martes, junio 15, 2010

Equivocarse-Pedro Ángel Palou (Diario El Columnista 15/06/10)

¿Ha pensado usted, en el momento en que emite su voto en que quizá –sin importar a cuál candidato prefiera- pueda equivocarse? Yo creo, por ejemplo, que muchos se han arrepentido de haber sufragado por Vicente Fox, algunos menos por Felipe Calderón, el presidente amnésico (se le ha olvidado todo, por ejemplo que iba a ser el presidente del empleo, que bajaría el precio por el consumo de la luz, y un sinfín de etcéteras que a mí también se me olvidan, así de hueras son las promesas de campaña cuando no se comparten ideas). A mí casi todos mis sufragios, incluso aquellos que más he pensado, no me han salido como esperaba. No sé, de plano si se trata de un mal endémico del político, quedar mal, o de mi mal tino electoral (suponiendo, además, que el candidato por el que voté gane, cosa que casi nunca me ha ocurrido).


Sé, con honda convicción, que no me equivoqué al votar por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 (aunque se haya caído el sistema y con su hierático rictus Manuel Bartlett le haya dado el triunfo a Salinas Recortari, ¿alguien recuerda ese apodo? ¿o el del chupacabras?). No, es que la memoria del mexicano es muy corta.


Todo esto viene a cuento si pensamos en que en medio del fragor mundialista los poblanos iremos a las urnas el 4 de julio. ¿Por quién votará usted para gobernador? ¿Por quién para presidente municipal? ¿Cuál su diputado o diputada? Estas serán, qué duda cabe, las elecciones más disputadas de la historia reciente de nuestro estado y, sin embargo, hay una curiosa ausencia de emoción en los votantes, como si la vida ocurriera en otra parte. En otras semanas he intentado dilucidar esa apatía y he llegado, creo que con cierto tino, a afirmar que el problema es, estrictamente, de índole cualitativo (porque cuantitativamente estamos infestados de propaganda). No se han debatido ideas interesantes para Puebla, no se nos ha convencido de que tal o cual propuesta sea la adecuada.


Hasta las campañas sucias han carecido de imaginación, y eso que las aborrezco.


Por ejemplo, la coalición del PAN, PRD, Convergencia y Panal no ha cumplido con un reto central: colocarse en una posición realmente de oposición al PRI-Partido Verde, ni aprovechar –por más que lo hayan intentado en el discurso- los tantos años sin alternancia política en el estado de Puebla. No han utilizado cierto antimarinismo muy beligerante en las épocas del escándalo de Lydia Cacho y hoy ausente a pesar de que javier López Zavala es el heredero del reinado (es más, muy pocos le llaman ya Delfín, un apodo que era parte ya del folclor local). Y no lo han hecho, quizá, porque tampoco pueden pintar de azul al candidato de su megacoalición, Rafael Moreno Valle, cosa que no es privativa de Puebla, de las 12 gubernaturas en disputa en ocho los candidatos a gobernador opositores al PRI son expriístas.


Cuando la minicoalición, en cambio, quiso demeritar el trabajo público del entonces priísta Secretario de Finanzas el lodo los salpicó irremediablemente. Porque del lado del PRI-Verde tampoco hemos escuchado la toma de posición de un discurso que piense en construir una nueva Puebla, una que urge y que aquí hemos intentado dilucidar cada semana. No se ha desmarcado así, suficientemente, de su predecesor quien aparece en todas las columnas de la última semana como su principal operador político. De la misma manera, la semana pasada el músculo magisterial quiso hacer contrapeso del otro lado. Mientras usted lee esto, sin embargo, los cuartos de guerra de ambos contendientes se preparan para el primer y único debate entre los candidatos.


Uno amenazó con dar una madriza, el otro lo acusó de miedoso. El problema de los debates en México –al menos desde que el hoy malogrado jefe Diego impusiera el estilo- es que se trata de un esfuerzo mediático por golpear para ganar aplastando, denostando, humillando. No para proponer, no para verdaderamente debatir. Si eso fuera el último debate nacional lo habría ganado, a todas luces, Patricia Mercado (y posteriormente su partido incluso perdió el registro sin base social para sus propuestas, demasiado extravagantes para este país que se quedó sin socialdemocracia).


¿Qué va a cambiar con el debate en la votación? Nada para los votantes duros, poco para los llamados switchers (qué feo apelativo para los indecisos), ya que unos cuantos se inclinarán por el que más golpee pero ninguno será convencido por ideas que modifiquen de una buena vez los golpeados destinos de los poblanos.


Y aquí vuelvo a mi tema: equivocarse en política, a la hora de votar, puede ser muy costoso. ¿Qué pasaría con otros diez años de retroceso político, financiero, empresarial con nuestro estado? ¿Cuánto más vamos a tardarnos en darnos cuenta de que es ahora o nunca? ¿Qué candidato puede lograr un cambio verdadero? Usted irá a la urna el 4 de julio, y si tienen razón algunos politólogos –como Raimundo García- apenas son poco más de cien mil votos lo que hará la diferencia (algunos piensan que se acortará a veinte mil votos, no lo creo, porque no están tomando en cuenta la altísima abstención). En la madrugada de ese día su voto será o ganador o perdedor, no hay alternativa. Y –después de una muy bizarra convivencia de seis meses entre un gobernador electo y un gobernador en funciones juntos por vez primera, cosa de la homologación- usted lo verá ejercer, a su candidato ganador o perdedor, poco importa, durante seis antidemocráticos años.


