martes, julio 10, 2012

De la cordura a la locura-(Sexenio-Puebla 25/06/12)


Me parece extraño que México siendo un país donde, supuestamente, no hay tantos lectores; sí sea uno donde el mapa de escritores –y últimamente editoriales- existentes es amplio. Perdido en este mar de escritores está Felipe Soto Viterbo, quien vuelve a los encordados literarios con su novela: Conspiración de las cosas, bajo el sello editorial de Random House Mondadori.

En esta novela se narra la vida de Diego García, un tipo cualquiera con una vida lograda y que arrastra consigo un sinfín de recuerdos y frustraciones. De joven, Diego García era un poeta en ciernes, pertenecía a una cofradía de poetas y borrachos, y estaba enamorado de forma desmesurada de Valeria, una mesera del bar Zafiro. Sin embargo, la vida lo encarrilo a dejar la poesía y dedicarse a trabajar en un corporativo. No se puede quejar tiene una casa amplia, un buen carro y una esposa guapa y perfecta; por si fuera poco, también tiene una bella amante. La vida de Diego es hasta cierto punto rutinaria, pero perfecta. Hasta que un día sus recuerdos que llevan por nombre Valeria, lo invaden y lo invitan a revivirlo; a la par lo acusan de fraude en el corporativo y Rocío –su esposa- se pelea con él debido a los celos que la carcomen por dentro. De pronto, su presente no es tan bueno, su estabilidad desaparece y Rocío se va de la casa. A partir de esta cadena de hechos, Diego pierde el control de sus actos y da cabida a un extraño desdoblamiento entre su pasado y sus presentes, alterando su realidad y sin darle espacio para intentar comprender su situación. Se vuelve presa de los instintos más pasionales y su único objetivo es huir del presente y encontrar confort al lado de Valeria.

Conspiración de las cosas es una novela bien construida, donde los personajes se sostienen perfectamente y logran atrapar al lector. Gran atino de Felipe Soto Viterbo es que la narración vaya acorde a la acción. Una novela que se lee de forma rápida y deja un buen sabor de boca. Una novela que mezcla una posible realidad con algo de locura extrema.

Con Conspiración de las cosas, Felipe Soto Viterbo se va colocando como un buen narrador dentro del mapa literario de México y va exigiendo ser leído. 

Bullying, según Trino y Luigi Amara-(Sexenio-Puebla 11/06/12)


Recientemente la editorial Sexto piso ha apostado por la novela gráfica o el cómic. Dicha editorial, ha entregado grandes joyas estéticas como Diario de Nueva York de Peter Kuper, Viva la vida. Los sueños en Ciudad Juárez de Edmond Baudoin y Jean-Marc Troubet o Alicia en el país de las maravillas/a través del espejo de Lewis Carroll. Estas y otras obras se encuentran agrupadas en la colección Sexto piso ilustrado, la cual se ha ido colocando exitosamente entre los lectores.

En dicha colección, los niños y jóvenes han tenido cabida, como se puede ver con las publicaciones de libros como: La calavera de Cristal de BEF y Juan Villoro o Señor Fritos de BEF y Mauricio Montiel Figueiras; así como Los calcetines solitarios, donde los textos pertenecen al poeta Luigi Amara, mientras que las ilustraciones son de Trino.

Con gráficos atractivos para el público al cual se dirigen, además de una narración juguetona y llena de rima, Los calcetines solitarios cuenta la historia del calcetín Petete, víctima de un sinfín de abusos perpetrados por la malosa Calceta Negra y sus compinches. Petete harto de sufrir acude a sus padres y no le hacen caso. Al sentirse solo, abandona su cajón, pues es preferible sufrir afuera que en su propio cajón de calcetín. En dicha aventura conoce a Rayas Rojas con quien se divierte y juntos regresan al cajón para enfrentar a los malosos. Sin embargo, se dan cuenta de que portarse de la misma forma no los lleva a ningún lado y se dan cuenta que a ellos los molestan por ser auténticos y diferentes.

Los calcetines solitarios es un libro necesario para nuestros niños y jóvenes, pero –sobre todo- para los adultos, pues a veces no logran comprender con exactitud todo el daño que puede provocar el bullying y cuando actúan es demasiado tarde. No digo que la panacea sobre el tema sea este libro, para eso está la psicología; pero sí es una forma amena y didáctica de acercarse al fenómeno.

Los calcetines solitarios es un libro que pueden compartir papás e hijos, además de ser una forma de fomentar la lectura en los niños.

La mejor parte del mejor trato (Diario Milenio/Opinión 10/07/12)


Tengo la impresión de que fue en un libro de Henry Miller que leí por primera vez una frase que se comentaba mucho en casa: no aceptes nunca la mejor parte de un mal trato. Eso, con sus variantes respectivas y sus norteños acentos, decía mi padre o pregonaba mi madre a la menor provocación, en cualquier sobremesa. Ninguno, que yo supiera, había leído a Miller, pero se trataba de cuestionar el oropel con que vienen a veces los triunfos fáciles, las derrotas disfrazadas. El famoso gato por liebre. ¿Andar con el hombre que te trata bien pero al que no amas?, eso era ejemplo de la mejor parte de un pésimo trato. ¿Aceptar una beca jugosa en una universidad a la que no te llevaba ni el interés crítico ni el corazón?, mal trato absolutamente. ¿Aceptar el oropel de una democracia a la que la alientan, y esto de raíz, la corrupción y la impunidad?, el peor de los tratos posibles, en efecto.

Como siempre he creído, junto con tantos críticos de cepa, que, justo como el capital, el Estado es una relación (Marx dixit) y no una serie de instituciones establecidas e inamovibles, me parece obvio que a cada iniciativa, ya sea popular o del Estado, le corresponda una reacción viva y, de ser posible, intensa y apasionada. Así se arma el diálogo tenso, volátil, crítico que nos define como partícipes de una relación social. En efecto, para contestar la pregunta de FB: todos estamos en una relación con ese otro que son los otros. En efecto, nuestra situación es, luego entonces y de suyo, complicada. El así llamado orden establecido, que a muchos les parece la regla y no la excepción, a mí me ha parecido, luego de años de revisar y explorar la historia nacional desde abajo, es decir, desde las experiencias de los menos favorecidos por el estado imperante de las cosas, la excepción y no la regla. Si uno lee la historia de México desde sus puntos más débiles —el de los locos, ejemplo— es fácil darse cuenta de algo que ya decía Benjamin hace muchos años: la historia es un estado de emergencia constante. El conflicto es la regla. La lucha, de clases y más, es la regla.

