lunes, julio 04, 2011

La premura del santón (Diario Milenio 04/06/10)

Entre el fin y los médiums


Hacía días que circulaba la noticia, pero no había forma de confirmarla. Ni la hay, todavía, ni quizá la haya nunca porque en realidad no es una noticia, sino materia pura de especulación. Y todavía más: materia religiosa. O eso al menos intentan los hagiógrafos, con todos los recursos a la mano menos el más urgente, que es el tiempo. Se trata de que nunca sepamos más verdad que la que ellos decidan transmitir, pues la idea no es registrar la historia, sino escribir alguna forma de evangelio antes que se haya hecho demasiado tarde. Si Hugo Chávez se muere de aquí a pocas semanas, sus valedores y beneficiarios necesitan el tiempo indispensable para que, antes de enfriarse, su carne se haya transformado en verbo. Divino, si es posible. Que siga trabajando, aunque no pueda ya hablar ni moverse y sea preciso prenderle veladoras para escuchar el eco de sus santas palabras. Como esos deudos que se resignan a vivir al lado del cadáver del ser querido con tal de no dejar de cobrar su pensión, hoy los hermanos Castro son como un par de viudos potenciales en actitud querúbica y desesperada. Por eso no es el médico, sino Fidel quien habla con el enfermo, y éste lo escucha como a una eminencia.


Igual que ocurre con las vidas de los santos, las noticias sobre la vida y probable agonía de Hugo Chávez se arman igual que los rompecabezas. Un trazo por aquí, un color por allá, un detalle que inusitadamente encaja en medio de la confusión general. Para una élite que lleva más de medio siglo en el poder, acostumbrada a reescribir la historia de acuerdo con su precisa conveniencia, la idea de tratar con un personaje tan voluble y antojadizo como la muerte tiene que ser un trámite tortuoso e indignante. ¿Quién se cree esa señora para venir aquí a imponer sus condiciones? ¿Y quién se cree cualquiera, comenzando por el que escribe estas líneas, para hablar de la muerte cuando ninguno de ellos ha tocado el tema y oficialmente sólo hay enfermedad, por supuesto curable pero ya digna del mayor heroísmo? ¿Sería posible arreglar este asunto sin tener todavía que llamar al médium?


Todo es posible en el pus


Una de las ventajas de la hagiografía consiste en ubicar al tiempo de su lado: si el santo ya está muerto, se puede trabajar con calma y mente fría de modo que después pueda ser adorado tal como corresponde a los de su estatura; pero ir contrarreloj en el empeño y colgarle la aureola al hombre vivo de forma que se muera ya sobre el altar es tarea titánica que a nadie se le envidia. ¿Qué van a hacer los Castro si se les quiebra el santo sin haberle construido el altarcito? ¿Quién garantiza que su ausencia intempestiva no abrirá el apetito de más de sucesor en potencia, a saber si no algún opositor? ¿Y si pasa como con tantos mandatarios inmaculados, que a la hora de espichar les salen trapos sucios por doquier y no hay ya quien controle la información? Por eso digo que éste es trabajo para hagiógrafos. Si han de brincar noticias estruendosas sobre el muerto, conviene que ya tenga la aureola en su lugar, de modo que sus fieles puedan lanzar cómodos anatemas contra los herejes y no quede lugar a discusión.


Los indicios son múltiples. Desde las planas llenas de líneas sobre Chávez en el Granma —sería frivolidad apodarlas información— hasta la recentísima declaración de Adán Chávez Frías (hermano radical que hace ver a Hugo como un moderado) sobre la eventual necesidad de usar las armas para defender su revolución, si acaso los votantes opinaran distinto en las urnas, todo apunta, otra vez, a una situación grave que debe camuflarse con eufemismos. Si a lo que hasta hace poco se le llamaba absceso ya se le reconoce como tumor-maligno-totalmente-extirpado, habría que ser ingenuo u obediente para creer que al fin se escucha la verdad sobre un tema espinoso del cual dependen tantos asuntos acuciantes, como la transferencia y conservación de un poder que hasta pocas semanas atrás era unipersonal e intransferible.


El primer autohagiógrafo


Tal vez la peor desgracia del tirano sea jamás poder confiar en nadie, aunque también para eso están los lazos fraternos. De ahí que tanto los hermanos Castro como sus socios y émulos, los Chávez, sean reacios a soltar información y muy propensos al envío de mensajes. Tienen que controlar la situación, aun a sabiendas de que sus inmensos poderes no valen más allá de sus fronteras. Pero ahí está la santa hagiografía: si los números nunca terminan de cuadrarles y los panes y peces no nada más no se les multiplican, sino que ya no alcanzan ni para dividirlos, sólo queda contar con los fieles más duros de un culto que demanda sumisión absoluta y no depende de hechos ni resultados, sino de la palabra de sus ministros. En la eventual aparición de dudas cosquilleantes, contradicciones obvias o algún problema de verosimilitud, se invita al compañero solidario a oprimir ipso facto el botón de amén.


Renuente a dejar chamba tan delicada en manos de cualquiera que no sea él mismo, hace años que Fidel se ha entregado a construir su propia hagiografía. Sus “reflexiones” tienen vocación de epitafios y en ellas se respira la nostalgia del añejo mandón por las épocas previas a esa calamidad de la información globalizada. Qué esperanzas que en esos buenos años hubiera batallones de blogueros denunciando, por ejemplo, los grandes tirajes de sus libros, cuya edición obliga a sacrificar las de otros acaso más legibles y menos aburridos. ¿“Acaso”, he dicho? Quise decir: sin duda. Y esto ya nos devuelve a la hagiografía, que de por sí es tediosa pero igual no se espera que sea entretenida. Entre tantos herejes empeñados en derrocar tiranos, la vida de un exégeta de la opresión debe de ser triste y sacrificada. El libio, el sirio, el coreano, el cubano, el venezolano: ¿Qué harían sin hagiógrafos? ¿Qué más les queda sino mandar hasta la muerte? ¿Qué va a hacer de su iglesia cuando queden más rezos que fieles?

miércoles, junio 29, 2011

Los hombres de Hu (Diario Milenio/Opinión 28/06/11)

Algunos dicen en Babilonia que ciertos peces se esconden para conservar la humedad cuando el río se seca. Luego salen a la superficie para alimentarse. Caminan sobre sus aletas. Mueven la cola en signo de saludo o despedida. Todo eso dicen. Cuando se les persigue, huyen; pero siempre voltean a ver la cara del perseguidor un segundo antes de zambullirse de vuelta.