Porque nadie nos ha prometido una reforma integral de las leyes políticas de nuestro estado, una democratización verdadera de nuestra vida pública, una verdadera división de poderes, una separación real de las funciones de la contraloría del ejecutivo, una confianza en la madurez política de los poblanos, nadie.


Estamos con la partidocracia de la misma manera que nos encontrábamos en la época de don Porfirio: analfabetos, sumisos. No somos ciudadanos, somos pueblo, indiferenciado e ignorante a quien se le prometen baratijas pero no se le comparte un proyecto político. Es de lamentarse que no existan ciudadanos votables sin partidos políticos, contraviniendo la Constitución.


Pero es más execrable aún que no se nos propongan desde ya modos de entrar al banquete de la civilización y la madurez democrática. Mientras esto no ocurra votar o no votar no es la cuestión.

David Markson 1937-2010 (Diario Milenio 15/06/10)

Todavía recuerdo mi primer día en la tierra con David Markson. No recuerdo por qué andaba en Nueva York pero sí, y esto a la perfección, la manera en que me introduje a The Strand, una librería en la que suelo encontrar cosas que no busco pero que terminan siendo esenciales para mi vida. Ya no sé si recuerdo o invento la luz dorada que, oblicua, atravesaba los ventanales. Pero salta a la memoria el instante en que me fijé en la frase que decoraba la portada de un libro: “In the beginning sometimes I left messages in the street”. Compré Wittgenstein’s Mistress por eso, por esa frase. Lo compré junto con otros tantos, pero ése fue el que abrí de inmediato, sentada sobre la banca de un parque cercano. Creo que todo esto ocurría en el otoño, pero no podría juararlo en ningún momento.

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Voraz. Veloz. Atroz. La primera lectura fue así. No recuerdo cuántas horas me tomó leer el libro ni dónde exactamente terminé de leerlo, pero sí recuerdo el súbito acceso de llanto. La incredulidad. Nadie me había hablado de David Markson antes, y muy pocos lo hicieron después. Entre esos pocos estuvo David Foster Wallace, quien en más de una ocasión se refirió elogiosamente a los libros de David Markson: “Nada más ni nada menos el punto más alto de la ficción experimental en este país”. Lo cierto es que, justo como el narrador femenino de esa novela, volví la cabeza de izquierda a derecha creyendo o tratando de convencerme de que era la última sobre la tierra. La sensación, del todo apabullante, al leer Wittgenstein’s Mistress 15 años después de su publicación, fue la de haber desperdiciado mucho tiempo.

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Lo cierto también es que esa lectura vino a confirmarme algunas intuiciones que entretenía alrededor de lo que es, o debería ser un libro, al mismo tiempo que me abrió maneras alternativas de hacer esas mismas añejas preguntas. Tres tipos de novela que no es la novela de David Markson: las Novelas-Experiencia, las Novelas-Viajera, y la Novela-Ligue. Empecemos. Hay novelas que pretenden hacernos olvidar que son novelas.

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En lo que pareciera ser un triste caso de odio-contra-sí-mismas, existen ciertamente las novelas que hasta pretenden hacerse pasar por “la realidad” (la novela como experiencia o como expresión no mediata del yo). Hay novelas que tienen la intención de convertirse en intergalácticos transportes públicos que no tienen el menor empacho en prometer al lector inolvidables travesías por “universos” “reales” (la novela como agencia de viajes). Hay novelas que, en su modernista afán de seducción, incluso mantienen que el lector puede “entrar en ellas” (lo novela como una especie de ligue). En la páginas 12 y 13 de Vanishing Point, el libro que David Markson publicó en 2004, el autor aclara: “Non-linear. Discontinuous. Collage-like. An assamblage. As is already more than self-evident”. Luego: “A novel of intellectual reference and allusion, so to speak minus much of the novel. This presumably by now self-evident also”.

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Markson empieza la fragmentada trayectoria de esta novela con dos cajas de zapatos llenas de tarjetas bibliográficas y un autor cuyo nombre es Autor. Se trata de notas aparentemente aisladas que incluyen frases, ya sea de los artistas mismos o ya acerca de ellos, sobre sus procesos creativos, sus obras, sus tiempos. Autor, de vez en cuando, deja oír su voz sólo para decir que está cansado, que no recuerda si tomó o no tomó una siesta, que sus tenis parecen llevarlo a sitios equivocados.

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“Un decorador con visos de locura, así llamó Harper’s Weekly alguna vez a Gauguin”, escribe Markson. “Goethe escribó Werther en cuatro semanas./ Schiller escribió Guillermo Tell en seis”, asegura Markson. “Me gusta una buena vista pero me gusta sentarme de espaldas a ella. Dice Gertrude Stein”, dice Markson.

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Autor sufre de una ligereza inusual en la cabeza. Autor no se siente él-mismo. Autor tropieza con objetos y paredes que, de otra manera o antes, le resultaban familiares.

