martes, abril 19, 2011

¿Ventrílocuo yo? (Diario Milenio/ Opinión 18/04/11)

En el momento menos pensado, el muñeco se adueña de la escena.

Puesto de otra manera, la ficción prevalece


1. La risa del intruso

Era casi la medianoche de aquel miércoles raro cuando me pregunté qué estaba haciendo en ese aeropuerto. No que no lo supiera, sino que de repente dudaba entre reírme y regresarme, mientras la banda negra comenzaba a moverse, decidida a traer nuestras maletas de camino a la aduana. Padecía, además, la incertidumbre propia de quien reservó un coche para rentar y nunca ha puesto un pie sobre esas coordenadas, de manera que ya me preguntaba cómo haría dar con Fort Mitchell, Kentucky, a unos minutos del estado de Ohio, en las meras afueras de Cincinnati. Y más que eso, de nuevo, por qué había tenido que ir tan lejos para encontrar a un buen presentador de la novela que aún no terminaba. ¿No tenía que estar encerrado chambeando, en vez de ir a meterme donde nadie sino el instinto me llamaba? ¿Era en serio el instinto, y no un mero capricho quien apuntaba en esa dirección?

Vent Haven ConVENTion, se anunciaba en el sitio web, donde asimismo quedaba bien claro que todos los novatos eran bienvenidos. Una vez hospedado en el hotel, tras unas pocas horas de sueño, acudí a la primera conferencia presa de una extrañeza aún mayor, pues he aquí que una buena parte de los asistentes se hacía acompañar de algún muñeco. Dos minutos más tarde, me tapaba la cara tal como lo había hecho la noche anterior, para disimular la risa entre nerviosa y regocijante que me daba volver a preguntarme qué demonios hacía en una convención de ventrílocuos. Allá en el escenario, un tal Dan Horn disertaba sobre las técnicas ideales para usar el micrófono, acompañado de otros dos muñecos que pronto se encargaron de transformar mis dudas en risotadas nuevas y por fin legítimas. En el peor de los casos, me animé hacia el final de la conferencia, pasaría cuatro días divertidísimos.

2. ¿Cómo me ve, Doctor?

Fue hasta la noche de ese primer día cuando vi por primera vez a mi presentador, sólo que en ese instante estaba sin cabeza. Tras unas cuantas conferencias y presentaciones, volví al puesto de venta del artista puertorriqueño Albert Alfaro, donde algo así como una veintena de muñecos convocaba la admiración de otros tantos curiosos y clientes potenciales. Fascinado a mi vez, fui recorriendo nuevamente los rostros elocuentes de aquellos engendrillos cuya entraña malévola y chocarrera asomaba al notorio preciosismo de su factura. Fue cuando me detuve en el Doctor, presa de alguna suerte de hechizo instantáneo. Era él, con certeza. No podía ser otro. Cerré los ojos para imaginarlo debutando en la FIL de Guadalajara y otra vez me ganaron las carcajadas. Pregunté por el precio al vendedor y regresé a mi cuarto presa de una cosquilla preocupante. ¿Tan serio era el asunto que iba a gastarme todo ese dinero en cumplir el capricho del instinto? Regresé varias veces, hasta que en una de ellas vi a un hombre regateando el precio del Doctor. Y eso sí que no lo iba a permitir.

La mañana siguiente desperté de un salto. No está uno acostumbrado a abrir los párpados y toparse de golpe con una mirada fija y una sonrisa perturbadora. Pocas horas más tarde, ya asistíamos juntos a la primera clase del VIP (Ventriloquist Intensive Program: un cursillo relámpago ofrecido por el famoso Pete Michaels), y ya esa misma noche practicábamos frente al espejo del baño. “Jamás dejen morir al muñeco”, aconsejaba Michael; de ahí el desplazamiento hacia el nosotros. Si pretendía que otros creyeran en verdad vivo al Doctor, tenía que empezar por creérmelo yo en todo momento, y eso era acaso lo más divertido. Un trabajo, por cierto, apenitas distinto del que desvela a quien escribe ficción. Ser otro y uno mismo, desdoblarse, anularse; dejar que sea el engendro quien tome decisiones y se exprese más allá de la propia opinión. Una delicia, al fin, y una aventura íntima que a su vez implicaba —no lo sabía entonces— motivos novedosos de zozobra. Una cosa es pensarlo y reírse, advertí, y otra muy diferente comprometerse con lo que a todas luces parece un despropósito.

3. La voz de la zozobra

Luego de presenciar actos tan poderosos como el del superestrella Jeff Dunham y hacer migas con varios de los convencionistas —obviamente equipados con un regocijante sentido del humor—, subí al avión cargando en la maleta de mano la preciada cabeza del Doctor, cuyo cuerpo dormía en el equipaje, y al llegar a mi asiento advertí que aquél era mi día de suerte, pues viajaba a mi lado nada menos que Sammy King. Luego de medio siglo en el negocio, con veinticinco mil presentaciones, diez años en el Crazy Horse de París y sabría el diablo cuántos en Las Vegas, Sammy sobrevivió a un problema cardiaco que ya no lo dejó ir adelante con Francisco Jones, el famoso perico mexicano cuyo acento perfecto delataba la otra nacionalidad del único ventrílocuo que iba y venía con todo y muñecos pilotando su avión particular. De Cincinnati a Salt Lake City, que era donde tendríamos que separarnos, Sammy me habló de historias y personajes míticos. Tony Bennett, Dean Martin, los wise guys de Las Vegas y la vida dichosa de un top performer en aquel paraíso del vive-como-quieras. Atendiendo al consejo del instinto, resolví que era aquélla una señal. Iría hasta el final con el Doctor.

