lunes, enero 10, 2011

En memoria de Alicia (Diario Milenio/Opinión 10/01/11)

Ali querida,

Hace años que he querido escribirte esta carta, y es en el peor momento que lo consigo. Hay quien cree que se escribe mejor en la desdicha y ya sólo por eso me dan ganas de escribir esta carta con mala ortografía y peor sintaxis, pero no lo hago porque es para ti, y justo fuiste tú quien me enseñó a esquivar semejantes horrores. No he olvidado el verano que me pasé copiando noticias del periódico —dos planas del cuaderno cada día— y repitiendo luego veinte veces cada una de mis metidas de pata, mientras refunfuñaba porque eran vacaciones y qué tenía de malo que entrara a secundaria escribiendo cajón con g (te ganaba la risa al regañarme cuando lo decía: ¡No seas pelado, Xavier!). Pero ya me adelanto y esta historia comienza más temprano; déjame que reagrupe los recuerdos e intente comenzar por el principio.

Tenías los ojos de un azul profundo. Cuando algo reclamaba tu entusiasmo, era como si adentro centelleara una constelación de soles microscópicos y juntos proyectaran un mediodía chispeante y cristalino capaz de intimidar al más plantado, que es quien al cabo resultó mi padre. Pero voy más atrás, puede que hasta esa foto donde las luces altas entre tus pestañas imponían su ley sobre el sepia reinante y me dejaban verte conquistando ya al mundo desde aquel vestidito con que ibas al colegio de la mano de tu hermano Alfredo. Chícharita, te llamaban el Güero, mi abuela y tu primo Joachi, entre otros, según esto por el resplandor de tus ojos, aunque ahora me pregunto y ya no lo sabré quién de ellos fue el daltónico que conoció los chícharos azules. Era el Güero quien te sacaba con todo y primo del colegio para llevarte de pinta contra tu voluntad, según me asegurabas, y yo voy a morirme sin saber los mejores detalles de aquellas escapadas que tuvieron que ser divertidísimas. ¿O no es cierto, Ali, que a mi abuela le fue más que bastante con verlos bien tostados por el sol para inferir que habían pintado venado? ¿Recuerdas que más tarde, mientras mi abuela los curtía a nalgadas y cuerazos, el Güero le rogaba que le surtiera a él los mandarriazos que te tocaban?

Siempre fuiste inocente, aunque no ingenua. Necesité pulir por años mis mentiras para lograr que te creyeras una, si bien ahora sospecho que en buena parte de ellas te hiciste guaje con tal de no tener que meterte a la fuerza en tu papel de madre y estropear el grandioso momento de llevarme al parque, al cine, a dónde yo quisiera porque tu tiempo siempre lo tuve todo. Nunca existió un hermano que me lo disputara, ni tú mimaste más entretención que dedicarte a mí con fanatismo, y de pronto cumplirme caprichos que tardabas poco tiempo en hacer tuyos. ¿Quién, que no hubiera tenido esos ojazos y ese porte inapelable, habría convencido a mi papá —que como tú era un protector nato— de regalarme no una, sino dos motos? “Ya sabes cómo es”, le argumentaste, “mejor que se haga experto con la suya, a que vaya y se mate en una prestada”.

Perdona, Ali, otra vez me adelanto. Yo quería contar de tu largo noviazgo con mi papá, con esos pleitos épicos que a él lo traían pateando botes por las banquetas y a ti te hacían romper cristales con la mano. Porque eras dura y fuerte cuando había que serlo, y tenías el carácter lo bastante en su sitio para pelear a capa y espada por cuanto era tuyo. Esto es, mi padre y yo: el horizonte de tu corazón. No sé cuántos perritos de porcelana, cajas de chocolates y docenas de flores le habrá costado a él arrebatarte del hogar materno donde eras la princesa cuya madre le servía en la cama el desayuno cada fin de semana (somos, me temo ya, una estirpe de grandes consentidores), pero de sólo verlos bailar estelarmente en medio de sus amigos (les hacían una rueda, gritaban, aplaudían) podía uno asomarse a la pasión añeja que se agitaba atrás. Aunque no tan atrás porque tú nunca fuiste de las que se guardaban los sentimientos, y menos todavía de las que obedecían o agachaban la testa. Nada me reconforta más, cuando debo enfrentar un sujeto al que juzgo mandón e impertinente, que robarte a la letra las palabras a las que recurrías siempre que defendías tu independencia:¡No ha nacido quien me mande, fíjate! Pero al cabo sabías ser tan diplomática que nunca nadie supo, fuera de nuestra casa, cuán gordo te caía que te llamaran Licha.

No he llegado a nosotros todavía y ya el papel comienza a terminársenos. ¿Debería tratar de comenzar por aquellas doce horas tempestuosas, entre la medianoche y el mediodía, tras las cuales salí de ti a este mundo con tres y medio kilos de azoro y desconcierto vacíos de palabras y sin más experiencia que los gritos y lágrimas tuyos y míos? ¿Por aquel cuento del perro y las pulgas con el que cada noche conseguías sacarme las carcajadas, cada vez que una le decía a la otra “mira, ahí va nuestro camión”? ¿Por esas tardes en San Angel Inn, cuando íbamos a pie hasta el río seco sólo para decir hola al changuito que solía balancearse sobre su columpio, sobre la barda de una casa lejana? ¿Debería acaso sacar jugo al papel que nos queda para poner el énfasis en los años difíciles, cuando cargaste sola con el peso y las aflicciones de nosotros tres y con tus puras fuerzas nos sacaste del hoyo? ¿Y si nos acordáramos de ti, cuando joven campeona de más de un concurso de aficionados, cantándonos durante horas de viaje en carretera? ¿O cuando tú y yo fuimos a ver a Frank Sinatra y llegaste a la cama tan emocionada que no dormiste en toda la noche? ¿O de esos lunes en que me reclamabas porque habías leído mi columna y te topaste con varias peladeces? ¿Alguna vez te dije, a todo esto, lo bien que se sentía que al salir del colegio viniera por mí una señora así de guapa y bien plantada? ¿Sabías que tus ojos jamás envejecieron?

Ahora sí, Ali, se termina el papel. Como decías tú, me parte el alma, pero si he decidido escribirte esta carta justo aquí es porque cada lunes aquí nos encontrábamos, y ahora que ya no estás necesito acudir a nuestra cita. Perdonando el abuso, te abrazo con todo mi corazón. Hasta pronto, mi amor.

domingo, enero 09, 2011

La muerte les sienta muy bien-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 08/01/11)

He escrito y publicado crónicas, ensayos, perfiles, reportajes, y cuentos. He pergeñado una obra de teatro que ha visto ya la luz de las candilejas y espero vea un día la del mundo editorial. Y proyecto dedicar mi trabajo de escritura de los próximos años a completar una segunda obra de teatro, un libro de narrativa —ni novela ni cuento sino todo lo contrario (y todo al mismo tiempo)— y, en colaboración ya actuante, un primer guión de cine. Me gusta haber escrito todo lo que he escrito y me gusta la posibilidad de escribir todo lo que todavía quiero escribir. Y, aunque mi talento para ello es nulo —y bien está que tenga conciencia de ello—, me habría gustado escribir poesía. Me gustan, pues, los distintos géneros literarios y periodísticos. Y si bien tengo preferencia por algunos sobre otros, me siento afortunado de haber podido cultivar en los últimos veinte años muchos de ellos.

Supongamos ahora que fuera yo, infausto Fausto, objeto de un pacto siniestro o de un encantamiento malhadado que me obligara a renunciar en lo sucesivo a todos mis proyectos de escritura y me redujera a cultivar, por el resto de mis días productivos, un solo género. No más ensayos ni crónicas, no más guiones ni obras, no más reportajes ni cuentos. ¿Entonces? Entonces me quedaría con el que acaso sea el más vilipendiado de todos —el que rara vez quiere asumir alguien en las redacciones de los periódicos y por tanto suele ser encomendado (corrijo: endilgado) a los más jóvenes— pero que a mí me atrae particularmente, ya sólo porque me parece uno de los únicos dos (el otro, claro, es la novela) que permite hacerse la fantasía delirante de rozar, por una vez, la esencia de un ser humano. Ese género, vestido siempre de luto y rodeado por un halo necesariamente funesto, es la necrología.

