lunes, enero 25, 2010

Los dos Méxicos-TRIBUNA: JORGE VOLPI (El País 26/01/10)

La democracia mexicana tenía uno de los regímenes laicos más sólidos del planeta. Ahora su derecha pretende devolverle a la Iglesia católica el papel de guardián de las conciencias y árbitro de los asuntos públicos
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Así como España parece no lograr sustraerse a la maldición de hallarse dividida en dos mitades, siempre enfrentadas entre sí -una simplificación burda pero no del todo errónea las identifica como comunistas y católicos-, el México de principios del siglo XXI se acerca peligrosamente a una partición semejante. No se trata de una guerra de ideologías, acaso porque éstas se deslavaron de manera tan drástica en la pasada centuria que ya nadie se atreve a esgrimirlas sin ruborizarse, sino de una confrontación moral, lo cual en nuestra época supone quizá la expresión última de la política.
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Desde la caída del muro de Berlín, las diferencias entre izquierda y derecha se han vuelto cada vez más tenues: las medidas económicas de uno y otro bando apenas se distinguen, e incluso sus políticas sociales han tendido a confundirse entre el populismo y el asistencialismo. Pero existe una drástica excepción: el resurgimiento de la defensa de la "moral pública" -especialmente sexual- en el seno de la derecha. Cuando Malraux afirmó que el siglo XXI sería religioso o no sería, podría haberse referido a esta mutación en el discurso político contemporáneo. Mientras el siglo pasado fue esencialmente laico -o, para decirlo de otro modo, fue la época de mayor retroceso de las iglesias en la historia-, nuestra era posee una honda impronta religiosa: sea el islamismo en Asia y África, el fundamentalismo cristiano en Estados Unidos o la renovada fortaleza de la Iglesia católica en Europa meridional y América Latina, sus obsesiones no sólo han seducido a numerosos grupos de poder, sino que han llegado a convertirse en uno de los centros de la discusión pública.
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Que incluso en Francia, la nación laica por antonomasia, la derecha populista de Nicolas Sarkozy esté intentando darle la vuelta a su propia tradición, resulta por demás preocupante. El llamado "laicismo positivo" no sería, en este caso, más que el escudo para permitir la expansión religiosa; la idea de promover desde el Estado "a todas las religiones" traiciona el verdadero espíritu de la laicidad, cuya vocación es separar por completo a las iglesias -cualesquiera que éstas sean- del Estado, no el de convertir a este último en un promotor de todas ellas en circunstancias de supuesta igualdad.
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Desde mediados del siglo XIX, México se había caracterizado por poseer uno de los regímenes laicos más sólidos del planeta: las Leyes de Reforma separaron al Estado de la Iglesia y confinaron a esta última a la esfera privada de los ciudadanos. Sin duda se les puede achacar una infinita cantidad de defectos a los Gobiernos mexicanos que se sucedieron desde entonces, pero el laicismo es uno de sus pocos logros inequívocos, pues permitió el desarrollo de una sociedad más abierta y menos dependiente de los chantajes ultraterrenos. Pero en 1992, en un intento por conseguir nuevas alianzas, el presidente Carlos Salinas de Gortari decidió reestablecer las relaciones entre México y el Vaticano y, desde ese momento, la Iglesia católica se apresuró a retomar su papel de guardián de las conciencias y comenzó a opinar de manera cada vez más enfática sobre asuntos de interés público.
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El triunfo del Partido Acción Nacional en el 2000 ensanchó aún más su campo de acción. Si bien su fundador, Manuel Gómez Morín, era un católico liberal que confiaba en el Estado laico, el PAN no tardó en volverse un refugio para grupos profundamente conservadores (como ocurre con el PP en España), cercanos a las posiciones más intransigentes de la Iglesia. Ello ha permitido que, si bien a nivel federal el partido mantiene una estrategia más o menos moderada, en muchos Estados el PAN permanece bajo el control de católicos radicales, los cuales no han dudado en impulsar la agenda de la Iglesia en sus gobiernos y congresos.
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Así, mientras la ciudad de México, gobernada por la izquierda de manera ininterrumpida desde 1993, se ha convertido en uno de los mayores bastiones de libertad moral y sexual del planeta -recientemente se aprobó una ley de plazos para el aborto y el matrimonio homosexual con posibilidad de adopción-, en el resto del país, el PAN, aliado de manera escandalosa con el PRI -cuya principal dirigente se precia en público de ser feminista y en privado de apoyar al movimiento gay-, se ha dedicado a aprobar normas que no sólo retroceden frente a legislaciones anteriores, sino que llegan a penalizar de las maneras más severas a las mujeres que abortan, incluso en caso de violación, sólo porque así lo exige la Iglesia. Y, por supuesto, han impedido que el tema del matrimonio homosexual siquiera llegue a tocarse como una posibilidad cercana.
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Como muchas sociedades de origen católico, México en su conjunto sigue siendo una sociedad machista y homófoba, pero en la cual el respeto a las decisiones individuales ha comenzado a ganar cada vez más peso. El reciente caso de un comentarista de televisión que se atrevió a calificar la homosexualidad como una patología dejó entrever algunos de nuestros prejuicios más arraigados: la polémica posterior no sólo dejó en evidencia la intolerancia de los sectores conservadores del país, sino que también dio lugar a las biliosas respuestas de grupos supuestamente progresistas que en ningún momento se detuvieron a defender, como otro valor fundamental de la democracia, la libertad de expresión. Aun así, no hay que soslayar todos los avances: como señaló una encuesta reciente, puede ser que, preguntados de manera expresa, muchos mexicanos se opongan al matrimonio gay; pero, si se les pregunta sobre la discriminación, una amplia mayoría privilegia la libertad individual por encima de cualquier otra consideración.
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Aunque no queramos verlo, ésta es la verdadera guerra que se libra en México: la de quienes se empeñan en limitar la libertad individual -los sectores radicales del PAN, la Iglesia católica y sus aliados-, y quienes, desde la izquierda o la derecha, intentan establecer políticas públicas auténticamente liberales con el fin de protegerla. México se fractura, pues, en dos mitades: de un lado la capital que, más allá de la larga cadena de errores de la izquierda mexicana, se convierte en ejemplo para el mundo, y del otro cada vez más Estados de la República donde se aprueban reformas que, en aras de proteger la vida desde el momento de la concepción, penalizan a las mujeres y discriminan a los homosexuales.
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En México, la democracia ha sufrido un vertiginoso desgaste desde el año 2000, y una de sus consecuencias ha sido ver en nuestra nueva pluralidad un terreno fértil para la reaparición pública de la Iglesia. En una sociedad moderna cualquiera puede expresar sus opiniones -qué duda cabe-, pero ello no implica socavar el laicismo ni abrir debates públicos sobre temas como la libertad individual o los derechos humanos, como llegó a sugerir la dirigente del PAN en el DF.
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Una democracia funcional no implica que todos los asuntos deban resolverse a través de consultas o referéndums -o, en el otro extremo, de marchas y manifestaciones en un sentido o en otro-: estos instrumentos de la democracia directa a veces resultan terriblemente destructivos para la propia democracia, como se ha podido comprobar en Venezuela y otras partes. La libertad individual no puede estar sujeta a debate: el Estado ha de garantizar y proteger los derechos de las mujeres y de las minorías -en este caso, de las minorías sexuales-, lejos de cualquier debate populista. Y debe confinar la discusión a términos científicos y sociales, ajenos ya no a la fe -Cristo jamás dio instrucciones sobre el aborto o el matrimonio homosexual-, sino a la manía secular de una institución, la Iglesia católica, por regir la vida sexual de todas las personas, incluso de aquellas que no comulgan con sus creencias.
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Jorge Volpi es escritor mexicano.

El gallo desobediente (Milenio Diario/Opinión 25/01/10)

Camelia nunca existió
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Hay palabras que al paso de los años van invitando a cierta ternura. Si antes intimidaron a quien pudieron, el tiempo les ha ido creando grietas que al cabo terminaron por su recortar su alcance y entrecomillar su poder. Censura es una de esas palabras. A estas alturas del destape planetario, sólo una tiranía se empeña en imponerla, pero hay tal cantidad de rendijas abiertas y por abrir que vale preguntarse en qué momento la maquinaria empezará a soltar tiros por la culata. ¿Quién va a censurar nada, con internet ahí, sin arriesgarse a que sólo por eso la información temida se multiplique a estándares virales? No deja de hacer gracia que aún quede quien suponga beneficioso castigar con el peso de una ley pueblerina a los autores de esas canciones épicas que narran las historias de famosos traficantes. Vamos, de ahí a pedir una investigación sobre el asesinato de Emilio Varela, no debe ya de haber tanta distancia. Valdría preguntarse si no una ley así terminaría por estimular el feliz desarrollo del género. ¿Quién, que fuese un bandido de renombre, no soñaría con pagarse su propio corrido clandestino? ¿Qué fiesta de malandros no alcanzaría el rango de fiestón apenas resonaran los acordes de la primera épica maldita? ¿Habría retenes para checar los iPods, o traerían bluetooth en las patrullas?
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Con la lógica de los narcocensores, habría que proscribir unas cuantas novelas de Elmer Mendoza, y ya entrados en gastos meter tijera en todo lo relativo al tema. Prensa, televisión, ficción y no-ficción. Pues lo cierto es que traficar narcóticos es un negocio fuera de lo común, y eso basta para que sobren los intrépidos hambreados dispuestos a jugarse pellejo y destino con tal de verse ricos y respetables. Suponen los censores que los niños que crecen rodeados de viciosos y proveedores nunca van a enterarse del negociazo que es comerciar con ciertas golosinas ilegales, si ellos logran sacar el tema de la agenda, como se extirpa un órgano podrido.
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Empecemos por Hollywood
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Dicen los enemigos de los “narcocorridos” —expresión redundante y cacofónica que ignora los poderes narcóticos del alcohol— que éstos ensalzan y hacen admirable la figura del narcotraficante. Puede ser, pero insisto en dudar que siquiera la ausencia de trovas alusivas haría un pelo menos tentador el negocio para quien no concibe otro camino a las riquezas propias y el respeto ajeno, ni está dispuesto a resignarse a menos. Un negocio nocivo e ilegal con semejante margen de utilidad tendría que estar proscrito del planeta, por respeto a su propia supervivencia. ¿Creen tal vez los censores que la riqueza fácil es discreta? ¿Y si el crimen mayor fuese la hipocresía de seguir condenando lo que no existe forma de exterminar por las vías legales, como no sea sacándolo del código penal? ¿Sirven las prohibiciones y condenas para desanimar a los futuros traficantes, allí donde ya el hambre desactivó la alarma del escrúpulo?
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Quien haya frecuentado en los años recientes las ficciones seriales de cadenas como Showtime, Cinemax y HBO difícilmente se escandalizará de asistir a escenas cotidianas donde la marihuana es consumida por mayores y menores de edad, en circunstancias por lo común impunes. Y ojo, amigos censores, no hablamos aquí de épica ni de superhéroes, sino de amas de casa que cualquier día se pachequean en compañía de la vecina, el hermano o la hija adolescente, como si cualquier cosa. Escenas cotidianas, donde la yerba ocupa el lugar antaño reservado a la cerveza, sin que nada parezca fuera de lugar. Ahora imaginemos el escándalo que se armaría de Hollywood a Washington ante la posibilidad de pasarse a cuchillo la famosa Primera Enmienda de su Constitución. ¿Hay siquiera la posibilidad de censurar corridos entre los mexicanos que viven de aquel lado, o acá somos salvajes y precisamos leyes irrespetuosas? ¿Será por esta suerte de destino selvático que encontramos normal la detención de un grupo de músicos por el delito de amenizar una fiesta de narcotraficantes? ¿Y qué esperaba el H. Ministerio Público? ¿Que dijeran que no y se atuvieran a las consecuencias? ¿“Sáquense, pinches narcos corruptores”? ¿Qué ley le impide a nadie cantarle a un delincuente quién sabe si presunto?
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El síntoma no es el mal
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No sabría calcular la cantidad de canciones dedicadas al consumo de alcohol que he cantado, a menudo en estado de exaltación etílica. Mentiría, sin embargo, si le echara la culpa de mis francachelas al ingenio de José Alfredo Jiménez. Fue bueno, al fin, que el disco de Chavela Vargas estuviera aquel día donde tenía que estar para hacernos llorar como huérfanos frescos, y más tarde reírnos como herederos súbitos, como bueno es toparse a medianoche con la voz de Aretha Franklin contando la odisea sentimental de una mujer abrazada al recuerdo en la forma de una botella de Seagram’s. ¿Significa eso que cada vez que escucho canciones semejantes necesito empinarme una botella? Sería tanto como dar por hecho que el gozo de escuchar a Billie Holiday induce al arponazo a los golosos. Hasta donde recuerdo, aquel verso torcido del Tenorio —tan popular en la temprana adolescencia, donde Don Juan mentaba cierta mantequilla para feliz bochorno de Doña Inés— no era tan popular por su legalidad. Uno por esas épocas apuntaba los versitos pelados con la única intención de memorizarlos, y acto seguido destrozaba el papel, ya de por sí canjeable por un viaje sencillo hacia el carajo. ¿O creerán los censores que el corrido es la droga, igual que el mensajero el criminal y el dictador el pueblo?
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Entre ternura y lástima provoca hoy día el intento de evitar que la gente cuente lo que ve. ¿Tengo acaso la culpa de lo que ocurre frente a mi ventana? ¿Soy testigo imputable si abro la boca, o canto, o escribo una historia? ¿Y no son, a todo esto, los delincuentes quienes cobran factura al indiscreto? El que canta, ¿no es cierto? Lejos de ser capaz de calcular el monto del negocio, me pregunto qué pasaría con tantos narcocorridossi éste un día dejara de existir y lo que hoy es delito pagara sus impuestos. Es decir, que será del estornudo una vez que se acabe el catarro.

