miércoles, junio 20, 2012

El verbo tallerear (Diario Milenio/Opinión 19/06/12)


Para Karen, Oriana, Ari, Juan Carlos,
Erika, Lucrecia, Ana, Marina y Gaby

En Cartas a Alice cuando empezó a leer a Jane Austen, la novela epistolar que la neozelandesa Fay Weldon publicara en 1984, le recomienda a una sobrina con aspiraciones de convertirse en escritora (la Alice del título) que se lo pensara muy bien antes de dar sus manuscritos a leer a ojos ajenos. A final de cuentas, así iba el argumento, la única palabra que realmente contaba era la del editor —quien decidiría si apostaba o no por un texto por razones que bien podían ser literarias o de otro tipo. Todo lo demás, decía la autora y tía, no pasaba de ser o bienintencionado intercambio de ideas o inútil parloteo entre conocidos.
Es un tanto paradójico repetir las palabras de Feldon justo cuando comienza un taller, pero lo hago de todas maneras. No es del todo descabellado recordarnos a todos los participantes que, cualquier cosa que acabemos por decir en las largas y muy personales sesiones, poco o nada podrá contra la última palabra: un contrato con una editorial. Mi intención no es invalidar el intercambio de ideas, sino invitarnos a poner los pies sobre la tierra: lo que estamos haciendo ahí, todos juntos alrededor de una mesa, es comentar de manera detallada y consciente, de manera rigurosa y civil, ciertas interpretaciones de lectura. Nada más. Pero tampoco nada menos.

La verdadera estrella de un taller literario no es la escritura sino la lectura. Volver explícito el papel del lector, su función como generador de texto, es tal vez el elemento más relevante y productivo de un taller. No es del todo raro que los que escriben suelen no ver claramente la serie de decisiones que han tomado respecto y con el lenguaje para producir una experiencia única en el lector. Ya sea porque se inscriben en tradiciones literarias con apariencia de ser universales o únicas, o ya porque denominan como inspiración u oficio al arduo trabajo de decisión que conlleva todo proceso creativo, el escritor suele escribir automáticamente. Lo que un taller hace es, a menudo, enseñar al escritor a ver críticamente lo que hace mientras toma decisiones en el proceso de escritura.

Por eso es que en la mayoría de los talleres de escritura que funcionan no sólo se omite la voz del autor del texto en turno sino también cualquier posibilidad del lector de preguntar directamente al autor sobre sus intenciones o, en su caso, sobre su acierto o no como lector. En lo que concierne al verbo tallerear, el autor no está presente o, incluso, es una función vacía, mientras se comenta su texto. Un buen lema en estos asuntos es que, si no está en el texto, no existe. Otro buen lema es: no hay mala lectura o lectura equivocada del texto. Independientemente del autor o, tal vez con mayor precisión, más allá de ella, la soberanía le pertenece de entrada al lector que revisa, para volverlas explícitas, las reglas con las que un texto funciona o no.

Por eso es que suelo iniciar mis talleres recordándonos a todos que no estamos ahí para decir si algo nos gusta o no —asunto del todo personal, sino es que hasta metafísico, que de poco o nada sirve a la escritora. Si algo nos gusta o no, o nos provoca tal o cual reacción, lo mejor es, sin duda, volver al pasaje en cuestión y, a través del comentario puntual, hacer visibles tanto para lectores y escritores la serie de decisiones respecto al lenguaje que funcionan ese escrito. ¿Es una puntuación entrecortada que en mucho reproduce las emociones de la trama? ¿Es la repetición de ciertos sonidos que, encadenados con cierto patrón, producen un ritmo especial de lectura? ¿Es una ausencia total de adjetivos que, al desnudar al sustantivo, coloca al lector frente a frente con los aspectos más sólidos del mundo? ¿Es la repetición de un “que” informándonos que estamos escuchando algo indirectamente, con la voz baja del rumor o el chisme? Antes de utilizar cualquier juicio de valor (esto es magnífico o débil o espantoso), siempre es necesario aclarar qué en el lenguaje produce ese efecto en el lector.

Los egos de los escritores y los aspirantes a convertirse en escritores son legendarios. Tal vez no haya ejercicio más relevante para ambos en este sentido como re-escribir los textos que se ofrecen para su revisión y comentario. Después de todo ¿qué lectura es más radical y cuidadosa que la escritura misma? Limitar los comentarios del taller a las escrituras intervenidas, y descartar la de los textos “originales”, nos recuerda que toda escritura es, en realidad, una escritura intervenida. También nos recuerda que, seamos conscientes de ello o no, siempre escribimos en colaboración con otros. La escritura no es una práctica aislada sino una tarea comunal. Comentar la intervención como si fuera “el original”, tratar de descubrir las reglas de ambos procesos escriturales sin tener del todo claro qué pertenece a quién, suele recordarnos también que nuestro colega, el que se sienta a mi lado como mi próximo y mi prójimo, es ante todo un lector —de libros, sí, pero también de seres, procesos, almas.

No es extraño que los talleres de este tipo produzcan comunidades equilibradas y lúdicas, deseosas de experimentar más, y no menos, con todas las herramientas a la mano, o de inventar, si el caso lo requiriera así, las que están un poco más allá de esa mano, no del todo visibles aún pero sí ya divisables desde la algarabía del que descubre y, por descubrir, explora y, por explorar, se pierde. Tengo la impresión de que es entonces, y sólo entonces, que estamos por fin escribiendo.

martes, junio 19, 2012

18 de Junio de 2012-Día 13 (Diario de espera)


Segundo día de malestar. Poco hice que no fuera que descansar. Hoy el dolor fue menor que ayer, supongo las medicinas han hecho lo suyo. A diferencias de otros días, pude tener más conversación con Dulce. Está bien, cansada de su viaje a NY, pero contenta.

La mañana me la pasé descansando, esperando sentirme un poco mejor. Sin mucho ánimo. Ya entrada la tardecita, me puse un poco más activo, aunque no mucho.

Realmente ha sido un día tranquilo y esperando que el reposo me haya servido.

