martes, marzo 29, 2011

Autogeografía (45)-Pedro Ángel Palou

Que jamás el destino, comprendiéndome mal

Me otorgue la mitad de lo que anhelo

y me niegue el regreso.

Robert Frost.

Somos países enteros, dijo el abuelo un día. El exilio no existe.

Se viaja con uno mismo a cuestas. Aguarda la luz, que es tuya,

me susurró al oído, luego se desvaneció en un hilo de sangre.

No le bastaba ya su forma, pronto iba a ser en otro ser.

Cerró la voz, apagó la mirada tan poco humana ya.

-

Tengo ahora la edad en la que él salió de su país

para no volver nunca. Sé de cierto que él era la neblina

verdosa de su Asturias. Sus canciones, sus risas.

Y como él, he partido. Con los míos a cuestas, como

un coro nostálgico. Hemos optado por la nieve y

la montaña y otra vez el silencio. Tal vez el hielo, pienso,

nos apacigüe.

-

Busco la luz, esa que el abuelo prometió un día.

Anhelo la voz total, una que salga de la piel pero sea

más que carne. Que provenga de la tierra pero quizá

de cuando la tierra no era sino sueño de ser polvo.

La mirada nocturna y de crepúsculo. La verdadera.

-

He envejecido, visto canas y otro cuerpo, como un traje

nuevo. Uso gafas, no veo bien los contornos y colores

de las cosas. Sé algunas cosas ya: que uno nunca se conoce

del todo, que los caminos no siempre nos llevan al destino

y que el viaje, cualquier viaje, es un regreso a casa. Al viento.

-

Sé también que no basta el amor, ni la canción o la granada.

Que otros frutos, otra copla y otros humores nos vuelven

menos bestias, más huraños. Y que se está al final solo.

En medio del bosque, su humedad y sus extraños ruidos.

El blanco arce, abedules, la enramada. Toda huida nos conduce

al mismo refugio. Allí un libro, papel, tinta. Las palabras.

-

Somos sólo eso: palabras, letras descosidas buscando remiendo.

Sílabas enloquecidas en pos de un ritmo. Rumores y ruidos

nuestros cuerpos necesitados siempre del naufragio.

Hace frío. Sopla el viento. Una ardilla emerge tímida de su árbol.

Respiro hondo, suspiro. Soy otro. Soy ninguno. Soy el mismo.

No han llegado aún los pájaros, no se escucha su canto. El silencio

De las aves es mi otro abrigo. Amanece entre mis venas y tu cuerpo.

Surge al fin la luz, aún tímida. Otra vez nos abrazamos.

-

Empieza el deshielo, la montaña se hace de agua, se desvanece

Tal vez nos merezcamos, todos, la alegría de una flor, una tan solo

Y el canto de un petirrojo, que anuncie el inicio de otro día.

---

28 de marzo 2011, frente a la Senda Apalachina, en Nueva Inglaterra.

Para amarrarse la lengua (Diario Milenio/Opinión 28/03/11)

La tiranía del lenguaje políticamente correcto sueña con diseñar el antifaz perfecto: una utopía cosmetológica


1. El habla pasteurizada

Piensa antes de hablar, le enseñan a uno desde muy niño. Mide tus palabras, le advierten o amenazan en la adolescencia, si acaso se le ocurre pasarse de franco. Cuidado con lo que dices, se previene más tarde al joven hocicón o al viejo boquiflojo. Lo cierto es que no suele uno hacer caso, y al cabo va aprendiendo a desconfiar de quienes ni de broma abren la boca sin calcular el peso de lo que dirán: gente que jamás dice cosas inconvenientes, ni rebasa los límites de la charla anodina con tal de no arriesgarse a cruzar la frontera de lo que cree que otros creen aceptable. Una actitud común entre políticos y diplomáticos, habituados a lubricar sus puntillosas comunicaciones con un amplio catálogo de eufemismos cosméticos, aunque hoy día asimismo una maña frecuente y, ay, creciente, entre la multitud de censores y soplones en que la hipocresía reinante nos está convirtiendo.

Antiguamente, malhablados y malpensantes solían ensañarse con viejitas y beatas, ante quienes probaban con éxito abusivo y redundante la eficacia de sus blasfemias y patanerías. Casi todos lo hicimos en la adolescencia, pero hoy pasa que beatas y viejitas han sido rebasadas por medio mundo. ¿O no es acaso medio mundo quien pone el grito en el cielo cada vez que trasciende cierto disparate que luce inaceptable a los ojos de la conciencia común? Qué término asqueroso: conciencia común. Si a disparates vamos, me cuesta imaginar alguno más bellaco que aquél que cree posible —y el colmo: deseable— acabar para siempre con los disparates. Entre tantas noticias de políticos y diplomáticos que no obstante su hermética profesión se exhiben aflojando la mandíbula, sorprende que lo de hoy sea morigerar el quehacer de la lengua. Y ya que medio mundo parece estar de acuerdo en tener que expresarse siempre a la defensiva de sí mismos y emprender la ofensiva contra toda franqueza transgresora, nada hay más natural que someterse al yugo impredecible de aquellas minorías acomplejadas y despóticas que se ven al espejo como acreedoras de siglos de agravios pendientes, y en tanto habilitadas para juzgar y condenar al blasfemo según sea el rigor de su resentimiento: batallones de beatas hipersensibles para quienes no hay risa libre de sospecha.

2. El horror a la risa

“¡En la mesa!”, solía reprenderme mi madre cada vez que me daba por contar algún chiste antihigiénico. El problema es que hoy día casi todos los chistes resultan potencialmente antihigiénicos, si justo el ingrediente que los hace graciosos es el que mueve el piso del beaterío. Los amigos de la simulación encuentran en la risa un causal permanente de incomodidad, por cuanto ésta tiene de espontánea y hace vano el esfuerzo del disimulo. Ellos preferirían que nunca terminase la edad de la obediencia, de manera que su sola y solemne tiesura les permita hacer méritos, y entonces reprender a los remisos: costumbres escolares extendidas al ámbito parroquial. Según Milan Kundera, lo que sucede a los inquisidores de la risa es que no han escuchado reír a Dios. Y esto los lleva a la blasfemia obvia y escandalosa de dar por hecho que el Supremo Creador es algo así como un imbécil milenario. ¿Será que ofendo a alguna minoría quisquillosa si opino que la ausencia absoluta de sentido del humor señala un muy probable raciocinio tullido?

