lunes, septiembre 03, 2012

La novela descompuesta (Diario Milenio/Opinión 03/09/12)


Compartir un problema suele ser, nos dicen, el primer paso para resolverlo. Dejar el territorio de la monomanía y abrirse a la opinión de los demás ha de darle confianza al rehén del entuerto y mostrarle caminos, salidas, ventanas luminosas que en su ensimismamiento no conseguía ver. ¿Pero qué pasa si el problema es en tal modo hondo y churrigueresco que sólo abre su sésamo delante de los ojos del titular, y de hecho repele las intrusiones como lo haría un halcón al cuidado del nido? ¿Y qué sucede si, además de intrincado, el problema supone un flujo díscolo y placentero de temores, recuerdos, luces, sombras, ocurrencias, hallazgos, anagnórisis? En resumen, ¿qué pasa si me gusta mi conflicto y no me da la gana compartirlo?
Si escribir es meterse en problemas, la idea de sentarse a hacer una novela parece una calamidad irresoluble para quien ya lo intenta y siente naufragar a sus constantes en un mar de variables indecibles. Se empieza remedando a la realidad y acaba uno peleando por sustituirla. Un proceso muy fértil en lo que toca a monstruos y demonios, entre otros ejemplares de la fauna íntima a los que es necesario domeñar y amaestrar, o en su caso lanzarse a tasajear, según diga el instinto. Sería un gran alivio para el gladiador enfrentarse a las fauces del león hambreado con siete centuriones de refuerzo, pero debe entender que coliseo y rastro no son la misma cosa. Compartir el problema sería renunciar a la épica, y en tanto ello a la lucha. Rendirse ante sí mismo y esperar la clemencia de los presentes.
No he olvidado el alivio que sentí al momento de atravesar las puertas de mi primer taller literario. Algo así, imaginé, experimentarían los asistentes a una terapia colectiva. “No estás solo”, les dirían los otros, uno a uno y de tantas maneras que ya sólo por eso pensarían que, como se dice ahí, resolvieron la mitad del problema. ¿Qué parte del problema, es decir la novela en proceso, se resuelve al momento de sumarse a un taller de novela? Stalin opinaba que la muerte resuelve todos los problemas: si eso es verdad, los tres talleres literarios de los que fugazmente formé parte resolvieron el total del entuerto, pues su sola lectura en voz alta me llevó a acuchillar al malhadado embrión y enterrarlo con todo y expectativas. La novela que había entrado descompuesta salía del taller convertida en chatarra.
Si he de dar mi opinión, en lo que toca a resultados concretos creo nada más que en los talleres de hojalatería y pintura. Vamos, si me dijeran que una cierta novela fue escrita íntegramente bajo la vigilancia de un taller literario, poco o nada se me antojaría leerla. Llámenme puritano, pero esa obscenidad del tramar colectivo me escandaliza tanto como aquellas escenas donde no es ya un torero, sino una pandilla de ellos quienes azuzan a la fiera acorralada. Verdad es que en algunos asuntos abstractos —como el afilamiento del detector de mierda y el consejo de sentarse a escribir nada más levantarse de la cama— la asistencia a esos tres santuarios del titubeo valió su peso en oro, tanto como la decisión de no volver.
Entra uno en el aprieto de escribir igual que va y tropieza con el amor. Ni las manos metemos, y una vez que sangramos a medio pavimento y entendemos que nadie va a venir a salvarnos, lo que toca es tragarse el miedo y el orgullo y resolver a solas el desafío. Enfrentar al amor, encarar la novela, ¿qué más salida queda? Tocan huevos, se dice en estos casos. Para escribir cabalmente una historia no basta con pensarla y deducirla; es preciso, además, enfermarse de ella. Odiarla, acariciarla, descartarla, perderla, correr a rescatarla y respirar de pronto con el alivio de un enamorado cuando suena el teléfono y es ella la que llama. Si alguien ha de enterarse, mejor que sea un amigo y no una asamblea. Toda novela es en sí misteriosa y no le gusta que hurguen bajo sus faldas.
Quiero decir, al fin, que quien se ve metido en el entuerto de contar una historia necesita sin duda de un taller, pero éste debe ser lo suficientemente grande y auspicioso para pasar en él 24 horas diarias. ¿Hay algún novelista que no sepa que su taller es el mundo entero y funciona inclusive mientras duerme? Alguna vez conduje un taller literario y al final me quedó la impresión de ejercer como espurio terapeuta. ¿Sirven, pues, los talleres literarios? Seguramente sí, pero algunos no servimos para ellos.

Cortázar otra vez (Diario Milenio/Opinión 28/08/12)


