jueves, septiembre 17, 2009

Jóvenes de muy buenos sentimientos

Diario Milenio-Puebla (17/09/09)
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Consigno aquí ahora un caso que le he enviado a José Luis Durán King, pensando en que a él como especialista en asuntos como éste podría interesarle. Lo comparto también con mis lectores.
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Durante los últimos días de julio, en Fresnillo, Zacatecas, unos adolescentes, sólo por el hecho de “divertirse” cometieron a sangre helada, cuatro homicidios con toda la ventaja que da el sentirse empapados en drogas y alcohol. Los diarios entonces comentaron el delito que, al conocerse por la comunidad, fue como un peñasco en aguas pacíficas.
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Fidel de Jesús Preciado, de 15 años (líder de la banda), Claudia Acosta Villagrana, de 15 años, Adelaida Acosta Villagrana, de 16 años, Octavio Flores Preciado, de 12 años, Adrián Ojeda Acosta, de 21 años de edad y César Hernández Castañeda, alias “El Gringo” de 17 años estaban reunidos, luego de que se conocieran de manera informal el 24 de julio, afuera de la secundaria técnica 77, en la Colonia del Valle. Ya drogados, declaró Fidel de Jesús Preciado González cuando la policía los atrapó, se dijeron: “Hey, chicos qué hacemos, a la manera de los personajes de La Naranja Mecánica. “Pues habrá que hacer un pequeño desmadre,” respondió alguien. Fue así que ya en el camino, se toparon con una pareja a la que amagaron y la subieron a la camioneta que conducía la que habría de ser la primera de sus víctimas. A ella la violaron y a él lo mataron de dos balazos, para de inmediato echarlo al fondo de un tiro de mina. “La morra dijo que estaba embarazada y se agarró llorando, por eso no la matamos,” dijo Fidel sin culpa alguna. Al amanecer bebieron y en la noche del 25 de julio, las hermanas Acosta Villagrana le hicieron la parada a un taxi con la idea de irse de parranda a la zona de tolerancia. Sin embargo, en el camino, amagaron al taxista Florentino Flores Martínez, a quien mataron dándole varios disparos en el cuerpo. Se fueron tranquilos en el propio taxi a comprar "piedra" y cervezas. Poco después quemaron el auto en Fresnillo. El domingo 26, una vez más las jóvenes le hicieron la parada a una camioneta Ford Explorer, blanca, en la que viajaban dos hombres, a uno de ellos lo amagaron mientras el otro huía corriendo, pero el Gringo le disparó por la espalda y ya no supieron de él. De ahí se fueron rumbo a Jerez y en la presa conocida como El Tesorero, entre Fidel, Adrián y César bajaron al hombre y “en el puente al no atreverse ninguno yo agarré la pistola y lo maté y el cadáver cayó a la presa”, dijo Fidel. Luego de arduas investigaciones, las autoridades investigadoras lograron dar con el paradero de los homicidas y del hombre que había logrado huir herido, aunque su estado de salud se reporta como de suma gravedad.
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Los adolescentes son considerados de alta peligrosidad: a su minoría de edad y en menos de una semana, cobraron la vida de cuatro personas. Así las cosas.
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Fuente: El Sol de Fresnillo.

La risa literaria-Álvaro Enrigue-(El Universal/Opinión-17/09/09)

