viernes, octubre 29, 2010

Relecturas: Fracasa otra vez-Enrique Vila-Matas (El País/Babelia 30/10/10)

Hasta no hace mucho las grandes derrotas literarias tenían prestigio, pero últimamente, en pleno apogeo del culto al éxito, el fracaso ha pasado a ser simplemente un puro y duro fracaso; es más, para cualquier escritor es una amenaza permanente

Hace tres años, recibí una invitación a participar en un congreso literario sobre el Fracaso. La gentil propuesta llegó desde la Universidad suiza de Saint-Gallen. No es desde luego la clase de invitaciones que los escritores reciben normalmente y, sin embargo, pocas cosas parecen tan íntimamente vinculadas como fracaso y literatura. Tal vez por eso, porque en realidad lo raro era que la invitación no me hubiera llegado antes, leí la carta de Saint-Gallen con la más absoluta flema, como si hubiera sabido desde siempre que un día la recibiría. No moví ni un músculo de la cara. Sólo una duda: ponerme la máscara de fracasado o continuar llevando mi vida normal de fracasado. Después descubrí que, por causas ineludibles, no podría acudir al congreso y así lo comuniqué a Yvette Sánchez, catedrática de Lenguas Romances en Saint-Gallen y organizadora del encuentro.

En Nueva York, por los mismos días, Sergio Chejfec recibía también la invitación para el congreso. Bromeó con los amigos, pero poco a poco fue quedándole "el gusto amargo de no sólo haber ofrecido, sino también blandido, un flanco débil. Como decía Borges, uno puede pensar que cuando se ríe o habla mal de sí mismo lo hace en broma y para acercarse a los otros, pero los demás lo toman a uno muy en serio".

El año pasado se publicó el libro Poéticas del fracaso, que contenía las ponencias del Congreso y así pude por fin enterarme de lo que acerca de ese tema dijeron allí escritores admirados, Vidal-Folch y Chejfec entre otros. "Un tema, cuya brutal y siempre humillante esencia, con espacio propio en la literatura de todos los tiempos, se neutraliza estéticamente en dicho arte", escribe Yvette Sánchez en el prólogo del libro. Como sea que últimamente el tema me atrae con fuerza, la semana pasada rescaté Poéticas del fracaso y acabé releyéndome el libro de cabo a rabo, al tiempo que me adentraba, en fascinante lectura paralela, en el número 4 de la revista mexicana Número 0, con su monográfico en clave literaria sobre la Fama, es decir, sobre el éxito, el aguerrido envés de la derrota.

En Poéticas del fracaso hay textos de Dorian Occhiuzzi, Ignacio Vidal-Folch (cuatro agudas piezas breves), Ottmar Ette, Ana Merino (una bella aproximación a cómo abordaron los dramas infantiles Buñuel, Julio Ramón Ribeyro y el pintor Berni; especialmente interesante el caso de Ribeyro, que buscó la esencia del ser humano desde la misma marginalidad frágil creando una poética dolorosa, portadora de una inevitable derrota), David Freudenthal, Roland Spiller (que habla del "fracaso con éxito" de Roberto Bolaño).

¿Se "neutraliza estéticamente" el fracaso en la literatura? Desde luego sobra gente que haya querido situarse en la vaga estela de los artistas románticos para que su previsible desengaño en la vida les resultara más suave. En el prólogo a Poéticas del fracasoYvette Sánchez cita a Beckett, pero no al que dijera ciertas palabras memorables ("Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor"), sino al que declaró que los artistas se hallan en una posición privilegiada para fracasar donde los demás no se atreverían a hacerlo y lograr así crear obras de arte "auténticas", que carecerían de sentido, si no contuvieran el fracaso en su propia esencia.

Sin embargo, todo indica que esa posición de la que hablaba Beckett ha dejado de ser tan privilegiada. Porque hasta no hace mucho las grandes derrotas literarias tenían prestigio, pero últimamente, en pleno apogeo del culto al éxito, el fracaso ha pasado a ser simplemente un puro y duro fracaso; es más, para cualquier escritor actual es una amenaza permanente, incluso ya desde su primer libro. Antes, al menos, al fracaso le dejaban ser, por ejemplo, una paranoia recurrente. Me acuerdo de Italo Calvino, que cada vez que sacaba un libro temía que los reseñistas lo fumigaran y escrutaba el horizonte con miedo de ver aparecer el escuadrón de salvajes que aullaría en su contra y pediría que le arrancaran el cuero cabelludo. Y también me acuerdo de escritores sin otras conexiones con el fracaso que la de vivir feliz y permanentemente en él. Onetti, por ejemplo, con su galería de personajes inmersos en el universo quieto de la derrota. Y el pobre Felisberto Hernández, gran fracasado que hacía que fracasaran hasta sus mejores cuentos, historias como Nadie encendía las lámparas, donde hundía las expectativas del lector escamoteándole el final, permitiendo que el abrupto desenlace quedara ahí flotando, en suspenso.

No hace nada descubrí, gracias al comentario de un amigo, que mi imposibilidad de encarnar la literatura me ha condenado a un exilio perpetuo. Me gustó mucho en un primer momento su frase, quizás porque juzgué elegante que me sucediera algo así. Pero pronto la condena a perpetuidad me fue dejando en un penoso estado de ánimo, del que sólo me recuperé cuando vi que mi desgracia era compartible. ¿O no ha dejado de ser el fracaso un tema narrativo para ser sinónimo de la literatura en general?

En su ponencia de Saint-Gallen dedicó Chejfec unas interesantes líneas a 'Escritor fracasado', de Roberto Arlt, cuento incluido en El jorobadito, seguramente un relato esencial (junto con El divino fracaso de Rafael Cansinos Assens) de toda poética de la derrota literaria. Narra la historia de alguien que advierte muy temprano, poco después de los 20 años y tras su primer libro, obviamente prometedor, que carece de talento. Desde entonces, el resto de su carrera se lo pasa conspirando contra las señales que ponen de manifiesto esa condición. Escritor fracasado puede ser leído como un manual de tácticas literarias para la supervivencia en el medio gremial. Y, según como se lea, ofrece pistas, además, para comprender mejor por qué el medio literario español tiene una plantilla tan completa de fumigadores.

"¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?", escribe Arlt. Muchos años después, en la misma Argentina, César Aira cerraba así un diálogo con Graciela Speranza: "Tal vez se trate de una resignación: resignarse a ser escritor y seguir escribiendo".

Veo horrible escribir para total acabar logrando, con suerte, algún feliz hallazgo literario, siempre negado por los demás, que para compensar su mezquindad esperarán al funeral para darte un estúpido aplauso cerrado. En cuanto a la vida literaria, ésta en esencia es enredo de tedios, rencores, lucha de vanidades y trasvase de venganzas. Entrar en esa vida equivale a caer en el derrotero mismo de la derrota. En cualquier caso, el auténtico verdadero gran fracaso del escritor, aquel que alcanza a tantos, llega siempre con puntualidad, generalmente muy temprana. Es un fiasco doloroso, íntimo. Llega cuando no podemos reproducir con fidelidad lo que acabamos de pensar y querríamos haber escrito. Llega cuando comprendemos que no hemos podido ser fieles a la ambiciosa idea que nos habíamos propuesto al comenzar un libro o un artículo. Son fracasos que a veces, por prudencia (surgen los enemigos como hongos), se silencian. Querríamos que nuestros libros y artículos contuvieran la verdad de nosotros, o por lo menos la parte de esta que puede ser transmitida mediante el lenguaje. Pero escribir sabe a traición. Ese fracaso lo conocen todos los escritores serios. Como conocen también otro, de matiz no menos trágico, una clase de desastre que podríamos habernos ahorrado de no ser porque existe la literatura. Llega cuando comenzamos a envidiar a los personajes de las grandes novelas, tan correctos ellos, tan sólidos, tan bien explicados, aunque no sean más corpóreos que el vuelo de un alma. En cambio nosotros, aun estando inscritos en los registros de nuestra parroquia, cuanto más nos ilusionamos con la idea de estar vivos, más vemos que tendemos a borrarnos. Este drama nos sitúa precisamente en la curva principal del derrotero de los fracasos sin fin. O con fin. De hecho, el fin es otro fracaso.

