martes, junio 15, 2010

La invasión de los robots (Diario Milenio/Opinión 14/06/10)

Extraños en la línea

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La escena es familiar. Inmerso en la rutina cotidiana, de por sí rica en distracciones y tentaciones, uno al fin ha logrado hacer foco en lo suyo. Concentrarse, abstraerse, avanzar. Diríase que reina ya la calma cuando repiquetea un ring intempestivo. Y otro, y otro más, difícilmente llegarán a cuatro sin que al menos se asome uno al aparato y lea en la pantalla el número o el nombre de quien llama. Muchas veces, no obstante, se trata de un número irreconocible, o en su caso aparece en la pantalla la leyenda “llamada privada”. Lo cual puede indicar larga distancia, o teléfono público, o que al usuario de la línea invasora se le ha concedido el privilegio del anonimato. Entre las tres opciones, le inquietan a uno las dos primeras, que bien podrían ser llamadas urgentes. Por eso se termina contestando, acicateado por el solo temor a luego maldecirse por haber ignorado un asunto importante.

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Por más que así lo crean los vendedores, no siempre reconforta oír el propio nombre en labios ajenos. Menos aún si aquél que lo pronuncia se vale de esa suerte de untuosidad robótica que suele distinguir a los intrusos telefónicos. Gente a la que no hemos visto ni veremos y ya nos comunica el gusto que le da conversar con nosotros, aunque por lo escuchado juremos que lo que hacen es leer o recitar de memoria un libreto. Unas veces pretenden vender, otras cobrar; en uno u otro caso son incisivos y persistentes, pero pierden el piso y hasta la calma si acaso se distancia uno del guión. Y por lo que he sabido entre mis amistades, medio mundo se sale de quicio y termina por repeler la invasión. “No sea grosero, señor”, se defiende el extraño, y uno lamenta que el sentido común —ese pacto social engañoso y maleable al gusto del usuario— no sea suficiente para que los intrusos entiendan que la verdadera grosería está en la intromisión y la impertinencia.

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Los dominios del autómata

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Cierto que es su trabajo, y es seguro que lo odian, por la forma en que suelen ser tratados. Ganarán asimismo una miseria, a juzgar por el nulo profesionalismo con el que tratan a sus clientes, ninguno de los cuales tendrá la razón a menos que se sople el libreto entero, y eventualmente compre lo que le ofrecen. Decisión ésta errada y contraproducente, pues a partir de ahí quedará uno archivado como marchante y las llamadas se multiplicarán (no en balde la palabra cliente se usa también para calificar a aquellos cuya buena voluntad los hace especialmente permeables al engaño). Y esa es otra pistola que apunta hacia el incauto: las respuestas se archivan, o hasta se graban. Quien llama tiene todos nuestros datos, nosotros ni su número sabemos. No es cosa tan sencilla mandar al diablo al impertinente que comienza recitando nuestro nombre y apellidos; tampoco es infrecuente que llame de nuevo ya sólo por joder, si se siente humillado y quiere compartir una última probada de su ínfimo poder.

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Es, pues, cosa imposible salir bien librado una vez que se ha entrado en la dinámica improductiva de declarar la guerra al telefonista, que es acaso quien menos quisiera estar allí. Hay que ver el tupé que tienen quienes pagan sus salarios para mandarlos a violar intimidades sin más arma que la costumbre del abuso. Pues no todos se enojan, ni se quejan, ni terminan de hartarse de ser orillados a responder a toda suerte de preguntas, varias de ellas imbéciles, disparadas sin pizca de tacto por fulanos que hablan sin escuchar, y en tanto eso también sin entender: libres de toda sombra de inteligencia, facultad por lo visto secundaria para quienes no ven mayor ventaja en capacitar a aquellos cuya chamba consiste en joder y joder. Y ni hablar, lo hacen bien. Especialmente aquellos a quienes el retraso en algún trámite o pago pone ya por encima del cliente: motivo suficiente para acosarle como a un criminal.

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De rehén a delincuente

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No es raro que el sábado o domingo, en horas tan tempranas como las siete, llamen de un almacén donde tiene uno cuenta de crédito para avisarle que debe cien pesos y preguntar cuándo piensa pagarlos. Vamos, que me han llamado hasta por $1.50. Y eso, suponen ya, con celo de agiotista injertado en fiscal, los faculta para poner en marcha un interrogatorio majadero, redundante y estúpido del que uno se convierte en rehén, toda vez que está en deuda y por tanto en sus garras. De ahí que les extrañe, aunque ya lo acostumbren, oír una respuesta tipo ¿y a usted qué le importa? Cierto es que sus patrones así lo exigen y ellos tienen un formulario por llenar, pero hay que ver quién tiene la sangre de atole para aguantar esas impertinencias cada día, por duplicado o triplicado, sin ceder al impulso natural de enviarlos al carajo sin escalas (y más si ya pagó y las llamadas siguen, sólo eso nos faltaba).

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No muy distinto, aunque más irritante, resulta el trámite de cambiar proveedor. Ya sea la conexión a internet, el servicio de cable, el banco o el teléfono, no puede uno tratar de cancelarlos sin enfrentar un alud de preguntas que no le da la gana contestar, y a lo que desde luego no puede obligársele. Pero allí está la voz del robot, decidido a ejercer su micropotestad en el cliente infiel que no quiere sino irse y en todo caso va a dejarse abusar con tal de no seguir perdiendo el tiempo. Desde niño uno aprende a asumir la autoridad omnímoda del preguntón, pero a lo largo de años de suplicio telefónico aprende a defenderse, y hasta se inventa reglas a seguir, como no comprar nada a un robot invasor, ni responder a sus preguntas, ni olvidarse de registrar su nombre y repetírselo: tácticas defensivas sin poder disuasorio, que no obstante subrayan nuestra indefensión ante un acoso diario que suele comenzar por la propia compañía telefónica, donde se asume que quien renta la línea está naturalmente a merced del proveedor. ¿Qué hacer cuando levanta uno el auricular y oye una grabación que le invita a esperar la voz acosadora? Colgar, claro. Colgar siempre y en cualquier circunstancia. Si en este mundo hubiera justicia, habría que llamar a la policía.

sábado, junio 12, 2010

Interesantes formas del capitalismo-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 12/06/10)

Durante toda mi juventud viajé en la larga línea verde del Metro. Pensé durante todos esos años que la ciudad de México era ordenada, olía a jabón, se peinaba y tenía muchos lectores: había confundido a los estudiantes de la UNAM con la ciudadanía. En la línea rosada, que uso ahora de manera extensiva, nadie nunca respeta los asientos para personas mayores y embarazadas, es imposible leer ni siquiera la prensa deportiva porque los vendedores de discos piratas se turnan uno tras otro con grabadoras a decibeles formidables, la policía se desplaza por los andenes desencajada y con los toletes en la mano, como una concentrada jauría de dóbermans en un gallinero. En ese contexto tan duro, el reclamo de limosna ha alcanzado las alturas del arte.


