. Es decir, se prestó (¿por cuánto?) a una maniobra.
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En su momento he de darlos a conocer con sus nombres y apellidos. Sus frases favoritas son “hágale como quiera” y “tenga cuidado”.
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El señor licenciado que me vendió el departamento (lo supe luego, claro) es un hombre que “presta para arrebatar”. Por la grandiosa suma de 14 mil pesos (tengo el expediente del caso) se lo adjudicó, a través de un juez, cuando los intereses le habían crecido al deudor. Entonces me lo vendió “libre de gravámenes”. Cuando fui por mis escrituras, el notario me explicó que el departamento carga con un embargo y que él no tiene nada que ver, que me regresaría lo que le pagué para que otro notario, a su vez, se encargara de hacer los trámites correspondientes. Quiere decir entonces que él dio fe, simple y llanamente, de un fraude. Todo esto se lo haré llegar por escrito a las autoridades competentes en su momento. Baste saber ahora que he leído la Ley de Responsabilidades del Notario Público y sé que se cometieron actos y omisiones indebidas. ¿Alguien más estará padeciendo lo que yo a causa de este Notario de abolengo? Tengo entendido que un acto semejante, en contra de la delincuencia organizada, se llevara a cabo simultáneamente en otras partes del país. El notario que se prestó a tal maniobra que he descrito despacha cerca del Puente de Ovando, y el licenciado agiotista lo hace en San Manuel. Y como ya lo dije: responsables son de lo que me pueda ocurrir. Por lo pronto, mis familiares y amigos los tienen bien ubicados.
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Sumémonos a este esfuerzo. La delincuencia y la impunidad han crecido en todas partes. Sumémonos a este acto. Algo debe de lograrse.
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Yo me cuido. No quiero amanecer en el Atoyac. Nos veremos en la marcha.

martes, agosto 26, 2008

San Diego alternativo / I



Diario Milenio-México (26/08/08)
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No es Nueva York o Chicago, por supuesto, pero tiene lo suyo. Además, para formar fronteras se necesitan dos. San Diego es un poco más que el hermano gemelo aburrido de Tijuana. Conservadora y bajo la presencia ominosa de las bases militares, San Diego es una ciudad fronteriza casi a pesar de sí misma: es del todo posible, de hecho, vivir ahí sin tener mucha conciencia de la vecina otredad que la conforma gracias, sobre todo, a las veintitantas millas que la separan de las garitas. San Diego suele atraer al turismo familiar que busca los grandes parques de diversiones, como Sea World o incluso el zoológico, o que va en pos de la temporada de ofertas de sus malls. Pero más allá de la arquitectura de réplica del Parque de Balboa o de los bares de Hillcrest (el barrio gay) o de las vistas espectaculares de la Jolla, se extiende una activa vida de migrantes que da al traste con la aparente insularidad de esa ciudad limpia y de amplias avenidas que alguna vez fuera una misión. Para descubrir al San Diego acentuado de todos los días, ahí donde uno habla en español con la cajera del supermercado y negocia con un mecánico afgano después de hacer un trato con un vendedor de autos paquistaní, basta con alejarse de las rutas establecidas por el turismo oficial y dejarse llevar por los aromas de los pequeños restaurantes o los ecos de las conversaciones de los migrantes.
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Ninguna agencia de viajes le aconsejaría al trotamundos que se internara, por ejemplo, en City Heights—el barrio en cuya escuela preparatoria pública se hablan, según informan los reportes oficiales, 16 idiomas distintos aproximadamente. Además de la población hispana que está en todos lados, hasta ahí han llegado los expulsados de Eritrea o de Vietnam, conformando una comunidad cosmopolita signada por una fuerte vida urbana repleta de pequeños negocios familiares. Por eso, si se quiere comer comida auténtica hay que manejar por tres arterias fundamentales de la ciudad: Adams, El Cajón y Avenida Universidad, sobre todo entre el 805 y la 15. Es precisamente por ahí, en ese rectángulo de la alteridad, que se encuentra el que para mí es el mejor restaurante de San Diego: un lugar de comida vietnamita que responde al nombre de Saigón. Sin más decoración que una gran pecera rectangular que cubre lo que alguna vez fuera la puerta principal, los delgadísimos meseros del Saigón reciben al comensal con un menú bilingüe de casi diez páginas laminadas. I´ll be with you in a minute, hon, dirá alguno. Si uno no sabe qué pedir, y los meseros que hablan sólo con dificultad el inglés no serán de mucha ayuda en este aspecto, será suficiente con señalar lo que otros comen ya en la mesa vecina para dejarse sorprender por la delicadeza de las sopas o el sabor indescriptible de las ensaladas. No hay pierde en el Saigón. Desde los rollos vegetarianos hasta las ancas de rana, pasando por el vermicelli y la sopa de tripa, todo es rico (en el sentido más literal de la palabra) en sus platos. Además, entre bocado y bocado, mientras el comensal se pregunta con insana insistencia qué buena acción ha hecho en el mundo para merecerse tal manjar desconocido, podrá divertirse tratando de adivinar el tema de conversación, en apariencia de vida o muerte, que entretiene a la familia vietnamita de al lado o siguiendo las sesudas disquisiciones de los jóvenes neo-hippies que llegan en bicicleta al lugar.
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Las compras en este San Diego alternativo no se llevan a cabo en las grandes plazas comerciales y ni siquiera en los outlets que, como el de Las Américas, se desbordan ya por la línea fronteriza. Cualquier Sandieguino experimentado sabe que cuando hay algo de dinero extra hay que dirigirse a esos neurálgicos centros de reciclado que son las así llamadas Thrift Stores o las famosas Segundas. Entre todas ellas reina, justo sobre el Pacific Highway, la de los AmVets. Es posible vivir años enteros en San Diego sin saber de su existencia, pero llegará el momento en que algún compasivo del lugar lo mirará a uno con suspicacia y, luego de pensárselo un rato, le brindará la información necesaria para identificar la bodega de dimensiones generosas que, de tan anónima, puede pasar desapercibida con facilidad. Ya más de cerca, y con los códigos en mano, uno se puede llegar a explicar, y esto con la irónica sonrisita del caso, qué hacen estacionados uno junto a otro la troca del año del caldo y el mercedes lujosísimo a la orilla de la vieja carretera de dos carriles. Porque, es cierto, todo el mundo va al AmVets. Los inmigrantes pobres y los dueños de negocios de antigüedades, las señoras de buena cuna y los punketos que se visten a la retro, los solteros y los casados y los que acaban de rentar un departamento. Enormes cargamentos de objetos peculiarísimos llegan durante todo el día, y esto a intervalos reducidos, al almacén. Y ahí, además de los tradicionales zapatos y muebles y aparatos electrodomésticos, el visitante alternativo de San Diego podrá adquirir también los libros más variados. Yo me he topado en sus anaqueles con libros de Kathy Acker y de Gogol, de Jack Spicer y de Gabriel García Marquez, en español. Mi hallazgo favorito ha sido, sin duda, la obra completa de García Lorca, editada por Aguilar y publicada en pasta de cuero, adquirido por la irrisoria cantidad de $4.99.
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Las librerías de segunda más suculentas se encuentran, sin embargo, sobre Adams (igual, entre la 805 y la 15). Un paseo típico de los recorridos alternativos de San Diego tendría que incluir por fuerza una caminata por la sección denominada como histórica de esta larga calle. Habría que iniciarlo todo justo bajo el gran anuncio de Normal Heights, el nombre del barrio, tomando un buen café en el negocio local y no en el de la cadena transnacional que se encuentra justo en la contraesquina. Después de un par de horas entre librerías y negocios de antigüedades y cigarrerías egipcias y tiendas de viejos LP´s, sería del todo sencillo detenerse a comer en la fondita fenicia o en el restaurante vegetariano precedido por una gran fotografía del Dalai Lama. Después de una película en el Kensington, uno de los dos cines de arte de San Diego, no estaría del todo mal empezar la noche en uno de los bares irlandeses de la Adams tratando de descifrar, una vez más, el contenido de la conversación de los koreanos y los árabes y los kenyanos que se dan cita en el lugar mientras uno se pregunta, también de manera insistente, qué de normal hay en Normal Heights.

