miércoles, febrero 16, 2011

El misterio de una dedicatoria-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 16/02/11)

Gracias al escritor Gabriel García Márquez sabemos que los hombres tenemos en realidad tres vidas: la vida pública, la vida privada y la vida secreta.

El 21 de marzo de 1956 García Márquez esperaba en el café Mabillon, de París, a un viejo periodista portugués corresponsal de O Globo que era amigo suyo: Joaquín Novais.

Visto a más de medio siglo ese fue un año de creciente efervescencia: Erich Fromm publicó entonces un librito que se convertiría en un clásico de la sicología,El arte de amar, y un grupo de jóvenes encabezados por Fidel Castro y ErnestoChe Guevara zarpaban de Tuxpan, Veracruz, rumbo a Santiago de Cuba junto con 82 hombres a bordo de la embarcación Granma. Gabo era entonces corresponsal de El Espectadoren París y no había llegado a los 30 años. Había publicado su primera novela, La hojarasca, y no se imaginaba vivir de la literatura.

Ese día de inicio de la primavera conoció a Tachia Quintana en el café Mabillon, una actriz vasca que había dejado el teatro y su país para declamar versos en la capital francesa, la tierra prometida de no pocos escritores latinoamericanos de la mitad del siglo XX.

Con el paso de los días, Tachia se convirtió en la novia vasca del delgadísimo Gabriel García Márquez. Él vivía entonces en el hotel Flandres (hoy Hotel des Trois Colleges) en una habitación minúscula con techo de vigas de madera donde apenas cabía una cama y una pequeña mesa.

En esa habitación y en medio de la pobreza más extrema García Márquez revisó su novela La mala hora y escribióEl coronel no tiene quien le escriba, libro que terminó en enero de 1957 y en el que cuenta la historia triste de un general sumido en la miseria al que sólo lo sostiene la esperanza.

Desde la ventana de ese cuarto del antiguo Flandres un día se enteró por los gritos del poeta Nicolás Guillén, quien vivía enfrente, que el dictador Fulgencio Batista había caído.

Según la periodista Patricia Lara Salive, en esa buhardilla hoy existe un pequeño busto del escritor colombiano y una placa en la que se informa que allí escribió El coronel...

Si nos atenemos a sus memorias, podemos suponer que la vida secreta de García Márquez se entreteje con las líneas de sus libros. El tema de ese coronel y el del escritor de esos años es muy parecida: la espera que se prolonga para recibir, uno su pensión y el otro el pago de sus servicios como corresponsal que se habían suspendido.

Gracias a sus memorias y a los textos periodísticos de Gabo, no es difícil encontrar en sus cuentos y novelas el pulso vital de sus días, su vida secreta, las líneas de su mano.

Si uno escribe hoy el nombre de Gabriel García Márquez en el buscador Google obtiene en apenas una décima de segundo 2 millones 310 mil referencias en Internet. Nada mal para un novelista que sólo escribe, según dice, para que sus amigos lo quieran y que logró convertirse con Cien años de soledad en el autor clásico del que tenemos el privilegio de ser contemporáneos.

No exagero, más de 30 milllones de libros vendidos de Cien años de soledadconfirman lo dicho y lo que vislumbró con tino Pablo Neruda, quien consideró a esa novela la mayor revelación en lengua española desde el Quijote de Cervantes. Si a un libro lo leen en promedio cuatro personas, ¿de cuántos millones de lectores de los libros de García Márquez podemos hablar?

Parece que la desmesura ha sido una constante en las tres vidas de García Márquez, la secreta, la privada y la pública. En los mundos que pueblan sus cuentos, reportajes y novelas o en los 8 mil ejemplares que vendió en una semana la novela Cien años de soledad en el remoto 1967 sin publicidad alguna y que se ha convertido en uno de los 35 libros más vendidos de todos los tiempos.

¿Qué hilos tocó con esa novela para hacerse casi de manera automática de un lector sueco de 15 años, de un anciana japonesa, de una mujer madura irlandesa, de un médico uruguayo, de un ingeniero mexicano o de un ama de casa rusa? ¿Tiene que ver eso con lo que llaman el genio de la lengua, el misterio de la escritura?

Si hacemos caso de su libro de memorias Vivir para contarla, buena parte de la vida secreta de este escritor se encuentra cifrada en Cien años de soledad. Los signos vitales de su escritura, sus rasgos de identidad que se formaron durante los primeros ocho años de vida del novelista están en esa crónica del pueblo de Macondo, donde la desmesura es el santo y seña de las cosas, donde la realidad y los sueños se entrecruzan, donde la única claridad es la del misterio que sostiene al mundo.

La vida privada de García Márquez es territorio de sus íntimos, los que han jugado tenis con él o lo han visto enfundado en su mono de obrero llevando puestos zapatos sin calcetines… Su vida secreta es la más pública. Si quiere confirmarlo lea la dedicatoria de la edición francesa de El amor en los tiempos del cólera. La novela en francés está dedicada a Tachia, su antigua novia vasca por sugerencia de Mercedes, su esposa a quien el propio Garcia Márquez, día con día no acaba de conocer. Es como una cebolla, escribió hace tiempo: cuando creía haberla conocido por completo siempre ha encontrado otra película, otra capa, que ni siquiera imaginaba.

Alcohol: 1 - Realidad: 1 (Diario Milenio/Opinión 15/02/11)

A continuación algunas escenas mínimas de cuatro partidos históricos entre los equipos más fuertes de la liguilla


I. REALIDAD: 0 / ALCOHOL: 1

Tal vez pocos últimos párrafos han ocasionado tanta inquietud entre historiadores como la frase con la que Charles Gibson decidió dar fin a su monumental estudio The Aztecs Under Spanish Rule. Decía ahí que “si hemos de creer a nuestras fuentes, pocas personas en la historia de la humanidad han sido más propensas a la borrachera que los indios de las colonias españolas”. Explorando esta premisa, William Tay-lor escribió años después uno de los estudios fundamentales en la historia social del México colonial, Drinking, Homicide, and Rebellion, en el cual no sólo describe con característico rigor los cambios y las continuidades en las costumbres etílicas de la Nueva España, sino que también relaciona la ingestión de alcohol con actos de resistencia contra la imposición colonial o con actos de estratégica apropiación del discurso legalista de la colonia. De acuerdo a las leyes de la época, por ejemplo, el alcohol era considerado un atenuante en juicios penales, de ahí que muchos nativos adujeran que al cometer tal o cual delito se encontraban bajo el efecto del alcohol, recibiendo, por lo tanto, condenas menos estrictas y ganándose, de paso, una fama bastante incómoda o rutilante, según el punto de vista. Que esta visión benigna del alcohol se conservara más o menos viva a lo largo del tumultuoso siglo XIX no deja de llamar la atención, como tampoco deja de hacerlo el hecho de que, con la instauración del régimen porfiriano, el alcohol y la masculinidad quedaran unidos en una especie de espejo empañado.

