jueves, febrero 24, 2011

"A mis veintiséis años"-(Columna El Guardián del diván-23/02/11)

A todos aquellos que están, estuvieron y seguirán.


Cumplir años, dicen, siempre es un acontecimiento; para otros, es la fecha que marca el inicio de un año nuevo personal. El verdadero inicio de un ciclo.


Mientras se cumplen años, se adquieren experiencias y nuevas amistades, también se sufren fracasos y la pérdida de seres queridos, ya por diferencias, ya por la visita de la muerte.


Cumplir años es acercarse más a la finalización de la vida: la muerte.


La muerte es lo único seguro que se tiene en la vida, aseguran los sabios.


Sin embargo, cuando se cumplen años y te das cuenta que a lo largo del camino recorrido las amistades sembradas se han cosechando con creces y que los pasos trazados para llegar a las metas deseadas, en su mayoría, van viento en popa. La muerte es lo que menos importa.


Siempre será preferible que la calacuda agarré a cualquiera, haciendo lo que mejor saber hacer, que lamentándose.

Vida sólo hay una y habrá que tomar de ella, lo que mejor convenga a los sueños dibujados.

Vivir es un arte, algunos harán de ella una pintura vanguardista, otros quizás prefieran tallarla cual fina escultura y unos más prefieran escribir una novela. Algunos más preferirán un arte complicada, que no entable diálogo ni nada con algún posible interlocutor, no les quedará más que esperar a que el tiempo les regalé a un intérprete.


Muchos de estos artistas acompañaran su vida con algún vicio. ¡Artista sin vicio, es como el siglo XXI sin tecnología! Quizá les remorderá la conciencia, tal vez en el primer momento en que ingresen al hospital, se arrepentirán de cada uno de sus vicios; existirán otros que se morirán siendo fieles al vicio que genera su arte.


Por mi parte, querido lector, no sé si soy un poeta o un escritor en ciernes, como afirman algunos amigos. Como todo ser creativo, estoy lleno de ambigüedades, temores, más que de certezas. Empero, y parodiando a Joaquín Sabina, si a mí me preguntan de entre todas las artes, cuál elijo: yo quiero la del poeta, porque la poesía es corta, dura, seductora, solitaria, amorosa y dolorosa. La más prostituta de todos los géneros literarios.


La poesía es la vida misma y con vino tinto o una coca-cola, según sea la ocasión, siempre deberá estar acompañada.

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Nota: El Columnista ha dejado de circular por turbias razones. Mientras Mario Alberto Mejía no tenga su nuevo proyecto esta columna aparecerá, en vía de mientras, en el blog habitual. Pronto, esperemos vuelva a publicarse de modo impreso.

martes, febrero 22, 2011

C. D. Q. N. P. S. Q. D. N. O. S. E. (Diario Milenio/Opinión 22/02/11)

Para la autora, desde su adolescencia, Ana Karenina fue más un lugar que un libro, más una cita que una obligación, más una complicidad que el motivo de una calificación


Leí Ana Karenina hace mucho tiempo y debido a que un joven recién titulado de la carrera de Letras obtuvo su primer empleo como maestro de literatura universal en mi escuela preparatoria de dos años. Era un joven ambicioso y utópico, ligeramente desaliñado y de voz enérgica. Digo que se había graduado en Letras y que su posición como mi maestro de literatura fue su primer empleo porque de otra manera no me puedo explicar cómo se le ocurrió la peregrina idea de que alumnos de preparatoria con poca afición por la lectura y un desdén muy clasemediero por cualquier cosa que estuviera asociada de la más mínima manera a La Cultura, pudieran leer, completas, novelas rusas del siglo XIX. En todo caso, cuando nos advirtió de sus intenciones (no recuerdo haber tenido en mis manos un plan de estudios propiamente dicho y esto refuerza la idea de que su posición como maestro de literatura en mi escuela preparatoria fue su primer empleo) creo que fui la única que contuvo el salto de gusto que, en otro plano, en el plano de la literatura seguramente, estaba dando en ese momento. Yo ya me había declarado a mí misma (que es lo que cuenta) una lectora empedernida (y llevaba ya los anteojos que lo probaban) y hacía gala (con lujo adolescente) de esta elección a diestra y siniestra (más a siniestra que a diestra a decir verdad). Para entonces ya había leído los libros que me hicieron pensar que escribir (¡ay de mí!) no era tan difícil, que escribir era algo evidentemente muy placentero (¡ay de mí!), y que escribir era algo (¡ay de mí!) que yo quería “hacer de grande”. Pero Ana Karenina, el libro que me asignó un utopista cuando yo andaba por ahí de los 13 años, fue, en realidad, y en muchos sentidos, mi primer libro.

Aclaro que cada uno de los ¡ay de mí! anteriores tiene que ser pronunciado a velocidades distintas y con distintos tonos de voz.

Desde el inicio, desde aquella famosa primera línea, “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, Ana Karenina fue más un lugar que un libro, más una cita que una obligación, más una complicidad que el motivo de una calificación —volver sus hojas, quiero decir, era un acto que me introducía en el espacio, pensaba yo en aquella época, de una catedral. Algo masivo en cualquier caso. Algo vasto. Pronunciaba la palabra Tolstoi, se me acusaba, como si fuera el principio de una oración (y por oración, en aquella preparatoria de dos años, sólo se entendía la oración religiosa, por supuesto). Mis amigas, aburridas por mi conversación, procuraron hablar conmigo sólo de lo estrictamente necesario y creo que fue por esas fechas que el muchacho aquel que insistía en ser mi novio lo entendió todo y se dio por vencido. Yo sólo me di cuenta de todo esto, cual debe, años después, puesto que mientras esto ocurría yo atendía con emoción los intrincados vericuetos del alma de una adúltera, viajaba en trenes del siglo XIX por el mismísimo paisaje ruso, y ponderaba, con adolescente solemnidad, la justificación formal del suicidio.

Los años, como dicen los narradores del siglo XIX o los cineastas de la época de oro del cine mexicano, pasaron. Y Ana Karenina se fue transformando en un recuerdo. Éste: la escena aquella en que dos jóvenes se recargan sobre algo (no recuerdo el algo, pero sí la manera en que los brazos de la mujer, inclinada sobre ese algo, se flexionaban, haciendo que el antebrazo rozara apenas su propio pecho) para leer un mensaje cifrado. Todo esto acontecía, y debo estar tergiversando este recuerdo, estoy segura, en un radiante día de otoño. El mensaje, de cualquier modo, estaba formado por letras, el inicio de palabras completas que, borradas del texto, lo constituían en realidad. Era un mensaje, como todos los mensajes secretos, que requería de complicidad, intimidad, arrojo. Era un juego y un reto. Una provocación. Una sutilísima invitación erótica. Un vínculo textual y un vínculo sexual. Un hombre y una mujer, leyendo; encontrando el sentido específico de la lectura en la lectura misma, construyéndolo en el acto. Todo esto bajo la luminosa bóveda de un día otoñal. Con el paso del tiempo, quiero decir, Ana Karenina se concentró para mí en la escena aquella en que Konstantín Dimitrievitch Levine le hace la segunda propuesta matrimonial a Catalina Alejandrovna.