Hace ya nueve meses desde la convención. A la mitad de abril de 2011, miro al doctor en ciencias incultas Enedino Godínez sentado una vez más en un cuarto de hotel —como suele pasarme con otros personajes, no fue fácil ni rápido dar con su nombre—, unas horas después de hacer pegar un brinco a la camarera. Ayer mismo subimos a nuestro sexto escenario, en el Festival Eñe en Lima, Perú, donde una vez más he sacado provecho al consejo de Sammy. No sufras demasiado con el guión, me dijo, las mejores ideas se le van a ocurrir al personaje. Cada vez que subimos, no obstante, al escenario, en vez de mariposas siento una marabunta en el estómago, como cuando uno lucha por encontrar el fin de su novela. ¿Cuántas presentaciones le tomó a Sammy King deshacerse de semejante ansiedad? Nunca lo consiguió, tal vez porque sin esa zozobra elemental su perico jamás habría abierto el pico ante el micrófono. ¿Es decir que otra vez y como siempre no hay aliado más fiel que el propio miedo? Esa sola certeza me devuelve la calma: a diferencia de quien lo maneja, no hay duda que el Doctor sabe lo que hace.

lunes, abril 18, 2011

Una realidad novelada (Sexenio-Puebla 12/04/11)

El 17 de octubre de 2001 Fabián Flores Álvarez fue asesinado en las primeras horas de ese día. Cinco años después Juan Antonio Mendivil y Magda Gilbert - periodistas radicados en la zona fronteriza formada por Tijuana y el condado de San Diego-, desaparecen misteriosamente, sin dejar rastro alguno. Las autoridades han dejado de investigar y nunca ofrecieron alguna respuesta lógica o satisfactoria, prefirieron quedarse con la posible versión de que ambos periodistas viven juntos en alguna playa de las costas del Pacífico. Luis Humberto Crosthwaite pone atención en esta historia y se dedica a indagar en el misterio que cubre a estas personas. Teniendo como material un diario personal, así como algunas cartas, entrevistas con amigos, colegas de trabajo y familiares de los periodistas desaparecidos; Crosthwaite crea una novela arriesgada y franca. La ficción será la herramienta que utiliza Crosthwaite para rellenar los espacios necesarios que ayudaran a darle una coherencia a la historia.

Con el estilo característico que tiene la prosa de Crosthwaite: balazos narrativos que crean imágenes precisas; el autor de obras como: Aparta de mí este cáliz o Idos de la mente, cuenta la vida de Magda Gilbert, quien después de haber sufrido la pérdida de su novio Fabián Flores, se cruza con Antonio Mendivil. La primera escribe para diarios locales, mientras que el segundo lo hace para el diario The San Diego Tribune. Juntos viven una relación amorosa muy intensa hasta que se pierden del mapa de todos y cada uno de sus conocidos, sin dar previo aviso. Sólo se esfumaron y ya.

Muchas preguntas quedan en el aire y esta novela ejerce otras más: ¿Por qué desaparecieron dos periodistas y nadie ha vuelto a indagar en el caso? ¿Su desaparición fue un secuestro común o tiene algún vínculo con el narcotráfico? ¿Por qué al gobierno de Tijuana y al Federal no les interesa resolver el caso?

Tijuana: crimen y olvido es acaso una radiografía de miles de casos alrededor de nuestro país; también es la prueba de una realidad en la que nos encontramos inmersos, la cual las autoridades no han querido ver y han optado por seguir sosteniendo una lucha que más que soluciones ha dejado miles de muertes.

Tijuana: crimen y olvido, sobre todo, es la novela más madura de Luis Humberto Crosthwaite y cumple magistralmente con alguna de las tantas características que toda obra de arte debe tener: la capacidad para denunciar y retratar todo aquello que ha corrompido y apestado a una sociedad.

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*Luis Humberto Crosthwaite. Tijuana: Crimen y olvido. México: Tusquets, 2010.

Los invisibles (Diario Milenio-Opinión 12/04/11)

Sujetos a extorsión y a violaciones constantes, los inmigrantes han visto el rostro más feroz de México: autoridades coludidas con organizaciones criminales, hambre, desolación, muerte


Este martes 12 de abril a las 22:30 horas el Canal 11 de televisión transmitirá Los invisibles, un programa especial compuesto de una serie de cuatro cortos documentales dirigidos por Marc Silver y Gael García Bernal, y producidos por Martha Núñez. Elaborados originalmente para Amnistía Internacional en 2009 y con una duración de aproximadamente 10 minutos cada uno, estos cortos exploran la brutal realidad que enfrentan los inmigrantes centroamericanos al atravesar nuestro país en su camino hacia Estados Unidos. Ya en los trenes de la muerte o encontrando refugio efímero en una de las pocas Casas de Migrantes en su ruta hacia el norte, los hombres y mujeres que arriesgan su vida con tal de llegar a su versión del sueño americanoconstituyen en realidad ese ejército de invisibles de la globalización contemporánea. Los más vulnerables entre los vulnerables. Sujetos a extorsión económica, a mutilaciones varias y, en especial en el caso de las mujeres, a violaciones constantes, estos inmigrantes han visto, tal vez mucho antes que la gran mayoría, el rostro más feroz de México: autoridades policiacas coludidas con organizaciones criminales, hambre, desolación, muerte.

No por casualidad Los invisibles, el programa que trasmitirá el Canal 11, es también una conversación. Convocados por Gael García Bernal, algunos periodistas y escritores y comentaristas políticos nos dimos a la tarea de entablar un diálogo alrededor de estos cortos de factura notable. Nombrar es una manera de reconocer la existencia de una realidad. El que conversa vuelve visible lo oculto. La plática también corre el velo del silencio para que la palabra, las palabras, vayan cobijando poco a poco a los cuerpos mancillados. Dialogar al respecto no puede no involucrar el ánimo de construir una solución en conjunto. La invitación explícita de Los invisibles es a que todos participemos de esta conversación, ciertamente, pero también, y luego entonces, a que todos desde nuestras trincheras contribuyamos en algo. Se necesitará a más de uno para hacer brillar la luz al otro lado del túnel en que se ha convertido este México segado por una guerra inútil y absurda.

Por razones de procedencia y también de cariño, la conversación que compartí tanto con Gael García Bernal como con el periodista Diego Osorno se concentró en los estados norteños de Nuevo León y de Tamaulipas. Todavía estaban frescas, entonces, las noticias sobre los cadáveres de los 72 inmigrantes centroamericanos descubiertos en mi estado de origen. Hablamos de eso. Hablamos también de las rutas migratorias que llevaron, entre tantas otras familias, a los Rivera y a los Garza a ese rincón del país donde, hasta mediados del silgo XX al menos, todavía era posible vivir bien y en paz. Charlamos de lo que solía ser: las reuniones de la familia alrededor de las largas mesas de madera; los campos de sorgo y, antes, los campos de algodón; el pase fronterizo. El trabajo, el sudor, la risa. Hablamos mucho también, aunque creo que esto fuera de cámara, acerca de larguísimos trayectos en carreteras y brechas a través de los cuales la geografía se convirtió en piel y la piel en memoria compartida. Todos somos de un lugar. Todos regresamos a unos brazos.

