miércoles, octubre 19, 2011

La piel dura (Diario Milenio/Opinión 18/10/11)

¿A qué edad empezamos a ser lo que ya íbamos a ser sin remedio? ¿En qué momento queda establecida la serie de rituales y de convenciones a las que denominamos luego, con algo de sorna y algo de resignación, la personalidad propia? ¿Cuándo es que nos damos cuenta de que ya no hay, por más que lo deseemos o, incluso, lo intentemos, marcha atrás? Me hago con frecuencia estas preguntas a últimas fechas sin saber bien a bien por qué o para qué. Tal vez se deba en parte al asombro que me provoca el constatar lo poco que cambiamos a lo largo de los años. Tal vez el cuestionamiento se relacione a este ver una y otra vez que la mayoría de las decisiones que tomamos en la vida, las tomamos mucho tiempo atrás, cuando poco o nada sabíamos de la relevancia o la consecuencia de cada uno de los hechos o los actos. Cuando me pongo así me dedico a ver cosas raras a través de las ventanas y regreso, sin pensarlo mucho, sin desearlo apenas, a Truffaut. A La piel dura de Truffaut.

Francois Truffaut, uno de los directores más relevantes de la nouvelle vague francesa, inició su larga carrera internacional con Les Quatre Cents Coups/ Los 400 golpes, un homenaje agridulce a los últimos años de una niñez. Pero esa no fue la única vez que el realizador le dedicó tiempo a la infancia. En L’argent de poche (traducida al español con buen tino como La piel dura, aunque su título original haga referencia al cambio que se lleva en los bolsillos), Truffaut exploró las vidas cotidianas de un grupo de niños y niñas a punto de entrar de lleno en la adolescencia, en Thiers, una pequeña ciudad francesa. La falta de sentimentalismo, la ausencia de toda condescendencia en el trato de estas vidas sólo es comparable a la huella que dejan en la memoria. Esta cosa honda. Esta cosa a veces trémula. El bien comportado y con flequillo. La que se aburre mortalmente los domingos. Al que golpean. El del padre inválido. Los que hacen travesuras. El que tartamudea. El que se queda pensativo observando las piernas de la madre del amigo. El que aparece con moretones y no explica nada. A la que no le gustan los plátanos. El que toma de la mano a la chica, por primera vez. El que besa. El que es besado.

“Es pavoroso pensar que los niños están en peligro siempre”, expresa la esposa del profesor Richet, cuando se dan cuenta de que un niño de apenas dos años ha caído, sin aparente lesión alguna, de un noveno piso.

“Eso no es verdad del todo”, asegura él. “Un adulto hubiera muerto del impacto, pero un niño no; los niños son como una roca. Tropiezan por la vida sin quedar lastimados. Ellos se encuentran en estado de gracia y eso les permite tener la piel dura. Son mucho más resistentes que nosotros”.

Recuerdo estos diálogos y no puedo dejar de dudar y de sonreír a un tiempo. Yo no sé si esto es, en verdad, cierto. Pero lo que sí sé es que me gustaría mucho que lo fuera. El estado de gracia. Pasar por la vida sin ser lastimados. Ser como una roca. Vi esta película por primera vez acompañada por amigos que no hacía tanto habían abandonado la niñez y se disponían entonces, con más pena que gloria, con una especie de nostalgia anticipada por todo lo que perdíamos ya sin siquiera saberlo, a dejar atrás la adolescencia. Se acababan justo en esos días nuestros largos lánguidos días de errancia universitaria y poco sabíamos de lo que haríamos después. Pocos tenían trabajo. Ninguno había terminado su tesis. Las relaciones amorosas se aproximaban y se alejaban con el embate de ciertas olas. Vagábamos por la ciudad como almas en pena o jaurías desamparadas observando con una obsesión mal disimulada las constelaciones en los cielos nocturnos o las nubes en los cielos diurnos. Veíamos señales en todos lados. Nos asustaba el futuro. Por eso y por la manía del ocio, llegamos a la recóndita sala donde se ofrecía esa película que se había estrenado en 1976. No teníamos nada qué hacer, en efecto, y todavía no aprendíamos a no estar juntos. Por eso y no por otra cosa la vimos con los ojos brillantes del que sabe y que, por saber que sabe, está listo ya para despedirse. De umbral a umbral, del fin de la niñez al fin de la adolescencia, Truffaut nos ofreció el pasadizo por el que, al menos por unos momentos, existía la posibilidad del alivio: resistiríamos el trance, no nos pasaría nada, éramos más fuertes de lo que pensábamos. ¿No habíamos visto que un niño caía de un noveno piso y, los huesos demasiado blandos todavía como para quebrarse, salía inerme, casi sin notar realmente por lo que había pasado? Sí, lo habíamos visto, y esa imagen agridulce, inverosímil, candorosa, nos había dado alas.

No sé a ciencia cierta si nos volvimos a juntar todos después de ver esta película o si ése fue el punto verdadero de la separación. Recuerdo que esa noche hablamos interminablemente sobre lo que nos deparaba, como se dice, el destino. Hacíamos apuestas mientras el humo de mil cigarrillos envolvía las cabezas como halos. Las desmesuradas bocas emitían desmesurados vocablos. Como era nuestra costumbre, nos arrebatábamos la palabra para señalar este o aquel detalle, aquella toma, esta fotografía. Interrumpir siempre fue una forma de producir sentido. Los bilabiales labios. Cada uno encontró a su cada cual en La piel dura. Cada uno rememoró a su manera la manera de su primera vez con el horror o el amor o la violencia o el dinero o el aburrimiento o la amistad. Cada uno volvió a ser, aunque fuera por un momento, el niño que estaba destinado a no dejar de ser.

martes, octubre 18, 2011

Henry James y Sergio Pitol: bello binomio literario-(Sexenio-Puebla 11/10/11)

Dicen que el lector ideal es aquel capaz de enfrentarse a los textos en su lengua original, pues eso aseguraría que se valore adecuadamente a la novela, cuento o ensayo que se esté leyendo. Sin embargo, cuando no se tiene dicha habilidad, se antoja como una tarea imposible. Para ese tipo de lectores –entre los que me encuentro- existen las traducciones.

