lunes, septiembre 24, 2012

Mi amigo Martín (Diario Milenio/Opinión 24/09/12)


Corría una tarde entre hueca y tediosa cuando llegó aquel libro a la redacción. Su título era extenso y juguetón, tanto que me picó la curiosidad. ¿Cómo no interesarse por la primera parte del Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire, bautizada como La vida exagerada de Martín Romaña? ¿Quién resiste al encanto de un personaje que apenas se presenta y ya declara que “el estarse muriendo de ganas de que le llamen a uno por teléfono y darse el gustazo de no contestar es prueba de respeto por sí mismo”? (Cito de memoria.) En algo menos de un santiamén, la novela me poseía totalmente. Y ni modo de no corresponderle, así que con la pena tuve que robármela.
Imposible olvidar los días que siguieron a aquel hurto feliz. Por las noches, ya con la luz apagada, mimaba yo el insomnio a risotadas y resistía mal el impulso de volver a esas páginas de pronto queridísimas, si en la dedicatoria ya el autor consignaba que es verdad que uno escribe para que lo quieran más. ¿Cómo no verse, al fin de la lectura, convertido en amigo y camarada de quien había escrito una novela en tal modo entrañable?
Al sinsabor ingrato de arribar a la última página de Martín Romaña siguió el deslumbramiento deUn mundo para Julius, fruto de una legítima compra de pánico, aunque incluso dejando mi dinero en la caja me quedó la sospecha de que nunca podría terminar de pagar por su lectura. Haber sido Martín y Julius en un mes —personajes distintos y distantes, y no obstante, a su modo, defensores de idénticas quimeras— era más que bastante para hablar del autor con una admiración agradecida que ya jamás desaparecería.
“Ya sé que crees que comprendes lo que piensas que acabo de decir, pero no estoy seguro de que te hayas dado cuenta de que lo que acabas de escuchar no es lo que yo quería decir”, solía yo alardear cuando quería lucirme robándome una cita de A vuelo de buen cubero, ese libro de crónicas donde el autor de Un mundo para Julius mira al mundo con ojo filoso y divertido, para luego decir a quien quisiera oirme que no podía morirse sin un día leer a ese inefable novelista peruano.
Muchos años después, en Guadalajara, esperaba el elevador del hotel cuando de él emergió el ubicuo Juan Cruz, acompañado nada menos que de Alfredo Bryce Echenique. Ya que había vencido la tentación de confesar ahí mismo que me consideraba un viejo amigo suyo, aun si no era él capaz de imaginarlo, guardé para mejor ocasión la esperanza de ametrallar a preguntas y comentarios al autor tan querido cuyas solas anécdotas —repetidas por propios y extraños, cual si fuesen leyendas populares— bien valían un libro aparte.
Otros, aun tras residir por lustros en Europa, escribían como si nunca hubieran salido del terruño; Martín Romaña, en cambio, vive su historia desde el destierro mismo. ¿Cómo podía ser que en épocas beatleanas no escuchara Romaña sino boleros viejos? Una vez asilados en el bar del hotel, Bryce me contó el por qué del anacronismo: cuando vivía en París solo tenía sus viejos discos peruanos y no había dinero para hacerse con nuevas tonadas. El hijo del banquero acaudalado había decidido sacrificar herencia, posición y bienestar por escribir novelas en Europa.
Nunca sabré decir cómo lector y autor se hacen amigos íntimos a partir de una obra, pero es verdad que aquella tarde larga no hice más que extender esa amistad, al tiempo que sumaba nuevas complicidades y carcajadas. Nunca estuve en su casa ni él en la mía, tampoco nos llamamos y ni siquiera nos escribimos, pero ahora que algunos se unen para lincharlo y regatearle un premio que su obra merece sobradamente no puedo menos que levantar la voz para decir que estimo y admiro a ese señor y a su obra la defiendo cual si fuese la mía, no faltaría más.
No conozco una ley de mi país cuya función sea la de estigmatizar, menos aun de forma vitalicia. He visto a verdaderos criminales reivindicados como prohombres e incluso convertidos en congresistas inmunes y orondos, cuyas obras siniestras serían suficientes para recluirlos de por vida en un ergástulo. Es más fácil, por tanto, apuntar los cañones contra un simple novelista, aun si su obra es magnífica e impagable. No soy juez, ni abogado, ni me uno a las envidias que pretenden —ja, ja— minimizar sus méritos literarios y colgarle un estigma vitalicio por causa de un entuerto periodístico del que se dice más de lo que se sabe. Si preguntan, le creo a mis amigos y Alfredo es uno de ellos. Celebro que lo premien y levanto mi copa a su salud.

El destinatario de los libros (Diario Milenio/Opinión 18/09/12)


Tengo la impresión, seguramente romántica, de que, justo como una carta, el libro va dirigido a un destinatario específico. Tal vez la única diferencia radica en que el escritor de cartas —y con todo derecho podemos considerar a los mensajes electrónicos dentro del género epistolar— sabe a ciencia cierta quién es su destinatario, mientras que una de las funciones del libro es evocar y, luego entonces, producir ese destinatario. En efecto, el libro va dirigido a ti, pero nadie, ni siquiera tú sabes que lo eres, o quién eres, hasta que el libro llega a tus manos. Inauguración espectacular. Aquella expresión que solía coronar las lecturas fundamentales, “pero si esto fue escrito para mí”, es verdad. Sin la sensación que da pie a esa expresión, el libro tendría poca probabilidad de producir una relación relevante entre sus páginas y el ojo que las mira y el corazón que late aprisa. Sin esa relación relevante, las posibilidades de su sobrevivencia serían sin duda menores. Para felicidad del libro y para dolor de cabeza del mercado, sin embargo, no hay fórmula alguna que produzca una y otra vez la sensación inaugural. Es posible, como se ha probado muchas veces, promocionar un libro hasta el hartazgo —anunciarlo aquí, obsequiarlo allá, imponerlo en altas torres acullá— solo para verlo languidecer en un par de días o de años o, cuando el esfuerzo es bárbaro, de décadas. Este es el caso de esos “sueños realizados” que son, en palabras del escritor César Aira, los best sellers. Es posible, como se ha comprobado también muchas veces, constatar la sobrevivencia discreta de un libro a pesar de los asuntos de promoción o, con frecuencia, sin su intervención. El rumor es un arma muy serena. El mano a mano. “Este libro fue escrito para mí”. El boca a boca. El caso de los pasadizos subterráneos.
Cuando el coleccionista Eduard Fuchs aseguraba que uno no habla para que lo entiendan sino porque es entendido, seguramente se refería al hecho de que todo acto de habla surge inscrito en contextos comunicativos que lo hacen posible, es decir, descifrable y, luego entonces, transmitible. Algo similar ocurre con los libros. Inscritos en tradiciones específicas, éstos existen para ser leídos porque ser leídos es una posibilidad real. Si tomamos en cuenta que todo acto de escritura conlleva, ya implícita o ya explícitamente, una teoría de la lectura, entonces también es posible decir que cada libro imagina o produce su destinatario.
El caso de la dedicatoria del Commentarium in convivium Platonis de amore, el libro que Marsilio Ficinio escribió en 1469, es notable en este aspecto. Dice Ficinio cuando describe a quién va dirigido su escrito: “Pues la pasión del amor no se entiende con pretenciosa superficialidad, y el amor mismo no se capta con el odio”. Al decir del filósofo Peter Sloterdijk en el capítulo que le dedica a las operaciones del corazón en el primer volumen de Esferas, con esta dedicatoria Ficinio anunciaba que “esperaba haber compuesto con ese escrito una teoría apasionada del amor; [y] que el libro mismo, como un amuleto teórico, se encargara de que no pudiera entenderlo nadie que lo leyera solo superficialmente o con aversión”. El libro, en otras palabras, juega un papel activo al seleccionar a la comunidad de lectores que, eventualmente, se congregarán en sus páginas y, luego entonces, le darán sentido o, lo que es lo mismo, existencia real. Al buscar cierto tipo de lectores, el libro simultáneamente desdeña a otros. Al abrirse, el libro también se cierra. El libro, para decirlo en buen mexicano, no es monedita de oro.
NI DEBE ASPIRAR A SERLO.
Los libros, como bien dice Sloterdijk, conforman esferas, círculos de resonancias íntimas, a través del efecto mágico de la simpatía. Los libros en efecto ofrecen sus páginas de manera generosa pero nunca de manera indiscriminada. Así, generados dentro del espacio de las almas afines, o de los lenguajes compartidos, los libros sólo se dan a aquellos que saben leerlos, solo a aquellos con los que existe la base de la afinidad y la probabilidad de la complicidad. Porque esto es cierto es que los libros y, más específicamente, la lectura, no es un acto inocuo sino, de hecho, poderoso tanto social como políticamente. Ya en papel o ya en la pantalla, un libro tiene el poder de formar comunidades de lectores que son, en realidad, comunidades específicas de percepción. ¿Y qué hay más poderoso y, luego entonces, amenazante, que trastocar la manera en que percibimos el mundo?

