sábado, junio 16, 2012

14 de Junio de 2012-Día 9 (Diario de espera)


Después de un breve descanso laboral -que me sirvió para avanzar en lecturas y en mi tesis- he regresado al trabajo. Las cosas ahí funcionan con la normalidad de siempre. Pocas sorpresas tuvo este día, por no decir ninguna. La visita de mi amiga Montse, quien viene regresando de su viaje por tierras europeas, fue una agradable sorpresa. La otra, quizá la más emotiva, fue el re-encuentro con mis exalumnos del Instituto Covadonga, ya pasaran a Universidad y estaban tomándose fotos cerca de mi trabajo, para tener un recuerdo generacional. Sin querer fui parte de esas fotos. Extraña y bonita coincidencia.

La conversación electrónica con Dulce ha sido, nuevamente, accidentada. Nuestras conexiones estuvieron fallando mucho. Aun así  platicar con ella, aunque cansados, es algo que me llena el día. Siempre es reconfortante saber de ella y de su estancia en USA.

Mi lectura de la nueva novela de Felipe Soto: Conspiración de las cosas, está siendo lenta. La forma en que maneja sus personajes, su atmósfera, me parece agradable y directa. Es un narrador muy hábil.

A veces, cuando Dulce me preguntaba qué leía, le explicaba. Algunas ocasiones, le platicaba sin que existiera pregunta alguna. Extraño hacerlo.

jueves, junio 14, 2012

13 de Junio de 2012-Día 8 (Diario de espera)


Mañana regreso nuevamente al trabajo, a la rutina, a las tardes que no traen un café con Dulce.
Hoy fue un día de absoluto descanso.

Un día de abandono.

Apenas si pudimos platicar Dulce y yo. La tecnología suele fallar y cuando lo hace, suele ser muy molesto. En este caso, fue muy triste.

Hay días que se pasan rápido por las ocupaciones o por los motivos que hacen al día valioso, entretenido o digno de ser recordado. Hoy particularmente se fue lento.

Dulce trabaja mucho, pero al final se ve que lo disfruta, conoce gente nueva y reafirma amistades. Me da gusto por ella. Se merece eso y mucho más.

Espero que las semanas pasen pronto y no sienta tanto la distancia.

A veces me da mucho frío, me falta el calor de su abrazo.


12 de Junio de 2012-Día 7 (Diario de espera)


Oficialmente hoy se ha cumplido una semana de que Dulce está en USA.
Hace una semana ella tomaba un avión.
Hoy ella está trabajando en un camp y yo me siento a continuar con mi tesis y concentrarme en la lectura.
Dedicarme a la escritura de la tesis es todo un rito, al menos para mí. Necesito inmiscuirme de forma completa en la vida y obra de Cirlot. Adentrarme sin dar paso a ninguna distracción. Leo y releo, buscando siempre el punto adecuado que me interesa. Quiero una tesis que sea leíble, que no se empolvé en las bibliotecas de mi Facultad. Publicable. Sería mi primer hijo, quizá por eso trabajo con cautela.
Tengo bajo cuidado a Julián, el pez beta de Dulce, una forma de estar con ella. De repente le platicó de los descubrimientos, de los hallazgos. Una forma de hablar con Dulce.
Cirlot me da miedo y me atrae, a veces siento que las personalidades son similares. Claro la de él con más talento. Tal vez por eso soy muy respetuoso a la hora de escribir.
Ha sido un martes de tesis.
Un martes de no salir del cuarto.
Martes que se convirtió en miércoles.

martes, junio 12, 2012

11 de Junio de 2012-Día 6


Primer día de la segunda semana de Junio, inicia de forma tranquilo. Día que he dedicado ala escritura y la lectura. Comencé a darle forma a la reseña que aparecerá en el próximo número de UniDiversidad, escribí la reseña de esta semana que aparece en mi columna El Guardián del Diván, publicada por Sexenio-Puebla. De igual forma, emprendí la revisión de la nueva novela de Felipe Soto Viterbo: Conspiración de las cosas. Su anterior novela Verloso me dejó un buen saber de boca. Las primeras páginas de esta novela me van agradando. Es una voz fresca y muy entretenida. Al parecer, mañana tendré una entrevista telefónica con el autor.

A lo largo del día he podido conversar con Dulce, han sido conversaciones llenas de extrañamiento, de distancia, de miedo; pero también de amor. Todo como producto de la distancia. Mala consejera, terrible compañera. Aunque algo accidentada la conversación, me agradó leerla. Escribirle por chat o a través de estas palabras es una pequeña forma de acariciarla. Disfruto de acariciar su piel suave. Extraño hacerlo, así como su mirada; un remanso de calma.

Ha llovido muy fuerte en Puebla, al menos en parte del sur de la ciudad.

En la noche salí con Héctor –novio de la hermana de Dulce-, una persona agradable en el trato. Alguien disfrutable para compartir la afición por la Lucha Libre del CMLL, en la cual me acuso de ser el culpable de haberlo reiniciado. Antes de ingresar a la Arena Puebla, compartimos una cemita tradicional de la Lucha Libre. La cartelera era atractiva, al menos en las últimas dos peleas. Hoy hemos ido a ver pelear a Blue Panther, Atlantis y La Máscara vs Averno, Mephisto y Ephesto; la estela corrió a cargo de Marco Corleone, Máximo y Rush vs Último Guerrero, Dragón Rojo y Rey Escorpión. Ha sido una lucha atractiva, divertida. Desgraciadamente le han quitado la magia a Arena Puebla, la han homologado con las Arenas de México al ponerle un pasillo central, han quitado la interactividad que había entre afición y luchadores.

Prólogo para leer "El impostor" (Sexenio/Especial 03/06/12)


1

Saulo de Tarso, ejemplo de que todos tenemos una segunda oportunidad.
Un día se dedicaba a perseguir cristianos, atosigarlos, matarlos. Era un fanático de las leyes y las tradiciones ancestrales. Era un judío que perseguía cristianos.
Cuando me contaron su historia, me lo imaginaba como un soldado sanguinario que disfrutaba de enterrar su espada a un cristiano.
Después, como cuento de hadas, Saulo de Tarso iba en su caballo rumbo a otra misión, cuando de repente ve una luz poderosa. Lo cegó y le dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? A lo que él contestó: ¿Quién eres Tú, Señor? Entonces esa voz, que no era cosa que Dios, le dice: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón. Y nuevamente cuestiona Saulo: Señor, ¿qué quieres que haga? Por último, Jesús le sentencia: Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer. 
De ser un asesino de cristianos, paso a ser un evangelista.
Esa es la historia que nos cuentan cuando niños tomamos clases de catecismo.
Al menos a mí.