Dicen en Nuevo Laredo alrededor de la mesa de una cantina, entre el ruido de tarros que chocan, que, a pesar de las apariencias, no son delfines ni mantarrayas ni peces de dimensiones muy finas. Dicen que son hombres. Carne de su carne. Hueso.

En Amecameca, frente a una fachada que fue traída de otro lugar ladrillo por ladrillo, pieza por pieza, dicen que por esas ventanas alguna vez fue posible avizorar en todo su esplendor, en su infinita alicaída presencia, el rigor del océano sobre el que es posible imaginar las distancias más serenas.

Hay una cosa maravillosa en las veredas gélidas de Siberia. Dicen que alguien de nombre Fyodor alguna vez dijo que los hombres de Hu son reales.

En Cyrene dicen que las abejas no tienen voz y que la miel terminará por escaldarte la lengua.

Dicen en la punta del cráter de un volcán muy alto, ahí donde Juan Rulfo alguna vez encendió una pipa, que la falta de respiración es una queja muy real y muy amplia y muy sin embargo.

Dicen en los parques encantados, y esto mientras brota una mariposa de la palma de una mano y un anciano jura que está de pie porque necesita salvarle la vida a dos de ellos, que los hombres de Hu encienden hogueras pequeñísimas sobre platos muy blancos. Dicen que son pirómanos y románticos y no hay nada que se pueda o se quier hacer al respecto.

En las islas Electrides, que quedan en el golfo adriático, dicen que hay dos estatuas, una de estaño y otra de cobre, dedicadas a alguien o algo.

Algunos dicen en Coal Oil Point que lo más difícil es tomar el remo y arrojarlo contra la superficie del agua y hundirlo ahí, una y otra vez, una y otra vez, como si se tratara de un cuerpo al que se le quiere sacar las entrañas.

En Oxnard dicen que sus voces se apagan.

Dicen en Pontus que algunos pájaros se esconden durante el verano en los agujeros de ciertos troncos y que, ahí, no sienten cuando les arrancan las alas aunque sí reaccionan ante el color del fuego cuando los colocan sobre las brasas.

En Montecito dicen que los han visto salir por las mañanas —el sol sobre sus frentes, los remos en las manos, las abejas alrededor de sus hombros— y que sí tienen piernas y brazos y cuellos.

Hay otra cosa maravillosa entre los habitantes de Coal Oil Point. Dicen que, cuando la bruma entra antes de las cuatro de la tarde, especialmente si tiene un tinte amarillo o rosa, las garzas no vuelan sino que levitan sobre las aguas inmóviles del estuario. Dicen que los hombres de Hu las observan, extenuados.

Dicen los que ven el cielo que cuando avizoran los catorce míticos pelícanos que vienen de Lo Lejos algo sucederá en Tirrenia o en Matamoros o en la ciudad de México.

El moribundo que yace sobre la banqueta de Reynosa dice que hay un lugar que responde al nombre de Hu y que los hombres de Hu caminan o se deslizan o se arrastran sobre la superficie entre gris y azul del océano. Dice que recuerda o cree recordar el relato de un hombre que también caminaba sobre las aguas.

En Chipre dicen que los ratones comen hierro y que los hombres de Hu sobrevivirán, sin duda, el invierno.

Algunos de los que viven en Valencia dicen que han visto cómo se inclinan sobre extrañas máquinas negras para escuchar, y esto con devoción de obseso o fanático, los sonidos que de ahí brotan. Dicen que son caleidoscópicas ondas electromagnéticas. Dicen que ante su influjo, esos hombres de Hu mueven el cuello, las rodillas, la cadera en tenues óvalos oscilantes. Dicen que a su manera de gemir la conocen ya, incluso, como los gemidos de los hombres de Hu.

Dicen en una iglesia vacía de Ciudad Juárez, la voz vuelta un puro eco o un puro alarido o un puro estertor, que de nada vale rezar o pedir o creer, pero que sí han platicado con los hombres de Hu. Dicen que tienen lenguaje y que entienden lo dicho a la perfección. Dicen que asienten.

En Armenia dicen que hay un lugar que se llama Hu y que sus hombres mascan tabaco y escupen luego sobre las plantas que sienten y desean y gozan y padecen.

Hay una cosa maravillosa entre los habitantes de Yásnaia Poliana. Dicen que nada les impide pensar al tiempo como el título de propiedad de una granja considerable, de nombre, pongamos por caso, Yásnaia Poliana. Dicen que el tiempo después de las 5:30 de la tarde es no más que una parcela dentro de esa granja de la que algunos, por razones que se desconocen o no vienen al caso o a nadie molestan, han ido tomando posesión.

En San Petesburgo dicen que, algunos de ellos, especialmente en los días posteriores al solsticio de verano, se preguntan insistentemente: ¿Así que esto se siente ser una casa de verano?

Dicen en Hu que los hombres de Hu reman, sin embargo.