Poéticas del fracaso. Yvette Sánchez / Roland Spiller (editores). Narr (Frankfurter Studien zu Iberoromania und Frankophonie, 1). Tübingen, 2009. 2009. Revista Número 0. Número 4. Fama. Editorial Almadía. México, 2010. El jorobadito. Roberto Arlt. Losada, Buenos Aires, 2006. El divino fracaso. Rafael Cansinos Assens. Valdemar. Madrid, 2002.www.enriquevilamatas.com

Cristina Rivera Garza en Final de Partida (ForoTv 28/10/10)

Espíritu de contradicción-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 29/10/10)

¿La mejor anécdota de mi amigo (y compañero de ridículos en cadena nacional) Pablo Boullosa? Aquella en que, mientras pasea por la calle, se le acerca una creatura del Señor (pongamos que una mujer guapa: así queda mejor), lo atisba, se le queda viendo, deja escapar un gritito extasiado y clama de súbito “¡Noooo! ¡Es usted!”.

Pablo -quien, aunque cartesiano, suele estar bastante cierto de ser él mismo- se limita a sonreír con incómoda beatitud, como para decir “Sí, buena mujer: en efecto, yo soy yo. ¿Acaso usted no es usted?”. Pero he aquí que no, que la chica ya no es la que era antes de verlo, que ha mutado en ser instintivo y primario que no hace sino proferir gritos guturales que, merced a una traducción, querrían decir yoloadmiroyoloquieroyoloamoquéemoción. Pero se recompone lo bastante para lograr una frase inteligible, la única que importa: “¿Me da su autógrafo?”.


La chica hace aparecer una hoja sucia arrancada de un cuaderno de espiral y una pluma Bic sin tapa. Pablo hace aparecer su mejor sonrisa (ésa que luce apenas impaciente) y le contesta que sí, que muchas gracias, que será un placer. Toma la hoja, empuña el bolígrafo, le pregunta cómo se llama. “Ruperta”, quiero pensar que responde la chica. “Muy bien”, anuncia él al tiempo que garrapatea “Pa-ra Ru-per-ta, con el ca-ri-ño de Pa-blo Bou-llo-sa”.

Ya está: devuelve a la suspirante el bien por el que la cree suspirar. Ruperta, extasiada, se lleva la hoja a los ojos y -ojo: aquí viene lo bueno- ve mudar su expresión de la catatonia extática a la ira profunda: “¡Óigame no! ¡Esto no es lo que yo quería!”. Pablo se contraría. ¿Pues qué querría Ruperta? ¿Un acta de matrimonio? ¿La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano? ¿Un cheque endosado? Para nada. Dejémosla expresar su desazón: “¡¿Pues qué usted no es El Finito López?!”. Ahora resulta que la duda de Ruperta era razonable: su interlocutor era, en efecto, un usted, pero no el usted culpable de todas sus angustias y todos sus quebrantos.


La anécdota habla bien de la chica: miope y torpe, sí, pero por lo menos sabía bien qué quería, a diferencia de tantos que se topan a alguien que sale en la tele, gritan de emoción, le piden el autógrafo… y ya luego le preguntan cómo se llama. ¿Que por qué hace eso la gente? Lo ignoro -yo mismo nunca he pedido a alguien me firme una libreta- pero especulo: por rozar un momento la fama, por presumir de haber compartido un instante (aun si fugaz) con el famoso (aun si el famoso no habrá de compartir el instante, ya sólo porque jamás lo recordará).


Así, por ejemplo, el lunes pasado, cuando asistí a la inauguración de Lilit, el bar de mis amigos Fernando Llanos y Héctor Falcón, quienes no por encontrarse a la vanguardia del arte contemporáneo están para los trotes concomitantes al punchispunchis, por lo que han decidido promover lo que se antoja una especie en extinción: un sitio donde se pueda beber y conversar.

Muy agradable todo. Muchos amigos. Incluido Guillermo Arriaga, que es buen amigo de Fernando (y por cierto también buen amigo mío) y quien decidió a su vez invitar a un buen amigo suyo, de visita en la ciudad. Yo daba la espalda a la puerta cuando se produjo la entrada más conspicua de la noche pero no por ello me la perdí; ipso facto comenzó a oírse un rumor falsamente quedo: “¿Ya viste, güey? ¡Es Tarantino!¡No mames: Tarantino! ¿Tarantino? ¡Tarantino! Viene con Arriaga, güey. ¡Tarantino! ¡Mira, Tarantino!”.


Y, sí, cuando pasó frente a mí -porque huelga decir que torcer la cabeza para verlo me habría parecido una majadería-, pude constatar que, en efecto, era Quentin Tarantino. A quien admiro mucho (snob que soy, diré que mi favorita de entre sus películas es Jackie Brown) y con quien acaso me habría gustado conversar, pero no desde la identidad -si es que eso es una identidad plausible- del fan. Mientras las hordas se abalanzaban hacia el rincón que presidía el gringo, con los “¡Guillermo, preséntame a tu amigo!” como ruido de fondo, di el último sorbo a mi copa, tomé mi gorra, me levanté, salí a la acera, entregué mi boleto al valet parking. Mientras aguardaba yo a que me trajeran el auto, sentí una palmadita en el hombro: era Arriaga, solo. “¿Qué ya no saludas, Alvarado?”. “Pues es que tú ya sólo te codeas con las estrellas, maestro”. Risitas y abrazo tronado, sincero. Le agradezco la deferencia. Es un caballero. Pero -qué remedio- yo también.

miércoles, octubre 27, 2010

"El ensayo hecho poesía"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 27/10/10)

Belleza narrativa, palabras exactas y levedad en la forma de escribir, son algunas de las características que posee esta colección de ensayos: “Papeles falsos” de Valeria Luiselli (Sexto Piso, 2010); particularidades que, según Ítalo Calvino, la buena literatura debería tener.

A lo largo de 106 páginas la autora lleva al lector por un mar de reflexiones citadinas y muy personales, que van desde el placer de andar en bicicleta por las calles del Distrito Federal hasta la posible relevancia o no, de los relingos en los paisajes urbanos de la ciudad de México. Cavilaciones cuya ilación va acompañada de una tremenda reflexión sobre algunos autores como Brodsky, T. S. Eliot o Gilberto Owen.

“Papeles falsos” es la opera prima de la autora y sin lugar a dudas, un excelente libro, el cual recurre a explicar ideas complejas utilizando metáforas sencillas, lo que le permite hablar de cualquier tema -sin aparente similitud-, y que encuadre perfectamente con la literatura, con la vida misma.

Cada frase es una bomba, cada texto una batalla y el libro una guerra ganada.

Gracias a su grandioso estilo, Valeria invita a lector a sentarse con ella dentro de un panteón para tan sólo leer en paz mientras espera la hora para encontrarse con su cita; también con ella el lector logrará pensar y sufrir en la búsqueda que emprende para encontrar el significado de la palabra saudade.

Cada reflexión es como una invitación a mudarse de casa, revisitar los libros leídos años atrás, inclusive a ponerles notas a cada uno de ellos, a subrayarlos; para dentro de unos años preguntarnos el por qué de esa nota o remarcación.

“Papeles falsos” es un libro descarado y transparente; son los auténticos y claros pensamientos que tanto acongojaron, quizá lo sigan haciendo, a Valeria Luiselli. Esta reunión de textos es una clara invitación a sostener una conversación a distancia con la autora.

“Papeles falsos” tal vez sea la distribución de silencios y vacíos que conforman a Valeria, empero, lo más seguro es que sean una serie de excavaciones profundas, cuyo objetivo era escribir por escribir y al final Valeria se encontró y nosotros con ella.

A partir de hoy, probablemente, me anime a señalar las frases que me gusten de cada libro que vaya leyendo. Mientras lo reflexiono, lo invito a que se deje llevar por la prosa ensayística de Valeria, que más bien parece un gran argumento narrativo-poético.

martes, octubre 26, 2010

Sumergirse también (Diario Milenio/Opinión 26/10/10)

Si no hubieran encallado, yo no habría salido de su interior. Nunca es una palabra muy larga pero, en este caso, adecuada. Yo no habría salido nunca de ahí. Otra manera de decir lo mismo diciendo otra cosa sería anotar que “yo me habría quedado ahí siempre”. Sin sentido del tiempo o de su paso, la importancia del nunca o del siempre disminuye drásticamente. Pero las ballenas encallaron y yo, aprovechando los huecos que el destrozo había producido entre las formaciones queratinosas que responden al nombre de barbas, salí. Tuve que hacerlo. De no haber tenido que hacerlo, todavía estaría allá, en el interior. Viviendo.