Durante toda la historia de las ideas cristianas, pedir dinero de los piadosos implicaba ciertas reglas: el mendigo dramatizaba su desgracia exhibiendo las prendas de su fracaso y aguardaba con rictus de resignación la llegada de la buena voluntad bajo la forma de una moneda. En la pornográfica línea rosa del metro, la competencia por un mercado en el que ya no cabe otro indigente ha forzado las cosas. Pasamos del método ya moderno del ciego que pasea por los convoyes sacudiendo una latita a las formas más desmedidamente honestas del reclamo. En la Estación Tacubaya, por ejemplo, hay una vieja que selecciona a sus posibles clientes agazapada en un rincón y los persigue clavándoles una latita de leche condensada en los riñones hasta que aflojan o se pierden en un tren.


Ya se ha escrito del barroquismo trágico de los faquires que se abren cancha como pueden para acostarse en un itacate de vidrios -faquires portátiles para una ciudad febril-, o de la curiosidad que representa el hecho de que el cantante solitario que ejecuta un clásico haya sido sustituido por bandas capaces de hacer un espectáculo con canciones de su autoría y hasta chistes en los dos minutos que dura el trayecto de una estación a otra. He descubierto, sin embargo, una nueva forma del llamado a ceder una moneda tan codificado que roza la gloria del performance. Hay un punk ya bigotón -definitivamente no aplica como huerfanito- que se desplaza a mil por hora dentro del vagón, pegándole gomosos corazoncitos amarillos a los viajeros en el hombro o las rodillas -según vayan parados o sentados-; luego los recoge a la misma velocidad de relámpago. Hasta ahorita -y vaya que me lo encontrado- nunca he visto que nadie conserve la calcomanía a cambio de una moneda, pero el acto es tan rápido que uno tiene que poner mucha atención para notarlo y requiere de varios viajes para entenderlo.


Afuera de la estación Insurgentes, en el túnel tan siniestro que conduce a la calle de Génova, hay -sólo si se pasa antes de las nueve de la mañana- un flautista que no se sabe ni una sola tonada: hace ruiditos oprimiendo las llaves al azar. Llevo un año y dos meses pasando junto a él casi todos los días. Nadie se detiene a escucharlo y pocos le dejan dinero. Tal vez por las prisas no sea claro que su talento descansa en una gigantesca habilidad -tan metafórica- para fracasar: no es fácil practicar tanto y no aprenderse ninguna melodía.

Más adelante, en la misma calle de Génova, está el toldo en buen estado de un restorán que quebró por enero. Una mañana apareció ahí una señora sentada en una cubeta, pidiendo limosna. No creo que el negocio fuera fructífero porque el trastecito que disponía para recibir caridad quedaba a varios metros del paseo por el que nos perseguimos los oficinistas desaforados. La señora desarrolló, entonces, un negocio de bienes raíces. Llevó primero más cubetas, cobijas y unas cajas de cartón; un lunes ya tenía un carrito de supermercado y unos plafones. Al poco llegaron la estufa, los polines, los amigos. Sigo sin ver que nadie le de limosna, pero la casita que ha levantado al paso de los meses ya cuenta como una instalación maestra: tiene varias habitaciones -todas minúsculas- en las que viven varios colegas. Cuando paso por ahí, están tomándose un cafecito en la cocina.

miércoles, junio 09, 2010

"Vagancia + poesía = belleza al andar"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista”-09/06/10)

“Dejarse ir./ No confiar en nada sino/ en la sensación del movimiento”.

Así se abre el poemario más reciente de Luigi Amara: “A pie”, publicado por la editorial Almadía (2010), dentro de su colección dedicada al género de la poesía: Pleamar.

“A pie” es un poema, atrevido, de largo aliento que invita al lector a caminar por la ciudad, sin objetivo específico. Se trata de caminar y que la simple acción sea propicia de otras más como observar su ritmo, su arquitectura, sus vendedores ambulantes, su descuido, sus obras de arte involuntarias y voluntarias, sus diversas formas de protestar, de alzar la voz para decir: ¡aquí estoy!

Juan Eduardo Cirlot -en sus “Apuntes sobre poesía”-, dice que ésta “es testimonio, es alivio, es creación de belleza” y el poemario de Amara es prueba inexorable de la afirmación cirlotiana: “Hay un placer eminentemente solitario/ en dejarse ir/ doblar la esquina/ en vez de seguir de frente/ retorcer el camino/ hasta hacerlo serpenteante”. Y es el mismo Cirlot quien señala, en dicho texto, que materia [prima] de la poesía son: “sentimientos determinados, emociones vagas; hipótesis planteadas a veces como imágenes, interrogaciones; ideas parafilosóficas, paralógicas; imágenes que definen, imágenes que intensifican, imágenes que modifican”. Y sin duda, Amara, entiende de igual manera a la poesía, pues “A pie” es una invitación a tomar las calles, recuperarlas, exigir el lugar que los automóviles le han arrebatado a todo transeúnte que se atreva a caminar por las calles, haciendo que tales se vuelvan un riesgo constante, ya que se está a la merced de los carros: “El rechinido ominoso/ de las llantas./ El golpe contundente y seco./ Ese instante posterior/ en que las cosas/ contienen el aliento.// Ya la parvada de ojos/ se cierne sobre el infortunio./ Aves de carroña/ del dolor ajeno/ atraídas por el grito irresistible/ de la sangre.// (La orfandad del zapato/ a pocos metros del cuerpo).// Los mirones en círculo.// Cubrirse el rostro un instante/ para después abrir los ojos./ Cuchicheos”.