domingo, enero 24, 2010

De lesbianas póstumas y escaneos CAT-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 24/01/10)

Es una suerte que hable yo inglés. Y no porque sea, como dicen, “la lengua de los negocios” (lo es, pero eso es cosa que me tiene sin cuidado, ya sólo porque me he descubierto un pésimo hombre de negocios) o siquiera porque se trate de un idioma hermoso, en el que se han producido grandes obras literarias (también lo es, y celebro haber podido leer a tantos anglófonos, de Shakespeare a Philip Roth, en su idioma original; también, sin embargo, he disfrutado a Dostoievski, a Goethe y a Dante, a pesar de que no domino sus respectivas lenguas). Lo que me hace, entonces, celebrar mi conocimiento del idioma inglés es algo mucho más sencillo: me permite comprender las películas en esa lengua que pasan por televisión (es decir la mayoría). Visto el estado que guarda el arte del subtitulaje en nuestro país, no es ése un privilegio menor.
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Me explico. Uno de mis canales favoritos es ése que antes solía llevar por nombre Cinecanal Classics y que hoy –a saber por qué– se llama Citystars, ya sólo porque me confieso devoto del cine clásico hollywoodense, que constituye la totalidad de la oferta programática de dicha señal. Hace unos meses, el todavía Cinecanal Classics dio una buena noche The Sun Also Rises, adaptación filmada por Henry King en 1957 de la novela de Ernest Hemingway que, en traducción española, conocemos como Fiesta. Hemingway no es uno de mis escritores favoritos pero he aquí que, de todas sus novelas, la que prefiero es justamente ésta. Como director, King tampoco es uno de mis preferidos pero, a decir verdad, tenía curiosidad por ver qué tal la pegaba Tyrone Power de Jake Barnes, el periodista expatriado al que la guerra ha dejado impotente en todo sentido, y sobre todo a la entonces bellísima Ava Gardner encarnar a Brett Ashley, mitad femme fatale, mitad trágica.
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Para la película, el guionista se inventa un diálogo entre Jake y Brett que no existe en la novela, acaso en aras de subrayar cómo la guerra ha marcado también al personaje femenino. Así, en una secuencia, Power espeta a una Gardner gloriosamente triste un “You used to be gay before” que, de acuerdo a la primera acepción de la palabra gay –la única conocida entonces y la única utilizable en el cine censurado de los años 50–, no puede querer decir sino “Antes eras alegre”. ¿Cómo lo pone el subtitulaje? “Antes eras gay”. Con lo que la heroína de Hemingway adquiere de súbito –sin deberla ni temerla– un pasado lésbico, que la transforma de mujer heterosexual que se debate entre la emancipación y los atavismos de género en machorra reprimida.
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Recordé el dislate hace un par de noches que veía, por Universal Channel, un capítulo de House, esa serie que trata de médicos y, primus inter pares, de uno neurótico pero genial. Yo no estudié medicina pero, nomás por haber sido paciente suficientes veces (no más que cualquier otro), sé que la prueba que mide la acción de las plaquetas se llama tiempo de coagulación y no tiempo de sangrado (traducción literal de bleeding time) y que no existe en español un estudio llamado “escaneo CAT” pero sí uno que responde al nombre de tomografía (o, si se quiere ser preciso y pomposo, tomografía axial computarizada, que eso quieren decir las siglas CAT: computed axial tomography).
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¿Mis deseos para los subtituladores chambones? Un tiempo de sangrado eterno, que los escanee un gato negro y que, una vez muertos, los difamen a propósito de su preferencia sexual. Es lo menos que merecen.

sábado, enero 23, 2010

Libros que no acabé de leer-Santiago Gamboa (El País/Babelia 23/01/10)

Existen diferentes y muy variadas razones para no acabar un libro. Desde la muy salvaje de perderlo o que nos sea sustraído durante su lectura, como me pasó con Viaje al fin de la noche, de Céline, en una pensión de Lisboa, hasta el que dejamos de lado voluntariamente, con pleno conocimiento de causa. La razón más extraña que conozco le pasó a un viejo colega: tuvo que dejar inacabada Plataforma, de Houellebecq, porque se le quemó, ¿y cómo se puede quemar un libro? Pues sí, dormía en un balcón, el libro cayó al primer piso sobre una estufa y se convirtió en ceniza.
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También puede uno dejar un libro por considerar que ya se acabó, aun cuando falten por leer cien páginas, como me pasa con frecuencia, la última vez con América, de James Ellroy. Estos libros, por lo general llenos de retruécanos, lo muestran todo en la primera mitad y el resto ya es sólo seguir y seguir, entre episodios similares y frases ingeniosas, pero sin un motivo preciso. Los hay también de extrema densidad que se resisten a ser leídos de un tirón, y entonces uno los deja por un tiempo y vuelve y avanza otro poco, y los deja de nuevo; esto me pasa con novelas como La decisión de Sofía, de William Styron, que voy leyendo hace como diez años y nunca termino, o con El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, que leo en dosis pequeñas, y sobre todo con las obras de Osvaldo Lamborghini, que son tan salvajes, duras y atroces que sólo puedo avanzar una página o página y media al mes, máximo. ¿Para qué sentir urgencia de acabarlas en los libros si, al fin y al cabo, en la vida las historias no tienen principio ni fin?, como recuerda Graham Greene al principio de El fin del romance.
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Tampoco es necesario acabar de leer ciertos libros. Uno lee un poco y ya se da cuenta de qué es lo que hay dentro. Como en la cocina: con un plato de sopa basta, no es necesario tomarse la olla entera para disfrutarla a fondo. Esto me pasa con las extraordinarias narraciones de Philipe Sollers, uno de mis autores favoritos del que jamás he terminado un libro. Más que una historia, lo que hay es precisamente un sabor, una temperatura especial o un estado de ánimo, y uno recurre a él para eso, para tomarse un plato. Da lo mismo leer ciento veinte o doscientas páginas, el sabor es el mismo. Igual me ocurre con Thomas Bernhard. Su dureza con la vida, su malestar al borde del cabreo con todo lo humano, contienen ese sabor áspero que por un tiempo nos hace ver el mundo con frialdad, como si se tratara de un gigantesco hormiguero. Son novelas sin historia. No es una prosa que corre en sentido horizontal y por ello no es necesario leerlas hasta el final para estar en ellas.
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Releo y noto que no me he referido a los libros malos. En mi experiencia de lector hay dos tipos de libros malos: los que son, por decirlo así, intrínsecamente malos e insuficientes, y los que lo son de un modo correcto, con una estructura bien apuntalada. Hay libros malos que están muy bien escritos y éstos a la larga son los peores, pues suelen tener muchos lectores que creen que la lectura fácil es la verdadera literatura. Los editores los llaman "literatura comercial de calidad". Estos libros, más que no acabarlos, lo que se debe hacer es jamás empezarlos.
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Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es autor de Necrópolis, V Premio de Novela La Otra Orilla. La Otra Orilla. Barcelona, 2009. 464 páginas. 20 euros.

Pediatría-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 23/01/10)

Mi mujer mira atentamente a la bebé y me pregunta con absoluta seriedad si estará bien. Creció siete centímetros en un mes, duerme como oso –incluso hace ruidos de oso-, se bebe su leche con un furor que sólo le he visto a mis tías catalanas frente a los postres y cuando le canto una canción de Sinatra levanta las cejas con una ironía que denota inteligencia y sensibilidad. Cómo que si está bien, le pregunto. Me responde: No sé, tiene la cabeza gigante y el cuerpo chiquitito. Son las doce de la noche. Recoge a la bebé completa con una mirada y dice desde el fondo de su corazón: Seguro fue la copa de vino que nos tomamos.
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Somos una familia móvil, acumulada y posmoderna. Nuestros hijos tienen un rosario de abuelos de los cuales sólo cuatro de cada uno ostentan el prestigioso rango de “biológicos”. La cosa es tan complicada que hemos tenido que facturar a la carrera nuestro propio diccionario: los niños tienen primos, primastros y hasta primoides. Un día regresamos atribulados del supermercado y el de en medio bajó las escaleras gritando: “Papi, papi”. Mi mujer se preguntó cuál será el diminutivo de “madrastra”. El tema fue llevado a debate y el grande propuso, en ánimo conciliatorio, que podría ser “Titi”. Casi se lleva un bofetón por cursi. Yo me pregunté, aunque preferí no ventilarlo, si a la pareja de mi ex mujer le dirían “Toto”.-No hemos tenido el tiempo de dar con el sustantivo correcto, porque desde hace mes y medio que nació la bebé no hemos tenido tiempo de nada. El grande tiene ecuaciones de tarea, el de en medio está convencido de que es un astronauta y Tacubaya un planeta hostil –a veces pienso que tiene razón-, la bebé ya quiere leche otra vez. Nos hemos vuelto tan multitask que somos hasta multiculturales: el mayor es un gringo promedio y la chiquita salió prieta.
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A las nueve de la noche ya todos están dormidos y los adultos tomando la copa de vino y los cacahuates japoneses que garanticen cierta cordura aunque produzcan un bebé de cabeza grande y cuerpo chico.
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Cuando llegó la nena fuimos a un pediatra chic: consultorio en Polanco, teorías médicas de última generación, honorarios de escalofrío. Todo el mundo sabe que ningún género literario es tan volátil como la pediatría: para cada nuevo hijo, lo que hicimos con el anterior es científicamente nefasto. La moda de este año es una cosa aterradora que se llama “libre demanda”: el bebé debe tomar leche cada que se le dé la gana, hasta los 21 años. La otra receta nos dio tanto miedo que salimos despavoridos: “libre adaptación al ciclo diurno”. El pediatra nos explicó, con una sonrisa perversa, que los bebés, como los senadores, duermen sólo de día y hay que respetarlos. Ya ni le preguntamos por la copita de vino y los cacahuates. Al poco supimos de otro médico que –lo juro— explica la urgencia de bañar a los bebés con Bonafont.
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La ortodoxia en el cuidado de nuestros recién nacidos se ha convertido en una servidumbre monstruosa: que se prohíban la ginebra y la heroína durante la lactancia se entiende, pero ¿de verdad es necesario no consumir chocolate? Desde que ganamos la Guerra de Reforma, nunca ningún ciudadano libre ha recibido una lista de prohibiciones como las que le extiende hoy el pediatra de moda a una madre reciente –los médicos viejos son otra cosa.
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La novelista francesa Marie Darrieussecq cuenta en su espléndido El bebé (Anagrama, 2007) que la primera vez que se animó a salir sola con su hijo en el carrito, se sintió tan libre que se detuvo en una terraza a tomar una cerveza y fumar un cigarro. Fue tal la reprobación de parroquianos, camareros y turistas que, dice, entendió por primera vez el significado militante de la palabra “nosotros”.
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En una ciudad en que las mujeres han impuesto a votos duros su derecho a decidir sobre su propio cuerpo en todo lo que cabe entre el transporte público y la clínica, los pediatras de moda se han convertido en los últimos inquisidores: defienden una pureza a ultranza, someten con regocijo. No saben que se las ven con “nosotros”.