Secretos en bancarrota (Diario Milenio/Opinión 21/02/11)

Cuando la información se filtra por el barco, imponer el imperio del silencio es una de las últimas patadas del ahogado


1. Atención, perficcionistas

Usted es el cliente, y por tanto pregunta, exige, se desdice y hasta se contradice sin por ello dejar de tener la razón, dada la potencial elocuencia de su cartera. El empleado, a su vez, emplea sus mejores estratagemas y se saca argumentos multicolores de la manga para que usted sucumba a la aparente contundencia de sus argumentos y se lleve el-mejor-producto-al-mejor-precio. Todo parece ir bien con la negociación, hasta que usted extrae de entre su ropa el aparato de la discordia: un smartphone que en pocos instantes le mostrará las especificaciones técnicas del producto en cuestión, así como su precio en otras tiendas, no bien haya escaneado el código de barras y se lance a bucear entre miles de bases de datos. Si el empleado le dio algún dato incorrecto, o exageró, o tergiversó las cosas, humillarlo es tan fácil como invitarlo a asomarse a la pequeña pantalla donde la información resplandece, incontrovertible.

Soplan vientos difíciles para los merolicos. Si el hombre del megáfono me dice que en las tiendas un cierto pelapapas me va a costar cien pesos, no tengo que ir muy lejos para desmentirlo. Saben los charlatanes que para hacer no suyo necesitan contar con la candidez de su auditorio, un ingrediente que tiende a escasear allí donde la información está a tiro de piedra. Esto es, en todas partes hoy en día. Nunca antes tanta gente se enteró de tantas cosas, ni la curiosidad tuvo tamaña cantidad de recursos y vías para saciarse, ni menos todavía tantas reputaciones estuvieron a tal extremo ventiladas. Si antiguamente los calumniadores no requerían más calificaciones que un poco de vileza creativa y una nada de escrúpulos, hoy deben aplicarse a dominar las técnicas de la ficción más pérfida, que es la propagandística. Nada que, sin embargo, no pueda desmentirse en dos patadas delante de una pinche pantallita.

2. Humores y rumores

Usted es Hugo Chávez y ya está hasta las botas de tanta información desautorizada. Si pudiera, cortaría de tajo el acceso a internet, como suelen hacerlo en momentos difíciles varios de sus amigos y aliados estratégicos. Pero el hecho es que tanto en computadoras personales como teléfonos, videojuegos y millones de dispositivos online, cualquiera puede distinguir y seguir las huellas estruendosas de sus errores, así como los aciertos ajenos. Vivimos en un siglo donde ya no es posible mantenerse a resguardo de la comparación. Inclusive cuando ésta es insulsa e insidiosa, o se fabrica en serie con métodos virales. Incapaz todavía de meterse en cada una de las computadoras de sus conciudadanos, su gobierno se ha dado a fabricar información chatarra por todos los medios, pero ni así consigue parar el flujo de otras informaciones, según las cuales Venezuela fue el único país latinoamericano que acabó el 2010 en recesión, y ahora mismo registra una inflación de 28 %. Esas cifras lastiman su orgullo de caudillo, y ni hablar del desdoro que le ocasionan a su autoridad de comandante.

La sola idea de que es tanto su amor por los desamparados que cada vez hay más pobres en Venezuela suena chusca delante de los reportajes que hablan de la familia Chávez y otros boliburgueses de ínfulas faraónicas. ¿Qué hacer para callar tantos murmullos, o anestesiar al menos el ardor consecuente del desengaño en tantos convencidos que cualquier día tiran la toalla tras soportar por años la tunda de evidencias? ¿Cómo explicar a esos desencantados que uno siga creyendo y defendiendo que en este mundo díscolo y materialista los analgésicos pueden ser suficientes para curar el dolor de muelas? Y ya entrados en curas milagrosas, ¿por qué no gastárselo todo en analgésicos? Tal vez lo peor de estar en las botas del comandante Chávez sea vivir perpetuamente desinformado, si todos sus expertos deben pensar como él, y por tanto censurar sus informes con el tino de un cirujano plástico, no sea que se malquiste el patrón porque oyó lo que no quería oír. Saberlo todo y nada al mismo tiempo: el drama del mandón.

3. En la suite del principito

Usted es la ex sirvienta de Aníbal Gaddafi, el junior más notorio del coronel. Como todo el mundo lo supo en su momento, usted y su pareja dejaron de trabajar para el joven Gaddafi luego de que entre éste y su esposa los escarmentaran con cinturones y ganchos de ropa (de madera, ¿no es cierto?), al interior de una suite en Ginebra, y más tarde tuvieran que indemnizarlos para que la noticia no corriera más. Una suerte sin duda preferible a la de la mujer del quisquilloso Aníbal —la modelo Aline Skaf— que en el curso de la última Navidad le recetó una más de sus famosas felpas, en una suite de cerca de ochenta mil dólares la noche de la cual la señora salió con la boca sangrante y la nariz quebrada. Ser ex empleada de un enemigo así, a cuyo padre no le tiembla la mano para mandar volar un avión de pasajeros, tiene que ser una maldición del tamaño de la información que guarda. ¿Y de verdad la guarda? ¿Cómo estar bien seguros, a ese agudo respecto?

Mientras estas palabras son escritas o leídas, los esbirros del coronel Gaddafi se ocupan de hacer picadillo a sus opositores en las calles de cada ciudad alborotada, para probar tal vez que ese señor Mubarak del que ahora medio mundo abomina en la comodidad de su conciencia, no ha sido sino un aprendiz de dictador. Sin un solo corresponsal extranjero, ni ahora Internet —porque el dictador libio sí que puede cortar lo que le venga en gana, empezando por la cabeza de quien sea— o cualquier otro medio de tendencias porosas, la información que fluye de su país al mundo es casi toda especulativa. Esa idea romántica en teoría según la cual el paraíso terrenal es un lugar aislado de este mundo sugiere a estas alturas, y acaso desde siempre, que el silencio forzado no es propio del edén, como del calabozo: ese lugar hediondo, sordo y ronco donde la información es muy valiosa, pero tampoco tanto como la discreción. El coronel Gaddafi nunca ha ignorado, y ahora menos que nunca, que los cables cortados son rejas corridas, y lo demás es pura propaganda.

sábado, febrero 19, 2011

Las pulgas freeway-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 18/02/11)

Entre lo poco afortunado que me aconteció la semana pasada se cuenta el hecho de no haber tenido que entregar este texto. No hubiera podido. Ironía de la vida y de la muerte, de la escritura y de la amistad, de la psicología y de la literatura: coloreaste (de negro) casi todos mis pensamientos durante jornadas pero, enfrentado a la idea de escribir sobre ti –sobre lo que significaste en mi vida durante años, sobre lo que significas hoy, sobre lo que significarás siempre–, me sentía de plano incapaz.