Mañana de regreso al trabajo. No ánima mucho, pero espero ya la enfermedad esté fuera de mí.

17 de Junio de 2012-Día 12 (Diario de espera)


Hoy apuntaba a ser un buen día, sin embargo no lo fue para mí.

Desde que ando con Dulce, he ido poco a poco convirtiéndome en un ser más familiar. Quería celebrar el día de Padre con mi familia, pero amanecí con una extraña infección estomacal. No sé qué me lo provocó. Todo el día estuve en cama, ni pude responderle a tiempo a Dulce, que me mantenía al tanto de su día en NY.

Sólo un rato por la tarde pude pasarla con ellos viendo un par de películas

16 de Junio de 2012-Día 11 (Diario de espera)


Este sábado se ha respirado distinto.

La mañana en el museo fue aletargada, aunque con olor a hot-cakes. Entre Ángeles, Luis Fernando, Don Melquiades y quien esto escribe, nos organizamos para prepararnos unos hot-cakes con el afán de desayunar. Sin embargo, se convirtieron casi en comida. Esto permitió que la rutina sabatina, aburrida, se tornara un poco diferente. Una mañana por cierto, lluviosa.

A las cinco de la tarde junto con mis padres, mi hermana y mi prima Gema tomamos rumbo al estadio Hermanos Serdán, para asistir al cierre estatal en Puebla de AMLO, ahí nos encontramos con mi tío Rubén, al igual que saludé a muchas amistades del ámbito cultural y académico. Mientras empezaba el mitin, Gerardo Oviedo me pidió le ayudará haciendo la crónica del previo al mensaje de López Obrador. Fue una experiencia nueva y divertida. Asistieron por lo menos unas 45 mil personas. Fue increíble ser testigo de ese evento que nunca me hubiera imaginado en Puebla. La mezcla de todo tipo de clases económicas era impresionante, nos hicimos uno, nos confundimos. Ver esto me da esperanza de un posible cambio, sin embargo el miedo ahí está.

Por la noche, fuimos a dejar a Gema con mi madrina Licha, pues ahí se encontraban –como cada 8 días- sus papás. Mis papás extrañamente pasaron a saludar y a convivir un rato. Compartimos unos refrescos y unos molotes.

Cerró bien el día.

Preguntaron por ti, Dulce. Les platiqué dónde andabas y todos me mandaron saludos para ti y aplaudieron que hayas aprovechado la oportunidad. Y que esperan, como yo, verte pronto para saber cómo te fue en tu viaje. Hoy no pudimos platicar mucho, yo iba a andar ocupado y tú rumbo a NY.

Los locos son los otros (Diario Milenio/Opinión 18/0/12)


Debatir es batirse, y quien se bate en duelo asume que perder es verse muerto, herido o deshonrado. Afortunadamente, se trata de una pérdida metafórica. Digamos que una muerte debatible. Si al final del debate he visto a un candidato echar bala a los otros con furia y puntería, me veré sorprendido y puede que indignado si alguien viene y me dice que lo vio perder. “¿Hablas en serio?”, dudaré, magnánimo, como dándole una oportunidad y al propio tiempo haciéndole saber que eso que sugirió es inverosímil.

“¿Quién ganó, según tú?”, contraataca uno, como fingiendo que no toma en serio la risita burlona de su interlocutor. Acto seguido (debería decir acto perplejo) escucho nada menos que el nombre de quien primero vi caer difunto en vivo y en alta definición, y harto de esa risita de suficiencia le replico “¡Ay, no mames!” como quien lanza una granada de mano, pero ya advierto que a su vez se blinda con una nueva salva de carcajadas. Cierto es que ni siquiera hemos empezado a debatir, pero ya nos batimos con ánimo balcánico porque damos por hecho que uno de los dos está loco o idiota, y por supuesto que ése no soy yo. Es probable que no lleguemos a pelearnos, pero nos cobraremos las risas y las puyas buscando a otro que esté de acuerdo con nosotros: “¿Quién crees, según Zutano, que ganó el debate?”.

¿Dodgers, Yanquis, Atléticos? ¿Pelé, Maradona, Messi? ¿Federer, Nadal, Djokovic? ¿Bulls, Celtics, Lakers? ¿Pumas, Chivas, América? Lo mejor de estas dudas tan debatibles es que cada uno las resuelve a su gusto; si los otros opinan diferente no harán más que acendrar su convicción. Y si entre los rivales cuyas características, al menos en teoría, son sólo positivas, puede llegarse a desacuerdos irreconciliables, ya se ve que en materia de políticos las posibilidades son infinitas. Es decir que si uno, ciudadano común, tiene por fuerza algún apéndice trasero susceptible de ser pisoteado, quien participa del enjuague partidista, y en tanto eso pelea por el poder, esconderá por fuerza una cola más larga que el velo de una novia nueva rica.

Puede que sea por eso que la tentación de asistir a un gran debate puede más que el desánimo imperante. El espectáculo de los tres candidatos pisándose las colas entre sí, perseguidos por otro más pequeño que es todo él una cola, puede ser una lucha apasionante donde no hay distinción entre rudos y técnicos, pues nadie está de acuerdo en cuál es cual y todos nos reímos del que piensa distinto. ¿Qué le pasa a ese güey? ¿Qué le picó a esta loca? ¿Cómo se atreven a mirarme así, cuando es obvio que los necios son ellos?

Es frecuente que en los concursos de belleza menudeen las inconformidades, en especial entre los familiares de las perdedoras. Hermanos, padres, novio, amigos, primos: ninguno puede creer que semejante flaca patizamba le ganara a la Chapis, quien ya desde niñita pintaba para Miss Universe. Por su parte, la tribu de la ganadora respira con alivio bienhechor porque están bien seguros de que se hizo justicia, cómo iba esa pelada cachetona a ser más linda que la top-model de la familia. Y lo cierto es que todos tienen razón, de acuerdo a lo que vieron, pues también es verdad que cada uno vio el concurso que quiso. ¿Qué clase de traidor haría otra cosa? ¿Conoce alguien a una madre imparcial?