II. REALIDAD: 1/ ALCOHOL: 0

Así como la sexualidad se convirtió en el terreno propicio para vigilar, controlar y, de ser posible, castigar las actividades de las mujeres porfirianas —de ahí la fenomenal preponderancia, por ejemplo, de la figura de la prostituta que Federico Gamboa volviera leyenda en su novela Santa— el alcohol fue el foro que los expertos de la época utilizaron con mayor frecuencia para identificar, categorizar y, eventualmente, sancionar ciertas conductas masculinas que, para aquellos en el poder, constituían cruentas amenazas contra el orden y, por lo tanto, contra el progreso y, por lo tanto (y vaya que nuestras autoridades son y han sido exageradas a lo largo de su historia), contra el bienestar de la nación. Si bien es cierto, luego entonces, que la ingestión de alcohol fue, tanto simbólica como materialmente, cosa de hombres, conforme los magos del progreso propugnaron por una modernidad disciplinada y productiva, esos hombres fueron descritos con mayor frecuencia con adjetivos menos y menos halagüeños: desclasados, antimodernos, carentes de voluntad, inútiles o, francamente, malos. Para muestra basta un botón: un gran porcentaje de los asilados del Manicomio la Castañeda —institución de salud mental que Porfirio Díaz inaugurara el mismo día en que se dieron inicio las festividades por el centenario de la independencia de México— llegaban ahí, en primera instancia, debido a su manera de beber. Y ahí permanecían, la mayoría de las veces en calidad de libres e indigentes, en el pabellón designado exclusivamente para alcohólicos. La Castañeda, que abrió sus puertas en 1910, continuó prestando sus servicios a lo largo del período post-revolucionario. Durante ese tiempo, los psiquiatras, enfermeros y comisarios que ahí trabajaron continuaron anotando escuetas notas descriptivas alrededor de una de las figuras más comunes y más vitupereadas de sus pabellones: los alcohólicos. Esta inquietante continuidad en la visión punitiva del alcohol resulta doblemente llamativa porque se da en el contexto de discontinuidad marcada, según la más rancia historiografía mexicana, por el parteaguas revolucionario. Tal vez la novela que mejor capturó tanto el sospechoso paralelismo entre la visión porfiriana y la revolucionaria de la embriaguez, así como también la ausencia de radical discontinuidad entre el porfiriato y los albores revolucionarios haya sido La vida inútil de Pito Pérez, la novela que José Rubén Romero publicó, he aquí el meollo del asunto, en 1938.

III. REALIDAD: 0 / ALCOHOL: 0

Quizá no haya ebrias más conocidas en la historia de México que la pareja formada por La Guayaba y La Tostada, el legendario par de borrachitas sucias y de mediana edad que provocaba mucha hilaridad y cierta desconcertada ternura en Nosotros los Pobres (1947) y Ustedes los Ricos (1948). Piezas clave del vecindario, dueñas de una sabiduría poco halagüeña y representantes de quién sabe qué silenciada, y por demás sospechosa, versión de la amistad femenina, La Guayaba (Amelia Wilhelmy) y La Tostada (Delia Magaña) fueron tratadas con una suavidad que casi parecía tolerancia o aceptación tanto por sus vecinos barriobajeros como por Ismael Rodríguez, el director de ambas películas. Algo similar ocurre con aquella Borrachita del inolvidable Tata Nacho que se va “hasta la capital pa servirle al patrón que la mandó llamar anteayer” —una mujer que bebe, ciertamente, pero debido a la pena, razón por la que no recibe la desaprobación pública o no, al menos, abiertamente—. Y si algo ha recibido Chavela Vargas, otra de nuestras grandes ebrias, ha sido el aplauso y la admiración de un público para quien su voz rasposa y viril no es nada más asunto de cuerdas vocales. Estas imágenes benignas de las alcohólicas se complementan con un silencio más bien estratégico de la ebriedad femenina en el discurso médico de la primera modernidad mexicana. Si bien los médicos de la post-revolución, justo como los porfirianos, pusieron desmedida atención sobre el cuerpo de la mujer, especialmente sobre su sexualidad, poco o casi nada tuvieron que decir sobre su conducta etílica. En los expedientes de la Castañeda, los médicos a cargo de diagnosticar las diferentes conductas anormales de las mujeres no tenían por costumbre detenerse demasiado en información concerniente a la ingerencia de bebidas alcohólicas, incluyéndolas en los cuestionarios sólo si las pacientes mismas los traían al caso. Esta ceguera médica condujo a una ausencia de asociación entre la ebriedad y la enfermedad mental que, en el caso de las mujeres, también produjo su invisibilidad como alcohólicas —de ahí la tolerancia y, acaso, simpatía con que las borrachitas aparecen de cuando en cuando en películas populares o comedias de moda.

IV. REALIDAD: 0 / ALCOHOL: 856, 795

Cada que el ídolo de ídolos (dícese de Pedro Infante, por supuesto) tomaba la botella de tequila y entonaba la canción favorita del respetable el alcohol ganaba, y sigue ganando, el partido. Por goliza, claro está. Por goliza.

martes, febrero 15, 2011

La prueba del Valentine (Diario Milenio/Opinión 14/02/11)

¿Es el amor aquel sentimiento profundo y borrascoso que nunca llega vivo al 15 de febrero?

1. Tengo examen de amor y no sé nada

Habemos quienes nunca hemos logrado acomodarnos en un 14 de febrero. Ya fuera porque un día no teníamos con quién celebrarlo, y desde esa congoja nos parecía un día más ridículo aún, o porque había con quién, y entonces sí teníamos que celebrarlo. Un día de extorsión sentimental donde los otros son siempre los ridículos, ya sea porque quieren y no pueden o porque pueden y por tanto deben. Si años antes la fecha ameritaba rosas o chocolates y alguna cena o brindis informal, hoy compite en rigores y protocolos con Navidad y el Día de las Madres. Pues si en aquellas fechas se espera la presencia formal de los consanguíneos y un regalo que ayude a recordarlos con cariño, San Valentín exige la puesta en escena de un ritual escrupuloso, donde cena y regalos son apenas dos de los ingredientes involucrados.

¿Cena dónde, por cierto? Porque un San Valentín no se resuelve cenando en casa con la familia entera, sino en la intimidad de otra multitud, ocupada asimismo en cumplir el ritual de la única fiesta del calendario que somete a un examen a quienes la celebran. Si entre padres y hermanos el cariño suele darse por hecho, entre parejas vive en entredicho. Un día de San Valentín puede ser la ocasión ideal para darle al afecto sustento o dinamita, basta con que lo conmemore uno en grande... o por casualidad se le olvide. Ahora bien, esto último no hay forma verosímil de lograrlo, si hace varias semanas que el día de los novios consume millonadas en publicidad que va a alcanzarnos de cualquier manera. Y ya se sabe que en el reino del amor, el olvido se cuenta entre los agravantes inexcusables. Curiosamente respaldados por Freud, que tampoco disculpa la desmemoria, los despechados de San Valentín no se preguntan cómo nos olvidamos, sino cómo pudimosolvidarnos. Suponen que uno puja para olvidar las cosas, cuando lo cierto es que pasa al revés: se olvida para no seguir pujando.

2. Sin derecho a extraordinario

El de la puja es un tema vibrante, pues si ahora resulta que la gran mayoría de los novios sale cada 14 de febrero a festejar su idilio oficialmente, es lógico que todos quieran hacerlo de algún modo especial e irrepetible, y en tanto eso cada pareja pretenda a su manera ponerse a salvo de la ordinariez. El examen de amor incluye, por lo tanto, una lista de expectativas fijas entre las que se cuentan ciertas galanterías elementales, como ocuparse de reservar con anticipación en cierto restaurante y amarchantarse a tiempo en la florería o chocolatería. ¿O alguien por ahí quiere, en fecha tan crucial, colgarse el sambenito de improvisado? Lejos de esas angustias, aunque no lo bastante para no recordar un par de días de éstos como los de un horrendo juicio sumario donde se me exigía probar la existencia objetiva de un espíritu, me pregunto cómo es que una idea tan ordinaria como la de colgar un día oficial en las espaldas de los enamorados puede aspirar a volverse especial. Vamos, si a estas alturas la palabra especial ya compite con gratis en ordinariez.

