Espacio del Poeta superfugado, hijo de Hugh Grant y sobrino flaco de Federer.
jueves, septiembre 24, 2009
I (Fragmento de Los amantes se separan, parte de la novela "Sanar tu piel amarga" de Jorge Volpi)
miércoles, septiembre 23, 2009
"Epigramas de Díaz Dufoo hijo"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 23/09/09)
Tumbona ediciones es una editorial que ha venido a refrescar el ambiente literario en México y recientemente ha publicado “Epigramas” de Carlos Díaz Dufoo hijo, dentro de la colección Píldoras amargas. Este texto puede considerarse oro preciado en el mundo de la literatura. Extraña creación como dicen lo fue en vida Dufoo hijo, que además de haber escrito aforismos fue dramaturgo y pianista.“Epigramas” fue editada por vez primera en París (1927) de la mano del tremendo Alfonso Reyes y está conformado por 108 aforismos y 2 diálogos cargados de sátira, sarcasmo, un poco de humor negro y un mucho de pesimismo, condensado con un tanto de melancolía. Aquí el lector no encontrará ningún consejo o algo bueno para la vida, en cambio se enfrentará con un acto puro de estética y se internará de forma transparente en el pensamiento de un gran artista y un suicida. Quizá es la forma más bella de ver la vida, aunque sea desde la línea del pesimismo y, sin duda, del nihilismo.
Y una obra de este tipo tenía que ser prologada por Heriberto Yépez, otro ser extraño de la literatura mexicana actual y epilogado por Christopher Domínguez Michael, la voz cantante en la crítica literaria mexicana.
A continuación les dejo unos aforismos, a manera de probadita, correspondientes a “El mal lector”:
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1) Leía sin propósito, con la actitud humana normal para los conceptos y para las imágenes, sin comprender completamente los primeros ni dejar de comprender enteramente las segundas. Entendía mal. Entendía a veces. Desentendía casi siempre. Era un lector común.
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2) En los años de imperfección buscó perfecciones macizas que trocó, en los años de madurez perfecta, por imperfecciones ligeras.
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3) Era demasiado sintético para enseñar. Era demasiado analítico para aprender.
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4) -¿No habéis sentido la necesidad de escribir en un río?
-Fuera mejor el hacer música.
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5) Que tus obras sean frutos maduros, no fábrica de hombres industriosos.
martes, septiembre 22, 2009
El Fondo de una tarde-Andrés Trapiello*
de lluvia y de brasero. Algunas flores,es la estación,
perdían su amarillo
seco y sucio en el velador rojizo.
-
Hasta ayer mismo fueron campo y río
y monte, pero hoy sólo son la sombra
de algo triste, decolorado y vago
dibujo de naturaleza muerta.
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En la mesa camilla los papeles
de siempre, alguna carta, los catálogos
de pintores que nos aburren tanto.
--
*Un pequeño presente que me otorgó mi querido amigo Pedro Ángel.
-
La juventud, qué fantasía. Vale
poco la luz vulgar en esta hora
que cae con desaliento sobre el libro.
Foránea
Diario Milenio-México (22/09/09)Siguiendo de memoria un recorrido que no había hecho en años, tomé la carretera federal hasta donde pude. Luego, viré hacia la derecha en una carretera estatal para, luego, ya casi de noche, internarme en los caminos locales. Se me había olvidado la belleza del recorrido. Los colores del atardecer fuera de la ciudad. La manera en que el viento doblega al zacate del monte. Las formas de ciertas nubes. Me detuve varias veces en el camino a tomar café y a preguntarme, en silencio y con culpa, si mi acelerada respuesta se debía en verdad a mi preocupación por la salud de mi madre o a los deseos enromes que tenía de dejarlo todo atrás. Tabula rasa.
Mi vida en la ciudad era, para entonces, un desastre. Trabajaba más horas de las necesarias y me alimentaba de comida chatarra, café y cigarrillos. No me había cortado el cabello en meses y mi ropa era la misma que había adquirido años atrás, cuando había llegado a la ciudad con anhelos. Deseos. Ideas para el futuro. Nada de eso se había cumplido, admití más de una vez mientras manejaba. Se habían cumplido otras cosas, eso era cierto, pero no las que deseaba. No las que me habían llevado allá. La sensación de fracaso, que al inicio había sido discreta y llevadera, había crecido poco a poco hasta convertirse en un sabor permanentemente amargo en la saliva. No era un hombre feliz. La persona que manejaba en estrechas carreteras vecinales, evadiendo con destreza el cuerpo de algunos animales nocturnos, era tan amarga como la saliva que no se atrevía a tragar. Eso le había gritado al cielo. Eso le había espetado al venado que me obligó a pararme en seco en medio de la carretera y que no dejó de mirarme con sus grandes ojos brillantes mientras caía de bruces sobre el pavimento, sin dejar de llorar. Eso le había dicho, después, al espejo retrovisor, cuando por fin me pude incorporar.
Iba sorbiéndome los mocos cuando recordé la cara juvenil de mi madre. Ella también se había alejado, pero en dirección contraria. En lugar de ir a la ciudad, había decidido comparar una pequeña cabaña en un lugar que era difícil incluso ubicar en un mapa. Allá, me había dicho por toda explicación, tendría tiempo para pensar. Luego, como si no fuera necesario añadir nada más, se había quedado callada. ¿Para pensar en qué?, me lo pregunté por primera vez mientras mantenía un ojo sobre el velocímetro y contaba el número de insectos que chocaban contra el parabrisas. Supuse que había necesitado tiempo para pensar en cómo podía alejarse aún más. Eso es lo que había conseguido en todo caso. Alejarse. Una mañana se había despertado en otro lugar siendo por fin lo que siempre había querido y no había podido ser: una foránea. Alguien que no es de ahí. Una persona recién llegada. Tabula rasa. Por años había platicado de eso con mi padre. En las noches, cuando se recostaban uno al lado del otro para compartir paisajes privados, ella terminaba siempre susurrando las palabras otro lugar. Eso era lo único que yo podía escuchar desde mi habitación. Sonaba a súplica a veces. Otras, tenía un eco amenazador. Otro lugar. Cualquier lugar, pero otro. Eso decía o pedía u ofrecía. La muerte de mi padre no la sorprendió. Trató el asunto como solía hacerlo todo, con eficacia. Limpiamente. Fue después del funeral que me llamó aparte para darme la noticia: se iba.
—¿A dónde? —le había preguntado, incrédulo.
—A otro lugar, naturalmente me dijo con la mirada pacífica y la voz modulada. Un traje oscuro, de dos piezas perfectas, le envolvía el cuerpo.
—¿Por qué? —insistí, aterrado—. ¿Para qué?
Dijo que iba a otro lugar para poder pensar.
Me hubiera gustado zarandearla en ese momento. Tuve deseos de llorar y, justo como lo acababa de hacer frente al venado desconocido, de caer de bruces frente a sus zapatos. Tuve deseos de hacerle daño. Tal vez por eso evité su contacto luego. Le hablaba de vez en cuando, sobre todo cuando estaba ebrio. Intercambiamos algunas pocas cartas que ella insistía en escribir en papel y mandar por correo. A pesar de que sus invitaciones no eran abundantes, acepté ir un par de veces hasta su cabaña en el fin del mundo. Era, como me la había imaginado, una rústica construcción en las orillas de un poblado sin nombre que, sin embargo, gozaba de agua potable y electricidad. Más que una casa, parecía un claustro. Había algo mudo o sagrado alrededor.
—Así que aquí vives —le dije cuando me senté a su mesa y ella me ofreció algo de tomar.
—Aquí vivo —repitió mis palabras sin sorna alguna, como acogiéndolas en su interior—. Así es.
Hacía tres años de ese encuentro y, en ese lapso, habíamos intercambiado aún menos llamadas y menos cartas que antes. Ella vivía, como lo había querido siempre, en otro lugar, y yo no tenía ni tiempo ni ánimo de molestarla. Estaba convencido de que cualquier intento de proximidad era, en realidad, una interrupción. Cuando abrí la puerta de su cabaña esta vez lo hice con la misma sensación: el intruso que se acerca. Un ladrón. Un asesino. Mi madre, contra todas mis expectativas, se veía serena. Estaba en cama, pero despierta, la espalda sobre grandes almohadones color blanco.