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Pregunta Marskon: “¿Fue La obra de arte en la edad de la reproducción mecánica el ensayo crítico más frecuentemente citado en la segunda parte del siglo XX?”. Dice Markson: “Terroristas. El cual fue de hecho el término escogido para categorizar a las novelistas góticas de inicios del siglo XIX”. Dice Markson: “Tacitus, de joven, defendiendo a otros artistas de la Eterna Vieja Guardia: Lo que es diferente no es necesariamente peor”.

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En la página 96: “Autor está experimentado con mantenerse fuera de esto tanto como puede ¿por?/ ¿Puede realmente decirlo? ¿Por qué no tiene la menor idea de cómo o a dónde se dirige todo esto tampoco?/ ¿Dónde terminará eventualmente este libro sin él?”.

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Las citas textuales aparecen, cada vez con mayor frecuencia, sin referencia alguna. Cada vez hay más datos sobre los lugares donde murieron otros autores. La cita anti-textual. La cita fuera del texto: “La ilusión de que el Azul Profundo era algo pensante”.

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Sobre Virginia Wolf y sobre Autor, sin transición alguna: “La experiencia que nunca describiré, Virginia Wolf llamó así a su intento de suicidio./Tengo la sensación de que me volveré loco. Oigo voces y no me puedo concentrar en mi trabajo. He luchado contra eso, pero ya no puedo luchar más./ Los recuerdos matutinos del vacío del día anterior./ Su anticipación en el vacío del día por venir”.

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“Ravena, Dante murió ahí”, escribe Markson. “Milán, Eugenio Montale murió ahí”

“Giuseppe Ungaretti anche”.

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Incluso un guiño a La Amante de Wittgenstein: “Alguien vive en esa playa”.

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Selah, que marca el final de los versos en los salmos, pero cuyo significado hebreo es desconocido./ Y probablemente no indica otra cosa más que un pausa, o descanso.” Selah.

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Una poeta hojea el libro y dice: versículos.

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Una narradora hojea el libro y dice: oraciones largas.

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Entre la poeta y la narradora: la silueta de la religión.

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Una novela sin anécdota. Una novela sin desarrollo lineal. Una novela críptica. Auto-referencial. Esquizofrénica. Sabionda. A punto de morir. Una novela. Una pausa. ¿Serán, de verdad, versículos? Un descanso. Selah.

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¿Una novela?

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Markson murió a finales de mayo. Tenía 82 años. Todavía me parece un desperdicio todo ese tiempo que viví sin sus libros.

La invasión de los robots (Diario Milenio/Opinión 14/06/10)

Extraños en la línea

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La escena es familiar. Inmerso en la rutina cotidiana, de por sí rica en distracciones y tentaciones, uno al fin ha logrado hacer foco en lo suyo. Concentrarse, abstraerse, avanzar. Diríase que reina ya la calma cuando repiquetea un ring intempestivo. Y otro, y otro más, difícilmente llegarán a cuatro sin que al menos se asome uno al aparato y lea en la pantalla el número o el nombre de quien llama. Muchas veces, no obstante, se trata de un número irreconocible, o en su caso aparece en la pantalla la leyenda “llamada privada”. Lo cual puede indicar larga distancia, o teléfono público, o que al usuario de la línea invasora se le ha concedido el privilegio del anonimato. Entre las tres opciones, le inquietan a uno las dos primeras, que bien podrían ser llamadas urgentes. Por eso se termina contestando, acicateado por el solo temor a luego maldecirse por haber ignorado un asunto importante.

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Por más que así lo crean los vendedores, no siempre reconforta oír el propio nombre en labios ajenos. Menos aún si aquél que lo pronuncia se vale de esa suerte de untuosidad robótica que suele distinguir a los intrusos telefónicos. Gente a la que no hemos visto ni veremos y ya nos comunica el gusto que le da conversar con nosotros, aunque por lo escuchado juremos que lo que hacen es leer o recitar de memoria un libreto. Unas veces pretenden vender, otras cobrar; en uno u otro caso son incisivos y persistentes, pero pierden el piso y hasta la calma si acaso se distancia uno del guión. Y por lo que he sabido entre mis amistades, medio mundo se sale de quicio y termina por repeler la invasión. “No sea grosero, señor”, se defiende el extraño, y uno lamenta que el sentido común —ese pacto social engañoso y maleable al gusto del usuario— no sea suficiente para que los intrusos entiendan que la verdadera grosería está en la intromisión y la impertinencia.

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Los dominios del autómata

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Cierto que es su trabajo, y es seguro que lo odian, por la forma en que suelen ser tratados. Ganarán asimismo una miseria, a juzgar por el nulo profesionalismo con el que tratan a sus clientes, ninguno de los cuales tendrá la razón a menos que se sople el libreto entero, y eventualmente compre lo que le ofrecen. Decisión ésta errada y contraproducente, pues a partir de ahí quedará uno archivado como marchante y las llamadas se multiplicarán (no en balde la palabra cliente se usa también para calificar a aquellos cuya buena voluntad los hace especialmente permeables al engaño). Y esa es otra pistola que apunta hacia el incauto: las respuestas se archivan, o hasta se graban. Quien llama tiene todos nuestros datos, nosotros ni su número sabemos. No es cosa tan sencilla mandar al diablo al impertinente que comienza recitando nuestro nombre y apellidos; tampoco es infrecuente que llame de nuevo ya sólo por joder, si se siente humillado y quiere compartir una última probada de su ínfimo poder.