lunes, septiembre 17, 2012

La ley del corral (Diario Milenio/Opinión 17/09/12)


Una de las ventajas de pensarse superior a los cerdos es la tranquilidad que esta certeza brinda cuando llega la hora de comérselos. Y si nos enteramos que Fulano se ha alimentado de carne humana, no dudaremos en tacharlo de cerdo. Un término muy útil para pintar la raya entre nosotros y lo que oficialmente nos asquea. Lo cierto, en todo caso, es que los cerdos suelen estar más cerca de lo que aparentan.
Cierta vez, un granjero me explicó lo que sucede cuando a los cerdos se les cambia de corral. Un error a menudo más costoso entre mayor resulta el número de cuinos transferidos. Pues si es cierto que “una tamalera siente que otra se le ponga enfrente”, tal situación se agrava en condiciones de cautiverio. A lo largo de toda su existencia, cada puerco ha encontrado su sitio en el corral. Tienen sus jerarquías y las respetan. Su ley es la del fuerte y bajo ella se entienden; no tienen que pelear para saber cuál va a comer o copular primero. Hasta que un día llegan los del otro corral.
Suena familiar, claro. No hay más que ver la clase de conflagración que sigue a la fusión de dos oficinas para entender que un acto de canibalismo no involucra mordidas por necesidad, y de hecho es infinitamente más común de lo que a nuestra especie le acomoda creer. Pues si en las oficinas se muerde nada más que simbólicamente, cualquier patio de cárcel deja a los cerdos en papel de corderos, aun si se entrematan a medio corral. Entrematarse, al fin, no es lo peor que dos o más cautivos pueden hacerse a cualquier hora del día. O incluso, por qué no, a todas ellas. Por más cerdos que sean, los puercos no inventaron el infierno.
A veces, pese a todo, los puercos racionales encontramos la forma de entendernos mejor que a tarascadas. Una vez regulados por leyes y convenios, podemos aspirar a ir y venir sin que un cerdo mayor nos haga daño, nos quite la comida o abuse alegremente de los nuestros. Aspiramos, de paso, a que quien rompa platos no se vaya sin pagarlos. Una quimera, a veces, y hasta un chiste ahí donde la ley que pesa es la del fuerte. Aspirar no es tener, pero es aún preferible a renunciar. Ya quiero ver qué cerdo del corral puede aspirar a alguna forma de equidad.
Imaginemos esta escena orwelliana: unos cerdos de nobles intenciones arriban al corral y prometen justicia e igualdad a todos sus cochinos inquilinos. Como no sean más fuertes que los fuertes y estén dispuestos a matarlos a mordidas, va a ser muy complicado llevar a ese corral los beneficios de la democracia. Para qué, opinarán los más acomodados, si así estamos en paz. ¿Quién necesita leyes que metan la discordia y fiscales que arrimen las narices y policías que vengan a agitar la marea del chiquero? ¿Quién no quiere la paz, marranos y marranas?
Si yo fuera uno de esos puercos modernizadores, antes que plantar cara a los malandros buscaría la forma de acorralarlos. Y como ellos huyeran de mi acoso, pronto los inquilinos de distintos corrales se verían las caras, fatalmente. Tiempo de disputarse los espacios con fiereza creciente y desesperada, toda vez que pelean en frentes simultáneos y, voraces que son, ninguno considera que la comida alcance para todos. ¿Era mejor la vida, valdría preguntarse, cuando los cerdos fuertes imponían su ley a todos los demás?
Si he de opinar, las leyes antidrogas imperantes me parecen imbéciles, pero si las quebranto entiendo que me arriesgo a ir a dar al corral de los barrotes. Al Ministerio Público le tiene sin cuidado mi parecer en torno a tal o cual inciso del código penal: su obligación consiste en aplicarlos, y si no lo hace ya estará delinquiendo. ¿Qué tiene, pues, de raro que a la profesionalización de los perseguidores siga la balcanización de los perseguidos?
Se achican los espacios, se agotan las raciones, se caen las cercas entre los corrales. Si se aplican las leyes a los que hasta anteayer fueron sus dueños, la paz parece el peor de los negocios. Antes aceptarán recibir una larga transfusión de plomo que acatar una ley distinta de la suya. Para horror de quien lleva la cuenta de los muertos, nada tiene de extraño que cada bando haga lo que le corresponde y cumpla con su parte aplicando la ley que pretende imponer. Los cerdos no inventaron los mataderos, ni gustan de los westerns, ni saben cómo hacerse chicharrón entre sí. Una de las ventajas de encontrarse inferior a los cerdos es la tranquilidad que esta sospecha brinda cuando llega la hora de comérselos.

Las amistades frágiles (Diario Milenio/Opinión 10/09/12)