Se trata, por lo visto (que qué bueno que no vi, que tanto me duele que hayan visto quienes vieron, y que tanto más les duele a ellos), de una sensación compartida por todos los que te quisimos. No la incapacidad para escribir: peor, la incapacidad a secas. No supimos (o no pudimos; creo, eso sí, que todos quisimos) ayudarte. No te dimos motivo suficiente para seguir tocando, o cuando menos para tratar de tocar, que quizás sea lo más a que pueda aspirar uno (y eso los que tienen la música en el alma y en las manos, como tú).

Moriste mal (y sigo enojado contigo por ello) pero he de reconocer que fuiste, en efecto, un bien nacido. Siempre me maravilló que alguien tan responsable –porque lo fuiste desde niño y hasta el penúltimo día– pudiera prodigar tanto placer a tantos y, en el camino, a sí mismo. Y aquí se apilan los recuerdos de las muchas veces que te vi brillar. Hermano siempre mayor de tus hermanos, ya jóvenes (en un festival de música arcano) o, maduros ya –y mejores que nunca–, en una Sala Neza apoteósica, que los canonizaba con su aplauso paroxístico como esos todos los santos del jazz mexicano que fueron (restent encore deux saints, mais désormais ils ne seront plus jamais tous). Encarnado en pez dorado que navega ligero y refulgente por las teclas del piano, solo. Y acompañado cuando la noche era suave y parecíamos dos mosqueteros pero éramos tres (D’Artagnan, desde cabina, era nuestro líder a la sombra) y todos –de Alberto Cruzprieto a Bronco, de Angélica María a Plastilina Mosh– peregrinaban hasta nuestro foro para hacer música –de toda, porque la música fue toda tuya y tuya toda– contigo.

Ahora ya no hay música. Tu Concierto para piano improvisado y orquesta –una genialidad: jamás igual a sí mismo pero siempre idéntico a ti mismo– podrá reproducir su premisa pero ya no más tu espíritu. No más estudios bop ni miniaturas de Paul Klee. Y, lo peor, no más mi amigo a no ser en su legado.

No es poco lo que me dejas. Y no hablo sólo de los 136 tracks en mi iPod o de la pieza que me dedicaste –entrañable ironía: la nombraste “Celebración”– sino a lo que de veras importa: recuerdos preciados; una admonición a valorar lo que tengo; el lance a acercarme más a otros –mi mujer, la tuya, nuestro amigo– para tratar en vano de llenar el vacío que dejas; el ejercicio de una paternidad generosa y cariciosa pero trunca que ahora quisiera yo –en la medida de lo posible, que es poco pero, te lo juro, comprometido– tratar de ejercer por ti.

Los cursis dicen que echaste a andar por el camino blanco. Pero no hay aquí sacbé sino apenas Las Pulgas Freeway. Áureo pez que fuiste, te percataste de que esto no es el mar y te arrojaste de la autopista para caer al agua. Y nos dejaste a los demás, pobres y grises pulgas, avanzando rapidísimo hacia ninguna parte, corriendo hasta toparnos con el despeñadero que hay al fin del camino, hasta unirnos –no sé si decir “otra vez” o “ahora sí”– a ti.

jueves, febrero 17, 2011

"Un poema, uno"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 16/02/11)

En ciertos momentos de la vida, las palabras parecen acabarse y la cabeza no da para mucho.

Estos días tan aciagos son unos de esos.


Los entornos han cambiado, signo de evolución o involución, sólo el tiempo lo dirá.


Como bien dijo Mercedes Sosa en algunas de sus canciones: “Cambia, todo cambia. Que yo cambie no es extraño”.


Alguna vez, Juan Gerardo Sampedro me dijo que un columnista no debe abandonar a sus lectores, al no ser que las circunstancias sean graves y no lo permitan. No es el caso.


Pero ante la falta de ideas y tiempo para concluir lecturas; comparto con ustedes un poema esplendoroso de Juan Eduardo Cirlot, pertenece a su poemario “44 sonetos de amor”, publicado en 1971 y recientemente reunido en la última antología poética “Del no mundo” del mismo autor, bajo el sello de Siruela:


Ya sólo puedo ser lo que tú quieras:

piedra, fragmento inútil, desconsuelo,

obstinación azul de lo lejano,

aletazo del ave que se aleja.


Ya sólo puedo ser lo que tú me dejes

ser ante tus estatuas invisibles:

roca llena de signos, sufrimiento,

fíbula de cristal, reflejo, brasa.


Cuando murió la luz de las esvásticas

el hierro de mi día se quebró

y mis guantes de fuego se murieron.


Si sigo ante la puerta de tu ser,

princesa, rosa, diosa, lo que fueres

es que espero de ti que me condenes.

***

Espero que les guste esta pequeña ofrenda, como símbolo de amistad. Nos leemos la próxima semana.

miércoles, febrero 16, 2011

El misterio de una dedicatoria-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 16/02/11)

Gracias al escritor Gabriel García Márquez sabemos que los hombres tenemos en realidad tres vidas: la vida pública, la vida privada y la vida secreta.

El 21 de marzo de 1956 García Márquez esperaba en el café Mabillon, de París, a un viejo periodista portugués corresponsal de O Globo que era amigo suyo: Joaquín Novais.

Visto a más de medio siglo ese fue un año de creciente efervescencia: Erich Fromm publicó entonces un librito que se convertiría en un clásico de la sicología,El arte de amar, y un grupo de jóvenes encabezados por Fidel Castro y ErnestoChe Guevara zarpaban de Tuxpan, Veracruz, rumbo a Santiago de Cuba junto con 82 hombres a bordo de la embarcación Granma. Gabo era entonces corresponsal de El Espectadoren París y no había llegado a los 30 años. Había publicado su primera novela, La hojarasca, y no se imaginaba vivir de la literatura.

Ese día de inicio de la primavera conoció a Tachia Quintana en el café Mabillon, una actriz vasca que había dejado el teatro y su país para declamar versos en la capital francesa, la tierra prometida de no pocos escritores latinoamericanos de la mitad del siglo XX.

Con el paso de los días, Tachia se convirtió en la novia vasca del delgadísimo Gabriel García Márquez. Él vivía entonces en el hotel Flandres (hoy Hotel des Trois Colleges) en una habitación minúscula con techo de vigas de madera donde apenas cabía una cama y una pequeña mesa.

En esa habitación y en medio de la pobreza más extrema García Márquez revisó su novela La mala hora y escribióEl coronel no tiene quien le escriba, libro que terminó en enero de 1957 y en el que cuenta la historia triste de un general sumido en la miseria al que sólo lo sostiene la esperanza.

Desde la ventana de ese cuarto del antiguo Flandres un día se enteró por los gritos del poeta Nicolás Guillén, quien vivía enfrente, que el dictador Fulgencio Batista había caído.

Según la periodista Patricia Lara Salive, en esa buhardilla hoy existe un pequeño busto del escritor colombiano y una placa en la que se informa que allí escribió El coronel...