[Un poco con base en “OnMarvellousThingsHeard”, atribuido a Aristóteles, en Minor Works, Englishtrans. by W. S. Hett, M.A., 1936]

martes, junio 28, 2011

Para matar al amigo (Diario Milenio/Opinión 27/06/11)

Ojos que no veían


Tu indiferencia me mata, dice el mensaje. Te ha llegado por Twitter en un lunes cualquiera, de parte de tu amigo Alfonso, mientras mirabas un partido de tenis. Piensas en revisarlo al fin del día, pero la comezón ya te domina, de modo que haces clic y esperas al video, mientras conectas y te cuelgas los audífonos. Sabes que es justo lo que no quieres ver, pero una angustia íntima no te deja parar. Ves perros enjaulados, pones pausa y apagas el aparato. ¿Cómo es que iba el partido? No logras concentrarte. Prendes el aparato. Ya no puedes parar, ni lo deseas siquiera. Te dices que eres fuerte y vas a resistirlo. Haces otra vez clic. El video habla de métodos de sacrificio canino, algo así, pero no entiendes bien porque ya la espiral del horror te atrapó y lo que miras te quita el aliento. Pones pausa de nuevo, miras en torno tuyo. Todos están abstraídos en el tenis, puedes ir adelante.


Se escucha un mazacote de música y ladridos, o será que la escena te aturde y te rebasa. Un hombre lanza al piso el cuerpo de un perrito faldero recién ejecutado, como si fuera alguna jerga húmeda, justo frente al hocico de otro más grande que espera ya en poder de su verdugo, y parece acercarse al muerto, o moribundo, como para olisquearlo, pero ya el matarife lo remoja, le conecta los dos polos del cable, da un paso atrás y aplica la descarga. Es un perro bonito, color blanco y marrón, que de pronto se tensa y se sacude, intempestivamente convertido en zalea. Varios otros aguardan detrás de un enrejado, ladrando y sollozando porque entienden muy bien lo que va a sucederles en cosa de minutos. Luego aparecen varias leyendas con cifras y estadísticas espantosas, pero ya no respondes porque de pronto el mundo se convirtió en espanto. Cuando el video termina, eres otra persona. Taciturno, extraviado, te sales del estadio, aunque no del infierno. Piensas que quien te mire te llamará lunático, pero no indiferente. No más.


La rabia y el suplicio


Han pasado los días y adónde vas te siguen las imágenes. Intentas eludirlas prendiendo el aparato para jugar un poco de Flight Control, pero cada vez que aterrizas un avioncito, regresan los perritos a tu cabeza. (Corrección: quien regresa es la muerte.) En lugar de ayudarte a la evasión, el juego te devuelve a las imágenes. Una noche de plano abres el Twitter y buscas el mensaje del lunes anterior. Hasta donde recuerdas, lo retwitteaste. Pero no está, seguro que metiste la pata (esta última palabra te estremece como una visión siniestra). Por fin encuentras el mensaje de Alfonso y haces clic otra vez. Vale más torturarte mirándolo con calma que dejar al cerebro reconstruir el recuerdo a su tétrico modo. Si observas bien, el perrito no trata de olisquear nada, sino que abre las patas y se queda en tensión, aguardando la descarga inminente. Una vez más, la indiferencia campechana de los matarifes te congela la sangre. Te espeluzna. Te enoja hasta las lágrimas, maldita sea. Cierto: son más humanos los condenados que ellos. Quién pudiera mostrar esa entereza para enfrentar el peor de los horrores.


¿Tendría nombre el perrito marrón y blanco? Te gustaría llamarlo Solovino, pero lo has visto irse, nunca venir. Morir solo, asustado, abandonado a la peor de las suertes, sin la menor piedad o siquiera respeto de parte de nadie. ¿Tiene nombre la gente que es responsable de tamaña atrocidad? ¿Alma, corazón, madre? ¿Cómo se atreven a llamar sacrificio a esa carnicería mecánica e inconsecuente cuyas víctimas son cada día maltratadas como trapos mojados inertes e insensibles? ¿Cuál es el sacrificio ahí donde jamás se conoció el respeto? ¿Parecería ridículo a los ojos de aquellos barbajanes que a cada condenado se le diera siquiera el privilegio mínimo del aislamiento? ¿Les parece normal que los demás perritos tengan que estar presentes en la matachina, o es que son tan imbéciles que asumen que no sufren por el doble martirio? ¿Creen los torpes burócratas que han hecho el reglamento de estos diarios horrores que sería un lujo exótico dar a los condenados la muerte apenas digna por la vía de una sobredosis de anestesia? Y a todo esto, ¿cómo es que a los cadalsos para perros y gatos se les conoce como centros antirrábicos, cuando son meros centros de exterminio? ¿Cuál de esas pobres víctimas inocentes llegó hasta allí con rabia, por el amor de Dios?


Gracias por la amargura


Odias escribir esto, pero hace una semana que no tienes opción. A veces, el deber salta a la vista. Si hubiera más espacio, escribirías el triple porque tú sí que sientes una rabia loca desde que las preguntas no te dejan en paz. ¿Deberías quejarte con tu amigo Alfonso por colmarte los días de amargura? Muy al contrario. Por extraño que suene, se lo agradeces con toda el alma porque al menos ahora no eres indiferente y hay aflicciones hondas que también cauterizan las heridas que causan. Se lo agradeces por el perrito blanco y marrón, por los demás que mueren en aquel video negro, por los que ahora mismo son masacrados de idéntica manera. Se lo agradeces porque gracias a eso te has sentido persona, y esa sola certeza te llena de vergüenza. Y al fin se lo agradeces por todos los perritos que han sido tus amigos, compinches, familiares, hermanos. Por los que te han matado, los que se han ido solos y hasta los que vendrán. Cuadrúpedos que entienden mucho más de lo que alguna vez son entendidos. Que no darías por ser así de humano.