Justo porque el humor —y asimismo su hermana, la ironía— es un guiño directo a la inteligencia, nadie quiere tener que explicar un chiste. Se espera del que escucha que realice una cierta gimnasia mental, desentrañe de golpe la confusión y llegue sin ayuda a la risotada, pues ya se teme uno que de lo contrario le hará sentirse torpe y acaso avergonzado. Ahora bien, los riesgos son mayores. Si el chiste no es muy bueno, o el narrador no se esmera en contarlo, o peca de insensible y agresivo, no habrá risa sincera que lo premie y será el de la voz quien se sienta un pelmazo. En cualquier situación, el humor nos expone, y eventualmente también nos exhibe. ¿Y no para eso está el poder redentor de la risa, que al contagiarse teje complicidades, pues bien se sabe que quien se ríe, se lleva?

3. Hábitos carcelarios

Nada me aburre más que ir a dar a una charla de cartón. Enroque obligatorio, dicta el reglamento. Nunca ha sido la vida tan larga y generosa para gastársela en tamañas baratijas, aunque a veces no hay forma de eludirlas. Ese quehacer ingrato de colgarle a la lengua un comisario que vigile su higiene en todo momento no remite a la idea de un mundo ideal, sino a otro de esos ergástulos infames donde cualquier palabra mal medida puede traer consecuencias fatales al bocón. Es ciertamente muy decorativo que en una mesa todos midan sus palabras, de modo que la gente se conozca por lo que según dicen tienen de iguales. Es decir, que jamás sepa nadie con quién estuvo: el lenguaje afectado e incoloro como antifaz, medalla y uniforme. Yo sólo me pregunto si no habrá por ahí una fórmula menos inverosímil para disimular la irrupción de una amenazadora manada de mustios.

“¿Pero qué hacer entonces con los provocadores?”, dirán no sin motivo las sensibilidades alertas, aburridas o quizás indignadas por los chistes canallas y malos (aún peor ésto que aquello, si más daño hace la estupidez que la perfidia) que las lenguas autonombradas incorrectas repiten sin asomo de gracia ni vergüenza. Francamente, me inclino por gozar del privilegio de mirar a los hijos de puta sin antifaz. Cuando, hace pocos días, un aficionado lanzó un plátano al futbolista brasileño Neymar, que acababa de anotar sendos goles a la selección escocesa, no logró convencernos de que el interpelado fuese un chango, pero probó que él era un imbécil peligroso. Gente que con frecuencia termina por linchar o ser linchada. ¿Es lícito prohibir a la gente mezquina y estúpida que exhiba sus miserias y nos prevenga así contra daños mayores? ¿Obligarlos a todos a hablar con sensatez y no mostrar sino valores y virtudes? A este paso, va a haber que reescribir el Manual de Carreño e insertarlo en el Código Penal.

martes, marzo 22, 2011

El sobreviviente de Pripiat (Diario Milenio/Opinión 22/03/11)

Hay un hombre que flota, desnudo, sobre las aguas del río Pripiat con los brazos extendidos, los ojos muy abiertos. El sobreviviente que cruza el río una y otra vez, no existe


Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 16/06/2010 by searchingfor Mujeres de las Tierras Altas que, alguna vez, cruzaron el río Pripiat en absoluto silencio 11:37:42 – 13 hours 43 minutes ago

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 23/07/2010 by serachingfor ¿Qué hacer cuando se encuentra un alce detrás del timón del transbordador que cruza muy lentamente el río Pripiat? 11:45:32 – 12 hours 32 minutes ago

TijuanaarrivedfromGoogleon “NO HAY TAL LUGAR: 03/01/2004 - 04/01/2004” ” 24/07/2010 by searchingforLutavia se detiene 09:39:15 – 12 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Hay un hombre que flota, desnudo, sobre las aguas del río Pripiat con los brazos extendidos, los ojos muy abiertos. El infinito, ah 11:15:48 –11 hours 23 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Los caballos nucleares galopan todavía entre las inmóviles máquinas oxidadas, bajo las ramas de los días, este espasmo 11:23:12 – 11 hours 31 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Mira, aquí está la rueda de la fortuna. Estas son las muñecas con las que jugaste. Aquí, dentro de la habitación vacía, crece un árbol11:29:17 – 11 hours 37 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/07/2010 by searchingfor Pero llegará el otoño ¿sabes? y avanzaré entre las altas espigas desmesuradas con este escudo y con este cetro 11:30:23 – 11 hours 38 minutes ago.

Tijuanaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 16/08/2010 by searchingfor El sobreviviente de Pripiat que cruza el río una y otra vez, una y otra vez, no existe 8:54:04 – 12 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 17/08/2010 by searchingforEl francotirador entre la maleza. El devorador de caballos. Alguien come y vomita y defeca. Esto es existir 11:12:56 – 10 hours 21 mintues ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 18/08/2010 by searchingfor Los dientes careados. Carcomidas las uñas. Callos en las plantas de los pies. Cicatrices en torso y brazos. El cuerpo envuelto en radio, torio, uranio. Esto es existir 10:54:13 – 11 hours 43 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 23/08/2010 by searchingfor¿Y qué historia no es un puñado de frases dentro de un motor de búsqueda? 11:13:12 – 10 hours 03 minutes ago.