lunes, agosto 25, 2008

Funcionarios de fe



Diario Milenio-México (25/08/08)
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El Divino Erario
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Algo falta al pasado que no lo deja a uno comprenderlo, aun si lo vivió e incluso lo recuerda. Lo que era muy difícil parece tan sencillo que no faltan las ganas de tachar a sus protagonistas de imbéciles, empezando por uno, que nunca se dio cuenta de todo lo que ahora le parece evidente. Me pregunto, con cierto pudor de mortal en proceso de ser descontinuado, qué opinarán los seres del futuro remoto cuando observen que aún en esta época se le rendía culto al funcionario público. Peor todavía, que ese culto era democráticamente sufragado por quienes se encargaban de pagar su sueldo, y orquestado por ellos, más varios batallones de incondicionales, cómplices y paleros a sueldo de los mismos contribuyentes. Será quizá por mero pundonor de especie que uno espera que al menos esos seres, ojalá superiores, se topen asimismo con algún documento donde se constate que no todos nos entendíamos con esa lógica cortesana y gaznápira, cuantimenos la respaldábamos, aun si el fruto de nuestro trabajo irremediablemente iba a parar a las temidas manos de aquellos venerados e intocables subalternos.
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Hace unos días, en estas mismas páginas se publicaron varias cartas de Elena Garro cuya lectura, no me cabe duda, dejó a muchos pasmados por causas tan diversas como escandalosas. Habrá seguramente agrias discusiones en cuanto al porcentaje de crédito que pueda merecer la remitente, extendido o regateado según la convicción o conveniencia de cada cual, pero a mí me ha pasmado algo irrebatible: aquella espeluznante dependencia de los recursos del Estado, en las personas de sus funcionarios. Leer a Elena Garro suplicando literalmente un hueso es también dibujarse en la cabeza un panorama literario dividido, a sus ojos terminantes, entre cortesanos y pordioseros, donde tal vez serían más y mejores los personajes que los autores. En el mundo que pintan esas cartas, donde la palabra hambre se repite con una mezcla de exageración, narcisismo y sarcasmo, el bendito Clark Kent no es periodista, sino funcionario. Habrá quien diga, con por lo menos algo de razón, que para una mujer en su situación de apestada, no quedaba otra opción que la mendicidad; como hay quienes opinan que eso y más merecía. Más allá de esos cálculos, extraña y sobrecoge que una artista con semejante talento tuviera que postrarse ante un funcionario y mendigarle el hueso susodicho. Qué difícil leerlo desde el siglo XXI sin expropiar vergüenza retrospectiva…
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Patos de caza
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En uno de sus estruendosos artículos semanales, publicados por la revista brasileña Veja, el escritor Diogo Mainardi afirmó, con el colmillo de un agitador, que si él pudiera optar entre repartir apoyos económicos a escritores y dejar que todo ese dinero se lo llevara algún político ladrón, elegiría el segundo percance, pues era en su opinión el que haría menos daño a la sociedad —cuando menos, argumentó Mainardi, no evitaría la profesionalización de los autores—. Ahora bien, esta disyuntiva no es posible en la vida real, pues pocas cosas le son tan precisas al político en cuestión, para legitimarse y mejor camuflar sus negocios alternativos, como la cercanía de aquellos cortesanos instruidos, que luego exigirán su parte del botín. Todo en función del culto al funcionario, que es quien hace posibles las bondades del patriarcado selectivo.
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Todavía hoy se dice que los patos disparan contra las escopetas cuando un subordinado intenta hacerse con la autoridad de su superior y, el colmo, ejercerla en su contra. Cada vez que recibo una nueva de esos intrépidos y obedientes funcionarios públicos que oficialmente aman las bicicletas, las pistas de hielo y el estudio del náhuatl, puedo escuchar los tiros de esos patos, empeñados en diseñarse su fan club a partir de esa imagen de Hugo, Paco y Luis a la búsqueda de un beneficiario para su próxima buena obra del día. De ahí a convertirse en Santa Claus, el funcionario no precisa sino de un pase mágico. Nada que no dominen sus achichincles —excuse my nahuatl—, algunos de ellos verdaderos expertos en golpes de efecto y técnica avanzada de simulación. Cuando se rinde culto a un funcionario, se está orgulloso o cuando menos satisfecho de ayudar a pagar por ese maquillaje. Como habrá sucedido en años escolares, cuando ya eran capaces de endiosar al más duro entre sus compañeros, ciertos admiradores darían cualquier cosa por ser de su pandilla.
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Ventrílocuos del pueblo
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El culto al funcionario presupone que éste ha de ser carismático, como si su designación dependiera de un casting donde sólo es honrado y competente aquél que tiene o pone cara de serlo. En buena parte de las ocasiones, los achichincles logran que el funcionario parezca y en efecto se sienta carismático. No por otra razón celebran como grandes ocurrencias sus chistes más idiotas y callan al unísono frente a sus desmesuras menos defendibles. No sé cuántos crecimos mirando así hacia el mundo de los adultos, suponiendo aterrados que cuando fuéramos grandes nos iríamos pareciendo a esos popularísimos funcionarios de los que nadie hablaba mal en público y medio mundo echaba pestes en privado. Sea o no, pues, Mister Simpatía, el funcionario asume su culto como si nadie fuera a resistírsele. Va por la vida cantando buenas obras, ganando fotogenia, conquistando escenarios, ensanchando su corte a costillas de la empresa.
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Esta última palabra la uso porque sé que no cabe en el culto al funcionario. Insinúa la posibilidad de rendir cuentas, un verdadero insulto para Santa Claus. El pueblo, alzan la voz, como quien se recobra teatralmente de un golpe de pecho. Su pueblo es esa empresa en quiebra permanente y orgullosa, cuyos accionistas se pelean por rendir culto a sus administradores, a su vez decididos a controlarlo todo en nombre de un puñado de abstracciones curiosamente afines a su ambición de más y más control. Regreso, no sin vértigo, de las cartas de Elena Garro. Es como si acabara de leer El proceso. No entiende uno nada, pero ya entiende todo. La pesadilla de un infierno administrado por diablos carismáticos y fotogénicos era inevitable, pero al menos el susto ya pasó.