miércoles, enero 20, 2010

"Los Grope: una novela de humor puro e irreverente"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 20/01/10)

Hace algunos meses Paola Tinoco -encargada de difusión y prensa de Anagrama, Siruela y Páginas de espuma en México- tuvo a bien proporcionarme, tanto para mi deleite como para poder reseñar en esta columna el libro “El mejor humor inglés”, la cual realicé hace no mucho tiempo. Gracias a ello descubrí a Tom Sharpe, un imprescindible escritor inglés.
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He cerrado con broche de oro este 2009 pues “Los Grope”, la novela más reciente de Sharpe publicada bajo el sello de Anagrama en la colección Contraseñas, fue el penúltimo libro que leí para terminar a gusto el año.
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“Los Grope” narra con un humor bastante rico, hilarante y negro, la vida de una antigua familia de Inglaterra, para precisar de Northumberland: Los Grope. Esta familia, a diferencia de la mayoría, no cuenta con títulos nobiliarios y tampoco ostentan algún tipo de riqueza. Su único tesoro es su rancho Grope Hall, el cual tiene un origen extraño, divertido y demasiado accidentado. Ursula Grope criada de un convento y fea de nacimiento, al grado que ni los vikingos, quienes violaban a toda mujer, le hicieron caso alguno, pero su situación cambia cuando se topa accidentalmente Awgard el Pálido, un vikingo que había desertado de la guerra y ahora permanecía escondido en la despensa del convento donde trabajaba Ursula. Mientras el primero está dispuesto a hacer lo que sea con tal de no regresar a la guerra, la segunda estaría gustosa de ser violada por algún guerrero vikingo. Aquí comienza la historia de esta familia, donde los hombres son mandados al mar o al sacerdocio, mientras las mujeres, feas de nacimiento, se encargarán de dirigir el futuro de la familia, un auténtico matriarcado que podría tener su fin con la misteriosa y abrupta llegada del tímido e indefenso Esmond Willey a Grope Hall.
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“Los Grope”, como bien reza la contraportada, es un vivo y feroz retrato de la guerra de los sexos que, sin duda alguna, los mantendrá pegados al libro desde sus primeras páginas hasta llegar al final de la novela.
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Una excelente medicina para combatir el hastío que el gobierno Calderonista nos está provocando a los mexicanos.

martes, enero 19, 2010

El gran ausente (Diario Milenio/Opinión 19/01/10)

La tenía olvidada. La recordé porque me pidieron que recomendara una serie de novelas cortas para lectores jóvenes. Luego de recorrer los títulos de las más usuales, apareció en algún lugar de la memoria La mañana debe seguir gris, el libro que la escritora mexicana Silvia Molina publicó en 1977 y que todavía tiene a los críticos debatiéndose entre calificarlo como novela corta o como testimonio breve. Se trata, eso sí, en eso todo mundo está de acuerdo, de una historia de amor. Es una historia de iniciación. Tal como se desglosa en la contraportada de la edición publicada por Letras Mexicanas unos 8 años más tarde, la trama es la siguiente: “La muchacha —que es a la vez la narradora— conoce a un muchacho; la muchacha se enamora del muchacho; la muchacha pierde al muchacho”. Se dice ahí algo que se sabe: el muchacho (que, a decir verdad, ya no era tan muchacho en ese entonces) era el poeta tabasqueño José Carlos Becerra y la muchacha (bastante muchacha ella sí) era la narradora misma Silvia Molina. No se dice nada ahí, sin embargo, de los brevísimos fragmentos que, anotados en riguroso orden cronológico y a manera de diario, se encargan de recorrer la trama desde el inicio hasta el fin, como anunciando que, a fin de cuentas, la trama es lo de menos. Tampoco se hace mención alguna ahí de la combinación de dato histórico y el dato íntimo que le da a esos fragmentos la credibilidad del encabezado de periódico así como la dúctil categoría de rumor. No se anuncia ahí tampoco que Molina se apropia de la poesía de Becerra, dando inicio a cada capítulo con la voz del otro, la voz de la poesía, sólo para proseguirla (a uno se le antoja decir: para ampliarla) con su propia voz, la voz de la narrativa.
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En un medio literario donde lo más común es que las Lolitas (las muchachas, se entiende) no tengan voz, es de por sí interesante que la joven narradora que pasa una corta temporada en Londres, viviendo en la casa de una tía y enamorándose de un poeta mexicano, la tenga. Todavía más interesante resulta que la joven narradora utilice a la poesía muchacho (en sentido estricto: del ex-muchacho) como una especie de muso inspirador: la pista de despegue que, una vez recorrida a la velocidad adecuada, se convertirá en una cinta oscura en la lejanía terrestre. Entiéndase: son las letras de él las que dan inicio a cada capítulo, pero es la escritura de ella la que tiene la última palabra en cada apartado. Tal vez por eso la historia, que es una historia de amor más bien convencional para los integrantes de las clases medias, contiene sin embargo momentos más bien escasos en la literatura nacional. Casi todos ellos tienen que ver con el cuerpo. El cuerpo de ella.
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El relato da inicio en noviembre y en las calles londinenses (de ahí que la mañana sea gris, se entiende), donde un pequeño grupo de amigas avanzan para dirigirse a una casa donde comerán algo. Como en las escenas de arribo antropológicas, apenas unos tres párrafos después aparece él: “Un hombre joven de mirada infantil se levanta de su asiento, Hugo [Gutiérrez Vega] hace un gesto para indicar que nos sentemos al mismo tiempo que nos lo presenta; es José Carlos Becerra, quien sacude la cabeza para quitarse un mechón de pelo que le cae por la frente hacia los ojos y nos regala una sonrisa muy franca”. Luego del surgimiento del deseo y de la aparición puntual de los obstáculos que lo harán crecer (la vigilancia de la tía, la moral del país de origen, la torpeza), la joven narradora toma una decisión. En el capítulo VII, precedido por las palabras en que Becerra describe cómo “el tranvía del anochecer se detiene atestado en una esquina/ y sólo baja una muchacha triste”, la muchacha apuesta. Ella dice que “dobla la apuesta”. Se dirige al departamento de él; toca el timbre. Lo hace varias veces. Lo hace las veces que necesita hacerlo para confirmar que él no está. De nada ha servido su valentía. De nada el gesto de soltarse el cabello mientras espera. De nada saber que “ya no sueño un deseo, soy una posibilidad, lo percibo, lo encarno, lo siento, voy hacia un acto repetido por siglos: la entrega”. Tal vez es por eso que el capítulo VIII, cuyas palabras de apertura son: “Así sostendré algo tuyo en el mundo/ así cada palabra quedará marcada para siempre”, sea tan breve. En apenas cuatro líneas, la joven narradora resume el momento: está una vez más tras la puerta, pero esta vez sí (“esta vez sí)” lo escucha del otro lado y “oprimo el timbre con suavidad”.
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Siguiendo a pie juntillas esa máxima no dicha pero siempre obedecida que consiste en omitir la descripción del acto sexual, Silvia Molina toma, sin embargo, una decisión singular para el capítulo siguiente. En el IX, introducido (¿penetrado?) por las palabras “Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo”, la narradora describe una visita al médico. No se trata de un médico cualquiera, se entiende. Cuando el hombre le pregunta, en inglés, “What´s wrong with you”, ella anuncia, también en inglés, “I just want to take the pill”. Muy lejos aquí la Molina, y para bien, del trillado momento lírico en que la niña se transforma en mujer. Muy lejos de la culpa o de la sorpresa o del azoro o del rubor. Muy lejos de los decorativos lugares comunes que confunden la represión con la belleza. Muy cerca, en cambio, del cuerpo. Tan cerca que, para tocarlo, la narradora tiene que recurrir a la otra lengua. Hay cosas, se presupone o se admite, que no se pueden decir en la lengua materna. Hay cosas donde el lenguaje se detiene o se acobarda. Hay pulsiones a donde el lenguaje no tiene permiso de llegar. Lo que sigue en el libro es, por supuesto, la historia de amor que devendrá en tragedia: el poeta muere en un accidente y la mañana, por eso, tiene que seguir gris. Pero lo que falta por decir ahí, que es lo que falta siempre por decir en todos lados, se pasea, voluminoso y transparente como el mítico elefante, dentro del hueco que se abre entre el capítulo VIII y el capítulo IX. El sexo. En masculino o en femenino, el sexo no está. El sexo brilla por su ausencia (y se supone que esto es una decisión estética y no moral). Vendado de ojos y labios, el sexo yace, secuestrado, en el subterráneo de la literatura mexicana. Sin cabeza; desangrado. En off.
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Valdría la pena pensar en lo que serían algunos textos clásicos mexicanos sin esta omisión estratégica. ¿No sería Lección de cocina, el famoso cuento de Rosario Castellanos una crítica radical a la posición conocida como del misionero en lugar de una gran metáfora de la vida conyugal? ¿Cambiaría de alguna manera la noción de que Pedro Páramo es una novela de machos si Rulfo hubiera dejado que Eduviges contara, y no omitiera, los detalles de esa noche en que Pedro sólo atinó a entreverar sus piernas con las de ella? ¿Y si Arredondo no se hubiera contentado con hacer que su heroína sólo chupara un mango en La señal? ¿Serían entonces nuestros libros menos piernijuntos, más gozosos, menos timoratos, más escandalosos, menos decorativos, más nuestros?
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En todo caso, la joven narradora de La mañana tiene que seguir gris ha estado mucho más cerca de eso que muchos.

lunes, enero 18, 2010

El sentimiento infecto (Diario Milenio/Opinión 18/01/10)