—Estuve a punto de atropellar un venado —le dije sin saber a ciencia cierta lo que decía, resultado sin duda del cansancio y la sorpresa.
Como ella siguiera callada, continué:
—Pero en lugar de hacerlo, me eché a llorar —dije, ensayando una apocada risa de autocompasión.
Sin decir todavía nada me indicó que me sentara a su lado.
—Estoy bien —me informó—. No me voy a morir esta vez —dijo, sonriendo. La rabia que me surgió en el estómago estalló con violencia en plena boca. Era una carcajada. Una amplia enorme gozosa carcajada era lo que retumbaba contra las endebles paredes de su espacio. Era una carcajada procaz e inaudita. Un sonido purulento. Saña. Tardé un buen rato en recuperar la compostura.
—¿Y ya me vas a decir de una buena vez en qué has pensado en todos estos años? —atiné a decirle al final, sentado otra vez a su lado.
Ella volvió a sonreírme.
—En el aire —me dijo—, naturalmente. En lo mucho que cuesta, a veces, respirar.
Poema de un abandono anunciado
I
Sollozar es una opción
que ya no tiene caso,
por eso he preferido
descender
a la oscura ingenuidad
con que te amé.
-
II
Afuera llueve
y ha llovido
desde el primer día
en que volviste.
Cuando estabas ausente
el dios sol no dejaba de saludar.
La mística pregona
una doble purificación,
mi intuición opta
por una desgracia
y no erro.
-
III
La gente que me veía
solo
prefería un lo siento.
Nunca entendí por qué
y hoy es demasiado tarde,
pues la bala ya descansa
en mis entrañas
y la sangre brota
sin cesar.
-
IV
En este descenso me topé
con tus palabras
que juraban amor
y pedían memoria, presencia.
En mi ceguera olvide
que todos mienten
y que las palabras son sólo eso.
Paradójicamente son ellas
las que me anunciaron la muerte,
esta vez no mentían.
-
V
Adentro llueve
y afuera quema,
poco a poco
me torno ceniza, en cambio,
tú has dejado de ser tafil
para convertirte en verde primavera.
Te has llevado mi vida
y has vuelto a nacer.
-
VI
Mi casa tiene goteras
y con lentitud
han ido desvaneciendo
las dedicatorias
donde jurabas volver
y prometías no olvidarme.
-
VII
Ayer le pregunté al perro
¿cuándo fue que te perdí?,
no contestó,
se me olvidaba que se fue
a la par que tú pronunciabas
mi abandono.
lunes, septiembre 21, 2009
El primer desencanto
Diario Milenio-México (21/09/09)Uno siempre se acuerda del primer desencanto, incluso y más aún si pasó oficialmente inadvertido. Esa duda filosa que cualquier día se encaja en la piel del idilio y uno la desatiende, por mero asunto de corrección romántica. “¿Cómo pude creer…?”, se reprochará luego, como quien halla asilo en sus certezas, pero ahí quedará la cicatriz, y cualquier día no será difícil que un nuevo desencanto se cruce con la sombra de aquella duda incómoda, y en su sitio aparezca una herida más grande. Es un camino corto el que lleva del desencanto al desengaño. Por eso no olvidamos el primer desencanto, y acaso en lo futuro nos cobremos su afrenta a golpe de mezquindad. El desencanto es ese mensajero de la discordia que sin decir palabra te hace consciente de tu ingenuidad. “Te has estado engañando”, es el mensaje. “Vendiste muy barato y compraste muy caro”, gritan las marquesinas de la conciencia. Pero uno se hizo ya el desentendido. Ha dejado al idilio nadando de muertito. La corrección romántica consiste en expresarse como si fuera uno inmune al desencanto.
“La verdad no es siempre revolucionaria.” Tal fue, en su día, la línea que acarreó mi primer desencanto. Eran las últimas seis palabras de una de esas películas incómodas —Cadáveres ilustres, de Francesco Rosi— que de suyo alebrestan al espectador, más todavía si éste carga con certidumbres quebradizas propias de quien se ostenta cautivo de un idilio. Con el paso de días, meses y lecturas, las palabras de Rosi no solamente se quedaron impresas en una de las marquesinas de mi conciencia, sino además probaron su fertilidad. Poco tiempo después de haber dado en un cineclub con la película de marras, cayó en mis manos El extranjero, luego El mito de Sísifo, y al final El hombre rebelde. No hay corrección romántica que no parezca estúpida luego de un par de páginas de Camus. ¿Por dónde va uno entonces a justificar el orgullo de asumirse gaznápiro en bien del idilio? Y eso, entre los románticos, es herejía. ¿Quién le ha dado al creyente derecho al desencanto?
Desde un mundo sin zoom
Hay libros y películas que recordamos con la nitidez embustera de la añoranza, y por ello tal vez no queremos volver a visitarlos. Elegimos quedarnos con la mentira que creció con nosotros, antes que dar la cara a una verdad quién sabe si vulnerable a la prueba del tiempo: ese progenitor del desencanto. ¿Necesito saber que aquella niña angelical que tanto me gustaba en la preprimaria era malencarada, narigona y cacariza? ¿He de reconocer que las palabras deslumbrantes que cambiaron mi vida no son, vistas de nuevo, más que cursilería hueca y empalagosa? No, si tengo piedad por mis recuerdos, que lo prefieren todo en baja definición y se la pasan bomba sin zoom ni copy-paste. No se vive contento en el desencanto, pero tampoco hay dignidad ni gracia en el ideal romántico de vivir encantado, como en el juego. Por lo demás, el solo desarrollo de la tecnología —ir con ella a galope, sin más opción— nos condena a vivir desencantados de un ayer que en instantes se vuelve anteayer. El problema de la verdad no es ya tanto la oferta creciente de mentiras, como la proporción de la demanda. Una cosa es que la verdad no sea siempre revolucionaria y otra que ni siquiera resulte comercial.
Uno se va enseñando a comprender que la verdad no tiene ninguna obligación. A ella le importa un rábano si hoy le ven cara de católica y mañana de shintoísta, de cualquier forma va a ocurrir como le venga en gana. Esperar que ella sea la revolucionaria, o la justa, o la progresista —y en su caso la pía o la redentora— es igual a bajar de la montaña y predecir el próximo fin del mundo. Un asunto de pura mochería, donde lo que al principio es corrección romántica termina transformado en esa misma hipocresía pueblerina que en principio engendró la rebelión. Vamos, que la verdad no tiene ni siquiera que ser verosímil, pero ayuda pensar que a veces sí. Consuela comprobar, así sea una ocurrencia estadísticamente irrelevante, que por ahí queda alguien para quien la verdad tiene alguna importancia, igual que reconforta descubrir que el extraño de la silla de al lado está leyendo un libro de Camus.
Del idilio al hedor
Sorprende que sorprenda que al desencanto de Albert Camus en El hombre rebelde respondiera Jean-Paul Sartre con la ley del hielo. ¿Quién va a volver a hablarle a quien lo hace lucir tan viejo de un plumazo? Los idilios gastados tienen tan mala pinta que ya a sus defensores no les queda más chamba que la de cosmetólogos. Para ellos, la verdad es no sólo poco revolucionaria, sino de hecho contrarrevolucionaria. Ser revolucionario, en esas circunstancias, es no aceptar una sola verdad que no ayude a la propia fotogenia. Mentir desde el principio, oficialmente por el bien del rebaño. Mentir hasta el final, en la certeza persignada de que se está peleando contra el diablo, y ése es más mentiroso que nadie. Mentir por convicción moral e histórica, si bien jamás en contra de ciertas conveniencias. Mentir para ocultar que al cabo la verdad tiene esa mala maña de ser inconveniente.
A pocos acomoda ir detrás de Camus y contra Maquiavelo en ese asunto turbio de los medios y el fin, pero nadie consigue todavía explicarnos de qué clase de alquimia ha de valerse el mejor de los fines para sacudirse la pestilencia propia de haber sido alcanzado con medios putrefactos. Uno se desencanta no bien le llega el tufo inconfundible a idilio descompuesto, y a partir de ese punto no hay corrección romántica que le evite aceptar la disyuntiva entre tornarse hereje o fariseo.