domingo, agosto 24, 2008

Un fragmento, un fragmento

"(...)Qué son los crestianos. Las arrugas infinitas de su csa se reconfiguraron en un gesto grotesco que prentedía representar sorpresa. De dónde eres, me preguntó. De la Decápolis, de Filadelfia. ¿Y no tienen crestianos por ahí? Yo creo que no. Se alzó de hombros: pues ya tendrán, son una plaga; de haber sabido, nada mas hubiéramos degollado en los calabozos al pobrecito rabí nazareno. Qué rabí nazareno. ¿Tampoco has oído hablar de él? Se rió estertóreamente, y dijo representando pompa: Rabí Yesu Nazaretitas, el Cresto, rey de los Judíos e hijo de Yavé, y se volvió a reír (...)."
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Álvaro Enrigue, Vidas perpendiculares, pág. 144.

jueves, agosto 21, 2008

20 Preguntas-Jorge Volpi Director de Canal 22-(Patricia Ponce-Playboy Núm. 70)-Fragmento

Una de las televisoras culturales más importantes de habla hispana, Canal 22, cumple 15 años. Su director –el escritor Jorge Volpi– acepta que al asumir este cargo no sabía nada de televisión.
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1. ¿Sigue vigente la generación del Crack (aquella que unió escritores que buscaban romper con los temas “latinoamericanos” en la literatura)? Lo que sigue vigente, aunque un poco más viejos, son sus integrantes. Seguimos intercambiándonos manuscritos, nos vemos con frecuencia, tenemos algunos proyectos en común. Somos amigos, eso es lo que sigue vigente.
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2. ¿Es casualidad que casi todos sus miembros trabajan o han trabajado para el gobierno? Siempre hay que recordar que Nacho Padilla trabajó para Playboy (risas). Para cada uno las circunstancias son distintas. La mayoría de los miembros de crack han trabajado en lo público por distintas razones y diferentes convicciones. Yo estudié derecho y siempre me ha interesado la esfera pública. Creo en la posibilidad de que el estado intervenga en ciertos asuntos para tratar de hacer cosas que la iniciativa privada no permite.
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3. Si fuera editor, ¿cuál sería el criterio para publicar un libro? El primero es el compromiso del autor frente a su texto, la voluntad de verdaderamente explorar a fondo los problemas que se plantean, hacerlo con sinceridad y sentido autocrítico. Los criterios de evaluación siempre son difíciles, considerando que se trata de la exploración de la realidad del ser humano y no otros fines que a veces están ligados a los números, fama o el simple entretenimiento.
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4. ¿Por qué el Foro Económico de Davos lo nombró “joven líder mexicano”? En primera, creo que ya dejé de ser joven (risas: tiene 40 años). En segunda, a mí también me sorprendió, es una selección privada en la que uno no participa. En este caso es no sólo por ser escritor, sino porque soy alguien que opina de temas de interés común e interviene en la vida pública.
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5. ¿Cuál es el papel de la cultura en un gobierno de derecha? Siempre me he considerado un escritor de izquierda que trabaja casualmente en un gobierno de derecha, encabezado por la centro derecha del PAN. La cultura no es algo accesorio que sirve para entretenernos en los ratos libres, es lo que nos hace humanos y no podríamos desarrollarnos en ninguna otra esfera de la vida sin ella.

