viernes, junio 08, 2012

Fuga en mí menor (Diario Milenio/Opinión 05/06/12)


[Texto para la presentación de
la novela Fuga en mí menor, de Sandra Lorenzano
(Tusquets, 2012). FeriaLibroTj2012]

Del latín Fuga. 1. f. Huida apresurada: “Le gustó. Si algún día escribiera sus memorias, ése sería el título que les pondría: Fuga en mí menor. Una fuga que había convertido en real el día que decidió bajar de la ciudad e instalarse en esta playa helada”. 2. f Abandono inesperado del domicilio familiar o del ambiente habitual. “Mercedes tenía un poco de razón cuando se lo decía. Él por supuesto lo negaba. La idea de fuga tenía algo de huída que no quería reconocer frente a ella. Llevaban un tiempo separados cuando él se instaló en este caserío frente al mar, pero seguían manteniendo una relación tan cercana como cuando estaban juntos”. 3. f. Momento de mayor fuerza o intensidad de una acción, de un ejercicio. “O, mejor dicho, la relación se volvió mucho mejor. Estaba claro que cada uno necesitaba su propio espacio. Y a él la convivencia sólo se le antojaba a ratos. ¿Pero cómo encontrar el deseo dentro de sí si no se aislaba, si no cortaba con esa cotidianeidad demasiado ruidosa, demasiado hablada? ¿Si no se fugaba? 5. f. Mús. Composición que gira sobre un tema y su contrapunto, repetidos con cierto artificio por diferentes tonos.

¿Se puede tener nostalgia de un desconocido?
Si la palabra mí no llevara el acento sobre la i, el título de esta novela nos invitaría a pensar de manera preponderante, o quizá hasta exclusiva, en tópicos musicales. Pero la palabra mí está acentuada y ese acento hace que la fuga se muestre con la plétora de significados que le atribuye la Real Academia de la Lengua. Pronombre personal. Objeto indirecto. Tilde monumental.

¿Acaso hay algo más doloroso que una canción de cuna que se vuelve marcha fúnebre?
Se trata, pues, de una huida, pero hacia adentro. Se trata de una fuga, en efecto, pero de una fuga tanto en términos de contenido como de forma. Todo se va. Hay un ritmo con el que suceden las cosas. Una definición básica de la fuga señala que la caracteriza “el uso de la polifonía vertebrada por el contrapunto entre varias voces o líneas instrumentales (de igual importancia) basado en la imitación o reiteración de melodías en diferentes tonalidades y en el desarrollo estructurado de los temas expuestos”. La novela que Sandra Lorenzano publica con Tusquets en esta primavera maravillosa, se deja guiar por un principio similar: la polifonía, el contrapunto y la reiteración cumplen aquí la función de acicatear la memoria. Engatuzarla. Tenerla aquí.

¿Pero una marcha fúnebre a los cinco años?
Se trata de Leo, el compositor que camina por la playa fría, atosigado por el bloquea creativo y seguido de cerca por un perro amarillo. Se trata, en realidad, de la memoria de Leo —esa mancha o, más exactamente, esa sombra en una fotografía que lo une, de maneras totales a lo largo de una vida entera, a un padre ya por muchos años desaparecido. El padre muerto. La guerra. Se trata, sobre todo, de la estructura, en este caso musical, que permite el ir y venir de la memoria, su invocación constante y la reticencia de sus tiempos. Se trata, en el fondo, también, ¿por qué no?, del silencio.

Una vibración distante, muy distante, es lo primero que aparece.

Tal vez ningún tema sea tan relevante dentro de la obra de Sandra Lorenzano, que incluye prosa y la poesía, novela y ensayo, como el de la memoria. Si la mirada del migrante o el exiliado no descansa nunca —y de eso Sandra, quien dejó la Argentina hace ya bastantes años, sabe mucho—, tampoco lo hace la memoria. En estado constante de alerta, dispuesta a crearse a sí misma a la menor provocación, la memoria avanza y retrocede al mismo tiempo. El contrapunto. La polifonía. La reiteración. No por nada nos asegura cierta escuela del psicoanálisis que donde hay memoria hay ficción. Inevitablemente. Ahí van a caer, como en el pozo encantado de los cuentos, lo que pudo haber pasado, lo que tal vez no, lo que quizá, lo que nunca. Leo, el músico, recuerda, o mejor dicho, acosa un recuerdo que es una sombra casi de la misma manera en que acomete su trabajo como creador. La polifonía, sí. Y se sirve, para ello, de la calidez de ciertas charlas masculinas, por ejemplo entre un músico y un lutier. El contrapunto, tal vez. O de las cartas que alcanzan uno y otro lado de la familia. O las fotografías que intercambian, llenos de complicidad, un padre y un hijo. Así se van tendiendo las redes. La reiteración.

¿Quiénes fueron esos jóvenes que una tarde de verano se tomaron una foto para un futuro que no imaginaron?
Contar una historia que quiere ser contada lo podemos hacer casi todos. Se precisa, sin embargo, de la paciencia amorosa del orfebre, para vérselas con las historias que se resisten a la narración. La memoria, a veces, es así. Acaso por ello, en esta ocasión, Sandra Lorenzano haya recurrido a la forma de la fuga —una estructura musical— para merodear por sus linderos y sacarle su jugo más secreto y hacerla, si no hablar propiamente, por lo menor murmurar. El tono bajo. El volumen de las confesiones más íntimas: el momento en que la Historia se deshace de la mayúscula y se vuelve hacia las cosas diminutas. El momento en que el tiempo nos toca. Esa fuga en mí. ¿Y quién no se ha perdido, y luego encontrado, tantas veces o algunas veces, justo ahí?

La ortopedia democrática (Diario Milenio/Opinión 04/06/12)


No había ni empezado a desayunar cuando llegaron los comisarios. Buenos días, compañero, me saludó el más alto, ceremoniosamente, somos del Comité Democratizador y venimos a hacer nuestro trabajo. ¿Su trabajo, en mi casa?, respingué, sorprendido. No en su domicilio, ciudadano, repuso el otro, pero sí en su columna semanal. Disponíame a darles con la puerta en las napias cuando el grandote, que por lo visto era el de más jerarquía, adelantó una bota y me empujó hacia adentro. Usted perdonará, hizo al cabo una mueca de falsa contrición, pero es que aquí el reporte dice que su columna todavía no ha sido democratizada.

No puede ser, refunfuñé entre dientes mientras los invasores sacaban mis cajones uno a uno, tiene que ser un sueño. ¡Exactamente!, replicaron los dos al unísono, este proceso es parte de la realización del sueño de nuestro pueblo. ¿O sea que ustedes vienen de un pueblo dormido?, pretendí ironizar, y por toda respuesta me cayeron encima dos miradas glaciales. Por lo visto, es el típico priista, disparó el segundón, con una sonrisilla de triunfo repentino. ¿Que yo soy qué?, salté no solamente por el acicate, sino también de ver que ya su superior tomaba posesión de la libreta donde había vaciado unas cuantas ideas para mi artículo.