El día de los novios se parece de pronto a esa sordomuda que se cuela en mitad de una pareja para darle una rosa a la mujer y estirar la manita ante su acompañante. Aun sin poder hablar, la vendedora ha puesto a su cliente potencial en un predicamento. Si no le compra, no ama. O tal vez sea tacaño, o mala persona, en todo caso un bicho poco recomendable al que la señorita no debería tomar en serio. Por otra parte, si uno cede al chantaje, hará bien en temer que su acompañante le juzgue un alfeñique sin carácter ni iniciativa romántica. No menos complicado tiene que ser pasar con altas calificaciones la gran prueba de amor de San Valentín, si ya desde los días precedentes hay gentíos recorriendo almacenes desesperadamente, pues desde la elección del regalito se asoma la intención del aplicante y ello debe valerle varios puntos de más o de menos, según la proporción entre sapo y pedrada.

3. Título de insuficiencia

Es posible que el detalle más chusco de San Valentín esté en su calidad involuntaria de santo patrón de la industria hotelera. ¿Cómo dar crédito a esos reportajes de temporada donde se habla de filas de aspirantes a amantes aguardando a las puertas del motel, con tal de no quedarse sin pasar lista entre los bien servidos de un día potencialmente ominoso? ¿Y cómo diablos nadie va a servirse bien, cuando es en ese día que el motelero aplica el coitímetro? Como todas las pruebas, la de San Valentín se hace reloj en mano, durante los minutos que abarque la tarifa. ¿Quién dijo que en el día de los enamorados se trata de facilitar el ritual del amor? No, señoras y señores, la idea es convertirlo en jornada tortuosa; donde un pequeño error de protocolo bien pueda equivaler a abofetear a una florista sordomuda sólo porque insistía en venderte una rosa. ¿No es, pues, el desamor un crimen comparable, a los ojos del malamado radical?

No dudo que esta suerte de incomodidad, de repente vecina del repelús, en un día tan pleno de cariño anunciado y esperado, refleje algún complejo que ojalá sea del todo insuperable, pues insisto en pensar que febrero 14 tiene que ser la fecha menos romántica del calendario entero. Por más que hagan méritos, y aún si han reservado por 24 horas una suite presidencial y agobian al room service con más y más Beluga y Dom Perignon, los aplicantes no han salido del examen oficial y hasta corren el riesgo de sacarse un 10 (qué asco, el amor con mención honorífica), sin haber hecho nada más especial que probar lo improbable, en un día imposible que sin embargo no es indiferente. Ignoro si al final de San Valentín son más quienes suspiran por amor que por alivio, pero una vez que estado en ambas situaciones prefiero dar por hecho que así como el amor acostumbra pasarse por el arco del triunfo el calendario, difícilmente puede escapar a los rituales de su propia burocracia, y eventualmente sobrevive a ellos. Por si las moscas, happy Valentine.

miércoles, febrero 09, 2011

"Contra el consumismo inútil"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 09/02/11)

Se viene el día de los enamorados y como cada año, me dan ganas de salir con un rifle o una cerbatana para reventar todos y cada uno de los globos que andarán por la calle.


Tampoco faltarán las innumerables parejas que se creerán poetas y le armarán unas cuentas palabritas rimadas a su pareja en turno. Los más sinceros, le robarán las palabras a un verdadero poeta. Otros gastarán lo que nunca durante un año, para demostrarle a su pareja que sí la aman.


El amor, en estos tiempos, es equivalente al número de regalos que se den los amantes. Así cada una de las celebraciones: la del niño, de la madre, del padre, del maestro, etc. ¡Y vaya que funciona!


Somos consumistas, más que humanistas o creyentes en alguna religión. Sin embargo, dentro de esta cultura de consumo, a esos supuestos creyentes les gusta demostrar que sí pertenecen a alguna religión comprando cuanta imagen religiosa se topa en su camino, para cargarla en su cartera; los más descarados convierten su casa en un templo. Y así con cada una de las pasiones o creencias humanas.


¡Qué tristeza!


Y más decepcionante es saber, los resultados que hace no mucho dio a conocer el CONACULTA.


De 5 millones 383 mil 133 habitantes que hay en Puebla. Sólo el 56 por ciento de la población ha visitado alguna vez una biblioteca; 1 millón 412 mil 875 personas ha estado en una liberaría o biblioteca; mientras 46 mil 72 dijeron no recordar; 3 millones 259 mil 595 habitantes nunca han ido a una exposición de artes plásticas (dibujo, grabado, escultura, pintura, arquitectura); 560 mil 543 personas, han estado en alguna exposición de artes plásticas; 1 millón 885 mil 113 personas han estado en algún museo y la misma cantidad nunca ha estado en uno; en el teatro un 28 por ciento de la población ha ido (por lo menos una vez); en contraparte con el 72 por ciento que nunca ha estado en uno. Esos datos los compartió la redacción del Periódico Digital de Puebla, no quiero saber cuál será el resultado con las presentaciones de libros.


Quizá habría que poner fuerte hincapié en el día internacional del libro o del museo, para que la gente consuma, al menos la poblana.


Está claro que en México, Xalapa, Oaxaca, Morelia o Guadalajara la gente sí ve a la Cultura como algo primordial; ahí sus Ferias del Libro ampliamente exitosas.


Un paso, tal vez, es lo que está haciendo el Consejo de la Comunicación a nivel nacional, la pregunta es: ¿lograrán que la gente compre un libro para regalar en cualquiera de esos días, en lugar de obsequiar tanta cosa inútil, que seguramente acabarán en la basura?


No sé, esperemos.


Sigo creyendo que la mejor solución sería prohibirle a la gente educarse y leer, porque vaya que eso es también exitoso. Ahí tienen el alcohol o los cigarros, cada que se puede le aumenta el precio, los llenan de anuncios cuyas leyendas tienen que ver con muerte, enfermedades y la gente los sigue consumiendo, sin importar su precio.


En serio, preferiría que un amigo o mi novia me regalará un libro, un disco, una entrada al teatro, a algún concierto, cuyo mensaje fuera: porqué me importas, quiero que amplíes tu cultura; y no un globo o un chocolate o una taza, que en realidad no dice nada, pues son cosas efímeras, que algún día, se desinflarán, se acabarán de tres mordidas o se romperán.

martes, febrero 08, 2011

Mi paso por tránscrito (Diario Milenio/Opinión 08/02/11)

La escena se repite con una frecuencia escandalosa aunque, en honor a la verdad, cada vez incorpora ligeras variaciones que la vuelven interesante o, al menos, reconocible como repetición variada de algo más. El guión básico de la escena incluye a dos hablantes que participan de un diálogo cotidiano cuyo flujo se ve interrumpido por la aparición de El Acento. Para un espectador ajeno al contexto de los dos hablantes, debería ser claro que ambos tienen acento —es decir, ambos enuncian palabras con un tono de voz y un ritmo y una velocidad peculiares—. Para un espectador más cercano al contexto donde se produce el diálogo entre los dos hablantes, sin embargo, es claro que uno de ellos tiene un acento que, en su semejanza con el habla de los muchos alrededor, se ha vuelto transparente y, por lo tanto, pasa desapercibido, mientras que el acento del segundo hablante va marcado por señas de volumen, ritmo y dicción que lo resaltan como distinto. Este diálogo se nota más cuando se lleva a cabo entre hablantes de dos idiomas diferentes, aunque también suele desarrollarse entre hablantes de una lengua en común. Veamos.