Ahora mismo, mientras escribo este texto, me llegan las muy tristes, las muy escalofriantes noticias de otras fosas. Son las noticias en que se reportan 59, y luego 72 y, hasta hace rato, 88 cadáveres encontrados en el municipio de San Fernando, Tamaulipas. Se trata de hombres y mujeres ahora sin rostro y sin nombre que, sin duda, alguna vez respondieron a un apelativo cariñoso. Hijos de alguien. Primos de alguien más. Novios, esposas, padres. Son hombres y mujeres que, de ya, le duelen a sus seres queridos y, por lo tanto, nos duelen a todos. Son los daños colaterales de, repito, la guerra inútil y absurda que, como calificara el poeta Javier Sicilia hace apenas unos días, es el pudrimiento del país. Quiero pensar que las conversaciones que conforman el programa de Los invisibles también los incluyen a ellos, a estos nuevos 88 caídos. Y a los que, de continuar esta guerra, seguirán pereciendo.

Hace apenas unos días, Sergio Fajardo, uno de los artífices del Plan Medellín —la única estrategia integral que ha comprobado ser efectiva en reducir niveles de violencia asociados al narcotráfico— visitó Ciudad Victoria, Tamaulipas. Ahí, en un discurso apasionado y lleno de detalles significativos, el político colombiano fue desglosando los métodos de su cruzada. Lo más bello para los más humildes, dijo, antes de describir la construcción de parques, bibliotecas, centros culturales en las áreas menos favorecidas de la ciudad como parte de un proyecto urbano integral. Dejar de lado a los que tienen precio, dijo, porque con ellos empieza y echa raíces la corrupción de la que se alimenta, sin duda, la violencia. Transparencia. Honestidad. Confianza ciudadana. Proyectos de autogestión comunitaria. Nada, en fin, que no sepamos. Nada en lo que no podamos, como colectividad, apostar antes de que el país se nos convierta en un puro, incesante, triste, funeral.

Ojalá puedan echarle un vistazo al programa del 11 hoy en la noche. Ojalá podamos extender esta conversación al país entero. Ojalá que esta conversación urgente, necesaria, nuestra, pronto nos ayude a establecer caminos alternativos a la guerra.

martes, abril 12, 2011

La injuria indispensable (Diario Milenio/Opinión 11/04/11)

No todo el mundo sabe insultar bien, así que todavía menos son los que saben cómo encajar un buen insulto


1. Estúpidos, absténganse

La canción se llamaba “Algo tonto”, pero había locutores que preferían traducirla como “Algo estúpido”. Y esto último no era una tontería, sino una estupidez. Frank y Nancy Sinatra interpretaban una canción de amor en tal modo ligera, y si se quiere ñoña, que le sobraban las altisonancias. Pues las palabras stupid y estúpido son losfalsos amigos por excelencia: si aquélla es ligerita e incluso cariñosa, ésta resulta lo bastante áspera para levantar a su paso un ventarrón y convocar de golpe a la estupefacción de los presentes. Cuando una mujer sonriente y arrebolada llama a su novio stupid, la traducción no tendría por qué ir más allá de tontito. “¡No seas tonta, mi amor!”, increpa tiernamente el enamorado a la novia celosa, para que de una vez termine de entender que no debe volver a dudar de su afecto, por más que esas duditas le enternezcan. ¿Pero qué pasaría si al meloso de marras se le ocurriere suplicar a su amada que por favor no fuera estúpida? ¿Le serviría siquiera elpor favor?

Por alguna segura sinrazón, la tontería se asume como un aturdimiento leve y pasajero, mientras la estupidez parecería una suerte de mal vecino de la idiocia y para colmo imputable al usuario. Es difícil, por tanto, emplear el término sin alguna exageración metafórica, con frecuencia patente en el peso de la segunda vocal, donde uno se detiene a recrearse en el poder de la esdrújula. ¡Est-Ú-pido!, acentuamos, para expresar el pasmo o la repulsa que nos produce tal o cual comentario, y ya entrados en rabia no sería de extrañarse que nos siguiéramos de frente con el indignado “¡idiota!”, el humillante “¡imbécil!” o el grosero “¡pendejo!” —que, a todo esto, entre amigos resulta fraternal—, no porque la persona nos parezca todo eso (en cuyo caso lo diríamos tal vez a sus espaldas), sino por la extrañeza que nos causa escucharle decir presuntas sandeces. No llama uno al amigo, el colega o el ser querido para propinarle un insulto, sino una reprimenda que se expresa mejor a través de la súplica tantito menos dura: “¡No seas estúpido!”

2. Los insultos estólidos

A nadie se lo he dicho tantas veces ni con tanto coraje como a mí mismo. Vamos, no sé qué haría sin la palabra estúpido en el repertorio. La uso no solamente para arrepentirme, sino con la intención de dejar una marca, de modo que al volver a enfrentarme a un obstáculo como aquel donde acabo de tropezar no cometa de nuevo la misma tarugada. Sólo que en este caso no me pido evitar la estupidez, sino que hasta me admiro del nivel desplegado: “¡Ah, cómo soy estúpido!”. Por no hablar de esas desoladas ocasiones en las que uno se ve obligado a concluir que ni echándole ganas habría conseguido ser más estúpido. Con lo cual no hago sino confirmar que la injuria verbal tiende a decir más del que insulta que del insultado. Y sin embargo, hay que ver quién es tan inteligente, y al mismo tiempo tan equilibrado, para responder con absolutas calma y sensatez a argumentos que ya se anuncian como meros insultos a la inteligencia y a gritos piden la retaliación. ¿Qué provocador huérfano de argumentos no conoce, administra y explota el poder desquiciante de la estupidez ancha y sentenciosa?

El gran problema de un insulto indispensable es que muy rara vez se le hace justicia, pues como es natural se profiere en momentos de ofuscación, irreflexivamente, hasta que se convierte en arma arrojadiza al servicio de cualquier necedad. Un servicio bien flaco, cuando el insulto es ciego, sordo y gratuito porque en vez de diagnóstico se anuncia como síntoma y acaba provocando conmiseración. Si las palabras fuertes son fuegos de artificio, dosificarlas mal —peor aún, derrocharlas— es gastarse la pólvora en infiernitos. Nunca será lo mismo el ejercicio de la autocensura que la administración de la altisonancia.

