domingo, diciembre 27, 2009

Bienvenidos los bárbaros, no manden flores de Pedro Ángel Palou García-PODER 360°(25/09/09) y leída en el marco del 11avo FIP (06/11/09)*

En su último libro Alessandro Baricco hace una propuesta de diagnóstico de la sociedad y la cultura contemporáneas que provoca escalofrío: los bárbaros lo han invadido todo, han minado las fronteras y murallas de las ciudadelas y han destruido las certezas sobre las que vivíamos. Es más: vivimos un época de transición hacia algo que es imposible definir aún, pero que ya podemos vislumbrar y todos, sin excepción –con diversos grados de evolución, es cierto– somos ya mutantes de una nueva especie que ocupará nuestro lugar.
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Para ser más exactos, Baricco afirma después de una larga argumentación su tesis: con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno y consigue allí darle un toque comercial asombroso.
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¿Cómo llega a ese diagnóstico? Mediante tres ejemplos, pero el lector una vez que ha entendido la fórmula de análisis lo puede aplicar a cualquier forma de la cultura contemporánea. Baricco lo hace con el futbol, el vino y los libros.
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Empecemos con el vino. Todos los que me lean compartirán la idea: el vino es un arte sofisticado y los grandes viñedos producen un elixir refinado, después de un largo proceso, que sólo pueden apreciar –y comprar porque el precio es exorbitante– unos cuantos conocedores con el paladar y la nariz entrenados. Estos mismos distinguen sabor a frutas de bosque, a madera o a carbón y residuos minerales apenas con un sorbo del líquido. Hasta que Robert Moldavi, de regreso de la Segunda Guerra Mundial, creyó que era un placer para compartir masivamente y gracias al aire acondicionado reprodujo –en barricas de metal, qué sacrilegio– las condiciones de fermentación que le permitieron producir a gran escala un vino que es técnica, no arte, y que por la cantidad de botellas todos podemos consumir.
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El siguiente problema –porque incluso en un medio como el estadounidense, acostumbrado a las bebidas espirituosas, Moldavi agregó grados de alcohol al vino– estaba en cómo elegir, cómo distinguir. En el antiguo mundo del vino el conocedor reconoce, si se me permite el juego de palabras. Ahora el consumidor tiene que saber cómo elegir en un supermercado. Y para eso llegó Robert Parker, que sustituyó a una casta de críticos sublimes del vino por una escala de calificaciones. La revolución de Parker fue, primero, lingüística: tradujo a un lenguaje accesible el hasta entonces esotérico mundo de la enología y luego, para simplificar más, colocó calificaciones.
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Se imagina el lector que esto ya ocurriera en el mundo del libro y en lugar de ir a una librería a pedir a Proust uno eligiera entre todos los libros que tienen 9.8 de promedio –unos 10, pongamos por ejemplo– y se llevara a casa con absoluta confianza el mejor. Esto ocurre ya con desparpajo en cualquier vinatería de Nueva York, o en muchos restaurantes que reproducen la lista de Parker, y uno pide un 8.0 o un 9.2, nunca más un barbera, u otro cepaje, o un Petrus, por elegir una marca de absoluta elite.
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Se ha privilegiado a la técnica por la belleza, al resultado por el proceso, al efecto frente a la verdad. Y la inspiración, el arte, ¡por favor, eso es de otra época!
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El resultado final: hoy todo mundo consume vino, un vino resultón, eficaz, no necesariamente maravilloso, o único. Han triunfado los bárbaros.
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¿Cómo se mueven, cómo actúan? Es fundamental comprenderlo para poder entender en toda su dimensión lo que nos ocurre en todos los campos del saber o de la cultura.
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Hace tiempo que en el medio intelectual –decía Ortega y Gasset que a él lo libraran de los intelectuales, que prefería a los inteligentes– se escucha una queja reiterada: ya nada es igual, los bárbaros –el mercado, los conglomerados, las grandes tendencias– han pervertido con su dinero y su masificación el orden de las cosas. Esto ocurre, para nuestra tranquilidad, en todas las épocas y en todos los lugares. Ya el I-Ching confuciano alertaba sobre el ascenso de los vulgares. La estupidez humana nos rodea, escriben, y la vamos tolerando de tal forma que al final todos caemos en ella, nos volvemos estúpidos generalizados.
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Los medios electrónicos se han vuelto envases comunicacionales, vacíos prácticamente de contenidos, recipientes de una estupidez tras otra o si se quiere mejor de una estupidez infinitamente intercambiable (del reality show al programa de concursos e incluso del noticiero al documental). Y, sin embargo, el mundo virtual es el único en el que parecemos existir hoy en día; el contacto con lo real, por evanescente y por difícil de interpretar, nos repele. Todo lo queremos por delivery, entregado a casa: las pizzas, la música que descargamos, los videos que rentamos, los canales que sólo nos sirven para un zapping perpetuo; el amor mismo con una chica cuyo perfil se asemeja al mío según alguna página de internet, las amistades gracias a Facebook. Hoy sólo necesitamos estar conectados. Y mientras más conectados, menos relacionados.
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El silencio y el horror al vacío vuelven locos a los bárbaros y lo llenan con balbuceos sin sentido, porque se ha acabado el sentido mismo de final o de finalidad. Baricco, de nuevo, realiza el diagnóstico con precisión: lo que consumen los bárbaros son sólo secuencias de sentido que producen movimiento, secuencias de sentido cuyo sentido, sigo con la misma palabra, ha sido generado en otra parte. ¿Por qué funcionan libros como El Código Da Vinci o Crepúsculo o Harry Potter? Porque los códigos de interpretación del libro –sus instrucciones– están fuera del libro. Si alguien leía a Faulkner necesitaba, literalmente, toda la literatura para comprenderlo. Con Stephanie Meyer no es necesario, siquiera, haber leído un libro para comprenderla. De la misma manera en que no se necesitan conocimientos de enología para comprender y paladear un Cabernet de Robert Moldavi. Funcionan porque son libros que no son libros.
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Después de la lápida que he dejado en el párrafo anterior yo mismo necesito un respiro. El libro es para los bárbaros una fuente de energía que proviene de otras narraciones y desemboca en otras narraciones, no en la literatura. La literatura y la cultura han muerto, y hay que enterrarlas.
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Otro tanto podríamos decir de los museos. Nunca tanta gente los visitó como ahora; van a ellos a tomar fotos –la fotografía es otra forma extendida de sustitución del contacto con lo real–, a comprar cultura. Los cuadros no importan. La Mona Lisa, la Victoria Alada o la Venus sustituyen toda la cultura depositada en los miles de otros cuadros y objetos inútiles para la guía o el tour, si ponemos sólo como ejemplo el Louvre. Y después la tiendita del museo –o las 20 tienditas, una en cada, piso, una después de cada highlight–, donde me puedo llevar, empaquetada, mi experiencia en forma de camiseta, paraguas, corbata o postal. Consumí el museo, no lo experimenté, porque los bárbaros no consumen realidades completas, todo en la cultura es un mero pretexto para producir movimiento.
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Ya nada tiene valor en sí, el valor es la secuencia. No son libros, no son cuadros, no son vinos, son segmentos de una secuencia más amplia, escrita en los caracteres de la lengua del Imperio, que “a lo mejor se ha generado en el cine, ha pasado por una cancioncilla, ha desembarcado en televisión y se ha difundido en internet”. Ya nada tiene valor en sí mismo, lo único que tiene valor es la secuencia.
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Y si no, pensemos en el fenómeno de Susan Boyle, catapultada al estrellato no por el lugar en el que ocurrió el fenómeno –un concurso de talentos británico– sino por los millones de visitantes de Youtube que la admiraron. Ella, una simple, una bárbara, que no había conocido el amor, que trabajaba en una oficina de correos, que era una rechazada de la sociedad, cantaba –qué oportuno– Yo tuve un sueño, un fragmento de una ópera musical de Brodway, Los miserables. No creo que al final no haya ganado por no ser la mejor –lo era– sino por no haber podido resistir el peso de la fama mundial que la hizo objeto, secuencia. Y la paradoja es que toda secuencia es intercambiable, y por ende falta de valor en sí misma, sólo produce sentido porque produce movimiento, como una planta de luz.
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Superficie en lugar de profundidad, viajes en lugar de inmersiones, juego en vez de sufrimiento. La forma de adquirir experiencias se ha modificado para siempre. Los bárbaros están de paso y consumen aquello en donde pueden entrar rápido y salir fácil. Entienden, además, que habitar múltiples lugares con una atención bastante baja y siempre moviéndose –los bárbaros son nómadas– es lo que produce experiencia.
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Dice Baricco: “Cada uno de nosotros está donde está todo el resto del mundo. Es el único lugar que existe, dentro de la corriente de la mutación donde todo lo que conocemos lo llamamos civilización y todo lo que aún no tiene nombre, barbarie. A diferencia de muchos otros, yo pienso que se trata de un magnífico lugar”.
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Pero no lloremos, no nos rasguemos las vestiduras. No hay alternativa. Todos somos mutantes, todos hemos sido contagiado por los bárbaros. Y todo ha sido contagiado por ellos –en mayor o menor medida–. Éste es un mundo que evoluciona, como un ser vivo. Lo importante no es quedarnos en la nostalgia de un pasado que no volverá. No: lo importante es decidir individualmente qué queremos llevarnos del pasado a ese mundo nuevo que nos ataca por todos lados, que nos cerca y al que inevitablemente pertenecemos. Y si eso que nos llevamos perdura no es porque se siga pareciendo a lo que era antes de la mutación, no: sobrevivirá sólo si puede mutar exitosamente. Yo mismo, en una comida reciente, he dejado de ser escritor –y comía con mi editor–, para pasar a ser un proveedor de contenidos. Lo curioso es que otro editor, recientemente, me comentó que las primeras páginas de mi última novela había que modificarlas porque eran muy literarias. Y yo que creía que escribía literatura, hasta ese día crucial en que me contemplé las escamas y las branquias detrás de las orejas y me supe mutante.
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Y supe, claro, que la literatura estaba bien muerta y enterrada. No manden flores.
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*Escrito que se ha vuelto conferencia, cuasando mucha controversia en el ámbito literario de Puebla.