Julio Cortázar, nuestro Gran Contemporáneo. El escritor de su presente que, precisamente por serlo hasta la médula, ha podido dar el salto y hablar de tú a tú con generaciones enteras del mundo entero
Cuando imparto talleres de creación literaria usualmente asigno el ensayo “How Writing is Written” (en traducción al español de la poeta tijuanense Laura Jáuregui) de la escritora norteamericana Gertrude Stein —autora experimental, alumna de William James y exiliada, junto con su compañera Alice B. Toklas, en Paris. Lo tomo como punto de partida porque ahí Stein explora la cuestión de las “expresiones” de la escritura desde su sustrato más material. La escritura como una realidad encarnada. La escritura como una indagación en el sentido temporal. Así, tratando de explicar cómo sucede el proceso de la escritura, cómo la escritura es escrita, Stein declara desde el mismo primer párrafo que “todos ustedes son contemporáneos unos de otros, y todo el asunto de la escritura es vivir en esa contemporaneidad”. Saber en qué consiste el sentido temporal de tal contemporaneidad es, al decir de Stein, el deber de todo escritor que no quiere vivir bajo la sombra del pasado o la imaginación del futuro —dos de los territorios donde se perviven las obras menores. “Un escritor que está haciendo una revolución tiene que ser contemporáneo”, afirma.
Indagar en ese sentido temporal, por otra parte, no es una labor abstracta sino radicalmente material. Para el escritor, esta indagación no se lleva a cabo en la mente o en las ideas de una época, sino que tiene que realizarse en el lenguaje, en la sintaxis, en la oración. De ahí, por ejemplo, el interés de Stein por la composición, por las partes del discurso y por los métodos del habla. De ahí que, al considerar que la repetición no existe, que no hay tal cosa como la repetición, puesto que toda narración involucra una variación, Stein escribiera su célebre: una rosa es una rosa es una rosa.
También decía Stein que el escritor contemporáneo, el que escribe con/desde el sentido temporal de su época, y en contra, luego entonces, de los hábitos heredados del pasado o los imaginarios del futuro, siempre producirá algo “con la apariencia de fealdad”. Y aquí, por “fealdad” Stein quiere decir algo “irreconocible”, algo con lo que los habitantes de esta época todavía no están “familiarizados”. Esta resistencia, que para Stein era tanto interna como externa, ocasiona que el escritor contemporáneo sea usualmente rechazado por su generación (el producto es demasiado “feo”) pero que sea aceptado por la siguiente —para cuyos integrantes el producto será más “perceptible”.
Son estos tres puntos contenidos en How Writing is Written los que me llevan a considerar a Julio Cortázar como nuestro Gran Contemporáneo. El escritor de su presente que, precisamente por serlo hasta la médula, ha podido dar el salto y hablar de tú a tú con generaciones enteras de lectores no solo en Latinoamérica sino en el mundo entero. Me explico: no el visionario creado por los mitos románticos, no el nostálgico de lo que pudo haber pasado, no el adelantado a su época, sino el anegado, el inmerso a tal grado en el propio sentido temporal de su contemporaneidad que produjo esa cosa “fea”, esa cosa ciertamente atípica que fue, por ejemplo, Rayuela.
Suelo asignar Rayuela de una manera más o menos regular y a la menor provocación en las clases que enseño en Estados Unidos. Cuando lo hago, cuando finalmente vuelvo a caer en la tentación, me digo a menudo que tal decisión se debe, sin duda alguna, a la importancia del libro en el contexto de la literatura latinoamericana y a la necesidad, luego entonces, de aproximar a los nuevos lectores foráneos. En realidad yo creo que lo hago porque, de cuando en cuando, tengo que introducirme de nueva cuenta en el experimento cortazariano para ver si cambio de opinión.
Lo que sucede es más o menos esto: abro el libro y, siguiendo las instrucciones para la lectura alternativa, me pierdo en una lectura horizontal que en mucho se parece, precediéndolo, al laberinto del hipertexto. El juego me emociona. Ahí está otra vez el lado generativo de la interrupción y el placer singular de la deriva. Ahí está el famoso capítulo en que dos oraciones se persiguen la una a la otra dentro de la misma página, e incluso dentro del mismo párrafo, aparentando ser una pero siendo, irrevocablemente, dos. Ahí está el sutil movimiento de las manos sobre el papel: lectura con cuerpo. Ahí está el juego para el cual o dentro del cual lo que cuenta es el proceso —físico, intelectual, senti-mental— y no el punto final (si es que existe un punto y si es que existe un final). Este es el lado de Rayuela que comparo al momento en que, un rato después de iniciada la carrera, se produce la levitación de las endorfinas. Para mí, el placer de Rayuela está en todo eso.
Lo que resta, la otra lectura, la que inicia al inicio y se sigue hasta el final, continuada si así se quiere por un apéndice acaso moroso, esa otra parte me sigue pareciendo marchita. Ahí es donde está La Maga en su mundo separatista y donde los hombres discurren sin parar sobre ideas más bien sobadas. Ahí están las observaciones snob, marcadas por larguísimas citas textuales de libros que se quieren de culto pero que con los años se han convertido en manual. La sapiencia docta y la erudición fácil y la memoria exacta están ahí, con nombre de autor, título y fecha de publicación. Ahí es donde se plantea la separación entre la razón y lo demás. Se trata, sin duda, del lado más conservador de Rayuela, la sección donde las definiciones hegemónicas de género y clase brotan como si fueran cosa natural. Este es el modo de Rayuela por donde se nota más el paso del tiempo. Aquí es donde cae pétalo a pétalo, marchita.
Siempre me ha parecido interesante, que los críticos tiendan a rescatar esa parte conservadora y proestablishment de Rayuela (el sexismo y el elitismo siempre son pro establishment, se sabe), describiendo simultáneamente a su aspecto más lúdico, es decir, a su cara más cierta, como una exageración decorativa o una recaída meramente formal. ¡Pero si es todo lo contrario!, termino diciéndome una vez más, comprobando que, acaso a mi pesar y 98 años después del nacimiento del siempre querido Cronopio, esta vez tampoco he cambiado de idea.

martes, agosto 28, 2012

De generales y hombres libres-(Sexenio-Puebla 07/08/12)

Hace unos meses Puebla bombardeó a todo el país con motivo del festejo del 150 aniversario de la batalla del 5 de mayo de 1862. Los principales eventos se transmitieron a nivel nacional. Puebla echó la casa por la ventana.

Sin embargo, nulo fue el espacio dedicado a la literatura. Hubo ediciones de libros, pero todos de corte histórico; ninguno de corte literario. Algo extraño, pues el siglo XIX se distinguió por tener una literatura combativa, ahí están Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Ignacio Ramírez “El nigromante”; etc. Habiendo tanto de dónde rascar, la literatura fue el género abandonado en estos festejos.

El Colegio de Puebla, a cargo de Miguel Maldonado, hizo un gran esfuerzo por conjugar algo de ambas. Ediciones bellas encargadas a Jean Meyer alrededor del 5 de mayo, así como la edición de libros especiales como: Los libres no reconocen rivales de Paco Ignacio Taibo II; obra que posteriormente es publicada por el sello Planeta, casi a la par de El general orejón ese del mismo autor. Ambos libros son de corte histórico, pero con una riqueza literaria en su narración.

Los libres no reconocen rivales es un gran repaso sobre todos los acontecimientos que originaron la invasión francesa. No pierde el tiempo en detalles innecesarios y describe lo básico para comprender todo lo que rodeó al 5 de mayo de 1862. Taibo II se dedica a ponerle nombre a cada uno de los héroes y villanos, así como a romper mitos. Explica las traiciones existentes entre el bando de los liberales y el de los conservadores, plasma la simpatía que los poblanos mostraban hacía los franceses y las expresiones que dicha simpatía le generaban a Zaragoza, describe con precisión lo sucedido durante el 5 de mayo y da su punto de vista sobre el por qué esta fecha es memorable y digna de ser festejo nacional. Libro que da lugar por vez primera a los serranos de Puebla.

El general orejón ese trata sobre uno de los generales más importantes del siglo XIX, pero también de los más olvidados: Mariano Escobedo. Una biografía novelada o una novela biográfica; pero jamás una biografía a secas. Aquí Taibo II narra cada uno de los actos heroicos –muchos en él- y de los obstáculos librados que fueron forjando a Escobedo. Este libro busca darle un lugar adecuado a Mariano Escobedo, pues el discurso oficial lo tiene olvidado y tan sólo es uno más de entre todos los generales, a pesar de estar al nivel o por encima de Negrete, González y Díaz.

Dos libros que gozan con una amplia bibliografía consultada por el autor, pero sobre todo son dos obras que harán reflexionar al lector sobre el papel que jugaron algunos personajes históricos durante esa época.

El discurso manejado en cada uno de los libros es ameno, muy digerible; lo que los hace accesible tanto a niños, como a jóvenes y adultos. Libros que deberían formar parte de las lecturas obligadas en las clases de Historia de México, pues ofrecen versiones más apegadas a la realidad que las aparecidas en los libros de texto.