Para bien de estas líneas, quien las escribe se halla bien lejos de verse encariñado con ninguno de los 3.1 candidatos a la presidencia. Es más, no tengo idea de quién ganó el debate. ¿Gana el más agresivo, el más taimado, el más disimulado, el más ecuánime...? Puede que lo haya visto sólo por no perderme un eventual knock-out en el último asalto. Desde entonces asisto a tantos debates en torno a aquel debate que ya entendí el concepto: a falta de visitas a la lona, el veredicto se hace configurable al gusto del usuario. Si todavía hubiera caballerosidad, a la pregunta de quién ganó el debate debería seguir una sola respuesta: ¡Quien usted guste, no faltaba más!

Para suerte de todos, ninguno de los candidatos a Miss President resulta coronado al final de un debate, como tampoco vamos a un hospital psiquiátrico por diferir en nuestros veredictos. Se trata de acabar todos contentos, aunque ya sospechando que dos tercios del mundo perdieron la razón. Ven visiones, reviven a los muertos. Y por si fuera poco se carcajean de mí. Pobrecitos, necesitan ayuda.

sábado, junio 16, 2012

15 de Junio de 2012-Día 10 (Diario de espera)


Un día agitado, menos aburrido que los otros.

La mañana un poco agitada en la taquilla, la lectura del libro de Soto Viterbo y las conversaciones esporádicas con Ángeles y Karla, ha alivianado el transcurrir del día.

Por la tarde se inauguró una exposición pictórica que celebra el Año Litúrgico Maronita, integrando cerca de 40 símbolos representativos de la iglesia nacida en Líbano. Es la primera exposición temporal que tiene el Museo Casa de Alfeñique. Hubo un brindis de honor al final.

La rutina del trabajo cambio un poco. Eso es bueno.

Hoy platiqué poco con Dulce, las ocupaciones y el cansancio se atravesaron. Ojalá haya podido descansar. Sin embargo, recibir su aliento y besos, aunque sea electrónico, sirven como pilas emotivas, recarga al alma.

Pareciera rutinario escribir estas breves notas que pretenden ser un diario, pero es una forma de conversar con ella. Lo disfruto.

Hoy me ha llegado un regalo, muy novedoso y bello. Rosa María Lechuga, prima de un escritor poblano Edson Lechuga, me ha enviado un libro sobre un pintor francés: Pissarro. Un libro proveniente de una librería de viejo, huele al menos a eso. Es un tesoro.

Mañana será un día interesante, mis padres quieren ir a mitin de AMLO en Puebla.

14 de Junio de 2012-Día 9 (Diario de espera)


Después de un breve descanso laboral -que me sirvió para avanzar en lecturas y en mi tesis- he regresado al trabajo. Las cosas ahí funcionan con la normalidad de siempre. Pocas sorpresas tuvo este día, por no decir ninguna. La visita de mi amiga Montse, quien viene regresando de su viaje por tierras europeas, fue una agradable sorpresa. La otra, quizá la más emotiva, fue el re-encuentro con mis exalumnos del Instituto Covadonga, ya pasaran a Universidad y estaban tomándose fotos cerca de mi trabajo, para tener un recuerdo generacional. Sin querer fui parte de esas fotos. Extraña y bonita coincidencia.

La conversación electrónica con Dulce ha sido, nuevamente, accidentada. Nuestras conexiones estuvieron fallando mucho. Aun así  platicar con ella, aunque cansados, es algo que me llena el día. Siempre es reconfortante saber de ella y de su estancia en USA.

Mi lectura de la nueva novela de Felipe Soto: Conspiración de las cosas, está siendo lenta. La forma en que maneja sus personajes, su atmósfera, me parece agradable y directa. Es un narrador muy hábil.

A veces, cuando Dulce me preguntaba qué leía, le explicaba. Algunas ocasiones, le platicaba sin que existiera pregunta alguna. Extraño hacerlo.

jueves, junio 14, 2012

13 de Junio de 2012-Día 8 (Diario de espera)


Mañana regreso nuevamente al trabajo, a la rutina, a las tardes que no traen un café con Dulce.
Hoy fue un día de absoluto descanso.

Un día de abandono.

Apenas si pudimos platicar Dulce y yo. La tecnología suele fallar y cuando lo hace, suele ser muy molesto. En este caso, fue muy triste.

Hay días que se pasan rápido por las ocupaciones o por los motivos que hacen al día valioso, entretenido o digno de ser recordado. Hoy particularmente se fue lento.

Dulce trabaja mucho, pero al final se ve que lo disfruta, conoce gente nueva y reafirma amistades. Me da gusto por ella. Se merece eso y mucho más.

Espero que las semanas pasen pronto y no sienta tanto la distancia.

A veces me da mucho frío, me falta el calor de su abrazo.


12 de Junio de 2012-Día 7 (Diario de espera)


Oficialmente hoy se ha cumplido una semana de que Dulce está en USA.
Hace una semana ella tomaba un avión.
Hoy ella está trabajando en un camp y yo me siento a continuar con mi tesis y concentrarme en la lectura.
Dedicarme a la escritura de la tesis es todo un rito, al menos para mí. Necesito inmiscuirme de forma completa en la vida y obra de Cirlot. Adentrarme sin dar paso a ninguna distracción. Leo y releo, buscando siempre el punto adecuado que me interesa. Quiero una tesis que sea leíble, que no se empolvé en las bibliotecas de mi Facultad. Publicable. Sería mi primer hijo, quizá por eso trabajo con cautela.
Tengo bajo cuidado a Julián, el pez beta de Dulce, una forma de estar con ella. De repente le platicó de los descubrimientos, de los hallazgos. Una forma de hablar con Dulce.
Cirlot me da miedo y me atrae, a veces siento que las personalidades son similares. Claro la de él con más talento. Tal vez por eso soy muy respetuoso a la hora de escribir.
Ha sido un martes de tesis.
Un martes de no salir del cuarto.
Martes que se convirtió en miércoles.

martes, junio 12, 2012

11 de Junio de 2012-Día 6


Primer día de la segunda semana de Junio, inicia de forma tranquilo. Día que he dedicado ala escritura y la lectura. Comencé a darle forma a la reseña que aparecerá en el próximo número de UniDiversidad, escribí la reseña de esta semana que aparece en mi columna El Guardián del Diván, publicada por Sexenio-Puebla. De igual forma, emprendí la revisión de la nueva novela de Felipe Soto Viterbo: Conspiración de las cosas. Su anterior novela Verloso me dejó un buen saber de boca. Las primeras páginas de esta novela me van agradando. Es una voz fresca y muy entretenida. Al parecer, mañana tendré una entrevista telefónica con el autor.