¿Qué hacer ahora con las demás preguntas, si son tantas y urgen y sólo queda un párrafo? ¿Tienen sangre en las venas todos esos canallas irresponsables que van y compran perro como quien se hace de un objeto desechable, y al chico rato lo echan a la calle porque nunca supieron lo que hacían? ¿Es verdad esa pavorosa estadística según la cual siete de cada diez mascotas son abandonadas por sus dueños en el plazo de un año? ¿Que un perro abandonado no sobrevive por más de dos semanas en la calle? ¿Cómo llamar a aquellos mercachifles que ofrecen cachorritos a media calle como otros venden chicles y cacahuates? ¿Se imaginan el miedo que sentirán esos animalitos desdichados cuyo destino negro se resuelve en un idiota impulso irreflexivo? Hasta aquí las preguntas. Vuelves al aparato. Ahora que lo recuerdas, tienes que retwittear el mensaje de Alfonso:
http://www.youtube.com/watch?v=FbA3neYBie8&feature=youtu.be.

miércoles, junio 22, 2011

Recicla este libro (Diario Milenio/Opinión 22/06/11)

Escribe la poeta norteamericana Harryette Mullen en la introducción de su libro Reciclopedia (Greywolf Press, 2006): “Si la enciclopedia colecciona conocimiento general, la reciclopedia rescata y encuentra usos imaginativas para ese conocimiento. Eso es lo de lo que la poesía se encarga cuando rehace y renueva palabras, imágenes, ideas, transformando así un excedente cultural en algo inesperado”. Si bien con Sleeping with the Dictionary/Dormir con el diccionario, una publicación del 2002, Mullen fue finalista de, entre otros, el prestigioso Premio Nacional del Libro en Estados Unidos, los libros incluidos en esta Reciclpedia son publicaciones anteriores: Trimmings (1991), S*PeRM**K*T (1992), Muse & Drudge (1995). Los que presento aquí en traducción al español son poemas de Trimmings/Ribetes, en los que Mullen deja fluir su interés por materialidad de ciertos objetos domésticos, especialmente aquellos que rozan el cuerpo femenino, siempre bajo el amparo de aquellos Brotes tiernos de Gertrude Stein.


Ribetes


No me preguntes qué ponerme (atribuida a Safo)

Convertirse en algo, para una canción. Un cinturón se convierte en una cintura tan pequeña. Las serpientes alrededor de ella, envolviendo. Añada la cintura a cualquier figura, substraiga, divida. Los accesorios multiplican un look. Qué cosa, un cinto sugiere un abrazo. La aspira. Ella se abrocha. Sonríe, más tensa. Rápido identifica el bulto bajo el cinturón.

Los labios, muy bien cerrados. Piel que se abrocha con una pequeña presión. Estar en aprietos, en quiebra. Un veloz arrebato, de emergencia, persiguió a la dama con el bolso de cocodrilo. Un ladrón verde, sin alivio, se metió en su cartera como gancho o como pillo.

Su roja y blanca, blanca y azul bandera manera. Su roja y blanca y toda negra y azul. La mascada de Hannah le hace señas en la cocina con Dinah, con Jenima. Alguien en la cocina que conozco.

Desborda los lentes oscuros y la complexión relajada, un tono delicado, la tapa mantiene la cabeza fría bajo el alto sombrero.

Un poco apretado, algo picudo, se acerca al escándalo. Una del par levanta el empeine con el tacón. Si el zapato queda bien, la mula* patea, un caído, un arco de ángel que pierde el solo apoyo de la suela.

Dos piernas bien torneadas se estiran, luego corren. Pura magia, una caja que se divide. Alguien vio a una mujer partida a la mitad que ondeaba unos pies formidables.

El color “desnudo”, un tono de piel. La piel de quien apenas despliega un bronceado que se antoja. Lo que duran en el mostrador los bienes almacenados. El cuerpo acosa los inventarios de las existencias del verano. Una susceptible Godiva con peluca y a caballo, un molde de yeso sentado en calma.

Dentro de los pliegues de las castas enaguas, chupamirtos. Dentro de una bolsa roja con un cordón de seda, colibrí, cuya lengua es dulce. Un amuleto de amor, un batir cautivo, un aleteo. Escondido bajo los holanes, el corazón secreto, una bolsita atada con seda.

De una muchacha, en blanco, entre líneas, en los espacios donde nada está escrito. Sus enaguas almidonadas zafándose de él. Los labios entreabiertos, un gesto revelador, justo donde la besaron, y dijo. Quién le creería, yaciendo sobre las sábanas. Las fundas, la ropa sucia ya lavada en casa. La plática sobre la almohada en un sofá de piel aparece y desaparece en sueños. Sin permiso, pasa bajo la puerta. Un nombre adora los lapsus freudianos.

Algunos calzones tienen los suficientes. A algunos les hace falta. Algunos o cualquiera. Algunos son una apuesta.

De qué la suavidad material que se dobla en dos para envolverla, abajo cuándo sobre, al revés o al derecho, donde el aire es, lo que hace la diferencia en la capacidad de movimiento, vivir aquí —o caminar. Partir, ponerse la ligerísima prenda. Los agujeros respiran, y tragan. Las aperturas, la bastilla, la manga. Los bordes en las orillas donde la piel se detiene, o empieza. El deseoso ribete. Coser los botones, aunque se abran lentamente las flores —imagina su color. La falda suelta, un pétalo, un bolsillo para tu mano. Mi vestido cae sobre mi cabeza. Una sombra me asombra.

Cuando un vestido es rojo, ¿hay un final feliz? ¿Hay murmullo y satisfacción? ¿Silencio o alarma? Promete pero quién cumple. La aflicción es roja. Vende, grita, una urgencia puesta al revés. Niña de mis ojos, mejor verte. De paseo, preparándose para el insulto.