¿Quién es el “amlosaurio”, ciudadano?, alzó una ceja el de la voz cantante, con la satisfacción del sabueso que se ha topado al fin con la primera pista. ¿Pues quién va a ser?, sonreí, con tacto de elefante, ¿prefiere que le diga pejedáctilo? Contra lo que esperaba, el otro se sonrió. ¿Ya ves lo que te digo?, le dio un codazo al jefe, a los priistas yo los huelo desde lejos. ¿Me está llamando priista?, reaccioné ya muy tarde para clamar estupefacción, de modo que solté una leve carcajada. Así son los priistas, acotó comprensivo el superior, meneando la cabeza, todos iguales.

Mire usted, compañero, levantó la libreta el jefe y la puso delante de mis ojos, esto que puso aquí es antidemocrático. No me diga, pretendí desafiarlo, ¿eso es según usted o sus superiores? ¡Esto es según el pueblo, ciudadano!, intervino vehemente el achichincle, como si me escupiera algún insulto. ¿O sea que han venido a censurarme?, reaccioné al fin, mientras le arrebataba al jefe mi libreta y encontraba la hoja con mis apuntes constelada de enmiendas y tachones. A censurarlo no, matizó el de la voz, hemos venido a de-mo-cra-ti-zar-lo, y de una vez entienda que no vamos a irnos hasta que su columna quede perfectamente en regla. ¿Y usted cree que alguien va a querer leer una columna en esas condiciones?, carraspeé, según yo cargado de razón, aunque ya comprendiera que a los ojos de aquellos comisarios no había más razones que las suyas. Es decir, las del pueblo, que a ojos de sus pastores tiene un solo cerebro y se expresa al unísono y jamás se equivoca, sólo eso nos faltaba.

No menosprecie al pueblo, compañero, me aleccionó el grandote, palmeándome la espalda como quien habla con un hijo descarriado, es por su bien, venimos a ayudarle. Nadie quiere cambiarle el estilo, todo está en corregir sus equivocaciones. ¡No me diga, qué atentos!, eché de nuevo mano del sarcasmo, pero él siguió adelante sin acusar reacción. Mire aquí, por ejemplo, había un par de errores y ya le hice el favor de enmendárselos. ¿“Peñasaurio”? ¿“Chepináctila”?, leí sus correcciones en voz alta, ¿no quiere de una vez firmar mi columna?

Véalo de este modo, compañero, nosotros entendemos que usted se equivocó, pero vamos a darle la oportunidad de corregir el rumbo y enmendar su pasado priista. ¿Mi pasado priista?, me asombré al comprobar que el tipo no se había mordido la lengua. Entienda, ciudadano, repuso el achichincle, priista es todo aquel que está en contra del pueblo, que es el caso de usted. ¿Debo entender que el pueblo son ustedes?, respingué. Somos sus más humildes servidores, respondieron los dos, otra vez al unísono, tras lo cual me invitaron a iniciar la escritura del artículo bajo su vigilancia demo+cratizadora.

Puede usar las palabras que le gusten, me palmeó el hombro el jefe, pero eso sí: que sean democráticas. ¿Cuáles son las palabras antidemocráticas?, vacilé, ya delante del teclado. Muy fácil, ciudadano, espetó el otro, las de los enemigos del pueblo. ¿Es decir, los de ustedes?, inquirí. Córrale, compañero, me apremió el jefe, casi amigablemente, y mejor ni rezongue, que se le va a hacer tarde con ese artículo. Y aquí estoy, sin palabras, haciendo esfuerzos vanos por democratizarme.

jueves, junio 07, 2012

6 de Junio de 2012-Día 1 (Diario de Espera)


En los aires del Df, por donde caminé un rato, a cierta hora del día, un avión violentó sus aires. Uno de ellos llevaba a Dulce. Estar en Df, compartir un rato con amistades de la adolescencia y universidad, reencontrarme con Volpi y Palou; me ayudaron a no sentir el golpe.

Regresar a Puebla, mi realidad; fue motivo de tristeza.

Caminar por Puebla, sabiendo que Dulce está fuera de ella, por un tiempo me baja las energías. La rutina se vuelve insoportable, tediosa. No hay motivo para levantarme de la cama.

Están los amigos, algunos grandes amigos: Ayudan a sopesar la espera con una buena plática y una cerveza literaria.

Los momentos políticos que está viviendo México, me distraen un rato; pero siempre acaba regresando a ella y su recuerdo.

Escribirle un rato, es como conversar; sólo que sin su abrazo ni su mirada que todo lo apacigua.

martes, mayo 29, 2012

La primavera mexicana (Diario Milenio/Opinión 29/05/12)


Tal vez los chicos que ahora organizan movilizaciones multitudinarias en las calles de varias ciudades de México ni siquiera recuerden el temor de sus mayores cuando se empezaba a popularizar el uso de internet. Estar conectado, se decía entonces, era algo así como el principio del mal —desbancando claramente al ocio de su puesto estelar. El uso de internet, especialmente el de las redes sociales, iba a destruir las relaciones personales, a convertirnos en autómatas inexpresivos e incapaces de relacionarnos con nuestro entorno, mucho menos con las personas de ese entorno, y a transformarnos, gracias a la posibilidad de crear varias identidades en la red, en una bola de mentirosos. Algunos más, bastantes escritores de varias edades entre ellos, nos advirtieron con toda prontitud y con el conservadurismo del caso sobre los peligros más evidentes de la red: la banalización de las altas artes y la filosofía profunda, así como la potencial uniformidad de los productos escriturales. Menciono y exagero las cosas que se han dicho y se dicen alrededor de las ansiedades que produjo la irrupción de las tecnologías digitales en las vidas cotidianas de la ciudadanía no sólo porque, como ya había quedado claro en la primavera árabe y, luego, en el movmiento Occupy, las redes sociales también han jugado un papel fundamental en el surgimiento, y el registro del surgimiento, del movimiento La @MarchaYoSoy132 en México.

Es de llamar la atención que una tecnología que se alimentó, y a la vez nutrió, una idea fluida y mutante de la identidad, es decir, una idea relacional y contextual del fenómeno posidentatario, sea el encargado de reclamar transparencia y verdad. Cuando a la vieja usanza, el PRI se aprestaba para dar su golpe maestro, estigmatizando la identidad de los estudiantes de la Ibero como “acarreados” o “manipulados”, los estudiantes contestaron con algo más bien simple. Los estudiantes contestaron con la verdad. En lugar de poner a circular nociones de identidad flexible o en fuga, recurrieron a uno de los elementos básicos que suspenden y fijan tal identidad: la credencial escolar. Los documentos de identificación. Recuérdese que muchos trabajadores y otros marginales de fines del XIX e inicios del XX resistieron muchas veces los avances del Estado que, gracias al ejercicio de la fotografía, intentaba, eventualmente con éxito, fijar identidades sociales que permitieran una lectura vertical y una manipulación efectiva del todo social. Es de suyo interesante, pues, que dentro del contexto de las plataformas 2.0, ese mismo ejercicio haya sustentado un reclamo de verdad.