Digo todo esto porque, como tantos otros, sigo con expectación y, sí, con gusto, las actividades que organizan los jóvenes en México durante estos tensos y muy discutidos días poselectorales. Me queda claro que, a esos furibundos jóvenes mexicanos no les disgusta tanto el resultado de la elección (el triunfo del candidato del PRI y de Televisa) como el proceso a través del cual se gestó un proceso electoral inequitativo y plagado de trampas desde años atrás. Están enojados, pues, y con justa razón. Como ellos no crecieron bajo el yugo de un régimen para el cual no contaban los ciudadanos, ni mucho menos sus votos (en las elecciones federales de 1976, para no ir más lejos, el único candidato era el candidato oficial: López Portillo: http://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_federales_de_México_de_1976), les parece evidente, por no decir que justo, que en un ejercicio de verdadera democracia se recuenten los votos, cosa que se ha hecho ya. Así, en largas jornadas —cuyas huellas, como migajas, van dejando en Twitter— llenan las calles en manifestaciones multitudinaria recuperando así, de esa forma festiva y vociferante, el espacio público. Y yo prefiero eso mil veces al dominio que han ejercido sobre el mismo, y siguen ejerciendo de manera más visible en ciertas zonas del norte del país, el narco y la guerra calderonista que sólo ha dejado cabezas y manos y sangre regados por todos lados.

No sólo pongo atención a las expresiones de desacuerdo más visibles y más colectivas de los jóvenes mexicanos de hoy. También leo, con igual expectación y más gusto, a los que empiezan a organizar colectivos de lectura con base en las bibliotecas gratuitas que ellos mismos han vuelto accesibles a través de #bibliotuit. Me entero de las que organizan talleres de dibujo o escritura en lugares que están más allá de Cuautitlán (EHuertadixit). Estoy de acuerdo con los que insisten una y otra vez, otra vez y una (de otra manera no sería insistir) en que todo verdadero cambio inicia en el coto privado de nuestras decisiones más íntimas. Y me parece, porque creo que el Estado es una relación y no una serie de instituciones establecidas e inamovibles, que ese es el tipo de sociedad que nos merecemos: alerta, crítica, dinámica, propositiva. Esto apenas empieza, eso se dice, y ojalá sea así.

Mientras que los adultos acostumbrados a obedecer, o ya para siempre derrotados por el fracaso o la comodidad, o a los que animan intereses más oscuros y complicidades más viejas, se conforman con la mejor parte de un mal trato, adulando a una “democracia” a la que entrecomillan con toda justicia el escandaloso ejercicio de la corrupción y el mal uso de los recursos públicos; los jóvenes, hoy por hoy el verdadero tesoro de esta nación, hacen bien en reclamar la mejor parte del mejor trato posible: un estado de derecho en el que el primer derecho sea cuestionar al Estado y el estado de cosas imperantes.

No es necesario acudir a manuales de radicalidad y ni siquiera leer a Miller para saber, como se decía tantas veces en casa a la menor provocación, que nunca es una buena idea aceptar la peor parte de lo que aparenta ser un buen trato. Mejor aún: propongamos las bases de ese trato que es la relación en la que todos estamos juntos y a la que llamamos, por algo ha de ser, Estado. De eso, y no de otra cosa, se trata vivir en sociedad y tener, claro está, una relación.

De hocico al cielo (Diario Milenio/Opinión 09/07/12)


Teóricamente es él quien no me entiende. Desde muy niño escucho a los demás decir que pertenezco a la única especie inteligente. Hay que ver, sin embargo, las que pasa mi can para hacerme entender lo elemental. Impedido para decir, escribir o precisar sus necesidades, menos aún sus antojos u ocurrencias, no tiene más recurso que la paciencia. Si yo fuera él, ya habría hecho un escándalo. Gruñiría, ladraría, a saber si no acabaría por morder a quien me hiciera lo que yo le hago a él. O en fin, lo que no le hago.

¿Qué habría hecho hace años, por ejemplo, si mis padres se hubieran ausentado por la mañana entera sin tener la bondad de darme el desayuno? ¿Qué tanto diría un niño si se viera encerrado y hambriento y no tuviera acceso al refrigerador? ¿Y un adulto? Por qué eso es lo que es él, un adulto privado de voz y voto. Pero jamás me gruñe, y al contrario. He regresado al fin de un desayuno largo y él me recibe con carreras y saltos. Diría incluso que está demasiado obsequioso. Un minuto más tarde, pongo un pie en la cocina y me topo de frente con su opinión: un gran charco amarillo a las puertas del refri.

La paciencia de Boris merecería un altar. Ha resistido toda suerte de coerciones destinadas a hacerlo recular en esa mala maña de orinar la cocina. Y no es que no le importe, si ya mismo ha corrido a esconderse para eludir probables consecuencias, pero él es firme en ciertos gestos simbólicos. Si lo abandona uno sin dejarle su brunch, o si se ausenta por demasiadas horas, el líquido reclamo aparece en sitio que el can ha decidido habilitar como ventanilla de quejas.

Ya imagino su justa indignación. “¿Cuántas veces me relamí los bigotes en tu mera cara?”, me quejaría yo si fuera él. “¿Qué más tengo que hacer para que entiendas que me retuerzo de hambre?”, me desesperaría. “¿Naciste así de imbécil o te fuiste esmerando en el camino?”, me ensañaría al fin. Sólo que entonces dejaría de ser perro y volvería a ejercer mi humana mezquindad.

Trato de razonar: si Boris accediera a mi exigencia y dejara de autografiarnos la cocina, ¿cómo protestaría contra los abandonos y negligencias? ¿No es verdad, así visto, que ese gesto apestoso parece menos una mera rabieta que un principio de suyo irrenunciable? Llámenle conveniencia, dignidad, derecho, cuestión práctica, el punto es que no hay ser inteligente que soporte o tolere ser silenciado. En eso sí que Boris no negocia. De hecho finge demencia. Si hablara, diría “hazle como quieras”.

Cierto es que, si le explican, sabe hacer excepciones. Puedo volver a casa con el alba y encontrar la cocina perfectamente seca, si es que antes de salir me senté junto a él y le pedí que me tuviera paciencia. Eso puede entenderlo, pero no que lo ignore o lo trate, como suele decirse, a lo pendejo. Podría gruñir, ladrar, corretear y agredir, como a menudo hacemos los autodenominados animales racionales. Pero entonces se buscaría problemas, perdería mi confianza y quién sabe si incluso mi cariño. Pues si el suyo tampoco es negociable, lo probable es que el mío peque de voluble. Uno es toda su vida, ellos sólo son parte de la de uno. Será por eso que les toca ser prudentes.

Sin palabras, menos aún argumentos, Boris ha conquistado numerosos derechos, como el de un menú no sólo nutritivo sino además sabroso, mediante numerosas huelgas de hambre express. Por no hablar del derecho a monopolizar tres cuartas partes de la cabina del coche. O el de ya no quedarse sin comer sólo porque el alcaide es un irresponsable. “Si al fin lo he secuestrado de por vida”, me recrimino al tiempo que caliento el arroz con pollito que habrá de acompañar a sus croquetas, “tendría que tratarlo como se merece”. Y verdad es que a esta última reflexión he llegado conducido por él, que en teoría es el cerebro débil.