Si nos atenemos a sus memorias, podemos suponer que la vida secreta de García Márquez se entreteje con las líneas de sus libros. El tema de ese coronel y el del escritor de esos años es muy parecida: la espera que se prolonga para recibir, uno su pensión y el otro el pago de sus servicios como corresponsal que se habían suspendido.

Gracias a sus memorias y a los textos periodísticos de Gabo, no es difícil encontrar en sus cuentos y novelas el pulso vital de sus días, su vida secreta, las líneas de su mano.

Si uno escribe hoy el nombre de Gabriel García Márquez en el buscador Google obtiene en apenas una décima de segundo 2 millones 310 mil referencias en Internet. Nada mal para un novelista que sólo escribe, según dice, para que sus amigos lo quieran y que logró convertirse con Cien años de soledad en el autor clásico del que tenemos el privilegio de ser contemporáneos.

No exagero, más de 30 milllones de libros vendidos de Cien años de soledadconfirman lo dicho y lo que vislumbró con tino Pablo Neruda, quien consideró a esa novela la mayor revelación en lengua española desde el Quijote de Cervantes. Si a un libro lo leen en promedio cuatro personas, ¿de cuántos millones de lectores de los libros de García Márquez podemos hablar?

Parece que la desmesura ha sido una constante en las tres vidas de García Márquez, la secreta, la privada y la pública. En los mundos que pueblan sus cuentos, reportajes y novelas o en los 8 mil ejemplares que vendió en una semana la novela Cien años de soledad en el remoto 1967 sin publicidad alguna y que se ha convertido en uno de los 35 libros más vendidos de todos los tiempos.

¿Qué hilos tocó con esa novela para hacerse casi de manera automática de un lector sueco de 15 años, de un anciana japonesa, de una mujer madura irlandesa, de un médico uruguayo, de un ingeniero mexicano o de un ama de casa rusa? ¿Tiene que ver eso con lo que llaman el genio de la lengua, el misterio de la escritura?

Si hacemos caso de su libro de memorias Vivir para contarla, buena parte de la vida secreta de este escritor se encuentra cifrada en Cien años de soledad. Los signos vitales de su escritura, sus rasgos de identidad que se formaron durante los primeros ocho años de vida del novelista están en esa crónica del pueblo de Macondo, donde la desmesura es el santo y seña de las cosas, donde la realidad y los sueños se entrecruzan, donde la única claridad es la del misterio que sostiene al mundo.

La vida privada de García Márquez es territorio de sus íntimos, los que han jugado tenis con él o lo han visto enfundado en su mono de obrero llevando puestos zapatos sin calcetines… Su vida secreta es la más pública. Si quiere confirmarlo lea la dedicatoria de la edición francesa de El amor en los tiempos del cólera. La novela en francés está dedicada a Tachia, su antigua novia vasca por sugerencia de Mercedes, su esposa a quien el propio Garcia Márquez, día con día no acaba de conocer. Es como una cebolla, escribió hace tiempo: cuando creía haberla conocido por completo siempre ha encontrado otra película, otra capa, que ni siquiera imaginaba.

Alcohol: 1 - Realidad: 1 (Diario Milenio/Opinión 15/02/11)

A continuación algunas escenas mínimas de cuatro partidos históricos entre los equipos más fuertes de la liguilla


I. REALIDAD: 0 / ALCOHOL: 1

Tal vez pocos últimos párrafos han ocasionado tanta inquietud entre historiadores como la frase con la que Charles Gibson decidió dar fin a su monumental estudio The Aztecs Under Spanish Rule. Decía ahí que “si hemos de creer a nuestras fuentes, pocas personas en la historia de la humanidad han sido más propensas a la borrachera que los indios de las colonias españolas”. Explorando esta premisa, William Tay-lor escribió años después uno de los estudios fundamentales en la historia social del México colonial, Drinking, Homicide, and Rebellion, en el cual no sólo describe con característico rigor los cambios y las continuidades en las costumbres etílicas de la Nueva España, sino que también relaciona la ingestión de alcohol con actos de resistencia contra la imposición colonial o con actos de estratégica apropiación del discurso legalista de la colonia. De acuerdo a las leyes de la época, por ejemplo, el alcohol era considerado un atenuante en juicios penales, de ahí que muchos nativos adujeran que al cometer tal o cual delito se encontraban bajo el efecto del alcohol, recibiendo, por lo tanto, condenas menos estrictas y ganándose, de paso, una fama bastante incómoda o rutilante, según el punto de vista. Que esta visión benigna del alcohol se conservara más o menos viva a lo largo del tumultuoso siglo XIX no deja de llamar la atención, como tampoco deja de hacerlo el hecho de que, con la instauración del régimen porfiriano, el alcohol y la masculinidad quedaran unidos en una especie de espejo empañado.

II. REALIDAD: 1/ ALCOHOL: 0

Así como la sexualidad se convirtió en el terreno propicio para vigilar, controlar y, de ser posible, castigar las actividades de las mujeres porfirianas —de ahí la fenomenal preponderancia, por ejemplo, de la figura de la prostituta que Federico Gamboa volviera leyenda en su novela Santa— el alcohol fue el foro que los expertos de la época utilizaron con mayor frecuencia para identificar, categorizar y, eventualmente, sancionar ciertas conductas masculinas que, para aquellos en el poder, constituían cruentas amenazas contra el orden y, por lo tanto, contra el progreso y, por lo tanto (y vaya que nuestras autoridades son y han sido exageradas a lo largo de su historia), contra el bienestar de la nación. Si bien es cierto, luego entonces, que la ingestión de alcohol fue, tanto simbólica como materialmente, cosa de hombres, conforme los magos del progreso propugnaron por una modernidad disciplinada y productiva, esos hombres fueron descritos con mayor frecuencia con adjetivos menos y menos halagüeños: desclasados, antimodernos, carentes de voluntad, inútiles o, francamente, malos. Para muestra basta un botón: un gran porcentaje de los asilados del Manicomio la Castañeda —institución de salud mental que Porfirio Díaz inaugurara el mismo día en que se dieron inicio las festividades por el centenario de la independencia de México— llegaban ahí, en primera instancia, debido a su manera de beber. Y ahí permanecían, la mayoría de las veces en calidad de libres e indigentes, en el pabellón designado exclusivamente para alcohólicos. La Castañeda, que abrió sus puertas en 1910, continuó prestando sus servicios a lo largo del período post-revolucionario. Durante ese tiempo, los psiquiatras, enfermeros y comisarios que ahí trabajaron continuaron anotando escuetas notas descriptivas alrededor de una de las figuras más comunes y más vitupereadas de sus pabellones: los alcohólicos. Esta inquietante continuidad en la visión punitiva del alcohol resulta doblemente llamativa porque se da en el contexto de discontinuidad marcada, según la más rancia historiografía mexicana, por el parteaguas revolucionario. Tal vez la novela que mejor capturó tanto el sospechoso paralelismo entre la visión porfiriana y la revolucionaria de la embriaguez, así como también la ausencia de radical discontinuidad entre el porfiriato y los albores revolucionarios haya sido La vida inútil de Pito Pérez, la novela que José Rubén Romero publicó, he aquí el meollo del asunto, en 1938.