De cómo un licántropo orinó

No sabe qué escribir, pero está sentado frente a una hoja en blanco y una pluma dispuesta a disparar palabras, oraciones, párrafos, páginas, etc.
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El caos, que no la incertidumbre, lo rodea. Siente un sopor. Huele a infierno y sus acompañantes parecen ser sacados del inframundo. Todos, incluso él, son conducidos por un pastor que jura dominar todas las lenguas conocidas y por conocer.
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La fauna, digna de un bestiario, es muy amplia. Desde el que parece ser el Johnny Bravo versión mexicana hasta el que seguramente es un fiel amante de Bob Dylan (sus greñas lo delatan). Pero qué puede opinar un ser que tiene un físico tan lobezno, ni él lo sabe, pero estar en tal condición no le impide hacerle fuchi a todo aquello cuyo aspecto es nada apetecible.
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En ese corral con bancas se escucha una lluvia de ideas, palabras, que suenan a vacunas medicinales: hermenéutica, morfosintaxis, etc. Y quienes pronuncian tales, parecen haber sido infectados por los desconocidos virus. Su cara de somnolencia lo obvia.
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Mientras los demás pasan a un estado de sedimentación, el licántropo sigue dando de vueltas a la pluma, como si fuera un perro cualquiera que busca perseguir su cola a falta de tener algo más provechoso que hacer.
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Entonces, aúlla buscando invocar a las musas, pero no aparecen. No hay rastro. O quizá su olfato ya no sea tan efectivo. A nadie se le pueden ni se le deben ir las ideas sin avisar, al menos no a alguien que dice ser poeta. Rilke seguramente diría que el lobuno amigo no es un escritor. Por eso no debe extrañar al lector que el personaje entre en una crisis, extraña y particular, traducida en unas desesperadas ganas de orinar.
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Razón por la cual mira y revira buscando donde dejar su marca ya por satisfacer su amplio deseo y necesidad de pertenencia, ya por simple coraje vengativo. De pronto se topa con el Dylan mexicano, está a unos pasos muy pequeños de convertirse en un clochard a la mexicana, sólo le falta una pestilencia olfativa que haga a cualquier ciudadano de a pie cambiarse de acera, además de taparse la nariz para evitar percibir más de la cuenta el olor. Después de tener un pensamiento profundo, casi aristotélico, decide con toda la elegancia que un lobo pueda tener, alzar la pata en susodicho rockerito y marcarlo para toda su vida musical.
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Pasan las horas, ya en su cueva, medita la acción y está convencido de que dicho acto ha sido el mejor poema de su vida. Nada más sano y poético que orinar a una imitación mexicana de Dylan.

La cultura de la Universidad Iberoamericana

Diario Milenio-Puebla (21/08/08)
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El lunes pasado rindió protesta como nuevo rector de la Universidad Iberoamericana Puebla, David Fernández Dávalos. Lo avala un impresionante currículum. He visto, a través de algunos medios, que el sacerdote Fernández Dávalos ha sido el fundador de los movimientos cristianos de luchas populares. Es un hombre de gran sensibilidad que ha trabajado con niños de la calle en Indonesia, Brasil y El Salvador, además de ser miembro de la revista Christus del Centro de Reflexión Teológica.
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Sin duda, su papel será de gran relevancia en la Universidad Iberoamericana. Defensor de los derechos humanos, sabe bien a dónde va. El lunes 18, en su primer discurso como rector, declaró que las Organizaciones No Gubernamentales y los indígenas de México son promotores del pensamiento de renovación. La sola palabra renovación nos hace pensar que, sin duda, revisará –y evaluará— cada una de las áreas de la universidad, sobre todo aquéllas donde se ha manifestado descontento por parte de la propia comunidad.
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El ahora rector de la Iberoamericana dijo también que se articularán esfuerzos donde se involucrarán actores gubernamentales, ciudadanos y empresariales para la consolidación del compromiso social y sugirió volver la vista “hacia el Sur”.
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Dentro de las tareas sustantivas de toda universidad –aparte de la investigación y la docencia— está la siempre humana tarea de la difusión de la cultura y aquí aparece una interrogante: ¿qué ha pasado en esa área durante los últimos años en la Iberoamericana? Nada, sólo que se ha abandonado en manos de una persona de nula capacidad. Me refiero a Jorge Arturo Abascal Andrade, quien ha plagiado el trabajo de investigación que sobre el cuento mexicano publicó el maestro Lauro Zavala, un hecho indignante y falto de respeto, prueba de su deshonestidad intelectual. Confróntense solamente el prólogo de Abascal en el libro de las Lolitas, y el que publicó Nueva Imagen Paseos por el cuento mexicano contemporáneo de Zavala, concretamente el capítulo “100 antologías del cuento mexicano”.
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La pillada del “especialista del cuento poblano” ha sido una ofensa a los lectores. Grave, muy grave; pero más aún tratándose de quien conduce la cultura de una universidad. En su momento ofrecí entregar copias de los libros para sustentar lo que afirmo. Renuevo mi propuesta a quien así lo solicite. A mí por lo menos no se me ha olvidado ese atentado en contra de la inteligencia, perpetrado por el autonombrado erudito del cuento.
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La cultura de la Iberoamericana ha sido secuestrada (¿ésa es la palabra justa?) por este “estudioso del cuento” desde hace mucho. Ojalá –sería sano, muy sano— que esta importante área sea tomada en cuenta por las nuevas autoridades de la universidad. La sociedad lo vería con buenos ojos.
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La universidad Iberoamericana cuenta con buenos elementos, eficientes y preparados para llevar a cabo con éxito las tareas que la cultura necesita. La difusión de la cultura representa una ventana abierta, es un espejo en el que se refleja la imagen de la universidad.

