miércoles, febrero 02, 2011

Traducciones vespertinas (Diario Milenio/Opinión 01/02/11)

I.CAPITALIZATION *

Mark Nowak, Shut Up Shut Down (CoffeeHouse Press, 2004).

Escribe con mayúscula la primera palabra de cada oración, así sea o no una oración completa.

Escribe con mayúscula la primera palabra de cada línea de poesía. Empecé a trabajar en la maquiladora en una gran planta de Westinghouse al este de Pittsburgh cuando tenía dieciséis.

El trabajo era aburrido y repetitivo.

De 1954 a 1962 Ronald Reagan fue anfitrión del programa de televisión “G.E. Theater”.


En algunas formas poéticas del inglés moderno sólo la primera palabra de la primera línea se escribe en mayúscula, y algunas veces incluso ésta se escribe con minúsculas.

Seis veces al año actuaba en dramas (alguna vez estelarizando un programa en dos partes como un agente de la FBI que infiltraba organizaciones comunistas).


Tratábamos de hacer que el tiempo pasara más rápido poniéndonos a hablar entre nosotros.

Escribe padre y madre con mayúsculas cuando te dirijas a ellos, pero no escribas esos sustantivos con mayúsculas cuando se utilizan con un pronombre posesivo.

El resto del año Reagan visitó plantas de la G. E. hablándole a los empleados y grupos cívicos sobre, como lo puso en su autobiografía, “los intenciones de los comunistas de tomar la industria [eléctrica] y la ola creciente de colectivismo que amenaza con inundar lo que queda de nuestra economía de mercado”.

Algunas veces fantaseaba convenciéndome de que estaba en otro lugar que no fuera esta larga banca con el sonido que no se acaba nunca y las máquinas quejumbrosas.

II. INSTANCIAS DE ECOS

Keith Waldrop, Transcendental Studies. A Triology (University of California, 2009)

Durante el día, diecisiete sílabas. Veinte por la noche. Una idea de la nada. El incidente entero da mucho en que pensar: la pérdida de interés, la ausencia de deseo. Ella no puede mover la boca o los brazos mientras reza. Algo se posesiona de mi cabeza.

En la galería de susurros, el más mínimo sonido se transmite de un lado a otro del domo, pero no se oye en ningún punto intermedio. Las simples ganas de moverse pueden surgir solas. Es como si ella estuviera muriendo. Y las ganas de hacer algo.

Saltar de la cama, destruir, morder, correr contra la pared. El Sr. Wheatstone descubre que, una vez pronunciada, una palabra será repetida muchas veces. Una sola exclamación parecerá un montón de carcajadas, mientras la rasgadura del papel es como el golpeteo del granizo.

Con frecuencia no podemos decidir. Viene subiendo por su cuerpo, hasta el cuello, como una mano. Olas sonoras alcanzan el aire en sucesión. Una. Dos.

Tres. Y luego mueren en la más dulce de las cadencias. Ella está completamente devastada.

Aunque están conscientes, ellos no se pueden mover. El tictac de un reloj de un extremo de la iglesia al otro. In- explicable, esporádico, ajeno. Los ojos repuntan, fijos. La oscuridad no nos deja saber dónde reside el verdadero punto del impacto.

III. UN INVIERNO INVOLUNTARIO


Keith Waldrop, Transcendental Studies. A Triology (University of California, 2009)

Todas las acostumbradas fases del amor. El miedo a la oscuridad se parece al miedo a los animales. Virando un poco a la izquierda, lejos de calles suburbanas. Profunda emoción.

Puedo predecir desagradables eventos, aunque el miedo al dolor raramente se menciona. Damas con velos en palacios protegidos, intercambiando cartas.

Si fuera posible entender el peligro de caer, sin la experiencia de caer, su efecto manifiesto en el alma. Oculta bajo la manga, la ansiedad.

El sacrificio previsto es eventualmente sostenido en otro sitio. La fotografía puramente imaginaria de la persona cuyo velo se mantiene sobre la mente. Los mensajeros van y vienen.

La voz de una muchacha canta del otro lado de la pared. El sobresalto, el llanto y los movimientos difusos. Padezco un nerviosismo constitucional en cuestión de fuegos.

Sin una visión real del objeto amado. Esparcido sobre sofás, vistiendo ropas indecentes. Marca en tu memoria este insomnio.

IV. TÚ-Y-EL BOSQUE


Gennady Aygi, Field-Russia, trad. del chuvash por Peter Franc.

Te estaba escondiendo enterrándote entonces en la iluminación del bosque como si construyera un nido de ti (no sabía que los dedos y los pájaros estaban tocando y llegando a ser una música que yo desconocía:

tímidamente—ágil al palpar en trémulos coágulos de aire así que—tocar: como si fuera no tocar)

V. PHLOX (Y: ACERCA DE UN CAMBIO)

Gennady Aygi, Field Russia, trad. del chuvash por Peter Franc

a veces—pensamos: amor (y sin embargo sólo hay silencio): parece un círculo único—de luz—y quietud
para nadie—desde hace tanto:
ya—con nosotros—distante!
así que ahora con todo el verano ya
(y todavía más hasta el otoño)
tú—como algo no visto—en la abierta blancura
en el brillo despreocupado!
y viviendo tal vida (si la recuerdo como acción)
mirando acaso ciegamente
sé (como siento las heridas de los niños)
que sí: un poco
al pasar:jugar—a través de la vida
tú—como cierto círculo
(de las distancias como distancia)
como un débil “dios” en la mente (y luego entonces y por consiguiente
ya en la “eternidad”)—eres adorable.


VI. HOMBRES

Lisa Robertson, Men (Book Thug, 2006)

Me dirijo a los hombres
Y a sus caras
Y sin vergüenza

Desde la dulce misericordia cada hombre hace diestras heridas hace
mujeres y el desasosiego y algo de lo que
soy.
Lo que significa abrir hacia arriba hacia los hombres
hospitalariamente para hacer algo sin hechos del espurio
deseo por los hombres desde los hombres más delicados e improbables
desde los amorosos hombres espirituales desde la educación de las
emociones de los hombres devotamente ante quienes no puedo
permanecer
indiferente en tanto hombres.

Hombres, me entristece que debo morir.
Estas son orillas hermosas.

martes, febrero 01, 2011

Cómo me hice twittero (Diario Milenio/Opinión 31/01/11)

Hablando de ciberfobias


Hasta hace pocos meses, todo ese asunto de las redes sociales on-line solía darme una grima rayana en horror místico. Cada vez que alguien preguntaba al respecto, me divertía decir que seguía esperando la llegada de las redes antisociales. La clase de actitud que parte del prejuicio y en el primer descuido se transforma en postura de combate. A uno a veces le gusta definirse por aquello que no es, o por lo que no ha hecho y encima jura que jamás hará. Si ya era yo un desastre con los e-mails, ¿qué les hacía creer que iba a sobrevivir a esa ladilla digital del Messenger?