III. REALIDAD: 0 / ALCOHOL: 0

Quizá no haya ebrias más conocidas en la historia de México que la pareja formada por La Guayaba y La Tostada, el legendario par de borrachitas sucias y de mediana edad que provocaba mucha hilaridad y cierta desconcertada ternura en Nosotros los Pobres (1947) y Ustedes los Ricos (1948). Piezas clave del vecindario, dueñas de una sabiduría poco halagüeña y representantes de quién sabe qué silenciada, y por demás sospechosa, versión de la amistad femenina, La Guayaba (Amelia Wilhelmy) y La Tostada (Delia Magaña) fueron tratadas con una suavidad que casi parecía tolerancia o aceptación tanto por sus vecinos barriobajeros como por Ismael Rodríguez, el director de ambas películas. Algo similar ocurre con aquella Borrachita del inolvidable Tata Nacho que se va “hasta la capital pa servirle al patrón que la mandó llamar anteayer” —una mujer que bebe, ciertamente, pero debido a la pena, razón por la que no recibe la desaprobación pública o no, al menos, abiertamente—. Y si algo ha recibido Chavela Vargas, otra de nuestras grandes ebrias, ha sido el aplauso y la admiración de un público para quien su voz rasposa y viril no es nada más asunto de cuerdas vocales. Estas imágenes benignas de las alcohólicas se complementan con un silencio más bien estratégico de la ebriedad femenina en el discurso médico de la primera modernidad mexicana. Si bien los médicos de la post-revolución, justo como los porfirianos, pusieron desmedida atención sobre el cuerpo de la mujer, especialmente sobre su sexualidad, poco o casi nada tuvieron que decir sobre su conducta etílica. En los expedientes de la Castañeda, los médicos a cargo de diagnosticar las diferentes conductas anormales de las mujeres no tenían por costumbre detenerse demasiado en información concerniente a la ingerencia de bebidas alcohólicas, incluyéndolas en los cuestionarios sólo si las pacientes mismas los traían al caso. Esta ceguera médica condujo a una ausencia de asociación entre la ebriedad y la enfermedad mental que, en el caso de las mujeres, también produjo su invisibilidad como alcohólicas —de ahí la tolerancia y, acaso, simpatía con que las borrachitas aparecen de cuando en cuando en películas populares o comedias de moda.

IV. REALIDAD: 0 / ALCOHOL: 856, 795

Cada que el ídolo de ídolos (dícese de Pedro Infante, por supuesto) tomaba la botella de tequila y entonaba la canción favorita del respetable el alcohol ganaba, y sigue ganando, el partido. Por goliza, claro está. Por goliza.

martes, febrero 15, 2011

La prueba del Valentine (Diario Milenio/Opinión 14/02/11)

¿Es el amor aquel sentimiento profundo y borrascoso que nunca llega vivo al 15 de febrero?

1. Tengo examen de amor y no sé nada

Habemos quienes nunca hemos logrado acomodarnos en un 14 de febrero. Ya fuera porque un día no teníamos con quién celebrarlo, y desde esa congoja nos parecía un día más ridículo aún, o porque había con quién, y entonces sí teníamos que celebrarlo. Un día de extorsión sentimental donde los otros son siempre los ridículos, ya sea porque quieren y no pueden o porque pueden y por tanto deben. Si años antes la fecha ameritaba rosas o chocolates y alguna cena o brindis informal, hoy compite en rigores y protocolos con Navidad y el Día de las Madres. Pues si en aquellas fechas se espera la presencia formal de los consanguíneos y un regalo que ayude a recordarlos con cariño, San Valentín exige la puesta en escena de un ritual escrupuloso, donde cena y regalos son apenas dos de los ingredientes involucrados.

¿Cena dónde, por cierto? Porque un San Valentín no se resuelve cenando en casa con la familia entera, sino en la intimidad de otra multitud, ocupada asimismo en cumplir el ritual de la única fiesta del calendario que somete a un examen a quienes la celebran. Si entre padres y hermanos el cariño suele darse por hecho, entre parejas vive en entredicho. Un día de San Valentín puede ser la ocasión ideal para darle al afecto sustento o dinamita, basta con que lo conmemore uno en grande... o por casualidad se le olvide. Ahora bien, esto último no hay forma verosímil de lograrlo, si hace varias semanas que el día de los novios consume millonadas en publicidad que va a alcanzarnos de cualquier manera. Y ya se sabe que en el reino del amor, el olvido se cuenta entre los agravantes inexcusables. Curiosamente respaldados por Freud, que tampoco disculpa la desmemoria, los despechados de San Valentín no se preguntan cómo nos olvidamos, sino cómo pudimosolvidarnos. Suponen que uno puja para olvidar las cosas, cuando lo cierto es que pasa al revés: se olvida para no seguir pujando.

2. Sin derecho a extraordinario

El de la puja es un tema vibrante, pues si ahora resulta que la gran mayoría de los novios sale cada 14 de febrero a festejar su idilio oficialmente, es lógico que todos quieran hacerlo de algún modo especial e irrepetible, y en tanto eso cada pareja pretenda a su manera ponerse a salvo de la ordinariez. El examen de amor incluye, por lo tanto, una lista de expectativas fijas entre las que se cuentan ciertas galanterías elementales, como ocuparse de reservar con anticipación en cierto restaurante y amarchantarse a tiempo en la florería o chocolatería. ¿O alguien por ahí quiere, en fecha tan crucial, colgarse el sambenito de improvisado? Lejos de esas angustias, aunque no lo bastante para no recordar un par de días de éstos como los de un horrendo juicio sumario donde se me exigía probar la existencia objetiva de un espíritu, me pregunto cómo es que una idea tan ordinaria como la de colgar un día oficial en las espaldas de los enamorados puede aspirar a volverse especial. Vamos, si a estas alturas la palabra especial ya compite con gratis en ordinariez.

El día de los novios se parece de pronto a esa sordomuda que se cuela en mitad de una pareja para darle una rosa a la mujer y estirar la manita ante su acompañante. Aun sin poder hablar, la vendedora ha puesto a su cliente potencial en un predicamento. Si no le compra, no ama. O tal vez sea tacaño, o mala persona, en todo caso un bicho poco recomendable al que la señorita no debería tomar en serio. Por otra parte, si uno cede al chantaje, hará bien en temer que su acompañante le juzgue un alfeñique sin carácter ni iniciativa romántica. No menos complicado tiene que ser pasar con altas calificaciones la gran prueba de amor de San Valentín, si ya desde los días precedentes hay gentíos recorriendo almacenes desesperadamente, pues desde la elección del regalito se asoma la intención del aplicante y ello debe valerle varios puntos de más o de menos, según la proporción entre sapo y pedrada.

