miércoles, noviembre 10, 2010

"Cirlot, la mirada de Bronwyn" - Trailer

No deberías decir mentiras (Diario Milenio/Opinión 09/11/10)

Entre el antes y el después hay una larga hilera de hormigas negras.

Había estado en el hospital por días o por semanas, nunca lo supe bien. Pero al salir, justo mientras arrugaba los ojos debido al brillo del sol, me fue fácil adivinar que el mundo era, en realidad, distinto. El lustre sobre las hojas de los árboles. Tremendamente azul, el cielo. Un aire muy delgado frente a la nariz. Había vivido entonces lo suficiente como para saber que los cambios, al menos los que son verdaderos, ocurren sin explicación alguna y, con frecuencia, sin transición. Un estallido en lugar de una lenta evolución. Una crisis súbita. Un parpadeo.

En eso pensaba cuando sentí el primer jalón en la parte inferior del pantalón. Había adelgazado mucho durante mi estancia en la institución de salud y la ropa que me habían entregado al final, con toda seguridad la que había traído puesta al llegar, me quedaba grande. Era una verdadera vergüenza pero poco o nada podía hacer al respecto. Mi cuerpo era una colección de huesos, eso era cierto. Una gran concavidad donde alguna vez estuvo el abdomen. Las puntiagudas crestas ilíacas. Los nudillos protuberantes en todos los dedos. Vi todo eso y mi barba de días antes de decidirme a dar el paso que me sacaría de manera definitiva del edificio blanco. Respiré hondo, me coloqué los lentes y crucé el umbral. Entonces fue que me dí cuenta de la metamorfosis del mundo y entonces pensé en la catástrofe. Ahí fue cuando apareció ella.

Al inicio pensé que era un juguete al que había arrollado sin advertirlo. Luego creí que se trataba de alguna mascota que alguien había olvidado sobre la banqueta. No fue sino hasta que la levanté por la parte posterior de su vestido y la coloqué, después, sobre la palma de mi mano que tuve que aceptarlo: estaba frente a una mujer increíblemente pequeña. Al menos así me pidió que la llamara. Un ser extraño.

La observé, naturalmente. La observé por mucho rato. Los días en el hospital me habían dejado débil y las alucinaciones suelen ser frecuentes en pacientes que han estado bajo los efectos de la anestesia de manera prolongada. Me sonreí. Le agradecí a algo o a alguien que mi delirio no hubiera producido monstruos alados o fosas comunes o montones de cucarachas. En lugar de todo eso, pequeña y cariacontecida y justo sobre la palma abierta de mi mano, estaba una muñeca de vestido azul y zapatos altos.

-Puedes llamarme La Increíblemente Pequeña, si gustas- había dicho a manera de saludo mientras entornaba los ojos.

Me volví a ver el cielo en busca de refugio. Me reí de mí mismo. Iba a sacudir la mano para verla caer pero, en el último momento, reconocí algo en su rostro. Sus ojos inexpresivos, su nariz respingada, los labios carnosos. El cabello tal vez. La manera en que unas ondas castañas y tupidas caían sobre sus hombros. La certeza era de color blanco y me inundó la cabeza y no me dejó ver nada más.

-Tú y yo alguna vez dormimos juntos- murmuré. El sonido de mi propia voz me causó desconsuelo o bochorno. Ella alzó el rostro, sin entender. Juro que en ese momento apareció una especie de rubor sobre sus mejillas. La sonrisa de la indefensión o de la ignorancia. Las ganas de desaparecer.

-Nada sexual -aclaré, y mi voz, entonces, volvió a causarme bochorno o desconsuelo, o ambas. Fue cuando empezaron las bombas en la ciudad -farfullé-. Había más personas en el suelo, quiero decir. Y tú eras de otro tamaño -atiné a explicar al final, carraspeando.

Fue difícil reconocer el ruido de las balas al inicio. Las ráfagas aparecieron de la nada y me dejaron sordo. Sólo supe qué hacer cuando vi lo que hacían los demás: correr despavoridos buscando alguna forma de refugio. Sin pensarlo, obedeciendo a instintos más bien automáticos, coloqué a la Increíblemente Pequeña dentro del bolsillo de mi suéter y avancé en la misma dirección que los demás. Y eso es, en tantas ocasiones, el amor. Corrí por mucho rato. Corrí sin mirar atrás. No guardaba recuerdo alguno del bosque en que me interné cuando el sudor escurría ya a chorros por la columna vertebral y la respiración me ardía en las membranas del esófago. Me detuve, exhausto, bajo la fronda de un árbol gigantesco. Un verde así. La mano sobre la textura rugosa del tronco inmemorial. La cabeza inclinada hacia el suelo. La saliva, cayendo. La hiel. Supongo que me desmayé.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue la larga hilera de hormigas negras. El antes y el después. Avanzaban de manera incesante y veloz y en línea recta. Todas venían hacia mí. Directo hacia mis ojos. Vistas desde el suelo, a una distancia que se antojaba ominosa, daban la impresión de ser prehistóricas. 110 o 130 millones de años o más. El cretáceo. ¿Llevaba en realidad todos esos años ahí? No tardaron mucho en rodear un cuerpo que yacía con los brazos abiertos y las piernas flexionadas sobre las hojas de un bosque muerto. La Increíblemente Pequeña se sentó entonces sobre mi pecho. Me vio como si observara algo inhumano a través de un microscopio.

-Vas a morir -me dijo con una voz muy pacífica: la voz de la persona que registra un dato, uno ente tantos otros. Uno entre muchos-. Pero no deberías decir mentiras.

Movió la cabeza de izquierda a derecha, lentamente. Luego se levantó. Sacudió un polvo imaginario de su vestidito azul y me dio la espalda. Poco después sentí cómo avanzaba sobre mi esternón para caer, luego, en la concavidad del abdomen. Una resbaladilla. Se introdujo así bajo la pretina del pantalón. Evadió con destreza mi sexo flácido, mi escroto. Continuó su camino por el muslo izquierdo, el promontorio de la rodilla, hasta arribar al tobillo. Entonces se salió de mí.