En el mundo editorial varias son los sellos que compiten por colocar en el mercado su traducción, su mejor versión del texto literario. Se tiene conocimiento que Anagrama, Alianza, Cátedra y Siruela se encuentran entre los sellos editoriales con buenas traducciones y algunas de ellas contienen comentarios o estudios previos muy bien documentados. Lastimosamente, en el mundo editorial, ya son pocas las editoriales que publican traducciones realizadas por escritores connotados, en parte porque es una tradición que ya se perdió; la mayoría de esas traducciones son hechas a conciencia y con una riqueza literaria increíble, pues conocen el proceso que conlleva escribir un texto literario.

Entre esos traductores, que son escritores, se encuentra Sergio Pitol, por mucho uno de los mejores que ha tenido México e Hispanoamérica. Las traducciones escritas por Pitol sucedieron en la época en que viajaba como Embajador. Mientras vivía en determinado país, además de leer su literatura, se empapaba de su vida cotidiana y cultural; logrando así tener todas las herramientas necesarias para lograr traducciones apegadas al texto original, además de comprensibles al modo de pensar y leer del mundo hispano.

La Universidad Veracruzana, desde hace tres años, pública dentro de su sello la Colección Sergio Pitol Traductor –coordinada por Rodolfo Mendoza Rosendo-, la cual tiene por objetivo reunir todos los textos que Pitol llegó a traducir. Washington Square de Henry James es el título número 16. Una novela que ya está considerada dentro de los “clásicos de la literatura universal”. La trama de dicha novela es muy sencilla: una rica heredera está siendo acosada por un caza fortunas. Un tema –quizá- muy trillado, empero la excelente construcción psicológica de los personajes, el exquisito lenguaje utilizado y el retrato detallado del comportar de los protagonistas de la novela acorde a una sociedad muy conservadora, le dan mucho valor a esta novela que entretiene y atrapa. Lograr que todo esto se note en la traducción es un logro de la pluma de Sergio Pitol, pues realmente deja hablar tanto a la novela, como al autor.

Preciso recordar que Henry James es uno de los escritores que más ha leído y estudiado Sergio Pitol, dándole un plus a esta bella traducción.

Una novela que no deben dejar pasar.

Mira mi manuscrito

Quisiera ser canalla

Nunca he sabido bien qué hacer en estos casos. Es una de esas situaciones incómodas en las que sólo entiendo que voy a arrepentirme de todo lo que diga, igual que esos momentos embarazosos en los que se intercambian cumplidos sin sustancia y no se sabe de qué más hablar. Cierto es que además la situación, para ser de verdad incómoda, debe tomarlo a uno por sorpresa, pero es también verdad que hay ocasiones para las que se está siempre desprevenido, no importa cuántas veces se repitan, y ésta es de esas. No descarto, inclusive, que las presentes líneas sean un puro intento de racionalizar esta incomodidad y con alguna suerte dar con los argumentos para suprimirla. Para qué escribe uno, sino para lidiar con sus demonios. Y ahí empieza el problema: cada vez que se acerca un entusiasta y habla del tema de su manuscrito, no es a él a quien veo sino a mí mismo, varios años atrás, persiguiendo las opiniones ajenas como si fueran piedras preciosas, creyendo porque quiero -es decir, porque el miedo lo aconseja- que una palabra suya bastará para darme la fe que tanta falta me hace para seguir.

Ahora no me es difícil reconocerlos. Algunos, los intrépidos, ya traen el manuscrito bajo el brazo, cuando no bien oculto debajo de la ropa. Otros nada más llegan con la pregunta lista. ¿Puedo leer un poco de lo suyo, si me lo hacen llegar? Son unas cuantas páginas, no me tomará más de diez minutos. Si me pongo en su sitio, cosa que es facilísima porque como ya he dicho me miro en un espejo retrospectivo, calculo que es preciso ser un canalla para decir que no; pero si me devuelvo a mis zapatos y veo la cosa tal como creo que es, entiendo que hace falta ser un irresponsable para decir que sí. Lo peor es que en algunos territorios, como es el caso del quehacer artístico, la irresponsabilidad suele hacer más estragos que la canallada. Aunque eso sí: no duele, y por eso uno a veces la prefiere.

Esto no es un club social

Existen profesiones de por sí solitarias. No espera el velador hacer muchos amigos en horas de trabajo, ni pretende el forense animarse charlando con sus pacientes. Francamente sería fabuloso poder chismear y echar relajo con los compañeros al tiempo que se escribe una novela, pero en este quehacer no hay compañeros. Se está solo con él, desde el principio, a lo largo de tantos días y noches que la experiencia tórnase intransmisible. Sabe uno demasiado sobre lo que está haciendo o se propone hacer, aun si la sensación apunta al lado opuesto porque aún no se asimila lo esencial, o no se está consciente de lo asimilado y es necesario continuar escarbando. En todo caso, nadie más lo entiende, pues para ello sería necesario compartir no unas líneas ni unas páginas, sino el proyecto entero, incluyendo las dudas más profundas y las certezas menos aparentes. Si ello fuera posible —abrirse y compartirse con todo y obsesiones y temores— no haría falta escribir más novelas.

