martes, mayo 11, 2010

¿No es sólo la economía, estúpido?- (Diario El Columnista 11/05/10)

Desde hace unas semanas he venido analizando a los candidatos y a las campañas sin ánimo de perturbar, sino en el de abrir el debate a las ideas. Porque son ideas –luego convertidas en acción política- lo que los ciudadanos buscamos antes de ir a las urnas. ¿No entenderán los asesores de los aspirantes a gobernarnos que ya nadie cree en promesas? Calles pavimentadas, por ejemplo. ¿Cuántas faltan? ¿Alcanzará el dinero de los ciudadanos para que nuestros gobernantes sigan siendo malos albañiles? A las promesas ahora las arropan (me encanta ese verbo típicamente priísta) con la suscripción de compromisos: por la economía, por el abatimiento de la pobreza, por la calidad de la educación, y un sinfín de etcéteras. Y siguen creyendo que tomarse la foto con unos cuantos notables del ramo –empresarial, sobre todo- va a traerles votos. Ahora valdría cambiar la vieja frase del sistema: El que sale en la foto no hará nada por Puebla.

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Estoy seguro que los candidatos y sus equipos de campaña –tan costosos, tan enormes, tantas veces tan inútiles- tienen en sus diagnósticos del estado muy claras las prioridades de los votantes: seguridad, empleo, educación. En ese orden, si no me equivoco. ¿Cuánto de eso que los votantes anhela está en el verdadero margen de maniobra de un gobernador, ya no digamos de un presidente municipal o un diputado local –pocos ciudadanos saben qué demonios hace un diputado y le piden, por ejemplo, agua potable, no leyes? En el DF, por ejemplo, no hay otro eslogan desde hace tiempo en una campaña que el que tenga que ver con el combate a la inseguridad (¡O cumplo, o renuncio!, decían los pendones de un candidato delegacional, como si no fuese ese mandato por el que se jura al tomar posesión de cualquier cargo, como si dijera: ¡En este país de ineptos nadie funciona pero todos cobran! Rafael Ruiz Harrel lo resumió en una frase: exaltación de ineptitudes.). Y sin embargo vivimos presas del miedo, secuestrados por una minoría armada (del lado del poder y del lado del crimen organizado) que según cálculos no supera los ciento cincuenta mil sicarios. ¡En un país de cien millones! ¿Se puede amurallar, cercar a Puebla para que no la contamine la guerra contra el narcotrafico, el secuestro express, el robo habitacional?

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Por otro lado el empleo y la educación requieren planes serios de atracción de inversión extranjera. No vale sólo decir que se crearán veinticinco mil empleos o que tendremos un PIB superior a la media nacional. Vale decir, primero, cuántos empleos se necesitan en Puebla, cómo se los conseguirá en seis años, con qué estrategias (la media del PIB es de por sí ridícula, hoy un mexicano gana la mitad que un brasileño). La riqueza del estado no viene por decreto ni por buenas intenciones. Se necesita una estrategia integral que no hemos escuchado aún y que no tiene que ver con los empresarios que ya hay en Puebla y que no tienen tampoco la holgura para hacernos crecer. Las universidades y los tecnológicos tienen que trabajar cercanamente a los empresarios locales y quienes puedan invertir en Puebla porque nos falta mano de obra calificada, desarrollo y transferencia tecnológica y la formación de científicos, investigadores, ingenieros especializados que nutran esas plantas posibles. Hace tiempo con mi amigo, el entonces embajador de Francia en México, Phillipe Fauré –formado en la élite europea, antiguo director mundial de una empresa de seguros, hermano del CEO de Renault-Nissan-, intentamos que el entonces secretario de desarrollo económico presentara Puebla a la posible inversión extranjera (se trataba de cuarenta empresarios y gerentes mundiales que cenarían en la Embajada de Francia en el Distrito Federal). El asunto se limitó, de verdad, a la presentación de un penoso video de Puebla que recordaba a esos clips antiguos de Demetrio Balbitúa que nos soplábamos en las salas de cine en los años setenta). Huelga decir que el resultado fue nulo. La promoción económica no puede hacerse como si se quisiera atraer a un turista a dormir dos noches en nuestra ciudad, ¡por favor!

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Philippe Fauré me dijo entonces: “El problema con ustedes es, muchas veces, su complejo de inferioridad”. No necesito agregar nada.

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Me pregunto, entonces, de qué forma recomponemos a una Puebla que se ha ido pauperizando, que ha dejado de tener liderazgo alguno –ni en lo político, ni en lo intelectual o artístico, ni en lo económico. No se hace, ya lo dije, sino con inteligencia, la que parece ausente por completo. Estoy seguro que si un candidato –cualquiera- dejara de preocuparse por el rival y se concentrara y ocupara por juntar ideas, voluntades, posibilidades de acción y las compartiera decididamente ganaría aplastantemente. ¡No se necesita un debate para eso, que será descalificatorio, ya lo estoy viendo!

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Hace tiempo que me queda claro que la patria –la nación- es fálica, patriarcal, es la Ley del No, los Nombres del Padre Lacanianos. El estado –la matria- es un superego materno irracional que no sabe ni atina a comportarse con una verdadera lógica matriarcal. Para decirlo sin sicologismos: Puebla no sabe ser frente a la República, perdió su lugar entre los “hijos bastardos” del federalismo hipócrita que es México. Lo que ocurrió aquí con nuestro malhumorado e inepto presidente el 5 de mayo es una muestra fehaciente de la falta de respeto, es cierto, pero también de nuestra incapacidad de ser independientes, de protestar, de construir nuestras vidas de manera seria y autónoma. Lo he dicho varias veces: la poblanidad como tal es una inmadurez, una eterna adolescencia que se refugia en el pasado –la casa materna- para evitar la ley del Padre, el presente de trabajo, desarrollo, madurez. En Puebla no aplica la frase de Clinton, aquí mejor digamos: No es sólo la economía, estúpido.

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Veamos, simplemente, los espectaculares. Un candidato no nos ve, mira a otro que han hecho nebuloso en photoshop. El otro candidato nos mira y sonríe; junto a él–sin interacción plástica alguna- aparece un potencial representado: una mujer, un indígena, un discapacitado. En ambas propuestas ese es el problema central que oculta, a mi juicio, uno de mayor fondo: no existe el ciudadano. Se trata de meras abstracciones –una nuca metonímica, una silla de ruedas vanamente metafórica. En las democracias modernas el ciudadano, el individuo no existe. Se hacen campañas para las masas indiferenciadas. No se trata de este votante concreto al que le hace falta un rosario completo de cosas, no. Se trata de un significante vacío al que la estrategia simplemente alude. Y es que no se trata, parece, de convencer, sino de vencer mediante la única estrategia visible: el posicionamiento mediático. Pero resulta que un candidato no es una marca, ni siquiera el partido político que representa es una marca. En Medellín, por ejemplo, Sergio Fajardo –un ejemplo de político ciudadano de verdad- fue casa por casa, a los mercados, a las tienditas. Y les dijo uno por uno, lo que pensaba hacer, para qué pensaba hacerlo. En Florida Obama y sus huestes hicieron lo mismo: convencer en una campaña de tierra. Lo que quiere decir: aterrizada. Ambos ganaron –Fajardo y Obama- aplastantemente.

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Y lo peor entonces es que votamos –democráticamente entonces- por individuos que tomarán al menos 90% de sus decisiones de gobierno de forma antidemocrática…

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Lo que me temo es que lo peor –no lo mejor- está por venir. Descalificaciones, guerra sucia, patadas de ahogado mientras se acorten los tiempos electorales. Nulas ideas, mientras tanto. Nada que ver, oír, discutir en estas ya escasas seis semanas que nos quedan por sufrir.