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Es, pues, cosa imposible salir bien librado una vez que se ha entrado en la dinámica improductiva de declarar la guerra al telefonista, que es acaso quien menos quisiera estar allí. Hay que ver el tupé que tienen quienes pagan sus salarios para mandarlos a violar intimidades sin más arma que la costumbre del abuso. Pues no todos se enojan, ni se quejan, ni terminan de hartarse de ser orillados a responder a toda suerte de preguntas, varias de ellas imbéciles, disparadas sin pizca de tacto por fulanos que hablan sin escuchar, y en tanto eso también sin entender: libres de toda sombra de inteligencia, facultad por lo visto secundaria para quienes no ven mayor ventaja en capacitar a aquellos cuya chamba consiste en joder y joder. Y ni hablar, lo hacen bien. Especialmente aquellos a quienes el retraso en algún trámite o pago pone ya por encima del cliente: motivo suficiente para acosarle como a un criminal.

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De rehén a delincuente

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No es raro que el sábado o domingo, en horas tan tempranas como las siete, llamen de un almacén donde tiene uno cuenta de crédito para avisarle que debe cien pesos y preguntar cuándo piensa pagarlos. Vamos, que me han llamado hasta por $1.50. Y eso, suponen ya, con celo de agiotista injertado en fiscal, los faculta para poner en marcha un interrogatorio majadero, redundante y estúpido del que uno se convierte en rehén, toda vez que está en deuda y por tanto en sus garras. De ahí que les extrañe, aunque ya lo acostumbren, oír una respuesta tipo ¿y a usted qué le importa? Cierto es que sus patrones así lo exigen y ellos tienen un formulario por llenar, pero hay que ver quién tiene la sangre de atole para aguantar esas impertinencias cada día, por duplicado o triplicado, sin ceder al impulso natural de enviarlos al carajo sin escalas (y más si ya pagó y las llamadas siguen, sólo eso nos faltaba).

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No muy distinto, aunque más irritante, resulta el trámite de cambiar proveedor. Ya sea la conexión a internet, el servicio de cable, el banco o el teléfono, no puede uno tratar de cancelarlos sin enfrentar un alud de preguntas que no le da la gana contestar, y a lo que desde luego no puede obligársele. Pero allí está la voz del robot, decidido a ejercer su micropotestad en el cliente infiel que no quiere sino irse y en todo caso va a dejarse abusar con tal de no seguir perdiendo el tiempo. Desde niño uno aprende a asumir la autoridad omnímoda del preguntón, pero a lo largo de años de suplicio telefónico aprende a defenderse, y hasta se inventa reglas a seguir, como no comprar nada a un robot invasor, ni responder a sus preguntas, ni olvidarse de registrar su nombre y repetírselo: tácticas defensivas sin poder disuasorio, que no obstante subrayan nuestra indefensión ante un acoso diario que suele comenzar por la propia compañía telefónica, donde se asume que quien renta la línea está naturalmente a merced del proveedor. ¿Qué hacer cuando levanta uno el auricular y oye una grabación que le invita a esperar la voz acosadora? Colgar, claro. Colgar siempre y en cualquier circunstancia. Si en este mundo hubiera justicia, habría que llamar a la policía.

sábado, junio 12, 2010

Interesantes formas del capitalismo-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 12/06/10)

Durante toda mi juventud viajé en la larga línea verde del Metro. Pensé durante todos esos años que la ciudad de México era ordenada, olía a jabón, se peinaba y tenía muchos lectores: había confundido a los estudiantes de la UNAM con la ciudadanía. En la línea rosada, que uso ahora de manera extensiva, nadie nunca respeta los asientos para personas mayores y embarazadas, es imposible leer ni siquiera la prensa deportiva porque los vendedores de discos piratas se turnan uno tras otro con grabadoras a decibeles formidables, la policía se desplaza por los andenes desencajada y con los toletes en la mano, como una concentrada jauría de dóbermans en un gallinero. En ese contexto tan duro, el reclamo de limosna ha alcanzado las alturas del arte.


Durante toda la historia de las ideas cristianas, pedir dinero de los piadosos implicaba ciertas reglas: el mendigo dramatizaba su desgracia exhibiendo las prendas de su fracaso y aguardaba con rictus de resignación la llegada de la buena voluntad bajo la forma de una moneda. En la pornográfica línea rosa del metro, la competencia por un mercado en el que ya no cabe otro indigente ha forzado las cosas. Pasamos del método ya moderno del ciego que pasea por los convoyes sacudiendo una latita a las formas más desmedidamente honestas del reclamo. En la Estación Tacubaya, por ejemplo, hay una vieja que selecciona a sus posibles clientes agazapada en un rincón y los persigue clavándoles una latita de leche condensada en los riñones hasta que aflojan o se pierden en un tren.