Volver a los motivos del primer desencanto es asimismo verse desencantado. ¿Qué esperaba, al final? ¿Que un actor papanatas anunciara que la verdad siempre es revolucionaria y el guión se resolviese con fanfarrias? Lo peor del desencanto sobre el desencanto es preguntarse cómo, en ese entonces, las cosas obvias no parecían tan obvias. Es decir, cómo fue uno tan ingenuo. Tan gaznápiro. Tan poco fotogénico.
domingo, septiembre 20, 2009
Viajar en avión-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión 19/09/09)
Lo que sí ha cambiado es que antes viajabas; ahora te viajan, te transportan como maleta. Eres un objeto, ocupas un asiento, es lo único que posees mientras te trasladas por los aires. Eres el 10F o el 49J (en CT, clase turbina). Esta vez que les cuento estoy en el 14K, aunque el avión sólo tiene tres asientos de cada lado. En esta aerolínea los números y las letras los puso o un disléxico o un esquizofrénico y se saltó una letra de por medio sólo por jorobar, digo yo.
He entrado a mi lugar junto a la ventanilla y he colocado mis utensilios de supervivencia: un buen libro, un par de audífonos canceladores de ruido —al menos así me los vendieron—, un cuello inflable para evitar la tortícolis, unas anteojeras para evadirme de la luz, como inverso pero igual de moribundo Goethe a medio del Atlántico. Y un infaltable iPod, ese invento sin igual que me permite cargar con toda mi discoteca. En mi maletín, por si acaso, hay más adminículos de vuelo.
Me fijo en mi vecino: si habla español leo en inglés y si habla inglés leo en mi idioma. Detesto las largas conversaciones de avión. La única vez que lo intenté fue con una mujer hermosísima —mi vecina en ese entonces del 22B— a quien le dije algo sobre sus ojos y me soltó un “Ni lo intentes”, que aún ahora me sonroja. En fin, que es mejor el silencio cuando se está tan peligrosamente cerca de alguien por más de medio día. Mi vecino de esta travesía —y su madre, uno y otra en el 14GI— es un niño con SADH (Síndrome de Atención Dispersa e Hiperactividad). No es que sea yo un neurólogo aficionado, sino que la propia madre me lo ha advertido cuando lo dejó sentarse en medio. No hemos despegado y ya me ha golpeado seis veces con su PSP edición limitada color plata en la que intenta un videojuego violentísimo en el que ha matado a todo Asia y África con una bazuca camuflada. Por si fuera poco me ha arrojado a las piernas su abrigo acrílico color naranja que bien podría pasar por un salvavidas. Lo dejo hacer.
La alarma no viene, inicialmente, del bebé de Rosemary que me han sentado, crecidito, al lado. Sino del personal de tierra, un pobre hombre que quizá nunca haya volado y que lleva a la cintura un radio, unos enormes audífonos y un chaleco similar al abrigo del niño vecino. Le dice a la sobrecargo: “Tenemos un problema con el 40”. “¿Por qué?”, responde ella alarmada. “No sirve”.
Ignoro si se refieren al viajero, al asiento o a qué otra cosa. “Cámbialo —le ordena el personal de tierra—, por lo menos hasta despegar”.
Se retiran. El niño me golpea. Veinte minutos después estamos por encima de los 10 mil pies y a la que llaman velocidad de crucero. Pongo música y me dispongo a desaparecer tras las gruesas páginas de mi libro. El niño, aburrido, me da un codazo: “¿Qué lees?”. Le digo que un libro, cosa obvia sólo para que inicie un monólogo que es interrumpido finalmente por la madre salvadora.
Miro hacia atrás buscando inútilmente un asiento vacío. Ignoro cómo disfrutarán su viaje quienes van en primera clase, pero por un instante imagino estar del otro lado de la cortina fúnebre que nos separa.
Busco en mi maletín la solución final, una pastilla: 50 miligramos de Tafil, bendito ansiolítico que después de cenar me llevará en brazos de Morfeo lejos del niño demente que me sigue golpeando al tiempo que intenta ahora ganar las 500 millas de Indianápolis en su artilugio plateado. Su abrigo me da calor en las piernas y se lo paso a su madre, quien condesciende y me regala, no sé por qué, un poco de su crema para los ojos. Me unto el bótox o lo que sea y espero la comida.
Ese es otro de los males actuales en el avión. Un genio malévolo ha decidido que comer en el aire sea un adelanto del Infierno de todos tan temido. La azafata me pregunta: “¿Pasta o pollo?”. Respondo que pollo, que la pasta me da agruras. Ella dice: “Sólo me queda pasta”. “¿Entonces por qué me dice que puedo escoger?”. Ella, ya violenta: “Esto no es restaurante. Se me acabó el pollo. La quiere o prefiere no cenar.”. Tomo resignado lo que debió haber sido una lasaña en el pleistoceno tardío. Me queda el consuelo de que en nueve horas pueda desayunar algo fresco y decente. Pido un whiskey, al menos. Es una marca terrible, pero no me importa. Lo pido en las rocas. Doble. Como si estuviese en un bar, no en este avión que me incomoda.
La azafata esta vez se apiada de mí y me permite cruzarme con el Tafil y el Bourbon. Poco después duermo (no sin antes haber hecho una cola como del metro para ir al baño). Despierto intermitentemente pero la pastilla y el licor me regresan al sueño. Cuando finalmente es de día sé que me he perdido el desayuno. La azafata anuncia el inminente aterrizaje. Sin querer despierto al niño que me ha babeado la camisa. Me peino. Algo de pudor me queda.
La llegada es aún peor. Antes viajar por el mundo diciendo que uno era mexicano era un pasaporte al éxtasis. Después de Fox nadie nos quiere y ahora, además, con la gripe del marrano o la fiebre A H1N1, o influenza yo qué sé, la cosa es terrible. No nos dejan bajar. Llega personal de sanidad disfrazados de Odisea 2001 o de bacteriólogos del ébola.
Nos hacen llenar un cuestionario. Nos toman la temperatura. Nos piden indicar en dónde nos quedaremos, a qué teléfono nos pueden llamar. Fumigan el lugar con unos aerosoles azules y, al fin, de dos en dos nos dejan llegar. Vendrán la espera en migración, la paciencia para recuperar las maletas, la aduana. Huiré del niño y de su madre tan pronto pueda e intentaré salir del aeropuerto lo más rápido que me sea posible. Quisiera no haber salido de casa.
Empiezo a pensar que los nostálgicos del barco y del tren tenían razón. El turismo es la fase superior del capitalismo, habrá que corregir a Marx. Y el turismo es esto. Este viajar sin ton ni son para sacar fotos y atrapar la realidad y llevarla a casa. El que no toma fotos, claro, compra.
Lo curioso de viajar, me digo, es que uno llega a donde nunca quiso ir. Y en avión y sin escalas.
jueves, septiembre 17, 2009
Jóvenes de muy buenos sentimientos
Diario Milenio-Puebla (17/09/09)Fuente: El Sol de Fresnillo.
La risa literaria-Álvaro Enrigue-(El Universal/Opinión-17/09/09)
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El matrimonio de unos marraneros está fracasando y, a manera de supervivencia, el marido decide comunicarse con su mujer -que en tanto lidereza del gremio está a punto de ser elegida diputada-, sólo a través de poemas. La novela es el registro de la vida de la pareja a través de los 53 peores artefactos poéticos jamás escritos.
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Hay personas que pueden hacernos partir de risa. Conversadores de leyenda capaces de hacer que uno toque el suelo con la nariz de tanto reírse. También hay libros que nos arrancan memorables caracajadas de un machetazo perfecto: recuerdo haber leído Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez o El tambor de hojalata de Grass empeñando toda mi pompa para, en algún momento, descubrir que eran volúmenes que se carcajeaban conmigo.
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Nunca, sin embargo, había visto nada como Poesía eras tú. Es casi un arma: mientras lo leía, mi mujer, que trataba de hacer una llamada telefónica, tuvo que cerrar la puerta de la habitación porque yo me retorcía de risa en la cama. Por supuesto, lo agarró apenas me distraje: al día siguiente me despertó pataleando a carcajadas en el futón de la sala.
