martes, septiembre 27, 2011

El derecho a la herejía (Diario Milenio/Opinión 26/09/11)


Si ponemos ambos derechos en la balanza, el del escepticismo debería pesar más que el de la fe. Pura defensa propia, no faltaba más.

1 Si fuera Hare-Hare

Fue un domingo, muy cerca de Chapultepec, en una casa como cualquier otra. Iba a cumplir veinte años y hacía tiempo me daba la cosquilla —Gibrán y Herman Hesse habían hecho su chamba, cómo no— de una especie de morbo misticoide, muy pasado de moda para entonces, de modo que ir tras él era un poco lanzarse a una de esas aventuras, innecesarias a ojos del sentido común, que le ganan a uno la fama de excéntrico. Dada mi expectativa exagerada, aquella tarde resultaría inolvidable no por entretenida, y ni siquiera por interesante, sino porque los prófugos del catecismo solemos recordar con retazos de azoro satisfecho nuestra primera incursión tentativa en el hospitalario territorio de la herejía. Nada más dar un paso hacia dentro del patio, un asiduo evidente me sonreía de los dientes a las muelas, y al instante me daba la bienvenida con las únicas dos palabras que me serían precisas a lo largo de una tarde más larga que una misa de tres padres: ¡Hare Krishna!


Había leído por ahí un reportaje según el cual nueve de cada diez recién llegados a aquella casa se volvían habitués, y muy pronto conversos. No lee uno esas cosas, consideré, sin sentirse un poquito desafiado. Quitarse los zapatos, lavarse los pies, entrar y unirse a coro y coreografía parecía un ritual más amigable que el de llegar a hincarme, santiguarme y aburrirme. Hare-Krishna, Hare-Krishna, Krishna-Krishna, Hare-Hare, canté como si fuera George Berger en Hair, y a los pocos minutos llegó el primer gurú. No esperaba, por cierto, que me sanara el alma, aunque tenía presente aquel libro que nunca compré, cuyo título siempre me intrigó: Fácil viaje a otros planetas. Ya sé: crecí creyendo que un día me iba a ir al cielo, pero igual no creía que un libro de diez pesos bastara para que uno se cumpliera el caprichazo de vacacionar en Venus. Ahora bien, con un gurú presente la cosa cambiaba. Y sin embargo, en vez de transportarnos ya no a otro planeta, sino mínimo al mezzanine de la conciencia, el hombre me condujo en cosa de minutos a ese mismo planeta del tedio donde tanto se hablaba del reino de los cielos. Luego vino otro, y otro, y otro más. Cuando me di cuenta, llevaba de las cinco a las ocho pagando el karma de los metomentodos. Por mi grande culpa, claro.

2. El rebaño iluminado

Terminada la prédica, danzamos otro rato y nos llamaron a merendar, pero ya satisfecha la curiosidad y hastiada la paciencia, me sentía prisionero y penitente de un rebaño distinto, pero rebaño al fin. Y por cierto, nunca he confiado mucho en la gente que trata de arrebañarme. ¿Por qué no me largaba de una vez? Supongo que sentía vergüencita. La hechicería de los pastores de almas empieza por acomplejar a las ovejas desobedientes. “El problema está en mí”, nos repetimos entre golpes de pecho porque a nuestra balada discordante no se le hincha la gana de sumarse al balido redentor. En todo caso, bendito sea el complejo, pues fue gracias a él que terminé sentado junto a un coverso fresco y la experiencia quedó redondeada. “Éste es el día más feliz de mi vida”, me confesó de pronto, con los ojos entre entornados y saltones de quien se halla de viaje ya no en otro planeta, como en una distinta galaxia, donde ha visto una luz que vale por mil soles como el nuestro.

“¿Quién te vende los ácidos?”, me vi tentado a preguntar, pero por experiencia conocía las reacciones que en los iluminados tiene el humor de los aguamisas. Estaba, aparte, demasiado entretenido en deshacerme de mi vaso de yogurt, recién servido de una pinche cubeta que en mi humilde opinión parecía más apta para trapear el piso, mientras los anfitriones nos iban invitando a cooperar con algo, billetes o monedas. ¿O sea que era lo mismo: una vez trasquilado, el rebaño puede ahuecar el ala en santa paz? Faltaban diez minutos para las nueve de la noche cuando salí de la misa más larga de mi vida, jugando a imaginar que el converso de marras se preguntaba por mi estado mental, pues a sus ojos nada habría sido más lógico que encontrarme también como Winnie Puh en tacha. ¿Cómo osaba plantar esa jeta aburrida en el día más feliz de su existencia? Afortunadamente, elegí hare-krishnas. Otros, menos pacíficos y acaso harto exaltados, me lo habrían reclamado airadamente, con enjundia de beata regañona o celo de mulá reparador. No ver lo que ellos ven, del color que lo ven, ni compartir su prisa, ni sus miedos recónditos, ni su credulidad, ni su patetismo: tal es la falta de nosotros, los infieles.