Hablante 1: Enuncia algo.

Hablante 2: No entiende lo enunciado y, luego entonces, detiene el diálogo a través de una interjección.

http://es.wikipedia.org/wiki/Interjección]

Hablante 1: Reacciona ante la interjección y, luego entonces, repite de manera veloz, acaso sin pensar en el hecho, el algo enunciado con anterioridad. A esa anterioridad desde ahora la llamaremos el origen o lo original.

Hablante 2: No entiende lo enunciado y, luego entonces, pide expresa y literalmente su repetición.

Hablante 1: Repite el algo enunciado originalmente pero ahora a una velocidad muy lenta.

Hablante 2: No entiende y, luego entonces, pide que se deletree lo enunciado.

[1.intr. Pronunciar separadamente las letras de cada sílaba, las sílabas de cada palabra y luego la palabra entera; p. ej., b, o, bo, c, a, ca; boca. 2.tr. Pronunciar aislada y separadamente las letras de una o más palabras. 3.tr. Adivinar, interpretar lo oscuro y dificultoso de entender.]

Hablante 1: Deletrea el algo enunciado en el origen. Imagen: los gestos enaltecidos de los labios, la incorporación de las cejas o las manos en el proceso de intercambio.

Hablante 2: Guarda silencio, escucha cada una de las letras enunciadas, las ve literalmente pasar frente a sus ojos mientras se introducen con gran lentitud dentro de sus oídos. Lee, eso queda claro. Lee así y, entonces, sólo entonces, responde.

Hablante 1: Continúa la conversación original hasta que la escena, que es esta escena, se repita una vez más.

CONFESIÓN TRISTÍSIMA: Tengo acento, eso es cierto. Es más: tengo dos acentos, al menos. Nada de lo que cuento aquí tendría mucho sentido si el proceso de migración que me llevó de México a Estados Unidos hace ya algunos años no hubiera marcado mis hábitos de enunciación en las dos lenguas que utilizo de manera preponderante para platicar, trabajar, crear. Nunca intenté no tener un acento, pero tampoco imaginé que con el paso del tiempo adquiriría dos. No sé, ahora, qué sería tener una vida no acentuada. No sé cómo me sentiría si mi manera de hablar no pusiera a todos en alerta: ella no es de aquí. Tengo ya pocos recuerdos de cuando mi acento se confundía con la así llamada normalidad. Como lo explica Yoko Tawada en un texto todavía sin traducción publicada pero cuyo título correspondería, según dicen, al vocablo Exofonía, “seguir los acentos propios y lo que éstos traen puede convertirse en una cuestión de creación literaria”.

[la referencia al texto sin traducción la tomé de “Language in Migration: Miltilingualism and Exophonic Writing in the New Poetics”, en Unoriginal Genius. Poetry by other means in the new Century, de Marjorie Perloff]

De su paso del japonés al alemán, lengua ésta última en la que también ha escrito poesía y novelas, Tawada dice, y aquí traduzco del inglés: “La gente dice que mis oraciones en alemán son muy claras y fáciles de oír, pero que todavía “no son comunes” y, en cierto modo, están desviadas. No me extraña, porque las oraciones son el resultado que yo como un cuerpo individual he absorbido y acumulado al vivir en un mundo multilingüe… El ser humano de hoy es el sitio donde co-existen diferentes lenguajes en mutua transformación y no tiene sentido cancelar esa co-habitación o suprimir la distorsión resultante”.

Volvamos a la escena original. Sabemos que algo ha sucedido entre Hablante 1 y Hablante 2 porque la conversación, cuya naturaleza es fluir, se ha detenido. Seguramente un elemento extraño o no reconocido como una repetición de algo más ha sido incorporado a la conversación y eso ha propiciado el reparo. El paso de una orilla a otra suele ser, en efecto, lento. Hablante 1 y Hablante 2 han atravesado acaso algo. Preguntémonos: ¿por qué el Hablante 1 al no entender algo tiene la necesidad de oírlo en el modo del deletreo? ¿Qué significa en realidad pronunciar las letras, como lo define la RAE, “aislada y separadamente”? Aún más, ¿cómo es que deletrear también es “adivinar, interpretar lo oscuro y dificultoso de entender”?

La última vez que participé de una escena como la que describo me di cuenta de algo que antes, con toda seguridad porque es obvio, me había pasado desapercibido. Mientras veía a mi interlocutor haciendo un esfuerzo casi palpable por ver las letras que deletreaba en su idioma “aislada y separadamente” supe que no me estaba oyendo sino que leía lo dicho. Deletrear es una manera de lectura en el aire. El interlocutor aquél estaba, en efecto, transcribiendo mi habla. Mientras yo deletreaba, el interlocutor transformaba el sonido de mi voz en silenciada letra asegurándose q ue en el paso de la oralidad a la grafía disminuyera el efecto de la distorsión. Cuando lo consiguió, cuando fue finalmente capaz de entender y, luego entonces, de participar activamente en la continuación del diálogo, la cara de felicidad no estaba en modo alguno relacionado al contenido del intercambio sino al exitoso proceso de transcripción.

Pensé en ese momento que ambos éramos practicantes de una lengua en franco proceso de anti-extinción: el tránscrito.

[http://es.wikipedia.org/wiki/Sánscrito]

Así es, se trata de una lengua ceremonial utilizada sobre todo por lectores de pantallas multilingües afectos a los hábitos del copypaste y la yuxtaposición para quienes el oído y las funciones de la oralidad constituyen un riesgo o, con mayor frecuencia, un más allá del que es posible no regresar jamás. Es, en algunos casos, el último reducto de la página silenciosa, convirtiéndose, también con algo de frecuencia, en el estandarte del ojo contra el oído. Se practica en la Tundra Ciberiana, por supuesto.

SEGUNDA CONFESIÓN TRISTÍSIMA: yo sólo sé que quiero escribir un libro en tránscrito.

lunes, febrero 07, 2011

El silencio imposible (Diario Milenio/Opinión 07/02/11)

Para la hora del balcón


La gran ingenuidad de quien nos tiraniza está en creer que cuenta con nuestra discreción. ¡Sólo eso me faltaba!, se dice uno, vibrante de indignación nada más sopesar la posibilidad de abonar su silencio a la cuenta moral del maleficiario. Es difícil no hallar en quien se entrega al privilegio inalienable de escribir sus memorias un cierto regodeo en la certeza, con suerte recóndita, de que línea tras línea imparte justicia. ¿O es que quienes le hicieron algún daño esperan que los premie con su discreción? Y aun si decide hacerlo —callar, en-bien-de-todos— podrá igual regodearse dando por hecho que es un juez magnánimo.