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Si novelas como El gran Gatsby de Fitzgerald o Manhattan Transfer de Dos Passos representaron brutales destripamientos críticos sobre la fragilidad cultural y emocional de la sorpresiva potencialidad gringa en la era del jazz, la imagen crítica de los años veinte que se fijó en la mente occidental no fue la que produjeron esos libros magníficos, sino la que propuso Groucho Marx.
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La secuencia del camarote fondero al que se mete absolutamente toda la población de un trasatlántico en Una noche en la ópera es el emblema de todo un periodo porque el humor cala y marca y porque la cicatriz de la risa es siempre la más gorda.
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¿Cómo representar la psique gringa en el momento en que se descubrió como dueña de un imperio involuntario? Regresando al mito de origen de su medianía: todos hechos bolas en el camarote de quinta de un barco lujosísimo.
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Al parecer la responsabilidad que supone toda transformación es tan grave que lo primero con que termina es con el sentido del humor de sus promotores. Nada más reaccionario que una Revolución que se institucionaliza y queda fija –los hermanos Castro, reyecitos del juguetero tropical— porque en el momento en que los artistas del cambio se convencen de que la vuelta que proponen es definitiva, dejan de sentirse halagados por la risa: la más abrasiva y misteriosa de las armas de la inteligencia.
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El éxito fulminante de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, consistió en buena parte en que la emprendió a patadas y sin misericordia contra la noción de vanguardia artística, que quién sabe por qué mantuvo su relumbrón hasta tan tarde en el siglo XX. ¿Por qué nos cae tan sopa un artista iluminado? A Bolaño se le ocurrió un tropo esclarecedor: puesto en contraste en la ciudad de México echeverriísta -una maqueta agobiada por problemas de verdad—un creador de vanguardia exhibe transparentemente la futilidad del arte y el hecho de que su grandeza estriba sólo en su capacidad para ser autorreferente.
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Contra lo que solemos pensar una vez que nos la creemos, componer canciones, escribir novelas o intervenir paisajes sólo sirve para que los paisajes sean intervenidos, las novelas sean escritas y las canciones compuestas. Eso es suficiente porque la marca del arte es parte de la sustancia humana, vale por sí misma.
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¿En dónde está el México más transparente de hoy en día? En los poemas de un marranero sin talento ni escrúpulos. Francisco Hinojosa es el máximo innovador de una generación y está de vuelta.
miércoles, septiembre 16, 2009
Báthory
-Claro -dijo, sonriendo con gracia mientras aceptaba mi ayuda-. Aprecio su gesto -añadió al entregarme sin suspicacia alguna la jaladora de su valija. Yo guardé silencio, sin mover la mano derecha del tubo, y ella, que también estaba de pie, hizo lo mismo. Callada, con la vista puesta sobre algún punto inconcebible al final del pasillo, la mujer no parecía necesitar ayuda, puesto que no era ni tan vieja ni tan frágil, pero parecía, en cambio, merecerla. Había algo en ella de altivez, en efecto, aunque suavizada por una especie de distracción a todas luces congénita. Su presencia a la vez menuda y apabullante me hizo sentir que estaba, de cualquier modo, en presencia de la nobleza.
A la tercera estación me anunció con un par de palabras que ahí dejaría el tren y, como si se hubiera tratado de una invitación, salí tras sus pasos. Sus rasgos más aparentes fueron: el cabello plateado que caía, abundante y lacio, sobre los hombros; y el carmín rosa con el que cubría algunas estrías sobre un par de labios muy delgados. La voz con la que me indicaba donde viraríamos y a cuántos metros estábamos de llegar a su casa merecería todo un capítulo aparte. Dulce no era la palabra más adecuada para describirla. Tampoco lo era la palabra apacible. Clara apenas si le haría justicia. Pero su voz era esas tres cosas a la vez —dulce, apacible, clara— y muchas otras más. Le pregunté si cantaba mientras introducía una llave pesada, de tamaño francamente descomunal, en el cerrojo.
-No -murmuró sin verme-. Por supuesto que no -dijo al fin, sonriendo. Su voz.
Si la puerta del edificio parecía anunciar un departamento afluente pero normal, bastó con que la abriera para darme cuenta de que la casa era en realidad una mansión opulenta, con un jardín de dimensiones inconcebibles incluido. Apenas un paso sobre los pisos de mármol y ya me resultaba difícil recordar que apenas unos segundos antes había estado en la ciudad, amarrado a la prisa y al aburrimiento, presa de necesidades, horarios. Apenas una mirada a los mazos de flores y a las fuentes del jardín y ya olvidaba que había encontrado a la dama a quien tan solícitamente atendían ahora mayordomos y sirvientes en un vagón del tren urbano.
-¿Me hará el honor de aceptar un té? -insinuó mientras pasábamos bajo las arcadas repletas de rosas blancas y ella se entretenía aspirando de vez en cuando el aroma de alguna de sus flores. No supe cuando me tomó de la mano para guiarme hasta la mesita redonda donde ya nos esperaba una jarrita humeante.
-Asumo que le gustará el té verde -dijo, y yo asentí sin pronunciar palabra.
Mientras bebía el té y la veía, con discreción pero sin mesura, beberlo, lo supe todo de una buena vez. De algún lado de ese cuadro interior brotaría la daga que me arrancaría la cabeza para que la dama se alimentara dulce, apaciblemente, de mi sangre todavía tibia. Pronto aparecería la asistente que, al saberme paralizado por la sustancia ingerida, empezaría a rebanarme la piel, pétalos dulces, para colocarla luego sobre el rostro súbitamente rejuvenecido de la mujer. Estaba por llegar el hombre que me encadenaría los tobillos para lanzarme luego, bulto carnívoro, ante las fauces del león contra el que lucharía sin armas ni protección para el solaz divertimento de la reina. ¿A qué horas aparecería la enfermera que, sin anestesia pero con el escalpelo preciso, me extirparía la lengua que luego daría de comer, rosa y cálida, en pequeños platitos de porcelana a los pavorreales que paseaban por el jardín? ¿Cómo me vería yo desnudo y encadenado contra la pared recibiendo, además, los latigazos que me propinaría su mayordomo mientras ella pasaba sus largos dedos sobre las dalias?
-¿Le preocupa algo? -preguntó, sonriendo una vez más. Apacible, su voz.
Un hacha caería del techo para amputarme los dedos de la mano izquierda uno a uno, con una lentitud a la vez insoportable e irresistible. De algún lugar del salón saldría la ráfaga de flechas envenenadas que me convertirían, con algo de tino y otro tanto de saña, en una versión contemporánea de San Sebastián.
-No -susurré.
Estaba por llegar, de eso estaba seguro, el hombre musculoso que afilaría, justo frente a mis ojos, al alcance mismo de mi mano de amputados dedos, el cuchillo que utilizaría para castrarme con suma maestría y suma lentitud. No tardaba el policía que, hurgando en mis bolsillos, encontraría el arma punzocortante que me incriminaría en un asesinato apenas cometido en una vieja estación del tren. Ahí estaba ya la mujer que, después de desplegar la danza de los siete velos entre las gardenias, me mordería las tetillas hasta arrancarlas con el mismo cuidado y la misma violencia que utilizaría para arrancar luego la carne de los antebrazos, los muslos, el abdomen.
-Su gesto hoy -balbuceó la mujer-. Tan amable -añadió, interrumpiéndose otra vez.Una red, por supuesto, cómo no lo había pensado antes. Una horda de pigmeos con la orden de conseguir mi cabeza. Un sicario de buenos modales.
-Quería agradecerle -logró decir con dificultad luego de un largo silencio.
Yo la observaba con la taza del té todavía pegada a mis labios. La estudiaba en realidad. Calculaba con precisión su siguiente movimiento.
-No lo conseguirás -le dije al fin con voz muy baja pero perfectamente audible-. Esta vez no lo conseguirás.
Iba a reírme al escuchar el eco amargo y triunfalista de mi propia voz. Iba a incorporarme y a esconder mi rostro avergonzado y a sacar, lo más pronto posible, una cita con un psiquiatra. Iba, sobre todo, a pedirle disculpas, pero ella me atajó.