3. Todo sea por la lana

Infieles somos todos, desde el momento en que hay más de una creencia y casi todas son celosas terminantes. Ejercemos, al fin, el derecho universal a la infidelidad en materia religiosa. Antes que la prerrogativa de ingresar en un culto, tendría que ubicarse la de no hacerlo. Es decir, por lo tanto, no poder ser juzgado ni castigado por los preceptos de una religión ajena. Suena más que evidente, pero hoy día son rebaño quienes piensan que debe ser al revés. Es decir que las mentes libres de histeria mocha deberían tratar con especial respeto las creencias extremas de los fanáticos, incluso y sobre todo si éstas les son hostiles o discriminatorias. No vayan a enojarse, ya ves como son ellos.

A los ojos de un clérigo, muy pocas invectivas hay tan graves como infiel o hereje. Sé que me las merezco, de acuerdo a su sistema de certezas cerradas, pero en respuesta a quien me las dirija elijo en cualquier caso la moderación y muy piadosamente le considero imbécil, un insulto menor, en comparación, que dentro del contexto parece meramente descriptivo, toda vez que se opone a mi santo derecho a descreer, indispensable para administrar mi crédito y viajar a otros planetas, o tomar el camino del Cielo, o disfrutar de las pequeñas compensaciones con las que los sentidos y el intelecto premian las ocurrencias de los infieles: siempre tan respetuosos entre tanto bandido.

martes, septiembre 20, 2011

El inquilino de Márai (Diario Milenio/Opinión 20/09/11)

Es difícil explicar por qué o para qué visita uno las casas de los escritores muertos. Es así como la autora cubre su curiosidad visitando la del húngaro Sándor Márai.

Es difícil explicar por qué o para qué visita uno las casas de los escritores muertos. Tal vez sólo sea la necesidad de ver el mundo justo desde el ángulo en que fue visto, y escrito, por él o por ella. Quizá sea la carnal curiosidad del cuerpo que quiere experimentar lo que es ser cuerpo en el lugar donde fue y estuvo el otro cuerpo. Acaso todo se reduzca al deseo de toparse, casi como al azar, con su fantasma. Un último encuentro. Una plática. Lo cierto es que una tarde, ya cuando el sol se estaba metiendo, tomé el coche sólo para buscar la dirección de la casa donde Sándor Márai, el escritor húngaro que se vio forzado a abandonar su patria en 1943 y se suicidó un 21 de febrero de 1989. Todo eso aquí, en San Diego.

Sabía ya desde tiempo atrás el dato de su muerte, pero no fue sino hasta hace un par de días que una rápida búsqueda en internet me proporcionó la dirección de su último domicilio. Un último encuentro, me dije, repitiendo el título de uno de sus primeros libros que leí. Siempre había pensado que Márai habría vivido en algún suburbio de casas siempre iguales —cosa que explicaría con relativa facilidad cualquier suicidio— o más bien cerca de la costa, en alguna morada con vista al Pacífico, pero no fue así. El escritor y Lola, su esposa, vivieron en el 2820 de la Avenida Sexta, justo enfrente del Balboa Park —lugar donde ahora se encuentran buenos restaurantes, los mejores museos de la ciudad, así como uno de los zoológicos más famosos del mundo—. Seguramente los alrededores no eran lo mismo hace 30 o 40 años, pero su cercanía del centro histórico y su posición frente al parque debió haber causado siempre algo de movimiento. En todo caso, la historia es la misma: exiliado de su lengua y de su país, Sándor Márai se dio un tiro en la cabeza aquí, cuando era ya viudo y estaba casi ciego y se encontraba solo.

Al hombre que estaba sentado sobre las escaleras de la entrada de la casa de los Márai le pregunté eso. Le pregunté si sabía que el escritor famoso, de cuya existencia lo puso al tanto la administradora del edificio pero cuyo nombre nunca supo, se había suicidado ahí. Movió la cabeza de izquierda a derecha y, luego, de derecha a izquierda sin abrir la boca. Su negativa, se entiende, iba acompañada de un súbito estado de meditación. Antes, cuando le pedí permiso para tomar un par de fotos, había dejado sobre el piso una computadora portátil, unas cuantas hojas desordenadas, y una copa de vino. No se esperó a que terminara mi labor documental para hacer sus preguntas. ¿Quién era el autor? ¿Con quién había vivido ahí? ¿Qué libros de él le recomendaba leer? Finalmente se atrevió a preguntar lo que de verdad le interesaba: ¿Cómo había muerto?