2

Un día como cualquiera.
Salir de casa, llegar a la Facultad, tomar clases. De repente se me ocurre mandarle un mensaje a un amigo, preguntándole cómo se encontraba. Tenía poco de haber regresado a su tierra natal. Me responde, ando en centro, veámonos para tomar un café. 
Platicamos de todo lo que se dice cuando dos amigos se ven después de un buen rato.
Una conversación que recuerdo mucho. Ahí salió el tema para mi tesis de licenciatura y me enteré de que una de sus novelas más ambiciosas, tendría por protagonista a San Pablo. Una novela de estilo policiaco instaurado en aquella época. Romperá esquemas, me decía. Será controvertida. He estado comprando Biblias en griego, en latín para irme adentrando a la época. Estoy emocionado con esta novela, verás que va a quedar muy bien.
Palabras más, palabras menos; eso conversé con Pedro Ángel Palou.
A partir de este momento esperaba la aparición de esa novela.
Era una incógnita.

3

El misterio se rompe.
Pedro Ángel Palou entrega a sus lectores –los asiduos y los nuevos- El impostor. La novela que cuenta “la verdadera historia de San Pablo. El espía que se convirtió en apóstol”.
Su novela más extensa.
Una novela que le llevó, por lo menos, seis años de ardua investigación. Una novela que obligó al escritor a mandar dos versiones a la hoguera. La que se ha editado, es la tercera versión. La definitiva.
El novelista conoce el terreno que se animó a pisar. Recurre a un personaje llamado Timoteo para contar la historia de Saulo de Tarso, quien después de la conversión se auto-bautizaría con el nombre de Pablo.
Él jamás conoció a Jesús, sin embargo se le considera un apóstol y es uno de los escritores más importantes del Nuevo Testamento. Famoso por sus inmensas epístolas dirigidas los romanos, los corintios, los gálatas, etc. Dejo de empuñar la espada para matar cristianos y recurrió a la palabra escrita para encaminar a la humanidad por el sendero de la cristiandad. El resultado: arrostró numerosas penalidades (cárcel, azotes, hambre). En el año 64 dC fue decapitado.
Los restos de San Pablo, se dice, están enterrados en la Basílica de San Pablo extramuros; en Roma, Italia. Ahí mismo se encuentra una estatua que lo representa poseyendo una espada, como símbolo de su martirio y un libro que simboliza su actividad como mensajero de la palabra de Jesús.
¿Y si el milagro no hubiera existido?
¿Si sólo fuera un acto de invención para ocultar una incómoda verdad?
Aquí, Pedro Ángel se enfrenta con uno de los personajes más importantes del mundo Occidental pues, junto a San Pedro, es considerado uno de los fundadores del cristianismo.
Lo desmitifica, lo humaniza y ofrece una versión alternativa a los orígenes de la supuesta conversión de Pablo.
El impostor es una novela prometedora, ambiciosa en la que el autor acompaña su narrativa casi poética, con un gusto riguroso por la Historia.
No queda más que leerla y adentrarnos en el mundo del apóstol más polémico y extremista de todos.

¡Ay, la soledad!-(Sexenio-Puebla 31/05/12)


La soledad y el amor son temas que se han abordado infinitamente a lo largo de la historia de la literatura universal.

Paolo Giordano en su opera prima: “La soledad de los números primos”, ha establecido una gran metáfora  aritmética para explicar a la soledad: los números primos (aquellos que sólo son divisibles entre 1 y entre sí mismos), éstos a pesar de compartir una gran característica, jamás podrán juntarse.

Giordano cuenta la historia de dos personajes: Mattia y Alice. Cuyas vidas van girando en torno al miedo que se impregnó en ellos –como un tatuaje- durante su infancia, el cual se afianzará en la adolescencia. Conforme van creciendo, irán por la vida librando los obstáculos de ésta como puedan, evadiendo el miedo sin enfrentarlo. Todo es infelicidad hasta que un día se encuentran y vislumbran la posibilidad de enfrentar sus miedos. La situación y la persona, lo valen. Pero ¿para qué perder tiempo en combatirlo, si afuera hay todo un mundo por vivir? Sin embargo, esto los orillará a vivir en mundo “cómodo”, más no deseado. Alejándolos y viviendo siempre con la interrogante: ¿qué hubiera sido de mi vida, si permanecíamos juntos?

“La soledad de los números primos” pareciera una copia fotostática de la vida, donde perdemos una infinidad de oportunidades por miedo, por incapacidad de decir las cosas y de abrirnos ante el otro.

Es más fácil deshacerse de la felicidad que de los miedos, pues uno crece con ellos y aprende a sobrevivir, quizá cuesta trabajo imaginarse qué hacer sin ellos.

Una prosa precisa, feroz, cruda, real; pueden ser varios calificativos que acompañan a la escritura de Paolo Giordano, quien toma a la soledad por los cuernos para ponerle nombre, apellido y lugar de nacimiento.

La historia de Mattia y Alice, puede ser la historia de cualquiera que se acerqué a leer dicha novela.
Se corre el riesgo de sentirse retratado.

Quizá, por eso gusta tanto. Por eso identifica y duele.

Una novela que no deberán perderse y seguro les dejará un grato sabor.

Veinte malditos días (Diario Milenio/Opinión 11/06/12)


¡Ya nomás veinte días…!”, se dice uno con un ojo en la agenda y otro en el calendario, y no puede evitar volver a preguntarse si ese tiempo será suficiente para acabar con todas sus amistades, si ya algunos comienzan a faltarles dedos para llevar la cuenta de los amigos perdidos, suspendidos o pausados en ocasión de las próximas elecciones.

Nunca he creído que mis amigos sean unos intolerantes de mente refractaria, y asimismo me gusta creer que tampoco yo sufro de ese mal. De casi todos digo, por ejemplo, que son alivianados, y hasta creo que por eso nos entendemos. Y si bien hay momentos exaltados en los que proferimos idioteces por las que luego habrá que hacerse perdonar, una amistad que se precia de serlo es generosa por necesidad. Es decir, sorda a veces, miope de pronto y con cierta frecuencia olvidadiza. O sea que si mi amigo escuchó no precisamente a gusto las mezquindades que le solté ayer, creo que todavía puedo confiar en que nuestra amistad se hizo la sorda. “Creo”, he dicho, pero cada día estoy menos seguro. Y eso que todavía faltan veinte...