Aunque gran parte de la inconformidad estudiantil se presente en ciertos medios informativos como un movimiento por acceso a la información, la forma y los modos de la protesta apuntan a una realidad más compleja. Por principio de cuentas, cuando los estudiantes empezaron a grabar y, casi inmediatamente, a producir videos y otras formas de comunicación capaces de expresar su propia versión de las cosas, estaban reclamando más bien su acceso a los medios de producción de información. La crítica iba dirigida, pues, no sólo a la información producida por otros, sino a la apropiación y diseminación de los medios que hacen posible su producción en primera instancia. Ya sea enunciada abiertamente o no, la protesta juvenil no sólo critica a la información sino a una cierta forma de poder que, atañendo a la producción de la información, también se refiere, acaso sobre todo, a una cierta forma del poder en el todo social. Después de todo, desde la horizontalidad de redes sociales como Twitter, resulta particularmente evidente la verticalidad de la televisión y la verticalidad, también, del Estado mexicano y su manera de desplegarse en el espacio urbano.

La obsesión de las narrativas épicas por las hazañas del héroe y los medios tecnológicos que con frecuencia permitieron subsumir movilizaciones enteras a la cara o máscara de unos cuantos individuos, pocas veces nos dejaron ver la participación masiva de mujeres en una gran diversidad de movimientos revolucionarios o de protesta. Las tecnologías digitales y su impulso horizontal han dejado en claro lo que tantos historiadores sociales saben demasiado bien: que las mujeres, aún cuando se les omita en los recuentos oficiales, han sido participantes activas y dinámicas en la historia de México. Tanto en el video que los estudiantes de la Ibero utilizaron para acabar de tajo cualquier sospechosismo priísta como en las imágenes de las distintas movilizaciones urbanas que se han registrado después, resulta evidente la participación mayoritaria de jóvenes mujeres en el YoSoy132.

Mientras cundía en el mundo la protesta juvenil, no fueron pocos los que se preguntaron por qué en México no pasaba lo mismo. Naturalmente, lo que pasaba y pasa en México es el horrorismo de una guerra espuria que continúa amedrentando nuestras ciudades y carreteras y poblados con algo así como 60 mil muertos. No sé qué vaya a pasar con el movimiento Yosoy132, pero sí confío en que sólo una sociedad civil activa podrá exigir un alto a esa política criminal que ha asolado a la ciudadanía durante el más reciente sexenio panista.

"Mariguanos" de bien (Diario Milenio/Opinión 28/05/12)


Los Ángeles, California. Es la una de la tarde y usted camina por Hollywood Boulevard, sin el mínimo ánimo de quebrantar las leyes vigentes. Mira a los policías a lo lejos con la misma atención que le merecen los turistas que miden sus zapatos con las pisadas de las estrellas de cine. Son parte del paisaje, pero nada más que eso. Tal vez en otros años, cuando usted escondía o consumía sustancias prohibidas, la presencia de aquellos uniformes le habría parecido no solamente incómoda sino espeluznante. Pero hoy le dan igual, porque está demasiado entretenido fumándose una pipa de cannabis sativa, tan campante.

Ya pasó una semana desde que usted llegó a aquel consultorio de Venice Beach, donde hubo de llenar un par de puntillosos cuestionarios en torno al historial de su salud y más tarde prestarse a ser objeto de un examen médico. Una vez que el doctor soltó el estetoscopio, usted le habló de estrés, ansiedad y otras calamidades cotidianas, de manera que no hubo inconveniente en declararle apto para tratarse con terapia canábica, como tantos pacientes y ciudadanos que acuden a ese mismo consultorio aquejados incluso por males como el cáncer o el VIH: algo más llevaderos y menos inquietantes bajo el influjo bienhechor de esa hierba que en otras latitudes todavía es objeto de guerras truculentas y leyes imbéciles.

“Este certificado te da derecho a consumir la medicación en la vía pública, aunque a un mínimo de mil pies de distancia de escuelas, hospitales, parques públicos y atracciones infantiles; no puedes manejar un automóvil bajo el efecto de la medicación, y si la transportaras necesitas llevarla en la cajuela”, recitó ante sus ojos —los de usted, azorados todavía— el administrador, con una suerte de solemnidad burocrática que desapareció tan pronto terminó con las advertencias. “¡Que tengas un buen día!”, sonrió al fin, con los ojos saltando entre usted y la playa. Similar a un diploma rimbombante, el papel constataba que usted puede comprar mariguana en las tiendas autorizadas para el efecto y consumirla en todo el estado de California, al amparo de las leyes vigentes.

Ya con el documento en su poder —¿hace cuánto que no le daban un diploma?— usted llamó a las puertas de la discreta tienda, diez cuadras más allá, donde se expende la medicación en toda suerte de variedades y presentaciones. Nada que no haya hecho cualquier paciente que dejó el consultorio y en camino a su casa pasó por la farmacia; nada que ver, no obstante, con las dosis extremas de paranoia que acostumbran rodear al contacto entre traficante y vicioso, en esas sucursales del infierno donde el comercio de la medicación está en manos de la delincuencia, por cortesía de otras leyes asimismo vigentes, si bien nunca imperantes; leyes prohibicionistas las que ven en el consumidor a un vicioso y ceden su cuidado a los maleantes.

Justo es decir, para sorpresa de los desinformados, que desde que volvió de Venice Beach, armado de una bolsa de papel de estraza que contenía dos botecitos de plástico propiamente foliados y etiquetados, cada uno con cinco gramos cannabis sativa, usted ha sido un ciudadano irreprochable. No se ha metido en la vida de nadie, y menos ha asaltado, robado ni agredido. Por eso, cuando pasa junto a los policías, se atreve a sonreírles y soltar un saludo pasajero que tal vez, por qué no, les permita saber de su aliento a petate quemado. Unos pasos más tarde, la sola reflexión en el verbo “atreverse” le obliga a hacer un alto entre el gentío. No quiere ni pensar en el precio de semejante osadía bajo el imperio de leyes distintas. Y no quiere pensar porque ya se está riendo, incontrolablemente.