“Yo voy a ser tu amigo… mientras pueda”, le confiesa el político viejo al primerizo, y éste seguro que se desconcierta. “¿Pues qué no la amistad lo puede todo?”, se pregunta quizás, mientras digiere ésa que más parece una declaración de cinismo. Él, que ha elegido ser político porque sueña en hacer posible lo imposible, debe de pronto deglutir un sapo que hasta donde recuerda no estaba en el menú. Y sin embargo es cierto. Los amigos lo son hasta la muerte, dicen, pero solo se puede lo que se puede, y un día la amistad se hace imposible. Especialmente si esos amigos tan queridos que se llaman “compadre” o “hermano” tienen la suerte de ser políticos.
No hace mucho tiempo me topé con uno de esos viejos amigos a los que uno cree distantes —pero—firmes. Se piensa que al momento de encontrarse todo será como era y nada habrá más lógico que lanzarse unas bromas y llamarse por los apodos de siempre y al fin ponerse al día de cuanto ha sucedido en sus vidas lejanas y no obstante, ojalá, aún paralelas. ¿Qué no éramos amigos, pensábamos igual sobre tantos asuntos, teníamos el mismo sentido del humor? ¿Por qué entonces mi amigo parece tan extraño y de repente incómodo de que le hable con tanto desparpajo? ¿Será que a estas alturas mi amigo ya no puede ser mi amigo, o soy yo quien no logra comprenderlo? ¿Tengo que ser político para eso?
Nada está más de moda que hablar pestes de todos los políticos, y si a uno hay que exculparlo vale más defenderlo aduciendo que en realidad no es político, o por lo menos que no es “como los otros”. ¿Y cómo son los otros? Me hacía esta pregunta mientras mi viejo amigo dejaba paso al nuevo “conocido”. ¿Por qué será que tilda uno de conocidos a las personas que menos conoce? Lo cierto era que la conversación entre mi amigo y yo sonaba en tal medida artificiosa que pronto renuncié a las carcajadas, no bien certifiqué la escasa convicción que mi interlocutor depositaba en ellas. Pronto me acometió la sensación de que hablaba no tanto conmigo, sino con una suerte de público fantasma. Estábamos en una mesa de café, pero mi amigo alzaba la voz cual si tuviese un podio delante.
Si algo encuentro difícil de entender es qué hacen los políticos para entenderse. De esas conversaciones cautas e inmateriales emergen, se supone, acuerdos importantes para todos. Por más que nos resulte grosera y antipática esa manía suya de recurrir a la solemnidad para evitar a toda costa el compromiso y la sinceridad, o para replicarlos sin honrarlos, son los profesionales de estos asuntos. Su trabajo no es ser amigo de nadie, sino exclusivamente pretenderlo, pues se entiende que deben hacer pactos con propios, extraños y contrarios, y para ello han de emplear más de una cara.
Mostrar más de una cara equivale a contar al menos dos verdades mutuamente excluyentes. Estar siempre de acuerdo con quienes tienen opiniones opuestas, y hasta darle a cada uno por su lado y ganarse con ello su simpatía. Ser amigo en las buenas, y en las malas portarse como si aún lo fuera porque el trabajo es ése y acaso todas esas formas estiradas representen la única honestidad a la mano. Si mi amigo ya no habla, ni ríe, ni se excede como antes, y al contrario, se porta como autómata cada vez que me empeño en hacerlo reaccionar de acuerdo con mis estrictas expectativas, debo entender que ya llegó la hora en que ese amigo ya no puede serlo. A saber si no está decepcionado de verme y comprobar que no evolucioné... como sería su caso, ¿cierto?
Casi llegaba la hora de despedirnos —su celular sonaba a cada instante, debía de estar echando por la borda tiempo precioso— cuando vino a mi mente la transfiguración de tantos compañeros de la carrera de Ciencias Políticas, que por ahí del cuarto semestre ya hablaban con cautela y ceremonia. Estaban en lo suyo, y uno solo por eso los daba por perdidos. En adelante, nadie los sacaría de ahí. Aprenderían a usar dos, tres, doscientos rostros, según su profesión lo demandara. Y uno, que al chico rato huyó de ahí por una especie de asco defensivo, se transformaría en otro, por su parte, y a su vez perdería tantos amigos como fuese necesario... hasta que un día seamos perfectos extraños y tengamos que darnos caras artificiales y alguna vez, no obstante, sonriamos en honor a la amistad que un día fue posible: menos mal.

miércoles, septiembre 05, 2012

Un tratado modesto (Diario Milenio/Opinión 04/09/12)


Era una tibia tarde de septiembre con emociones feministas./ El movimiento se contrajo./ El aire destruía una capa del futuro./ Todavía éramos arena y grava y losas de concreto”, dice el poema de Lisa Robertson traducido por nuestra colaboradora
Es septiembre, todo parece indicarlo así. Es septiembre en nuestro entorno y es septiembre en el poema de Lisa Robertson que traduzco ahora. Una de las autoras contemporáneas más interesantes en la poesía contemporánea de Estados Unidos, Lisa Robertson es reconocida como una poeta adepta a la experimentación con los límites del lenguaje, igualmente influenciada por los así llamados language poets (especialmente Leslie Scalapino y LynHejinian) que por la enunciación peculiar del latín cuando se incorpora a las iteraciones del inglés. El poema “Un tratado modesto (un ensayo sobre perspectiva para Allyson Clay), nos invita a considerar los cuerpos de la ciudades en sus múltiples relaciones. Hay, en efecto, una lujuria civil aquí. Todo esto en una tarde de septiembre. Vayamos para allá.
UN ENSAYO SOBRE PERSPECTIVA PARA ALLYSON CLAY (FRAGMENTO)
Era una tibia tarde de septiembre./ Me disolvía corporalmente en el aire dejando sólo mi look./ La noche estaba llena de imágenes./ A algunas era fácil hacerlas sentir piedad./ Algunas eran agudas y sospechosas; algunas crédulas y puras./ Algunas eran altaneras y amargas.
Algunas humanas./ Algunas maleables y obsequiosas.
Algunas eran alegres./ Algunas eran tímidas, solitarias y austeras./ A algunas les gustaba ser halagadas por nuestro trabajo./ Algunas sufrían cuando se les criticaba./ Algunas eran crueles en su arrogancia, débiles ante el peligro, y así.//
Era una tibia tarde de septiembre y entraba en su espacialidad,
que no era clásica./ Era agradable romper los cánones de la proporción./ Era agradable imaginarse su vida./ Coloqué mi cuerpo en relación a sus privacidades místicas./ No pasó nada./ Era invisible./Mi arquitectura también era invisible y específica y vasta y
se tambaleaba./ Mi arquitectura se tambaleaba en su completa originalidad./ La llamé lujuria cívica./ El romance de la proporción no era para mí.//
Emparejé el horizonte./ Aquí estaban los particulares del ocio./ Aquí estaban los particulares de las proporciones maleables./ El verbo era el avión de la pintura./ El trabajo del pintor es horizontal./ Miré en contra de la historia, y en contra también de la poesía./ Miré en contra del espacio que es./ Lo que alcanza una dama debe exceder a su alcance./Una dama debe exceder su espacio o tambalearse./ Tambalearse era bueno./ Esta es una ecología manierista.//
Era una tibia tarde de septiembre./ Contenía viejos, jóvenes, niños, matronas, niñas, animales domésticos, perros, aves, caballos, edificios y provincias./Estaban organizados apropiadamente./Mi técnica se basaba en la experiencia, no en el deseo./ Esta era una ecología de distancias./ No las podía leer de un modo bello./ ¿Qué es lo que el hombro, la muñeca, el cuello, y sus varios puntos de flexión desean?/¿Qué es lo que quiere la flexibilidad mortal?/ Como una forma de humilde ornamentación, intento articular transiciones./ Vi la muñeca del extranjero en la luz azucarada./ El alma está afuera.//
Esa tarde, los monumentos de la ciudad se dieron a conocer por los movimientos de sus cuerpos./ Cada uno tenía la dignidad de sus propios movimientos./ Cada uno descansaba como oro duro y puro./ El cuidado importa mucho./ La ropa es por naturaleza pesada y cae sobre la tierra./ Quería describir la diferencia de las sensaciones./ Con gracia, las cortinas develaban a los ciudadanos cuando las movía el viento./Diseñé todos estos movimientos para pintarlos./ Los cuartos se sentían pacientes, como conceptos./ No me gustaba la soledad y también la buscaba./ He pensado mucho en cómo hacer que mis palabras sean claras en lugar de que sean objetos de ornato.//
Entonces las ventanas estaban tan maduras como los frutos que supuraban azúcar./ La gracia de los cuerpos, que llamamos belleza, nace de los azúcares./ Quería ver si mi cuerpo podía enmendar el espacio./ Narciso, que fue transformado en flor según los poetas, fue el inventor del cambio./ Algunos piensan que el azúcar le da forma al alma./ Estaba sola y hambrienta y era civil./ Me moví verticalmente en el aire dulce./Su simplicidad o complejidad no era la mía.//
Era una tibia tarde de septiembre con emociones feministas./ El movimiento se contrajo./ El aire destruía una capa del futuro./ Todavía éramos arena y grava y losas de concreto./ ¿Cómo podría hablar o quejarme o gritar?/ No tenía deseos de interrumpir sus ceremonias./ Buscaba el adorno de la humedad./ Necesitaba experimentar una fluidez radical./ Jugaba juegos romanos, como el amor, y el cambio.//
Era una tibia tarde de septiembre y la ciudad y el cielo eran la misma sustancia./ Pero esa sustancia no era liberadora en sí misma./ Pedía abundancia y variedad./ Me refiero a la generosidad del pensamiento./ Debes imaginar que estaba parada frente a una ventana que me permitía ver todo lo que quería describir./La utopía es tan emocional./Y luego nos acostumbramos a eso./ Terminé este trabajo en Roma Vancouver./ Este es un tratado completamente original.