Boris pesa 55 kilos y tiene el cráneo más grande que el mío. Hoy que al fin renuncié a la prerrogativa de reprenderlo por mearse delante del refrigerador, entiendo y doy por hecho que tal gesto es no sólo una legítima vía de expresión, sino además demanda una disculpa y la correspondiente reparación del daño. Si seguimos así, tal vez un día Boris termine de educarme y me quite la maña de quejarme con gritos, patadas o sarcasmos cuando es más que bastante con un solo mensaje, expresado con toda civilidad. No es un proceso rápido, eso sí, pero él es muy paciente con los que somos lentos de entendederas.

jueves, julio 05, 2012

Los telares secretos (Diario Milenio/Opinión-03/07/12)


Me mantengo escribiendo novelas por un montón de cosas. Entre otras, prominente entre ellas, está el asunto de la porosidad y la plasticidad del género. El hecho, pues, de que en la así llamada novela se puede hacer todo lo imaginable e, incluso, tal vez sobre todo, lo inimaginable. El asunto, tal y como lo describía de manera tan suya la Marguerite Duras, de que escribir siempre resulta ser “lo que escribiríamos en caso de que escribiéramos”. Presente fenomenal. Subjuntivo eterno. En realidad escribo libros, no necesariamente novelas. Incluso cuando escribo novelas, en realidad escribo libros, no necesariamente novelas. Pero esa es otra discusión.

Digo todo esto porque hace apenas unos días estuve contestando preguntas, muchas preguntas, casi todas ellas interesantes a decir verdad, sobre mi más reciente novela El mal de la taiga. Estos días, una semana o dos, suelen aparecer tiempo después de que aconteció el duelo, ¿les pasa esto a los otros novelistas?, cuando se atestigua con algo que no se decide entre la tristeza y la euforia el proceso a través del cual un manuscrito se transforma, revisión a revisión, y repito: revisión a revisión, en mercancía. De la pantalla a las hojas sueltas. De las hojas sueltas a las hojas cosidas. Una tapa. Esto se cierra. Y se sierra. ¡Ay, dolor!

Semanas o meses después, todo depende de los tiempos de publicación de la editorial, vienen los así llamados días de la promoción. No sé si a los otros escritores de novelas les pase igual, pero para mí no es sino hasta entonces, hasta el tiempo de El Ataque de Todas las Preguntas del Mundo, como le llamo, que se me aclaran los vínculos del libro con la realidad. Los días de promoción como pequeñas sesiones extrañas de la revelación más ardua. ¿Así que de esto iba? ¿Así que esto o lo otro fue leído así? Válgame. El papel de los periodistas culturales como interlocutores y clarividentes sobre esa bola de cristal que es todavía el libro.

¿Les sobrevienen a los otros escritores de novelas súbitos ataques de timidez o de ansiedad cuando el libro sale a los estantes y da la cara y abre los brazos como quien espera el saluda alborozado del mundo? Pues a mí sí. No sólo eso. Hace bien poquito, justo al inicio de la famosa semana de promoción, casi le provoco un ataque a mi editora cuando le dije, cerrando la puerta de su oficina en signo de la Gravedad del Instante, que siempre no. Que no me parecía nada bien que El mal de la taiga anduviera por ahí, solo por el mundo, quién sabe en qué manos. Que era mío. Mío. Mío de mí. Que regresáramos el tiempo y deshiciéramos la edición y. Una editora cumple muchas funciones, eso se sabe. Una de ellas es ofrecerle una silla a la autora y, después de ordenar un café bien cargado, ponerse a hablar con toda calma del tipo de cosas que regresarán a la autora de su propio mal de la taiga directo a la realidad. Gracias por no parar las prensas, Verónica.

Durante esos días del Ataque de Todas las Preguntas del Mundo no sólo se me devela lo que se ve, sino también lo que no se ve en el libro, lo que ha quedado protegido bajo la caparazón del lenguaje, en el código de los guiños secretos, compartidos en complicidad. ¿A nadie se le ocurrió googlear, por ejemplo, las dos frases de César Vallejo que anoté en mayúsculas como parte de los mensajes que mandaba una mujer que corría frenética en pos de su propia lejanísima taiga? Los nueve monstruos, sin duda. Con un amigo que prefiere quedar en el anonimato, fragué la frase “La crueldad no es necesaria, la crueldad es”. Luego de darle la vuelta al revés y al derecho, de analizar todas sus cornisas (¿tendrías que matar lo que puedes matar?, se preguntaba alguna vez Sylvia Plath, por ejemplo), quedamos en que ambos la utilizaríamos en libros que, en aquel entonces, estaban en su etapa pre-mercancía. Tengo una gran curiosidad de ver esa frase, o una frase parecida, o su versión de esa frase, en otro libro. Me encanta la idea de verla significar algo más en otro contexto. Algo similar pasó con una frase que mi amiga Rosa Beltrán, la escritora, publicó en el TimeLine de su Twitter (RosaBeltranA) el 16 de diciembre del 2011: “Cuando decimos adiós, ¿a quién buscamos?”. Como bien lo saben las muy queridas y más admiradas Vivian Abenshushan (@zingarona) o Verónica Gerber (@ambliopia) o Mónica Lavín (@mlavinm), mi militancia tuitera incluye el tratar de convertir a cuanto ente escriba conozco a que le entren al laboratorio social y cultural de los 140. Lo hago por simple egoísmo, si he de añadirlo: las quiero leer siempre, cada día, en mi TimeLine. El caso es que, luego de haber iniciado una cuenta de tuiter y cerrarla, Rosa abrió otra que parecía tener posibilidad de continuidad. En una comida entrañable la alentaba a seguir adelante y, por eso, le cité de memoria (es decir, mal) uno de sus tuits: “Cuando decimos adiós, ¿qué es lo que saludamos en realidad?”. Le dije que la incorporaría al libro que escribía entonces. Y lo hice. Me dice Rosa que piensa usar esa frase, la suya, en una novela que viene pronto. Me da una gran curiosidad, por supuesto, ver lo que significa algo así en sus manos. Con otro amigo que prefiere también el anonimato construimos una frase que tiene que ver con una cortina y con una ventana, el aire del mar entre las dos. La sal. El saber lo que somos, o cómo. Luego aprendería que, al menos en su caso, la frase es una versión, también, de otra que leyó en un libro entrañable de un autor que, el azar siempre tan original, yo admiro mucho: DeLillo.

¿Ya ven lo que digo cuando digo que el texto no representa ni exhibe ni argumenta sino que, a final de cuentas, también encubre?

Supongo que me mantengo escribiendo libros que a veces se llaman novelas por eso también: por el sentido del juego, por la complicidad, por los vericuetos secretos que, parafraseando a la dignísima Duras, “existirían en caso de que existiéramos”.

Ya sólo para que quede claro y no se preste a confusiones: me parece requetebién que El mal de la taiga ande por ahí, en el mundo, en quién sabe qué horizontes o manos. Era mío, es cierto. Alguna vez lo fue.