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Jugando con Lacan –y con Ubu Rey de Alfred Jarry, podemos decir este chiste que resume nuestra fijación narcisista y nuestra falta de propuestas: “¡Viva Puebla!, porque si no hubiera Puebla, no habría poblanos”

Perra brava (Diario Milenio/Opinión 11/05/10)

Hace no mucho, con ayuda de las declaraciones del Mayo Zambada y las noticias de la nota roja, me fue quedando claro que una buena manera de organizar a la diversidad de mujeres que participan de la vida del narcotráfico sería dividirlas en tres categorías distintas: las hijas del monte, las reinas del sur, y las bushonas. El primer grupo comprendería a las esposas fieles de los jefes, mujeres usualmente de las clases populares con las que se unen tanto civil como religiosamente y con las cuales procrean los hijos legítimos que heredarán sus puestos. Dentro del segundo apartado se contaría, en honor al título de la novela de Pérez Reverte, a las mujeres que adquieren y ejercen cierto poder ya por asociación familiar o ya por tener participación directa en los negocios de la misma. Las bushonas, por su parte, serían las mujeres jóvenes y guapas que acompañan a los hombres del narcotráfico en sus paseos por la ciudad: amantes y cómplices deslumbradas por el dinero y la autoridad que ejercen sus hombres.

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Como toda clasificación que se precie de serlo, la anterior devela ciertos aspectos de la realidad, en efecto, pero lo hace a costa de ocultar otros tantos. Las zonas grises, los puntos intermedios y, a veces, contradictorios, suelen escaparse a estas vistas panorámicas. Uno de los valores de las novelas que exploran aspectos candentes de la vida contemporánea es, precisamente y sólo cuando lo hacen bien, su capacidad para internarse en el escurridizo terreno de la singularidad que no pocas veces hace estallar en mil pedazos a las clasificaciones más férreas. Una de las cualidades de Perra brava, la primera novela de la narradora regiomontana Orfa Alarcón es precisamente esa. Así, aunque su Fernanda Salas dista mucho de ser una Hija del Monte, puesto que es una muchacha universitaria que goza de ciertos privilegios económicos, sería fácil asociar la rabiosa lealtad que le profesa a Julio, quien además de su pareja es un Jefe de Jefes local, con la de una esposa devota y honesta. No es una bushona, ciertamente, aunque sus atributos físicos no les pasan desapercibidos a varios hombres y ciertas mujeres con los que tiene contacto. Y, aunque al inicio de la novela sabe poco del negocio, resulta obvio que, hacia el final, la mujer ha tomado las riendas, si no del aspecto público y económico del narcotráfico, sí, por lo menos, de sus aspectos más psicológicos.

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Pero eso es decir poca cosa de una novela cuya primera frase es: “Supe que con una mano podría matarme”. Y que justo luego se desboca en una descripción a la vez puntual y austera de un encuentro sexual entre Fernanda y Julio. Un encuentro con sangre. Directo, el lenguaje. Conciso. Sin falsos rubores. Aún más, y todavía mejor, sin impostaciones. Cuando Fernanda quiere lamerlo completo dice: “Quiero lamerte completo”. Cuando Julio le pide que se la chupe, dice: “Chúpamela”. Quien busque grupas de encanto y carreras conjuntas al orgasmo del cielo, puede ir a otro libro o, de preferencia, a otro siglo. Aquí, quiero decir, hay putazos. Fernanda y Julio van del forcejeo a la subordinación y viceversa y, al hacerlo, descorren el velo que de otra manera suele cubrir la dinámica de poder entre los cuerpos. Entre una cosa y otra, la palabra. Para que no me vuelvas a salir con que te da asco. Para que se te quite lo fresita. ¿Qué pasó? ¿Ya no te gustó? Establecidas con destreza desde la primera página, las reglas de la novela se resumen en una: aquí hay un alma que lleva el diablo. Tal vez dos. Síguela, gandul. La fragmentación y la rápida oscilación entre el pasado y el presente emergen, seguras, en el primer capítulo para dar más tarde lugar a una narración más bien lineal que va desgajando la historia entre un hombre mamado y fuerte y varonil y despiadado y egoísta y perturbador (y esos son sólo los primeros adjetivos) y una mujer que puede sacarse las pantaletas en un concierto y aventárselas al cantante tan ágilmente como puede ponerse el vestido de marca que la distinguirá como la posesión más valorada de su hombre o fingir una estancia en otro país para comprobarse a sí misma la autonomía de su deseo. Ese hombre y esa mujer tienen familias y trabajos y amores y celos y traiciones. Ese hombre y esa mujer son parte de un país cuyas ciudades responden a nombres como Monterrey o Linares. Oyen música. Bailan. Se desdicen. Ese hombre y esa mujer se quiebran.

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Orfa Alarcón sabe muy bien que la novela no dice, muestra. También sabe muy bien que los personajes que representan algo que no sean ellos mismos se vuelven de cartón y caen pronto en el estereotipo. Por eso en lugar de contextualizar a Fernanda y a Julio o en lugar de explicar su desarrollo hasta el punto en que entran en la vida del lector, Orfa los muestra en acción. Julio no es el Narcotraficante; Julio es Julio. Él puede mandar por la cabeza del enemigo o abofetear a la mujer que se le desbalaga, pero también es capaz de decir “te traigo bien adentro, Fernanda. Bien adentro”. Fernanda está inscrita en la universidad aunque rara vez se para por ahí. Va de compras al otro lado con su amigo gay. Cuando la sensación del poder propio aumenta, es capaz de tomar una pistola y ponérsela cerca a la mujer que osa molestarla en el tráfico de la ciudad: “¡Para que aprendas a no jorobarme, pendeja!”. Y aunque no sabe “cuáles hombres son más peligrosos, si los que ladran o los que se hacen los tímidos”, puede también asegurar ser ella misma, y esto sin bochorno alguno, “un animal hostil”.

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Se me acaba el espacio. No puedo dar por terminado este comentario sin repetir lo que dije cuando leí el libro por primera vez: Orfa Alarcón es, sin duda, la narradora que he estado esperando por mucho tiempo: valiente, certera, irreverente, muy ella misma. A Orfa no le tiembla la mano ni se le agüita el temple. Oíganme bien: denle becas a esta mujer, asegúrense que tenga tiempo para escribir. Las letras mexicanas y los lectores del mundo de habla hispana se los agradecerán. Yo, por lo pronto, también la sigo en twitter: @Orfa. Y estoy esperando desde ya su siguiente libro.

lunes, mayo 10, 2010

Ponte abusado, hijo mío (Diario Milenio/Opinión 10/05/10)


La capa del señor cura

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A veces la vergüenza más insoportable sobreviene por causa de otra menos penosa que inútilmente se trató de esquivar, para sorna de propios y extraños. Sucede mucho durante la niñez y adolescencia, cuando uno teme que hasta el mínimo error es susceptible de ganarle mala fama perpetua, y así esgrime una excusa que resulta cómica, o finge sin talento la indiferencia, o simplemente tartamudea, para risa y solaz de los presentes. Pero el festejo puro e inclemente pasa cuando ya no es un menor de edad, y ni siquiera un joven, sino alguna figura de respeto la que enseña la cola al defenderse. Un festejo enfermizo, de repente, cuando sucede que el sujeto patético, para más señas un alto clérigo, está hablando de curas que abusaron de niños. Duda uno entre reír y vomitar cuando se entera de las razones de los santos barones para justificar atrocidades por las que, en mi humilde opinión, la Santa Madre Iglesia, otrora tan severa en el castigo público, tendría que empezar por cortarle esas bolas tan azules a cada uno de los infractores. Insisto, nada más para empezar.

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Debe ser difícil, cómo no, mirarse ensotanado en el papel del bueno de la historia, y en tanto eso tener que hablar en público midiendo las palabras para no cometer un costoso miscast, pero de ahí a opinar ante un micrófono que a veces son los niños quienes provocan, o que la corrupción de la sociedad —y el colmo: su raíz— es responsable de unas atrocidades inimaginables para el común de los sencillos pecadores, hay un margen tan amplio de patetismo que cuesta imaginar a una beata de bien besándole la mano de nuevo a ese señor. ¿Será que allá en el campo, donde las diversiones escasean y se le teme a Dios con celo proverbial, las ovejas y chivas son culpables de que el pastor las monte, no exactamente para desplazarse?