En un periodo en que la generosa tradición de la literatura mexicana se siente amenazada porque el dramatismo y la volatilidad de lo real parecen más ricos que las formas de que disponemos para representarlo, editorial Almadía acaba de poner a la venta el más revolucionario de los libros que he leído en mucho tiempo: Poesía eras tú, de Francisco Hinojosa.
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El matrimonio de unos marraneros está fracasando y, a manera de supervivencia, el marido decide comunicarse con su mujer -que en tanto lidereza del gremio está a punto de ser elegida diputada-, sólo a través de poemas. La novela es el registro de la vida de la pareja a través de los 53 peores artefactos poéticos jamás escritos.
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Hay personas que pueden hacernos partir de risa. Conversadores de leyenda capaces de hacer que uno toque el suelo con la nariz de tanto reírse. También hay libros que nos arrancan memorables caracajadas de un machetazo perfecto: recuerdo haber leído Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez o El tambor de hojalata de Grass empeñando toda mi pompa para, en algún momento, descubrir que eran volúmenes que se carcajeaban conmigo.
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Nunca, sin embargo, había visto nada como Poesía eras tú. Es casi un arma: mientras lo leía, mi mujer, que trataba de hacer una llamada telefónica, tuvo que cerrar la puerta de la habitación porque yo me retorcía de risa en la cama. Por supuesto, lo agarró apenas me distraje: al día siguiente me despertó pataleando a carcajadas en el futón de la sala.
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Si novelas como El gran Gatsby de Fitzgerald o Manhattan Transfer de Dos Passos representaron brutales destripamientos críticos sobre la fragilidad cultural y emocional de la sorpresiva potencialidad gringa en la era del jazz, la imagen crítica de los años veinte que se fijó en la mente occidental no fue la que produjeron esos libros magníficos, sino la que propuso Groucho Marx.
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La secuencia del camarote fondero al que se mete absolutamente toda la población de un trasatlántico en Una noche en la ópera es el emblema de todo un periodo porque el humor cala y marca y porque la cicatriz de la risa es siempre la más gorda.
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¿Cómo representar la psique gringa en el momento en que se descubrió como dueña de un imperio involuntario? Regresando al mito de origen de su medianía: todos hechos bolas en el camarote de quinta de un barco lujosísimo.
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Al parecer la responsabilidad que supone toda transformación es tan grave que lo primero con que termina es con el sentido del humor de sus promotores. Nada más reaccionario que una Revolución que se institucionaliza y queda fija –los hermanos Castro, reyecitos del juguetero tropical— porque en el momento en que los artistas del cambio se convencen de que la vuelta que proponen es definitiva, dejan de sentirse halagados por la risa: la más abrasiva y misteriosa de las armas de la inteligencia.
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El éxito fulminante de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, consistió en buena parte en que la emprendió a patadas y sin misericordia contra la noción de vanguardia artística, que quién sabe por qué mantuvo su relumbrón hasta tan tarde en el siglo XX. ¿Por qué nos cae tan sopa un artista iluminado? A Bolaño se le ocurrió un tropo esclarecedor: puesto en contraste en la ciudad de México echeverriísta -una maqueta agobiada por problemas de verdad—un creador de vanguardia exhibe transparentemente la futilidad del arte y el hecho de que su grandeza estriba sólo en su capacidad para ser autorreferente.
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Contra lo que solemos pensar una vez que nos la creemos, componer canciones, escribir novelas o intervenir paisajes sólo sirve para que los paisajes sean intervenidos, las novelas sean escritas y las canciones compuestas. Eso es suficiente porque la marca del arte es parte de la sustancia humana, vale por sí misma.
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¿En dónde está el México más transparente de hoy en día? En los poemas de un marranero sin talento ni escrúpulos. Francisco Hinojosa es el máximo innovador de una generación y está de vuelta.