Para atrás, ni soñando (Diario Milenio/Opinión -02/07/12)


México: creo en mí.
Jaime López

Y bien: llegamos al mañana. Lo imaginamos tanto que parecerá raro de cualquier manera. Sobre todo si nadie se tomó la molestia de imaginar con calma el ayer. Cree uno que lo recuerda solamente porque ya lo vivió, o porque algo leyó, o quizá le han contado. ¿Qué va a pasar si a partir de mañana —es decir, desde hoy— no hacemos mejor cosa que volver a la zona más turbia del ayer? A veces, el temor al porvenir se alimenta de la escasa confianza que cada uno tiene en sí mismo. Nada muy diferente al miedo de los años escolares, cuando aquel bravucón amenazaba con partirte la cara y no te imaginabas capaz de impedírselo.
Un par de días atrás, caí por accidente en una hemeroteca. Encima de un atril había treinta ejemplares encuadernados del hoy difunto El Heraldo de México, fechados del principio al fin de junio de 2000. Un pasado no exactamente remoto al que uno juraría recordar con total vividez, y sin embargo arcaico, a juzgar por las páginas de aquel periódico que tal vez como pocos retrata aquellos tiempos cuya vuelta hoy se teme igual que a un huracán. Un pasado, no obstante, a estas alturas inimaginable.

No recuerdo haber leído alguna vez dos líneas de El Heraldo con tamaña fruición. Solía éste ser un diario tendencioso y ultramontano, entre cuyos fervientes opinadores bien podía disputarse la medalla al Paleto del Año, y en aquellos momentos —vísperas inmediatas de la elección que echó al PRI de Los Pinos— subyacía en sus páginas la histeria galopante de quien se mira cerca de su extinción. Un frenesí, no obstante, atemperado por el servilismo en boga. Causa gran extrañeza y un poquito de horror ubicarse de vuelta en aquel pacto tácito de sometimiento, donde un gran candidato irremediable reinaba entre una gran masa de eunucos.

Cuesta trabajo creer que un editorialista empleara la palabra “mongol” para tachar de torpe a un adversario, pero eso es todavía poca cosa si se compara con los editoriales de diversos periódicos a principios de los años ochenta, cuando los escribanos competían por prodigar elogios enmielados a la hija cantante del presidente en turno, e incluso agradecían y se congratulaban de que esa voz a todas luces angelical nos regalara con aquellas canciones sin duda inmerecidas por los simples mortales. ¿Y quién sería el valiente que osara criticar sus canturreos, o siquiera la música de acompañamiento, allí donde imperaba la lambisconería preventiva, cuando no trepadora?
Hace meses que se habla de un pasado que muy pocos recuerdan o quieren recordar, de manera que es fácil deformarlo, atenuarlo o maquillarlo para que luzca tal como a uno le convenga. Basta, no obstante, un periódico viejo para advertir lo lejos que está ese México de costumbres tiránicas al que una mayoría susurrante reconocía en privado como una cleptocracia nada disimulada. Han pasado doce años desde que le partimos la cara al bravucón, ¿cuántos más deberán transcurrir antes de que acabemos de perderle el miedo?
Con odiosa frecuencia se discute si el nuevo PRI es el mismo que el antiguo, cuando lo único claro es que el país es otro; tanto así que el pasado se nos ha vuelto ya inimaginable. De hecho, los ciudadanos —que no “el pueblo”: esa entelequia siempre redituable— hemos aventajado a los partidos al extremo de hacerlos ver caducos y ridículos como sus lemas, íconos y encomios. Todo lo cual es aún más evidente si en lugar de extraviarse en futurismos hojea uno un par de periódicos viejos. ¿Cómo creen los miedosos del presente que podríamos retornar al pasado, colgarnos el cencerro y callarnos la boca, cual si tocara el turno de ser de nuevo menores de edad?
Es muy fácil decir que los otros —nunca uno— están anclados en el siglo pasado, si se trata de dar peso y substancia a un argumento por sí mismo ingrávido, porque al fin la pereza de los más garantiza su aceptación implícita. No hay juicio más seguro que aquél que todos quieren escuchar, aunque de nada sirva ya en la práctica. ¿Viene la dictadura? ¿Nos van a silenciar? ¿Y eso quién, cómo, dónde va a conseguirlo? Nunca he confiado mucho en el poder, pero al cabo uno aprende a confiar en sí mismo. Aquellos a los que antes se temía son quien hoy día nos temen, y hacen bien. Vale más que se esmeren, pues no somos iguales a ese pasado que sobrevive en las hemerotecas, por si alguien siente el morbo y quisiera enterarse.

Un invencible verano (Diario Milenio/Opinión-26/06/12)


Llovía. Era una de esos chaparrones de verano que, sin embargo, están hechos de delgados hilos de agua. La contradicción vuelta sensación histórica: la mucha agua transformada, paradójicamente, en agua mansa. Tan suave como para confundirla con una mano que, delicada, aparta, acaso sin querer, una cortina. El pasado. El futuro. Suelo relacionar esa forma de llover con la Ciudad de México. Para ser más precisos: en mi diccionario personal, esa lluvia es (nótese las itálicas) el verano de la Ciudad de México. Imposible pronunciar la palabra verano sin recordar a Camus: “En lo más profundo del invierno, finalmente aprendí que dentro de mí se encuentra un invencible verano”.

Eran otros años, en efecto. Salíamos entonces, furibundos y tiernísimos, a conquistar las calles. Había pancartas y manifiestos de muchos puntos y las manos, que puestas en lo alto, parecían sostener de alguna manera voraz el cielo. Peleábamos contra lo que había: un país hecho pedazos. Éramos los hijos de los hijos de un príismo cínico, vergonzante, paralizado por su propia corrupción. Mientras los políticos se tragaban el país, dispendiando entre ellos la riqueza originada por el hallazgo de petróleo, nuestros padres veían disminuir en dos su poder adquisitivo, el magro monto de sus ahorros, sus libertades cívicas. En el país en que yo viví mi adolescencia, no preguntábamos cuándo iba a morir Fidel Velázquez, el anciano líder de un sindicato de trabajadores vendido desde siempre al gobierno, sino si algún día iba a morir. Así de aplastante se presentaba a sí misma la verticalidad del régimen. Los que lográbamos graduarnos de la universidad —haciendo copias porque no nos alcanzaba para comprar libros, bebiendo licor barato, comiendo lo que encontrábamos a nuestro paso— caminábamos cabizbajos, con las manos en los bolsillos, sabiendo que nos esperaba lo peor: años y más años en el desempleo o, incluso peor, años y más años, tal vez toda una vida entera, en el subempleo de la burocracia o el comercio. Eran años aciagos. Lo que aprendimos en marzo de 1994, cuando como lo retrata de manera magistral la película Colosio, el candidato presidencial fue asesinado en Tijuana, no fue otra cosa sino el tamaño de nuestra ingenuidad: poco sabíamos de lo que eran capaces. Nos vimos a los ojos, eso lo recuerdo bien. Despidiéndonos. El futuro, que cerraba sus fauces alrededor de nuestros cuerpos, apretaba un poco más. A los que creíamos que habíamos tocado fondo con el dispendio y el saqueo de la nación comandado por López Portillo, todavía nos faltaba el salinismo y, luego, su forma de existencia más extrema y violenta: el calderonismo.