martes, septiembre 04, 2012

El espía que inventó a Jesús-(Sexenio-Puebla 27/08/12)


Recientemente Pedro Ángel Palou ha publicado El impostor, una novela donde el protagonista es Saulo de Tarso, conocido por la mayoría como San Pablo.

La época en la que vivió Saulo de Tarso estaba llena de constantes guerrillas que buscaban derrocar al Imperio romano y eran días donde abundaban los falsos profetas y mesías. Casi todos eran enemigos de Roma.

Saulo de Tarso era un fanático de las leyes y las tradiciones ancestrales; un judío –orgullosamente ciudadano romano- que perseguía, atosigaba y asesinaba cristianos, los enemigos declarados del imperio romano. Después -como cuento de hadas-, Saulo de Tarso iba en su caballo rumbo a otra misión, cuando de repente ve una luz poderosa que lo cegó y le dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? A lo que él contestó: ¿Quién eres Tú, Señor? Entonces esa voz, que no era otra cosa que Dios, le dice: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón. Y nuevamente cuestiona Saulo: Señor, ¿qué quieres que haga? Por último, Jesús le sentencia: Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer.  De ser un asesino de cristianos, paso a ser un evangelista. La historia de la conversión, el claro ejemplo de que todos tenemos una segunda oportunidad.

Dicha escena es una de las grandes desmitificaciones que contiene la novela: Saulo de Tarso sufría de ataques epilépticos, mismos que usó para fingir una conversión de fe y así obtener la posibilidad de afiliarse a los apóstoles. El fin: identificar a los cabecillas y poco a poco ir acabando con ellos; tal como se lo solicitó el Imperio. Esta novedosa verdad es contada por Timoteo –el Sancho de Pablo- quien será la voz que narrará toda la vida de Pablo, a modo de memorias. El lector caminará al lado de ellos y conocerá –con precisión casi de cirujano- cómo vivieron tales personajes. Sin embargo, mientras Saulo de Tarso se adentraba más en el mundo de los apóstoles y se dedicaba a predicar –con tal confundirse como un apóstol más-, se fue transformando en el promotor más fiel de Jesús y sus enseñanzas, así como del fin de los tiempos donde seremos juzgados por nuestros actos. Los restos de San Pablo, se dice, están enterrados en la Basílica de San Pablo extramuros; en Roma, Italia. Ahí mismo se encuentra una estatua que lo representa poseyendo una espada, como símbolo de su martirio y un libro que simboliza su actividad como mensajero de la palabra de Jesús, pues es uno de los escritores más importantes del Nuevo Testamento. Famoso por sus inmensas epístolas dirigidas a los romanos, los corintios, los gálatas, etc…

Escrita con una narrativa bien cuidada y una ardua investigación, El impostor es la novela más extensa que ha escrito Palou, la más elaborada y compleja. Y tal vez, por el tema que toca, sea la más controversial de todas sus novelas. En una entrevista que el autor da a la revista Siempre, dice: “Mi reto era que los personajes se sintieran cómodos en ese mundo, por lo tanto el lector debe sentir que es verosímil, que de veras está ahí adentro, que huela, que saboree la comida…”. Considero que cumple su objetivo, pues ningún personaje se ve forzado y uno llega a sufrir, disfrutar y sentir a través de los protagonistas que habitan en esta novela.

Una novela que se goza mucho y que hasta el momento se convierte en la más ambiciosa de Pedro Ángel Palou.

lunes, septiembre 03, 2012

La novela descompuesta (Diario Milenio/Opinión 03/09/12)


Compartir un problema suele ser, nos dicen, el primer paso para resolverlo. Dejar el territorio de la monomanía y abrirse a la opinión de los demás ha de darle confianza al rehén del entuerto y mostrarle caminos, salidas, ventanas luminosas que en su ensimismamiento no conseguía ver. ¿Pero qué pasa si el problema es en tal modo hondo y churrigueresco que sólo abre su sésamo delante de los ojos del titular, y de hecho repele las intrusiones como lo haría un halcón al cuidado del nido? ¿Y qué sucede si, además de intrincado, el problema supone un flujo díscolo y placentero de temores, recuerdos, luces, sombras, ocurrencias, hallazgos, anagnórisis? En resumen, ¿qué pasa si me gusta mi conflicto y no me da la gana compartirlo?
Si escribir es meterse en problemas, la idea de sentarse a hacer una novela parece una calamidad irresoluble para quien ya lo intenta y siente naufragar a sus constantes en un mar de variables indecibles. Se empieza remedando a la realidad y acaba uno peleando por sustituirla. Un proceso muy fértil en lo que toca a monstruos y demonios, entre otros ejemplares de la fauna íntima a los que es necesario domeñar y amaestrar, o en su caso lanzarse a tasajear, según diga el instinto. Sería un gran alivio para el gladiador enfrentarse a las fauces del león hambreado con siete centuriones de refuerzo, pero debe entender que coliseo y rastro no son la misma cosa. Compartir el problema sería renunciar a la épica, y en tanto ello a la lucha. Rendirse ante sí mismo y esperar la clemencia de los presentes.
No he olvidado el alivio que sentí al momento de atravesar las puertas de mi primer taller literario. Algo así, imaginé, experimentarían los asistentes a una terapia colectiva. “No estás solo”, les dirían los otros, uno a uno y de tantas maneras que ya sólo por eso pensarían que, como se dice ahí, resolvieron la mitad del problema. ¿Qué parte del problema, es decir la novela en proceso, se resuelve al momento de sumarse a un taller de novela? Stalin opinaba que la muerte resuelve todos los problemas: si eso es verdad, los tres talleres literarios de los que fugazmente formé parte resolvieron el total del entuerto, pues su sola lectura en voz alta me llevó a acuchillar al malhadado embrión y enterrarlo con todo y expectativas. La novela que había entrado descompuesta salía del taller convertida en chatarra.
Si he de dar mi opinión, en lo que toca a resultados concretos creo nada más que en los talleres de hojalatería y pintura. Vamos, si me dijeran que una cierta novela fue escrita íntegramente bajo la vigilancia de un taller literario, poco o nada se me antojaría leerla. Llámenme puritano, pero esa obscenidad del tramar colectivo me escandaliza tanto como aquellas escenas donde no es ya un torero, sino una pandilla de ellos quienes azuzan a la fiera acorralada. Verdad es que en algunos asuntos abstractos —como el afilamiento del detector de mierda y el consejo de sentarse a escribir nada más levantarse de la cama— la asistencia a esos tres santuarios del titubeo valió su peso en oro, tanto como la decisión de no volver.
Entra uno en el aprieto de escribir igual que va y tropieza con el amor. Ni las manos metemos, y una vez que sangramos a medio pavimento y entendemos que nadie va a venir a salvarnos, lo que toca es tragarse el miedo y el orgullo y resolver a solas el desafío. Enfrentar al amor, encarar la novela, ¿qué más salida queda? Tocan huevos, se dice en estos casos. Para escribir cabalmente una historia no basta con pensarla y deducirla; es preciso, además, enfermarse de ella. Odiarla, acariciarla, descartarla, perderla, correr a rescatarla y respirar de pronto con el alivio de un enamorado cuando suena el teléfono y es ella la que llama. Si alguien ha de enterarse, mejor que sea un amigo y no una asamblea. Toda novela es en sí misteriosa y no le gusta que hurguen bajo sus faldas.
Quiero decir, al fin, que quien se ve metido en el entuerto de contar una historia necesita sin duda de un taller, pero éste debe ser lo suficientemente grande y auspicioso para pasar en él 24 horas diarias. ¿Hay algún novelista que no sepa que su taller es el mundo entero y funciona inclusive mientras duerme? Alguna vez conduje un taller literario y al final me quedó la impresión de ejercer como espurio terapeuta. ¿Sirven, pues, los talleres literarios? Seguramente sí, pero algunos no servimos para ellos.