¿Qué es tan gracioso? Todo. Nada. No sabe. No le importa. Usted es no más que uno de tantos ciudadanos que tienen el derecho a carcajearse sin motivo alguno en plena vía pública, con la conciencia limpia porque no tiene nada que esconder, ni ha dado al interés y la salud públicos motivo alguno de alarma o desconfianza. Usted es un paciente bajo control médico y un ciudadano al día con sus trámites, cuyo expediente está a la vista de las autoridades. Sin en otras latitudes, todavía rehenes de ese prohibicionismo que ha servido mejor para fabricar y enriquecer maleantes que otorgar protección a la salud de nadie, esta hierba provoca de repente más lágrimas que risas, aquí sus carcajadas sólo son infracciones en quien no se somete al control médico. De modo que por mí ni se preocupe. Si lo miro con cierta extrañeza, debe de ser por esta admiración según la cual usted viene directamente del futuro, y por eso se ríe de nosotros. ¿Ya vio a los policías? Se están riendo, por cierto. Puede que también traigan sus diplomas.

martes, mayo 22, 2012

Contra la simulación (Diario Milenio/Opinión 22/05/12)


Resulta sintomático que el terreno de la discusión de la primera gesta electoral de la era digital en México se haya dividido tan drásticamente entre el poder de la televisión y el poder de las redes sociales, especialmente Twitter. Vivimos, después de todo, a decir del teórico y activista italiano Berardi Bifo, en tiempos del semiocapitalismo posindustrial, un periodo en el que el valor de las mercancías no depende ya más del trabajo real invertido en su manufacturación, sino más bien del intercambio lingüístico dentro del cual esta producción se lleva a cabo. Argumenta Bifo, el legendario gestor del anarco-obrerismo y autor de Después del futuro, que atrás quedó ya el modelo burgués cuyo proceso de acumulación capitalista involucraba una relación física y territorial entre el trabajo y el valor. Atrás ese mundo que se dividía entre el proletariado y los capitalistas. Ahora, en un momento en que el capital financiero y a producción económica funcionan en esferas separadas, el conflicto mayor se establece entre el congnateriado —trabajadores intelectuales que producen mercancías semióticas de acuerdo a un sistema de disponibilidad permanente— y la clase administradora, cuya única habilidad es la competencia, de preferencia letal. Es en ese contexto que el lenguaje, “gracias al cual creamos mundos compartidos, formulamos declaraciones ambiguas, elaboramos metáforas, simulamos eventos, o simplemente mentimos”, ha tomado precedencia sobre cualquier otra forma de producción de valor. Y Twitter es, eso ya lo había argumentado hace bastante tiempo, un laboratorio contemporáneo de nuestro lenguaje.

Pero el lenguaje no es una calle de un solo sentido. Lejos de ser una mera herramienta de representación, el lenguaje se ha convertido en la mayor fuente de acumulación capitalista: “espectáculo y especulación se confunden debido a la naturaleza intrínsecamente inflacionaria (metafórica) del lenguaje. La red de producción semiótica es un juego de espejos que inevitablemente lleva a una crisis de sobreproducción”. De acuerdo con Bifo, pues, cuando la relación entre el trabajo y el valor se rompe, cuando el capital financiero poco tiene que ver con la economía real, se crea un vacío que llena la más pura violencia o, de plano, la simulación. México tiene una relación espectacular con esa violencia, pero ahora, a la luz de las marchas que atravesaron el país contra la mentira, el engaño y el fraude, lo que nos toca discutir es su relación con la simulación.

Seguramente los miles y miles que el pasado 19 de mayo participaron en las distintas marchas contra Enrique Peña Nieto, el candidato no sólo de un partido político sino de un conglomerado televisivo, no tuvieron que leer a Bifo para saber que, en los tiempos que corren, manifestarse contra la mentira y el engaño y el fraude es mucho más que una posición moralista o secundaria o ingenua. Los miles y miles de jóvenes que dejaron las pantallas para retomar el espacio público de sus ciudades saben bien que cuando el valor de las mercancías depende de la simulación se ha roto ya una relación básica entre el valor y el trabajo que invita a la desregularización neoliberal que, entre otras cosas, le ha abierto las puertas a la violencia catastrófica que lleva, al menos en México, poco más de 50 mil víctimas.

Cada forma de dominio produce, sin duda, sus formas de contradominio —no necesariamente caracterizadas por la oposición rígida tanto como por el flujo posidentatario, horizontal y relacional, en constante circulación. Resulta de suyo interesante que, en plena era posindustrial, el poder alguna vez indiscutible de la televisión no sea contestado por neoluditas nostálgicos, sino por los activos usuarios de redes sociales, aquellos que han abrazado las nuevas tecnologías digitales con entusiasmo. El uso horizontal de las redes sociales ha permitido, después de todo, que un sinnúmero de ciudadanos tengan acceso a la producción y diseminación de información. Lejos de ser los pasivos participantes de una fragmentaria red celular que invita a la reproducción acrítica del sistema, los usuarios de estas redes, especialmente los más jóvenes, han entendido que el lenguaje, ciertamente, puede contribuir a fenómenos de simulación que terminan incrementando el papel de la mentira y el engaño y el fraude en nuestra vida social, pero también, por esos mismos medios, puede circular exponencialmente para contribuir a la formación de prácticas críticas que van de la pantalla a la calle sin contradicción alguna de por medio.

Berardi Bifo termina su Después del futuro con una nota más bien desanimada: el agotamiento y la pasividad como formas de subjetividad en la era digital. Pero eso era a fines del XX. Los jóvenes de México van demostrando a inicios del XXI que entre la pantalla y la calle hay tantas conexiones como las que seamos capaces de crear, especialmente en y a través de ese laboratorio contemporáneo del lenguaje que es Twitter.

El maestro y su martini (Diario Milenio/Opinión 21/05/12)


Las primeras tres veces que lo vi, debí hacerlo en cuclillas, y no obstante consciente de mi buena fortuna porque al menos estaba delante de aquel hombre que hablaba como actor a una audiencia que parecía en trance. Me recuerdo ahí, de pinta, explicando a una guapa compañera y secuaz por qué una sola conferencia de Carlos Fuentes tenía que valer por al menos 50 clases como la que (bostezo) transcurría a esa misma hora sin nosotros. ¿O es que a alguna otra clase habríamos asistido sonrientes y en cuclillas, cual si el hombre que hablaba no fuese ya escritor sino hipnotista?

“Te vas a morir de hambre…”, suele ser la advertencia que recibe quien a temprana edad amenaza con dedicar su vida a hacer novelas. Allá enfrente, no obstante, había un novelista sarcástico, dramático, musical, socarrón o elocuente, según se lo exigiera la trama del discurso, que amén de estar bien lejos de morirse de hambre por haber decidido ser lo que era, contaba de la noche en que cenó en París junto a Maria Callas y le habló como a un mito encarnado. ¿Cómo no constatar en aquel narrador apasionado que canturreaba un aria de La Traviata e imitaba una voz de bruja vieja con tal de electrizar la realidad y dar a la ficción un vuelo enloquecido, que vivir para y de escribir novelas era, más que posible, necesario?

