sábado, enero 22, 2011

Adiós, Leo, adiós-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 22/01/11)

Se anunció la enfurecedora beatificación de Juan Pablo II; el ejército patrulla Neza, ya en el área metropolitana; un peso peregrinamente fuerte amenaza la recuperación económica que todos esperamos de rodillas y lo que me desalienta y enloquece es el cambio en los signos del horóscopo.

El corrimiento de dos semanas de todo el zodiaco me dejó en el desamparo y me resulta extenuante. Me imagino que si uno es Aries o Capricornio da exactamente lo mismo que de un domingo a un lunes uno amanezca Libra o Virgo. ¿Pero Leo? ¿Hay necesidad de que uno deje de ser Leo? Alguna vez, en una sobremesa en la que se discutía con mucha liviandad la vigencia o no de los mitos del horóscopo, la poeta Tedi López Mills preguntó desde un asombro que no podía ser más brillantemente venenoso: ¿hay personas que no son Leo? Desde el fin de semana pasado me atormenta la idea de que yo pasé a ser, irremediablemente, un pinche Cáncer.

La historia de la revelación fue paulatina y demoledora. Nadie está para saberlo ni yo para contarlo, pero llevo meses con un bloqueo de escritor del tamaño de Coahuila. Como he aprendido que la disciplina es lo único que le permite a un novelista seguir siendo lo que es –aún si le arrebatan su signo--, todos los días me planto frente a la computadora de nueve de la noche a una de la mañana sin sacarle ni una gota a una posible historia, a alguna de las mil conferencias que ya me atenazan. Esto significa que paso tres horas todas las noches haciendo seguimientos milimétricos de todos los periódicos del mundo. Fue así como el martes o miércoles de la semana pasada di, en la sección de curiosidades de un periódico de Minnesota tan sin importancia que seguro es Piscis, con el hecho de que un astrólogo reveló que los puntos de referencia de la superficie terrestre han cambiado con respecto a las constelaciones y por tanto los signos deberían correrse catorce días. En los catorce días que sobran a principios de diciembre (no entiendo por qué), va un nuevo signo impronunciable y babilónico.

Hice mis cuentas y la gravedad del caso me quedó clarísima: no sólo pasaba yo a ser Cáncer; mi mujer se quedaba en su estatura, ahora ya inalcanzable, de Leo: una condena irremediable al segunda plano, la aceptación de mi calidad de príncipe de consorte, el derrumbe de una casa en la que, por ejemplo, los niños obedecen –cuando obedecen– no porque ellos sean los hijos y nosotros los padres, sino porque ellos no son Leo.

Por supuesto no dije nada, calculando que la noticia más importante del mundo, por haber sido publicada en el Morning Star (o lo que sea) de Minneapolis, tal vez pasaría desapercibida.

La nota rebotó tal cual por secciones sin importancia en periódicos de poco peso por toda la semana hasta la madrugada del domingo, cuando apareció enriquecida en el New York Times: En el Medio Oeste de los Estados Unidos se estaba generando una estrafalaria andanada de demandas contra astrólogos de todos los tipos y eso ya era, ahora si, una noticia. Por la hora en que publicaron el reportaje en el sitio web del diario, era clarísimo que iba a ocupar un lugar en la edición impresa del domingo. El fin del mundo tal como lo conocíamos.

Cuando llegué el lunes a la oficina, ya estaba en mi cuenta personal un correo de mi mujer con el link a la página de éste Universal en la que se anunciaba que Leo sólo hay uno, que los dos niños mayores conservaban sus signos tan medianos como el nuevo mío, y que la bebé nació bajo una constelación para babilonios.

viernes, enero 21, 2011

Camino-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 21/01/11)

Imposible me resulta recordar cuándo me topé por primera vez con la palabra aforismo. Recuerdo en cambio con gran claridad la ocasión originaria en que me vi enfrentado -y con enorme deliquio- a uno. Fue en una sobremesa de los años 80, cuando todo mundo admiraba a Jane Fonda, y seguía sus pasos a ritmo de Olivia Newton-John. Casi seguro es que comiéramos en un japonés, que entonces comenzaban a ponerse de moda. Refractarios de siempre a tales higienismos, lo más probable es que mi padre y yo hayamos dedicado la comida a incordiar a los demás por comer tan feo, y que hayamos compensado nuestro ayuno con un tempura helado infantil e insolente. Igualmente plausible es que alguien -debe haber sido ese tío mío cuyo ranking en las ligas amateur de tenis asciende en la proporción exacta en que desciende la edad de sus novias sucesivas- se haya puesto a sermonear entonces a mi padre y a exhortarlo no sólo a comer sano sino a practicar algún deporte. Mi memoria respecto a la anécdota es tan difusa que no me parecería difícil haber inventado casi todo; de lo que mi recuerdo es, en cambio, prístino es de la respuesta de mi padre, ese primer epigramista en mi historia: “Mira, Javier”, habría de espetar a su cuñado, “cuando yo tengo muchas ganas de hacer ejercicio, me acuesto hasta que se me pasan”.

La mesa prorrumpió en carcajadas; el tema quedó saldado. Mi padre había utilizado la palabra para vencer a la materia, el ingenio para derrotar al cuerpo. Otros niños quieren ser como su papá de grandes para estar así de tronados o para tirarse a tantas viejas o para traer un carrazo. Yo, en cambio, quería ser como mi papá para hacerme amo -mejor: juglar y sátiro- de las palabras.

El problema es que lo logré. Y no la parte deseable, por la que todavía tengo que esforzarme, sino la indeseable: el ejemplo suyo que seguí al pie de la letra fue el de no hacer ejercicio. No, cuando menos, hasta mis 35, que constituyen la provecta edad a la que intento tener un estilo de vida menos sedentario. O sea que hago bicicleta fija y abdominales –a solas y en casa; soy púdico por partida doble: por nerd y por flácido– pero también camino, y de un tiempo a la fecha mucho.

Hijo de baby boomers sobreprotectores, nací en una de esas familias que no practican actividad alguna que no contemple el uso del automóvil. (Hace poco mi madre me invitó a subir al suyo para acompañarla a hacer una compra a media cuadra de su oficina.) Así, tardé en asumir que toda distancia inferior a 30 cuadras y que no suponga el uso de vías rápidas puede (y debe) ser recorrida a pie.

Lo que me salvó, de entrada, fue mi gusto por la arquitectura: me gusta ver edificios a detalle mientras recorro mi barrio actual o el de mi infancia. Tener mascota reforzó mi buen comportamiento: él ejercita la fantasía -Ralston se sueña perro volador-, yo las piernas y el corazón. Y a partir de eso comencé a tomarle gusto a caminar con mi mujer (tomados de la mano o, como Marga López y Manolo Fábregas, del brazo y por la calle), o con un amigo (cafés en mano y yo fumando: hay malos hábitos que no se pierden… por fortuna) o, mejor, solo. Camino en solitario para pensar, para consolarme, a veces para evadirme. Camino para huir de la idea recurrente de que mi padre debería caminar y no lo hace, y de que eso me preocupa.

Ojalá lea esto. Ojalá me deje invitarlo a caminar, y caminemos juntos -en duelo de epigramas, como en sus buenos tiempos- todavía muchos años más.

miércoles, enero 19, 2011

"Violencia lamentable y protesta mal encausadas"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 19/01/11)

Al iniciar prácticamente el 2011, el gobierno marinista le dio a los poblanos un pequeño presente: el aumento de un peso al transporte público. Decisión que afecta al bolsillo de cada uno de los usuarios de este servicio. Un aumento a todas luces injustificable, pues el salario mínimo no aumenta de manera significativa y compensatoria.