Quizá, dos obras necesarias para estos días oscuros que vive México.

lunes, agosto 27, 2012

¿Para quién lees? (Diario Milenio/Opinión 21/08/12)


Hay preguntas que, refiriéndose a uno, solo puede contestar, en sentido estricto, otro. Se trata de preguntas solo en apariencia sencillas que, de hecho, respondemos sin reparo alguno día con día. ¿De dónde eres? ¿Para quién escribes? ¿Cuál es tu casa? Son preguntas que, al enfatizar nuestra condición como seres relacionales, nos obligan a escuchar la respuesta de otros y a guardar silencio, en franca actitud de espanto o de humildad.
Hace algún tiempo, elaborando algunas ideas acerca de la posición de la escritura en un mundo globalizado, la poeta y narradora canadiense Anne Michaels empezaba por plantearse algunas preguntas, y la decisión es de suyo interesante, sobre la manera en que los hábitos de lectura globalizada podrían afectar y, en su momento, transformar las ideas y prácticas de una literatura local y/o nacional: “¿Qué significará una literatura nacional para una sociedad que lee sin dificultad globalmente, absorbiendo novelas en línea y bajando al instante nuevas traducciones de nuevos libros?”. La respuesta, que no proporciona en “Leer el Fausto en coreano”, le da pie, sin embargo, para conectar ciertas prácticas de lectura y la escritura con otros tantos cuestionamientos acerca de la relación de pertenencia que se establece, a veces de forma injustamente unívoca, entre lugar y autor. Veamos: “A pesar de la facilidad con la que cruzamos fronteras y nos introducimos en las experiencias de los otros, algunas verdades no cambiarán: el amor nos encuentra donde quiera que estemos, un niño nace solo en un lugar, el sitio donde enterramos a nuestros muertos se vuelve sagrado; estos lugares no nos pertenecen, nosotros pertenecemos a ellos. ¿Y, metafóricamente, dónde se entierra a un escritor? En un libro; en un lector. No enterrar en términos de inmortalidad, sino en términos de crear un terreno común. Un escritor puede nacer en un lugar y escribir en otro —lo que importa es ¿quién lo clama como propio? El lector, que bien puede vivir en otro tiempo y en otro espacio. Solo en este sentido, tal vez, la globalización no puede considerarse una nueva idea”.
Así, de acuerdo con la autora de Piezas fugitivas, una novela que no me canso de recomendar a diestra y siniestra desde hace ya años, la pregunta sobre la pertenencia, solo simple o unidireccional en apariencia, sería mejor dirigírsela (¿arrojársela?) al lugar y no a la persona. La respuesta más honesta al “¿de dónde eres?” sería, luego entonces, “del lugar que me clame como propia”. ¿Y cuántos estaríamos dispuestos a esperar la respuesta en respetuoso, tolerante, reflexivo silencio? En todo caso, la respuesta, en vida, bien podría ser singular o plural, en efecto. En sentido literal y a fin de cuentas, sin embargo, el lugar que nos clama como propios, el lugar que rechaza toda presencia de ajenidad, solo es uno: la tumba. “Cuando no es posible enterrar a los muertos en un lugar que los recuerde”, concluía Michaels, “alguna veces la literatura es la única tumba que les podemos dar. Y la tumba es el único lugar que el migrante puede clamar como propio en su país adoptado; un lugar, irónicamente, para los vivos”.
Una estrategia similar habría de usarse cuando uno trata de contestar, a veces con poco reparo y menos pudor, otra pregunta relacional: ¿Para quién escribe?
Hace no tanto, mientras diferenciaba entre libros propiamente literarios y los así llamados best sellers, el autor argentino César Aira incluía una noción que, no por obvia, pasa como percibida. Decía que, a diferencia de los libros que involucran un proceso de exploración (de experimentación, decía de manera literal), no exentos del desvarío cuando no del más franco extravío (“ese peculiar cuestionamiento de la significación al que llamamos literatura”), un best seller era un “sueño realizado”. El escritor de best sellers sabe lo que escribe y, por saberlo a ciencia cierta, de principio a fin y, además, verazmente, encuentra su punto final de recepción, que es la compra. Más que para explorar, un best seller se lee para confirmar el estado de las cosas, y de las palabras que designan a las cosas. Es de presumirse, luego entonces, que el escritor de best sellers no solo sabe lo que escribe sino también, acaso sobre todo, sabe para quién escribe. Porque no se trata de un asunto relacional sino de control y, aún más, de mercado, el autor de best sellers sabe que se dirige a los gustos y prácticas de lectura de tal o cual sector de la población, cuyos datos le puede brindar, aquí sí sin reparo alguno, la encuesta más reciente.
La situación se complica, y se vuelve más interesante, si la pregunta relacional se contesta de modo relacional: Se escribe para invocar el lector que producirá la relación que promete el texto. Se escribe, luego entonces, para producir o instigar o conminar a ese lector que, en sentido estricto, todavía no existe. Se trata, tal vez, de una apuesta. O de una travesura. O de una imposibilidad.
Para ponerlo todo en modo annemichalesleeafaustoencoreano acaso tendríamos que preguntar a su vez: Y tú, ¿para quién lees?

Querido Tiradero (Diario Milenio/Opinión 28/08/12)