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Agapito y la vergüenza

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Escribe estas palabras quien de niño asistió a misa puntualmente (desde que un accidente dominical convenció a mis papás del peligro de no ir a misa el domingo). Solíamos ir al Carmen, San Jacinto, Guadalupe Inn o la Emperatriz de América —es como las recuerdo, no he regresado— hasta que mi mamá consiguió que una beata me diera un curso de catecismo, todos los lunes en la penumbra infausta de una de las alas de la parroquia de Tlacopac. En los años siguientes, ya rara vez faltamos a las misas del padre Agapito. Me gustaría decir que fui el primer sagaz en descubrir que el nombre de aquel cura lo dejaba en principio mal parado en su rol de hombre grave y ajeno a fruslerías, pero hubieron de ser dos de mis amiguitos, curiosamente aquellos inscritos en escuelas religiosas, quienes soltaron las primeras risotadas y al chico rato ya le habían colgado al párroco de marras un rosario de apodos alusivos a ese nombre de pila tan vulnerable.

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Fueron también aquellos amigos persignados pioneros en el tema de la pornografía: capaces de robarle un Playboy a su padre y mirarle las tetas a su abuelita. Pero eran mochos, eso los absolvía. Se persignaban, cierto, algo menos de lo que se pintaban violines y mocasines, pero éstos, cuando menos entre nosotros, podían contarse con los dedos de un ciempiés. Al final, conseguían pasar por niños buenos no sólo ante sus padres y mayores, sino incluso ante mí, que en misa los miraba atentos al sermón o rezando con los ojos cerrados y sentía vergüenza de mi mala entraña, pues la única verdad era que me aburría insoportablemente de la primera a la última oración. Alguna vez —recuerdo, nebulosamente— dedicó su sermón el padre Agapito a fustigar a los creyentes vergonzantes, y sentí que ese látigo me alcanzaba. Puede que lo que menos me agradara de mis amigos mochos fuera esa manía mustia de encomendarse a Dios en voz bien alta por quítame estas pajas, cuando mi relación con El Crucificado solía transcurrir en silencio y a oscuras, en ese mismo espacio vergonzante donde a los pocos años —qué casualidad— floreció la lujuria como una religión inconfesable.

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Los límites del Gólgota

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Odio ser redundante, pero el recogimiento espiritual es capaz de engendrar espectros más tangibles, persistentes, chocarreros y seductores que la pornografía, pues mientras aquél siente lascivia por sus límites y cada noche sueña con saltárselos, ésta vive acotada por sus limitaciones, nuestra credulidad la más grande de todas. Cada vez que un ministro religioso alza su voz airada para justificar unas lujurias y condenar otras, no me queda sino otorgarle el mismo crédito que a la fornicatriz Jasmin St. Claire cuando aúlla de presunto placer entre media legión de garañones. Mienten todos, sin duda, aunque en algunos casos menos piadosamente.

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Francamente no soy capaz de imaginar al padre Agapito haciendo deshonor a su nombre. Como otros de su estilo, era un cruzado amable, incluso bonachón, aunque ya algo anticuado y demasiado adulto. No sin cierta nostalgia por aquellos domingos aburridos, lo imagino morado de vergüenza de verse precisado a dar una opinión en torno a los depredadores de sotana: gente que se ha saltado muchas trancas más de las que ha de cruzar un laico depravado para llegar a ese mismo lugar. Y lo imagino así porque le da la gana a mi salud mental, y porque pasa que el exceso de cruces tiene la inconveniencia de afear el paisaje y arruinar el skyline, y porque en todo caso vamos crucificándolos de uno en uno.

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Una vez más: nadie ha dicho que sea un trabajo fácil. Olvidemos, por tanto, en un ancho desplante de piedad laica, que el violador de niños es un cura que inspira confianza y emana autoridad. Digamos que es un hombre común y corriente. ¿Volvería uno a hablarle, así fuera su amigo o su hermano o su padre? ¿Lo solaparía? ¿Lo justificaría? Devolvámosle ahora al indiciado su papel de pastor espiritual, sumemos esas trancas saltadas con el rosario en la mano. Sumemos amenazas y chantajes y horrores infinitos perpetrados en el nombre de Dios. Encendamos los cirios. Evitemos la náusea y el mareo. Subamos hasta el púlpito del inquisidor. ¿Quién, que no sea un demonio, se anima a defenderlo?

martes, mayo 04, 2010

Tuit es racimo. 10:05 am (Diario Milenio/Opinión 04/05/10)

Primera definición del lugar:
Sala de emergencia del lenguaje:

twitter. 10:06 PM Mar 31st via web

Entran los personajes:
Despilfarradores, cariacontecidos, manirrotos, madrugadores, pródigos, desbocados, lenguaraces: tuiteros. 5:11 AM Apr 3rd via web

Big Drama Queens del teclado: tuiteros. 4:31 AM Apr 3rd via web

Médicos forenses de la oración: tuiteros. 10:06 PM Mar 31st via web

Caníbales del abecedario: tuiteros. 10:05 PM Mar 31st via web

Punto de vista de la autora:
Desde que estoy en Twitter, desconfío de los párrafos de más de tres líneas. 12:21 PM Apr 9th via web

Los buenos hábitos: antes era de carrera larga, ahora me disciplino para llegar a los 140. 12:20 PM Apr 9th via web

Todo empieza con las erráticas:
Ante la oración correcta, la frase errática. 6:52 AM Apr 15th via web

Me gustan las frases que llegan de la nada a romper la quietud de un párrafo. Remo contra lago. Piedra contra fondo de río. 10:53 AM Apr 15th via web

La frase errática lleva a la escritura a donde no iba. Extra-vagante. 10:31 AM Apr 15th via web

Pero errar es el objetivo. Manar. Exceder. Cimbrar. 6:57 AM Apr 15th via web

Cuando está de suerte, el tuit es ésa frase errática. 10:44 AM Apr 15th via web

La frase que llega de la nada siempre obliga a la pregunta: ¿quién enuncia? ¿desde dónde se enuncia? Entonces la lectura es diálogo. 10:55 AM Apr 15th via web

Siendo propia, la frase errática se produce como ajena. Un eco. 7:05 AM Apr 15th via web

En la frase errática el yo, de existir, es un mero reflejo. 7:06 AM Apr 15th via web

El campo magnético o apuntes para una teoría de la atracción:
Acaso la tarea sea producir un campo magnético capaz de atraer la visita efímera de las frases que vienen de la nada. 11:14 AM Apr 15th via web

Más que escrito, un texto/campo magnético atravesado por frases erráticas. 11:30 AM Apr 15th via web

El texto como un campo magnético: un montaje de atracciones: un campo de co-existencia. 8:16 PM Mar 28th via web

La tl-novela:
La tuitnovela es un TL escrito por personajes. about 16 hours ago via web

Como en cualquier TL, en la tuitnovela importa la manera en que un tuit se deja afectar/deformar por otro. about 16 hours ago via web

Un tuit verdadero contiene siempre el otro tuit que lo cruza. 9:15 PM Apr 23rd via TweetDeck

Un tuit verdadero no porta un mensaje sino un secreto. 9:10 PM Apr 23rd via TweetDeck

Más que enunciar algo, el tuit alude a otra cosa. Esa otra cosa es, precisamente, lo que el tuit no sabe: su propio punto ciego. 9:12 PM Apr 23rd via TweetDeck

Un tuit es un pacto (no necesariamente entre caballeros). 9:11 PM Apr 23rd via TweetDeck

La estructura no antecede a la TL-novela. La estructura (yuxtapuesta) y no la anécdota (lineal) es el descubrimiento de la TL-novela. about 15 hours ago via web

El tuit no permite desarrollar una idea (progreso) sino que contrapone varias (alegoría). Benjamin estaría encantado con esto. 10:07 AM Apr 18th via web

La TL-novela, pues, descubre la producción plural de una estructura. La TL-novela no cuenta. about 15 hours ago via web

@alisma_deleon Un TL es dialógico/corálico/ecóico: textos de distinta procedencia, principio de yuxtaposición, yo desdoblado. Creo. about 15 hours ago via web in reply to alisma_deleon

@javier_raya Analiza bien tu TL. Debe haber ahí un par de secuencias narrativas escritas por “personajes” que podrían extraerse ya. about 15 hours ago via web in reply to javier_raya

@psicomaga @javier_raya @criveragarza// {Obras de las divinidades del caos}>>hay cierto método en la yuxtaposición y, ergo, en el caos. about 15 hours ago via web in reply to psicomaga

Sospecho que quien sólo ve desorden en su TL, todavía no advierte el método de sus asociaciones más secretas. Ese latido.