martes, agosto 19, 2008

También de ti estás muy cerca



Diario Milenio-México (19/08/08)
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Conocí a Amaranta Caballero Prado una madrugada de febrero. Al amigo que en aquellas épocas se hacía cargo de mostrarme la nocturnidad tijuanense se le había ocurrido, y esto a las tres de la mañana y después de ya bastantes cervezas, que tenía que conocerla. Te va a caer bien, me aseguró. Ahora sé que no tenía la menor idea de lo que hablaba. Nos habíamos reunido temprano, eso recuerdo, y entre uno y otro sitio habíamos convivido ya con varias personalidades de la localidad que habían dejado poca huella. Supongo que fue por eso que, al filo de la madrugada, y en un lugar que recuerdo vagamente en estridentes colores naranjas, el amigo aquel recurrió a su carta fuerte: Amaranta. Salvaje. Lista. Maravillosa. La describió más o menos así. Su nombre, he de decirlo con franqueza, me provocó curiosidad. Pensé que era o una broma o una exageración, pero cuando el amigo aquel insistió –y he de decir que el amigo aquel era insistente– en que el encuentro era posible, yo sólo atiné a repetir las palabras de mi madre: uno no puede llegar a la casa de alguien sin por lo menos una botella en la mano. Llegamos, sin embargo. En todo caso: tocamos a la puerta. Ella abrió.
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Todas estas puertas.
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Recuerdo las palmeras, tambaleantes. La música: McFerrin con Yoyo Ma. El asomarse del Pacífico (que no es una cerveza). Recuerdo la incesante conversación (fueron, al inicio, tres días). El tema: la poesía. El tema: todo lo demás. Tengo la impresión de que ya esa madrugada. De que incluso entonces. Este libro aquí, completo a un lado del ordenador, ese día. Todo ya.
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No puedo escribir una reseña sobre su libro recién publicado en Tierra Adentro. Sinceramente. No puedo hablar sobre el recorrido interno que es su materia y su forma: esos párrafos que cortan y el verso que se alarga junto con la vida hasta cruzar el rectángulo de la hoja. El golpe. ¿Puedo hablar de “ella: tu semilla: tu fractura: tu grieta: tu herida”? ¿Son de verdad “los límites de una casa” lo que “da cuenta de las transformaciones? El espacio vuelto experiencia (Que tus manos. Que tu vida) y la experiencia transformada en lenguaje. Eso es un libro: esta puerta. ¿Es algo que abre? No puedo decir.
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Empieza en la infancia, se diría, pero en realidad da inicio en la memoria. Con la memoria. La experiencia no se cuenta después de todo; la experiencia se produce. Es un aquí. Lo que puedo decir es que aquí hay un fantasma (que es una niña) (que es una palabra) violento y violentado como la historia infantil. O como el lenguaje cuando representa. O como el cuerpo, cuando duele. Fuera del discurso de la victimización, pero escapando también a los impostados ecos de una siempre seductora Lolita, el golpe contra el cuerpo es también, y sobre todo, un golpe sobre el lenguaje. Con él.
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No puedo escribir la reseña pero puedo decir: la dirección de la casa es un principio de composición. De Guanajuato a Tijuana: una trayectoria íntima. El referente es lo que toca: Los trastos y su implacable manera de coincidir con manos domésticas. El embrujo de las escaleras: Fúricos enormes los pasos sobre ellas. Lo de más allá: las idílicas azoteas tapizadas de cobijas. El gran signo de los clósets. Lo que nunca no. Y lo que sí. Entonces. Tengo la impresión. Tú también de ti estás muy cerca. Del ella que es un fantasma (que es una niña) al tú (que estás aquí, frente a la mesa), el libro abre las puertas. Todas estas.
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Trastabillante y abrupta como el golpe. Entrecortada, la frase. Esporádica. La lengua. Algo como un síncope. Todo lo que sabe y, especialmente, lo que no sabe de su propio saber: la poesía. Ácida como el sabor de la sangre. “¿Eres tú, ésa, la que nunca habla?/ Me dijeron que nunca hablas./ ¿Es cierto que nunca hablas?” Característicamente. En el libro de la conmiseración no aparece la palabra llorar. En el libro aparece el destello y la aldaba y, sobre todo, la pregunta: “¿Dónde estás tú ahora?”. Y la respuesta, años después, no está en el libro sino aquí: Este sitio donde sólo tú prendes y apagas la luz. En Paseo de la Prensa y en Manuel Doblado, en la calle del Truco y en La Esperanza (calle sin número), a un lado de Playas, platicando todavía siete años después. Aquí. Riendo como entonces, aquella madrugada. Tengo la impresión, Amaranta.