Tijuana arrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 24//08/2010 by searchingfor Juro que leo la historia del sobreviviente de Pripiat. Juro que la creo 5:12:16 – 03 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/08/2010 by searchingfor A lo que sabe la frambuesa sobre la lengua. Cómo se toca la piel del caballo, disecada. El ruido de las botas entre la maleza 11:34:45 – 7 hours 43 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 01/09/2010 by searchingfor Se trata de distender los músculos y dejarse irde espalda sobre la corriente. Se trata de abrir los ojos y las manos y la piel y las uñas. Esto es el agua que ve 11:36:19 – 10 hours 43 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 02/09/2010 by searchingfor Zambullirse por última vez. Prender un foco de 40 watts. Masticar. Deglutir. Beber. Teclear. Esto es existir. 10:03:12 – 9 hours 23 minutes ago.

Tijuana arrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 19/09/2010 by searchingfor ¿Y en qué momento Lutavia? ¿En qué momento se congelan las aguas en el río? ¿Cómo pasas inadvertido? 5:13:13 –12 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 30/12/2010 by searchingfor “Esperaba que todo quedara atrás. Borrado o tachado, para siempre. Esperaba. Pero nada, ni siquiera el pájaro, se desvaneció”. Estoy a punto de zarpar 11:48:33 – 9 hours 07 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 01/01/2011 by searchingfor Llegaron los alces y, más tarde, las aguilas. El silencio de la nieve es espectacular. Habría que buscar tubérculos.Wishyouwerehere se escribe en la parte posterior de las postales de Pripiat 11:34: 32 – 10 hours 24 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 02/01/2011 by searchingforEl pie, que se quiebra. La manera en que el cuerpo cae sobre la nieve. La huella que queda ahí. Y aquí 11:45:09 – 9 hours 14 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 15/01/2011 by searchingfor Hay un hombre con hambre. Hay una mano sin dos dedos. Por aquí pasó hace días una manada de hienas o de perros 11:12:11 – 10 hours 37 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 23/01/2011 by searchingfor La sed es acaso lo peor. La sed y la sal. El ácido acetilsalicílico. El sonido del hielo cuando se parte en dos 11:21: 45 – 8 hours 49 minutes ago.

Tijuana arrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 24/01/2011 by searachingfor La letra es radioactiva, eso se sabe. Cesio. Torio. Uranio. No existe el río. Usted tampoco, Pripiat 8:32:12 – 23 minutes ago.

Lutaviaarrivedfrom Google on “NO HAY TAL LUGAR” 24/ 01/2011 by searchingfor Mi mano. Mi cintura. Mi perpendicular. ¿Qué es un libro sino una zona de alienación, el perímetro que hay que guardar a 30 kilómetros a la redonda? 10:32: 41 – 9 hours 26 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 24/01/2011 by searchingfor ¿Qué es un libro sino una manera de imaginar lo que yace, moribundo, en el otro lado de la pantalla? ¿O una manera de agarrarse al filo del techo o la última bocanada de aire? 10:37:34 – 9 hours 28 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 25/01/2011 by searchingfor Al libro verdadero hay que buscarlo en los residuos, en las esquinas, en los lugares más escondidos. Esta es la traza, que se va11:01:34 – 10 hours 23 minutes ago.

Tijuana arrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 28/01/2011 by searchingfor Necesitamos un médico. Tal vez dos 5:15:23 – 03 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 12/ 02/2011 by searchingfor Por lo demás, si ha sido concebido entonces es real. Si es real, luego entonces puede morir 11:12.17 – 10 hours 34 minutes ago.

Lutaviaarrivedfromgoogleon “NO HAY TAL LUGAR” 21/03/2011 by searchingfor Este es el momento en que sueñas con un alce. Ahora pasan los caballos sobre la estepa, alumbrados de uranio. Mira, aquí. En esta línea. Este es momento en que despiertas 21/03/2010 11:27:12 – 10 hours 21 minutes ago.

La paz en armas (Diario Milenio/Opinión 21/03/11)

La guerra sucia de Muamar Gadafi tenía varias décadas de librarse, pero acaso tardó en hacerse fotogénica


1. Pacifismo de podio

Nada como la guerra pone de moda a algunos pacifistas. Y digo algunos porque los que se juran pacifistas son legión de legiones y entre ellas hay tan grandes divergencias que al cabo sobresalen quienes lo son a ultranza y rechazan la guerra a como dé lugar. El gran problema del pacifismo radical es no saber qué hacer con los enemigos mortales de la paz, y eventualmente verse orillado a justificarlos. Chamberlain opinaba, por ejemplo, que veía en Hitler a un caballero. ¿Y quién si no el palurdo de Linz hablaba de sí mismo como un pacifista? Pues he aquí que asimismo sobresale por mérito propio el pacifismo condicionado. Sus partidarios buscan la paz, pero esperan que el mundo sea tolerante cuando para alcanzarla necesitan callar, encerrar o exterminar a la totalidad de sus enemigos, y de pronto no hay ni que abrir la boca para ser señalado como tal. Momento ideal para que haga su entrada el pacifismo protagónico, que puede colocarse en cualquier parte del espectro, con tal de no salirse de cuadro ni de foco.

Para existir, la paz requiere de un acuerdo entre al menos dos partes. La guerra, en cambio, vive del desacuerdo. Le basta un solo voto para imponer su ley, sin siquiera tener que declararse. Y es más, ésa es la idea: guerrear discretamente. Contra lo que nos han contado las películas, a la guerra no le gusta hacer ruido, y si al final termina por armar un escándalo monumental será porque no habrá podido evitarlo. Ello explica tal vez la proliferación de tiranos pacifistas: una postura muy confortable en el podio, y asimismo muy útil para tapar lo hecho con lo dicho. ¿Cómo va a ser Fulano un sátrapa asesino, si está hablando en favor de la paz? Nadie niega el valor de la paz en cualquier situación, lo que no está bien claro es su resistencia. Por eso abundan quienes la dan por viva cuando ya tiene tiempo que se reventó.