Como a cualquiera habitado por una mínima decencia, no me gusta que se muera la gente. No aquella a la que quiero, tampoco aquella a la que admiro sin conocer más que su obra. He de reconocer también que el momento en que creo tener una idea más o menos precisa de quién fue un determinado ser humano no se produce sino hasta después de su muerte, ya sólo porque, por fuerza, no es sino hasta entonces que se completa el trazo del particularísimo y único arabesco que es toda vida. La de un vivo es una historia abierta, sin final, sin resolución: vivo, un héroe puede mutar en villano, un genio en imbécil, un ser de excepción en uno de tantos (y, claro, viceversa). Pero, muerta, una persona es ya lo que fue llamada a ser, y por tanto es posible trazar su retrato si no con todos sus rasgos (nadie, acaso ni siquiera ella misma, podría conocerlos jamás en su totalidad), sí con todos los que están disponibles en términos informativos (tal es la magra materia con que trabaja el redactor de obituarios). Me habría gustado escribir hoy sobre Héctor Mendoza, y agradecerle habernos salvado al teatro mexicano del realismo, la solemnidad y la afectación. O sobre Bobby Farrell, personaje fascinante, famoso en tanto líder aparente de un grupo musical para el que nunca compuso una canción, nunca tocó un instrumento y rara vez cantó. Pero este espacio no es sobre los muertos sino sobre los medios y, así, lo más que puedo es escribir sobre necrologías, y esperar que cada uno de ellos sea objeto de cuando menos una cuyo autor se proponga —empresa vana pero encomiable— comprender quién fue.

Listas de escritores-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 08/01/11)

En el relato “Carcel de árboles”, el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa cuenta la historia de un personaje que ha perdido la memoria y la capacidad de razonar porque le ha sido arrebatada el habla. Está prisionero sin razones claras, encadenado a un árbol, igual que otros cientos de colegas.

Un día, el prisionero encuentra un cuaderno y un lápiz. Aunque no puede hablar, descubre que conserva las facultades de escribir y leer lo que ha escrito. Cada mañana se despierta habiendo olvidado lo que anotó los días anteriores, pero todos los días lo recupera y avanza un paso más en la reconstrucción de un yo demolido.

Como suele suceder con los cuentos de Rey Rosa, en “Cárcel de árboles” el lector nunca tiene claro si lo que está leyendo es una historia moral o no. El relato podría ser leído como una dolorosa meditación sobre la destrucción del lenguaje bajo las dictaduras, pero también podría no tratarse de nada más que de lo que se trata. O ser una reflexión sobre la escritura. Hay una entrada del diario fascinante: “La bandada de pájaros rojos pasó volando sobre la copa de los árboles. El gran ruido que produce la bandada, no el ruido estridente que produce un solo pájaro, ¿quiere decir algo?” El impacto de la frase viene de que es enunciada por un hombre que tal vez sea el único de su grupo bendito por el lenguaje. ¿Algo cambiaría si todos los demás prisioneros, como él, estuvieran escribiendo diarios secretos e impronunciables?

En un artículo sobre los autores que la revista Granta en Español eligió como las promesas de la literatura hispánica para el siglo XXI, el crítico Ignacio Echeverría se metía con la cultura de las listas y la actitud servil de la prensa literaria, que las suele aceptar sin ningún espíritu crítico. Un grupo de sabios se junta, produce una lista y la prensa entrevista a los que la integran, cuelga sus fotos en Internet, les hace un cuestionario genérico. Nadie los lee. Hasta hace muy poco tiempo, el brillo de las generaciones se medía por los resultados que entregaban. Hoy se mide por su pura promesa. La aplicación de técnicas de márqueting a ese producto tan peculiar que es la literatura nos entregó una perla del mundo al revés: no consumimos lo bueno, sino lo que promete serlo.

Es posible que el mercado editorial se haya ampliado tanto que los lectores necesitemos orientes constantes, pero también puede ser, como señala Echeverría, que una institución esté interesada en fijar su marca entre los lectores y para ello convoque a sus sabios y sus escritores. El gobierno colombiano, que gasta muchísimo en posicionar a su país como una opción de desarrollo, fijó su estampa en la lista de “Bogotá39”. Ya nadie recuerda quienes estaban en la lista, porque en realidad nadie los leyó, pero todos saben qué ciudad fue la que dictó el canon. Lo que se posicionó fue la marca, no a los autores.

No creo que las listas sean tan perniciosas como le suelen parecer a los que no están incluidos en ellas: promueven la discusión, impulsan a los escritores jóvenes fuera de sus industrias editoriales nacionales. Es saludable, pero no basta para que el estruendo de la bandada signifique algo. Leer y escribir, como sugiere Rey Rosa, es un ejercicio que supone, en primer término, una disciplina sólo privada de ampliación de la libertad. Si el tiempo dice que hubo un autor o dos en una generación, bien, si dice que hubo una parvada, también. Lo demás, decían Shakespeare y tras él Faulkner, es el sonido y la furia.

martes, enero 04, 2011

El Estado sin entrañas/I (Diario Milenio/Opinión 04/01/11)

El 29 de noviembre de 1939, una joven paciente que escribía desde el “Pabellón 26 M.4 bis, Altos” dirigía un oficio a Rodolfo Faguarda, entonces gobernador del Territorio Norte de Baja California, cuyas oficinas se encontraban en el Palacio de Gobierno de Mexicali, BC. En letra muy bonita, respetando las líneas de los renglones invisibles, la señorita, puesto que así firmaba, le describía en detalle la situación de su salud, que era, al mismo tiempo, la situación de su cuerpo. La situación de sus entrañas.


“En virtud de haber esperado más de un año en reposo en este hospital esperando una curación radical y no pudiendo lograrlo, me ha sugerido el Dr. Jefe de este Pabellón le escriba a Ud, Señor Gobernador, anunciándole que es necesario que yo vuelva a la Baja California, que mi enfermedad no quiere ceder pero tampoco avanza, que los análisis de expectoración están siempre negativos, así como los análisis de sangre, metabolismo basal, también negativos. Por otra parte el clima de este lugar me tiene con gripa y una tos rebelde que tiende a ser asmática, y que a pesar de todo no hay peligro de contagio. En cuando al estómago es una constipación crónica. También las manchas blancas son crónicas… No pudiendo hacer algo de mi parte, le pido a Ud., encarecidamente, tome mi asunto de su parte.”


El Oficial Mayor firmó el acuse de recibo de esta carta el 30 de noviembre del mismo año, archivándola con número 14508 del expediente 852/641.1/856. A lápiz, en los márgenes de la carta original, una mano anónima escribió un día después: “Transcribirlo al C. Secretario de la Asistencia Pública, suplicando le tenga a bien ordenar se atienda a este Gob. informe acerca del estado actual de salud de la enferma así como sobre la necesidad que haya de que deje el Hospital en que se encuentra. Copia a la interesada”.


Un par de meses más tarde, el 17 de febrero de 1940, el Oficial Mayor transcribía un oficio dirigido al C. Secretario General de Gobierno del Territorio Norte, en el que se detallaba el estado de salud de la señorita paciente. De nueva cuenta, los detalles sobre la situación de su cuerpo abundaron: “tos espasmódica, disnea de esfuerzos, constipación crónica”.


La señorita, por otra parte, no cejó en sus empeños. Hacia finales de diciembre, por ejemplo, le informaba al Sr. Gobernador del estado de sus dientes, “que están todos picados, y cuatro muelas que hay que poner”. En otros oficios, algunos desde el sanatorio de Zoquiapan, también se extendía sobre un resfriado o la bronquitis que la había hecho “guardar cama algunas semanas”. Lo primero que llamó mi atención fue un oficio de julio 16, 1941, en el que la señorita firmante le informaba al Sr. Gobernador que pronto la operarían en el Hospital General. “Me van a hacer una operación de plastia, es decir, me van a sacar cuatro costillas, probablemente me la harán pronto. Como yo no podré avisarle luego del resultado, suplico a Usted Señor Gobernador encarecidamente; me haga favor de informarse en Asistencia Pública de esta capital sobre mi estado de salud. Dios quiera que quede con vida y salud. Yo no tengo deseos de que me operen. También no quisiera que hicieran autopsia de mi cuerpo después de muerta. Pido a Usted Señor Gobernador interceda por mí con su valiosa influencia, que me den sepultura en algún Pabellón, sin que mi cuerpo lo reduzcan a cenizas”.