lunes, agosto 18, 2008

Para colgar la macana


Diario Milenio-México (18/08/08)
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Cuando un par de desconocidos se topan en la cárcel, la pregunta protocolaria de rigor tiene que ver con el motivo de su ingreso en chirona. Para muchos se trata de los quince minutos decisivos de su existencia. Cuando las cosas todavía podían salir de otro modo, antes de cometer ese error garrafal que seguirá tiñendo los años de amargura. Aunque claro, la historia comienza antes. Debe de haber millones de caminos para pasarse al otro lado de la ley, y detrás siempre hay una novela negra. Hay sin duda motivos para volverse criminal ahí donde muy pocos van a la cárcel, o siquiera padecen la molestia de ser perseguidos. ¿Pero policía? A menos que de entrada se persiga el fin de corromperse, cuesta mucho entender, o cuando menos concebir, las razones que puede tener cualquiera para desempeñar en este país —peor, en esta ciudad— las labores ingratas del policía. Una dificultad que debería erizarle a uno la cabellera, pues si no se conciben los motivos de un guardián honesto, tampoco la tranquilidad de nadie debería poder imaginarse. Imaginemos, pues, a dos policías que se encuentran a medio cuartel y se hacen la pregunta incontestable: ¿Tú por qué estás aquí?
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La vocación. Un motivo sin duda conmovedor, por cuanto encierra de civismo y rectitud. El aspirante busca proteger al débil, al tiempo que somete a los abusivos al imperio triunfante de la ley. ¿Qué va a decir nuestro héroe si en sus primeros días como hombre de macana se ve obligado a instrumentar una redada en la que los de azul son el instrumento de chantaje de sus jefes, y de los jefes de sus jefes, de modo que de pronto se descubra cruzando precisamente las fronteras de la ley a la cual quería preservar? ¿Qué diría su familia si resultara muerto en el curso de un complicado operativo de secuestro y extorsión de adolescentes pobres? ¿Estarían orgullosos de que hubiese seguido su vocación, o lamentarían para siempre su ingenuidad?
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El respeto. No va muy lejos quien soporta la disciplina y las penurias del uniforme para obtener estatus de gente respetable, allí donde a los policías se les respeta menos que a los asaltantes. Se les detesta, en cambio, al menor gesto. Además, ya la mera intención de hacerse respetar atentaría contra la conveniencia de sus jefes, cuyos jefes de jefes no son policías sino señores licenciados, y por lo tanto están en los cielos, dictaminando a quiénes hay que perseguir y cuáles criminales son sujetos de dispensa. A su vez, los maleantes no necesitan para imponer respeto más que enseñar el plomo y soltarle unos cuantos insultos a la víctima.
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El salario. Si bien es impensable que un policía honesto compita en ingresos con la mayor parte de los delincuentes, tampoco ayuda que el monto de su sueldo resulte sarcástico. Si tomamos en cuenta la laxitud reinante en la corporación, donde las leyes no son ya leyes sino oportunidades de negocio, tendremos que tener en altísimo aprecio las virtudes angélicas de aquel que se resiste a toda corruptela, o consigue siquiera imponerse algún límite. “Ganamos comisiones”, mienten a veces los patrulleros, buscando que el cliente los crea mejor pagados y eleve la puja. ¿Cómo va uno a esperar que un condenado a la miseria le conserve a resguardo de tantos codiciosos terminales?
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La revancha. Si cuando existe un objetivo concreto la venganza es estúpida y acaso cancerígena, imposible medir sus estragos en manos de quien la lleva a cabo ciegamente. El que tomó el garrote pensando en subir ese pequeño peldaño que le permitirá mirar a sus iguales hacia abajo. Callarlos, someterlos, arrestarlos, remitirlos, mostrarles lo poquito que valen frente a él. Un rencor harto fácil de alimentar luego de soportar tantas humillaciones de los jefes y tantas caravanas a los importantes. Ahora bien, si el motivo era la revancha, no se entiende qué diablos hace el interfecto en la nómina de la policía, habiendo al otro lado tantas alternativas generosas. Y lo mismo podría decirse de la aventura: la competencia ofrece mejores condiciones.
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El poder. Debería decir: la sensación del poder. Un placebo dudoso que nos hace volver al tema del respeto. No respeta uno mucho a los uniformados que negocian la ley, pero menos aún a los inflexibles. “¿Qué se cree?”, se alebresta el ciudadano atónito a quien el policía pretende multar y no acepta arreglarlo de otra manera. Diríase que abusa de su poder, motivo más que bueno para que un ciudadano se injerte en fiera. Nos cae mal el poder, tanto que si es posible lo desafiamos en las personas de sus exponentes más débiles. Por andarse creyendo lo que no son.
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El desempleo. Una cosa es que no se consiga trabajo, y otra muy diferente que nada más por eso termine uno luchando por la justicia, regido por las leyes del supuesto enemigo. ¿Cómo no va a saber el aspirante que ingresar en las fuerzas policiacas es la última puerta disponible para quien se resiste a formar parte del hampa? ¿Quién ignora que hampones y guardianes forman parte de un mismo grupo social donde los roles son intercambiables?
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La fortuna. De todas las opciones aquí presentes, sólo ésta tiene pies y cabeza. Quienes se vuelven policías solamente pensando en hacerse ricos tienen a su disposición toda una infraestructura de colaboradores formales e informales, empezando por esos señores licenciados que tan seguido cambian de opinión, preocupados por las encuestas de ídem que les quitan el sueño del que el crimen reinante no logra despojarlos. ¿Cómo no hacer fortuna con tantos cabos sueltos, reglas guangas y criterios elásticos? Y antes de eso: ¿cómo ser policía, bueno o malo, y no estar listo para cruzar al otro lado, si de éste no se puede ni trabajar?

viernes, agosto 15, 2008

Rivera Garza y Álvaro Enrigue, visitan la BUAP, con gestión de la Fuga Literaria.