miércoles, septiembre 16, 2009

Báthory

Diario Milenio-México (15/09/09)
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Nunca lo había hecho antes. Había visto suficientes ancianas cruzar la calle con dificultad sin jamás haberme sentido compelido a tenderles el brazo. Cuando me tropezaba con ciegos, prefería hacerme discretamente de lado. A los niños, siempre tan problemáticos, ni siquiera los volteaba a ver. Por eso fui el primer sorprendido cuando me ofrecí a ayudarle a la mujer con su equipaje —una maleta rectangular y de tamaño mediano que parecía causarle incomodidad, aunque no verdaderos problemas, en el pasillo del vagón.
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-Claro -dijo, sonriendo con gracia mientras aceptaba mi ayuda-. Aprecio su gesto -añadió al entregarme sin suspicacia alguna la jaladora de su valija. Yo guardé silencio, sin mover la mano derecha del tubo, y ella, que también estaba de pie, hizo lo mismo. Callada, con la vista puesta sobre algún punto inconcebible al final del pasillo, la mujer no parecía necesitar ayuda, puesto que no era ni tan vieja ni tan frágil, pero parecía, en cambio, merecerla. Había algo en ella de altivez, en efecto, aunque suavizada por una especie de distracción a todas luces congénita. Su presencia a la vez menuda y apabullante me hizo sentir que estaba, de cualquier modo, en presencia de la nobleza.
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A la tercera estación me anunció con un par de palabras que ahí dejaría el tren y, como si se hubiera tratado de una invitación, salí tras sus pasos. Sus rasgos más aparentes fueron: el cabello plateado que caía, abundante y lacio, sobre los hombros; y el carmín rosa con el que cubría algunas estrías sobre un par de labios muy delgados. La voz con la que me indicaba donde viraríamos y a cuántos metros estábamos de llegar a su casa merecería todo un capítulo aparte. Dulce no era la palabra más adecuada para describirla. Tampoco lo era la palabra apacible. Clara apenas si le haría justicia. Pero su voz era esas tres cosas a la vez —dulce, apacible, clara— y muchas otras más. Le pregunté si cantaba mientras introducía una llave pesada, de tamaño francamente descomunal, en el cerrojo.
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-No -murmuró sin verme-. Por supuesto que no -dijo al fin, sonriendo. Su voz.
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Si la puerta del edificio parecía anunciar un departamento afluente pero normal, bastó con que la abriera para darme cuenta de que la casa era en realidad una mansión opulenta, con un jardín de dimensiones inconcebibles incluido. Apenas un paso sobre los pisos de mármol y ya me resultaba difícil recordar que apenas unos segundos antes había estado en la ciudad, amarrado a la prisa y al aburrimiento, presa de necesidades, horarios. Apenas una mirada a los mazos de flores y a las fuentes del jardín y ya olvidaba que había encontrado a la dama a quien tan solícitamente atendían ahora mayordomos y sirvientes en un vagón del tren urbano.
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-¿Me hará el honor de aceptar un té? -insinuó mientras pasábamos bajo las arcadas repletas de rosas blancas y ella se entretenía aspirando de vez en cuando el aroma de alguna de sus flores. No supe cuando me tomó de la mano para guiarme hasta la mesita redonda donde ya nos esperaba una jarrita humeante.
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-Asumo que le gustará el té verde -dijo, y yo asentí sin pronunciar palabra.