Cortázar otra vez (Diario Milenio/Opinión 28/08/12)


Julio Cortázar, nuestro Gran Contemporáneo. El escritor de su presente que, precisamente por serlo hasta la médula, ha podido dar el salto y hablar de tú a tú con generaciones enteras del mundo entero
Cuando imparto talleres de creación literaria usualmente asigno el ensayo “How Writing is Written” (en traducción al español de la poeta tijuanense Laura Jáuregui) de la escritora norteamericana Gertrude Stein —autora experimental, alumna de William James y exiliada, junto con su compañera Alice B. Toklas, en Paris. Lo tomo como punto de partida porque ahí Stein explora la cuestión de las “expresiones” de la escritura desde su sustrato más material. La escritura como una realidad encarnada. La escritura como una indagación en el sentido temporal. Así, tratando de explicar cómo sucede el proceso de la escritura, cómo la escritura es escrita, Stein declara desde el mismo primer párrafo que “todos ustedes son contemporáneos unos de otros, y todo el asunto de la escritura es vivir en esa contemporaneidad”. Saber en qué consiste el sentido temporal de tal contemporaneidad es, al decir de Stein, el deber de todo escritor que no quiere vivir bajo la sombra del pasado o la imaginación del futuro —dos de los territorios donde se perviven las obras menores. “Un escritor que está haciendo una revolución tiene que ser contemporáneo”, afirma.
Indagar en ese sentido temporal, por otra parte, no es una labor abstracta sino radicalmente material. Para el escritor, esta indagación no se lleva a cabo en la mente o en las ideas de una época, sino que tiene que realizarse en el lenguaje, en la sintaxis, en la oración. De ahí, por ejemplo, el interés de Stein por la composición, por las partes del discurso y por los métodos del habla. De ahí que, al considerar que la repetición no existe, que no hay tal cosa como la repetición, puesto que toda narración involucra una variación, Stein escribiera su célebre: una rosa es una rosa es una rosa.
También decía Stein que el escritor contemporáneo, el que escribe con/desde el sentido temporal de su época, y en contra, luego entonces, de los hábitos heredados del pasado o los imaginarios del futuro, siempre producirá algo “con la apariencia de fealdad”. Y aquí, por “fealdad” Stein quiere decir algo “irreconocible”, algo con lo que los habitantes de esta época todavía no están “familiarizados”. Esta resistencia, que para Stein era tanto interna como externa, ocasiona que el escritor contemporáneo sea usualmente rechazado por su generación (el producto es demasiado “feo”) pero que sea aceptado por la siguiente —para cuyos integrantes el producto será más “perceptible”.
Son estos tres puntos contenidos en How Writing is Written los que me llevan a considerar a Julio Cortázar como nuestro Gran Contemporáneo. El escritor de su presente que, precisamente por serlo hasta la médula, ha podido dar el salto y hablar de tú a tú con generaciones enteras de lectores no solo en Latinoamérica sino en el mundo entero. Me explico: no el visionario creado por los mitos románticos, no el nostálgico de lo que pudo haber pasado, no el adelantado a su época, sino el anegado, el inmerso a tal grado en el propio sentido temporal de su contemporaneidad que produjo esa cosa “fea”, esa cosa ciertamente atípica que fue, por ejemplo, Rayuela.
Suelo asignar Rayuela de una manera más o menos regular y a la menor provocación en las clases que enseño en Estados Unidos. Cuando lo hago, cuando finalmente vuelvo a caer en la tentación, me digo a menudo que tal decisión se debe, sin duda alguna, a la importancia del libro en el contexto de la literatura latinoamericana y a la necesidad, luego entonces, de aproximar a los nuevos lectores foráneos. En realidad yo creo que lo hago porque, de cuando en cuando, tengo que introducirme de nueva cuenta en el experimento cortazariano para ver si cambio de opinión.
Lo que sucede es más o menos esto: abro el libro y, siguiendo las instrucciones para la lectura alternativa, me pierdo en una lectura horizontal que en mucho se parece, precediéndolo, al laberinto del hipertexto. El juego me emociona. Ahí está otra vez el lado generativo de la interrupción y el placer singular de la deriva. Ahí está el famoso capítulo en que dos oraciones se persiguen la una a la otra dentro de la misma página, e incluso dentro del mismo párrafo, aparentando ser una pero siendo, irrevocablemente, dos. Ahí está el sutil movimiento de las manos sobre el papel: lectura con cuerpo. Ahí está el juego para el cual o dentro del cual lo que cuenta es el proceso —físico, intelectual, senti-mental— y no el punto final (si es que existe un punto y si es que existe un final). Este es el lado de Rayuela que comparo al momento en que, un rato después de iniciada la carrera, se produce la levitación de las endorfinas. Para mí, el placer de Rayuela está en todo eso.
Lo que resta, la otra lectura, la que inicia al inicio y se sigue hasta el final, continuada si así se quiere por un apéndice acaso moroso, esa otra parte me sigue pareciendo marchita. Ahí es donde está La Maga en su mundo separatista y donde los hombres discurren sin parar sobre ideas más bien sobadas. Ahí están las observaciones snob, marcadas por larguísimas citas textuales de libros que se quieren de culto pero que con los años se han convertido en manual. La sapiencia docta y la erudición fácil y la memoria exacta están ahí, con nombre de autor, título y fecha de publicación. Ahí es donde se plantea la separación entre la razón y lo demás. Se trata, sin duda, del lado más conservador de Rayuela, la sección donde las definiciones hegemónicas de género y clase brotan como si fueran cosa natural. Este es el modo de Rayuela por donde se nota más el paso del tiempo. Aquí es donde cae pétalo a pétalo, marchita.
Siempre me ha parecido interesante, que los críticos tiendan a rescatar esa parte conservadora y proestablishment de Rayuela (el sexismo y el elitismo siempre son pro establishment, se sabe), describiendo simultáneamente a su aspecto más lúdico, es decir, a su cara más cierta, como una exageración decorativa o una recaída meramente formal. ¡Pero si es todo lo contrario!, termino diciéndome una vez más, comprobando que, acaso a mi pesar y 98 años después del nacimiento del siempre querido Cronopio, esta vez tampoco he cambiado de idea.

martes, agosto 28, 2012

De generales y hombres libres-(Sexenio-Puebla 07/08/12)

Hace unos meses Puebla bombardeó a todo el país con motivo del festejo del 150 aniversario de la batalla del 5 de mayo de 1862. Los principales eventos se transmitieron a nivel nacional. Puebla echó la casa por la ventana.