Diario Síntesis (15/08/08)
Joaquín Ríos Martínez
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Presentaron sus novelas y charlaron en torno al proceso de creación literaria en el salón de Proyecciones del Carolino.
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Invitados por la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y por el grupo Fuga literaria, los escritores mexicanos multipremiados Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue, mantuvieron una charla con alumnos de literatura, acerca de sus propios procesos de creación, sus temáticas y formas de "inspiración", esto en el Salón de proyecciones del Carolino la tarde del jueves.
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Cristina Rivera Garza es narradora, poeta e historiadora y mencionó que su proceso de escritura tiene que ver más con la incertidumbre que ello provoca.
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En este ejercicio se presentan una serie de hallazgos que me llevan a producir con curiosidad y pasión por el lenguaje, aseguró. Te sientas a escribir frente a la pantalla en blanco y no sabes donde vas a parar, o si ello tendrá final o continuidad.
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El medio de la literatura te da la posibilidad de crear y construir cientos de imágenes y atmósferas que despertarán la curiosidad e imaginación de tu lector, dijo. Escribir es para mí siempre como estar en medio del vértigo. En el proceso de la escritura interviene todo lo que sé y lo que no sé, incluso lo que creo que sé, hay bagaje cultural, imaginación y algo importantísimo, las impresiones indelebles del día.
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En otro tiempo –agregó- pensaba en los rituales de la escritura: tener un espacio acondicionado, silencio, una dotación de cigarros, hoy no puedo pensar así. Hoy me tengo que acoplar como escritora a las circunstancias diarias, a los espacios y al tiempo que puedo dedicar a escribir, fuera de las horas de mi trabajo como catedrática de la Universidad del Estado de México.
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Desgraciadamente para mí escribir ya no es algo aparte a mi vida, hoy tienes que integrarte al cotidiano y vivir al límite. Así escribí mi más reciente libro "La muerte me da", editado por Tusquets.
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Diario Eco (14/08/08)
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La incertidumbre, elemento presente en la creación novelística
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Invitados por la Facultad de Filosofía y Letras y el Movimiento Fuga Literaria, los escritores mexicanos Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue tuvieron un diálogo con estudiantes y profesores de esta unidad académica acerca del proceso de creación de sus respectivas obras.
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Acompañados por el director de esa Facultad, Alejandro Palma Castro, los creadores tuvieron un acercamiento con los jóvenes alumnos para hablar de eso que los motiva a escribir; de su formación, inspiraciones, musas y de todo ello que los impulsa a la actividad intelectual.
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Esta presentación formó parte de las actividades organizadas por la Facultad de Filosofía y Letras para dar a conocer la nuevas novelas de ambos escritores: La muerte me da (Editorial Tusquets, Colección Andanzas) de Cristina Rivera Garza y Vidas perpendiculares (Anagrama, Colección Narrativas Hispánicas) de Álvaro Enrigue.
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De entrada, a la pregunta de qué elementos influyen en el proceso de creación, Cristina Rivera Garza respondió que, en su caso, el factor incertidumbre es un elemento existente, “pues mientras en un ensayo académico sabes cómo vas a entrar, el planteamiento central, la ubicación de los párrafos y cómo terminará, en un cuento o novela, no hay certezas y todo puede ocurrir”.
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Álvaro Enrigue reforzó esta idea al expresar: “Al enfrentarme a la pantalla en blanco, no sé cómo empezar. Es más, la mayoría de las veces no tengo la menor idea de lo que voy a escribir. Tal vez esté mal venir a reconocer esto frente a ustedes, pero así es. Por eso coincido con Cristina: la incertidumbre siempre está presente”.
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La Jornada de Oriente (14/08/08)
Yadira Llaven
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La esencia de la creación literaria es la incertidumbre, coinciden Rivera y Enrigue
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El proceso que caracteriza a la creación literaria es la incertidumbre. Incertidumbre esencial y enriquecedora que se convierte en la guía principal del escritor y que decide si la imagen que obsesiona a la mente del creador engendrará un cuento, una novela o una entrada de blog. Ésa y otras ideas fueron las coincidencias de una conferencia dinámica y alejada de todo formalismo que los escritores mexicanos Cristina Rivera Garza y Álvaro Enrigue compartieron con los estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras de la UAP y el público asistente a la sala de proyecciones del Carolino, ayer al mediodía.
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Los escritores platicaron con la gente sus experiencias en el quehacer literario y la complejidad del proceso creativo. Para Rivera Garza, por ejemplo, la incertidumbre conduce a su pluma –o a su teclado de computadora– al encuentro del lenguaje con lo que sabe, lo que cree que sabe y también con lo que no sabe, mientras que la incertidumbre que experimenta Enrigue se parece más a un partido de futbol americano –deporte que no disfruta particularmente–, donde el caos hace que el mariscal de campo tenga seis o siete jugadas planeadas para que el balón supere la distancia entre su brazo y el pecho de su compañero. En cualquier caso, el resultado sirve para combatir la necesidad de expresarse que ambos ejercen desde hace años.
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Pero el proceso no termina con el exorcismo de las imágenes vertidas en el papel. La obsesión continúa en la revisión de esas líneas que Rivera Garza realiza día a día, de manera paralela y circular a la escritura, y Enrigue capítulo a capítulo. Finalmente, coincidieron, la literatura es un trabajo menos glamoroso de lo que la gente piensa. Aunque claro, confesó el escritor, permite ciertas satisfacciones, como conocer lugares que en otras circunstancias nunca podría visitar.
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Casos raros, como ambos se definieron, ninguno de los dos estudió Letras. Rivera Garza entró a Sociología en la UNAM porque el folleto de la carrera definía que la meta del sociólogo era “cambiar al mundo”, y de ahí pasó al doctorado en Historia para “saber poco de mucho o mucho de dos o tres cosas”, mientras que la pasión de Enrigue se dio a pesar de que sus coordenadas no indicaban que la literatura fuera su destino. “No sé si aquí en Puebla suceda lo mismo, pero en el DF si vas a ciertas escuelas tienen más probabilidades de terminar escribiendo. De mi preparatoria, por ejemplo, salían futbolistas, no escritores”.
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Así como hubo coincidencias, la diversidad de pensamiento surgió entre los comentarios espontáneos y frescos de ambos literatos. “Antes, en el siglo XX, creía que para escribir necesitaba una serie de circunstancias especiales. Ahora, en el siglo XXI, esas circunstancias son cada vez más complicadas de conseguir en medio del caos de la vida moderna, así que mis opciones son dejar de hacerlo o escribir como se pueda y cuando se pueda”, dijo Rivera.