Ay, los e-mails. Tras trece años de enviarlos y recibirlos, no olvido la emoción de aquel primer correo enviado y respondido en cosa de segundos, aunque a la fecha no haya conseguido deshacerme de la deformación profesional que supone trabarse como un niño delante de un examen oral cada vez que me obligo a escribir uno nuevo. Es como si intentara redactar las líneas iniciales de una nueva novela: no son pocas las veces en que me rindo y lo dejo para un después que acaba por ser nunca. Adivine el demonio la cantidad de amigos seguros y probables que he perdido por causa de esta disfunción. Supongo que de muy poco ha servido aclararles, en broma pero en serio, que mis e-mails se tardan en llegar mucho más que mis cartas, y que para ese caso me da menos pereza ir a darme una vuelta a la oficina de correos que sentarme de nuevo a redactar ese mensaje idiota que a los demás les toma medio minuto. ¿Cómo no regañarse hasta el autorrencor de sólo calcular que el tiempo derrochado en un jodido e-mail podría haber servido para escribir dos párrafos de novela?

En el postear y el twittear...


Algo no muy distinto había dicho antes sobre los blogs. Qué pérdida de tiempo, me defendía, y resultó que de un día para otro ya me habían reclutado como bloguero. Una vez que ocurrió lo que en el fondo más había temido —es decir, la adicción— pasó asimismo que la novela en proceso defendió como un tigre sus espacios, y así me vi escribiendo día y noche, con la cabeza convertida en un ring donde peleaban sendas pandillas de obsesiones opuestas, y muy a su pesar complementarias. “Haz más cortos los posts”, recomendaban los conocedores, y a mí sencillamente no me daba la gana. Quien se enseñó a escribir por rebeldía no está para tomar el dictado de nadie, así que prefería seguirme despojando de la salud mental antes que obedecer instrucciones de extraños, por más juiciosas que éstas pareciesen, aun si ello afectaba mi economía y convertía el empeño en un despropósito (toda vez que los dueños de aquel blog pagaban por elpost, no por los caracteres, y posts de ese tamaño no los podía escribir a razón de uno diario). Una vez que logré dejar atrás el blogueo a destajo, no faltó quien viniera con una cantaleta insistente que al cabo de algún tiempo me llenó de cosquillas la voluntad: ¿Y por qué no twitteas?

Después de varios meses de resistencia atávica, y en realidad inútil porque ya las cosquillas eran comezón, abrí mi Twitter y arranqué con la cautela propia de un salvaje encerrado en la cabina de un 747, perseguido por una pregunta que al paso de los días me sonaría estúpida: ¿Son los mentados twitts una parte de la vida o la obra? Ni más ni menos que otro de los cuestionamientos necios de la inexperiencia, pues al momento de empezar a twittear ya estaba lo bastante prejuiciado para engendrar los twitts a modo de aforismos. Qué pereza, eso sí, orillarse a escribir a la defensiva, y para colmo al día siguiente releer y no hallar en lo escrito nada de extraordinario, pues un espacio así de corto e inmediato termina por prohibir tanto la reflexión oficiosa como la escritura elaborada. Pues sólo un papanatas osa perder el sueño por sus próximos twitts.

Pasiones sin aduana


Me encantaría emplear la generosidad de este amplio espacio para abundar al twittero respecto, pero lo cierto es que a dos meses de twittear sigo siendo un salvaje al mando de un teclado, y algo adentro me dice que justamente de eso se trata este quehacer. No sé si el Twitter sea, como quieren algunos entusiastas, un auténtico género, ni si vaya a durar menos o más que otros recursos a su modo similares, pero ya observo que en contraste con su prima lejana, la escritura, el Twitter se alimenta mejor de los impulsos que de las certidumbres, y acaso gracias a ellos termina por dejar al descubierto aquello que no siempre la escritura destapa. A uno le gustaría ser recordado y eventualmente reconocido por todo cuanto ha dicho de acertado, pero como sucede que los twitts no permiten enmiendas posteriores, más tarde o más temprano se termina por salir al balcón y dar curso libérrimo a sus emociones. Ni falta que hace, pues, traer a cuento la sensación de rara ligereza que sigue a una retahíla de desmesuras públicas; básteme con decir que funcionan como una terapia contra la gravedad propia de la escritura elaborada.

En los últimos días, respondiendo tal vez a una adicción en ciernes, me decidí a twittear durante los partidos del Abierto Australiano, sin pensar demasiado en la lista de errores no forzados en los que incurriría durante el remolino de pasiones absurdas que suelen provocar los buenos raquetazos. ¿Y no es, por cierto, la pasión absurda la que más se disfruta y mejor se comparte? Hay quien se queja a gritos porque los twitts se van tan fácil como llegan, y al final casi todos terminan por borrarse de la memoria, pero ya Albert Camus nos alertaba sobre los diez mil años que ningún libro cumplirá, jamás. Diez mil años, diez días, diez minutos: todo al fin ha nacido para disolverse, y las palabras suelen ir por delante.

No todas las palabras pesan igual. Tampoco los idilios tienen que ser de idéntico calibre. Por lo pronto, confieso que ya vivo un romance con las frases ingrávidas. Si tuviera delante a un terapeuta, le diría que todo esto del Twitter es liberador, y esperaría entonces a verle sonreír.

jueves, enero 27, 2011

"El oficio de ser poeta"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 27/01/11)

No hay mejor medicina para la vida que entregarse de cuerpo y alma al arte y la literatura. Mario Alberto Mejía, escribió hace no mucho en su Facebook: “sólo hay algo mejor que escribir: pintar”; como verdad absoluta suena fuerte y preocupante, como verdad poética es tremendamente bello. No olvidar que Mario Alberto Mejía, antes que ser tremendo columnista de la política poblana, es –sobre todo- gran poeta. Muchas de sus columnas dan testimonio.


Hago referencia a Mario Alberto Mejía y su frase, para hablar de poesía. Más allá de la pintura y cualquier otra expresión literaria, estoy seguro, está la poesía.


Juan Eduardo Cirlot –poeta y simbolista- aseguró que la poesía es una actividad inútil, ya que su coeficiente de utilidad es nulo. No aporta nada nuevo al sujeto que la escribe, pues aunque no esté escrito lo que pase dentro del individuo, éste ya lo sabe. Es el mismo Cirlot quien dice que parte de los materiales poéticos son: sentimientos determinados, emociones vagas, interrogaciones, imágenes, etc. Mismas que se van enlazando con una asociación determinada de palabras: ritmos, aliteraciones, etc.


Podría continuar citando a Cirlot y nunca acabaría, definió a la poesía con tanta exactitud y frialdad que lo hace ver como una ciencia. Corrijo, la poesía es la ciencia de la belleza.


Un poeta es capaz de crear imágenes, casi pinturas a través de las palabras; pero el poeta –en mayúsculas, subrayado y en negritas- logra que esa pintura cobre vida frente a los cuatros sentidos del lector.


Sin duda, Miguel Maldonado es un poeta que está en proceso de convertirse en un gran poeta. Su poesía ha dado muestras de evolución, a pasos agigantados. Maduración y precisión, definen a su actual proceso poético.


Con “La Carne propia”, Maldonado había dejado ver un estilo curioso: recurrir a un poema de otro autor y responderle con otro poema. Un diálogo poético muy atractivo. Si con Cirlot se asiste a una poesía dialogada, con Maldonado, quizá, a un diálogo poético.


Recientemente ha publicado dentro de la Serie Letra Digital –bellamente dirigida por Jaime Mesa-, su más reciente poemario: “Los buenos oficios. Responso a Los demonios y los días de Rubén Bonifaz Nuño”. Editado bajo el amparo del Conaculta y la Secretaría de Cultura de Puebla.