Zona de radiaciones
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Hay que ser algo ingrato para no dar la bienvenida a un nuevo día raro. Hoy, por ejemplo, me he levantado con la noticia estrambótica de que un comandohacker de Hamás ha invadido mi blog. No me lo he imaginado, ni estoy jugando. Es probable que cuando estas palabras se publiquen, el ataque haya sido remediado por quienes administran el servidor, pero hasta este momento siguen ahí las fotos de combatientes en armas y la consigna “Muerte a Israel”, en inglés y árabe, justo arriba de tres consignas idénticas: Allahu Akbar. Una página sosa cuyo fin evidente no es argumentar ni convencer, sino exclusivamente intimidar. Que allá en California, donde alquilo el espacio para la página, cunda el terror porque unos fedayines han logrado meterse en sus computadoras y cualquier día van a hacerse presentes en las banquetas de Rodeo Drive. Por si quedaran dudas, una de las imágenes muestra a los de Hamás quemando una bandera norteamericana. Hace falta, no obstante, albergar demasiada paranoia para en verdad ver moros con AK-47 tras un ataque cibernético que bien pudo ser obra de un par de adolescentes exaltados, pero igual queda una incomodidad: esa extrañeza siempre irresoluble que aflora frente al fantasma del odio.
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Pocos son los que han visto de frente a un terrorista, pero al odio bien que lo conocemos. Nunca me ha dado miedo la brujería, sí en cambio el odio ciego de quien recurre a ella. La sola idea de que alguien posea un muñeco alfileteado con la foto, las uñas o los pelos del ser aborrecido mueve a algunos a risa y a otros a insomnio, pues vale preguntarse de qué otras agresiones será capaz quien recurre a rituales en teoría profundamente dañinos con tal de saciar cierta sed de revancha. ¿Por qué quien ha pagado a un brujo por escenificar un rito de Palo Mayombe contra un mortal intensamente detestado va a detenerse ante otras opciones, como hacerse con algún coche chatarra y cualquier día atropellarlo con él?
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Yo cobrador
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Mentiría si dijera que me asusta tener un blog tomado por presuntos terroristas. En un principio me ganó la risa, solté unos cuantos chistes y volví a las labores cotidianas, pero un rato más tarde ya no pude librarme de la extrañeza incómoda que provoca la sombra del odio, así no sea uno el destinatario. No hay que ir hasta la franja de Gaza ni meterse a buscar en internet para encontrar sus huellas envenenadas, toda vez que los odios terminales suelen ser más profundos y cercanos de lo que desearíamos imaginar. Escurridizo y mustio, el odio solamente se deja comprender por sus rehenes. Nadie que no comparta ese aborrecimiento visceral, sanguinario en potencia y amargo de rigor, frecuentemente rico en complejos, va a entender las razones retorcidas de quien alza una causa sobre cimientos de odio. Un material moldeable, asequible y barato para aquel insidioso que sabe cómo usarlo y fertilizarlo.
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No hay hijo de vecino que no pruebe una suerte de gratificación díscola tras darse un pasón de odio intravenoso. El odio purifica, o al menos esa es la impresión que se tiene una vez que se da con los culpables de la propia desgracia. Odiar es entregarse a las compensaciones de una forma de esclavitud liberadora que lo releva a uno de otra responsabilidad que la de hurgar sin fin en el rencor padre. Entre más vil resulta el ser odiado, mejor persona parece uno mismo, y así el hecho de odiarlo le granjea derechos tan particulares como el de hacerle daño a cualquier precio. Nada más por estar en el lado correcto. Somos los ofendidos, ¿no es verdad? Irreparablemente, se entiende. Por eso no entendemos que los demás no tengan nuestra prisa por desaparecer del mapa a nuestro antípoda. Y he aquí que el sentimiento es tan contagioso, y en una de éstas tan familiar, que encuentro natural haber saltado a la primera persona del plural. Tal vez lo más temible de los linchamientos sea lo fácil que resulta sumárseles.
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Pureza por contagio
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Está claro que el odio —veneno al fin: droga de fracasados— paga dividendos jugosos a corto plazo. Una vez que los individuos pensantes se transforman en una de esas multitudes imbéciles a las que los piadosos llaman enardecidas, todo asomo de calma o equilibrio será complicidad con el enemigo. El odio sólo entiende las razones del odio. Esto es, los argumentos chuecos y estridentes que le permiten reproducirse. Ideas a menudo emparentadas con sentimientos en esencia positivos en su estado más puro, de los cuales el que odia se considera depositario y guardián. Nunca seremos, a sus ojos displicentes, lo bastante meritorios para equipararnos con la pureza que le ha dado la chamba de legislador, juez y verdugo en un solo paquete. Una prueba fehaciente del poder corruptor del odio está en la dimensión moral que quien lo ejerce pretende atribuirle. Se maldice al mezquino con las peores palabras también para ubicarse donde los generosos. Una vez distribuidos los papeles de villano, lo que toca es calzarse la capa del héroe y clamar que se lucha por la justicia.
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No siempre el odio ajeno lo hace a uno temer por su vida. Por causa de mi ubicación estratégica, soy un infiel que duerme sin sobresaltos. Pero hay un remanente detrás de cada jeta de odio terminante que uno debe fumarse, lo quiera o no. La vida les debe algo, van por ella como sus estridentes acreedores. Y eso deja rebabas de mierda en el aire. Una peste a rencor que sus propagadores quisieran epidémica. Un tufo que de pronto se esfuma del olfato, no bien se hace costumbre respirarlo. Cualquier día me miro allí encerrado, dándome al aborrecer a la estirpe completa del primer impertinente que osó mirarme feo en mi momento más vulnerable. En un descuido, me sentiré orgulloso de lo que hoy me parece motivo de vergüenza, y esgrimiré la rabia como razón. Y a nadie odiaré tanto, en ese punto, como a aquellos extraños que me miren con cara de qué-le-pasa-a-ese-imbécil. Y es que al final el odio —pariente y consejero del despecho— antes perdona a los traidores que a los neutrales. Cuando despierte, espero se hayan ido los de Hamás.

jueves, enero 14, 2010

"El animismo en la sociedad ultramoderna"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 13/01/10)

Tal y como lo anuncié en la columna de la semana pasada, volvemos a las reseñas. Esta ocasión toca el turno al escritor Ignacio Padilla -integrante de la generación del Crack- quien a principios del año pasado, en España, lanzó su libro “La vida íntima de los encendedores. Animismo en la sociedad ultramoderna”, el cual fue galardonado con el “Premio Málaga de Ensayo 2008. José María González Ruiz” y ha sido publicado en México, casi a finales del 2009, por la editorial Páginas de Espuma en colaboración con Colofón.
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El animismo afirma que los seres naturales como: montañas, plantas; y los objetos creados por el hombre como: calcetines, encendedores; están dotados de alma.
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El autor acuña a lo largo del ensayo un término: la pulsión animista, que viene a convertirse en la tesis central del libro; parafraseando las palabras del autor dadas al periódico La razón, éste es la necesidad de seguir creyendo en la vitalidad de los oscuros objetos de nuestro deseo o temor, lo que explicaría comportamientos variopintos tales como ver con cariño y un poquito de rencor a los encendedores que uno pierde, así como ver con respeto y gratitud a la computadora, de igual forma molestarse con el encendedor que desaparece, el calcetín que se perdió en la lavadora y dejó viudo a su compañero. Todo este tipo de comportamientos obedece a un por qué: el miedo a sentirnos solos en el universo.
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Son ciento sesenta y seis páginas que contienen humor de todos los colores y sabores, y que han sido escritas con la hilaridad y el ritmo característico de la narrativa de Padilla. “La vida íntima de los encendedores” viene a refrescar un poco el género del ensayo y da descanso a los temas de índole histórico, para optar por el análisis del comportamiento de nuestra sociedad partiendo de un objeto tan común y cotidiano en cada uno de los habitantes del mundo: el encendedor.
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Un libro, caro lector, que no debe dejar pasar, pues además de que lo ayudará a comprender desde otra perspectiva el comportamiento de nuestra sociedad, le hará pasar un buen rato. Ensayo que además de haber sido galardonado en España, el Fondo de Cultura Económica, en su zona de presa, marca a este libro como uno de los mejores del año que apenas se nos fue.

martes, enero 12, 2010

Historias de amor feliz (Diario Milenio/Opinión 12/01/10)

Pocas cosas más peligrosas que una historia de amor feliz. Más allá de la civilización y del intercambio comercial y de la administración pública (o privada), en la tierra de nadie del deseo, la historia de amor feliz siempre está dispuesta a trastocar el sentido (de las cosas), la razón (aparente), lo natural (así conocido como). ¿Quién que esté verdaderamente enamorado trabaja o contesta sus e-mails? No creo en la política pero sí en las repercusiones diminutas de las acciones colectivas y espontáneas. No creo en los principios, pero sí en los inicios. Me gusta la gente enamorada. Me gustan esos furibundos salvajes hedonistas en los que se convierten por espacio de —días más, días menos— tres meses. Me gustan sus ojos, alucinados. Me gustan los riesgos elegidos, que en esos días no son otra cosa que antojos. Me gusta la manera en que saltan hacia el abismo. De la mano.
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Impartía un taller de escritura en esos días. Para explorar los confines de la página, les había pedido a los estudiantes que se hicieran de viejas máquinas mecánicas y que utilizaran distintos medios. Estrechos rollos de máquinas registradoras. Billetes. Había visto, en efecto, la exposición de Cildo Mireles en el MuAC, justo en las orillas de la UNAM. Fue ahí, viendo el billete, que llegó el proyecto casi completito. Una historia de amor dentro de los límites de un billete para ser intercambiada, subrepticiamente, como un polizón con veneno en las manos, en el medio más común, el más utilizado. Una historia de amor —una narrativa breve— dentro de los confines de un billete de veinte pesos.
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La elección del lugar designado para la acción llegó un poco después. Paseaba con unos amigos por algunos (siete) antros tijuaneneses (la intención era meramente turística, por supuesto) cuando vi los billetes, los mismos billetes de veinte pesos, sobre la espuma que cubría los cuerpos de dos chicas. Sobre los senos. Entre los pliegues distintos del cuerpo. Entre los labios. Los billetes ahí, detenidos. Las vimos en silencio por mucho rato. Sus rostros. Sus movimientos. ¿Y si cada billete llevara, cual virulento polizón, una de esas historias que pasan, si es que pasan, una vez en la vida? ¿Y si al momento de contar, en lugar de números hubiera historias?
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Yo no sé, por supuesto, qué pueda pasar. Pero he aquí lo que se empezó a fraguar: pequeñas historias de amor feliz mecanografiadas sobre billetes de veinte pesos. Llevo apenas 29, pero espero juntar más. El objetivo es ir de regreso al antro (a ese antro o a otro antro, da igual) y distribuir entre los clientes esos billetes que luego llegarán al cuerpo (espumoso o no) de las chicas. Una pequeña, relampagueante, certera historia de amor justo en el momento del intercambio más impersonal. Una forma de escribir que es una forma de tocar. Una invitación a la lectura que es, sobre todo, un convite de imaginación y, luego entonces, de complicidad. Una micropolítica.
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Aquí va la convocatoria: manda tus breves historias de amor feliz a criveragarza@gmail.com o mecanografía las que aparecen abajo en tus propios billetes de 20 pesos. Intercámbialos a la menor provocación: en el pesero, en el restaurante, en el Metro, en el bingo, en las librerías. Guarda los suficientes para distribuirlos, sin embargo, entre los clientes de tu antro favorito el 14 de febrero.
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Aquí van algunas de las historias:
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1. La invitación
Lo vi del otro lado de la
solo
Lo invité a salir
Desde entonces estamos juntos
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2. El tacón
Iba a vivir sola toda la vida
Del trabajo a la casa
De la casa al trabajo
Un día me caí en el parque
(la culpa la tuvo un tacón)
me ofreció la manola tomé
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3. La memoria
cosas así no pasan
(eso creía)
la banqueta era estrecha
su hombro rozó mi hombro
volvió la cabeza
la sonrisa: tan definitiva
no lo he podido olvidar
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4. El sismo
Sabían que se estaban buscando
Ella vivía encerrada en su casa
El vivía encerrado en su oficina
Era difícil que se encontraran
Un temblor de cinco grados los obligó a salir a la calle
Se vieron por un momento
Se amaron para siempre
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5. El bar
El invitó a una amiga al bar
Ella invitó a un amigo al bar
Los dos invitados nunca llegaron
Entonces se tomaron
De la mano
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6. La confesión
Es obvio que no amas a nadie
(dijo)
Yo no amo a nadie(confesó)¿Por qué no nos amamos?(eso me preguntó)Lo miré con mucho cuidado
(pensé que estaría loco)
¿Por qué no?
(me dije)
y henos aquí
(en el registro civil)
Hace 13 años de todo eso.
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7. El viaje largo
Iban en el mismo camión
Ocho horas de viaje
(las montañas)
El uno junto a la otra
(la oscuridad)
Ella se quedó dormida
Soñó que tomaba la mano de su novio
Despertó con la mano del vecino
Entre las suyas
Ya nunca la soltó.
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8. El elevador
Eran compañeros de trabajo
Ella estaba en el tercer piso; él, en el quinto
Nunca se habían visto
Muchos años después habrían de recordar
Ese primer momento
En el elevador
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9. La pasión
Estoy enamorado de ti, le escribí
Aunque me gustan los hombres
Además, te leo con pasión
A ella eso le provocó ternura
La pasión, sí: me contestó
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10. La irrepenta
Me fui con él porque no había dinero para la boda
En el camino robamos pan
(de dos canastas)
Y un velo muy largo
(de una casa de empeño)
el licor nos lo invitaron unosparroquianos
(un payaso y una mujer barbuda que
trabajaban en un circo)
Viajamos de aventón por toda la
república
Oíamos canciones de José José.
Todavía no me arrepiento.