Salí del país, como tantos otros, empujada por las crisis económicas que organizó desde el poder el PRI. A ese partido, a sus sucesivos gobiernos que vivieron de una riqueza que nos arrebataron a todos los demás, le debo mis muchos años de vivir en las afueras. Crecí, en efecto. Me hice, de manera siempre precaria y tentativa, de una cierta estrategia de estar en tránsito entre mis dos casas. Y aunque existan razones de más peso político y estructural para no votar por el PRI la semana que viene, mi razón personal es y será siempre ésa: nunca votaría por la camarilla en el poder que me arrebató mi casa.

De la misma manera, también por razones que siendo como son profundamente personales no dejan de ser del todo sociales, no podría votar con la conciencia tranquila por el partido que, suplantando la lógica del cuidado por la lógica de la ganancia, ha propiciado la muerte de 60 mil, y acaso muchos más, de mis compatriotas. Los candidatos del PAN pueden intentar tapar el sol con un dedo, evitando mencionar el tema del que más discutimos los que participamos de la vida cotidiana de un país vuelto pura sangre y saña, pero más de uno de ellos, más de uno de esos 60 mil o más muertos, ha sido o fue el primo de alguien, el tío del cuñado de mi amigo, el hijo de la vecina que he visto caminar cabizbaja y sola, triste como una planta. Yo no los olvido. Yo no podría dormir tranquila sabiendo que mi voto puede avalar el régimen que ha puesto de luto mi calle, mi colonia, mi ciudad. Yo no podría darle mi voto a quien me ha roto, una y otra vez, 60 mil veces y más, el corazón.

El verano, lo decía al inicio, para mí siempre ha sido y será el verano de la Ciudad de México. La lluvia. Los paraguas. Los abrigos. A ese verano regreso siempre, durante los meses de verano, cuando digo que regreso a mi país. Acaso fue por eso que fue aquí, por azar o por destino, a saber, que los volví a ver. Eran los furibundos que tomaban las pantallas y las calles. Sus cuerpos, envueltos por un futuro sin mordaza, alzaban las manos de una manera que reconocí. Eran los #Yosoy132, pero eran también otros y más. Su confianza en un futuro donde cabemos todos me resultó contagiosa. No había sentido nada parecido a la esperanza desde que la guerra calderonista me arrebató la paz. Mi voto, que será por el PRD, será en realidad por ese futuro y por ese verano que, con todo y todo y a pesar de todo, sigue entero e invencible. Sigue aquí.

martes, junio 26, 2012

La eventual extraordinaria (Diario Milenio/Opinión 25/06/12)


Esa mañana, el señor delegado debió levantarse con el pie derecho, y quizá con alguna erección mal atendida. Nadie imagina cuándo desgraciará su vida, ni creería que una debacle así puede ocurrir en pocos minutos (especialmente si esos minutos se le han ido como agua, merced a una ansiedad lo bastante impetuosa para desactivar cualquier alarma). O será que el poder hace inimaginable la desgracia, pero es verdad que el señor delegado recibió, desde la mera orilla del precipicio, una señal de alerta: “Oye, ¿que tienes una hija de mi edad?”, lo interrogó la empleada boquifloja, antes de sugerirle “quítate el cinturón” delante de una cámara escondida.
En la nómina de la delegación Tláhuac, Rubí Esmeralda Rojo aparece como eventual extraordinaria, condición que en teoría le significa un sueldo de dos mil pesos. “¡Te luces, eh!”, le solicita el señor delegado en un momento cumbre del video, luego de que Rubí le ha insistido en su urgencia de ser basificada. “No sé mucho...”, replica la eventual extraordinaria y se lanza a probar que sabe demasiado, para lo cual no hay más que ir adelante con la prestación. ¿O alguien duda que el aparato reproductor que Rubí Esmeralda tiene entre boca y manos corresponde a Rubén Escamilla Salinas, entonces delegado y hoy candidato a diputado local?
“Quisieron chantajearme”, se queja ya muy tarde el implicado. Reconoce que es él quien sale en el video tomado en su oficina, pero asimismo alude a un mero acto de adulterio, y la prueba es que ni con esos trámites logró Rubí Esmeralda que la basificaran como Dios manda. Vamos, que en circunstancias tan comprometidas el delegado-con-licencia supone que cualquiera en su lugar habría dado a la chica por basificada, con tal de que siguiese con la gestión en curso. Nada que un funcionario no pueda implementar en horas de oficina con cualquier eventual extraordinaria, ¿cierto? De ahí que, ya exhibido, el hombre se defienda declarando que espera que “esta situación” no perjudique su candidatura.
¿Es decir que aun después de la función —el video, varias veces censurado, ya se ha reproducido lo bastante para otorgarle el rango de celebridad porno— el político todavía considera la posibilidad de hacerse diputado y legislar en nombre de un partido de izquierda? ¿Cree poder evitar que se refieran a él como Dipuguagüis? Otros en su lugar estarían huyendo a las Antípodas, pero él cree que no vale la pena exagerar. Como quien dice, no hay que ser envidiosos. ¿Van a quitarle un hueso con todo y fuero nada más que por una mamadita?
Si me viera en lugar del candidato y hubiera de escoger el video que elegirán mis enemigos para probar que soy un impresentable, preferiría que me exhibieran recibiendo dinero. Sería un raterillo, como tantos, y con alguna suerte me quedaría intacto más de un botín. Pero ser destapado en estas circunstancias —aun si hubiese atenuantes e incluso acreditando la mala fe de la eventual extraordinaria— es condenarse a ir por la vida pretendiendo ignorar el rastro de codazos y murmullos que se deja detrás. Además de corrupto, cochino y abusivo, dirán, incluso y sobre todo quienes sólo conozcan el rumor. Un chisme destinado a exagerarse y crecer de relato en relato, a la par del desdén y la extrañeza contra los cuales no habrá fuero que valga.
“Siento feo”, se queja apenas Rubí Esmeralda, como para que al público le quede claro que hace lo que hace por necesidad. Posa para la cámara y habla para el micrófono, pero ni así se entera el cándido Rubén de que ya es el villano de la telenovela y enfrenta a una heroína de nombre compuesto cuyo pecado fue mirar hacia el futuro y soñarse felizmente basificada. A partir de este punto, yo como espectador puedo incluso entender que el villano compense sus servicios a costa del erario, pero no que la deje atragantarse de promesas falsas. Vamos, que si así trata a sus consentidas no quiero imaginarme cómo será que atienda a sus representados. ¿Les pedirá de pronto que se luzcan? De esas ideas absurdas que pasan por el coco del espectador no bien una heroína de nombre compuesto le saca del desván al caballero andante. ¿Quién dijo “siento feo”?
A unos días de su caída en desgracia, tal parece que el falso protector de Rubí Esmeralda se bate en retirada de la escena pública y se lanza a enfrentar el inminente juicio contra aquella eventual extraordinaria cuyo nombre ha quedado para siempre ligado al suyo. Una triste pareja tragicómica que bien podría llevar a la pantalla chica la historia de Los desbasificados (allí donde el poder, el placer y el dinero son meros eventuales extraordinarios).

lunes, junio 25, 2012

24 de Junio de 2012-Día 19 (Diario de espera)


El descanso y la paz, tuvieron lugar. Mis padres salieron a Atlixco, yo me quedé. Necesitaba paz, un día para mí solito en casa.