La correspondencia entre la señorita firmante y las distintas instancias del Estado, tanto a nivel estatal como federal, es más larga y, con toda seguridad, requiere de un análisis más cuidadoso. Pero me detengo aquí, donde dio inicio el estupor y, luego entonces, el interés, porque es justo aquí que aparece una y otra vez, con justificado temor, y acaso injustificada confianza, el tema del destino de su cuerpo. El reposo final de sus entrañas. Al entender de una mujer de avanzada edad y sin familia a la cual recurrir, ese destino final no era ni una cuestión menor ni meramente personal en sentido estricto. Sus entrañas eran una cuestión de Estado.


Si hay que creerle a los historiadores sociales, mucho de lo escrito hacia y desde el Estado mexicano de finales del siglo XIX se hizo con el lenguaje de la medicina. Ya como urbanistas de hecho o como legisladores de oficio, los médicos no sólo auscultaron el cuerpo social, sino que también atrajeron los cuerpos de los ciudadanos hacia la camilla, tanto figurativa como real, del Estado. Nombrar el cuerpo, sobre todo ese interior del cuerpo al que denominamos entraña, fue uno de los pasos que primero se cuentan en las triunfantes historias de la profesionalización de la medicina y varias de sus ramas (la psiquiatría entre ellas, pero también la ginecología). El sistema de hospitales públicos que formó parte importante de la estructura de los gobiernos posrevolucionarios no hizo sino aumentar la relación entrañable del Estado con la ciudadanía. Que la relación entre el Estado y el ciudadano era entrañable para ambas partes es lo que se trasmina, y es tal vez lo que más impresiona, en los oficios de la señorita firmante: la certeza, ya fuera real o ficticia, ya de facto o buscada, de que el cuidado y el destino de su cuerpo era, en efecto, una cuestión de Estado.


Pienso en los numerosos oficios que la Señorita firmante le dirigió al Señor Gobernador y en los numerosos acuses de recibo y respuestas transcritas que fueron emitidas desde la oficina de ese Señor Gobernador mientras veo la fotografía del cuerpo de una mujer que pende, ahorcada, de un puente peatonal en Monterrey, Nuevo León. Es el último día de 2010 y hay algo, además del cuello de la mujer, definitivamente roto en esa imagen. Hace ya mucho que los gobiernos de la posrevolución dieron lugar a los del Estado benefactor y, éstos, a los del Estado neoliberal. ¿Hace cuánto fue que Fox dijo, famosa o infamemente según sea el color de la camiseta del que recuerde, “¿y a mí qué?”. En la atroz realidad que se resume en esa frase yace parte de la explicación de la creciente violencia que desde y contra el cuerpo se ejerce en el México de nuestros días. Cuando el Estado neoliberal dejó de lado su responsabilidad con respecto a los cuerpos de sus ciudadanos, cuando dejó de “tomar de su parte” el cuidado de su salud y el bienestar de sus comunidades, se fue deshaciendo poco a poco, pero de manera ineluctable, la relación que se había establecido con y desde la ciudadanía a partir de los inicios del siglo XX. La impunidad de un sistema de justicia a ineficiente y corrupto sólo ha ido confirmando el fundamental desapego y la brutal indiferencia de un Estado que sólo se concibe a sí mismo como un sistema administrativo y no como una relación de gobierno. Ésta es, pues, mi hipótesis: el Estado neoliberal, hasta ahora dominado por gobiernos panistas, pero de ninguna manera limitado a esa tendencia partidista, no ha establecido relaciones de mala entraña con la ciudadanía, sino algo todavía a la vez peor y más escalofriante: el Estado neoliberal estableció desde sus orígenes relaciones sin entraña con sus ciudadanos. La así llamada guerra contra el narcotráfico, que no es otra cosa sino una guerra contra la ciudadanía, ha catapultado ciertamente el espectáculo de los cuerpos desentrañados tanto en las ciudades como en el campo, pero de otra manera no ha hecho sino llevar a su lógica consecuencia la respuesta a la cínica pregunta foxiana: si a ti qué, a mí menos. Y ahí está como prueba, entre otros tantos casos, el del cuerpo de la mujer que cuelga del puente peatonal que va de la primera a la segunda década del siglo XXI.

lunes, enero 03, 2011

El tirano obediente (Diario Milenio/Opinión 03/01/11)

Hasta hace pocos días, el soflamero Mahmoud Ahmadineyad era el héroe de los antisemitas. Hoy es hazmerreír de medio mundo.


1. Perdónanos, Mahmoud


Pobre Ahmadineyad. Entre más lo imagino, peor me siento. Luego de tantos años de bravatas y desplantes que casi le ganaban el anhelado grado de dictador, viene el mundo a enterarse de que Alí Jafari, mandamás de la Guardia Revolucionaria iraní, lo abofeteó delante de sus secuaces por tener la osadía de proponer más libertades para los iraníes, incluida la de prensa. “La gente se siente asfixiada”, tal parece que dijo, muy a puerta cerrada, pero tampoco tanto para librarse del sopapo ejemplar. “¡Estás equivocado!”, le gritó Jafari, y ya se sabe el precio que entre ciertos mulás alcanzan los errores. De manera que si antes lo imaginamos repartiendo varazos entre los libertarios, no queda hoy más opción que perfilarlo como aquel hombrecillo cuyos hilos se mueven merced a voluntades siempre más grandes que la suya. Y helo ahí, día tras día, poniendo su carota de beatito silvestre por ideas y decisiones ajenas, perdiendo los comicios por esas causas, maquinando la estafa consecuente, reprimiendo las voces inconformes y aguantando la vara del público descrédito.


Más allá de la risas de sus malquerientes —ahora mismo, sus censores cibernáuticos se aplican a callar los accesos al chisme de la bofetada: la clásica estrategia contraproducente— debe de provocarle al sufrido Mahmoud una oscura vergüenza que sus grandes aliados afuera de Irán, tipos duros a los que nadie contradice, no puedan evitar mirarlo como el regañado de la pandilla. Mientras Chávez y los hermanos Castro hacen cuanto se les antoja sin mejor valedor que sus agallas, él debe obedecer a sus superiores al pie de la letra, y éstos en un descuido lo andan cacheteando. ¿Quién no tuvo, en sus años adolescentes, un amiguito siempre regañado que hasta para asomarse a la ventana tenía que pedir permiso a sus papás? Y lo triste del caso es que Mahmoud ya pasa de la cincuentena, edad en la que nadie soporta de buen grado que le zorrajen un soplamocos, y menos que se entere todo el mundo. ¿Sería extravagante, a estas alturas, preguntarse si lo eligieron precisamente a él porque jamás se cansa de hacer papelones?


2. La alcoba es el diván


Su nombre es Iris Bahr. Nacida en Nueva York y emigrada a Israel a los trece años, abandonó el ejército con grado de sargento y se embarcó en un largo viaje por el continente asiático, de cuyas incidencias entre desternillantes y espeluznantes da cuenta en su libro Puta bruta (Dork Whore), donde busca y encuentra diferentes variables de sexo atormentado, cada una bastante para hacer chistes duros a sus propias costillas. “No conozco el olor del esperma”, confiesa en el inicio de la jornada, “porque estoy demasiado ocupada tragándomelo”.


Graduada con honores en neuro-psicología, Iris Bahr pasó un tiempo llevando a cabo estudios avanzados sobre neurología y oncología, pero al fin decidióse por el teatro: una honda vocación que había sobrevivido a sus bandazos, y que incluía tanto la actuación como la dramaturgia. Fue así la misma Iris quien escribió y estelarizó DAI (Suficiente), una pieza donde interpreta los papeles de once mujeres distintas, poco antes de que un terrorista suicida se aparezca y haga volar el sitio en pedazos. Con esas credenciales, apenas ya parece sorprendente que Iris Bahr sea hoy actriz, guionista y directora de la serie Svetlana, de HDNet, donde encarna a una prostituta y proxeneta rusa radicada en Estados Unidos. Descarnada, sardónica e irreprochablemente profesional, Svetlana administra su Casa San Petersburgo de placeres discretos, donde recibe a clientes de los más variopintos credos, razas y estratos, habituados a una prostitución doméstica y ya mero familiar, de repente lindante con la terapia. En el primer capítulo, se la ve negociar en el teléfono con un cliente sin duda difícil, y luego discutir con su chofer porque le ha dado cita en su día libre. Poco más tarde, con los auxilios de un intérprete que está tieso y de pie junto a la cama, Svetlana conforta al señorón, que se queja de no poder ejercer sus poderes y trabajar al fin como un pelele. “¡Otra burka!”, se queja Svetlana no bien abre el regalo que el cliente le trajo, y hasta entonces sabemos, ya entre risotadas, que ese bulto en la cama corresponde a Mahmoud Ahmadineyad.


