lunes, febrero 06, 2012

Oficio de "franelero" (Diario Milenio/Opinión 06/02/12)

El franelero es aquel cobrador que nos recuerda que la vía pública es algo menos pública de lo que supondría la opinión pública

1. De la gorra a la franela

Antiguamente carecían de rostro. Varios, los más confiables, usaban gorra y uniforme caqui, a partir de lo cual podía saberse que aquel desconocido era un viene-viene. Esto es, un orientador de estacionamiento, cuyas funciones solían extenderse a la consiguiente vigilancia del vehículo. Un trabajo sufrido y con frecuencia ingrato, expuesto a toda suerte de peligros, chantajes e indignidades, para colmo sujeto a las propinas voluntarias y en tanto ello pariente de la mendicidad. Con los años, no obstante, la proliferación del malandrinaje hizo de cada esquina un feudo apetecible para más de una especie de la fauna urbana, especialmente aquellas entrenadas en la toma y defensa feroz del territorio. Fue así que donde había un viene-viene apareció de pronto el franelero: mezcla de lavacoches, acomodador, cuidador, cobrador, administrador, gestor e interventor de la transa cotidiana.

Si el viene-viene debía soportar el menosprecio de su clientela, el franelero sabe de memoria cuántos pesos y centavos vale su territorio, tanto así que día a día tiene que defenderlo con uñas y dientes, haciendo malabares sobre la línea fronteriza —fina, en su situación— entre el subempleo y el hampa. Si al viene-viene nadie se molestaba en verlo, el franelero está en la mira de todos. Policías, vecinos, comerciantes, visitas, delincuentes: de cada uno de ellos tiene algo el franelero. Si el viene-viene vivía de propinas ratoneras, el franelero impone sus tarifas y exige el pago por adelantado. ¿O es que los patrulleros, de los cuales depende para seguir haciendo lo suyo, le ofrecen crédito en las cuotas diarias? Es la calle, al final. No existen garantías, ni vale en su dominio más papel que el que uno esté dispuesto a desempeñar. De ahí que el franelero tienda a ser arbitrario y terminante, cuando no atrabiliario y bravucón, cada vez que un prospecto de cliente cuestiona su dudoso derecho a expropiar y explotar la vía pública. ¿Y quién es tan gaznápiro de abandonar su coche al arbitrio de un enemigo potencial a quien recién ha declarado la guerra?

2. Carne de sospecha


Hay al menos dos clases de
franelero: el propio y el extraño. Uno leal, amigable y eventualmente providencial; el otro desafiante, chantajista, mandón. Uno con nombre y el otro sin madre. Todo depende, a veces, del humor que traigamos al momento de vernos por primera vez. Por las buenas, el franelero me ofrece sus cuidados; de otro modo, me vende protección. ¿Contra qué? En rigor, contra nada. En el peor de los casos, contra él mismo. Y en última instancia, contra mi paranoia. Si al regresar encuentro que a mi carro le falta un par de llantas, me recriminaré por la idiotez de no haberme entendido con el franelero; y si le había pagado y aún así me robaron, me quedará el consuelo de echar mierda sin mucho salpicarme porque he sido una víctima, pero no un pichicato. Ahora bien, esto de la extorsión callejera tiende a herir los principios de ciertas personas, por causas tan diversas como el orgullo, los preceptos morales o la defensa de un estado de derecho cuyo imperio se antoja difícil de probar, dadas las circunstancias. Ponérsele flamenco al franelero por cuestión de principios: he ahí una gesta cívica improductiva.

Quienes no trabajamos en la calle solemos ignorar la cuadrícula estricta de sus espacios y el entramado de leyes no escritas que permiten la convivencia pacífica entre competidores tan encarnizados como policías, ladrones, vendedores, asaltantes, pordioseros, cargadores, boleros, pirujas y lenones, por citar unos cuantos. Asumimos, a veces, con un candor indigno de nuestra condición de citadinos, que si desaparece un franelero no llegará algún otro a reemplazarlo. ¿O es que los policías van a dar por perdida esa rentita? ¿Qué harían los vecinos sin ese franelero al que bien o mal han terminado por adoptar y es una suerte de conserje de banqueta? ¿Quién les dice que el próximo no será demasiado codicioso, tanto así que le dé por unir fuerzas con sabrá el diablo qué banda de hampones? Y esa es otra calamidad del oficio: nadie mejor que el vándalo de la franela para encajar en el papel de sospechoso.