A lo largo del día he podido conversar con Dulce, han sido conversaciones llenas de extrañamiento, de distancia, de miedo; pero también de amor. Todo como producto de la distancia. Mala consejera, terrible compañera. Aunque algo accidentada la conversación, me agradó leerla. Escribirle por chat o a través de estas palabras es una pequeña forma de acariciarla. Disfruto de acariciar su piel suave. Extraño hacerlo, así como su mirada; un remanso de calma.

Ha llovido muy fuerte en Puebla, al menos en parte del sur de la ciudad.

En la noche salí con Héctor –novio de la hermana de Dulce-, una persona agradable en el trato. Alguien disfrutable para compartir la afición por la Lucha Libre del CMLL, en la cual me acuso de ser el culpable de haberlo reiniciado. Antes de ingresar a la Arena Puebla, compartimos una cemita tradicional de la Lucha Libre. La cartelera era atractiva, al menos en las últimas dos peleas. Hoy hemos ido a ver pelear a Blue Panther, Atlantis y La Máscara vs Averno, Mephisto y Ephesto; la estela corrió a cargo de Marco Corleone, Máximo y Rush vs Último Guerrero, Dragón Rojo y Rey Escorpión. Ha sido una lucha atractiva, divertida. Desgraciadamente le han quitado la magia a Arena Puebla, la han homologado con las Arenas de México al ponerle un pasillo central, han quitado la interactividad que había entre afición y luchadores.

Prólogo para leer "El impostor" (Sexenio/Especial 03/06/12)


1

Saulo de Tarso, ejemplo de que todos tenemos una segunda oportunidad.
Un día se dedicaba a perseguir cristianos, atosigarlos, matarlos. Era un fanático de las leyes y las tradiciones ancestrales. Era un judío que perseguía cristianos.
Cuando me contaron su historia, me lo imaginaba como un soldado sanguinario que disfrutaba de enterrar su espada a un cristiano.
Después, como cuento de hadas, Saulo de Tarso iba en su caballo rumbo a otra misión, cuando de repente ve una luz poderosa. Lo cegó y le dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? A lo que él contestó: ¿Quién eres Tú, Señor? Entonces esa voz, que no era cosa que Dios, le dice: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón. Y nuevamente cuestiona Saulo: Señor, ¿qué quieres que haga? Por último, Jesús le sentencia: Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer. 
De ser un asesino de cristianos, paso a ser un evangelista.
Esa es la historia que nos cuentan cuando niños tomamos clases de catecismo.
Al menos a mí.

2

Un día como cualquiera.
Salir de casa, llegar a la Facultad, tomar clases. De repente se me ocurre mandarle un mensaje a un amigo, preguntándole cómo se encontraba. Tenía poco de haber regresado a su tierra natal. Me responde, ando en centro, veámonos para tomar un café. 
Platicamos de todo lo que se dice cuando dos amigos se ven después de un buen rato.
Una conversación que recuerdo mucho. Ahí salió el tema para mi tesis de licenciatura y me enteré de que una de sus novelas más ambiciosas, tendría por protagonista a San Pablo. Una novela de estilo policiaco instaurado en aquella época. Romperá esquemas, me decía. Será controvertida. He estado comprando Biblias en griego, en latín para irme adentrando a la época. Estoy emocionado con esta novela, verás que va a quedar muy bien.
Palabras más, palabras menos; eso conversé con Pedro Ángel Palou.
A partir de este momento esperaba la aparición de esa novela.
Era una incógnita.

3

El misterio se rompe.
Pedro Ángel Palou entrega a sus lectores –los asiduos y los nuevos- El impostor. La novela que cuenta “la verdadera historia de San Pablo. El espía que se convirtió en apóstol”.
Su novela más extensa.
Una novela que le llevó, por lo menos, seis años de ardua investigación. Una novela que obligó al escritor a mandar dos versiones a la hoguera. La que se ha editado, es la tercera versión. La definitiva.
El novelista conoce el terreno que se animó a pisar. Recurre a un personaje llamado Timoteo para contar la historia de Saulo de Tarso, quien después de la conversión se auto-bautizaría con el nombre de Pablo.
Él jamás conoció a Jesús, sin embargo se le considera un apóstol y es uno de los escritores más importantes del Nuevo Testamento. Famoso por sus inmensas epístolas dirigidas los romanos, los corintios, los gálatas, etc. Dejo de empuñar la espada para matar cristianos y recurrió a la palabra escrita para encaminar a la humanidad por el sendero de la cristiandad. El resultado: arrostró numerosas penalidades (cárcel, azotes, hambre). En el año 64 dC fue decapitado.
Los restos de San Pablo, se dice, están enterrados en la Basílica de San Pablo extramuros; en Roma, Italia. Ahí mismo se encuentra una estatua que lo representa poseyendo una espada, como símbolo de su martirio y un libro que simboliza su actividad como mensajero de la palabra de Jesús.
¿Y si el milagro no hubiera existido?
¿Si sólo fuera un acto de invención para ocultar una incómoda verdad?
Aquí, Pedro Ángel se enfrenta con uno de los personajes más importantes del mundo Occidental pues, junto a San Pedro, es considerado uno de los fundadores del cristianismo.
Lo desmitifica, lo humaniza y ofrece una versión alternativa a los orígenes de la supuesta conversión de Pablo.
El impostor es una novela prometedora, ambiciosa en la que el autor acompaña su narrativa casi poética, con un gusto riguroso por la Historia.
No queda más que leerla y adentrarnos en el mundo del apóstol más polémico y extremista de todos.