Sin embargo, nulo fue el espacio dedicado a la literatura. Hubo ediciones de libros, pero todos de corte histórico; ninguno de corte literario. Algo extraño, pues el siglo XIX se distinguió por tener una literatura combativa, ahí están Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Ignacio Ramírez “El nigromante”; etc. Habiendo tanto de dónde rascar, la literatura fue el género abandonado en estos festejos.

El Colegio de Puebla, a cargo de Miguel Maldonado, hizo un gran esfuerzo por conjugar algo de ambas. Ediciones bellas encargadas a Jean Meyer alrededor del 5 de mayo, así como la edición de libros especiales como: Los libres no reconocen rivales de Paco Ignacio Taibo II; obra que posteriormente es publicada por el sello Planeta, casi a la par de El general orejón ese del mismo autor. Ambos libros son de corte histórico, pero con una riqueza literaria en su narración.

Los libres no reconocen rivales es un gran repaso sobre todos los acontecimientos que originaron la invasión francesa. No pierde el tiempo en detalles innecesarios y describe lo básico para comprender todo lo que rodeó al 5 de mayo de 1862. Taibo II se dedica a ponerle nombre a cada uno de los héroes y villanos, así como a romper mitos. Explica las traiciones existentes entre el bando de los liberales y el de los conservadores, plasma la simpatía que los poblanos mostraban hacía los franceses y las expresiones que dicha simpatía le generaban a Zaragoza, describe con precisión lo sucedido durante el 5 de mayo y da su punto de vista sobre el por qué esta fecha es memorable y digna de ser festejo nacional. Libro que da lugar por vez primera a los serranos de Puebla.

El general orejón ese trata sobre uno de los generales más importantes del siglo XIX, pero también de los más olvidados: Mariano Escobedo. Una biografía novelada o una novela biográfica; pero jamás una biografía a secas. Aquí Taibo II narra cada uno de los actos heroicos –muchos en él- y de los obstáculos librados que fueron forjando a Escobedo. Este libro busca darle un lugar adecuado a Mariano Escobedo, pues el discurso oficial lo tiene olvidado y tan sólo es uno más de entre todos los generales, a pesar de estar al nivel o por encima de Negrete, González y Díaz.

Dos libros que gozan con una amplia bibliografía consultada por el autor, pero sobre todo son dos obras que harán reflexionar al lector sobre el papel que jugaron algunos personajes históricos durante esa época.

El discurso manejado en cada uno de los libros es ameno, muy digerible; lo que los hace accesible tanto a niños, como a jóvenes y adultos. Libros que deberían formar parte de las lecturas obligadas en las clases de Historia de México, pues ofrecen versiones más apegadas a la realidad que las aparecidas en los libros de texto.

Quizá, dos obras necesarias para estos días oscuros que vive México.

lunes, agosto 27, 2012

¿Para quién lees? (Diario Milenio/Opinión 21/08/12)


Hay preguntas que, refiriéndose a uno, solo puede contestar, en sentido estricto, otro. Se trata de preguntas solo en apariencia sencillas que, de hecho, respondemos sin reparo alguno día con día. ¿De dónde eres? ¿Para quién escribes? ¿Cuál es tu casa? Son preguntas que, al enfatizar nuestra condición como seres relacionales, nos obligan a escuchar la respuesta de otros y a guardar silencio, en franca actitud de espanto o de humildad.
Hace algún tiempo, elaborando algunas ideas acerca de la posición de la escritura en un mundo globalizado, la poeta y narradora canadiense Anne Michaels empezaba por plantearse algunas preguntas, y la decisión es de suyo interesante, sobre la manera en que los hábitos de lectura globalizada podrían afectar y, en su momento, transformar las ideas y prácticas de una literatura local y/o nacional: “¿Qué significará una literatura nacional para una sociedad que lee sin dificultad globalmente, absorbiendo novelas en línea y bajando al instante nuevas traducciones de nuevos libros?”. La respuesta, que no proporciona en “Leer el Fausto en coreano”, le da pie, sin embargo, para conectar ciertas prácticas de lectura y la escritura con otros tantos cuestionamientos acerca de la relación de pertenencia que se establece, a veces de forma injustamente unívoca, entre lugar y autor. Veamos: “A pesar de la facilidad con la que cruzamos fronteras y nos introducimos en las experiencias de los otros, algunas verdades no cambiarán: el amor nos encuentra donde quiera que estemos, un niño nace solo en un lugar, el sitio donde enterramos a nuestros muertos se vuelve sagrado; estos lugares no nos pertenecen, nosotros pertenecemos a ellos. ¿Y, metafóricamente, dónde se entierra a un escritor? En un libro; en un lector. No enterrar en términos de inmortalidad, sino en términos de crear un terreno común. Un escritor puede nacer en un lugar y escribir en otro —lo que importa es ¿quién lo clama como propio? El lector, que bien puede vivir en otro tiempo y en otro espacio. Solo en este sentido, tal vez, la globalización no puede considerarse una nueva idea”.
Así, de acuerdo con la autora de Piezas fugitivas, una novela que no me canso de recomendar a diestra y siniestra desde hace ya años, la pregunta sobre la pertenencia, solo simple o unidireccional en apariencia, sería mejor dirigírsela (¿arrojársela?) al lugar y no a la persona. La respuesta más honesta al “¿de dónde eres?” sería, luego entonces, “del lugar que me clame como propia”. ¿Y cuántos estaríamos dispuestos a esperar la respuesta en respetuoso, tolerante, reflexivo silencio? En todo caso, la respuesta, en vida, bien podría ser singular o plural, en efecto. En sentido literal y a fin de cuentas, sin embargo, el lugar que nos clama como propios, el lugar que rechaza toda presencia de ajenidad, solo es uno: la tumba. “Cuando no es posible enterrar a los muertos en un lugar que los recuerde”, concluía Michaels, “alguna veces la literatura es la única tumba que les podemos dar. Y la tumba es el único lugar que el migrante puede clamar como propio en su país adoptado; un lugar, irónicamente, para los vivos”.
Una estrategia similar habría de usarse cuando uno trata de contestar, a veces con poco reparo y menos pudor, otra pregunta relacional: ¿Para quién escribe?
Hace no tanto, mientras diferenciaba entre libros propiamente literarios y los así llamados best sellers, el autor argentino César Aira incluía una noción que, no por obvia, pasa como percibida. Decía que, a diferencia de los libros que involucran un proceso de exploración (de experimentación, decía de manera literal), no exentos del desvarío cuando no del más franco extravío (“ese peculiar cuestionamiento de la significación al que llamamos literatura”), un best seller era un “sueño realizado”. El escritor de best sellers sabe lo que escribe y, por saberlo a ciencia cierta, de principio a fin y, además, verazmente, encuentra su punto final de recepción, que es la compra. Más que para explorar, un best seller se lee para confirmar el estado de las cosas, y de las palabras que designan a las cosas. Es de presumirse, luego entonces, que el escritor de best sellers no solo sabe lo que escribe sino también, acaso sobre todo, sabe para quién escribe. Porque no se trata de un asunto relacional sino de control y, aún más, de mercado, el autor de best sellers sabe que se dirige a los gustos y prácticas de lectura de tal o cual sector de la población, cuyos datos le puede brindar, aquí sí sin reparo alguno, la encuesta más reciente.
La situación se complica, y se vuelve más interesante, si la pregunta relacional se contesta de modo relacional: Se escribe para invocar el lector que producirá la relación que promete el texto. Se escribe, luego entonces, para producir o instigar o conminar a ese lector que, en sentido estricto, todavía no existe. Se trata, tal vez, de una apuesta. O de una travesura. O de una imposibilidad.
Para ponerlo todo en modo annemichalesleeafaustoencoreano acaso tendríamos que preguntar a su vez: Y tú, ¿para quién lees?