“A pie” es la afirmación de que la poesía se reinventa y no morirá. Es el claro ejemplo de que la imagen (gráfico) no está peleada con la palabra y pueden convivir amenamente.

Amara usa la belleza para protestar contra aquellos que suelen decir: “En este país se está obligado a tener obligaciones; no se puede ir a cualquier lugar sino a un determinado lugar”.

“No llegar./ Tan sólo detenerse”.

martes, junio 08, 2010

Cómo debatir en Puebla-Pedro Ángel Palou(Diario El Columnista 08/06/10)

1.-Anuncie que va a dar una madriza y luego pida que desea muchos debates (¿o muchos rounds?) y contrate a Julio César Chávez como mánager.

2.- Anuncie que no va a debatir y contrate una muralla de seguridad inexpugnable.

3.- Anuncie que tiene muchas ideas pero contrate un nuevo despacho de asesores foráneos para que le expliquen qué hacer con Puebla.

4. -Argumente la pluralidad de los debates pero asegure su singularidad. Se trata de un solo debate y voy por que me obliga la ley.

5.- Diga que la ley tiene muchas eses y que un solo debate es insuficiente. Pero descalifique a sus oponentes.

6,- Diga que es un candidato independiente, ciudadano, y con quién sabe qué dinero regístrese por el único partido que no se coaliga. Luego, por supuesto no diga nada sobre el debate.

7.- Reparta camisetas, paraguas, plumas, gorras, con el lema: “Yo si debato, zacatones”.

8.- Reparta camisetas, paraguas, plumas, gorras, con el lema: “Sólo debaten los desesperados”

9.- Anuncie su plataforma y gaste más en edecanes que en ideas.

10.-No anuncie su plataforma.

11.- No sepa ni qué demonios es eso de plataforma.

12,-Descalifique al juez, al árbitro, al Instituto Electoral.

13.- Descalifique a todos los otros candidatos.

14.- Descalifique a los que voten por otro candidato.

15.- Descalifique a todos los que voten.

16.- Descalifique a los que se abstienen.

17.- Diga que los demás le tienen miedo.

18.- Afirme que los demás están desesperados.

19.- Asegure que la democracia es el mejor de los sistemas políticos posibles siempre y cuando el voto le favorezca.

20.- Diga que si el voto no le favorece hubo fraude.

21.- Diga que siempre hay fraude y que por eso usted es un candidato ciudadano y que se alistó nomás para taparle el ojo al macho. O por muy macho. O por muy güey. O de plano que no sabe por qué carajo se inscribió en la contienda.

22.- Afirme que hay elección de estado.

23.- Afirme que no es culpa del estado, que la federación compra votos.

24.- Afirme que son los funcionarios estatales los que dan dádivas a cambio de votos.

25.- Afirme que no sabe usted qué son los funcionarios estatales.

26.- Siembre la duda, diga que todo indica que los maestros votarán en bloque.

27.- Siembre la duda, diga que los burócratas estatales votarán en bloque.

28.- Siembre la duda, diga que no sabe quiénes votarán en bloque.

29.- Diga que las encuestas le favorecen

30.- Diga que las encuestas que no le favorecen son amañadas

31.- Diga que no tiene dinero para las encuestas y que ya de por sí sabía que no le serían favorables.

32.- Descalifique de plano las encuestas (pero mande a hacer la suya antes de la Noche Triste).

33.- No vaya a mítines multitudinarios.

34.- No vaya a las universidades.

35.- No vaya al radio, la televisión o las ruedas de prensa de su partido.

36.- No vaya a ningún lado, usted de por sí sabía que iba a perder.

37.- Suba un video horrible a youtube.

38.- Mande un correo masivo diciendo que el otro candidato es un peligro (para lo que sea, la universidad, la gastronomía, el mole de caderas, el futbol).

39.- No mande ningún correo, limítese a ver los vídeos de youtube de los otros y diga que pobres, lo malo de ser puntero.

40.- Insista en que el otro es corrupto.

41.- Insista en que el otro otro es más corrupto.

42.- Insista en que usted no ha tenido oportunidad de ser corrupto.

43.- Cuando se acerquen las elecciones anuncie que va a haber un fraude

44.- Cuando se acerquen las elecciones anuncie que ya ganó

45.- Cuando se acerquen las elecciones váyase a vivir a Timbuctú

46.- Diga que confía en la inteligencia de los ciudadanos al ir a las urnas

47.- Diga que confía en el voto duro de sus correligionarios y que no le importa si son inteligentes o no.

48.- Diga que nunca ha visto a ningún correligionario, ni a ningún ciudadano y que de plano no sabe por qué eligió ese instituto político que nunca le ayudó a ganar siquiera el voto de su mujer, su abuela y su gato.

49.- Piense, por favor, que los anteriores puntos son evitables y que los ciudadanos merecen un poco de respeto, de ideas y sobre todo de ser involucrados en una elección que debería decidir el futuro de Puebla.

50.- Y si de plano le valemos gorro no se extrañe cuando nadie vaya a votar.

Eso era subir una escalera (Diario Milenio/Opinión 08/06/10)

Subió las escaleras lentamente, todavía sintiendo que su garbo y su donaire le pertenecían a otro edificio. Imaginó que el dueño las había mandado traer de otro lado, desmantelando otra construcción piedra tras piedra, con mucho cuidado, sólo para reconstruirla con el mismo afán en el nuevo espacio. ¿Se podría hacer eso en realidad? Tuvo la tentación de dejarse sorprender, pero en el mismo instante visualizaba escenarios.

Diría: qué gusto, con la voz de alguien que paseaba por las calles de una ciudad que conocía de memoria.