Estas malas decisiones, provenientes del gobierno que sale, fueron las causantes de que una serie de grupos universitarios y sociales salieran a mostrar su inconformidad en las calles de la Ángelopolis. Hasta aquí estaban haciendo uso de un derecho legítimo y abanderaban una causa justa. Empero, todo se desvirtuó desde el momento en que empezaron a maltratar edificios públicos, comercios y transportes turísticos. A partir de este momento la causa empezaba a perder fuerza y lógica.


Luego vino una densa neblina dentro de esta protesta universitaria. La información es difusa, hay quienes afirman que la marcha iba de paso y que gente de la BUAP fueron a golpearlos sin motivo aparente; otros más aseguran que dichos inconformes, entraron a protestar en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, y entonces se vinieron las agresiones recibidas. Después los afectados decidieron tomar las instalaciones de forma indefinida, para exigir castigo a los culpables y de paso pedir apoyo para su causa. Decisión que provocó una polarización dentro de la comunidad universitaria, pues al impedir el libre tránsito de estudiantes, académicos y personal, así como la realización de clases y demás actividades, se estaba violentando la vida interna de la Facultad.


Luego vinieron las descalificaciones y las especulaciones. Algunos osaron afirmar que el Dr. Palma –Director de la Facultad de Filosofía y Letras- salió a señalar a quiénes deberían de golpear. En cambio, el Dr. Palma junto a las autoridades que integran dicha institución, estuvieron haciendo llamados a la prudencia y al respeto a la democracia, y es que en su inmensa mayoría nadie estaba apoyando la decisión de tomar la Facultad.


Producto del buen trabajo que se está haciendo al interior de dicha Facultad, son los acuerdos que lograron en la reunión del Consejo de Unidad Académica, entre los que destacan: el apoyo y solidaridad a las peticiones de no subir el aumento y conseguir un descuento para la comunidad estudiantil; y la petición a las autoridades de la Universidad, para fincar responsabilidades respecto a las agresiones contra los estudiantes. Con esto, el Dr. Palma y su equipo de trabajo demuestran que están a la altura de las circunstancias y si alguien quiere desestabilizarlos tendrá que hacer más para lograr su cometido.


Estos hechos son preocupantes, pues son resultado del descontento social ante las malas decisiones de los gobiernos. La sociedad ya no aguanta mucho y está a punto de llegar a su límite, sin embargo, eso tampoco justifica que nuestra sociedad se base en la violencia para exigir sus derechos. No podemos como entes sociales lastimar o afectar la vida de los demás. La situación que rodea al país es extrema en cuanto a los temas de violencia e inseguridad. Como poblanos, debemos de evitar ser un Estado más que se une a este estatus.


Y sobre todo, tenemos que recordar dos dichos: Nuestra libertad y derecho termina donde empieza el del otro; y Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

martes, enero 18, 2011

Hendiduras sinápticas (Diario Milenio/Opinión 18/01/11)

Hay alguna relación entre, digamos, Day, el libro que Kenneth Goldsmith publicó en 2003, en el cual transcribe literalmente un número completo del New York Times “palabra por palabra, letra por letra, de la esquina superior izquierda a la esquina inferior derecha, página tras página”, y el número 322 de la revista Quimera, un volumen que, con ayuda de sobrenombres y respetando la disposición tradicional de la publicación mensual, escribió en su totalidad Vicente Luis Mora en 2010? Mi respuesta a esta pregunta es un sonoro sí. De cierta forma. ¿Es posible tender vasos comunicantes entre Postpoesía. Hacia un nuevo Paradigma, el libro que le valió a Agustín Fernández Mallo convertirse en finalista del Premio Anagrama de ensayo en 2009 y, pongamos, el más reciente estudio de la reconocida crítica literaria norteamericana Marjorie Perloff, Unoriginal Genius: Poetry my Other Means in the New Century, en el cual revisa la estética citacional de autores que van de Walter Benjamin hasta Kenneth Goldsmith pasando por T.S. Eliot y Ezra Pound? Mi respuesta, con todas las distancias guardadas del caso, es otro resonante sí. En cierto modo. ¿Se respira un cierto aire de familiaridad entre los trabajos proteicos irreverentes rabiosos lúdicos listísmos hipercontemporáneos de, digamos, Eloy Fernández Porta, desde su Afterpop. La literatura de la implosión mediática, su Homo Sampler. Tiempo y consumo en la era afterpop hasta su ERO$. La superproducción de los afectos, que le valió el Premio Anagrama de Ensayo en el 2010, y las Notes on Conceptualisms de la autora californiana Vanessa Place? Una vez más, mi respuesta es un resonante sí. De cierta manera.


Una serie de reacciones sinápticas atraviesan el Atlántico o, en algunos casos, el Pacífico. Se trata de cargas eléctricas o químicas que, originándose en la célula presináptica, se deslizan por las dentritas de otro idioma hasta encontrar el axón que les permitirá saltar hasta la célula postsináptica. Estoy hablando de un sistema muy nervioso. Estoy hablando de las escrituras de hoy. No se trata de diálogos, en el sentido sensatamente civilizatorio que se le da al término conversación y sus puentes, de serlo, se asemejan más al efímero link, que desaparece en el momento en el que se le presiona, que a la sólida labor de la ingeniería que de otra manera responde al mismo nombre. Aún así, con todo y todo, o por todo y todo, estos libros que vienen de uno y otro lado del océano producen en conjunto una situación semejante a lo que los histólogos denominan como la hendidura sináptica: un canal de unión de la neurona postsináptica que mide aproximadamente 20 nanómetros de ancho, donde ocurre, sin duda, una trasmisión que tiene mucho de salto al abismo. Un riesgo.


Los impulsos nerviosos de esta situación sináptica son sujetos de un mundo de nativos digitales para quienes la muerte del autor ha sido, sobre todo, la muerte del yo lírico, con su carga de individualismo e interioridad, y entre quienes, consecuentemente, campea una idea de escritura que privilegia la composición por sobre la expresión. Si las escrituras de la resistencia de los 80s (entendida ésta en el sentido Adorniano como “la resistencia del poema individual contra el campo cultural de la comodificación capitalista en el que el lenguaje ha llegado a ser meramente instrumental”) pusieron en juego, al decir de Perloff, elementos como una sintáctica distorsionada, una falta de referencialidad programada y la derrota continua de las expectativas del lector en tanto método, a las de estas décadas tempranas del siglo XXI les corresponde una resistencia de suyo distinta. Se trata, sobre todo, de procesos escriturales que privilegian el diálogo “con textos anteriores o textos en otros media, con ´escrituras a través ´o ecfrásis que le permiten al poeta participar de un discurso público más amplio. La invención ha dado lugar a la apropiación, la restricción elaborada, la composición visual y sonora, y la dependencia en la intertextualidad”. Con raíces históricas en el concretismo de mediados del siglo XX, las poéticas oulipianas fundadas en Paris alrededor de la década de los 60s, y formas de escritura exofónica que incluyen aunque no están limitadas a la traducción y el multilingualismo, estas estéticas citacionales, como las denomina Perloff, son sobre todo formas de copiado, reciclaje, y apropiación. La cita o la re-escritura (“con su dialéctica de extirpación e injerto, disyunción y conjunción, su interpenetración entre el origen y la destrucción”) es así, y con mucho, la forma lógica de la escritura en una era de “textos literalmente movibles o transferibles —textos que pueden ser transferidos de un sitio digital a otro, o del papel a la pantalla, que pueden ser apropiados, transformados, o escondidos por toda clase de medios y con toda clase de propósitos”.