Cuando los paramédicos me introdujeron a la ambulancia no supe qué decir. Tenía una sed atroz. Unas ganas enormes de huir. Quería verla. Quería decirle que, a veces, el deseo. Que la piedad.

lunes, noviembre 08, 2010

Para quemar un petate (Diario Milenio/Opinión 08/11/10)

Visiones y ficciones


Dicen, quienes de pronto creen saber, que la realidad supera a la ficción, como si ambas corrieran paralelamente. Toma tiempo, sin duda, pero el mero quehacer de la ficción es redondear y perfeccionar aquello que ha nacido chueco y contrahecho. Hacer las cosas mal y porque sí, que es la manía de la realidad, difícilmente puede superar al empeño de armarse de razones y propósitos en la persecución de un objetivo estético. Más que una improbable competidora, la realidad es el abrevadero de la ficción. Ahora bien, su proceso es inverso al digestivo, por eso la tarea del ficcionante consiste en alimentarse de inmundicias a las que su organismo transforma en manjares. Cuando menos eso ayuda a explicarse que a menudo la realidad resulte indigestible y uno sólo la trague con la ayuda de un buen bocado de ficción. Fue así, me explico ahora, como caí en el vicio de las narcoseries. Ninguna, de seguro, lo bastante cercana al horror de la matachina en curso para asumirse más que villamelón, pero más de una al tanto de que no cuenta nada del otro mundo.

Ya sea en California, Miami o Medellín, la narcorrealidad es maná celestial de la narcoficción, si su pura semilla florece donde sea y rinde frutos el año entero. ¿Qué ficcionante se dirá mal provisto por una realidad generosa en billetes, adrenalina y sangre? El cártel de los sapos, Las muñecas de la mafia, Rosario Tijeras, El ventilador, Sin tetas no hay paraíso, El capo, Sin senos no hay paraíso (la misma, pero peor)… Las he visto por una suerte de inercia, esperando tal vez encontrar en alguna de las demás el encanto de la que encabeza la lista. En todo caso, las primeras tres se dejan ver compulsivamente y las últimas cuatro difícilmente pasan de melodramas más o menos infumables, pero la realidad es tan pesada que uno sigue pegado a la pantalla, como esperando que se escape un detalle que abra nuevas ventanas hacia ese lado oscuro que cada día se integra mejor al insulso horizonte cotidiano. Nada hay más divertido, de repente, que ver a medio mundo haciendo alegremente lo que según la ley no puede hacerse.

Validando la fábula


Llega uno a saber, gracias al cine y la novela negra, que la vida de un wise guy difícilmente pasa de los diez años. Son, como todo gángster de poca monta, ratitas desechables, y a diferencia de los grandes capos, varios de ellos políticos encumbrados, sirven para ilustrar las moralejas más socorridas sobre el destino idóneo de los malos pasos. Lejos del cine negro que las precede, donde el crimen también sabe pagar, los personajes de las narcoseries colombianas están sin excepción condenados a engordar el prestigio de los fabulistas. Ya sea porque terminan en plan de presidiarios, soplones o cadáveres, ninguno goza al fin de su fortuna. Mientras eso sucede, día con día se hacen una guerra invariablemente desleal donde florecen líneas tan ingeniosas y decorativas como “¿Quieres que ya te ponga a chupar formol?” o “Vamos a llenarte la boca de moscas”.

A quien me ha preguntado cómo es que soporté tantos capítulos de la que a fin de cuentas es una misma historia, suelo decirle que, por justo contrapeso, me aplica seguir las que no sé si debería llamar narcoseriesamericanas. ¿Es Weeds eso, una narcoserie, o nada más una comedia familiar? Afortunadamente, es estupenda. Y nada menos que eso puedo decir de Breaking Bad, donde se cuenta la vida en familia de un productor de metanfetamina. ¿Y The Wire es una narcoserie, una serie policiaca o una epopeya multifamiliar? En todo caso ninguna de ellas retrata personajes excepcionales; su mérito descansa en hacer ver lo cotidiano excepcional, y viceversa. Más allá de los votos en California y las declaraciones de expertos, columnistas y políticos, la ficción cotidiana que abreva de la cotidianidad gringa (y a la cual se dirige de regreso, enriquecida de orden y sentido) tiene un tufo no menos cotidiano que el de los huevos fritos o la cerveza. ¿Y no es cierto que incluso series en teoría ajenas al tema, como Six Feet Under o Bored To Death, huelen a mota de aquí a treinta cuadras?

El imperio del trampolín


En abierto contraste con la fábula, que en todo caso miente por ingenua, la ficción abomina de la hipocresía, puesto que, a diferencia de la realidad, no puede darse el lujo de ser inverosímil. Si es preciso mentir, lo hará exhibiendo tanto de verdad que de cualquier manera terminará mostrando más de lo que en principio pretendía esconder. Todavía no estamos acostumbrados a tratar con matones y traficantes cotidianamente, pero hace muchos años que el viejo olor a petate quemado dejó de impresionar a las abuelas, acostumbradas hoy a untarse en las piernas justo lo que sus nietos se fuman y sus hijos afirman que jamás han probado, o que una vez lo hicieron pero eso sí, no le dieron el golpe. Nunca en mi vida he quemado un petate, ni creo haber estado cerca de quien lo hiciera: debe de ser por eso que la expresión dejó de ser empleada, toda vez que a la mota todo el mundo la ha olido y a los petates no hay para qué incendiarlos.

He esperado hasta hoy, tronándome los dedos, por el capítulo 8 de Boardwalk Empire, que sin buscarlo así podría terminar engrosando el catálogo de las narcoseries. Producida por Martin Scorsese, que además dirigió el capítulo piloto, transcurre entera durante la ley seca, y a ella le debe toda su trama. ¿Ley seca, dije? Lo que uno ve, poco menos que escena por escena, es a los personajes bebiendo a toda hora en Atlantic City, que es una suerte de gran cantina equipada con casino y burdel, de modo que bajo ningún pretexto alguien se mire seco en su interior. Para fortuna de una larga cadena de maleantes, nada es más fácil en la Atlantic City de los años veinte que hallar cerveza o whisky, igual que en Weeds cualquiera sabe dónde dar con la mota. Pues nada, insisto, intoxica a la ficción más que la hipocresía. En el primer capítulo de Boardwalk Empire, Nucky Thompson —capo mayor, interpretado por Steve Buscemi— brinda con sus compinches a la salud de los ingenuos que les dieron tamaña ley de regalo. Con perdón de Scorsese, Buscemi y asociados: esa frase, hoy en día, tiene el aroma del petate quemado. Quise decir, el de la realidad.


jueves, noviembre 04, 2010

Vargas Llosa, el indispensable escribidor-Pedro Ángel Palou (Revista Poder y Negocios 03/11/10)

Cada octubre nos despertamos con la noticia de un Nobel de Literatura más polémico que el anterior –a Darío Fo, por ejemplo, o a desconocidos o escritores muy menores como Le Clezio– y vemos pasar los nombres de los que, verdaderamente, deberían estar allí. Borges decía que es mejor estar en el grupo de quienes no recibieron el premio (con Kafka o Joyce o Proust a la cabeza), pero es una frase de consolación en realidad.