Alguna vez, saliendo de la preparatoria, un amigo cercano me ofreció presentarme con un novelista para darle a leer ya no unas páginas, sino el texto completo de la novela que según yo acababa de terminar. Una idea que me llenó de entusiasmo, pues había pasado tantas noches en vela dudando entre la fe y el desconsuelo que la oportunidad de oír una opinión calificada parecía la puerta misma del sosiego. “La leeré, por supuesto, con mucha atención”, ofreció el escritor con una sonrisa que en lugar de sosiego me provocó euforia. Durante los pocos días que el efecto duró, anduve por la vida flotando en una nube de autoconfianza extrema; luego, al paso de semanas y meses sin recibir noticias de la lectura prometida, me fue invadiendo en lo tocante al tema de la novela una suerte de ánimo crepuscular. ¿Sería que la leyó y no le gustó? ¿Le daría vergüenza decirme la verdad? ¿Era aquella verdad tan espantosa? ¿Y qué tal si jamás la había leído, o si empezó y ya no siguió adelante? ¿El problema era él (que estaría ocupado en otras cosas y no tendría tiempo para mí) o mi novela (que tal vez no servía, y por tanto tampoco servía yo)?

La falsa línea punteada

No siempre busca uno lo que más le hace falta. ¿Para qué diablos quiere un escritor armarse de sosiego, y todavía peor, de extrema autoconfianza, dones tal vez valiosos para jugar al ajedrez o al ping-pong, pero estorbos seguros a la hora de escribir? ¿Y existe acaso fardo más engorroso para el quehacer artístico que la docta opinión de Mengano Perengánez? ¿Por qué pregunta uno, finalmente? ¿Porque quiere saber si haría mejor en dedicarse a otra cosa? En tal caso, no hay ni que preguntar. Si uno puede vivir sin escribir, debe intentarlo por el bien de todos; y si no, ¿para qué andar preguntando?

“¿No les parece lindo?”, pregunta la señora cuando exhibe a su niño recién nacido: pobre de aquél que opine que está feo, así el chamaco sea un esperpentito. En los años en que iba y venía cargando el manuscrito de mi horrible novela como un salvoconducto hacia la vida real, temía que una sola opinión negativa daría al traste con todo mi futuro, y al revés: un elogio en su punto me llenaría de aliento para continuar. Afortunadamente, lo que vino fue una larga cadena de rechazos, aunque ninguno lo bastante corpulento para evitar que siguiera adelante, y hasta al contrario: entre más decisivo parecía el revés, menos me convencía de recular. Imposible pagarle a aquel novelista el inmenso favor de tirarme a loco cuando faltaban tantos golpes por encajar. Pues no son los elogios, sino los golpes bajos lo que dota de aliento al narrador. Para contar historias suele uno valerse de los obstáculos y eludir como a un virus la tentación de la línea punteada. ¿Qué me parece, al fin, tu manuscrito? Sin haberlo leído, creo que es espantoso, pero albergo la secreta esperanza de que me contradigas y vayas adelante como si nada porque al fin quién soy yo para opinar sobre lo que no sé. ¿Un último consejo? Ráscate con tus uñas y mándame al carajo: es lo menos que puedes hacer por tus lectores.

martes, octubre 11, 2011

Como quien se guarece (Diario Milenio/Opinión 11/10/11)

El 14 de septiembre de 2011 despertamos de nueva cuenta con la imagen de dos cuerpos colgando de un puente. Un hombre; una mujer. Él, atado de las manos. Ella, atada de muñecas y tobillos. Justo como en otras tantas ocasiones, y como también lo notaron con cierto pudor en las notas del periódico, los cuerpos mostraban huellas de tortura. Del abdomen de la mujer, abierto en tres puntos distintos, brotaban las entrañas.

Es difícil, por supuesto, escribir de estas cosas. Es más, acciones como la descrita anteriormente son llevadas a cabo, de hecho, para que no se pueda hablar de ellas. Su fin último es causar la parálisis básica del horror —esa ofensa que se ejerce no sólo contra la vida humana sino también, acaso sobre todo, contra la condición humana.

El terror, nos recuerda Adriana Caverero en Horrorismo. Naming Contemporary Violence, un libro indispensable para pensar, si entender fuera imposible, la violencia contemporánea, surge cuando el cuerpo tiembla y huye para conservar su vida. El aterrorizado teme y, por encontrarse dentro de la esfera del miedo, busca una salida. El horror, cuyas raíces latinas nos remiten al verbo “horreo”, está más allá del miedo que con tanta frecuencia alerta contra el peligro o conmina, por lo mismo, a trascenderlo. Frente a la cabeza de Medusa, que es todo cuerpo despedazado hasta más allá del reconocimiento humano, el que se horroriza separa los labios e, incapaz de pronunciar palabra alguna, incapaz de articular lingüísticamente la desarticulación que llena la mirada, muerde, así, el aire. El horror vive de y en la repugnancia, asegura Caverero. Arrebatados de su agencia a través del estupor y la inmovilidad, engarrotados en un juego de las estatuas de marfil perpetuo, los horrorizados miran y, aún mirando fijamente o precisamente por mirar fijamente, no pueden hacer nada. Más que vulnerables —una condición que compartimos todos como parte de la condición humana— desarmados. Más que frágiles, inermes. Por eso el horror es, sobre todo, un espectáculo —el espectáculo más extremo del poder.