3. Título de insuficiencia

Es posible que el detalle más chusco de San Valentín esté en su calidad involuntaria de santo patrón de la industria hotelera. ¿Cómo dar crédito a esos reportajes de temporada donde se habla de filas de aspirantes a amantes aguardando a las puertas del motel, con tal de no quedarse sin pasar lista entre los bien servidos de un día potencialmente ominoso? ¿Y cómo diablos nadie va a servirse bien, cuando es en ese día que el motelero aplica el coitímetro? Como todas las pruebas, la de San Valentín se hace reloj en mano, durante los minutos que abarque la tarifa. ¿Quién dijo que en el día de los enamorados se trata de facilitar el ritual del amor? No, señoras y señores, la idea es convertirlo en jornada tortuosa; donde un pequeño error de protocolo bien pueda equivaler a abofetear a una florista sordomuda sólo porque insistía en venderte una rosa. ¿No es, pues, el desamor un crimen comparable, a los ojos del malamado radical?

No dudo que esta suerte de incomodidad, de repente vecina del repelús, en un día tan pleno de cariño anunciado y esperado, refleje algún complejo que ojalá sea del todo insuperable, pues insisto en pensar que febrero 14 tiene que ser la fecha menos romántica del calendario entero. Por más que hagan méritos, y aún si han reservado por 24 horas una suite presidencial y agobian al room service con más y más Beluga y Dom Perignon, los aplicantes no han salido del examen oficial y hasta corren el riesgo de sacarse un 10 (qué asco, el amor con mención honorífica), sin haber hecho nada más especial que probar lo improbable, en un día imposible que sin embargo no es indiferente. Ignoro si al final de San Valentín son más quienes suspiran por amor que por alivio, pero una vez que estado en ambas situaciones prefiero dar por hecho que así como el amor acostumbra pasarse por el arco del triunfo el calendario, difícilmente puede escapar a los rituales de su propia burocracia, y eventualmente sobrevive a ellos. Por si las moscas, happy Valentine.

miércoles, febrero 09, 2011

"Contra el consumismo inútil"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 09/02/11)

Se viene el día de los enamorados y como cada año, me dan ganas de salir con un rifle o una cerbatana para reventar todos y cada uno de los globos que andarán por la calle.


Tampoco faltarán las innumerables parejas que se creerán poetas y le armarán unas cuentas palabritas rimadas a su pareja en turno. Los más sinceros, le robarán las palabras a un verdadero poeta. Otros gastarán lo que nunca durante un año, para demostrarle a su pareja que sí la aman.


El amor, en estos tiempos, es equivalente al número de regalos que se den los amantes. Así cada una de las celebraciones: la del niño, de la madre, del padre, del maestro, etc. ¡Y vaya que funciona!


Somos consumistas, más que humanistas o creyentes en alguna religión. Sin embargo, dentro de esta cultura de consumo, a esos supuestos creyentes les gusta demostrar que sí pertenecen a alguna religión comprando cuanta imagen religiosa se topa en su camino, para cargarla en su cartera; los más descarados convierten su casa en un templo. Y así con cada una de las pasiones o creencias humanas.


¡Qué tristeza!


Y más decepcionante es saber, los resultados que hace no mucho dio a conocer el CONACULTA.


De 5 millones 383 mil 133 habitantes que hay en Puebla. Sólo el 56 por ciento de la población ha visitado alguna vez una biblioteca; 1 millón 412 mil 875 personas ha estado en una liberaría o biblioteca; mientras 46 mil 72 dijeron no recordar; 3 millones 259 mil 595 habitantes nunca han ido a una exposición de artes plásticas (dibujo, grabado, escultura, pintura, arquitectura); 560 mil 543 personas, han estado en alguna exposición de artes plásticas; 1 millón 885 mil 113 personas han estado en algún museo y la misma cantidad nunca ha estado en uno; en el teatro un 28 por ciento de la población ha ido (por lo menos una vez); en contraparte con el 72 por ciento que nunca ha estado en uno. Esos datos los compartió la redacción del Periódico Digital de Puebla, no quiero saber cuál será el resultado con las presentaciones de libros.


Quizá habría que poner fuerte hincapié en el día internacional del libro o del museo, para que la gente consuma, al menos la poblana.


Está claro que en México, Xalapa, Oaxaca, Morelia o Guadalajara la gente sí ve a la Cultura como algo primordial; ahí sus Ferias del Libro ampliamente exitosas.


Un paso, tal vez, es lo que está haciendo el Consejo de la Comunicación a nivel nacional, la pregunta es: ¿lograrán que la gente compre un libro para regalar en cualquiera de esos días, en lugar de obsequiar tanta cosa inútil, que seguramente acabarán en la basura?


No sé, esperemos.


Sigo creyendo que la mejor solución sería prohibirle a la gente educarse y leer, porque vaya que eso es también exitoso. Ahí tienen el alcohol o los cigarros, cada que se puede le aumenta el precio, los llenan de anuncios cuyas leyendas tienen que ver con muerte, enfermedades y la gente los sigue consumiendo, sin importar su precio.


En serio, preferiría que un amigo o mi novia me regalará un libro, un disco, una entrada al teatro, a algún concierto, cuyo mensaje fuera: porqué me importas, quiero que amplíes tu cultura; y no un globo o un chocolate o una taza, que en realidad no dice nada, pues son cosas efímeras, que algún día, se desinflarán, se acabarán de tres mordidas o se romperán.

martes, febrero 08, 2011

Mi paso por tránscrito (Diario Milenio/Opinión 08/02/11)

La escena se repite con una frecuencia escandalosa aunque, en honor a la verdad, cada vez incorpora ligeras variaciones que la vuelven interesante o, al menos, reconocible como repetición variada de algo más. El guión básico de la escena incluye a dos hablantes que participan de un diálogo cotidiano cuyo flujo se ve interrumpido por la aparición de El Acento. Para un espectador ajeno al contexto de los dos hablantes, debería ser claro que ambos tienen acento —es decir, ambos enuncian palabras con un tono de voz y un ritmo y una velocidad peculiares—. Para un espectador más cercano al contexto donde se produce el diálogo entre los dos hablantes, sin embargo, es claro que uno de ellos tiene un acento que, en su semejanza con el habla de los muchos alrededor, se ha vuelto transparente y, por lo tanto, pasa desapercibido, mientras que el acento del segundo hablante va marcado por señas de volumen, ritmo y dicción que lo resaltan como distinto. Este diálogo se nota más cuando se lleva a cabo entre hablantes de dos idiomas diferentes, aunque también suele desarrollarse entre hablantes de una lengua en común. Veamos.

Hablante 1: Enuncia algo.

Hablante 2: No entiende lo enunciado y, luego entonces, detiene el diálogo a través de una interjección.

http://es.wikipedia.org/wiki/Interjección]

Hablante 1: Reacciona ante la interjección y, luego entonces, repite de manera veloz, acaso sin pensar en el hecho, el algo enunciado con anterioridad. A esa anterioridad desde ahora la llamaremos el origen o lo original.

Hablante 2: No entiende lo enunciado y, luego entonces, pide expresa y literalmente su repetición.

Hablante 1: Repite el algo enunciado originalmente pero ahora a una velocidad muy lenta.