sábado, diciembre 26, 2009

Mírame caer (Diario Milenio/Opinión 22/12/09)

No miento si digo que no hay nada sutil en los cuentos de Claudia Guillén. Otra manera de decir lo mismo es asegurarles que todo es brutal en los cuentos que Claudia decidió agrupar bajo el escueto título de Los otros. Hace apenas algunos días hacía, por otras causas y respondiendo otro tipo de preguntas, un símil entre los 18 años que una mujer de Cambodia pasó en Ratanakkiri, la selva de su país, con el proceso de escritura. Se necesita ese lugar hostil y a la intemperie, decía yo. Para escribir, para hacerlo verdaderamente, hay que vérselas con la selva de cada uno. Contrario a la historias de rescate y rápida adaptación que usualmente se cuentan en los casos de niños salvajes, la selvática original no pudo o no quiso adaptarse a la vida de la ciudad y dejó de comer, y nunca aprendió a hablar, y en más de una ocasión se quitó la ropa mientras intentaba regresar. Dije entonces también que me parecía que había llegado, por fin, la hora de las selváticas. Ahora lo digo en referencia al segundo libro de Claudia Guillén: es el libro de una selvática que, aunque a veces camina en las calles de la ciudad y come en sus restaurantes, no deja nunca de regresar a los espacios atroces y frágiles donde crecen sus oraciones (y no me refiero únicamente a las gramaticales).-Apegados a la tradición de corte realista y comulgando con el pacto de la verosimilitud, estos cuentos se proponen una exploración de esos otros que somos todos cuando conocemos el infierno. Los fracasados, silenciosos, los imaginativos, los sin-suerte, los desempleados, los infelices, los pesimistas, los alcohólicos, los huérfanos, los solos, los que persiguen perros por las calles, los que hablan con fantasmas: todos ellos encuentran no un refugio sino un abismo en las páginas de Guillén. Lejos de la denostación o de la misericordia o, incluso, la simpatía, los cuentos trazan con precisión, sin sentimentalismo alguno, un declive espectacular: la caída de la vida. La caída de todos los días. Ahí está el tropezón o el descuido que conducirá, y esto de manera inexorable, al fondo de todas las cosas. Ahí está la velocidad donde todo pierde sentido. Ahí el horror, y el humor que a fin de cuentas provoca su compañía cotidiana. Justo cuando los coloca al filo del peñasco, la autora se aproxima y susurra al oído de sus personajes: ¡aviéntate! El lector, sin duda, recibirá la misma invitación y sentirá el mismo tipo de apremio.
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La primera vez que leí los cuentos de Claudia Guillén me vino a la mente la palabra “inexorable”. Así son las palabras, se sabe, vuelan por años frente a uno hasta el día en que encuentran su peso y caen, agridulces, sobre la lengua. Una de las acepciones de lo inexorable es “que no se puede evitar”; la otra, es “que no se deja vencer por ruegos”. Cuando le dan el trago al vaso de whisky, o la mordida al alimento maligno o el beso al hombre equivocado, todos estos personajes saben que pueden, de hecho, hacer otra cosa. Todos tienen noción de que podrían evitar el exceso o el extravío o la soledad. Pero ninguno cede ni ante sus propios ruegos. Ya observando inmóviles el lento derretirse de los hielos dentro de altos vasos conocidos como de jaibol o contando muchos años después la manera inexorable en que se convirtieron en lo que llegaron a ser, los personajes guillenescos aceptan con sobriedad su derrotero (y la palabra derrotero comparte más de una letra con la palabra derrota). A final de cuentas, la definición misma del término adicción es dejarse dominar. A lo que podría agregarse: entregarse de hecho al dominio de algo ajeno, sea esto una sustancia o un cuerpo.
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Los personajes, sin embargo, lo intentan, eso, resguardarse. Algunos encuentran consuelo en la oscuridad familiar de las cantinas (como es el caso de Emilia, la recién desempleada) mientras que otros prueban, por razones distintas que tienen que ver con cuerpos que no están, la oscuridad del cine (como es el caso de Emma). Pero algunos, ya desahuciados, ni siquiera aspiran a ello. Brenda, la que sospecha que todos los hombres se dan cuenta que es una falsa delgada, una gorda verdadera que usurpa un cuerpo ajeno, mastica y deglute sin parar una cena que se antoja eterna. Yendo hacia la yugular, lejana a estereotipo alguno, Guillén pinta de pies a cabeza a la madre sin instinto materno, la Alegría que fue violada y en cuya venganza asesinó al violador “sin conmiseración alguna”, regresando una a una las estocadas que recibió en su propio cuerpo, sólo para mal soportar después el legado del semen en el cuerpo de una hija a la que también bautizó como Alegría. Los personajes saben que pueden hacer otra cosa, lo intentan incluso, pero terminan por ceder. Es el caso de la señora Victoria quien rememora su pasado indiscreto en estos términos: “Me rogó que cambiara de vida. Yo, con verdadero arrepentimiento, se lo prometí sinceramente. Pero al mes recaí. Era inevitable. Parecía que la noche formaba parte de mí como una segunda vida; me colmaba de alegría o de placer, tanto o más que el mismo Manuel”.
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El lenguaje es preciso. El lenguaje nos dice que nada tiene escapatoria. Que caeremos, eso dice. Pero mientras tanto está el placer, el alcohol, la imaginación, la memoria. Mientras tanto está, sobre todo, la escritura. Claudia Guillén, que va y viene por la selva del adentro, lo sabe.

lunes, diciembre 21, 2009

El despecho polar-(Diario Milenio-21/12/09)

Cabezas de formulario
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Sorprende que sean tantos, todavía, quienes se enorgullecen de interpretar el mundo en que viven a partir de un diccionario de sinónimos y antónimos. Exasperados ante la tozudez de quien insiste en advertir los grados, texturas y matices del asunto en cuestión, dan por obvio que cualquier cosa no puede ser sino una de dos: la misma o su contraria. Lógica vieja ésta, si buena parte de los prejuicios más necios y dañinos de que exista memoria se han incubado justo en su seno. Para que una calumnia alcance el alto rango de chisme, y en tanto eso circule profusa y deleitosamente, tiene que contener el ingrediente manipulador que pone a buen resguardo a los chismosos y deja a descubierto a los calumniados. Una vez señalados por el estigma de tantos argüendes, nada que digan o hagan merecerá confianza, y al contrario: se sumará a los rasgos de perfidia que el qué dirán ya ha dado por segura.
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“Nos informan de que Dinamarca ha invitado a países amigos, y yo me siento amigo de Dinamarca, pero no he sido invitado. No es posible que nos consideren enemigos”. Esta perla de la mentalidad binaria fue cosechada días atrás, durante la Cumbre del Clima en Copenhague, de los labios del presidente Evo Morales. Frecuentemente más ocupadas en un tablero imaginario donde todas las actitudes humanas se pueden dividir en lealtades o traiciones, las sensibilidades extremistas no distinguen un solo palmo de territorio que separe a los polos entre sí. Según el mandatario boliviano, un grupo de países amigos debería incluir a la totalidad de éstos, pues en caso contrario ya no serían amigos, y peor: su lógica de fiera despechada concluye que los que no son amigos resultan por lo tanto enemigos. ¿Es decir que si yo no invito a todos mis afectos a mi próxima reunión de amigos, es seguro que el resto se harán mis enemigos? Yo supongo que sí, pero sólo en el caso de que me haya esmerado en hacer amistades entre puros acomplejados, envidiosos y paranoicos.
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Suspicious Minds
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Somos legión quienes, un poco a nuestro pesar, coleccionamos incidentes del pasado en los que fuimos víctimas de la perversidad binaria. La gente encuentra cómodo resolver los enigmas de las vidas ajenas eligiendo sólo una de dos opciones. Quien no sea una cosa, tendrá que ser la otra. Si no me besas, es que no me quieres; si no me quieres, entonces me detestas. Tiene que ser muy grande el sentimiento de inferioridad para albergar adentro tanto protagonismo, pues sucede que el alma despechada lo cree a uno capaz de las peores infamias, menos la indiferencia. Si nos reunimos con otras personas y a ella no la invitamos, asume que lo hicimos con el solo fin de conspirar en su contra —cosa que al cabo logra luego de tanto conspirar en la nuestra—, pero incluso eso le parece más llevadero que la afrenta suprema de haberle dedicado menos pensamientos de los que cree. Que no lo inviten a uno por ser quien es puede ser entendido y tal vez disculpado, pero el olvido sí que es imperdonable. Una mentalidad binaria tiene a quienes la olvidan clasificados junto a los que le odian, y a su vez los detesta especialmente. Si no son sus aliados, deben encabezar su lista de adversarios.
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Según su propio código, que no encuentra justicia fuera de la revancha premeditada y cruda, el despechado tiene derecho a todo. Lo que en otros sería sevicia y atropello, en él es puro celo justiciero. Por excesivos y exagerados que de repente suenen, sus reproches tendrán salvoconducto por la sola razón de su ego lastimado. Podrá, si así lo quiere, aplicarnos las más arteras extorsiones, puesto que en su opinión es acreedor de una deuda impagable. ¿O es que existe una forma de resarcir a aquel acomplejado convencido de que una vez sufrió nuestro desprecio, por más que no sea cierto, ni probable, ni conveniente? Cuesta trabajo creer que semejante celo cobrador no esté al tanto de todas las ventajas alevosas que le confiere su indignación en armas. Metidos ya en el juego de mentes suspicaces, vale darse a pensar que todo ese berrinche no es más ni menos que una maquinación para hacernos cargar muertos ajenos. Una conversación polarizada, valga el contrasentido, consigue ese objetivo virtualmente sin trámites.
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La atracción de los polos
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Todos hemos jugado alguna vez a eso, o de menos caímos en el juego. ¿Cómo explicar, no obstante, al anfitrión borracho y furibundo que me voy de su casa no porque sea humilde y le falte la alberca y el campo de golfito, sino porque ya son las seis de la mañana y aunque no me lo crea tengo sueño? Imposible. El formulario exige responder sí o no a la pregunta relativa al respeto: si pese a la advertencia del anfitrión el invitado insiste en largarse, deberá colegirse que tal es una clara falta de respeto, y por tanto una muestra de desprecio, y en consecuencia una declaración de guerra, pues ya se entiende que las tres son sinónimos para quien desconoce los matices.
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Muy rara vez sabe uno quiénes son sus auténticos enemigos, ni tampoco sus mejores amigos, aunque le queda claro que ambas son minorías en el espectro humano. Por más que sigan yendo y viniendo los fantoches que afirman ser amigos de todos y amar a todo el mundo —acaso porque ciertas ambiciones ocultas les exigen abaratarse la dispensa o el favor de muchos— lo cierto es que el espacio entre amigos y enemigos es casi tan inmenso como el mismo universo. Aceptar, sin embargo, esa obviedad, privaría a los polarizadores de la opción de manipular a medio mundo sostenidos en abstracciones tan primitivas como esa vieja creencia pueblerina según la cual los polos hacen frontera en el ecuador. Por alguna razón, ninguno se da cuenta que ante el resto del mundo los polos son iguales, y sin duda pequeños. No es que nos conste, al fin, pero casi ninguno queremos ir tan lejos para averiguarlo.