3. Santas altisonancias

Un insulto gratuito se parece a una luz de bengala prendida a mediodía, por eso causa lástima que en los foros de los periódicos online prevalezca el insulto sobre el razonamiento. Queda una sensación de desperdicio, aunque no pocas veces se topa uno con materia nutritiva y por eso es que sigue entrebuscando. Y ha sido así como este fin de semana relumbró una breve polémica entre Fernando Escalante Gonzalbo y Luis González de Alba, en el sitio web del periódico La Razón. “Estúpido”, lo llama éste, y añade que lo dicho sí es insulto, “pero te lo mereces”, pues evidentemente lo considera exactamente lo contrario. Más abajo, Escalante Gonzalbo no tarda en aclarar el sentido de lo escrito, que en la primera instancia, sin más contexto, invitaba a la extrañeza y quizás el escándalo. Pero he aquí que la palabra “estúpido” (incluida en el e-mail distribuido por González de Alba) fue suplantada en el foro por varias equis, ya que en el mecanismo digital están vetadas las altisonancias. No tardó así un nuevo comentarista en dar por hecho que donde había las equis debía decir “pendejo”.

Cierto es que muy pocos despliegan la elegancia de estos protagonistas que jamás se despeinan al pelear por un tema y ni con un insulto se faltan al respeto. Es decir que cuando uno se inconforma contra quienes insultan sin ton ni son ni por supuesto la menor reflexión, lo que reprocha no es que sean groseros, ni irrespetuosos, sino estúpidos. El verdadero insulto, finalmente, es aquel que se apoya en argumentos claros e irrebatibles. Por eso indignan tanto esas turbas estúpidas, valga la redundancia, que repiten insultos como letanías a partir de razones jamás establecidas, cuando no falsedades y calumnias evidentes. Si es verdad que la estupidez resulta a largo plazo peor que la maldad, se entenderá por qué, como el demonio, soporta cualquier cosa menos que se la llame por su nombre. No mentarla, por tanto, es como alimentarla, y ya bastante de ella hay en el mundo.

domingo, abril 10, 2011

Duelo (Milenio diario/Opinión 05/04/11)

Escribí el texto que aparece a continuación ya hace un par de años. Lo cito en extenso ahora porque es lo que llevaré bajo mi brazo mañana, miércoles 6 de abril, cuando, esté donde esté, en realidad camine junto con otros en esa marcha de Emergencia Nacional que emprenderemos desde el Palacio de Bellas Artes hasta el Zócalo de la Ciudad de México por nuestros 40, 000 muertos. Lo cito en extenso porque no sé de qué otra manera darle mi pésame ni al poeta Javier Sicilia por la muerte de su hijo, Juan Francisco, ni a los otros padres y madres que también se han visto amputados, como bien lo describiera el poeta, de un hijo. Lo cito porque sí, es cierto, tal como lo escribió Sicilia en la carta abierta que publicó la revista Proceso el domingo pasado, estamos hasta la madre. Y lo cito también porque, sin embargo, seguimos. Y aquí seguimos.

En “Violence, Mourning, Politics”, uno de los ensayos que componen Precarious Life. The Powers of Mourning and Violence, un libro reciente de Judith Butler, la autora explora, con la inteligencia que le conocemos, con la preocupación política y rigor filosófico que le son propios, las funciones del duelo en un mundo atravesado por manifestaciones punzantes y masivas de creciente violencia. El evento que desata la preocupación de Butler no es sólo el “9/11”, como son conocidos los ataques a las Torres Gemelas en Estados Unidos, sino la manipulación política, especialmente la de corte bushiano, que se ha propuesto transformar la rabia y el dolor, es decir, el duelo público e internacional, en una guerra infinita contra un Otro permanentemente deshumanizado. De ahí que Butler inicie este ensayo, y lo termine también, con una reflexión acerca de lo humano que, en estas páginas pero también fuera de ellas, se transforma en una pregunta que por concreta no deja de ser enigmática: ¿qué es lo que hace que ciertas vidas puedan ser lloradas y otras no? La respuesta, desde luego, no es sencilla. Aún más: la respuesta invita, de hecho obliga, a entrecruzar y contraponer, lo que ocurra primero, los elementos más íntimos y, por ende, los más políticos de nuestras vidas.

Para entender la dinámica del duelo, Butler propone primero considerar la central dependencia que vincula el Yo y al Tú. Más que relacionales, un término que, aunque adecuado y usual, parece bastante aséptico en este caso, Butler describe esos vínculos de dependencia, esas relaciones humanas, como relaciones de desposesión, es decir, relaciones que están basadas en un acuerdo más que tácito con el pensador Emmanuel Levinas, “en un ser para otro, en un ser en tanto otro”. De ahí que la vulnerabilidad constituya la más básica y acaso la más radical de las condiciones verdaderamente humanas, y que sea imperioso no sólo reconocer esa vulnerabilidad a cada paso sino también protegerla y, aún más, mantenerla. Perpetuarla. Sólo en la vulnerabilidad, en el reconocimiento de las distintas maneras en que el otro me desposee de mí, invitándome a desconocerme, se puede entender que el Yo nunca fue un principio y ni siquiera una posibilidad. En el inicio estaba el Nosotros, parecería decir Butler, ese nosotros que es la forma más íntima y también la más política de acceder a mi subjetividad.

El duelo, el proceso psicológico y social a través del cual se reconoce pública y privadamente la pérdida del otro, es acaso la instancia más obvia de nuestra vulnerabilidad y, por ende, de nuestra condición humana. Cuando nos dolemos por la muerte del otro aceptamos por principio de cuentas, ya sea consciente o inconscientemente, que la pérdida nos cambiará, acaso para siempre y de formas definitivas. “Tal vez el duelo tenga que ver con aceptar esta transformación”, dice Judith Butler, “(quizá uno debiera decir someterse a esa transformación) cuyos resultados completos son imposibles de conocer con anticipación”. Porque si el Yo y el Tú están vinculados por esas relaciones de desposesión, la pérdida del otro nos “enfrenta a un enigma: algo se esconde en la pérdida, algo se pierde en los descansos mismos de la pérdida”. La pérdida, acaso tanto como el deseo, “contiene la posibilidad de aprehender un modo de desposesión que es fundamental a lo que soy [porque es ahí] que se revela mi desconocimiento de mí, la marca inconsciente de mi socialidad primaria”. Al perder al otro, luego entonces “no sólo sufro por la pérdida, sino que también me torno inescrutable ante mí mismo”. La virtud del duelo consiste, entonces, en posicionar al Yo no como una afirmación y ni siquiera como una posibilidad, sino como una manera de desconocimiento. Un devenir.