Un poemario lleno de música, de hilaridad y de levedad. Es la voz de la soledad acompañada. Es una invocación a esa compañía, que alguna vez era nosotros y ahora es, a lo mucho, un fuimos o los restos de ello. La constancia de la ausencia del “yo” a través de la ausencia del “otro”, muy a lo Cirlot. La diferencia es que los símbolos poéticos de Maldonado están en la vida diaria, en ese ir y venir de personas, sentimientos, triunfos y fracasos.


Si Gerardo Oviedo afirma que el acto más soberbio es la pintura, le contesto que no hay más soberbia y fina belleza, que hacer de la vida cotidiana un acto poético.


Pocos poetas han logrado profundizar con palabras “comunes”, sin sonar rimbombantes. Desgraciadamente muchos piensan que para ser poeta hay que sonar complicado. No lo creo así y ahí está el mismo Cirlot, quien ha logrado que su obra poética genere dos lecturas: la inmediata: atrapa y lástima; la simbólica: maravilla y mata.

miércoles, enero 26, 2011

El archivo y el escritor (Diario Milenio/Opinión 25/01/11)

La relación entre escritores y archivos es larga. A los archivos han ido a parar, entre tantos otros, aquellos que investigan los eventos menos conocidos de las grandes figuras públicas o las vidas todas ellas descartadas de los pequeños personajes de la vida cotidiana. Han tocado el abracadabra que es la puerta de todo archivo, sobre todo aquellos para quienes los datos de las monografías o los sesudos análisis históricos realizados desde la academia no les resultaban suficientes al momento de crear personajes de carne y hueso y un pedazo de pescuezo y otro de pasión. A veces respetando a pie juntillas los datos encontrados en registros varios, y a veces, de hecho: con más frecuencia, escatimando la fuente de los documentos ante el lector, los escritores han ido desarrollando una relación larga y estable, pero también cambiante, con los archivos.

Existen, por ejemplo, libros con archivo fantasma. Aquí podrían caber los textos elaborados por autores que, habiendo leído la información necesaria o requerida, se asignan sin embargo “licencias poéticas” que les permiten alterar ciertos eventos o, más específicamente, ciertas cronologías, con el fin de no afectar el desarrollo de sus historias. La licencia, se entiende, no es un rechazo a la legitimidad de archivo, puesto que el libro no renuncia en ningún momento al aura de verosimilitud que produce el apego al mismo, sino sólo una especie de suspensión efímera de las reglas del juego de la precisión histórica. Cabrían también en este rubro, aunque por razones un tanto distintas, los libros que, aún respetando las fechas y los nombres de los lugares, pocas veces transcriben, sin embargo, las palabras o los formatos que aparecen en sus documentos, contentándose con transmitir la información ahí adquirida a través de la voz de algunos de sus personajes. Se trata de libros que adquieren un “prestigio”, en este caso de contenido histórico, sin apelar de manera directa ni a la búsqueda de los documentos ni a las clasificaciones institucionales ni a la manera en que los datos fueron registrados y, luego entonces, leídos. El contenido del archivo pareciera, en esta versión, trasminarse de manera misteriosa o en todo caso incognoscible. El juego se llama: la oclusión del medio. Tal vez el elemento que pronto los revela como libros con archivo fantasma es que rara vez incluyen los nombres y ubicaciones de las fuentes primarias ni de las secundarias de las que los autores echaron mano. Como si el conocimiento fuera más una cuestión de ósmosis que de intercambio, estos libros ocultan el proceso de producción de su propio conocimiento, aspirando a hacerse pasar por el mundo mismo o lo real o la experiencia en sí. Gran parte de los best sellers que se clasifican como históricos responderían de manera más o menos general a las características aquí descritas.

Muy distintos son, así entonces, los libros de ficción documental, en los cuales la relación con el archivo —desde su ubicación, su significado cultural y político, su estructuración interna, hasta sus empleados— es central. Muy de acuerdo con principios más o menos aceptados de la así llamada historia social o la historia desde abajo, estas novelas no sólo reconocen explícitamente que el conocimiento de las mismas ha sido producto de una lectura y, aún más, de una lectura en momentos y situaciones específicas, sino que, acaso por lo mismo, tienen cuidado de introducir palabra por palabra, oración por oración, textos encontrados en los propios archivos. Se trata, con frecuencia, de libros escritos en un proceso de co-autoría poco velada: el discurso del investigador vis a vis el discurso del investigado. Los dos a la par y cara a cara y a la vez. No sólo es que vivimos en una época en que el internet nos ha transformado en transcribas y copypasters de tiempo completo, sino también que los ánimos por descontextualizar y recontextualizar discurso generado en medios donde ése no se reproduce con facilidad (la cárcel, el chisme, el expediente médico) extiende la definición de lo que es real. De hecho, algunos de estos libros con archivos se convierten, en su versión más extrema, en copias fieles de esos archivos, haciendo realidad la hipótesis o los postulados de Pierre Menard.

La novela El material humano de Rodrigo Rey Rosa es parte, sin duda, de esta segunda oleada de libros que han decidido resaltar el medio o los medios a través de los cuales y en los cuales existen en tanto tales: como libros. A diferencia de otras novelas que también lidian con la existencia de los documentos de las guerras civiles de la Centroamérica de finales del siglo XX, Rey Rosa avanza tentativamente, siguiendo de cerca los trazos de las palabras y las oraciones y los formatos y los sistemas de clasificación del archivo entero. Lejos de transformar al investigador/lector/escritor en un héroe unidimensional, este lector entra en el archivo sin saber bien a bien lo que encontrará. Entre una cosa y otra, copia, es decir, transcribe. Hay notas de los diarios del archivo combinadas con las notas más personales y también austeras que documentan la vida privada del lector de documentos. El lector y los leídos adquieren, en momentos de franca incertidumbre, el mismo status: ambos no son sino pedazos de lenguaje transcrito. Reproducciones elegidas a conciencia pero no necesariamente con conciencia de algo más. Se trata, en todo caso, de algo hecho artificialmente: ha sido leído y elegido y luego, pasado en limpio. El libro no es la realidad, ni pretende serlo, como tampoco pretende hacerse pasar por ella. El libro es un libro. Y pocas veces Perogrullo ocasionó tal estupor. El gran beneficio de hacer énfasis en el medio —el lenguaje, el archivo, el documento— que compone el universo de la novela es cuestionar la noción muy común del lenguaje como un vehículo neutro a través del cual circula lo que importa, es decir, la anécdota. Más allá de la trama, pues, aunque con varias tramas dentro de sí, el libro es sobre todo un proceso que, en la fragilidad de las notas, en lo punzante de los hallazgos, en la ramificación de sus coincidencias, en la yuxtaposición de un presente que se diluye y un pasado que no se va, entreteje una crítica acérrima y frontal al medio que la produce.

martes, enero 25, 2011

En defensa del hubiera (Diario Milenio/Opinión 24/01/11)

El nadador que no


¿El hubiera no existe? Si ese lugar común fuese verdad, la ficción no hallaría su lugar en el mundo. Otra cosa, sin duda, es extraviarse en la especulación con tal de verse a salvo de la realidad, aunque eso ya depende del mal uso que algunos le dan a sus hubieras. “Saber” —es decir calcular, o imaginar, o engañarse pensando— qué es lo que habría uno hecho si el devenir hubiérase comportado distinto, es no sólo un sabroso ejercicio neuronal, sino también un modo de mirarse al espejo retrospectivamente y plantearse cuestiones tan fundamentales como el destino de Emma Bovary (no en balde Carlos Fuentes se preguntó una vez qué habría hecho la ninfa flaubertiana de tener una American Express). Cierto es que el territorio del hubiera brinda seguridad a los cobardes y paz de espíritu a los conformistas, pero asimismo otorga a la imaginación armas indispensables para enfrentar el yugo de la realidad, e incluso rebasarla por carriles subterráneos que ésta no considera, de puro chata que es.