Le conté brevemente lo que sabía sin dejar de tomar las fotografías. Le hablé del cómo la instauración del régimen comunista en Hungría en 1948 lo había vuelto invisible como autor y un fantasma, a través del exilio, como persona. Le pedí que tomara en cuenta que Márai, quien alguna vez, durante sus primeros años, intentó escribir en alemán, había declarado en sus diarios que “para mí esa lengua y esa literatura significan una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que deseo callar). Porque sólo soy verdaderamente yo mientras pueda traducir mis pensamientos en palabras húngaras”. Le dije que, en Budapest, Márai había vivido en la calle de Mikó, en un barrio llamado Kisztinavarós —pero el inquilino no tenía forma de saber el guiño tremendo que significaba ese dato—. Puse énfasis en el hecho de que tres años antes de su muerte, Márai había perdido a su esposa y casi a toda su familia. Le conté que, en sus diarios, hizo anotaciones someras acerca del número de personas que llegaba a San Diego con la intención de suicidarse. También le dije que, luego de perderlo todo, Márai había conseguido una pistola que permaneció resguardada en su nochero.

—¿Así que fue de un disparo en la cabeza? —preguntó una vez más, como para cerciorarse. Le dije que sí. Luego, ya con la cámara dentro de la bolsa, no pude evitar preguntarle sobre su experiencia en uno de los departamentos que ahora conforman el 2820 de la Avenida Sexta.

—¿Sus sueños? —le pregunté—. ¿Cómo son sus sueños desde que vive aquí?

El inquilino de Márai guardó silencio. Luego, sin comentar todavía nada, se regresó al borde de las escaleras para alcanzar su copa de vino.

—Lo único raro —me dijo finalmente con la copa en la mano pero todavía sin llevársela a los labios— es la ventana del baño.

El sol se ocultó de repente. ¿Y era eso que atravesaba la calle una verdadera parvada de cuervos o una estampida de monjas pequeñísimas? Las palmeras se balanceaban apenas contra el aire. Un movimiento tan pequeño. El leve rechinido del mundo.

—No da hacia fuera —me explicó—. No da hacia nada. Da, de hecho —se corrigió—, a una serie de cables. Puros cables. Un montaplatos, ¿sabe lo qué es?

Le pedí que me explicara.

—Una especie de pequeño elevador que comunica a la cocina con el comedor —dijo—. Un montacargas —añadió.

—Pero dice que éste termina en el baño —dije, para saber si lo había entendido bien.

—Exactamente —concluyó, dándole el primer sorbo a su copa.

Me senté por un momento a su lado para ver el mundo desde su ángulo de visión. El silencio entre extraños no suele ser tan cómodo como lo fue ahí, frente al parque. Ya no quedaba nadie sobre el pasto, sino las sombras.

—Me fijaré en lo que sueño de ahora en adelante —me dijo cuando me despedí.

—Así es —le respondió el eco.

lunes, septiembre 19, 2011

Derrumbe -(Sexenio-Puebla 13/09/11)

Los diversos escritores que son parte del mapa literario hispanoamericano son muchos. El lector no está obligado a conocerlos ni a leerlos (aunque sería lo ideal), si acaso el lector deberá tener una referencia mínima de los autores; sin embargo lo considero un poco complicado. Más en estos tiempos donde existen más prioridades que la lectura.

Recientemente a mis manos llego Derrumbe de Ricardo Menéndez Salmón, publicada por Seix Barral, dentro de su colección Biblioteca Breve.

Mientras que para mí era un autor nuevo, para los lectores españoles es un escritor con una trayectoria respetable. Ha publicado alrededor de 8 libros, uno de los reconocidos es: La ofensa, publicada en 2007 por Seix Barral -novela que antecede a Derrumbe-, la cual fue bien recibida por la crítica española y ostenta el premio Qwerty de Barcelona TV a la revelación literaria del 2007, el premio Librería Sintagma al mejor libro del año; de igual forma la revista Quimera la eligió como la mejor obra de narrativa de 2007.