Terminé, por fin el libro de Felipe Soto Viterbo: Conspiración de las cosas. Buena novela, sostiene bien sus personajes, pero acelera su final, aunque si logra atraparte. Sin embargo, me gusta más su anterior novela Verloso, está mejor lograda.

Inmediatamente empecé con la nueva novela de Cristina Rivera Garza: El mal de la Taiga, de un jalón leí la mitad del libro. Ha regresado a su brevedad, por ende a una narrativa más impactante, más profunda. Atrapa y duele. Una novela de partidas y lejanías, algunas frases me remiten a Dulce y esa característica extraña que tiene de no poder permanecer inmóvil. 

23 de Junio de 2012-Día 18 (Diario de espera)


Nuevamente amaneció lluvioso y no daban ganas de mucho.

El movimiento en el museo fue mejor que los otros días de la semana. Al terminar el día, emprendí camino a la casa de mi madrina Licha, fue su cumpleaños. Casi estábamos todos. Antes de llegar, pase como casi siempre solía hacerlo con Dulce, a un wal-mart a comprar uno par de vinos. Disfruto comprar con ella vinos, pedir su opinión, caminar juntos por la tienda, detenernos a veces a ver otras cosas. Hoy lo hice solo.

Ya con mi madrina, el festejo de mi llegada fue como siempre muy ad hoc de ellos. Mi madrina preguntó por Dulce, no se acordó que anteriormente le había dicho de su estancia en USA. Es extraño verte solo, hasta tu ánimo es distinto, menos jovial.

El convivió como siempre estuvo acompañado de vino y de acaloradas discusiones sobre la situación política de hoy. Todo iba bien hasta que un tío, que en la práctica ya no lo es, dijo que no respetaba a los #YoSoy132 porque los jóvenes no piensas, seguro son manipulados por AMLO o alguien más. Me enojé, le dije que al decirlo me ofendía a mí, a su propio hijo y mis primos que están en esa edad. Todos me dieron la razón y mejor se lo llevaron a su casa.

Una noche agradable con todo y la discusión, siempre será parte de mi vida y la disfrutó. 

22 de Junio de 2012-Día 17 (Diario de espera)


Un día normal, pesado y sin poca gente en el museo, Friolento, lluvioso.

Puebla luce triste. Ni se antoja caminarla, parece más atractivo encerrarse en casa y no salir.

Un día donde los abrazos son más disfrutables, donde el calor corporal de Dulce se vuelve más reconfortador.

Un viernes que me anuncia que mi vida social se reduce a dos cosas: literatura y Dulce, al mismo nivel; aunque con su ausencia es más evidente que Dulce poblaba mayormente mis días.

Un día para visitar un café con Dulce, pero a falta de ello, se convirtió en un día para permanecer en casa y acobijarse con la calma y la espera.

21 de Junio de 2012-Día 16 (Diario de espera)


Hoy conocí por fin a Pedro Salmerón, gracias a la invitación que le hice para presentar su libro La división del Norte, sobre el ejército que comandó Pancho Villa. Un libro que desmitifica todo y da la justa dimensión a las cosas. Un libro que se ocupa de la Historia, no sólo la revisa, sino la argumenta y la enriquece.

Nuevamente la gente que asiste es poca, no puedo hacer mucho ante la falta de apoyo para la promoción. Sin embargo, el público asistente fue el interesado en el teme. Fue mi padrino Agustín, le gustó el tema. Me gusta que vaya.

Terminando el evento fuimos a cenar y compartir unas cervezas, por primera vez se nos unieron Paty, Karla, Emilio y Lalo. Todos se divirtieron y entraron en una interesante conversación sobre las verdades y mentiras históricas. Pedro y yo nos aliamos para hacer promoción al voto por AMLO entre ellos. Fue sumamente divertido.

Inclusive Dulce se hubiera divertido, Pedro es un tipo que cautiva con su conversación.

Una gran noche que terminó por afianzar una nueva amistad. Hemos quedado para varios proyectos. 

20 de Junio de 2012-Día 15 (Diario de espera)


El ombligo de la semana, así se llama Dulce a los miércoles. El corazón de la semana. El día más cordial de la semana. El día más grosero, sabemos que ya mero llega el viernes, pero se antoja lejano.

Un día extremadamente tranquilo. Amarrando los últimos detalles para la presentación de Alejandro Rosas en Puebla y de Cristina Rivera Garza. La semana que sigue será una semana agitada, divertida. Llena de amistades, de literatura; me gustaría que todos los días fueran así.

Por la tarde me encontré con uno de los presentadores que participaran en el evento y luego pasé a saludar a dos amigos: Carlos Alatriste y Felipe Lomelí, un re-encuentro siempre amerita una comida y una cerveza. Las preguntas obligadas: ¿y la novia? ¿la tesis?

Luego el volver a casa. 

miércoles, junio 20, 2012

19 de Junio de 2012-Día 14 (Diario de espera)


Extraño este martes, me paré para ir al trabajo y justo cuando estaba por salir de la casa, me entra una llamada para informarme que tenía día de descanso. Lo cual me llenó de gusto, pero me causó mucha preocupación, pues se me olvidan frecuentemente mucho las cosas. He andado muy disperso.

Terminé de arreglarme y tomé camino a Aurrera para poder comprarme comida y bebida para el día, pues debido a mi infección aún no puedo comer todo tipo de comida.

Ya en casa aproveché para poner orden en el cuarto y ponerme a leer un rato.

El día transcurrió con calma, sin mucha modificación.

Al llegar la noche, mi hermana y yo nos alistamos para ver el debate de los candidatos a la presidencia organizado por el movimiento #YoSoy132. Un debate plural, completamente parcial y donde se lograron mostrar las debilidades de los 3 candidatos asistentes, así como la capacidad de los estudiantes para organizar un debate con un formato más amplio y un poco más complejo que el realizado por el IFE. Sólo hubo unos errores en la transmisión, pues fue a través de internet y la señala llego a fallar mucho. Sin embargo, este debate ha sido una gran aportación para México en pro de un cambio en la mentalidad del mexicano.

Por fin, después de un largo rato, pude conversar con Dulce. Es bueno saber que sigue bien, cansada, llena de trabajo; pero feliz. Me llena de alegría saber de ella, pero más enterarme que todo sigue un curso positivo. La plática fue corta, pero lo necesaria para darle mucho sentido a este martes tan nublado e intermitentemente lluvioso.

Extraño abrazarla, debajo de algún portal del centro, mientras pasa la lluvia.