3. El salario del chantaje


Podría aventurarse que una ciudad es o pretende ser civilizada cuando sus calles carecen de dueño, o al menos aparentan no tenerlo. Francamente, no logro imaginar a un
franelero apareciendo en una de esas novelas de Henning Mankell donde los policías hacen su trabajo pensando en agradar a sus patrones, los contribuyentes. Aquí, en cambio, los guardianes del orden ven a los ciudadanos como contribuyentes ambulantes, pero como no tienen tiempo para atender los asuntos administrativos de tamaña cartera de clientes, dejan ese quehacer en las manos de sus ejecutivos, los franeleros. De ese modo no tienen que desgastarse dando cara y razones a sus extorsionados, ni arriesgarse a ser vistos o filmados en mitad del cochupo incriminante; venden la protección a distancia, sin compromiso ni más garantía que la pura palabra de su representante en la banqueta, que para eso se pasa el día entero negociando la conciencia tranquila de su clientela.

Son nomás veinte pesos. Son cuarenta pesitos. Son cincuenta, por toda la noche. Esta última tarifa, por cierto, debería parecernos especialmente atractiva, pues su sola mención insinúa que la noche es muy larga y su transcurso puede resultar incierto. Un espejo de menos, un rayón de más, un cristalazo a media madrugada: todo puede pasar, más todavía si el propietario del vehículo en riesgo no acaba de entender el tema del tributo, y mucho peor si ocurre que el falso franelero se dedica al asalto, el secuestro o la extorsión. Por más, pues, que se teman, desprecien o aborrezcan, hay una sociedad indisoluble entre automovilista y franelero, una vez asumido que la vía pública es propiedad privada y alguien tiene que ir a poner la cara para cobrar la renta, con todo y su tajada. Alguien que no se deje intimidar y a su vez intimide, si es posible. Alguien que sepa conquistar, imponer e invadir tanto como ceder, negociar y ayudar. Un protector que no sea policía y un maleante que no sea delincuente. Franelero: qué oficio complicado.

miércoles, febrero 01, 2012

Tres metáforas de una realidad-(Sexenio-Puebla 23/01/12)

Los aportes de Sergio Pitol como traductor han sido amplios y son de agradecerse cuando se trata de escritores poco o nada conocidos por los hablantes de lengua hispana.

Sergio Pitol como traductor y Rodolfo Mendoza como editor; traen al lector tres textos de Lu Hsun: Diario de un loco, La verdadera historia de Ah Q y La lámpara eterna.

El primer texto narra la historia de un personaje que después de varios de años perder el contacto con sus dos grandes amigos –ambos hermanos- lo retoma, ahí se entera que uno de sus mejores amigos, el menor, está mal y parte en busca de ellos, al conversar con el hermano mayor éste le comenta que el otro hermano se ha recuperado de la enfermedad y ha dejado una libreta con apuntes misteriosos, el hermano mayor la comparte con su amigo para lograr que entienda a ciencia plena el mal que lo aquejaba: delirio de persecución. Textos que dicho amigo pasa de forma fragmentaria con el fin de que sirva de testigo para una investigación médica. Diario de un loco es la historia de un primo que Lu Hsun tuvo.

La verdadera historia de Ah Q cuenta las andanzas de un ser sin oficio ni beneficio, un borracho que roba por comer, por sobrevivir; y que goza con la plena conciencia de que su caso es producto del gobierno feudal chino, el cual mantiene a todos en un futuro incierto, a la deriva.

El tercer y último texto La lámpara eterna es la historia de un pueblo que vive bajo un pensamiento, un orden que nunca debe cambiar porque podría significar el fin de los tiempos o del mundo como lo conciben sus habitantes; es el relato de un pueblo que tira de loco al primer tipo que llega con una idea contraria y buscan la mejor forma para quitarlo del camino.

Tres textos relativamente breves y sencillos en su estructura narrativa, pero complejos en su trama y en los significados que cada texto posee; que contextualizados -conforme señala Pitol en el prólogo- cobran mayor relevancia y valor estético y literario. Textos que en su conjunto son una gran metáfora de la realidad china en la que vivió Lu Hsun.

Lu Hsun, quizá, es uno de los tantos escritores con los cuales simpatiza ideológicamente Sergio Pitol. Ya que Lu Hsun fue miembro del Movimiento del Cuatro de Mayo, formó parte de la Liga de Escritores de Izquierdas y mantuvo una serie de ataques a la cultura china tradicional, así como tuvo la necesidad de acometer reformas profundas en la cultura y la sociedad chinas; dentro de esta pelea constante está el recurso de utilizar una lengua vernácula en lugar del chino tradicional.

martes, enero 31, 2012

Contra la calidad literaria (Diario Milenio/Opinión 31/01/12)

La literatura es el nombre que se la ha dado a una cierta forma de escritura que se publicó en papel y que se constituyó en elemento hegemónico para la formación de cánones.