3. Lo que diga mi mulá


Tienen ese prestigio las profesionales del colchón: el de ser comprensivas como nadie. De ahí que meses antes de enterarnos de aquella bofetada memorable, muchos espectadores ya compadeciéramos al atribulado mandatario persa. Eso de que le llamen así, mandatario, cuando el infeliz no hace más que obedecer, suena un poco a sarcasmo y sin duda desgasta la autoestima de un hombre que cada vez que puede fustiga con dureza a sus adversarios y anuncia el exterminio de Israel. No ha realizado, pues, Iris Bahr un ejercicio meramente humorístico al retratar al líder compartiendo sus frustraciones en la alcoba, y hasta vale decir que le ha hecho un gran favor, por más que el inocente no se entere y acaso los archivos al respecto terminen olvidados en alguna gaveta del Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Supresión del Vicio.


¿Quién, que detente el más alto cargo político de su país y aun así reciba cachetadas, no precisa de alguna terapia de alcoba? Se entiende así que en episodios posteriores de Svetlana se presenten clientes tan conspicuos como el Dalai Lama, pues al fin dar la cara, vivir de dar la cara, es un trabajo duro que requiere de dosis altas de comprensión. Si el beatito Mahmoud, y en especial sus culiprietos superiores, insisten en el tema de la pureza, Iris Bahr los exhibe en su carencia más escandalosa, si antes que puritanos o autoritarios se trata de unos tristes malcogidos. “¡Eres tú quien ha creado este caso! ¿Y encima dices que le demos más libertad a la prensa?”, avasalló a Mahmoud aquella vez el duro Alí Jafari, y ahora que todo el mundo se enteró no le ha quedado más al pobre presidente que echar la culpa a “algún departamento del gobierno estadunidense” por la producción de esos documentos. Por eso digo, pobre Ahmadineyad.

miércoles, diciembre 29, 2010

Educación o narcoinsurgencia-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 29/12/10)

Según la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales dada a conocer por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el panorama educativo en México resulta francamente aterrador: 73 por ciento de los encuestados no ha leído un libro en el último año, 57 por ciento no pisó una librería, 79 por ciento no adquirió un libro y peor aún: casi la cuarta parte de los encuestados reconoció no tener un libro en su casa. Esto significa que 26 millones de mexicanos o poco más de 6 millones de hogares ¡no cuentan siquiera con un diccionario ni con una Biblia en casa!

¿Ese es el buen camino por el que va nuestro país en materia educativa, como asegura el secretario del ramo?

Estos datos corroboran el fracaso del modelo educativo implementado por los gobiernos panistas y documentan desde otra perspectiva los más recientes resultados de la prueba PISA aplicada en nuestro país. En esa evaluación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos se señala que 46 por ciento de nuestros jóvenes examinados cuentan con un grado insuficiente de aprendizaje, es decir, que sólo identifican ideas sencillas en los textos, que nuestras habilidades científicas son limitadas y que los alumnos sólo pueden resolver operaciones matemáticas rudimentarias. ¿De verdad vamos por buen camino en materia educativa?

Cuando hace años Octavio Paz escribió que no había intelectuales en el Partido Acción Nacional no entendí cabalmente lo que eso significaba. Lo entendí, cuando ese partido llegó al poder: cuando las hordas fascistoides de sus bases se empoderaron y empezaron a quemar libros de texto en la plaza pública, cuando sus funcionarios de primer nivel intentaron prohibir novelas de García Márquez y Carlos Fuentes, o cuando desaparecieron la filosofía de los planes de estudio del bachillerato.

El analfabetismo funcional de distinguidos miembros de ese partido va más allá de un anecdótico Vicente Fox diciendo Borgues por Borges o de una Marta Sahagún hablándonos de la Rabina Gran Tagora en lugar del celebérrimo autor de El hogar y el mundo. Es una política de Estado que atenta contra el sistema educativo mismo; que vulnera profundamente el desarrollo económico del país y el futuro de varias generaciones.

Según la tendencia del crecimiento poblacional estamos perdiendo nuestro llamado bono demográfico por la migración de algunos de nuestros mejores jóvenes, por no encontrar trabajo en el país y porque cada día nuestra población es más longeva. ¿Cuántos jóvenes se necesitarán para cubrir una cada vez más abultada nómina de jubilados? ¿Cuántas fuentes de trabajo debería procurar el equipo gobernante para evitar esa encrucijada que se avecina? ¿La narcoinsurgencia será el único horizonte laboral para muchos jóvenes en el futuro?

El rector José Narro ha dicho que si se han hecho rescates bancarios y carreteros deberíamos hacer un rescate social mediante la educación. El milagro económico de los Tigres de Asia y el de una Alemania destruida por la guerra y que es hoy el motor económico de Europa es la educación. Además, la enseñanza es el mejor antídoto contra el crimen organizado y la única forma lícita para generar riqueza.

Ojalá que los datos de la encuesta sobre hábitos culturales y los más recientes resultados de la prueba PISA en nuestro país ayuden a perfilar una positiva política de Estado en materia educativa: menos pomposa y más productiva, más cerca de las necesidades del país que de las políticas de los partidos, más cerca de la gente que de los sindicatos, más apoyada en los clásicos (los libros más baratos del mercado) que en los best sellers, más centrada en los libros rudimentarios que en los e-book, en fomentar el gusto por la arqueología más que por los espectáculos de luz y sonido en zonas arqueológicas. Los productos milagro en materia educativa más que un engaño o un buen negocio para algunos, es un crimen social. La reforma educativa de India es un ejemplo de lo que se puede hacer, la emprendida por Brasil es otro. ¿Comenzará este rescate social mediante la educación hasta que concluya esta administración panista?

martes, diciembre 28, 2010

Un teatro para el ojo (Diario Milenio/Opinión 28/12/10)

Aconteció más o menos así:


platicábamos alrededor de una mesa después de cenar o de comer. Era una de esas reuniones extrañas en las que se combinan, y esto por pura casualidad, amigos de muchos años con conocidos que de repente se vuelven entrañables. La conversación viró hacia los temas comunes o de siempre: los libros, los amores, los viajes. A mí me pasó lo que suele pasarle a los obsesivos: hablé de Comala como si fuera un sitio del que acababa de regresar. Cité a Damiana Cisneros. Me volví a sonreír ante el sueño maldito y el sueño bendito de Doroteo/Dorotea. En esas andaba cuando alguien más mencionó el título de la obra y, luego, como si fuera necesario, el autor del libro.

Pero, ¿es que también escribía?


La pregunta me dejó callada por un rato. Mientras trataba de digerir la información, me acordé mucho de los alumnos en las universidades norteamericanas que, al llegar a la fatídica sección del curso dedicado al muralismo mexicano, me preguntaban cada vez con mayor frecuencia si ese señor Diego Rivera había sido el esposo de la pintora Frida Kahlo. El tiempo, en efecto pasa. Algunas obras póstumas se alargan más que otras. El alemán que, alrededor de la mesa, había preguntado si Juan Rulfo también escribía, había visto únicamente sus fotografías. Para él, Juan Rulfo era un fotógrafo. Un fotógrafo, además, muy bueno.

Antes de que lograra salir de mi estupor, ya el alemán en cuestión había celebrado la cámara Leica de los negativos rulfianos más tempranos, sólo para describir, en bastante detalle, la calidad profesional de las tres Rollei Flex que había utilizado a lo largo de su vida. Una de ellas adquirida en Alemania, abundó. Negativos 6 por 6.

Hacia inicios o finales de siglo, nunca estuvo seguro del año, había tenido la buena fortuna de asistir a una exposición de la fotografía de Rulfo organizada en Innsbruck. Ahí, además del trabajo de Rulfo, se mostraban también las placas de Walter Reuter, el fotógrafo con el que había trabajado en la región mixe. En la exposición, y esto le había causado especial asombro, se incluían las fotografías que Rulfo había tomado durante el transcurso de la filmación de un par de películas La escondida (Roberto Gavaldón, 1955) y El despojo (Antonio Reynoso, 1960). Luego, buscando datos de su obra, había encontrado otras cosas de ese artista visual que, para su gran sorpresa, le resultaba ahora también un escritor.