Lo que los mexicanos de inicios del siglo XXI hemos sido obligados a ver —ya en las calles, en los puentes peatonales, en la televisión o en los periódicos— es, sin duda, uno de los espectáculos más escalofriantes del horrorismo contemporáneo. Los cuerpos abiertos en canal, vueltos pedazos irreconocibles sobre las calles. Los cuerpos extraídos en estado de putrefacción de cientos y cientos de fosas. Los cuerpos arrojados desde camionetas de redilas sobre avenidas transitadas. Los cuerpos chamuscados en piras enormes. Los cuerpos sin manos o sin orejas o sin narices. Los cuerpos invisibles, incapaces ya de reclamar sus maletas en las estaciones de autobuses a donde sí llegan sus pertenencias. Los cuerpos perseguidos; los cuerpos ya sin aire; los cuerpos sin voz. Esto es el horror, en efecto. Esto es la versión actual de un tipo de horror moderno que igual ha enseñado su cara más atroz en Armenia, en Auschwitz, en Kosovo.

En el caso de México de fines del XIX e inicios del XXI, el horror va íntimamente ligado al retroceso del Estado en materias de bienestar y protección social y, consecuentemente, al surgimiento de un feroz grupo de empresarios del capitalismo global, a los que se les denomina de manera genérica como el Narco. Se trata, pues, del horror de un Estado que, en pleno retroceso ante los intereses económicos de la globalización, no ha hecho más que repetir una y otra vez aquél famoso gesto de un traidor: lavarse las manos. Así es, desde la época de las reformas salinistas de 1989 y siempre violentando acuerdos centrales que la sociedad mexicana había alcanzado luego de más de una década de lucha, en la así llamada era de la revolución mexicana, el Estado neoliberal mexicano le ha dado la espalda a sus compromisos y sus responsabilidades, rindiéndose ante la lógica implacable, la lógica literalmente letal, de la ganancia. A ese Estado, que rescinde su relación con el cuidado del cuerpo de sus constituyentes, le ha llamado en estos ensayos un Estado sin entrañas.

El Estado es, sin embargo, un verbo y no un sustantivo; el Estado, como el capital, es una relación. Cuando, de manera unilateral, el Estado mexicano, administrado por una enérgica generación de tecnócratas convencida de la primacía de la ganancia sobre la vida, se sustrajo de la relación de protección y cuidado para y con los cuerpos de sus ciudadanos, entonces se produjo la intemperie. Justo ahí, en el escenario de esa intemperie atroz, es que los cuerpos de sus ciudadanos, además de vulnerables —que es parte de una condición humana—, se volvieron inermes —que es una circunstancia generada artificialmente por las formas de violencia unilateral producida por la tortura. En su indiferencia y descuido, en su noción instrumental de lo político e incluso de lo público, el Estado sin entrañas produjo así el cuerpo desentrañado: esos pedazos de torsos, esas piernas y esos pies, ese interior que se vuelve exterior, colgando.

En un lúcido ensayo sobre lo que está mal en el mundo de hoy, el humanista Tony Judt equiparó el nivel de agresión y descuido que sufren los ciudadanos en sociedades donde el Estado es totalitario con las sociedades, donde la carencia de Estado invita a la impunidad y la violencia. Este último es, sin duda, el caso de México.

Mientras los narcotraficantes consiguen a través de la violencia unilateral y espectacular de la tortura, lo que las maquilas y otras cadenas de trasnacionales intentaron a lo largo del último tercio del siglo XX, esto es, reducir al cuerpo a su condición más básica como productor de plusvalía, los mexicanos nos hemos vistos forzados a ser testigos de los hechos. Boquiabiertos, con los vellos erizados sobre la piel de gallina, fríos como estatuas, paralizados de hecho, muchos no hemos hecho más que lo que se hace frente al horror: abrir la boca y morder el aire.

Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del dolor.

De ahí la importancia de dolerse. De la necesidad política de decir tú me dueles y de recorrer mi historia contigo, que eres mi país, desde la perspectiva única, aunque generalizada, de los que nos dolemos. De ahí la urgencia estética de decir, en el más básico y también en el más desencajado de los lenguajes, esto me duele. Porque Edmond Jabés tenía razón cuando criticaba el dictum de Adorno: no se trata de que después del horror no debamos o no podamos hacer poesía. Se trata de que, mientras somos testigos integrales del horror, hagamos poesía de otra manera.

Además de dolerme, yo no sé qué hacer. Todavía no sé con quién unirme, dónde verme, sobre qué hombro llorar. Sé que el dolor encuentra con frecuencia sus propios aliados —y una larga tradición religiosa, alejada de las instituciones más rancias del catolicismo conservador, atestigua en nuestra historia algunos de los usos más políticamente efectivos del sufrimiento social. Recuérdese, entre otros casos, el de nuestro movimiento independentista, al menos el primero, el que todavía fue capaz de aglutinar el apoyo popular. Recuérdese, entre tantos otros ejemplos, el de Tomochic y la Santa Niña de Cabora. Recuérdense, en fin, tantas cosas. Lo único cierto es que, luego de la parálisis de mi primer contacto con el horror, opto por la palabra. Quiero, de hecho, dolerme. Quiero pensar con el dolor, abrazarlo muy dentro, regresarlo al corazón palpitante con el que todavía tiembla este país. Frente a la cabeza de Medusa, justo ahí porque es ahí donde el riesgo de convertirse en piedra es más verdadero, justo ahí decir: aquí, tú, nosotros, nos dolemos.

lunes, octubre 10, 2011

La vida después de Jobs (Diario Milenio/Opinión 10/10/11)

Admirado Steve,

Para empezar, me temo estar un poco tarde con la presente. A estas alturas deben de haberse publicado miles de toneladas de papel en torno a cuanto usted hizo de bueno sobre la Tierra. Lejos estoy, por tanto, de pretender la originalidad, y hasta por el contrario: permítame que sea lo bastante ordinario para dejar de lado sus numerosos méritos profesionales y centrarme en aquello que nos une. Si usted ha sido en vida la clase de persona que sospecho, preferirá tal vez que le evite el bochorno de la hagiografía y me concrete a hablar de su obra más concreta. Es decir, sus productos. Quiero que la presente quepa dentro de ese buzón de quejas y comentarios al que la gente suele acudir presurosa de hacer notar su desacuerdo, decepción o furibundia, cuando no a descargar sus frustraciones mediante un bombardeo indiscriminado de toda estofa de respingos e invectivas.