La novia se vistió de blanco. Posó en un modesto corpiño a la moda. El pastel con los capullos de azúcar y el betún blanco. A todo mundo le toca una tajada. Los chistes pasados de color, prestados y azules. Su rubor, la punta del iceberg, congelado en capas de encaje en la fotografía de su sonrisa.

* La referencia es a los zapatos destalonados que en inglés se denominan “mules”.

lunes, junio 20, 2011

Entre libro y culebrón (Diario Milenio/Opinión 20/06/11)

No es el rosa, es la risa


“Comedias”, las llamaba mi abuela, y no solía perdérselas. Apenas si recuerdo la trama de un par de ellas, pero sí que me parecían interesantísimas, como todas las cosas que me estaban prohibidas por mi corta edad. Jugaba a cualquier cosa delante de la tele —cochecitos, soldados, canicas, estampitas— con tal de escuchar algo de cuanto acontecía en esos episodios cuyos protagonistas solían comunicarse en un español fuera de este mundo, por sí mismo bastante para dejarme en ascuas de la situación. Pero hablaban de amor, frecuentememente, y ya me preguntaba si para enamorarse tendría uno que emplear todo aquel arsenal de rebuscamientos francamente ridículos y desmedidos. Prueba de ello era que no podía yo echar mano de alguno sin que mi abuela misma los celebrara con unas carcajadas que me llenaban de íntima vergüenza. “¡Vete a jugar!”, me ordenaba con poca convicción, una vez que paraba de reírse y cobraba conciencia de la poca atención que yo ponía en mis juegos con tal de estar pendiente de las comedias.


Según los compañeros de la escuela, eso de ver comedias era cosa de niñas. Por eso las mirábamos a escondidas, y era también así que nos enamorábamos. Me recuerdo diciendo en voz bajita más de una de esas frases de cartón frente al espejo, mientras imaginaba la expresión de dichosa sorpresa de mi interlocutora: esa novia futura que a resultas de aquéllo se casaría conmigo, y entonces viviríamos ya por siempre dichosos. No otra cosa, al final, pasaba en las comedias, cuyos espectadores contaban de antemano con una garantía de justicia cuya inminencia daba sentido y justificación a incontables semanas de zozobra. ¿Cómo entender, no obstante, que en el mismo canal, ya entrada la noche, aparecieran otros programas de comedia cuyo único objetivo era hacer reír? Debió de ser por esa inconsistencia que las telecomedias se fueron convirtiendo en telenovelas, sin por ello mudar de contenido, cuantimenos de reglas y convenciones. Una telenovela es, en términos simples, una novela rosa llevada a la pantalla casera en episodios cuya elasticidad permite recortarla o extenderla según convenga a quienes la difunden y aburra o interese a sus espectadores: ficción configurable a la medida de las circunstancias.


El tiraje está en el aire


“¡Tengo entendido que muy pronto van a pasarla al aire en los Estados Unidos!”, me anunció un diplomático encumbrado no bien nos presentaron y dijo conocer una novela mía. “¡Lástima que los libros no se puedan pasar al aire!”, me apuré a responderle, con tan poco sentido de la diplomacia que el fulano se hizo humo en cosa de segundos. Todo lo cual jamás habría ocurrido si al de por sí inexacto término telenovela no se le hubiese recortado el prefijo merced a la pereza del uso corriente. Da escozor aceptarlo, ante las diferencias abismales que suelen ubicar a la telenovela en las meras antípodas de la novela, pues todo le interesa al novelista menos dar garantías a sus lectores y, horror de los horrores, aliviar su conciencia de antemano. “Pasar al aire” una obra literaria sería un acto tan espeluznante como escribir un libro a partir de una telenovela, pero es un hecho que buena parte del público —¿la mayoría, tal vez?— toma a los novelistas por telenovelistas, y viceversa.


Lo más fácil para los literatos suele ser denostar y volverle la espalda al trabajo del tejedor de culebrones. Son legión, entre los lectores exigentes, quienes afirman jamás haber visto una telenovela, con el orgullo que antes solía proveer la doncellez. Miente la mayoría, claro está, si las telenovelas son por definición fáciles y adictivas como un videojuego, y sin duda hay algunas bien construidas. Lo cierto, sin embargo, es que una teleserie de doscientos capítulos exige tantas horas de talacha incansable y con frecuencia ingrata que es raro el novelista a quien provoca envidia ese trabajo, como no sea por el agrio temita los honorarios. Negociar una trama con quien se haga preciso, sufrir el mangoneo de los productores, someterse al capricho perverso del rating y ver la propia historia recortada de acuerdo a criterios de tiempo y oportunidad son jodiendas que a nadie se le desean, menos aún desde la perspectiva del novelista: ese obseso egocéntrico en cuya producción ningún otro mortal mete las manos sin riesgo de que salgan amputadas.


Degenerando el género


“¡No soy tan soñadora!”, deslindóse una congresista mexicana en cuyas torpes zarpas ha caído unacomisión de cultura por la cual el erario le paga un dineral de sobresueldo, no bien le preguntaron si acaso lee novelas. La muy silvestre debe de imaginarse la obra de Carlos Fuentes salpicada de nombres compuestos, triángulos amorosos y frases rebuscadas donde no existe idilio que no triunfe sobre la adversidad ni villano que a la postre se quede sin recibir su entero merecido. Es de creerse que ella, como tantos palurdos ávidos de algún lustre social, busque ser percibida como persona seria y consecuente que no gasta un instante de su atención en esas fruslerías de las novelas, aunque probablemente viva o haya vivido al inquietante tanto de más de un culebrón inconfesable, dada su jerarquía culturosa.