Recordé todo eso apenas hoy, cuando revisaba unas notas para un ensayo sobre el ojo y el oído en la obra de Rulfo. Recordé, por ejemplo, que hacia finales de la década de los 40, Rulfo había aceptado un empleo como agente de viajes con la compañía Euskadi, tomando para sí esa casi olvidada profesión que compartiera con aquel famoso escarabajo de corte kafkiano. Recordé que entre otras cosas, esa fue la profesión que al inicio lo llevaría a atravesar vastas regiones de ese territorio convulsionado por los embates de la modernidad: la desigualdad social, sobre todo, el legado de injusticia de una revolución que había seleccionado con feroz precisión a sus beneficiarios. Recordé sus fotos. Las volví a ver. Como al mítico ángel de Benjamin, a Rulfo le interesaba la mirada en retrospectiva: ésa que observa en todo detalle el desastre ocasionado por los vientos del progreso. La ruina era lo suyo, sin duda. El pedazo mínimo de realidad en que se concentra, con todo su poder crítico, lo que pudiendo haber sido, no fue. La violencia que detuvo toda esa serie de posibilidades. El momento de la decisión. De ahí, sin duda, esos rectángulos de papel albuminado donde quedaron las huellas de la pobreza descarnada, el abandono espectacular, la permanencia de los rituales religiosos, la risa que asustaba o asusta. De ahí, los sobrecitos de papel glacine que Rulfo confeccionaba a mano para proteger sus negativos. De ahí esa cámara que, casi al ras del suelo, insiste en aproximar la línea del horizonte hasta el ojo espectador. Hasta el cuerpo. Todo eso que también apareció en los mundos de su escritura. Esa manera.

Pero Rulfo no sólo tomó placas de paisajes o rostros o edificaciones deterioradas. El artista visual también enfocó su lente hacia esas controladas representaciones de lo real que son las escenografías cinematográficas. En 1955, en efecto, aprovechó la filmación de La Escondida, película dirigida por Roberto Gavaldón, para hacer una serie de fotos en el transcurso de las grabaciones. Lo mismo hizo años más tarde, entre 1959 y 1960, cuando Antonio Reynoso dirigió El despojo. Un año antes de publicar Pedro Páramo, Rulfo también tomó fotografías de los ensayos que el ballet de Magda Montoya llevó a cabo en Amecameca. No se trata de lo real, lo repito como si hiciera falta repetirlo, sino de la representación de lo real, y aún más: de la representación de la representación de lo real. Algo similar ocurre en la serie sobre los ferrocarriles, donde explora las posibilidades de la geometría. El ojo rulfiano se detiene, pues, con igual cuidado en las texturas del deterioro, esa inscripción visible del tiempo sobre el mundo en tanto objeto, como en los trompe d’oeil de las figuraciones de la figuración. Esa puesta en abismo. Un teatro de la imaginación. Un ojo realista no habría hecho eso. Un ojo experimentalmente realista, uno ojo realista in extremis, sí que lo hizo.

Ahora aprovecho que estoy escribiendo este artículo para salir de mi estupor y contestarle con toda tranquilidad al amigo alemán aquel que, en efecto, sí, Juan Rulfo también escribía.

lunes, diciembre 27, 2010

Agassi y la autovivisección (Diario Milenio/Opinión 27/12/10)

Memoria de condena


A veces, un buen libro es capaz de estropearte el día entero. Tiene uno sus planes, o su agenda, o cuando menos un par de pendientes de los que en modo alguno podría sustraerse, pero he aquí que el libro le persigue como la sombra de un ardor en curso y mal puede hacer foco en otra cosa. No vayamos más lejos, ahora mismo estas líneas sufren las zancadillas recurrentes de un libro que me invita a abandonarlo todo por volver a sus páginas, de modo que me veo obligado a negociar con él y traerlo hasta acá, con tal de que no acabe de soltarlo mientras se van sumando los párrafos. Basta uno de estos libros pegajosos para que de la noche a la mañana —dormirse tarde por seguir leyendo, despertarse temprano para leer— el lector fascinado se vuelva poco menos que predicador, y quién sabe si no algo muy similar a un vendedor de biblias. Y esto es lo que ahora mismo me sucede con Open, de Andre Agassi.

He de admitir que lo tuve por no sé cuántos meses, amontonado en esa lista de espera de la que algunos salen sin haber sido abiertos por motivos que yo tampoco entiendo. Había leído unos cinco, seis párrafos, y ya desde el tercero el protagonista confesaba su odio profundo por el tenis, en medio del calvario cotidiano que precede a un partido más de su carrera, el último quizá. Cerré el libro y lo puse a reposar. Ya llegaría la hora en que nos entendiéramos. Tres recomendaciones más tarde, volví sobre el principio de lo que ya sabía no era una autobiografía edificante, como se esperaría de un campeón con tamaña trayectoria, sino algo similar al testimonio de un desgarramiento. El tenis como puerta de entrada del infierno. El tenis como cárcel para niños. El tenis como puerta de salida del infierno. Una suerte de pesadilla entrañable que no tarda en tomarlo a uno por rehén a golpes de ojo clínico, ironía y honestidad brutal, entre otras cualidades de efectos respingones.

Sarcasmo y cicatriz


Había comprado el libro luego de ver uno de esos partidos entre celebridades donde el tenis suele ser lo de menos. De un lado, Federer y Sampras, del otro Nadal y Agassi, cada uno equipado con diadema y micrófono, de modo que pudiera comentar en voz alta las jugadas y contribuir así a un espectáculo quizá no tan pequeño como era de esperarse, básicamente gracias a las ocurrencias sarcásticas de Agassi. Si al menos una parte de esa impiedad desfachatada se había colado en su autobiografía, seguramente sería deleitosa como un episodio de Californication, me animé en el proceso de compra electrónica, sólo que en vez de retratar la vida de un novelista contaría la historia de un gladiador. Es decir, ya no tanto la de un héroe como la de un guerrero forzado. Y era eso, finalmente: un parte de guerra, escrito en colaboración con J.R. Moehringer, donde no obstante salta línea tras línea esa visión sardónica, implacable, agridulce del hijo predilecto de Las Vegas que ya odia al tenis antes de aprender a jugarlo.

Bastaría el relato de su infancia para dar a esta historia por extraordinaria. Quien haya visto a alguno de esos padres monstruosos empeñados en diseñar un hijo a la medida de su megalomanía, puede ya imaginar la clase de vida que lleva un niño condenado a vivir en una casa en el desierto equipada con cancha de tenis, y en tanto eso pelear todos los días contra una máquina que le escupe decenas, centenares y miles de pelotas, a lo largo de horas y horas de tortura supervisada por un padre neurótico que remedia el error a través del terror. Una voz que lo instruye o lo reprende pero jamás lo elogia, siempre detrás del hombro, como una prótesis de la conciencia. O como un dios violento, insaciable y mandón que destruye a quien no consigue complacerlo.

El autopaparazzo

“Dicen que estoy tratando de cambiar el juego”, se defiende, ya entrado en la adolescencia y el profesionalismo, y por tanto a distancia de su verdugo. “De hecho, estoy tratando de evitar que el juego me cambie a mí.” Más que la de su vida, se diría que Agassi cuenta la historia de esa resistencia. Donde el juego suele abarcarlo todo, de lo que ocurre estrictamente en la cancha al último resquicio de su vida privada, contaminado por la misma ansiedad: odiar lo que uno hace y hacer lo que uno odia, ya sea para alcanzar el número uno del ranking mundial o para despertar al lado de Broo-ke Shields. Imposible ignorar —cierto es que se disfrutan malsanamente— las pinceladas de finísima ironía con las que el narrador retrata a su ex esposa, basado únicamente en citas literales de ciertos comentarios descorazonadores. Cada vez que la actriz de La laguna azul convence a su marido de viajar a otra isla paradisiaca, ya sabemos que va a ser un suplicio. Porque bien reconoce el de la voz que en ciertas situaciones le puede más el cool que la caballería.

Agassi con su imagen de chico malo a cuestas. Agassi atormentado jugando la final de Roland Garros con el peluquín mal puesto, temiendo mortalmente que se caiga y destroce su carrera. Agassi que resiste, aunque no siempre, la cosquilla punzante de perder un partido a propósito. Agassi seducido por el hechizo de la metanfetamina. Agassi descubierto y perdonado por intermedio de una buena mentira. Agassi resurrecto, reinventado, rebobinado. En todo caso, siempre, Agassi crudo. Mitad sin maquillaje, mitad engalanado por una escrupulosa cirugía verbal que permite asistir a su autobiografía como a una rara mezcla de novela intimista ythriller atlético, Agassi se le vuelve a uno entrañable a fuerza de cumplir con su palabra. ¿O es que no se le mira abierto hasta la médula? ¿No parece su Open, a todo esto, antes la biografía de un boxeador que la de un tenista? En todo caso, no lo puedo soltar. Tengo esta sensación de match point en mi contra que me obliga a seguir tirando puñetazos. Pura épica íntima, no faltaba más.