En teoría, todo suena muy fácil. A mí qué más me da por quién voten los otros, y por qué han de saber a quién prefiero yo. Cambio de tema, pues. Pero es que eso no es todo. Falta la revisión de las listas negras, que no siempre coinciden y tienden a mezclar razones y pasiones con una enjundia extrañamente atlética. Una cosa es decir por quién vas a votar —afirmación ya bastante riesgosa— y otra muy diferente por quién no votarías. Corrección: jamás votarías.

Esas cosas se sueltan con furia desbocada, pues no solo se trata de expresar una pura opinión, como de hacerse de ella a modo de bandera y estandarte. Quiero que el mundo sepa Lo Que Yo Nunca Haría. Que se enteren que en esto no soy neutral. Que miren al través de mi cristal aquello cuya sola existencia me indigna y me rebela y me provoca náuseas morales y me hace vomitar toda suerte de sapos putrefactos. Y como medio mundo está por lo visto en campaña, la idea es vomitarnos los unos a los otros de aquí a esas elecciones con facha de cruzadas.

Si entre las religiones hubiera democracia, ya quiero ver qué quedaría del mundo después de unos comicios para elegir a Dios. ¿Y cómo no, si aceptar la derrota significa dar por buena la ley de otro profeta, y en tanto ello condenarse al infierno por los siglos de los siglos? He ahí lo más molesto, la persistencia. Si hoy recibo un email de Perengano pidiéndome que vote o no vote por alguien, me doy por enterado e incluso le agradezco que se acuerde de mí. Pero si en los siguientes veinte días se dedica a acosar a amigos y parientes cual si su tiempo lo pagara el IFE, va a costarme trabajo no perderle el respeto (y quizás lo que toque sea ir poniendo tierra de por medio, nada más sospechar que en el próximo encuentro, Dios no lo quiera, va a sentirse tentado a catequizarme).

Lo peor es que ninguno está libre del virus. En este mismo espacio, por ejemplo, me descuido un renglón y por ahí se meten mis opiniones más virulentas. Las únicas que tengo, a estas alturas. No es que me falten ganas de expresarlas, pero aún quedan vivos veinte días y bastantes amigos por perder, y además estas líneas se habían propuesto justo lo contrario. Hace ya una semana que no toco ni el Twitter, para no terminar enredado en una discusión bizantina calibre #güevabye, y ni siquiera tener que asistir a alguna de las tantas que bullen como lombrices en la pantalla.

Lo más fácil sería desconectarse de aquí al dos de julio, pero el morbo también tiene sus apetitos y para colmo suelen ser tiránicos. A falta de una isla en las Antípodas, espero la ocasión del próximo debate y sus ecos histéricos con no más esperanza que la de acreditar en la comodidad de mi hogar un diplomado en Alta Misantropía. “¿Por quién vas a votar?”, me pregunta un amigo en el teléfono, y en vista de mi aprecio por su persona le respondo con otra pregunta. “¿Qué te importa, pendejo?”, repito en un tono por demás amigable, y antes de persistir a mi interlocutor le gana la risa, misma que al paso de medio minuto habrá probado ser tan contagiosa como el encono al que está suplantando. Eso sí, todavía faltan veinte días. De aquí a entonces, seguro nos despellejamos.                                                                                                                           

lunes, junio 11, 2012

10 de Junio de 2012-Día 5 (Diario de espera)


Domingo extraño. Desperté temprano y con sobresalto. Cambié a los pajaritos, atendí al pez beta: Julián. Volví a la cama a dormir, no tenía un motivo para salir de ella.

Mi madre me invitó a salir con la familia. No quería, pero me convenció. No tiene caso que te quedes encerrado, no te hace bien.

Durante un rato de la mañana-medio día conversé con Dulce. Me da gusto saber que está y que le va bien. La extraño. Es muy triste no compartir domingo con ella, como últimamente estaba pasando. Estoy consciente que es por el bien de un proyecto mutuo. Siempre duele una distancia.

Fuimos al cine a ver Colosio: el asesinato. Una película adecuada a estos días. Fuerte. Dolorosa. Certera. La ficción no estaba en la película, estuvo en la “realidad de 1994”.  A veces me da miedo que se pueda repetir otro asesinato de Estado y otro 1968. Ojalá me equivoqué.

Ya entrada la tarde, fuimos a ver a una sobrina mía bailar, bella y tierna. Un orgullo verla tan desenvuelta, tan segura. Después vimos en casa el Debate de los presidenciables. Morbosamente estuvo muy pobre. No hubo ataques. Políticamente muy atinado. El atacado se dedicó a presentar propuestas, lo que importa.

Ha sido un domingo bonito, aunque sin alma. El alma que me da poder compartirlo, conversarlo con Dulce antes de finalizarlo.

9 de Junio de 2012-Día 4 (Diario de espera)


Un sábado desilusionante. Espera desayunar un hot-cake de los puestos y comer chalupas y nada. Se habían quitado. Las calles vacías y limpias como si no hubiera pasado nada.

El trabajo normal, sin mucho que contar.

El sábado más desanimado de todos. Me levanté sabiendo que al terminar mi jornada laboral no habría ida al café con Dulce, ni llamada con ella al llegar a casa.

Ángeles (compañera del trabajo, amiga ya) buscó la forma de que me pesara menos el día, me hizo acompañarla a unas compras, para luego encaminarnos a nuestra respectiva parada.

Al llegar a casa, el cansancio, la soledad, la aburrición me hicieron caer en la cama. Dormí por horas, desperté para atender a mis animalitos y volví a dormir.