12:46 PM Apr 28th via web

Ejercicios de estilo:
Su propia novelatuit: lea la novela, subraye los tuits, recorte los tuits, péguelos en otro papel. Tire el resto. Organice presentación. about 16 hours ago via web

Purga textual: lea una novela, subraye los tuits, borre todo lo demás. Voilá. about 16 hours ago via web

Un cuento es a veces un tuit dentro de contexto de otro tipo de muchas palabras. about 16 hours ago via web

Podría verse de esta manera: un artículo son tres o cuatro tuits rodeados de texto. about 16 hours ago via web

Interrumpimos la interrupción para decir:
El tuit que se deshace sobre la lengua. 9:14 PM Apr 23rd via TweetDeck

Relaciones Foráneas:
Por bienes separados, de mutuo acuerdo y por incompatibilidad de caracteres: divorcio FB/Twuiter. 8:58 AM Apr 23rd via TweetDeck

Divorcio entre FB y Twitter. En la repartición de bienes uno se quedó con la propaganda y el otro con la escritura. Se llevarán bien, creo. 8:26 AM Apr 23rd via TweetDeck

Segunda defnición del lugar:
Tuit es racimo. 10:05 AM Apr 18th via web

Twitter es la Zona Aledaña del Texto.

11:11 PM Mar 28th via web

El origen:
Uno empezó a escribir por otra cosa. A esa otra cosa es a la que hay que regresar. Siempre. 8:00 AM Apr 23rd via TweetDeck

La otra cosa de la escritura, que es su origen, habla siempre en voz baja. 8:21 AM Apr 23rd via TweetDeck.

Otra reflexión sobre Puebla- Pedro Ángel Palou(Diario El Columnista 04/05/10)

En nuestras anteriores intervenciones intentábamos poner el dedo en la llaga. Pero la llaga supura, requiere más que reflexión, acción. Y ese es el papel de la política (si tiene alguno) resolver las cosas. Alguien afirma que es el arte de negociar y la clase política mexicana (que no tiene clase, por cierto) está llena de anécdotas al respecto. Finalmente el problema no radica en la política, o su definición, sino en el poder y su maldición: las promesas se olvidan, los días se hacen cortos, los trienios y sexenios pasan veloces y un día el hasta hace poco candidato se descubre ya no sólo fuera de la silla que ocupó tres o seis años sino olvidado en un triste rincón, como la muñeca fea de Gabilondo Soler.
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El otro día viajé en el mismo avión que Diódoro Carrasco –en su momento todopoderoso gobernador de Oaxaca y secretario federal de gobernación. Nadie lo reconoció a pesar de su esfuerzo por pasar frente a todas las filas esperando un: “Buenas tardes, licenciado”, que nunca llegó.
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Es ley no escrita de la política mexicana debería hacer pensar a los candidatos –desde ahora, desde las campañas- que dado que el tiempo es preciado y los intereses obnubilan la única manera de pasar a la historia es hacer cosas. Cosas importantes, trascendentes, que cambien o modifiquen –no pasajeramente- el estado lamentable en el que nos encontramos.
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Los indicadores son claros: Puebla no va para ningún lugar, retrocede con prisa (no sólo se estanca, ojalá, regresa a ese pasado levítico que es su peor rostro: el de la cerrazón reaccionaria que dice: “Estábamos mejor cuando estábamos peor”, y lo pregona a voz en cuello.
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Sí, Puebla necesita un tren rápido –como no me he cansado de repetir-, ese sueño que se ha postergado desde Jiménez Morales por mafias de transportistas que perderían el suculento negocio. Sí, Puebla necesita un metrobús pero antes que eso necesita un reordenamiento radical del transporte público que es un cáncer con sus metástasis permanentes –las viejas combis-, una regulación que tenga en cuenta, principalmente al Centro Histórico, eje de la riqueza de la ciudad vía el turismo (nadie viene a Puebla para visitar La Vista). Se necesita un proyecto integral del Centro Histórico de la ciudad que rescate el comercio (no es posible que esté sólo lleno de Centros Joyeros y que el Zócalo parezca una plaza de armas de pueblito con todo y sus chisguetes). Son propuestas sensatas que empezamos a escuchar, pero hasta ahora propuestas aisladas que no se replantean la vocación de la ciudad y el estado, que no hablan de planes microrregionales y de rescates serios (de bosques, por ejemplo, pero también de actividades que fueron fuente de riqueza de aquellos lugares por décadas o incluso siglos).
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Como el elector al que se está buscando es urbano no hemos escuchado un plan integral en materia de desarrollo rural que integre la puesta en marcha de la modernidad de nuestro campo (sustentabilidad, agricultura orgánica, temas que agregan valor a las cosechas y a la larga producen desarrollo sostenido e ingresos para los campesinos. Ya basta de inventarnos el campo cada seis años con buenas intenciones. Hace tiempo escuché decir a Alberto Jiménez Merino que el principal problema a solucionar para el futuro inmediato de Puebla es el del agua. Oigamos a los expertos, por una vez. Allí está el Colegio de Posgraduados y la BUAP que desde hace años han hecho propuestas centrales en la materia, allí están las ONG´s de las que he hablado aquí –en la sierra norte y en la mixteca-, que han desarrollado comunidades enteras a través de la medicina tradicional, del replanteamiento de la artesanía. Se necesita reaprender a producir para poder hacer circular los volúmenes y las calidades que necesita el mercado global. No podemos seguir teniendo un campo que, eventualmente, se limita a la alimentación de traspatio.
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Las plataformas electorales –que tristemente les parecen a los institutos políticos mero trámite pues no podrían ser más pobres-, muestran a unas coaliciones sin ideas, sin creatividad, sin arrojo o empuje. Necesitamos escuchar ya –y creer que va a ser posible- un proyecto integral de una Nueva Puebla. Quien lo haga con absoluta contundencia, quien muestre que puede correr el riesgo y que está dispuesto a hacer de estos tres o seis años historia, ese ganará las elecciones, más allá de las encuestas (hasta dos días antes, en Baja California Norte, todo mundo decía que Hank era el ganador, incluidas por supuesto las encuestas: el electorado decidió otra cosa en una sorpresa enorme en contra de una de las fortunas más importantes del país, no pocas lecciones deberían sacar de esto los war romos de los candidatos).
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No tenemos un candidato en ninguno de los frentes –ni a diputados, si a esas vamos- con un carisma arrollador, que se lleve la elección por imagen. Es mejor, a la larga, porque permite que los candidatos saquen ideas, propongan cambios, se muestren confiables y confiados en su capacidad de sacar a Puebla del agujero en el que estamos enterrados. Es bueno, también, a corto plazo, porque nos evita la vanidad del líder mesiánico que se cree salvador por su carisma (al fin, gracia, según la etimología), y los hace necesitar del voto casa en casa, del voto que cuesta trabajo. En política la lealtad del elector se gana con sudor, con valentía. Ideas, muchas ideas. Hablar, hablar. Necesitamos escuchar. Y como lo he dicho también aquí: participar. Un foro estatal en serio, donde escuchemos incluso lo que los candidatos no quieren oír (ya de zalameros estamos hasta el copete, por cierto). Uno de al menos cinco foros. Este primero puede ser en general, de diagnóstico. Otros, los individuales, deberán cubrir: desarrollo rural y regional, turismo cultura y economías alternativas, otro desarrollo económico, inversión y empleo; uno más democratización y modernización del estado, una reforma política integral. En estos foros cabríamos todos y podríamos discutir, antes de votar, por una plataforma política seria. ¿Qué coalición tomará la idea y llevará mano?
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Una vez más debemos creer en la política, no en el nihilismo. Debemos creer que es posible hacer algo por Puebla. Si estos candidatos no están dispuestos a compartir ese sueño es probable que el votante mayoritario sea, de nuevo, el abstencionismo. Muchos seguiremos trabajando organizadamente para una mejor Puebla pero la plataforma para relanzar al estado se habrá quedado, nuevamente, oxidada, en el olvido. La política no es de los políticos, es de los ciudadanos, los verdaderos agentes del cambio. Aquel que tome en cuenta esta verdad incontestable habrá de hacer la verdadera diferencia.