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Mientras bebía el té y la veía, con discreción pero sin mesura, beberlo, lo supe todo de una buena vez. De algún lado de ese cuadro interior brotaría la daga que me arrancaría la cabeza para que la dama se alimentara dulce, apaciblemente, de mi sangre todavía tibia. Pronto aparecería la asistente que, al saberme paralizado por la sustancia ingerida, empezaría a rebanarme la piel, pétalos dulces, para colocarla luego sobre el rostro súbitamente rejuvenecido de la mujer. Estaba por llegar el hombre que me encadenaría los tobillos para lanzarme luego, bulto carnívoro, ante las fauces del león contra el que lucharía sin armas ni protección para el solaz divertimento de la reina. ¿A qué horas aparecería la enfermera que, sin anestesia pero con el escalpelo preciso, me extirparía la lengua que luego daría de comer, rosa y cálida, en pequeños platitos de porcelana a los pavorreales que paseaban por el jardín? ¿Cómo me vería yo desnudo y encadenado contra la pared recibiendo, además, los latigazos que me propinaría su mayordomo mientras ella pasaba sus largos dedos sobre las dalias?
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-¿Le preocupa algo? -preguntó, sonriendo una vez más. Apacible, su voz.
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Un hacha caería del techo para amputarme los dedos de la mano izquierda uno a uno, con una lentitud a la vez insoportable e irresistible. De algún lugar del salón saldría la ráfaga de flechas envenenadas que me convertirían, con algo de tino y otro tanto de saña, en una versión contemporánea de San Sebastián.
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-No -susurré.
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Estaba por llegar, de eso estaba seguro, el hombre musculoso que afilaría, justo frente a mis ojos, al alcance mismo de mi mano de amputados dedos, el cuchillo que utilizaría para castrarme con suma maestría y suma lentitud. No tardaba el policía que, hurgando en mis bolsillos, encontraría el arma punzocortante que me incriminaría en un asesinato apenas cometido en una vieja estación del tren. Ahí estaba ya la mujer que, después de desplegar la danza de los siete velos entre las gardenias, me mordería las tetillas hasta arrancarlas con el mismo cuidado y la misma violencia que utilizaría para arrancar luego la carne de los antebrazos, los muslos, el abdomen.
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-Su gesto hoy -balbuceó la mujer-. Tan amable -añadió, interrumpiéndose otra vez.Una red, por supuesto, cómo no lo había pensado antes. Una horda de pigmeos con la orden de conseguir mi cabeza. Un sicario de buenos modales.
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-Quería agradecerle -logró decir con dificultad luego de un largo silencio.
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Yo la observaba con la taza del té todavía pegada a mis labios. La estudiaba en realidad. Calculaba con precisión su siguiente movimiento.
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-No lo conseguirás -le dije al fin con voz muy baja pero perfectamente audible-. Esta vez no lo conseguirás.
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Iba a reírme al escuchar el eco amargo y triunfalista de mi propia voz. Iba a incorporarme y a esconder mi rostro avergonzado y a sacar, lo más pronto posible, una cita con un psiquiatra. Iba, sobre todo, a pedirle disculpas, pero ella me atajó.
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-Eso es lo que usted cree -sentenció con esa voz dulce, apacible, clara.