sábado, junio 09, 2012

8 de Junio de 2012-Día 3


Puebla de las festividades, México de las fritangas. Qué sería de este país sin sus fritangas, sin sus fiestas populares y comelonas, so pretexto de festejos religiosos. No sería México.
Aprovechando la cercanía del museo con los puestos instalados, pasé a buscar una Lola (muñeca que se venden en estos festejos) para mi Dulce, aproveché para degustar otro hot-cake y no podía dejar pasar mi visita sin una exquisita orden de chalupas. Esas chalupas con cebolla, carne de res y una salsa repartida cual bendición sacerdotal, sin saber si es roja o verde, o ambas; dixit Eduardo Zárate.
La mañana no importa, porque no fue relevante. Completamente rutinaria. A veces mi vida se vuelve kafkiana, a mi no me acusan de nada; pero trabajo para un sistema cultural, sin saber –exactamente- a dónde se va esa cultura. A veces dudo que la palabra cultura exista en Puebla. Algunos amigos escritores, aseguran que se fue cuando Palou dejo la Secretaría de Cultura. La cultura sigue, lo que no está es la gente capacitada para efectuar los programas adecuados y los que sí tenemos esa capacidad, estamos atorados, dependiendo de si algún día habrá presupuesto. Qué pena.
Abandonar el estado de confort, dicen que es mi miedo. Pero duele abandonar un sueño, debido a obstáculos tontos. Quien me conoce, sabrá que ese sueño lo vengo persiguiendo desde hace 5 años, al menos. Ya perdí el sueño del fútbol. Aún no me resigno a perder el sueño de aportar un grano de arena importante a la cultura de Puebla.
Escribo esto y me acuerdo de la letra de Manzanero, entonada por El Tri de Lora: ¿Quién da un peso por mis sueños? Hay otra más tierna, es de Silvio Rodríguez: En busca de un sueño. El sueño es natural de la juventud. Los adultos en su inmensa mayoría, renuncian a los sueños y se aferran a una pobre realidad. Yo no quiero eso.
Estar con Dulce, escritor y gestor cultural, es el sueño más grande; lograr conjuntarlos sin violentar la realidad de nadie.
¿Qué es la vida sin la posibilidad de soñar, Dulce?
Parodiando a Sabina, yo no quiero 14 de febreros, lo que quiero es soñar juntos y de la mano.
Trazar camino, en tu ausencia es la meta. 

viernes, junio 08, 2012

7 de Junio de 2012-Día 2 (Diario de espera)


Puebla de los ángeles, bien podría llamarse: Puebla del clima cambiante. Amanece fresco, continua caluroso y termina casi lluvioso.

Hoy ha existido más comunicación con Dulce, pareciera que ella estaba en su casa y yo en mi trabajo, quizá eso me hizo extrañarla menos que ayer. Sin embargo, su abrazo hace falta para darle sentido al día.

Caminar, este jueves, por las calles aledañas al Museo Casa de Alfeñique, me hizo rememorar a Dulce, pues están llenas de los puestos que festejan el día de las mulas y los gorditos: el jueves de corpus. A Dulce le gusta mucho esa festividad y le encanta comprar las muñequitas que venden.

He desayunado un hot-cake con crema lechera y chispitas de chocolate. Por la tarde, en compañía de Lalo (amigo del museo) he comido unas exquisitas chalupas.

He platicado con ella, por la noche. La tecnología hace magia, por eso me gusta. Aliviana las distancias.

A punto de terminar la novela Los living de Caparrós. Es una novela deslumbrante. Entretenida. Un gran descubrimiento en mi mapa literario personal.

En la sala de espera, hay muchos libros para continuar las reseñas. Todos se me antojan, algunos son nuevos para mí; otros son conversaciones con amigos.

Fuga en mí menor (Diario Milenio/Opinión 05/06/12)


[Texto para la presentación de
la novela Fuga en mí menor, de Sandra Lorenzano
(Tusquets, 2012). FeriaLibroTj2012]

Del latín Fuga. 1. f. Huida apresurada: “Le gustó. Si algún día escribiera sus memorias, ése sería el título que les pondría: Fuga en mí menor. Una fuga que había convertido en real el día que decidió bajar de la ciudad e instalarse en esta playa helada”. 2. f Abandono inesperado del domicilio familiar o del ambiente habitual. “Mercedes tenía un poco de razón cuando se lo decía. Él por supuesto lo negaba. La idea de fuga tenía algo de huída que no quería reconocer frente a ella. Llevaban un tiempo separados cuando él se instaló en este caserío frente al mar, pero seguían manteniendo una relación tan cercana como cuando estaban juntos”. 3. f. Momento de mayor fuerza o intensidad de una acción, de un ejercicio. “O, mejor dicho, la relación se volvió mucho mejor. Estaba claro que cada uno necesitaba su propio espacio. Y a él la convivencia sólo se le antojaba a ratos. ¿Pero cómo encontrar el deseo dentro de sí si no se aislaba, si no cortaba con esa cotidianeidad demasiado ruidosa, demasiado hablada? ¿Si no se fugaba? 5. f. Mús. Composición que gira sobre un tema y su contrapunto, repetidos con cierto artificio por diferentes tonos.

¿Se puede tener nostalgia de un desconocido?
Si la palabra mí no llevara el acento sobre la i, el título de esta novela nos invitaría a pensar de manera preponderante, o quizá hasta exclusiva, en tópicos musicales. Pero la palabra mí está acentuada y ese acento hace que la fuga se muestre con la plétora de significados que le atribuye la Real Academia de la Lengua. Pronombre personal. Objeto indirecto. Tilde monumental.

¿Acaso hay algo más doloroso que una canción de cuna que se vuelve marcha fúnebre?
Se trata, pues, de una huida, pero hacia adentro. Se trata de una fuga, en efecto, pero de una fuga tanto en términos de contenido como de forma. Todo se va. Hay un ritmo con el que suceden las cosas. Una definición básica de la fuga señala que la caracteriza “el uso de la polifonía vertebrada por el contrapunto entre varias voces o líneas instrumentales (de igual importancia) basado en la imitación o reiteración de melodías en diferentes tonalidades y en el desarrollo estructurado de los temas expuestos”. La novela que Sandra Lorenzano publica con Tusquets en esta primavera maravillosa, se deja guiar por un principio similar: la polifonía, el contrapunto y la reiteración cumplen aquí la función de acicatear la memoria. Engatuzarla. Tenerla aquí.

¿Pero una marcha fúnebre a los cinco años?
Se trata de Leo, el compositor que camina por la playa fría, atosigado por el bloquea creativo y seguido de cerca por un perro amarillo. Se trata, en realidad, de la memoria de Leo —esa mancha o, más exactamente, esa sombra en una fotografía que lo une, de maneras totales a lo largo de una vida entera, a un padre ya por muchos años desaparecido. El padre muerto. La guerra. Se trata, sobre todo, de la estructura, en este caso musical, que permite el ir y venir de la memoria, su invocación constante y la reticencia de sus tiempos. Se trata, en el fondo, también, ¿por qué no?, del silencio.

Una vibración distante, muy distante, es lo primero que aparece.