lunes, mayo 03, 2010

Las neuronas de plomo (Diario Milenio/Opinión 03/05/10)

Herodes también fue niño
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Es la noche del 30 de abril y en la televisión aparece una escena escalofriante: ante los féretros de dos niños asesinados, miembros de la familia berrean presas de un desconsuelo vacío de respuestas. Poco después, aparece la madre señalando que no fueron los narcos, sino los militares quienes ocasionaron esas muertes. Por su parte, los militares se defienden afirmando lo contrario. Y arranca la polémica a nivel nacional: un torneo de pedradas entre repartidores de culpas. Tal parece que a uno debiera tranquilizarle saber que el fuego infame vino de los villanos y no de los guardianes del orden, como si fuese un hecho deliberado, cuando lo único evidente al sentido común elemental es que se trata de un accidente estúpido, en mitad de una guerra estúpida motivada por una legislación estúpida. Darle vueltas al tema de si a esos inocentes los mató la granada de los malos o las balas de los buenos, conduce a discusiones bizantinas que pueden ayudar a aliviar la conciencia, no así la estupidez original. ¿O será que pensamos que combatir el síntoma elimina per se la enfermedad?
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Espeluzna leer noticias como aquella de que “únicamente por precaución” ya se adiestra a los niños, en plazas de Chihuahua y Tamaulipas, a protegerse en caso de balacera, mediante simulacros donde aprenden a rodar por el piso y resguardarse. ¿Debería eso tranquilizar a sus familias? Vamos, si yo tuviera un hijo en esas condiciones ya estaría pensando en largarme de allí de cualquier forma, pero ésa no es opción para la mayoría; parece más plausible hacerse a la idea de vivir con la muerte encaramada y el Jesús en la boca, asumiendo que la vida es así y al fin y al cabo a todo se acostumbra uno. Sólo que en estos casos ni la muerte es bastante para ponerle fin a la zozobra. Escribe la española Judith Torrea, periodista y bloguera radicada en Chihuahua: “En Juaritos todo aquel que protesta o muere pasa a la lista —de las autoridades— de tener vínculos con el narcotráfico. Eso sí, sin investigar.”
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Inteligencia cero
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Hace ya muchos años que hablé de drogas con Joaquín Sabina. Se había metido, contó entre risotadas, varias rayas con esas impecables celebridades que de pronto salían en la televisión previniendo a la gente contra los estupefacientes, y al cabo remató con una sentencia irrefutable: “Quien es imbécil, con drogas es más imbécil”. ¿Y un imbécil con armas, me pregunto ahora, no es también más imbécil? ¿Y qué tal uno armado de millones de dólares fáciles? Nada lejos andaba de la verdad Frank Zappa cuando dijo que el elemento más abundante en la atmósfera no es el oxígeno, sino la estupidez. Es al menos ridículo declararle la guerra a un enemigo omnipresente para defender leyes que contribuyen a fortalecerle más allá de cualquier límite concebible. Al final, ser imbécil tiene sus privilegios, en especial para quien posee drogas, armas y dinero a granel.
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Hipocresías aparte, el de las drogas es un negociazo. El más grande y redondo del planeta. Hacer la guerra contra sus promotores no es menos que pelear contra potentados, que además son perfectamente reciclables porque business is business y esos changarros nunca estarán vacíos mientras la mercancía siga alcanzando semejantes precios. No es casual que los nuevos narcos resulten cada día más atrevidos y despiadados, cuando la guerra arrecia y los precios no paran de subir. Verdad es que los cárteles de la droga son organizaciones criminales, y en tanto eso es preciso combatirlos, aunque no necesariamente a sangre y fuego. Si se concede, pues, que este combate no es del todo estúpido, seguramente lo es la prohibición que mantiene los precios de las drogas por encima de la estratósfera. En el mejor de los casos, libramos una guerra inteligente al servicio de una causa estúpida. Creemos que un jarabe para la tos sirve para curar una tuberculosis, y el resultado se expresa en cadáveres. Gente muerta por nada y para nada en mitad de un infierno sin orillas.
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Por muertos no paramos
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Cada vez que me topo, en la columna diaria de Ciro Gómez Leyva, con los números tétricos de la guerra del narco, intento refugiarme, como Stalin, en la frialdad de la mera estadística. Puede que la más grande pesadilla de Hitler —quien para bien de todos era un estupidísimo estratega militar— durante el sitio de Stalingrado fuese la inagotable cantidad de reemplazos y refuerzos al servicio del ejército soviético. Al igual que los cárteles de hoy, el dictador disponía de infinitas reservas de muertos potenciales; por él, la escabechina podía prolongarse indefinidamente. ¿Cómo esperar, entonces, que en la guerra a los narcos disminuyan los números del muertómetro, si el negociazo sigue viento en pipa y abundan pobretones prestos a sumársele?
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No hay más que echar un ojo a la televisión americana, donde al menos la mota es pan de cada día y es un hecho que a nadie consigue asustar, para entender que todo apunta a una despenalización inminente. Mientras tanto, campea la hipocresía de la mano de la estupidez. Amigas entrañables, ya se sabe. ¿Cómo van a explicarse los padres de esos niños masacrados, de aquí a unos pocos años, que sus hijos murieron en nombre del respaldo a una prohibición idiota, o sea, insisto, por nada? ¿Consideramos héroes a los uniformados y civiles que murieron en aras de la ley seca? ¿Qué cantinero gringo no sentirá extrañeza de ver hacia un pasado ya remoto en el que su trabajo era un delito grave? ¿Qué pensarán todos esos soldados y agentes federales, luego de tanto tiempo de jugarse la vida, cuando lo que hoy combaten se vuelva legal? ¿Qué contarán las viudas a los huérfanos, “papá fue un héroe y murió por la patria”? ¿Qué porcentaje de civiles y niños inocentes debe recibir sobredosis de plomo antes de que se entienda que no salen las cuentas? ¿Es México un patio o un cuartel trasero? ¿Son respetables las leyes estúpidas, obsoletas y abusivas? ¿Hay para estas preguntas, pocas en realidad, mejor respuesta que balas y esquirlas?

martes, abril 27, 2010

Campañas sin ciudadanos- (Diario El Columnista 27/04/10)