Este año, sin embargo, la sorpresa fue positiva. Recayó en un viejo nombre de las listas que ya no aparecía como favorito en las quinielas del Nobel, otro deporte común. Él mismo sorprendido, Mario Vargas Llosa –después de 20 años de sequía para los hispanohablantes–, recibió la noticia en un departamento de Manhattan antes de empezar sus clases en Princeton, donde es profesor visitante.

La obra de Vargas Llosa es, si se me apura, la del novelista vivo más ambicioso del orbe, el último samurái de la novela total, ese género que la globalización parece haber echado por tierra –pero que renacerá pronto, estoy más que seguro–, el creador infatigable, el arquitecto obsesivo, el creador absoluto. Basta mencionar sus dos obras maestras: La guerra del fin del mundo, recreación lingüística excepcional sobre la guerra de Canudos que ya intentara Euclides Da Cunha, y Conversación en La Catedral, su novela sobre el poder y la corrupción del Perú durante la dictadura de Odría.

Y, sin embargo, Vargas Llosa encarna, también, una figura en desuso: el intelectual comprometido. Su viejo maestro Sartre –a quien quiso encontrar en París pero no lo recibió– como modelo, ha implicado que Vargas Llosa no haya, nunca, rechazado la polémica y defendido a capa y espada sus ideas (aunque se haya equivocado, es lo que menos importa). De esa experiencia con los molinos de viento del poder hay heridas –como haber perdido la presidencia de su país en la segunda vuelta frente a Fujimori– y también literatura, su libro no ficcional, El pez en el agua.

Hay esa otra veta, en él, que es impensable en otros autores: la del ensayista sobre la ficción –la novela y la prosa, en particular–, que se ha obsesionado con una idea recurrente: la novela es la verdad de las mentiras. Primero escribió un monumental libro sobre su entonces amigo, Gabriel García Márquez: Historia de un deicidio; luego un ensayo insuperable sobre Flaubert: La orgía perpetua, al que siguieron un libro sobre su novela favorita, Los Miserables, y un largo ensayo sobre Juan Carlos Onetti. Antes, mucho antes, había escrito sobre los libros de caballería y sobre Tirante el Blanco, en particular. Y ahora, en Princeton, dicta clases sobre el punto de vista en la novela (con Carpentier a la cabeza) que seguramente será libro pronto.

Algunos escritores se repiten hasta el silencio. Vargas Llosa es un escritor que se renueva hasta el cansancio. Es un escritor jovencísimo de 74 años que sorprende aún –lo hizo, magistralmente, en su tardía novela de dictador, La fiesta del chivo–, y ahora con su esperada El sueño del celta. Ha caído, a veces incluso estrepitosamente, como en su libro sobre Flora Tristán o en su excepcionalmente horrenda Travesuras de la niña mala (en la que quiso ser Bryce Echenique, sin su humor). Pero incluso esas caídas son el síntoma de un cuerpo vivo, los errores de un novelista que no cree en el estilo tardío, sino en la nueva obra que está escribiendo, como la mejor.

Algunos lo juzgan por sus desventuras políticas, por su cada vez más radical liberalismo –de derechas, dicen, como si ese adjetivo tuviera hoy algún sentido–. Me parece absurdo. Vargas Llosa ha sido un defensor de la libertad del individuo frente al poder –del Estado y sus milicias, como en La ciudad y los perros–, frente a la no diversidad, el tema de la homosexualidad está siempre presente, lo mismo en ese libro que en La historia de Mayta o en el mismo Conversación. Frente al discurso religioso, frente a los totalitarismos de cualquier color. Y por eso ha hecho de la literatura en general y de la novela en particular, un arma para enfrentar a la realidad.

En Vargas Llosa no existe la dicotomía cervantina sobre las armas y las letras: sus armas son las letras. Y es el último caballero andante que cree en la novela como un vehículo privilegiado para derrotar a la ciudad del sentido común que decía Nabokov. A la realidad, sin adjetivos, como diría él mismo. Porque el novelista es un deicida –capaz de matar a Dios– que cree que la literatura es la única forma de felicidad, la orgía perpetua.

Para quienes creemos en la literatura, en el poder del español, y en la novela, éste es un premio que nos llena de felicidad y de orgullo. Pensamos en el joven Marito –el que autobiografía también magistralmente en La tía Julia y el escribidor– con ocho trabajos a la vez, entre ellos el de archivista en un cementerio por las noches, y creemos que el esfuerzo valió la pena.

Es la obra y la vida de quien así opina, al imaginar un mundo privado de la literatura y la novela: “Incivil, bárbaro, huérfano de sensibilidad y torpe de habla, ignorante y ventral, negado para la pasión y el erotismo, el mundo sin literatura de esta pesadilla que trató de delinear tendría, como rasgo principal, el conformismo, el sometimiento generalizado de los seres humanos a lo establecido. También en este sentido sería un mundo animal. Los instintos básicos decidirían las rutinas cotidianas de una vida lastrada por la lucha por la supervivencia, el miedo a lo desconocido, la satisfacción de las necesidades físicas, en la que no habría cabida para el espíritu y en la que, a la monotonía aplastadora del vivir, acompañaría como sombra siniestra el pesimismo, la sensación de que la vida humana es lo que tenía que ser y que así será siempre, y que nada ni nadie podrá cambiarlo”.

La literatura, la buena literatura, ha triunfado por sobre todas las cosas.

Día de Muertos-Margo Glantz (La Jornada/Opinión 04/11/10)

Bueno, Día de Muertos, muchas ofrendas, gente por doquier y un cielo muy azul; los políticos cada vez más imbéciles, como los pueblos que por ellos votan, véanse Berlusconi, su soberbia, su estulticia, su homofobia; el Tea party y la violencia republicana en Estados Unidos, en fin, como decía Walter Benjamin, a quien recurro, siempre es posible lo peor.

Me detengo, me evado, vuelvo hacia otras épocas, a una exposición que actualmente se exhibe en el Museo Maillol, en París, Los tesoros de los Médicis. Los Médicis, leo en el catálogo, cuya historia se confunde con la de Florencia, se impusieron como una de las más importantes dinastías europeas durante cerca de tres siglos. Fueron banqueros y comerciantes, al principio modestos, pero desde 1397 fundan su primer banco y abren una extensa red de talleres de textiles, uno de los pilares de la economía florentina.