Confío en que los resonantes y pluralísimos sí que enuncié en el primer párrafo resuenen todavía en éste último porque lo que sigo tratando de decir es que hay una relación que no es ni directa ni lineal ni argumentativa sino más bien sináptica entre las diatribas teóricas y los trabajos creativos que, hacia finales del XX y en el contexto de una literatura más bien realista, emprendieron un grupo de escritores españoles, y los riesgos estéticos que bajo el rubro de conceptuales siguen ejerciendo una serie de poetas norteamericanos en ambas de sus costas. Tal vez el diálogo más relevante de las escrituras contemporáneas en español no siga las rutas del postcolonialismo del XIX, las cuales iban y siguen yendo de España al continente latinoamericano, y viceversa, ni respete las barreras establecidas por el idioma mismo. Acaso la era digital y sus distintas plataformas han modificado la misma noción de ruta y flujo, transformando el diálogo en una sináptica relación de ventanas que se abren y cierran en un ordenador bilingüe. Es una lástima que los trabajos de unos y otros no circulen todavía en traducción. Me pregunto, con una sonrisa entre perversa y esperanzada, qué ocurrirá con el sistema nervioso de las escrituras de hoy cuando esta sinapsis potencial se lleve finalmente a cabo (por lo que veo, la autora norteamericana más reciente que cita Fernández Porta es Kathy Acker, sin mención todavía para ninguno de los conceptualistas vivos de hoy). Les dejo esta sugerencia aquí a los gestores culturales de este tipo de happenings. Y me retiro pero no sin antes contribuir a la gustada sección de Confesiones Tristísimas: escribo este artículo porque, entre otras cosas y para qué más que la verdad, a mí sí me gustaría presenciar un mano a mano entre Kenny G, el nombre de batalla de Kenneth Goldsmith en su versión DJ, y el DJ que también es Eloy Fernández Porta. De ya disfruto del baile.

lunes, enero 17, 2011

Bolas de sangre (Diario Milenio/Opinión 17/01/11)

Las euforias insomnes


Acometo estas líneas abordo del primero de cuatro aviones en hilera: treinta y tres horas entre México y Melbourne. Es, a su vez, la primera de cuatro travesías soñadas cuyos días se anuncian trepidantes y elásticos. La clase de proyecto que lo desvela a uno desde el mero momento en que lo concibe, pues ya de entrada teme que sea irrealizable y acaso pierde el sueño por el deleite ocioso de darse a imaginarlo igual que un niño. La idea de pasar revista en un mismo año al Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y el US Open parecía no más que un delirio nocturno, pero es precisamente en esos trances que al deseo le gusta intervenir: a saber cuántos niños han llegado a este mundo merced a algún desvelo delirante. Y fue así, coqueteando con una obvia quimera, que aterricé en el alba de un día de septiembre con varias hojas llenas de apuntes y números. Fechas, euros, hoteles, dólares, aerolíneas, libras esterlinas, sumas, restas, razones, proporciones y muchas ganas de estirar la realidad sugerían que aquel proyecto narrativo podía, en una de éstas, no resultar del todo irrealizable.


¿Dormir? ¿Ya para qué? Si de verdad quería ir adelante con aquel despropósito vital, tenía que ir poniendo manos a la obra. No bien dieron las nueve, comencé a hacer llamadas. Aún era temprano para exponer la entraña del proyecto, pero al menos quería sopesar las reacciones que esa idea en principio trasnochada ocasionaba en los amigos a quienes llamé, resuelto a habilitarlos como secuaces. El punto de partida fue el vívido recuerdo de aquel excéntrico canoso y enjuto que muchos años antes solía distinguirse en las tribunas del Estadio Rafael Osuna por combinar sus viejos tenis Converse con una refulgente capa de terciopelo: imposible olvidar la exaltación prolífica y desmesurada del fanático Juan José Arreola, una vez que el partido terminaba y él tomaba el micrófono para narrar sus propios sobresaltos, que eran también los nuestros y ya sólo por eso le devolvían su crédito al azoro. ¿Quién, que recién hubiera presenciado la gesta, no se habría derretido por contarla como cuentan los niños sus fantasías épicas?


Corresponsal de garra


Requería de entrada dos equipos completos de secuaces: uno que me apoyara desde el periódico y otro en la editorial. Buscaba, por un lado, ir adelante con las crónicas tenísticas que había venido pergeñando en las páginas de MILENIO-La Afición, y por el otro dar aliento a un libro dedicado a narrar, desde los ojos infantiles del fanático, los cuatro campeonatos mayores —Grand Slams, que les llaman— a lo largo de uno de estos años míticos, cuando los dos más grandes colosos de la historia del tenis lo reinventan en cada duelo al sol. Uno de esos proyectos que en principio carecen de pies o cabeza, y no obstante se valen de instinto y entusiasmo para anunciar la urgencia que los anima, y aun si no acaba uno de bosquejarlos en cierto modo se figura lo que quiere. Corrijo: lo que necesita. Entre más repasaba la idea, más me aferraba a su necesidad, para pronto entusiasmo de mis aliados. Si en el nombre de la obra ya había consentido pensamiento y palabra, no podía salir con la batea de babas de la omisión: caldo de cultivo para el peor de los arrepentimientos.


“Los torneos mayores son la vara que mide la excelencia en el tenis”, dice L. Jon Wertheim en su libro Strokes of Genius, entregado de la primera a la última página a narrar cada legendaria hora de la final de Wimbledon de 2008 entre Roger Federer y Rafael Nadal. ¿O es que un duelo como ése podía quedarse sin ser contado instante tras instante? He ahí la comezón: poner palabras donde no hay más que golpes; ir detrás la guerra y tropezar de bruces con la garra; expropiar los fluidos secretos del gladiador en turno y ser con él feroz y atrabiliario; leer en la batalla y dejar que el instinto lleve la voz cantante; estirar las fronteras de la realidad allí donde ésta amaga con difuminarse. Nada que no haga uno de manera automática una vez que se ha unido a la matachina y hace suya la angustia sanguinaria del gladiador.


Con hambre de narrar


Rara vez puede uno hablar con algún tino de lo que se ha propuesto relatar por escrito, entre otras cosas porque la gracia de esto consiste en ignorarlo casi completamente. Se maldice en principio ese hueco en la panza que insiste en dilatarse conforme el duelo gana edad y tamaño y uno ya se pregunta si lo que mira puede ser contado (y cómo, y hasta dónde, y a partir de que punto), sólo para después sufrir porque se agota ya el espacio y hay cosas que no puede quedarse sin contar. Hasta donde recuerdo, es una sensación muy similar a la del niño que ha rozado la luna y de pronto no sabe cómo hacer para que ese entusiasmo le salga de los labios sin que el escepticismo de sus mayores dé al traste con su sed de compartir aquello que al cabo del relato parece más soñado que vivido. “¡Qué imaginación tienes!”, comentarían después, en ese tono amable y tan adulto que le partía a uno el corazón y lo dejaba solo frente a la red de su incredulidad.


No envidio a los que saben con pelos y señales lo que van a escribir. Conforme el avión vuela hacia el Pacífico, me digo que al relato de la guerra no se llega con mejores haberes que la amenaza clara de zozobra y la sospecha turbia de que otra vez apuesta por lo irrealizable. Si pudiera, ahora mismo me bajaría de este avión y escaparía hacia la zona de confort más cercana. “¿Eres hombre o ratón?”, me increpaba mi madre siempre que un desafío se revelaba demasiado grande, y yo le respondía, presa de algún alivio avergonzado, que por supuesto seguía siendo ratón. Muchos años más tarde, todavía me pregunto si no se meterá uno en estos bretes con tal de demostrarse lo contrario: he ahí una ocurrencia irrealizable.

jueves, enero 13, 2011

Lo leído en el año 2010

Esta es la lista completa de los libros leídos a lo largo de 2010, entre los destinados para reseñas de mi columna y de la revista Uni-diversidad, así como los leídos por cuenta propia:

1. “Hidalgo. Entre la virtud y el vicio” de Eugenio Aguirre (Novela).