Ya se ha escrito del barroquismo trágico de los faquires que se abren cancha como pueden para acostarse en un itacate de vidrios -faquires portátiles para una ciudad febril-, o de la curiosidad que representa el hecho de que el cantante solitario que ejecuta un clásico haya sido sustituido por bandas capaces de hacer un espectáculo con canciones de su autoría y hasta chistes en los dos minutos que dura el trayecto de una estación a otra. He descubierto, sin embargo, una nueva forma del llamado a ceder una moneda tan codificado que roza la gloria del performance. Hay un punk ya bigotón -definitivamente no aplica como huerfanito- que se desplaza a mil por hora dentro del vagón, pegándole gomosos corazoncitos amarillos a los viajeros en el hombro o las rodillas -según vayan parados o sentados-; luego los recoge a la misma velocidad de relámpago. Hasta ahorita -y vaya que me lo encontrado- nunca he visto que nadie conserve la calcomanía a cambio de una moneda, pero el acto es tan rápido que uno tiene que poner mucha atención para notarlo y requiere de varios viajes para entenderlo.


Afuera de la estación Insurgentes, en el túnel tan siniestro que conduce a la calle de Génova, hay -sólo si se pasa antes de las nueve de la mañana- un flautista que no se sabe ni una sola tonada: hace ruiditos oprimiendo las llaves al azar. Llevo un año y dos meses pasando junto a él casi todos los días. Nadie se detiene a escucharlo y pocos le dejan dinero. Tal vez por las prisas no sea claro que su talento descansa en una gigantesca habilidad -tan metafórica- para fracasar: no es fácil practicar tanto y no aprenderse ninguna melodía.

Más adelante, en la misma calle de Génova, está el toldo en buen estado de un restorán que quebró por enero. Una mañana apareció ahí una señora sentada en una cubeta, pidiendo limosna. No creo que el negocio fuera fructífero porque el trastecito que disponía para recibir caridad quedaba a varios metros del paseo por el que nos perseguimos los oficinistas desaforados. La señora desarrolló, entonces, un negocio de bienes raíces. Llevó primero más cubetas, cobijas y unas cajas de cartón; un lunes ya tenía un carrito de supermercado y unos plafones. Al poco llegaron la estufa, los polines, los amigos. Sigo sin ver que nadie le de limosna, pero la casita que ha levantado al paso de los meses ya cuenta como una instalación maestra: tiene varias habitaciones -todas minúsculas- en las que viven varios colegas. Cuando paso por ahí, están tomándose un cafecito en la cocina.

miércoles, junio 09, 2010

"Vagancia + poesía = belleza al andar"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista”-09/06/10)

“Dejarse ir./ No confiar en nada sino/ en la sensación del movimiento”.

Así se abre el poemario más reciente de Luigi Amara: “A pie”, publicado por la editorial Almadía (2010), dentro de su colección dedicada al género de la poesía: Pleamar.

“A pie” es un poema, atrevido, de largo aliento que invita al lector a caminar por la ciudad, sin objetivo específico. Se trata de caminar y que la simple acción sea propicia de otras más como observar su ritmo, su arquitectura, sus vendedores ambulantes, su descuido, sus obras de arte involuntarias y voluntarias, sus diversas formas de protestar, de alzar la voz para decir: ¡aquí estoy!

Juan Eduardo Cirlot -en sus “Apuntes sobre poesía”-, dice que ésta “es testimonio, es alivio, es creación de belleza” y el poemario de Amara es prueba inexorable de la afirmación cirlotiana: “Hay un placer eminentemente solitario/ en dejarse ir/ doblar la esquina/ en vez de seguir de frente/ retorcer el camino/ hasta hacerlo serpenteante”. Y es el mismo Cirlot quien señala, en dicho texto, que materia [prima] de la poesía son: “sentimientos determinados, emociones vagas; hipótesis planteadas a veces como imágenes, interrogaciones; ideas parafilosóficas, paralógicas; imágenes que definen, imágenes que intensifican, imágenes que modifican”. Y sin duda, Amara, entiende de igual manera a la poesía, pues “A pie” es una invitación a tomar las calles, recuperarlas, exigir el lugar que los automóviles le han arrebatado a todo transeúnte que se atreva a caminar por las calles, haciendo que tales se vuelvan un riesgo constante, ya que se está a la merced de los carros: “El rechinido ominoso/ de las llantas./ El golpe contundente y seco./ Ese instante posterior/ en que las cosas/ contienen el aliento.// Ya la parvada de ojos/ se cierne sobre el infortunio./ Aves de carroña/ del dolor ajeno/ atraídas por el grito irresistible/ de la sangre.// (La orfandad del zapato/ a pocos metros del cuerpo).// Los mirones en círculo.// Cubrirse el rostro un instante/ para después abrir los ojos./ Cuchicheos”.

“A pie” es la afirmación de que la poesía se reinventa y no morirá. Es el claro ejemplo de que la imagen (gráfico) no está peleada con la palabra y pueden convivir amenamente.

Amara usa la belleza para protestar contra aquellos que suelen decir: “En este país se está obligado a tener obligaciones; no se puede ir a cualquier lugar sino a un determinado lugar”.

“No llegar./ Tan sólo detenerse”.

martes, junio 08, 2010

Cómo debatir en Puebla-Pedro Ángel Palou(Diario El Columnista 08/06/10)

1.-Anuncie que va a dar una madriza y luego pida que desea muchos debates (¿o muchos rounds?) y contrate a Julio César Chávez como mánager.

2.- Anuncie que no va a debatir y contrate una muralla de seguridad inexpugnable.