Bajo Cosme el Antiguo, el más rico comerciante de Florencia para 1457, la banca Médicis –negocio familiar– cuenta con filiales en Roma, Nápoles, Venecia, Milán, Génova, Lyon, Avignon, Brujas y Londres. Aunque republicanos, su importancia política y sus redes bancarias internacionales les otorgan un rango principesco y les permiten concertar alianzas muy importantes con las principales dinastías europeas, un ejemplo relevante sería el de Catalina de Médicis –mujer de Estado, figura histórica, también legendaria, que se convierte en esposa de Enrique II en 1533 y en reina de Francia en 1547–, participará en acontecimientos cruciales para la historia de ese país: las guerras de religión entre protestantes y católicos y, bajo cuyo reinado, se produce la trágica noche de San Bartolomé.

Los Médicis tienen además un poderoso influjo en lo eclesiástico, el hijo menor de Lorenzo, cardenal desde los 14 años, se vuelve Papa con el nombre de León X, y el hijo ilegítimo de Juliano de Médicis será más tarde Clemente VII.

Esta supremacía bancaria, política y religiosa los convierte en grandes mecenas, y bajo su reinado se cobijan los más destacados artistas de Italia (hoy en franca decadencia).

Brunelleschi construye entre 1421 y 1428 el famoso palacio Médicis-Ricardi, modelo de palacio renacentista y, en ese mismo edificio, Benozzo Gozzoli pintará su famosísima procesión de los Reyes Magos, donde estarán representados los miembros más importantes de la familia; asimismo, en 1440 Cosme le concede a Fra Angelico la misión de pintar el convento de San Marcos; hacia 1469, Marcilio Ficino traduce a instancias de Cosme el Antiguo los diálogos de Platón y, con la llegada de Lorenzo el Magnífico, Florencia se convierte definitivamente en una de las sedes artísticas más importantes de Europa: Massaccio, los Pollaiolo, Donatello, Boticcelli, los Lippi, Leonardo, Ghirlandaio, Miguel Ángel, Bronzino…

La colección exhibida es pequeña, suntuosa y refinada; me impacta un pequeño cuadro de Fra Angelico, de tenue colorido y aspecto tranquilo, narra una historia terrible, la decapitación de los santos Cosme y Damián y de sus hermanos, yacen por tierra con sus cabezas tronchadas, aureoladas y sangrientas, a su alrededor varios personajes con aire contrito y religioso, una figura cuya cabeza va coronada con un alto sombrero rojo arrastra a ¿Cosme? y muestra una tela escrita con caracteres hebreos; el fondo lo constituyen varios edificios de color claro, un paisaje que empieza a oscurecerse, varios cipreses y… vuelvo a mirar y compruebo que es imposible evadirse: esas cabezas tronchadas, esas manos devotamente cruzadas sobre el regazo, me devuelven a la realidad, recuerdo a los 72 inmigrantes asesinados recientemente y en honor de los cuales se ha erigido un altar de muertos, y retorno a la Plaza de Coyoacán repleta de ofrendas, una en especial me sobresalta y a todos los que por allí pasan, la procesión de figuras femeninas enfundadas en hilachos, obra de Helen Escobedo, recientemente fallecida, pasan silenciosas, hechas propia figura de la muerte.

martes, noviembre 02, 2010

El Chapo y La Siemprefría (una narcocalavera) (Diario Milenio/Opinión 02/11/10)

Cuando llegó el carpintero
a tomarle las medidas
para hacerle una pijama
al estilo del rey Midas
que le sirviera de cama
en lo hondo del agujero,
díjole El Chapo: “Me muero
por saber el apellido
del soplón que me ha sumado
a esta lista peliaguda
donde el capo más armado
y el sicario arrepentido
bailan, sin pizca de duda,
con una misma Huesuda
cuya misión pertinaz
no le deja ni un ratito
(de tantos que antes tenía)
para descansar en paz
(con tamaña artillería)
y concederse el gustito
de darse un chico gallito
entre dos fiambres puntuales…”


“Es que esta lluvia de balas
no admite formalidades
y la Muerte anda de malas
pues para colmo de males
se ha metido cantidades
poco menos que industriales
de substancias ilegales
para aguantar esta vara”,
confió al Chapo el carpintero,
con los clavos en los dientes
y esas córneas elocuentes
que hablan de un perico fiero
cuyo poder se compara
con el de diez gatilleros
armados hasta los huesos.
“Yo le prometo, don Chapo,
que si me pasa una muestra
de esa nieve cocinada
que hace de un matón un capo
y del mundo tierra nuestra,
le hago su caja dorada
como a María Inmaculada...”
Iba así la transacción
entre capo y carpintero
cuando, cual chicharra aguda,
el grito de un mensajero
les detuvo el corazón:
“¿Cómo ven que la Huesuda
se nos murió de un pasón?”
“¡Y ahora quién me va a pagar!”,
gruñó el hombre del martillo
con la merca bajo el brazo
y en los ojos cierto brillo
que dejaba adivinar
ya no un estado virtual,
sino un virtual estadazo.
Desde aquel día las ventas
se vinieron para abajo:
sin la Muerte, los matones
se quedaron sin trabajo
y las batallas más cruentas
fueron ya sin municiones
pues en todas las naciones
pronto quedó demostrado
que no hay droga suficiente
pa’ aplacar a la manada
de diablos intransigentes
que no por cosa de suerte
saltan ya sobre el tejado
de la eternidad odiada
cuando se muere la Muerte
y no queda más que nada.

* Esta calavera fue compuesta de manera especial por el autor para el programa El asalto a la razón de MILENIO Televisión

El robo (Diario Milenio/Opinión 02/11/10)

El hombre se apostó bajo el dintel de la puerta de mi oficina y, como en tantas otras ocasiones, pensé que se trataba de un fantasma. La luz que atraviesa los ventanales a veces provoca esa sensación. La sensación de estar rodeada de fantasmas. Supongo que por eso lo ignoré. Uno se acostumbra, después de todo, a las visitas de los fantasmas y las toma con ligereza y los deja ir. Así que sólo levanté los ojos de la pantalla cuando sus nudillos tocaron tres veces la madera de la puerta y de su garganta salió un carraspeo que a finales del siglo XIX pudo haber sido tomado como un signo de buena educación. Cuando logró capturar mi atención fue al grano:

—¿La conoce usted? —me preguntó y dio dos pasos dentro de mi oficina al mismo tiempo.