Hablante 2: No entiende y, luego entonces, pide que se deletree lo enunciado.

[1.intr. Pronunciar separadamente las letras de cada sílaba, las sílabas de cada palabra y luego la palabra entera; p. ej., b, o, bo, c, a, ca; boca. 2.tr. Pronunciar aislada y separadamente las letras de una o más palabras. 3.tr. Adivinar, interpretar lo oscuro y dificultoso de entender.]

Hablante 1: Deletrea el algo enunciado en el origen. Imagen: los gestos enaltecidos de los labios, la incorporación de las cejas o las manos en el proceso de intercambio.

Hablante 2: Guarda silencio, escucha cada una de las letras enunciadas, las ve literalmente pasar frente a sus ojos mientras se introducen con gran lentitud dentro de sus oídos. Lee, eso queda claro. Lee así y, entonces, sólo entonces, responde.

Hablante 1: Continúa la conversación original hasta que la escena, que es esta escena, se repita una vez más.

CONFESIÓN TRISTÍSIMA: Tengo acento, eso es cierto. Es más: tengo dos acentos, al menos. Nada de lo que cuento aquí tendría mucho sentido si el proceso de migración que me llevó de México a Estados Unidos hace ya algunos años no hubiera marcado mis hábitos de enunciación en las dos lenguas que utilizo de manera preponderante para platicar, trabajar, crear. Nunca intenté no tener un acento, pero tampoco imaginé que con el paso del tiempo adquiriría dos. No sé, ahora, qué sería tener una vida no acentuada. No sé cómo me sentiría si mi manera de hablar no pusiera a todos en alerta: ella no es de aquí. Tengo ya pocos recuerdos de cuando mi acento se confundía con la así llamada normalidad. Como lo explica Yoko Tawada en un texto todavía sin traducción publicada pero cuyo título correspondería, según dicen, al vocablo Exofonía, “seguir los acentos propios y lo que éstos traen puede convertirse en una cuestión de creación literaria”.

[la referencia al texto sin traducción la tomé de “Language in Migration: Miltilingualism and Exophonic Writing in the New Poetics”, en Unoriginal Genius. Poetry by other means in the new Century, de Marjorie Perloff]

De su paso del japonés al alemán, lengua ésta última en la que también ha escrito poesía y novelas, Tawada dice, y aquí traduzco del inglés: “La gente dice que mis oraciones en alemán son muy claras y fáciles de oír, pero que todavía “no son comunes” y, en cierto modo, están desviadas. No me extraña, porque las oraciones son el resultado que yo como un cuerpo individual he absorbido y acumulado al vivir en un mundo multilingüe… El ser humano de hoy es el sitio donde co-existen diferentes lenguajes en mutua transformación y no tiene sentido cancelar esa co-habitación o suprimir la distorsión resultante”.

Volvamos a la escena original. Sabemos que algo ha sucedido entre Hablante 1 y Hablante 2 porque la conversación, cuya naturaleza es fluir, se ha detenido. Seguramente un elemento extraño o no reconocido como una repetición de algo más ha sido incorporado a la conversación y eso ha propiciado el reparo. El paso de una orilla a otra suele ser, en efecto, lento. Hablante 1 y Hablante 2 han atravesado acaso algo. Preguntémonos: ¿por qué el Hablante 1 al no entender algo tiene la necesidad de oírlo en el modo del deletreo? ¿Qué significa en realidad pronunciar las letras, como lo define la RAE, “aislada y separadamente”? Aún más, ¿cómo es que deletrear también es “adivinar, interpretar lo oscuro y dificultoso de entender”?

La última vez que participé de una escena como la que describo me di cuenta de algo que antes, con toda seguridad porque es obvio, me había pasado desapercibido. Mientras veía a mi interlocutor haciendo un esfuerzo casi palpable por ver las letras que deletreaba en su idioma “aislada y separadamente” supe que no me estaba oyendo sino que leía lo dicho. Deletrear es una manera de lectura en el aire. El interlocutor aquél estaba, en efecto, transcribiendo mi habla. Mientras yo deletreaba, el interlocutor transformaba el sonido de mi voz en silenciada letra asegurándose q ue en el paso de la oralidad a la grafía disminuyera el efecto de la distorsión. Cuando lo consiguió, cuando fue finalmente capaz de entender y, luego entonces, de participar activamente en la continuación del diálogo, la cara de felicidad no estaba en modo alguno relacionado al contenido del intercambio sino al exitoso proceso de transcripción.

Pensé en ese momento que ambos éramos practicantes de una lengua en franco proceso de anti-extinción: el tránscrito.

[http://es.wikipedia.org/wiki/Sánscrito]

Así es, se trata de una lengua ceremonial utilizada sobre todo por lectores de pantallas multilingües afectos a los hábitos del copypaste y la yuxtaposición para quienes el oído y las funciones de la oralidad constituyen un riesgo o, con mayor frecuencia, un más allá del que es posible no regresar jamás. Es, en algunos casos, el último reducto de la página silenciosa, convirtiéndose, también con algo de frecuencia, en el estandarte del ojo contra el oído. Se practica en la Tundra Ciberiana, por supuesto.

SEGUNDA CONFESIÓN TRISTÍSIMA: yo sólo sé que quiero escribir un libro en tránscrito.

lunes, febrero 07, 2011

El silencio imposible (Diario Milenio/Opinión 07/02/11)

Para la hora del balcón


La gran ingenuidad de quien nos tiraniza está en creer que cuenta con nuestra discreción. ¡Sólo eso me faltaba!, se dice uno, vibrante de indignación nada más sopesar la posibilidad de abonar su silencio a la cuenta moral del maleficiario. Es difícil no hallar en quien se entrega al privilegio inalienable de escribir sus memorias un cierto regodeo en la certeza, con suerte recóndita, de que línea tras línea imparte justicia. ¿O es que quienes le hicieron algún daño esperan que los premie con su discreción? Y aun si decide hacerlo —callar, en-bien-de-todos— podrá igual regodearse dando por hecho que es un juez magnánimo.

No son raros los casos en que el autor de unas memorias discretísimas se solaza después desnudando en privado —como quien hace objeto a sus oyentes de una prebenda muy afortunada— las líneas pudibundas que le dieron prestigio de discreto. Ahora bien, las memorias suelen ser infrecuentes, y aún entre las que se escriben y terminan resultan incontables las ilegibles, y muy contadas las que se publican. Inclusive cuando alcanzan la fama, la mayoría se entera por los despachos de las agencias de noticias. Sin haber ni tocado el libro en cuestión, una legión se dice al tanto del asunto y no cree que haga falta ya leerlo. Entre tanta infoyendo y viniendo, nada hay más devaluado que la vieja figura del chismoso, cuya función es día a día rebasada por millones de millones de palabras en competencia por nuestra atención. ¿Cómo evitar entonces que entre la gritería sobresalgan las quejas ocurridas a coro? ¿No es por medio de chismes cruzados y paralelos que atamos los cabitos y damos las sospechas por certezas?