Solía mirarlas de lejos. Me apostaba en el piso más alto de la torre y avistaba. A veces caminaba hasta los arrecifes y me detenía sobre la piedra más alta. El musgo bajo mis pies: Un verde así. Era mi particular fascinación: observar atentamente hasta que aparecía, un poco antes de la línea del horizonte, el chorro de agua o el lomo que apenas se distinguía de la superficie marina. Emergían de las entrañas del océano pero a mí me daba la impresión de que descendían también de un cielo magnífico o irreal. Todo azul. O todo gris. O todo verde. Una única unidad. En realidad, se trataba casi siempre del gris. Algo mercurial y nervioso. Algo a punto de partir. Una franca exageración. Vivía para esos inviernos en que pasaban lo suficientemente cerca de la costa como para hacerme soñar. Imaginaba que me iba con ellas, mi cuerpo de humano perdido entre sus excesivas osamentas de mamífero. Imaginaba que me iba sobre ellas, como si galopar fuera del todo posible. Como si el mar fuera un llano.


Flotar es un movimiento en diversas direcciones indecisas.
Sumergirse también.

Siempre me gustaron los días nublados y húmedos, supongo que eso explica algo. La lluvia solía ponerme feliz. El mundo cuando el mundo entero se protege en una especie de sutil contraluz, eso me gustaba a rabiar o a morir. La manera indirecta. El plano oblicuo. Mientras los otros se quejaban de la nubosidad o de la falta de calor solar, yo solía caminar con entusiasmo cuando lo hacía, literalmente, entre nubes. La melancolía de la nube que, en ciertos días, se transformaba en bruma. Creo que busqué toda la vida un sitio así: oscuro, húmedo, dúctil. Una cueva o un susurro o algo que fuera lo mismo. Siempre preferí, en todo caso, pensar a solas y, a solas, seguir la evolución de mis reflexiones o de mis delirios. Ahora que lo escribo así, con tinta y sobre la hoja seca de un papel traído, con toda seguridad, del oriente, estoy convencido de que toda la vida quise estar dentro del cuerpo de una ballena.

Había leído, como todos, Storia de un burattino. Sería más preciso decir, sin embargo, que, como todos, la había escuchado más bien de labios maternos o paternos justo en el inicio de noches muy inquietas. No fue sino hasta muchos años después que supe, con algo de desazón, que se trataba de un libro real: una compilación de textos publicados entre 1882 y 1883 en un periódico italiano. Carlo Lorenzo Fillipo Giovanni Lorenzini, mejor conocido como Carlo Collodi, inventó a Gepetto y a ese otro títere que siempre fui yo. Algo de madera o de acero. Algo sin expresión en el rostro. Esta persona que buscaba, como en el cuento infantil, una especie de reconciliación o de fuga dentro de los cálidos órganos de un cuerpo majestuoso.

Con el paso de los días fui estudiando su estructura interna. Tenía tiempo de sobra. También interés. Tenía ojos aunque, sobre todo, tenía manos y nariz y voz. Para la flotación, la capa de grasa en la piel. Para respirar, los pulmones y los espiráculos. La aleta dorsal. La aleta caudal. Las reminiscencias de los ancestros terrestres en los elementos óseos con apariencia de dedos. Un período de gestación de entre nueve y dieciséis meses, eso lo aprendí ahí. La curvatura de las muchas costillas. El corazón. El hígado. La vejiga. Y, en las inmersiones profundas, el aguantar de la respiración. Veinte o cuarenta o hasta cincuenta minutos. El oxígeno, renovado en un 80 o 90 por ciento en cada inspiración. Llegué a ubicar casi con exactitud mi posición dentro de su cuerpo: muy cerca del espiráculo, justo en la depresión donde el vapor y el agua se confunden antes de brotar a chorros —violentos, verticales, veloces— hacia la atmósfera. Esto.

Más que variar, mis costumbres en realidad se acendraron. Adapté mi sistema respiratorio al suyo, inhalando y exhalando de acuerdo a los ritmos atroces de su espiráculo. Me alimentaba, como ella, del plancton que se atoraba entre sus barbas. Llevaba mis pocas pertenencias conmigo, junto a mi cuerpo. Las pastillas contra las reumas, por ejemplo. O la pequeña lámpara con la cual podía leer durante las largas inmersiones profundas. Había prescindido de todos los libros para quedarme con uno solo. El libro. Eso leía una y otra vez. Y eso me bastaba. Un pequeño libro empastado con plástico. A veces, por puro gusto, alzaba la voz. Gritar. Aullar. Berrear. Gruñir. El eco me respondía con una puntualidad a la que pronto me acostumbré a llamar gracia. Cantaba con ellas. Ponía atención a sus innumerables latidos. No miento al escribir aquí que fui, durante ese tiempo, un hombre feliz.

Muchos han tratado de explicar la causa de sus encallamientos. Algunos culpan a la estructura social de las manadas: basta con que una ballena dominante se desoriente para que otras la sigan, ingenuas y despavoridas. Otros responsabilizan a los cazadores, de los que las ballenas huyen sólo para quedar atrapadas en las mareas bajas y, eventualmente, en las playas. Los ecologistas creen que los verdaderos enemigos son los ejercicios navales y los sonares. Lo cierto es que hay pocas cosas más tristes a la vista que los cuerpos encallados de las ballenas. Su lento morir. Esa manera de deshidratarse bajo los rayos del sol. Su desistir.

Flotar es un movimiento en diversas direcciones indecisas. Caminar también.

Además de los rayos solares, lo más molesto ahora es el ruido. El silencio marino en realidad no existe, pero los sonidos bajo el agua y, aún más, en el interior de su cuerpo, tenían una consistencia distinta. El sonido se propaga a mucho mayor velocidad en el agua que en el aire. Los líquidos, que son más densos y, además, incompresibles (no varían apenas en densidad con la presión), hacen que el sonido se atenúe menos intensamente. Todo parece continuar allá abajo, quiero decir. Pocas cosas parecen tener fin.

Pero existe, eso. El fin. Existe la expulsión. Existe salir a gatas de entre los labios de un muerto. Existe, si esto es algo que en realidad pueda existir, el sosiego.

En las ilustraciones originales de Enrico Mazzanti, el títere es más monstruoso que infantil. Su sonrisa provoca miedo o suspicacia. Los ojos parecen abrirse hacia un mundo ominoso, lleno de peligros o de musgo o de objetos partidos a la mitad. Supongo que ésas son características que bien pueden describirme cuando estoy sobre la superficie terrestre. Supongo que así me veo segundos antes de sumergirme otra vez.

lunes, octubre 25, 2010

Querida democracia…(Diario Milenio/Opinión 25/10/10)

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La Providencia al poder

Cada vez que un escéptico se pregunta en voz alta qué demonios nos trajo la democracia, me da por recordar la pregunta antiquísima: ¿Qué te trajo Santa Claus? Más que grandes sorpresas, del viejo del costal esperaba uno el cumplimiento fiel de sus expectativas, si para eso le había escrito una carta puntual donde especificaba sus precisos deseos al respecto, sostenidos por cierto en la que solía ser una declaración falseada. “Querido Santa Claus: Me he portado muy bien…”, arrancaba uno con cierta desvergüenza, si bien ya preguntándose si el hombre del trineo tendría algún recurso telepático para identificar las patrañas de cada remitente. Alguna vez le pregunté a mi madre, con el falso descuido del niño que pretende referirse a un abstracto, cómo era que ese santo generoso podía comprobar que uno en efecto se había portado bien. “Diosito se lo cuenta”, me explicó, y a partir de ese día me asaltaron las dudas en torno a la eficiencia de la omnisciencia. ¿Cómo, si Dios sabía que me portaba yo del carajo, podía permitir que Santa Claus me agasajara con tantos regalos? ¿Qué parte del sistema no estaba funcionando, si en el peor de mis años había aterrizado junto al árbol aquella faraónica autopista? ¿No advertían mis padres, que algo sabían de mi comportamiento, el evidente premio a la mentira que cada Navidad acontecía en la casa?

Esperar que la democracia por sí misma nos traiga la justicia, la paz y la equidad, entre otros regalazos providenciales, es tanto como hacerse de una nueva cocina y dar por hecho que en adelante comerá delicioso, así no sepa uno ni prender la estufa. Como si la mejor de las cocinas no sirviera también para hacer inmundicias. Claro que a las cocinas no se les dedican las loas y discursos que suele merecer la democracia, especialmente de quienes la presentan como aquella herramienta milagrosa cuyas virtudes resultan comparables a las de Papá Noel. De modo que una vez que Santa Democracia no cumple con la lista de peticiones que sus ocasionales fieles redactaron, la decepción es lo bastante grande para que sean legión quienes sienten nostalgia por la dictadura: esa suerte de dios veleidoso y corrupto que por igual reparte premios y castigos entre serviles y desafectos, como lo haría algún prefecto escolar entre niños pequeños que aún no aprenden a mandarse solos.