-Eso es lo que usted cree -sentenció con esa voz dulce, apacible, clara.
lunes, septiembre 14, 2009
Hablando de pena ajena
Diario Milenio-México (14/09/09)Ocurrió hace unos días: Joe Wilson, congresista por Carolina del Sur, alzó la voz a medio discurso del presidente Obama para gritar You lie! Es decir, “usted miente”. Si en otras latitudes uno de esos desplantes es moneda corriente, allí causó un escándalo, al punto que el gritón impertinente no tardó en disculparse por perder el control de esa manera. Obama, por su parte, procedió a dar por buena la disculpa y comentar que “todos cometemos errores”, pero ya el demócrata April Creeney estaba listo para rematar: “Yo esperaría una mejor conducta de un miembro del Congreso. Algunas veces las agendas y los egos de la gente parecen más centrados en ellos mismos y menos en el tema en cuestión.”
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La anécdota es pequeña, y hasta insignificante en el contexto norteamericano. Desde un punto de vista estrictamente lógico, tiene todo el sentido del mundo. Más todavía, se trata de argumentos tan claros y evidentes que ya la mera idea de rebatirlos se adivina una pérdida de tiempo. Ahora bien, si se observa el suceso desde otras latitudes —la nuestra, por ejemplo— parecería que sus protagonistas son no menos que seres de otro planeta. Cada vez que se escucha el calificativo de honorable para hablar del Congreso de la Unión, uno asume que tal es un eufemismo tras el cual se agazapa el término intocable. Cuesta trabajo al menos concebir que un diputado o senador de aquel congreso que se presume nuestro sea lo bastante honorable para pedir alguna clase de disculpa, por mucha pata que haya metido, y hasta parece fuera de lugar creer posible un genuino debate de ideas entre quienes se miran tan cómodos sin ellas. Escuchamos, en cambio, soflamas persistentes en torno a una soberanía de cartón donde las fruslerías patrioteras pesan más que esas prioridades elementales siempre sobadas y nunca atendidas. No sabe uno, por tanto, si la conducta de los congresistas ajenos, una vez comparada con la de los propios, le inspira propiamente envidia o vergüenza; pues tanto no se trata de lo que ellos hacen como de cuánto uno les permite.
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Viva la gritocracia
Es curioso y de paso pintoresco que de la Independencia no celebremos una declaración, sino un grito. Desde la escuela se nos enseña que los principios se defienden a gritos, y se infiere de ahí que quienes menos gritan más se someten. Gritamos viva éste, viva aquél y viva aquello para ahorrarnos la pena de vociferar mueras a cualquiera que piense diferente. ¿Pero al cabo qué importa lo que cualquiera piense, si de lo que se trata es de evitar a toda costa los razonamientos? ¿No es cierto que es graciosa esa sentencia según la cual no tiene caso alguno discutir, cuando a madrazos nos entendemos mejor? Y hoy que las efemérides se nos ponen a punto para celebrar un centenario y un bicentenario, menudean los aspirantes a prócer que reclaman independencias y revoluciones según ellos pendientes, pues su negocio al cabo es la inconformidad. Crearla, expandirla, capitalizarla; no se sabe que sean profesionales en alguna otra rama.
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Si no recuerdo mal, era en la escuela donde más se gritaba. La primaria, el principio de la secundaria, donde los bravucones tenían la voz de mando y ay del que se atreviera a contradecirlos. En todo caso había que contragritarlos. Nada era más sencillo que vencer al contrario a punta de alaridos y pitorreos huecos, allí donde cualquier argumentación era vista como una debilidad. Nada muy diferente de las granjas de pollos, donde los más oscuros o los heridos son presas predilectas del pollerío idéntico. No espero, por supuesto, que aquellos que se dicen mis representantes sean buenas personas y ciudadanos intachables, sino al menos que guarden el decoro bastante para no avergonzarme con la evidencia de que aún se comportan como niños pequeños y cautivos, y al final como pollos de granja, amén de para colmo comprobar que buena parte de ellos no es capaz de entender las leyes que promulgan, algunas de las cuales han sido destinadas a tratarme como otro alumno de primaria.
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Y eso que están trabajando...
Fue moneda corriente hasta hace poco tiempo decir que el presidente de Estados Unidos era tan dictador como el que más, lo cual no era una ofensa para el zopenco Bush junior, como para millones de votantes que en su momento corrigieron el rumbo. Es imposible prevenirse contra la llegada de un palurdo al poder, tanto como evitar sus patanerías, pero es de respetarse un sistema que no permite dictadura alguna, y para ello comienza por evitar los gritos y las soflamas. Mismos que pueden ser muy bienvenidos en mitad de una noche de mariachis, pero jamás donde se gana un sueldo por debatir ideas y alcanzar acuerdos. Empeños que se antojan más difíciles, especialmente para quien se avergüenza de ser o parecer civilizado, pero al cabo para eso les pagamos. ¿O es que existe otro centro de trabajo donde las diferencias entre los empleados se resuelvan a gritos y mentadas, en la más vergonzosa impunidad y bajo privilegios exorbitantes? ¿Quién querría contratar a un trabajador y concederle semejante estatus? ¿Y qué tal cientos de ellos?
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Tal como están las cosas, únicamente un diputado o un senador pueden quebrar la leyes cuando y cuanto se les antoje. No legislan para ellos, sino para nosotros, igual que esos prefectos abusivos que imponían castigos desde su autoridad incontestable, reprimían a los gritones a punta de gritos y nadie les oyó pedir una disculpa. Un adulto abusivo se presume infalible ante quienes no pueden cuestionarlo sin hacerse acreedores a una sanción —y antes de eso, se entiende, ser silenciados—. Son nuestros congresistas los únicos adultos reconocibles, pues ya su condición de intocables y las leyes con las que se guarecen de nuestras opiniones nos hacen meros niños respondones a los que es necesario meter en cintura. El mundo al revés, pues. Y el colmo, a estas alturas, es que uno siga siendo el avergonzado.
domingo, septiembre 13, 2009
Clase: Turista-Nicolás Alvarado-(El universal-Opinión 11/09/09)
jueves, septiembre 10, 2009
Patologías y personalidades
miércoles, septiembre 09, 2009
"La mentira: certeza absoluta"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 09/09/09)
Querido lector, ¿alguna vez ha sentido que su vida está siendo escrita por alguien más? “Verloso. El artista de la mentira” (Mondadori, 2009), la reciente novela de Felipe Soto Viterbo gira en torno a esta premisa, otorgándole al lector una certeza absoluta: la vida y cada momento de ella es una mentira. Franco Verloso, protagonista de la novela, atrapa e identifica de forma de forma inmediata al lector, pues su vida es cotidiana y sencilla, como la de cualquier ciudadano de a pie. Sale de parranda con sus amigos con quienes inventa un estilo de vivir la vida, se enamora de la mujer equivocada y se siente un extraño más dentro de la ciudad que le otorga por entero el anonimato: el Distrito Federal. E inclusive es un personaje que sufre del desempleo, pero si esto no bastará para convertir a Verloso como todo escritor frustrado, y además desempleado, es un personaje romántico que no deja de soñar con el éxito literario. Un día su suerte cambia: gana un premio al escribir una obra de teatro basada en la vida de amistades. Ese reconocimiento le da la oportunidad de ser recomendado por uno de sus mejores amigos para trabajar en una empresa cinematográfica, para la cual realizará una serie de guiones y a cambio ganará sumas de dinero inimaginables. Todo transcurre con absoluta normalidad hasta que Verloso nota el símil de sus historias con la vida real.
Con un estilo sencillo para su lectura, Soto Viterbo entrega una excelente novela que dejará al lector con un buen sabor de boca y con más preguntas que respuestas, objetivo que toda novela debe perseguir. Al final de la novela el lector se encontrará con una vuelta de tuerca sorprendente que, inclusive, podría hacerle cambiar su perspectiva ante ella.