Tal vez ningún tema sea tan relevante dentro de la obra de Sandra Lorenzano, que incluye prosa y la poesía, novela y ensayo, como el de la memoria. Si la mirada del migrante o el exiliado no descansa nunca —y de eso Sandra, quien dejó la Argentina hace ya bastantes años, sabe mucho—, tampoco lo hace la memoria. En estado constante de alerta, dispuesta a crearse a sí misma a la menor provocación, la memoria avanza y retrocede al mismo tiempo. El contrapunto. La polifonía. La reiteración. No por nada nos asegura cierta escuela del psicoanálisis que donde hay memoria hay ficción. Inevitablemente. Ahí van a caer, como en el pozo encantado de los cuentos, lo que pudo haber pasado, lo que tal vez no, lo que quizá, lo que nunca. Leo, el músico, recuerda, o mejor dicho, acosa un recuerdo que es una sombra casi de la misma manera en que acomete su trabajo como creador. La polifonía, sí. Y se sirve, para ello, de la calidez de ciertas charlas masculinas, por ejemplo entre un músico y un lutier. El contrapunto, tal vez. O de las cartas que alcanzan uno y otro lado de la familia. O las fotografías que intercambian, llenos de complicidad, un padre y un hijo. Así se van tendiendo las redes. La reiteración.

¿Quiénes fueron esos jóvenes que una tarde de verano se tomaron una foto para un futuro que no imaginaron?
Contar una historia que quiere ser contada lo podemos hacer casi todos. Se precisa, sin embargo, de la paciencia amorosa del orfebre, para vérselas con las historias que se resisten a la narración. La memoria, a veces, es así. Acaso por ello, en esta ocasión, Sandra Lorenzano haya recurrido a la forma de la fuga —una estructura musical— para merodear por sus linderos y sacarle su jugo más secreto y hacerla, si no hablar propiamente, por lo menor murmurar. El tono bajo. El volumen de las confesiones más íntimas: el momento en que la Historia se deshace de la mayúscula y se vuelve hacia las cosas diminutas. El momento en que el tiempo nos toca. Esa fuga en mí. ¿Y quién no se ha perdido, y luego encontrado, tantas veces o algunas veces, justo ahí?

La ortopedia democrática (Diario Milenio/Opinión 04/06/12)


No había ni empezado a desayunar cuando llegaron los comisarios. Buenos días, compañero, me saludó el más alto, ceremoniosamente, somos del Comité Democratizador y venimos a hacer nuestro trabajo. ¿Su trabajo, en mi casa?, respingué, sorprendido. No en su domicilio, ciudadano, repuso el otro, pero sí en su columna semanal. Disponíame a darles con la puerta en las napias cuando el grandote, que por lo visto era el de más jerarquía, adelantó una bota y me empujó hacia adentro. Usted perdonará, hizo al cabo una mueca de falsa contrición, pero es que aquí el reporte dice que su columna todavía no ha sido democratizada.

No puede ser, refunfuñé entre dientes mientras los invasores sacaban mis cajones uno a uno, tiene que ser un sueño. ¡Exactamente!, replicaron los dos al unísono, este proceso es parte de la realización del sueño de nuestro pueblo. ¿O sea que ustedes vienen de un pueblo dormido?, pretendí ironizar, y por toda respuesta me cayeron encima dos miradas glaciales. Por lo visto, es el típico priista, disparó el segundón, con una sonrisilla de triunfo repentino. ¿Que yo soy qué?, salté no solamente por el acicate, sino también de ver que ya su superior tomaba posesión de la libreta donde había vaciado unas cuantas ideas para mi artículo.

¿Quién es el “amlosaurio”, ciudadano?, alzó una ceja el de la voz cantante, con la satisfacción del sabueso que se ha topado al fin con la primera pista. ¿Pues quién va a ser?, sonreí, con tacto de elefante, ¿prefiere que le diga pejedáctilo? Contra lo que esperaba, el otro se sonrió. ¿Ya ves lo que te digo?, le dio un codazo al jefe, a los priistas yo los huelo desde lejos. ¿Me está llamando priista?, reaccioné ya muy tarde para clamar estupefacción, de modo que solté una leve carcajada. Así son los priistas, acotó comprensivo el superior, meneando la cabeza, todos iguales.

Mire usted, compañero, levantó la libreta el jefe y la puso delante de mis ojos, esto que puso aquí es antidemocrático. No me diga, pretendí desafiarlo, ¿eso es según usted o sus superiores? ¡Esto es según el pueblo, ciudadano!, intervino vehemente el achichincle, como si me escupiera algún insulto. ¿O sea que han venido a censurarme?, reaccioné al fin, mientras le arrebataba al jefe mi libreta y encontraba la hoja con mis apuntes constelada de enmiendas y tachones. A censurarlo no, matizó el de la voz, hemos venido a de-mo-cra-ti-zar-lo, y de una vez entienda que no vamos a irnos hasta que su columna quede perfectamente en regla. ¿Y usted cree que alguien va a querer leer una columna en esas condiciones?, carraspeé, según yo cargado de razón, aunque ya comprendiera que a los ojos de aquellos comisarios no había más razones que las suyas. Es decir, las del pueblo, que a ojos de sus pastores tiene un solo cerebro y se expresa al unísono y jamás se equivoca, sólo eso nos faltaba.

No menosprecie al pueblo, compañero, me aleccionó el grandote, palmeándome la espalda como quien habla con un hijo descarriado, es por su bien, venimos a ayudarle. Nadie quiere cambiarle el estilo, todo está en corregir sus equivocaciones. ¡No me diga, qué atentos!, eché de nuevo mano del sarcasmo, pero él siguió adelante sin acusar reacción. Mire aquí, por ejemplo, había un par de errores y ya le hice el favor de enmendárselos. ¿“Peñasaurio”? ¿“Chepináctila”?, leí sus correcciones en voz alta, ¿no quiere de una vez firmar mi columna?

Véalo de este modo, compañero, nosotros entendemos que usted se equivocó, pero vamos a darle la oportunidad de corregir el rumbo y enmendar su pasado priista. ¿Mi pasado priista?, me asombré al comprobar que el tipo no se había mordido la lengua. Entienda, ciudadano, repuso el achichincle, priista es todo aquel que está en contra del pueblo, que es el caso de usted. ¿Debo entender que el pueblo son ustedes?, respingué. Somos sus más humildes servidores, respondieron los dos, otra vez al unísono, tras lo cual me invitaron a iniciar la escritura del artículo bajo su vigilancia demo+cratizadora.

Puede usar las palabras que le gusten, me palmeó el hombro el jefe, pero eso sí: que sean democráticas. ¿Cuáles son las palabras antidemocráticas?, vacilé, ya delante del teclado. Muy fácil, ciudadano, espetó el otro, las de los enemigos del pueblo. ¿Es decir, los de ustedes?, inquirí. Córrale, compañero, me apremió el jefe, casi amigablemente, y mejor ni rezongue, que se le va a hacer tarde con ese artículo. Y aquí estoy, sin palabras, haciendo esfuerzos vanos por democratizarme.

jueves, junio 07, 2012

6 de Junio de 2012-Día 1 (Diario de Espera)


En los aires del Df, por donde caminé un rato, a cierta hora del día, un avión violentó sus aires. Uno de ellos llevaba a Dulce. Estar en Df, compartir un rato con amistades de la adolescencia y universidad, reencontrarme con Volpi y Palou; me ayudaron a no sentir el golpe.