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Milagros a granel

Hasta donde se ha visto, las herramientas milagrosas sólo están a la venta entre los merolicos. El charlatán nos habla maravillas de un cierto pelapapas baratísimo, cuyas utilidades son no obstante tan amplias y diversas que con seguridad supera las virtudes de un costoso procesador de alimentos; y uno, que está delante y presencia el milagro de verlo rebanar toda clase de frutas y verduras como un tahúr al mando de sus naipes, entiende que sería un perfecto estúpido si no se aprovechara de la gran ocasión, de manera que no es capaz de imaginar que en vez de un pelapapas milagroso está comprando no otra cosa que dos habilidades intransferibles: una manual y la otra verbal. Si antes unos embaucadores a diario nos vendían una dictadura con la etiqueta de democracia, hoy que al fin disponemos de la herramienta auténtica le pedimos la clase de milagros que sólo un charlatán puede ofrecer, aunque nunca entregar.

Igual que una cocina sirve lo mismo para fabricar bombas, drogas o pasteles, la democracia admite, por su naturaleza respetuosa y adulta, toda suerte de aviesas intenciones disfrazadas de gestos democráticos. ¿O es que acaso no alcanza una cocina para hacer que la casa vuele en pedazos? Abundan los ejemplos de vivales que acceden al poder utilizando la herramienta democrática y acto seguido se valen justamente de ella para torcerla, corromperla e inutilizarla en el nombre de un pueblo tan abstracto como sus cacareos pastoriles. Igual que el asesino se cura en salud a fuerza de exaltar y capitalizar las múltiples virtudes del difunto, quien logra secuestrar la democracia no hace sino hablar de ella en los mejores términos, y si alguno se atreve a cuestionarla no le temblará el pulso para dejar sentado que la suya es la Auténtica Democracia. Nada muy diferente de alzar la voz airada para decir que uno es el verdadero Santa Claus.

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Duro contra la herramienta

Esperar que la democracia nos traiga por sí misma cualquier cosa es en esencia una idea infantil, y entre adultos semeja el pensamiento propio de un esclavo, quien por su situación no puede procurarse más de lo que su amo le concede. No es raro, por lo tanto, que ante la perspectiva de mandarse solo más de uno prefiera seguir obedeciendo sin mayor compromiso. Lo de menos es que sin democracia nada de lo anhelado pueda hacerse factible, si el esclavo vivió siempre habituado a dar a sus anhelos por perdidos, igual que el niño pobre se resigna al desdén de Santa Claus. Hay un ingenuidad entre conmovedora y lastimera en esa decepción, hoy tan en boga, de un don que se creía caído del cielo. Y si a ello le añadimos el uso fraudulento que más de uno le da a la democracia, con la más que evidente intención de minarla, no parece tan raro que se hable mal del hacha y bien del leñador; habría que ir prohibiendo esas malditas hachas.

Tal vez la gran ventaja de las dictaduras esté en la deliciosa irresponsabilidad que suelen auspiciar. Frente a ellas, no existe iniciativa personal que valga, ni opinión colectiva que cuente, ni méritos mayores que silencio, sumisión y obediencia. Igual que a Santa Claus le escribía uno patrañas muy bonitas en torno a su presunto comportamiento, la dictadura suele contentarse con que pretenda uno que se porta bien, aunque en el fondo sabe de sus traspasos y los tolera, por magnánima que es. ¿Quién no quisiera, al fin, volver a ser niño? ¿Qué visiones son esas de andarse haciendo cargo del propio destino? ¿Por qué no forman fila y pasan de uno en uno por su regalo?

sábado, octubre 23, 2010

Escribir de Vargas Llosa, para no hablar de él (El Columnista/Suplemento "Mario Vargas Llosa, escritor de tiempo completo...-22/10/10)

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Días atrás la mayoría de los escritores y lectores latinoamericanos festejaron con gran júbilo el anuncio hecho por la academia sueca: el escritor peruano Vargas Llosa, recibirá el Nobel de Literatura 2010. Mis alumnos de preparatoria, me preguntaron qué opinaba al respecto. Mi respuesta fue la siguiente: celebro que sea un latinoamericano, pero hubiera preferido, en dado caso, a Sergio Pitol, alguien que ha demostrado mayor unificación narrativa y que sin ser tan mediático sigue siendo vigente. Y sin duda, también ha tenido opiniones políticas, muchas de ellas aparecen plasmadas en cada una de sus obras. Es un escritor que ha preferido hablar a través de sus obras. Aunque si hablamos de los escritores con los que competía Vargas Llosa; Kundera me hubiera agradado más, un autor con obras, cuyo aparato narrativo es monumental y al igual que Vargas Llosa, ha sabido actualizar su narrativa, desde mi perspectiva muy humilde.

Ya muchos escritores han hablado demasiado sobre este acontecimiento. Algunos han afirmado que este premio significa dos cosas: el regreso asertivo para elegir a un escritor que realmente se lo merece y la posibilidad de que Carlos Fuentes reciba por fin dicho reconocimiento. Probablemente tengan razón.

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Sin embargo, habría que preguntarse realmente ¿cuál es la finalidad del Nobel? Por todos es sabido -pues así está estipulado por la misma Academia-, que una obra en particular es el detonante para elegir a los candidatos. Empero, siempre hay eternos candidatos a merecer dicho Premio, por eso no debe extrañar que siempre exista polémica alrededor de cada entrega. Otro elemento que debemos agregar en este debate anual, son las extrañas razones para elegir al galardonado que parecieran ser las siguientes: reconocer a escritores formidables que no son tan leídos fuera de su tierra natal o premiar posturas políticas que no estén necesariamente plasmadas en su obra. Cualquiera que fuera la razón, me parecen aceptables, pero al no existir una clara línea el galardón deja de tener prestigio.

Al ser un Premio destinado para escritores, debería premiarse no una obra, si no la Obra en sí, como lo hace el Premio Cervantes, quizá en fechas recientes el más prestigioso para muchos escritores. Si el criterio fuera siempre éste, las discusiones se acabarían y el reconocimiento sería contundente, pues al premiarse la Obra se está reconociendo un aporte concreto y se está demostrando que ya ha trascendido el tiempo y las generaciones.

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Vargas Llosa, sin duda, es un autor de obra extensa y siempre ha optado por la reinvención -a diferencia de sus compañeros de generación: Fuentes y García Márquez-, éste pareciera no haberse quedado estacionado en un su estilo. Ha experimentado con la literatura y escrito sobre diversos temas. ¡Vaya, hay variedad!, algo que debe agradecerse como lector. Pero desde mi perspectiva sólo cuatro serían sus Obras más importantes: Conversación en Catedral, La Guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo y Los cachorros. De ahí, en fuera las demás pueden ser obras experimentales con excelente cuerpo narrativo, pero no tan imprescindibles, pecado que comparte con Fuentes y García Márquez.

Otro pero que le encuentro a este reconocimiento, será el posible resurgimiento amoroso de manera vil y descarada por la generación del Boom, la cual creo ya debemos darle una bonita y honrosa sepultura. Hay más vida literaria después del Boom y algo me dice que este Premio va a retrasar el funeral de este movimiento. Aclaro, no estoy diciendo que dicha generación sea mala, marcaron una pauta narrativa y lograron que el mundo pusiera sus ojos en Latinoamérica y es algo que muchos escritores y lectores agradeceremos siempre. Empero, muchas Academias de estudio universitarias, por ende, muchos jóvenes lectores, siguen atorados en estos escritores y no han ido más allá. A la sombra de estos escritores existen otros, de igual importancia y calidad narrativa: Rodrigo Fresán, Fernando Iwasaki, Santiago Gamboa, Santiago Roncagliolo, Roberto Bolaño, Guadalupe Nettel, Mario Bellatin, Cristina Rivera Garza, Álvaro Enrigue, Carmen Boullosa, Rosa Beltrán y los mismos escritores del Crack: Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Pedro Ángel Palou; entre otros más. Ya los escritores del Crack habían dicho que era necesario darle vuelta a esa página, otros escritores unieron su voz con ellos para hacer la misma petición. Y es necesario hacerlo para darle vida y evolución a nuestra literatura, ya no se puede escribir, ni leer como antes. Lo que inquietaba a generaciones pasadas, puede que sean las mismas que inquieten a las actuales, pero las experiencias y las ideologías son otras; por ende, distinta será la forma de plasmarlas.