Era una fotografía. Era una mano que temblaba apenas. Era un brazo y un hombro y un mentón que se dirigían, blancos y tensos, hacia mí. Eran dos ojos redondos, de un verde casi vidrio. Sulfúrico. Era una imagen. Era el rostro de una mujer, y el que fuera el rostro de una mujer que yo conocía o había conocido me dejó estupefacta.

Lo invité a tomar asiento y, mientras el hombre doblaba las rodillas y, luego entonces, bajaba la vista, traté de hacer pensable lo impensable: así que sí era posible fotografiar a un vampiro y alguien más, alguien que no era yo, la conocía. Solía pensar en el pasado en esos términos.

El hombre repitió la misma pregunta cuando, sin relajación alguna, permitió que sus vértebras tocaran el respaldo de la silla. Una voz demasiado aguda. Un tonillo impertinente. El color de su cabello maltratado. Seguramente por eso guardé silencio y me dediqué a observarlo.

—Estuvo en mi casa hace poco —dijo, posando sus ojos sobre la imagen que me había mostrado a manera de explicación—. Me robó.

Toqué el retrato: las yemas de los dedos sobre la frente amplia, los ojos alertas, la nariz respingada. Me sonreí. Parecía desvalida y feroz a un tiempo. Parecía esa mujer que camina sobre dagas y que recuerda, también, una canción de Leonard Cohen. Parecía tantas cosas. Supongo que por eso recordé que, unos 20 años atrás, había escrito yo un cuento en que un Hombre Mayor secuestraba a una muchacha sólo para investigar el paradero de otra mujer, esa mujer que ahora veía en la fotografía, esa mujer muy joven con cara de animal salvaje o animal a punto de morir, que se había ido de su casa con una colección de jade y unas mancuernillas muy costosas. La Secuestrada, que se sonreía de esa manera turbia y descreída y cómplice en que yo misma lo hacía en ese momento, sólo atinaba a preguntarle al hombre súbitamente envejecido: ¿Así que tú también te enamoraste de ella, viejo rabo verde? Por toda respuesta, el Hombre Mayor le volteaba el rostro con una cachetada y salía de la habitación blanca. Violentamente. El ritual, con ciertas variaciones de tema y de tono, se repetía unas tres veces hasta que, contrito y derrotado, el Hombre Mayor aventaba las llaves de la puerta sobre la cama mientras La Secuestrada hundía su cabeza en al agua tibia de la tina. Habían hablado del amor, eso recuerdo; habían hablado sobre la imposibilidad de fijar la trayectoria de otro, la huida sin fin del otro. Habían hablado sobre querer hacerlo. Ese desatino. Esa maldición. Ese robo.

—¿Una colección de jade y varios juegos de mancuernillas? —por razones que todavía no entendía bien precisaba de su confirmación. Tuve que hacerle la pregunta un par de veces al hombre de los ojos sulfúricos hasta que entendió.

—¿Se lo dijo ella? —la alarma en su mirada era real. Su impaciencia. Su azoro—. Se lo dijo ella, ¿verdad?

Lo invité a tomar un café nada más porque no quería tener esa conversación en mi oficina. Bajamos la escalera en silencio y no pronunciamos palabra alguna sino hasta que, con taza de café en mano, encontramos un árbol de amplias frondas bajo el cual nos sentamos.

—Hace calor —murmuró. Bajó la vista. Se ruborizó.

—No sé dónde esté —le dije, para evitarle el bochorno de preguntar y de esperar, apesadumbrado y servil, la respuesta.

—Pero ella te escribe —su hombro y su brazo y su mano, que se dirigían hacia mí, sostenían ahora un par de hojas cuadriculadas—. Mira.

Era un texto escrito a mano, tinta marrón, letra pequeñísima. Era algo vivo y a punto de quebrarse. Una herida. Una daga. Era, según decía el título, el capítulo de todos sus inicios. Cuando atiné a arrojar mi mano hacia el papel, súbitamente necesitada, el hombre lo alejó de mí.

—Primero vas a tener que decirme dónde encontrarla.

—¿Para qué? —le pregunté sin poder evitar la sorna, recostándome bajo la amplísima fronda. —¿Para qué te devuelva el jade? ¿Para qué te regrese el costo de las mancuernillas?

El viento, fresco. La nube blanca. La rama que, tambaleante, deja caer una hoja. El ruido de un tráiler que se va. Tres carcajadas.

—Para lo que a mí se me dé la gana —dijo con una agresividad que había imaginado en él desde que se apostó, fingiéndose fantasma, en el umbral de mi puerta.

Me incorporé entonces. El ruido de las rodillas. El gemido de hastío. La compasión. Recordé la furia y la frustración del Hombre Mayor que, 20 años atrás, también la buscaba. Los dos hombres me conmovieron. Me quedé inmóvil así, de pie junto a él que, con las piernas cruzadas y la mirada hacia arriba, no parecía haber salido bien a bien de la adolescencia.

—Pero, corazón, supongo que a lo que a ti se te da la gana a ella no le interesa —dije en voz muy baja.

Ese verano, recordé, vivimos del dinero que sacó al malbaratar el jade e intercambiar las mancuernillas en el mercado negro. Algo así le había dicho La Secuestrada, ya dentro de la tina, al Hombre Mayor que, vestido y pulcro, la observaba desde el asiento del retrete. Los dos lloraban en silencio dentro del baño. También perdimos tres paraguas, había continuado. Y un perro que se llamaba Diablo dejó que le acariciáramos el lomo. Una tarde de domingo. Fumábamos mucho. Las dos.

—Pues ya lo veremos —anunció, irrebatible, el muchacho sulfúrico.

Y dijo algo más, algo que ya no pude oír desde lejos. Desde 20 años atrás.

Esos lutos unánimes (Diario Milenio/Opinion 01/11/10)

Los santísimos fines


Tal vez sea mi problema. Por alguna razón, sospecho de las unanimidades. Ya sea por añejas o intempestivas, suelen pecar de miopes o complacientes. Cualquier cosa con tal de conservarse unánimes. A partir del momento en que la unanimidad es el valor más alto, toda espontaneidad es falta de respeto, si no desobediencia. ¿Y existe acaso actor más espontáneo que el pensamiento, cuyas ráfagas suelen ir y venir a despecho de toda unanimidad? Cuanto más pone esmero el orador en su solemnidad, menos consiguen los espectadores hacer honor a lo unánime del recogimiento, así la ocasión sea un funeral. Y hoy que los oradores se han puesto extrañamente de acuerdo en beatificar al por lo visto unánimemente admirado Néstor Kirchner, no consigo evitar la tentación de echar miradas largas y sardónicas a los pocos que comparten mi mal, y cuyas cejas altas parecen coincidir en preguntarse si ahora resulta que todo el mundo, excepto los satánicos mercados de valores, confiaba ciegamente en Néstor Kirchner.