Una de las preguntas más socorridas en ciertas entrevistas hipotéticas tiene que ver con este tiempo intemporal: “¿Qué habría usted querido ser o hacer, si no hubiera tomado este camino?”. Una pregunta ociosa, eso sí, como ociosos resultan los afanes estéticos sin los cuales seríamos poquito más o menos que meros mecanismos encarnados. Rara vez escuchamos, además, una respuesta que valga la pena, pero en ese transcurso consigue uno, con suerte, asomarse a rendijas que de otro modo continuarían selladas por el racionalismo en el poder. Para no ir más lejos, recién salgo de una conferencia de prensa donde un ocioso le planteó esa misma cuestión a Roger Federer. ¿A qué deporte se habría dedicado, de no cruzarse una raqueta en su camino? Luego de especular entre un puño de disciplinas deportivas, el fenómeno suizo se ha detenido en aquello que nunca hubiese querido ser. Es decir, nadador.

Y usted, ¿no nada nada?


Ahora que lo recuerdo, era espantoso. Había que pararse pasaditas las cinco de la mañana para estar a las seis en punto en la alberca del colegio, que como ya podíamos esperar se hallaba helada como la muerte misma. Me encantaría quejarme por todos esos cientos de sufridas mañanas ofrendadas en pos de un pedazo redondo de metal, pero lo cierto es que aguanté nomás dos; llegando la tercera, estelaricé un drama lacrimógeno que en dos patadas me devolvió al calor de las cobijas. ¿Que si ya no quería ganarme una medalla, como aquel amiguito que tenía ocho meses entrenando a las seis de la mañana? El problema era que ese infeliz niño no madrugaba por ganar medallas, como para evitarse los cuerazos que le habría dado su padre si se atrevía a tratar de contravenir su decisión de tener en la casa un campeoncito. ¿Había sido campeón, ese padre celoso del deber ajeno? Por supuesto que no, de ahí que el vástago tuviese que serlo.

Figurar en la selección de natación no era precisamente un asunto de orgullo, toda vez que los héroes del salón eran aquellos que podían hacer magia con un balón de soccer entre las patas (nótese la distancia despectiva), pero igual otorgaba privilegios a los que ciertos vagos mal habríamos querido renunciar, como perderse varias horas de clase por salir a entrenar pasado el mediodía (el agua tibiecita, qué delicia) y disfrutar de una hora libre entera durante las odiosas clases de natación, cuando todos los otros tenían que patalear al unísono, pescados de una tabla de unicel. A cambio de todo eso, había que sacrificar unas cuantas mañanas de domingo para ir a competir en la Magdalena Mixuca o el Deportivo Chapultepec, y eventualmente hacer un pequeño ridículo en los doscientos metros de mariposa. Me recuerdo braceando hacia la meta en cuarto sitio, completamente solo porque no competíamos más que cuatro y los tres de adelante ya para entonces iban camino al vestidor. Y cuando éramos ocho nadando de crawl (nado libre, le llaman, como si hubiera forma de escoger), no había sensación más calamitosa que acercarse a la orilla mirando que el de junto ya te rebasó, y una vez en la orilla comprobar que de nuevo has llegado en cuarto lugar. En dos palabras: adiós medalla.

Es que no traje traje

Alguna vez, en casa de mi amigo el tritón, su madre tuvo el pésimo detalle de mostrarle a la mía sus medallitas, todas ellas guardadas en una misma caja en un cajón. No eran tantas, al fin, y aunque me parecieron envidiables no lo serían tanto como aquellas cobijas que un par de veces abandoné a deshoras, y cuya utilidad incuestionable subrayaba a mis ojos su carácter superfluo. ¿Qué habría pasado, al cabo, si en lugar de mi amigo hubiera sido yo el dueño de esos trozos redondos de metal? ¿Los habría colgado, enmarcado, llevado por corbata, o mejor dicho seguirían todos encerrados en una vieja caja y un ignoto cajón? ¿Me habrían querido más mis querúbicos padres en caso de haber sido campeón de natación? ¿Cómo darles las gracias por librarme de aquel destino abominable?

Por más que uno se obstine en ser realista, hay días en que amanece o va a dar a la cama con la cabeza repleta de hubieras, y de esa voluntad de ensoñación regresa más consciente de sus límites, alcances y posibilidades, o todavía mejor: hambriento de quimeras superiores. ¿Qué sería de novelas, pinturas, tonadas o poemas si no hubiera por ahí quien rascara en supuestos por nadie concedidos y diérales la magia levantisca de una ciudadanía emocional a prueba de verdades petulantes? ¿No cuentan los hubieras entre nuestros haberes? ¿No valen las lecciones del arrepentimiento? ¿Quién no ha caído, una y otra vez, prendado de un pretérito imperfecto? ¿Y quién nos dice que lo que pudo haber sido no tiene algo que ver con lo que un día será?

sábado, enero 22, 2011

Adiós, Leo, adiós-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 22/01/11)

Se anunció la enfurecedora beatificación de Juan Pablo II; el ejército patrulla Neza, ya en el área metropolitana; un peso peregrinamente fuerte amenaza la recuperación económica que todos esperamos de rodillas y lo que me desalienta y enloquece es el cambio en los signos del horóscopo.

El corrimiento de dos semanas de todo el zodiaco me dejó en el desamparo y me resulta extenuante. Me imagino que si uno es Aries o Capricornio da exactamente lo mismo que de un domingo a un lunes uno amanezca Libra o Virgo. ¿Pero Leo? ¿Hay necesidad de que uno deje de ser Leo? Alguna vez, en una sobremesa en la que se discutía con mucha liviandad la vigencia o no de los mitos del horóscopo, la poeta Tedi López Mills preguntó desde un asombro que no podía ser más brillantemente venenoso: ¿hay personas que no son Leo? Desde el fin de semana pasado me atormenta la idea de que yo pasé a ser, irremediablemente, un pinche Cáncer.

La historia de la revelación fue paulatina y demoledora. Nadie está para saberlo ni yo para contarlo, pero llevo meses con un bloqueo de escritor del tamaño de Coahuila. Como he aprendido que la disciplina es lo único que le permite a un novelista seguir siendo lo que es –aún si le arrebatan su signo--, todos los días me planto frente a la computadora de nueve de la noche a una de la mañana sin sacarle ni una gota a una posible historia, a alguna de las mil conferencias que ya me atenazan. Esto significa que paso tres horas todas las noches haciendo seguimientos milimétricos de todos los periódicos del mundo. Fue así como el martes o miércoles de la semana pasada di, en la sección de curiosidades de un periódico de Minnesota tan sin importancia que seguro es Piscis, con el hecho de que un astrólogo reveló que los puntos de referencia de la superficie terrestre han cambiado con respecto a las constelaciones y por tanto los signos deberían correrse catorce días. En los catorce días que sobran a principios de diciembre (no entiendo por qué), va un nuevo signo impronunciable y babilónico.