Pretender discernir la así llamada calidad literaria de un texto digital utilizando las normas y rituales que emergieron históricamente para analizar textos impresos en papel es como pedirle al chico salvaje e intenso que sea tu novio, con la secreta y malévola intención de que pronto se convierta en el señor de la casa. O viceversa. Tanto forma como contenido constituyen una unidad dinámica, definida por una serie de interdependencias mutuas, de ahí que el medio o soporte en que se escribe un texto importe, y mucho. No digo nada nuevo cuando digo que ningún texto brota de la nada. Por más genial que sea su autor, la elaboración de un texto involucra la participación del cuerpo y de la serie de tecnologías —del rudimentario cincel al ordenador contemporáneo, pasando por el multifacético lápiz— que hacen posible la existencia concreta de la escritura. Esas tecnologías y esos cuerpos son ciertamente históricos, productos sin duda de contextos volátiles y jerárquicos en los que la escritura ha jugado papeles distintos. No es del todo sorpresivo que una época de cambios radicales, como la que vivimos ahora en pos de la revolución digital, ocasione ansiedad y desconfianza entre los voceros del status quo. Es la voz de esta ola de neoconservadores la que se alza cada vez que se esgrime, como si fuera esencial y no histórico, natural y no contingente, el escabroso asunto de la calidad de lo literario.


Tal como lo argumenta John Gillory en Cultural Capital: The Problem of Literary Canon Formation, la literatura en cuanto tal surgió hacia finales del siglo XVIII para darle nombre al capital cultural de la burguesía. Con el término “literario” se describía, así, una forma de escritura históricamente determinada y culturalmente significativa. Aunque a lo largo del XIX y por la mayor parte del XX la categoría de lo literario fungió como un principio organizativo dominante en la formación del canon, su poder hegemónico decayó hacia fines del XX e inicios del XXI. Son varias las razones de este declive pero Gillory enumera, al menos para el caso de Inglaterra, tres: la institucionalización del inglés vernáculo en las escuelas primarias del siglo XVIII; la polémica a favor de la nueva crítica modernista instituida en las universidades; y la aparición de una teoría del canon que suplementó el currículum literario en las escuelas de posgrado. La literatura, pues, no es un sinónimo de buena escritura o de escritura de calidad. La literatura es el nombre que se la ha dado a una cierta forma de escritura que se publicó en papel, usualmente en la forma de libros, y que se constituyó en elemento hegemónico para la formación de cánones a lo largo del periodo moderno. Si una forma de escritura no es literaria sólo quiere decir, luego entonces, que es producto de otra era histórica y de prácticas tanto sociales como tecnológicas distintas a las dominantes durante la modernidad. No quiere decir que su calidad sea mayor o menor, sino que responde a condiciones y expectativas de suyo distintas. Y, como tales, habrá que aprender a leerlas.


La calidad, definida como el conjunto de propiedades que permiten juzgar el valor de algo, no es, por otra parte, inherente al texto. No hay nada, de hecho, inherente al texto. No hay nada que venga del texto sin que esto haya sido invocado por el lector. Mejor dicho: lo único inherente al texto es su cualidad alterada. El texto no dice ni se dice; el texto se da, lo que, en este caso, significa que se da a leer. El texto se produce ahí donde se erigen el tú y el yo. El texto existe cuando es leído y es justo entonces, en esa relación dinámica y crítica, que existe su valor. Como argumentaba Charles Bernstein respecto a la tan polémica definición de lo que es o no la poesía en uno de los capítulos que componen The Attack of the Difficult Poem, “un poema es una construcción verbal designada como poema. La designación de un texto como poema incita una cierta forma de lectura pero no nos dice nada acerca de la calidad del trabajo”. Lo mismo podría argumentarse para lo literario. Sólo una visión esencialista y, por lo tanto, ahistórica, haría de lo literario un sinónimo de calidad. Sólo una visión conservadora, es decir, atada fuertemente al estado de las cosas y las jerarquías propias de esas cosas, querría la repetición incesante de sólo un modo de producir textualidad.


¿Por qué habría de pedírsele a todo texto que parezca como si hubiera sido escrito con la tecnología y los estándares de conducta de sus congéneres del XIX? Pues porque una pequeña elite temerosa de perder los cotos de poder que refrenda su estética lo sigue argumentado aquí y allá en la plaza pública. Por mi parte, sigo pensando que todo mundo tiene derecho a seguir escribiendo su versión propia del texto del XIX, ciertamente. Lo que esos neoconservadores no pueden hacer ya es esgrimir una noción de lo literario, que es histórica y contingente, como si se tratara de un estándar natural o intrínseco a toda forma de escritura. Seguiré siendo una admiradora de Dostoievsky hasta el último de mis días y, con seguridad, parte de mi trabajo seguirá produciéndose en papel, pero de la misma manera me entusiasman, y mucho, las posibilidades de acción que traen al oficio de escribir las transformaciones tecnológicas de hoy. Investigar esas posibilidades junto a una comunidad activa y vociferante que ha tomado a las plataformas digitales por asalto es uno de las alternativas más interesantes actualmente, entre otras cosas porque no hay reglas escritas, porque las estamos haciendo todos en el día a día. Si, como dijo Gertrude Stein, la única obligación del escritor es producirse como contemporáneo de su época, explorar las distintas formas de composición de una era es más una vocación crítica que una opción basada en el mero gusto personal.


