martes, junio 01, 2010

Juan Rulfo en Campo Alaska (Diario Milenio/Opinión 01/06/10)

He mencionado ya que, de aquella impactante primera visita de febrero de 2009, recordaba la textura y tamaño de las argollas que brotaban del piso y las paredes. Creo haber evocado el ruido de las ráfagas del viento también; el aroma de los piñoneros. No mencioné, sin embargo, que las fotografías que colgaban de las paredes altas y blancas de una de las dos salas que componían el Museo de Sitio de Campo Alaska también fueron memorables. No todas, eso es cierto. Algunas. Siete de las 23 fotografías en exhibición me hicieron detenerme en seco y respirar hondo. Las vi una y otra vez, y con el correr de los meses, regresé a verlas incluso en más ocasiones porque me pasó con esas imágenes lo mismo que cuando observé por primera vez el entrañable, frágil retrato de un Efraín Hernández delgado y tremendamente solo en medio de una meseta de maíz con el Popocatépetl de fondo: a primera vista imaginé que esa imagen era de Juan Rulfo. La información acerca del retrato de Hernández me la confirmó de inmediato Alejandro Toledo, un crítico literario y estudioso de este escritor, en cuyo criterio confío por completo. Adscribir la autoría de algunas de las fotografías que colgaban de las paredes del Museo de Sitio Campo Alaska a Juan Rulfo me tomó, sin embargo, más tiempo. Nadie, por principio de cuentas sabía que uno de los primeros viajes que emprendió Rulfo como representante de ventas de la Goodrich Euskadi lo llevó, antes que a cualquier otro sitio, al extremo noroeste del país. Cuando regresé al archivo local para investigar si el ingeniero taciturno había hecho alguna anotación al respecto, supe la respuesta casi de inmediato: No. A diferencia del nombre de Max Ernst, que aparecía en un par de ocasiones en las hojas cuadriculadas partidas a la mitad, el de Rulfo brillaba por su ausencia. Las fotografías, sin embargo, no me dejaron en paz. Y una intuición es una intuición. Regresé, he dicho ya, y con el permiso de los vigilantes, revolví cajones y hurgué entre papeles viejos. Los vigilantes del Museo de Sitio no hicieron más que encogerse de hombros cuando, comparando los retratos que tenía en la mano con siete que colgaban de las paredes blancas, los interrogué.

-

—Pero se nota que es una misma lente aquí, ¿no es cierto? —dije al final de una parca conversación, ya un tanto frustrada.

-

—Si usted lo dice —fue la última respuesta que pude obtener.

-

Si yo lo digo. Repetí la frase una y otra vez mientras manejaba. Primero en voz baja, luego, en voz alta y firme. Al final lo grité: Sí, yo lo digo.

-

Había tenido la precaución de tomar fotografías de las fotografías, cosa que me facilitaron los vigilantes, acomodando escritorios y mesas en ese cuartito que hacía las veces de archivo olvidado, oficina privada y comedor para empleados. El proceso no duró mucho tiempo: tomé 48 fotografías de las 48 fotografías que aparecieron después de husmear archiveros y abrir carpetas cerradas por muchos años. Esa es mi única evidencia: el número. Juan Rulfo tomó 48 fotografías de su visita a Campo Alaska en 1948. Si lo digo yo.

-

Las imágenes destacaban, como una gran mayoría de las tomadas por el autor jalisciense, el proceso de degradación de los objetos materiales, fueran éstos edificaciones o cosas cotidianas como muebles o juguetes. El contraste de la luz era dramático y parco a la vez. Acaso dramático debido a que era parco. La transición del gris al negro o al blanco se llevaba a cabo de manera veloz, dentro del lapso de un pestañeo o un guiño. Lo que me llamó la atención esta vez, lo que no pude dejar de asociar a la historia escrita en un rollo de caja registradora que, por cierto, había extraído subrepticiamente del Archivo Local, fueron las fotografías de las personas. Sus rostros. Sus dientes partidos. Escuetas, las imágenes. Frontales, los ángulos. Golpes más que encuadres.