Hasta donde recuerdo, El Tiradero siempre estuvo ahí. En un principio eran juguetes, cuentos, estampas, boletos, dibujos y otros chunches que, niño al fin, sentía lástima de echar a la basura. “¡Todo guardas, caray, pareces rata!”, se quejaba mi madre, pues solo en mis dominios había fracasado su plan de tolerancia cero contra la porquería. Tras años de ganar tolerancia hogareña, El Tiradero fue diversificándose. Revistas, libros, discos, cuadernos, cables, aparatos, manuales, controles, herramientas perdidas y kilos de basura mal disfrazada de memorabilia, unos encima de otros como en una gran tómbola.
De mudanza en mudanza, El Tiradero se fue haciendo más amplio y auspicioso, de modo que no solo abarcaba completa una habitación, sino que iba invadiendo las demás, como una enfermedad oportunista. Madre, sí, solo hay una, y eso lo tienen claro lo desmadres, que en su ausencia tienden a ser pandilla. “¡Maldito tiradero!”, suele uno farfullar de cuando en cuando, como quien culpa de la gripe al estornudo, pero al final se rinde al poder corruptor de la costumbre. “¡Un día de éstos tengo que escombrar aquí!”, se justifica ante los visitantes, como si solo en medio de ese trance pudiera ver su caos a través de unos ojos imparciales. O como si quisiera prevenir comentarios del tipo “si así tiene la casa, cómo tendrá el cerebro...”.
Cierto que hubo opiniones comprensivas, como aquélla que me tildara de “coleccionista”, cuando no era sino amontonador. Otros, menos amables, arriesgaron diagnósticos tan bochornosos como ese del “anal retentivo” que no hizo mejor cosa que estreñirme otro poco la conciencia. ¿Y no es ahí, por cierto, donde sienta sus reales la oficina matriz del Tiradero, S.A.? Si Neil Armstrong cobró celebridad por un viaje a la luna, otros pagamos renta por el trip de vivir en esas suburbiales latitudes, mientras en torno nuestro se amontona un paisaje disfuncional que nos condena a seguir en la luna. ¿Quién va a querer aterrizar en medio del Tiradero, Inc., si ello implica enterrarse en un gran laberinto de cuya entraña puede emerger cualquier cosa, reptiles, roedores y alacranes incluidos?
“¿Cómo tendré el cerebro?”, termina uno también por preguntarse, si bien de pronto lo hace por narcisismo vil. Como si solamente el Santo Tiradero pudiera hacer que yo fuera yo, cuando lo único cierto es que al cabo lo soy a pesar suyo. Verdad es, asimismo, que encontrar un objeto extraviado entre las varias sedes del desmadre en un tiempo menor a quince minutos me daba un raro orgullo empecinado: “¿Ya ves cómo sí sé dónde tengo las cosas?”. Y eso que nadie entró en mi disco duro.
El gran inconveniente de vivir en la luna es que las rentas nunca dejan de subir y los caseros suelen ser implacables a la hora de cobrarse, como solía decirse, a lo chino. Pues en mitad del amontonamiento, difícilmente sabe uno lo que tiene, y menos todavía lo que le falta. En general y en particular. En cuerpo y alma. Podría hacer memoria y recordar en qué momento, incluso con qué objetos fue invadiendo el desmadre cada recámara; lo que sí no recuerdo es dónde estaba y cómo me distraje cuando se me instaló en la cabeza. Tampoco sabe uno cómo es que terminó convertido en rehén. En todo caso, iba llegando la hora de aterrizar en plena capital del Tiradero. Muy temprano, en silencio, igual que un batallón de paracaidistas.
Nunca entendí por qué mi madre era implacable con las huellas del recuerdo, hasta que me enfrenté al Tiradero. La vi destruir fotografías preciosas de sus años de soltera y echarlas sin piedad a la basura, con tal de no ofrecerle cuartel a tiradero alguno, así fuera en cajones organizados con rigor militar. Con esa misma táctica, eché en cuestión de horas al Tiradero fuera de la recámara principal. ¿Cómo es que cancelé todo ese espacio en tributo a la hueva de cada día? Pero mientras aquí se imponía latolerancia cero, ya El Tiradero se atrincheraba en las otras recámaras, reforzado por la presencia reciente de objetos exiliados en montón. Qué difícil resulta no tomar prisioneros.
Releo lo ya escrito y confirmo que no logré evitar el tufo de rehab domiciliario, cuando lo que intentaba en un principio era abundar en torno a los diversos monstruos que es preciso enfrentar antes de decidirse a escribir novela. Sucede, sin embargo, que los míos están acechando allá afuera, y yo para vencerlos no tengo sino un par de franelas, una aspiradora y un relato tramposo que ya da por extinto al caos imperante: estrategia y terapia en un solo paquete. Sé que suena a autoayuda, pero es pura teoría literaria: sin monstruos arrasados no hay novela posible ni vida tolerable.

martes, agosto 21, 2012

Jesús: aquél del Chopo (Diario Milenio/Opinión 20/08/12)


Hasta el día en que abrí aquel periódico, nunca había ganado un concurso, ni un premio ni una rifa. Y ahí estaba mi nombre, junto a los de otros dos desconocidos que asimismo ostentaban el primer lugar. Un jurado clemente y generoso había decidido no definir segundo ni tercero y eso fue suficiente para que al día siguiente llegara yo hasta la oficina del director de la prepa con el periódico entre las manos. “¿Cómo la ve?”, le sonreí, sarcástico, no bien peló los ojos ante la noticia, “¿verdad que no soy tan vago...?”
Supongo que una cosa explicaba la otra: el alumno problema ganó un concurso de periodismo de rock. Aún sin acabar de comprender qué demonios era eso —el premio incluía la opción de escribir para la revista que había convocado a los concursantes—, me imaginaba entrando en un gran edificio, en cuya parte alta se leería, iluminado, el título de la publicación. Con permiso, señores, háganse a un lado todos que ya llegó Clark Kent.
Pocos días más tarde me citaron, no en el penthouse de un edificio inteligente, sino en un restaurante de comida plástica. Nada más saludar a los otros dos ganadores —unos mocos, también— y ver venir a nuestros editores —dos melenudos que seguramente no tendrían ni para invitarnos el desayuno—, dije adiós al futuro imaginado y me fui resignando al desastre que dibujaron nuestros improbables empleadores: no había presupuesto, y muy probablemente ya tampoco revista. “Así es el rocanrol”, nos explicó uno de ellos, al que llamaban Muni, con la sonrisa puesta y nuestros premios listos: dos discos, un librito y la promesa de darnos trabajo, sabría el diablo cuándo.
Volví a ver al tal Muni en una conferencia de prensa a la que ni él ni yo habíamos sido invitados. No tenía la pinta de una estrella de rock: era bajito, cachetón, dicharachero, sardónico y dado a la ensoñación. Coleccionaba discos y revistas, pasaba lista en el tianguis del Chopo, atesoraba discos de Moody Blues y seguía creyendo que algún día iba a darme trabajo. Fue así que nos hicimos amigos, a fuerza de encontrarnos cada sábado y hacernos carcajear con chistes y ocurrencias interminables, no pocas veces a nuestras costillas. ¿Quién nos mandaba, al fin, ejercer ese oficio deficitario?
“¿Otra vez andas bruja, güey?”, me recibía Muni en su puesto del Chopo, nada más me veía llegar con un nuevo tambache de discos listos para irse con el mejor postor. Me había hecho al fin con un trabajo de comentarista musical y recibía ya decenas de álbumes regalados, gran parte de los cuales no tenía destino mejor que la vendimia. Si Muni no podía ofrecerme un empleo, sí que me hacía lugar en aquelpuesto estrecho donde juntos peleábamos contra la prángana, rasguñando los pocos billetitos que nuestras mercancías imantaban.
¿Y qué era el rock, al fin, sino el gusto de echar por la borda lo seguro y aventurarse a lo desconocido? Una mañana Muni me vio llegar ya no con un tambache, sino con varias cajas de discos: me había comprado una motocicleta negra con vocación de viuda, debía los impuestos de importación y para liquidarlos no tenía más que una colección discos que tardaría dos sábados en desaparecer. “¿Estás seguro que los quieres rematar?”, me repetía Muni con los ojos saltones, aunque al fin comprendiera —poco tiempo después, ya abordo de la moto— que para quien ansía vivir a tope, mil centímetros cúbicos en marcha tienen que valer más que mil quinientos discos apilados.
Contra todo pronóstico, Muni fue mi editor tantas veces como logró publicar revistas o folletos, para luego venderlos en su puesto, me pagó cada vez por el trabajo y me sacó de apuros siempre que aparecí con la repetitiva novedad de que tenía hasta el tope la tarjeta de crédito. “¿Ya ves, güey, por vivir del rocanrol?”, se carcajeaba y me hacía un hueco en el puesto. Y si no había venta me prestaba dinero: la desgracia ayudando a la necesidad.
Hace ya dos semanas que supe de la muerte intempestiva de Jesús Muñoz Olivares, conocido por todos como Muni. Pocos años atrás nos encontramos. Traía algunas revistas y libros viejos, así como unos cuantos chistes nuevos. “Nos vemos en el Chopo”, me despedí, lejos de imaginar que jamás volveríamos a reírnos del mundo y sus apuros en ese par de metros cuadrados. Cierro los ojos ahora e imagino a mi amigo recortando este artículo, para su colección. ¿Y es que acaso lo he escrito con otro fin?