¿Rock antifacista?-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 25/12/10)

Dos confesiones obligadas. No era mi mejor día para asistir a un concierto de rock, y menos a uno que consistiría en la ejecución íntegra de un álbum mítico, uno de cuyos temas principalísimos es la figura del padre. (Me explico: mi propio padre ha tenido problemas de salud a últimas fechas, y justo había dedicado yo la totalidad de ese día a acompañarlo a citas médicas.) Y, además, no vi sino poquísimo más de la mitad del espectáculo, pues para llegar al Palacio de los Deportes hube de salir de Santa Fe en hora pico -empresa para la que es menester hacer acopio de una fe santísima que, ¡ay!, no poseo-, pasar a depositar a mis padres a Polanco, hacer nueva escala en la Condesa para recoger mi boleto en casa y bregar Viaducto arriba en medio del caos que ha llevado a mi ingeniosa mujer a proferir el aforismo inmortal según el cual el año consiste de once meses... y una pesadilla (esto, querido Tim Burton, es justo the nightmare before Christmas). Así, tomé asiento a las 10:15 de la noche, físicamente agotado, emocionalmente alterado y contento más por descansar el cuerpo y haber logrado no fallar a la cita que por la perspectiva de disfrutar el espectáculo.

Pero lo disfruté. Roger Waters, con o sin Pink Floyd, no es lo mío (demasiado hay en su música todavía de rock progresivo... y he aquí que detesto el rock progresivo). Y aunque reconozco que The Wall es un álbum notable, también es cierto que no lo escucho por así decirlo nunca. Nada de eso importó, sin embargo. Cuando llegué, me deslumbró la solvencia escénica de lo que veía: un muro físico de gruesos ladrillos a punto de ser completado, sobre el que eran proyectadas películas hermosas y evocadoras y terribles, perturbadoramente realistas, y tras el cual tocaba la banda.

Para la segunda rola del segundo acto -no es The Wall Live un concierto de rock convencional, sino un espectáculo teatral deslumbrante y conmovedor, con un discurso no narrativo pero sí inteligente y bien articulado- sabía que asistía a una experiencia escénica mayor. Aun así, no podía evitar sentirme defraudado. Primero pensé que el público -el veinteañero histerizado que coreaba y ululaba a mi izquierda, los espectadores que se obstinan en mediar todo lo visto con una cámara, el mar de encendedores blandidos con ingenua ñoñería- era la causa de mi leve pero certero malestar. Luego, para peor, descubrí que tal comportamiento no era sino apenas la consecuencia, y que la culpa, toda, era del rock mismo.

Waters es un artista, por tanto sensible, y -cosa rara en un artista, anota el hiperracionalista que soy- además un hombre inteligente. Pero es, ante todo, una estrella de rock, y como tal no puede evitar recurrir al arsenal de artimañas de un universo que busca siempre la disolución de la individualidad y el culto a la personalidad, nociones por definición facistoides. El problema es que The Wall se pretende apología del individuo e incluso del ciudadano, crítica pertinente y pertinaz a los fascismos de izquierda y de derecha: a todos -el comunismo, el capitalismo, el Islam, el sionismo, el gran capital- salvo a uno, el rock mismo, cuyo aparato totalitario arrolla todo atisbo de voluntad en personas que no quieren ser sino masa.

A la salida me vino la imagen de un viejo cartón de Palomo: "Soy antifacista." "¿Militante?" "No. Hago los antifaces.". En mi recuerdo, los ojos que se atisban tras el antifaz son los de Roger Waters, quien siempre está observándome.

martes, diciembre 21, 2010

La alegría de leer a Almudena Grandes (Diario Milenio/Opinión 21/12/10)

A. Es inevitable preguntarse a veces para qué sirve una novela. ¿Por qué en un mundo donde todo ha sido dicho, donde aparentemente no hay ya nada nuevo bajo el sol, ahí donde los temas siguen siendo el amor o la muerte o el cuerpo o la enfermedad, uno continúa con esta larga tarea solitaria que es leer una novela?

Cada pregunta incluye su respuesta, eso se sabe. Tal vez uno toma el libro que responde al nombre de novela principalmente para eso: para gozar de una larga jornada solitaria junto a algo que palpita. Y acaso otra manera de decir lo mismo sosteniendo, sin embargo, algo un poco diferente es decir que uno lee una novela, especialmente una larga novela larga como ésta que ahora nos congrega, una novela como Inés y la alegría de Almudena Grandes, para no estar solo. Leemos, me gustaría decir algo que por obvio no deja de ser descabellado ahora mismo, leemos para tener tratos con la soledad.

B. En “La historia de Inés”, la sección con la que Almudena Grandes decidió cerrar éste, su primer episodio de una serie de seis bajo el espíritu común de “Episodios de una guerra interminable” hay espacio para documentar la primera visión. Justo después de “tener noticia” de un acontecimiento poco conocido en la historia moderna de España —se trata de la invasión del valle de Arán que tuvo lugar entre el 19 y el 27 de octubre de 1944— la autora concibe algo que parece descabellado, algo en todo caso sin explicación: una mujer montada a caballo se une a la guerrilla con cinco kilos de rosquillas a cuestas. Eso, poco más que eso, sucedió una tarde de febrero de 2005: la manifestación de algo que requiere si no explicación, por lo menos sí atención. La atención más reconcentrada.

Y si la pregunta sigue siendo la misma, ¿por qué o cómo es que seguimos leyendo novelas?, aquí encontraríamos al menos un par respuestas más. Porque al leer conocemos de hechos que la historia oficial o el olvido también oficial o la distracción más bien generalizada ha condenado a la invisibilidad. Justo como en el momento de su triunfal aparición como novela, allá por el siglo XIX, la novela se desgaja de la historia en su atención al detalle, su atención a las diminutas acciones cotidianas que más de un historiador o cronista han dejado atrás por considerarlas o transparentes o anodinas. Así, en Inés y la alegría se entretejen, “historias igual de heroicas pero mucho más pequeñas, momentos significativos de la resistencia antifranquista, que integran una epopeya modesta en apariencia, gigantesca si se le relaciona con su duración.” Así y todo, si el lector sólo quisiera saber algo que ha estado previamente oculto podría, de quererlo, de tener la opción, elegir otro tipo de libro o de medio. Pero uno lee una novela que trata aspectos poco conocidos o enterrados por la historia oficial sobre todo porque en sus páginas se trasmina la presencia de esa primera visión entre descabellada e inexplicable que surge, aparentemente de la nada, una tarde muy fría de febrero. Leemos porque algo pasó entre el 19 y el 27 de octubre en 1944 que en su quijotesca y atrabancada actitud contra el poder no sólo merece ser contada sino, sobre todo, merece ser contada también desde el lugar más desatado que da la imaginación. No para conocer, luego entonces, sino para preguntarnos (y aquí parafraseo a la Duras) lo que conoceríamos en caso de que conociéramos.

C. Uno lee, pues, una novela larga para tentar a la soledad y para hacerse preguntas imposibles y para perderse con gusto, con gozo, en la materialidad misma de todas las palabras. A la novela histórica tradicional se le a acusado de percibir el lenguaje como una especie de medio o contenedor a través del cual pasa, de preferencia sin obstáculo alguno, la anécdota o el relato. Se presume, claro está, que la estrella de la novela histórica es el contenido y que el lenguaje con el que va contada es más bien un pretexto, una vez más de preferencia maleable y liso. Pero si uno leyera libros por el así llamado “contenido” uno podría bien dejar de leer novelas. Uno tiene que leer esta versión novelada de un episodio nacional ocurrido en 1944 porque las palabras, todas y cada una de ellas, la sintaxis, la estructura dentro de la cual fluyen, todo eso junto, es también el episodio nacional. No sería lo mismo, por ejemplo, referirse a Dolores Ibárruri, la famosa Pasionaria, como una mujer de mediana edad enamorada de un hombre más joven (esto sería más o menos el relato, la anécdota, en otras palabras: la información) que decir: “una mujer enamorada, poderosa y enamorada, ambiciosa y enamorada, inteligente y enamorada, disciplinada y enamorada, legendaria pero, sobre todas las cosas, enamorada y por lo tanto débil, obsesionada, incauta, vulnerable, tiembla más que el mundo”. El uso aquí de la repetición no sólo ancla el ritmo de la frase, volviéndola tonada más que melodía, sino que también dice, diciéndolo pero sin decirlo, el carácter hondo y circular de la situación amorosa. O el ritmo del lenguaje que, también, marca el ritmo del embate de los cuerpos: “Desde allí fuimos andando, no sé cómo, porque yo no miraba y no escuchaba, no veía nada fuera de mí, no sentía nada más allá de a mi boca, porque de repente todo mi cuerpo era boca, todo mi cuerpo labios, toda mi piel, de la cabeza a los pies, las comisuras de mis labios, la punta de una lengua que era yo y lo era todo, y que no veía nada, pero lo sentía todo con esa forma extremada, radical, de sentir que es propia de la boca, de los labios”.