2. “La culpa de México. La invención de un país entre dos guerras” de Pedro Ángel Palou (Ensayo).

3. “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas” de Haruki Murakami (Novela).

4. “A pie” de Luigi Amara (Poesía).

5. “Los anacrónicos y otros cuentos” de Ignacio Padilla (Cuento).

6. “En la llama. Poesía de 1943-1959” de Juan Eduardo Cirlot (Poesía).

7. “El Estado laico y sus malquerientes” de Carlos Monsiváis (Ensayo).

8. “Una autobiografía soterrada” de Sergio Pitol (Memorias/Ensayo).

9. “Luz de luciérnagas” de Edson Lechuga (Novela).

10. “Tongolele y el ombligo de la luna” de Guillermo Samperio (Novela).

11. “Una noche de perros” de Hugh Laurie (Novela).

12. “Historias desconocidas de la Independencia y la Revolución” de Trino (Historieta).

13. “Por cielo, mar y tierra” de Ximena Sánchez Echenique (Novela).

14. “La Castañeda” de Cristina Rivera Garza (Ensayo).

15. “Papeles falsos” de Valeria Luiselli (Ensayo).

16. “El arte de perdurar” de Hugo Hiriart (Ensayo).

17. “La Insurgenta” de Carlos Pascual (Novela).

18. “La vida es un balón redondo” de Vladimir Dimitrijević (Ensayo).

19. “Arte y olvido del terremoto” de Ignacio Padilla (Ensayo).

20. “La isla de las tribus perdidas” de Ignacio Padilla (Ensayo).

21. “Olvidar el futuro” de Agustín Ramos (Novela).

El año 2010 lo terminé e inicie el 2011 leyendo la más reciente novela de Xavier Velasco: “Puedo explicarlo todo”.

martes, enero 11, 2011

El estado sin entrañas/ y II (Diario Milenio/Opinión 11/01/11)

No cabe duda de que los herederos reales, o en todo caso más literales, del priisimo del siglo XX han sido los cárteles del narcotráfico. Usurpando el lenguaje popular de la protesta (desde la manta sesentera hasta su debatible identificación con las capas más desprotegidas de la sociedad) y estableciendo relaciones de clientelismo con ciertas comunidades muy bien elegidas (el intercambio de ciertas mejorías urbanas por apoyo social, por ejemplo), esos empresarios exitosos del mundo globalizado participan de una interpretación del capitalismo como capitalismo descarnado. Si al Estado qué, a ellos menos. Y aquí, justo en esto, el Estado neoliberal y el narco están más que de acuerdo. Si hay que elegir entre la ganancia y el cuerpo, la decisión final será siempre por la ganancia. Confirmando las tesis que Vivine Forrester esgrime en El horror económico, tanto al narco como al Estado neoliberal les queda claro que el trabajo, y el cuerpo humano que llevaba a cabo ese trabajo en el sentido más amplio del término, en el sentido del trabajo como proceso de transformación del mundo y subjetivación de la realidad, ya no es esencial ni para el funcionamiento del capitalismo ni para la sobrevivencia del planeta. Si a ti qué, que se sigan despedazando entre ellos. Los cuerpos.

Releo los oficios que la señorita firmante le envió desde distintos hospitales públicos al gobernador de una zona remota del Estado mexicano allá, hacia mediados de otro siglo. Releo la manera en que la mujer enumera sus dolencias, mostrando sin pudores ficticios y con mucho cuidado el nombre de los órganos de su cuerpo. Los pulmones. Los dientes. Los huesos. Releo la forma en que renuncia a convertirse en cenizas y vuelvo a detenerme, sorprendida. Sólo alguien que vive en un mundo donde el cuerpo ha sido finalmente desbancado por la ganancia podría suspirar de esta manera frente a los nombres internos de un cuerpo. Solamente alguien que ha visto ya demasiadas entrañas sobre las calles—cabezas, dedos, orejas, sangre—podría leer este oficio del dominio público como una carta de amor entre el Estado y la ciudadana. Sólo alguien que ha iniciado la segunda década del siglo XXI con la imagen casi consuetudinaria de un cuerpo colgando, cual péndulo, de un puente peatonal, podría pensar que estos documentos son, en realidad, constancia de una cosa entrañable.

No me conmina la nostalgia, aclaro. No escribo yo ahora alrededor de unos cuantos oficios que inmiscuyen a las entrañas y el contraste escandaloso con la realidad evidente de un estado sin entrañas para invocar un regreso a un mítico pasado donde las cosas se imaginan como mejores o menos crueles. ¡Antes por lo menos no veíamos las cabezas rodando por los suelos! ¡Antes los fotógrafos guardaban las imágenes de los ahorcados para la nota roja y a nadie se le ocurría ponerlas en sociales! Estoy al tanto, cual debe, de que las relaciones, que he optado por denominar como entrañables, que el Estado mexicano estableció justo a inicios de la etapa posrevolucionaria pronto dieron pie a formas de cooptación y subordinación social que en mucho sirvieron para pavimentar el terreno de donde surgiría el Estado neoliberal, ese que ya no tomó “de su parte” el cuidado del cuerpo y, por ende, de la comunidad. Estoy al tanto. Lo que sí quiero escribir hoy, muy a inicios del 2011, justo cuando “una adolescente de 14 años de edad fue encontrada en matorrales del municipio de Zitlala”, según reporta El Universal, o cuando @menosdias, el contador de muertes, reporta en un twit: “Coyuca de Catalán Guerrero 31 de dic 4 hombres murieron durante los últimos minutos de la noche mientras acudían a una fiesta en las canchas”, o cuando se habla en los diarios con desenfado de las más de 30 mil muertes que nos ha costado la así llamada guerra contra el narcotráfico, es que mucho me temo que ningún cambio de gobierno, ninguna reforma en el sistema de justicia, logrará transformar el espectáculo del cuerpo desentrañado hasta que el Estado, que somos una relación encarnada, es decir, una relación viva entre cuerpos, no esté dispuesto a aceptar la responsabilidad que le viene desde el contrato que se estableció a través de la Constitución de 1917. Ante el cínico y criminal “¿Y a mí qué?” de los gobiernos neoliberales, habrá que responderle con las voces de los dolientes de nuestros tiempos: a ti, sobre todo, sí, ciertamente, pero a todos por igual. Los cuerpos son cosa de nuestro cuidado. Las entrañas son materia de nuestra responsabilidad. Los muertos son míos y son tuyos. La responsabilidad del representante del poder ejecutivo es, en efecto, ejecutar, pero ejecutar viene del latín exsecutus, part. pas. de exsequi, que quiere decir consumar, cumplir. Ejecutar no quiere decir matar.

Yo no sé si, en efecto, el cuerpo de la señorita que le escribía oficios al g obernador del territorio norte de la República mexicana fue sepultado o, contra su voluntad, se redujo a cenizas. Lo que me sigue sorprendiendo, y esto en tanto ciudadana de un Estado sin entrañas, es esa correspondencia tan larga entre la paciente-ciudadana y las instancias gubernamentales que, queriéndolo o no, creyendo que era su deber o no, atendieron las peticiones y los reclamos. Esas respuestas que declaraban, a su modo, “a mí sí”. Todo por un cuerpo. Todo por la relación todavía existente, aunque admitidamente imperfecta, entre el cuerpo y el Estado. Todo por las entrañas. Es el olvido del cuerpo, tanto en términos políticos como personales, lo que le abre la puerta a la violencia. Son los ex-humanos los que la atravesarán.

lunes, enero 10, 2011

En memoria de Alicia (Diario Milenio/Opinión 10/01/11)

Ali querida,

Hace años que he querido escribirte esta carta, y es en el peor momento que lo consigo. Hay quien cree que se escribe mejor en la desdicha y ya sólo por eso me dan ganas de escribir esta carta con mala ortografía y peor sintaxis, pero no lo hago porque es para ti, y justo fuiste tú quien me enseñó a esquivar semejantes horrores. No he olvidado el verano que me pasé copiando noticias del periódico —dos planas del cuaderno cada día— y repitiendo luego veinte veces cada una de mis metidas de pata, mientras refunfuñaba porque eran vacaciones y qué tenía de malo que entrara a secundaria escribiendo cajón con g (te ganaba la risa al regañarme cuando lo decía: ¡No seas pelado, Xavier!). Pero ya me adelanto y esta historia comienza más temprano; déjame que reagrupe los recuerdos e intente comenzar por el principio.