lunes, septiembre 14, 2009

Hablando de pena ajena

Diario Milenio-México (14/09/09)
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Honor a quien horror merece
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Ocurrió hace unos días: Joe Wilson, congresista por Carolina del Sur, alzó la voz a medio discurso del presidente Obama para gritar You lie! Es decir, “usted miente”. Si en otras latitudes uno de esos desplantes es moneda corriente, allí causó un escándalo, al punto que el gritón impertinente no tardó en disculparse por perder el control de esa manera. Obama, por su parte, procedió a dar por buena la disculpa y comentar que “todos cometemos errores”, pero ya el demócrata April Creeney estaba listo para rematar: “Yo esperaría una mejor conducta de un miembro del Congreso. Algunas veces las agendas y los egos de la gente parecen más centrados en ellos mismos y menos en el tema en cuestión.”
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La anécdota es pequeña, y hasta insignificante en el contexto norteamericano. Desde un punto de vista estrictamente lógico, tiene todo el sentido del mundo. Más todavía, se trata de argumentos tan claros y evidentes que ya la mera idea de rebatirlos se adivina una pérdida de tiempo. Ahora bien, si se observa el suceso desde otras latitudes —la nuestra, por ejemplo— parecería que sus protagonistas son no menos que seres de otro planeta. Cada vez que se escucha el calificativo de honorable para hablar del Congreso de la Unión, uno asume que tal es un eufemismo tras el cual se agazapa el término intocable. Cuesta trabajo al menos concebir que un diputado o senador de aquel congreso que se presume nuestro sea lo bastante honorable para pedir alguna clase de disculpa, por mucha pata que haya metido, y hasta parece fuera de lugar creer posible un genuino debate de ideas entre quienes se miran tan cómodos sin ellas. Escuchamos, en cambio, soflamas persistentes en torno a una soberanía de cartón donde las fruslerías patrioteras pesan más que esas prioridades elementales siempre sobadas y nunca atendidas. No sabe uno, por tanto, si la conducta de los congresistas ajenos, una vez comparada con la de los propios, le inspira propiamente envidia o vergüenza; pues tanto no se trata de lo que ellos hacen como de cuánto uno les permite.
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Viva la gritocracia
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Es curioso y de paso pintoresco que de la Independencia no celebremos una declaración, sino un grito. Desde la escuela se nos enseña que los principios se defienden a gritos, y se infiere de ahí que quienes menos gritan más se someten. Gritamos viva éste, viva aquél y viva aquello para ahorrarnos la pena de vociferar mueras a cualquiera que piense diferente. ¿Pero al cabo qué importa lo que cualquiera piense, si de lo que se trata es de evitar a toda costa los razonamientos? ¿No es cierto que es graciosa esa sentencia según la cual no tiene caso alguno discutir, cuando a madrazos nos entendemos mejor? Y hoy que las efemérides se nos ponen a punto para celebrar un centenario y un bicentenario, menudean los aspirantes a prócer que reclaman independencias y revoluciones según ellos pendientes, pues su negocio al cabo es la inconformidad. Crearla, expandirla, capitalizarla; no se sabe que sean profesionales en alguna otra rama.
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Si no recuerdo mal, era en la escuela donde más se gritaba. La primaria, el principio de la secundaria, donde los bravucones tenían la voz de mando y ay del que se atreviera a contradecirlos. En todo caso había que contragritarlos. Nada era más sencillo que vencer al contrario a punta de alaridos y pitorreos huecos, allí donde cualquier argumentación era vista como una debilidad. Nada muy diferente de las granjas de pollos, donde los más oscuros o los heridos son presas predilectas del pollerío idéntico. No espero, por supuesto, que aquellos que se dicen mis representantes sean buenas personas y ciudadanos intachables, sino al menos que guarden el decoro bastante para no avergonzarme con la evidencia de que aún se comportan como niños pequeños y cautivos, y al final como pollos de granja, amén de para colmo comprobar que buena parte de ellos no es capaz de entender las leyes que promulgan, algunas de las cuales han sido destinadas a tratarme como otro alumno de primaria.
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Y eso que están trabajando...
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Fue moneda corriente hasta hace poco tiempo decir que el presidente de Estados Unidos era tan dictador como el que más, lo cual no era una ofensa para el zopenco Bush junior, como para millones de votantes que en su momento corrigieron el rumbo. Es imposible prevenirse contra la llegada de un palurdo al poder, tanto como evitar sus patanerías, pero es de respetarse un sistema que no permite dictadura alguna, y para ello comienza por evitar los gritos y las soflamas. Mismos que pueden ser muy bienvenidos en mitad de una noche de mariachis, pero jamás donde se gana un sueldo por debatir ideas y alcanzar acuerdos. Empeños que se antojan más difíciles, especialmente para quien se avergüenza de ser o parecer civilizado, pero al cabo para eso les pagamos. ¿O es que existe otro centro de trabajo donde las diferencias entre los empleados se resuelvan a gritos y mentadas, en la más vergonzosa impunidad y bajo privilegios exorbitantes? ¿Quién querría contratar a un trabajador y concederle semejante estatus? ¿Y qué tal cientos de ellos?
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Tal como están las cosas, únicamente un diputado o un senador pueden quebrar la leyes cuando y cuanto se les antoje. No legislan para ellos, sino para nosotros, igual que esos prefectos abusivos que imponían castigos desde su autoridad incontestable, reprimían a los gritones a punta de gritos y nadie les oyó pedir una disculpa. Un adulto abusivo se presume infalible ante quienes no pueden cuestionarlo sin hacerse acreedores a una sanción —y antes de eso, se entiende, ser silenciados—. Son nuestros congresistas los únicos adultos reconocibles, pues ya su condición de intocables y las leyes con las que se guarecen de nuestras opiniones nos hacen meros niños respondones a los que es necesario meter en cintura. El mundo al revés, pues. Y el colmo, a estas alturas, es que uno siga siendo el avergonzado.

domingo, septiembre 13, 2009

Clase: Turista-Nicolás Alvarado-(El universal-Opinión 11/09/09)