“Novelista sin novela”, llamó alguna vez Fuentes a un polemista infortunado, y no pude evitar que el epíteto me rompiera instantáneamente el corazón. Que es lo que debe hacer un acicate, si se espera que cumpla con su misión. Durante años, llevé esa espina enterrada como quien se ha tatuado un alacrán y sabe que no puede morirse sin honrar cierto viejo compromiso. Cuando al fin la primera novela estuvo lista, me dije con alivio emocionado que nunca más sería un novelista sin novela y fue como si el mismo autor del acicate viniera a liberarme de su alcance.

Narrar es dar por hecha la buena estrella, y fue así que narrando conocí la generosidad reincidente del que hasta entonces era maestro en la distancia, y con ella uno de esos afectos que crece en los adentros del discípulo, disfrazado de simple admiración. Habituado a beberme sus palabras, una vez frente a él restringí cuanto pude las mías, que en tales circunstancias me parecían poco interesantes, como no fuera para, de descuido en descuido, interrogarlo. ¿Con qué pluma escribía? ¿En qué papel? ¿A qué horas? Supongo que entendía que esas dudas eran menos casuales de lo que aparentaban: lo recuerdo sonriendo complacido ante mi boca abierta cuando citó la carta que le escribió Camus, y un instante más tarde subrayando con mirada de pícaro que éste de novelista es el mejor oficio del mundo.

“¿Te gusta mucho el tenis? ¿Vas al torneo de Wimbledon?”, me disparó una vez, no bien me vio llegar a una cena directo de un partido de Roger Federer, cargado de papeles con cifras y estadísticas. Ya con el acicate en su lugar, cubierto de vergüenza narrativa, le respondí que nunca había estado en Wimbledon. Fue por eso que tres años más tarde, ya en Londres, a mitad del torneo, le llamé por teléfono. Tenía que decirle que mi presencia allí era en parte su responsabilidad, con suerte nos veríamos un rato, si él y Silvia estaban en la ciudad.

Cuando llegué a la cita, las nueve de la noche, Nadal jugaba el cuarto set contra Del Potro y Carlos Fuentes aguardaba ya frente una mesa del restaurante La Famiglia. “Silvia está en una entrevista con Antonio Skármeta, ya no tardan”, sonrió, alzó los hombros y llenó mi copa de vino. Venía del bar del hotel Mandarin Oriental, donde amén de probar “el mejor martini de la ciudad” le gustaba sentarse a observar a la concurrencia, aun si más de uno lo tomaba por loco (esto último lo decía divertido, como si confesara una fechoría).

No sabría contar de qué tanto hablaríamos, a lo largo de aquella espera insospechada, pero al cabo de un par de intensas horas tenía la sensación de haber contado mi vida entera y conocido tantos pequeños episodios de la suya que aquel narrador mítico a quien solía mirar en cuclillas me resultaba como nunca entrañable. Desde entonces hasta hoy lo miro siempre ahí, martini en mano, observando a hurtadillas en un bar londinense, con los ojos voraces de quien no se perdona una distracción y una sutil sonrisa socarrona. Es Carlos, mi maestro, ¿cómo iba a confundirlo?

miércoles, mayo 16, 2012

Miramón por Trueba Lara-(Sexenio-Puebla 07/05/12)


En el famoso año del bicentenario se publicaron un mar de novelas abordando personajes y/o momentos históricos. Algunas buenas, otras muy desafortunadas. Muy pocas se centraron en hablar de personajes controversiales en la Historia de México.

José Luis Trueba Lara, en su más reciente novela: “La derrota de Dios”, emprendió la aventurar de hablar sobre uno de los personajes más interesantes de la  Historia de México: Miguel Miramón; a quien la historia ha decidido castigar tras haberse convertido en un aliado del Imperio de Maximiliano, al no encontrar otra mejor opción.

Con una narrativa ligera, amena, buen ritmo y una gran verosimilitud; Trueba Lara retrata a la perfección quién fue Miguel Miramón: un mexicano que amaba a México y creía fervientemente que el mejor camino para educarlo era a través de los valores católicos.

Trueba Lara ha decidido combinar con éxito el dato histórico y la ficción, dándole así una narración fluida a la novela, donde el lector podrá enterarse de como el afán que tuvo para luchar por el amor de Concha de Lombardo, fue el mismo que demostró en cada batalla librada.

A lo largo de esta novela, Trueba Lara muestra datos importantes para cambiar la percepción que se tiene de Miguel Miramón: su rechazo a una invasión, a un imperio, pero si su aprobación a un gobierno largo: una dictadura. Otro dato, que recuerda Trueba Lara: su gran carrera militar en la defensa de México contra la invasión norteamericana, al lado de los famosos niños héroes. Su afiliación al gobierno de Maximiliano se debe al amor que tiene por sus ideales: religión y gobierno; además de que Juárez jamás ofreció perdón a Miramón si se unía al grupo liberal para defender a México.

“La derrota de Dios” hace justicia a Miramón, ciertamente al final pareciera que acabo siendo un traidor a la patria; pero no por ello debe olvidarse su valor al defender México de los norteamericanos. Ni debe castigársele por ser fiel a sus ideales.

Disentir es un verbo (Diario Milenio/Opinión 15/05/12)


La semana pasada, uno de los candidatos a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, visitó el campus de una prestigiosa universidad privada y jesuita en México: la Universidad Iberoamericana. Como lo atestiguan numerosas grabaciones en YouTube, y como lo han enfatizado tanto los que aplauden como los que condenan la acción, el encuentro entre estudiantes y candidato fue ríspido y dramático. Tanto la bienvenida como la despedida estuvieron signadas por las consignas enunciadas a coro, el abucheo espontáneo, los brazos alzados. Nada menos, pero tampoco nada más. En un país en que una guerra absurda e ilegítima ha desatado una violencia atroz que, según comentan analistas internacionales, ha alcanzado ya los niveles catastróficos, esta expresión de disenso solo puede ser calificada como civil. Vivimos, después de todo, en un país que nos ha acostumbrado a despertar con noticias atroces —49 cadáveres sin cabezas ni manos aparecieron ayer mismo en Cadereyta, para mencionar solo el hecho más reciente.

Para los que estamos acostumbrados al cariz crítico de los ámbitos universitarios, especialmente aquellos que pretendemos contribuir a la formación de un pensamiento y una acción críticas tanto dentro de nuestros salones de clase como en las relaciones que se establecen entre la universidad y la comunidad que le da sentido, las expresiones de desacuerdo acontecidas en el campus Santa Fe de la Universidad Iberoamericana son poco más que parte consuetudinaria de la energía estudiantil. Solo aquellos acostumbrados a jerarquías inamovibles y a estructuras rígidas de poder, o a los que viven en una torre de marfil, pueden en verdad sorprenderse ante la existencia de este tipo de manifestaciones. En las condiciones extremas en que se desarrolla la vida social del país, lo extraño no es que ocurran, sino que no ocurran más seguido.