Suele decirse, en aras de la acariciada unanimidad, que el difuntito en turno tenía las mejores intenciones. O si no las mejores, menos aún las peores, pues era un individuo bienintencionado. ¿Y es, por cierto, eso un mérito? ¿Quién no ha tenido, al menos en principio, el mejor de los fines? Inclusive los gángsters, no pocas veces gente de familia, se plantean los fines más loables, como dar lo mejor a sus consanguíneos y ayudar a la causa de los necesitados. Sería muy divertido beatificar y ser beatificados sólo por lo bonito de nuestros fines, pero en tal caso muy probablemente quedaríamos todos empatados. Para desempatar, sería preciso tomar en cuenta un tema que la piedad unánime suele dejar de lado en estos casos: los medios escogidos para alcanzar tan loables objetivos. Y ante la indiferencia de numerosos beatificadores en torno a ese detalle de mal gusto, valdría preguntarse cuántos de nuestros más respetados santones alcanzaron el nicho por sus benditos fines, sin perjuicio de medios poco menos o más que luciferinos.


Los demoniacos medios


Duele reconocerlo: las buenas intenciones son baratas. Puede uno encontrárselas a la orilla del río, o del desagüe. Hasta el sujeto más execrable tiene por ahí una buena intención escondida, y quizás una buena obra en su expediente. Y la gente de Estado tiene racimos de ellas, de pronto tan urgentes y, como dicen ellos,sustantivas, que a sus ojos se vale todo por alcanzarla. ¿Cómo no ver con cierta simpatía la decisión cumplida de ganarle una apuesta al Fondo Monetario Internacional? ¿Pero qué tal cuando esa férrea voluntad sirve lo mismo para callar a los críticos, hacer guangas las leyes y disparar estigmas a los detractores? En todo caso, la pregunta no es cómo y por qué puede beatificarse a una figura pública por el puro valor de sus fines, sino adónde se van esos números rojos que fueron los medios. ¿Será que de la noche a la mañana se despintan, o es que el jurado unánime no distingue otro tono entre el blanco y el negro?


En momentos como éstos, cuando el difunto apenas está siendo enterrado, preguntarse por los números rojos es punto menos que una ruindad, pero lo cierto es que entre el luto unánime menudean las ruindades individuales. Como ésta que consiste en preguntarse si por casualidad el beato inminente se lleva sus defectos a la posteridad y es junto a ellos, cuando no por ellos que se le consagra. ¿Nos olvidamos de su autoritarismo explosivo y su ambición enfermiza, o a ellas también les rendimos tributo? ¿Cómo es que los defectos más notorios del vivo son medallas en el pecho del muerto? ¿Murió en el cumplimiento del deber o en la vorágine de su propia avidez? ¿Cuentan sus intenciones desbocadas de amordazar a los medios de comunicación entre sus fines, o nada más entre sus invisibles medios? ¿Es posible evitar la influencia del modelo sobre futuros clones aventajados que a gritos y empujones se dirán kirchneristas de hueso colorado y ya por eso se autorizarán a hacer uso del medio que se les antoje con tal de que se cumplan sus caprichos?


Al cielo con todo y cola


Está un poco de moda que el acusado de cierto crimen conspicuo se defienda aduciendo que el delito de marras prescribió, o que una grabación es prueba desechada, pero ni abra la boca respecto a su presunta responsabilidad. Si el fin último es quedar impune, quién va a perder el tiempo en detalles como una prueba documental. Ahora bien, con leyes o sin ellas hay topillos tan obvios que saltan a la vista como tales, aun si en esos códigos no figura una ley que los limite, o por casualidad puntualmente dejó de existir. Esa barbaridad de que dos cónyuges tengan la opción de sucederse en el Poder Ejecutivo podrá ser muy legal, y sin embargo apesta a monarquía, no exactamente en su mejor sentido. Pero un hombre del temple de Néstor Kirchner no iba a aceptar los gritos del sentido común en un tema tan nimio como los medios, cuando el fin era grande y generoso como los sueños de una Power Couple mentalmente instalada en el duunvirato. Eso sí, con muy buenas intenciones.


Lo peor de las mejores intenciones tiene que ver con su autogestionada autoridad, suficiente para legitimar en sí mismas lo que condenan en sus adversarias, que ya sólo por eso resultan oficialmente incapaces de albergar una sola buena intención. ¿Tenía el matrimonio Kirchner las mejores intenciones cuando multiplicó geométricamente su patrimonio, merced básicamente a los resortes de su inmenso poder? Sin duda, por qué no; en la medida que no pierda uno el tiempo reparando en los medios utilizados. Y si al fin se comparan semejantes minucias con los delirios de poder y gloria que la pareja debió haber compartido, puede uno apostar a que la Historia desechará cada una de aquellas fruslerías. ¿Cómo, de otra manera, dar estatura homérica a tantos pícaros por ella consagrados? ¿De dónde más saldría tanta unanimidad? ¿Existe alguna libre de sospecha?

sábado, octubre 30, 2010

Box-Álvaro Enrigue (El UniversalOpinión 30/10/10)

Hace unas semanas fui por cuestiones de trabajo a la ciudad de Morelia y, dado que mis citas eran en viernes por la tarde, aproveché para convertir el asunto en una expedición familiar. A pesar de los horrendos problemas que agobian a Michoacán, su capital mantiene una dignidad y un culto al bienestar tal vez únicos en México: está cada día mejor remozada, sigue siendo segura, mantiene un control férreo de la economía informal y ha educado a sus habitantes para que no arrojen ni un chicle al suelo. En ese contexto de orden admirable, resalta una nota: la secretaría del deporte de la ciudad celebra en su zócalo, todos los sábados, funciones gratuitas de box amateur.

El box es un deporte y los peleadores del zócalo de Morelia lo practican en toda regla olímpica: son jóvenes más sanos que uno mismo, aficionados a los mamporros. El caso no pasaría de una excentricidad, si no fuera porque las primeras peleas de la tarde son ejecutadas por niños. Por muy abierto que uno sea y por más que sea aficionado al box, el asunto inquieta: ¿qué sociedad pone a dos chiquitos a pegarse mientras apoya a uno u otro según el gimnasio del que viene? Ver aquello fue un golpe de conejo a mi airosa tolerancia, aunque por supuesto acabé, con mis hijos, apoyando a gritos al contrincante que parecía venir de un contexto social más difícil.