Hice mis cuentas y la gravedad del caso me quedó clarísima: no sólo pasaba yo a ser Cáncer; mi mujer se quedaba en su estatura, ahora ya inalcanzable, de Leo: una condena irremediable al segunda plano, la aceptación de mi calidad de príncipe de consorte, el derrumbe de una casa en la que, por ejemplo, los niños obedecen –cuando obedecen– no porque ellos sean los hijos y nosotros los padres, sino porque ellos no son Leo.

Por supuesto no dije nada, calculando que la noticia más importante del mundo, por haber sido publicada en el Morning Star (o lo que sea) de Minneapolis, tal vez pasaría desapercibida.

La nota rebotó tal cual por secciones sin importancia en periódicos de poco peso por toda la semana hasta la madrugada del domingo, cuando apareció enriquecida en el New York Times: En el Medio Oeste de los Estados Unidos se estaba generando una estrafalaria andanada de demandas contra astrólogos de todos los tipos y eso ya era, ahora si, una noticia. Por la hora en que publicaron el reportaje en el sitio web del diario, era clarísimo que iba a ocupar un lugar en la edición impresa del domingo. El fin del mundo tal como lo conocíamos.

Cuando llegué el lunes a la oficina, ya estaba en mi cuenta personal un correo de mi mujer con el link a la página de éste Universal en la que se anunciaba que Leo sólo hay uno, que los dos niños mayores conservaban sus signos tan medianos como el nuevo mío, y que la bebé nació bajo una constelación para babilonios.

viernes, enero 21, 2011

Camino-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 21/01/11)

Imposible me resulta recordar cuándo me topé por primera vez con la palabra aforismo. Recuerdo en cambio con gran claridad la ocasión originaria en que me vi enfrentado -y con enorme deliquio- a uno. Fue en una sobremesa de los años 80, cuando todo mundo admiraba a Jane Fonda, y seguía sus pasos a ritmo de Olivia Newton-John. Casi seguro es que comiéramos en un japonés, que entonces comenzaban a ponerse de moda. Refractarios de siempre a tales higienismos, lo más probable es que mi padre y yo hayamos dedicado la comida a incordiar a los demás por comer tan feo, y que hayamos compensado nuestro ayuno con un tempura helado infantil e insolente. Igualmente plausible es que alguien -debe haber sido ese tío mío cuyo ranking en las ligas amateur de tenis asciende en la proporción exacta en que desciende la edad de sus novias sucesivas- se haya puesto a sermonear entonces a mi padre y a exhortarlo no sólo a comer sano sino a practicar algún deporte. Mi memoria respecto a la anécdota es tan difusa que no me parecería difícil haber inventado casi todo; de lo que mi recuerdo es, en cambio, prístino es de la respuesta de mi padre, ese primer epigramista en mi historia: “Mira, Javier”, habría de espetar a su cuñado, “cuando yo tengo muchas ganas de hacer ejercicio, me acuesto hasta que se me pasan”.

La mesa prorrumpió en carcajadas; el tema quedó saldado. Mi padre había utilizado la palabra para vencer a la materia, el ingenio para derrotar al cuerpo. Otros niños quieren ser como su papá de grandes para estar así de tronados o para tirarse a tantas viejas o para traer un carrazo. Yo, en cambio, quería ser como mi papá para hacerme amo -mejor: juglar y sátiro- de las palabras.

El problema es que lo logré. Y no la parte deseable, por la que todavía tengo que esforzarme, sino la indeseable: el ejemplo suyo que seguí al pie de la letra fue el de no hacer ejercicio. No, cuando menos, hasta mis 35, que constituyen la provecta edad a la que intento tener un estilo de vida menos sedentario. O sea que hago bicicleta fija y abdominales –a solas y en casa; soy púdico por partida doble: por nerd y por flácido– pero también camino, y de un tiempo a la fecha mucho.

Hijo de baby boomers sobreprotectores, nací en una de esas familias que no practican actividad alguna que no contemple el uso del automóvil. (Hace poco mi madre me invitó a subir al suyo para acompañarla a hacer una compra a media cuadra de su oficina.) Así, tardé en asumir que toda distancia inferior a 30 cuadras y que no suponga el uso de vías rápidas puede (y debe) ser recorrida a pie.

Lo que me salvó, de entrada, fue mi gusto por la arquitectura: me gusta ver edificios a detalle mientras recorro mi barrio actual o el de mi infancia. Tener mascota reforzó mi buen comportamiento: él ejercita la fantasía -Ralston se sueña perro volador-, yo las piernas y el corazón. Y a partir de eso comencé a tomarle gusto a caminar con mi mujer (tomados de la mano o, como Marga López y Manolo Fábregas, del brazo y por la calle), o con un amigo (cafés en mano y yo fumando: hay malos hábitos que no se pierden… por fortuna) o, mejor, solo. Camino en solitario para pensar, para consolarme, a veces para evadirme. Camino para huir de la idea recurrente de que mi padre debería caminar y no lo hace, y de que eso me preocupa.

Ojalá lea esto. Ojalá me deje invitarlo a caminar, y caminemos juntos -en duelo de epigramas, como en sus buenos tiempos- todavía muchos años más.

miércoles, enero 19, 2011

"Violencia lamentable y protesta mal encausadas"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 19/01/11)

Al iniciar prácticamente el 2011, el gobierno marinista le dio a los poblanos un pequeño presente: el aumento de un peso al transporte público. Decisión que afecta al bolsillo de cada uno de los usuarios de este servicio. Un aumento a todas luces injustificable, pues el salario mínimo no aumenta de manera significativa y compensatoria.


Estas malas decisiones, provenientes del gobierno que sale, fueron las causantes de que una serie de grupos universitarios y sociales salieran a mostrar su inconformidad en las calles de la Ángelopolis. Hasta aquí estaban haciendo uso de un derecho legítimo y abanderaban una causa justa. Empero, todo se desvirtuó desde el momento en que empezaron a maltratar edificios públicos, comercios y transportes turísticos. A partir de este momento la causa empezaba a perder fuerza y lógica.


Luego vino una densa neblina dentro de esta protesta universitaria. La información es difusa, hay quienes afirman que la marcha iba de paso y que gente de la BUAP fueron a golpearlos sin motivo aparente; otros más aseguran que dichos inconformes, entraron a protestar en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, y entonces se vinieron las agresiones recibidas. Después los afectados decidieron tomar las instalaciones de forma indefinida, para exigir castigo a los culpables y de paso pedir apoyo para su causa. Decisión que provocó una polarización dentro de la comunidad universitaria, pues al impedir el libre tránsito de estudiantes, académicos y personal, así como la realización de clases y demás actividades, se estaba violentando la vida interna de la Facultad.