Escribo estas palabras en un cuarto de hotel, con el auxilio de una MacBook Pro de 2007 y un teclado inalámbrico de la misma marca. A la computadora se halla enchufado un iPhone 4 en proceso de carga y allá lejos, conectado al aparato de sonido, mi iPad hace sonar un álbum de Chico Buarque. Cierto, podría viajar sin la computadora, pero pasa con ella lo que con la tableta y el teléfono: por más que sus funciones parezcan redundantes (en extremo rigor, me bastarían teléfono y teclado para hacerlo todo), cada uno de estos sofisticados y sin embargo simples aparatos se ha ido entrometiendo en mis diarios quehaceres hasta volverse una suerte de prótesis. Desde que se incrustaron en mi vida, es raro el día en que prescindo de ellos, y por cierto más rara todavía ha sido la ocasión de quejarme. Hasta hoy, los tres se entienden como si fueran uno y sólo fallan muy de vez en cuando, en cuyo caso lo común es que baste con apagarlos y encenderlos para que vuelvan prontamente a lo suyo y me dejen seguir viviendo en paz.

Hago memoria y aún me doy de topes por todas esas noches en que me fui a dormir de madrugada, derrotado por la diaria amargura de la tecnología disfuncional. Unas veces vagando por la red en busca de quiméricos “controladores” que según los avisos del sistema tenía que instalar, otras pasando por un parto de chayotes para hacer que el sonido volviera a funcionar, y otras muchas maldiciendo mi suerte porque al fondo de una pantalla azul se me informaba que el inepto armatoste recién había entrado en algo así como un colapso nervioso, solamente en escasas ocasiones conseguí irme a la cama henchido de ese orgullo ramplón que experimentan quienes han conseguido resolver el problema y es como si acabaran de matar un tigre a cachetadas.

De la Televideo barata y primitiva a la Compaq lustrosa y cuchipanda, de la Olivetti linda y tortuguesca a la Vaio arrogante y confusa, cada una de mis computadoras precedentes me acostumbró a sus límites, tanto que la zozobra tecnológica se hizo parte del pan de cada día. Ninguna de ellas, sin embargo, logró habituarse a la neurosis del usuario pues siempre que la prisa me llevaba a pedirles que hicieran varias cosas al mismo tiempo, el resultado era un nuevo colapso, y por ende un retraso contraproducente pues había que esperar a que el aparatejo resucitara una vez apagado, o intentarlo uno mismo mediante el terrorífico “modo a prueba de errores”. De sólo recordarlo, me provoco una mezcla de piedad y grima. ¿Por qué no cambié antes de sistema? Llámelo orgullo hueco, pánico atávico, ignorancia supina o pereza mental, lo cierto es que sufrí mientras me dio la gana.

Imposible olvidar el día que fui a embarcarme con la MacBook. Y más que el día, las semanas que siguieron. Tras unas cuantos breves desencuentros, casi todos resueltos merced al puro sentido común, el artilugio me instalaba en un mundo tan sensato que ya sólo por eso me parecía prodigioso. ¿O acaso no es prodigio que exista una ventana de la realidad donde todas las cosas funcionan como deben? ¿Para qué existe el arte, finalmente, sino para dar vida a ese espacio ficticio donde la realidad se exhibe corregida y aumentada? Podría ir adelante con estas impresiones, pero seguramente acabaría por emular a sus apóstoles y evangelistas y hoy no quisiera ser más que el consumidor que narra su experiencia al fabricante.

Si me diera por ponerme exigente, le diría que el quemador de dvds podría ser de mejor calidad —van dos veces que truena, la segunda fuera de garantía—, pero como le he dicho soy un consumidor que ha sufrido maltrato continuado y sé sobrevivir aun a pesar de achaques, cojeras y carencias, de los cuales usted y sus productos me han provisto en muy pocas ocasiones. Si he de abundar un poco, debo también confiarle que hay días en que ustedes consiguen asustarme, como cuando me queda la impresión de que van muy deprisa y desdeñan al pasado inmediato con una ligereza que parece arrogante... hasta que vuelve uno a morder la manzana, se pone al día y el idilio recobra su curso.

Quiero decir, Steve, que en cinco años no he hecho sino comprarle todo cuanto quiso venderme, y tan lejos estoy de haberme arrepentido que en caso de perder esos juguetes me vería obligado a reemplazarlos. Me he acostumbrado a funcionar con ellos, y a delegar en ellos las cuestiones cotidianas que comúnmente tienden a complicarse para quienes vivimos en la luna. A diferencia mía, pueden hacer más de una cosa al mismo tiempo, y de paso pensar en no sé cuantas otras sin por ello aturdirse ni agobiarme. Todo lo cual, después de estos cincuenta y tantos meses, ha terminado por hacerme inmune a la publicidad de su competencia. En lo que a mí respecta, es como si vendieran tractores.