Diría: cuánto tiempo, con el tono neutro de una persona lejana. También avizoró el silencio. El pasmo. La frustración inherente a las palabras que se saborean bajo la lengua sin posibilidad alguna de llegar al sonido.

O diría: ¿Cómo lograste entrar? A la defensiva, fingiendo que todo era real.

A medida que ascendía las escaleras equivocadas, seguramente traídas de otro edificio más ufano, menos decadente, se preguntaba si todo esto no era más que un invento, el resultado de su imaginación afiebrada. Su imaginación necesitada. Y se preguntó también si esto era lo que toda la gente hacía dentro de sus propios olvidos: correr el telón de lo real y agazaparse en un lugar pequeño, un ángulo apenas, detrás de los escenarios donde todo ocurría. Sin cesar. Se repitió su nombre una y otra vez. Y luego otra. Trataba de regresar a su cuerpo. El nombre y el apellido. Sintió la lisura de la madera donde apoyaba su mano mientras subía la escalera en la cámara lenta de su cansancio. Olió el aroma de flores frescas que salía de algún cuarto. Inspeccionó la luz que se colaba desde ¿dónde? No pudo identificar la fuente, pero se fijó en las isletas luminosas que se formaban en el filo de los escalones. Su zapato horadando la mancha luminífera. Su zapato saliendo de ella.

Diría: qué sorpresa, con la voz impostada, tratando de mentir con los ojos.

O no diría nada. Como santo Tomás, iría hasta ella para tocarla, para comprobar que no se trataba de un producto de su imaginación. Mordería la moneda de oro. Usaría el microscopio del tacto. Burlaría a su mente. Se burlaría de ella. Te descubrí. Niña con manos en la masa.

Diría: no te esperaba.

Diría: te esperaba.

Los escenarios se multiplicaban conforme subía la escalera. Los teatros enteros. Las marquesinas. Las palabras brotaban la una de la otra con reminiscencias de planta, de ser vivo. Hijas de las hijas de las hijas. Todo en femenino.

Diría: ¿Cómo estás? Y de inmediato estallaría en una carcajada jocosa, medianamente avergonzada. Si estuviera bien, si alguna de las dos estuviera bien, no estaría aquí, no estarían aquí. Un cuarto del hotel La Estrella de Choi.

Diría: ¿Dónde estás? Tratando de identificar su silueta entre la penumbra del lugar. Haciéndose presente y huyendo al mismo tiempo. Estableciendo la distancia. Determinando que se encontraban ahí, aquí, dentro del verbo estar. Que los muertos entierren a sus muertos. ¿Qué quería decir esa frase realmente? Y mientras el significado se le escapaba, eludiéndola con contorsiones imprevistas pero bien ensayadas, pensó que, de tener a santo Tomás frente a ella, le preguntaría: ¿Y quién te dijo que la carne es real? Volvió a repetir el nombre propio. Y luego el apellido.

Diría: aquí estoy. Titubeante. Abierta como la puerta que estaba abriendo. Derrotada en su apertura. Entregada a su apertura. ¿Qué importaba a fin de cuentas que no existiera, que nada existiera? ¿Cuántas fracturas se necesitaban para formar la caparazón de lo real?

Diría: ¿Quién eres? Fingiendo ignorancia. Sabiendo de más. Oyó el timbre del teléfono. Y luego la voz del recepcionista, un bostezo, la saliva uniendo diente contra diente antes de que la palabra “bueno” lograra romper el todo de la boca en dos. Número equivocado. Silencio. Y luz. Otra vez la luz sobre el filo de los escalones. Volvió la cabeza hacia el techo. Eso era. Sí, eso era: un tragaluz de cristales sucios, adulterados. Debían ser las tres de la tarde. Tal vez un poco antes. Minutos apenas.

Diría: apresaron a Juana Olivares. No, no diría eso. No tenía caso. Si sólo los muertos podían enterrar a los muertos, ¿quería eso decir que no había posibilidad alguna de conexión entre los muertos y los vivos? Pero qué falta de fe, pensó. Qué falta de imaginación. Empatía. Sintió su rodilla y el peso sobre su rodilla. La tensión sobre el talón, los talones. El momento exacto en que flexionaba la pierna y el cuerpo se impulsaba a sí mismo hacia el siguiente escalón. Eso era caminar hacia arriba. Eso era subir una escalera.

Diría: ya llegué, tratando de recordar el recorrido sin poder lograrlo. ¿Había, de verdad, subido la escalera? Cuando abrió la puerta no dijo nada. Se quedó detenida bajo el umbral, observando la espalda de alguien que miraba hacia la calle. Una silueta protegida por el velo de las cortinas raídas. Un bulto apenas.

lunes, junio 07, 2010

Antípodas, S.A.(Diario Milenio/Opinión 07/06/10)

El cómodo comodín


Qué falta hace Bush Junior. Con lo sencillo que era ponerse en sus antípodas y pretender que se entendía al mundo a partir de esa sola antipatía. Ingratos como somos, nunca atinamos a apreciar los esfuerzos que hacía el infeliz por ofrecernos tantas comodidades a la hora de opinar en torno a cualquier cosa. Incluso cuando hablaba claro y sustancioso, como pasó luego del huracán Katrina, más temprano que tarde la realidad terminaba alumbrando las oquedades de su palabrería. Un palurdo folclórico y puritano, cruzado como tantos ex viciosos, cuya torpeza llegó a ser en tal modo proverbial que pocas veces se atrevió a fallarnos. Tirarle mierda a George W. Bush era como apostar en pelea de tigre contra burro amarrado. Y eso es de agradecerse, cómo no. Más todavía para aquéllos cuya conducta errática y voluntariosa exige disponer de un reparto estelar de bestias negras.