Luego vinieron las descalificaciones y las especulaciones. Algunos osaron afirmar que el Dr. Palma –Director de la Facultad de Filosofía y Letras- salió a señalar a quiénes deberían de golpear. En cambio, el Dr. Palma junto a las autoridades que integran dicha institución, estuvieron haciendo llamados a la prudencia y al respeto a la democracia, y es que en su inmensa mayoría nadie estaba apoyando la decisión de tomar la Facultad.


Producto del buen trabajo que se está haciendo al interior de dicha Facultad, son los acuerdos que lograron en la reunión del Consejo de Unidad Académica, entre los que destacan: el apoyo y solidaridad a las peticiones de no subir el aumento y conseguir un descuento para la comunidad estudiantil; y la petición a las autoridades de la Universidad, para fincar responsabilidades respecto a las agresiones contra los estudiantes. Con esto, el Dr. Palma y su equipo de trabajo demuestran que están a la altura de las circunstancias y si alguien quiere desestabilizarlos tendrá que hacer más para lograr su cometido.


Estos hechos son preocupantes, pues son resultado del descontento social ante las malas decisiones de los gobiernos. La sociedad ya no aguanta mucho y está a punto de llegar a su límite, sin embargo, eso tampoco justifica que nuestra sociedad se base en la violencia para exigir sus derechos. No podemos como entes sociales lastimar o afectar la vida de los demás. La situación que rodea al país es extrema en cuanto a los temas de violencia e inseguridad. Como poblanos, debemos de evitar ser un Estado más que se une a este estatus.


Y sobre todo, tenemos que recordar dos dichos: Nuestra libertad y derecho termina donde empieza el del otro; y Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

martes, enero 18, 2011

Hendiduras sinápticas (Diario Milenio/Opinión 18/01/11)

Hay alguna relación entre, digamos, Day, el libro que Kenneth Goldsmith publicó en 2003, en el cual transcribe literalmente un número completo del New York Times “palabra por palabra, letra por letra, de la esquina superior izquierda a la esquina inferior derecha, página tras página”, y el número 322 de la revista Quimera, un volumen que, con ayuda de sobrenombres y respetando la disposición tradicional de la publicación mensual, escribió en su totalidad Vicente Luis Mora en 2010? Mi respuesta a esta pregunta es un sonoro sí. De cierta forma. ¿Es posible tender vasos comunicantes entre Postpoesía. Hacia un nuevo Paradigma, el libro que le valió a Agustín Fernández Mallo convertirse en finalista del Premio Anagrama de ensayo en 2009 y, pongamos, el más reciente estudio de la reconocida crítica literaria norteamericana Marjorie Perloff, Unoriginal Genius: Poetry my Other Means in the New Century, en el cual revisa la estética citacional de autores que van de Walter Benjamin hasta Kenneth Goldsmith pasando por T.S. Eliot y Ezra Pound? Mi respuesta, con todas las distancias guardadas del caso, es otro resonante sí. En cierto modo. ¿Se respira un cierto aire de familiaridad entre los trabajos proteicos irreverentes rabiosos lúdicos listísmos hipercontemporáneos de, digamos, Eloy Fernández Porta, desde su Afterpop. La literatura de la implosión mediática, su Homo Sampler. Tiempo y consumo en la era afterpop hasta su ERO$. La superproducción de los afectos, que le valió el Premio Anagrama de Ensayo en el 2010, y las Notes on Conceptualisms de la autora californiana Vanessa Place? Una vez más, mi respuesta es un resonante sí. De cierta manera.


Una serie de reacciones sinápticas atraviesan el Atlántico o, en algunos casos, el Pacífico. Se trata de cargas eléctricas o químicas que, originándose en la célula presináptica, se deslizan por las dentritas de otro idioma hasta encontrar el axón que les permitirá saltar hasta la célula postsináptica. Estoy hablando de un sistema muy nervioso. Estoy hablando de las escrituras de hoy. No se trata de diálogos, en el sentido sensatamente civilizatorio que se le da al término conversación y sus puentes, de serlo, se asemejan más al efímero link, que desaparece en el momento en el que se le presiona, que a la sólida labor de la ingeniería que de otra manera responde al mismo nombre. Aún así, con todo y todo, o por todo y todo, estos libros que vienen de uno y otro lado del océano producen en conjunto una situación semejante a lo que los histólogos denominan como la hendidura sináptica: un canal de unión de la neurona postsináptica que mide aproximadamente 20 nanómetros de ancho, donde ocurre, sin duda, una trasmisión que tiene mucho de salto al abismo. Un riesgo.


Los impulsos nerviosos de esta situación sináptica son sujetos de un mundo de nativos digitales para quienes la muerte del autor ha sido, sobre todo, la muerte del yo lírico, con su carga de individualismo e interioridad, y entre quienes, consecuentemente, campea una idea de escritura que privilegia la composición por sobre la expresión. Si las escrituras de la resistencia de los 80s (entendida ésta en el sentido Adorniano como “la resistencia del poema individual contra el campo cultural de la comodificación capitalista en el que el lenguaje ha llegado a ser meramente instrumental”) pusieron en juego, al decir de Perloff, elementos como una sintáctica distorsionada, una falta de referencialidad programada y la derrota continua de las expectativas del lector en tanto método, a las de estas décadas tempranas del siglo XXI les corresponde una resistencia de suyo distinta. Se trata, sobre todo, de procesos escriturales que privilegian el diálogo “con textos anteriores o textos en otros media, con ´escrituras a través ´o ecfrásis que le permiten al poeta participar de un discurso público más amplio. La invención ha dado lugar a la apropiación, la restricción elaborada, la composición visual y sonora, y la dependencia en la intertextualidad”. Con raíces históricas en el concretismo de mediados del siglo XX, las poéticas oulipianas fundadas en Paris alrededor de la década de los 60s, y formas de escritura exofónica que incluyen aunque no están limitadas a la traducción y el multilingualismo, estas estéticas citacionales, como las denomina Perloff, son sobre todo formas de copiado, reciclaje, y apropiación. La cita o la re-escritura (“con su dialéctica de extirpación e injerto, disyunción y conjunción, su interpenetración entre el origen y la destrucción”) es así, y con mucho, la forma lógica de la escritura en una era de “textos literalmente movibles o transferibles —textos que pueden ser transferidos de un sitio digital a otro, o del papel a la pantalla, que pueden ser apropiados, transformados, o escondidos por toda clase de medios y con toda clase de propósitos”.