2. Pacifismo coqueto

¿A partir de qué punto la paz deja de serlo? ¿Cuándo se rompe o cuando nos enteramos? ¿Tiene que ver el verdadero inicio de las hostilidades con la agresión tal cual, o es preciso esperar al camarógrafo? Imaginemos un escenario absurdo: el presidente Obama reconoce que su gobierno conspiró con éxito para hacer explotar un par de aviones llenos de pasajeros. ¿Dónde ya imaginarlo, sino en la cárcel y condenado a muerte? Pero resulta que éste y otros excesos espeluznantes parecían poca cosa en el currículum de un tirano ruidoso y pintoresco cuyo catálogo de excentricidades disimulaba a medias la crueldad abusiva e implacable con la que administraba sus dominios. Llamar paz al gobierno del terror, donde las manifestaciones pacíficas se disuelven con fuego de artillería, equivale a afirmar que entre los talibanes no hay sexismo. En todo caso, huele a complicidad pasiva. Cansada de escuchar noticias indeseables, la conciencia no espera ya paz, sino silencio, y en un descuido se conformaría con la clásica paz de los sepulcros.

Como incontables ismos militantes, el pacifismo ultra no vive sin espejo. O será que su misma posición colocó a su conciencia bajo los reflectores, y así se ve empujado a darle lustre, o cuando menos evitarle el deslustre. Y esto lo sabe cómo ningún otro el pacifista protagónico, para quien toda fuente de conflicto es un baile de gala en potencia, y por supuesto nadie baila tan bien como él. Poseedor de un olfato bastante menos fino que entusiasta, Nicolás Sarkozy se ha lanzado a tomar por asalto cámaras y micrófonos, nada más comenzó a parecer obvio que la masacre en curso de Gadafi llamaba a gritos al bravo Super Can que lleva dentro. Cuando sea grande, a Sarkozy le gustaría ser como el juez Garzón. Claro que a Baltasar Garzón nadie lo vio amistarse con Pinochet, ni ser honrado por etarras o falangistas, y al francés se le ve dar bandazos curiosamente acordes con el cambio en la dirección del viento. No hace mucho era amigo de Gadafi, a quien ya se acusaba de lo mismo que ahora, si bien con menos ruido involucrado. Y pasa que ambos claman por la paz, decididos a acaparar las cámaras, pero Sarkozy sabe que verse combatiendo a tamaña sabandija es ganar fotogenia ante la Historia. Se lo dice el espejo, no hay por dónde fallarle.

3. Pacifismo pasivo

Me recuerdo, de niño, como pacifista. Lástima que tuviera que pelear todo el tiempo, pero así eran las cosas en la selva escolar. No había respeto por la bandera blanca, quizá porque tras ella se adivinaba el miedo. ¿A qué le tenía miedo? ¿A entrar en guerra? ¿Y no estaba ya ahí, librándola contra mi voluntad? Pues sí, pero una cosa era vivir en guerra y otra reconocerlo ante uno mismo, que aspiraba a vivir en santa paz. Y ahí estaba el problema. Para alcanzar la paz, había que reventar un par de bocas. Con tal de no intentarlo, parecía preferible resignarse a la diaria tiranía. Hasta que un día la paz daba de sí, y una vez reventada la bandera blanca se imponía romperle el hocico al agresor. ¿Y cómo hacer la guerra con propiedad, si no se considera al otro el agresor?

El coronel Gadafi se ha encargado de restringir la información que sale de Libia hacia el mundo, pero ni así es posible vivir sin enterarse de la matanza en curso. Atrocidades que en países como Libia son moneda corriente, hasta que cualquier día ganan preponderancia delante de la cámara y ponen a temblar a los pacifistas con la amenaza de más tarde, muy tarde, ser señalados como pasivistas. ¿Quién nos dice que Chamberlain no carga más difuntos que Churchill? Y si es así, ¿quién es el pacifista? Miro a Obama y después a Sarkozy: pienso en el Gallo Claudio y Quique Gavilán. No debe de ser fácil para el hawaiano. Y esa es otra monserga del pacifismo: para colmo, hay que pelear por él al lado de perfectos advenedizos.

miércoles, marzo 16, 2011

Los pesadillistas (Diario Milenio/Opinión 15/03/11)

Eran un grupo de amigos, compuesto por hombres y mujeres por igual, que tomaron muy en serio el dicho: que todas las pesadillas se hagan realidad


Solía hacerlo de esa manera: abría la puerta intempestivamente, sin haberse molestado en tocar. Luego se sentaba en la silla y colocaba los codos sobre la superficie de formaica de la mesa. Las manos abiertas sobre su cara. Encubrir. Daba la impresión de ser alguien que padecía de angustia o de vergüenza. Una que otra gota de sudor. La inmovilidad de una estatua. Un señor.

Las sillas son un espía del Estado, asegura el artista indio americano Jimmie Durham.

Se hacía llamar Kostrowitsky pero nunca nadie supo si ese era su verdadero nombre. Cuando se le hacía esa pregunta, respondía sin vacilar: ¿Hay acaso un nombre verdadero?

La formaica es un laminado plástico que se utiliza sobre todo en mesas, aunque también en sillas y en pisos. Tengo la impresión de que casi todos los comedores norteamericanos de mediados de siglo XX tenían una cubierta de formaica y un borde de aluminio.

Kostrowitsky hacía lo siguiente: dejaba caer una mano sobre la mesa y, como si no lo notara, alcanzaba la hoja de papel cuadriculado. Ya con interés, la desdoblaba y la leía con calma. A veces bufaba después de saber cuál sería su pesadilla. Otras, reía con una sorna difícil de soportar. No eran pocas las ocasiones en que se quedaba estupefacto. Monumento sentimental.

Olvidar, por ejemplo, requiere disciplina. Orinar también.

En esa ocasión dijo en voz alta: “Quiere que vaya a un médico y haga todo lo posible para que me diagnostique como alcohólico y luego me someta a un tratamiento de desintoxicación en una institución del Estado”. Yo pensé que eso era, en efecto, una pesadilla.