Cito lo que Kathy Acker dijo en “Writing, Identity, and the Copyright in the Net Age,” cuando digo que “necesitamos recobrar esa energía que la gente tiene, como escritor y como lector, cuando envía por primera vez un e-mail por internet; cuando descubre que puede escribir cualquier cosa, hasta las más personales, incluso para alguien a quien no conoce. Cuando la descubre que los que no se conocen pueden, sin embargo, comunicarse”. En eso andan, produciendo ese diálogo, desde Kenneth Goldsmith (Uncreative Writing. Managing Language in the Digital Era) hasta Vicente Luis Mora (El lectoespectador), desde Vanessa Place (Notes on Conceptualisms) hasta Damián Tabarosvsky (La literatura de izquierda). Y eso, francamente, me parece más interesante que andar midiendo qué texto se parece más al texto del XIX que el temeroso censor neoconservador guarda en su cabeza.

Turismo enmascarado (Diario Milenio/Opinión 30/01/12)

Un tema nunca pierde vigencia entre los colombianos: el vecino Hugo Chávez y sus ocurrencias. Nada como el absurdo para acabar de golpe con la discusión.

1. Agenda cartagenera

Las mujeres, se dice, suelen perderse al interior de los mapas. Y el hombre, según esto, detesta pedir señas en las calles porque encuentra una suerte de recompensa, a buen seguro emparentada con la vanidad, en llegar sin ayuda a su destino. Y aun si esto no sucede —como ahora que deambulo por Cartagena de Indias amurallada— algo de fascinante tiene que haber en esto de extraviarse durante horas por los rincones de una ciudad extraña cuyas calles serpentean, se enlazan, se parecen, y encima de todo eso cambian igual de nombre que de orientación. Sin el mínimo ánimo de desentonar, cedo asimismo a un extravío mental no menos trapacero que la ciudad que se burla de mí, como si fuera el único turista que se pierde porque le da la gana.

No sé por qué supongo que sumido en un par de ansiedades colombianas voy a disimular la facha de turista que no me deja extraviarme a placer. Esto es, pasar totalmente inadvertido: privilegio chilango no aplicable en los meandros amurallados. He intentado fingirme casual e indiferente, pero luego de dar tantos rodeos por las mismas esquinas debo de ser ya parte del paisaje folclórico de hoy. La extranjería es dura de disimular; el cuerpo habla por uno y delata manías que a gritos la confirman, aun si a ratos me siento en una banca y hojeo un ejemplar de la revista Semana, cuya portada exhibe de cuerpo completo al general Henry Rangel, desde hace pocos días Ministro de Defensa venezolano, conocido por su documentada alianza con Rodrigo Londoño Echeverri: nada menos que el mítico Timochenko, máximo gerifalte de las FARC. Un tema intensamente colombiano, digno de alguna trama de espionaje político lo bastante torcida para admitir un rango inagotable de especulaciones. ¿Será que si especulo con soltura pareceré tantito menos turista?

2. Chalanes de la guarda

En todo caso, he dejado el mapita del Centro Histórico sumido en lo profundo de la maleta. Una cosa es que por virtud de su género pueda uno entenderse de pronto con los mapas, y otra que esté dispuesto a abrir y examinar un mapa a media calle, que en términos estrictamente citadinos equivale a ponerse una diana en la frente y convocar a un torneo de dardos. En medio de un evento con los ecos del Hay Festival, parece inevitable que permanezca abierta la temporada de caza del turista, de modo que despliego mi ejemplar hasta quedar oculto detrás de él. Si por el modo en que paso las páginas se puede adivinar mi origen chilango, apreciarán al menos mi sincero interés. Regreso al reportaje y encuentro en un recuadro varios de los top hits entre los miles de correos electrónicos encontrados en la computadora de Raúl Reyes, mismos que certifican la amistad entusiasta del general Rangel con Timochenko, así como sus oficiosas gestiones para hacerle un lugar a la piadosa banda de narcoplagiarios en las diarias plegarias de su jefe, Hugo Chávez. Tal parece que basta con que el mandatario se pesque del rosario y pida por la suerte de un par de sus cruzados afiliados para que la noticia se transmine cuartel abajo y en cosa de minutos salgan pitando sendos comandos subrepticios a llevar portafolios, espías o misiles a los parceros que los necesiten.