-

A Rulfo debió haberle llamado la atención su gesto. Imagino que se dirigía de Tijuana a Mexicali cuando le dio hambre y alguien le recomendó que se bajara del autobús en La Rumorosa. El habría confundido el nombre de las montañas con el nombre del pueblo al inicio, pero al final entendería. Eventualmente. Una leve sonrisa. La inclinación apenas de la cabeza. La última población antes de entrar a la sierra y no saber. Los piñoneros. Las rocas, inconmensurables. La absoluta sensación de orfandad. Cuando entró al restaurantito que se encontraba a un lado de la estación no se imaginó que la conversación con otro comensal lo llevaría a caminar el par de kilómetros que los separaban de Campo Alaska. La palabra manicomio, sin duda, le habría interesado. La idea de que ahí, en medio de la nada, pudiera existir algo así. Un pabellón. Todavía. Le dio entonces el último trago a un café recalentado, encargó su maleta con la dueña del lugar y se ajustó el sombrero.

-

—Vamos —dijo.

-

Y fue.

-

No tomó fotografías de los hombres y de las mujeres que, en harapos, avanzaban sin dirección alguna dentro de la gran sala del edificio o permanecían inmóviles muy cerca de las ventanas. No tomó fotografías de las heces, de los platos sucios, de las sábanas rotas. No retrató sus bocas abiertas hacia el cielo. Sus manos, implorando. Una vez que estuvo dentro del edificio, sólo se detuvo con interés junto al hombre que, de espaldas a todo eso, se inclinaba frente a una mesa que hacía las veces de escritorio. El ruido de la máquina de escribir se confundía con los murmullos de los locos. Era obvio que el hombre estaba concentrado en su actividad. Los ojos emergían en el centro del recuadro, pero la mirada no se elevaba para enfrentar la lente, sino que se dirigía hacia abajo. Una leve caída. Los labios apretados uno contra el otro, como si su labor requiriera un esfuerzo físico enorme. Si la vista del espectador seguía el ángulo de visión del personaje del retrato, entonces descendía hasta toparse con la cubierta negra, de apariencia pesada, de una vieja máquina de escribir.

-

El tamaño de la máquina, además, contrastaba de manera más bien cómica, de manera más bien triste, con el estrecho rollo de papel que, después de caer en cascada, formando rizos ondulantes, se acumulaba tras de sí. De esa manera conocí al Autor de la historia de esa mujer que quería ser otra. La historia de la mujer que quería ser amada como otra lo había sido, lejos, en otro sitio. La historia de una mujer que deseaba orillar a un hombre hasta el fin del mundo, donde se encontraban.

-

Al final, cuando se alejaba, Rulfo no pudo evitarlo. Se detuvo y miró hacia atrás. Desde el onceavo mes de 1948 vio las ruinas que yo observé a inicios de 2009. Luego se caló el sombrero.

-

—Vamos —dijo.

-

Y fue.

lunes, mayo 31, 2010

La peste del arte honesto (Diario Milenio/Opinión 31/05/10)

Aclaración no pedida

-
¿Qué exactamente es un artista honesto? ¿Es en su caso la honestidad un requisito, un mérito, un valor agregado? ¿Hay que hacerle saber a medio mundo que lo que uno pergeña es asimismo honesto a toda prueba? Un par de días atrás hablaba con mi amigo José Manuel Aguilera sobre este tema de la honestidad a ultranza, hoy día tan socorrido entre quienes suponen que un poema, una canción o una pieza teatral serán más disfrutables si parecen honestos y además lo son. Con una mueca larga y socarrona, José Manuel jugaba a imaginarse declarando que es un guitarrista honesto, aunque sin bien a bien imaginar cómo sería uno deshonesto. ¿Haría trampas a la hora de tocar su instrumento? ¿Se lo habría robado, a lo mejor? ¿Quién ha sido el primer inquisidor en sugerir que el arte y el artista tienen que ser honestos, cuando no está ni claro en qué consistiría lo contrario?