lunes, enero 11, 2010

El club de los normales (Diario Milenio/Opinión 11/01/10)

Los años boquiabiertos
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No sé cuántos seamos quienes siempre temimos que éramos unos niños anormales, pero si he de juzgar por lo que me han contado, conformábamos una mayoría silenciosa. La mayoría, también, sobrevivía a las horas escolares al amparo de una coraza a la medida de sus hondos temores. Hubiera uno querido ser como todos, aunque a final de cuentas se conformaba con que todos creyeran que lo era. Pues bastaba con que uno entre el rebaño te descubriera alguna asimetría, o incluso la inventara con el fin de achacártela, para ser blanco pronto del balido general y pasar a engrosar el ghetto del salón. Nada había tan fácil en los dominios de esa normalidad forzada e impostada que hacerse con el sambenito de extravagante, y lo cierto es que algunos apenas precisábamos más que abrir la bocota para conseguirlo.
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¡Cierra la boca!, disparaban mis padres noche y día, con insistencia tal que recuerdo esa orden —con frecuencia una súplica impaciente y a ratos resignada— por encima de todas las demás. ¿Qué ganas, me decían, con andar siempre con la boca abierta?, pero yo no lo hacía por negocio, y ni siquiera puedo decir que lo hiciera porque tal no era propiamente una acción, sino la falta de ella. Me faltaba la fuerza, o la concentración, o quién sabe qué cosa para cerrar la boca de una vez, por más que no ignorara —día tras día el mundo me lo recordaba— que un niño que anda por la vida con la boca abierta se condena a cargar con la fama de bobo. Bruto, bembo, tarado, zopenco, idiotita, siempre hay una manera novedosa de designar al zonzo boquiabierto que no sabe evitarlo. Alguna vez mi padre, harto de repetirme la orden tantas veces desobedecida, se ofreció a corromperme. Ganaría dinero, me dijo, si cerraba la boca: a fin de mes me daría cien pesos, pero me los iría descontando de uno en uno por cada vez que me atrapara con el buzón abierto. Algo menos de una semana después, ya estaba en números rojos. Lo mismo sucedió en los meses subsiguientes: puse todo mi esfuerzo, según yo, pero jamás vi un solo peso de esa recompensa. Estaba condenado a ser el freak de la bocota abierta.
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Palabra de bicho raro
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¿Cuándo cerré la boca, cómo, por qué? Debe haber pasado por ahí de la temprana adolescencia, no bien el horizonte se engalanó estímulos sin duda preferibles a pinches cien pesos. Si antes debí aguantar humillaciones tan bochornosas como la tarde en que escuché a esa niña lindísima referirme ante sus amigas como el niño de la boca abierta, semejante escenario no podía repetirse delante de, digamos, la nueva vecinita de trece años que ya se maquillaba, iba a fiestas, tenía pretendientes y me traía sumido en una languidez que yo confundía con estado de gracia, y a la postre no hacía sino subrayar, aun con la boca cerrada, mi vieja calidad de sujeto anormal. Cosa gravísima en esos momentos, cuando ya el pelo-corto-a-la-fuerza y la reciente proliferación de espinillas se habían apandillado para quitarme toda galanura probable. ¿Cómo dejar de amar a la ninfa infranqueable, si de haber sido ella tampoco habría uno tolerado el asedio romántico de un bicho raro?
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Una de las funciones piadosas del bicho raro es dar a los supuestos normales la certidumbre de que lo son, pero estaría mintiendo si dijera que haber crecido en el papel de freak no acaba concediendo infinitas ventajas ulteriores, empezando por una libertad extensa e irrestricta. Vamos, si ya está uno para siempre fuera del desdeñoso club de los normales, nada parece más atractivo que darse a la licencia y la extravagancia. Un lujo de actitud a los dieciocho años, cuando más ordinario parece lo normal y de pronto ser freak lo hace a uno popular contra todo pronóstico. Se equivoca, no obstante, quien se cree original en esas circunstancias, pues verdad es que varios de sus excesos son asimismo cometidos por muchos entre quienes pasan por conservadores, sosegados o insípidos, sólo que por debajo de la mesa. Ser normal y así acreditarse no supone un control sobre los propios actos más allá del cuidado de las apariencias, si lo único claro al respecto es que ninguno conoce a ninguno. Habría que preguntarse si no lo único normal, ya echando números, es la anormalidad imperante.
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La norma y sus deslices
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Hace unos cuantos años, cuando era mi trabajo pergeñar crónicas noctámbulas —quehacer extravagante donde los haya—, el más normal de todos mis amigos solía usarme como coartada ideal: cada jueves, le juraba a su esposa que iba conmigo a tomar unas copas. ¿A qué hora volvería? Imposible saberlo, dada la compañía, ¿cierto? Libre ya de escrutinios conyugales, mi amigo se pasaba hasta la alta madrugada sabroseándose a su querida secretaria. Cierta noche de jueves, ya entrada en viernes, la esposa me llamó. ¿Qué hacía yo ahí dormido? ¿Dónde estaba mi amigo, su marido, el padre de su hijo? ¿En los brazos de qué lagartona lo había yo ido a dejar, al pobrecito? ¿Era eso ser amigo? No recuerdo la cantidad de patrañas calientes que hube de improvisar, medio dormido, para que mi amiguito no perdiera su estatus de normal ante su normalísima señora, que a lo largo de cuarenta minutos me soltó una filípica infame sobre lo disoluto de mis costumbres y el buen hombre que era él, cuando no andaba en mi nefasta compañía gastándose el dinero de su familia. Una vez que llamó el interfecto —estaba en un motel, pasándosela bomba con el dictado— no hizo más que extrañarse ante mi extrañeza, para luego aclararme que todo aquello era lo más normal. Y claro, el anormal seguía siendo yo.
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A estas alturas de la extravagancia, me produce bostezos esa rara inquietud de los normales oficiales por enterarse qué es normal o anormal. Si a los quince años no soñaba más que con ser normal para poder besar a otra chica normal —y eso todas las guapas lo aparentaban—, el tiempo me enseñó que las mujeres más adorables tienden a ser gloriosamente anormales, y en tanto intolerantes ante los ordinarios. Nada que no conozcan centenares de millones de amantes, cuya lujuria no se alimenta de saberse normales, sino trasgresores. ¿Y si al final lo de verdad anormal fuese dar cuerda a tantos hipócritas y mediocres con un tema imposible y hasta estúpido? ¿Alguien sería, pues, tan amable de ahora mismo hacer sonar el timbre del recreo?

martes, enero 05, 2010

Curar el yo (Diario Milenio/Opinion 05/01/10)