Imaginemos que un sistema de espionaje captura cada una de las informaciones que se generan sobre nosotros, incluyendo verdades, calumnias e inclusive opiniones de conocidos y desconocidos. Habría coincidencias, por supuesto, más de una abrumadora. La idea es terrorífica para cualquiera. Tiene que serlo, aparte, en forma progresiva según lo sea el largo de cada cola, y eso ayuda a explicar el nerviosismo de algunos tiranos respecto al libre flujo de la información. A tamañas alturas del torneo, aún les gustaría que nadie sino ellos pudiese decidir cómo y cuándo salir al balcón.

Cuidado con el cuágulo


Cuando en toda Alemania sucedió el pogromo conocido más tarde como Noche de los cristales rotos, la culpabilidad del partido nazi aparecía evidente ante la falta de otra organización facultada para orquestar todos aquellos linchamientos y abusos simultáneos a nivel nacional. Pero como tampoco había fuerza más moderna y mejor coordinada que la de los propagandistas nazis, la indiscreción de los murmuradores no solía ir muy lejos sin toparse con las narices del estado policiaco, ahí donde a la piedad se le entendía como tara congénita. De entonces para acá, no ha habido tiranía cuya eficacia no haya echado mano de los sabios consejos del viejo tío Adolfo. ¿Quién dijo, sin embargo, que los clásicos viven para siempre? ¿Qué haría uncontrol freak como Joseph Goebbels si debiera enfrentarse en estos tiempos a blogueros, twitteros y usuarios de teléfonos celulares, cada uno invadiendo al mismo tiempo las competencias de su ministerio? ¿Se haría de asesores chinos, cubanos e iranís, o sería quizás su proveedor? ¿Qué puede hacer el que hasta ayer decía la última palabra una vez que el manual ha caducado y ya cualquiera puede alzar la voz?

Es un poco más fácil tapar dos oídos pequeños que una boca grande, y ya ni hablar de cubrir a los tres. De ahí que al fin cada uno de esos empeños resulte útil solamente al efecto contrario del buscado. Es decir, servicial a la causa enemiga. Por alguna razón no sé si emparentable con la lógica misma de los fluidos, allí donde los flujos se interrumpen lo probable es que surja un cuello de botella, y de esa congestión nazcan desbordamientos aún menos controlables que el flujo que se quiso detener. Por más, pues, que los altos mandos iranís se feliciten porque encuentran semejanzas entre su revolución de 1979 y la revuelta de los jóvenes egipcios en 2011, insiste en asomárseles un pánico neurótico que ya los indiscretos pagan con toda suerte de vejaciones. ¿Qué van a hacer sus huestes contrainformáticas si se enfrentan a un flujo de información capaz de organizarles en unas cuantas horas una revuelta en cada plaza pública?

La bocaza del miedo


Una de las medidas a medias exitosas contra la indiscreción de los tiranizados consiste en aceitarle los goznes al patíbulo. Solamente en enero de 2011, según se informa, han sido ahorcados “entre 66 y 83” condenados a muerte; una cifra aún más espeluznante si se le opone a los 300 ahorcados de 2010 entero, pero de todas formas ineficaz si lo que se pretende es que el miedo, morboso como es, se conserve cien por ciento discreto. Es decir que hay por fuerza una filtración, dos, cuatro, doce, cien: miles de indiscreciones que en cosa de minutos se harán cientos de miles, no ya tanto a despecho de los obstáculos como precisamente a causa de ellos. ¿Qué deleite le queda a la indiscreción, como no sea el de hacer lo que no debe?

Me gustaría creer que entre flujos, reflujos y contraflujos la información termina convertida en veneno para las satrapías, toda vez que delata sus tripas putrefactas y hace una exhibición de su fragilidad, pero igual es sabido que las multitudes no solamente pueden equivocarse, sino que son imbéciles por defecto. Especialmente si han salido a la calle con ganas de quebrar unos cuantos cristales, síntoma muy común entre quienes se hartaron de ser tiranizados y ahora ya no hay manera de taparles la boca, los oídos ni los ojos, si hace ya un largo rato que ellos mismos se tapan la nariz.

Corren tiempos difíciles para ciertos estados capataces, y sopla acaso un cierto viento fresco en las ventanas de los calumniadores. La idea de imponer el silencio a quien sea comienza a parecer una ridiculez, vista desde lo hondo de un sentido común cada día más sentido y común, y de paso menos supersticioso gracias al flujo libre o libertario o libertino de la información. El mundo entero está escribiendo sus memorias: nunca la discreción se cotizó tan bajo.

viernes, febrero 04, 2011

"Los oficios de Paola Tinoco"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 03/02/11)

Los que saben, dicen que hay una máxima en el ambiente literario: cuando alguien se dedica a ejercer la crítica literaria, ponerse a crear literatura es tarea casi imposible. ¿Pero qué pasa cuando una persona se dedica a la promoción de la literatura y sus autores; y que además trabaja para las editoriales más reconocidas a nivel mundial? El resultado, con las manos en el fuego, será distinto y mejor.

Paola Tinoco es una de las mejores agentes literarias que México tiene, aunque su trabajo no esté bautizado de esa forma; ella lo hace así. Labora en Colofón, empresa editorial que en México distribuye a editoriales como: Anagrama, Siruela, Herder, Atalanta, Páginas de espuma, Acantilado, Axial; entre otras. Todas grandes editoriales. Su trabajo le ha permitido viajar mucho, conocer a infinidad de escritores, hacer acto de presencia en diversas Ferias de Libro. Cada uno de los autores de estos sellos, recibe todas las atenciones posibles de Paola Tinoco: no sólo los lleva al lugar dónde se realizará el evento, se cerciora de que nada falte y monitorea todos los medios para saber si existe alguna nota referente a alguno de los libros publicados por las editoriales para las que trabaja.

No se le va nada.

Por si esto fuera poco, es una promotora que lee con amplio detenimiento y cuidado el libro del autor en turno.

Una gran aprendiz de Jorge Herralde (dueño de Anagrama); recientemente de Jacobo Siruela (ex-dueño de Siruela y ahora de Atalanta).

Hace un año aproximadamente, bajo el sello editorial de Axial, salió publicada una antología de cuentos latinoamericanos: “De lengua me como un taco”; libro que agotó edición. Eso habla del amplio criterio literario que tiene.

Ahora debuta en el mundo del cuento con su libro: “Oficios ejemplares”, publicado por Páginas de Espuma: una editorial española que se especializa en el cuento. Libro que ha sido bien recibido por la crítica y que entre sus principales promotores está Daniel Sada y entre sus primeros lectores estuvo Ricardo Píglia. Mejor recomendación no puede existir.

El próximo viernes 4 de febrero a las 7 de la tarde, Paola Tinoco estará presentando su opera prima en Profética, casa de la lectura. La acompañaran Luis Felipe Lomelí y Rowena Bali.

La invitación está hecha y no debe perderse la oportunidad de conocer a las nuevas voces literarias de México.

¡Nos vemos por allá!