Tenías los ojos de un azul profundo. Cuando algo reclamaba tu entusiasmo, era como si adentro centelleara una constelación de soles microscópicos y juntos proyectaran un mediodía chispeante y cristalino capaz de intimidar al más plantado, que es quien al cabo resultó mi padre. Pero voy más atrás, puede que hasta esa foto donde las luces altas entre tus pestañas imponían su ley sobre el sepia reinante y me dejaban verte conquistando ya al mundo desde aquel vestidito con que ibas al colegio de la mano de tu hermano Alfredo. Chícharita, te llamaban el Güero, mi abuela y tu primo Joachi, entre otros, según esto por el resplandor de tus ojos, aunque ahora me pregunto y ya no lo sabré quién de ellos fue el daltónico que conoció los chícharos azules. Era el Güero quien te sacaba con todo y primo del colegio para llevarte de pinta contra tu voluntad, según me asegurabas, y yo voy a morirme sin saber los mejores detalles de aquellas escapadas que tuvieron que ser divertidísimas. ¿O no es cierto, Ali, que a mi abuela le fue más que bastante con verlos bien tostados por el sol para inferir que habían pintado venado? ¿Recuerdas que más tarde, mientras mi abuela los curtía a nalgadas y cuerazos, el Güero le rogaba que le surtiera a él los mandarriazos que te tocaban?

Siempre fuiste inocente, aunque no ingenua. Necesité pulir por años mis mentiras para lograr que te creyeras una, si bien ahora sospecho que en buena parte de ellas te hiciste guaje con tal de no tener que meterte a la fuerza en tu papel de madre y estropear el grandioso momento de llevarme al parque, al cine, a dónde yo quisiera porque tu tiempo siempre lo tuve todo. Nunca existió un hermano que me lo disputara, ni tú mimaste más entretención que dedicarte a mí con fanatismo, y de pronto cumplirme caprichos que tardabas poco tiempo en hacer tuyos. ¿Quién, que no hubiera tenido esos ojazos y ese porte inapelable, habría convencido a mi papá —que como tú era un protector nato— de regalarme no una, sino dos motos? “Ya sabes cómo es”, le argumentaste, “mejor que se haga experto con la suya, a que vaya y se mate en una prestada”.

Perdona, Ali, otra vez me adelanto. Yo quería contar de tu largo noviazgo con mi papá, con esos pleitos épicos que a él lo traían pateando botes por las banquetas y a ti te hacían romper cristales con la mano. Porque eras dura y fuerte cuando había que serlo, y tenías el carácter lo bastante en su sitio para pelear a capa y espada por cuanto era tuyo. Esto es, mi padre y yo: el horizonte de tu corazón. No sé cuántos perritos de porcelana, cajas de chocolates y docenas de flores le habrá costado a él arrebatarte del hogar materno donde eras la princesa cuya madre le servía en la cama el desayuno cada fin de semana (somos, me temo ya, una estirpe de grandes consentidores), pero de sólo verlos bailar estelarmente en medio de sus amigos (les hacían una rueda, gritaban, aplaudían) podía uno asomarse a la pasión añeja que se agitaba atrás. Aunque no tan atrás porque tú nunca fuiste de las que se guardaban los sentimientos, y menos todavía de las que obedecían o agachaban la testa. Nada me reconforta más, cuando debo enfrentar un sujeto al que juzgo mandón e impertinente, que robarte a la letra las palabras a las que recurrías siempre que defendías tu independencia:¡No ha nacido quien me mande, fíjate! Pero al cabo sabías ser tan diplomática que nunca nadie supo, fuera de nuestra casa, cuán gordo te caía que te llamaran Licha.

No he llegado a nosotros todavía y ya el papel comienza a terminársenos. ¿Debería tratar de comenzar por aquellas doce horas tempestuosas, entre la medianoche y el mediodía, tras las cuales salí de ti a este mundo con tres y medio kilos de azoro y desconcierto vacíos de palabras y sin más experiencia que los gritos y lágrimas tuyos y míos? ¿Por aquel cuento del perro y las pulgas con el que cada noche conseguías sacarme las carcajadas, cada vez que una le decía a la otra “mira, ahí va nuestro camión”? ¿Por esas tardes en San Angel Inn, cuando íbamos a pie hasta el río seco sólo para decir hola al changuito que solía balancearse sobre su columpio, sobre la barda de una casa lejana? ¿Debería acaso sacar jugo al papel que nos queda para poner el énfasis en los años difíciles, cuando cargaste sola con el peso y las aflicciones de nosotros tres y con tus puras fuerzas nos sacaste del hoyo? ¿Y si nos acordáramos de ti, cuando joven campeona de más de un concurso de aficionados, cantándonos durante horas de viaje en carretera? ¿O cuando tú y yo fuimos a ver a Frank Sinatra y llegaste a la cama tan emocionada que no dormiste en toda la noche? ¿O de esos lunes en que me reclamabas porque habías leído mi columna y te topaste con varias peladeces? ¿Alguna vez te dije, a todo esto, lo bien que se sentía que al salir del colegio viniera por mí una señora así de guapa y bien plantada? ¿Sabías que tus ojos jamás envejecieron?

Ahora sí, Ali, se termina el papel. Como decías tú, me parte el alma, pero si he decidido escribirte esta carta justo aquí es porque cada lunes aquí nos encontrábamos, y ahora que ya no estás necesito acudir a nuestra cita. Perdonando el abuso, te abrazo con todo mi corazón. Hasta pronto, mi amor.

domingo, enero 09, 2011

La muerte les sienta muy bien-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 08/01/11)

He escrito y publicado crónicas, ensayos, perfiles, reportajes, y cuentos. He pergeñado una obra de teatro que ha visto ya la luz de las candilejas y espero vea un día la del mundo editorial. Y proyecto dedicar mi trabajo de escritura de los próximos años a completar una segunda obra de teatro, un libro de narrativa —ni novela ni cuento sino todo lo contrario (y todo al mismo tiempo)— y, en colaboración ya actuante, un primer guión de cine. Me gusta haber escrito todo lo que he escrito y me gusta la posibilidad de escribir todo lo que todavía quiero escribir. Y, aunque mi talento para ello es nulo —y bien está que tenga conciencia de ello—, me habría gustado escribir poesía. Me gustan, pues, los distintos géneros literarios y periodísticos. Y si bien tengo preferencia por algunos sobre otros, me siento afortunado de haber podido cultivar en los últimos veinte años muchos de ellos.

Supongamos ahora que fuera yo, infausto Fausto, objeto de un pacto siniestro o de un encantamiento malhadado que me obligara a renunciar en lo sucesivo a todos mis proyectos de escritura y me redujera a cultivar, por el resto de mis días productivos, un solo género. No más ensayos ni crónicas, no más guiones ni obras, no más reportajes ni cuentos. ¿Entonces? Entonces me quedaría con el que acaso sea el más vilipendiado de todos —el que rara vez quiere asumir alguien en las redacciones de los periódicos y por tanto suele ser encomendado (corrijo: endilgado) a los más jóvenes— pero que a mí me atrae particularmente, ya sólo porque me parece uno de los únicos dos (el otro, claro, es la novela) que permite hacerse la fantasía delirante de rozar, por una vez, la esencia de un ser humano. Ese género, vestido siempre de luto y rodeado por un halo necesariamente funesto, es la necrología.