Un Muso que vive
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Una buen número de vanguardistas de inicio del silgo XX vieron al museo con recelo. Museo: sitio del aislamiento y la genuflexión. Museo: aparato de muestreo canonizador. Museo: último bastión de la Alta Cultura. Rancio, el museo. Jerárquico. Aroma de naftalina alrededor. Los artistas críticos, aquellos que buscaban una relación dinámica entre obra y espectador, incitando así la implicación y el diálogo y el juego, pronto trascendieron las paredes usualmente blancas de los museos convirtiéndose, o tratando de convertirse en todo caso, en los de Afuera. Estética situacional. Intervención. Instalación. No deja de ser irónico, sin embargo, que uno de los pocos sitios donde ese arte vanguardista de inicios del XX puede ser visto y re-leído y re-contextualizado, es decir, re-suscitado, sea precisamente en los museos. Como lo dice John Roberts en The Intangibilities of Form, el surgimiento del arte conceptual y post-conceptual durante el último tercio del siglo XX ha puesto de manifiesto una relación menos rígida y más viva con lo que él llama el nuevo sistema de museos. Lo argumenta así: “Mientras que la academia y el museo fueron considerados en un estado de decrepitud común, asumiéndose, luego entonces, que habían sido superados en la práctica por los artistas revolucionarios, en la cultura contemporánea la crítica institucional se ha convertido en un marco de referencia”. Como lo demuestran los trabajos de Michael Asher, Andrea Fraser, Reneé Green, Carole Condé and Hans Haacke, entre otros, la crítica institucional ha transformado al museo —su arquitectura interna y externa, sus objetos, sus paredes, sus relaciones internas de poder— en una especie de readymades en gran escala “que pueden ser manipulados, exprimidos, desconstruídos y re-narrativizados”. El museo se ve obligado así a verse a sí mismo con ojos críticos. El museo, luego entonces, se vivifica. Tal vez algo así tenía en mente Saúl Ordoñez cuando decidió titular a su primer libro de poesía —publicado, por cierto, por otra institución: Tierra Adentro— con las palabras Museo Vivo. No se trata aquí, pues, de referencia alguna al museo como un obstáculo arcaico contra el cual hay que manifestarse de manera directa y rígida, sino de un entendimiento del museo como marco de referencia y, aún más, como una mediación crítica que le permite a Saúl Ordoñez dejar atrás el papel del poeta-visionario, para convertirse en un poeta-curador. ¿Y qué cura el poeta curador? A través del ojo de las palabras, el poeta recontextualiza y actualiza la obra de otros, estableciendo así una relación promiscua, francamente triangular, con un espectador que también la conoce (o querrá, en todo caso, conocerla). El poeta curador, que es claramente un poeta post-expresivo, cura el rigor mortis de la lectura definitiva.
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Un poeta que cura
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Organizado en cuatro salas que van, aptamente, de la distancia asumida por La Mirada Afuera hasta moverse poco a poco hacia la inmediatez carnal de La Voz, pasando ineludiblemente por la Mirada Adentro y luego por la transición marcada por la “y” que articula la sala conocida como La Mirada y la Voz, el museo de Saúl Ordoñez incluye la apropiación y la alteración de 46 obras disímiles. Está, sí, La nave de los locos. Está, sí, Juan Muñoz y su ventrílocuo. Están Marina Abramobic y Ulay y esa larga caminata por la muralla china con la que terminaron una larga relación amorosa (en efecto: “qué manera de decir adiós”). Están, claro, los Nighthawks. Y Twombly y Orlan y Lorena Wolffer. El poeta mira todo eso. El poeta-curador observa la pintura o la instalación como quien se aposta, cauteloso y lleno, denso de historia y de emoción, frente a un readymade. Algo dado. “No lee”, dice, “busca entre líneas”. Interpreta. Su selección, como es de esperarse, no obedece a nociones académicas de desarrollo cronológico o contexto nacional, sino a pulsiones íntimas que van cobrando vida a través de la representación verbal de una representación visual —ese recurso retórico conocido como ecfrasis—. Apegado a ese “género menor y más bien oscuro”, tal como lo describe W.J.T. Mitchell en Ekphrasis and the Other, Saúl Ordoñez elabora textos menos como un poeta que expresa una experiencia o una noción del mundo o una biografía personal y más como un poeta que re-organiza de manera personalísima una serie de elementos saturados ya de una subjetividad que es a la vez personal e histórica. El poeta, pues, cura, y curando emociona.
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Una autoría que se multiplica
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Activando una subjetividad plural y des-centrada, el yo de Saúl Ordoñez contradice, y con fuerza, la tan cacareada muerte del yo lírico (treta que ha dado pie a tanto texto decorativo de naturaleza neo-paciana). Sin ser confesional (puesto que el poeta-curador no expresa una experiencia sino que produce una lectura crítica de y con una representación visual), el yo mediado de Ordoñez habla, sin embargo, desde la más punzante intimidad del cuerpo (“la caricia viciosa de la llama”) y desde las interacciones materiales y culturales de ese cuerpo (“pero no amo las artes/ sino a los hombres”). Es sin duda esa mediación establecida por el marco de referencia del museo y de un acto de creación entendido esencialmente como curatorial lo que permite que, entre tanta poesía ascéptica que huye del yo como de la plaga, emerja erótica y carnal, escandalosa e inmediata, la poesía de Saúl Ordoñez. Ese uso del yo mediado le permite recurrir y alterar a los tropos típicos de la autobiografía, tales como lo son el padre (“papá voy a acostarme con cada hombre que me recuerde a ti”, el verso con el que concluye su iteración alrededor o con Ventrílocuo mirando un interior doble, la obra que Juan Muñoz produjo en 1988) o la madre (“mamá, no sé qué voy a hacer cuando te me mueras”, verso producto de su relación con el Santo Sudario, de Orlan). A veces con voz de mujer (“soy mi madre, soy mi hija”), a veces como hombre (“tampoco soy un tipo duro”), Ordoñez expone aún mejor la naturaleza mercurial de la identidad en su apropiación de la obra de Lorena Wolffer, Mientras dormíamos, 2002-2003. Intercalando el título de la obra a manera de estribillo entre versos como “Soy la mujer que sale de la maquiladora y jamás llega a casa”, “Soy el niño que por primera vez se masturba”, al final el poeta asegura: “porque si no soy todos/mientras dormíamos/ no soy nada”. Un yo sin centro, en efecto. Se trata de un yo proteico que, como el cuerpo en esos “días de la anorexia”, establece una “lucha frenética por las proteínas”. Es un yo que le permite indagar con furia en la carne y en la historia, y enunciar, con Pierra-Auguste Rendir y gran delicadeza también, “el sol esplende en tus cabellos”.

lunes, enero 04, 2010

El rebelde sin pausa (Diario Milenio/Opinión 04/01/10)

Me acuso de extranjería
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No lo conocí en círculos literarios, ni en la escuela, y ni siquiera en una enciclopedia. Supe de él por la ñoña vía de las efemérides: según el calendario, habíamos nacido el mismo día del año. Si por ese conducto llegué antes a la música de Joni Mitchell —a la fecha, su Bluesigue poniéndome la carne de gallina— bien podía valerme del mismo pretexto para hurgar en los libros de aquel tal Camus. Recuerdo bien la tarde, la librería, el estante, el instante en que alcé y abrí la novela cuya primera línea se me clavó como un anzuelo. Habituado a ir al cine a solas y en programa doble, mataba el tiempo entre una y otra película cuando mi condición de lobo solitario fue a dar hasta aquel título de súbito entrañable: El extranjero. Seguí leyendo ahí, por el tiempo bastante para alzar el reloj y descubrir que ya era muy tarde para entrar a la segunda función. Habría leído treinta, cuarenta minutos. Pagué el libro, me devolví a la casa y no salí hasta haberlo terminado. En los días que siguieron —tenía vacaciones, iba a entrar a segundo de prepa— no hice sino dar vueltas a la historia del huérfano Mersault, presa de un sentimiento de no-pertenencia extrañamente remunerador. Era como si, más que descubrir a Camus, me hubiese descubierto a mí mismo.
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Pasaron varios años antes de abrir un nuevo libro suyo. A cierta edad se salta todo el tiempo entre los entusiasmos; hay demasiados en estado latente, aguardando el momento de ser atendidos. Visto en retrospectiva, me temo que perdí tiempo precioso: a saber la de necedades que me habría ahorrado de haber leído a tiempo El mito de Sísifo. Tantos años —entonces parecían muchos— creyendo que lo absurdo era absurdo y el universo tenía un sentido y la vida, por tanto, y yo con ella. Tantos intentos de amarrarme a ideas fijas que al poco rato se hacían insoportables. ¿Cuándo me iba a cansar de buscarle sentido a lo que por fortuna no lo tenía? ¿Podía acaso entenderme con todos esos enterados e iluminados que vivían sólo por y para una creencia? ¿No era verdad que aquellas palabras claridosas tenían asimismo la frescura de un idilio reciente con la vida? ¿Qué prefería, al fin, llevar piedras o cruces a la montaña?
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El libro que dice no
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No es de extrañar que en su momento El hombre rebelde le quitara a su autor la amistad de numerosos creyentes oficiales. Sartre no habría sabido explicar a sus tiesas y tenebrosas amistades entre los apparatchiks que inclusive después de tamaña herejía se dignara siquiera cruzarse por la calle con el tal Camus sin cambiarse de acera. Ahora bien, no es preciso instalarse en la Francia de los años cincuenta para darse una idea del poder explosivo de ese preciso libro: como pasa con otros de sus contemporáneos apestados —Koestler, Gide— sobran los beatos prestos a escandalizarse por causa de su contenido incendiario. Si ya en 1940 Arthur Koestler se enorgullecía de que sus libros fuesen quemados tanto por los esbirros de Hitler como por los de Stalin, no puede aún decirse que hoy día vivan a salvo de la hoguera. ¿Por qué? Porque hacen falta: sólo la especie humana es lo bastante imbécil para destruir aquello que más necesita.
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Leí El hombre rebelde durante una larga y tediosa estancia en el sur de Louisiana. Recuerdo de esos días el clima insoportable, la tierra pantanosa, los policías de pocas pulgas y la portada de ese libro providencial que terminé leyendo dos veces en hilera, no porque no hubiera otro sino porque me había asilado entre sus páginas, como si fuese una novela negra. El punto es que nunca antes me había visto combatiendo con mejores armas a la superstición. Si otros, menos amigos de la incomodidad, preferían alinearse con las supercherías imperantes, Camus había elegido bailar con la más fea, seguro acaso de que era la más guapa, pero también la menos conveniente. Nada tiene de raro que a estas alturas del campeonato El hombre rebelde conserve su carácter de libro maldito. Es decir, libro urgente. Lo abro al azar, releo un par de páginas: su lucidez provoca, engancha, despelleja, libera. Vuelve uno de leerlo como se sale de un duchazo en el desierto.
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El fantasma de Argel
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No fue en un noticiero, ni en un periódico que me enteré del primer terrorista suicida, sino a través de Los justos de Camus, donde los magnicidas hacen cuentas y encuentran razonable la entrega de una vida a cambio de otra. Tampoco fue por Malcolm McDowell que supe que Calígula quería la luna. Nadie como Camus sabía entender la lógica de víctima y verdugo, y eventualmente compartir sus razones; no así fines y medios. Cuesta trabajo creer que a tantos años de la publicación de El hombre rebelde siga siendo herejía repetir que los medios deben justificar al fin, y no al revés. ¿No era bastante acaso esa sentencia para pararle los pelos a Sartre, tanto como hoy alcanza para escandalizar a las viudas de Stalin? ¿Quién se creía ese francés africano para equiparar a los crímenes buenos con los malos y sugerir que toda ese concepto del materialismo dialéctico no era otra cosa que un disparate?
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Parece un disparate conmemorar la muerte, cincuenta años atrás, de un hombre que aún no cumple los cien de nacido. Nada, al fin, tan absurdo y disparatado como la muerte de Albert Camus. Da rabia calcular la falta que hizo, la cantidad de cosas que habría escrito y dicho de no haberse ido a los 46. Da vértigo pensar en una obra de esas dimensiones, con tan sólo esos años. Da gusto que sus libros sigan haciendo falta, entre tanta comida para polilla. Parece redundante y hasta suena antipático —lo sé porque calculo que no me habría atrevido a soltar algo así en su presencia— decir que es un autor indispensable, más todavía cuando antes que eso se reconoce ahí a una voz entrañable. Me da igual si Camus cumple hoy años de muerto, pero si eso es bastante para dar curso a tanta gratitud, valga pues la ocasión para certificar la presencia inquietante del fantasma. Helo ahí: ni una cana. A ver quién va a creerle que es cadáver.

jueves, diciembre 31, 2009

Las lecturas de este 2009.