En los últimos tiempos, cada vez que un modelo o aprendiz de tirano suelta alguna burrada de alcances planetarios, se aprecia la orfandad en que los ha dejado el paleto de Connecticut, antes siempre dispuesto a sacar el cobre en primer lugar y evitarles la pena de exhibir ante el mundo sus miserias neuronales, amén de numerosas semejanzas con el que año tras año pretendieron vendernos como su antípoda. Igual que al holgazán profesional le reconforta verse rodeado de flojos amateur a los cuales usar como ejemplos de holganza, tener allí a Bush Junior daba tranquilidad, cuerda y motivos a quienes precisaban hacerse percibir como distintos, e incluso radicalmente distintos a todo cuanto aquél simbolizaba. Pues ahí está el negocio de los antípodas. Son lo que son y ofrecen lo que ofrecen a partir de un esquema en blanco y negro. No lograrían vender un cacahuate blanco si no hubiese uno negro al cual denostar, de preferencia por razones lindantes con la sinrazón, cuando no rebosantes de estupidez: una astucia sencilla y marrullera que le evita al usuario la molestia de defender con argumentos sólidos lo que de sobra sabe indefendible. La clase de argumentos que se disculpan en tiempos de guerra, cuando todo se vale y es cosa cotidiana que la fuerza se imponga a la razón. Los eternos antípodas se sienten dispensados de pensar en el otro o, asco de ascos, ponerse en su lugar, con la coartada de que están en guerra. Cómo no iban a suspirar por Bush.

Polos artificiales


Javier Marías habla, en la entrega reciente de su ácida y deleitosa columna semanal, de una cierta manía irracional en los espectadores de eventos deportivos, que virtualmente todos compartimos y consiste en la urgencia de tomar partido, so pena de aburrirse como un embrión, por motivos sacados de la manga. Hasta hoy, nunca he entendido por qué un equipo es preferible a otro, a través de los tiempos, aún con jugadores diferentes y hasta distinto dueño o sede, aunque igual pruebo cierta paz de espíritu si en alguna pantalla veo que van ganando los Yanquis de Nueva York, por decir los primeros que se me ocurren. Ver adelante al equipo que uno espera que gane le hace un extraño bien a la autoestima. Confía uno más y mejor en sí mismo cuando se cumple en otros, afines en teoría, la expectativa propia. Y al contrario: sobran los hinchas que se pierden la confianza no bien su equipo se hunde o es hundido, razón más que bastante en tiempos de guerra para odiar al contrario y su pandilla, y acto seguido enviarlos a las antípodas.

Si me viera forzado a responder, diría que en las antípodas de mis gustos y costumbres se hallan esas chamarras verde purgante, más parecidas a un sleeping-bag, que llevan el escudo de los Miami Dolphins. Más discretas, no obstante, las de los Dallas Cowboys nunca me han parecido codiciables, y ya supongo que ello me pone en las antípodas de unos cuantos millones de compatriotas que nunca entenderían la hueva que me da su Superbowl, como yo encuentro raro y lastimero que alguien ose dormir mientras se juega el partido final de Roland Garros y ahora mismo no me haya quitado de encima la playera amarillo chillante que lleva impreso el nombre del campeón. Es decir que en el fondo nos parecemos aterradoramente, pero creemos tanto en los matices que juramos hallarnos en polos encontrados, y he aquí que cada quién corre a pintar su raya. Que nadie se confunda: uno es lo opuesto a eso.

Gone with Obama


Si el mundo fuese justo, las respectivas porras del América y el Guadalajara dedicarían cuando menos un minuto de su trabajo a homenajearse mutuamente. A saber las montañas de billetes que a la fecha le habrán entrado a cada club a partir de esa guerra artificial que ha permitido al buscador de antípodas clasificar a los seres humanos en chivas y americanistas, dos especies a todas luces irreconciliables. Y allí es donde entra Bush. O en fin, solía entrar. Cada vez que dos puntos de vista chocaban, la imagen detestada de Bush Junior, Antípoda Mayor, permitía una cierta zona franca donde la disyuntiva, en todo caso, apuntaba hacia perversidad o torpeza, cualidades a fin de cuentas compatibles.

Antes, pues, de juzgar las conspiraciones y maniobras exóticas, grotescas o ridículas que los antiguos socios-antípodas de Bush le atribuyen hoy día a su sucesor, habría que entender la soledad de quien de un día para otro se ha quedado sin bestia negra. Concederle, no obstante, a un tipo cultivado y razonable como Barack Obama el papel del paleto inmediato anterior es llevarse en su sitio la rechifla. ¿Quién imagina al ducede Miraflores insinuando que Obama deja a su paso un rastro de azufre? De esa incapacidad desesperada nacen teorías como la de los terremotos Made In USA para entrega a domicilio. Hay urgencia de antípodas, da igual si naturales o hechizos, antes de que las crisis locales empeoren y empiecen a agotarse los chivos expiatorios. Y el diablo Bush allá, jugando con su perro. A este paso, cualquiera que no grite y amenace va a tener la razón, y hasta habrá a quien le cobren por perderla. Y para colmo habrá también quien diga que eso les pasa por pactar con el diablo.

sábado, junio 05, 2010

Los libros electrónicos-Pedro Ángel Palou (Revista Poder y Negocios-lunes 31/05/10)

Creo en los libros, por eso me encanta el Kindle. En los últimos meses –sobre todo desde el lanzamiento del último gadget de Steve Jobs, el iPad se ha reavivado la polémica sobre el futuro del libro impreso y el papel de los eBooks en el mundo de los lectores del futuro. Hay los apocalípticos: el libro va a desaparecer, el mercado nos obligará a leer lo que quiera, es una gran tragedia cultural. Hay los integrados: no hay nada mejor que el nuevo libro, que democratizará la lectura para siempre, es un gran triunfo de la lectura.

Ni una cosa ni la otra. El libro no desaparecerá como tal (ni siquiera el libro impreso), pero hay que entender que de lo que se trata aquí es de un simple cambio de soporte. No tenemos, por ahora, un nuevo libro. Sólo tenemos en un lector electrónico –Sony Reader, Kindle, Nuck, iPad– la posibilidad de leer libros y cargarlos en un formato más cómodo.