En México –no es sólo privativo de Puebla-, los ciudadanos no podemos participar de la vida política (no hay nada menos ciudadano que un candidato ciudadano metido en un partido político, por favor). Nuestra participación se limita, tristemente, al acto electoral. Al mero hecho de elegir entre una u otra persona para el cargo. Al no tener ninguna figura jurídica de contrapeso ciudadano –plebiscito, referéndum-, al no ser consultado posteriormente sobre aquellos asuntos cruciales que no estuvieron en la plataforma electoral, lo más penoso es que los actos de gobierno son entonces, en su inmensa mayoría, antidemocráticos.
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¿Y qué sabemos los electores de Puebla sobre las dos coaliciones que compiten hoy por la gubernatura? Por un lado, lo que publicitan, la mercadotecnia electoral. A vuelo de pájaro lo allí propuesto es meramente asistencial (pa que te alcance, quinientos pesos a los adultos mayores, banco de la mujer o créditos a la palabra para la mujer, quitar la tentencia, Internet en todo el estado, útiles y uniformes gratis, un tractor por cada diez hectáreas y un sin fin de etcéteras). Allí los ciudadanos hemos sido prostituidos por la mercadotecnia. No se nos convence, se nos compra. Y votar significa elegir, solamente al mejor postor, a quien más me va a dar. El problema central de estas propuestas es que no contienen ningún viso, ningún atisbo de desarrollo económico o social. No se nos explica cómo –o de dónde- se sacará el dinero para esos programas, un dinero que es originalmente del individuo que paga impuestos, no del estado que sólo lo redistribuye. No se nos dice, alternativamente, cómo vamos a hacer de Puebla un mejor estado que nos permita vivir mejor, quizá algún día sin necesidad de que me regalen los uniformes o un tractor.
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Y allí está a mi juicio la clave del futuro próximo para nuestro estado, en el desarrollo. No podemos votar por un instituto político o una coalición de los mismos que no nos diga, claramente, qué va a hacer económicamente y cómo lo va a hacer. En otro momento hablábamos aquí mismo de las vocaciones regionales ( y de la vocación misma, comercial de sector terciario) de Puebla. ¿Cómo atraer inversión y producir empleo? La clave del capitalismo es la circulación. ¿Cómo va a haber menos pobres en Puebla? ¿Cómo se hará circular el dinero y le llegará directamente a las familias para que verdaderamente les alcance sin necesidad de hacer pequeño el monedero? ¿Cómo lograr que la perspectiva para un joven serrano o de Piaxtla a los doce años no sea emigrar a Estados Unidos y vivir en Puebla York?
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¿Cómo utilizar la educación como pivote del desarrollo? ¿Cómo utilizar la capacitación permanente para reorientar a gente desempleada, a personas que perdieron sus negocios, que han sido defraudadas? ¿Cómo trabajar codo a codo con la gente por primera vez? En una palabra: cómo reaprender a gobernar.
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Me gustaría, como elector, ver que mis candidatos son ellos mismos la encarnación de esos ideales democráticos de los que hablo. Ver que desde la campaña misma se bajan del pedestal de sus asesores y coordinadores y escuchan. No se trata de un debate –aunque varios debates no estarían del todo mal en un contexto no mediatizado de la política. Y no se trata de ello porque el debate en México –culpa de Fernández de Cevallos, pero también del duopolio televisivo- es un combate mediático. Se mide quién ganó como si fuera un duelo Chivas-América, y no quién propuso mejores ideas. En el último debate federal, por ejemplo, ganó en realidad Patricia Mercado, pero su partido político hoy mismo ha desaparecido, y con él la alternativa de una socialdemocracia en México. Entonces el debate y su formato (y tristemente lo que el ciudadano ya espera de él, una lucha libre a tres caídas y con límite de tiempo, sangre…) no agregan nada a la democratización de la campaña electoral misma que propongo.
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Tampoco se trata de ir mostrando músculo –ya sea por la cantidad de personas que llevo a mis mítines o por la calidad de ciertos grupos, por ejemplo de empresarios, que me apoyan. Eso es en sí mismo también antidemocrático (¿cuántos de los que están en el mitin fueron por gusto? ¿los gremios de empresarios no tienen intereses en cierto candidato y por eso lo apoyan públicamente sin empacho?). Se trata de estar con la gente, de ponerle atención. Eso es atender, un verbo que está fuera de la política actual, tristemente. ¿Alguien sabe qué quiere esa señora de Acatlán que sigue soplando en su anafre, indiferente a los actos públicos, a las miles de pancartas, bardas, espectaculares? ¿Alguien ha ido a preguntarle, señora, qué espera usted de nosotros?
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Los partidos políticos hace tiempo que no cubren los intereses de los ciudadanos, que no los representan (de allí que las coaliciones no estén del todo descabelladas), Alain Touraine hizo un análisis excepcional al respecto. Pero eso no significa que los ciudadanos no tengan intereses, anhelos, necesidades. O los buscan en otro lado o simplemente descreen de la política y dejan de participar. Es un error –quizá la más grave miopía del capitalismo salvaje- pensar que el ciudadano es un individuo (la persona si es un individuo, y de todas maneras con intereses familiares, profesionales, etc.), que actúa solitariamente. Los ciudadanos nos agrupamos y reagrupamos una y otra vez: con vecinos, con gente que comparte mis intereses, en asociaciones profesionales. Y es esa participación gregaria la que vale la pena en política. Hace décadas que en México las ONG que trabajan e inciden en la protección al medio han hecho una labor excepcional, muchas veces traducida a políticas públicas otras no tanto. Han hecho más que el Partido Verde por la conservación y el desarrollo. Han enseñado, por ejemplo, a las comunidades rurales a vivir del bosque y por ende, a reponer el bosque. Práctica ancestral que se nos había olvidado. Hoy hay cooperativas –pienso en Cuetzalan, simplemente- que trabajan casi en todas las áreas, desde el desarrollo rural hasta la artesanía pasando por la tradición oral y la medicina tradicional y empiezan a poder vivir de ello. Volviendo a su cultura –la cultura da trabajo- han podido obtener riqueza, eso es la verdadera sustentabilidad.
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¿Y mientras tanto a usted alguien lo ha tomado en cuenta?

Ansextonización literaria (Diario Milenio/Opinión 27/04/10)