El año se terminará en unas cuantas horas y como se ha vuelto costumbre en años recientes, subo la lista de libros que leí durante el transcurrir de estos meses.
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1)”El laberinto de la soledad/Posdata”-Octavio Paz (Ensayo)
2) “Ernesto Guevara. La vida en Juego”- Julia Constenla (Biografía)
3) “Contra la vida activa”- Rafael Lemus (Ensayo)
4) “El androide y las quimeras”- Ignacio Padilla (Cuento)
5) “Poemas de la mano izquierda”-Luis M. Verdejo (Poesía)
6) “Ficciones”-J. L. Borges (Cuento)
7) “Casi nunca”-Daniel Sada (Novela)
8) “Aparta de mí este cáliz”- Luis Humberto Crosthwaite (Novela)
9) “Se nos hizo tarde”-Fritz Glockner (Novela)
10) “El chino”-Henning Mankell (Novela)
11) “Arcángeles”-Paco I. Taibo II (Biografías)
12) “Del no mundo”-Juan Eduardo Cirlot (Poesía)
13) “Curso de filosofía en seis horas y cuarto”- Witold Gombrowicz (Filosofía)
14) “Un encuentro”-Milán Kundera (Ensayo)
15) “El temple liberal. Acercamiento a la obra de Enrique Krauze”-Autores varios (Ensayo)
16) “Habitado por dioses personales”-Eduardo Casar (Poesía)
17) “La pantera de Marsella”-Guillermo Samperio (Poesía)
18) “El dinero del diablo”-Pedro Ángel Palou (Novela)
19) “La sombra de lo que fuimos”-Luis Sepúlveda (Novela)
20) “Contra los no fumadores”-Richard Klein (Ensayo)
21) “Contra la homofobia”-Jeremy Betham (Ensayo)
22) “Epigramas”-Carlos Díaz Dufoo Hijo (Aforismos, Poesía)
23) “El mejor humor inglés”-Autores Varios (Novela, Cuento)
24) “Emilio, los chistes y la muerte”-Fabio Morábito (Novela)
25) “Todo por una chica”-Nick Hornby (Novela)
26) “El dilema de Houdini”-Norma Lazo (Novela)
27) “Verloso. El artista de la mentira”-Felipe Soto Viterbo (Novela)
28) “Juárez. El rostro de piedra”-Eduardo Antonio Parra (Novela)
29) “Oscuro bosque oscuro”-Jorge Volpi (Novela)
30) “Poemas y fragmentos”-Anacreonte (Novela)
31) “Por un tornillo”-Ignacio Padilla (Cuento infantil)
32) “La casa de cartón”-Martín Adán (Poesía-narrativa)
33) “Una novelita lumpen”-Roberto Bolaño (Novela)
34) “El amigo del desierto”-Pablo d´Ors (Novela)
35) “La vida íntima de los encendedores”-Ignacio Padilla (Ensayo)
36) “Los Grope”-Tom Sharpe (Novela)
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La meta es leer, un libro más el año que viene. A ver qué pasa.
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Por lo pronto está lista de libros sin duda se debe a Paola Tinoco, Leslie Ordoñez, Norma Bautista, Melina Maristain, Anabel Ballesta, Verónica Flores Aguilar, Ariana González, quienes me han proporcionado la mayoría de estos libros que han visto su reseña en la columna que escribo cada semana para “El Columnista” periódico poblano.
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Pero también es un agradecimiento entero a esos amigos y maestros que constantemente desde su trinchera han apoyado mis lecturas y mi camino, ya con sus propios textos, ya con su opinión, ya con su conversación siempre amistosa y enriquecedora: Pedro Ángel Palou García, Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Sergio Pitol, Álvaro Enrigue, Cristina Rivera Garza,Mario Bellatin, Alberto Chimal, Mario Alberto Mejía, Roberto Martínez Garcilazo, Ignacio Sánchez Prado, Guillermo Samperio, entre otros más.
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Y sin duda, a los amigos que ahí están siempre.
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Se van estas lecturas, vienen otras y pronto retornaré a cada uno de estos libros, con las nuevas lecturas llegan también nuevas personas a mi vida, una de ellas, la más importante mi Kurá hermosa: Carolina V. E., que supo llegar en el momento preciso, para regresarme luz y vida.

martes, diciembre 29, 2009

ODNI (Diario Milenio/Opiniòn 29/12/09)

A diferencia de muchos, suelo sentirme bien en los hoteles y las salas de espera de los aeropuertos. Me gusta la libertad que da el anonimato de las grandes ciudades y disfruto sin mucho rubor de las comodidades así llamadas impersonales. El trato universalmente uniforme de los grandes almacenes no me cae mal. Lejos de sentirme abatida ante el prospecto de un viaje a solas, me regocija la idea de hacer con mi tiempo lo que me venga en gana, llegándome a emocionar incluso con lo que, de ser el caso, descubriré. Los murmullos inentendibles, especialmente los pronunciados en varios idiomas, sólo me ayudan a concentrarme mejor en las páginas de un libro o en las teclas de la computadora. La idea de pasar horas o días enteros escribiendo no me parece descabellada. Soy, lo que se dice, un individuo más bien errante cuya noción de hogar se ha vuelto flexible con el tiempo.
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Todo eso es cierto.
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Pero entonces llega diciembre —mi mes favorito— y con diciembre llegan los viajes de regreso y los parientes y las reuniones alrededor de la mesa y la efusividad. La comida y la bebida y la conversación sobre experiencias compartidas y recordadas al unísono se vuelve ley. Es entonces que empiezan a aparecer de la nada los ODNIs, esos objetos domésticos no identificados que, en resumidas cuentas, significan hogar. A veces, como sus parientes más cercanos los OVNIs, cruzan con parsimonia el aire (en este caso casero), aunque más frecuentemente se deslizan terrestres por el ámbito familiar. Transparentes de tan obvios. Entrañables pero ignorados. Identatarios: uno es uno y su ODNI favorito. De uso común. Históricos: un ODNI deja huella y hace mella. Asunto de todos los días. De una discreción acaso apabullante. El pie de página de la cotidianidad. Materia de tacto. Los ODNIs no llaman la atención pero sí conminan el placer o la memoria. He aquí unos cuantos.
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1 Puedo venir de cualquier lado, pero tan pronto como me toca secarme con las toallas blancas e hirsutas que son el sello del hogar materno no puedo dejar de sentirme en casa. No se trata de las toallas suaves y sin personalidad que apenas si absorben la humedad del baño, sino de esos otros rectángulos hechos de algodón 100%, de preferencia egipcio, que, secos, resultan ásperos y duros al tacto. Se trata, en efecto, de esas toallas que al contacto con la piel húmeda dan la sensación de ser una recortada barba masculina. No son nuevas, eso es obvio. Son las toallas que, conforme resbalan por el cuerpo, se van poniendo lacias y afables y tibias. Dentro de su abrazo, absorta como nube, presa de un bienestar que es tan físico como mental, me inmovilizo. Podría pasar horas así. De hecho, podría pasar toda una vida así. Pero hay que vestirse y peinarse y continuar.
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2 Hay más modelos que fenotipos humanos, pero las mías, las mías, las mías, son de felpa y tienen más de cuatrocientos años sobre la superficie terrestre. No las llevo a ningún lado porque las perdería (soy olvidadiza) por eso cuando regreso y las veo a la orilla de la cama sé que estoy en casa. Las pantuflas son cosa seria. Uno puede prestar sus libros, sus discos, su ropa, su casa, pero no puede, en honor a la verdad, prestar sus pantuflas. Amoldadas al pie de maneras acaso inmemoriales, las pantuflas son más una radiografía de una forma de caminar (que es una forma de vivir) que una protección para una extremidad del cuerpo. Pero cuando el pie desnudo entra en su refugio y, ya tibio, se lanza sobre la duela de la casa, uno sabe que ha amanecido. Que todo es cierto.
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3 Estoy perfectamente al tanto de que es posible conseguir un café, a veces bueno, en comercios varios. Pero nada dice hogar como una cafetera italiana, acompañada de su correspondiente moledora, y el aroma de un café matutino. Moler el café debería ser un requisito universal, pero lo es al menos en los espacios que denomino hogar. Ahí está el ensere doméstico que, al ser encendido, me anuncia que este (y no otro) es el despertar. El sonido de las aspas. El proceso de triturar. Ya con la cafetera sobre la flama, sólo queda esperar el sonido del agua en punto de ebullición. El ascenso. La abrupta emanación. Y, luego, ahí, todo entero, el aroma. Cuando uno coloca la taza en la orilla de la boca, uno está en realidad listo para ingerir un refugio.
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4 Los long play, por supuesto. A lo largo de los años fui adquiriendo discos de 33 revoluciones (así se les llamaba, en justa comparación con los de 45) que se fueron quedando en casa. Cuando regreso, pero cuando en verdad regreso (no cuando voy de pasada sin mirar de lado), siempre me doy tiempo de sacarlos de su funda, limpiarlos cariñosamente (y ése es el adverbio adecuado) y colocarlos sobre el torna mesa donde dan vueltas y vueltas bajo una aguja. Me da risa la expresión estar “bien tocadiscos” pero supongo que se refiere, entre otras cosas, a ese inútil girar, a esa vacilación de cosa circular. Lo que viene y lo que vuelve a irse. Algo sin final. Puedo pasar horas escuchando la música y poniendo atención también al contacto entre la aguja y el acetato que la hace posible. Puedo pasar horas rememorando la vida como solía ser bajo el influjo del sonido sucio de los discos.
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5 Por otra parte, confieso que nunca he entendido la importancia de las licuadoras.

lunes, diciembre 28, 2009

2010, el momento para debatir: Palou por: Manuel Bello (Diario Intolerancia/Cutura 26/12/09)

El bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución son una gran oportunidad no para celebrar sino para abrir un debate hacia una verdadera reforma del Estado, aseguró el novelista poblano y miembro de la llamada generación del “Crack”, Pedro Ángel Palou García.
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Entrevistado a propósito de su más reciente publicación titulada La culpa de México, el Premio Xavier Villaurrutia 2003 urgió abrir un debate en el que participen políticos, intelectuales, líderes de opinión y medios de comunicación, a fin de refundar el proyecto de Nación. El investigador, editor y promotor cultural recomendó que esa reforma abarque los ámbitos político, económico, cultural, social y educativo, a fin de que los protagonistas de cada uno de esos rubros se pongan de acuerdo.
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Bajo el sello Grupo Editorial Norma La culpa de México es una minuciosa revisión de los textos fundacionales que le dieron cuerpo a México como país, presentados para resolver una incógnita: ¿En qué momento se hundió el proyecto de México como Nación?
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A decir del autor de Casa de la magnolia, la gran tragedia de México es que hemos negado la diversidad, es decir, “no aceptamos al otro, llámese indígena, mestizo, norteño, sureño, etcétera”. Su propuesta, dijo, es que se dé una reforma que admita las verdaderas candidaturas ciudadanas, para romper la “partidocracia”, la segunda vuelta en la elección presidencial, incluso la creación de un nuevo Constituyente, “pues no es posible estar gobernando con una Constitución del siglo pasado”.
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En el aspecto educativo, sugirió una gran reforma pues -según él- México gasta entre 80 y 90 por ciento de su presupuesto en ese rubro, al que consideró uno de los más ineficientes.
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Por lo que hace a la parte económica, comentó que ésta es indispensable, “pues tiene que haber un proyecto alternativo económico”.
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El primer paso hacia una reforma de Estado es convencer al ciudadano que tiene un papel preponderante en la reactivación de la política como modo de transformación.
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A lo largo de poco más de 150 páginas, la obra revela la vasta investigación documental realizada por el autor en torno a los textos fundacionales históricos y literarios del siglo XIX, y sienta las bases para una mejor compresión del presente a partir de las contradicciones y pugnas de México surgidas entre las guerras de Independencia y la Revolución mexicana.
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Tome en cuenta
El texto es un material donde el escritor invita a reflexionar sobre el país que somos.
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“La gran tragedia de México es que hemos negado la diversidad, no aceptamos al otro, llámese indígena, mestizo, norteño, sureño, etcétera.” Pedro Ángel Palou García

Dejemos al sexo en paz-(Diariio Milenio/Opiniòn 28/12/09)