-

Corrían los años cuarenta cuando la propaganda del candidato presidencial Miguel Alemán Valdés incluía una palabra clave justo bajo su nombre: “Honestidad”. Sesenta años más tarde, las paredes de ciudades y pueblos desplegaban la frase “Honestidad valiente”. Incapaz todavía de imaginar cómo haría en su caso la honestidad cobarde para no ser tachada de deshonesta, me llama la atención que al paso de las décadas los políticos sigan ofreciendo como virtud lo que tendría que ser requisito. Por más que la rapiña y la falta de escrúpulos resulten la regla, y a lo mejor también por esa causa, parece temerario darle trabajo a un tipo que se presenta diciendo que es honesto. Que es casi tanto como decir soy muy inteligente, soy el más simpático, soy el mejor de todos los que conozco. Quienes se atreven a así describirse lo hacen con el convencimiento suficiente para no darse cuenta de los escepticismos que despiertan, y de seguro sin calcular las críticas y hasta carcajadas a que darán motivo, a sus espaldas. No es de extrañar que algunos precavidos suelan llevar la mano a la cartera no bien escuchan que alguien se dice honesto.

--

Las virtudes de Bambi

-
No deja de ser cierto que en varios ámbitos o gremios o territorios, la deshonestidad alcanza a ser la regla, y ello hace tan valiosas las excepciones como cuantiosas las imposturas. Pues si lo que hay es hambre de honestidad, difícilmente tarda la demanda en verse rebasada por la oferta. Pronto no solamente los políticos, administradores, fabricantes y prestadores de servicios —aquellos cuyo turbios procederes serían causa de público menoscabo— ambicionan hacerse con la fama de honestos, cual si ésta fuese un activo fijo, sino que en todas partes nos alcanza la cantaleta de la honestidad: una suerte de fiebre confesional cuyo efecto epidémico compele hasta a los gremios ajenos al asunto a decirnos que están vacunados, así a nadie le importe ni le afecte, ni por supuesto pueda verificarse. El director nos dice que su película es muy honesta, cual si ya esa virtud inescrutable la hiciese digna de ser vista y aplaudida. ¿O debemos creer que se merece un premio por no haber hecho un plagio de otro guión, digamos?

-

Hablar de una canción, o una novela, o una danza honesta parece un disparate tan cumplido como elogiar la honestidad de un venado. ¿Alguien conoce a algún venado deshonesto? ¿Una vaca, tal vez? E incluso si así fuera, ¿sería otra su estampa, o menos los nutrientes de la leche? ¿Diríamos que es leche deshonesta? No bien insisto en subrayar el término, me llega un tufo clerical detrás, según el cual para que una obra de arte pueda esperar a ser así considerada, tiene su creador que pasar una especie de examen de aptitudes morales, donde cada una de sus carencias o demasías presuntas será dada por hecha en su trabajo y cargada a su cuenta de legitimidad. ¿Cómo evitar, en este orden de cosas, que a los réprobos se les estigmatice y se cuelen por miles los impostores, con la sola coartada de que ellos y sus obras son Muy Honestos?

--

Miénteme una eternidad

-
“Un escritor conformista es con seguridad un mal escritor, y muy probablemente es un bandido”, escribió alguna vez García Márquez, separando de golpe el agua y el aceite, pues al final hay de bandidos a bandidos. Nadie ha dicho, por cierto, que un bandido no pueda escribir bien, o que la rebeldía contra el siempre imperante conformismo no sea susceptible de empujar al autor al bandidaje. ¿Qué opinarían en su momento los acreedores de ese tal Fiódor Mijáilo-vich, cuya morosidad proverbial lo llevó a concebir artimañas tan cínicas —y horror: deshonestas—como escribir novelas a toda prisa para saldar sus deudas de juego? Como lector, no obstante, me tienen sin cuidado los desvelos a que el tahúr petersburgués condenara a sus fieros acreedores, y por lo ya leído y disfrutado me temo que soy cómplice agradecido y al propio tiempo juez benevolente, pues una vez con el libro en las manos antes perdona uno el bandidaje presunto que la mala escritura evidente. Verdad de Perogrullo es que la calidad de pura lana virgen no acredita la conducta intachable del borrego.