Por una vez, viajo en primerísima clase. (Haces bien en envidiarme, lector: escribo esto a bordo de un crucero de lujo que zarpó hace siete días de Venecia y arribará en cinco más a Estambul. Y no, no soy yo quien sufraga los costos —con lo que gano y con los efectos de la crisis mundial si acaso podría pagarme el viaje en uno de los botes salvavidas— sino que una revista para la que colaboro me ha enviado a reseñar la travesía para sus páginas. En efecto, soy muy suertudo y cultivo culpas épicas por ello, y las ahogo en champaña de cortesía.) Ello, sin embargo, no me libera de la monserga (relativísima, lo sé… pero aun así) de llevar ya días topándome con personas a las que sólo es posible catalogar en una clase y esa clase es la desclasada especie que responde al denominador común Turista.
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En la industria de los viajes, Turista es el nombre habitual para la tarifa más económica y, por tanto, más frecuente. La palabra, inofensiva por sí sola como todas las palabras, proviene del francés tour, que significa giro, y es que quien viaja gira, por así decirlo, por el mundo. Aplicada a ciertos individuos, sin embargo —y, como se verá, nada tiene que ver el asunto con su origen social ni con sus posibilidades económicas: por más que el Turista viaje en Primera, Turista se queda—, sirve como antónimo de viajero o, para decirlo con mayor precisión, como sinónimo de patán. (Y ahora sí aprovecho aquí —aviesa, traviesamente— la etimología: el viajero viaja pero el turista da giros sin sentido y sin sensibilidad, hasta el punto en que todo lo que ve se le confunde en una sola imagen ininteligible y el resultado inescapable es primero el mareo y después el vómito… aunque por desgracia no el suyo sino el de los que nos vemos obligados a fungir como horrorizados testigos del triste espectáculo que protagoniza.)
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Pongamos por ejemplo la escala de hace unos días en Constanza, ciudad rumana que cuenta entre sus atractivos una hermosa mezquita construida en 1910, la cual alberga un minarete cuyos 140 escalones asciende cuatro veces al día el muecín para llamar a los musulmanes de la ciudad a la oración. Yo no soy religioso. Y, si lo fuera, no sería musulmán. Aun así, considero menester mostrar respeto por aquello que es sagrado para otros, por lo que, durante mi visita, hablo en voz baja y, pese a la abundancia de turistas literalmente descocadas que pululan por el recinto, insisto a mi mujer en que se cubra la cabeza (a ese efecto ha traído no una pañoleta pero sí un suéter provisto de gorro).
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Echamos a andar escaleras arriba, pronto nos quedamos sin aire, varias veces estamos tentados a claudicar del esfuerzo titánico, pero nos ilusiona y nos mantiene en pie la promesa de una vista panorámica notable. (En efecto, lo será.) Henos ahí, discreta y momentáneamente adosados a un muro para recuperar el aliento, cuando de pronto escuchamos unas voces femeninas que se elevan y no precisamente en oración. “¡Puta madre! ¡Cuántos pinches escalones, carajo!”, es lo que profiere una, en nuestro mismo idioma y con nuestro mismo acento. “¡No mames! ¡Me cae que si logro llegar hasta arriba de esta madre les invito un chupe!”, responde su compañera.
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Eunice, que es sabia y generosa, ahoga una risita; yo, que tantas veces he contemplado asumir la identidad de Don Cucufato ahora que la ha jubilado Fernando Luján, no puedo sino arquear las cejas de puro horror. De pronto, mis ojos desorbitados se topan con otros, pertenecientes a una de las mexicanas en quejoso y bullanguero ascenso. Diré en su descargo que alguna autocrítica tiene la chica puesto que, no bien nos ve, ofrece una suerte de disculpa, pretendidamente cómica: “Seguro ya han de estar diciendo ustedes ‘¡Estas pinches mexicanas gritonas!’”. Cortés aunque tensísimo, le respondo que para nada, que cómo cree. (Lo que quisiera añadir, sin embargo, es que si no pienso eso —y mucho menos lo digo, y mucho menos en esos precisos términos— es porque, a diferencia de ella, a mí sí me educó bien mi mamá.)
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Es cuando la veo perderse escalones arriba, perchada sobre sus tenis Gucci y colgante de su hombro la bolsa de lona con el logotipo de nuestro mismo crucero, que llego a la conclusión de que la clase Turista no se lleva en el boleto ni en la cartera sino en el alma. (Nótese que he dicho en el alma y no en la nacionalidad; y es que, aunque éstas son mexicanas, este viaje me ha demostrado que el turista es —¡ay!— una plaga universal.)