miércoles, agosto 15, 2012

Puntos ciegos (Diario Milenio/Opinión 14/08/12)


No soy una defensora de la ignorancia, por supuesto. Pero en el mundo de la escritura, que es un mundo signado por la incertidumbre y el claroscuro, saber es, a menudo, saber demasiado. Atiendo a mi historia como lectora y atestiguo que los libros que me han marcado, esos a los que regreso una y otra vez con la curiosidad intacta, no son aquellos que me aclaran, ilustran o develan (todos verbos luminíferos, en efecto) la así llamada realidad, sino aquellos otros que me inquietan con su oscuridad, me problematizan con sus preguntas sesgadas o secretas, y me atenazan con sus desvaríos. Cosa incesante. Lo que esos libros me dan no es conocimiento sino algo a la vez enteramente distinto y todavía más hondo: la posibilidad de desconocer lo que conozco y, sobre todo, lo que aparentemente conozco (y por eso es que un libro es primeramente y sobre todo una crítica de todo lo que es y todo lo que está).
La imagen, a veces, es brutal: hay un trampolín y, abajo, una alberca vacía. El lector avanza por el tablón que tiembla y se avienta para sentir el vértigo.
El libro marea.
La imagen, a veces, es sagrada: hay algo sin palabras allá, más lejos. El lector avanza por el camino más largo para participar de una comunión.
El libro se deshace sobre la lengua.
Un libro verdadero, quiero decir, no porta un mensaje sino un secreto (Gruner dixit), las páginas convertidas en el velo de lo que está hecho. Más que enunciar algo, ese libro alude a otra cosa. Esa otra cosa es, precisamente, lo que el libro no sabe: su propio punto ciego. Un libro así no pide ser digerido o descifrado o consumido, sino ser compartido, estar implicado. Un libro es un pacto (no necesariamente entre caballeros). Inacabado siempre, lleno de ángulos imposibles, ese libro sabe hacerse de lado dentro de sí mismo para que yo entre. Es, luego entonces, un libro aptamente, vicensinamente diríamos en mexicano, vacío.
Las páginas de ese libro comparten forma con la puerta, la mesa, la cama, la tumba: el rectángulo de las experiencias básicas. Por ahí entro, en efecto. Ahí me alimento y descanso y siento placer y ahí, también, fallezco para volver, si eso me toca, a nacer. Por ahí también salgo, ciertamente, pero convertida en otra. Metamorfosis única.
Los autores de esos libros, de Dostoievski a Duras, de Woolf a Rulfo, de Lispector a Pizarnik, saben. Saben mucho, incluso. Saben que saben y saben, de hecho, más. Acaso por eso sus personajes no abren la boca para soltar datos o argumentos de lo conocido. Oscuros, paradójicos, aptos sólo para representarse a sí mismos, esos personajes a menudo, y por algo, se quedan con la boca abierta, incapaces de articular sonido o sentido. Hondos, escarban hacia abajo. Categóricos, guardan silencio y escupen y entierran. Únicos. Irrepetibles. Irrevocables. Si el personaje está en lugar del concepto, entonces no es personaje sino, literalmente, un concepto disfrazado de personaje. Si el personaje es, como se dice, de carne y hueso, entonces no es personaje sino calca de lo real. Artificial (en el sentido más amplio de ser lo contrario a lo “natural”), el personaje cuando es, es puro texto. Garabato. Galimatías. Entresijo. Espejo de lo que producirá en el reflejo.
No soy una defensora de la ignorancia, lo repito. Asumo que el trabajo del escritor es leer. Disfruto de la sapiencia y la erudición, a menudo trémula, de muchos. Me gusta aprender. Participo con frecuencia en discusiones maniáticas alrededor de datos y de cifras, detalles nimios. Admiro sin reservas un argumento bien documentado y mejor medido. Desconfío, vamos, de la puntada de ocasión o el chiste o la cosa visceral que quiere hacerse pasar por ácida crítica. Pero el saber de los libros fundamentales, ese que conmueve desde el sesgo de su punto ciego, ese que me implica desde su propia inarticulación, cerca como está de esos varios conoceres, se encuentra, sin embargo, en otro lado. Prefiero el trampolín, quiero decir. Prefiero el momento del salto (los pies en el aire) y el momento estrepitoso del colisión. Esa sacudida. Prefiero la cabeza rota sobre la superficie azul de la alberca vacía. Prefiero el libro que, pegado a la lengua, se disuelve dentro del cuerpo para ser lo que es: cuerpo. Cosa viva. Cosa que tiembla. Prefiero esa página aptamente rectangular donde descansaré. Sin paz.

Terapia 'verde-amarela' (Diario Milenio/Opinión 13/08/12)