El verbo tallerear (Diario Milenio/Opinión 19/06/12)


Para Karen, Oriana, Ari, Juan Carlos,
Erika, Lucrecia, Ana, Marina y Gaby

En Cartas a Alice cuando empezó a leer a Jane Austen, la novela epistolar que la neozelandesa Fay Weldon publicara en 1984, le recomienda a una sobrina con aspiraciones de convertirse en escritora (la Alice del título) que se lo pensara muy bien antes de dar sus manuscritos a leer a ojos ajenos. A final de cuentas, así iba el argumento, la única palabra que realmente contaba era la del editor —quien decidiría si apostaba o no por un texto por razones que bien podían ser literarias o de otro tipo. Todo lo demás, decía la autora y tía, no pasaba de ser o bienintencionado intercambio de ideas o inútil parloteo entre conocidos.
Es un tanto paradójico repetir las palabras de Feldon justo cuando comienza un taller, pero lo hago de todas maneras. No es del todo descabellado recordarnos a todos los participantes que, cualquier cosa que acabemos por decir en las largas y muy personales sesiones, poco o nada podrá contra la última palabra: un contrato con una editorial. Mi intención no es invalidar el intercambio de ideas, sino invitarnos a poner los pies sobre la tierra: lo que estamos haciendo ahí, todos juntos alrededor de una mesa, es comentar de manera detallada y consciente, de manera rigurosa y civil, ciertas interpretaciones de lectura. Nada más. Pero tampoco nada menos.

La verdadera estrella de un taller literario no es la escritura sino la lectura. Volver explícito el papel del lector, su función como generador de texto, es tal vez el elemento más relevante y productivo de un taller. No es del todo raro que los que escriben suelen no ver claramente la serie de decisiones que han tomado respecto y con el lenguaje para producir una experiencia única en el lector. Ya sea porque se inscriben en tradiciones literarias con apariencia de ser universales o únicas, o ya porque denominan como inspiración u oficio al arduo trabajo de decisión que conlleva todo proceso creativo, el escritor suele escribir automáticamente. Lo que un taller hace es, a menudo, enseñar al escritor a ver críticamente lo que hace mientras toma decisiones en el proceso de escritura.

Por eso es que en la mayoría de los talleres de escritura que funcionan no sólo se omite la voz del autor del texto en turno sino también cualquier posibilidad del lector de preguntar directamente al autor sobre sus intenciones o, en su caso, sobre su acierto o no como lector. En lo que concierne al verbo tallerear, el autor no está presente o, incluso, es una función vacía, mientras se comenta su texto. Un buen lema en estos asuntos es que, si no está en el texto, no existe. Otro buen lema es: no hay mala lectura o lectura equivocada del texto. Independientemente del autor o, tal vez con mayor precisión, más allá de ella, la soberanía le pertenece de entrada al lector que revisa, para volverlas explícitas, las reglas con las que un texto funciona o no.

Por eso es que suelo iniciar mis talleres recordándonos a todos que no estamos ahí para decir si algo nos gusta o no —asunto del todo personal, sino es que hasta metafísico, que de poco o nada sirve a la escritora. Si algo nos gusta o no, o nos provoca tal o cual reacción, lo mejor es, sin duda, volver al pasaje en cuestión y, a través del comentario puntual, hacer visibles tanto para lectores y escritores la serie de decisiones respecto al lenguaje que funcionan ese escrito. ¿Es una puntuación entrecortada que en mucho reproduce las emociones de la trama? ¿Es la repetición de ciertos sonidos que, encadenados con cierto patrón, producen un ritmo especial de lectura? ¿Es una ausencia total de adjetivos que, al desnudar al sustantivo, coloca al lector frente a frente con los aspectos más sólidos del mundo? ¿Es la repetición de un “que” informándonos que estamos escuchando algo indirectamente, con la voz baja del rumor o el chisme? Antes de utilizar cualquier juicio de valor (esto es magnífico o débil o espantoso), siempre es necesario aclarar qué en el lenguaje produce ese efecto en el lector.

Los egos de los escritores y los aspirantes a convertirse en escritores son legendarios. Tal vez no haya ejercicio más relevante para ambos en este sentido como re-escribir los textos que se ofrecen para su revisión y comentario. Después de todo ¿qué lectura es más radical y cuidadosa que la escritura misma? Limitar los comentarios del taller a las escrituras intervenidas, y descartar la de los textos “originales”, nos recuerda que toda escritura es, en realidad, una escritura intervenida. También nos recuerda que, seamos conscientes de ello o no, siempre escribimos en colaboración con otros. La escritura no es una práctica aislada sino una tarea comunal. Comentar la intervención como si fuera “el original”, tratar de descubrir las reglas de ambos procesos escriturales sin tener del todo claro qué pertenece a quién, suele recordarnos también que nuestro colega, el que se sienta a mi lado como mi próximo y mi prójimo, es ante todo un lector —de libros, sí, pero también de seres, procesos, almas.

No es extraño que los talleres de este tipo produzcan comunidades equilibradas y lúdicas, deseosas de experimentar más, y no menos, con todas las herramientas a la mano, o de inventar, si el caso lo requiriera así, las que están un poco más allá de esa mano, no del todo visibles aún pero sí ya divisables desde la algarabía del que descubre y, por descubrir, explora y, por explorar, se pierde. Tengo la impresión de que es entonces, y sólo entonces, que estamos por fin escribiendo.

martes, junio 19, 2012

18 de Junio de 2012-Día 13 (Diario de espera)


Segundo día de malestar. Poco hice que no fuera que descansar. Hoy el dolor fue menor que ayer, supongo las medicinas han hecho lo suyo. A diferencias de otros días, pude tener más conversación con Dulce. Está bien, cansada de su viaje a NY, pero contenta.

La mañana me la pasé descansando, esperando sentirme un poco mejor. Sin mucho ánimo. Ya entrada la tardecita, me puse un poco más activo, aunque no mucho.

Realmente ha sido un día tranquilo y esperando que el reposo me haya servido.

Mañana de regreso al trabajo. No ánima mucho, pero espero ya la enfermedad esté fuera de mí.

17 de Junio de 2012-Día 12 (Diario de espera)


Hoy apuntaba a ser un buen día, sin embargo no lo fue para mí.

Desde que ando con Dulce, he ido poco a poco convirtiéndome en un ser más familiar. Quería celebrar el día de Padre con mi familia, pero amanecí con una extraña infección estomacal. No sé qué me lo provocó. Todo el día estuve en cama, ni pude responderle a tiempo a Dulce, que me mantenía al tanto de su día en NY.

Sólo un rato por la tarde pude pasarla con ellos viendo un par de películas

16 de Junio de 2012-Día 11 (Diario de espera)


Este sábado se ha respirado distinto.

La mañana en el museo fue aletargada, aunque con olor a hot-cakes. Entre Ángeles, Luis Fernando, Don Melquiades y quien esto escribe, nos organizamos para prepararnos unos hot-cakes con el afán de desayunar. Sin embargo, se convirtieron casi en comida. Esto permitió que la rutina sabatina, aburrida, se tornara un poco diferente. Una mañana por cierto, lluviosa.