Más importante que los gritos y las consignas que se corearon en los espacios públicos del campus universitario fueron, sin duda, el silencio y el respeto que campearon durante el desarrollo del evento dentro del auditorio de la institución de educación superior. El candidato del partido que gobernó a México durante aproximadamente 70 años del siglo XX tuvo la oportunidad de exponer sus puntos en un discurso solo de vez en cuando interrumpido, y eso más por aquéllos que gritaban en su apoyo que en su contra. Es de llamar la atención que, como puede comprobarse en la grabación que la universidad misma puso a disposición del público a través de su cuenta en Twitter, la sesión de preguntas y respuestas transcurrió de una manera organizada y dinámica, en un ambiente donde prevaleció el silencio sobre el grito.

Tanto los alumnos que pasaban al frente del auditorio para plantear preguntas como aquéllos que las hacían por teléfono desde filiales en Guadalajara y en Coahuila, se identificaban con sus nombres completos, brindando también información sobre su carrera y el semestre que cursaban. Todos saludaron al candidato, algunos usando el respetuoso usted e, incluso, el muy respetuoso “don”. Cualquier persona que haya sido profesor debió haber notado que no pocos de los estudiantes que se dirigieron al micrófono para plantear sus preguntas hicieron referencia directa a información obtenida o discutida en sus clases en el momento de contextualizar o, en su caso, explicar detalladamente, el contenido de sus preguntas (por ejemplo, cuando uno de ellos tuvo que regresar al micrófono para dar una definición de la palabra anomia, que el candidato no entendió).

Contra estereotipos que presentan a los estudiantes, y a los jóvenes en general, como criaturas sin memoria, o sin preocupación alguna por la memoria ya sea individual o social, los estudiantes de la Ibero plantearon preguntas surgidas desde el territorio tenso y crítico de una memoria colectiva y reciente. Se acordaron, por ejemplo, de la intervención del candidato en la Feria del Libro de Guadalajara, y citaron su elección de la Biblia como uno de sus libros de cabecera. Se acordaron, y citaron, las cifras de los femenicidios en el Estado de México. Se acordaron, y por eso pidieron una explicación, de las violaciones a los derechos humanos que acompañaron a la represión ocurrida en San Salvador Atenco en el 2006, cuando Peña Nieto era gobernador del Estado de México.

Pero a los alumnos de la Ibero no solo les importaba la memoria reciente, sino también, acaso sobre todo, la memoria futura. Armados de artefactos tecnológicos propios de su condición privilegiada, los estudiantes no dejaron de grabar el evento de principio a fin y desde tantos puntos de vista como fueron posibles. Tal vez ellos no vivieron en carne propia las manipulaciones mediáticas del PRI en el pasado, pero en tanto parte de una posmemoria colectiva, se prepararon para defender su versión de los hechos.

Yo no sé qué tanta influencia tengan los hechos de la Ibero en la elección que celebraremos en poco tiempo. La historia de México nos ha enseñado una y otra vez, sin embargo, que cuando el malestar colectivo alcanza a los sectores medios, especialmente a los hijos de las clases medidas, se han registrado cambios cualitativos en el sentir social respecto al poder existente, y la legitimidad de ese poder. Mientras tanto, qué orgullosos deben sentirse los profesores de esos estudiantes que hacen preguntas relevantes y disienten sin caer en la violencia ni la confrontación gratuita. Yo, en todo caso, lo estaría.

lunes, mayo 14, 2012

Miedo a los dinosaurios (Diario Milenio/Opinión 14/05/12)


Me gustaría decir que no les temo, pero es verdad que llevo la vida entera huyéndoles. Alguna vez, cuando me preparaba para pelear contra ellos cursando la carrera que conducía directo a sus dominios, miré en mi derredor y descubrí que incluso mis compañeros más combativos hacían cuanto podían por encontrar lugar en la manada, con el pretexto de que solo así sería posible cambiar la situación y eventualmente darles batalla. Cuando advertí que más de uno me saludaba haciendo justamente sus mismos ademanes y engolando la voz a la manera de ellos, no supe más que huir despavorido en busca de un destino menos espeluznante. Sé que ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero los dinosaurios todavía me asustan.

Cierto, no soy el único. Es seguro que somos millones, y de hecho decenas de millones, quienes tememos a los dinosaurios. Tanto así que los hemos mistificado y aún después de vencerlos vivimos espantados por su eventual retorno, como quien se ha curado de su enfermedad y sueña cada noche con la recaída. Y no era para menos, si fue bajo el imperio de los dinosaurios —desde siempre habituados a tratarnos como niños— que aprendimos a creer poco o nada en nosotros mismos. Nada tiene de raro, por lo tanto, que ahora seamos víctimas de un pavor entre ciego e histérico, pues ellos aprendieron a encontrar camuflaje con esa habilidad que tienen los reptiles para mimetizarse con su entorno. Si antes se pavoneaban por ser lo que eran, hoy ya no es tan sencillo reconocerlos.

La desmemoria ayuda, cómo no. De hecho, es su mejor aliada. ¿Qué tendría de extraño, por lo tanto, ver a los dinosaurios del siglo XXI despotricando contra los del XX, armados de esas jetas de yo-no-fui que no terminan de ocultarles la cola? Afortunadamente, el miedo deja huellas indelebles, y es así que ahora mismo lo pienso un par de veces antes de ir adelante y mencionar el nombre de uno de ellos, acaso el más conspicuo: Bartlett. Doy un raudo vistazo a las candidaturas al Senado y advierto que no hay nombre que me inspire más miedo y desconfianza. Verlo, además, abanderando a una supuesta izquierda, me provoca una mezcla de risa y repulsión.

Cuando aquel señor Bartlett estaba en el poder, su mera sombra solía ser motivo de aprensión, no solamente por su leyenda negra —a diario alimentada por historias siniestras que asimismo incluían a sus guardaespaldas—, sino de paso por esa expresión fría que no dejaba dudas en cuanto a su firmeza y permitía fantasear en torno a una crueldad en la que uno creía a ojos cerrados. Y ahora que Mister Bartlett, cuya estampa sería suficiente para dar cuerpo y alma a un villano de David Lynch, se nos presenta como adalid del progreso y la buena conciencia, me viene a la memoria un par de versos de Piedra de Sol, por aquello de “el tigre con chistera, presidente del Club Vegetariano y la Cruz Roja”.