Son legión quienes creen —o asumen, o se temen— que del futbol depende el progreso de México. Lo peor del caso es que es en parte cierto, si de la fe en sí mismos de los seleccionados nacionales surge la inspiración de sus estoicos fieles. Un pobre desempeño de la oncena en la cancha es una cuchillada por la espalda para la autoconfianza de millones. Peor todavía, un alimento para nuestros complejos y un enésimo trauma en la colección.
Escribo estas palabras aún bajo el efecto de la terapia olímpica. Apenas unas horas antes del par de goles y la medalla de oro que por fin me libraron de un complejo adquirido desde temprana edad, me rehusaba a aceptar que si la selección perdía la medalla de oro yo debía correr a hacerle compañía en la primera persona del plural. “Perdimos”, se defiende uno, huele a manada. ¿Yo qué perdí, a ver? Mas en el fondo sabe que no puede ocultar el ardor de la herida en el orgullo: pudor mal disfrazado de arrogancia.
Pero he aquí que ganamos, y en tan estrepitosa conjugación no hay quien no quiera hacerse un lugarcito. Más todavía hoy, cuando la selección que resultó vencida es de paso nuestra más admirada (y en los hechos, por cierto, la más querida). Algo hay en el genoma nacional que tiende hacia el hechizo de la batucada. Este país es hincha de brasileños, a menos que los tenga de rivales y ya sólo por eso duela hacerles pelea. Pero el pleito que importa es el que libra uno contra el equipo de sus propios traumas, y en ese no se puede dar cuartel. La idea de vencer a quien se admira parece un despropósito y una desproporción, tanto así que su mero cumplimiento apunta hacia una matazón de complejos. Por lo pronto, una cosa está clara: para las Olimpiadas de 2016 ya habrá una multitud de niños llamados Oribe.
“Parábola del hombre común rozando el cielo”, describe Chico Buarque —deidad universal de la canción, novelista, delantero del equipo amateur Polytheama— a su amado deporte en la canción O Futebol, y de sólo pensarlo me da la tentación de pedirle disculpas al venerado autor de Construçaopor esos dos boquetes que el Cepillo Peralta debió de abrir el sábado pasado en su ánimo de píotorcedor. Si el complejo siguiera en su lugar, me excusaría diciendo que metimos otro gol como si fuese lógico.
¿Qué habrá sentido, por ejemplo, Roger Federer el día que venció a su ídolo Pete Sampras en la cancha central de Wimbledon? ¿Orgullo? ¿Paz interna? ¿Piedad? ¿Pura emoción? Especulaciones aparte, Roger tuvo que haber sacado jugo del feliz desenfado de saberse superior a sus miedos y mirarse al nivel de su estándar más alto y admirable. Vencedor de sí mismo y sus demonios, antes que del contrario y su fantasma.
Más de una vez, hablando con brasileños, he pecado de extrema modestia cuando el tema en cuestión es el futbol. No sé si sea mero complejo nacional o si tenga que ver el respetazo que a cualquiera le impone el sambenito de pentacampeones, pero el hecho es que me he sentido tan incómodo que debí dar el salto al tema de la música, donde los brasileños me parecen aún más admirables y queribles, pero no hay marcadores que nos comparen ni obstáculos que impidan hacer mía su música y suspirar con ella hasta alcanzar el estado de gracia. ¿Cómo no dirigirse aquí y ahora a Chico Buarque mismo y alzar una cerveza a su salud, sin más complejo que el de quien ya se sabe desafinado?
Es de suyo imposible cuantificar el peso de un estímulo así. Hay incluso quien jura que todo el espectáculo es mero conformismo catártico, pero insisto: hoy que paso lista a mis complejos, hay uno que no está. Cierto es que mis problemas siguen todos ahí, tanto como que nada puede hacer elCepillo Peralta para resolverlos, pero igual desde aquí me parecen un poco más pequeños.
Claro, es una ilusión, y en tanto eso la expreso no sin cierto temor al ridículo. ¿Yo qué gané, a ver?, me pregunto de pronto con ánimo aguafiestas, pero igual traigo puesta una sonrisa zonza mientras garabateo la palabra ganamos y recuerdo que el miedo, ese rufián eunuco, se alimenta de nuestros complejos vigentes. Por falta de experiencia, ignoro cuánto duren los efectos de una medalla de oro. No estaría de más arrasar, entre tanto, con unos cuantos miedos anticuados.

martes, agosto 07, 2012

Las ventanas abiertas (Diario Milenio/Opinión 07/08/12)


No lo sabíamos, por supuesto, pero todos aquellos que escribimos alguna vez a máquina, colocando el papel cuidadosamente en un rodillo y presionando las ruidosas teclas con una fuerza que no pocas veces dejaba adoloridas las yemas de los dedos, fuimos también artistas visuales.
La máquina en cuestión, la que era de escribir, parecía un animal antediluviano. Ya no era en efecto la mole aquella en color negro creada a inicios del siglo XX debido al aumento de trabajos de oficina que, una vez colocada en su sitio, resultaba imposible mover, pero comparada con nociones de peso contemporáneos, incluso los modelos que se anunciaban como más ligeros, aquellos diseñados con efectos de movilidad, eran en realidad bastante pesados. Poco importaba eso, sin embargo. Si a uno le gustaba escribir y había que entregar algún manuscrito, allá iba uno con su Lettera 33 de un lado para otro: de los salones de clase a los parques, de la casa de algún amigo a la cabina del tren (había trenes entonces, y cabinas dentro de ellos). El proceso en general recibía el nombre de “pasar a máquina”, suponiendo, como solía ser el caso, que toda escritura era primero realizada a mano —en sucio— para luego sujetarse a varias revisiones antes de llegar a la limpieza del aparato mecánico. Mecanografiar: pasar en limpio. Borrar. Tachar. Volver a empezar. Escribir era, pues, escribir demasiado. Escribir era estar escribiendo todo el tiempo. Escribir era corregir.
Hasta aquí el efecto dramático de la nostalgia. Todo eso cambió, se sabe.
Un buen día las pesadas, inamovibles computadoras de escritorio fueron reemplazadas por las ágiles y ligeras laptops. Cuando las laptops lograron estar conectadas inalámbricamente las 24 horas del día, fue entonces que todo empezó otra vez.
La escritura lo notó primero. Los largos procesos de corrección y revisión no desaparecieron, pero sí se transformaron en ese parpadeo inmediato, este pálpito continuo que sucede cada que se aprieta la tecla delete. Más un órgano que un aditamento, a decir verdad. Una manera de respirar. Tal vez no utilice ninguna otra tecla tan frecuentemente como ésta, eso lo sé de cierto. Indicación, por lo demás, de que escribir sigue siendo re-escribir, pero que el proceso de revisión se ha vuelto algo sináptico y nervioso, algo inmediato también. Un gesto automático. Avanzar es retroceder, y viceversa.
Escribir con las ventanas abiertas supuso, también, cambios en la atención y en la definición misma de lo que es la famosa concentración de la escritura. Las ventanas de la pantalla, se entiende. Por mucho tiempo creí que solo podría escribir en absoluto silencio y sin ninguna clase de interrupción —una visión que heredé de autores de siglo XIX. Lo que los cambios tecnológicos de nuestra época me han enseñado es que hay distintos tipos de atención y todos ellos pueden rendir frutos, distintos, ciertamente, pero frutos al fin y al cabo. La distracción siempre me ha llevado a lugares más interesantes que la atracción, dije alguna vez eso, pero nunca como ahora fue tan cierto. Mirar de lado o de reojo o de soslayo es lo de hoy. Mirar como quien casi no mira, pero con el fin de ver todavía más.
Las tecnologías digitales no han inventado una escritura a la deriva, en disenso, interactiva, pero sí han tenido una influencia determinante en imaginar y poner en práctica procesos creativos que en mucho cuestionan los estereotipos básicos del XIX: el escritor como el genio solitario y atormentado, cuando no francamente elitista, en contacto con fuerzas acaso supernaturales pero con pocas ligas con su entorno. Lo que hacemos los que participamos en plataformas horizontales 2.0, tales como Twitter, es escribir con otros, es decir, escribir en comunidad. Las voces que escuchaban los escritores del pasado ya no están dentro de sus cabezas sino en la pantalla. Y tienen, además, vida propia. Decía Kathy Acker al inicio de la revolución digital que había que recuperar la energía del que, habiendo empezado a escribir en internet ya sea a través del correo electrónico o el blog, cree que es posible eso, escribir, escribir siempre, escribirle al otro y con el otro. Mucho de lo que acontezca en el futuro de la escritura en el contexto digital dependerá de esa energía alterada, lúdica, comunal que marca lo que hacemos hoy.