jueves, septiembre 10, 2009

Patologías y personalidades

Diario Milenio-Puebla (10/09/09)
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El caso es para proponerse un estudio completo, como lo hizo Vicente Leñero en Asesinato, el móvil novelado de la atroz muerte de la familia Flores Muñoz a manos del propio nieto (entonces todo muy confuso) Gilberto Flores Alavez, ocurrido el 6 de octubre de 1978. El abuelo, Gilberto Flores Muñoz, había sido secretario de Agricultura en el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines y gobernador de Nayarit. Aspiraba a la presidencia de la República pero todo quedó en López Mateos. Su esposa, la escritora Asunción Izquierdo, amaneció muerta a machetazos en su residencia de Las Lomas de Chapultepec. El verdadero motivo siempre quedó en la oscuridad y el principal sospechoso, Gilberto Flores Alavez, ya está en libertad, creo. La obsesión lleva al crimen. Según narra Leñero en su libro, el nieto de los Flores Izquierdo estaba lleno de rencor por el poder que el abuelo había tenido. Se sentía abandonado y a veces deprimido.
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Ahora que he visto en los noticieros el caso del asesinato de José Fuentes Esperón, candidato a la diputación local de Tabasco por el PRI y de su familia completa, he quedado horrorizado ante la sangre fría con la que los homicidas hablan del hecho, como si nada los turbara. Y sigo aún más horrorizado sabiendo que el autor intelectual es un muchachito de 16 años apenas, Marcos (así se refieren a él), quien estaba obsesionado por la atracción que en él despertaba Lilián Argüelles, la esposa del candidato.
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De acuerdo a las investigaciones realizadas por la policía de Tabasco, participaron del crimen el vigilante del Fraccionamiento Tucanes de nombre Ricardo Hernández, Julio César Moreno García (a) “el Loco” y otro más que hasta ahora se encuentra prófugo.
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En Milenio del pasado 8 de septiembre se reproduce parte del interrogatorio. Sobresale la frialdad de las respuestas. Aquí sólo una pequeña parte: “Nuestra intención nunca fue matarlos, pero todo se salió de control,” dijo Ricardo Hernández para continuar: “el hijo más grande, Pepito, empezó a gritar. Lo encintamos, pero nunca le hicimos daño ni lo matamos (sic). El niño Fernando estaba con sus papás y ya fue entonces que tuve que dispararles”.
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Se sabe, a confesión de parte, que ellos ultrajaron a la esposa del candidato cuando ya había muerto de un tiro en la espalda. “el joven Marcos abusó sexualmente de ella. Yo también lo hice, pero me dio asco porque estaba llena de sangre y vomité en ese momento”, expresó el vigilante Ricardo Hernández. Lo que aún me cuesta trabajo entender es por qué, de acuerdo a la información que se ha dado, la familia de José Fuentes Esperón confiaba en ellos, tanto que conocían cada uno de sus movimientos. Inadmisible. Un caso para indagar profundamente.

miércoles, septiembre 09, 2009

"La mentira: certeza absoluta"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 09/09/09)