No fue hace mucho en realidad que el medio literario se debatía entre otorgar o no el estatus de literario a obras que se realizaban, y esto sin ambages, alrededor del yo. Todavía no estaba de moda lo autobiográfico y faltaba algo de tiempo para que el non-fiction estableciera su reinado a través de los variados usos de plataforma 2.0. En América Latina, por ejemplo, el debate se llevó a cabo a través de la así llamada literatura testimonial que, desde un inicio, se movió hacia la izquierda y se alió con las que ahora llamaríamos subjetividades subalternas: mujeres, indios, negros, niños, gays y queers. En Estados Unidos sus representantes más explícitos fueron a menudo minorías y mujeres. La poeta Anne Sexton reinó sin lugar a dudas sobre todos ellos en sus orígenes con una poesía eminentemente confesional donde los rastros de su vida física y psicológica eran evidentes. El statu quo en todo caso veneraba la tercera persona del singular —el objetivo él o ella detrás del cual quedaba oculta la historia personal— y aducía que la primera persona —el subjetivo yo que mostraba y se mostraba en cada historia— exhibía una relación primeriza si no es que torpe o, peor aún, nula con el lenguaje. Resultaba común oír entonces, y esto como un argumento en no pocas ocasiones académico, que las distintas narrativas del yo —de la confesión al testimonio, de la autobiografía al diario— le restaban valor a lo literario o no alcanzaban el valor de lo literario, como si lo literario hubiera sido o fuera una forma de plusvalía, un valor añadido a fuerza de esdrújulas y citas cultas. El hecho de que mucha de esta literatura fuera escrita por hombres y mujeres pobres o raros, con tonos de tez oscura y sexualidades diversas que, además, tomaban la pluma, o el teclado, sin el amparo del pedigree de las distintas élites hizo que la causa se volviera, desde un inicio, polémica. ¿El yo? Puaf. Asunto de mujeres o iletrados. Último recurso de la chabacanería. Materia prima, si acaso. Sentimentalismo. Experiencia en bruto y bruta. Inocencia. Next.
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Les cuento, por supuesto, de otro mundo. Era otro siglo. La gente mandaba cartas en hojas manuscritas y utilizaba la lengua para humedecer los timbres postales. Si tenía prisa, esa misma gente enviaba telegramas: 30 palabras de no más de 10 caracteres por texto. Oulipo eterno. Todavía no existían los teléfonos celulares y el servicio de Telmex, tan malo entonces como ahora, ciertas cosas no cambian nunca, reducía el número de aparatos a unos cuantos por cuadra. Nos comunicábamos, todo parecía indicarlo así, a través de una forma ancestral aunque efectiva de telepatía. Llovía a sus horas y en el verano. Paz estaba vivo todavía. Nadie menor de 40 publicaba en Fondo de Cultura Económica y pocos en realidad podían atravesar sus puertas. Los que nacíamos en provincia nos íbamos al DF para poder estudiar o cotorrear, como entonces se decía, a gusto. Unos cuantos editores decidían qué y cómo y cuándo se publicaba en el país.
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Bueno, el tiempo pasó, como dicen los narradores. Yo me resistí a todo, pero igual caí en todo: del blog al Twitter, pasando por el celular. Me convertí, y esto lo digo con gusto, en una integrante más de esas hordas que tomaron a la pantalla por asalto y se saltaron, no sin una risilla cómplice, las viejas jerarquías. Como todos los que han hecho de la plataforma 2.0 su casa, también caí en el yo. El yo del non-fiction. El yo que, siendo a de veras, es como siempre una invención. Y viceversa. Hasta llegué a armar talleres sobre la novela de lo cotidiano —que no era otra cosa más que la aplicación de los principios del blog al papel. La materia de la novela es la materia de todos los días, dije en no pocas ocasiones. Lo que hace la estructura de la novela es filtrar.
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El caso es que mientras caía con gusto y gracia en las jornadas disímbolas del alfabeto del yo, me fui dando que los compañeros de viaje no sólo iban en aumento sino que también empezaban a ser distintos. Enrique Serna, que había escrito al menos dos novelas históricas con gran aceptación de la crítica y el público lector, incluyó un capítulo personalísimo en Fruta Verde, su libro todavía más reciente. Xavier Velasco publicó Este que ves, en cuya portada decidió colocar un óleo que, según creo recordar, colgaba en las paredes de su casa paterna. Jorge Volpi escribió unas memorias a las que intituló El jardín devastado. Y, más recientemente todavía, Rafael Pérez Gay entregó un libro híbrido, un libro que me atrevería a calificar de experimental, en el que yuxtapone con acierto la crónica, la investigación histórica, el relato de viajes e, incluso, acaso sobre todo, el relato íntimo. Es un libro que, justo como la vejez que persigue amorosamente y atestigua con rigor, dubita y tiembla. Cosa viva. Letras como honda y como piedras. En Nos acompañan los muertos Rafael Pérez Gay es Rafael Pérez Gay y, cuando se echa a llorar, al lector le quedan pocas alternativas además de echarse a llorar con él.
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Todo parecería indicar que los autores más diversos hacen ahora lo que la filósofa argentina, Sibilia, argumentaba que hacen los no-autores de la era digital: una extraña pero sugerente combinación entre el culto a la personalidad y una noción alterdirigida del yo dentro de un régimen de visibilidad total ha provocado que cientos de miles de seres poshumanos se lancen a transmitir mensajes escritos sobre lo que les acontece en ese justo y pompéyico instante a través de las distintas posibilidades que ofrece el soporte Web 2.0. Y, en el proceso, pasa lo que tenía que pasar: hombres y mujeres, raros o no, subalternos o no, descubren, o reclaman, que tienen un yo y que ese yo también tiene una historia —personal, íntima, con frecuencia sentimental— que contar y, naturalmente, la cuentan. Estamos presenciando, y digo esto con profunda seriedad, la annesextonización de la literatura mexicana. Interesante resulta por supuesto que, ahora que el yo es masculino, los debates alrededor del valor literario de estos libros pasen por otro tamiz. Es otra época, en efecto. Las reglas, aunque poco pero por fortuna, van cambiando. ¿Mi veredicto? Si el asalto a la primera persona del singular se sigue dando como en los cuatro libros citados arriba, yo los seguiré leyendo.

Unidos por la historia 5 - puntos sin retorno - 6

Unidos por la historia 5 - puntos sin retorno - 5

Unidos por la historia 5 - puntos sin retorno - 4

Unidos por la historia 5 - puntos sin retorno - 3

lunes, abril 26, 2010

Unidos por la historia 5 - puntos sin retorno - 2

Unidos por la historia 5 - puntos sin retorno - 1

Crónica de un contubernio (Diario Milenio/Opinión 26/04/10)

El arte de dominguear
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Escribo esto en domingo, día difícil y hasta tortuoso para quienes de pronto no sabemos llenarlo. Trabajar el domingo en lo que a uno le gusta es acaso el camino más eficaz para evitarse el peso de esas tardes huecas y solitarias donde meterse un tiro parecería un acto de autoayuda. O cuando menos eso pensaba entonces (hará ocho, nueve años), ya se sabe lo que divierte la exageración, especialmente si han sonado las seis de la séptima tarde y uno se carcajea en compañía de un antiguo amigo afectado por neurosis afines. Hasta donde recuerdo, en rigurosa low definition, transitábamos por la hora del suicidio con esa ligereza sospechosa que le permite a uno reírse hasta olvidar de lo que se reía. Pero, obsesos al fin, viciosos del trabajo incluso en el asueto (entre otras cosas porque nunca supimos diferenciarlos), consumíamos al final el domingo hablándonos de nuestros proyectos. El mío, una novela en forma de estupefaciente literario. El suyo, una colección de canciones crudas, intensas y socarronas, hechas para agitar con extrema rudeza la osamenta.
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Sólo para maniáticos
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Conocí a Paco Huidobro cuando aún no salía de la preparatoria y ya era buen amigo de la mala vida. Vivía yo asilado en una casa gigantesca que a una provocación se convertía en tugurio tumultuario, tal vez bajo el influjo de un estilo Mauricio Garcés tardío que invitaba a excederse en la golfería. Recuerdo a Paco —diecisiete años en extremo precoces, la melena hasta casi la cintura y los ojos burlones de quien se hará tu amigo sólo después de haber sido tu cómplice— tocando el timbre comúnmente a deshoras, al tanto de que aquellas horas libres de manecillas eran en esa casa no sólo hábiles, sino de hecho abusivas y voraces. Ya manejaba entonces un humor negro totalmente incorrecto, cínico y criminal, motivo más que bueno para invitarlo a fiestas grandes y pequeñas, pero tenía asimismo otras destrezas: componía canciones y rascaba la guitarra como un maniático. Pronto, su banda —Fobia— ya tocaba en el patio de la casa, con algo más de mil fulanos delante.
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Ignoraba yo entonces que las manías sonoras de Huidobro se remontaban a su más tierna infancia, cuando sus pasatiempos favoritos eran tenderse en el pasto y cerrar los ojos cerca de los columpios (para oírlos rechinar a destiempo, como una sinfonía randomizada) o abrazarse a la aspiradora de la casa (para crear sonidos en la cabeza siguiendo los ciclos del motor). Me tomó un par de años de vida crápula compartida dar por hecho que antes que guitarrista, compositor, letrista o libertino, mi sardónico amigo era un artista. Es decir que él tampoco iba a ir atrás en la resolución de vivir improductivamente (cuando menos de acuerdo a los estándares del yuppie que ninguno servía para ser), antes dispuestos a inventarnos la ruina que a seguir instructivos infumables.
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Adagios y contagios
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Volviendo al 2001 en su casa en el Limbo (“un pueblo sin iglesia”, le divertía informar a sus invitados), de camino al Desierto de los Leones, Paco dormía apenas a unos cuantos metros de la consola y los demás aparatos (casi siempre encendidos, no fuera a ofrecerse algo a media holganza). Era allí donde a veces me invitaba a escuchar una nueva canción de su proyecto, antes o después de bombardearlo yo con las recientes peripecias de una musa zorrísima a la que había puesto el nombre de la rusa intrépida que conocí en la calle luego de, cierta noche, haber salido de chez Huidobro con la cabeza repleta de música: Violetta. ¿Y no era acaso su cd de Stereo Total el que sonaba en el coche esos días besucones, y continuó sonando hasta el fin de la novela? El punto es que jamás lo planeamos, pero nuestros proyectos crecieron a su modo entrelazados. No fue casualidad que una noche me llamara de Amsterdam en alto estado etílico sólo para informarme que acababa de ver a Iggy Pop y no sabía bien a bien distinguir entre eso y el sentido de la vida.
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“Desde hace un tiempo todo me ha salido mal, es como mi segunda casa este hospital: la enfermera, el terapeuta y muchos ceros en la cuenta me aconsejan que me olvide de ti”, rezaba una de aquellas canciones que iban cambiando de piel y entrañas conforme los encuentros dominicales se sucedían. Y como resultaba que la banda Fobia había desaparecido de la escena merced a las argucias de la disquera, el exilio en el Limbo exigía dosis extremas de fe. A saber si para ese contagio elemental nos servían las tardes domingueras (siempre ayuda saber que hay otro desquiciado en la misma ruleta). Pues a mi juicio aquellas canciones no podían ignorarse, una vez que lo habían parado a uno del sarcófago: “Le pregunté a un amigo, al doctor chino y al rabí, hice llorar al güey del taxi hablándole de ti; el macho de Jalisco y el marica en San Francisco me aconsejan que me olvide de ti”.
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Imposible olvidar la noche del 14 de diciembre de 2002, cuando al fin terminé de escribir la novela y horas más tarde, ya entrada la noche, Huidobro debutaba con esa nueva banda: Bikini. No fue casualidad que ellos mismos tocaran en la presentación de mi novela, como tampoco lo era que una de las canciones (la letra la había escrito diez años antes) llevara justamente el nombre del libro, Diablo guardián.
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Hoy día, aquella banda es conocida con un nombre a la altura del humor negro púrpura de marras: Los Odio. Ante el pasmo y torpeza de las disqueras que nunca antes supieron qué hacer con ese intenso proyecto respondón, Los Odio —ya no tres sino cinco, tras el fichaje de Tito y Quique— han persistido y al fin esas canciones llegaron a un cd. Y hoy mismo, que es domingo, termino de escribir estas palabras antes de que Huidobro pase por mí para ir al festival Vive Latino, donde Los Odio (un bandón, debería decir) habrán de sonar por ahí de las ocho de la noche. Puesto en otras palabras: qué emoción.