3.- Anuncie que tiene muchas ideas pero contrate un nuevo despacho de asesores foráneos para que le expliquen qué hacer con Puebla.

4. -Argumente la pluralidad de los debates pero asegure su singularidad. Se trata de un solo debate y voy por que me obliga la ley.

5.- Diga que la ley tiene muchas eses y que un solo debate es insuficiente. Pero descalifique a sus oponentes.

6,- Diga que es un candidato independiente, ciudadano, y con quién sabe qué dinero regístrese por el único partido que no se coaliga. Luego, por supuesto no diga nada sobre el debate.

7.- Reparta camisetas, paraguas, plumas, gorras, con el lema: “Yo si debato, zacatones”.

8.- Reparta camisetas, paraguas, plumas, gorras, con el lema: “Sólo debaten los desesperados”

9.- Anuncie su plataforma y gaste más en edecanes que en ideas.

10.-No anuncie su plataforma.

11.- No sepa ni qué demonios es eso de plataforma.

12,-Descalifique al juez, al árbitro, al Instituto Electoral.

13.- Descalifique a todos los otros candidatos.

14.- Descalifique a los que voten por otro candidato.

15.- Descalifique a todos los que voten.

16.- Descalifique a los que se abstienen.

17.- Diga que los demás le tienen miedo.

18.- Afirme que los demás están desesperados.

19.- Asegure que la democracia es el mejor de los sistemas políticos posibles siempre y cuando el voto le favorezca.

20.- Diga que si el voto no le favorece hubo fraude.

21.- Diga que siempre hay fraude y que por eso usted es un candidato ciudadano y que se alistó nomás para taparle el ojo al macho. O por muy macho. O por muy güey. O de plano que no sabe por qué carajo se inscribió en la contienda.

22.- Afirme que hay elección de estado.

23.- Afirme que no es culpa del estado, que la federación compra votos.

24.- Afirme que son los funcionarios estatales los que dan dádivas a cambio de votos.

25.- Afirme que no sabe usted qué son los funcionarios estatales.

26.- Siembre la duda, diga que todo indica que los maestros votarán en bloque.

27.- Siembre la duda, diga que los burócratas estatales votarán en bloque.

28.- Siembre la duda, diga que no sabe quiénes votarán en bloque.

29.- Diga que las encuestas le favorecen

30.- Diga que las encuestas que no le favorecen son amañadas

31.- Diga que no tiene dinero para las encuestas y que ya de por sí sabía que no le serían favorables.

32.- Descalifique de plano las encuestas (pero mande a hacer la suya antes de la Noche Triste).

33.- No vaya a mítines multitudinarios.

34.- No vaya a las universidades.

35.- No vaya al radio, la televisión o las ruedas de prensa de su partido.

36.- No vaya a ningún lado, usted de por sí sabía que iba a perder.

37.- Suba un video horrible a youtube.

38.- Mande un correo masivo diciendo que el otro candidato es un peligro (para lo que sea, la universidad, la gastronomía, el mole de caderas, el futbol).

39.- No mande ningún correo, limítese a ver los vídeos de youtube de los otros y diga que pobres, lo malo de ser puntero.

40.- Insista en que el otro es corrupto.

41.- Insista en que el otro otro es más corrupto.

42.- Insista en que usted no ha tenido oportunidad de ser corrupto.

43.- Cuando se acerquen las elecciones anuncie que va a haber un fraude

44.- Cuando se acerquen las elecciones anuncie que ya ganó

45.- Cuando se acerquen las elecciones váyase a vivir a Timbuctú

46.- Diga que confía en la inteligencia de los ciudadanos al ir a las urnas

47.- Diga que confía en el voto duro de sus correligionarios y que no le importa si son inteligentes o no.

48.- Diga que nunca ha visto a ningún correligionario, ni a ningún ciudadano y que de plano no sabe por qué eligió ese instituto político que nunca le ayudó a ganar siquiera el voto de su mujer, su abuela y su gato.

49.- Piense, por favor, que los anteriores puntos son evitables y que los ciudadanos merecen un poco de respeto, de ideas y sobre todo de ser involucrados en una elección que debería decidir el futuro de Puebla.

50.- Y si de plano le valemos gorro no se extrañe cuando nadie vaya a votar.

Eso era subir una escalera (Diario Milenio/Opinión 08/06/10)

Subió las escaleras lentamente, todavía sintiendo que su garbo y su donaire le pertenecían a otro edificio. Imaginó que el dueño las había mandado traer de otro lado, desmantelando otra construcción piedra tras piedra, con mucho cuidado, sólo para reconstruirla con el mismo afán en el nuevo espacio. ¿Se podría hacer eso en realidad? Tuvo la tentación de dejarse sorprender, pero en el mismo instante visualizaba escenarios.

Diría: qué gusto, con la voz de alguien que paseaba por las calles de una ciudad que conocía de memoria.

Diría: cuánto tiempo, con el tono neutro de una persona lejana. También avizoró el silencio. El pasmo. La frustración inherente a las palabras que se saborean bajo la lengua sin posibilidad alguna de llegar al sonido.

O diría: ¿Cómo lograste entrar? A la defensiva, fingiendo que todo era real.