“Por Fidel, por Mahmoud, por Kim”, se persigna una y otra vez el comandante Chávez, y así sus acichincles, perceptivos que son, entienden que se trata de una misión divina y se aplican a ello con premura diabólica y eficacia arcangélica. ¿Qué le costaba, entonces, persignarse también por los muchachos de Alfonso Cano, tan dóciles y atentos que con tal de obtener su padrinazgo le dieron su palabra al general Rangel de no llevar a cabo un solo secuestro en territorio venezolano? Imaginemos ahora la alegría de Timochenko nada más enterarse de que todo el Ejército de Venezuela se halla bajo la bota de su amigazo, el mismo que fue a dar a la cárcel junto a Chávez tras su fallido putsch del ’92. Mahmoud, Fidel, Kim Junior y una inabarcable lista de socios fraternales tendrá también que celebrar el nombramiento de un hombre de acción al mando de un ejército armado y entrenado con celo jihadista para elegir entre Patria y Socialismo, o Muerte. Y es un hecho que a los hombres de acción no les gusta esa vaina de las elecciones.

3. Carcinator II

La visita comienza a sentirse en su casa nada más se le invita a hablar mal del vecino. Y no es que hable con nadie, sino que recorrer calles como éstas invita a fantasear con toda suerte de intrigas de folletín. ¿Qué decir del torneo adivinatorio entre quienes compiten por estar más al tanto de los meses o años que le quedan de vida a Hugo Chávez? Una justa imposible, de cualquier forma, si el folletín es la especialidad del Padre de Todos los Bolivarianos. Contra quienes opinan que el melodrama burdo menosprecia la inteligencia del espectador, el Comandante entiende que los provocadores no razonan delante de su clientela, si lo que buscan no es abrir el debate, como desesperar al adversario con argumentos burdos y tramposos que son meros insultos a la inteligencia, respaldados por el eco agobiante de hinchas, canchanchanes y contlapaches.

Cada vez que le para los pelos a sus críticos con nuevas ocurrencias inverosímiles, el Comandante Chávez hace una exhibición de fuerza bruta. No es su agudeza, sino su audacia impune la prueba irrefutable de su poder. Tiene a medio Colombia y a todo Venezuela discutiendo sobre temas insulsos que él mismo sugirió, como esa extravagancia de los sarcomas teledirigidos, mientras allá en lo oscuro gira instrucciones al bedel Rangel para apretar las tuercas de su poder a prueba de urnas respondonas. Siento que estoy a punto de ascender al siguiente nivel de la especulación local cuando observo que allá, del otro lado de la plaza, resplandecen las puertas del hotel y las primeras luces del lobby redentor. Todavía dudando entre dos tramas insolubles —en una, un batallón de espías colombianos parte hacia Venezuela con la misión de aprender a distinguir a un soldado de un secuestrador; en la otra, un ambicioso emperador hawaiano se divierte operando los controles de un sofisticado cañón lanzatumores— vuelvo a mi condición de turista y respiro aliviado. Se acabó el extravío: necesito encontrar ese maldito mapa.

martes, enero 24, 2012

No sé si mis nubes te alcancen (Diario Milenio/Opinión 24/01/12)

El primer libro de poesía de Don Mee Choi interroga su historia personal desde el punto de vista más íntimo, pero también desde la crítica acérrima al neocolonialismo y sus sintaxis.

Sus palabras vienen del exilio. Don Mee Choi nació en Corea del Sur en 1962 y llegó a los 19 años a Estados Unidos, luego de una estancia en Hong Kong. Su primer libro de poesía —que va del fragmento al verso, de la nota suelta al párrafo completo— interroga esta experiencia desde el punto de vista más íntimo de la historia personal pero también desde la crítica acérrima e inteligente al neocolonialismo y sus sintaxis. A veces, el que se va deja a un gemelo imaginario en su lugar. A veces, cuando la poesía lo hace posible, estos dos intercambian mensajes que, con suerte y gracias a Action Books que publicó este libro en el 2010, podemos leer. Aquí va una traducción de “Un viaje de la neocolonia a la Colonia”, en The Morning News Is Exciting! (Action Books, 2010), p. 81-85.

Se fue a Hong Kong en 1972. Tenía diez años y entonces sólo hablaba coreano. Imaginó que había dos de ella. Me imaginó. Yo crecí en Corea del Sur mientras que ella crecía en Hong Kong. Yo me quedo donde estoy.

Mi mensaje para ti:
Me quedé atrás. El hogar es una cosa en capas.