Querido Tiradero (Diario Milenio/Opinión 28/08/12)


Hasta donde recuerdo, El Tiradero siempre estuvo ahí. En un principio eran juguetes, cuentos, estampas, boletos, dibujos y otros chunches que, niño al fin, sentía lástima de echar a la basura. “¡Todo guardas, caray, pareces rata!”, se quejaba mi madre, pues solo en mis dominios había fracasado su plan de tolerancia cero contra la porquería. Tras años de ganar tolerancia hogareña, El Tiradero fue diversificándose. Revistas, libros, discos, cuadernos, cables, aparatos, manuales, controles, herramientas perdidas y kilos de basura mal disfrazada de memorabilia, unos encima de otros como en una gran tómbola.
De mudanza en mudanza, El Tiradero se fue haciendo más amplio y auspicioso, de modo que no solo abarcaba completa una habitación, sino que iba invadiendo las demás, como una enfermedad oportunista. Madre, sí, solo hay una, y eso lo tienen claro lo desmadres, que en su ausencia tienden a ser pandilla. “¡Maldito tiradero!”, suele uno farfullar de cuando en cuando, como quien culpa de la gripe al estornudo, pero al final se rinde al poder corruptor de la costumbre. “¡Un día de éstos tengo que escombrar aquí!”, se justifica ante los visitantes, como si solo en medio de ese trance pudiera ver su caos a través de unos ojos imparciales. O como si quisiera prevenir comentarios del tipo “si así tiene la casa, cómo tendrá el cerebro...”.
Cierto que hubo opiniones comprensivas, como aquélla que me tildara de “coleccionista”, cuando no era sino amontonador. Otros, menos amables, arriesgaron diagnósticos tan bochornosos como ese del “anal retentivo” que no hizo mejor cosa que estreñirme otro poco la conciencia. ¿Y no es ahí, por cierto, donde sienta sus reales la oficina matriz del Tiradero, S.A.? Si Neil Armstrong cobró celebridad por un viaje a la luna, otros pagamos renta por el trip de vivir en esas suburbiales latitudes, mientras en torno nuestro se amontona un paisaje disfuncional que nos condena a seguir en la luna. ¿Quién va a querer aterrizar en medio del Tiradero, Inc., si ello implica enterrarse en un gran laberinto de cuya entraña puede emerger cualquier cosa, reptiles, roedores y alacranes incluidos?
“¿Cómo tendré el cerebro?”, termina uno también por preguntarse, si bien de pronto lo hace por narcisismo vil. Como si solamente el Santo Tiradero pudiera hacer que yo fuera yo, cuando lo único cierto es que al cabo lo soy a pesar suyo. Verdad es, asimismo, que encontrar un objeto extraviado entre las varias sedes del desmadre en un tiempo menor a quince minutos me daba un raro orgullo empecinado: “¿Ya ves cómo sí sé dónde tengo las cosas?”. Y eso que nadie entró en mi disco duro.
El gran inconveniente de vivir en la luna es que las rentas nunca dejan de subir y los caseros suelen ser implacables a la hora de cobrarse, como solía decirse, a lo chino. Pues en mitad del amontonamiento, difícilmente sabe uno lo que tiene, y menos todavía lo que le falta. En general y en particular. En cuerpo y alma. Podría hacer memoria y recordar en qué momento, incluso con qué objetos fue invadiendo el desmadre cada recámara; lo que sí no recuerdo es dónde estaba y cómo me distraje cuando se me instaló en la cabeza. Tampoco sabe uno cómo es que terminó convertido en rehén. En todo caso, iba llegando la hora de aterrizar en plena capital del Tiradero. Muy temprano, en silencio, igual que un batallón de paracaidistas.
Nunca entendí por qué mi madre era implacable con las huellas del recuerdo, hasta que me enfrenté al Tiradero. La vi destruir fotografías preciosas de sus años de soltera y echarlas sin piedad a la basura, con tal de no ofrecerle cuartel a tiradero alguno, así fuera en cajones organizados con rigor militar. Con esa misma táctica, eché en cuestión de horas al Tiradero fuera de la recámara principal. ¿Cómo es que cancelé todo ese espacio en tributo a la hueva de cada día? Pero mientras aquí se imponía latolerancia cero, ya El Tiradero se atrincheraba en las otras recámaras, reforzado por la presencia reciente de objetos exiliados en montón. Qué difícil resulta no tomar prisioneros.
Releo lo ya escrito y confirmo que no logré evitar el tufo de rehab domiciliario, cuando lo que intentaba en un principio era abundar en torno a los diversos monstruos que es preciso enfrentar antes de decidirse a escribir novela. Sucede, sin embargo, que los míos están acechando allá afuera, y yo para vencerlos no tengo sino un par de franelas, una aspiradora y un relato tramposo que ya da por extinto al caos imperante: estrategia y terapia en un solo paquete. Sé que suena a autoayuda, pero es pura teoría literaria: sin monstruos arrasados no hay novela posible ni vida tolerable.

martes, agosto 21, 2012

Jesús: aquél del Chopo (Diario Milenio/Opinión 20/08/12)