A medida que ascendía las escaleras equivocadas, seguramente traídas de otro edificio más ufano, menos decadente, se preguntaba si todo esto no era más que un invento, el resultado de su imaginación afiebrada. Su imaginación necesitada. Y se preguntó también si esto era lo que toda la gente hacía dentro de sus propios olvidos: correr el telón de lo real y agazaparse en un lugar pequeño, un ángulo apenas, detrás de los escenarios donde todo ocurría. Sin cesar. Se repitió su nombre una y otra vez. Y luego otra. Trataba de regresar a su cuerpo. El nombre y el apellido. Sintió la lisura de la madera donde apoyaba su mano mientras subía la escalera en la cámara lenta de su cansancio. Olió el aroma de flores frescas que salía de algún cuarto. Inspeccionó la luz que se colaba desde ¿dónde? No pudo identificar la fuente, pero se fijó en las isletas luminosas que se formaban en el filo de los escalones. Su zapato horadando la mancha luminífera. Su zapato saliendo de ella.

Diría: qué sorpresa, con la voz impostada, tratando de mentir con los ojos.

O no diría nada. Como santo Tomás, iría hasta ella para tocarla, para comprobar que no se trataba de un producto de su imaginación. Mordería la moneda de oro. Usaría el microscopio del tacto. Burlaría a su mente. Se burlaría de ella. Te descubrí. Niña con manos en la masa.

Diría: no te esperaba.

Diría: te esperaba.

Los escenarios se multiplicaban conforme subía la escalera. Los teatros enteros. Las marquesinas. Las palabras brotaban la una de la otra con reminiscencias de planta, de ser vivo. Hijas de las hijas de las hijas. Todo en femenino.

Diría: ¿Cómo estás? Y de inmediato estallaría en una carcajada jocosa, medianamente avergonzada. Si estuviera bien, si alguna de las dos estuviera bien, no estaría aquí, no estarían aquí. Un cuarto del hotel La Estrella de Choi.

Diría: ¿Dónde estás? Tratando de identificar su silueta entre la penumbra del lugar. Haciéndose presente y huyendo al mismo tiempo. Estableciendo la distancia. Determinando que se encontraban ahí, aquí, dentro del verbo estar. Que los muertos entierren a sus muertos. ¿Qué quería decir esa frase realmente? Y mientras el significado se le escapaba, eludiéndola con contorsiones imprevistas pero bien ensayadas, pensó que, de tener a santo Tomás frente a ella, le preguntaría: ¿Y quién te dijo que la carne es real? Volvió a repetir el nombre propio. Y luego el apellido.

Diría: aquí estoy. Titubeante. Abierta como la puerta que estaba abriendo. Derrotada en su apertura. Entregada a su apertura. ¿Qué importaba a fin de cuentas que no existiera, que nada existiera? ¿Cuántas fracturas se necesitaban para formar la caparazón de lo real?

Diría: ¿Quién eres? Fingiendo ignorancia. Sabiendo de más. Oyó el timbre del teléfono. Y luego la voz del recepcionista, un bostezo, la saliva uniendo diente contra diente antes de que la palabra “bueno” lograra romper el todo de la boca en dos. Número equivocado. Silencio. Y luz. Otra vez la luz sobre el filo de los escalones. Volvió la cabeza hacia el techo. Eso era. Sí, eso era: un tragaluz de cristales sucios, adulterados. Debían ser las tres de la tarde. Tal vez un poco antes. Minutos apenas.

Diría: apresaron a Juana Olivares. No, no diría eso. No tenía caso. Si sólo los muertos podían enterrar a los muertos, ¿quería eso decir que no había posibilidad alguna de conexión entre los muertos y los vivos? Pero qué falta de fe, pensó. Qué falta de imaginación. Empatía. Sintió su rodilla y el peso sobre su rodilla. La tensión sobre el talón, los talones. El momento exacto en que flexionaba la pierna y el cuerpo se impulsaba a sí mismo hacia el siguiente escalón. Eso era caminar hacia arriba. Eso era subir una escalera.

Diría: ya llegué, tratando de recordar el recorrido sin poder lograrlo. ¿Había, de verdad, subido la escalera? Cuando abrió la puerta no dijo nada. Se quedó detenida bajo el umbral, observando la espalda de alguien que miraba hacia la calle. Una silueta protegida por el velo de las cortinas raídas. Un bulto apenas.

lunes, junio 07, 2010

Antípodas, S.A.(Diario Milenio/Opinión 07/06/10)

El cómodo comodín


Qué falta hace Bush Junior. Con lo sencillo que era ponerse en sus antípodas y pretender que se entendía al mundo a partir de esa sola antipatía. Ingratos como somos, nunca atinamos a apreciar los esfuerzos que hacía el infeliz por ofrecernos tantas comodidades a la hora de opinar en torno a cualquier cosa. Incluso cuando hablaba claro y sustancioso, como pasó luego del huracán Katrina, más temprano que tarde la realidad terminaba alumbrando las oquedades de su palabrería. Un palurdo folclórico y puritano, cruzado como tantos ex viciosos, cuya torpeza llegó a ser en tal modo proverbial que pocas veces se atrevió a fallarnos. Tirarle mierda a George W. Bush era como apostar en pelea de tigre contra burro amarrado. Y eso es de agradecerse, cómo no. Más todavía para aquéllos cuya conducta errática y voluntariosa exige disponer de un reparto estelar de bestias negras.