Los pesadillistas eran un grupo de amigos que tomaron muy en serio el dicho: que todas las pesadillas se hagan realidad. El grupo estaba compuesto por hombres y mujeres por igual.

—Encontré una cana en mi vello púbico —murmuró alguna vez al levantar el rostro. Yo me reí, por supuesto. Nunca imaginé que Kostrowitsky fuera el tipo de hombre que se dedicara tanta atención a sí mismo. O al paso del tiempo.

Ya lo he constatado antes: Kostrowitsky solía abrir la puerta del departamento a media mañana, sin haberse molestado en tocar. Un ventarrón. Igual, sin avisar o pedir permiso, jalaba una silla del comedor y se sentaba sin decir palabra. El rechinido de la madera sobre el mosaico. Su respiración agitada. Colocaba los codos sobre la superficie de formaica de la mesa y escondía el rostro tras las palmas abiertas de sus manos. Parecía sufrir. Parecía dispuesto a quedarse inmóvil en esa posición tan exagerada. Monumento sentimental. Parecía capaz de la peor saña. Pronto hacía también lo que solía hacer: llevarse la mano derecha hacia el regazo, abrir las piernas y toquetearse los testículos. Siempre me pregunté a que olían los dedos que colocaba después frente la nariz.

Los pesadillistas diseñaban pesadillas, por supuesto. También vigilaban que se llevaran a cabo. Intransigentes, así eran. Metódicos. Atentos. Llevaban un registro en lindas hojas cuadriculadas que doblaban en dos o más partes.

Al médico de su elección le dijo que tomaba una botella de whisky al día, más o menos. O una de tequila. O una de ron. Luego le mostró las manos flacas y temblorosas. Tampoco viajaba sin alcohol, le aseguró.

Los días que pasó en el centro de rehabilitación pública lo obligaron a llevar una bata color azul cielo que se cerraba por detrás. Cerrar, de hecho, es un decir, puesto que dejaba al descubierto gran parte de sus nalgas e, incluso, de su espalda. Kostrowitsky pasó frío y hambre. También aprovechó el tiempo para investigar el crecimiento de las canas en su vello púbico. Todo eso lo contaba después, sonriendo.

Sobrevivir a las peores pesadillas se vuelve una tarea fácil con el tiempo. O una costumbre. O un récord.

—¿Y qué me trajiste hoy? —dije, tratando de llegar lo antes posible a la entrega de la siguiente pesadilla.

—Aquí está —se sacó un pedazo de papel cuadriculado doblado en dos partes exactas y lo arrojó sobre la mesa—. No sé si pueda más.

No recuerdo ya cómo llegué a jugar ese papel entre ellos: mi tarea era constatar que habían leído y entendido en qué consistía su pesadilla. Luego les ofrecía un vaso de agua o algo de café. A algunos, pero nunca a Kostrowitsky, les propinaba un par de palmadas sobre la espalda, conminándolos a continuar con el juego.

Lo miré de reojo: parecía, en efecto, exhausto. Pero solía repetir lo mismo cada que, como los demás, llegaba puntual a cumplir con lo acordado. Desdoblé el papel y lo leí a prisa. Luego, me tomé todo el tiempo en encender un cigarro.

—¿Qué? —preguntó. La molestia en la voz. El recelo.

—Nada —dije—. ¿A quién le toca esto hoy? —pregunté como si no lo supiera o como si me afanara en cumplir con pulcritud mi función como distribuidora de malos sueños.

—Dáselo a una mujer —masculló antes de incorporarse, golpear la mesa con la mano izquierda y salir corriendo—. A ver si puede con eso.

Las carcajadas que viajan a toda velocidad por los pasillos estrechos de un edificio a punto de caerse producen un eco muy hondo, muy filoso, muy vulgar.

Y el caligrama decía: Te enamorarás.

martes, marzo 15, 2011

El cliente se descarga (Diario Milenio/Opinión 14/03/11)

Si a partir de ahora el Congreso de la Unión tuviese que alumbrarse con velas, ¿captarían la indirecta los congresistas?


1. Al fin de la función

Contacto múltiple, me acostumbré a llamarle, hasta que un vendedor me enseñó que el término correcto era supresor de picos. Si la corriente venía muy alta, el supresor de picos reventaba el fusible, uno lo reemplazaba y asunto arreglado. Supe después de un producto más sofisticado, cuya presunta calidad superior mejoraba además la señal de video en la pantalla. Cuando al fin invertí en el tal power center —aliviado en el fondo porque venía con un apagador, y ello me remitía a ese regulador horrendo y gris que día a día daba tranquilidad a mi abuela, televidente ávida y escrupulosa— descubrí que, en efecto, la imagen mejoraba en forma dramática, pero he aquí que en tres meses el aparato se me fundió. Le escribí al fabricante y en cosa de minutos ya tenía la respuesta: para beneficiarme de la garantía, debía enviarles una fotografía del power center, con el cable cortado a modo de hacer obvia su inutilidad. Mes y medio más tarde, tenía mi aparato de repuesto, y de nuevo una imagen espectacular.

Cinco meses después, mi power center volvió a reventar. Esta vez, sin embargo, fue un trámite más fácil, ya que la compañía se había hecho de unas oficinas en México y sólo había que llevar el aparato. No bien lo reemplazaron, decidí reservarlo para una hipotética nueva televisión, una vez que el empleado me explicó que en caso de una sobrecarga de corriente, el power center no quema el fusible, sino que se revienta. O como él me explicó, se sacrifica, con tal de proteger a los demás aparatos. Lo cual me pareció muy conmovedor, pero asimismo nada satisfactorio. ¿Tendría que pasarme los cinco años de vida de la garantía reponiendo artefactos autoinmolados? Son aparatos finos, según me explicó, demasiado quizá para el voltaje que recibimos en México. La empresa, finalmente, se compromete a seguir reemplazándolos. Más que comprarlo, se diría que uno renta el aparato mártir por cinco años y algunos meses más, con incontables interrupciones.