No son raros los casos en que el autor de unas memorias discretísimas se solaza después desnudando en privado —como quien hace objeto a sus oyentes de una prebenda muy afortunada— las líneas pudibundas que le dieron prestigio de discreto. Ahora bien, las memorias suelen ser infrecuentes, y aún entre las que se escriben y terminan resultan incontables las ilegibles, y muy contadas las que se publican. Inclusive cuando alcanzan la fama, la mayoría se entera por los despachos de las agencias de noticias. Sin haber ni tocado el libro en cuestión, una legión se dice al tanto del asunto y no cree que haga falta ya leerlo. Entre tanta infoyendo y viniendo, nada hay más devaluado que la vieja figura del chismoso, cuya función es día a día rebasada por millones de millones de palabras en competencia por nuestra atención. ¿Cómo evitar entonces que entre la gritería sobresalgan las quejas ocurridas a coro? ¿No es por medio de chismes cruzados y paralelos que atamos los cabitos y damos las sospechas por certezas?

Imaginemos que un sistema de espionaje captura cada una de las informaciones que se generan sobre nosotros, incluyendo verdades, calumnias e inclusive opiniones de conocidos y desconocidos. Habría coincidencias, por supuesto, más de una abrumadora. La idea es terrorífica para cualquiera. Tiene que serlo, aparte, en forma progresiva según lo sea el largo de cada cola, y eso ayuda a explicar el nerviosismo de algunos tiranos respecto al libre flujo de la información. A tamañas alturas del torneo, aún les gustaría que nadie sino ellos pudiese decidir cómo y cuándo salir al balcón.

Cuidado con el cuágulo


Cuando en toda Alemania sucedió el pogromo conocido más tarde como Noche de los cristales rotos, la culpabilidad del partido nazi aparecía evidente ante la falta de otra organización facultada para orquestar todos aquellos linchamientos y abusos simultáneos a nivel nacional. Pero como tampoco había fuerza más moderna y mejor coordinada que la de los propagandistas nazis, la indiscreción de los murmuradores no solía ir muy lejos sin toparse con las narices del estado policiaco, ahí donde a la piedad se le entendía como tara congénita. De entonces para acá, no ha habido tiranía cuya eficacia no haya echado mano de los sabios consejos del viejo tío Adolfo. ¿Quién dijo, sin embargo, que los clásicos viven para siempre? ¿Qué haría uncontrol freak como Joseph Goebbels si debiera enfrentarse en estos tiempos a blogueros, twitteros y usuarios de teléfonos celulares, cada uno invadiendo al mismo tiempo las competencias de su ministerio? ¿Se haría de asesores chinos, cubanos e iranís, o sería quizás su proveedor? ¿Qué puede hacer el que hasta ayer decía la última palabra una vez que el manual ha caducado y ya cualquiera puede alzar la voz?

Es un poco más fácil tapar dos oídos pequeños que una boca grande, y ya ni hablar de cubrir a los tres. De ahí que al fin cada uno de esos empeños resulte útil solamente al efecto contrario del buscado. Es decir, servicial a la causa enemiga. Por alguna razón no sé si emparentable con la lógica misma de los fluidos, allí donde los flujos se interrumpen lo probable es que surja un cuello de botella, y de esa congestión nazcan desbordamientos aún menos controlables que el flujo que se quiso detener. Por más, pues, que los altos mandos iranís se feliciten porque encuentran semejanzas entre su revolución de 1979 y la revuelta de los jóvenes egipcios en 2011, insiste en asomárseles un pánico neurótico que ya los indiscretos pagan con toda suerte de vejaciones. ¿Qué van a hacer sus huestes contrainformáticas si se enfrentan a un flujo de información capaz de organizarles en unas cuantas horas una revuelta en cada plaza pública?

La bocaza del miedo


Una de las medidas a medias exitosas contra la indiscreción de los tiranizados consiste en aceitarle los goznes al patíbulo. Solamente en enero de 2011, según se informa, han sido ahorcados “entre 66 y 83” condenados a muerte; una cifra aún más espeluznante si se le opone a los 300 ahorcados de 2010 entero, pero de todas formas ineficaz si lo que se pretende es que el miedo, morboso como es, se conserve cien por ciento discreto. Es decir que hay por fuerza una filtración, dos, cuatro, doce, cien: miles de indiscreciones que en cosa de minutos se harán cientos de miles, no ya tanto a despecho de los obstáculos como precisamente a causa de ellos. ¿Qué deleite le queda a la indiscreción, como no sea el de hacer lo que no debe?

Me gustaría creer que entre flujos, reflujos y contraflujos la información termina convertida en veneno para las satrapías, toda vez que delata sus tripas putrefactas y hace una exhibición de su fragilidad, pero igual es sabido que las multitudes no solamente pueden equivocarse, sino que son imbéciles por defecto. Especialmente si han salido a la calle con ganas de quebrar unos cuantos cristales, síntoma muy común entre quienes se hartaron de ser tiranizados y ahora ya no hay manera de taparles la boca, los oídos ni los ojos, si hace ya un largo rato que ellos mismos se tapan la nariz.

Corren tiempos difíciles para ciertos estados capataces, y sopla acaso un cierto viento fresco en las ventanas de los calumniadores. La idea de imponer el silencio a quien sea comienza a parecer una ridiculez, vista desde lo hondo de un sentido común cada día más sentido y común, y de paso menos supersticioso gracias al flujo libre o libertario o libertino de la información. El mundo entero está escribiendo sus memorias: nunca la discreción se cotizó tan bajo.

viernes, febrero 04, 2011

"Los oficios de Paola Tinoco"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 03/02/11)

Los que saben, dicen que hay una máxima en el ambiente literario: cuando alguien se dedica a ejercer la crítica literaria, ponerse a crear literatura es tarea casi imposible. ¿Pero qué pasa cuando una persona se dedica a la promoción de la literatura y sus autores; y que además trabaja para las editoriales más reconocidas a nivel mundial? El resultado, con las manos en el fuego, será distinto y mejor.

Paola Tinoco es una de las mejores agentes literarias que México tiene, aunque su trabajo no esté bautizado de esa forma; ella lo hace así. Labora en Colofón, empresa editorial que en México distribuye a editoriales como: Anagrama, Siruela, Herder, Atalanta, Páginas de espuma, Acantilado, Axial; entre otras. Todas grandes editoriales. Su trabajo le ha permitido viajar mucho, conocer a infinidad de escritores, hacer acto de presencia en diversas Ferias de Libro. Cada uno de los autores de estos sellos, recibe todas las atenciones posibles de Paola Tinoco: no sólo los lleva al lugar dónde se realizará el evento, se cerciora de que nada falte y monitorea todos los medios para saber si existe alguna nota referente a alguno de los libros publicados por las editoriales para las que trabaja.

No se le va nada.

Por si esto fuera poco, es una promotora que lee con amplio detenimiento y cuidado el libro del autor en turno.

Una gran aprendiz de Jorge Herralde (dueño de Anagrama); recientemente de Jacobo Siruela (ex-dueño de Siruela y ahora de Atalanta).

Hace un año aproximadamente, bajo el sello editorial de Axial, salió publicada una antología de cuentos latinoamericanos: “De lengua me como un taco”; libro que agotó edición. Eso habla del amplio criterio literario que tiene.