La cotidianidad vuelta poesía-(Sexenio-Puebla 01/08/12)


La poesía embellece el alma y reaviva las esperanzas.
La poesía duele hondamente.
La poesía es la única capaz de poner nombre y apellido a cada uno de los sentimientos, sensaciones.
La poesía es tan notable que convierte a lo grotesco en bello.
Inclusive la poesía también es capaz de hacer reír a las personas.
En fin, la poesía es una de las artes más completas.
Estas son algunas de las impresiones que quedan al leer a Fabián Casas y su poemario El pequeño mecanismo de los acontecimientos; editado por Almadía y conformado por 58 poemas. Dicho poemario, consiste en una antología –casi cronológica- organizada por Hernán Bravo Varela. Un antología perfecta, pues el antologador realiza un bello trabajo al alimón con el poeta, ya que logran ordenar cada uno de los poemas de tal forma que se plasme una clara evolución poética, pero también buscando mostrar una estética propia dentro del libro. Haciendo de El pequeño mecanismo de los acontecimientos un poemario independiente, temático.
Fabián Casas es un poeta de pocas palabras, pero todas ellas precisas y sencillas. Versos que retratan su mundo personal con belleza y conmueven hasta al más duro de corazón, como lo es la muerte de su madre.
Sin embargo, Casas también se inspira en cosas tan contemporáneas como los cómics o  es capaz de poetizar experiencias cotidianas como lo es quedarse sin llaves en medio de la oscuridad o esperar que la aspirina haga su efecto debido.
La capacidad de Casas es amplia.
Leer a Casas es entregarse a una poesía que es sencilla para cualquier lector, pero con una complejidad: la hacer que cada uno de nuestros acontecimientos diarios, tan mecánicos, tan burdos sean al mismo tiempo muy poéticos. Lo que hace que el lector pueda fácilmente apropiarse de este poemario.
El arte del libro corre a cargo de Alejandro Magallanes y viene a redondear la belleza de este libro.
Almadía es una editorial que ha arriesgado con propuestas novedosas para el lector mexicano, donde el libro como objeto sigue siendo de alto valor. No hay edición que no sea artística.

Anónimos entrañables (Diario Milenio/Opinión 06/08/12)


“Que cada quien hable y escriba
como pueda, que al hombre
lo revelan sus palabras.
Fernando Vallejo

Todos los días pelean, aun si jamás se han visto las caras. Pero ya se conocen, con esa intimidad ajedrecística que suele florecer entre los enemigos emboscados. Suelen ser despiadados, mordaces, iracundos, cuando menos en los foros virtuales donde su identidad está protegida. Se llaman como quieren, y si mañana mudan de principios sólo tendrán que hacerse con un nuevo nombre. Y entonces, imaginan, habrá quien los extrañe en el campo enemigo. Con lo bonito que era, suspirarán, enviarse mutuamente a la mierda cada día, a cada rato, con motivo o sin él. Snif.
No es que uno se proponga leerlos, y es probable que nunca recorra entero uno de esos rabiosos culebrones que ocurren a lo largo de varias horas hábiles, pero hay un morbo oscuro que invita a tropezar en la clase de zipizapes circulares donde el anonimato da licencias bastantes para, si el impulso parece irresistible, convertirse en la peor versión de sí mismo e insultar a los otros como nunca osaría en su presencia física. Por lo demás, tener al enemigo escribiendo es también esperar a que meta la pata: el entusiasmo del guerrero forista se alimenta de los tropiezos de los otros. Y como sus enjundias llevan prisa, cometen los errores suficientes para que cada uno viva convencido de que sus adversarios son imbéciles y lo escriba sin pizca de diplomacia.
La mecha suele ser algún artículo, incluso una noticia polémica en potencia. Igual que los amigos de vagancia suelen saber a qué horas y en qué bares encontrarse, sin para ello tener que ponerse de acuerdo, los peleoneros del foro electrónico siempre saben dónde está la camorra, y cuando no la encuentran la inauguran. Cierto es que sus capacidades son disímbolas, pues mientras unos logran argumentar con solidez y agilidad verbal, otros dan pena desde la ortografía y hay algunos que no conocen la sintaxis, pero al cabo no hay árbitro ni juez. De ese modo, cada uno puede cantar victoria, por más que haya salido vapuleado de la contienda.
¿Contienda, dije? Mal puede serlo, al fin, un juego donde todos siempre ganan y nadie pierde más que el tiempo o la paciencia. ¿Cómo explicar que un puño de desconocidos se cite diariamente en el sitio web de una publicación sólo para ofenderse los unos a los otros en el nombre de meras abstracciones? ¿Son aún desconocidos, cuando encuentran deleite en recordarse las burradas que pudieron decir tres días, dos semanas, seis meses, un par de años atrás? Tanto tiempo de desahogarse juntos y endilgarse por turnos la miseria del universo entero difícilmente va a pasar en vano. Esos experimentos llegan a crear lazos, ¿no es verdad? La cárcel, el anexo, el hospital, el foro: hay encierros que hermanan adversarios.
Los guerreros del foro no quisieran saberlo, pero asisten a una terapia grupal. Diariamente se desahogan en presencia de propios y extraños, al extremo de arrojarse a la jeta las ponzoñas más íntimas —el pus de sus fantasmas— sin el menor respeto al qué dirán. Y al contrario, si el juego es provocar. Empapar al extraño de la clase de epítetos que se habrían destacado en un cuartel de la SS Waffen, sólo para que aquél pierda igual los estribos y responda con una retahila de invectivas infames, de las que en otra parte se avergonzaría. Puede uno imaginarlos a pantalla doble, rabiando y carcajeándose a un tiempo, a la distancia y al unísono.
Cuando a algún navegante ajeno a la dinámica del foro se le ocurre dejar un comentario, lo probable es que varios combatientes se le vayan encima como murciélagos. Carne fresca, ideas espontáneas: quién va a privarse de ese banquetazo. Por eso no es extraño que ahí de cuando en cuando caiga un nuevo exaltado y muy pronto le dé por mentar madres a los inquilinos, como con ganas de pasarse a avecindar. Es como si debajo de un puente hospitalario se reunieran los mismos vagabundos y pelearan por el mejor espacio y de tanto aguantarse terminaran reunidos en la misma familia. ¿O es que entre las familias no cunden los rencores soterrados?
Me gusta imaginarlos juntos en Nochebuena, brindando por la libertad de expresión, y unas horas después trenzados en un pleito de gatos callejeros, cada uno convencido de que sus adversarios son todos ratas y no tienen derecho a expresarse más allá del drenaje. Y es así que se animan y confortan, arrojándose ofensas embarradizas, salpicadizas y encima pegajosas desde la impunidad más comprensiva. Qué va uno a hacer, si así funciona la terapia.