-

Me da grima la idea de leer una novela honesta, que de ser concebible resultaría un bodrio y un despropósito, si tal como su nombre lo define la ficción se sostiene en el engaño y el autor busca todo menos transparentarse. ¿Y qué tal una canción honesta? Es decir sin encantos, ni retruécanos, ni todos esos trucos seductores de que suelen valerse los músicos para hacerse escuchar y preferir. Cada vez que un artista se refiere a sus obras como honestas, me da por preguntarme si además de eso son cualquier otra cosa. Parece, francamente, que lo que busca nuestro protagonista es comprarse dos pesos de legitimidad. En el peor de los casos, subirá al escenario a conmovernos con el puro espectáculo de su capa abierta, esperando tal vez que ese ingrediente chungo supla las evidentes carencias del trabajo; en el mejor, habrá perdido el tiempo. Uno es lector o espectador o escucha para ser seducido y engañado mediante los mejores artificios. Pobres de esos artistas que lo asumen a uno fiscal o inquisidor, y no un mortal ansioso de quimeras que le hagan soportable tanta verdad idiota y encima de eso cruda. Puesto en pocas palabras: favor de confesarse en otra ventanilla.

sábado, mayo 29, 2010

Charly García-Puebla FIP 28 de mayo 2010 (también fui con mi Kurá 4)

Charly García-Puebla FIP 28 de mayo 2010 (también fui con mi Kurá 3)

Charly García-Puebla FIP 28 de mayo 2010 (también fui con mi Kurá 2)

Charly García-Puebla FIP 28 de mayo 2010 (también fui con mi Kurá)

Joaquín Sabina- "Vinagre y rosas" tour 2010-Puebla 7 de mayo de 2010. (Fui con mi Kurá 2)

Joaquín Sabina- "Vinagre y rosas" tour 2010-Puebla 7 de mayo de 2010. (Fui con mi Kurá)

Unidos por la Historia - Episodio 10 "Hacia el Futuro" (5/5)

Unidos por la Historia - Episodio 10 "Hacia el Futuro" (4/5)

Unidos por la Historia - Episodio 10 "Hacia el Futuro" (3/5)

Unidos por la Historia - Episodio 10 "Hacia el Futuro" (2/5)

Unidos por la Historia - Episodio 10 "Hacia el Futuro" (1/5)

viernes, mayo 28, 2010

Compañero de viaje-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 28/05/10)

Cuando viajo en avión, mi prioridad es que mi butaca sea de pasillo. No sólo no ocupar el asiento central -o, peor, uno los asientos centrales, claustrofóbica maldición trasatlántica del Airbus- sino disponer, específicamente, de uno de pasillo. Porque me gusta llevar el portafolios o el maletín de mano bajo el asiento frente a mí -así tengo a mi permanente disposición libros, revistas, computadora, marcador amarillo y iPod- y eso limita severamente el espacio que pueden ocupar mis piernas. Porque me gusta cruzar la pierna, e incluso a veces recurrir a mi tobillo izquierdo en tanto atril para poder copiar una cita en un texto que escriba a bordo. Porque, arrogante y autosuficiente, detesto tener que aceptar la ayuda de un vecino de asiento para recibir alimentos, bebidas, cobijas o audífonos. Porque, tímido e incluso huraño, odio tener que pedir permiso para ir al baño. (Éste, lo sé, fue verso sin esfuerzo -o, si he de ser preciso, rima sin grima- y lo plasmo con toda deliberación: ya bastante tengo con mi estreñimiento crónico como para que la visita a unas instalaciones sanitarias me suponga cualquier suerte de empeño adicional). Tanto me gusta volar en asiento de pasillo, pues, que hace escasos dos días sostuve el siguiente diálogo con la encargada del mostrador de una aerolínea. “¿Ventanilla o pasillo?”, preguntó. “Pasillo”. “El único que tengo disponible, señor, está en la fila 11, que es salida de emergencia; esos asientos no se reclinan. ¿Está seguro de que no prefiere la ventanilla?”. Pasillo (por favor, por piedad, por caridad, por supuesto).
-
Pasillo hubo de ser entonces: 11C rezaba claramente mi pase de abordar. Por eso me sorprendió tanto encontrar, junto a ese 11B en que se apoltronaba por un tipo de fallidas aspiraciones a la elegancia -camisa de buena tela pero mal corte, pantalón con demasiadas pinzas, reloj ostentoso-, una maleta pequeña pero al parecer dispuesta a incautar el lugar que tanto había luchado yo por ocupar. ¿Sería suya? En todo caso el asiento era mío.
-
Me saqué del bolsillo de la camisa el talonario de abordaje y, amable aunque firme, se lo mostré: “Disculpe… pero éste es mi asiento”. Me miró de arriba abajo con incredulidad y altanería. Tomó de mi mano el papel y lo estudió. Con una mueca retiró la maleta del asiento y con un empujón propinado a mi persona la depositó en el compartimento superior, justo sobre una bolsa de mangos que había dejado ahí yo. (Aclaración obligada: los mangos me los regaló uno de mis anfitriones en Tuxtla Gutiérrez; ni modo de dejarlos en el hotel.)
-
No bien ocupé mi sitio, me vino a la mente el célebre parlamento de Bette Davis en La malvada, desprovisto ahora de todo valor metafórico: “Fasten your seat belts! This is going to be a bumpy ride!”. Fue, en efecto, un viaje accidentado, y no por capricho de las turbulencias o por impericia del piloto sino por la mala educación de mi vecino. Que, quesque por accidente, me propinó una decena de codazos en las costillas a lo largo de la hora y media que duró la travesía y nunca hizo siquiera amago de pedir perdón por ello. Que, cuando nos fueron ofrecidos cacahuates, pidió una bolsa adicional para sí mismo (lo que es vulgar y avorazado) pero no una para aquella -la de la ventanilla- con la que se hizo arrumacos durante todo el vuelo (lo que es poco caballeroso y todavía más vulgar). Que, cuando pasó el carrito con las bebidas, ordenó un Bacardí blanco con Coca de dieta (signo seguro de un paladar estragado) y, además, un Sprite a modo de chaser (todavía no sé si me irritó más su tendencia al exceso de azúcar o su insistencia en el dos-por-uno). Total que me coloqué los auriculares, hundí la nariz en mi ejemplar de The New Yorker y sólo aparté la vista de él el tiempo suficiente para percatarme de que el tipo se había quitado los zapatos, como si estuviéramos cruzando el Atlántico.
-
Para cuando aterrizamos, había yo ya guardado todos mis efectos personales en mi propio maletín, deseoso de liberarme de su compañía cuanto antes. Al levantarme, me dedicó una sonrisa y me extendió una tarjeta de presentación: “Me dio mucho gusto compartir el vuelo contigo, Nicolás. Si un día necesitas oftalmólogo estoy a tus órdenes”.
-
Me resultó una verdadera sorpresa que mi patanesco compañero de viaje terminara por ser la más educada y sutil de las personas que me han reconocido por mi trabajo en televisión. Aun así, cuando me haga el próximo examen de la vista, no será con él.