Como a cualquiera habitado por una mínima decencia, no me gusta que se muera la gente. No aquella a la que quiero, tampoco aquella a la que admiro sin conocer más que su obra. He de reconocer también que el momento en que creo tener una idea más o menos precisa de quién fue un determinado ser humano no se produce sino hasta después de su muerte, ya sólo porque, por fuerza, no es sino hasta entonces que se completa el trazo del particularísimo y único arabesco que es toda vida. La de un vivo es una historia abierta, sin final, sin resolución: vivo, un héroe puede mutar en villano, un genio en imbécil, un ser de excepción en uno de tantos (y, claro, viceversa). Pero, muerta, una persona es ya lo que fue llamada a ser, y por tanto es posible trazar su retrato si no con todos sus rasgos (nadie, acaso ni siquiera ella misma, podría conocerlos jamás en su totalidad), sí con todos los que están disponibles en términos informativos (tal es la magra materia con que trabaja el redactor de obituarios). Me habría gustado escribir hoy sobre Héctor Mendoza, y agradecerle habernos salvado al teatro mexicano del realismo, la solemnidad y la afectación. O sobre Bobby Farrell, personaje fascinante, famoso en tanto líder aparente de un grupo musical para el que nunca compuso una canción, nunca tocó un instrumento y rara vez cantó. Pero este espacio no es sobre los muertos sino sobre los medios y, así, lo más que puedo es escribir sobre necrologías, y esperar que cada uno de ellos sea objeto de cuando menos una cuyo autor se proponga —empresa vana pero encomiable— comprender quién fue.

Listas de escritores-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 08/01/11)

En el relato “Carcel de árboles”, el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa cuenta la historia de un personaje que ha perdido la memoria y la capacidad de razonar porque le ha sido arrebatada el habla. Está prisionero sin razones claras, encadenado a un árbol, igual que otros cientos de colegas.

Un día, el prisionero encuentra un cuaderno y un lápiz. Aunque no puede hablar, descubre que conserva las facultades de escribir y leer lo que ha escrito. Cada mañana se despierta habiendo olvidado lo que anotó los días anteriores, pero todos los días lo recupera y avanza un paso más en la reconstrucción de un yo demolido.

Como suele suceder con los cuentos de Rey Rosa, en “Cárcel de árboles” el lector nunca tiene claro si lo que está leyendo es una historia moral o no. El relato podría ser leído como una dolorosa meditación sobre la destrucción del lenguaje bajo las dictaduras, pero también podría no tratarse de nada más que de lo que se trata. O ser una reflexión sobre la escritura. Hay una entrada del diario fascinante: “La bandada de pájaros rojos pasó volando sobre la copa de los árboles. El gran ruido que produce la bandada, no el ruido estridente que produce un solo pájaro, ¿quiere decir algo?” El impacto de la frase viene de que es enunciada por un hombre que tal vez sea el único de su grupo bendito por el lenguaje. ¿Algo cambiaría si todos los demás prisioneros, como él, estuvieran escribiendo diarios secretos e impronunciables?

En un artículo sobre los autores que la revista Granta en Español eligió como las promesas de la literatura hispánica para el siglo XXI, el crítico Ignacio Echeverría se metía con la cultura de las listas y la actitud servil de la prensa literaria, que las suele aceptar sin ningún espíritu crítico. Un grupo de sabios se junta, produce una lista y la prensa entrevista a los que la integran, cuelga sus fotos en Internet, les hace un cuestionario genérico. Nadie los lee. Hasta hace muy poco tiempo, el brillo de las generaciones se medía por los resultados que entregaban. Hoy se mide por su pura promesa. La aplicación de técnicas de márqueting a ese producto tan peculiar que es la literatura nos entregó una perla del mundo al revés: no consumimos lo bueno, sino lo que promete serlo.

Es posible que el mercado editorial se haya ampliado tanto que los lectores necesitemos orientes constantes, pero también puede ser, como señala Echeverría, que una institución esté interesada en fijar su marca entre los lectores y para ello convoque a sus sabios y sus escritores. El gobierno colombiano, que gasta muchísimo en posicionar a su país como una opción de desarrollo, fijó su estampa en la lista de “Bogotá39”. Ya nadie recuerda quienes estaban en la lista, porque en realidad nadie los leyó, pero todos saben qué ciudad fue la que dictó el canon. Lo que se posicionó fue la marca, no a los autores.

No creo que las listas sean tan perniciosas como le suelen parecer a los que no están incluidos en ellas: promueven la discusión, impulsan a los escritores jóvenes fuera de sus industrias editoriales nacionales. Es saludable, pero no basta para que el estruendo de la bandada signifique algo. Leer y escribir, como sugiere Rey Rosa, es un ejercicio que supone, en primer término, una disciplina sólo privada de ampliación de la libertad. Si el tiempo dice que hubo un autor o dos en una generación, bien, si dice que hubo una parvada, también. Lo demás, decían Shakespeare y tras él Faulkner, es el sonido y la furia.

martes, enero 04, 2011

El Estado sin entrañas/I (Diario Milenio/Opinión 04/01/11)

El 29 de noviembre de 1939, una joven paciente que escribía desde el “Pabellón 26 M.4 bis, Altos” dirigía un oficio a Rodolfo Faguarda, entonces gobernador del Territorio Norte de Baja California, cuyas oficinas se encontraban en el Palacio de Gobierno de Mexicali, BC. En letra muy bonita, respetando las líneas de los renglones invisibles, la señorita, puesto que así firmaba, le describía en detalle la situación de su salud, que era, al mismo tiempo, la situación de su cuerpo. La situación de sus entrañas.


“En virtud de haber esperado más de un año en reposo en este hospital esperando una curación radical y no pudiendo lograrlo, me ha sugerido el Dr. Jefe de este Pabellón le escriba a Ud, Señor Gobernador, anunciándole que es necesario que yo vuelva a la Baja California, que mi enfermedad no quiere ceder pero tampoco avanza, que los análisis de expectoración están siempre negativos, así como los análisis de sangre, metabolismo basal, también negativos. Por otra parte el clima de este lugar me tiene con gripa y una tos rebelde que tiende a ser asmática, y que a pesar de todo no hay peligro de contagio. En cuando al estómago es una constipación crónica. También las manchas blancas son crónicas… No pudiendo hacer algo de mi parte, le pido a Ud., encarecidamente, tome mi asunto de su parte.”


El Oficial Mayor firmó el acuse de recibo de esta carta el 30 de noviembre del mismo año, archivándola con número 14508 del expediente 852/641.1/856. A lápiz, en los márgenes de la carta original, una mano anónima escribió un día después: “Transcribirlo al C. Secretario de la Asistencia Pública, suplicando le tenga a bien ordenar se atienda a este Gob. informe acerca del estado actual de salud de la enferma así como sobre la necesidad que haya de que deje el Hospital en que se encuentra. Copia a la interesada”.


Un par de meses más tarde, el 17 de febrero de 1940, el Oficial Mayor transcribía un oficio dirigido al C. Secretario General de Gobierno del Territorio Norte, en el que se detallaba el estado de salud de la señorita paciente. De nueva cuenta, los detalles sobre la situación de su cuerpo abundaron: “tos espasmódica, disnea de esfuerzos, constipación crónica”.