Hasta el día en que abrí aquel periódico, nunca había ganado un concurso, ni un premio ni una rifa. Y ahí estaba mi nombre, junto a los de otros dos desconocidos que asimismo ostentaban el primer lugar. Un jurado clemente y generoso había decidido no definir segundo ni tercero y eso fue suficiente para que al día siguiente llegara yo hasta la oficina del director de la prepa con el periódico entre las manos. “¿Cómo la ve?”, le sonreí, sarcástico, no bien peló los ojos ante la noticia, “¿verdad que no soy tan vago...?”
Supongo que una cosa explicaba la otra: el alumno problema ganó un concurso de periodismo de rock. Aún sin acabar de comprender qué demonios era eso —el premio incluía la opción de escribir para la revista que había convocado a los concursantes—, me imaginaba entrando en un gran edificio, en cuya parte alta se leería, iluminado, el título de la publicación. Con permiso, señores, háganse a un lado todos que ya llegó Clark Kent.
Pocos días más tarde me citaron, no en el penthouse de un edificio inteligente, sino en un restaurante de comida plástica. Nada más saludar a los otros dos ganadores —unos mocos, también— y ver venir a nuestros editores —dos melenudos que seguramente no tendrían ni para invitarnos el desayuno—, dije adiós al futuro imaginado y me fui resignando al desastre que dibujaron nuestros improbables empleadores: no había presupuesto, y muy probablemente ya tampoco revista. “Así es el rocanrol”, nos explicó uno de ellos, al que llamaban Muni, con la sonrisa puesta y nuestros premios listos: dos discos, un librito y la promesa de darnos trabajo, sabría el diablo cuándo.
Volví a ver al tal Muni en una conferencia de prensa a la que ni él ni yo habíamos sido invitados. No tenía la pinta de una estrella de rock: era bajito, cachetón, dicharachero, sardónico y dado a la ensoñación. Coleccionaba discos y revistas, pasaba lista en el tianguis del Chopo, atesoraba discos de Moody Blues y seguía creyendo que algún día iba a darme trabajo. Fue así que nos hicimos amigos, a fuerza de encontrarnos cada sábado y hacernos carcajear con chistes y ocurrencias interminables, no pocas veces a nuestras costillas. ¿Quién nos mandaba, al fin, ejercer ese oficio deficitario?
“¿Otra vez andas bruja, güey?”, me recibía Muni en su puesto del Chopo, nada más me veía llegar con un nuevo tambache de discos listos para irse con el mejor postor. Me había hecho al fin con un trabajo de comentarista musical y recibía ya decenas de álbumes regalados, gran parte de los cuales no tenía destino mejor que la vendimia. Si Muni no podía ofrecerme un empleo, sí que me hacía lugar en aquelpuesto estrecho donde juntos peleábamos contra la prángana, rasguñando los pocos billetitos que nuestras mercancías imantaban.
¿Y qué era el rock, al fin, sino el gusto de echar por la borda lo seguro y aventurarse a lo desconocido? Una mañana Muni me vio llegar ya no con un tambache, sino con varias cajas de discos: me había comprado una motocicleta negra con vocación de viuda, debía los impuestos de importación y para liquidarlos no tenía más que una colección discos que tardaría dos sábados en desaparecer. “¿Estás seguro que los quieres rematar?”, me repetía Muni con los ojos saltones, aunque al fin comprendiera —poco tiempo después, ya abordo de la moto— que para quien ansía vivir a tope, mil centímetros cúbicos en marcha tienen que valer más que mil quinientos discos apilados.
Contra todo pronóstico, Muni fue mi editor tantas veces como logró publicar revistas o folletos, para luego venderlos en su puesto, me pagó cada vez por el trabajo y me sacó de apuros siempre que aparecí con la repetitiva novedad de que tenía hasta el tope la tarjeta de crédito. “¿Ya ves, güey, por vivir del rocanrol?”, se carcajeaba y me hacía un hueco en el puesto. Y si no había venta me prestaba dinero: la desgracia ayudando a la necesidad.
Hace ya dos semanas que supe de la muerte intempestiva de Jesús Muñoz Olivares, conocido por todos como Muni. Pocos años atrás nos encontramos. Traía algunas revistas y libros viejos, así como unos cuantos chistes nuevos. “Nos vemos en el Chopo”, me despedí, lejos de imaginar que jamás volveríamos a reírnos del mundo y sus apuros en ese par de metros cuadrados. Cierro los ojos ahora e imagino a mi amigo recortando este artículo, para su colección. ¿Y es que acaso lo he escrito con otro fin?

miércoles, agosto 15, 2012

Puntos ciegos (Diario Milenio/Opinión 14/08/12)


No soy una defensora de la ignorancia, por supuesto. Pero en el mundo de la escritura, que es un mundo signado por la incertidumbre y el claroscuro, saber es, a menudo, saber demasiado. Atiendo a mi historia como lectora y atestiguo que los libros que me han marcado, esos a los que regreso una y otra vez con la curiosidad intacta, no son aquellos que me aclaran, ilustran o develan (todos verbos luminíferos, en efecto) la así llamada realidad, sino aquellos otros que me inquietan con su oscuridad, me problematizan con sus preguntas sesgadas o secretas, y me atenazan con sus desvaríos. Cosa incesante. Lo que esos libros me dan no es conocimiento sino algo a la vez enteramente distinto y todavía más hondo: la posibilidad de desconocer lo que conozco y, sobre todo, lo que aparentemente conozco (y por eso es que un libro es primeramente y sobre todo una crítica de todo lo que es y todo lo que está).
La imagen, a veces, es brutal: hay un trampolín y, abajo, una alberca vacía. El lector avanza por el tablón que tiembla y se avienta para sentir el vértigo.
El libro marea.
La imagen, a veces, es sagrada: hay algo sin palabras allá, más lejos. El lector avanza por el camino más largo para participar de una comunión.
El libro se deshace sobre la lengua.
Un libro verdadero, quiero decir, no porta un mensaje sino un secreto (Gruner dixit), las páginas convertidas en el velo de lo que está hecho. Más que enunciar algo, ese libro alude a otra cosa. Esa otra cosa es, precisamente, lo que el libro no sabe: su propio punto ciego. Un libro así no pide ser digerido o descifrado o consumido, sino ser compartido, estar implicado. Un libro es un pacto (no necesariamente entre caballeros). Inacabado siempre, lleno de ángulos imposibles, ese libro sabe hacerse de lado dentro de sí mismo para que yo entre. Es, luego entonces, un libro aptamente, vicensinamente diríamos en mexicano, vacío.
Las páginas de ese libro comparten forma con la puerta, la mesa, la cama, la tumba: el rectángulo de las experiencias básicas. Por ahí entro, en efecto. Ahí me alimento y descanso y siento placer y ahí, también, fallezco para volver, si eso me toca, a nacer. Por ahí también salgo, ciertamente, pero convertida en otra. Metamorfosis única.
Los autores de esos libros, de Dostoievski a Duras, de Woolf a Rulfo, de Lispector a Pizarnik, saben. Saben mucho, incluso. Saben que saben y saben, de hecho, más. Acaso por eso sus personajes no abren la boca para soltar datos o argumentos de lo conocido. Oscuros, paradójicos, aptos sólo para representarse a sí mismos, esos personajes a menudo, y por algo, se quedan con la boca abierta, incapaces de articular sonido o sentido. Hondos, escarban hacia abajo. Categóricos, guardan silencio y escupen y entierran. Únicos. Irrepetibles. Irrevocables. Si el personaje está en lugar del concepto, entonces no es personaje sino, literalmente, un concepto disfrazado de personaje. Si el personaje es, como se dice, de carne y hueso, entonces no es personaje sino calca de lo real. Artificial (en el sentido más amplio de ser lo contrario a lo “natural”), el personaje cuando es, es puro texto. Garabato. Galimatías. Entresijo. Espejo de lo que producirá en el reflejo.
No soy una defensora de la ignorancia, lo repito. Asumo que el trabajo del escritor es leer. Disfruto de la sapiencia y la erudición, a menudo trémula, de muchos. Me gusta aprender. Participo con frecuencia en discusiones maniáticas alrededor de datos y de cifras, detalles nimios. Admiro sin reservas un argumento bien documentado y mejor medido. Desconfío, vamos, de la puntada de ocasión o el chiste o la cosa visceral que quiere hacerse pasar por ácida crítica. Pero el saber de los libros fundamentales, ese que conmueve desde el sesgo de su punto ciego, ese que me implica desde su propia inarticulación, cerca como está de esos varios conoceres, se encuentra, sin embargo, en otro lado. Prefiero el trampolín, quiero decir. Prefiero el momento del salto (los pies en el aire) y el momento estrepitoso del colisión. Esa sacudida. Prefiero la cabeza rota sobre la superficie azul de la alberca vacía. Prefiero el libro que, pegado a la lengua, se disuelve dentro del cuerpo para ser lo que es: cuerpo. Cosa viva. Cosa que tiembla. Prefiero esa página aptamente rectangular donde descansaré. Sin paz.