¡Ay, la soledad!-(Sexenio-Puebla 31/05/12)


La soledad y el amor son temas que se han abordado infinitamente a lo largo de la historia de la literatura universal.

Paolo Giordano en su opera prima: “La soledad de los números primos”, ha establecido una gran metáfora  aritmética para explicar a la soledad: los números primos (aquellos que sólo son divisibles entre 1 y entre sí mismos), éstos a pesar de compartir una gran característica, jamás podrán juntarse.

Giordano cuenta la historia de dos personajes: Mattia y Alice. Cuyas vidas van girando en torno al miedo que se impregnó en ellos –como un tatuaje- durante su infancia, el cual se afianzará en la adolescencia. Conforme van creciendo, irán por la vida librando los obstáculos de ésta como puedan, evadiendo el miedo sin enfrentarlo. Todo es infelicidad hasta que un día se encuentran y vislumbran la posibilidad de enfrentar sus miedos. La situación y la persona, lo valen. Pero ¿para qué perder tiempo en combatirlo, si afuera hay todo un mundo por vivir? Sin embargo, esto los orillará a vivir en mundo “cómodo”, más no deseado. Alejándolos y viviendo siempre con la interrogante: ¿qué hubiera sido de mi vida, si permanecíamos juntos?

“La soledad de los números primos” pareciera una copia fotostática de la vida, donde perdemos una infinidad de oportunidades por miedo, por incapacidad de decir las cosas y de abrirnos ante el otro.

Es más fácil deshacerse de la felicidad que de los miedos, pues uno crece con ellos y aprende a sobrevivir, quizá cuesta trabajo imaginarse qué hacer sin ellos.

Una prosa precisa, feroz, cruda, real; pueden ser varios calificativos que acompañan a la escritura de Paolo Giordano, quien toma a la soledad por los cuernos para ponerle nombre, apellido y lugar de nacimiento.

La historia de Mattia y Alice, puede ser la historia de cualquiera que se acerqué a leer dicha novela.
Se corre el riesgo de sentirse retratado.

Quizá, por eso gusta tanto. Por eso identifica y duele.

Una novela que no deberán perderse y seguro les dejará un grato sabor.

Veinte malditos días (Diario Milenio/Opinión 11/06/12)


¡Ya nomás veinte días…!”, se dice uno con un ojo en la agenda y otro en el calendario, y no puede evitar volver a preguntarse si ese tiempo será suficiente para acabar con todas sus amistades, si ya algunos comienzan a faltarles dedos para llevar la cuenta de los amigos perdidos, suspendidos o pausados en ocasión de las próximas elecciones.

Nunca he creído que mis amigos sean unos intolerantes de mente refractaria, y asimismo me gusta creer que tampoco yo sufro de ese mal. De casi todos digo, por ejemplo, que son alivianados, y hasta creo que por eso nos entendemos. Y si bien hay momentos exaltados en los que proferimos idioteces por las que luego habrá que hacerse perdonar, una amistad que se precia de serlo es generosa por necesidad. Es decir, sorda a veces, miope de pronto y con cierta frecuencia olvidadiza. O sea que si mi amigo escuchó no precisamente a gusto las mezquindades que le solté ayer, creo que todavía puedo confiar en que nuestra amistad se hizo la sorda. “Creo”, he dicho, pero cada día estoy menos seguro. Y eso que todavía faltan veinte...

En teoría, todo suena muy fácil. A mí qué más me da por quién voten los otros, y por qué han de saber a quién prefiero yo. Cambio de tema, pues. Pero es que eso no es todo. Falta la revisión de las listas negras, que no siempre coinciden y tienden a mezclar razones y pasiones con una enjundia extrañamente atlética. Una cosa es decir por quién vas a votar —afirmación ya bastante riesgosa— y otra muy diferente por quién no votarías. Corrección: jamás votarías.

Esas cosas se sueltan con furia desbocada, pues no solo se trata de expresar una pura opinión, como de hacerse de ella a modo de bandera y estandarte. Quiero que el mundo sepa Lo Que Yo Nunca Haría. Que se enteren que en esto no soy neutral. Que miren al través de mi cristal aquello cuya sola existencia me indigna y me rebela y me provoca náuseas morales y me hace vomitar toda suerte de sapos putrefactos. Y como medio mundo está por lo visto en campaña, la idea es vomitarnos los unos a los otros de aquí a esas elecciones con facha de cruzadas.

Si entre las religiones hubiera democracia, ya quiero ver qué quedaría del mundo después de unos comicios para elegir a Dios. ¿Y cómo no, si aceptar la derrota significa dar por buena la ley de otro profeta, y en tanto ello condenarse al infierno por los siglos de los siglos? He ahí lo más molesto, la persistencia. Si hoy recibo un email de Perengano pidiéndome que vote o no vote por alguien, me doy por enterado e incluso le agradezco que se acuerde de mí. Pero si en los siguientes veinte días se dedica a acosar a amigos y parientes cual si su tiempo lo pagara el IFE, va a costarme trabajo no perderle el respeto (y quizás lo que toque sea ir poniendo tierra de por medio, nada más sospechar que en el próximo encuentro, Dios no lo quiera, va a sentirse tentado a catequizarme).

Lo peor es que ninguno está libre del virus. En este mismo espacio, por ejemplo, me descuido un renglón y por ahí se meten mis opiniones más virulentas. Las únicas que tengo, a estas alturas. No es que me falten ganas de expresarlas, pero aún quedan vivos veinte días y bastantes amigos por perder, y además estas líneas se habían propuesto justo lo contrario. Hace ya una semana que no toco ni el Twitter, para no terminar enredado en una discusión bizantina calibre #güevabye, y ni siquiera tener que asistir a alguna de las tantas que bullen como lombrices en la pantalla.