Tu mensaje para mí:
El té verde es la norma y no se le añade nada más. En la economía de la Colonia es esencial que se aproveche cualquier oportunidad para darse a conocer. Si vienes de una neocolonia desconocida, entonces eres nada y así permanecerás hasta la fecha de tu partida. Toma un trago y quédate cerca de tus familiares. Tu equipaje pronto absorberá la niebla. Al transbordador en que viajas le depara una sorpresa —Té y los Ingleses. Ahora resulta evidente que la Colonia espera poder mantener a su creciente población en un estándar de vida razonable. Tu lenguaje es optativa. Es ideal para tu nueva situación doméstica: un departamento de tres recámaras con un balcón lo suficientemente grande para ti y tu tristeza. Todos admiramos la vista del puerto. No busques árboles ni sus flores. Los gorriones dejarán de gorjear después del crepúsculo. No te dejes enterrar por tu abrigo. No hay inviernos aquí. Por supuesto que puedes estar desolada. Esa es la Ley. Establecer residencia en una Colonia usualmente implica una cierta seguridad e incertidumbre. Toma otro trago. El té verde es la norma y no se le añade nada más. No te dejes embaucar por la ausencia de un toque de queda. Sabemos que la distancia es abrumadora. Ese es un aspecto esencial de la Colonia. Si vienes de una neocolonia desconocida, es necesario que te identifiques. No nos interesa. Aquí apreciamos el crecimiento rápido.

Mi mensaje para ti:
La hogar es una cosa en capas. Vivo como si no te hubieras ido nunca. Vivo en la casa en que naciste y hablo tu lengua optativa. Aquí sí hay inviernos. Me pongo seguido tu bufanda de listones y los guantes rojos. Te imagino de niña. Tú tienes una vista del puerto y yo una del río. La distancia es abrumadora. Se ha registrado un cambio en la Ley. La ley de 1972 ratifica la ley de 1961. ¿Qué pide la Ley? Estamos desolados. Tu madre envió la maleta con la ropa usada. Me pongo tus vestidos sin mangas y huelo tu niebla. Mis gorriones no tienen ningún lugar al cual ir. No sé si mis nubes te alcancen o no. Te imagino de niña. Espero tu regreso.

Tu mensaje para mí:
Sé de la nostalgia. Es inimaginable e involucra a la comunidad de alguna manera. Empieza con una familia en la distancia. La seguridad no es nada. Partir no es nada. La Colonia es algo pero la neocolonia no es nada. El invierno no es nada; sin embargo, la Ley es algo. El caso es que estás desolada. La ideología es una cosa en capas. La Colonia es espacial. Una teoría descriptiva, que le llaman. La cena, el alimento más importante del día, que originalmente se tomaba a mediodía, y que gradualmente empezó a tomarse más tarde, no se empezó a servir entre las 3 y 4 de la tarde sino hasta el siglo XVIII. A media tarde se sirve el té, la hora de las visitas decentes. Tu familia se puede sentir incómoda en la mesa. Ahora los separan las sillas. Ahora duermen separados del suelo, bajo sábanas removibles. Y sueñas en capas: la montaña, el mar, el río, el puente, y el transbordador se traslapan, se doblan, y parten. Es posible que tu lenguaje optativo se deforme. A tu madre puede aquejarla un mal —el precio de un mundo interior. Quitarse los zapatos al entrar en casa está bien, pero no es apropiado hacerlo frente a la Ley. El hogar es nada y esa nada eres tú. Las nubes desaparecen con el tiempo. Debes soportar la distancia. La niebla es tu hogar.

Mi mensaje para ti:
Te fuiste. Por favor, regresa. Tengo tu peine. Sé de la nostalgia. Se abre como el paraguas de mamá. Juego a vestir a tus muñecas de papel, el clóset dibujado a lápiz. Camino despacio sobre el puente, tu horquilla para el pelo en mi pelo. El río tiene las aguas revueltas. Arrojo mis brazos y me quito los zapatos. Soy ninguna. Por favor, regresa. Tengo tu peine. Deprímete. Desaparece. Dile que no a la cena y a la niebla.

Tu mensaje para mí:
Olvidar es maravilloso y la noria de mi padre no tiene fondo. Freud dice: la manera en que se desarrollan la tradición nacional y la memoria de la niñez de cada individuo podría llegar a ser totalmente análoga. En efecto, alguna alta autoridad puede cambiar el objetivo de resistir por el de recordar. La locura puede ser una forma de resistencia. Olvidar es maravilloso y la noria de mi padre no tiene fondo. Para poder recordar un incidente doloroso para la sensibilidad nacional, la agencia psíquica de base tiene que resistir a la alta autoridad. Sin embargo, esto va contra la Ley. Té y recuerdos falsos. ¿Qué es más adorable? ¿La Colonia o la neocolonia? El cambio en el objetivo es menor. Olvida algo y, luego, recuerda cualquier otra cosa. Lo más adorable es el inconsciente, es tan vívido. En defensa de la paramnesia de la nación, el té debe servirse a todas horas. Migración, ¡mi nación! La familia en la distancia debe estar separada por un océano. La cercanía puede provocar accesos de nacionalismo. Obedece tus obsesiones de orden. La soledad de la niñez puede cambiar de objetivo. La soledad de la nación es una falsa categoría. Sé un fraude. Sé la Ley.