martes, diciembre 15, 2009

Juan Carlos Bautista (Milenio/Opinión 15/12/09)

Cada que paso por la Ciudad de México no puedo dejar de hacer mi visita ritual al Marrakech —el antro que Juan Carlos Bautista y Víctor González abrieron no hace mucho en la calle de Cuba, justo en el centro del centro. Ahí, entre paredes mareadas de rojo y bajo el amparo del blanquísimo candelabro que ilumina la barra se encuentra la caja registradora detrás de la cual se aposta uno de los mejores poetas de México. Estoy al tanto de que el Marra se ha convertido en El Antro de la ciudad, pero yo no voy ahí por eso. A Juan Carlos Bautista lo conocí hace más tiempo del que es recomendable admitir en público, como compañero de una de aquellas insignes becas del Centro Mexicano de Escritores —ya sin Rulfo y sin Elizondo y sin Arreola—, donde a los dos nos daba por hacerle al cuento. Antes nos habíamos topado en algún auditorio de la UNAM, adonde ambos habíamos acudido, puntualmente aunque bastante desaliñados, para compartir el premio de poesía que otorgaba ese año la revista Punto de Partida. Entre una cosa y otra habíamos coincidido ya en una gama bastante amplia de marchas citadinas, en mítines de variopinta denominación, en las páginas de La Guillotina (más como lectores que como autores) y en las fiestas incendiarias de la mítica Casa Vieja, aquella construcción de otra manera anodina que albergaba los festivos desmanes y la música estridente que entonces prendía a la izquierda de la izquierda.
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Nadie en aquellas lejanas eras habría presagiado que la amistad resistiría el paso del tiempo, pero a Juan Carlos me lo seguí encontrando usualmente por azar (siempre tan original, solía decir un amigo) en las calles o en librerías o en fiestas de aliados comunes. De poco en poco, entre abruptos resúmenes de todo lo acontecido durante el lapso en que no nos habíamos visto y súbitos intercambios de libros tanto propios como ajenos me fui acostumbrando a la presencia a la vez mesurada e iluminadora de Juan Carlos. Recuerdo perfectamente cómo y cuándo recibí mi ejemplar de El cantar del Marrakech, ese largo poema erótico donde la ciudad se vuelve carne y la carne se torna íntimo pálpito. Era, como atestiguó en la dedicatoria, una marcha de alzados. Era el inicio de aquel enero de 1994. Yo había salido corriendo del sótano del archivo de Bucareli (se había recibido para entonces la segunda amenaza de bomba) donde llevaba a cabo mi investigación y, como guiada por una inercia mayúscula, fui a dar con la calle por la que pasaba la marcha gigantesca con la que la ciudadanía exigía el desalojo del ejército de los altos de Chiapas. Avancé con ellos por un buen rato y más pronto que tarde, como lo presentía, encontré a Juan Carlos. Intercambiamos los puntos de vista de rigor antes de que me preguntara si ya tenía su libro. Cuando le dije que no, entró a la librería del Palacio de Bellas Artes y salió con él en mano. La dedicatoria la escribió medio encorvado, apenas sostenido por los escalones de la entrada del palacio donde tantos y tantos han esperado (a veces a Godot y a veces al amor y a veces a ambos).
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El cantar del Marrakech se convirtió desde el inicio en un libro insignia para mí. Un libro de cabecera. El tipo de libro al que uno va cuando hay sequía y todo alrededor se vuelve melga y uno necesita (¡por dios! ¡por lo que más quieran!) un buen trago de agua fría. La ciudad de México que yo amé estaba toda ahí, extendida: las nalgas de sus estatuas vivas por primera vez. La sexualidad de los soldados y la sentimentalidad de las vestidas hacían acto de presencia ahí, en aquel primer Marrakech del primer cuadro de la ciudad del que Juan Carlos hablaba con característica devoción y más característico conocimiento de causa. Más personal que autobiográfico, más cercano a la complicidad de la celebración que al hermetismo de la confesión, el cantar alzaba ante mí las palabras del cuerpo y del amor y de la ciudad con un descaro lúcido y una valentía más bien relajienta. Nadie en México, a mi entender, estaba haciendo algo así. Y pocos lo han intentado después con tanto acierto como en ese libro.
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Todo esto para decir que cada que me apersono cual peregrina en ciernes en esa catedral inaudita que es el Marrakech me veo tentada (como se dice que lo tienta a uno el diablo) a contar esta historia. Me explico. El más ligero de los vistazos al lugar da cuenta de que, aunque la clientela es diversa, la mayoría de los muchachos y muchachas que bailan hasta entrada la madrugada nacieron muy a finales del siglo XX. Son el tipo de gente que al oír el término Guerra Fría piensan que se trata de una nueva bebida que involucra vodka y licor de mandarina y mucho hielo. Se trata del tipo de jóvenes que al escuchar la expresión “me cayó el veinte” se le quedan mirando a uno con estupor, preguntándose en silencio qué será ese veinte y dónde, de haber de verdad caído, cayó. En una de ésas, y este es mi temor más grande, son el tipo de gente que nunca visitó una oficina de telégrafos y jamás escribió un telegrama. Por eso y no por otra cosa, cada que entablo algo parecido a una conversación en el Marra suelo lanzar con la delicadeza del caso las siguientes preguntas: ¿Pero si sabían que hubo un primer Marra aquí cerquita, detrás de Palacio, pero que no era éste, no? ¿Y si saben que el hombre ése que está detrás de la maquinita registradora tocando billetes de colores es, además de activista, un poeta de a de veras? ¿Y si saben que uno de los poemas más entrañables y emblemáticos de la ciudad y sus sexualidades responde al nombre de El cantar del Marrakech? Las respuestas que recibo, a qué decirlo, suelen involucrar tantas versiones del vocablo “no” que uno pensaría que se trata, como lo dijera Emily Dickinson, de la palabra más salvaje. Valga pues este pequeño texto para evitarme la congoja de esas respuestas (y la ronquera del día siguiente). Ya entrados en gastos, valga este texto para decirle al que me preguntó, envalentonado sin duda, qué se sentía leer El cantar del Marrakech, que es como cuando te subes a la barra y empiezas a moverte y, entre una cosa y otra, ves proyectadas sobre la pared de enfrente las imágenes de Lyn May y Piporro, y estás entonces a punto de quitarte la camiseta esa pegadita de color negro justo antes de entornar los ojos.

lunes, diciembre 14, 2009

Glosario para peleles (Milenio/Opinión 14/12/09)