Los lectores electrónicos, sin embargo, no lograrán en el corto plazo el mismo efecto que para el consumo y disfrute de la música tiene el iPod, verdadera revolución en el consumo y la circulación musical. El libro, por un lado no puede fragmentarse sin perder su esencia, no puede haber el single, tiene que leérselo todo (aunque esto no opera, obviamente, para los cuentos, o los pequeños artículos periodísticos). Pero ya conozco personas que hacen en su Kindle las siguientes actividades: leen el periódico por la mañana (que ha sido descargado automáticamente en su aparato), consultan varios blogs a los que están suscritos, reciben de la misma manera los números nuevos de sus revistas favoritas, leen y corrigen allí sus documentos en PDF y, además, leen libros.

Al aparecer el iPad algunos dijeron que se trataba de un iPhone con esteroides. Nada que ver, Jobs descubrió más bien a ese potencial nicho de consumidores y les creó un aparatito que tendrá un éxito sin precedentes y que tampoco destronará al Kindle (cuyas virtudes, además de la amplísima, casi infinita, biblioteca de Amazon, son la tinta electrónica que no cansa los ojos y la enorme duración de su batería: casi una semana sin sincronizar, sólo leyendo). Ya no se puede preguntar qué libro te llevarías a la isla desierta. Ahora podrás escoger qué aparato y con qué recargador solar de pilas.

Lo mejor, sin embargo, está por venir. El nuevo Ulysses se escribirá en hipertexto. Y no sabemos, ni siquiera intuimos, su formato. Será un libro que no será libro, ahora sí. Quizá con video, absolutamente interactivo, lleno de posibilidades de elección. El lector será –como en el Cristóbal Nonato de Fuentes– en realidad un elector. Hoy ya se empieza una twit-literatura (hecha en el formato del Twitter; en nuestro país Cristina Rivera Garza es una excepcional exploradora de las bondades de este nuevo género literario o paraliterario).

Yo tengo ya casi 400 libros en mi Kindle. He leído poesía (el último de John Ashberry, por ejemplo), ensayo (estoy con la reflexión sobre la femineidad y la máscara de William Vollman ahora, pero me he sumergido en libros de reflexión de más de 1,000 páginas); cuentos, novelas (en mi Kindle leí Invisible de Paul Auster, o Last Night on the Twisted River de John Irving). No salgo sin él. Me acompaña en todos los viajes, al café.

Me he suscrito recientemente a El Universal y me llega el Times Literary Supplement. He firmado la edición para iPad de mi novela Como quien se desangra, y por vez primera obtendré 30 y no 10% de las regalías de cada descarga, lo que no está nada mal. Todavía no he corregido un texto ni leído un PDF, pero he incorporado del todo el adminículo a mi vida. Hoy apenas es 1.5% del mercado del libro el que descarga contenidos y los lee en un aparato electrónico. Todavía falta un gran trecho por recorrer. No soy ni un apocalíptico ni un integrado. Creo que la tecnología puede acercarnos a las cosas. Creo firmemente en que no hay que rehuir a la tecnología, hay que sacarle provecho. Un sector conservador siempre ha dicho –con cada nuevo invento, la pluma fuente, el bolígrafo, la máquina de escribir, la computadora– que ahora sí se terminará nuestra relación natural con la escritura o la lectura. Nada más falso. Marshal MacLuhan se equivocó del todo: ésta no es la era de la imagen. Es la era de la letra, más que nunca. Hay adolescentes que han leído ya más que todos mis compañeros de escuela.Twittean, leen Facebook , chatean, consultan el internet por horas, navegan y surfean y agregan a la Wikipedia. Son ellos mismos una wikivida en construcción. Y, además, leen novelas enormes –casi del tamaño de Guerra y paz–, como las de Harry Potter, las de Stephanie Meyer, las de Percy B. Jackson y un sinfín de etcéteras.

Dejemos el discurso reaccionario que repite: estábamos mejor cuando estábamos peor… La tecnología del libro electrónico ha llegado para quedarse, ¡enhorabuena! Como dice Alessandro Baricco: somos mutantes –todos–, bárbaros de una nueva cultura planetaria que accede a las cosas con un clic.

No hay por qué alarmarse.

Así escribo-Cristina Rivera Garza (revista Nexos 01/06/10)

Tendida como bandida

a) Pequeño tratado contra las sillas y breve historia de la escritura vertical:

Escribir sentada ya fue. Las sillas, como bien lo decía Jimmie Durham, son espías del Estado; mecanismos contra el natural nomadismo del cuerpo. Hace mucho que no me inclino frente a un escritorio; tampoco frente a un altar; menos frente a la real ésa. Sentarse y escribir son actos antitéticos: el primero le apuesta al sedentarismo, que es el otro nombre del statu quo, y el segundo a la provocación que es toda crítica. Las frases “estar sentado” y “estar sedado” sólo difieren en una letra, y debe ser por algo. Era Vasconcelos, si mal no recuerdo, quien clamaba por una escritura de a pie, con todas las connotaciones estéticas y políticas del caso. Hemingway aducía que escribir de pie le permitía concentrarse mejor. Eduardo Mendoza escribe de pie y con pluma. Todo eso es cierto y hay más, claro. Pero también es cierto, aunque más pedestre, admitir que hace poco me di cuenta que no poseo un escritorio. Entre mis ires y venires, entre estancias cada vez más cortas en cada vez más sitios, en efecto, me olvidé de adquirir un escritorio. Confesión tristísima: soy escritora, por decirlo de algún modo, de cama.

b) Tendida como bandida:

Lo he dicho ya varias veces: no es casualidad que la cama, la mesa, el ataúd y la página compartan la forma del divino rectángulo. Ahí nacemos y morimos, en toda la extensión de las palabras. Luego entonces, del lado derecho de mi cama, rodeada de libros y papeles, en un desorden que algunos han descrito como descomunal y otros como simplemente muy mío, tendida como bandida, así escribo. Me gustaría decir que esto es una forma de escritura horizontal, pero en sentido estricto se trata de otra cosa. Medio recargada contra las almohadas, con las rodillas flexionadas, en realidad esto es una posición fetal. Como si escribir fuera, de hecho, volver a ese inicio donde todo, eso dicen algunos, es lo mismo. Como si escribir y el inicio del cuerpo fueran la misma cosa. Muy a la Chac Mool, pues. Se trata de una postura contra la que no pocos de los médicos que me han atendido se oponen con vehemencia: a ella le debo el dolor de espalda que, unido al dolor que provoca en mis muñecas la estrechez del teclado, se suman en, al menos, dos dolores distintos. Así twitteo y blogeo y reviso cuentas de hotmail y gmail y escribo artículos y le añado, a veces, una o dos frases a algún otro texto más largo. Acunada dentro de mí misma. La laptop en plexo.