La señorita, por otra parte, no cejó en sus empeños. Hacia finales de diciembre, por ejemplo, le informaba al Sr. Gobernador del estado de sus dientes, “que están todos picados, y cuatro muelas que hay que poner”. En otros oficios, algunos desde el sanatorio de Zoquiapan, también se extendía sobre un resfriado o la bronquitis que la había hecho “guardar cama algunas semanas”. Lo primero que llamó mi atención fue un oficio de julio 16, 1941, en el que la señorita firmante le informaba al Sr. Gobernador que pronto la operarían en el Hospital General. “Me van a hacer una operación de plastia, es decir, me van a sacar cuatro costillas, probablemente me la harán pronto. Como yo no podré avisarle luego del resultado, suplico a Usted Señor Gobernador encarecidamente; me haga favor de informarse en Asistencia Pública de esta capital sobre mi estado de salud. Dios quiera que quede con vida y salud. Yo no tengo deseos de que me operen. También no quisiera que hicieran autopsia de mi cuerpo después de muerta. Pido a Usted Señor Gobernador interceda por mí con su valiosa influencia, que me den sepultura en algún Pabellón, sin que mi cuerpo lo reduzcan a cenizas”.


La correspondencia entre la señorita firmante y las distintas instancias del Estado, tanto a nivel estatal como federal, es más larga y, con toda seguridad, requiere de un análisis más cuidadoso. Pero me detengo aquí, donde dio inicio el estupor y, luego entonces, el interés, porque es justo aquí que aparece una y otra vez, con justificado temor, y acaso injustificada confianza, el tema del destino de su cuerpo. El reposo final de sus entrañas. Al entender de una mujer de avanzada edad y sin familia a la cual recurrir, ese destino final no era ni una cuestión menor ni meramente personal en sentido estricto. Sus entrañas eran una cuestión de Estado.


Si hay que creerle a los historiadores sociales, mucho de lo escrito hacia y desde el Estado mexicano de finales del siglo XIX se hizo con el lenguaje de la medicina. Ya como urbanistas de hecho o como legisladores de oficio, los médicos no sólo auscultaron el cuerpo social, sino que también atrajeron los cuerpos de los ciudadanos hacia la camilla, tanto figurativa como real, del Estado. Nombrar el cuerpo, sobre todo ese interior del cuerpo al que denominamos entraña, fue uno de los pasos que primero se cuentan en las triunfantes historias de la profesionalización de la medicina y varias de sus ramas (la psiquiatría entre ellas, pero también la ginecología). El sistema de hospitales públicos que formó parte importante de la estructura de los gobiernos posrevolucionarios no hizo sino aumentar la relación entrañable del Estado con la ciudadanía. Que la relación entre el Estado y el ciudadano era entrañable para ambas partes es lo que se trasmina, y es tal vez lo que más impresiona, en los oficios de la señorita firmante: la certeza, ya fuera real o ficticia, ya de facto o buscada, de que el cuidado y el destino de su cuerpo era, en efecto, una cuestión de Estado.


Pienso en los numerosos oficios que la Señorita firmante le dirigió al Señor Gobernador y en los numerosos acuses de recibo y respuestas transcritas que fueron emitidas desde la oficina de ese Señor Gobernador mientras veo la fotografía del cuerpo de una mujer que pende, ahorcada, de un puente peatonal en Monterrey, Nuevo León. Es el último día de 2010 y hay algo, además del cuello de la mujer, definitivamente roto en esa imagen. Hace ya mucho que los gobiernos de la posrevolución dieron lugar a los del Estado benefactor y, éstos, a los del Estado neoliberal. ¿Hace cuánto fue que Fox dijo, famosa o infamemente según sea el color de la camiseta del que recuerde, “¿y a mí qué?”. En la atroz realidad que se resume en esa frase yace parte de la explicación de la creciente violencia que desde y contra el cuerpo se ejerce en el México de nuestros días. Cuando el Estado neoliberal dejó de lado su responsabilidad con respecto a los cuerpos de sus ciudadanos, cuando dejó de “tomar de su parte” el cuidado de su salud y el bienestar de sus comunidades, se fue deshaciendo poco a poco, pero de manera ineluctable, la relación que se había establecido con y desde la ciudadanía a partir de los inicios del siglo XX. La impunidad de un sistema de justicia a ineficiente y corrupto sólo ha ido confirmando el fundamental desapego y la brutal indiferencia de un Estado que sólo se concibe a sí mismo como un sistema administrativo y no como una relación de gobierno. Ésta es, pues, mi hipótesis: el Estado neoliberal, hasta ahora dominado por gobiernos panistas, pero de ninguna manera limitado a esa tendencia partidista, no ha establecido relaciones de mala entraña con la ciudadanía, sino algo todavía a la vez peor y más escalofriante: el Estado neoliberal estableció desde sus orígenes relaciones sin entraña con sus ciudadanos. La así llamada guerra contra el narcotráfico, que no es otra cosa sino una guerra contra la ciudadanía, ha catapultado ciertamente el espectáculo de los cuerpos desentrañados tanto en las ciudades como en el campo, pero de otra manera no ha hecho sino llevar a su lógica consecuencia la respuesta a la cínica pregunta foxiana: si a ti qué, a mí menos. Y ahí está como prueba, entre otros tantos casos, el del cuerpo de la mujer que cuelga del puente peatonal que va de la primera a la segunda década del siglo XXI.

lunes, enero 03, 2011

El tirano obediente (Diario Milenio/Opinión 03/01/11)

Hasta hace pocos días, el soflamero Mahmoud Ahmadineyad era el héroe de los antisemitas. Hoy es hazmerreír de medio mundo.


1. Perdónanos, Mahmoud


Pobre Ahmadineyad. Entre más lo imagino, peor me siento. Luego de tantos años de bravatas y desplantes que casi le ganaban el anhelado grado de dictador, viene el mundo a enterarse de que Alí Jafari, mandamás de la Guardia Revolucionaria iraní, lo abofeteó delante de sus secuaces por tener la osadía de proponer más libertades para los iraníes, incluida la de prensa. “La gente se siente asfixiada”, tal parece que dijo, muy a puerta cerrada, pero tampoco tanto para librarse del sopapo ejemplar. “¡Estás equivocado!”, le gritó Jafari, y ya se sabe el precio que entre ciertos mulás alcanzan los errores. De manera que si antes lo imaginamos repartiendo varazos entre los libertarios, no queda hoy más opción que perfilarlo como aquel hombrecillo cuyos hilos se mueven merced a voluntades siempre más grandes que la suya. Y helo ahí, día tras día, poniendo su carota de beatito silvestre por ideas y decisiones ajenas, perdiendo los comicios por esas causas, maquinando la estafa consecuente, reprimiendo las voces inconformes y aguantando la vara del público descrédito.


Más allá de la risas de sus malquerientes —ahora mismo, sus censores cibernáuticos se aplican a callar los accesos al chisme de la bofetada: la clásica estrategia contraproducente— debe de provocarle al sufrido Mahmoud una oscura vergüenza que sus grandes aliados afuera de Irán, tipos duros a los que nadie contradice, no puedan evitar mirarlo como el regañado de la pandilla. Mientras Chávez y los hermanos Castro hacen cuanto se les antoja sin mejor valedor que sus agallas, él debe obedecer a sus superiores al pie de la letra, y éstos en un descuido lo andan cacheteando. ¿Quién no tuvo, en sus años adolescentes, un amiguito siempre regañado que hasta para asomarse a la ventana tenía que pedir permiso a sus papás? Y lo triste del caso es que Mahmoud ya pasa de la cincuentena, edad en la que nadie soporta de buen grado que le zorrajen un soplamocos, y menos que se entere todo el mundo. ¿Sería extravagante, a estas alturas, preguntarse si lo eligieron precisamente a él porque jamás se cansa de hacer papelones?