Hay quienes creen que es fácil ser pelele. Tanto, argumentan, como tomar dictados y seguir instrucciones al pie de la letra. Pero la letra peca de engañosa, especialmente si pululan en torno los inquisidores. Hace falta un olfato especial y unas reglas bien claras para encontrar asiento en las piernas del ventrílocuo. Dummy, se le llama en inglés al muñeco del hombre o mujer que dice cosas sin mover la mandíbula. Un muñeco pecoso, o en su defecto un atontado. Un bobo. O, por qué no, un pelele. La industria editorial conoce ya cientos de títulos escritos “para dummies” —en este caso, principiantes al tanto de su torpeza— y sin duda hay millones de primerizos que los leen y consultan sin complejos. Un pelele, no obstante, se asume como eterno primerizo. Sabe que nunca es suya la última palabra, ni la primera. Tiene prohibido creer en sí mismo, por alta o confortable que sea su posición. Nada de extraño hay en que, a la vista de tantas limitaciones, el pelele se exprese por medio de eufemismos, y en ellos se refugie de su condición, al tiempo que hace méritos y se gana el prestigio de obediente (nada que no hayan visto, por ejemplo, quienes vivieron los años setenta). He aquí algunas propuestas, para lo que se ofrezca.
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Asamblea. Llámase así a la toma colectiva de dictado, conducida desde el templete redentor por los oficios del Gran Ventrílocuo. Toca a los asistentes alzar la mano, y en su caso la voz al riguroso unísono, siempre que el Gran Ventrílocuo lo ordene por intermedio de una amable sugerencia. Una vez consumado el consenso automático, las frases más sonoras del dictado toman la forma de consignas incendiarias.
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Berlus-KOT. Knock Out técnico al final del mitin. Interpelación extrema y desesperada contra los dictados del Gran Ventrílocuo, por la cual se demuestra que ni siquiera con la mafia entera de su lado logra éste conservarse del todo impune.
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Dedo. También conocido como falange, sirve tanto para agraciar con un upgrade a los peleles más empeñosos como para apuntar hacia los desafectos y endilgarles el sambenito de traidor. Muy útil asimismo a la hora de dictar, toda vez que una diestra esgrima del dedo índice sumerge a los enérgicos peleles en una hipnosis plácida y satisfactoria (ver: Traidor).
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Delegado. Llámase así al pequeño mandamás que administra un botín al servicio del Gran Ventrílocuo. Entre más conflictiva e ingobernable sea la delegación, mayor será el poder del delegado, y con certeza el monto del botín. Pero que conste que es un poder prestado, tal cual se presta una vaca lechera. Pobre de aquél que crea que la leche es suya.
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Diputado. Militante de un grupo de choque al servicio del Gran Ventrílocuo, habituado a pelear con la razón invariablemente de su lado, armado de inmunidad parlamentaria y dispuesto a cualquier atrocidad o calumnia para imponer los designios del Gran Ventrílocuo, o en su caso evitar el progreso de alguna iniciativa no autorizada.
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Elección. Acción y efecto de elegir las opciones específicas y únicas que sin lugar a duda confirman y consagran la estricta voluntad del Gran Ventrílocuo. Cualquier otro cociente transforma la ecuación —es decir, la elección— en fraude y desvergüenza. Para aspirar a ser llamadas democráticas, las elecciones deben acatar al dedillo la voluntad del Pueblo (ver: Pueblo y Dedo).
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Encuesta. Levantamiento puntilloso de datos entre la población que confirma el olfato natural y las estimaciones del Gran Ventrílocuo. A este respecto, cualquier resultado que se aleje del parámetro apunta hacia una artera conspiración y sus propagadores deben ser señalados públicamente.
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Juanito. 1. Nombre genérico con el que se designa a los paleros que por su condición sencilla, su fama de incondicional y su estatus de mero utensilio temporal no requieren de nombre ni apellido. 2. Equivalente humano del nombre Solovino.
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Juez. Los hay de dos clases: el imparcial, que en el nombre de la obediencia debida hace de su cargo un pelelato, y el vendido, que tiene la arrogancia de pensar por su cuenta e inclusive atreverse a aplicar leyes y medidas desaprobadas por El Pueblo Mismo (ver Asamblea).
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Ley. 1. Eficaz instrumento de coerción hecho para aplicarse con gran rigor en los enemigos del Gran Ventrílocuo y al propio tiempo legalizar cada uno de sus pasos y tropiezos, así como los del pelelerío resultante. 2. Eficaz instrumento de omisión que permite eludir trabas y requisitos engorrosos al pelele resuelto a moverse por debajo del agua —entre Roma y Sicilia, por ejemplo— en nombre de la causa.
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Opinión. Cuando no es expresada por un conspirador, ésta consiste apenas en aplicar a las sabias palabras del Gran Ventrílocuo unos cuantos matices de la propia personalidad. Fuera de ahí toda opinión probable no es más que calumnia, insidia y canallada. En esto los peleles son escrupulosos: huelen y reconocen al que opina distinto igual que un centenar de pollos blancos a uno pardo. Reñido oficialmente con la ostentación, el pelele hace uso de una opinión que nunca será suya.
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Prensa. Se divide en vendida y democrática. La primera se vale de los anuncios comerciales para hacer su trabajo informativo independiente, costeable y rendidor; la segunda está en manos del Gran Ventrílocuo, que la usa para difundir profusamente sus delusiones más extravagantes, bajo un aura de legitimidad que ahorra a todo el mundo la monserga de probar lo que se dice, cuando ya está hasta impreso en las pancartas.
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Pueblo. Dícese de aquella colectividad muda, sufrida y bienintencionada que se expresa a través del Gran Ventrílocuo, quien interpreta cada una de sus inquietudes y demandas en la certeza de que jamás se equivoca; de ahí que tampoco él se pueda equivocar, y quien así lo crea no se le enfrente a él sino al Pueblo entero.
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Traición. Acción abominable que consiste en decir por cuenta propia lo que jamás salió, y tampoco saldría, de los labios del Gran Ventrílocuo. ¿Qué va a hacer un ventrílocuo si a sus muñecos les da por hablar y opinar sin su autorización? Un pelele o palero que elige no ser tal es un traidor y un quintacolumnista: palabra de ventrílocuo.

martes, diciembre 08, 2009

Ratanakkiri-(Milenio/Opinión 08/12/09)

Un poco antes de emprender el viaje que me traería a Guadalajara leí en las noticias que la mujer que había sido encontrada no mucho tiempo atrás en la selva de Ratanakkiri, a unos 600 kilómetros de la capital de Cambodia, se había puesto tan mal que fue necesario llevarla a un hospital. Uno de sus familiares, su padre si no recuerdo mal, informó que la Selvática “se negó a comer arroz durante un mes. Se ha quedado muy delgada. Aún no es capaz de hablar. Actúa como si fuera un mono. La última noche se quitó su ropa y trató de escapar por la ventana del baño”. Una de las fotografías que encontré en el ciberespacio me lo explicó todo: con la mano derecha alrededor de un poste de madera y la mirada perdida en un horizonte que se presiente lejano, la mujer de la selva añoraba.
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La Selvática había vivido una parte importante de su vida alejada de la civilización, a la intemperie. En efecto, entre los 10 y los 28 años, la mujer había vivido en Ratanakkiri.
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Ratanakkiri es otro de los nombres de la escritura.
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Porque se escribe así: en la intemperie. Porque si no es desde la intemperie no valdría la pena escribir nada. En el punto más frágil, en el más débil, desde el cual no es posible ni defender ni apegarse a nada. Se escribe para descubrir, eso se sabe. Para intentar descubrir, en todo caso, lo que se escribe. La imagen sigue siendo la misma (esto lo dije hace un par de años aquí mismo, en la FIL) (y se lo dije después a ese muchacho extranjero que me preguntaba de manera desesperada, que es como se preguntan estas cosas, sobre qué era en verdad escribir): “Uno está sobre un trampolín, mirando con fascinación hacia la alberca. La alberca es de color azul. Uno salta dos o tres veces sobre el trampolín, tres cuatro, cavilando. Luego, en el momento menos pensado (y esto es literal) uno cierra los ojos y se eleva en el aire aún sabiendo (o quizá precisamente por saber) que la alberca está vacía. El trampolín es el lenguaje. El color azul es el lenguaje. El aire que me sostiene efímeramente es el lenguaje. Todo lo es. Entonces uno se sabe protegido. Entonces uno cae.”
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Es en verdad un honor recibir de nueva cuenta un premio que responde al nombre de Sor Juana: la interdisciplinaria. La docta; la relajienta. Recibir un premio establecido desde 1993 para honrar libros escritos por mujeres me resulta particularmente importante ahora por dos circunstancias específicas. La primera es que La muerte me da, el libro por el que lo recibo esta vez, es en realidad toda una provocación. Raro, inusual, malcomportado. Independientemente de que lo escribí yo, me da gusto que el jurado de este premio haya decidido apostar por un libro que voluntaria y desparpajadamente se desmarca. Si de algo sirve, que sirva entonces para decir que no hay una literatura escrita por mujeres, sino muchas literaturas, todas distintas. Que sirva para decir, si estás frente a la pared, más vale que encuentres una puerta. La puerta es el nombre del riesgo. Si no existe, vuelve la vista hacia la ventana. Si no existe, invéntala. Que sirva para decir: tienes el lenguaje, la herramienta. Pico y pala. Derríbalo todo. Quiere bien todo eso y derríbalo después. Es más importante estar afuera. Ratanakkiri es tu nombre. Ratanikkiri es tu estrella.
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La segunda circunstancia por la que este premio es doblemente apreciado (por mí, eso se entiende) es porque, felizmente, el contexto en que se produce incluye a muchas y variadas escritoras a las que leo con gusto y con regularidad y con admiración. Les cuento. Quiero leer ya los nuevos cuentos, todos ellos, de Rosa Beltrán. Los cuentos que ha escrito, como me ha dicho ya, con su mano izquierda. Me gustaría enterarme de que Paloma Villegas, otra ganadora de este premio, publica más (y digo pública, porque estoy segura de que escribe mucho). Bienvenida siempre la nueva novela de Mónica Lavín o de Ana Clavel. Hace poco decía que quería ver ya el próximo libro de Socorro Vanegas, y apenas ayer o antier la autora me hizo el favor de hacérmelo llegar aquí en la FIL. La noche será negra y blanca. Sigo con enorme placer los trabajos de Guadalupe Nettel, Brenda Lozano, Daniela Tarazona. Me muero de ganas por ver ya el nuevo libro de la poeta tamaulipeca Sara Uribe (le dicen, esto se los aviso, Rara Uribe). Admiro con pasión el trabajo que Carla Faesler y Rocio Cerón y Mónica Nepote han hecho ya por años en Motín Poeta —un colectivo de actividades interdisciplinarias que pone en cuestión la noción de autor y autoridad basada en la primera persona del singular. Quiero cada uno de los violentos, cálidos, indispensables libros de Norma Lazo. Me encanta la noción de riesgo que anima el trabajo editorial de Vivian Abenshushan. He leído con gozo y dolor los cuentos de Claudia Guillén. ¿Para cuándo el nuevo libro Mayra Luna? Y ya quiero tener entre mis manos la novela gráfica que prepara Amaranta Caballero, la monera tijuanera que me divierte el día con Mojicat, Falo Falaz, la Lira que Delira y Chayo, el Nocturno. Por cierto, ¿alguien le puede decir a Patricia Laurent Kullick que ya estamos listos para su próximo libro? Y, finalmente, espero con ansias locas todos los trabajos de Susana M. C. García Iglesias, la barwoman que rescata perros callejeros en el centro de la ciudad más grande del mundo que, entre otras cosas, se convirtió en la ganadora del primer Premio Aura Estrada. Hay más, de eso estoy segura. Y habrá todavía más. Y a veces, con un poco de suerte, lograremos ver a las Selváticas cuando, aunque sea por unos días, dejen su intemperie atrás para visitar las calles de la ciudad.
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Que sirva pues este Sor Juana para decir: hay que leer los buenos libros que se publican hoy en México, independientemente de si son libros escritos por hombres o por mujeres. Que sirva, si ha de servir, para invocar el espíritu crítico de una monja irreverente sobre el cielo que protege la escritura de Las Selváticas.