Lo más fácil sería desconectarse de aquí al dos de julio, pero el morbo también tiene sus apetitos y para colmo suelen ser tiránicos. A falta de una isla en las Antípodas, espero la ocasión del próximo debate y sus ecos histéricos con no más esperanza que la de acreditar en la comodidad de mi hogar un diplomado en Alta Misantropía. “¿Por quién vas a votar?”, me pregunta un amigo en el teléfono, y en vista de mi aprecio por su persona le respondo con otra pregunta. “¿Qué te importa, pendejo?”, repito en un tono por demás amigable, y antes de persistir a mi interlocutor le gana la risa, misma que al paso de medio minuto habrá probado ser tan contagiosa como el encono al que está suplantando. Eso sí, todavía faltan veinte días. De aquí a entonces, seguro nos despellejamos.                                                                                                                           

lunes, junio 11, 2012

10 de Junio de 2012-Día 5 (Diario de espera)


Domingo extraño. Desperté temprano y con sobresalto. Cambié a los pajaritos, atendí al pez beta: Julián. Volví a la cama a dormir, no tenía un motivo para salir de ella.

Mi madre me invitó a salir con la familia. No quería, pero me convenció. No tiene caso que te quedes encerrado, no te hace bien.

Durante un rato de la mañana-medio día conversé con Dulce. Me da gusto saber que está y que le va bien. La extraño. Es muy triste no compartir domingo con ella, como últimamente estaba pasando. Estoy consciente que es por el bien de un proyecto mutuo. Siempre duele una distancia.

Fuimos al cine a ver Colosio: el asesinato. Una película adecuada a estos días. Fuerte. Dolorosa. Certera. La ficción no estaba en la película, estuvo en la “realidad de 1994”.  A veces me da miedo que se pueda repetir otro asesinato de Estado y otro 1968. Ojalá me equivoqué.

Ya entrada la tarde, fuimos a ver a una sobrina mía bailar, bella y tierna. Un orgullo verla tan desenvuelta, tan segura. Después vimos en casa el Debate de los presidenciables. Morbosamente estuvo muy pobre. No hubo ataques. Políticamente muy atinado. El atacado se dedicó a presentar propuestas, lo que importa.

Ha sido un domingo bonito, aunque sin alma. El alma que me da poder compartirlo, conversarlo con Dulce antes de finalizarlo.

9 de Junio de 2012-Día 4 (Diario de espera)


Un sábado desilusionante. Espera desayunar un hot-cake de los puestos y comer chalupas y nada. Se habían quitado. Las calles vacías y limpias como si no hubiera pasado nada.

El trabajo normal, sin mucho que contar.

El sábado más desanimado de todos. Me levanté sabiendo que al terminar mi jornada laboral no habría ida al café con Dulce, ni llamada con ella al llegar a casa.

Ángeles (compañera del trabajo, amiga ya) buscó la forma de que me pesara menos el día, me hizo acompañarla a unas compras, para luego encaminarnos a nuestra respectiva parada.

Al llegar a casa, el cansancio, la soledad, la aburrición me hicieron caer en la cama. Dormí por horas, desperté para atender a mis animalitos y volví a dormir.

sábado, junio 09, 2012

8 de Junio de 2012-Día 3


Puebla de las festividades, México de las fritangas. Qué sería de este país sin sus fritangas, sin sus fiestas populares y comelonas, so pretexto de festejos religiosos. No sería México.
Aprovechando la cercanía del museo con los puestos instalados, pasé a buscar una Lola (muñeca que se venden en estos festejos) para mi Dulce, aproveché para degustar otro hot-cake y no podía dejar pasar mi visita sin una exquisita orden de chalupas. Esas chalupas con cebolla, carne de res y una salsa repartida cual bendición sacerdotal, sin saber si es roja o verde, o ambas; dixit Eduardo Zárate.
La mañana no importa, porque no fue relevante. Completamente rutinaria. A veces mi vida se vuelve kafkiana, a mi no me acusan de nada; pero trabajo para un sistema cultural, sin saber –exactamente- a dónde se va esa cultura. A veces dudo que la palabra cultura exista en Puebla. Algunos amigos escritores, aseguran que se fue cuando Palou dejo la Secretaría de Cultura. La cultura sigue, lo que no está es la gente capacitada para efectuar los programas adecuados y los que sí tenemos esa capacidad, estamos atorados, dependiendo de si algún día habrá presupuesto. Qué pena.
Abandonar el estado de confort, dicen que es mi miedo. Pero duele abandonar un sueño, debido a obstáculos tontos. Quien me conoce, sabrá que ese sueño lo vengo persiguiendo desde hace 5 años, al menos. Ya perdí el sueño del fútbol. Aún no me resigno a perder el sueño de aportar un grano de arena importante a la cultura de Puebla.
Escribo esto y me acuerdo de la letra de Manzanero, entonada por El Tri de Lora: ¿Quién da un peso por mis sueños? Hay otra más tierna, es de Silvio Rodríguez: En busca de un sueño. El sueño es natural de la juventud. Los adultos en su inmensa mayoría, renuncian a los sueños y se aferran a una pobre realidad. Yo no quiero eso.
Estar con Dulce, escritor y gestor cultural, es el sueño más grande; lograr conjuntarlos sin violentar la realidad de nadie.
¿Qué es la vida sin la posibilidad de soñar, Dulce?
Parodiando a Sabina, yo no quiero 14 de febreros, lo que quiero es soñar juntos y de la mano.
Trazar camino, en tu ausencia es la meta. 

viernes, junio 08, 2012

7 de Junio de 2012-Día 2 (Diario de espera)


Puebla de los ángeles, bien podría llamarse: Puebla del clima cambiante. Amanece fresco, continua caluroso y termina casi lluvioso.

Hoy ha existido más comunicación con Dulce, pareciera que ella estaba en su casa y yo en mi trabajo, quizá eso me hizo extrañarla menos que ayer. Sin embargo, su abrazo hace falta para darle sentido al día.

Caminar, este jueves, por las calles aledañas al Museo Casa de Alfeñique, me hizo rememorar a Dulce, pues están llenas de los puestos que festejan el día de las mulas y los gorditos: el jueves de corpus. A Dulce le gusta mucho esa festividad y le encanta comprar las muñequitas que venden.