2. Que me lleva la corriente

Hace ya unas semanas que llegó la nueva televisión, tras lo cual corrí a hacerme de un power center menos sacrificado y más eficaz, para evitar futuros sinsabores. Lo decía en la caja: En caso de descargas excesivas, el aparato no se sacrifica, sino que desconecta la corriente. Resultado: en la pantalla leo 134 .5 voltios, y un instante más tarde todo se desconecta. Media hora después, vuelve a prenderse, sólo para apagarse minutos después. Me rindo, pues: llamo al electricista. Tras instalar muy bien la tierra física y hacer pruebas diversas, el hombre acaba por sacar un regulador y con él me demuestra que la corriente así baja unos cuantos voltios. Me aconseja comprar regulador, pero antes de eso llamar a la compañía. La sola perspectiva de esperar a los técnicos por días o semanas termina de amargarme la mañana.

“Una empresa de clase mundial”, reza el recibo de la CFE. A ver si es cierto, digo y les llamo inmediatamente. Contra todo pronóstico, a las tres horas ya están tocando el timbre. Me preguntan a qué hora sube más la corriente, les digo que a cualquiera. Van y vienen, revisan y concluyen que todo está normal. El voltaje correcto, aseguran, es 127, con una variación posible de diez voltios hacia arriba o abajo. Una vez que compré el regulador, lo instalo y leo: 131. Decido celebrarlo viendo una película, y poco antes del fin vuelve la pesadilla. Se acabó la función, el power center se desconectó. Es decir que lo que entra no son ya 127 ni 137, sino al menos dos más. Al día siguiente, llamo a un especialista y me aconseja un transformador, ¿Además del regulador y el supresor de picos?, me quejo en un gemido. Por supuesto, me explica, tú no sabes la cantidad de aparatos que se funden con este voltaje. Aparatos carísimos, no una televisión. Por eso necesitas el transformador.

3. Vámonos transformando

Aseguran quienes entienden de negocios que a los problemas hay que transformarlos en oportunidades. Y eso es lo que quisiera, pero no lo consigo porque las oportunidades han sido canceladas de antemano. Tras haber sido objeto de un servicio amable y expedito por parte de una empresa decidida a legitimar su eslogan, permanezco inconforme con el producto, pero de todas formas no me es dado cambiar de proveedor porque incluso con todas sus virtudes la compañía es un monopolio. Ya pueden hacer toda suerte de esfuerzos titánicos por volverse competitivos, que de todas maneras desconocen el término competencia, si de entrada no pueden compararse más que consigo mismos y viven a resguardo de la calamidad —o siquiera el temor— de perder un cliente, dado que aquí esa especie solamente se da en estricto cautiverio. Si todas las empresas de clase mundial gozaran de tamañas prerrogativas, es de dudarse que fuesen ya tales, pues muy probablemente sobreviviríamos bajo la bota de una dictadura planetaria.

No digo que no pueda vivir con un transformador, e incluso varios, pero si el plan consiste en transformar las cosas para mejorarlas, valdría más empezar por la Constitución, cuyos candados en este sentido aseguran para el país entero la calificación de incompetente. Imaginar las pérdidas que ocasiona un servicio eléctrico irregular es todavía un ejercicio menos angustiante al de intentar contar las oportunidades que a diario se desechan por causa de unas leyes atávicas e imbéciles, concebidas en tiempos de dictadura para provecho y lustre de una camarilla de simuladores. Pienso en los dos empleados amables y eficaces a los que me costó trabajo convencer de dejarse invitar un refresco. Qué diferencia de esos electricistas prehistóricos que en aquellos ayeres sólo se aparecían para chantajearme con la amenaza de cortarme la luz, ya que se había hecho tarde para pagar y debía soplarme una mañana entera esperando mi turno en una oficinucha donde se abominaba de las computadoras. Y no obstante, qué lástima. Debe de resultar frustrante ser un profesional calificado y no saber lo que es el estímulo de la competencia. La mejor compañía, ya se sabe, deja de serlo cuando se nos impone. A fuerza, al fin, ni la tele se enciende.

sábado, marzo 12, 2011

Sé latín (Diario Milenio 08/03/11)

Rosario Castellanos tuvo el buen tino de sobreponer una pluralidad de voces jocosas, ilegítimas, femeninas, pretenciosas, hilarantes, a una historia mexicana rígida, varonil, solemne y oficialista


I. LA RISA CASTELLANA

Debo confesar, por principio de cuentas, que a mí me gusta la risa castellana. Esa filosa ironía carente de autocomplacencia que caracteriza, por ejemplo, el poema que ella intituló “Auto-retrato”, o la desparpajada hilaridad que provocan las presencias paródicas de mujeres míticas, mexicanas y no, incluidas en la farsa que escribió cuando ya era embajadora de México en Israel: El eterno femenino. Como a las escritoras en general, a Rosario Castellanos se le ha acusado con cierta sospechosa frecuencia de ser demasiado sensata en sus ensayos, demasiado azotada en cuestión de amores, y demasiado severa en sus juicios. Se le ha acusado, en otras palabras, de escribir buenos ensayos, de componer poemas de contenido amoroso, y de tener ideas sobre el mundo que la rodeaba. Se le ha acusado, todavía en otras palabras, de saber latín (metafóricamente y no). Se le ha acusado, y cualquier lector más o menos despistado de la obra de Castellanos lo sabe bien, falsamente. No hay más que asomarse a algunos de los textos de Álbum de familia, varios de sus poemas más últimos, y la farsa que no llegó a publicar en vida para saber que, a la manera de Bajtín, Castellanos se sirvió del humor para revertir de manera crítica y lúdica ciertos mitos genéricos y también raciales de la sociedad mexicana de medio siglo. Sabía dolerse, como lo han hecho otros y otras debido, digámoslo con tranquilidad, a las imperfecciones del mundo en que vivía y, si no me equivoco, en que todavía vivimos, pero también, o tal vez precisamente por eso, sabía reírse. Docta, sabihonda, autocrítica, creyéndose-más-poco-de-lo-que-era, Castellanos tuvo el buen tino de llevar a cabo un ambicioso proyecto en la fase última de su vida: el de sobreponer una pluralidad de voces jocosas, ilegítimas, femeninas, pretenciosas, sarcásticas, hilarantes, a una historia mexicana rígida, varonil, solemne, severa y oficialista.