lunes, diciembre 07, 2009

Palabras y secuaces (Milenio/Opinión 07/12/09)

¿Servicial o arrogante?
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¿Escribe usted para sus lectores?, resuena la pregunta, y ya el escritor sabe que no existe respuesta segura. Cuesta trabajo creer en una página escrita y publicada completamente a espaldas del público lector: probablemente un acto de arrogancia y umblilicentrismo, amén de una contradicción intrínseca. Provoca desconfianza, por otra parte, una novela escrita previendo la opinión de los lectores, y muy probablemente buscando su favor: mera literatura clientelar. Ahora bien, habría que ver cuál de las dos posturas encierra una más alta petulancia, si al fin el narrador servicial comete ya de entrada el pecado mortal de tomar al lector por zopenco. Nadie que se respete se propone escribir para bobos y rústicos, menos aún cumplir con sus expectativas. ¿Quién querría jugar al ajedrez solo, o con un principiante que no sabe ni mover los caballos? Escribir es un juego de jaques y enroques donde al lector jamás se le derrota y no queda más triunfo que el de salir vivo.
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Los lectores son siempre el gran misterio. Mentiría si dijera que jamás he pensado en provocarlos, incomodarlos o sacarles alguna carcajada, pero lo cierto es que no alcanzo a verlos, aun a sabiendas de que están ahí. De ahí que al escribir prefiera uno representarlos en su propia persona, que también es lector y le fascina ser puesto en jaque a fuerza de palabras chocarreras. Escribimos, a veces, aquello que quisiéramos leer, no porque ya lo hayamos leído todo sino porque nos urgen las respuestas a preguntas que no sabemos formular. Cosas que se le escapan al análisis frío de las obsesiones y de pronto son sólo descifrables mediante la inmersión incondicional en la pileta de las tentaciones.
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Leer siempre es mejor cuando se hace por causa de una tentación, pero ésta sólo será satisfecha si quien ha escrito el texto lo hizo porque tampoco supo resistirse. No siempre va uno y compra cierto libro para llegar a casa y sentarse a leerlo, si buena parte de ellos se queda en el estante para engrosar la fila de las tentaciones. Se escribe, cómo no, para tentar. Por eso un buen estante no es el mejor surtido, sino el más tentador.
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Deleitosos delitos
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Rosa Montero fue quien tuvo la idea, siete años atrás en la FIL de Guadalajara, de que fueran precisamente los lectores quienes presentaran el libro de un autor. Hace unos pocos días, luego de una sesión conmovedora en la que literalmente no se cansó de escuchar las preguntas de sus lectores, José Emilio Pacheco insistía en llevárselos a otra parte donde fuera posible continuar con la charla. Pues los lectores son el gran fantasma: no solamente tienen miles de rostros, y por tanto ninguno que los represente, sino que saben siempre demasiado, o en todo caso inmensamente más de lo que quien escribe sabrá jamás de ellos. No en balde han asistido a las zonas más íntimas del autor, quien con algún candor llegó a pensarse a salvo tras la coartada de la ficción, tras lo cual son capaces de establecer conexiones e hipótesis inflamables.
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Cierto: uno se lo busca. ¿Quién que haya hecho una carta, un poema, un trozo de ficción, no ha albergado siquiera en una línea el impulso secreto de tatemarse, e inclusive de darse El Gran Quemón? Una vez cometido el flagrante atentado contra la realidad, ¿cómo no interesarse hasta el punto del sarpullido emocional por el probable efecto de la fechoría? ¿Qué tanto me he quemado, cómo, dónde?, se pregunta uno luego de mirarse exhibido por sus propios engendros y estropicios, pero al fin ya decía Neil Young que mejor chamuscado que oxidado. No es fácil dar la cara por el propio trabajo, menos si uno lo entiende como fechoría, pero el juego reserva ciertas dosis secretas de deleite para quien se aventura a la chamusquina sin otra protección que su sed de artificio. O, si se quiere, su hambre de impostura. No puede uno prever hasta dónde sabrá llegar el próximo lector, pero en el fondo espera que se cuele a los últimos recovecos, no como un detective sino en papel de cómplice; o que al menos en un punto del texto se trasluzca que fuimos compañeros de fuga.
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Fin de festín
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Regresar de la FIL es como terminar de leer una buena novela. Hay un hoyo en el centro de las horas o días que siguen al enorme festín. Se está a disgusto en la normalidad, luego de haber probado lo extraordinario. Y todavía más que eso, lo impredecible. Nunca, en lugar alguno, he visto o concebido semejante parque temático dedicado a los libros y sus devoradores. La gente se aglomera en los eventos y corre de uno a otro como un niño entre el Pulpo y la Montaña Rusa veinte minutos antes del cierre del parque. No es raro que a menudo las ponencias resulten salpicadas de gracias y desmesuras infrecuentes en otros foros, visto el estado de ánimo imperante, allí donde por una vez la generosidad y el apetito resultan una y la misma cosa.
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Me precio de haber sido, en otros años, un cazador de autógrafos de pesadilla. No puedo, pues, por menos de mirar las filas de la FIL con una suerte de simpatía secuaz. Y he aquí que una mañana, la semana pasada, de visita en una escuela Vocacional, a una alumna avispada —lectora implacable— se le ocurrió lanzarme una bola de fuego en forma de pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que pediste un autógrafo, y a quién? Luego de un titubeo balbuceante, hube de confesarle que pasó hace tres meses: en una pelota el de Rafa Nadal y en un gafete el de Roger Federer. No me iba a ir sin ellos, le expliqué, y ya muy tarde pensé en abundar: a mi modo, soy un lector asiduo del juego de quienes considero los mejores tenistas de la historia. Unas horas más tarde, me topo con David Toscana, que no tarda en mostrarme su libro recién dedicado por la pluma de Orhan Pamuk. Lo dicho: nadie sabe para quién trabaja, pero al cabo quién dijo que éste era un trabajo. Ningún trabajo envicia con la fuerza de un juego. Ni esclaviza, ni colma, ni recompensa, todo a un tiempo. Los lectores lo saben: por eso están ahí.

sábado, diciembre 05, 2009

Poética crepuscular

I

Las palabras han muerto,

el poeta se las llevo

y sus herederos, los lectores,

las prostituyen, sin recato.

En el pasillo de cualquier

calle se oyen las ofertas

y las invitaciones a consumirlas:

¡pásele, güerita, güerito

hoy, solo hoy, dos por uno,

con metáforas!

¡Pásele, pásele hay de todos los

modelos: Kafkianas, Proustianas,

Bolañescas, Pitolescas y sobre

Todo, las de moda, aquellas que

son crepusculares.

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II

El poeta se murió

¡ay qué dolor, qué pena!

Sus lectores le lloran,

le extrañan

y erigen coloquios, congresos

y antologías.

Luego vendrán las estatuas de bronce,

primero las de oro.

si las palabras,

que deben de implantarse

antes de que el viento se las lleve.

¡Ay el viento y el tiempo!

¿Qué harán con sus cenizas?

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III

Antes de escribir

vomite, el asco me inundaba

y salieron palabras,

ahí amontonadas yacían

en el escusado, sentí pena,

pobrecitas palabras,

llorar quería,

incluso pensé en organizar

un congreso que hablara

sobre la muerte de la palabra,

imagine ponentes,

y a los asistentes

pero algo me invito

a jalar la cadena.

Extrañamente el dolor

se había ido junto con

las palabras.

jueves, diciembre 03, 2009

"Aprendiendo del desierto"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 01/12/09)

Hay momentos en los que uno como lector debe agradecer la aparición y/o publicación de cierto tipo de libros. También es cierto que lo publicado por Anagrama siempre es garantía de calidad en todo el amplio sentido de la palabra. “El amigo del desierto” novela escrita por Pablo d'Ors es uno de esos libros que irradian belleza en cada una de sus frases.
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Todo comienza cuando Pavel –protagonista principal se topa con la contraportada de un libro escrito por un tal Ladislao Pecha, en el cual expone su experiencia ante el desierto, la cual marcó y cambió tanto su vida que termino por convertirse en la única razón de su existencia, motivo por el cual decide emprender constantemente viajes al desierto. Ladislao Pecha funda una extraña y enigmática asociación iniciática: los “Amigos del desierto”, cuyo objetivo es reunir una serie de aficionados al desierto y dispuestos a realizar viajes expedicionarios a los distintos desiertos del mundo, mismo que estarán llenos de incomodidades. A lo largo de la novela Pavel contará de sus tres expediciones al Sahara: la primera será a su parecer un fraude completo pues no estuvo dispuesto a abandonar del todo la ciudad, la segunda estará llena de muchas incomodidades aunque tendrá más valor para Pavel, sin embargo la ciudad ahora es quien no quiere soltarlo; y para la tercera decide internarse solo sin la compañía de sus amigos, pues está dispuesto a enfrentar al desierto. Al tomar esta decisión se desencadenarás una serie de acontecimientos que irán cuestionando la actitud de Pavel ante sí y ante la vida.
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“El amigo del desierto” es una novela que cuestionará a cualquiera que se acerque a ella y que, a pesar de no estar en el desierto, hará al lector sentir y sufrir cada una de las experiencias que el personaje de la novela va teniendo; una novela que según los críticos se inscriben en la tradición de “Siddharta” de Hesse o “Los ojos del hermano eterno” de Zweig.
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Pablo d'Ors (Madrid, 1963), sacerdote y teólogo, enseña Dramaturgia en el Aula de Teatro de la Universidad Complutense y es crítico literario de Blanco y Negro Cultural, donde ha escrito sobre Zweig, Hesse, Musil, Bernhard, Thomas Mann, Pessoa y Pirandello, entre otros. Entre sus obras se encuentran “El estreno”, “Las ideas puras”, “Andanzas del impresor Zollinger” y “Lecciones de ilusión”, cada una de ellas bajo el sello de Anagrama.