2. La alcoba es el diván


Su nombre es Iris Bahr. Nacida en Nueva York y emigrada a Israel a los trece años, abandonó el ejército con grado de sargento y se embarcó en un largo viaje por el continente asiático, de cuyas incidencias entre desternillantes y espeluznantes da cuenta en su libro Puta bruta (Dork Whore), donde busca y encuentra diferentes variables de sexo atormentado, cada una bastante para hacer chistes duros a sus propias costillas. “No conozco el olor del esperma”, confiesa en el inicio de la jornada, “porque estoy demasiado ocupada tragándomelo”.


Graduada con honores en neuro-psicología, Iris Bahr pasó un tiempo llevando a cabo estudios avanzados sobre neurología y oncología, pero al fin decidióse por el teatro: una honda vocación que había sobrevivido a sus bandazos, y que incluía tanto la actuación como la dramaturgia. Fue así la misma Iris quien escribió y estelarizó DAI (Suficiente), una pieza donde interpreta los papeles de once mujeres distintas, poco antes de que un terrorista suicida se aparezca y haga volar el sitio en pedazos. Con esas credenciales, apenas ya parece sorprendente que Iris Bahr sea hoy actriz, guionista y directora de la serie Svetlana, de HDNet, donde encarna a una prostituta y proxeneta rusa radicada en Estados Unidos. Descarnada, sardónica e irreprochablemente profesional, Svetlana administra su Casa San Petersburgo de placeres discretos, donde recibe a clientes de los más variopintos credos, razas y estratos, habituados a una prostitución doméstica y ya mero familiar, de repente lindante con la terapia. En el primer capítulo, se la ve negociar en el teléfono con un cliente sin duda difícil, y luego discutir con su chofer porque le ha dado cita en su día libre. Poco más tarde, con los auxilios de un intérprete que está tieso y de pie junto a la cama, Svetlana conforta al señorón, que se queja de no poder ejercer sus poderes y trabajar al fin como un pelele. “¡Otra burka!”, se queja Svetlana no bien abre el regalo que el cliente le trajo, y hasta entonces sabemos, ya entre risotadas, que ese bulto en la cama corresponde a Mahmoud Ahmadineyad.


3. Lo que diga mi mulá


Tienen ese prestigio las profesionales del colchón: el de ser comprensivas como nadie. De ahí que meses antes de enterarnos de aquella bofetada memorable, muchos espectadores ya compadeciéramos al atribulado mandatario persa. Eso de que le llamen así, mandatario, cuando el infeliz no hace más que obedecer, suena un poco a sarcasmo y sin duda desgasta la autoestima de un hombre que cada vez que puede fustiga con dureza a sus adversarios y anuncia el exterminio de Israel. No ha realizado, pues, Iris Bahr un ejercicio meramente humorístico al retratar al líder compartiendo sus frustraciones en la alcoba, y hasta vale decir que le ha hecho un gran favor, por más que el inocente no se entere y acaso los archivos al respecto terminen olvidados en alguna gaveta del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Supresión del Vicio.


¿Quién, que detente el más alto cargo político de su país y aun así reciba cachetadas, no precisa de alguna terapia de alcoba? Se entiende así que en episodios posteriores de Svetlana se presenten clientes tan conspicuos como el Dalai Lama, pues al fin dar la cara, vivir de dar la cara, es un trabajo duro que requiere de dosis altas de comprensión. Si el beatito Mahmoud, y en especial sus culiprietos superiores, insisten en el tema de la pureza, Iris Bahr los exhibe en su carencia más escandalosa, si antes que puritanos o autoritarios se trata de unos tristes malcogidos. “¡Eres tú quien ha creado este caso! ¿Y encima dices que le demos más libertad a la prensa?”, avasalló a Mahmoud aquella vez el duro Alí Jafari, y ahora que todo el mundo se enteró no le ha quedado más al pobre presidente que echar la culpa a “algún departamento del gobierno estadunidense” por la producción de esos documentos. Por eso digo, pobre Ahmadineyad.

miércoles, diciembre 29, 2010

Educación o narcoinsurgencia-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 29/12/10)

Según la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales dada a conocer por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el panorama educativo en México resulta francamente aterrador: 73 por ciento de los encuestados no ha leído un libro en el último año, 57 por ciento no pisó una librería, 79 por ciento no adquirió un libro y peor aún: casi la cuarta parte de los encuestados reconoció no tener un libro en su casa. Esto significa que 26 millones de mexicanos o poco más de 6 millones de hogares ¡no cuentan siquiera con un diccionario ni con una Biblia en casa!

¿Ese es el buen camino por el que va nuestro país en materia educativa, como asegura el secretario del ramo?

Estos datos corroboran el fracaso del modelo educativo implementado por los gobiernos panistas y documentan desde otra perspectiva los más recientes resultados de la prueba PISA aplicada en nuestro país. En esa evaluación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos se señala que 46 por ciento de nuestros jóvenes examinados cuentan con un grado insuficiente de aprendizaje, es decir, que sólo identifican ideas sencillas en los textos, que nuestras habilidades científicas son limitadas y que los alumnos sólo pueden resolver operaciones matemáticas rudimentarias. ¿De verdad vamos por buen camino en materia educativa?

Cuando hace años Octavio Paz escribió que no había intelectuales en el Partido Acción Nacional no entendí cabalmente lo que eso significaba. Lo entendí, cuando ese partido llegó al poder: cuando las hordas fascistoides de sus bases se empoderaron y empezaron a quemar libros de texto en la plaza pública, cuando sus funcionarios de primer nivel intentaron prohibir novelas de García Márquez y Carlos Fuentes, o cuando desaparecieron la filosofía de los planes de estudio del bachillerato.

El analfabetismo funcional de distinguidos miembros de ese partido va más allá de un anecdótico Vicente Fox diciendo Borgues por Borges o de una Marta Sahagún hablándonos de la Rabina Gran Tagora en lugar del celebérrimo autor de El hogar y el mundo. Es una política de Estado que atenta contra el sistema educativo mismo; que vulnera profundamente el desarrollo económico del país y el futuro de varias generaciones.

Según la tendencia del crecimiento poblacional estamos perdiendo nuestro llamado bono demográfico por la migración de algunos de nuestros mejores jóvenes, por no encontrar trabajo en el país y porque cada día nuestra población es más longeva. ¿Cuántos jóvenes se necesitarán para cubrir una cada vez más abultada nómina de jubilados? ¿Cuántas fuentes de trabajo debería procurar el equipo gobernante para evitar esa encrucijada que se avecina? ¿La narcoinsurgencia será el único horizonte laboral para muchos jóvenes en el futuro?

El rector José Narro ha dicho que si se han hecho rescates bancarios y carreteros deberíamos hacer un rescate social mediante la educación. El milagro económico de los Tigres de Asia y el de una Alemania destruida por la guerra y que es hoy el motor económico de Europa es la educación. Además, la enseñanza es el mejor antídoto contra el crimen organizado y la única forma lícita para generar riqueza.

Ojalá que los datos de la encuesta sobre hábitos culturales y los más recientes resultados de la prueba PISA en nuestro país ayuden a perfilar una positiva política de Estado en materia educativa: menos pomposa y más productiva, más cerca de las necesidades del país que de las políticas de los partidos, más cerca de la gente que de los sindicatos, más apoyada en los clásicos (los libros más baratos del mercado) que en los best sellers, más centrada en los libros rudimentarios que en los e-book, en fomentar el gusto por la arqueología más que por los espectáculos de luz y sonido en zonas arqueológicas. Los productos milagro en materia educativa más que un engaño o un buen negocio para algunos, es un crimen social. La reforma educativa de India es un ejemplo de lo que se puede hacer, la emprendida por Brasil es otro. ¿Comenzará este rescate social mediante la educación hasta que concluya esta administración panista?