c) La cosa del pasado:

No tengo escritorio, ya lo dije, pero hay una mesa grande en un cuarto rodeado de ventanales. Se llama mesa de comedor, pero en realidad es una superficie rectangular que sirve para muchas cosas distintas. Ahí departo con la familia y los amigos, en efecto. Pero ahí van a parar la correspondencia y los pinceles y las hojas y los libros y los vasos y los periódicos y todo aquello que peque o presuma de imperdible. Los textos académicos los escribo por lo regular ahí, porque ahí hay espacio, luego de una leve reorganización, para legajos y libros. Me siento, sí. Cierro todas las ventanas (de la pantalla, quiero decir), sí. Apago el celular, sí. Documento con corrección mis fuentes: sí. Es una velocidad y una disciplina y una forma de concentración sin la cual el libro de historia o el artículo especializado no podría ni siquiera soñar en avanzar. Es una cosa del pasado.

d) Sobre ruedas:

No se trata de una mesa propiamente, ni de un escritorio. Es una de esas mesas que las madres de clase media solían usar para llevar los aditamentos del coctel al centro de un cuarto lleno de gente y que ahora algunos diseñadores llaman, con algo de pompa, mesa auxiliar. Ocupa un espacio liminal entre la cocina y el comedor, justo a un lado de los enchufes y el ventanal. Es tan pequeña que sólo cabe en ella la laptop y alguna taza de café. Tiene dos repisas donde es posible colocar alguno que otro libro o la taza de café que sólo con incomodidad se tolera sobre la superficie. Tiene ruedas. Sobre esa mesita que se mueve, aceptando por igual su deseo de estar anclada y su manía de escapar, ahí escribo los textos más largos: novelas, híbridos, ensayos. Es fácil alejarse de ella y regresar. De hecho, me incorporo con bastante frecuencia porque, para escribir, siempre necesito consultar algo. Necesito estar de pie, avanzar, sentir que el cuerpo no ha desaparecido. No desaparece. Ya no fumo, pero igual paseo alrededor de la casa con libro en mano o mirada enloquecida. Luego regreso. Uno siempre termina por regresar. Como pudiera cambiarla de sitio si quisiera, nótese el potencial del subjuntivo, la ansiedad conocida como la ansiedad del-mismo-lugar desaparece en ella, con ella, a su lado. Nos llevamos bien, quiero decir. Tenemos una relación sobre ruedas.

Cristina Rivera Garza. Poeta, ensayista y narradora. Entre sus libros: La muerte me da, Nadie me verá llorar y Ningún reloj cuenta esto.

viernes, junio 04, 2010

"De qué hablamos cuando hablamos de cultura"-Pedro Ángel Palou(Diario El Columnista 02/06/10)

En al menos dos de mis anteriores entregas he mencionado que en Puebla urge replantear el matrimonio turismo-cultura como uno de los ejes del desarrollo económico. La semana pasada incluso propuse la fusión de las dos secretarías del ramo. Me han escrito muchos comentarios que exigen de mi parte precisión en la materia porque, temen los lectores, tal propuesta implique una disminución del presupuesto, las funciones y la importancia de la Secretaría de Cultura en particular. Me parece del todo adecuado, entonces, abundar en la materia.

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En Puebla –en 1985- se funda la primera Secretaría de Cultura del país y el decreto que la crea ha sido modelo en la creación de otros ministerios del ramo a lo largo y ancho del país. A partir de entonces, con diversas suertes en Puebla se ha revalorado el papel de la cultura en las políticas públicas del estado. Los ejes centrales de su quehacer giran en torno a la protección del patrimonio histórico tangible e inmaterial (de los edificios a las tradiciones, se entiende), el fomento y la difusión de las artes, el estímulo a la creación artística y la iniciación a las artes. Es por eso que propongo, entiéndase, no la fusión entre secretarías para ahorrar recursos o adelgazar la burocracia (siempre que se hacen recortes se empieza, tristemente, por la cultura), sino que la nueva dependencia –que deberá ser de Cultura y Turismo, no a la inversa pues el turismo no es sino la venta del potencial de un lugar y el agregar valor a los bienes existentes, nuevamente de lo tangible a lo inmaterial pero igualmente valioso (la gastronomía, los bordados, el ónix, por poner algunos ejemplos menores). Dos subsecretarías, una de Cultura y otra de Turismo bajo una misma cabeza. Pero se trata de dotar de recursos materiales, financieros y humanos a un ministerio clave de la economía de Puebla. Se trata de insistir: la cultura da trabajo, podemos vivir de esa industria sin chimeneas que son, por un lado nuestros pueblos y sus historias y de la otra industria, la cultural que enriquece diariamente un espacio y hace que el visitante tenga razones para quedarse.

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Y quedarse en Puebla debe ser el lema de cualquier trabajo serio sobre turismo en nuestra entidad ya que la gran tragedia es que nuestros visitantes nos toman como lugar de paso (para ir a Oaxaca, a Veracruz, para regresar al Distrito Federal) y si bien nos va comen sobre todo en la ciudad capital. Necesitamos un turismo que se quede los fines de semana, que consuma en Puebla y deje sus divisas y pesos. Necesitamos un turismo que venga a investigar a nuestras bibliotecas novohispanas y a los archivos históricos, que viva nuestros museos y pernocte. Necesitamos un turismo de la tercera edad –en Europa hay turoperadores que se dedican específicamente a este sector que hoy, por ejemplo, va a los hostales y hoteles ecológicos de Michoacán donde encuentra desde leche deslactosada hasta un médico de guardia de la comunidad. Por cierto, con la nueva infraestructura hospitalaria de Puebla podemos pensar en un tipo de turismo que viene a curarse, que trae a su familia. Podemos pensar en un tipo futuro de hospital: aquel ambulatorio geriátrico que permita que en una ciudad o un estado seguro, tranquilo y cómodo vivan jubilados y pensionados (nacionales y extranjeros, como en su momento ocurrió con San Miguel de Allende).