Escribir es una “fregadera”: Xavier Velasco (Natalia Barragán/FILias-Milenio)

El autor del El diablo guardián ofrecerá la charla: Terapia de autoperjuicio, o cómo y por qué narrar es un horror
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Guadalajara.-Para Xavier Velasco, escribir es un horror, es sufrimiento: “es una fregadera”. Por eso quiere desahogarse y quejarse con sus lectores y lo hará a través de en su charla Terapia de autoperjuicio, o cómo y por qué narrar es un horror.
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“Todos sufrimos a la hora de escribir, porque hay un momento en el que no sabes si lo que estás escribiendo sirve para algo o es un desperdicio […] Escribir es una terapia de autoperjuicio. Narrar es un horror, porque no se puede narrar impunemente: siempre llega un momento en el que todo se complica”, comentó el autor del Diablo Guardián. Es un proceso lleno de dudas, de zozobra, en el que los demonios persiguen. A Xavier Velasco lo visitan siete, según dijo.
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El escritor adelantó que durante la charla hablará de su próxima novela, Puedo explicarlo todo, que trata precisamente de un pseudoterapeuta que escribe libros de autoayuda, o mejor dicho de “autoperjuicio”.
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En estos momentos, dijo, tiene la novela revuelta en la cabeza y por eso es el momento perfecto para esta charla.

Eduardo Antonio Parra reúne sus sombras en un libro.(Miriana Moro/FILias-Milenio

“Parra es el autor autor erótico de nuestra generación.“ afirma David Toscano durante la presentación de la obra.
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Guadalajara.- Dos amigos norteños presentaron ayer el libro “Sombras de detrás de la ventana”, que reúne 28 cuentos escritos por el autor Eduardo Antonio Parra a lo largo de 15 años de trabajo. El autor nacido en Guanajuato, ha escrito novelas como Nostalgia de la sombra y Juárez. El rostro de piedra; y sombras..., Su publicación más reciente, obtuvo en noviembre el premio Antonin Artud.
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Sus relatos se comparan con pesadillas narradas a un niño que desea seguir escuchando una y otra vez el terror tan ampliamente descrito. De Parra se recuerdan temáticas como violencia, sexo, miedo, bandalismo, prostitución, narcotráfico, notas rojas entre otros.
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“Sus historias son terribles. Sus personajes son los con los que uno jamás querría encontrarse en su vida.” Comentó Élmer con los asistentes, hablando también de la introspección que provoca leer obras como la de Antonio Parra. “La literatura a veces opera como ese medidor social en que uno cuando está leyendo termina pensando en su propia vida y su papel en el mundo.”
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La compilación contiene el cuento titulado “Plegarias silenciosas”, dedicado a Élmer Mendoza de quien toma elementos característicos para el desarrollo de la historia.
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Para el propio autor, la obra presentada hoy resultó un viaje retrospectivo por el cual se dio cuenta de su evolución como escritor. Eduardo Antonio Parra, a sus 44 años publica esta compilación de cuentos y ha sido becario del Centro de Escritores de Nuevo León, del Sistema Nacional de Creadores del Fonca así también como de la John Simon Guggengeim Memorial Foundation en 2001-2002.

David Toscana: “Vivimos del recuerdo de las emociones” (Abril Posas/FILias-Milenio)

Los puentes de Königsberg, nueva novela del escritor mexicano, de manera lúdica y armoniosa rinde homenaje a una de sus obsesiones. Iniciado en la escritura gracias a El Quijote de Cervantes, platica con Filias acerca de su último trabajo
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Guadalajara.- Existe un ritmo musical que aumenta y disminuye a lo largo de la narración, ¿por qué decidió que fuera así?
Para que fuera como una borrachera: siempre hay discursos, canciones, poemas. La novela no sigue las reglas de la razón.

¿Por qué están la niñas en la historia?
De niño, en Monterrey, veía en la televisión y en el periódico la foto de alguna niña perdida, y me resultaba espeluznante eso de estar en un cuarto oscuro, no poder volver a casa. Y luego la imagen de las jovencitas: en los años 60 no había mucha fotografía inmediata para mostrar, así que se utilizaba la de la primera comunión. Vestidas de blanco, como novias, colgadas de rosarios...

¿Cómo surge la idea de incluir este elemento en la historia?
Los novelistas estamos escribiendo de nuestros traumas infantiles. Los problemas los trato de poetizar. Es posible que me consideren pedófilo, sí, pero pederasta no. Amo a estas niñas, pero no tengo ninguna intención de poseerlas, no me las quiero robar. Mis personajes reaccionan igual: las ven de una forma muy amorosa, así como ellas también les corresponden.

Para escribir esta historia, ¿fue necesario recrear una borrachera?
(risas) Escribo con mucha música, pero no necesariamente con el alcohol a un lado. Se pueden recordar los momentos lúdicos para eso, pues vivimos del recuerdo de las emociones. Es un campo de juegos.

Sergio Pitol, el escritor que traduce “impecablemente” (Natalia Barragán/FILias-Milenio)

Guadalajara.- Sergio Pitol se disculpó con el público: no podía hablar, algo de la garganta, según se entendió por la seña que hizo con la mano. Pero, anoche, sonrió todo el tiempo y hasta se rió en ciertos pasajes del texto que el poeta colombiano Darío Jaramillo le dedicó, como un homenaje según dijo, y como parte de la presentación de los cuatro títulos más recientes de la colección Sergio Pitol Traductor, de la editorial Universidad Latinoamericana.
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“Descentrada, excéntrica, arriesgada, es la ruta que Pitol asume desde un principio y que le vale convertirse desde un principio en referente, casi 50 años después de emprender su propio camino”, expresó el colombiano. Sergio Pitol sonrió y se recargó en la silla.
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“No se trata de un traductor que escribe, sino de un escritor que traduce. Lo principal que nos regala Pitol en sus versiones es el castellano impecable, transparente, fluido e hilvanado de un excelentísimo escritor. Eso es lo primero y lo más importante”.
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Luego, Jaramillo se disculpó porque se tenía que ir. Sergio Pitol se levantó y lo acompañó hasta la puerta; le dio un abrazo y una palmada en la espalda.
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Desde 1970, Sergio Pitol ha traducido al castellano más de 40 libros, autores de la literatura clásica de todos los países y en siete idiomas. En 2007, la editorial Universidad Veracruzana lanzó la colección Sergio Pitol Traductor, que ya reúne catorce títulos de autores como Henry James, Jane Austen, Ford Madox Ford, Lu Hsun, Joseph Conrad y Tibor Déry, entre otros.
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A las traducciones de las piezas de estos autores se unen cuatro más: Cosmo, del polaco Witold Gombrowicz; En torno a la excentricidades del cardenal Pirelli, del inglés Ronald Firbank; Salto mortal, del italiano Luigi Maleaba; y Cartas a la señora Z, de Kazimierz Brandy. En 2009 se lanzará otro más: Adiós a todo eso, de Robert Graves.

El insomnio de Bolívar, recorrido por América Latina (Jesús Alejo/FILias-Milenio)

Guadalajara.- En algunas de las pláticas sostenidas por Jorge Volpi a lo largo de la última década, la situación de América Latina y, en especial, de México, siempre estuvo presente como tema; diálogos de muchas preguntas y pocas respuestas, que lo llevaron a escribir los ensayos reunidos en el libro El insomnio de Bolívar, con el cual obtuvo el Premio Debate-Casa de América.
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“Me parece que el libro es una especie de ajuste de cuentas y, al mismo tiempo, un libro colectivo, que surge a raíz de las conversaciones tenidas con muchos escritores latinoamericanos a lo largo de estos 10 años, tratando un poco de asentar una posición acerca de qué es América Latina, no sólo para mí, sino para muchos miembros de mi generación de varios países, tanto a nivel literario como político.”
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La obra es una especie de recorrido por América Latina, “desde su pasado mítico hasta su futuro imaginado”, que parte de una certeza: son reflexiones más literarias que políticas, o más literarias que históricas, para contribuir al debate que debe de venir a partir del año próximo en el marco de los bicentenarios, asegura el director de Canal 22.
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“Busqué una mirada no ideológica. Sabemos que ningún texto es inocente y siempre debe reflejar el pensamiento de algún autor, pero yo quería que fuera una visión que no viniera ni de la derecha ni de la izquierda, o criticara sólo algunos, sino que fuera un punto de vista más equilibrado para tratar de desmontar algunas de las constantes de América Latina en este principio del siglo XXI.”
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Se trata de una reflexión que urge a realizar, sobre todo ante los festejos del 2010, bajo el entendido de que más allá de celebrar o recordar las gestas, primero deben establecerse ciertos criterios, como no verla como un fenómeno estrictamente nacional, sino más bien entenderla en el contexto de lo que ocurría en España y en el resto del continente en el siglo XIX.
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“Además, tendríamos que debatir si queremos esta posición en la que estamos actualmente como país: fuera de América Latina, perdiendo todo el protagonismo de política exterior que en su momento tuvo México, centrando nuestra decisión política y económica, más en el enorme impacto social de la migración hacia Estados Unidos, por lo que vale la pena plantearse si es verdaderamente inevitable que nuestro contacto con América Latina sea cada vez menor y que la influencia disminuya.”
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El papel de los intelectuales, de acuerdo con Jorge Volpi, es intentar contribuir al debate y más hacia la sociedad civil, porque quienes detentan el poder pocas veces miran hacia esas propuestas.