Confío en que los resonantes y pluralísimos sí que enuncié en el primer párrafo resuenen todavía en éste último porque lo que sigo tratando de decir es que hay una relación que no es ni directa ni lineal ni argumentativa sino más bien sináptica entre las diatribas teóricas y los trabajos creativos que, hacia finales del XX y en el contexto de una literatura más bien realista, emprendieron un grupo de escritores españoles, y los riesgos estéticos que bajo el rubro de conceptuales siguen ejerciendo una serie de poetas norteamericanos en ambas de sus costas. Tal vez el diálogo más relevante de las escrituras contemporáneas en español no siga las rutas del postcolonialismo del XIX, las cuales iban y siguen yendo de España al continente latinoamericano, y viceversa, ni respete las barreras establecidas por el idioma mismo. Acaso la era digital y sus distintas plataformas han modificado la misma noción de ruta y flujo, transformando el diálogo en una sináptica relación de ventanas que se abren y cierran en un ordenador bilingüe. Es una lástima que los trabajos de unos y otros no circulen todavía en traducción. Me pregunto, con una sonrisa entre perversa y esperanzada, qué ocurrirá con el sistema nervioso de las escrituras de hoy cuando esta sinapsis potencial se lleve finalmente a cabo (por lo que veo, la autora norteamericana más reciente que cita Fernández Porta es Kathy Acker, sin mención todavía para ninguno de los conceptualistas vivos de hoy). Les dejo esta sugerencia aquí a los gestores culturales de este tipo de happenings. Y me retiro pero no sin antes contribuir a la gustada sección de Confesiones Tristísimas: escribo este artículo porque, entre otras cosas y para qué más que la verdad, a mí sí me gustaría presenciar un mano a mano entre Kenny G, el nombre de batalla de Kenneth Goldsmith en su versión DJ, y el DJ que también es Eloy Fernández Porta. De ya disfruto del baile.

lunes, enero 17, 2011

Bolas de sangre (Diario Milenio/Opinión 17/01/11)

Las euforias insomnes


Acometo estas líneas abordo del primero de cuatro aviones en hilera: treinta y tres horas entre México y Melbourne. Es, a su vez, la primera de cuatro travesías soñadas cuyos días se anuncian trepidantes y elásticos. La clase de proyecto que lo desvela a uno desde el mero momento en que lo concibe, pues ya de entrada teme que sea irrealizable y acaso pierde el sueño por el deleite ocioso de darse a imaginarlo igual que un niño. La idea de pasar revista en un mismo año al Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y el US Open parecía no más que un delirio nocturno, pero es precisamente en esos trances que al deseo le gusta intervenir: a saber cuántos niños han llegado a este mundo merced a algún desvelo delirante. Y fue así, coqueteando con una obvia quimera, que aterricé en el alba de un día de septiembre con varias hojas llenas de apuntes y números. Fechas, euros, hoteles, dólares, aerolíneas, libras esterlinas, sumas, restas, razones, proporciones y muchas ganas de estirar la realidad sugerían que aquel proyecto narrativo podía, en una de éstas, no resultar del todo irrealizable.


¿Dormir? ¿Ya para qué? Si de verdad quería ir adelante con aquel despropósito vital, tenía que ir poniendo manos a la obra. No bien dieron las nueve, comencé a hacer llamadas. Aún era temprano para exponer la entraña del proyecto, pero al menos quería sopesar las reacciones que esa idea en principio trasnochada ocasionaba en los amigos a quienes llamé, resuelto a habilitarlos como secuaces. El punto de partida fue el vívido recuerdo de aquel excéntrico canoso y enjuto que muchos años antes solía distinguirse en las tribunas del Estadio Rafael Osuna por combinar sus viejos tenis Converse con una refulgente capa de terciopelo: imposible olvidar la exaltación prolífica y desmesurada del fanático Juan José Arreola, una vez que el partido terminaba y él tomaba el micrófono para narrar sus propios sobresaltos, que eran también los nuestros y ya sólo por eso le devolvían su crédito al azoro. ¿Quién, que recién hubiera presenciado la gesta, no se habría derretido por contarla como cuentan los niños sus fantasías épicas?


Corresponsal de garra


Requería de entrada dos equipos completos de secuaces: uno que me apoyara desde el periódico y otro en la editorial. Buscaba, por un lado, ir adelante con las crónicas tenísticas que había venido pergeñando en las páginas de MILENIO-La Afición, y por el otro dar aliento a un libro dedicado a narrar, desde los ojos infantiles del fanático, los cuatro campeonatos mayores —Grand Slams, que les llaman— a lo largo de uno de estos años míticos, cuando los dos más grandes colosos de la historia del tenis lo reinventan en cada duelo al sol. Uno de esos proyectos que en principio carecen de pies o cabeza, y no obstante se valen de instinto y entusiasmo para anunciar la urgencia que los anima, y aun si no acaba uno de bosquejarlos en cierto modo se figura lo que quiere. Corrijo: lo que necesita. Entre más repasaba la idea, más me aferraba a su necesidad, para pronto entusiasmo de mis aliados. Si en el nombre de la obra ya había consentido pensamiento y palabra, no podía salir con la batea de babas de la omisión: caldo de cultivo para el peor de los arrepentimientos.


“Los torneos mayores son la vara que mide la excelencia en el tenis”, dice L. Jon Wertheim en su libro Strokes of Genius, entregado de la primera a la última página a narrar cada legendaria hora de la final de Wimbledon de 2008 entre Roger Federer y Rafael Nadal. ¿O es que un duelo como ése podía quedarse sin ser contado instante tras instante? He ahí la comezón: poner palabras donde no hay más que golpes; ir detrás la guerra y tropezar de bruces con la garra; expropiar los fluidos secretos del gladiador en turno y ser con él feroz y atrabiliario; leer en la batalla y dejar que el instinto lleve la voz cantante; estirar las fronteras de la realidad allí donde ésta amaga con difuminarse. Nada que no haga uno de manera automática una vez que se ha unido a la matachina y hace suya la angustia sanguinaria del gladiador.


Con hambre de narrar


Rara vez puede uno hablar con algún tino de lo que se ha propuesto relatar por escrito, entre otras cosas porque la gracia de esto consiste en ignorarlo casi completamente. Se maldice en principio ese hueco en la panza que insiste en dilatarse conforme el duelo gana edad y tamaño y uno ya se pregunta si lo que mira puede ser contado (y cómo, y hasta dónde, y a partir de que punto), sólo para después sufrir porque se agota ya el espacio y hay cosas que no puede quedarse sin contar. Hasta donde recuerdo, es una sensación muy similar a la del niño que ha rozado la luna y de pronto no sabe cómo hacer para que ese entusiasmo le salga de los labios sin que el escepticismo de sus mayores dé al traste con su sed de compartir aquello que al cabo del relato parece más soñado que vivido. “¡Qué imaginación tienes!”, comentarían después, en ese tono amable y tan adulto que le partía a uno el corazón y lo dejaba solo frente a la red de su incredulidad.


No envidio a los que saben con pelos y señales lo que van a escribir. Conforme el avión vuela hacia el Pacífico, me digo que al relato de la guerra no se llega con mejores haberes que la amenaza clara de zozobra y la sospecha turbia de que otra vez apuesta por lo irrealizable. Si pudiera, ahora mismo me bajaría de este avión y escaparía hacia la zona de confort más cercana. “¿Eres hombre o ratón?”, me increpaba mi madre siempre que un desafío se revelaba demasiado grande, y yo le respondía, presa de algún alivio avergonzado, que por supuesto seguía siendo ratón. Muchos años más tarde, todavía me pregunto si no se meterá uno en estos bretes con tal de demostrarse lo contrario: he ahí una ocurrencia irrealizable.

jueves, enero 13, 2011

Lo leído en el año 2010

Esta es la lista completa de los libros leídos a lo largo de 2010, entre los destinados para reseñas de mi columna y de la revista Uni-diversidad, así como los leídos por cuenta propia:

1. “Hidalgo. Entre la virtud y el vicio” de Eugenio Aguirre (Novela).

2. “La culpa de México. La invención de un país entre dos guerras” de Pedro Ángel Palou (Ensayo).

3. “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas” de Haruki Murakami (Novela).

4. “A pie” de Luigi Amara (Poesía).