Butler mantiene, o quiere creer, que reconocer estas formas básicas de vulnerabilidad y desconocimiento constituye una base, fundamentalmente ética, para repensar una teoría del poder y de la responsabilidad colectiva. Cuando no sólo unas cuantas vidas sean dignas de ser lloradas públicamente, cuando el obituario alcance a los sin nombre y los sin rostro, cuando, como Antígona, seamos capaces de enterrar al Otro, o lo que es lo mismo, de reconocer la vida vivida de ese Otro, aun a pesar y en contra del edicto de Creonte o de cualquier otra autoridad en turno, entonces el duelo público, volviéndonos más vulnerables, nos volverá más humanos. Este tipo de marco teórico, dice ella, podría ayudarnos a no responder de manera violenta al daño que otros nos infligen, limitando, a su vez, las posibilidad, siempre latente, del daño que ocasionamos nosotros.

Mejor conocida por su reveladores argumentos sobre identidades genéricas como condiciones inestables y performativas, Judith Butler explora en este libro la posibilidad de una ética de la no violencia que no es ni new-age ni principista ni rígida. Personal, íntima, apasionada y, al mismo tiempo, rigurosa y austera en sus argumentaciones, Judith Butler ha escrito uno de los libros más compasivos e inteligentes sobre el dolor y la justicia en el mundo contemporáneo.

Y termino ahora como termina Butler uno de sus ensayos, diciendo: “Eres lo que yo gano a través de esta desorientación y esta pérdida. Así es como se hace lo humano, una y otra vez, en tanto aquello que todavía no conocemos”.

lunes, abril 04, 2011

Torquemada en Florida (Diario Milenio/Opinión 04/04/11)

¿Qué decir de un puñado de lunáticos que enjuicia un libro y lo envía a la hoguera por crímenes contra la humanidad?


1. Favor de no quemar este periódico

Hasta hace pocos meses, casi nadie sabía de la existencia del reverendo Terry Jones, por entonces pastor de una iglesia pentecostal en Gainesville, Florida, hasta que pretendió instaurar en el calendario una celebración “internacional” dedicada a la quema del Corán. Hombre curtido en el agotador quehacer de rebañar corderos extraviados, Jones sometió la idea a la opinión de sus pocas decenas de seguidores a través de su sitio web, donde éstos decidieron que el Corán merecía, entre un catálogo de muertes atroces, que se le diera puntual chamusquina, dados sus incontables crímenes contra la humanidad. Todo lo cual, siguiendo la humorada, tendría que haber puesto a temblar a millones de biblias en todo el mundo, a su vez imputables por tantos homicidios e iniquidades que cien mil robespierres no se darían abasto para vengarlos. Pero como hábilmente Jones no se dirigía a todo el mundo, sino exclusivamente a la porción de él que en cualquier humorada encuentra combustible para una humareda, no tardaron los terryjones del bando opuesto en armar un escándalo global con esa excusa tan suculenta.

Pronto, el pastor de Gainesville tenía a sus pies un task force de líderes mundiales entregados a la pía labor de suplicarle que no fuera a quemar el inocente libro, pues ello acarrearía el linchamiento de sabría Dios cuántos inocentes de carne, hueso y alma. Una propuesta ciertamente razonable, pero habría que haberse preguntado qué tenía que ir a hacer la razón allí donde más falta estaba haciendo un lote de camisas de manga extralarga. Si el reverendo Jones había convocado a una audiencia mundial, y con toda certeza recibido la solidaridad de miles de creyentes y cruzados afines, convencidos como él de la maldad intrínseca del papel y la tinta invertidos en cada ejemplar del libro sagrado de los musulmanes, un indulto presuntamente definitivo lo habría dejado ante tantos apóstoles y simpatizantes como un pusilánime, que es el peor atributo del cruzado y el más escarnecido en el traidor. Antes que recular, el ayatola de Gainesville había efectuado un retroceso táctico, pero el juego seguía. Y más que el juego, la puesta en escena.

2. Para asquear al cacumen

No sé si deba dar más risa o miedo la idea de un jurado de doce personas reunidas para juzgar y eventualmente condenar al ejemplar de un libro a la hoguera. Es una lástima que el video colgado en internet por el reverendo excluya todo el juicio —no sabemos si para proteger al jurado de un eventual ataque terrorista, o del inminente pitorreo planetario— y se consagre a transmitir las imágenes de la ejecución. Un ritual más bien pobre y anodino, que sin embargo cuenta con la espectacularidad de la sola noticia. Y hoy que los pastorcillos wahabíes lanzan a multitudes de creyentes a prender fuego al mundo para vengar la afrenta Made in USA, el Mulá Jones se lava las manos. Él y los suyos no responden por los estropicios que día tras día se cargan a la cuenta de su pequeña hoguera editorial. Por el contrario, piensan que cada nuevo linchamiento evidencia el carácter maligno del enemigo y la razón que tienen al combatirlo desde el mismo garage de su casa.

A estas profundidades, no estaría de más recordar que lo que aquí se cuenta no es un guión de Werner Herzog. Por más que el raciocinio se niegue a procesarlo —la inteligencia, al fin, también siente sus náuseas— le ha bastado al paleto reverendo Jones con prender fuego a un libro para alcanzar fama y actualidad mundial, apoyado por un puñado de lunáticos seguramente no muy lejanos a los protagonistas de También los enanos empezaron desde pequeños. Gente que haría mejor en ir a compartir su luz interna en lugares donde se les requiere con fervor y premura, como sería Kandahar o Peshawar, por decir dos ciudades donde sus nombres se han puesto de moda. Ahora bien, por más que sus ideas inviten antes a la risa que a la extrañeza, el reverendo Jones sabe lo que hace cuando revuelve moda y fanatismo. No parece casual que el héroe inspirador de un tipo como Jones resulte nada menos que Mel Gibson. Entre tantos cruzados disponibles.