Ahora debuta en el mundo del cuento con su libro: “Oficios ejemplares”, publicado por Páginas de Espuma: una editorial española que se especializa en el cuento. Libro que ha sido bien recibido por la crítica y que entre sus principales promotores está Daniel Sada y entre sus primeros lectores estuvo Ricardo Píglia. Mejor recomendación no puede existir.

El próximo viernes 4 de febrero a las 7 de la tarde, Paola Tinoco estará presentando su opera prima en Profética, casa de la lectura. La acompañaran Luis Felipe Lomelí y Rowena Bali.

La invitación está hecha y no debe perderse la oportunidad de conocer a las nuevas voces literarias de México.

¡Nos vemos por allá!

miércoles, febrero 02, 2011

Traducciones vespertinas (Diario Milenio/Opinión 01/02/11)

I.CAPITALIZATION *

Mark Nowak, Shut Up Shut Down (CoffeeHouse Press, 2004).

Escribe con mayúscula la primera palabra de cada oración, así sea o no una oración completa.

Escribe con mayúscula la primera palabra de cada línea de poesía. Empecé a trabajar en la maquiladora en una gran planta de Westinghouse al este de Pittsburgh cuando tenía dieciséis.

El trabajo era aburrido y repetitivo.

De 1954 a 1962 Ronald Reagan fue anfitrión del programa de televisión “G.E. Theater”.


En algunas formas poéticas del inglés moderno sólo la primera palabra de la primera línea se escribe en mayúscula, y algunas veces incluso ésta se escribe con minúsculas.

Seis veces al año actuaba en dramas (alguna vez estelarizando un programa en dos partes como un agente de la FBI que infiltraba organizaciones comunistas).


Tratábamos de hacer que el tiempo pasara más rápido poniéndonos a hablar entre nosotros.

Escribe padre y madre con mayúsculas cuando te dirijas a ellos, pero no escribas esos sustantivos con mayúsculas cuando se utilizan con un pronombre posesivo.

El resto del año Reagan visitó plantas de la G. E. hablándole a los empleados y grupos cívicos sobre, como lo puso en su autobiografía, “los intenciones de los comunistas de tomar la industria [eléctrica] y la ola creciente de colectivismo que amenaza con inundar lo que queda de nuestra economía de mercado”.

Algunas veces fantaseaba convenciéndome de que estaba en otro lugar que no fuera esta larga banca con el sonido que no se acaba nunca y las máquinas quejumbrosas.

II. INSTANCIAS DE ECOS

Keith Waldrop, Transcendental Studies. A Triology (University of California, 2009)

Durante el día, diecisiete sílabas. Veinte por la noche. Una idea de la nada. El incidente entero da mucho en que pensar: la pérdida de interés, la ausencia de deseo. Ella no puede mover la boca o los brazos mientras reza. Algo se posesiona de mi cabeza.

En la galería de susurros, el más mínimo sonido se transmite de un lado a otro del domo, pero no se oye en ningún punto intermedio. Las simples ganas de moverse pueden surgir solas. Es como si ella estuviera muriendo. Y las ganas de hacer algo.

Saltar de la cama, destruir, morder, correr contra la pared. El Sr. Wheatstone descubre que, una vez pronunciada, una palabra será repetida muchas veces. Una sola exclamación parecerá un montón de carcajadas, mientras la rasgadura del papel es como el golpeteo del granizo.

Con frecuencia no podemos decidir. Viene subiendo por su cuerpo, hasta el cuello, como una mano. Olas sonoras alcanzan el aire en sucesión. Una. Dos.

Tres. Y luego mueren en la más dulce de las cadencias. Ella está completamente devastada.

Aunque están conscientes, ellos no se pueden mover. El tictac de un reloj de un extremo de la iglesia al otro. In- explicable, esporádico, ajeno. Los ojos repuntan, fijos. La oscuridad no nos deja saber dónde reside el verdadero punto del impacto.

III. UN INVIERNO INVOLUNTARIO


Keith Waldrop, Transcendental Studies. A Triology (University of California, 2009)

Todas las acostumbradas fases del amor. El miedo a la oscuridad se parece al miedo a los animales. Virando un poco a la izquierda, lejos de calles suburbanas. Profunda emoción.

Puedo predecir desagradables eventos, aunque el miedo al dolor raramente se menciona. Damas con velos en palacios protegidos, intercambiando cartas.

Si fuera posible entender el peligro de caer, sin la experiencia de caer, su efecto manifiesto en el alma. Oculta bajo la manga, la ansiedad.

El sacrificio previsto es eventualmente sostenido en otro sitio. La fotografía puramente imaginaria de la persona cuyo velo se mantiene sobre la mente. Los mensajeros van y vienen.

La voz de una muchacha canta del otro lado de la pared. El sobresalto, el llanto y los movimientos difusos. Padezco un nerviosismo constitucional en cuestión de fuegos.

Sin una visión real del objeto amado. Esparcido sobre sofás, vistiendo ropas indecentes. Marca en tu memoria este insomnio.

IV. TÚ-Y-EL BOSQUE


Gennady Aygi, Field-Russia, trad. del chuvash por Peter Franc.

Te estaba escondiendo enterrándote entonces en la iluminación del bosque como si construyera un nido de ti (no sabía que los dedos y los pájaros estaban tocando y llegando a ser una música que yo desconocía:

tímidamente—ágil al palpar en trémulos coágulos de aire así que—tocar: como si fuera no tocar)

V. PHLOX (Y: ACERCA DE UN CAMBIO)

Gennady Aygi, Field Russia, trad. del chuvash por Peter Franc

a veces—pensamos: amor (y sin embargo sólo hay silencio): parece un círculo único—de luz—y quietud
para nadie—desde hace tanto:
ya—con nosotros—distante!
así que ahora con todo el verano ya
(y todavía más hasta el otoño)
tú—como algo no visto—en la abierta blancura
en el brillo despreocupado!
y viviendo tal vida (si la recuerdo como acción)
mirando acaso ciegamente
sé (como siento las heridas de los niños)
que sí: un poco
al pasar:jugar—a través de la vida
tú—como cierto círculo
(de las distancias como distancia)
como un débil “dios” en la mente (y luego entonces y por consiguiente
ya en la “eternidad”)—eres adorable.


VI. HOMBRES

Lisa Robertson, Men (Book Thug, 2006)

Me dirijo a los hombres
Y a sus caras
Y sin vergüenza

Desde la dulce misericordia cada hombre hace diestras heridas hace
mujeres y el desasosiego y algo de lo que
soy.
Lo que significa abrir hacia arriba hacia los hombres
hospitalariamente para hacer algo sin hechos del espurio
deseo por los hombres desde los hombres más delicados e improbables
desde los amorosos hombres espirituales desde la educación de las
emociones de los hombres devotamente ante quienes no puedo
permanecer
indiferente en tanto hombres.

Hombres, me entristece que debo morir.
Estas son orillas hermosas.

martes, febrero 01, 2011

Cómo me hice twittero (Diario Milenio/Opinión 31/01/11)

Hablando de ciberfobias


Hasta hace pocos meses, todo ese asunto de las redes sociales on-line solía darme una grima rayana en horror místico. Cada vez que alguien preguntaba al respecto, me divertía decir que seguía esperando la llegada de las redes antisociales. La clase de actitud que parte del prejuicio y en el primer descuido se transforma en postura de combate. A uno a veces le gusta definirse por aquello que no es, o por lo que no ha hecho y encima jura que jamás hará. Si ya era yo un desastre con los e-mails, ¿qué les hacía creer que iba a sobrevivir a esa ladilla digital del Messenger?