II. SABER LATÍN Y REÍRSE MUCHO

Es tan sabida la segunda parte del dicho, tan transparente, tan obvia, tan implacable, que nadie en su sano juicio tendrá por qué decir en voz alta que mujer que sabe latín, ni se casa ni tiene buen fin. Heme aquí pues, diciéndolo en voz alta, desacatando el silencio y mostrando, una vez más, un juicio un tanto cuanto poco sano. Como muchas, oí la primera parte de la frase cuando era niña pero, como pocas, vivía en un medio en que la segunda parte no era ni obvia ni transparente ni mucho menos implacable. Tuve, quiero decir, que preguntar. No recuerdo a ciencia cierta quién me dio la respuesta, pero sí recuerdo que fue demasiado tarde. Leía ya con una adicción que no me ha dejado hasta este momento y pensar, que era imaginar y evocar y avizorar y criticar y citar, me resultaba ya sumamente placentero. Cuando esa voz que, sospechosamente, no recuerdo, me hizo saber que el peligro consistía en no casarme y en no tener buen fin, estallé en algo que ahora denominaría sin titubeo alguno como una Risa Castellana. No me importó entonces como no me importa, después de dos matrimonios, ahora. Aunque lo del buen fin todavía está en debate (supongo que el último veredicto no debe llegar sino hasta que deje de respirar) debo confesar que, a pesar de saber latín (metafóricamente, claro está), me la paso bastante bien.

Digo esto porque el dicho, según entiendo, pervive. Porque otras, las que empiezan a encerrarse en sus cuartos para pasar largas horas perversas leyendo libros o las que ya se sacan 10 en las escuelas, todavía escuchan, según me dicen, tanto la primera como la segunda parte del dicho. Lo digo porque, francamente, dicho sea con toda honestidad, el famoso dicho no es cierto. Lo digo en voz alta, mostrando mi acostumbrada falta de juicio, porque, como lo dijo precisamente Rosario Castellanos en aquel umbral que nunca cruzó, debe haber otra forma humana y libre de ser —una forma humana y libre de ser en que el saber y el placer no constituyan opciones excluyentes.

III. EL EXTRAÑO CASO DEL HOMBRE CULTO Y LA MUJER LIBRESCA

La situación, aunque común, no deja de ser inquietante.

Un hombre y una mujer leen. Leen mucho. Hablan sobre lo que leen todo el tiempo, de manera obsesiva, apasionada, beligerante. Discuten lo leído y lo por leer. Arman líos sobre un párrafo, una oración, una letra. El hombre y la mujer escriben.

Ergo: El hombre es un individuo culto. La mujer es una tipa libresca. El hombre es ambicioso, emprendedor, visionario. La tipa, además de libresca, es pretenciosa. El hombre es crítico, arrojado, atrevido. La tipa, además de libresca y pretenciosa, es histérica. El hombre es interextual, metatextual, transtextual. La pobre tipa libresca y pretenciosa, además de histérica sólo vive rodeada de libros. El hombre es mordaz, sarcástico, crítico. La tipa pobrecita aquella pretenciosa e histérica y podrida en libros tiene, de repente, una que otra puntada, pero todo eso la hace light. El hombre es un poeta. La tipa, ya lo decía la segunda parte del dicho, es una poetiza.

IV. EL ETERNO FEMENINO BIS

Los que leyeron El eterno femenino saben que por ahí desfila Eva, quien se decide a comer la famosa manzana porque la alternativa era una vida absolutamente aburrida con un Adán más bien asustadizo; La Malinche, más astuta y manipuladora de lo que Cortés y todos sus hijos bastardos, al decir de Paz por supuesto, habrían querido o imaginado; y hasta una Rosario de la Peña que desdice o cuestiona punto por punto el “Nocturno” que le dedicó Manuel Acuña. Este acto de ventrilocuismo histórico, tan en boga en nuestros posmodernos y paródicos tiempos, le permitió a la Risa Castellana subvertir estereotipos y cuestionar mitos del pasado. Supongo que los habitantes del futuro harán algo similar con lo que sucede hoy. Alguien tendrá que describir, jocosamente, la manera en que Gloria Trevi se convirtió en una mártir de Mex-América, por ejemplo; y alguien más pasticherá a Ana Guevara y toda la ambigüedad genérica del caso o nos hará pensar en algo más con la versión mexicana, y aumentada, del tatcherismo colonial encarnada ni más ni menos que en lo que era entonces la primera dama. La lista crecerá, sin duda alguna. Pero ya entrados en gastos, válgame dios, ¿para qué esperarse hasta el futuro y no empezar el mismísimo día de hoy?

V. LO QUE ME HABRÍA GUSTADO

En autorretrato, Castellanos se define como una señora que, entre otras cosas, ve hacia un parque pero no cruza la calle para caminar en él o para respirar otros aires. Pienso en eso. Pienso en lo mucho que me habría gustado que lo hiciera.

lunes, marzo 07, 2011

El ratero involuntario (Diario Milenio/Opinión 07/03/11)

Saqueos, linchamientos y pogromos tienen la misma excusa que los consumidores de libros pirateados. Medio mundo lo hace, nos aseguran


1. ¿Quién decías que eras?