Derrumbe es la historia que retrata la decadencia y los excesos que la sociedad está teniendo en muchos ámbitos. Aquí se cuentan cuatro historias: la de un cruel hombre que conforme va incrementando sus asesinatos, también sube el nivel de violencia que imprime en cada uno de ellos; la tres muchachos que buscan trascender, transformar y cambiar el mundo eligiendo a la violencia como el camino ideal para lograr sus sueños; la de una adolescente que va creciendo y madurando dentro de una familia algo lejana, fragmentada y rodeada en un mundo donde la trascendencia está en el exceso del placer sexual y de la violencia como única forma para hacerse escuchar; y por último la cinco investigadores que están abrumados, acongojados ante tanto dolor y no encuentran las palabras para describir lo que están sucediendo ante sus ojos. Todas estas historias acontecen dentro de un mundo singular, creado por el autor: Promenadia; una ciudad donde tanta violencia es imposible de creer, ya que es un lugar donde la tranquilidad sería la descripción adecuada para presentarla ante el turismo.

Derrumbe como una fotografía de las grandes metrópolis.

Derrumbe es una novela que atrapa desde sus primeras páginas, sin embargo el ritmo se pierde páginas adelante, aunque al final lo recupera.

Sin duda, Ricardo Menéndez Salmón es un autor a seguir con sumo agrado; la crítica española le aplaude el mantener un estilo narrativo en cada una de sus novelas y el atreverse a experimentar y a construir mundos alternos donde el terror, la decadencia y la violencia son tema central.

Esa carta fatal (Diario Milenio/Opinión 19/09/11)

Las fórmulas corteses, dice el autor, no escriben buenas cartas, pero a veces evitan el error garrafal de la franqueza.

1 Afectos de cartón

Cuando niño, uno encuentra pesadas las fórmulas de cortesía. Algo más tarde le parecen ñoñas, y sin embargo acaba por usarlas, generalmente mal porque para decir, por ejemplo, tu casa cuando hablo de mi casa, tengo que hacerlo con la sinceridad de quien lanza un piropo a un esperpento. A veces, cuando intento ser muy amable, es decir demasiado, termino equivocándome de fórmula, o trato de acortarla y ni yo mismo entiendo qué fue lo que dije. Algo me falla en el fervor cortesano, y por lo que he escuchado no estoy solo. La gente se despide, o se saluda apenas de pasada, sin mucho tiempo para reflexionar en lo que está expresando, que de cualquier manera es siempre lo mismo. Quiere uno que supongan que quiso ser amable, y en una de éstas equivocar la fórmula —hacerse perdonar con una risa, un guiño, una sonrisa— es un modo amigable y relajado de recordar que estamos en confianza, por lo que toda fórmula sale sobrando.

Las cosas se complican cuando uno ha de mostrarse amable por escrito. Lo más fácil, de nuevo, es colgarse de fórmulas empleadas por todos. Un método seguro si se escribe una carta para hacer valer la garantía de una lavadora, pero inútil si lo que uno desea es parecer al mismo tiempo respetuoso y simpático a los ojos de su destinatario. ¿Despreocupado, tal vez? ¿Muy ligero, mejor? ¿Y por qué no algo cálido? ¿Y si piensa que soy un confianzudo? ¿No sería mejor hacerle percibir una cierta frialdad profesional? Para quienes vivimos de movernos dentro de los estrictos y quisquillosos límites de la verosimilitud, escribir una carta de esta clase es un suplicio que no tiene nombre. ¿Cómo esperan que me despida de gente a la que no he visto ni veré declarándome suyo afectuosamente? ¿Por qué debo empezar por llamar estimado a los sujetos que menos estimo, y encima de eso darles gracias anticipadas por lo que anticipadamente sé que harán mal o no harán en absoluto? Y ahí está la cuestión, el mérito más grande de la cortesía consiste en evitar la tentación nefasta de la honestidad.

2. Posesivos emotivos

El puro intento de escribir una carta suele poner en guardia a nuestro pudor. Las fórmulas ayudan, pero estandarizan. Si no quiere uno lucir ciento por ciento ordinario, le conviene echar mano de algo más que recetas. Es decir, reemplazar las palabras de cajón en favor de las propias. Y eso suena muy bien, pero igual compromete. Una cosa es tratar de eludir la frialdad y otra hacer por escrito el papelazo de lamesuelas. Por otra parte, los tiempos cambian. Nadie nos asegura que lo que hoy es derecho mañana no será visto por el revés. La mejor prueba de ello son las cartas de amor. Quien se enamora escribe más de lo que debe, y mucho más de lo que le conviene. Quisiera regalar y regalarse, cuenta con las palabras para hacer claras esas intenciones en forma de promesas. Se vale de metáforas para expresar sus sentimientos inflamados y en cada una pretende entregar su alma, tanto que justo antes de garabatear su firma recuerda al ser amado que es de su propiedad. Tu Martín. Tu Ana Rosa. Tuya por siempre. Tuyo en la adversidad.