Ay, los e-mails. Tras trece años de enviarlos y recibirlos, no olvido la emoción de aquel primer correo enviado y respondido en cosa de segundos, aunque a la fecha no haya conseguido deshacerme de la deformación profesional que supone trabarse como un niño delante de un examen oral cada vez que me obligo a escribir uno nuevo. Es como si intentara redactar las líneas iniciales de una nueva novela: no son pocas las veces en que me rindo y lo dejo para un después que acaba por ser nunca. Adivine el demonio la cantidad de amigos seguros y probables que he perdido por causa de esta disfunción. Supongo que de muy poco ha servido aclararles, en broma pero en serio, que mis e-mails se tardan en llegar mucho más que mis cartas, y que para ese caso me da menos pereza ir a darme una vuelta a la oficina de correos que sentarme de nuevo a redactar ese mensaje idiota que a los demás les toma medio minuto. ¿Cómo no regañarse hasta el autorrencor de sólo calcular que el tiempo derrochado en un jodido e-mail podría haber servido para escribir dos párrafos de novela?

En el postear y el twittear...


Algo no muy distinto había dicho antes sobre los blogs. Qué pérdida de tiempo, me defendía, y resultó que de un día para otro ya me habían reclutado como bloguero. Una vez que ocurrió lo que en el fondo más había temido —es decir, la adicción— pasó asimismo que la novela en proceso defendió como un tigre sus espacios, y así me vi escribiendo día y noche, con la cabeza convertida en un ring donde peleaban sendas pandillas de obsesiones opuestas, y muy a su pesar complementarias. “Haz más cortos los posts”, recomendaban los conocedores, y a mí sencillamente no me daba la gana. Quien se enseñó a escribir por rebeldía no está para tomar el dictado de nadie, así que prefería seguirme despojando de la salud mental antes que obedecer instrucciones de extraños, por más juiciosas que éstas pareciesen, aun si ello afectaba mi economía y convertía el empeño en un despropósito (toda vez que los dueños de aquel blog pagaban por elpost, no por los caracteres, y posts de ese tamaño no los podía escribir a razón de uno diario). Una vez que logré dejar atrás el blogueo a destajo, no faltó quien viniera con una cantaleta insistente que al cabo de algún tiempo me llenó de cosquillas la voluntad: ¿Y por qué no twitteas?

Después de varios meses de resistencia atávica, y en realidad inútil porque ya las cosquillas eran comezón, abrí mi Twitter y arranqué con la cautela propia de un salvaje encerrado en la cabina de un 747, perseguido por una pregunta que al paso de los días me sonaría estúpida: ¿Son los mentados twitts una parte de la vida o la obra? Ni más ni menos que otro de los cuestionamientos necios de la inexperiencia, pues al momento de empezar a twittear ya estaba lo bastante prejuiciado para engendrar los twitts a modo de aforismos. Qué pereza, eso sí, orillarse a escribir a la defensiva, y para colmo al día siguiente releer y no hallar en lo escrito nada de extraordinario, pues un espacio así de corto e inmediato termina por prohibir tanto la reflexión oficiosa como la escritura elaborada. Pues sólo un papanatas osa perder el sueño por sus próximos twitts.

Pasiones sin aduana


Me encantaría emplear la generosidad de este amplio espacio para abundar al twittero respecto, pero lo cierto es que a dos meses de twittear sigo siendo un salvaje al mando de un teclado, y algo adentro me dice que justamente de eso se trata este quehacer. No sé si el Twitter sea, como quieren algunos entusiastas, un auténtico género, ni si vaya a durar menos o más que otros recursos a su modo similares, pero ya observo que en contraste con su prima lejana, la escritura, el Twitter se alimenta mejor de los impulsos que de las certidumbres, y acaso gracias a ellos termina por dejar al descubierto aquello que no siempre la escritura destapa. A uno le gustaría ser recordado y eventualmente reconocido por todo cuanto ha dicho de acertado, pero como sucede que los twitts no permiten enmiendas posteriores, más tarde o más temprano se termina por salir al balcón y dar curso libérrimo a sus emociones. Ni falta que hace, pues, traer a cuento la sensación de rara ligereza que sigue a una retahíla de desmesuras públicas; básteme con decir que funcionan como una terapia contra la gravedad propia de la escritura elaborada.

En los últimos días, respondiendo tal vez a una adicción en ciernes, me decidí a twittear durante los partidos del Abierto Australiano, sin pensar demasiado en la lista de errores no forzados en los que incurriría durante el remolino de pasiones absurdas que suelen provocar los buenos raquetazos. ¿Y no es, por cierto, la pasión absurda la que más se disfruta y mejor se comparte? Hay quien se queja a gritos porque los twitts se van tan fácil como llegan, y al final casi todos terminan por borrarse de la memoria, pero ya Albert Camus nos alertaba sobre los diez mil años que ningún libro cumplirá, jamás. Diez mil años, diez días, diez minutos: todo al fin ha nacido para disolverse, y las palabras suelen ir por delante.

No todas las palabras pesan igual. Tampoco los idilios tienen que ser de idéntico calibre. Por lo pronto, confieso que ya vivo un romance con las frases ingrávidas. Si tuviera delante a un terapeuta, le diría que todo esto del Twitter es liberador, y esperaría entonces a verle sonreír.

jueves, enero 27, 2011

"El oficio de ser poeta"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 27/01/11)

No hay mejor medicina para la vida que entregarse de cuerpo y alma al arte y la literatura. Mario Alberto Mejía, escribió hace no mucho en su Facebook: “sólo hay algo mejor que escribir: pintar”; como verdad absoluta suena fuerte y preocupante, como verdad poética es tremendamente bello. No olvidar que Mario Alberto Mejía, antes que ser tremendo columnista de la política poblana, es –sobre todo- gran poeta. Muchas de sus columnas dan testimonio.


Hago referencia a Mario Alberto Mejía y su frase, para hablar de poesía. Más allá de la pintura y cualquier otra expresión literaria, estoy seguro, está la poesía.


Juan Eduardo Cirlot –poeta y simbolista- aseguró que la poesía es una actividad inútil, ya que su coeficiente de utilidad es nulo. No aporta nada nuevo al sujeto que la escribe, pues aunque no esté escrito lo que pase dentro del individuo, éste ya lo sabe. Es el mismo Cirlot quien dice que parte de los materiales poéticos son: sentimientos determinados, emociones vagas, interrogaciones, imágenes, etc. Mismas que se van enlazando con una asociación determinada de palabras: ritmos, aliteraciones, etc.


Podría continuar citando a Cirlot y nunca acabaría, definió a la poesía con tanta exactitud y frialdad que lo hace ver como una ciencia. Corrijo, la poesía es la ciencia de la belleza.


Un poeta es capaz de crear imágenes, casi pinturas a través de las palabras; pero el poeta –en mayúsculas, subrayado y en negritas- logra que esa pintura cobre vida frente a los cuatros sentidos del lector.


Sin duda, Miguel Maldonado es un poeta que está en proceso de convertirse en un gran poeta. Su poesía ha dado muestras de evolución, a pasos agigantados. Maduración y precisión, definen a su actual proceso poético.