viernes, abril 23, 2010

Ciudad Juárez. Con nosotros muy cabrones, con el narco maricones. El dolor de Ciudad Juárez como símbolo del país. (PODER 360°-domingo 8/04/10)

La que el propio Calderón llamó guerra contra el narcotráfico, ha demostrado su inoperancia y su costo social y político. Hoy algunos analistas –y la gente de a pie, aunque ninguno haya aportado pruebas contundentes– cree que el gobierno actual ha apoyado y protegido al Chapo Guzmán y desmantelado sistemáticamente a los otros carteles. Sicarios abundan. La nueva moda son las pandillas juveniles –y formas sucedáneas de los maras, grupos tatuados como Los Aztecas– contratadas para matar en nombre de un cártel o un grupo de narcotráfico. La liga, La Familia, Los Zetas, no importa cuáles.
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En México amanecemos hoy, todos los días, con una nueva noticia escalofriante. En una fiesta asesinan a 16 adolescentes, en un velorio matan a varios de los asistentes, con frialdad, escogiendo a las víctimas. Afuera de una fiesta infantil asesinan a tres personas ligadas al Consulado de Estados Unidos. Todo esto dentro de la ciudad más violenta de México y quizá, hoy, de todo el continente americano. Ciudad Juárez es un cáncer, un símbolo, un reto.
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Cada fin de semana al menos 20 personas, muchas de ellas civiles –como los estudiantes becados por calidad académica muertos por error en el Tec en Monterrey– son asesinadas en nuestro país, no sólo en Chihuahua. La geografía de la guerra no conoce fronteras o estados.
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El gobierno no se cansa de estigmatizar, primero: son sicarios, criminales. Muchas veces tiene que disculparse pronto porque el fuego cruzado ya nos alcanza a todos. Slavoj Zizek, el gran teórico contemporáneo, habla de la violencia sistémica, la que el gobierno se encarga de convertir en plataforma política y en prueba de su capacidad. Nosotros a ese discurso lo llamamos aquí mismo inseguirismo. Sin embargo, cuando el gobierno desata una guerra que no puede ganar los índices de popularidad se caen estrepitosamente.El gobierno de Calderón no ha sabido contarnos una historia paralela a su guerra. No ha sabido convencer. En su última conferencia de prensa en Ciudad Juárez, los distintos representantes –federales, estatales, municipales– se encargaron de repetirle a la gente que ha disminuido el crimen.
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Nadie cree esto, aunque estadísticamente sea comprobable, porque no hay una narrativa paralela a la guerra que haga coherente el esfuerzo. No hay la capacidad del gobierno de decirnos que todo esto tiene un objetivo coherente y, sobre todo, un final próximo.
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Si un día se van los militares de Ciudad Juárez, qué pasará, se pregunta la gente. A muchos que he entrevistado –desde taxistas hasta maestros universitarios, pasando por comerciantes y estudiantes– les parece que si se desmilitariza disminuirá la violencia. Es decir que la gente, para decirlo en español, ve más caro el remedio que la enfermedad. Yo no creo que a estas alturas la desmilitarización, per se, arreglará las cosas, de la misma manera que la salida de las tropas estadounidenses de Iraq no arreglará el país ni detendrá la violencia. Sería simplista pensarlo.
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Lo que urge, entonces, es una estrategia de mediano plazo que muestre la posibilidad de tener un efecto positivo. Lo que urge es que, además, la gente crea en ella y que la percepción (que los comunicólogos nos han repetido en las últimas décadas, crea la realidad) se modifique radicalmente.
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Según la demoscopista María de las Heras, seis de cada 10 personas cree que las visitas de Calderón a Ciudad Juárez obedecen sólo a la necesidad de mejorar su imagen, no a un legítimo interés por cambiar las cosas. Una madre doliente por uno de esos niños muertos en un fuego cruzado se lo dijo directamente: “No es usted bienvenido, señor Presidente”.
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¿Es un tema de percepción solamente? No lo creo. Lo que sostengo es que pasa por la percepción, pero se necesitan acciones reales, coherentes y concretas que nos convenzan a todos. Como en la Chiapas del EZLN, ahora en la Chihuahua secuestrada por la violencia el presidente reconoce que la guerra no ha dado frutos positivos y anuncia gasto social como solución. Me pregunto si ese gasto social se quedará en asistencialismo. La economía de las familias no se mejora por decreto. Hoy matar a alguien en México es fácil. Los expertos dicen que no cuesta más de 3,000 pesos el encarguito. Empleo, empleo y más empleo, pero con circulación de capital, educación y becas, suena bien pero no en una ciudad y en un país casi entero, para quien la única esperanza de futuro está en cruzar el Río Bravo.
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El FBI participa –y cinco agencias más– en el esclarecimiento de sus propios muertos. La secretaria de Estado, Hillary Clinton reconoce la responsabilidad compartida (pensemos sólo en la venta de armas de la frontera), dice que la cooperación económica se dará de manera más expedita. Todo esto son buenas intenciones, claro, pero lo que se necesita es una estrategia que funcione, insisto. Y se necesita ya.
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Por eso la mejor frase de estos tiempos es la de los jóvenes que en una de las visitas presidenciales querían protestar y fueron impedidos por el Estado Mayor. “Con nosotros muy cabrones, con el narco maricones”. Ésa es la percepción y, lamentablemente, la realidad para muchos mexicanos en el balance de la guerra idiota contra el narco.