En los últimos tiempos, cada vez que un modelo o aprendiz de tirano suelta alguna burrada de alcances planetarios, se aprecia la orfandad en que los ha dejado el paleto de Connecticut, antes siempre dispuesto a sacar el cobre en primer lugar y evitarles la pena de exhibir ante el mundo sus miserias neuronales, amén de numerosas semejanzas con el que año tras año pretendieron vendernos como su antípoda. Igual que al holgazán profesional le reconforta verse rodeado de flojos amateur a los cuales usar como ejemplos de holganza, tener allí a Bush Junior daba tranquilidad, cuerda y motivos a quienes precisaban hacerse percibir como distintos, e incluso radicalmente distintos a todo cuanto aquél simbolizaba. Pues ahí está el negocio de los antípodas. Son lo que son y ofrecen lo que ofrecen a partir de un esquema en blanco y negro. No lograrían vender un cacahuate blanco si no hubiese uno negro al cual denostar, de preferencia por razones lindantes con la sinrazón, cuando no rebosantes de estupidez: una astucia sencilla y marrullera que le evita al usuario la molestia de defender con argumentos sólidos lo que de sobra sabe indefendible. La clase de argumentos que se disculpan en tiempos de guerra, cuando todo se vale y es cosa cotidiana que la fuerza se imponga a la razón. Los eternos antípodas se sienten dispensados de pensar en el otro o, asco de ascos, ponerse en su lugar, con la coartada de que están en guerra. Cómo no iban a suspirar por Bush.

Polos artificiales


Javier Marías habla, en la entrega reciente de su ácida y deleitosa columna semanal, de una cierta manía irracional en los espectadores de eventos deportivos, que virtualmente todos compartimos y consiste en la urgencia de tomar partido, so pena de aburrirse como un embrión, por motivos sacados de la manga. Hasta hoy, nunca he entendido por qué un equipo es preferible a otro, a través de los tiempos, aún con jugadores diferentes y hasta distinto dueño o sede, aunque igual pruebo cierta paz de espíritu si en alguna pantalla veo que van ganando los Yanquis de Nueva York, por decir los primeros que se me ocurren. Ver adelante al equipo que uno espera que gane le hace un extraño bien a la autoestima. Confía uno más y mejor en sí mismo cuando se cumple en otros, afines en teoría, la expectativa propia. Y al contrario: sobran los hinchas que se pierden la confianza no bien su equipo se hunde o es hundido, razón más que bastante en tiempos de guerra para odiar al contrario y su pandilla, y acto seguido enviarlos a las antípodas.

Si me viera forzado a responder, diría que en las antípodas de mis gustos y costumbres se hallan esas chamarras verde purgante, más parecidas a un sleeping-bag, que llevan el escudo de los Miami Dolphins. Más discretas, no obstante, las de los Dallas Cowboys nunca me han parecido codiciables, y ya supongo que ello me pone en las antípodas de unos cuantos millones de compatriotas que nunca entenderían la hueva que me da su Superbowl, como yo encuentro raro y lastimero que alguien ose dormir mientras se juega el partido final de Roland Garros y ahora mismo no me haya quitado de encima la playera amarillo chillante que lleva impreso el nombre del campeón. Es decir que en el fondo nos parecemos aterradoramente, pero creemos tanto en los matices que juramos hallarnos en polos encontrados, y he aquí que cada quién corre a pintar su raya. Que nadie se confunda: uno es lo opuesto a eso.

Gone with Obama


Si el mundo fuese justo, las respectivas porras del América y el Guadalajara dedicarían cuando menos un minuto de su trabajo a homenajearse mutuamente. A saber las montañas de billetes que a la fecha le habrán entrado a cada club a partir de esa guerra artificial que ha permitido al buscador de antípodas clasificar a los seres humanos en chivas y americanistas, dos especies a todas luces irreconciliables. Y allí es donde entra Bush. O en fin, solía entrar. Cada vez que dos puntos de vista chocaban, la imagen detestada de Bush Junior, Antípoda Mayor, permitía una cierta zona franca donde la disyuntiva, en todo caso, apuntaba hacia perversidad o torpeza, cualidades a fin de cuentas compatibles.

Antes, pues, de juzgar las conspiraciones y maniobras exóticas, grotescas o ridículas que los antiguos socios-antípodas de Bush le atribuyen hoy día a su sucesor, habría que entender la soledad de quien de un día para otro se ha quedado sin bestia negra. Concederle, no obstante, a un tipo cultivado y razonable como Barack Obama el papel del paleto inmediato anterior es llevarse en su sitio la rechifla. ¿Quién imagina al ducede Miraflores insinuando que Obama deja a su paso un rastro de azufre? De esa incapacidad desesperada nacen teorías como la de los terremotos Made In USA para entrega a domicilio. Hay urgencia de antípodas, da igual si naturales o hechizos, antes de que las crisis locales empeoren y empiecen a agotarse los chivos expiatorios. Y el diablo Bush allá, jugando con su perro. A este paso, cualquiera que no grite y amenace va a tener la razón, y hasta habrá a quien le cobren por perderla. Y para colmo habrá también quien diga que eso les pasa por pactar con el diablo.