Como toda buena novela, “Verloso” dejará una sensación distinta a cada lector, personalmente me ha dejado la impresión de haber visto una radiografía de la realidad mexicana, y es que a pesar de estar ubicada alrededor de 1994, todo lo escrito puede aplicarse en pleno 2009. “Verloso” es una novela plasmada de frases tremendas que se impregnan en la mente como verdades punzantes.
Felipe Soto Viterbo además de ser novelista es editor de la revista Chilango, se le puede leer en: http://pordefinir.wordpress.com
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Diván deportivo
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Sin duda el Puebla es mi equipo de corazón y a las Chivas les tengo un aprecio sentimental, pero el domingo fue lamentable ver cómo las Chivas se beneficiaron atrozmente de un arbitraje dudoso, sospechoso. Es claro que la libertad de expresión está prohibida en el fútbol, porque aparte de sancionar económicamente, también se desquitan en la cancha. ¡Qué pena por las Chivas, pues no necesitan de tales marrullerías!
A pesar de todo, verán como el Puebla volverá a hacer una campaña tan buena como la anterior. ¡Ánimo Franja y mucho Chelis!
Dos muchachas sin nombre
—Mira lo que has hecho —murmuré, tratando de regañarla—. Parecen pollos recién desplumados —le sonreí al final, acariciándolas. Ella me miró con sus ojos vacíos. Luego parpadeó e, inclinando la cabeza, miró sus manos. Elevó la derecha hasta la altura de sus ojos, rotándola para apreciarla mejor.
—Las manos —dijo—. Les cortaron las manos.
—Sí —le contesté mientras la empujaba suavemente hacia su recámara. Después de apagar el aparato de la televisión, la ayudé a sentarse sobre la cama para quitarle su ropa de día, un pantalón holgado y una camiseta de algodón, y ponerle el camisón de franela con el que dormía. Ella me pidió a señas el cepillo que descansaba sobre la cómoda y, apenas lo recibió, se dedicó a pasarlo por su largo cabello gris. Parecía absorta una vez más. El cepillo se deslizaba sin dificultad desde las raíces hasta las puntas y, luego, lo hacía una vez más.
—Sí —le contesté—. Lo vi en los noticieros. Tendremos que poner más atención -concluí, dándole un par de palmadas en la espalda e invitándola a tomar un par de píldoras. Luego fui a la diminuta cocina y puse agua a hervir. El tiempo pasa de maneras extrañas. Cuando la tetera emitió el sonido tan agudo, ese sonido que siempre me ha parecido una señal de alarma, no supe en qué había pensado todo ese rato. Le preparé un té de azahar porque lo sabía entre sus favoritos.
—Y les cortaron el cabello también —dijo como para sí misma cuando sorbió, con una calma inusitada, el primer trago. Volvió a verme y, al saberme vista, le sonreí. Nunca he sabido qué debe hacerse en esos casos. Cuando apagué la luz de la habitación la anciana ya estaba durmiendo bajo las mantas. La respiración acompasada. Las pestañas inmóviles.
El edificio donde vivíamos era lúgubre, ciertamente, pero tenía la ventaja de estar bien ubicado. Se podía vivir ahí sin necesidad de poseer un auto. Cuando necesitaba llevarla al hospital para su consulta de rutina, era posible hacer el trayecto en transporte público. Había pequeños restaurantes llenos de cucarachas, pero de ahí podíamos encargar comida sin cargo adicional. Había lavanderías y una oficina de correos y una estación de policía. Todo eso se veía con claridad desde las ventanas de su cuarto piso. Las luces rojas. Los semáforos.
martes, septiembre 08, 2009
lunes, septiembre 07, 2009
Sonatina neoyorquina
Los turistas frecuentemente se preguntan cómo es que los locales apenas si conocen las diversiones de su ciudad, más cuando éstas abundan y son famosas. ¿Cómo pueden los parisinos no frecuentar Montmartre, los romanos jamás entrar en el Coliseo, los neoyorquinos eludir Times Square? Por la misma razón, diría Borges, que en el Corán jamás aparece un camello. Voy atando estos cabos a media mañana, entre la calle 34 y la 42 de Manhattan, no porque me disponga a descubrir el hilo negro sino porque me gana una cierta alegría inexplicable. No tengo tiempo para hacer turismo, y ni siquiera un poco de shopping. Como tantos anónimos que van y vienen por las aceras de la Séptima Avenida —pícara, cochambrosa, vivísima— tengo trabajo y voy corriendo hacia allá. Si en otras ocasiones me sobró el tiempo para vagar sin rumbo y según yo sacarle jugo a la ciudad, ahora voy con premura de neoyorquino y de pronto me escucho canturrear.
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Seguramente en otra ciudad atraería la atención y hasta los pitorreos de los viandantes, pero si alguna garantía me ofrece Manhattan, ésta es que lo que yo haga a nadie le interesa. Puedo gritar, cantar o quitarme la ropa, que de seguro nadie se detendrá por ello. Puedo reír, berrear, blasfemar a placer y no seré sino un ínfima parte del paisaje. Todo lo cual me anima a seguir entonando cierta canción de los Flaming Lips que de pronto, llegando a Park Avenue, se transfigura en otra de Caetano Veloso. ¿Por qué es al fin tan raro que a la gente le dé por cantar por las calles? ¿Soy un freak si lo intento? ¿Tendría que buscar a un loquero y contárselo? Si he de dar mi opinión, es mucho más extraño el pueblerino que no cruza la puerta de su casa sin ampararse contra el qué dirán, y al cabo como dice la canción de Rita Lee: más loco está quien me lo dice y no es feliz.
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Cantar de vagabundos
Llámenme imbécil, cursi, frívolo, ñoño, hueco, que de todas maneras seguiré canturreando. Tal es por el momento la única sabiduría a mi disposición. Tengo quince minutos para llegar al autobús que me llevará a Queens y no hay forma de que baje el volumen. Pienso que habrá decenas, centenares, miles de vagabundos y perturbados que cantarán también, no muy lejos de aquí, sin más móvil que el de sentirse vivos en una isla encantada sospechosa de ser centro del mundo. Una isla prodigiosa donde todo es posible y casi nada es digno de llamar la atención, entre otras cosas porque aquí desde siempre todo es llamativo. Además, ya lo dije, no tengo tiempo para distracciones. Ello me abre un espacio para albergar la fugaz ilusión de ser ahora y aquí un neoyorquino más. Alguien que no se ocupa de otra vida que la propia y va y viene dichosamente ensimismado, cantando nada más porque está vivo y libre y ésas son dos razones para celebrar.
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Hay gente que detesta verlo a uno contento. Suponen que sonríe nada más por joderlos, o porque es un idiota y un vacío y un bembo. Esperan que uno espere a tener un motivo de peso y substancia, como si ya la pura libertad de cantar por la calle no lo fuera de sobra, de repente. Todavía recuerdo el primer día que pude ir y venir por Nueva York. Tenía trece años y un enorme deseo de que mis padres me soltaran un rato para perseguir solo el hechizo de estas calles. Hablar con vendedores callejeros, comprarme un pretzel en alguna esquina, sentarme un rato al lado de un bueno-para-nada. Cosas simples que a un niño de trece años le suenan prodigiosas de por sí, pues ya el sólo intentarlas supone verse libre y soberano como todos sabemos que son los neoyorquinos. ¿Que es difícil la vida, y todavía más en la ciudad competitiva por excelencia? ¿Y qué esperaban, pues? ¿Que cayeran los mangos de los árboles y el alcalde les diera la bienvenida? No quiere uno ser libre para vivir fácil, si de quienes lo intentan están llenas las cárceles.
Da escalofríos pensar que hace apenas ocho años un amargo puñado de ignorantes se preparaba para llevar a cabo una matazón en las Torres Gemelas. Los pobres infelices y sus gurús no podían soportar la idea disolvente de que en una ciudad como Manhattan la gente pudiera ir cantando por las calles. O gritando, o saltando, o conversando a solas. Que uno pudiera darse al desenfreno si acaso se le hinchaba su libertina gana, sin que a nadie tuviese que importarle, ni escocerle, ni llamar su atención en modo alguno. Si otras ciudades juran garantizar los buenos ratos a sus visitantes, a Nueva York todo eso le viene guango. Joderse la existencia, o alegrársela, es la responsabilidad de cada uno. ¿Hay acaso motivo mejor para cantar?