He desayunado un hot-cake con crema lechera y chispitas de chocolate. Por la tarde, en compañía de Lalo (amigo del museo) he comido unas exquisitas chalupas.

He platicado con ella, por la noche. La tecnología hace magia, por eso me gusta. Aliviana las distancias.

A punto de terminar la novela Los living de Caparrós. Es una novela deslumbrante. Entretenida. Un gran descubrimiento en mi mapa literario personal.

En la sala de espera, hay muchos libros para continuar las reseñas. Todos se me antojan, algunos son nuevos para mí; otros son conversaciones con amigos.

Fuga en mí menor (Diario Milenio/Opinión 05/06/12)


[Texto para la presentación de
la novela Fuga en mí menor, de Sandra Lorenzano
(Tusquets, 2012). FeriaLibroTj2012]

Del latín Fuga. 1. f. Huida apresurada: “Le gustó. Si algún día escribiera sus memorias, ése sería el título que les pondría: Fuga en mí menor. Una fuga que había convertido en real el día que decidió bajar de la ciudad e instalarse en esta playa helada”. 2. f Abandono inesperado del domicilio familiar o del ambiente habitual. “Mercedes tenía un poco de razón cuando se lo decía. Él por supuesto lo negaba. La idea de fuga tenía algo de huída que no quería reconocer frente a ella. Llevaban un tiempo separados cuando él se instaló en este caserío frente al mar, pero seguían manteniendo una relación tan cercana como cuando estaban juntos”. 3. f. Momento de mayor fuerza o intensidad de una acción, de un ejercicio. “O, mejor dicho, la relación se volvió mucho mejor. Estaba claro que cada uno necesitaba su propio espacio. Y a él la convivencia sólo se le antojaba a ratos. ¿Pero cómo encontrar el deseo dentro de sí si no se aislaba, si no cortaba con esa cotidianeidad demasiado ruidosa, demasiado hablada? ¿Si no se fugaba? 5. f. Mús. Composición que gira sobre un tema y su contrapunto, repetidos con cierto artificio por diferentes tonos.

¿Se puede tener nostalgia de un desconocido?
Si la palabra mí no llevara el acento sobre la i, el título de esta novela nos invitaría a pensar de manera preponderante, o quizá hasta exclusiva, en tópicos musicales. Pero la palabra mí está acentuada y ese acento hace que la fuga se muestre con la plétora de significados que le atribuye la Real Academia de la Lengua. Pronombre personal. Objeto indirecto. Tilde monumental.

¿Acaso hay algo más doloroso que una canción de cuna que se vuelve marcha fúnebre?
Se trata, pues, de una huida, pero hacia adentro. Se trata de una fuga, en efecto, pero de una fuga tanto en términos de contenido como de forma. Todo se va. Hay un ritmo con el que suceden las cosas. Una definición básica de la fuga señala que la caracteriza “el uso de la polifonía vertebrada por el contrapunto entre varias voces o líneas instrumentales (de igual importancia) basado en la imitación o reiteración de melodías en diferentes tonalidades y en el desarrollo estructurado de los temas expuestos”. La novela que Sandra Lorenzano publica con Tusquets en esta primavera maravillosa, se deja guiar por un principio similar: la polifonía, el contrapunto y la reiteración cumplen aquí la función de acicatear la memoria. Engatuzarla. Tenerla aquí.

¿Pero una marcha fúnebre a los cinco años?
Se trata de Leo, el compositor que camina por la playa fría, atosigado por el bloquea creativo y seguido de cerca por un perro amarillo. Se trata, en realidad, de la memoria de Leo —esa mancha o, más exactamente, esa sombra en una fotografía que lo une, de maneras totales a lo largo de una vida entera, a un padre ya por muchos años desaparecido. El padre muerto. La guerra. Se trata, sobre todo, de la estructura, en este caso musical, que permite el ir y venir de la memoria, su invocación constante y la reticencia de sus tiempos. Se trata, en el fondo, también, ¿por qué no?, del silencio.

Una vibración distante, muy distante, es lo primero que aparece.

Tal vez ningún tema sea tan relevante dentro de la obra de Sandra Lorenzano, que incluye prosa y la poesía, novela y ensayo, como el de la memoria. Si la mirada del migrante o el exiliado no descansa nunca —y de eso Sandra, quien dejó la Argentina hace ya bastantes años, sabe mucho—, tampoco lo hace la memoria. En estado constante de alerta, dispuesta a crearse a sí misma a la menor provocación, la memoria avanza y retrocede al mismo tiempo. El contrapunto. La polifonía. La reiteración. No por nada nos asegura cierta escuela del psicoanálisis que donde hay memoria hay ficción. Inevitablemente. Ahí van a caer, como en el pozo encantado de los cuentos, lo que pudo haber pasado, lo que tal vez no, lo que quizá, lo que nunca. Leo, el músico, recuerda, o mejor dicho, acosa un recuerdo que es una sombra casi de la misma manera en que acomete su trabajo como creador. La polifonía, sí. Y se sirve, para ello, de la calidez de ciertas charlas masculinas, por ejemplo entre un músico y un lutier. El contrapunto, tal vez. O de las cartas que alcanzan uno y otro lado de la familia. O las fotografías que intercambian, llenos de complicidad, un padre y un hijo. Así se van tendiendo las redes. La reiteración.

¿Quiénes fueron esos jóvenes que una tarde de verano se tomaron una foto para un futuro que no imaginaron?
Contar una historia que quiere ser contada lo podemos hacer casi todos. Se precisa, sin embargo, de la paciencia amorosa del orfebre, para vérselas con las historias que se resisten a la narración. La memoria, a veces, es así. Acaso por ello, en esta ocasión, Sandra Lorenzano haya recurrido a la forma de la fuga —una estructura musical— para merodear por sus linderos y sacarle su jugo más secreto y hacerla, si no hablar propiamente, por lo menor murmurar. El tono bajo. El volumen de las confesiones más íntimas: el momento en que la Historia se deshace de la mayúscula y se vuelve hacia las cosas diminutas. El momento en que el tiempo nos toca. Esa fuga en mí. ¿Y quién no se ha perdido, y luego encontrado, tantas veces o algunas veces, justo ahí?