Pese a su peculiaridad y resistencia, el país se ha ido afiliado como va pudiendo a las corrientes de lo políticamente correcto. Hay cosas que se hicieron y dijeron siempre y que en los últimos 20 años han salido al menos parcialmente del habla común: si uno no es gobernador de Jalisco, en general considera las diferencias y los derechos de las minorías tradicionales antes de hacer una alocución sentida, por supuesto en público, pero también en privado.

Lo mismo sucede con muchos pequeños actos de civilidad que hasta hace poco nos habrían parecido ridículos o que hubiéramos considerado definitivamente improcesables para la idiosincrasia nacional. Todas las mañanas, mientras camino con mi hijo a la escuela, me cruzo por las aceras de la colonia Escandón con un joven punk fornido, rapado y en general temible, que pasea a su perro. De ida el punk y su mascota van con la dignidad de las montañas, cuando los vuelvo a pasar al regreso, el perro ya hizo caca y su amo está en cuclillas, recogiéndola con una humildad que no le sienta nada bien pero que me hace pensar que a lo mejor nuestra subclase sí tiene remedio.

Nuestras conductas se han modificado por razones complicadas de medir que van de la conciencia sobre el racismo que nos dejó el alzamiento zapatista del 94 a la pedagogía irónica a la que Monsiváis nos sometió durante quién sabe cuántos años; pasan por el barniz que las universidades extranjeras imponen a cada vez más mexicanos y la exposición de la gente común a los valores globales de occidente por las vías de Internet y la televisión por cable; por la envidia que nos produce el Estado de bienestar europeo o canadiense y la enternecedora voluntad de cambiar de usos para ver si así podemos aspirar a cierto grado de retribución en los servicios fiscales. Nadie en plan en razonar pensaría que las escuelas o los hospitales públicos van a mejorar si dice “afromexicano” o “gay”, pero hay algo de talismán en el uso de un lenguaje políticamente correcto: nos hace sentir un centímetro más cerca de la superficie y otro más lejos del fondo.

En el sentido anterior, la vuelta del box como espectáculo de masas se respira como un ligero y saludable paso atrás –aunque el exceso de los niños boxeadores de Morelia incomode. Ver a dos señores pegándose hasta que uno se cae difícilmente cuenta como acto civilizatorio o promotor de los valores en cuyo halo mágico depositamos la fe en nuestra capacidad para progresar, pero el box fue durante muchos años tan o más importante que el futbol como deporte y fuente de entretenimiento. Hay que aceptar que hay mucho de felicidad en escuchar el rumor de una pelea saliendo de la tele el sábado por la noche.

viernes, octubre 29, 2010

Entrevista: Libros-Entrevista Nick Hornby. "Letras de canciones, guiones, novelas..., para mí todo es escritura" (El País/Babelia 30/10/10)

El autor británico publica Juliet, desnuda, una historia tramada por correos electrónicos, entradas apócrifas de Wikipedia y encuentros en el ciberespacio, aunque según el escritor solo son "ornamentos"

Nick Hornby (Redhill, Surrey, Inglaterra, 1957. www.penguin.co.uk/static/cs/uk/0/minisites/nickhornby) enciende otro Silk Cut y lo sostiene entre sus uñas mordidas. Sentado en su espartana oficina de Islington, norte de Londres, habla de su última novela, Juliet, desnuda (Anagrama y Empúries), una exploración de la devoción incondicional que despierta un músico desaparecido.

Es evidente que Hornby conoce la obsesión y la mira de cerca: "La única que de verdad tengo es la de mi equipo de fútbol, el Arsenal", se justifica. Y ahí está la prueba: en la estantería de IKEA, en un lugar de honor junto a las fotografías de los hijos del escritor está la imagen enmarcada de Charlie George, futbolista y legendario gooner, chutando el balón.

Su primer libro, Fiebre en las gradas, es un retrato autobiográfico como hincha del Arsenal. Una afición que le dio un lugar en el mundo, un vínculo con su padre y una agridulce esclavitud. Con este libro, Hornby despojó la escritura futbolística de toda épica, sin ocultar las indignidades que inflige el fervor. Su publicación en 1992 fue todo un hito en Reino Unido, su éxito integró en el paisaje literario a un segmento de lectores hasta entonces ignorado.

A continuación llegó Alta fidelidad, su primer título de ficción. Otra historia sobre un fanático -en este caso de la música- creador compulsivo de listas e incapaz de comprometerse con una mujer. Le sucedieron cuatro libros más, que cimentaron el infalible toque Hornby: humor melancólico, neurosis, crisis personales y abundantes referencias a la cultura popular. Su escritura, tan familiar como la confesión amistosa y a la vez tan británica como el sonido de una tetera hirviendo, tiene hoy un alcance internacional.

Juliet, desnuda cuenta la historia de Duncan, maduro fan de Tucker Crowe, un músico de culto que se ha apartado del ojo público. Nuevo material de Crowe aparece por sorpresa, convirtiendo los foros de Internet en un hervidero de especulaciones. Annie, la desencantada pareja de Duncan, publica una crítica personal del disco. Lo que desata inesperadas consecuencias.

La novela se mueve en un territorio familiar -que no predecible- para Hornby. Uno de sus temas habituales, el lugar que ocupa el arte en nuestras vidas personales, se renueva con la incursión de Internet. Nos relacionamos de manera diferente y modificamos nuestro consumo de bienes culturales. "Mi manera de trabajar no ha cambiado tanto, solo que la Red distrae más a los escritores. Lo que sí se ha transformado es mi manera de escuchar música". La novela incluye correos electrónicos, entradas apócrifas de Wikipedia y construye el argumento en torno a un encuentro que comienza en el ciberespacio. Ha sido definida por un crítico británico como un ejemplo del acercamiento posmoderno a la ficción. "No lo creo", opina Hornby. "¿Por incluir un par de entradas de Wikipedia inventadas y algunos e-mails? Son ornamentos. En realidad se trata de una novela de estructura tradicional".