El problema de las grandes verdades que se expresan en una carta de amor tiene que ver con su vigencia insuficiente. A la gente le gusta repartirse a menudo, especialmente cuando es muy amable, y es como regalar dinero de juguete. Pero hay quienes se toman esas cosas en serio, tanto así que no paran hasta cobrar entero el documento. Despechados, les llaman. Son los que dieron crédito a quien no debían y en pago recibieron documentos apócrifos. O los que calcularon una deuda más grande, ya capitalizados los intereses. Guardan como un trofeo de caza mayor la carta donde dice soy tuyo para siempre, creen que ese papel basta para darles por siempre la razón. Si alguna vez el torpe remitente no se propuso más que ser amable y empleó una mera fórmula para hacerse querer, o en el camino cambió de opinión, le toca hacerse cargo de sus dichos.

3. ¿De quién es ese micrófono?

“Fidel querido: Te deseo lo mejor en tu convalecencia”, iniciaba la ya famosa carta que Pablo Milanés envió en 2006 al mandamás cubano. Tras citar compromisos ineludibles en el extranjero y prometer unidad y coraje, el cantante se despedía con un abrazo de “Tu Pablo Milanés”. Hoy día, esa carta piadosa le pasa dos facturas: si los anticastristas le reprochan el posesivo, por abyecto, sus ya virtuales excompañeros van a crucificarlo por la misma razón. A Fidel Castro no se le dice un año soy tuyo y al siguiente se busca independencia. ¿Cuándo se ha visto que la gente que se dice incondicional del dictador vaya por ahí expresando sus privados pareceres? Si de verdad lo son, y así les gusta ostentarlo, deberían entender que un incondicional, es decir un esbirro, lo es de pensamiento, palabra, obra y —esto es muy importante— omisión. Lo que el patrón no ve, no lo ve nadie. Es decir, nadie que se llame suyo.

Sabrá el demonio la cantidad de cartas que han sido interpretadas erróneamente por quienes cumplen órdenes de interceptarlas. Mala pata tendría quien se pasó de amable con un destinatario estigmatizado, o quien fue percibido como frío por un acomplejado poderoso. Y mal le irá también a todo aquel que intente distinguirse, si cada paso en esa dirección semejará un desplante de soberbia. Por eso sufre uno siempre que escribe cartas; o sufrirá más tarde, cuando llegue la cuenta. Nadie sabe la cantidad de borradores que se gasta uno en cierta carta difícil donde la cortesía jamás es suficiente y la sinceridad consiste en repetir unas cuantas fórmulas corrientes. Nadie sabe cuándo va arrepentirse por haber escogido el borrador erróneo. Nadie sabe lo que es llamarse Pablo y tener que escribirle a Fidel. Tu Fidel.

martes, septiembre 13, 2011

La lectora severa (Diario Milenio/Opinión 13/09/11)

La historia de Severina (libro de Rodrigo Rey Rosa) no es difícil de imaginar... Es el encuentro entre la mujer inaccesible (...) y el hombre altamente sentimental.

Decían Deleuze y Guattari, en aquel multicitado ensayo sobre Kafka, que para llamarse “menor” una literatura tendría que reunir las siguientes tres condiciones: la desterritorialización de la lengua, la articulación de lo individual en lo inmediato-político, y el dispositivo colectivo de enunciación. Luego, y convirtiéndolo tácitamente en un objetivo de toda literatura revolucionaria, añadían que se trataba de “[e]scribir como un perro que escarba un hoyo, una rata que hace su madriguera. Para eso: encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto”.

Hace no mucho me dio por hablar de un libro que acababa de leer con bastante gusto como “una novelita”. La mención no iba con sorna, sino con una admiración acaso un tanto cuanto íntima. Se trataba de una referencia con la que quería dejar por sentado lo entrañable que había sido del proceso de la lectura. Lo cercano. No la califiqué como un novelón, que es lo que queda muy por encima o muy lejos (y con frecuencia no importa), ni como la novela que se ve a la distancia exacta. Tampoco sentí preciso el uso implícitamente snob de “nouvelle”, ni el despreciativo “noveleta”, ni el meramente descriptivo “novela corta”. El libro en cuestión no era nada de eso, me convencía. O, para ser preciso, siendo todo eso, el libro era nada más “una novelita”. No era la primera ocasión que utilizaba el término de ese modo, y la frecuencia del acontecimiento me aguzó los sentidos. De ahí la cita de Kafka. Por una literatura menor. De ahí también, eso creo yo, el uso del diminutivo.