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Hay que festejar el Premio a Vargas Llosa, sin perder la cordura y la crítica. Y Premios tan mediáticos como este, no sólo obedecen a razones estéticas, detrás seguro existe un porqué muy político y mediático. La interrogante en esta ocasión será saber cuál fue la predominante y por qué. No olvidemos que Vargas Llosa a pesar de tener una coherencia política propia, para muchos es ambigua, pues algunos miembros de corriente conservadora lo ven como tan suyo y los de corriente liberal no han podido sentirlo completamente de su lado, como bien analiza Javier Cercas en su texto “La izquierda y Vargas Llosa”, publicado el pasado domingo en El País. Y a diferencia de él, creo que no puede considerarse de izquierda alguien que también simpatiza con la derecha, en dado caso, Vargas Llosa sería centralista; sin embargo nada en los extremos. Algo política e ideológicamente inadecuado.

Aprovechemos esta oportunidad para releerlo o leerlo por primera vez y so pretexto de esto, sería importante preguntarle al tiempo si aquellas novelas de Vargas Llosa que han sido dictadas como las más importantes, han sobrevivido y siguen siendo parte de un contexto o sólo tenían una auténtica razón de ser en la época en que fueron publicadas por vez primera.

miércoles, octubre 20, 2010

"La era del amor mercantil"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 20/10/10)

Establecer una relación entre amor y capitalismo, no sólo suena descabellado; se escucha ofensivo. Sin embargo, Eloy Fernández Porta, a lo largo de 364 páginas demuestra de manera contundente que están más que enlazados.

El presente libro obtuvo el cotizado y destacado Premio Anagrama de Ensayo 2010 en su edición número 37 y parece bajo la colección Argumentos de Anagrama, fundada y aún dirigida por el connotado Jorge Herralde.

El lector se enfrentará ante un ensayo de corte sociológico, perfectamente documentado y con una estructura novedosa, el cual irá explicando cómo se construye la relación amor-dinero y usa como punto de partida un anuncio de la empresa Cash-Converter, donde puede leerse: “¿Tu novi@ te ha puesto los cuernos? Véngate vendiéndonos los `regalitos´ que te hizo”. Y es a partir de este ejemplo que el autor explica cómo el amor es el producto más efectivo en el mundo de los negocios, pues se pueden sacar ganancias con las pérdidas amorosas y, obvio, con los procesos románticos. Dicho de otra forma, al existir toda una serie de corporaciones, imágenes y medios que van produciendo y dándole forma al amor y su entorno, la sociedad está asistiendo o siendo parte de un “Mercado Afectivo”, probablemente sin darse cuenta de ello. Un “Mercado Afectivo” donde las pasiones se han vuelto moneda de cambio y abandonaron su expresión íntima, pues ahora gracias a diversos instrumentos digitales, informativos y financieros ha transformado su identidad individual o dual, para configurarse como una identidad hiperconectiva. A lo largo de este ensayo, el autor va intercalando poemas, canciones, sátiras y un relato de crítica ficción, que se sitúa en el año 2040, donde el “Mercado Afectivo” se derrumbará.

“Eros” no es un ensayo sencillo de leer, debido a la mezcla que hace entre ficción y argumento. Exige demasiada atención a lector, es un libro celoso que no permite compartir espacio y tiempo con otras lecturas.

Un libro de amplio interés para aquellos que se animen a explorar el tema del amor, desde un punto de vista social y económico.

El arte de perdurar y la poesía de sobremesa-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 25/09/10)

Dos de los escritores hispanoamericanos más importantes del siglo XX fueron, son, Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges. Borges con sus cuentos y poemas renovó la literatura y él reconoció en Reyes a su maestro. Al más grande estilista, según escribió, de la lengua castellana.

Existen varios registros en ensayos y entrevistas en los que el poeta argentino dejó constancia de su admiración por el escritor mexicano. Y no exageraba: Alfonso Reyes escribía con igual perfección y esmero, lo mismo un ensayo sobre la literatura griega, que el ‘recado para un jardinero.

Reyes fue, sin hipérbole, el escritor de la prosa perfecta, el poeta cuyas arquitecturas verbales eran semejantes a los monumentos clásicos: piezas sin imperfecciones, sin sobras ni ausencias, redondos como una esfera, escribió Borges sobre el escritor regiomontano:

“Reyes, la indescifrable Providencia que administra lo pródigo y lo parco nos dio a unos el sector y el arco pero a ti la total circunferencia”.

Y a pesar de ello, sólo uno de los dos escritores, al parecer, conocerá esa eternidad –la única– que otorgan los lectores. El otro estará condenado al olvido o a vivir en los corredores de las academias o en los gozos secretos de no muchos escritores. Reyes, me han dicho algunos jóvenes aficionados a las letras y que están al día de las novedades literarias, es un escritor de otra época, que ya tuvo su momento, que ya fue. Injusto o no, el comentario revela que Alfonso Reyes difícilmente alcanzará, pese a su genio literario, la universalidad ya alcanzada por Borges.

Hugo Hiriart acaba de publicar un rico ensayo sobre ese misterio literario que recoge el título de su libro: El arte de perdurar.

Hiriart compara ensayos de ambos escritores no sólo para entender mejor a sus autores sino para responder a una pregunta que no pocos nos hemos formulado: ¿por qué Borges alcanzó una gloria literaria que le ha sido negada a Reyes? ¿Por qué Reyes no es universalmente famoso? ¿Será porque vivió más en la realidad de los libros que en la realidad del mundo como vislumbró Luis Cardoza y Aragón?

Reyes, escribe Hiriart en el libro publicado por Almadía, tuvo maestría pero no representatividad. Tuvo demasiadas simpatías más que diferencias. Se pasó de civilizado. Y su figura se hizo borrosa. No logró personalizar su maestría. Lo opuesto a lo perdurable es, no lo mal hecho o lo no magistral, sino lo borroso.

Borges en cambio, pedante en sus primeros ensayos y reiterativo en los temas de sus cuentos y poemas logró singularizarse como pocos: sus espejos, laberintos, inventarios del tiempo y lo inverosímil lo convirtieron en un escritor único e irrepetible: en el poeta ciego con visiones luminosas. Tiene razón Hiriart: maestría sin representatividad es ecuación para el olvido, antídoto contra la memoria.

Y para confirmar su hipótesis de trabajo Hugo Hiriart se acercó en El arte de perdurar a otro escritor: George Orwell, quien con más garra que maestría se ha ido imponiendo de manera constante como uno de los grandes maestros del ensayo, como uno de los mejores prosistas de todos los tiempos.

Lo perdurable en el arte no es la maestría, que muchos pueden tener, sino la singularidad: Reyes tuvo maestría, pero no singularidad ni claridad representativa.

Esa falta de representatividad, ¿se debe a que Reyes vivió más cerca de la realidad de los libros que de la del mundo, como sugiere Luis Cardoza y Aragón? Reyes, según el poeta guatemalteco, nunca pareció resuelto a algo que pudiera perturbarlo personalmente o en su obra, y Octavio Paz nos recordó hace tiempo que en la poesía del autor de Visión de Anáhuacno existe hielo ni llama. Es una tibia poesía de sobremesa.

martes, octubre 19, 2010

Xavier Velasco opina sobre Vargas Llosa-Final de partida (15/10/10)

Lenguajes encontrados (Diario Milenio/Opinión 19/10/10)

Al inicio parecía sencillo, casi natural. Iba manejando con una amiga sobre la 805 sur —hacia ese lugar a donde se dirigen eventualmente todas las cosas del mundo— cuando, entre risas desenfadadas y los comentarios que produce el velocímetro al alcanzar las 45 millas en una vía de otra manera rápida, aparecieron. La primera reacción fue de risa —o de una hermana gemela de la risa porque tenía ese eco nervioso y un tanto incrédulo de lo que no es un hecho sino el reflejo de un hecho. 7UYR033. Nos vimos a los ojos con la complicidad del iniciado. 4DNN165. La carcajada era de pura aceptación.

Teníamos que admitirlo: el lenguaje de las placas era real. El mensaje, por otra parte, clarísimo: Huir de nene.

No se trataba, por supuesto, de un lenguaje secreto o escondido, sino de una construcción lingüística que, obedeciendo a los criterios del famoso inspector Dupin que creara Poe y luego inmortalizara Lacan en uno de sus seminarios, estaba a la vista de todos y, por eso, resultaba invisible.

La lentitud del tráfico o ese sopor que se cuela a veces en ciertas tardes de verano o una predisposición genética hasta ese momento desconocida, nos animó a descubrir más.