A las cinco de la tarde junto con mis padres, mi hermana y mi prima Gema tomamos rumbo al estadio Hermanos Serdán, para asistir al cierre estatal en Puebla de AMLO, ahí nos encontramos con mi tío Rubén, al igual que saludé a muchas amistades del ámbito cultural y académico. Mientras empezaba el mitin, Gerardo Oviedo me pidió le ayudará haciendo la crónica del previo al mensaje de López Obrador. Fue una experiencia nueva y divertida. Asistieron por lo menos unas 45 mil personas. Fue increíble ser testigo de ese evento que nunca me hubiera imaginado en Puebla. La mezcla de todo tipo de clases económicas era impresionante, nos hicimos uno, nos confundimos. Ver esto me da esperanza de un posible cambio, sin embargo el miedo ahí está.

Por la noche, fuimos a dejar a Gema con mi madrina Licha, pues ahí se encontraban –como cada 8 días- sus papás. Mis papás extrañamente pasaron a saludar y a convivir un rato. Compartimos unos refrescos y unos molotes.

Cerró bien el día.

Preguntaron por ti, Dulce. Les platiqué dónde andabas y todos me mandaron saludos para ti y aplaudieron que hayas aprovechado la oportunidad. Y que esperan, como yo, verte pronto para saber cómo te fue en tu viaje. Hoy no pudimos platicar mucho, yo iba a andar ocupado y tú rumbo a NY.

Los locos son los otros (Diario Milenio/Opinión 18/0/12)


Debatir es batirse, y quien se bate en duelo asume que perder es verse muerto, herido o deshonrado. Afortunadamente, se trata de una pérdida metafórica. Digamos que una muerte debatible. Si al final del debate he visto a un candidato echar bala a los otros con furia y puntería, me veré sorprendido y puede que indignado si alguien viene y me dice que lo vio perder. “¿Hablas en serio?”, dudaré, magnánimo, como dándole una oportunidad y al propio tiempo haciéndole saber que eso que sugirió es inverosímil.

“¿Quién ganó, según tú?”, contraataca uno, como fingiendo que no toma en serio la risita burlona de su interlocutor. Acto seguido (debería decir acto perplejo) escucho nada menos que el nombre de quien primero vi caer difunto en vivo y en alta definición, y harto de esa risita de suficiencia le replico “¡Ay, no mames!” como quien lanza una granada de mano, pero ya advierto que a su vez se blinda con una nueva salva de carcajadas. Cierto es que ni siquiera hemos empezado a debatir, pero ya nos batimos con ánimo balcánico porque damos por hecho que uno de los dos está loco o idiota, y por supuesto que ése no soy yo. Es probable que no lleguemos a pelearnos, pero nos cobraremos las risas y las puyas buscando a otro que esté de acuerdo con nosotros: “¿Quién crees, según Zutano, que ganó el debate?”.

¿Dodgers, Yanquis, Atléticos? ¿Pelé, Maradona, Messi? ¿Federer, Nadal, Djokovic? ¿Bulls, Celtics, Lakers? ¿Pumas, Chivas, América? Lo mejor de estas dudas tan debatibles es que cada uno las resuelve a su gusto; si los otros opinan diferente no harán más que acendrar su convicción. Y si entre los rivales cuyas características, al menos en teoría, son sólo positivas, puede llegarse a desacuerdos irreconciliables, ya se ve que en materia de políticos las posibilidades son infinitas. Es decir que si uno, ciudadano común, tiene por fuerza algún apéndice trasero susceptible de ser pisoteado, quien participa del enjuague partidista, y en tanto eso pelea por el poder, esconderá por fuerza una cola más larga que el velo de una novia nueva rica.

Puede que sea por eso que la tentación de asistir a un gran debate puede más que el desánimo imperante. El espectáculo de los tres candidatos pisándose las colas entre sí, perseguidos por otro más pequeño que es todo él una cola, puede ser una lucha apasionante donde no hay distinción entre rudos y técnicos, pues nadie está de acuerdo en cuál es cual y todos nos reímos del que piensa distinto. ¿Qué le pasa a ese güey? ¿Qué le picó a esta loca? ¿Cómo se atreven a mirarme así, cuando es obvio que los necios son ellos?

Es frecuente que en los concursos de belleza menudeen las inconformidades, en especial entre los familiares de las perdedoras. Hermanos, padres, novio, amigos, primos: ninguno puede creer que semejante flaca patizamba le ganara a la Chapis, quien ya desde niñita pintaba para Miss Universe. Por su parte, la tribu de la ganadora respira con alivio bienhechor porque están bien seguros de que se hizo justicia, cómo iba esa pelada cachetona a ser más linda que la top-model de la familia. Y lo cierto es que todos tienen razón, de acuerdo a lo que vieron, pues también es verdad que cada uno vio el concurso que quiso. ¿Qué clase de traidor haría otra cosa? ¿Conoce alguien a una madre imparcial?

Para bien de estas líneas, quien las escribe se halla bien lejos de verse encariñado con ninguno de los 3.1 candidatos a la presidencia. Es más, no tengo idea de quién ganó el debate. ¿Gana el más agresivo, el más taimado, el más disimulado, el más ecuánime...? Puede que lo haya visto sólo por no perderme un eventual knock-out en el último asalto. Desde entonces asisto a tantos debates en torno a aquel debate que ya entendí el concepto: a falta de visitas a la lona, el veredicto se hace configurable al gusto del usuario. Si todavía hubiera caballerosidad, a la pregunta de quién ganó el debate debería seguir una sola respuesta: ¡Quien usted guste, no faltaba más!

Para suerte de todos, ninguno de los candidatos a Miss President resulta coronado al final de un debate, como tampoco vamos a un hospital psiquiátrico por diferir en nuestros veredictos. Se trata de acabar todos contentos, aunque ya sospechando que dos tercios del mundo perdieron la razón. Ven visiones, reviven a los muertos. Y por si fuera poco se carcajean de mí. Pobrecitos, necesitan ayuda.

sábado, junio 16, 2012

15 de Junio de 2012-Día 10 (Diario de espera)


Un día agitado, menos aburrido que los otros.

La mañana un poco agitada en la taquilla, la lectura del libro de Soto Viterbo y las conversaciones esporádicas con Ángeles y Karla, ha alivianado el transcurrir del día.

Por la tarde se inauguró una exposición pictórica que celebra el Año Litúrgico Maronita, integrando cerca de 40 símbolos representativos de la iglesia nacida en Líbano. Es la primera exposición temporal que tiene el Museo Casa de Alfeñique. Hubo un brindis de honor al final.

La rutina del trabajo cambio un poco. Eso es bueno.

Hoy platiqué poco con Dulce, las ocupaciones y el cansancio se atravesaron. Ojalá haya podido descansar. Sin embargo, recibir su aliento y besos, aunque sea electrónico, sirven como pilas emotivas, recarga al alma.

Pareciera rutinario escribir estas breves notas que pretenden ser un diario, pero es una forma de conversar con ella. Lo disfruto.

Hoy me ha llegado un regalo, muy novedoso y bello. Rosa María Lechuga, prima de un escritor poblano Edson Lechuga, me ha enviado un libro sobre un pintor francés: Pissarro. Un libro proveniente de una librería de viejo, huele al menos a eso. Es un tesoro.

Mañana será un día interesante, mis padres quieren ir a mitin de AMLO en Puebla.