Regresar a Puebla, mi realidad; fue motivo de tristeza.

Caminar por Puebla, sabiendo que Dulce está fuera de ella, por un tiempo me baja las energías. La rutina se vuelve insoportable, tediosa. No hay motivo para levantarme de la cama.

Están los amigos, algunos grandes amigos: Ayudan a sopesar la espera con una buena plática y una cerveza literaria.

Los momentos políticos que está viviendo México, me distraen un rato; pero siempre acaba regresando a ella y su recuerdo.

Escribirle un rato, es como conversar; sólo que sin su abrazo ni su mirada que todo lo apacigua.

martes, mayo 29, 2012

La primavera mexicana (Diario Milenio/Opinión 29/05/12)


Tal vez los chicos que ahora organizan movilizaciones multitudinarias en las calles de varias ciudades de México ni siquiera recuerden el temor de sus mayores cuando se empezaba a popularizar el uso de internet. Estar conectado, se decía entonces, era algo así como el principio del mal —desbancando claramente al ocio de su puesto estelar. El uso de internet, especialmente el de las redes sociales, iba a destruir las relaciones personales, a convertirnos en autómatas inexpresivos e incapaces de relacionarnos con nuestro entorno, mucho menos con las personas de ese entorno, y a transformarnos, gracias a la posibilidad de crear varias identidades en la red, en una bola de mentirosos. Algunos más, bastantes escritores de varias edades entre ellos, nos advirtieron con toda prontitud y con el conservadurismo del caso sobre los peligros más evidentes de la red: la banalización de las altas artes y la filosofía profunda, así como la potencial uniformidad de los productos escriturales. Menciono y exagero las cosas que se han dicho y se dicen alrededor de las ansiedades que produjo la irrupción de las tecnologías digitales en las vidas cotidianas de la ciudadanía no sólo porque, como ya había quedado claro en la primavera árabe y, luego, en el movmiento Occupy, las redes sociales también han jugado un papel fundamental en el surgimiento, y el registro del surgimiento, del movimiento La @MarchaYoSoy132 en México.

Es de llamar la atención que una tecnología que se alimentó, y a la vez nutrió, una idea fluida y mutante de la identidad, es decir, una idea relacional y contextual del fenómeno posidentatario, sea el encargado de reclamar transparencia y verdad. Cuando a la vieja usanza, el PRI se aprestaba para dar su golpe maestro, estigmatizando la identidad de los estudiantes de la Ibero como “acarreados” o “manipulados”, los estudiantes contestaron con algo más bien simple. Los estudiantes contestaron con la verdad. En lugar de poner a circular nociones de identidad flexible o en fuga, recurrieron a uno de los elementos básicos que suspenden y fijan tal identidad: la credencial escolar. Los documentos de identificación. Recuérdese que muchos trabajadores y otros marginales de fines del XIX e inicios del XX resistieron muchas veces los avances del Estado que, gracias al ejercicio de la fotografía, intentaba, eventualmente con éxito, fijar identidades sociales que permitieran una lectura vertical y una manipulación efectiva del todo social. Es de suyo interesante, pues, que dentro del contexto de las plataformas 2.0, ese mismo ejercicio haya sustentado un reclamo de verdad.

Aunque gran parte de la inconformidad estudiantil se presente en ciertos medios informativos como un movimiento por acceso a la información, la forma y los modos de la protesta apuntan a una realidad más compleja. Por principio de cuentas, cuando los estudiantes empezaron a grabar y, casi inmediatamente, a producir videos y otras formas de comunicación capaces de expresar su propia versión de las cosas, estaban reclamando más bien su acceso a los medios de producción de información. La crítica iba dirigida, pues, no sólo a la información producida por otros, sino a la apropiación y diseminación de los medios que hacen posible su producción en primera instancia. Ya sea enunciada abiertamente o no, la protesta juvenil no sólo critica a la información sino a una cierta forma de poder que, atañendo a la producción de la información, también se refiere, acaso sobre todo, a una cierta forma del poder en el todo social. Después de todo, desde la horizontalidad de redes sociales como Twitter, resulta particularmente evidente la verticalidad de la televisión y la verticalidad, también, del Estado mexicano y su manera de desplegarse en el espacio urbano.

La obsesión de las narrativas épicas por las hazañas del héroe y los medios tecnológicos que con frecuencia permitieron subsumir movilizaciones enteras a la cara o máscara de unos cuantos individuos, pocas veces nos dejaron ver la participación masiva de mujeres en una gran diversidad de movimientos revolucionarios o de protesta. Las tecnologías digitales y su impulso horizontal han dejado en claro lo que tantos historiadores sociales saben demasiado bien: que las mujeres, aún cuando se les omita en los recuentos oficiales, han sido participantes activas y dinámicas en la historia de México. Tanto en el video que los estudiantes de la Ibero utilizaron para acabar de tajo cualquier sospechosismo priísta como en las imágenes de las distintas movilizaciones urbanas que se han registrado después, resulta evidente la participación mayoritaria de jóvenes mujeres en el YoSoy132.

Mientras cundía en el mundo la protesta juvenil, no fueron pocos los que se preguntaron por qué en México no pasaba lo mismo. Naturalmente, lo que pasaba y pasa en México es el horrorismo de una guerra espuria que continúa amedrentando nuestras ciudades y carreteras y poblados con algo así como 60 mil muertos. No sé qué vaya a pasar con el movimiento Yosoy132, pero sí confío en que sólo una sociedad civil activa podrá exigir un alto a esa política criminal que ha asolado a la ciudadanía durante el más reciente sexenio panista.

"Mariguanos" de bien (Diario Milenio/Opinión 28/05/12)


Los Ángeles, California. Es la una de la tarde y usted camina por Hollywood Boulevard, sin el mínimo ánimo de quebrantar las leyes vigentes. Mira a los policías a lo lejos con la misma atención que le merecen los turistas que miden sus zapatos con las pisadas de las estrellas de cine. Son parte del paisaje, pero nada más que eso. Tal vez en otros años, cuando usted escondía o consumía sustancias prohibidas, la presencia de aquellos uniformes le habría parecido no solamente incómoda sino espeluznante. Pero hoy le dan igual, porque está demasiado entretenido fumándose una pipa de cannabis sativa, tan campante.