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Como tantos amantes de Nueva York, desconfío de esas ciudades piadosas en teoría donde la vida propia es asunto de todos. ¡Ay, sí, qué generosos! ¿Esperan que me crea que me señalan porque quieren mi bien y por él se preocupan? ¿Quién me asegura que va a coincidir su concepto de bien con el mío? ¿Y si todo cuanto ellos juzgan positivo viene a ser, ya en los hechos, impositivo? Canto, pues, por las calles de Manhattan celebrando que nadie puede evitarlo, ni hay a quien le interese si entono o desentono. Y si bien no me atrevo a dudar que de aquí a diez minutos podré estar maldiciendo, o gruñendo, o chillando, porque al cabo Manhattan nunca podrá tener más corazón que el que yo le conceda porque así se me antoja, más tarde o más temprano me tocará entender que en el centro del mundo nada es gratis, ni siquiera el deleite de cantar porque sí. O, para ser sincero, porque en una mañana de recorrer las calles de Nueva York existe siempre el riesgo de enredarse de nuevo en el idilio y decirse que uno ama a esta ciudad igual que se ama todo lo entrañable. Sin razón, e inclusive contra toda razón. Sin dejar de cantar, cedo a los pueblerinos y su coro de beatas sin beat el monopolio entero del buen juicio.
Batallas de Nueva York
Diario Milenio-México (07/09/09)-
¿Será por eso que el Matador llegó a la conferencia con los nervios de punta, tras encargarse no sin ciertos trabajos de borrar en tres sets a un Nicolás Almagro más errático que él? En todo caso, nada más que uno entre los jugadores aún vivos —Gael Monfils, verdugo fresco de José Acasuso— ha logrado salvarse de ceder algún set. Hay tanta cancha para especular que de cualquiera puede decirse que está débil o fuerte. “No quiero hablar del tema de las lesiones”, puntualiza Nadal, que ya en el tercer set ha hecho una pausa médica por molestias presuntamente abdominales, “no sé si estoy al cien, al cuarenta o al ciento diez por ciento; hay torneos que uno empieza muy mal y termina ganándolos, y otros en que sucede lo contrario; sólo sé que pasado mañana voy a estar en la cancha y espero darlo todo”.
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Todo es lo que ha entregado Venus Williams. Tras perder los seis juegos del primer set, le ha ganado a la belga Kim Clijsters siete al hilo, y al poco rato ha perdido el servicio para ya nunca más recuperarlo. Uno de esos partidos tan extraños que terminan por ser espectaculares, si luego de dos sets sin pies ni cabeza cualquier expectativa parece ya ridícula. Más todavía cuando se juega ya la cuarta ronda y hay demasiados grandes nombres afuera.
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Si anteayer aún flotaba la pregunta de cómo habría jugado Jelena Jankovic de no haberse enterado, horas antes, de la muerte de su abuela materna, hoy persiste la duda en torno a Dinara Safina, cuyo partido del sábado en la noche fue cambiado del estadio Arthur Ashe al Louis Armstrong por consideraciones entre torpes, mezquinas y quizá, gulp, sexistas. “Soy la número uno del mundo”, se ha quejado la rusa, “y a última hora me han dicho que me van a sacar de la cancha central para dar prioridad al juego entre James Blake y Tommy Robredo, sólo porque era un tres de cinco sets”. ¿Cómo saber qué tanto pudo pesar tamaño ninguneo sobre su desempeño desigual ante Petra Kvitova?
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Una vez agotada la primera semana del torneo, los duelos resultantes ganan gravedad. La tensión se condensa, la incertidumbre crece, en cada uno de los tres estadios se escenifican dramas tan intensos como la zacapela entre Vera Zvonareva y Flavia Penetta, que en la última orilla del segundo set, tras una joya de muerte súbita, resucitó para robarse el partido con números apenas creíbles: 3-6, 7-6(6), 6-0.
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Si el sábado fue el día de las grandes batallas, el domingo lo ha sido de los hondos dolores. Gilles Simon y José Acasuso se han retirado heridos con el partido a medio perder; Nadal y Almagro recibieron atención médica simultánea; Flavia Penetta debió hacer lo propio justo antes de asestarle el 6-0 final a Zvonareva, que con seguridad tardará un rato largo en recobrarse del sonoro golpazo. Puede olvidarse pronto el mal trago de una eliminación, siempre que esto no pase en un Grand Slam. Y pasa que el dolor se ha despachado con cucharón sopero.
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No es muy difícil arriesgar pronósticos para el partido Federer-Robredo, pero lo demás luce digno de pandemónium. Djokovic-Stepanek, Wozniacki-Kuznetzova, Oudin-Petrova, Soderling-Davydenko, Isner-Verdasco, Dulko-Bondarenko. Y eso es sólo una parte del octavo día, ya que para el siguiente se esperan otras tundas no menos peliagudas.
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Hace algo más de un año, a la mitad de Wimbledon 2008, el legendario comentarista Bud Collins jugaba con la idea de dos jugadores —Federer y Nadal— y ciento veintiséis invitados de función más o menos decorativa. Ya no parece el caso, por suerte para el tenis, aun si somos legión los que prendemos velas por ver la primera final americana entre los dos rivales que han hecho historia en Wimbledon, Australia y Roland Garros.
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Quién pudiera mirarse tan solo y a sus anchas como Serena Williams...
jueves, septiembre 03, 2009
Palabras para Wimpy’s
En el año 2000 el Wimpy’s de la Reforma se mudó, luego de una larga batalla de parte de sus dueños por conservar el espacio, a la 3 Poniente, entre la 3 y la 5 Sur. Ahora en ese lugar se venden mascotas, nada qué ver con el Wimpy’s que ahí perduró algunos años. Por ese tiempo ya la familia Fernández de Lara y Alonso había instalado el Wimpy’s que conocemos y frecuentamos ahora, el de la 7 Poniente, a un ladito nomás de los conocidos cines Puebla.
El pasado 15 de agosto, el Wimpy’s de La Concha, el único que se conserva en Puebla, festejó sus apenas jóvenes setenta años. Fundado originalmente por la Familia Fernández de Lara, esos setenta que tiene encima fueron el motivo de su remodelación. La familia Fernández de Lara y Alonso ha mostrado una gran sensibilidad por mantener y cuidar de la tradición del buen café, siempre se han preocupado por su buen funcionamiento y han entendido que un sitio como éste es un lugar de reunión a donde vienen los amigos para hablar de sus tragedias o de sus logros en la vida. Es, en esencia, un buen pretexto para estar con los demás, con quienes algo nos identifica, lo mismo que hubieran querido las tías de Gerardo y de Armando Fernández de Lara, particularmente Elisa, quien hizo del Wimpy’s su propia casa.
A través de los años el café, el Wimpy’s, ha sido el sitio de preferencia de muchas generaciones. Se podrían mencionar aquí a los personajes que ahí han hecho historia pero es seguro que cometería injustas omisiones. El Wimpy’s, en setenta años, ha reunido a la clase política, a los periodistas, a los grupos de médicos, de arquitectos, de estudiantes o de los poetas y sus musas. En el Wimpy’s, de acuerdo a Pilar Bravo, se llegaron a reunir quienes decidían el futuro político del estado y de la universidad.
Festejemos entonces el setenta aniversario de este café que es ya (se lo ha ganado con su presencia) un clásico en Puebla. Un café tradicional que no escatimará ningún esfuerzo por permanecer entre nosotros mucho, mucho más tiempo.
En esta época que nos han invadido las franquicias sobrevive el Wimpy’s.
Y como lo dirían los publicistas que no tenían otro recurso que sus altavoces encima de su auto: “Vengan a disfrutar del buen café al Wimpy’s, los esperamos con la atención debida en la 7 Poniente 102-b”. Larga vida al Wimpy’s. Felicidades.
Compadres-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 03/09/09)
La proporción de personas que se emparentarían espiritualmente con el gobernador del Estado de México es interesantísima por ser espejo de otra todavía más grave: 41% de los mexicanos piensa que los diputados y senadores que se sentaron guapachosamente en su curul el martes pasado van a ser iguales a sus antecesores y 35.4% piensa que van a ser peores.