3. Mad Max va a La Meca

Insisto, no me extraña. Hace tiempo pensaba en dedicarle unas sentidas líneas a Mel Gibson, pero siempre se cruza algún tema menos desagradable. Ya puedo imaginar al pastor Jones disfrutando de Passion —no la banda sonora de La última tentación de Cristo, sino el bodrio morboso y delator donde Gibson descargó sus demonios menos presentables— en rigurosa alta definición e impecable 3D. Una experiencia purificadora, similar en esencia a la de cercenarle la cabeza a un infiel y probarse con ello acreedor del Cielo. Si el Cristo de Scorsese y Kazantzakis invitaba al fervor estético y la reflexión hiperbólica, el de Gibson acusa la profundidad propia de un matadero. Cierto es que el pastor Jones y sus discípulos se han quedado algo cortos en el tema de los efectos especiales, pero la idea es ser igual de crudo que su maestro. Aunque si a uno le diera por ponerse exigente, diría que a la magna chamusquina le hicieron falta algunos latigazos.

Si los equivalentes wahabíes del pastor de Florida tuvieran una pizca de objetividad y quisieran usarla en bien de su autoestima, valorarían la proliferación de lunáticos y fundamentalistas en el corazón mismo de Babilonia. ¿O de qué otra manera podrían pintar a esa tal Gainsville, que más merecería ser llamada Nueva Cafarnaúm? Suena todo a locura y oportunismo, dos ingredientes cuya mezcolanza les permite existir sin tener que justificarse, o en todo caso haciéndolo con argumentos al estilo Mel Gibson. A los desorbitados ojos del purificador, la barbarie absoluta es el más elocuente de los discursos. Si Cristo sufre y sangra en alta definición, a ver quién es el primer blasfemo que se queja por unos cuantos arroyuelos de sangre pecadora. Finalmente, no es el pastor Jones el primer exaltado que se hace popular quemando libros. Reverendos idiotas, se les llama, no exactamente con devoción.

jueves, marzo 31, 2011

A mis veintiséis años (Sexenio 30/03/11)

A todos aquellos que están, estuvieron y seguirán.


Nuevos bríos, son los que esperan a esta columna. Hasta hace unos meses, El Columnista fue el espacio que albergó a esta reunión de palabras. Hoy, gracias a Mario Alberto Mejía y el equipo de Sexenio, El guardián del diván sigue con vida.

A propósito de inicios y cambios, quien esto escribe tiene exactamente un mes y días de haber celebrado su cumpleaños y como todo buen aprendiz de poeta, la reflexión inundó mis días.

Aquí el resultado.


Cumplir años, dicen, siempre es un acontecimiento; para otros, es la fecha que marca el inicio de un año nuevo personal. El verdadero inicio de un ciclo.


Mientras se cumplen años, se adquieren experiencias y nuevas amistades, también se sufren fracasos y la pérdida de seres queridos, ya por diferencias, ya por la visita de la muerte.


Cumplir años es acercarse más a la finalización de la vida: la muerte.


La muerte es lo único seguro que se tiene en la vida, aseguran los sabios.


Sin embargo, cuando se cumplen años y te das cuenta que a lo largo del camino recorrido las amistades sembradas se han cosechando con creces y que los pasos trazados para llegar a las metas deseadas, en su mayoría, van viento en popa. La muerte es lo que menos importa.


Siempre será preferible que la calacuda agarre a cualquiera, haciendo lo que mejor saber hacer, que lamentándose.


Vida sólo hay una y habrá que tomar de ella, lo que mejor convenga a los sueños dibujados.


Vivir es un arte, algunos harán de ella una pintura vanguardista, otros quizás prefieran tallarla cual fina escultura y unos más prefieran escribir una novela. Algunos más preferirán un arte complicada, que no entable diálogo ni nada con algún posible interlocutor, no les quedará más que esperar a que el tiempo les regale a un intérprete.


Muchos de estos artistas acompañarán su vida con algún vicio. ¡Artista sin vicio, es como el siglo XXI sin tecnología! Quizá les remorderá la conciencia, tal vez en el primer momento en que ingresen al hospital, se arrepentirán de cada uno de sus vicios; existirán otros que se morirán siendo fieles al vicio que genera su arte.


Por mi parte, querido lector, no sé si soy un poeta o un escritor en ciernes, como afirman algunos amigos. Como todo ser creativo, estoy lleno de ambigüedades, temores, más que de certezas. Empero, y parodiando a Joaquín Sabina, si a mí me preguntan de entre todas las artes, cuál elijo: yo quiero la del poeta, porque la poesía es corta, dura, seductora, solitaria, amorosa y dolorosa. La más prostituta de todos los géneros literarios.


La poesía es la vida misma y con vino tinto o una coca-cola, según sea la ocasión, siempre deberá estar acompañada.

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martes, marzo 29, 2011

Escribir de paso (Diario Milenio/Opinión 29/03/11)

La vida en sí, eso es lo que cuenta, lo que le pasa al cuerpo. La única cuestión problemática es que, mientras le está pasando algo al cuerpo, no hay manera de estarlo escribiendo


Otra manera de decirlo sería el preguntarse: ¿cuáles son las relaciones que la escritura establece con el espacio que la genera o que la impide? Pero la manera pedestre y cotidiana de hacerse la interrogante es, más o menos, la siguiente: ¿cómo es posible escribir en ciertos lugares y no en otros?

Solía pensar que no se trataba, en sentido estricto, de espacio sino de tiempo, especialmente del así llamado “tiempo libre”. Solía creer que de la posesión de ese bien —de ese recurso, dirían otros— dependería el inicio o continuación o fin del texto. La vida cotidiana me ha enseñado que la posesión, en general, no asegura nada, mucho menos escritura. Y que el “tiempo libre” viene con frecuencia atado a sus propias necesidades, todas ellas singulares. Abundan, por ejemplo, los deprimidos que no atinan a domesticar ese monstruo en que se convierte el tiempo libre; o los hedonistas que, una vez con tiempo libre en las manos, se dedican mejor a disfrutarlo de maneras más sociales. O los cibernéticos, a quienes el tiempo libre se les va en un tuit. El tiempo, libre o no, pues, no garantiza nada.

Queda, pues, el espacio.