5. “Los anacrónicos y otros cuentos” de Ignacio Padilla (Cuento).

6. “En la llama. Poesía de 1943-1959” de Juan Eduardo Cirlot (Poesía).

7. “El Estado laico y sus malquerientes” de Carlos Monsiváis (Ensayo).

8. “Una autobiografía soterrada” de Sergio Pitol (Memorias/Ensayo).

9. “Luz de luciérnagas” de Edson Lechuga (Novela).

10. “Tongolele y el ombligo de la luna” de Guillermo Samperio (Novela).

11. “Una noche de perros” de Hugh Laurie (Novela).

12. “Historias desconocidas de la Independencia y la Revolución” de Trino (Historieta).

13. “Por cielo, mar y tierra” de Ximena Sánchez Echenique (Novela).

14. “La Castañeda” de Cristina Rivera Garza (Ensayo).

15. “Papeles falsos” de Valeria Luiselli (Ensayo).

16. “El arte de perdurar” de Hugo Hiriart (Ensayo).

17. “La Insurgenta” de Carlos Pascual (Novela).

18. “La vida es un balón redondo” de Vladimir Dimitrijević (Ensayo).

19. “Arte y olvido del terremoto” de Ignacio Padilla (Ensayo).

20. “La isla de las tribus perdidas” de Ignacio Padilla (Ensayo).

21. “Olvidar el futuro” de Agustín Ramos (Novela).

El año 2010 lo terminé e inicie el 2011 leyendo la más reciente novela de Xavier Velasco: “Puedo explicarlo todo”.

martes, enero 11, 2011

El estado sin entrañas/ y II (Diario Milenio/Opinión 11/01/11)

No cabe duda de que los herederos reales, o en todo caso más literales, del priisimo del siglo XX han sido los cárteles del narcotráfico. Usurpando el lenguaje popular de la protesta (desde la manta sesentera hasta su debatible identificación con las capas más desprotegidas de la sociedad) y estableciendo relaciones de clientelismo con ciertas comunidades muy bien elegidas (el intercambio de ciertas mejorías urbanas por apoyo social, por ejemplo), esos empresarios exitosos del mundo globalizado participan de una interpretación del capitalismo como capitalismo descarnado. Si al Estado qué, a ellos menos. Y aquí, justo en esto, el Estado neoliberal y el narco están más que de acuerdo. Si hay que elegir entre la ganancia y el cuerpo, la decisión final será siempre por la ganancia. Confirmando las tesis que Vivine Forrester esgrime en El horror económico, tanto al narco como al Estado neoliberal les queda claro que el trabajo, y el cuerpo humano que llevaba a cabo ese trabajo en el sentido más amplio del término, en el sentido del trabajo como proceso de transformación del mundo y subjetivación de la realidad, ya no es esencial ni para el funcionamiento del capitalismo ni para la sobrevivencia del planeta. Si a ti qué, que se sigan despedazando entre ellos. Los cuerpos.

Releo los oficios que la señorita firmante le envió desde distintos hospitales públicos al gobernador de una zona remota del Estado mexicano allá, hacia mediados de otro siglo. Releo la manera en que la mujer enumera sus dolencias, mostrando sin pudores ficticios y con mucho cuidado el nombre de los órganos de su cuerpo. Los pulmones. Los dientes. Los huesos. Releo la forma en que renuncia a convertirse en cenizas y vuelvo a detenerme, sorprendida. Sólo alguien que vive en un mundo donde el cuerpo ha sido finalmente desbancado por la ganancia podría suspirar de esta manera frente a los nombres internos de un cuerpo. Solamente alguien que ha visto ya demasiadas entrañas sobre las calles—cabezas, dedos, orejas, sangre—podría leer este oficio del dominio público como una carta de amor entre el Estado y la ciudadana. Sólo alguien que ha iniciado la segunda década del siglo XXI con la imagen casi consuetudinaria de un cuerpo colgando, cual péndulo, de un puente peatonal, podría pensar que estos documentos son, en realidad, constancia de una cosa entrañable.

No me conmina la nostalgia, aclaro. No escribo yo ahora alrededor de unos cuantos oficios que inmiscuyen a las entrañas y el contraste escandaloso con la realidad evidente de un estado sin entrañas para invocar un regreso a un mítico pasado donde las cosas se imaginan como mejores o menos crueles. ¡Antes por lo menos no veíamos las cabezas rodando por los suelos! ¡Antes los fotógrafos guardaban las imágenes de los ahorcados para la nota roja y a nadie se le ocurría ponerlas en sociales! Estoy al tanto, cual debe, de que las relaciones, que he optado por denominar como entrañables, que el Estado mexicano estableció justo a inicios de la etapa posrevolucionaria pronto dieron pie a formas de cooptación y subordinación social que en mucho sirvieron para pavimentar el terreno de donde surgiría el Estado neoliberal, ese que ya no tomó “de su parte” el cuidado del cuerpo y, por ende, de la comunidad. Estoy al tanto. Lo que sí quiero escribir hoy, muy a inicios del 2011, justo cuando “una adolescente de 14 años de edad fue encontrada en matorrales del municipio de Zitlala”, según reporta El Universal, o cuando @menosdias, el contador de muertes, reporta en un twit: “Coyuca de Catalán Guerrero 31 de dic 4 hombres murieron durante los últimos minutos de la noche mientras acudían a una fiesta en las canchas”, o cuando se habla en los diarios con desenfado de las más de 30 mil muertes que nos ha costado la así llamada guerra contra el narcotráfico, es que mucho me temo que ningún cambio de gobierno, ninguna reforma en el sistema de justicia, logrará transformar el espectáculo del cuerpo desentrañado hasta que el Estado, que somos una relación encarnada, es decir, una relación viva entre cuerpos, no esté dispuesto a aceptar la responsabilidad que le viene desde el contrato que se estableció a través de la Constitución de 1917. Ante el cínico y criminal “¿Y a mí qué?” de los gobiernos neoliberales, habrá que responderle con las voces de los dolientes de nuestros tiempos: a ti, sobre todo, sí, ciertamente, pero a todos por igual. Los cuerpos son cosa de nuestro cuidado. Las entrañas son materia de nuestra responsabilidad. Los muertos son míos y son tuyos. La responsabilidad del representante del poder ejecutivo es, en efecto, ejecutar, pero ejecutar viene del latín exsecutus, part. pas. de exsequi, que quiere decir consumar, cumplir. Ejecutar no quiere decir matar.

Yo no sé si, en efecto, el cuerpo de la señorita que le escribía oficios al g obernador del territorio norte de la República mexicana fue sepultado o, contra su voluntad, se redujo a cenizas. Lo que me sigue sorprendiendo, y esto en tanto ciudadana de un Estado sin entrañas, es esa correspondencia tan larga entre la paciente-ciudadana y las instancias gubernamentales que, queriéndolo o no, creyendo que era su deber o no, atendieron las peticiones y los reclamos. Esas respuestas que declaraban, a su modo, “a mí sí”. Todo por un cuerpo. Todo por la relación todavía existente, aunque admitidamente imperfecta, entre el cuerpo y el Estado. Todo por las entrañas. Es el olvido del cuerpo, tanto en términos políticos como personales, lo que le abre la puerta a la violencia. Son los ex-humanos los que la atravesarán.