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Enrigue, por el contrario, se confesó un hombre de rituales. “A la hora de escribir sí necesito mi espacio. Lo hago en un estudio que está separado de mi casa y donde los libros –más de los que ningún hombre podría leer en su vida– me sirven de cobijo”. Y para cuando el bloqueo se avecina, recomendó “un vaso de vodka helado que es como vick vaporub para el cerebro. Como un poco de heroína, pero eso no lo recomiendo”, remató entre risas.
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Las periferias se centralizan
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Mientras Enrigue decía que el escritor actualmente necesita del mundo editorial para acercarse al lector y aconsejaba a los jóvenes a mudarse al Distrito Federal, en donde están las grandes compañías de la industria, su amiga reviraba. “Yo he pasado gran parte de mi vida fuera del centro, en las orillas, lejos de casas editoriales y creo que también ésa es una posibilidad. Quédense en Puebla. Es importante no leer lo que se está leyendo, ignorar las modas, darle la vuelta y encontrar las cosas que se están produciendo en otras partes”.
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“Los procesos de descentralización son parte del siglo XXI. Cada vez es más posible para los autores quedarse a vivir donde les dé la gana y producir los libros que tienen que producir”, siguió. Y tras unos minutos de reflexión sobre las palabras de su compañera de mesa, Enrigue continuó: “Yo diría que uno de los lugares donde uno puede o debería estar es Tijuana. Me parece una referencia mucho más importante que la ciudad de México a nivel internacional, al menos en términos de arte”. (Alonso Fragua)
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La muerte me da, diálogo con Pizarnik-(Diario Intolerancia 18/08/08)
Federico Vite
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La reciente novela de la tamaulipeca Cristina Rivera Garza aborda la imposibilidad de una poeta para escribir en prosa. Refiere a la autora de Extracción de la piedra de la locura como un eje narrativo en el libro presentado en el auditorio Elena Garro
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Para Cristina Rivera Garza, su reciente novela La muerte me da, editada por Tusquets, es un intento por analizar cómo es que para algunas personas el ejercicio de la prosa resulta tan complicado, casi imposible, como fue el caso de Alejandra Pizarnik.
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Rivera Garza explicó que no sólo se trata de un contexto violento en el que se desenvuelve la novela, sino en una frase que Garza encontró en los Diarios de Pizarnik: “me resulta casi imposible escribir en prosa”.
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Agregó que uno de los ejes de su novela es que hay un personaje llamado Cristina Rivera Garza, académica que prepara un ensayo acerca del mismo tema del que habla Pizarnik, donde aborda la imposibilidad de la narración. Dicho de otra manera: la narración como un referente inconquistable.
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Aparte de que ella trataba exclusivamente de dialogar con Pizarnik, se da un contexto violento a la trama, aunque lo que se pretende es reflexionar sobre la frase sugerida por la poeta argentina.
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Parricidio
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El autor de Vidas perpendiculares, Álvaro Enrigue, apuesta por el parricidio, pues, señaló: “Se trata de varias reencarnaciones de un personaje que siempre atenta con la figura del padre; pero más que un capricho, se busca la pretensión de ruptura con la autoridad. Planteo la posibilidad de la rebeldía”.
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Se trata, aseveró, de una confrontación en contra de toda autoridad, especialmente, una afrenta contra Dios.
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Los catedráticos Alí Calderón y Alicia Ramírez fueron los encargados de comentar el libro de Cristina Rivera Garza, La muerte me da; en tanto que Alejandro Palma, director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla, y Roberto Martínez Garcilazo, director de la Casa del Escritor, se encargaron de hablar un poco acerca de Vidas perpendiculares, novela de Álvaro Enrigue.
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Principio de incertidumbre
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Pero antes de que estos dos autores (Rivera y Enrigue) se presentaran en el auditorio Elena Garro, el viernes pasado dieron una charla en la sala de Proyecciones del edificio Carolino, en la que coincidieron en señalar que la incertidumbre es una herramienta de la creación literaria.
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El proceso que caracteriza a la creación literaria es la incertidumbre. Charlaron sobre la complejidad del proceso creativo de la literatura. Para Rivera Garza la incertidumbre la confronta con lo que sabe. “Voy al encuentro del lenguaje con lo que sé o creo que sé”, precisó.
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Enrigue, por su parte, explicó que para él la incertidumbre es más como un partido de futbol americano, donde el caos hace que el mariscal de campo tenga seis o siete jugadas planeadas para que el balón supere la distancia entre su brazo y el pecho de su compañero.
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La obsesión, comentó Garza, es otro de los aspectos de la incertidumbre, se trata de la revisión de lo que uno ha hecho. “Este acto es circular y paralelo a la escritura”, dijo. Finalmente, coincidieron, la literatura es un trabajo menos glamoroso de lo que la gente piensa.
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Aunque, señaló Enrigue, permite ciertas satisfacciones, como conocer lugares que en otras circunstancias nunca podría visitar.
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Casos raros, como ambos se definieron, ninguno de los dos estudió Letras. Rivera Garza entró a Sociología en la UNAM porque el folleto de la carrera definía que la meta del sociólogo era “cambiar al mundo” y de ahí pasó al doctorado en Historia para “saber poco de mucho o mucho de dos o tres cosas”.
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Enrigue se enfocó a la literatura a pesar de que sus coordenadas no indicaban que las letras eran su vocación. “No sé si aquí en Puebla suceda lo mismo, pero en el DF si vas a ciertas escuelas tienen más probabilidades de terminar escribiendo. De mi preparatoria, por ejemplo, salían futbolistas, no escritores”.
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“Antes creía que para escribir necesitaba una serie de circunstancias especiales. Ahora esas circunstancias son cada vez más complicadas de conseguir en medio del caos de la vida moderna, así que mis opciones son dejar de hacerlo o escribir como se pueda y cuando se pueda”, concluyó Rivera.
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Enrigue afirmó que “a la hora de escribir sí necesito mi espacio. Lo hago en un estudio que está separado de mi casa y donde los libros —más de los que ningún hombre podría leer en su vida— me sirven de cobijo”.
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Confesión de poeta
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Garza señaló que tomó la idea La muerte me da después de que encontró en los Diarios de Pizarnik una confesión: “Me resulta casi imposible escribir en prosa”.
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Afrenta con Dios
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El autor de Vidas perpendiculares, Álvaro Enrigue, apuesta por el parricidio, pues, señaló: “Se trata de varias reencarnaciones de un personaje que siempre atenta con la figura del padre; pero más que un capricho, se busca la pretensión de ruptura con la autoridad. Planteo la posibilidad de la rebeldía. Busco una confrontación en contra de toda autoridad, especialmente, una afrenta contra Dios”.