Cierto que ya no son los mismos tiempos, pero he aquí que las palabras de Octavio Paz no dejan de flotar sobre estas líneas, si a la sombra de cada dinosaurio se asoma “el escorpión meloso y con bonete”. Por no hablar de “el burro pedagogo, el cocodrilo metido a redentor, padre de pueblos, el Jefe, el tiburón, el arquitecto del porvenir, el cerdo uniformado, el hijo pedilecto de la Iglesia que se lava la negra dentadura con el agua bendita y toma clases de inglés y democracia”. Como buen mexicano y además chilango, echo un vistazo en el retrovisor y me da por creer que los dinos están más cerca de lo que aparentan.

Por más que intento, no consigo evitarlos. Hoy día están en todas las conversaciones, aunque ya casi nadie les llame dinosaurios, pues como he dicho van bien disfrazados, pero quiero pensar que no me engañan, aun si sus redentores intentan convencerme de que un día se cayeron del caballo y se volvieron buenos como San Pablo. Y de nada me sirve que un santón, no menos dinosaurio, se coloque a su izquierda para hacerme creer que ya evolucionaron, cuando lo único urgente es que se extingan.

Me van a perdonar, pero aún les tengo miedo, en especial si traen un antifaz y se cuelgan la aureola y se dicen honestos sin que nadie pregunte y lanzan invectivas contra los de su especie. Cuidadito con ésos, que son los más antiguos.

miércoles, mayo 09, 2012

La aventura tenaz (Diario Milenio/Opinión 08/05/12)


Porque estamos tan enamorados y, sin embargo, nos morimos. Siempre me pareció tremendamente triste esta cita de Living Theatre. Es una respuesta, o eso parece indicar el porque sin acento con el que inicia la oración, para la que no existe la pregunta. Se trata, valdría la pena considerarlo así, de la pregunta como ausencia o como lugar de la invención. La respuesta, en todo caso, no pone en cuestión la existencia del amor: ese cliché o ese cinismo. No es que el amor sea o no posible, después de todo, puesto que el amor ya está aquí, y es. Lo triste es que, siendo, no sea suficiente para evitar lo inevitable: nuestra mortalidad, el hecho incontrovertible de que todos, día a día, en todo momento, morimos. Gerundio fatal. La respuesta a esa pregunta que habríamos de inventar tiene la virtud o la fatalidad de colocar dos términos monstruosos muy cerca: el amor y la muerte. Tal vez sea la omnipresencia de esa muerte sobre la geografía política de lo que llamamos, todavía, México, lo que obliga a veces a pensar con rabia o con convicción, con ansias o como rezando, en el amor. Porque, ¿qué puede estar más lejos de la violencia sino el amor? Si, como argumenta Badiou en su Elogio del amor, el amor es el Escenario de Dos, esa manera de ver al mundo desde la diferencia y no desde la identidad, el amor tendría que encontrarse, en efecto, en el otro extremo de esa cuerda tensa o floja que es la vida social.

Hay que reinventar el amor, dijo hace tantos años Rimbaud. Hay que reinventarlo, sostiene sin rubor alguno Alain Badiou. Vaya escándalo. En una época que fabrica amores sin riesgo, y luego entonces sin sustancia, o amores en el límite entre el consumo y el deshecho, Badiou piensa en el amor como un comunismo minimalista: el triunfo del bien común sobre los intereses del egoísmo; la victoria de la voluntad colectiva sobre la privada. Ver a dos. Experimentar el mundo, y el tiempo, desde la trinchera de otros ojos y otro cuerpo. En Elogio al amor, el amor es ciertamente una aventura, pero por ser una aventura en el tiempo, es una aventura tenaz. Vaya paradoja. O no.

La historia, de existir, empezaría así: en la contingencia. El amor contiene, puesto que lo pone en escena, un elemento de separación, de dislocación y de diferencia: el terrible instante en que el uno se descubre en dos. Todo parte de un encuentro, eso se sabe. Menos una experiencia, en el sentido literal, y más un evento en el sentido que le da Badiou al término: algo que no entra en el orden inmediato de las cosas, algo “que permanecerá bastante opaco y sólo encontrará realidad en las múltiples resonancias del mundo real”. Pudo haber existido o no.

Pudimos, acaso, estar hechos el uno para el otro, o no. El asunto, cuando el asunto es el amor, suele involucrar la transformación de lo contingente en lo necesario. El azar como destino. Pudo no haber existido, en efecto, pero existe, y existirá. El amor es un siempre.

Pero, ¿cómo va del puro azar al destino, este amor? A través de la declaración amorosa, sostiene Badiou. Se trata, después de todo, de “enunciar la palabra cuyos efectos, en la existencia, pueden ser infinitos”. El antes y después de la declaración amorosa: ese abismo.

Todo “te amo” sería así, en sentido estricto, un parteaguas. Puede ser clara y feroz, o tentativa y sinuosa, en pleno proceso de auto-reiteración, pero la declaración amorosa sella el encuentro y produce un más allá: la promesa de re-inventar la vida, el acuerdo de embarcarse en una nueva manera de producir la experiencia del cuerpo en el tiempo. En el contexto de un amor que se declara, esta declaración, dice Badiou, aún si permanece latente, es lo que produce los efectos del deseo, y no el deseo mismo, como suele creerse. El amor se constata a sí mismo al permear el deseo y no al contario.

Siempre me han parecido sospechosas las definiciones del amor que involucran la palabra trabajo, naturalmente. Pero más allá del amor loco o de la idea romántico del amor como fusión absoluta o con el absoluto, Badiou sostiene que la Escena de Dos, para permanecer tal cual, de dos, requiere de la categoría del tiempo y, el tiempo, con su inclinación narrativa, propone un proceso de construcción. “El amor inventa una nueva forma de duración en la vida”, asegura. De acuerdo con Badiou, quien en entrevista con Nicolas Truong ha dejado en claro que en este, como en otros temas, le interesan más los procesos y la duración que los inicios, le parece que en tanto proceso de construcción, el amor es un procedimiento de verdad. ¿De qué verdad? De la verdad de ese dos que él ha dignificado en escena primordial. Si la Escena de Dos está fundada en la diferencia, luego entonces, el procedimiento de verdad que acarrea el amor no puede no ser una verdad acerca de esa diferencia. Y he ahí, en su cuestionamiento de la identidad y lo que la identidad produce, una de las facetas más radicales del amor. He ahí, como el pensador francés lo resumió en otra entrevista, “su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario”. He ahí las razones por las que es vital “reinventarlo para defenderlo”. Badiou ha agregado: “No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual —que siempre busca domesticarlo—. En otros tiempos, las sociedades clericales y tradicionales buscaron domesticarlo por el matrimonio y la familia. Hoy se busca domesticar al amor con un mezcla de pornografía libre y de contrato financiero. Pero debemos preservar la potencia subversiva del amor y apartarlo de esas amenazas”. Vaya escándalo. O no.

martes, mayo 08, 2012

De cómo un juglar amaba a su musa-(Sexenio-Puebla 30/04/12)


La costumbre de publicar correspondencia de escritores reconocidos va aumentando con el transcurrir de los años, sobre todo si se trata de cartas intercambiadas entre 2 autores; sin embargo publicar la correspondencia íntima de los escritores es algo fuera de lo común.