Tampoco el espacio doméstico determina el fluir de la escritura. Hubo un tiempo en que creí que sólo podría escribir en ciertas habitaciones, con ciertos instrumentos, en circunstancias ciertas. El café era, en efecto, imprescindible en todas esas ensoñaciones. Y la ventana perfecta. Y el asunto ése de la luz; cierta luz. Todos estos ángulos y estas texturas ayudan, ciertamente. A veces. Como saben los globalizados de hoy, cada vez es más difícil estar ahí, permanecer ahí. Quedarse ahí por el tiempo necesario para escribir lo que se tiene que escribir es casi imposible, vamos.

Un paisaje hermoso o una pieza cómoda, ayudan, de hecho, pero lo saben bien aquellos que, gozando de todas las facilidades, ven sus días transcurrir en el vacío angustiante de la pantalla en blanco o, peor, en la navegación inútil en el ciberespacio.

La vida, dicen otros. La vida en sí, eso es lo que cuenta, lo que le pasa al cuerpo. Ahí. La única cuestión problemática con esto es que, mientras le está pasando algo al cuerpo, no hay manera de estarlo escribiendo. Ditto.

Hay quienes escriben para poner una firma en un territorio: los sedentarios suelen eso. Lo familiar les resulta productivo y, a menudo, alentador. El axioma. Escribir en la misma posición. Escribir donde están todas las herramientas del trabajo. Escribir donde nunca falta nada. Pocas veces he podido escribir así, lo afirmo.

A medida que pasa el tiempo (libre y no) descubro, por ejemplo, que las salas de espera de los aeropuertos y, aún mejor, el estrecho espacio del asiento de un avión, constituyen lugares propicios para la escritura. Justo a un lado de la velocidad, pero esgrimiendo los principios del equipo contrario, que son la lentitud y, sobre todo, la quietud; justo en medio del remolino de la transición y el cambio, pero inmóvil como un asta: así el escriba. Sin identidad. En trance. Hacia la fuga. Pero aunque regreso con acaso demasiada frecuencia a esos lugares, hay que confesar que también se acaban. Hay que aceptar que incluso las salas de espera de los aeropuertos tienen fin.

Después de darle vueltas y con base en datos comprobables me es posible decir que suelo escribir más en los lugares que dejaré pronto. Si el espacio me resulta ajeno y, por lo tanto, me mantiene alerta, mejor. Algo sucede entonces: la curiosidad de los sentidos, supongo. La curiosidad de los sentidos seguida por una especie de alerta generalizada: ese zumbido singular dentro de las orejas que pone a funcionar el mecanismo que produce las palabras y, luego, las oraciones y, eventualmente, los párrafos. La situación se vuelve incluso más propicia para la escritura si hay otra lengua contra o con la que mi pensamiento choque continuamente, en especial si es una lenguaje que no conozco o no practico. Nada como el muro de un lenguaje desconocido para acrecentar la conciencia del lenguaje propio. El sonido antes familiar de las palabras “propias” se vuelve apropiadamente extraño y es entonces, dentro de esa extrañeza, que inicia el tiempo de jugar, que es el tiempo de escribir. Desapropiar es un verbo cruel, pero esencial.

Si sé que no he de quedarme, que también de ahí he de partir, entonces escribo sin pausa/ con la fiebre de lo que está a punto de no ser/ haciendo una apuesta. Se trata, en sentido estricto, de una travesura. Pero es una travesura de la que depende que el mundo, tal y como no lo conozco, tenga también un lugar. La respiración se agita. El cuerpo se abalanza contra el teclado. Las manos vuelan. La cuestión es de vida o de muerte, y en eso no me engaño. Lo que sigue es un cierre fenomenal.

Autogeografía (45)-Pedro Ángel Palou

Que jamás el destino, comprendiéndome mal

Me otorgue la mitad de lo que anhelo

y me niegue el regreso.

Robert Frost.

Somos países enteros, dijo el abuelo un día. El exilio no existe.

Se viaja con uno mismo a cuestas. Aguarda la luz, que es tuya,

me susurró al oído, luego se desvaneció en un hilo de sangre.

No le bastaba ya su forma, pronto iba a ser en otro ser.

Cerró la voz, apagó la mirada tan poco humana ya.

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Tengo ahora la edad en la que él salió de su país

para no volver nunca. Sé de cierto que él era la neblina

verdosa de su Asturias. Sus canciones, sus risas.

Y como él, he partido. Con los míos a cuestas, como

un coro nostálgico. Hemos optado por la nieve y

la montaña y otra vez el silencio. Tal vez el hielo, pienso,

nos apacigüe.

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Busco la luz, esa que el abuelo prometió un día.

Anhelo la voz total, una que salga de la piel pero sea

más que carne. Que provenga de la tierra pero quizá

de cuando la tierra no era sino sueño de ser polvo.

La mirada nocturna y de crepúsculo. La verdadera.

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He envejecido, visto canas y otro cuerpo, como un traje

nuevo. Uso gafas, no veo bien los contornos y colores

de las cosas. Sé algunas cosas ya: que uno nunca se conoce

del todo, que los caminos no siempre nos llevan al destino

y que el viaje, cualquier viaje, es un regreso a casa. Al viento.

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Sé también que no basta el amor, ni la canción o la granada.

Que otros frutos, otra copla y otros humores nos vuelven

menos bestias, más huraños. Y que se está al final solo.

En medio del bosque, su humedad y sus extraños ruidos.

El blanco arce, abedules, la enramada. Toda huida nos conduce

al mismo refugio. Allí un libro, papel, tinta. Las palabras.

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Somos sólo eso: palabras, letras descosidas buscando remiendo.

Sílabas enloquecidas en pos de un ritmo. Rumores y ruidos

nuestros cuerpos necesitados siempre del naufragio.

Hace frío. Sopla el viento. Una ardilla emerge tímida de su árbol.

Respiro hondo, suspiro. Soy otro. Soy ninguno. Soy el mismo.

No han llegado aún los pájaros, no se escucha su canto. El silencio

De las aves es mi otro abrigo. Amanece entre mis venas y tu cuerpo.

Surge al fin la luz, aún tímida. Otra vez nos abrazamos.

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Empieza el deshielo, la montaña se hace de agua, se desvanece

Tal vez nos merezcamos, todos, la alegría de una flor, una tan solo

Y el canto de un petirrojo, que anuncie el inicio de otro día.

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28 de marzo 2011, frente a la Senda Apalachina, en Nueva Inglaterra.