Los mexicanos se perciben a sí mismos, entonces, como dentro de una economía de agárrese el que pueda: dado que el clima político de la administración pública va a ser igual o peor durante la nueva legislatura, mejor blindarse con un compadre de lujo.
Y es que en México todo sigue siendo, a fin de cuentas, personal . En la ventanilla hay que pedir las cosas porfavorcito a pesar de que el que está al otro lado gana un sueldo por hacer lo que le estamos demandando que haga y si uno no tiene una buena relación con el director técnico no hay talento que le dé derecho a pisar la grama.
En Una muerte sencilla, justa, eterna, que a la fecha se sostiene como el ensayo de crítica literaria más agudo sobre el inabarcable legado cultural de la Revolución Mexicana, Jorge Aguilar Mora notó que la distribución de la jerarquía entre Los Dorados de Francisco Villa —cuerpo pretoriano de élite de la División del Norte—, tenía más que ver con la forma en que se organizan los clanes —mediante lazos espirituales y de sangre— que con la racionalidad meritocrática de los ejércitos posteriores al napoleónico. Es decir: el reparto del mando y la lealtad estaba relacionado, en el cuerpo militar más grande en la historia de América Latina (al menos según Friedrich Katz), con quién era primo o compadre de quién. De ahí que la ferocidad y resistencia de la División del Norte fueran el factor decisivo en sus batallas, pero también que haya sido relativamente sencillo, al final, disgregarla: muerto el compadre se acabó la rabia.
Claramente en el México que se percibe a sí mismo como una nación que transitó exitosamente a la democracia —en la misma encuesta una mayoría muy cómoda considera que las elecciones de 2009 fueron confiables— el poder sigue emanando un aura de impunidad que 40% de la población preferiría compartir. No sé si es que unos 44 millones de mexicanos piensan que se beneficiarían de tener una charola o si, simplemente, supongan que estarían a mejor resguardo de la crisis si el que es percibido como el próximo presidente les bautizara un hijo, pero es un hecho que calculan que se beneficiarían de algún modo de estar relacionados con él.
miércoles, septiembre 02, 2009
"¿La fuga: necesidad o cobardía?"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 02/09/09)
¿Qué hay de seductor en la idea de la fuga? ¿Por qué todos sentimos el deseo de huir y sólo pocos se atreven a hacerlo? Son dos preguntas que aparecen a en la contraportada de la novela “El dilema de Houdini” de Norma Lazo (Mondadori, 2009), dos preguntas capaces de atrapar a cualquiera, ya que todos alguna vez hemos sentido cómo las cadenas de la rutina se vuelven pesadas e imposibles de cargar. Eso sienten los cuatro personajes de esta novela: Sofía, una mujer atrapada en su melancolía y soledad -causadas por la pérdida de Lázaro, su esposo- recurre a medicamentos como el Lexotán, el Valium y otros para escaparse por un momento de su realidad; Carmelo, un viejo artista-escapista dispuesto a igualar las hazañas de Houdini, no encuentra la manera de librarse de una relación por demás tortuosa; Sebastián, un ex-niño prodigio trata de olvidar el trauma que le ocasionó a sus padres al no poder acoplarse a los planes que le tenían; por último Lancelot, un tigre de Bengala hambriento –la gran metáfora de la novela- que al emprender la huída del zoológico en que lo tienen cautivo, causa un caos capaz de paralizar, enternecer y enfurecer a buena parte de la ciudad, convirtiéndose en la noticia del momento en los medios locales. Cada uno de estos personajes están ensimismados en su propia travesía. Sofía, Carmelo y Sebastián necesitan escapar antes de morir asfixiados. Los tres precisan aprender de Houdini el arte de escapar y del tigre de Bengala las agallas para decidirse a escapar. Al final, alguien logrará huir y los otros morirán en el intento.
Aparentemente huir es sencillo: basta con tener una buena razón y ganas; sin embargo se necesita renunciar a todo lo construido a lo largo de muchos años, volver a nacer y borrar todo aquello que se conocía por vida. Una novela para llevarse a la reflexión, donde la fuga puede ser la única solución, una salida fácil o inclusive una adicción.
“El dilema de Houdini” está divida en cinco capítulos trepidantes y emocionantes. Aquél que se acerque a esta novela seguramente logrará identificarse con los personajes y sufrir con su necesidad de huir. Una novela que se agrega a la lista de los libros que llegan en el momento justo y necesario.
martes, septiembre 01, 2009
Batallas de Nueva York
Diario Milenio-México ('01/09/09)-
El Arthur Ashe es más que un estadio. Más allá de la cancha central donde ahora mismo juega Roger Federer, serpentea un laberinto de puertas y pasillos por cuyos meandros uno goza extraviarse. Más todavía cuando una rubia avanza por delante de ti, abre la puerta, cruza, la detiene, te obsequia una sonrisa y entonces haces tu mejor esfuerzo por fingir que es normal toparse con Martina Navratilova, la más grande de todas aquí y en cualquier parte. Momento ideal para tener presente que en un torneo Grand Slam lo extraordinario es moneda corriente. Dos minutos después, un recién cincuentón de mirada sagaz y sonrisa sarcástica cruza la misma puerta, con su mochila de raquetas Dunlop colgando de la espalda y el ímpetu de algún novato ilusionado. Es, nada más, John McEnroe. Cuatro veces campeón aquí, como Martina.
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En el día inaugural, los dos reyes vigentes abren fuego y apenas encuentran resistencia. Devin Britton, rival de Roger Federer en la primera ronda, recién ha confesado que su única meta es no ser aplastado en el partido. Alexa Glatch tampoco tiene cancha para ilusiones, más allá de saberse obstáculo pequeño en el camino de Serena Williams. Acaso, al fin, la única sorpresa estuvo en los dos quiebres de servicio que Britton le ha arrancado al suizo arrasador, quien ganó 6-1, 6-3 y 7-5. Serena, por su parte, ha demolido a Glatch sin el menor asomo de piedad por dos parciales de 6-4 y 6-1.
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Es todavía temprano para la épica. Los más fuertes ajustan los tornillos, en un descuido se les puede ganar antes de que terminen de ambientarse. Los demás sudan tinta para seguir aquí, y el resultado es una efervescencia que le quita el aliento al recién llegado. Si en los últimos días del torneo reina el drama de los sobrevivientes, el inicio es no menos que un festín donde, conviene recordarlo, todo puede pasar. Para botón de muestra basta el local John Isner, que le ha dado una zurra a Victor Hanescu en cuatro sets, sobre la cancha del estadio Louis Armstrong.
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Decir que cualquier cosa puede suceder equivale a saber que nada será fácil para nadie. Camino de la cancha, Serena recorría los pasillos tensa y ensimismada por el duelo pendiente; un par de horas más tarde, tendida y perniabierta en el gimnasio con los tobillos a medio vendar, la campeona del año pasado se entretiene jugando a la trivia con mamá Oracene: una y otra se precian de conocer a fondo las canciones de Ice Cube. Tal es el otro lado de la magia, pues antes que un complejo de estadios y canchas —son catorce escenarios simultáneos— éste es un club de tenis. Si afuera se atropellan los cazautógrafos, en los salones priva el relajamiento. No conviene tener demasiado presente la dimensión del desafío mayor, hay que hacer como si no fuera mucho más que otro partido de tenis. El duelo se disputa primero en la cabeza que en la cancha.
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Ya con la noche encima y el discurso reciente de André Agassi, Venus Williams se esfuerza por estar a la altura, pero pasa que Vera Dushevina ha asumido lo poco que tiene por perder, le rompió ya el primero de sus servicios y va tras el segundo: señal de que un Grand Slam pesa igual para todos. La rodilla maltrecha, el saque tambaleante… ¿Dónde está Venus? Llega la muerte súbita y en un descuido el set es de la rusa, que sin embargo sigue a siete triunfos del cielo. Tras un segundo set no menos errático, Venus se recupera ganando seis juegos al hilo, cede un servicio más y acaba recetando un sufrido 6-7, 7-5 y 6-3 que le devuelve apenas el alma al cuerpo. Puesto en términos simples, aquí no pasó nada.