miércoles, mayo 26, 2010

"En retrospectiva"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 26/05/10)

Ya estamos casi a la mitad del año del Bicentenario. Para algunos las cosas han transcurrido de forma tranquila, sin cambio o variante importante. Cambios que pueden ir desde la no clasificación a la liguilla del equipo favorito o el logro de algún campeonato, pasando por la obtención de una nueva amistad o la lectura de algún libro que haya sido capaz de atraparlo en el universo creado por determinado autor. También pueden darse cambios desagradables como las pérdidas de amistades o familiares.

“Cambia lo superficial/ cambia también lo profundo/ cambia el modo de pensar/ cambia todo en este mundo”, decía Mercedes Sosa.

Si uno hiciera una revisión por la agenda, se percataría del número de personas que ya no pertenecen a nuestro mundo, ya por distancias profesionales, ya por distancias ideológicas, que han provocado la actual lejanía y en muchos de los casos resulta una opción saludable.

“Cambia el clima con los años/ cambia el pastor su rebaño/ y así como todo cambia/ que yo cambie no es extraño.// Cambia el más fino brillante/ de mano en mano su brillo/ cambia el nido el pajarillo/ cambia el sentir un amante.// Cambia el rumbo el caminante/ aunque esto le cause daño/ y así como todo cambia/ que yo cambie no es extraño.”, cantaba Meche.

En estos casi seis meses del año, mi año del cuarto de siglo, muchas cosas han cambiado y evolucionado: algunas amistades se han fortalecido, otras han florecido, unas más han concluido; de igual forma, la relación amorosa que sostengo ha ido tomando más cuerpo y se ha encaminado de manera sana y agradable, donde la sinceridad y el respeto a la individualidad son constantes, así como la presencia de un inquebrantable apoyo. Al mismo tiempo que nuevas responsabilidades han ido apareciendo y las satisfacciones no se han ausentado. Después de un año veré graduarse a uno de mis grupos en el Covadonga, con el que trabajé un año.