El libro en cuestión, Severina de Rodrigo Rey Rosa, es en efecto un libro de no muchas páginas que se lee, como se dice, de una sentada. También lo son, por cierto, Estrellas muertas, de Álvaro Bisama, o Bonsái, de Alejandro Zambra, o El jardín devastado, de Jorge Volpi. Pero esas características, digamos, físicas, no son las que necesariamente transforman a un texto corto de aliento narrativo en “una novelita”. Lo que lo hace parecer un texto escrito por ese mítico perro que escarba un hoyo, o por esa filosófica rata que hace su kafkiana madriguera, lo que lo vuelve ejemplo de una literatura menor en todo caso, son dos cosas: se trata de un texto que abreva de una tradición de la baja cultura, de la cultura popular, en este caso el de la novela rosa o la novela sentimental; y se trata de un texto que, a sabiendas de que lo sentimental es un lugar común, en el sentido en que es común el sentido común, por ejemplo, sutilmente subvierte sus características para entregar, de manera “aparentemente sencilla”, una liebre por un gato.

La historia de Severina no es difícil de imaginar. Es más: se trata de una historia contada miles de veces. Es el encuentro entre la mujer inaccesible, mejor conocida en tiempos pasados como lafemmefatale, y el hombre altamente sentimental. Están ahí, sin duda, los elementos básicos que han dado pie a más de una gran novela romántica del XIX y a más de una novela rosa del XX (incluyendo el repertorio inabarcable de Corín Tellado). Pero, tal como lo investiga Aníbal González en su recienteLoveandPolitics in theContemporarySpanish American Novel, la novela neo-sentimental latinoamericana tiene sus raíces bien firmes en la era del post-boom, cuando distintos autores y autoras (Gonzáles incluye en su lista a autores tan distintos como Elena Poniatowska y Alfredo Bryce Echenique, Isabel Allende y Gabriel García Márquez, Miguel Barnet y Luis Rafael Sánchez, entre otros) introdujeron, y no de manera aleatoria ni secundaria, el tema del amor en sus libros. Para distinguirla de otro tipo de novelas, González argumenta que el amor del que tratan las nuevas novelas sentimentales es del tipo que pretende sanar “las divisiones y el rencor generado por décadas de movilización social y política”, más cercano al ágape (el amor hacia el vecino) que a la pasión súbita y carnal que tantas veces dominó el espectro emocional de otras muchas novelas.

Así entonces, Severina, la del título de Rey Rosa, es legítimamente una femme post-fatale. Tal como lo exige el estereotipo, la joven mujer es, en efecto, misteriosa e inaccesible, bella (y para eso el autor recurre a minuciosas descripciones de vestuario que dan mucho en que pensar) y complicada, pero, a diferencia de las fatales de antaño, que solían ser mortíferas y dejar marcas indelebles a través del daño, esta Lolita light, esta mujer joven y sin documentos y perfectamente ataviada, es sobre todo una lectora. Lo que es más: Severina es una lectora severa. Con ella establecerá el narrador una relación sexual, pero en realidad lo que más hacen es leer libros y, sí, platicar. No es fácil, y lo sabrán los lectores que se fijan en estas cosas, convertir a una mujer severa, esa construcción con la que se ha asociado históricamente a las abuelas enérgicas, las amargadas sin motivo y las solteronas frígidas, en un objeto de deseo ni en una musa palpitante ni mucho menos en la heroína de una novela neo-sentimental. Tampoco fue fácil, en el mismo sentido y por ejemplo, hacer de un lector voraz el héroe de una novela escrita por un latino, Junot Díaz, que ganó el Pulitzer justo una década después de que la novela latina ganadora del mismo premio fuera un latinlover. Y porque no es fácil es que engatusa la serie de arabescos culturales a los que hay que recurrir para poder dar, en toda su arriesgada extensión y en toda su subversiva carga, la mítica liebre por el gato de pacotilla. En efecto, la “aparente sencillez” de Severina no está en la manufactura de las oraciones o en el uso austero del lenguaje (esas oraciones y ese lenguaje son, en efecto, sencillos), sino en la serie de complicadas estrategias (tanto o más que las utilizadas por el autor en su trabajo anterior, El material humano), la serie de estratégicas apelaciones (el formato de la novela rosa, entre otras) que hacen posible que exista, a inicios del XXI y en la literatura latinoamericana, una Severina que es, a la vez, encantadora y humana, terrestre, viva.