Con “La Carne propia”, Maldonado había dejado ver un estilo curioso: recurrir a un poema de otro autor y responderle con otro poema. Un diálogo poético muy atractivo. Si con Cirlot se asiste a una poesía dialogada, con Maldonado, quizá, a un diálogo poético.


Recientemente ha publicado dentro de la Serie Letra Digital –bellamente dirigida por Jaime Mesa-, su más reciente poemario: “Los buenos oficios. Responso a Los demonios y los días de Rubén Bonifaz Nuño”. Editado bajo el amparo del Conaculta y la Secretaría de Cultura de Puebla.

Un poemario lleno de música, de hilaridad y de levedad. Es la voz de la soledad acompañada. Es una invocación a esa compañía, que alguna vez era nosotros y ahora es, a lo mucho, un fuimos o los restos de ello. La constancia de la ausencia del “yo” a través de la ausencia del “otro”, muy a lo Cirlot. La diferencia es que los símbolos poéticos de Maldonado están en la vida diaria, en ese ir y venir de personas, sentimientos, triunfos y fracasos.


Si Gerardo Oviedo afirma que el acto más soberbio es la pintura, le contesto que no hay más soberbia y fina belleza, que hacer de la vida cotidiana un acto poético.


Pocos poetas han logrado profundizar con palabras “comunes”, sin sonar rimbombantes. Desgraciadamente muchos piensan que para ser poeta hay que sonar complicado. No lo creo así y ahí está el mismo Cirlot, quien ha logrado que su obra poética genere dos lecturas: la inmediata: atrapa y lástima; la simbólica: maravilla y mata.

miércoles, enero 26, 2011

El archivo y el escritor (Diario Milenio/Opinión 25/01/11)

La relación entre escritores y archivos es larga. A los archivos han ido a parar, entre tantos otros, aquellos que investigan los eventos menos conocidos de las grandes figuras públicas o las vidas todas ellas descartadas de los pequeños personajes de la vida cotidiana. Han tocado el abracadabra que es la puerta de todo archivo, sobre todo aquellos para quienes los datos de las monografías o los sesudos análisis históricos realizados desde la academia no les resultaban suficientes al momento de crear personajes de carne y hueso y un pedazo de pescuezo y otro de pasión. A veces respetando a pie juntillas los datos encontrados en registros varios, y a veces, de hecho: con más frecuencia, escatimando la fuente de los documentos ante el lector, los escritores han ido desarrollando una relación larga y estable, pero también cambiante, con los archivos.

Existen, por ejemplo, libros con archivo fantasma. Aquí podrían caber los textos elaborados por autores que, habiendo leído la información necesaria o requerida, se asignan sin embargo “licencias poéticas” que les permiten alterar ciertos eventos o, más específicamente, ciertas cronologías, con el fin de no afectar el desarrollo de sus historias. La licencia, se entiende, no es un rechazo a la legitimidad de archivo, puesto que el libro no renuncia en ningún momento al aura de verosimilitud que produce el apego al mismo, sino sólo una especie de suspensión efímera de las reglas del juego de la precisión histórica. Cabrían también en este rubro, aunque por razones un tanto distintas, los libros que, aún respetando las fechas y los nombres de los lugares, pocas veces transcriben, sin embargo, las palabras o los formatos que aparecen en sus documentos, contentándose con transmitir la información ahí adquirida a través de la voz de algunos de sus personajes. Se trata de libros que adquieren un “prestigio”, en este caso de contenido histórico, sin apelar de manera directa ni a la búsqueda de los documentos ni a las clasificaciones institucionales ni a la manera en que los datos fueron registrados y, luego entonces, leídos. El contenido del archivo pareciera, en esta versión, trasminarse de manera misteriosa o en todo caso incognoscible. El juego se llama: la oclusión del medio. Tal vez el elemento que pronto los revela como libros con archivo fantasma es que rara vez incluyen los nombres y ubicaciones de las fuentes primarias ni de las secundarias de las que los autores echaron mano. Como si el conocimiento fuera más una cuestión de ósmosis que de intercambio, estos libros ocultan el proceso de producción de su propio conocimiento, aspirando a hacerse pasar por el mundo mismo o lo real o la experiencia en sí. Gran parte de los best sellers que se clasifican como históricos responderían de manera más o menos general a las características aquí descritas.

Muy distintos son, así entonces, los libros de ficción documental, en los cuales la relación con el archivo —desde su ubicación, su significado cultural y político, su estructuración interna, hasta sus empleados— es central. Muy de acuerdo con principios más o menos aceptados de la así llamada historia social o la historia desde abajo, estas novelas no sólo reconocen explícitamente que el conocimiento de las mismas ha sido producto de una lectura y, aún más, de una lectura en momentos y situaciones específicas, sino que, acaso por lo mismo, tienen cuidado de introducir palabra por palabra, oración por oración, textos encontrados en los propios archivos. Se trata, con frecuencia, de libros escritos en un proceso de co-autoría poco velada: el discurso del investigador vis a vis el discurso del investigado. Los dos a la par y cara a cara y a la vez. No sólo es que vivimos en una época en que el internet nos ha transformado en transcribas y copypasters de tiempo completo, sino también que los ánimos por descontextualizar y recontextualizar discurso generado en medios donde ése no se reproduce con facilidad (la cárcel, el chisme, el expediente médico) extiende la definición de lo que es real. De hecho, algunos de estos libros con archivos se convierten, en su versión más extrema, en copias fieles de esos archivos, haciendo realidad la hipótesis o los postulados de Pierre Menard.

La novela El material humano de Rodrigo Rey Rosa es parte, sin duda, de esta segunda oleada de libros que han decidido resaltar el medio o los medios a través de los cuales y en los cuales existen en tanto tales: como libros. A diferencia de otras novelas que también lidian con la existencia de los documentos de las guerras civiles de la Centroamérica de finales del siglo XX, Rey Rosa avanza tentativamente, siguiendo de cerca los trazos de las palabras y las oraciones y los formatos y los sistemas de clasificación del archivo entero. Lejos de transformar al investigador/lector/escritor en un héroe unidimensional, este lector entra en el archivo sin saber bien a bien lo que encontrará. Entre una cosa y otra, copia, es decir, transcribe. Hay notas de los diarios del archivo combinadas con las notas más personales y también austeras que documentan la vida privada del lector de documentos. El lector y los leídos adquieren, en momentos de franca incertidumbre, el mismo status: ambos no son sino pedazos de lenguaje transcrito. Reproducciones elegidas a conciencia pero no necesariamente con conciencia de algo más. Se trata, en todo caso, de algo hecho artificialmente: ha sido leído y elegido y luego, pasado en limpio. El libro no es la realidad, ni pretende serlo, como tampoco pretende hacerse pasar por ella. El libro es un libro. Y pocas veces Perogrullo ocasionó tal estupor. El gran beneficio de hacer énfasis en el medio —el lenguaje, el archivo, el documento— que compone el universo de la novela es cuestionar la noción muy común del lenguaje como un vehículo neutro a través del cual circula lo que importa, es decir, la anécdota. Más allá de la trama, pues, aunque con varias tramas dentro de sí, el libro es sobre todo un proceso que, en la fragilidad de las notas, en lo punzante de los hallazgos, en la ramificación de sus coincidencias, en la yuxtaposición de un presente que se diluye y un pasado que no se va, entreteje una crítica acérrima y frontal al medio que la produce.