Mi mensaje para ti:
¿Estás triste? No estoy enojada. Te sentaste sobre el regazo de tu padre. 1972 fue el año de tu partida. Me acuerdo de tu falda de flores y tus shorts, la horquilla en tu cabello. La Ley se estaba acercando y tú te estabas alejando. Mis nubes te persiguieron. ¿Eres adorable? Yo soy tan vívida. Mis gorriones viajan sobre el océano a través de la noche y recuerdan tus flores. No soy tierra baldía. Yo sigo.

_____
Notas sobre el viaje: La cita de Sigmund Freud es de Forgetting Things (Penguin, 2005).

La traducción de Déry-(Sexenio-Puebla 17/01/12)

A finales del año 2011 y lo que llevamos de este 2012 estoy intentando nivelar mis lecturas, pues la ventaja la llevan los escritores de habla hispana y ahora estoy abriéndole paso a los escritores de idiomas extranjeros traducidos al español.

De la mano de Pedro Ángel Palou logré acercarme a Kafka, Faulkner o Naipul; de la mano de Sergio Pitol he empezado a conocer a escritores reconocidos en el mapa mundial, como otros no tan difundidos. Leer a Sergio Pitol es disfrutar de una literatura rica, amistosa y memorística; mientras que leer sus traducciones es compartir con Pitol sus pasiones y su juicio crítico.

Hace casi 9 meses que Hungría hizo acto de presencia en mi vida, es el país preferido de Dulce –mi bella novia- a través de sus relatos, sus recuerdos y sus fotografías estoy conociendo a dicho país. Algún recuerdo me decía que Hungría era uno de los tantos países por donde anduvo Sergio Pitol. La sospecha se confirmó al tener en mis manos El ajuste de cuentas de Tibor Déry, libro perteneciente a la Colección Sergio Pitol traductor.

Tibor Déry experimentó el surrealismo y el dadaísmo; aunque se le reconoce más por su literatura tan realista y comprometida con la situación húngara.

El ajuste de cuentas reúne tres relatos: El ajuste de cuentas, Amor y Filemón y Baucis; todos ellos consistentes, leves y exactos; y por qué no decirlo, también poéticos. Cada uno de éstos acontece en una Hungría que sufre los daños del estalinismo o de la revolución húngara. Relatos que hablan del miedo a ser aprehendido; de la sensación que nace al obtener la libertad después de permanecer en la cárcel por varios años y no saber qué te espera afuera; y también de la incertidumbre que existe cuando habitas en una país en guerra, esa extraña sapiencia de que la vida pende de un hilo, de una circunstancia o de un estar ahí en el momento menos adecuado.

El ajuste de cuentas es un gran libro que a pesar de retratar acontecimientos no tan agradables están llenos de belleza, debido a la forma en que están escritos. Desconozco cómo se lean o perciban en el idioma original, pero algo muy cierto es que la traducción de Pitol es agraciada, pues logra transmitir el mensaje y sobre todo no se siente la voz de Pitol dentro de los textos; convirtiéndolo en un gran traductor, ya que permite hablar al autor.

Habrá que agradecer a Pitol por la traducción, pues al parecer es la única traducción de Déry que se consigue en México. Un gran atino de la editorial de la Universidad Veracruzana y su coordinador Rodolfo Mendoza.

lunes, enero 23, 2012

Para ponerse más guapos (Diario Milenio/Opinión 23/01/12)

No en balde la belleza es desdeñosa, con tantos candidatos a vender su alma al diablo por abaratarla

1. Quién tuviera súper cola

Oneal Ron Morris nunca fue propiamente un doctor, pero puede alegar que la vida le puso en ese camino, una vez que se sometió a la cirugía que lo convertiría en mujer y estimó que quizá no fuera aquél un truco tan difícil. Si se empeñaba un poco y aguzaba el ingenio, ella también podía cobrar un dineral por injertar nuevas protuberancias allí donde la madre naturaleza no había dejado sino insuficiencias. Y si no un dineral, un dinerito, pues en este negocio los prospectos de paciente no se caracterizan por su paciencia. Menos aún si de esa codiciada cirugía dependen sus futuros ingresos económicos. Para desgracia de legiones de aspirantes, no hay en el mundo institución financiera que preste su dinero tomando por aval la inminencia de un trasero jugoso, unas tetas rampantes o un perfil de impecable galanura, y es en virtud de esta limitación que gente como Oneal Ron Morris encuentra su ventana de oportunidad.