Tenía dieciséis años cuando dejé de ver a mi amigo Igor. Habíamos compartido aulas durante unos pocos años y apenas si recuerdo nuestras conversaciones, pues lo que más hacíamos era reírnos. Qué importa ya de qué, si de todas maneras lo tengo más presente chillando de la risa, cuando no revolcándose en el piso por un dichoso dolor de caballo. No fue extraño, por tanto, que en un reciente encuentro nos saludáramos aparatosamente, ni tampoco que luego no habláramos de casi nada, porque tal vez no había de qué hablar, tras veintitantos años de desconocernos. Supe, no obstante, que Igor vive de las finanzas, y a mi vez lo enteré de mi modus vivendi. Desde entonces me envía correos electrónicos que en ocasiones me hacen volver a preguntarme de qué diablos hablábamos en aquellos años. Una amistad extraña tuvo que ser la nuestra, he concluido la última vez, luego de recibir un e-mail infumable con el que hasta la fecha no sé qué hacer.

“UN REGALO QUE LO DISFRUTEN”, anunciaba el mensaje, en letras rojas, tan lejos de sintaxis y puntuación como de la civilizada gentileza de las letras minúsculas. Como si el remitente original —ya no mi amigo Igor, sino el departamento de servicios de una empresa de orientación vocacional colombiana, según descubrí luego, intrigado por el origen del regalo de 6.2 megabytes que acompañaba al e-mail— se empeñara en gritar la buena nueva. Nada menos que treinta archivos en formato pdf, cuyo contenido se anunciaba desde el asunto mismo del mensaje: FW: 30 LIBROS DIGITALES DE GARCIA MARQUEZ.

2. Compartiendo el botín

Uno por uno, los fui abriendo presa de un estupor indeciso entre desazón, pavor y rabia, entre otros sentimientos asociados a grandes siniestros, como el incendio de una biblioteca o la inundación de la propia casa. Mientras me sacudía la sombra del fatalismo, descubrí que Cien años de soledad mide 1’253,177 bytes, El otoño del patriarca 551,234 y Crónica de una muerte anunciada 266,313. Nada que no se pueda reenviar al otro lado del mundo, o a incontables de lugares del mundo, en el tiempo que toma estornudar. Y no obstante un trabajo laborioso, habría que ver cuánto tiempo debieron aplicarse los maleantes que digitalizaron todos esos libros, a adivinar por qué y para qué. Las siguientes dos horas las invertí dando vueltas al modo ideal de responder al mensaje de Igor.

“¿Qué me dirías si yo te propusiera un sistema infalible e indetectable para vender información confidencial al mejor postor?” “¿Ayudarías a un vecino a saquear la casa de otro?” “¿Cómo reaccionarías si cayera en tu buzón la fotografía de una mujer a la que admiras, desnuda y amarrada, con una invitación a unirte a la pandilla de estupradores?” “¿Desde cuando, por cierto, tú y yo robamos juntos?” Al final me rendí. Me incomodaba verme predicando, y ni siquiera sabía cómo hablarle al virtual desconocido que no halló impedimento en compartir conmigo lo que no era regalo, sino mero botín. ¿No le dije muy claro, el día del encuentro, a qué concretamente me dedico? ¿No tenía que haberle parecido inconveniente que fuera justamente un narrador de historias, que como es de entenderse vive de escribirlas, quien recibiese aquel paquete de libros robados? ¿Querría prevenirme, por casualidad? Pensándolo de nuevo, llegué a la conclusión de que Igor no debió de haberse molestado en darle ni una vuelta al asunto. Habrá pensado que a sus destinatarios les gusta la lectura y por lo tanto les interesaría el paquete, y que en caso contrario lo borrarían. Y ya, ¿verdad? A otra cosa. ¿Quién tiene tiempo, al fin, para pensar en la naturaleza de lo que hace, y todavía menos en sus consecuencias?

3. ¿Ligereza o cara dura?

Como sucede con los videojuegos, donde uno mata y muere miles de veces sin sufrir un rasguño, las computadoras suelen ofrecer una ingrávida sensación de impunidad. Si un disco duro no pesa un gramo más por el hecho hasta hoy inimputable de contener miles de libros y canciones robados, tampoco el dueño experimenta sólo por eso un peso en la conciencia. Por el contrario, le aligera la vida saber que no ha tenido que gastar un centavo en todos esos bienes digitales que tampoco le importa gran cosa perder, pues hace tanto tiempo da por hecha su gratuidad que ha dejado de concederles un valor de cambio. Están ahí, como el aire y los árboles. Nadie se va a la cárcel por arrancarle una manzana a un árbol, ni por beber el agua de la lluvia. Y he aquí que en el mundo inconsecuente del hurto digital la gente tiende a creer —peor aún, a asumir sin pensar— que el trabajo ajeno es patrimonio de la humanidad, por el solo poder de su procesador.

Leer un libro o disfrutar una canción es un poco meterse en el coco de su autor. Entenderse en el fondo, de repente. Amistarse a lo lejos, una vez que el autor consigue conmover a quien mira o escucha, a fuerza de mostrarle sus zonas más sensibles y quién sabe si no sus ardores recónditos. ¿Qué clase de gañán tiene uno que ser para robarle a aquel con quien ha conseguido entenderse y compartir, tal cual reza el poema, el olvidado asombro de estar vivos? ¿Cómo le explico a ese pelmazo de Igor que enviarme treinta textos pirateados de García Márquez equivale a confiarme que se metió a la casa de su autor más querido y lo amarró en el piso para robarle? No quiero ser dramático ni truculento, pero por más que me hablen de los códigos inviolables del libro electrónico, no alcanzo a ver más que una fila infinita de autores amarrados en el piso y saqueados por turbas de felones impunes que no se sienten menos personas de bien por hacer lo que medio mundo hace, con la excusa de que es intangible.

Ahora que lo recuerdo, había un chiste que Igor gozaba repitiendo. ¿Tienes fotos de tu mamá encuerada? ¿No? ¡Te vendo unas! Pensándolo mejor, me gustaría responderle preguntando si acaso reenviaría unas fotos de su mamá encuerada. Digo, para mandárselas.