Después de todo, lo sabemos ya, “la historia inmortal hace cosas raras cuando se cruza con el amor de los cuerpos mortales”. Y de eso, de enunciar esa verdad que por simple no deja de ser elusiva, de enunciarlo con todas sus consecuencias, es decir, con sus largas frases pobladas de comas y, felizmente, de puntos y comas, de eso, pues, de enunciar esa historia inmortal pero en forma de cuerpo mortal, es de lo que se trata Inés y la alegría y es otra de las razones por las cuales seguimos leyendo novelas sobre un sofá o en la cama, ya cuando todo mundo se ha ido y empieza, finalmente, la realidad.

D. Una novela que no se lo proponga todo es una novela que sin duda fallará. Y para eso también sigue uno leyendo libros a los que denominamos novelas: para quererlo todo, todo junto y todo a la vez.

Aguas con esas goteras (Diario Milenio/Opinión 20/12/10)

¿Lero lero, comandante?


“Es perfectamente monstruosa —respingaba Lord Illingworth en Una mujer sin importancia— la forma en que la gente va por ahí diciendo en contra de uno, a sus espaldas, cosas que son absoluta y enteramente ciertas”. Unos años más tarde, tocaba a José K. y su memoria autoincriminadora calibrar los alcances de esa monstruosidad: un Estado del que no sabes nada y que lo sabe todo sobre ti; o acaso, para colmo, lo sospecha y eso ya le es bastante. Un poder para el cual no se tienen secretos, pues no se reconoce el derecho a guardarlos y sí la obligación de responder por cada uno de los propios pensamientos, si es que éstos se atrevieron a apartarse de ciertas entelequias imperantes. Un poder similar al que mantiene en jaque a los presidiarios. Un poder susceptible de replicarse en todas las escalas. Nadie que haya vivido en un pueblo de mierda —los hay en todas partes, inclusive dentro de una ciudad o en el puro interior de un edificio— ignora los alcances de la maledicencia, ya sea porque la haya padecido, ejercido o nomás visto pasar, allí donde el derecho a los secretos ha sido conculcado por el poder omnímodo de los murmuradores.

Escupía hacia arriba Fidel Castro Ruz cuando dio libre curso a la ocurrencia de elogiar nada menos que Julian Assange, por méritos que en la isla de su propiedad se castigan con un rigor sañudo e implacable. Cierto es que las goteras en la casa del enemigo tenían que llenar de regocijo a quien por más de medio siglo se ha alimentado de esas gamberradas, pero parece extraño que su celo de alcaide y capataz no encontrara un aroma familiar desde la esencia misma de aquellas filtraciones. Por más que su dictado haya sido a sus ojos —los únicos que cuentan— impecable, no puede el dictador elogiar los empeños de quien es su enemigo natural sin arriesgarse a que el escupitajo termine de regreso en su lugar de origen. ¿O es que alguien se imagina al Coma Andante condecorando a un émulo habanero de Julian Assange?

El celo del celador


No tardó el de las barbas en rectificar. Una vez que se vio salpicado por esas filtraciones que en un principio tanto aplaudió, no le quedó ya más que arremeter contra los periódicos que las hicieron públicas y recular hacia su zona de confort, que es la eterna teoría del complot en su contra. Rectifiquemos, pues: no es que Fidel esté contra la transparencia; puede decirse, en cambio, que es su gran promotor y como tal se excluye de la regla. Una cosa es que los demás sean exhibidos (¡viva la transparencia!) y otra muy diferente que exhiban a uno (¡esto es un atropello!). Si el Estado cubano se conduce, a estas alturas, con la más ortodoxa opacidad soviética, sus ciudadanos son del todo transparentes. ¿Revelar ellos secretos de Estado? Sólo eso le faltaba al Estado, que no encuentra cómo callar a los blogueros empeñados en revelar sus formas de vida en la isla. He aquí, por ejemplo, un secreto explosivo: hace unos pocos días, Yoani Sánchez revelaba en su Twitter que un pasaporte en Cuba cuesta 60 dólares, el triple del salario vigente. No es preciso ser hacker para enterarse.

Pocos inventos preocupan tanto a Castro y sus aliados como la red de redes, que en Cuba tiene un solo punto de entrada y está a merced no sólo de un control estricto, como además de toda suerte de obstáculos, empezando por los precios de conexión y la falta de acceso para los nacionales. Mas para que estos datos sefiltren a internet es preciso que los blogueros cubanos consigan asimismo filtrarse, por ejemplo, a uno de esos hoteles donde los extranjeros gozan sin discreción de los lujos podridos de Occidente, como el de hacer lo que les da la gana —conectarse a la red, por ejemplo, a cambio de unos dólares— sin sufrir el acecho permanente de un ejército de profesionales de la intromisión, apoyados por tantos delatores que cualquiera podría ser uno de ellos.

¿Quién dijo filtraciones?


“Cada oficina de permiso de salida aquí es el eslabón visible de la cadena, la evidencia del grillete”, cuenta Yoani Sánchez en su Twitter. “Gente que ha muerto lejos sin obtener permiso de visitar su patria, mis padres que no han podido conocer el afuera”, reflexiona después en torno a la eficacia de sus carceleros, mientras su blog recibe decenas de miles de visitantes que la ven llegar tarde a las noticias. ¿Wikileaks? En Cuba se enteraron con días de retraso, es decir rapidísimo, gracias al entusiasmo saltarín del barbón, recogido oficiosamente por Granma —no la abuela, el periódico— y más tarde callado para siempre. ¿Cómo va a imaginar un hombre en tal medida voluntarioso, habituado al temor y la reverencia de cada uno de los que tratan con él, una prensa que no dependa del poder y hasta sea capaz de desobedecerle?

Nadie quiere vivir en una casa de cristal, pero a veces son buenas para ciertos empleos, como el de gobernar a los semejantes y poner su dinero a trabajar. Si un cubano labora en una empresa extranjera y ésta le paga los cuatrocientos dólares que el gobierno le exige en su nombre, recibirá al final nada más que los veinte dólares de marras, tras pagar al Estado un impuesto de 95%. ¿Cómo es que semejante contribución no le vale el derecho a vigilar su buen aprovechamiento y reclamar en caso contrario? ¿Quién le explica que luego de tres meses de trabajo al servicio del estigmatizado capital, para colmo extranjero, sus dizque compañeros le hayan arrebatado la friolera de 1,140 dólares y no le quede más que para un pasaporte, y eso si tiene suerte y le dan el permiso para viajar en plan de menesteroso? ¿En qué triste momento el Estado Patrón despertó convertido en Estado Padrote?

Si yo fuera Fidel, en todo caso, ya le habría ofrecido asilo y protección al australiano Assange. Ganaría no veinte, ni cuatrocientos, sino los dólares que le diera la gana si era capaz de hacer en mis dominios justo lo opuesto de cuanto anduvo haciendo. Mañana en la mañana, le diría, como si girara órdenes al plomero, no quiero saber de otra filtración.

jueves, diciembre 16, 2010

"Olvidar la ficción"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 15/12/10)

El pasado jueves estuvo en Profética, casa de lectura, Agustín Ramos presentando su más reciente novela “Olvidar el futuro” (Tusquets, 2010), lo acompañaron Moisés Ramos, Arturo Ordorica y quien esto escribe. Ahí se dijeron muchas cosas importantes, quizá la más destacada es el gran miedo que, tanto autor como lectores tenemos de que esta novela deje de ser ficción para convertirse en dura y cruel realidad.