1 El cosmos íntimo
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Hay temas que avergüenzan al intelecto. Ideas cuyo solo planteamiento sorprende y hasta ofende, sobre todo si aquel que las ventila no es ingenuo, ni estúpido, ni quizás inocente, sino un astuto navegante abanderado. Peor todavía cuando quien habla invade territorios sobre los que no tiene dominio ni derechos, y ni siquiera autoridad moral. La familia, por ejemplo: una entidad a la que nadie que no forme parte de ella entiende. Irrita que un fuereño pontifique sobre nuestra familia con ligereza y desenvoltura, casi como si el tema le quedara pequeño a su sapiencia. De por sí las familias muy rara vez resultan lo que aparentan o lo que dicen ser, pero tal no es obstáculo para que la cizaña elija sus hipótesis y el morbo por sí mismo las certifique. No es tan raro, al final, que cualquier torquemada de ocasión —el cura, la vecina, el jardinero— dictamine que cierta familia ni familia es, y ya entrado en basura exagere y calumnie para dar solidez a su dicho.
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Toda familia tiene infinitos defectos, pero también poder para salvarlo a uno de volverse loco. Decir, por tanto, que tal o cual familia no-es-familia sólo porque no cumple con las expectativas de sus fisgones parece una temeridad tan perversa como escasa de gracia; peor todavía cuando la sentencia proviene de un clérigo, que es de quien menos uno esperaría bombardeos contra la institución familiar. ¿Puede ser la familia menos familia si el padre es un dipsómano, la madre un energúmeno y el abuelo un degenerado sexual? Lo cierto es que nadie enseña a ser buenos padres, hijos o hermanos, y la gran mayoría nos enseñamos cometiendo toda suerte de errores imperdonables, que sin embargo nos son dispensados porque para eso estamos en familia. Un hermano envidioso y vengativo sigue siendo un hermano, pero también: un buen padre postizo vale tanto o más que uno natural. No puede haber parámetros ni reglas generales en el dominio de una intimidad cuya mera existencia supone una total soberanía. “¡Sólo eso me faltaba!”, clama uno ante el invasor, ballesta en mano.
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2 De mañas a mañas
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Toda familia es un proyecto de mafia. Algunas, demasiadas, practican una vergonzosa omertá, detrás de cuyas faldas se ocultan incontables abusos y complicidades. Casi nada puede hacer un pequeño hijo de familia contra la furia o el rigor de unos padres psicópatas, un hermano abusivo o un tío estuprador, pues al fin la familia puede igual ser santuario o calabozo. Para cuando la huella de los estropicios de un adulto inescrupuloso llega hasta al escritorio del Ministerio Público, el daño suele ser irreversible. ¿Cuándo, no obstante, fue la última vez que escuchamos a un padre o una madre autoritarios aceptar que no sabe lo que hace con sus hijos, o que alguien por ahí lo sabe mejor que ellos? Nadie quiere cargar con la culpa de haber hecho mal aquello que en ninguna parte le enseñaron. Uno cree que es buen hijo, o buen padre, o buen padrino por un don natural, emparentado acaso con su buena crianza, la nobleza de su sangre o la calidad de sus sentimientos; nadie soporta el peso de haber salido malo: defraudar, defraudarse, y sin embargo no paramos de hacerlo. Se puede ser el peor padre del mundo con sólo alimentar unas expectativas desorbitadas; debe de haber millones de monstruos insufribles que empezaron con las mejores intenciones.
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Afortunadamente, no existe un método de evaluación confiable que permita saber qué tan bien hace cada padre o madre su trabajo. Habría, a no dudar, hervideros de reprobados, que en adelante irían por la vida llevando a cuestas culpas medidas y certificadas, e incluso perderían la patria potestad de manera automática, por malos padres… ¿Pero qué sería eso, sino el infierno en la Tierra, donde la autoridad otorga, retira o regatea los lazos familiares de acuerdo a un código perverso y abusivo? ¿Y qué otra cosa entonces puede ser la presunción gaznápira de que una familia sólo es familia si sus pilares son heterosexuales? ¿Pensarán los jerarcas de sotana que unos padres así no pueden enseñar a los pequeños otra cosa que mañas genitales? ¿Sería preferible, llegado el caso, permitir que a esos niños los adopten los curas, gremio en el cual —lo sabe todo el mundo— no existen los mañosos ni se piensa en el sexo?
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3 Mentes de entrepierna
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Supe, hace algunos años, de un viudo depravado que noche a noche se entregaba a estuprar a su hijo de siete años, hasta que al fin los gritos de la víctima lograron alertar a los vecinos, y éstos a su vez hicieron la denuncia. Ya ante la fiscalía, con el acta en las manos, el hombre se negaba a firmar lo declarado, a menos que constara que había violado al niño porque “no tengo yo la culpa de no haber tenido hijas”. Circunscribir el tema de matrimonio y adopción a la sexualidad de sus participantes no es menos arbitrario y abusivo que meterse en el lecho conyugal para fiscalizar y calificar aquello de por sí incalificable. Me parece estupendo que los curas alerten, amenacen y excomulguen a las almas que juzguen descarriadas —esas cosas excitan y alebrestan, favorecen el crecimiento de la especie— pero no entiendo qué carajos hacen con la nariz metida en los derechos ciudadanos de cada cual.
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Somos legión quienes sobrevivimos tranquilos y contentos sin saber ni preguntarnos cómo, con quién y a qué horas se ayuntan las familias circundantes, qué creencias enseñan a sus hijos y cómo evitan que se porten mal, whatever that means. No acabo de entender cómo o porqué tendría uno que interesarse por la sexualidad de quienes sexualmente no le conciernen. Me cuesta una infumable gimnasia cerebral explicarme cómo es que a tanta mentes pueblerinas les afecta la vida marital de Tiger Woods. Perdón, pero es un tema estupidísimo. Parece todo tan evidente —intimidad, derechos, familia— que da vergüenza que siquiera sea un tema, a estas alturas. Pero así son al cabo las mentes mañosas, no por nada se pasan día y noche pensando en cochinadas.

domingo, diciembre 27, 2009

Propósitos de año nuevo de Pedro Ángel Palou-PODER 360° (18/12/09)

Si usted es como yo seguramente ya está pensando en el 2010 y en la bocanada de esperanza que el año nuevo implica. Han sido años duros, llenos de incertidumbre y recesión y no deja de ser útil encomendarse al dios de los ciclos y pensar que a partir del primero de enero, ahora sí, cambiarán las cosas: seremos más felices, más ordenados, cumpliremos nuestros propósitos.
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Afirma Mircea Eliade, en un hermoso texto, que Eugenio D’Ors tenía un rito muy especial que hoy pongo a consideración de los lectores de Knock Out: escribía una página perfecta, la más hermosa que pudiera durante diciembre y la quemaba, sin dejar rastro de ella el 31 de ese mismo mes. Esa pequeña expiación le permitía escribir sin descanso durante los 365 días siguientes. Un sacrificio al dios de la perfección necesario para aceptar que toda obra es incompleta e inconclusa.
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Y ése es, según dicen todos los expertos en creatividad y en productividad intelectual uno de los principales problemas por los cuales dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy –procastinamos, si queremos adaptar la palabra al español–. Aplazamos sin empacho hasta que se nos olvidan justamente los propósitos de año nuevo, la necesidad perfectamente humana de querer mejorar. Y lo hacemos, qué irónico, por perfeccionismo. Es como si de plano no quisiéramos alcanzar otros estadios en nuestro desarrollo, por eso hay tantos adolescentes perpetuos en el mundo actual. El otro gran temor es la responsabilidad. Curiosamente ambos –perfeccionismo y responsabilidad excesiva– causan ansiedad generalizada, un trastorno neurológico que ocupa el primer lugar entre los padecimientos psiquiátricos del mundo.
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Empecemos entonces por realizar ese pequeño sacrificio que cuenta Eliade, rompamos o quememos lo mejor que hayamos escrito, producido, planeado. Sólo para aceptar que equivocarse es humano y que sólo crecen quienes aceptan el posible fracaso. Pero ése es, apenas, el primer paso para que ahora sí nuestros propósitos se cumplan en el 2010 (bajar de peso, hacer más ejercicio o más el amor, hacer mejor las cosas que nos gustan, ser más felices, terminar ese proyecto tantas veces aplazado y un sinfín de etcéteras).
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Luego hay que planear, pero les propongo un ejercicio para hacerlo, por vez primera, con los dos hemisferios del cerebro. ¿Listos? Perfecto. Todas las preguntas que voy a hacer a continuación hay que contestarlas en hojas separadas de papel (en una hoja todas las respuestas que hayamos hecho escribiéndolas con la mano izquierda y en otra todas las respuestas que hayamos contestado escribiendo con la mano derecha sin importar si somos diestros o zurdos: hay que contestar dos veces cada pregunta, con las dos manos y comparar los resultados).
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Primero, ¿qué es lo que verdaderamente quiero hacer en el 2010?, luego, ¿quién quiero verdaderamente ser en el 2010? Y más tarde, ¿qué es lo que más me gusta de mí? Suficiente para tener un resultado. Quedarás asombrado con la diferencia entre las respuestas que hayas contestado con una mano y lo que dice la otra mano, lo que dice tu subconsciente. Y entonces sí, llegamos al tercer paso: redactar los famosos propósitos con base en quién quieres ser, qué quieres hacer y qué es lo que más disfrutas de ti para el 2010.
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Ahora se complican un poco las cosas, para bien. Tienes que hacer el mismo experimento para las distintas áreas de tu vida: la laboral, la personal, la de tu familia y/o relaciones vitales, la de tu comunidad o al menos tu posible participación y colaboración en ella. Si lo que más te gusta es pasar tiempo con tu familia, por ejemplo, por qué te quedas hasta tan tarde en la oficina y no lo haces. Más horas no significan productividad, significan falta de administración de tu tiempo, incapacidad para priorizar o simplemente malas costumbres laborales (ver el correo electrónico demasiado tiempo es la adicción más seria de nuestros días, socializar en exceso en la oficina entre otras).
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Siempre he tenido por una máxima la idea de que el tema central de nuestro tiempo es la falta de sentido, lo que los filósofos llaman nihilismo. Es un invento de la modernidad cuando descubrió que Dios había muerto, es una de las herencias de Nietzsche. O desde la Ilustración, vaya usted a saber. El caso es que el ser humano se levanta en las mañanas diciendo: “Soy ínfimo, moriré y me comerán los gusanos” (o cualquier elaboración de la misma idea, se entiende) y entonces se contenta con esa explicación de la nada, de su nada. Y no hace nada. Hemos perdido el sentido y lo buscamos, vicariamente, fuera de nosotros –en el dinero, en el poder, en el amor incluso– sólo para darnos cuenta de qué tan vacíos estamos. La búsqueda de sentido, una labor indispensable para vivir con un mínimo de bienestar y cordura, es lo que no podemos aplazar por más tiempo. Nuestros famosos propósitos o resoluciones de año nuevo tienen que estar impregnados de ese espíritu. Y no hablo de un optimismo banal o fuera de la realidad, sino del papel individual en esas mínimas respuestas que nos permitan tener cierta calidad de vida y aportárselas a los demás. Es tan simple y tan aparentemente inalcanzable como optar porque importe. Repito esa frase por si estás leyendo esto en un avión y la azafata se ha distraído: optar porque importe, escoger que importe. La vida, tus íntimos, el trabajo, lo que haces. Y sí, es una cuestión de voluntad y de empeño. El psicólogo y novelista Irvin Yalom no lo podía haber dicho mejor: ¿Cómo puede un ser humano que necesita sentido encontrar sentido en un universo carente de él? No hay que paralizarse con la pregunta, tenemos conciencia (los progresos que la neurociencia está haciendo en conocerla son excepcionales y cambiarán las cosas muy pronto) y ella nos permite saber que estamos vivos y que podemos vivir correctamente y con sentido. Sí, puede que seamos esas criaturas banales y triviales que pueblan el universo, esos Homo que a veces dudamos en llamar Sapiens, pero no nos detengamos por ello. La vida es una construcción permanente, y además una construcción de sentido. Escribe, ahora mismo las respuestas a las preguntas de arriba y luego redacta tus propósitos de año nuevo. Te auguro un feliz y próspero 2010…