La ortopedia democrática (Diario Milenio/Opinión 04/06/12)


No había ni empezado a desayunar cuando llegaron los comisarios. Buenos días, compañero, me saludó el más alto, ceremoniosamente, somos del Comité Democratizador y venimos a hacer nuestro trabajo. ¿Su trabajo, en mi casa?, respingué, sorprendido. No en su domicilio, ciudadano, repuso el otro, pero sí en su columna semanal. Disponíame a darles con la puerta en las napias cuando el grandote, que por lo visto era el de más jerarquía, adelantó una bota y me empujó hacia adentro. Usted perdonará, hizo al cabo una mueca de falsa contrición, pero es que aquí el reporte dice que su columna todavía no ha sido democratizada.

No puede ser, refunfuñé entre dientes mientras los invasores sacaban mis cajones uno a uno, tiene que ser un sueño. ¡Exactamente!, replicaron los dos al unísono, este proceso es parte de la realización del sueño de nuestro pueblo. ¿O sea que ustedes vienen de un pueblo dormido?, pretendí ironizar, y por toda respuesta me cayeron encima dos miradas glaciales. Por lo visto, es el típico priista, disparó el segundón, con una sonrisilla de triunfo repentino. ¿Que yo soy qué?, salté no solamente por el acicate, sino también de ver que ya su superior tomaba posesión de la libreta donde había vaciado unas cuantas ideas para mi artículo.

¿Quién es el “amlosaurio”, ciudadano?, alzó una ceja el de la voz cantante, con la satisfacción del sabueso que se ha topado al fin con la primera pista. ¿Pues quién va a ser?, sonreí, con tacto de elefante, ¿prefiere que le diga pejedáctilo? Contra lo que esperaba, el otro se sonrió. ¿Ya ves lo que te digo?, le dio un codazo al jefe, a los priistas yo los huelo desde lejos. ¿Me está llamando priista?, reaccioné ya muy tarde para clamar estupefacción, de modo que solté una leve carcajada. Así son los priistas, acotó comprensivo el superior, meneando la cabeza, todos iguales.

Mire usted, compañero, levantó la libreta el jefe y la puso delante de mis ojos, esto que puso aquí es antidemocrático. No me diga, pretendí desafiarlo, ¿eso es según usted o sus superiores? ¡Esto es según el pueblo, ciudadano!, intervino vehemente el achichincle, como si me escupiera algún insulto. ¿O sea que han venido a censurarme?, reaccioné al fin, mientras le arrebataba al jefe mi libreta y encontraba la hoja con mis apuntes constelada de enmiendas y tachones. A censurarlo no, matizó el de la voz, hemos venido a de-mo-cra-ti-zar-lo, y de una vez entienda que no vamos a irnos hasta que su columna quede perfectamente en regla. ¿Y usted cree que alguien va a querer leer una columna en esas condiciones?, carraspeé, según yo cargado de razón, aunque ya comprendiera que a los ojos de aquellos comisarios no había más razones que las suyas. Es decir, las del pueblo, que a ojos de sus pastores tiene un solo cerebro y se expresa al unísono y jamás se equivoca, sólo eso nos faltaba.

No menosprecie al pueblo, compañero, me aleccionó el grandote, palmeándome la espalda como quien habla con un hijo descarriado, es por su bien, venimos a ayudarle. Nadie quiere cambiarle el estilo, todo está en corregir sus equivocaciones. ¡No me diga, qué atentos!, eché de nuevo mano del sarcasmo, pero él siguió adelante sin acusar reacción. Mire aquí, por ejemplo, había un par de errores y ya le hice el favor de enmendárselos. ¿“Peñasaurio”? ¿“Chepináctila”?, leí sus correcciones en voz alta, ¿no quiere de una vez firmar mi columna?

Véalo de este modo, compañero, nosotros entendemos que usted se equivocó, pero vamos a darle la oportunidad de corregir el rumbo y enmendar su pasado priista. ¿Mi pasado priista?, me asombré al comprobar que el tipo no se había mordido la lengua. Entienda, ciudadano, repuso el achichincle, priista es todo aquel que está en contra del pueblo, que es el caso de usted. ¿Debo entender que el pueblo son ustedes?, respingué. Somos sus más humildes servidores, respondieron los dos, otra vez al unísono, tras lo cual me invitaron a iniciar la escritura del artículo bajo su vigilancia demo+cratizadora.

Puede usar las palabras que le gusten, me palmeó el hombro el jefe, pero eso sí: que sean democráticas. ¿Cuáles son las palabras antidemocráticas?, vacilé, ya delante del teclado. Muy fácil, ciudadano, espetó el otro, las de los enemigos del pueblo. ¿Es decir, los de ustedes?, inquirí. Córrale, compañero, me apremió el jefe, casi amigablemente, y mejor ni rezongue, que se le va a hacer tarde con ese artículo. Y aquí estoy, sin palabras, haciendo esfuerzos vanos por democratizarme.

jueves, junio 07, 2012

6 de Junio de 2012-Día 1 (Diario de Espera)


En los aires del Df, por donde caminé un rato, a cierta hora del día, un avión violentó sus aires. Uno de ellos llevaba a Dulce. Estar en Df, compartir un rato con amistades de la adolescencia y universidad, reencontrarme con Volpi y Palou; me ayudaron a no sentir el golpe.

Regresar a Puebla, mi realidad; fue motivo de tristeza.

Caminar por Puebla, sabiendo que Dulce está fuera de ella, por un tiempo me baja las energías. La rutina se vuelve insoportable, tediosa. No hay motivo para levantarme de la cama.

Están los amigos, algunos grandes amigos: Ayudan a sopesar la espera con una buena plática y una cerveza literaria.

Los momentos políticos que está viviendo México, me distraen un rato; pero siempre acaba regresando a ella y su recuerdo.

Escribirle un rato, es como conversar; sólo que sin su abrazo ni su mirada que todo lo apacigua.