Ya pasó una semana desde que usted llegó a aquel consultorio de Venice Beach, donde hubo de llenar un par de puntillosos cuestionarios en torno al historial de su salud y más tarde prestarse a ser objeto de un examen médico. Una vez que el doctor soltó el estetoscopio, usted le habló de estrés, ansiedad y otras calamidades cotidianas, de manera que no hubo inconveniente en declararle apto para tratarse con terapia canábica, como tantos pacientes y ciudadanos que acuden a ese mismo consultorio aquejados incluso por males como el cáncer o el VIH: algo más llevaderos y menos inquietantes bajo el influjo bienhechor de esa hierba que en otras latitudes todavía es objeto de guerras truculentas y leyes imbéciles.

“Este certificado te da derecho a consumir la medicación en la vía pública, aunque a un mínimo de mil pies de distancia de escuelas, hospitales, parques públicos y atracciones infantiles; no puedes manejar un automóvil bajo el efecto de la medicación, y si la transportaras necesitas llevarla en la cajuela”, recitó ante sus ojos —los de usted, azorados todavía— el administrador, con una suerte de solemnidad burocrática que desapareció tan pronto terminó con las advertencias. “¡Que tengas un buen día!”, sonrió al fin, con los ojos saltando entre usted y la playa. Similar a un diploma rimbombante, el papel constataba que usted puede comprar mariguana en las tiendas autorizadas para el efecto y consumirla en todo el estado de California, al amparo de las leyes vigentes.

Ya con el documento en su poder —¿hace cuánto que no le daban un diploma?— usted llamó a las puertas de la discreta tienda, diez cuadras más allá, donde se expende la medicación en toda suerte de variedades y presentaciones. Nada que no haya hecho cualquier paciente que dejó el consultorio y en camino a su casa pasó por la farmacia; nada que ver, no obstante, con las dosis extremas de paranoia que acostumbran rodear al contacto entre traficante y vicioso, en esas sucursales del infierno donde el comercio de la medicación está en manos de la delincuencia, por cortesía de otras leyes asimismo vigentes, si bien nunca imperantes; leyes prohibicionistas las que ven en el consumidor a un vicioso y ceden su cuidado a los maleantes.

Justo es decir, para sorpresa de los desinformados, que desde que volvió de Venice Beach, armado de una bolsa de papel de estraza que contenía dos botecitos de plástico propiamente foliados y etiquetados, cada uno con cinco gramos cannabis sativa, usted ha sido un ciudadano irreprochable. No se ha metido en la vida de nadie, y menos ha asaltado, robado ni agredido. Por eso, cuando pasa junto a los policías, se atreve a sonreírles y soltar un saludo pasajero que tal vez, por qué no, les permita saber de su aliento a petate quemado. Unos pasos más tarde, la sola reflexión en el verbo “atreverse” le obliga a hacer un alto entre el gentío. No quiere ni pensar en el precio de semejante osadía bajo el imperio de leyes distintas. Y no quiere pensar porque ya se está riendo, incontrolablemente.

¿Qué es tan gracioso? Todo. Nada. No sabe. No le importa. Usted es no más que uno de tantos ciudadanos que tienen el derecho a carcajearse sin motivo alguno en plena vía pública, con la conciencia limpia porque no tiene nada que esconder, ni ha dado al interés y la salud públicos motivo alguno de alarma o desconfianza. Usted es un paciente bajo control médico y un ciudadano al día con sus trámites, cuyo expediente está a la vista de las autoridades. Sin en otras latitudes, todavía rehenes de ese prohibicionismo que ha servido mejor para fabricar y enriquecer maleantes que otorgar protección a la salud de nadie, esta hierba provoca de repente más lágrimas que risas, aquí sus carcajadas sólo son infracciones en quien no se somete al control médico. De modo que por mí ni se preocupe. Si lo miro con cierta extrañeza, debe de ser por esta admiración según la cual usted viene directamente del futuro, y por eso se ríe de nosotros. ¿Ya vio a los policías? Se están riendo, por cierto. Puede que también traigan sus diplomas.

martes, mayo 22, 2012

Contra la simulación (Diario Milenio/Opinión 22/05/12)


Resulta sintomático que el terreno de la discusión de la primera gesta electoral de la era digital en México se haya dividido tan drásticamente entre el poder de la televisión y el poder de las redes sociales, especialmente Twitter. Vivimos, después de todo, a decir del teórico y activista italiano Berardi Bifo, en tiempos del semiocapitalismo posindustrial, un periodo en el que el valor de las mercancías no depende ya más del trabajo real invertido en su manufacturación, sino más bien del intercambio lingüístico dentro del cual esta producción se lleva a cabo. Argumenta Bifo, el legendario gestor del anarco-obrerismo y autor de Después del futuro, que atrás quedó ya el modelo burgués cuyo proceso de acumulación capitalista involucraba una relación física y territorial entre el trabajo y el valor. Atrás ese mundo que se dividía entre el proletariado y los capitalistas. Ahora, en un momento en que el capital financiero y a producción económica funcionan en esferas separadas, el conflicto mayor se establece entre el congnateriado —trabajadores intelectuales que producen mercancías semióticas de acuerdo a un sistema de disponibilidad permanente— y la clase administradora, cuya única habilidad es la competencia, de preferencia letal. Es en ese contexto que el lenguaje, “gracias al cual creamos mundos compartidos, formulamos declaraciones ambiguas, elaboramos metáforas, simulamos eventos, o simplemente mentimos”, ha tomado precedencia sobre cualquier otra forma de producción de valor. Y Twitter es, eso ya lo había argumentado hace bastante tiempo, un laboratorio contemporáneo de nuestro lenguaje.

Pero el lenguaje no es una calle de un solo sentido. Lejos de ser una mera herramienta de representación, el lenguaje se ha convertido en la mayor fuente de acumulación capitalista: “espectáculo y especulación se confunden debido a la naturaleza intrínsecamente inflacionaria (metafórica) del lenguaje. La red de producción semiótica es un juego de espejos que inevitablemente lleva a una crisis de sobreproducción”. De acuerdo con Bifo, pues, cuando la relación entre el trabajo y el valor se rompe, cuando el capital financiero poco tiene que ver con la economía real, se crea un vacío que llena la más pura violencia o, de plano, la simulación. México tiene una relación espectacular con esa violencia, pero ahora, a la luz de las marchas que atravesaron el país contra la mentira, el engaño y el fraude, lo que nos toca discutir es su relación con la simulación.