Midaevil (Diario Milenio/Opinión 31/07/12)


Años antes de desaparecer en el aire, Amelia, usted escribió una carta que, de haber sido respetados sus deseos, yo no debí leer el 24 de julio del 2012, justo 115 años después de su nacimiento, en Achison, Kansas. Hablo de la famosa carta que usted escribió e hizo llegar a su prometido la mañana misma de su matrimonio. “No interfiramos en el trabajo o la diversión del otro”, le pedía en el cuarto párrafo de esta carta breve pero explosiva, “ni dejemos que el mundo vea nuestras alegrías o nuestros desacuerdos”. Heme aquí, Amelia, todos estos años después, interfiriendo. Heme aquí, justificando mi interferencia de la manera más alevosa y, acaso, la más desfachatada, al decir que lo hago nada más de gusto. Por gusto. Nunca he dejado de hacer las cosas nada más que por eso.

A veces es bueno desaparecer en el aire, Amelia. A veces es bueno ahorrarse la constatación de que las cosas no solo no cambiaron sino de que se pusieron, ¿cómo decirlo?, peor. Mire usted. Luego de las luchas feministas de los 70, años en que las ideas que se transparentan en su carta de la reticencia matrimonial fueron diseminadas y discutidas a lo largo y ancho del globo, las cosas regresaron a un impasse más bien conservador. Hay ciclos sociales, se entiende, ciertos ritmos de liberación y represión que cubren lo que damos en llamar “las épocas”. ¿Se habría imaginado usted, con su apego al trabajo propio y la libertad del aire, que hacia fines del XX e inicios del XXI sus reclamos ante el carácter medieval, sino es que totalmente ficticio, de cualquier tipo de fidelidad de pareja, serían tan válidos como en 1931?

Tal vez debería empezar por explicarle que, dominados por un discurso terapéutico que abarca tanto el terreno del cuerpo como de la mente, las sociedades contemporáneas hablan cada vez con mayor frecuencia de la vida en pareja como de un trabajo, es decir, de un trabajo deseable. Lejos de los arengas que exaltaban la pasión, el amor loco, o la experimentación emocional y/o sexual, el mainstream ha argumentado ya por años que las relaciones estables, ya de orden hetero u homosexual, se construyen con base en la fidelidad y el respeto y, luego entonces, producen la evidencia de mayor éxito: su duración. Se trata de lo que los sociólogos de la familia han denominado como la pareja filial (acompañantes) o, que en términos económicos, se conoce como la sociedad anónima. La exaltación a la familia nuclear de los 50s ha dado lugar a la exaltación a la pareja de dos, y los valores subyacentes, aunque edulcorados con ciertos términos prestados del New Age, en realidad siguen siendo más o menos los mismos. Hay lugares para lo femenino y lo masculino; existe la preponderancia de lo emocional sobre la creatividad personal; se valora la continuidad sobre lo discontinuo. Pocos de los documentos sobre las vidas privadas de mi época aceptarían abiertamente lo obvio: “…si fuéramos honestos podríamos evitar los problemas que pudieran surgir si llegáramos a interesáramos profundamente (o de manera momentánea) en alguien más”. La delicadeza en su uso del subjuntivo, Amelia, me subyuga.

Redactada en 1931, para más señas a inicios de febrero, su carta es, aún 81 años después, uno de esos documentos frescos y críticos que no dejan de articularse felizmente con distintos tiempos. “Querido GPP”, empezaba usted, amable y hermética a un tiempo. “Hay cosas que deben quedar por escrito —cosas de las que hemos hablado ya— la mayoría de ellas”. Después de cinco rechazos, GPP debió haber estado al tanto que usted, Amelia, le tenía cierta aversión al matrimonio. No la movían, eso hasta a mí me queda claro en esta lectura indiscreta de su misiva, cuestiones de las así llamadas sentimentales (la posibilidad de un eventual fracaso, la existencia o no del amor, el hecho de que el fueron-felices-para-siempre pudiera ser un espejismo, o cierta incapacidad ante el compromiso) sino, sobre todo, las consideraciones respecto al riesgo en que ponía el futuro de su trabajo (“que es lo más importante para mí”) con una decisión como ésta. Alerta y honesta consigo mismo y con su época, usted no podía dejar de ver que casarse, o que vivir con otro, más específicamente en pareja, toma un tiempo que, bien mirado, se le quita a otros proyectos de tipo personal que pueden tener igual o más relevancia que el trabajo de vivir con otro. ¡Bienvenida a mi época!

Pero no solo era eso, ¿verdad, Amelia? Estaba esa otra cosa. Esa necesidad, aceptada y asumida en su caso, de que siempre hace falta otro lugar: ese refugio privado y personal y propio; ese espacio intransferible. El lugar a donde uno va, en las felices ocasiones en que esto es posible, de la mano de nadie más. Usted lo dijo así: “Voy a tener que conservar un lugar donde pueda ser yo misma de vez en cuando porque no puedo garantizar que en todo momento pueda soportar el confinamiento de una jaula por muy atractiva que sea”.

Debí haber empezado esta carta con el “Querida Amelia Earhardt” que tantas veces adornó la correspondencia de sus fans, querida piloto de artefactos voladores no identificados. Debí haber anotado, sin más: “Yo también soy de las que desaparece en el aire”. Y, ahora mismo, debería concluir estas notas con el consabido “Queda de usted”. Pero no quedo de usted, Amelia. Sé que sabrá entenderlo. Quedo, eso sí, de la emoción de saber que esto que escapa al discurso de la época —que esta exploración lúdica y amorosa con el uno mismo en relación a los otros al que a veces denominamos como “vida alternativa”— tiene una genealogía locuaz y, con toda seguridad, un futuro insensato. ¡Los cielos que nos falta por surcar!

Es verano, Amelia, y llueve. 

P.D. Aunque la persona que transcribió su carta hizo caso omiso del error mecanográfico que transforma lo “medieval” en “midaevil” cuando califica al código de fidelidad que domina las relaciones de pareja, yo prefiero ese otro término suyo tan personal y tan azarosamente acertado que nos aproxima a lo diabólico (evil) cuando se trata de fingir, de conformidad a las ideas conservadoras del momento, con lo que no se es. m

El original de la carta se puede consultar aquí: http://www.lettersofnote.com/2010/04/you-must-know-again-my-reluctance-to.html