Gracias a los nietos de Juan José Arreola: Alonso y José María Arreola, el lector puede disfrutar de un libro exquisito y muy valioso para todo lector que haya disfrutado de la obra de Arreola.

A manera de homenaje al escritor jalisciense, pero sobre todo al amor que éste le profesaba a su esposa, sus nietos han decidido publicar la correspondencia que Juan José Arreola mantenía con su amada Sara Sánchez y el padre del autor de Confabulario; así como algunas conversaciones sostenidas entre el autor de La Feria y sus familiares, bajo el título de Sara más amarás, bajo el sello editorial de Joaquín Mortiz.

Aunque es un término reservado para exposiciones museográficas; puede decirse que Sara más amarás más que contar una bella edición, tuvo una curaduría muy bella. Pues tanto la correspondencia como las conversaciones han sido ordenadas de forma cronológica, de forma tal que el lector pueda ser testigo de la construcción de una historia de vida, donde se deja ver a un Juan José Arreola muy tierno, cariñoso y respetuoso en el trato con Sara o con su Padre. Edición que va acompañada de una serie de fotografías de Arreola, Sara y sus familiares, así como la digitalización de algunas cartas; de igual forma, cuenta con comentarios de los nietos de Arreola con el fin de ir contextualizando al lector con cada una de las cartas.
Estas cartas dejan ver que Sara formó una parte fundamental en la carrera literaria de Arreola. Ella era su fuerte, su impulso, su todo.

Sara más amarás también plasma las preocupaciones económicas y literarias que día a día sufría Arreola; no toda historia amorosa es sencilla, por ello –atinadamente- deciden retratar el momento en que Sara y Juan José rompieron su relación de noviazgo y el cómo la vuelven a reconstruir.

Correspondencia escrita con el sumo cuidado que le dedicó a cada uno de sus cuentos.

Publicaciones como estas hacen que el lector reconozca y valore la parte humana de los escritores. Los hace más táctiles y otorga la posibilidad de darle una nueva relectura a la obra escrita de Arreola.

El cerebro del diablo (Diario Milenio/Opinión 07/05/12)



No espera uno de un libro que lo revuelque y estruje y reconforte, aunque tal vez sea eso lo que más desea. Que la novela llegue y tome el control, hasta el punto de hacerlo a uno dudar si en realidad se trata de una novela. Que nos cuente las cosas de manera que deje la sensación de que no solamente se refiere a ellas, sino a todas las cosas. Que a todas partes donde vayamos no podamos por menos de hablar de ella, y al hacerlo reunamos cantidades ingentes de entusiasmo y vehemencia. Que, con todo, nos quede la sensación de no haber abarcado ni descrito lo bastante para dejar bien claro por qué aquél es un libro imprescindible. Espero, sin embargo, que quien haya llegado hasta el fin de este párrafo se lleve en la memoria cuando menos el título: HHhH.

“¿De qué trata?”, preguntan, y uno se cohibe porque de nuevo teme que cuanto diga parecerá prosaico, si no vago y pueril. Himmlers Hirn heisst Heydrich (“el cerebro de Himmler es Heydrich”), solía comentarse entre los oficiales de la inmensa pandilla de asesinos que desde siempre fue la SS-Waffen; de ahí el peso del truculento acrónimo que da título a la novela de Laurent Binet y equivale a decir que el nauseabundamente célebre Reinhard Heydrich es nada menos que el primer responsable por la Solución Final (despreciable eufemismo, da escalofríos emplearlo). ¿Pero qué estoy diciendo? Esta novela no trata del Holocausto, su historia es anterior a los primeros campos de exterminio. Y no obstante queda la sensación de haberlo visto entero a través de ella.

Laurent Binet ha investigado febrilmente. Lo sabe casi todo sobre el burócrata más temible y sanguinario de la SS en particular y el Tercer Reich en general, pero no va a contarnos una biografía. Se ha informado al detalle sobre los pormenores de su ajusticiamiento y no vacila en contagiar su simpatía por los protagonistas del incidente, aunque tampoco es ésta una novela propiamente heroica. Más todavía, no acaba de constarme que sea una novela.

Antes de HHhH, recordaba borrosamente otro libro que leí hace apenas un par de años: The Killing of Reinhard Heydrich, donde Callum MacDonald narra con eficacia y pulcritud la legendaria Operación Antropoide. ¿Cómo pude olvidar los nombres de Jan Kubiš y Jozef Gabcík, titanes solitarios que sin más medios que voluntad, ingenio y la pequeña ayuda de unas cuantas familias valerosas propinaron el golpe más osado en la historia de la resistencia al nazismo? Binet lo explica en una sola línea, que en alguna medida define la naturaleza de su intento: “Para que cualquier cosa pueda penetrar en la memoria, es preciso antes transformarla en literatura”. Y añade, con un más que probable nudo en la garganta: “No está bien, pero es así.”

Es verdad que este libro equivale a un gran nudo en la garganta. De esos nudos que inevitablemente se hacen querer. No transcurre, además, en los tiempos que narra, sino ya entrado el siglo XXI. El autor-narrador creció en tierra francesa, escuchando leyendas familiares en torno a aquellos héroes, de modo que apellidos como Gabcík, Kubiš y Valcík le acompañan mucho antes de lanzarse a narrar su historia inenarrable. Y lo acompaña uno, sin condiciones, una vez que a su lado descubre que no escribe esta prosa de vuelos kunderianos para demostrar nada en especial, sino apenas “por necesidad de consuelo”.

Pareciera que Laurent Binet camina de puntitas por la historia que cuenta. Le da vergüenza improvisar un diálogo, y así pide permiso para reconstruirlo. Es como si escribiera ya no para el lector, sino a su lado. Imposible entrever, no obstante, cuánto de lo que cuenta está documentado, pues al cabo de las primeras páginas nada es tan bienvenido como esta confusión providencial. Más allá de narrar, como varios han hecho y él así lo consigna, los intríngulis de la gesta heroica, Binet pinta un retrato siniestro del demonio y se lanza a fungir como exorcista. Ciertamente, la historia de HHhH ocurre en escenarios gemelos del infierno, ¿pero quién dijo que a esas profundidades no hay sitio para un chorro profuso de ternura?

Es una pena pergeñar estas líneas tras leer HHhH nada más que una vez. Ya se sabe, no obstante, la urgencia que lo toma a uno por rehén cuando se topa con un libro indispensable, cuya escritura acusa, línea tras línea, un virulento esfuerzo de sobrevivencia. Un libro que es una obra maestra, pero antes de eso es una gran hazaña. La clase de epopeya solitaria que uno, como lector, sospecha también suya.