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Y no otra es la razón del patrimonio. Se trata de una herencia, un legado. Para que tenga sentido debe usarse. Si un joven hereda una casa y no puede habitarla o rentarla terminará por permitir que se caiga a pedazos. Lo mismo ocurre con Puebla. El Centro Histórico de nuestra ciudad capital es un ejemplo señero. Urge un plan general que, por un lado, coloque paradores turísticos para los autobuses. Francisco Vélez Pliego ha presentado una y otra vez propuestas concretas al respecto que lo mismo implica usar Analco o San José para esos fines que la peatonización de calles los fines de semana y un programa de rescate de vivienda media. Hay que incluir un sueño del antiguo rector de nuestra máxima casa de estudios, Alfonso Vélez, de una Universidad de la tercera edad en San Luis Rey. Se trata de un proyecto tremendamente factible donde profesores jubilados dan clases de licenciatura a jubilados que nunca se titularon. Si a eso le sumamos un Museo de la Ciudad realmente interesante y con una propuesta museográfica moderna tendremos un enorme potencial. En todos los hoteles de Puebla debería haber folletos con recorridos específicos (museos, exconventos, iglesias, mercados, etc.). Pero esto sólo ocurrirá si cambiamos e integramos las políticas turísticas a las culturales.

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Y a las educativas, por supuesto. Ya lo he dicho: que todos los niños de Puebla en quinto año de primaria lleven un libro de texto gratuito en Actividades Artísticas: El arte y la cultura de Puebla. Un libro con visitas guiadas, ejercicios que haga de las nuevas generaciones las de los poblanos más comprometidos con su historia, más apasionados con su estado. Que los mejores niños escriban entonces, composiciones a mano que se entreguen en los hoteles: “Querido visitante”, y le propongan un lugar, y se lo describan con sus palabras. “Ojalá visites La Capilla del Rosario, es un lugar mágico, etc.” Que sean ellos quienes inviten al visitante a vivir y a gozar Puebla. La política educativa que no tome en cuenta quiénes somos y que no forme a sus ciudadanos en ese contexto está obviamente propiciando la migración. Hace una semana Carlos Fuentes dijo, sin empacho, que es terrible pensar en los millones de mexicanos –treinta millones de niños y jóvenes, mencionó- cuyo único futuro es volverse narcotraficantes o irse a trabajar a los Estados Unidos. Nunca más certero el diagnóstico. Un lugar próspero y rico incita a sus hijos a quedarse, les da trabajo.

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Que no sea, pues, una idea, el pretexto para deshacer lo que ya cinco sexenios en materia de política cultural han hecho en Puebla. Al contrario, se trata de fortalecer al sector, otorgarle su verdadera autonomía y su centralidad en las políticas públicas del estado (todavía hay quien cree, a estas alturas, que la cultura consiste en organizar bailables y montar esas espantosas coreografías que inventaron los maestros de primaria, las poesías corales cuyo único objetivo es insolar niños y propiciar su odio permanente por la literatura).

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Seamos serios, así sea por una única vez.

"El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 02/06/10)

Murakami, según un texto escrito por Javier Munguía en su blog: “es uno de los novelistas más osados y originales de los últimos tiempos” (http://javiermunguia.blogspot.com). De Kafka -citando a Munguía, que a su vez cita a Eco-, puede asegurarse que su obra es “abierta por excelencia: ninguna de las muchas interpretaciones que de ella se han hecho han agotado sus posibilidades; más bien permanece inagotable y abierta en cuanto `ambigua´, ya que se ha sustituido en ella un mundo ordenado de acuerdo a leyes universalmente reconocidas por un mundo fundado en la ambigüedad, tanto en el sentido negativo de falta de centros de orientación como en el sentido positivo de una continua revisión de los valores y las certezas”. Palabras que aplican para describir de la misma forma la obra de Murakami, según Munguía, pues no sólo es el alumno más aventajado de Kafka sino su admirador más confeso de dicho autor.

Aunque “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas” es una obra que originalmente fue publicada en 1985, llega al habla hispana gracias a la traducción que Lourdes Porta Fuentes hace de la novela para la casa editorial que alberga a Murakami: Tusquets.

“El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas” es una novela que se desarrolla en dos planos o mundos alternos. Un despiadado país de las maravillas y El fin del mundo.

En el primero, el lector se topará con que el narrador-protagonista es un informático contratado de manera misteriosa por un científico deschavetado, para dedicarse a trabajar en un programa que determinará el futuro del mundo. Historia desarrollada en Tokio, veremos al protagonista sobrellevar su vida en un ir y venir de hechos siniestros, turbios y chuscos. El trabajo que desempeña el narrador-protagonista es tan importante que el Sistema, los Semióticos y los Tinieblos, serán los enemigos contra los que deberá enfrentarse y evitar que por nada en el mundo se enteren del trabajo que desarrolla al lado del científico loco.

En el segundo espacio narrativo, el lector conocerá un mundo extraño, al cual se ingresa desprendiéndose de la sombra, esa misma que nos persigue en el andar; conforme pasan los días se va percatando que los recuerdos, también se van consumiendo. Al empezar a relacionarse con unos cuantos habitantes se percata de que todos han perdido el corazón, todo lo que solían ser para convertirse en unos seres autómatas que trabajan, comen, caminan, duermen y se relacionan por el simple hecho de hacerlo, sin sentimiento de por medio, pues eso es un defecto. Sólo aquellos seres que no pudieron desprenderse de su sombra de forma adecuada, transitan por un bosque inmenso, solitarios, vagabundos y abandonados a su suerte. Este mundo se resume a un lugar amurallado, sin aparente salida, siempre vigilado por un celador enorme y unas bestias raras: unicornios que sucumbirán invariablemente cada invierno.

Una novela compleja, nada sencilla; pero a quien se acerque lo dejará con un buen sabor de boca. Novela de largo aliento y de final sorprendente.