“Cambia el sol en su carrera/ cuando la noche subsiste/ cambia la planta y se viste/ de verde en la primavera.// Cambia el pelaje la fiera/ cambia el cabello el anciano/ y así como todo cambia/ que yo cambie no es extraño.”, aseguraba Sosa.

Empero, no todo es miel sobre hojuelas. La vida también me ha otorgado verdades a través de experiencias no agradables: es triste saber que en la desgracia y en el infortunio personas que sanguíneamente presumen de ser tus familiares, de actuar con principios y el corazón en la mano, teniendo a Dios como eje central de sus decisiones, sean los primeros en contradecirse, en huir despavoridamente cuando se necesita su apoyo. ¡Qué asco me da!

“Pero no cambia mi amor/ por mas lejos que me encuentre/ ni el recuerdo ni el dolor/ de mi pueblo y de mi gente.”

Y a pesar de todo ello, agradecido estoy con la vida, pues me ha permitido conocer el calibre moral, ético y humano de muchas personas. Las alegrías y decepciones son parte del contrato que uno firma al aceptar vivir.

martes, mayo 25, 2010

Unidos por la Historia - Episodio 9 "Las Doñas" (5/5)

Unidos por la Historia - Episodio 9 "Las Doñas" (4/5)

Unidos por la Historia - Episodio 9 "Las Doñas" (3/5)

Unidos por la Historia - Episodio 9 "Las Doñas" (2/5)

Unidos por la Historia - Episodio 9 "Las Doñas" (1/5)

¡Qué Puebla!-Pedro Ángel Palou(Diario El Columnista 25/05/10)

Un intelectual público tiene varios deberes entre los que destaca el de opinar con conocimiento de causa sobre una variedad de temas del interés colectivo. Poner el dedo en la llaga, aunque duela. Es como si le dijera a los demás: ¡Detente, presta atención! Quizá esa es su tarea más importante, permitir que sus lectores, o sus escuchas –en el radio- o sus televidentes hagan una pausa reflexiva, miren a su alrededor y tomen mejores decisiones. Su papel es incómodo pero necesario puesto que entre sus impostergables decisiones morales está la de darle voz a quienes no tienen voz, la de ser una especie de testigo colectivo que levanta acta y da fe. El poder quiere que sus intelectuales sigan siendo los viejos bufones de los reyes, no su conciencias colectivas.

-
Cada seis años se repite el rito: la ilusión –vana- de una renovada esperanza. La ruina, sin embargo, en la que se encuentran las instituciones y su credibilidad menos que escasa hace que el nuevo casting de actores, hasta ahora, no produzca ninguna emoción social. Tal ausencia de líderes podía ser sustituida con ideas pero, como hemos demostrado en nuestras anteriores entregas, el manantial de ideas de ambas coaliciones para estar seco y en su lugar la campaña negra, las acusaciones mutuas, las falsas o adelantadas victorias desalienta aún más al magro votante que apenas e irá a votar –no más del 40%, por cierto- el 4 de julio.

-

Mientras tanto nuestros políticos se llenan la boca con palabras que nunca han entendido: democracia, libertad, participación, ciudadano. Sólo palabras. ¿Por qué si todo esto nos repugna a los poblanos los partidos políticos parecen seguir creyendo en una ópera bufa, como muestra el insensato jugueteo con las encuestas? Hoy comemos basura, vemos basura en la televisión y escuchamos y votamos basura, no es posible. El candidato con encuestitis –enfermedad que consiste en la inflamación de los números- será un gobernante que despilfarre en promoción y publicidad de su imagen.

-
Habría que ver si nuestra clase política es de verdad demócrata, si entiende lo que esa palabra significa. Un político verdadero no trabaja sólo para su partido sino para la sociedad que lo sostiene –económica y moralmente- y que lo vota. ¿Es tan difícil entenderlo?

-
Y no es posible, de verdad, porque se nos está yendo el tren (no el ligero solamente, sino el del posible desarrollo de Puebla). Nos urge –y podemos ser, como lo fuimos en el siglo XIX, por ejemplo, modelo- replantear la división de poderes. El judicial, por ejemplo, debe tener su presupuesto autónomo –y sus decisiones-, no sujeto a la SFA. El legislativo sólo lo logrará si tenemos un congreso plural que sea un contrapeso del ejecutivo. En Puebla la democracia no es sino un simulacro electoral. Después nuestros gobernantes ejercen antidemocráticamente: ponen jueces y magistrados, dictan leyes y colocan a sus legisladores en los puestos claves para controlar el congreso.