Artemio Rodríguez-(Diario Milenio-México 01/12/09)

Conocí a Artemio Rodríguez (Tacámbaro, 1972) hace ya bastantes años, cuando fuimos compañeros de beca del Fonca —él en artes plásticas; yo, en poesía— allá por 1999. La suerte tuvo a bien colocarnos hombro con hombro en una de esas cenas de bienvenida y, mientras todo mundo se entretenía en sesudas conversaciones intelectualosas, Artemio y yo descubríamos nuestra impar pertenencia fronteriza. Él vivía por ese entonces en Los Ángeles y yo ya tenía un par de años viviendo en San Diego, así que cuando empezó a contar la hilarante historia de su primer cruce fronterizo (a pie, de la mano de polleros, con la adrenalina que da la falta de documentos) la risa tuvo mucho de complicidad. Reí, eso sí, por unas tres o cuatro horas seguidas, y no miento si digo que fue sin parar. No tardé mucho en darme cuenta de que el mismo sentido del humor que desplegó esa noche —alharaquiento y dolido, autoreflexivo y crítico— formaba parte intrínseca de los trazos de sus grabados. Un diablo pequeñísimo detrás de la espalda cansada de un campesino. Una referencia evidente a la guerra en Irak dentro de un cuadro de apariencia bucólica. Las cartas de la lotería. A los pocos días, y con la vocación lúdica que he entendido que también lo caracteriza, aceptó llevar a cabo los dibujos de los diplomas que los poetas de esa generación del Fonca se disponían a otorgar a los ganadores de un concurso apócrifo, ciertamente, pero divertidísimo.
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Volví a ver a Artemio pocos años después, cuando organicé una exposición de su obra en mi casa de San Diego. Compramos vino, retiramos muebles, colgamos cuadros sobre las blanquísimas paredes e invitamos a los que se supondrían adquirirían los grabados: profesores universitarios. Cuando la muchedumbre alcohólica hubo partido, nos dimos cuenta que habíamos sostenido charlas interesantes y bebido bien, pero que sólo uno de los famosos y pudientes profesores universitarios se había decidido a sacar el proverbial cheque de su cartera. Fracasados pero contentos, nos tiramos en el suelo a platicar de cosas. Artemio hablaba de José Guadalupe Posadas con tanto entusiasmo como del libro de estampas medievales que acababa de descubrir en casa. Hablaba de su vida en Los Ángeles, es cierto, pero más todavía del paisaje rural de Michoacán. Decía, desde entonces, que regresaría. Ya en la mañana y antes de partir se dio a la tarea de plantar un cactus pequeñito en el jardín delantero de la casa. Creció tanto con el paso de los años que, no hace mucho, tuve que ordenar una poda radical.
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Los años, como dicen los narradores, siguieron pasando. Y Artemio no se volvió a presentar en mi casa fronteriza hasta que no volví a tener casa en la frontera. Organizaba una cena con amigos en Tijuana, y Artemio, como se dice, pasaba por ahí. Trajo ejemplos de su trabajo más reciente, y la charla que solía concentrarse en los avatares de los mexicanos en Los Ángeles, ahora se deslizó hacia el sur, hacia ese lugar en Michoacán donde se esfuerza por establecer El Huerto, un taller de grabado y un centro cultural al mismo tiempo. Trajo también algunos de los libros que publica en La Mano Press, su taller-imprenta, y hasta el juego de cartas de lotería que a bien tuvo regalar a Matías, mi hijo. Esa fue una de las últimas noches que Yvonne Venegas, mi fotógrafa favorita, pasó en Tijuana antes de mudarse en definitiva a la Ciudad de México. Los grandes, grandísimos ojos de Lya, su hija, alumbraron la velada y ampararon la conversación.
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Hace todavía menos tiempo Artemio me anunció que venía otra vez a San Diego. Esta vez llegaba al lugar que se ha ganado con el trabajo propio y el talento propio y el esfuerzo propio: las paredes del Museo de Arte de San Diego. Decir que fue gusto lo que me dio al ver ahí El Triunfo de la Muerte, el inmenso grabado que Artemio llevó a cabo durante una estancia en un prestigioso taller ubicado en Hawai donde plasma su visión carnal y estentórea, feroz y carcajienta del mundo contemporáneo, es decir poca cosa.
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Las dimensiones son justas para acomodar una visión que es abarcativa (se me antoja aquí la palabra imperial, pero como que no va), moviéndose con singular flexibilidad del pasado más remoto hasta el presente de pacotilla. Los muertos se levantan de sus tumbas, efectivamente, para atormentar a los vivos. Y los vivos no se quedan atrás. Un contingente de esqueletos alza pancartas que invitan a la avaricia, el consumo, la envidia, la explotación. Un tambo de petróleo trae una vez más el tema de la guerra de nuestros tiempos a colación. Los hombres de a caballo de su grabado, como tantos hombres de la vida real, se sirven del sexo y de los recursos y del esfuerzo de las mujeres que yacen sobre el camino. Un perro le muerde los talones a un niño que huye, despavorido. Entre Brueghel y el Bosco y Posadas, la muerte que Artemio graba es, sin embargo, eminentemente fronteriza y contemporánea. Es la muerte de hoy. La muerte que nos toca.
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Pero Artemio, justo como aquella noche de becarios, también me volvió a hacer reír con los chaneques —esa gente menuda— que roba burros por las noches, y con los trazos que llenan la superficie del Grafico Móvil, el vehículo del 47 convertido en pieza de arte y estudio sobre ruedas. ME VES Y SUFRES. Sus relaciones con la literatura son bien conocidas —recuerdo que aquella noche de la expo en mi casa mostró también los grabados con los que había ilustrado Woodcuts of Women, el libro de relatos de Dagoberto Gilb— y el trabajo que ha hecho con las escenas cotidianas que José Rubén Romero describió en Tacámbaro forman ya una especie de haikús del grabado.
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Me da gusto ver el ir y venir de Artemio por la frontera, moviéndose con tanta ligereza por las orillas de Los Ángeles como por las lomas del “rancho”, como le llama a su espacio en Michoacán. Me da gusto que su visión siga tan fresca y crítica, tan lúdica y pertinaz como la que descubrí una noche de mucha risa tantos años atrás. Me da un gusto enorme comprobar que este mundo no sólo le pertenece a los advenedizos del odio y los oportunistas de ocasión, sino que está aquí, entre gente de bien, gente de trabajo, gente de lucha que sabe reír y reunirse a platicar y, por supuesto, brindar. ¡Salud!

lunes, noviembre 30, 2009

La escritora recibirá, por segunda ocasión, el Premio Sor Juana (Diario Milenio-FILias)

Cristina Rivera Garza vuelve entre homenajes
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Guadalajara.- Cristina Rivera Garza regresa a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Y, aunque no trae novedad editorial bajo el brazo, su agenda luce movida. La escritora tamaulipeca llega a la fiesta librera para recibir, por segunda vez, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, convirtiéndose así en la primera autora en ganar dos veces el galardón. Y por eso la sonrisa se sigue dibujando en su cara.
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La autora de La muerte me da --volumen que le mereció el galardón por segunda vez-- asegura que se trata de "dos escritoras distintas": la que ganó el premio en 2001 y al que lo hizo en 2009. "Por eso es importante ganar este premio con éste libro, que es un volumen atípico. Es un gran apoyo".
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Cristina Rivera Garza participará hoy en la presentación del libro Solo cuento, el miércoles 2 de diciembre recibirá el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y al día siguiente estará en El placer de la Lectura.

La noche inenarrable-(Diario Milenio-México 30/11/09)