3LTM069: Le temo (¿al 69?) 5NBB336 (No bebe) 5YKE435 (Y qué).

Cuando llegamos al lugar a donde eventualmente llegan todas las cosas de este y otros mundos, comunicamos nuestro hallazgo con algo de altanera algarabía.

—Andaban bien weinas —dijo uno.

— ¿Qué fumaron? —inquirió otro sin privarse del placer de guiñar el ojo izquierdo.

—Está curada —mencionó alguien más con ese tonecito condescendiente de quien tiene prisa por cambiar de tema.

Lo cierto es que, desde entonces, manejar ya no es lo mismo. No hay día en que el lenguaje de las placas no me haga frenar a destiempo o cambiar de carril en el segundo menos pensado. He llegado incluso a pasarme altos o a tomar la salida equivocada con tal de aclarar una duda o confirmar una mera sospecha. Me he vuelto, en otras palabras, un peligro vial, un chofer de alto riesgo.

Gracias a ese lenguaje público que se desliza a placer por las calles de todas las ciudades del mundo he obtenido respuestas, por ejemplo, a preguntas que ni siquiera me atrevo a formular. Cuando aquel furibundo piloto se atrevió a hacer su primera aproximación, algo que para más detalles tenía que ver con la rodilla, apareció la placa que lo aclaró todo: 6NOP98 (ditto). Trataba de saber qué quería en realidad una mujer que me mantenía ya por demasiado tiempo en el celular (herejía urbana, horrenda acción senil) cuando apareció el mensaje: 7LLA009 (o estaba lela o era de ya cortar, eso me quedó clarísimo). Y así.

Las cosas, sin embargo, ya no son tan sencillas. Ciertamente han dejado de parecer “naturales”. Si al inicio llegué a creer —con la ardiente fe del recién converso— que con el paso de los días y la acumulación de los kilómetros descubriría patrones de significado, unidades de sintaxis, o gramáticas incipientes, el mismo paso de los días y la acumulación de los kilómetros me han enseñado que el lenguaje de las placas se resiste a todo intento de sistematización. Si, por casualidad, dos o tres placas logran crear un efecto de orden, cierta aspiración a la forma, no hay cuarta o quinta que no lo rehúya por completo. Si en algunas rutas todo parece indicar que se ha logrado estabilizar el significado de una letra, no faltan las calles en que la misma letra adquiera otro distinto. Desquiciante y a veces bochornosa, esa radical falta de certeza no deja de tener su encanto.

Mi amiga y yo todavía nos reunimos a cotejar datos de vez en cuando. En esos pequeños congresos privados discutimos con una solemnidad que frecuentemente termina por causarnos risa —o una hermana gemela de la risa— cada vocablo. Traducimos y revisamos la traducción y retro-traducimos. Las preguntas abundan. Frente a 4BPL342 ¿debemos entender Birth Place o Ve PeLo o Ve PeLé? ¿Será correcto interpretar a 3KSC589 como un imperativo que atenta contra la sagrada soltería de hombres y mujeres? Y, en cuanto al original 3LTM069, ¿era él teme o lo tomo? Todavía no tenemos hipótesis acerca del significado de los números. No hemos llegado a ningún acuerdo sobre los efectos semánticos del color. Hay, en otras palabras —en este otro lenguaje— muchas cosas por hacer.

Esto puede ser o una llamada de auxilio o una invitación al relajo o una franca violación a reglas que desconozco. A estas alturas ya no estoy segura de nada (lo cual tampoco deja de tener su encanto). Pero sospecho que mi amiga y yo no somos las únicas. Sospecho que formamos parte de una conspiración lingüística de mayores proporciones, cuyos iniciados vagan con los sentidos en alerta por campo o ciudad, calle o camino de tierra. Sospecho que en algún lugar del mundo, justo en este momento, se lleva a cabo un congreso donde otros choferes de alto riesgo extienden largos pergaminos sobre mesas de madera y, de pie, con un recogimiento acaso místico, observan la larga lista de vocablos con un silencio espectral y ojos tremendamente alucinados. Lo sospecho.

The Walls of Puebla-Pedro Ángel Palou (The New Tork Times/OP-ED CONTRIBUTOR 16/10/10)

HOW has life in Mexico changed under the rising tide of drug violence? It’s difficult to say; it is what it is. It goes on. For long stretches of time, it is easy to forget about the violence. But then reality breaks through, and it becomes once again impossible to ignore.

All my life I have lived in Puebla, a city of more than one million inhabitants about 70 miles southeast of Mexico’s sprawling capital. Puebla has a reputation for being a moderately safe place to live (considering the general standard in the country today). Mexico City residents, called chilangos, have been moving here for years — particularly since so many were driven from the capital by the earthquake of 1985, which destroyed hundreds of buildings and killed thousands of people.

The famous have retreated here, too. At one time, Puebla was reported to be home to Mexico’s most-wanted man, the billionaire drug lord Joaquín Guzmán Loera, who has still not been apprehended. Other prominent traffickers have followed. Puebla is perceived as a place that is largely free from violence — which, surely, must be as attractive to a drug lord as it is to me — but it is known for being free from the authorities’ scrutiny as well.

There is lots of speculation about “agreements” between governors and certain cartels. The government turns a blind eye, and the cartel guarantees a level of peace. Many people believe these pacts to be the reason that states like Puebla are relatively “safe” while Mexico’s civil war rages around them.

Recently, though, the delicate balance has been threatened, as the authorities have started to crack down on traffickers. Last month, Sergio Villarreal Barragan, another important drug lord, was arrested in one of the city’s most posh residential neighborhoods. The government may have been emboldened by the results of the summer’s elections, which ended decades of rule in Puebla by the PRI (the Institutional Revolutionary Party).

But the sad thing is, nobody has much faith in the new coalition government. I met a taxi driver here whose children had moved to New York City: one of them works as a cook at a fancy restaurant in the Flatiron neighborhood and the other one cleans bathrooms near Penn Station. He hasn’t seen them in six years. We got to talking about the elections, and I asked him if he thought the new governor might change things.

“I don’t know,” he said. “I’ve always thought it was inevitable that politicians are thieves. But even so — they could still leave something behind, right? Do some good work just the same.”

It wasn’t an earthquake or drug violence that drove his children from home. Puebla expelled them because it couldn’t offer them any opportunities. Worst of all, they went to New York illegally. So now, they can never leave.

We too, in a sense, are trapped in Puebla. In my neighborhood, where the roads are still unpaved, we live behind high walls and electrified or barbed-wire fences. A friend of mine, an artist, lives in one of the city’s fanciest neighborhoods, behind an immense wall. Last weekend he was unable to enter or leave; the great drawback of the wall is that it has only one entrance. In this case, the opening had been blocked by the Naval Department for an operation of some sort. For the first time, my friend felt that he was living in a prison.

And no matter the lengths we go to preserve our tranquillity, violence infringes. Not long ago, robbers broke into the house across the street from mine. Luckily, my neighbor had a machete. He chased the intruders out, after hacking one of them in the arm.

That morning, his garage floor was still covered in blood. I asked him what they had taken.

“All sorts of things,” he said. “Tools, the television set, some things from the kitchen.”

“Do you think they’ll come back?”

“That’s the worst part of it. I can’t sleep in this house anymore, thinking that at any moment they might come back, with me and my daughters inside. Thank God nothing happened to us!”

I couldn’t help but think of something the chief of security said about the recent wave of arrests of drug traffickers in Puebla. “Puebla is a safe state to live in, and that is why they come here,” he said. We dream of happy endings, but sometimes I’m afraid that everything that could possibly happen in Puebla has already happened.

Pedro Ángel is a novelist.

lunes, octubre 18, 2010

Con el perdón de los burros (Diario Milenio/Opinión 18/10/10)

1 Ficciones y facciones

Hará un par de semanas que caí, de refilón y por pocos minutos, en uno de esos curiosos eventos que reúnen a personalidades de la política y la literatura, donde a menudo unos y otros se dan el gusto de intercambiar papeles, de modo que no es raro advertir a cierto narrador haciendo malabares por decir solamente lo pulcro y lo correcto, al tiempo que el político pretende que se sale del libreto y por una vez dice lo que realmente piensa. Todo lo cual, pensé, conforme entraba en el grave recinto, quedaría muy bien si no campeara entre los convidados una solemnidad donde hasta las sonrisas —y ellas en especial— pecan de tiesas y las palabras son todas cosméticas. Contemplé entonces al orador: un escritor que hablaba a los presentes con la clase de pulcritud impecable que muy probablemente envidiarían varios de los políticos allí presentes, pues lo cierto es que empleaba con destreza quirúrgica el lenguaje eufemístico y redundante de la más ampulosa corrección política. Un logro muy difícil, supone uno, para aquél cuyo oficio consiste justamente en deshacerse de las palabras huecas y llamarle a las cosas por su nombre, a reserva y despecho de mejores opiniones.