Son legión quienes hablan ahora de la forma en que usted transformó al mundo, por eso he preferido relatarle cómo fue que cambió mi percepción del mundo. En unos pocos años he pasado, al igual que millones clientes suyos, de usuario satisfecho a consumidor agradecido y poco menos que incondicional. No sé si venga al caso hablar de una revolución planetaria, pero justo es decir que en su caso los medios justifican enteramente al fin. Y eso es tanto como volver a inventar la palabrarevolución. Tache, pues, la palabra “admirado” al inicio de esta carta y escriba en su lugar “querido”, dondequiera que esté.

miércoles, octubre 05, 2011

Antes de irnos (Diario Milenio/Opinión 04/10/11)

Se trata de las puertas de un elevador. Si alguien mirara esas puertas de frente, tendría que darle la espalda al ventanal por donde entra, y a cuyo ras se detiene al mismo tiempo, el cielo más gris. Entre las puertas del elevador y el ventanal está el piso de madera, las sillas, las mesas, los cuadros, un piano, las escaleras. Tantos reflejos. Entre las puertas del elevador y el ventanal está la mujer. Sólo alguien que viniera dentro del elevador podría ver su rostro y, por consiguiente, lo que vería alguien asomándose desde la terraza del ventanal del piso 19 sería sólo su abrigo, el cabello, la parte posterior de los pantalones y los zapatos. Su espalda.

El Espía de la Terraza también podría ver esto: la mujer ha presionado el botón del elevador y espera. Sería algo normal, algo que no merecería ser visto, a no ser por la manera insistente, acaso nerviosa, en que la mujer mueve la cabeza de izquierda a derecha. Intermitentemente. El Espía, que hasta ese momento sólo se ha dedicado a observar el ir y venir de las olas, el ir y venir de algunas gaviotas, sabe que la mujer se pregunta si alguien la ve, si está siendo vista. Cuando se convence de que no es así, y sólo hasta entonces, cuando la luz en el tablero del elevador anuncia que apenas está en el piso 7, la mujer aproxima la cabeza a la pared. El Espía no podría atestiguar el movimiento con exactitud, no tanto porque no puede verlo bien, sino porque no lo ha imaginado antes. En sentido estricto, en realidad, no lo puede imaginar con antelación.

Lo que alcanza a distinguir no tiene mucho sentido: por los movimientos del cuello, por la manera en que la mujer coloca la mano sobre el dintel de la puerta del elevador, todo parece indicar que la mujer está aproximando la cara a la pared. La frente. La nariz. La boca. La lengua. Eso es: aún desde el ventanal tendría que ser posible ver cómo la lengua de la mujer se pega por segundos apenas contra la pared y, luego, cómo se retira para ver la mancha que ha depositado ahí. Un mapa. El Espía tendría que sonreír, las manos sobre el ventanal, incrédulo. La parálisis es algo estelar. La mujer, mientras tanto, habría movido la cabeza un poco a la derecha, haciendo posible lo que hace esta vez: la cara se acerca a la pared, hacia el ángulo que se llama el dintel, y ahora abre la boca de nueva cuenta. Muerde. Sí, eso es lo que hace. Hay una mujer que, mientras llega el elevador, mientras el elevador se detiene un momento en el piso 13, muerde el yeso del dintel. 

Si alguien viniera dentro del elevador podría ver el rostro de la mujer justo al terminar: la lengua buscando algo dentro de la boca, los ojos inquietos, las manos dentro de los bolsillos. ¿Qué?, le preguntaría ella, extrañada y a la defensiva. ¿Usted nunca quiso saber a qué sabía? ¿A usted nunca le interesó saber por qué la pared, esa pared y no otra, despedía un aroma tan punzantemente terreno, tan escandalosamente material? ¿Nunca un olor le obligó a arrojar la mano hacia un objeto? ¿Nunca un aroma lo hizo abrir la boca y aproximarse y tocar? Pero nadie viene en el elevador y, ya dentro, observando su rostro en los espejos que tapizan las paredes del cubo, limpiándose los labios con el dorso de la mano, la mujer recuerda un poema que no ha leído todavía:

[había una pared de adobe/ sin revestimiento donde se apoyaba mi cama./ En la madrugada, mi nariz contra la pared/ aspiraba su olor profundo, su tierra/ traída de la encañada donde se entretejían,/ como en un arabesco, raíces muertas de pasto.//

A mis espaldas mi familia dormía hacinada/ como una tribu acampada en un lugar ruinoso.// Entonces yo ponía mi lengua en la pared/ para dejar una mancha húmeda antes de irnos.]

El Espía de la Terraza tendría que darle la espalda a todo ello, a la visión de la mujer que muerde una pared blanca y tendría, ahora, después de eso, tendría que ver el mar. Las manos sobre el barandal, el viento despeinando sus cabellos. Al cabo de un rato lo habría, sin embargo, decidido. Deslizaría el ventanal hacia la derecha, abriéndolo. Entraría en el departamento y, pisando con todo cuidado para no hacer rechinar la madera, se dirigiría hacia el elevador. En lugar de presionar el botón, colocaría sus dedos justo sobre los lugares que habrían sido tocados por los labios de la mujer, su lengua, sus dientes.

Es obvio que no lo puede creer. Es obvio que Santo Tomás necesita constatar.

Cuando finalmente reconoce la pequeña hendedura bajo sus yemas desaparece el condicional y sabe, lo sabe de cierto, que vio lo que vio y como lo vio. La verdad, a veces, es sólo un pequeño rasguño sobre un pedazo de yeso. Nadie, sino el cielo, nada sino su grisura, puede ver ahora cómo cierra los ojos y cómo inclina la nuca hacia atrás y cómo se estiran sus labios. Nadie sino el cielo puede oír el leve, el levísimo eco de algo que, desde el futuro, desde aquí, parece el eco de una carcajada. Sólo el cielo, claro, y Watanabe, José Watanabe, ese hombrecillo ya muy viejo que, alguna vez, también supo de lenguas, de manchas, de paredes.

martes, octubre 04, 2011

Pobre México, tan lejos de Porfirio Díaz, tan cerca de Calderón-(Sexenio-Puebla 27/09/11)

Pobre Patria Mía es la cuarta novela histórica que pública Pedro Ángel Palou. La novela más conmovedora que he leído a lo largo de toda su obra.