1 Vísperas sin sosiego
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Sucedió el seis de enero de 2007, sábado por la noche. Imposible olvidarlo, aunque siga dudando ser capaz de contarlo. Durante los dos meses precedentes me fui a la cama cada noche diciéndome lo que iba a pasar al inicio de enero, a ver si comenzaba a creérmelo. Tantos años de imaginar aquella cita me habían dejado un fantasmón en la cabeza, y esperaba que fuera aquel espectro quien a la hora buena me guiara por todo el ritual. Mañana con mañana, ya en el hotel, nada más despertar abría el cajón del buró donde guardaba los boletos, ocultos entre las páginas de un libro, y me daba a leerlos una vez más. Veía el día, la hora y el lugar, pero seguía sin dar mucho crédito, pues con el paso de años y años me fui haciendo a la idea de que jamás presenciaría un concierto de Chico Buarque.
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Sólo de ver el nombre en los boletos me decía no es cierto, no puede ser, pero lo único cierto es que tenía que ser, toda vez que ya me había comprometido a regresar con una crónica para el suplemento Laberinto. Nadie me la pidió, pero apenas quedaron reservados los boletos le había llamado a José Luis Martínez para ofrecerme a venir con el chisme. No asiste uno al mismo concierto cuando sabe que tiene que escribir de él: hay que estar más alerta, tomar notas mentales obsesivas, hurgar en los detalles con la ansiedad de quien aún no sabe si hallará lo que busca y no puede volver con las manos vacías. En el caso de Chico, apenas me inquietaba la idea de quedarme sin palabras, luego de tantos años de seguirlo de lejos y no obstante encontrarlo tan familiar como todo un racimo de memorias y sentimientos entrañables. Habría demasiado por contar, calculaba en la víspera, luego de una semana tan lluviosa que tampoco acababa de creer que ese paisaje gris y nebuloso fuese realmente Río de Janeiro.
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2 La voz y la experiencia
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Ya en la noche del sábado, camino del concierto en el legendario Canecão, paladeaba un desasosiego similar a los instantes previos a la consumación de un romance. Puesto de otra manera, no había ni llegado al lugar de los hechos y ya me había deshecho del ansia del cronista, que aún sabiendo imposible la objetividad se parte el alma por poner en escena todo cuanto le es dado atestiguar. Sabía, por un par de videos y el relato sin gracia de algunos enterados, que Chico Buarque estaba lejos de ser un showman, y hasta había quien lo encontraba monótono, pero esas opiniones no hicieron mejor cosa que empecinarme. La sola idea de escuchar allí mismo Construção, Futuros Amantes, Morena de Angola, Mulheres de Atenas o Gení e oZeppelin me parecía lo bastante excitante para escribir un tratado al respecto, incluso si a la estrella le daba por cantar quieto y de espaldas.
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Hay voces que se llevan tatuadas por adentro, y la de Chico es de ésas. Ni siquiera de verlo allí delante, sentado ante el micrófono, había creído que estaba donde estaba, pero apenas sonó la voz del cantante narrando una visión irrepetible —Todo lo que no era ella se desvaneció: apenas la segunda línea de la noche y ya tenía la primera de la crónica— supe que aquella cita era tan importante como la había creído. Dos canciones más tarde, ya no pensaba más en la crónica: Chico, en efecto, con trabajos movía los dedos y la boca, pero ni falta hacía que moviera otra cosa. Jobim tampoco hacía circo alguno, seguramente porque ya sus canciones aparecían repletas de efectos especiales. Imposible saber a partir de qué punto había caído redondo en el hechizo; bien pudo suceder quince años antes. El punto es que una vez entrado en el espacio hipnótico-macumbero, me temí que la crónica terminaría llevando las de perder. Entre más avanzaba el concierto, menos cosas había por contar. Era un viaje hacia dentro y no había vuelta atrás.
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3 Hechicero de palo
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¿Qué tenía ese espectáculo de extraordinario? Visto fríamente, nada, pero lo extraordinario no se contempla así. Corear Joao e María junto a tantos extraños, con la mano pescada de una mujer fundamental, no daba para más que dejarse arrobar por el instante y engañarse pensando que todas esas notas tan queridas lo acompañaron a uno desde la cuna y las oyó en las calles de su ciudad, las fiestas, los paseos, los almacenes. Pero lo cierto es que aquellas canciones eran un patrimonio de tal manera íntimo y excluyente que no podía asociarlas sino con ideas, sueños y sucesos ocurridos adentro, en esa zona de la conciencia que rara vez acepta convidados. Si aquellos brasileños coreaban las canciones que los habían seguido por tantas partes, yo me esforzaba por hacer lo propio luego de tanto ir tras esa música, con la voracidad de quien descubrió un mundo y no quiere dejarlo, así se quede solo y sin bailar.
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Salimos y no supe qué decir. Cenamos en un restaurante japonés de Leblon, casi en silencio porque los dos teníamos los ojos inyectados de tantas emociones no sé si compartidas, pues al cabo me había ido tan lejos que no estaba seguro de haber visto y oído lo que el resto. Sentía una dicha extraña e intermitente, porque ya me decía que no tenía crónica, ni la iba a tener. Más aún, no me daba la gana ni intentarla, por más que me dijera que al regresar a México de seguro se me iba a ocurrir algo. Con el paso de algunas noches de zozobra —se me caía la cara de vergüenza cada que hablaba con José Luis y volvía a decirle que ya mero— entendí que no había más opción que hacer literatura, pero igual eso me parecía pecado. Chico Buarque, además, no se lo merecía. Un día, me quedó claro que la mayor virtud del concierto de Chico tenía que haber sido no dejarse narrar. Desvanecerlo todo, incluso las ideas más persistentes, hasta arrojarme a aquella zona de perfecta inocencia donde todo está dicho y el mundo está en su sitio. Qué placer, al final, quedarse sin palabras. Enmudecer gozando, gozar enmudeciendo. Qué alegría saber, al final del concierto, que del amor tampoco se puede escribir crónica.

domingo, noviembre 29, 2009

Tenemos un país de negaciones y contradicciones: Pedro Ángel Palou

El escritor señala, en su nuevo libro La culpa de México, que no hemos sido capaces de reconocer nuestra diversidad y no podemos ser felices
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Verenise Sánchez
Fuente: http://www.wawis.com.mx
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En entrevista, dijo que el ensayo —Editorial Norma 2009— es una revisión histórica de México durante el siglo XIX y XX. “El libro se generó al terminar mis tres novelas históricas: Zapata, Morelos y Cuauhtémoc, y me di cuenta que se requería una reflexión más allá de los personajes. Se tenía que buscar qué había con el país y cómo llegamos a ser la nación que hoy tenemos…
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“¿Por qué como nación no pudimos entender a José María Morelos o a Emiliano Zapata en su momento?, además de saber cómo el país fue planteando sus prioridades”, comentó.
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Al hacer este ejercicio, señala, “encontré que en buena medida el país fue hecho para los criollos, que la Independencia se gana con una contrarrevolución, la revolución de Agustín de Iturbide, quien se hace emperador justo cuando nosotros queríamos libertad”, señaló.
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Destacó: “negamos lo otro que pudimos ser. Negamos al indígena, no sólo al del pasado, sino al del presente. Negamos a la madre patria, pero pedíamos que llegara Fernando VII en algún momento a gobernarnos, incluso en el Grito de Independencia se dijo: ‘¡Viva la Virgen de Guadalupe!, ¡Viva Fernando VII!’.
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Negamos a los conservadores y nos volvimos liberales por decreto. Negamos la reelección de Juárez con el Plan de la Noria y llega Porfirio Díaz para quedarse 30 años en el poder”, indicó.
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La Revolución Mexicana construye su proyecto, no sólo ideológico, sino a partir de la idea de un mestizo único y occidental, al que de alguna manera José Vasconcelos le llamaba la raza de bronce, y otra vez se hace excluyendo y negando a las otras patrias, subrayó.
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“Planteo en el libro que no hemos sido capaces de ser felices y no hemos sido capaces de reconocernos en la diversidad”, expresó.
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Dijo que su publicación en este momento, a unos meses de conmemorar los 200 años de la Independencia y los 100 años de la Revolución Mexicana, no es un gesto aislado.
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“Es un momento en que podríamos dedicarnos sólo a la celebración vacía o utilizar este momento para reflexionar lo que hemos sido, pero también sobre lo pendiente”, agrega.
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Indica que a los mexicanos nos hace falta, “más que ajustar cuentas con el pasado, construir un futuro posible, abrir los espacios de participación ciudadana, democratizar al país, que hoy es partidocrático, y plantear mínimos comunes para construir un México del siglo XXI que no repita los errores y horrores del siglo XIX y XX”.
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2010
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Señaló que no va a participar en la celebración oficial de los festejos del Bicentenario, pero sí va a hacer un recorrido por toda la república mexicana con algunos escritores como Héctor Zagal, Paco Ignacio Taibo y Eugenio Aguirre para platicar y debatir con la gente sobre la historia de nuestro país.
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“Vamos a empezar el recorrido en marzo por Mazatlán, Sinaloa, y tenemos planeado que termine en septiembre”, indicó.
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Explicó que habrá encuentros en librerías. “No hablaremos de nuestros libros históricos, sino de la historia de México, decirle a la gente lo que por muchos años quedó oculto, aplastado por la historia oficialista.
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“Pero la idea no es que nosotros hablemos y hablemos, sino que la gente nos platique, nos pregunte sobre lo que tienen duda y así desembrollemos las marañas históricas que nos han querido hacer saber”, indicó.
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En otro tema, dijo que para abril del próximo año va a publicar una novela, pero ya no histórica, sino una novela de amor y amistad que se va a llamar La profundidad de la piel y que estará ubicada entre México y Japón.

jueves, noviembre 26, 2009

"Una novelita lumpen"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 25/11/09)

Esta novela, del chileno Roberto Bolaño (1953-2003), ha sido editada recientemente por Anagrama dentro de su colección Narrativas hispánicas.
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“Una novelita lumpen” tiene como escenario la ciudad de Roma y como personaje principal a una mujer: Bianca, quien irá contando todas las peripecias que ella y su hermano pasaron tras la muerte de sus padres en un accidente automovilístico.
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Por la forma en que Bianca narra su vida, pareciera que el lector pudiera encontrarse ante una mujer que, por azares de la vida, acabo convirtiéndose en puta, ladrona y asesina Pero realmente es la historia de un par de hermanos que, después de estar en la gloria, han descendido a un extraño infierno, para luego salir avante, sin sangrar, sólo con unos escasos rasguños.
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No me puedo considerar un experto lector de Bolaño, porque no lo soy, aunque si tengo ganas de serlo, “2666” es un libro que está en mi librero esperando el tiempo adecuado para ser leído, mientras “Los detectives salvajes” fue una novela que llego justo cuando la quería y me atrapó como esperaba que lo hiciera. Pero sí creo tener las suficientes herramientas para ejercer un poco de crítica ante esta novela de Bolaño que es póstuma como todo lo que ahora se está y estará publicando de él.
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A “Una novelita lumpen” le falta carne y por ende a sus personajes. A lo largo de la novela aparecen personajes del tipo secundario que sirven para darle sostén a la trama, pero desaparecen sin chistar de la misma forma en que llegaron a ser parte de la historia. Sonará descabellado, pero la televisión, frente a la que están sentados la mayor parte del tiempo los personajes, aparentemente tiene más importancia en la novela que muchos de los personajes.
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A pesar de todo, se agradece poder seguir leyendo a Bolaño, aunque sería interesante que los familiares respetarán las decisiones de los escritores cuando mueren, si en vida no publicaron ciertas cosas, quizá es porque no las sentían listas o simplemente no querían publicarlas. Y me temo que está siendo el caso de Bolaño.