Pensar en la literatura y la política como actividades en cierto modo afines o relacionadas es un error tan grande como frecuente. Escribe estas palabras quien un día estudió para político, en la creencia ilusa de que esa profesión sería compatible con la de novelista. Pronto entendí que antes se hace un buen policía de un ladrón a que un escritor sirva para político, o viceversa. Teóricamente, policías y ladrones pertenecen a bandos irreconciliables, aunque en la vida real son casi el mismo gremio. Lo cual no pasa con el arte y la política, cuya razón de ser tiene que ver ya sea con la expresión libre o condicionada, pero nunca con ambas a la vez. Y hasta donde yo sé, un buen político es el que hace política 24 horas diarias, y un escritor no deja ni dormido de ser escritor. Parece muy difícil, y abundan los ejemplos, brillar en una de estas profesiones sin hacer el ridículo en la otra.

2 El morbo y el bochorno

Una cosa, no obstante, es que no sirva uno para mitotero y otra que no le guste husmear en el mitote. Cuenta Bob Colacello, legendario editor en jefe de la revista Interview, que cierto día, cansado de buscar un buen regalo y ya en la mera víspera del cumpleaños de su prophet-in-chief Andy Warhol, decidió regalarle un cassette que contenía cierta conversación privada de Jacqueline Kennedy Onassis. No me extraña que Warhol opinara que era el mejor regalo que había recibido en la vida, si en el alma de todo narrador —y él lo era a su manera— hay un morbo invencible que le exige asomarse a la miseria humana y sus rincones mejor resguardados. ¿Pero qué habría pasado si Colacello hubiera hecho al revés: regalarle a la señora Kennedy Onassis una conversación privada de Andy Warhol, si es que un día tuvo alguna? A falta de opinión fundamentada, pienso que habría echado la cinta a la basura.

No hace mucho que en otra de estas reuniones, a la espera de La Hora del Orador, un amigo editor, a cuya invitación no supe negarme, se acercó acompañado de un alto dignatario internacional, cuyas palabras luego resonarían delante del micrófono. Hechas las cortesías de rigor, el hombre procedió a felicitarme por cierto artículo que semanas atrás había escrito yo sobre alguna ciudad de su país. “No lo he leído”, me confió, con un guiño amigable, “pero voy a hablar cosas muy bonitas de él en mi discurso”. A lo cual sonreí, dudando un poco entre soltar la carcajada o dejarme de modos y preguntarle si por casualidad alguna vez había sabido algo sobre el tema del cual estaba hablando. Una vez resistidas ambas tentaciones, me esfumé de la escena presa de un arrebato de vergüenza que amenazaba con no ser más ajena, si me quedaba a oír el tal discurso.

3 ¿Cómo se escribe ‘posisionarce’?

Cada vez que un político rinde homenaje público a un escritor —sin que de pronto éste pueda evitarlo, y no le quede sino ir a regañadientes a poner su carota de palo y declararse irremisiblemente agradecido (¿y al fin, cómo no estarlo?)— no hace sino emplazarlo desarmado en su reino de apariencias, con la esperanza más o menos peregrina de llevar un chorrito de agua a su molino. Si ayer mismo se le veía en las fotos sonriente y hasta tierno, cargando a un niño hambreado de cuyo nombre y suerte nunca se enteraría, hoy se le ve sonriente y hasta culto, en compañía de esos seres extravagantes cuyos nombres y obras le resultan curiosamente confundibles. Pero como no es un examen oral, y menos un debate, sino mera cuestión de posicionamiento, el teatrito funciona mientras el suspirante no abre la boca. A menos que, en efecto, sean lectores —y los hay, por fortuna, si bien cada día menos en su gremio—, lo común es que el ego los traicione y con tal de lucirse terminen por soltar alguna memorable perla silvestre. Cada vez que los oigo, no sé por qué me viene a la memoria una cita exquisita de la serie Malviviendo.com: “Quedan muy pocos hombres con ‘o’ mayúscula”.

No sorprende enterarse que un congresista, un funcionario cultural o hasta un mandatario jamás abren un libro, sino que encima de eso alcen su autorizada voz para citar, elogiar y homenajear obras que no han leído ni leerán, si ya se ve que ni la calma chicha del retiro le da licencia a nuestro ex presidente para leerse un librito de Borges, aunque sea en el nombre de la pulcritud. ¿Cómo es posible que, en esos niveles, no exista un asesor capacitado para quitarle a tiempo las orejas de burro al licenciado? ¿Debemos dar por hecho que los señores funcionarios son así para todo? ¿Qué se siente vivir en un país donde los congresistas que hablan de cultura tienen menos substancia que un merolico, cuando no se comportan con la prestancia de un cadenero de burdel? ¿Tendrán alguna idea del papelón que hacen: además de palurdos, fariseos? ¿Querrán homenajear a Ibargüengoitia? ¿Será que así se están asegurando un lugar en la historia de la literatura? ¿Serán así de astutos, al final?

viernes, octubre 15, 2010

Sed de mal-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 15/10/10)

“¡No se te vaya a ocurrir salir de tu habitación!” Quien me hizo semejante advertencia no fue una persona, ni dos, sino tres, cada una ignorante, al proferirla, de que otros me la habían hecho ya o me la harían muy pronto. ¿Qué los aterrorizaba tanto? ¿Qué los hacía temer por mi integridad física (y, por tanto, arriesgarse a jugar con mi estabilidad psicológica a fin de protegerla)? Apenas el anuncio del destino de mi próximo viaje de trabajo: Tijuana.

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Conocía ya la ciudad. Sólo que mi única visita previa se había dado en 1983, cuando contaba yo ingenuos y poco memoriosos ocho años. Por si fuera poco, el verdadero destino de aquel viaje infantil no fue Tijuana sino San Diego, que mi madre, aprovechando un compromiso de trabajo brevísimo en la ciudad mexicana vecina había postulado como sede de un fin de semana largo en familia. Así, de San Diego guardo algunos recuerdos difusos pero entrañables -el puerto; edificaciones coloniales que se me confunden entre sí; y, asunto importantísimo a esa edad, Sea World, donde me hice de un delfín de peluche que antes del año de vida sucumbió a mis malos tratos- mientras que, hasta ahora, toda memoria de Tijuana se me agotaba en cruce fronterizo.

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Tenía ganas de ver Tijuana con ojos adultos. Y no porque la imaginara hermosa (he visto suficientes fotografías para saber que no lo es) ni porque la anticipara plácida (no sólo escribo en el periódico: también lo leo) sino porque, borracho de cine, me soñaba Charlton Heston (aun si mi silueta me acerca más -¡ay!- a Orson Welles) corriendo Avenida Revolución abajo en Sed de mal. Pero suponía que no se iba a poder. Y no sólo porque la que encarna una feliz combinación de Janet Leigh y Marlene Dietrich en mi personalísima película nomás no quiso venir -pretextó exceso de trabajo- sino porque, de acuerdo a una amiga querida pero histriónica (es, de hecho, actriz) tal empresa supondría la pérdida, si no de la vida, cuando menos de la integridad moral y de la cartera. “Hace cuatro años fui al Encuentro de Teatro que hacen en el CECUT, con una amiga que también es actriz y con otra amiga editora de revista”, me contó. “El taxista que nos llevaba del aeropuerto al hotel se puso a ofrecernos que si coca, que si tachas, que si chicos, que si chicas, que si ¡niños!”. Como las tres alegres (es un decir) casadas (eso sí eran… entonces) dijeron no entrarle a semejantes vicios, habrían sido bajadas en pleno trayecto por el taxista en cuestión, no sólo alterado por la airada negativa, sino de plano víctima él mismo de un estado alterado de conciencia (y creo sospechar que no precisamente producto de la pasión amorosa). Ergo la admonición de encerrarme a piedra y lodo. Ergo mi decisión -temeraria pero nomás tantito- de hacer mi trabajo y luego lanzarme a pasar el día, como cuando niño, en San Diego.