Requeriría más espacio desarrollar algunas ideas acerca de la repetición significativa del término “vanidad” a lo largo de este libro. La vanidad, por ejemplo, del hombre solo, de la que el narrador se deshace gustosa y planeadamente al dejar que la historia sentimental tome precedencia sobre cualquiera de sus otras historias; y la vanidad de esos hombres y mujeres que ya sólo existen por y para y entre los libros que se consumen, en este caso a través del desvío de la circulación comercial que presupone el robo. Que ambas condiciones sean tildadas de vanidad hace que esta novelita no sea una más de esos artefactos hechos para la autoglorificación de la alta cultura y consecuente santificación del status quo, sino un libro que hace pensar de manera crítica en el lazo que va de las relaciones de intercambio, ya sea mercantil o amoroso, con el estado de todas las cosas. Lo neo-sentimental, así, no deja de ser político.

lunes, septiembre 12, 2011

El cocodrilo albino, metáfora de las preguntas jamás respondidas-(Sexenio-Puebla 06/09/11)

Piérdete para que puedas buscarte, lev motiv de esta novela y -por qué no-, una postura de vida.

El ombligo del dragón (Tusquets, 2007) es la segunda novela de Ximena Sánchez Echenique –antecedida por Sobre todas las cosas, ganadora del Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2003.

Aquí se narra la historia de una madre y Elio, su bebé albino (albino por magia o maldición) que tras días y meses de estar esperando el retorno de Ermilo –padre de Elio- deciden alcanzarlo a China, donde Ermilo participa en un ambicioso proyecto científico. Un viaje cuyo objetivo es alcanzar al padre de Elio, sin embargo esta búsqueda no sólo los acercará a Ermilio, también encontrarán las respuestas que llevaban buscando, un viaje que estará lleno de un sinfín de obstáculos, que por cada barrera librada vendrá una revelación, una pista más para seguir andando-navegando por el camino llamado vida.

Al igual que en Sobre todas las cosas y posteriormente en Por cielo, mar y tierra; un objeto es el pretexto, el detonante de las historias. En su primera novela la obsesión fue un huevo perteneciente a una dinastía rusa; aquí en El ombligo del dragón es un cocodrilo albino hecho todo de marfil, dicho objeto concentra uno de los tantos misterios que llevan a la madre de Elio a viajar a China.

En El ombligo del dragón, nuevamente el lector se enfrentará ante una narradora comprometida con el lenguaje, lo que le permite jugar y construir una historia precisa. Un estilo narrativo muy tierno que sirve para soltar posturas fuertes ante la vida.

Una novela que pierde al lector con todos los personajes y que al final, junto con ellos, el lector se encontrará y así lograr continuar su camino, entendiendo –quizá-, que nunca encontraremos las respuestas esenciales y lo mejor será afrontar la vida como viene.

Acérquense a la novela y ojalá encuentren su propio cocodrilo albino.

El presente obsoleto (Diario Milenio/Opinión 12/09/11)

Nadie está al día, hoy día. Al paso inexorable del hi tech, el mañana ha saltado al pasado mañana y el ayer ha cesado de ser hospitalario.

1. En el nombre del fax

Suele uno recordar el primer día que pasó manipulando su nueva computadora. Especialmente si ésta le parecía más nueva que las nuevas, que es lo común cuando, vencido el miedo al cambio, pasa gloriosamente de Windows a Mac y tiene la impresión de haber dado un gran salto hacia adelante. Recuerdo que era marzo del 2007, y que recién comprado el aparato me enteré que venía sin módem. ¿Cómo iba a hacer, entonces, para conéctame a internet? Presa de alguna mezcla de piedad y sorpresa, el empleado me preguntó si acaso no tenía conexión inalámbrica en mi hogar, y como respondiérale que no sólo mi casa carecía de ella, sino asimismo varios de los sitios a los que pretendía llevarla, como era el caso de la morada paterna, donde sólo podía conectarme a través del teléfono, me ofreció por quinientos pesos extra un fax-módem externo de plástico blanco, tan pequeñito que cabía en mi puño inadvertiblemente. Durante los pocos meses que lo usé para conectarme a la red, varios amigos se burlaron de mí. Era, me dijo alguno, como traer un Ferrari con remolque.