-
Urge, asimismo, transparentar la rendición de cuentas. ¿Y si Puebla se convierte en el primer estado en donde la contraloría no es una secretaria sino un órgano independiente al ejecutivo, que da cuenta plural a los partidos representados en el congreso? Empezaríamos bien con una propuesta así. Y la Comisión de Acceso a la Información lo mismo, y la Comisión de Derechos Humanos (el Senado ya hizo que la federal esté facultada para investigar y denunciar, no sólo recomendar).

-
Urge dejar de comprar a los medios mediante los convenios de publicidad. En una sociedad cuyos medios son y están silenciados no hay lugar para el pensamiento libre, para la disidencia y por ende para el ciudadano. En Puebla hay dos tipos de medios: los que cobran para pegar y los que cobran para callar, lo que es muy penoso.

-
Urge, una vez atendidos al menos esos aspectos medulares de la política, un ambicioso y agresivo programa para atraer inversión. La transparencia política y administrativa es una precondición para que esto exista, por supuesto, pero no basta. No bastan, tampoco, las buenas intenciones. Incentivos fiscales, simplificación administrativa, formación de mano de obra calificada son centrales para que en Puebla haya empleo. Tenemos hoy el nada honroso lugar ¡28! en competitividad en la República (al rato nos va a superar Baja California, jovencísimo y pequeño estado). Las empresas no vienen solas, se necesitan clusters –agrupaciones de empresas que consigan sinergias y se hagan atractivas las unas a las otras. Habrá que definirlos y convencer del hecho incontrovertible de la ventaja geográfica de Puebla.

-
El turismo –lo repito ahora- y la cultura son pivotes del desarrollo, sirven para dar trabajo. Las secretarías del ramo deben fundirse en Puebla –como sucede en España, donde un mismo ministerio se encarga de ambos quehaceres-, para atraer divisas de turistas de la tercera edad, de investigación (tenemos el conjunto de bibliotecas novo-hispanas más importante de América Latina y la Fundación Mary Street Jenkins ha ayudado a que el Archivo de Catedral pueda ya ser consultado modernamente), de aventura y ecoturismo. Para ello hay que ser innovadores. Invertir, por un lado, en infraestructura –carreteras, pequeños caminos, paradores, hostales, todo tipo de restaurantes y comiderías. Hay que vender Puebla, posicionarla en el mercado (nuestra ocupación hotelera este 2010 fue peor que la del año pasado, con todo e influenza). Lo que quiere decir construirla como producto turístico cultural.

-
Nadie se ha puesto a pensar, ni nos ha dicho, cómo puede gobernarse y desarrollarse un estado –en la República Mexicana- después del crack de 2008, sin depender de la dádiva federal o los excedentes del petróleo.

-
Urge una redistribución, reglamentación y replaneación urbanas. No sólo en la ciudad capital, en todo el Estado. Cinturones verdes, límites claros a la expansión de ciudades, un Plan de desarrollo a cincuenta años que pueda irse evaluando quinquenalmente y que implique la revisión de las regiones, las microrregiones y las vocaciones de cada uno de los espacios de nuestra geografía. Para ello se requiere un censo estatal general que catalogue, inventaríe, clasifique nuestras bondades, potenciales y carencias. De ese censo se deberá desprender un documento central que identifique de una buena vez las fortalezas y debilidades de esta Puebla que no puede seguir viviendo de discursos, anquilosadas en viejas prácticas no sólo políticas sino económicas, empresariales e incluso de convivencia francamente inoperantes. Yo tuve la oportunidad de participar en un ejercicio de planeación –de los COPLADEMUNES a la creación de planes de desarrollo- y si no cambiamos todo el esquema puedo asegurar que no sirven de nada, son una farsa.

-

Urge, pues, que creamos en nosotros, que participemos colectivamente en la construcción de otra Puebla, una de la que podamos sentirnos orgullosos y no nos avergüence. Una Puebla del siglo XXI que reconoce en su pasado parte de su fuerza pero que está dispuesta a arriesgar por un futuro lleno de incertidumbres y de retos.