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Pero he aquí que, por inercia, antes de salir de casa deslicé el pasaporte en el portafolios (que no traje) y no en la maleta. Y que, por tanto, me quedé varado en Tijuana… pero no en el hotel, lo que habría sido digno de una señorita de provincias y no de Charlton Heston. Así, y pese a la presencia de militares y agentes de la PFP en el aeropuerto, y pese a la aparición de dos cadáveres decapitados colgados de un puente la mañana misma de mi arribo, salí. Y vi mucha gente -un adolescente que paseaba a su perro, una pareja de novios, una mujer con su madre añosa y su hija niña, un grupito de veinteañeros gringos en busca de acción- transitar por la mítica Avenida Revolución. Y vi coches y taxis y combis surcarla, y turistas entrar a sus horribles tiendas de souvenirs -habilitadas casi todas, eso sí, en edificios chaparros de un estilo a caballo entre el art déco y lo colonial, no exentos de interés arquitectónico y de encanto retro/cutre– y hipsters pasearse por la perpendicular Sexta, donde perdí el tiempo en una extraordinaria sombrerería y en una tienda de discos no menos notable. Y comí en el recién remozado Caesars, donde Cardini inventó la ensalada César, y acompañé la dicha ensalada con uno de los mejores martinis de mi vida, preparado en una larguísima barra de caoba, restaurada con primor.

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Y me sentí no Charlton Heston policía ni Orson Welles ladrón sino un visitante más, en una ciudad no sólo relativamente segura sino valiente, tanto como ese mural que adorna un edificio sito en la esquina de la Sexta y la Revo y que reza “A pesar de todo, Tijuana se mueve”.

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Me quedé, pues, con sed de mal. Lo celebro.

miércoles, octubre 13, 2010

"Dos novelas para pasar el rato"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 13/10/10)

En pasado reciente, mientras daba clases a mis alumnos de preparatoria del Instituto Covadonga, discutíamos sobre ¿qué puede considerarse como literatura de arte mayor y qué no? Una de las principales herramientas es el canon, -entendido como la vara de medición en los ámbitos del arte y la cultura-, dicho canon siempre está en una constante búsqueda estética, la cual pretende que cada obra cuente con un buen contenido o fondo (ideas) y una forma (estilo, estructura, discurso). Por supuesto, no deben olvidarse las novelas que la mayoría de críticos coincide en denominar como las “novelas, cuentos, ensayos o poemas dignos” de ser considerados como las “obras”.

En gustos se rompen géneros y necesidades también. Hay momentos en que uno puede cansarse de la “literatura seria” y necesite un descanso. Buena opción puede ser recurrir a las novelas consideradas como Best Sellers, siempre por encima de los libros de superación personal. Al menos existe un esfuerzo por buscar contar y sostener una historia, cuyo fin primordial es la de atrapar al lector.

“Amores virtuales” de Marina Castañeda (Plaza Janés, 2010) a través de una prosa sencilla que no se mete en demasiadas complicaciones literarias y a lo largo de 373 páginas, la autora cuenta la historia del Dr. Ulises Blanco, reconocido psiquiatra, que empieza a cuestionar su vida y sentido profesional, gracias a unos correos electrónicos que recibe de forma anónima. Es a través de la lectura de diversos correos electrónicos y de un sumergimiento en el ciberespacio que dicho Doctor descubre el sentido de su vida. Una novela donde el Doctor comparte escena con los personajes y donde el universo narrativo es el mundo virtual.

La otra novela que puede entrar en este rango es “Álbum de bodas” Nora Roberts (Plaza Janés, 2010). La autora número uno en ventas según el New York Times, inicia con esta novela su serie “Cuatro bodas”. Al igual, que la obra antes mencionada, ésta tampoco se mete en camisa de once varas, sólo se dedica a contar una historia y en comparación con la anterior, la calidad narrativa es mejor y la trama suena más interesante. Aquí se cuenta la historia de cuatro mujeres: Parker, Laurel, Emmaline y Mackensie, que han estado unidas desde la infancia donde todo era diversión, ahora se han convertido en mujeres sensuales, divertidas e independientes y han montado una empresa que se dedica a convertir las bodas en el mejor momento de la vida. Mujeres que andan en busca del amor y que esperan encontrarlo en alguna de las tantas bodas que organizan, como le sucede a Mackensie, quien se topa con un chico de metro noventa, mientras grababa una de ellas. A partir de aquí su historia cambiará.

Ambas novelas están, sin duda, dirigidas para aquellos lectores o lectoras que buscan historias típicas de amor. No son las “grandes novelas” ni las pongo por encima de Harry Potter, pero sí las preferiría en lugar de Paulo Coelho o Stephen Meyer.

La pobre patria de don Porfirio-Alejandro Jiménez (El Universal/Bicentenario 13710/10)

El texto no pretende reivindicar su figura mediante un revisionismo histórico neo-conservador que busque destacar los méritos del dictador.

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PALOU vierte los hallazgos de su profunda investigación sobre Díaz y da pinceladas de historia para entender al personaje y su circunstancia

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Toda la novela es como el lamento de un fantasma. Pedro Ángel Palou logra en el libro Pobre Patria Mía plasmar la probable amargura del dictador Porfirio Díaz durante sus años de exilio, desde que es expulsado de México el 31 de mayo de 1911 —en el vapor Ypiranga— hasta su muerte el 2 de julio de 1915.


Las auto justificaciones y coartadas mentales que Palou pone en boca del anciano ex presidente suenan verosímiles. Parten de la tendencia, muy socorrida por los tiranos y populistas latinoamericanos de acusar al pueblo de ingrato, de incapaz de ver todo el progreso y los magníficos logros que se consiguieron durante su mandato, para, al final, ser expulsados como enfermos contagiosos. Esa ceguera selectiva de los poderosos que tiende a ver sólo lo bueno y a bloquear de su visión las terribles desigualdades económicas de la sociedad.


Cuántas veces hemos escuchado en México las mismas cantaletas de que “si bien hay problemas, han sido más los logros”; que “durante mi mandato se avanzó como nunca en materia económica y se redujo la pobreza sustancialmente”; que “parece mentira que en el extranjero nos vean como una nación sólida y respetable y adentro todo lo veamos de manera negativa”; que “era necesaria la mano dura para poner orden”; que “no cualquiera podía garantizar la continuidad de nuestra política social y no había nadie mejor que yo para llevar a buen puerto las ambiciosas transformaciones que habíamos iniciado”.


Las 185 páginas de esta novela editada por Planeta, están llenas de flashbacks de don Porfirio, en los que Palou vierte los hallazgos de su profunda investigación sobre Díaz y da gruesas pinceladas de historia para entender al personaje y su circunstancia.
No es, sin embargo, un libro de historia en estricto sentido, sino el relato novelado de un añorante octogenario que nunca se logra adaptar a su nueva vida de paria internacional, luego de haber sido héroe de cruentas batallas, de haber luchado hombro con hombro con Benito Juárez para imponer las Leyes de Reforma, que después se opuso al Benemérito, para, al final, ser el vértice ominipotente del poder en su país.


Justifica una y otra vez sus actos. Evoca las glorias, como su batalla del 2 de abril o las fiestas del Centenario de la Independencia, plenas de fastuosidad, en las que no había por qué escatimar recursos, pues lo que importaba era mostrar a las delegaciones del mundo que nos visitaban la grandiosidad de lo mexicano, nuestra música o nuestros monumentos gloriosos.


Brillo y oropel que dos meses más tarde se mostrarían huecos, al estallar las tensiones sociales acumuladas. Promovidas más bien —piensa el caudillo de Palou— por mezquinos políticos como Francisco I. Madero, que engañan al pueblo con promesas de “democracia”. “Panchito ya soltó a un tigre que no va a poder dominar”, repite sin cesar.


Don Porfirio se duele una y otra vez de la desgracia en que ha caído “su” país. “¡Pobre Patria Mía!” Él que la dejó pacificada y con progreso, con ferrocarriles y telégrafos, otra vez hundida en guerra civil, dejada a su suerte.


Todo eso lo piensa mientras va de París a Madrid, y de ahí a Biarritz, y a Suecia y a Egipto; en viajes mortales, a lomo de camellos y vapores, y hasta en un automóvil, la última joya de la modernidad que era capaz hasta de ser conducida por una mujer. Habrase visto.

El texto no denota intención alguna por compadecerse del anciano, ni pretende reivindicar su figura mediante un revisionismo histórico neo-conservador que busque destacar los méritos del dictador tras décadas de maltrato historiográfico. Nunca se pierde de vista que el relato es el de un derrotado.


El libro se lee de un tirón y nunca cambia su tono melancólico. La muerte, el final del dictador es… pero para que se lo cuento; juzgue por usted mismo.