Las aficiones desbocadas que pueblan los libros de Hornby pueden provocar dos tipos de reacciones. Para algunos son alicientes vitales que enriquecen la existencia; para otros, una ridícula venda en los ojos: "La respuesta que puedan provocar mis personajes, y en concreto en Juliet, desnuda, está basada en puro esnobismo. Si hubiera estado obsesionado con Keats en lugar de con un músico casi desconocido, nadie diría que se trata de una persona triste con una vida vacía. Muchos académicos son así, tienen una obsesión vitalicia con un escritor que se percibe como algo valioso".

El comentario ilumina la sospecha que muestra Hornby por lo académico. Junto a otros padres, ha fundado una escuela para la educación de su hijo autista y planea establecer una escuela de escritura creativa para niños. Pese a su interés por la enseñanza, quiere mantenerse lo más lejos posible del discurso docto. Cursó literatura inglesa en Cambridge, donde no se adaptó. Sintió que su licenciatura era "inútil" y perdió la seguridad en sí mismo frente a los estudiantes que veían su educación de élite como un derecho heredado. Tras licenciarse, probó como periodista, trabajó como profesor en una escuela y pasó años profesionalmente a la deriva, intentando vender guiones cinematográficos. Su primer trabajo publicado fue una serie de ensayos críticos sobre la novela americana.

Su estilo es modesto, como un objeto cotidiano que hace su función eficazmente sin exigir una segunda mirada. Pero de una espontaneidad engañosa, porque en realidad es el producto de años intentando desprenderse del tono que el autor describe como "un mal ensayo universitario". Para Hornby, que ha sido acusado de hacer literatura plana y simplista, la virtud de la escritura reside en su capacidad democrática. No es extraño que uno de sus escritores más admirados sea Charles Dickens, un autor popular, sin una actitud exclusivista de la literatura: "Intento leer uno de sus libros al año. Se preocupaba por sus semejantes y no era excluyente, hizo best sellers. Muchos pensaban que era malo porque atraía gran cantidad de lectores. Yo le veo como gran estilista cómico, y admiro su gran energía. Cada novela está poblada por cientos de personajes diferentes y publicaba sin cesar".

Hijo de padres divorciados, Hornby vivió entre el ambiente de la clase media- baja suburbana de su madre secretaria y las lujosas residencias en Francia e Inglaterra de su padre, un exitoso hombre de negocios. Esta doble vida le ha dejado un poso de eternooutsider. Y es que ni siquiera en las gradas del Emirates, el nuevo estadio del Arsenal que sustituye al viejo Highbury, puede sentirse en casa: "Es uno de esos sitios nuevos, cómodo, anónimo, podría ser un aeropuerto. Hace que ver el fútbol sea una experiencia similar a ir al cine o al teatro. Hay una mayor distancia. Todavía no han ganado un trofeo desde que se mudaron allí. Algo falta. No hay pasión".

A mediados de la década de los noventa, Fiebre en las gradas y Alta fidelidad desataron un aluvión de libros sobre hombres medianamente jóvenes y confundidos, adictos a la cultura pop, que deben aprender a enfrentarse a la vida. Hornby creó escuela, dando pie a la lad lit, como denominan los anglosajones a la literatura para hombres en oposición a la chick lit (para mujeres). Desde entonces a Hornby se le ha identificado con esta tendencia, algo que él considera erróneo: "Me convertí en un escritor inclasificable y eso no gusta. Durante mucho tiempo en la prensa me definieron como 'escritor especializado en fútbol'. Publiqué 5 o 6 libros que no trataban de fútbol y entonces te conviertes en un escritor para hombres. Pero de hecho, la mayoría de mis lectores son mujeres. Mis dos primeros libros fueron escritos para las mujeres. Para mi agente, mi editora, mi entonces esposa. Como una explicación de cómo son los hombres".

El autor prefiere leer a escritoras como Muriel Spark, Lorrie Moore o Anne Tyler. "Estoy en una etapa de mi vida en la que considero que ahí encuentro las historias. Es decir, las emociones y los sentimientos". La observación de que puede estar cayendo en el tópico de que las mujeres solo escriben desde un plano íntimo le incomoda. Aunque como ex periodista, acierte a responder con cautela: "Es que no quiero escribir el libro que defina la sociedad contemporánea. Ni novela histórica. Alta fidelidad fue un intento de hacer literatura doméstica desde el punto de vista masculino".

El autor acaba de lanzar un álbum, Lonely Avenue, junto al músico estadounidense Ben Folds. Hornby se encarga de las letras y el resultado es una colección de historias minúsculas sobre el divorcio, perros agresivos y Levi Johnston, el ex novio de la hija de Sarah Palin. Hornby, que esporádicamente escribe reseñas de discos (especialmente una dura crítica de Radiohead causó cierto revuelo), no se arrodilla ante ningún mito con guitarra: "Hay quien adora a Bob Dylan sin aceptar que puede tener un mal disco, intentando descifrar todos sus mensajes ocultos. Yo no soy capaz de demostrar tanta lealtad".

Pocos escritores tienen la facultad de captar el encantamiento que la música ejerce en nuestras vidas. Pese a todo, la idea de Juliet, desnuda no era hablar sobre ello: "Mi intención fue acercarme a lo que le importa a la gente ahí fuera. Se conecta más fácilmente con la música que con la literatura, por eso elegí a un músico como personaje". A su vez, inspirado por el trabajo del crítico John Carey, quiso mostrar el inescrutable camino que traza una obra de arte cuando deja a su autor: "No puedes entender la respuesta que recibe lo que publicas, porque no existen las reacciones coherentes".

Tres de los títulos de Hornby (Fiebre en las gradas, Alta fidelidad, Un gran chico) han sido adaptados a la gran pantalla. Hornby conoció a su actual esposa, la productora Amanda Posey, en el rodaje de la primera película, y recientemente el autor ha retomado la escritura de guiones. El sutilmente prodigioso guión de Hornby basado en la autobiografía de la periodista Lynn Barber recibió varias nominaciones en los pasadososcars. "Es como si se cerrase el círculo. He aprendido que lo mejor que se puede hacer es empezar escribiendo literatura. No pierdes nada, puedes publicar algunos ejemplares por poco dinero. A los veintitantos años yo iba por ahí pidiendo dos millones de libras para hacer películas". Está trabajando en proyectos cinematográficos, entre ellos su primera adaptación de un título de ficción ajeno: Brooklyn, del irlandés Colm Tóibín. Por ahora, no hay novela a la vista: "Letras de canciones, guiones, novelas..., para mí todo es escritura. Estoy disfrutando de las colaboraciones. Paso mucho tiempo aquí, solo, y está bien tener compañeros. Durante las entrevistas no hablas tanto sobre ti mismo".