No muy lejos de la cerril legisladora, el presidente y comediante Evo Morales se dijo hace unos días convencido de que “en un 60 o 70 por ciento” las infidelidades y los divorcios acontecen “por culpa de las novelas”. Cierto es que el pobrecillo se refería a las telenovelas, aunque a leguas se nota la ínfima influencia que han tenido los libros sobre su proverbial verbosidad, y ello explica la clara desconfianza que al hombre le merece la ficción como tal. ¿Y quién, que haga ficción culta o plebeya se atrevería a concebir un personaje así, capaz de superar a los protagonistas más irreales de las telenovelas menos verosímiles? ¿No es verdad que hay también quienes culpan a las telenovelas de la existencia y persistencia de paletos en tal modo elocuentes? ¿Dónde más que en una comedia involuntaria se topa uno con embajadores, congresistas y presidentes con esos atributos sobrenaturales? El dilema es muy simple: sólo queda reírse de tristeza o sollozar de risa. Que se jodan los géneros, ni más faltaba.

miércoles, junio 15, 2011

Empezar de nada con nada (Diario Milenio/Opinión 14/06/11)

La poeta norteamericana Susan Howe publicó su libro That this/Eso esto en 2010. Dividido en tres secciones (La perspectiva de la desaparición, La arquitectura traviesa, y la propiamente llamada Eso esto), el libro explora la ausencia y el duelo por la ausencia de su compañero de vida, Peter Hare. En prosa o en verso, sirviéndose de recortes apenas legibles, fotocopias, y citas de archivos eduardianos, la escritura de Howe confronta la huella de las cosas y la huella de experiencia, incluso o sobre todo de aquello que es invisible o ilegible. Mi Emiliy Dickinson, el ensayo-poema fundamental para entender la obra de la gran experimentalista del XIX que Howe publicó en 1985, apenas acaba de aparecer en traducción al español en 2010: una hermosa edición de libros Magenta y una traducción de Ana Rosa González Matute. Ojalá que no pase tanto tiempo para ver una traducción completa de este reciente libro.

Todo estaba demasiado tranquilo la mañana del 3 de enero cuando me levanté a las ocho de la mañana luego de una buena noche de sueño. Demasiado tranquila. Me bañé, vestí, y luego bajé y puse a hervir algo de agua para la avena instantánea. Peter siempre despertaba muy temprano, así debería estar trabajando ya en su estudio, pero no había seña alguna de que hubiera desayunado. Vi por la ventana y ahí estaba el New York Times todavía en la entrada de los autos dentro de su bolsa de plástico azul. ¿Habría salido a caminar? Me fijé si sus pantuflas estaban sobre el suelo, a un lado del asiento de la ventana donde usualmente las colocaba cuando salía. No estaban ahí. ¿Por qué? El agua hervía. La vertí sobre el cereal, lo mezclé, y luego me detuve. La casa estaba muy quieta. Lo llamé por su nombre. Ninguna respuesta. ¿Estaría enfermo o dormiría de más? Recuerdo haber pensado que no debería comer hasta que estuviera segura de que él se encontraba bien. Habíamos compartido ya por tiempo esa broma de que a los 70 cualquier cosa podría pasar, así que si uno de nosotros no aparecía antes de las nueve de la mañana, el otro tenía que revisar. Lo llamé otra vez. Una vez más, sin respuesta. Tal vez no me escuchaba porque estaba tomando un baño. Fui a su cuarto. Estaba tendido sobre la cama con los ojos cerrados. Cuando lo vi con la mascarilla de CPAP sobre su boca y su nariz, cuando escuché el sonido abrupto de aire produciendo aire, supe que no estaba dormido*. No.

Empezar de nada con nada cuando todo ha sido dicho **

“Oh mi muy querida hija. ¿Qué podría decir? Un divino y buen Dios nos ha cubierto con una nube oscura”. Sarah Edwards le escribió esto a una su hija Esther Edwards Burr el 3 de abril de 1758, cuando supo de la súbita muerte de Jonathan en Princeton. Para Sarah todos los actos de Dios son una especie de lenguaje o voz que sirve para instruirnos en cosas relacionadas con la vocación o la confusión. Me encanta leer las analogías, metáforas y símiles de su esposo.

Para Jonathan y Sarah todos los ríos iban hacia el mar que, sin embargo, no estaba lleno, así que en general siempre hay progreso como en la revolución ocasionada por el uso de la rueda y cada alma responde a la llamada de Dios en su palabra. Leo las palabras pero no oigo a Dios en ellas.

En la mañana del 2 de enero habíamos tomado el tren rumbo a Manhattan para ir a la boda de mi hijo en el City Hall. Esa tarde no pudimos encontrar asientos juntos en la hora pico del Metro norte que parte de la Grand Central, así que nos sentamos aparte. Ya estaba oscuro cuando llegamos a New Haven y cruzamos las vías para alcanzar la conexión a Guilford. Cuando nos bajamos, caminé a prisa a través del estacionamiento hacia el carro. Él me siguió más lentamente. Me pregunté por qué, pero hacía tanto frío que ni siquiera me volví a verlo. En la casa cocinamos vegetales y pasta. Después de la cena dijo que se sentía cansado y que se iba directo a la cama.

“¡Oh que besáramos el palo, y pusiéramos nuestras manos sobre nuestras bocas! El Señor lo ha hecho. Él me ha hecho adorar su bondad, el haberlo tenido por tanto tiempo. Pero mi Dios vive; y suyo es mi corazón… Todos nos entregamos a Dios: y ahí estoy, y amor estar”. Admiro la manera en que el pensamiento contradice al sentimiento en la furiosamente tranquila carta de Sarah.

No podemos estar limitados a esta vida de ansiedad.

En alguno lado leo que las relaciones entre el sonido y los objetos, sentimientos y pensamientos, se desarrollan por asociación; el lenguaje se adhiere y envuelve a su referente sin necesidad de destruirlo o de cambiarlo, de la misma manera en que una telaraña atrapa a la mosca.