Hablar de Porfirio Díaz no es sencillo, pues se trata de un personaje que históricamente ha sido vilipendiado por muchos historiadores. El discurso oficial nos entrega a un Porfirio Díaz dictador, cruento y lo culpa de ser uno de los Presidentes más infames de la Historia Nacional, casi al nivel de Gustavo Díaz Ordaz o Echeverría. La tarea de Palou no era sencilla, tenía que alejarse de un texto que cayera en el panfletismo ya por su positivismo o negativismo excesivo.

Rescatar a un héroe (porque lo es y lo fue) del olvido no era nada sencillo.

En Pobre Patria Mía el lector asiste un texto donde Porfirio Díaz, el hijo de Petrona, cuenta desde el exilio toda su vida. Un repaso importante por los hechos que lo marcaron y lo definieron. Una narración dictada, quizá, desde el más allá al escribiente de estas sus últimas memorias, porque no sólo se presencian sus reflexiones, también se sufren sus historias inundadas de soledad, de esperanza y de muerte.

Pedro Ángel Palou no inventa a un personaje, sirve a Porfi, Don Porfi para completar las memorias que ya no tuvo tiempo de escribir, gracias a Palou conocemos las conversaciones que tuvo con Madero o Juárez antes de morir, ya que lo visitaban para saber si se había arrepentido de todo lo realizadó.

Pobre Patria Mía es la novela que hace justicia a un personaje que muere en exilio y permanece en el olvido. A muchos –tal cual lo reclama Don Porfirio-, se les olvido que gracias a él Juárez entró triunfante a México, que el ganó la Batalla de Puebla, el Sitio de Puebla y que trajó el progreso y el orden a un país que estaba abandonado y se había forjadó en medio de las guerras. Tan sólo quiso mantener la paz y evitar una intervención ya francesa, ya inglesa y que se reconociera a México como un país sólido.

Porfirio Díaz es un ser que tuvo muchos errores en su gobierno, pero también gozo de otro buen número de aciertos; que ahora han sido olvidados, porque es más fácil juzgar y recordar lo malo que lo bueno.

Pobre Patria Mía, es la novela que viene a recordar al ser humano que quisó mucho México. A veces el amor hace que uno se ciegue y cometa muchas faltas en pro de la conservación del mismo. Y quién no haya cometido faltas en el enamoramiento seguramente es una máquina y no un ser humano.

lunes, octubre 03, 2011

Capulina de papel (Diario Milenio/Opinión 03/10/11)

Le llaman Capulinita


No sé qué edad tendría cuando perdí interés por las películas de Capulina. Diez u once años, tal vez. El tiempo en que uno empieza a avergonzarse de ser niño, si cada día lo es menos y la curiosidad se le convierte en morbo porque ya se sospecha que el humorismo blanco no pica igual que el chiste carmesí. Pero he aquí que el hombre del sombrero agujerado me había hecho reír con tantas ganas durante tanto tiempo que encima de eso me gustaba leer sus aventuras. Si por angas o mangas me perdía el programa de televisión, no podía pasar eso con la historieta que mi madre rescataba del puesto de periódicos el mero día que salía a la venta. No era la misma cosa, y hasta diría que resultaban harto diferentes, pero al cabo partían del mismo personaje. Al tiempo, sin embargo, que la pista del Capulina real se evaporaba en medio de mi pudor prepúber, nada me detenía para seguir leyendo la historieta, y de hecho coleccionándola. Si algo lamento ahora es no saber adónde fueron a dar aquellos ejemplares encuadernados.

Aventuras de Capulina contaba la historia de un oficinista barrigón, miserable y enamoradizo, acosado por cobradores incansables, perseguido a escobazos por la portera —doña Pachita, todos tenemos una— y por si fuera poco tiranizado a manos del señor Quiñones: un patrón irascible, majadero y hocicón que acostumbra correrlo, o simplemente echarlo de su oficina, de un patadón bien puesto en el trasero. Torpe, salado y algo pintoresco, el Capulina de la historieta disfruta de infinitas libertades, como la de expresarse en una suerte de español mexicano y vecindero que lo emparenta con Borola Tacuche de Burrón —algo más descocada pero no menos prángana— y le permite hacerse con una picardía cuyo puro candor es un deleite aparte. Con los dibujos de Héctor Macedo y las palabras de Ángel Morales, Aventuras de Capulina se las arreglaría no sólo para trascender los años infantiles de sus lectores, como las épocas que fueron y vinieron. A la fecha, no soy capaz de dar con unCapulinita —con los años, el cuento se encogió— sin devorarlo de principio a fin.

Tufo de raspabuches

“Viejo Dientes de Tiburón”, llamaba el Capulina de papel al patrón pateador, y acaso lo aguantaba sólo porque en aquella oficina menudeaban las guapas chamaconas a las que correteaba el día entero, generalmente con muy poca suerte porque a ese personaje solía lloverle siempre sobre mojado y tal era su más grande atractivo. Cliente ocasional de la hechicera tuerta Hermelinda y su colega, el siempre repelente Aniceto Verduzco y Platanares —estrellas por su parte de Brujerías (luegoHermelinda Linda) y Burrerías (luego Aventuras de Aniceto)—, Capulina solía recibir la visita de un familiar taxista, que al poco tiempo tuvo su propia historieta: El Tío Porfirio, un bigotón canoso, mañoso y dicharachero que juega a la rayuela y se administra largos tragos de neutle y raspabuches en el taller de su amigazo el Tuercas, cuya cara jamás conoceremos porque está siempre negra de grasa.