Seguramente los miles y miles que el pasado 19 de mayo participaron en las distintas marchas contra Enrique Peña Nieto, el candidato no sólo de un partido político sino de un conglomerado televisivo, no tuvieron que leer a Bifo para saber que, en los tiempos que corren, manifestarse contra la mentira y el engaño y el fraude es mucho más que una posición moralista o secundaria o ingenua. Los miles y miles de jóvenes que dejaron las pantallas para retomar el espacio público de sus ciudades saben bien que cuando el valor de las mercancías depende de la simulación se ha roto ya una relación básica entre el valor y el trabajo que invita a la desregularización neoliberal que, entre otras cosas, le ha abierto las puertas a la violencia catastrófica que lleva, al menos en México, poco más de 50 mil víctimas.

Cada forma de dominio produce, sin duda, sus formas de contradominio —no necesariamente caracterizadas por la oposición rígida tanto como por el flujo posidentatario, horizontal y relacional, en constante circulación. Resulta de suyo interesante que, en plena era posindustrial, el poder alguna vez indiscutible de la televisión no sea contestado por neoluditas nostálgicos, sino por los activos usuarios de redes sociales, aquellos que han abrazado las nuevas tecnologías digitales con entusiasmo. El uso horizontal de las redes sociales ha permitido, después de todo, que un sinnúmero de ciudadanos tengan acceso a la producción y diseminación de información. Lejos de ser los pasivos participantes de una fragmentaria red celular que invita a la reproducción acrítica del sistema, los usuarios de estas redes, especialmente los más jóvenes, han entendido que el lenguaje, ciertamente, puede contribuir a fenómenos de simulación que terminan incrementando el papel de la mentira y el engaño y el fraude en nuestra vida social, pero también, por esos mismos medios, puede circular exponencialmente para contribuir a la formación de prácticas críticas que van de la pantalla a la calle sin contradicción alguna de por medio.

Berardi Bifo termina su Después del futuro con una nota más bien desanimada: el agotamiento y la pasividad como formas de subjetividad en la era digital. Pero eso era a fines del XX. Los jóvenes de México van demostrando a inicios del XXI que entre la pantalla y la calle hay tantas conexiones como las que seamos capaces de crear, especialmente en y a través de ese laboratorio contemporáneo del lenguaje que es Twitter.

El maestro y su martini (Diario Milenio/Opinión 21/05/12)


Las primeras tres veces que lo vi, debí hacerlo en cuclillas, y no obstante consciente de mi buena fortuna porque al menos estaba delante de aquel hombre que hablaba como actor a una audiencia que parecía en trance. Me recuerdo ahí, de pinta, explicando a una guapa compañera y secuaz por qué una sola conferencia de Carlos Fuentes tenía que valer por al menos 50 clases como la que (bostezo) transcurría a esa misma hora sin nosotros. ¿O es que a alguna otra clase habríamos asistido sonrientes y en cuclillas, cual si el hombre que hablaba no fuese ya escritor sino hipnotista?

“Te vas a morir de hambre…”, suele ser la advertencia que recibe quien a temprana edad amenaza con dedicar su vida a hacer novelas. Allá enfrente, no obstante, había un novelista sarcástico, dramático, musical, socarrón o elocuente, según se lo exigiera la trama del discurso, que amén de estar bien lejos de morirse de hambre por haber decidido ser lo que era, contaba de la noche en que cenó en París junto a Maria Callas y le habló como a un mito encarnado. ¿Cómo no constatar en aquel narrador apasionado que canturreaba un aria de La Traviata e imitaba una voz de bruja vieja con tal de electrizar la realidad y dar a la ficción un vuelo enloquecido, que vivir para y de escribir novelas era, más que posible, necesario?

“Novelista sin novela”, llamó alguna vez Fuentes a un polemista infortunado, y no pude evitar que el epíteto me rompiera instantáneamente el corazón. Que es lo que debe hacer un acicate, si se espera que cumpla con su misión. Durante años, llevé esa espina enterrada como quien se ha tatuado un alacrán y sabe que no puede morirse sin honrar cierto viejo compromiso. Cuando al fin la primera novela estuvo lista, me dije con alivio emocionado que nunca más sería un novelista sin novela y fue como si el mismo autor del acicate viniera a liberarme de su alcance.

Narrar es dar por hecha la buena estrella, y fue así que narrando conocí la generosidad reincidente del que hasta entonces era maestro en la distancia, y con ella uno de esos afectos que crece en los adentros del discípulo, disfrazado de simple admiración. Habituado a beberme sus palabras, una vez frente a él restringí cuanto pude las mías, que en tales circunstancias me parecían poco interesantes, como no fuera para, de descuido en descuido, interrogarlo. ¿Con qué pluma escribía? ¿En qué papel? ¿A qué horas? Supongo que entendía que esas dudas eran menos casuales de lo que aparentaban: lo recuerdo sonriendo complacido ante mi boca abierta cuando citó la carta que le escribió Camus, y un instante más tarde subrayando con mirada de pícaro que éste de novelista es el mejor oficio del mundo.

“¿Te gusta mucho el tenis? ¿Vas al torneo de Wimbledon?”, me disparó una vez, no bien me vio llegar a una cena directo de un partido de Roger Federer, cargado de papeles con cifras y estadísticas. Ya con el acicate en su lugar, cubierto de vergüenza narrativa, le respondí que nunca había estado en Wimbledon. Fue por eso que tres años más tarde, ya en Londres, a mitad del torneo, le llamé por teléfono. Tenía que decirle que mi presencia allí era en parte su responsabilidad, con suerte nos veríamos un rato, si él y Silvia estaban en la ciudad.

Cuando llegué a la cita, las nueve de la noche, Nadal jugaba el cuarto set contra Del Potro y Carlos Fuentes aguardaba ya frente una mesa del restaurante La Famiglia. “Silvia está en una entrevista con Antonio Skármeta, ya no tardan”, sonrió, alzó los hombros y llenó mi copa de vino. Venía del bar del hotel Mandarin Oriental, donde amén de probar “el mejor martini de la ciudad” le gustaba sentarse a observar a la concurrencia, aun si más de uno lo tomaba por loco (esto último lo decía divertido, como si confesara una fechoría).

No sabría contar de qué tanto hablaríamos, a lo largo de aquella espera insospechada, pero al cabo de un par de intensas horas tenía la sensación de haber contado mi vida entera y conocido tantos pequeños episodios de la suya que aquel narrador mítico a quien solía mirar en cuclillas me resultaba como nunca entrañable. Desde entonces hasta hoy lo miro siempre ahí, martini en mano, observando a hurtadillas en un bar londinense, con los ojos voraces de quien no se perdona una distracción y una sutil sonrisa socarrona. Es Carlos, mi maestro, ¿cómo iba a confundirlo?