Ahora bien, al juntar estos pedazos de memoria, al tratar de elegir los buenos y desechar los malos, me quedo con una impresión avasallante: la violencia irrepresentable del doble negativo.

Estaba tendido con su cabeza sobre su brazo, una manera en que lo había visto dormir con frecuencia. Me acordé del cuerpo ahogado de Steerforth en David Copperfield, y de la brutalidad que es enviar a los niños a un internado para forjar conexiones que pueden ayudar en la vida futura. Aunque Steerforth es un personaje sádico su nombre perfecto constituye una segunda piel. Algo debe permanecer para que una alma descanse contra la piedra.

La máscara de CPAP estaba sobre su cara porque sufría de apnea, una condición que se caracteriza por las pausas que aparecen en la respiración al dormir. Cuando la máscara se conecta y funciona, una presión más fuerte que la de la atmósfera del entorno es suficiente para evitar que las vías respiratorias se estrechen o bloqueen. Si sintió cualquier cosa inusual, de seguro habría tratado de quitar el obstáculo. La máscara estaba todavía prendida y vaporizando.

La tierra de la oscuridad o la oscuridad misma tu boca de sombra.

* CPAP es la sigla en inglés de “presión positiva continua en la vía aérea”. Es un tratamiento que distribuye aire ligeramente presurizado durante el ciclo respiratorio. Esto hace más fácil la respiración para personas con apnea obstructiva del sueño y otros problemas respiratorios.

** En efecto, al final de esta línea no hay un punto final.

martes, junio 14, 2011

Disecado o cómo Bellatin y Glantz se convirtieron en personajes de Mario Bellatin (Sexenio-Puebla 07/06/11)

Me ha pasado algo extraño que considero interesante compartir con mis queridos lectores. Todos los días y en un número considerado de horas visitó a un reo que duerme, piensa, siente y escribe desde la celda 26 de una vieja cárcel de la ciudad de Puebla. No voy a entrar en detalles en cuanto al espacio físico y su contenido, no interesan y no afectan ni complementan en nada a este relato. De todos los reos, éste es el único que no ha sido vestido con el uniforme propio de un encarcelado, gracias a un permiso que su abogado le ha logrado sacar, pues como va a estar poco tiempo no tiene sentido que le den el uniforme. Para matar sus días y hacerlos menos cansados, acostumbra leer los libros que suelo proporcionarle. Estos días no me pidió material de lectura, pues tenía uno que le facilitó otro de sus visitantes: el poeta Alfredo Godínez; la obra que le prestó fue escrita recientemente por Mario Bellatin y se llama Disecado, se la publicó Sexto Piso, una editorial que según el reo tiene una propuesta editorial única e interesante. Más por morbo que por interés le pedí que me contará de que trata el libro, ya que he oído entre otros amigos que éste novelista suele experimentar mucho con cada obra que concibe. Disecado –dice el reo- es un libro novedoso en donde el escritor Mario Bellatin crea dos textos que resaltan su capacidad narrativa para plasmar el desdoblamiento de más de un personaje, donde a pesar de pertenecer al mismo ser, son distintos. Una especie de metamorfosis. La técnica que utiliza para construir y contar los relatos es muy similar al monólogo interior, sólo que exteriorizado; sin duda –me comenta el reo- es otro riesgo literario y estético que Mario Bellatin corrió al concebir este libro. Luego me dijo que otra peculiaridad de este libro o de estos experimentos estéticos, es que el personaje es el propio escritor Mario Bellatin. Mismo ejercicio que repite con otro texto que complementa a Disecado: El pasante de notario Murasaki Shikibu; aquí la protagonista que sufre más de una metamorfosis es Margo Glantz. Ambos textos, me dice el reo, lo han dejado con un sinfín de sensaciones encontradas: vacío, soledad, hartazgo de su cotidianeidad. Siguiendo con sus comentarios, asegura que es un libro peligroso y maligno: atrapa, pero es imposible no salir afectado o lastimado. Yo no sé mucho de literatura y sus técnicas, por eso conmigo no quiso profundizar, prefiere esperar la visita de su amigo el poeta Alfredo Godínez, empero me dejo ver que aquí se ven muy claras las seis peticiones o propuestas estéticas que Ítalo Calvino deseaba para las novelas concebidas en el siglo de las tecnologías: levedad, rapidez, multiplicidad, exactitud etc. Una vez terminada mi plática con el reo, tomé su libro prestado para leerlo antes de hacerle otra visita; y sólo ha servido para darme cuenta de que el reo, al decir: quien lo lea no saldrá bien librado; lo decía con plena seguridad. Pues al terminar esta pequeña recomendación, me doy cuenta al ver mi reflejo en la computadora desde la que escribo, que justo detrás de mí está parado el reo, mirando por la ventana de la celda 26 esperando su pronta liberación; luego caminando de aquí para allá anda el poeta Alfredo Godínez quien se encuentra concentrado en la concepción de un poemario donde precisamente un reo y un poeta son los habitantes de dicho texto, al mismo tiempo que se encuentra preocupado por la incertidumbre amorosa de una dama; y resulta que yo -el que esto escribe-, no soy más que el amanuense de estos personajes. Supongo que como sugiere el autor, a cualquiera le ha pasado esto. Si no, quizá necesite empezar a medicarme. Por cierto, eso es tan sólo un pequeño homenaje a Mario Bellatin.