El día que mi madre se tomó un tiempo para hojear El tío Porfirio, la censura llegó a mi colección. “¡Cómo quema el gañote!”, celebraban el Tuercas y su secuaz del taxi, los dos echando lumbre por la boca merced a la bravura del chínguere recién ingerido, cuando aquella historieta abandonó mis manos camino a la basura. “Sólo eso nos faltaba, que yo te esté comprando los instructivos para que acabes de hacerte pelado”, sentenció mi mamá tras leerme la lista de historietas prohibidas a partir de ese día. Hermelinda, Aniceto, Chanoc, el Tío Porfirio, Pavesa y Luciferino, entre otros personajes fundamentales, quedaron más allá de las leyes hogareñas ya fuera porque en unos se hablaba un español escasamente lustroso o en otros menudeaban esas muñecas nalgonas y tetonas con las que mis cuentitos del Pato Donald no podían convivir. De los cómics locales, sólo tres se salvaron de la caza de brujas: Memín Pinguín, Los Supersabios y Aventuras de Capulina, esta última menos por el contenido que por el nombre del personaje, si buen cuidado tuve de callarme que el Capulina de la historieta era pariente próximo del borrachales ése de Porfirio.

El cuero de Capuleto


Si no recuerdo mal, el infausto señor Quiñones se movió de la escena poco antes de la llegada del abuelo Capuleto, probablemente padre del tío Porfirio pero sin duda menos liberal, pues su especialidad es arrear al sobrino a toda hora, bajo amenaza de ponerlo “morado a cinturonazos” ante el mínimo indicio de desobediencia. Capuleto es tramposo, abusivo, controlador, mujeriego, enérgico y gorrón, según me entero ya no cada semana, sino de cuando en cuando porque los años niños ya se acabaron y hace tiempo que no compro historietas, con excepción del Capulinita, y de pronto un Mini Hermelinda Linda, en honor de los gustos proscritos. ¿Cómo y cuándo pasó que Capuleto y Capulina se hicieron ricos? Lo olvidé por completo, si es que llegué a leer el episodio, pero recuerdo que estaba en la prepa y a las pocas semanas ninguno de nosotros ignoraba que los dos personajes se habían mudado a una enorme mansión, aunque inclusive allí persistía el abuelo en la pedagogía de los cinturonazos.

Después de tantos años y reediciones, ya nunca sé en qué parte de la historia van, pero ni me lo exijo porque nada más cae el cuento entre mis manos, me concentro en leerlo tan pronto como puedo. Pobres o ricos, Capuleto y el gordo me divierten igual. Unas veces ocurre que ya leí el capítulo y lo recuerdo casi completo, otras no sé si es nuevo o lo olvidé porque en su día —cosa más bien rara— lo leí nada más que una vez, pero en todos los casos el regocijo se deja sentir. Me gustaría citar aquí y ahora las decenas de chistes del Capulina real, que en su momento fue tan importante, pero lo intento y nada: en mi cabeza vuelve a dibujarse el sobrino panzón de Porfirio, nieto de Capuleto y ex empleado del señor Quiñones. En lo que a uno respecta, por lo tanto, ese tal Capulina es inmortal.

martes, septiembre 27, 2011

Alicia, vista desde el Sexto piso-(Sexenio-Puebla 20/09/11)

Walt Disney de la mano de Tim Burton –hace no mucho-, llevó al cine la continuación de Alicia en el País de las Maravillas. Una versión muy esperada por todos. La opinión al respecto de la segunda parte de Alicia no fue del todo aplaudida, como suele pasar con algo que causa tanta expectativa. Para unos cumplió con lo esperado, para otros quedó a deber y algunos más simplemente se fueron de las salas del cine con la desilusión impresa en su cara.

Alicia en el País de las Maravillas es desde hace mucho un clásico, no hay editorial que no tenga su versión de Alicia, desde los que venden la versión resumida, pasando por los que ofertan las dos partes entregando su particular traducción. Dentro de esta competencia editorial, sin duda la mejor oferta literaria le pertenece a Cátedra, pues busca resaltar la riqueza lingüística y lógica de dicha obra. Dicha edición no tenía competencia alguna en el mundo editorial y literario, hasta que apareció la versión de Sexto piso.

A diferencia de Cátedra, Sexto piso no recurre a una amplia introducción ni al uso de notas al pie a lo largo de ambos cuentos. Lo que sí hace es darles lugar a los traductores (Teresa Barba y Andrés Barba), permitiendo que uno de ellos –Andrés Barba- comparta con el lector la experiencia que tuvo al enfrentarse a la traducción de éste texto. Al final del primer tomo, Sexto piso ofrece una serie de textos que ayudan a contextualizar más la obra. Algunos de ellos fueron escritos por Carroll y otro más por Alice Lidell (niña en la cual se inspira Carroll para escribir este par de cuentos), el cual es continuado por Caryl Hargreaves (hija de Alice).

La traducción de Alicia que presenta Sexto piso, se ha realizado respetando los juegos lingüísticos y lógicos que están presentes en el idioma original; agregándole que buscan homologarse con la Alicia presentada por Tim Burton. Una Alicia más carnal, más viva y menos caricaturizada, por supuesto menos infantil. La Alicia presentada por Sexto piso es, quizá, más cercana al público juvenil. Ya que las ilustraciones, a cargo de Peter Kruper, presentan a unos personajes menos tiernos, más toscos.

Las versiones de Alicia presentadas por Sexto piso son fáciles de leer (debido al buen tamaño del libro y de la letra) y sin duda han obtenido un prestigiado lugar en la competencia editorial, pues han sabido conjugar presentación, traducción e ilustración de una forma elegante y atractiva para su consumo.