Hoy la gente se ríe de los faxes, pero es un hecho que de pronto hay que enviarlos, si es que los documentos son importantes y se requiere, por ejemplo, de alguna verificación legal que el correo electrónico no garantiza. Ya estaba el mundo lleno de conexiones WiFi cuando mi aparatito seguía cumpliendo las funciones de una moderna máquina facsimilar. Habré mandado quince o veinte de ellos, en todo caso los suficientes para felicitarme por tenerlo a mi lado en esas emergencias. Hasta que un día fui convidado por la publicidad de Apple a dar un nuevo salto hacia adelante, consistente en dejar atrás el sistema operativo conocido como Snow Leopard e instalar el novísimo Lion. Pocos días después, los administradores de Twitter me pidieron verificar mi identidad por fax, y he aquí que mi pequeña caja blanca recién había quedado descontinuada. El sistema no la reconocía más. Si quería enviar un fax, tenía que dar un brinco en reversa y reinstalar el Snow Leopard, o ir en busca de una papelería equipada con tales vejestorios.

2. Deprisa hacia el panteón

“Estamos simplificando el cubo de la Quinta Avenida. Empleando piezas de cristal más grandes y junturas invisibles, usamos sólo 15, en lugar de 40”, reza el aviso en la famosa tienda Apple de la calle 59, que atiende a toda hora a multitudes bíblicas de clientes. Lo que no se nos cuenta es adónde irán a dar los cuarenta cristales que ya no se usarán, pues la idea es correr hacia adelante sin reparar en cuanto quedó atrás. Hace veinte años, Nueva York era todavía un ciudad donde había la idea de que todo podía conseguirse; hoy, los tiempos exigen mirar hacia adelante. Si a uno se le ocurre ir a la impresionante tienda Sony de la calle de Madison en busca de algún simple accesorio para la cámara que compró hace siete meses, lo probable es que el dependiente le informe, entre el desdén y la conmiseración, que es preciso mandarla pedir y con alguna suerte la tendrá en dos semanas. Ahora, si tiene prisa, puede comprarla en Amazon o ir directamente a B & H.

Por donde se le vea, la tienda B & H es una reliquia en el Manhattan del siglo XXI. Si hoy día la inversión en inventario aparece a los ojos del vendedor moderno como un derroche huérfano de sentido, B & H es el reino del despropósito. No abre 24 horas, como la enorme tienda transparente de la Quinta Avenida, pero igual sus dos pisos lucen llenos de gente entre mañana y tarde. La razón es bien simple: difícilmente existe en este mundo una tienda de aparatos electrónicos mejor surtida que B & H. Es no sólo la tierra prometida de los fotógrafos, sino también el Xanadú de los interesados en video, computación y sabrá el diablo cuántos gadgets más. Por más que intenten ser amables y eficientes, sus empleados -¿uno, dos centenares?- son naturalmente incapaces de conocer a fondo sus inventarios, así que en varios casos es el cliente quien los ilumina. Pero lo tienen todo, y si no lo consiguen, como uno habría esperado en el Manhattan del siglo pasado, del cual no queda mucho a estas alturas porque hoy el mundo exige correr hacia adelante y es de entenderse que Nueva York tendría que estar a la vanguardia en esa carrera, cuya meta probable, decía Octavio Paz, no es más que la extinción.

3. Peligro: cobertura limitada

Hago cuentas y advierto que a estas alturas mi otrora deslumbrante MacBook Pro no es más que una antigualla, tras cuatro años y medio de servirme como ninguna PC lo habría hecho, tanto así que la idea de prender uno de esos resabios del Pleistoceno me ocasiona una tirria similar a la de echar a andar una Betamax descompuesta. Igual que mis marchantes de Apple, miro hacia la tecnología de anteayer con una suerte de repelús sarcástico, y por supuesto no desecho la idea de que llegará el día en que yo mismo sea mirado así.

“¿Por qué entonces no cambias de computadora?”, preguntará más de uno, agudamente. En otro tiempo, habría respondido que estoy encariñado con la mía, pero lo cierto es que en cincuenta y tres meses me las he arreglado para tornarla casi tan lenta y retobona como las que usan Windows y sacan canas verdes a sus dueños. La razón, finalmente, por la que ahora no corro a endrogarme con un nuevo aparato es que me gana el miedo al porvenir. ¿Quién asegura que de aquí a cuatro meses no estará en el mercado un modelo absolutamente novedoso que hará del reluciente bólido portátil un vejestorio digno de sarcasmo? ¿Qué hago para que el gusto del estreno me dure cuando menos un añito? Doy risa, ya lo sé, como todos aquellos que hallan aún concebible vacunarse contra la obsolescencia. Quiero ser como Mac, o de perdida como B & H, pero miro al espejo y advierto que ha vencido mi garantía. Cualquier día como hoy, van a descontinuarme sin que me entere.