Para amarrarse la lengua (Diario Milenio/Opinión 28/03/11)

La tiranía del lenguaje políticamente correcto sueña con diseñar el antifaz perfecto: una utopía cosmetológica


1. El habla pasteurizada

Piensa antes de hablar, le enseñan a uno desde muy niño. Mide tus palabras, le advierten o amenazan en la adolescencia, si acaso se le ocurre pasarse de franco. Cuidado con lo que dices, se previene más tarde al joven hocicón o al viejo boquiflojo. Lo cierto es que no suele uno hacer caso, y al cabo va aprendiendo a desconfiar de quienes ni de broma abren la boca sin calcular el peso de lo que dirán: gente que jamás dice cosas inconvenientes, ni rebasa los límites de la charla anodina con tal de no arriesgarse a cruzar la frontera de lo que cree que otros creen aceptable. Una actitud común entre políticos y diplomáticos, habituados a lubricar sus puntillosas comunicaciones con un amplio catálogo de eufemismos cosméticos, aunque hoy día asimismo una maña frecuente y, ay, creciente, entre la multitud de censores y soplones en que la hipocresía reinante nos está convirtiendo.

Antiguamente, malhablados y malpensantes solían ensañarse con viejitas y beatas, ante quienes probaban con éxito abusivo y redundante la eficacia de sus blasfemias y patanerías. Casi todos lo hicimos en la adolescencia, pero hoy pasa que beatas y viejitas han sido rebasadas por medio mundo. ¿O no es acaso medio mundo quien pone el grito en el cielo cada vez que trasciende cierto disparate que luce inaceptable a los ojos de la conciencia común? Qué término asqueroso: conciencia común. Si a disparates vamos, me cuesta imaginar alguno más bellaco que aquél que cree posible —y el colmo: deseable— acabar para siempre con los disparates. Entre tantas noticias de políticos y diplomáticos que no obstante su hermética profesión se exhiben aflojando la mandíbula, sorprende que lo de hoy sea morigerar el quehacer de la lengua. Y ya que medio mundo parece estar de acuerdo en tener que expresarse siempre a la defensiva de sí mismos y emprender la ofensiva contra toda franqueza transgresora, nada hay más natural que someterse al yugo impredecible de aquellas minorías acomplejadas y despóticas que se ven al espejo como acreedoras de siglos de agravios pendientes, y en tanto habilitadas para juzgar y condenar al blasfemo según sea el rigor de su resentimiento: batallones de beatas hipersensibles para quienes no hay risa libre de sospecha.

2. El horror a la risa

“¡En la mesa!”, solía reprenderme mi madre cada vez que me daba por contar algún chiste antihigiénico. El problema es que hoy día casi todos los chistes resultan potencialmente antihigiénicos, si justo el ingrediente que los hace graciosos es el que mueve el piso del beaterío. Los amigos de la simulación encuentran en la risa un causal permanente de incomodidad, por cuanto ésta tiene de espontánea y hace vano el esfuerzo del disimulo. Ellos preferirían que nunca terminase la edad de la obediencia, de manera que su sola y solemne tiesura les permita hacer méritos, y entonces reprender a los remisos: costumbres escolares extendidas al ámbito parroquial. Según Milan Kundera, lo que sucede a los inquisidores de la risa es que no han escuchado reír a Dios. Y esto los lleva a la blasfemia obvia y escandalosa de dar por hecho que el Supremo Creador es algo así como un imbécil milenario. ¿Será que ofendo a alguna minoría quisquillosa si opino que la ausencia absoluta de sentido del humor señala un muy probable raciocinio tullido?

Justo porque el humor —y asimismo su hermana, la ironía— es un guiño directo a la inteligencia, nadie quiere tener que explicar un chiste. Se espera del que escucha que realice una cierta gimnasia mental, desentrañe de golpe la confusión y llegue sin ayuda a la risotada, pues ya se teme uno que de lo contrario le hará sentirse torpe y acaso avergonzado. Ahora bien, los riesgos son mayores. Si el chiste no es muy bueno, o el narrador no se esmera en contarlo, o peca de insensible y agresivo, no habrá risa sincera que lo premie y será el de la voz quien se sienta un pelmazo. En cualquier situación, el humor nos expone, y eventualmente también nos exhibe. ¿Y no para eso está el poder redentor de la risa, que al contagiarse teje complicidades, pues bien se sabe que quien se ríe, se lleva?

3. Hábitos carcelarios

Nada me aburre más que ir a dar a una charla de cartón. Enroque obligatorio, dicta el reglamento. Nunca ha sido la vida tan larga y generosa para gastársela en tamañas baratijas, aunque a veces no hay forma de eludirlas. Ese quehacer ingrato de colgarle a la lengua un comisario que vigile su higiene en todo momento no remite a la idea de un mundo ideal, sino a otro de esos ergástulos infames donde cualquier palabra mal medida puede traer consecuencias fatales al bocón. Es ciertamente muy decorativo que en una mesa todos midan sus palabras, de modo que la gente se conozca por lo que según dicen tienen de iguales. Es decir, que jamás sepa nadie con quién estuvo: el lenguaje afectado e incoloro como antifaz, medalla y uniforme. Yo sólo me pregunto si no habrá por ahí una fórmula menos inverosímil para disimular la irrupción de una amenazadora manada de mustios.

“¿Pero qué hacer entonces con los provocadores?”, dirán no sin motivo las sensibilidades alertas, aburridas o quizás indignadas por los chistes canallas y malos (aún peor ésto que aquello, si más daño hace la estupidez que la perfidia) que las lenguas autonombradas incorrectas repiten sin asomo de gracia ni vergüenza. Francamente, me inclino por gozar del privilegio de mirar a los hijos de puta sin antifaz. Cuando, hace pocos días, un aficionado lanzó un plátano al futbolista brasileño Neymar, que acababa de anotar sendos goles a la selección escocesa, no logró convencernos de que el interpelado fuese un chango, pero probó que él era un imbécil peligroso. Gente que con frecuencia termina por linchar o ser linchada. ¿Es lícito prohibir a la gente mezquina y estúpida que exhiba sus miserias y nos prevenga así contra daños mayores? ¿Obligarlos a todos a hablar con sensatez y no mostrar sino valores y virtudes? A este paso, va a haber que reescribir el Manual de Carreño e insertarlo en el Código Penal.