La trama tiene como protagonista a un escritor que se encuentra en la cima del mundo literario, sin embargo siente que a sus novelas les hace falta más vida, más acción. La vida lo pone en el momento justo y necesario, donde tendrá que resolver la pregunta más complicada de su vida: ¿asesinar o no al empresario más importante e influyente de México? A esto, le seguirán una serie de acciones trepidantes, que convertirán a nuestro destacado escritor en un Ulises asesino. “Olvidar el futuro” goza de una prosa monstruosa que exige al lector suma atención al texto, pues el cambio de escenarios, personajes y tiempos es asombroso, lo cual hace entretenida y complicada la lectura.

A través de esta novela, Agustín Ramos, hace una excelente radiografía tanto al interior como al exterior de diversos mundos, principalmente el literario y el político; en ambos, plasma el sinfín de porquerías que los cubren. Los personajes que aparecen a lo largo de la novela tanto principales, como secundarios están perfectamente construidos que se necesitaría ser muy despistado para no dar con sus posibles símiles en la vida real; convirtiendo así a la novela en una ficción sumamente arriesgada, pues el autor no tiene pelos en la lengua y plasma con precisión de cirujano las críticas necesarias en estos tiempos tan aciagos –acompañadas de una buena carga de un humor negro-, donde la corrupción y esta guerra sin sentido que el gobierno de Felipe Calderón ha emprendido contra el narcotráfico, tienen a México en una situación espantosa.

Una novela imperdible y que hará a cualquiera reflexionar sobre la realidad mexicana y obligará a cada lector a preguntarse ¿quiero esto para México? Una novela donde todos los ahí retratados, desde un multimillonario hasta una simple secretaria, pierden.

Con esta novela Agustín Ramos demuestra, como bien dijo en la presentación del libro, que la literatura es el lugar a través del cual aún se puede gritar, quizá, el único espacio que le queda al mexicano para expresarse libremente.

martes, diciembre 14, 2010

Sueño serial #2 (Diario Milenio/Opinión 14/12/10)

Houston, como todo lo demás, había cambiado. Reconocí algunas calles del centro, especialmente el bar donde acostumbraba beber los mejores martinis secos del mundo preparados, aún 7 años después, por la misma Amanda —una mesera algo guapa con la que se podía platicar a gusto. Reconocí el sinuoso camino que bordeaba el bayou donde amigos de toda confianza, aunque algo pachecos, aseguraban que habían visto cocodrilos o, al menos, grandes lagartos oscuros. Reconocí el Mais, ese restaurante vietnamita donde sostuve incontables reuniones nada clandestinas con furibundos izquierdistas norteamericanos y senegaleses y filipinos que querían aprender español. Todo lo demás, incluido mi barrio Normal, se veía distinto. Las casas eran más ostentosas y, sin sorpresa alguna, cada vez menos de los años 20 y más de los 90 (todo esto en el siglo XX). Ya no estaba el Reddie Room —donde alguna vez escuché, acaso con demasiado bourbon en las venas, a John Lee Hooker— ni el otro bar de la esquina donde un marzo de 13 o 14 años atrás tuve a bien bailar al compás de la música de Uncle Tupelo —todo esto por menos de cinco dólares y celebrando un cumpleaños. Era, como se sabe, otro mundo. Era, como se sabe, un mundo que, eventualmente, se convirtió en un mundo de mis sueños.

En todo eso pensaba mientras mi amigo manejaba lentamente, comentando los cambios más espectaculares del barrio y, también, los menos espectaculares. Cruzamos los rieles que, para entonces, ya no conducían a tren alguno sobre sus lomos. Y pasamos frente a la casa que alguna vez había sido mía y que, todavía protegida por la fronda de un fresno enorme y rodeada por las hojas iridiscentes de los viñedos, ocupaba entera una esquina. Como le había cedido la casa a una izquierdista lesbiana de radicales tendencias ecológicas, no me sorprendió en lo absoluto ver a las gallinas que, en contra de las leyes de la ciudad seguramente, vivían en lo que alguna vez fue mi hortaliza. Aún adornaba el porche de los años 20s esa bandera verde-blanca-roja con la que había pretendido ser nacionalista y la roja que indicaba mis proclividades políticas. Y seguían en pie los tendederos que los vecinos alguna vez habían calificado de “naturales” y que yo utilizaba como herramienta contra las nuevas tecnologías. Me imaginé, sin dificultad alguna, viviendo ahí por cuatro años aunque, claro está, sin gallinas. Oí, como oía entonces, ese sonido recatado y feroz de las plantas cuando crecen de noche.

Avanzamos a vuelta de rueda justo antes de que un sentimentalismo atroz me obligara a llorar. Y entonces, para absoluta sorpresa mía, reconocí la esquina que, en mi sueño del barrio de Normal, nunca había podido cruzar. Era una esquina como cualquier otra —había comercios y casas y gente y anuncios y postes del alumbrado público —cuya única seña de identidad era que, en cada uno de los sueños que componían el sueño serial del barrio de Normal, nunca había podido ver más allá de ella. Esa esquina se había convertido en mi límite onírico. Esa esquina era mi verdadera frontera. Mi abismo. Mi desconocimiento.

Emocionada, le pedí a mi amigo que no se detuviera, que la cruzara, que fuera más allá. Mi amigo, que me tenía aprecio, lo hizo no sin dejar de espiarme con el rabillo del ojo derecho. Yo sabía que se preguntaba con insistencia qué era exactamente lo que había encontrado pero, por ser gringo y amigo mío y por tenerme aprecio, no se iba a atrever a preguntármelo. En lugar de interrumpirme, avanzó. Y cruzó la esquina. Y siguió manejando. Y entramos, así, en el Más-Allá-de-la Esquina del No-Hay-Más-Allá. Yo lo veía todo con ojos de red. Lo espiaba todo con una avidez que sólo me conozco a ratos. No escuchaba nada más ni veía nada más ni imaginaba nada más. Estaba ahí, en el presente, sin ambages. Completa. Abierta al mensaje importantísimo y secreto que el sueño serial había decidido guardarse. Y avanzamos por minutos enteros así, en silencio. En la más total de las expectativas. Yo contenía la respiración y, mi amigo, por pura empatía, supongo que hacía lo mismo. No fue sino hasta quince minutos después que, irritada y dolida, susurré:

—Pero si aquí no hay nada.

Mi amigo se volvió a verme con algo de preocupación en el rostro porque el barrio donde manejábamos era ciertamente anodino y sin carácter alguno pero sólo con dificultad o con un sentido alterado de lo real podía asegurarse que no había nada ahí.

—Pensé que querías ver esto —me dijo con su docta voz de historiador urbano—, lo construyeron justo después de que te fuiste. Aquí sólo había maleza antes, ¿te acuerdas?

Le iba a pedir que me hablara de la maleza ésa que, por supuesto, no recordaba, pero entonces me di cuenta de que no tenía caso. Y, en lugar de guardar silencio, que es lo que uno debe hacer cuando algo sagrado o incomprensible realmente sucede, platiqué de otras cosas como si nada hubiera pasado. Mi amigo, porque me tenía aprecio, hizo lo mismo. Así llegamos al restaurante donde los investigadores que habían logrado sobrevivir a las bajísimas temperaturas de los auditorios universitarios festejaban ya el encuentro. Tomamos bourbon y, mientras no los oía, me dediqué a escuchar la voz de John Lee Hooker en ese lugar de mi cabeza que se seguía llamando el Reddie Room. Me paré una vez más en mi esquina y, justo cuando iba a dar el paso que me llevaría irremediablemente a cruzarla, me detuve. En seco.

—Por esto escribo —me dije, entre resignada y alerta, aceptando lo inaceptable y, al mismo tiempo, exigiendo lo imposible. Inmóvil.

—Nunca hay nada ¿verdad? —me susurró el amigo que me tenía aprecio mientras sonreía y bajaba la vista como si lo que acababa de decir le diera vergüenza.

—No, nunca —le aseguré muy lentamente, enunciando con cuidado cada consonante y cada vocal de cada palabra, luciendo de esa manera el luto que ya le empezaba a guardar al sueño que, estuve segura en ese momento, no regresaría más—. Nunca hay nada.

Luego tomé otro trago de bourbon. Miré el techo. Y seguí escuchando la voz de John Lee. Supuse que por eso, entre otras cosas, escribo. Por ese instante. Por esa nada.