En ausencia de los conocimientos médicos más elementales, la “doctora” Morris encontró que unas cuantas inyecciones bastaban para hacer de cuerpos esmirriados prodigios curvilíneos, aun si la jeringa contenía materiales de tan dudosa viabilidad clínica como el pegamento para plástico, el sellador de ventanas y un producto llamado SuperCola, disueltos en aceite mineral. Cierto es que la aplicación de las inyecciones dejaba heridas grandes y dolorosas, de manera que Morris resolvía el entuerto aplicando un remedo de pomada milagrosa, conocido en refacionarias y tlapalerías como Fix-a-flat, y a todo esto muy útil para parchar las llantas ponchadas sin tener que ir a la vulcanizadora. Por setecientos dólares —una ganga, de acuerdo a los estándares reinantes— la paciente podía regresar a su casa en la creencia de haber hecho un negociazo. Y luego, nada más llegaban los dolores y el cuerpo comenzaba a deformarse, la “doctora” explicaba a sus víctimas que todo era cuestión de seguir inyectándose, para que la sustancia se asentara y propiciara la recuperación.

2. Territorio merolico

No es fácil esquivar esa publicidad morbosa y a menudo embustera que se vale de contrastar fotografías —donde se ve la pinta del cliente antes y después del tratamiento— para ofrecer así pruebas en teoría fehacientes de su efectividad. Uno se ve imantado hacia el anuncio chusco donde, en el curso de un lapso determinado, el gordo se hizo flaco, el flaco se hizo fuerte, la calva se hizo mata, la fea embelleció, las arrugas se fueron e incluso la más plana se despertó buenísima. Para que ese milagro se nos haga verdad, no es preciso sino hacernos clientes. ¿Y quién no quiere verse mejor de aquí a tres meses, o años, o décadas, cuando bien sabido es que la tendencia corre en sentido opuesto? Como los cirujanos de pacotilla, quienes así pretenden vendernos la belleza ofrecen el paquete por un precio en extremo razonable, y a menudo también nos hacen conscientes de los costos que un tratamiento similar importaría en una clínica de lujo, reforzando de paso esa idea extravagante según la cual los ricos son dichosos derrochando el dinero y no conocen la tacañería.

Uno de los obstáculos fatales en la ruta del pobre hacia la opulencia es la idea que de ésta suele imperar. Pues si el modelo de familia acaudalada parte de los riquillos de pacotilla de los que está repleta la televisión, y el camino hacia ella está pavimentado por los infomerciales, el optimismo que de ahí resulte vivirá condenado a la superstición. ¿Quién, sin embargo, puede restar encanto y magnetismo a las palabras mágicas, como sería el caso de gratis, ahorro y regalo? Antiguamente, los merolicos vivían camellando por plazas y avenidas, donde un flujo verbal incontestable les permitía endilgar a decenas de incautos las dudosas virtudes de un producto increíblemente barato. Hoy, ese mismo truco sirve para engañar a miles o millones a través de un video donde la mercancía va bajando de precio hasta llegar a menos del diez por ciento de su valor propuesto, y encima de eso incluir tantospilones que uno debe sentirse profundamente estúpido si deja ir esa gran oportunidad. “Llame ahora”, aconsejan, acaso porque un rato de reflexión invitaría al incauto a sospechar que el producto prodigio no necesariamente ofrece más ventajas que inyectarse tres tubos de kola-loka en las tepalcuanas.

3. Galanura y baratura

Para quienes “no piensan gastar una fortuna” en un bonito anillo de compromiso, se ofrece todavía en la televisión americana una flamante réplica de la sortija que el príncipe Guillermo puso en el dedo de su hoy esposa, Kate Middleton, al increíble precio de 16 dólares. Ciertamente no son zafiros y diamantes, pero el hecho es que la feliz propietaria podrá decir que la princesa y ella usan el mismo anillo, mientras su novio goza de la prerrogativa de encontrarse más listo que el príncipe, toda vez que se ha ahorrado un dineral tan grande que muy probablemente jamás lo verá junto. La ecuación es, de nuevo, tan simple y fraudulenta como la fórmula de la supernalguina: por el precio de tres míseras hamburguesas, más los correspondientes gastos de envío, toda hija de vecino podrá verse al espejo como legítima princesa.

Quienes alguna vez trabajamos en la redacción de folletos y catálogos en los que se ofrecían productos de belleza a precios ínfimos, sabemos que tenemos ganado el infierno. Desdeñada a menudo por “superflua”, la belleza inducida suele ser tan costosa como las joyas que a menudo la adornan, y con seguridad es más ambicionada. Cómo, explicar, si no, los extremos que alcanzan la oferta y la demanda en estos menesteres. Si unos dan cualquier cosa —nunca mucho, eso sí— por cambiar de apariencia, otros recurrirán a cualquier impostura por ponerse al alcance de ese presupuesto. El resultado es un triste desfile de crédulos deformes, de los que algunos cuantos consiguen un lugar en la página roja mediante un par de fotos encontradas: la flaquita de ayer, el adefesio de hoy, cuyo único pecado consistió en creer que la belleza, presumida como es, podía darse el lujo de abaratarse.