La invasión del porvenir (Diario Milenio/Opinión 13/06/11)

De pollos y polleros


La película, tal vez un tanto absurda a la distancia, cuenta la peripecia tragicómica de un grupo de infelices campesinos turcos ilusionados con la idea en apariencia fácil de hallar trabajo pronto en Escandinavia, una vez enganchados por cierto estafador que prometió arreglar su situación legal y laboral una vez que llegaran a Suecia. Y hacia allá van, cargando pasaportes y expectativas, aunque no hablen una palabra de sueco ni hayan jamás salido de sus aldeas, de modo que la extraña travesía los lleva aún más lejos en el tiempo que en la simple distancia. Y eso lo sabe bien el enganchador, quien una vez llegados al centro de Estocolmo alerta a sus ilusos pasajeros sobre el peligro de salir a la calle, o siquiera dejarse ver por nadie abordo del autobús, mientras él se hace cargo del papeleo y consigue las visas de trabajo. Compinches indefensos del pollero, los pasajeros están lejos de imaginar que nada más baje éste del autobús, arrojará todos sus pasaportes en el primer bote de basura que se le atraviese y escapará de ahí con todo su dinero.


El resto de la historia, filmada a la mitad de los años setenta, era de un patetismo escalofriante, a partir de la imagen del autobús estacionado al lado de una enorme plaza comercial sueca, lleno de pasajeros escurridizos que se mueven a rastras para hacerse invisibles a los curiosos eventuales. Una vez que se atreven a salir —de noche y a hurtadillas, convencidos al fin del engaño, es como si se vieran en otro planeta, de modo que el destino de cada uno a partir de ese punto es trágico por fuerza. El autobús, se titulaba la coproducción suizo-turca dedicada a explorar esa suerte de ciencia-ficción involuntaria que revelaba de una vez por todas el único destino concebible para los tripulantes de una máquina del tiempo.


Unos años después de El autobús, el periodista Günter Wallraff desvelaría horrores no muy diferentes, luego de un par de años de vivir disfrazado de turco en Alemania. ¿Qué tanto iba a importarle al capataz racista de una central nuclear del Ruhr que sus trabajadores ilegales recibieran el doble de las radiaciones permitidas y fueran a incubar sarcomas terminales en otro continente, es decir en distintos siglo y planeta? Cuesta trabajo imaginarlo ahora, cuando la información va y viene por el mundo en cosa de minutos, de modo que el desdén de los desarrollados y el desconcierto de los primitivos se han hecho lo bastante relativos —si no insignificantes, confundibles, intercambiables— para no verse más a salvo uno del otro.


La fusión de los mundos


Vi El autobús en un cine club, cuando el guión aún lucía verosímil. La imagen de esa plaza escandinava, cuya moderrnidad alucinante a un tiempo fascinaba y aterraba a aquellos personajes poco menos que extraterrestres (los recuerdo pescados de la escalera eléctrica como de un carro flojo de la montaña rusa), era tan poderosa que sobrevivió intacta en la memoria. Lo sé porque ayer mismo me he visto recorriéndola y una hora más tarde ya había constatado a través del Google que la película se filmó justo allí: Sergels Torg. El lugar, sin embargo, a estas alturas luce ya tan lejano de la modernidad como cualquier glorieta descuidada. Nada raro sería toparse con alguna plaza idéntica, si bien más avanzada y en una de éstas menos cochambrosa, en mitad de Estambul. Vamos, si me quedara dormido y abriera al fin los párpados en una de sus bancas, no me sería difícil suponer que he despertado en la estación del metro Insurgentes. De modo que si a estas alturas hubiese un productor interesado en volver a rodar El autobús, tendría que dar al guión un giro tan violento que acabaría filmando una historia costumbrista. ¿Qué de raro hay hoy día en ser un turco más en tierra de vikingos?


“¡Yo no soy sueco!”, se deslinda el taxista, risueño y aliviado, un pelito orgulloso, de camino hacia la Ciudad Vieja, que acaso es lo más sueco que le queda a Estocolmo. Nacido medio siglo atrás al sur de Ankara, el conductor llegó hace treinta años a Suecia y ha visto a lo inusual transformarse en corriente, al extremo de apenas recordar cómo era el primer mundo cuando aún había sentido en apodarlo así. Dan pena los xenófobos a la luz de estos tiempos, menos por sus prejuicios anticuados que por su miserable conexión con un mundo que ya dejaron de entender. ¿No son ellos ahora los extraterrestres? ¿No ignoran casi todo en torno a esos fuereños que de repente los conocen al dedillo?


Esa extraña extranjería


El futuro es aquel raro lugar desde el cual el pasado nos parece mentira. Hace unos pocos años, nadie daba un centavo por la democratización de los países árabes, asumiendo quizás que el rencor de fanáticos y exaltados afines podía más que el flujo de la información. ¿Qué quieren hoy los libios, los sirios, los egipcios, sino un poco de aquella civilización antes inaccesible y hoy común y corriente como un café internet? ¿Quién por ahí no desea unos tenis nuevos, un transporte decente y unas calles pavimentadas, por ejemplo? ¿Sería mucho pedir que la civilidad fuera parte de la normalidad, allí donde los mandamases corruptos de anteayer cada día cuentan menos con la ignorancia de los propios y la indiferencia de los extraños? ¿Creen los pobres globófobos que quienes tienen hambre preferirían seguir viviendo a espaldas y a distancia de los bien comidos, en lugar de buscarse un lugar en la mesa?


Como los personajes de El autobús, el sueco me es perfectamente incomprensible, pero aún no me topo con el primer lugareño que no sepa expresarse en inglés corriente. Enciendo la televisión en el hotel y por ella me entero que los turcos siguen esperanzados en integrarse a Europa formalmente, pese al escepticismo y la discolería de quienes aún creen que pueden regresar a los años setenta y cerrar unas puertas a todas luces desaparecidas. Contra todo pronóstico, no me siento del todo extranjero; tal vez porque ese es uno de los términos que cada día voy entendiendo menos. Vuelvo a la calle y ahí está la plaza. “Sergels Torg”, me repito, no tanto porque quiera aprender sueco, sino para acabar de convencerme de que no estoy pasando por el metro Insurgentes.