Querido lector, ¿alguna vez ha sentido que su vida está siendo escrita por alguien más? “Verloso. El artista de la mentira” (Mondadori, 2009), la reciente novela de Felipe Soto Viterbo gira en torno a esta premisa, otorgándole al lector una certeza absoluta: la vida y cada momento de ella es una mentira.
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Franco Verloso, protagonista de la novela, atrapa e identifica de forma de forma inmediata al lector, pues su vida es cotidiana y sencilla, como la de cualquier ciudadano de a pie. Sale de parranda con sus amigos con quienes inventa un estilo de vivir la vida, se enamora de la mujer equivocada y se siente un extraño más dentro de la ciudad que le otorga por entero el anonimato: el Distrito Federal. E inclusive es un personaje que sufre del desempleo, pero si esto no bastará para convertir a Verloso como todo escritor frustrado, y además desempleado, es un personaje romántico que no deja de soñar con el éxito literario. Un día su suerte cambia: gana un premio al escribir una obra de teatro basada en la vida de amistades. Ese reconocimiento le da la oportunidad de ser recomendado por uno de sus mejores amigos para trabajar en una empresa cinematográfica, para la cual realizará una serie de guiones y a cambio ganará sumas de dinero inimaginables. Todo transcurre con absoluta normalidad hasta que Verloso nota el símil de sus historias con la vida real.
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Con un estilo sencillo para su lectura, Soto Viterbo entrega una excelente novela que dejará al lector con un buen sabor de boca y con más preguntas que respuestas, objetivo que toda novela debe perseguir. Al final de la novela el lector se encontrará con una vuelta de tuerca sorprendente que, inclusive, podría hacerle cambiar su perspectiva ante ella.
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Como toda buena novela, “Verloso” dejará una sensación distinta a cada lector, personalmente me ha dejado la impresión de haber visto una radiografía de la realidad mexicana, y es que a pesar de estar ubicada alrededor de 1994, todo lo escrito puede aplicarse en pleno 2009. “Verloso” es una novela plasmada de frases tremendas que se impregnan en la mente como verdades punzantes.
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Felipe Soto Viterbo además de ser novelista es editor de la revista Chilango, se le puede leer en: http://pordefinir.wordpress.com
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Diván deportivo
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Sin duda el Puebla es mi equipo de corazón y a las Chivas les tengo un aprecio sentimental, pero el domingo fue lamentable ver cómo las Chivas se beneficiaron atrozmente de un arbitraje dudoso, sospechoso. Es claro que la libertad de expresión está prohibida en el fútbol, porque aparte de sancionar económicamente, también se desquitan en la cancha. ¡Qué pena por las Chivas, pues no necesitan de tales marrullerías!
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A pesar de todo, verán como el Puebla volverá a hacer una campaña tan buena como la anterior. ¡Ánimo Franja y mucho Chelis!

Dos muchachas sin nombre

Diario Milenio-México (09/09/09)
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Escuché el correr del agua mientras introducía la llave en el cerrojo de la puerta. Pensé que la encontraría donde, en efecto, estaba: dentro del minúsculo cuarto de baño con las manos inmóviles bajo el chorro del agua. Veía algo que yo no alcanzaba a ver a través de la ventana. Veía eso con insistencia. Sólo se dio cuenta de que estaba ahí cuando cerré la llave y coloqué a toda prisa la toalla seca sobre sus manos rojas y tibias.
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—Mira lo que has hecho —murmuré, tratando de regañarla—. Parecen pollos recién desplumados —le sonreí al final, acariciándolas. Ella me miró con sus ojos vacíos. Luego parpadeó e, inclinando la cabeza, miró sus manos. Elevó la derecha hasta la altura de sus ojos, rotándola para apreciarla mejor.
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—Las manos —dijo—. Les cortaron las manos.

—Sí —le contesté mientras la empujaba suavemente hacia su recámara. Después de apagar el aparato de la televisión, la ayudé a sentarse sobre la cama para quitarle su ropa de día, un pantalón holgado y una camiseta de algodón, y ponerle el camisón de franela con el que dormía. Ella me pidió a señas el cepillo que descansaba sobre la cómoda y, apenas lo recibió, se dedicó a pasarlo por su largo cabello gris. Parecía absorta una vez más. El cepillo se deslizaba sin dificultad desde las raíces hasta las puntas y, luego, lo hacía una vez más.
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—Esta vez también les cortaron las piernas —murmuró, viéndome de súbito.
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—Sí —le contesté—. Lo vi en los noticieros. Tendremos que poner más atención -concluí, dándole un par de palmadas en la espalda e invitándola a tomar un par de píldoras. Luego fui a la diminuta cocina y puse agua a hervir. El tiempo pasa de maneras extrañas. Cuando la tetera emitió el sonido tan agudo, ese sonido que siempre me ha parecido una señal de alarma, no supe en qué había pensado todo ese rato. Le preparé un té de azahar porque lo sabía entre sus favoritos.
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—Y les cortaron el cabello también —dijo como para sí misma cuando sorbió, con una calma inusitada, el primer trago. Volvió a verme y, al saberme vista, le sonreí. Nunca he sabido qué debe hacerse en esos casos. Cuando apagué la luz de la habitación la anciana ya estaba durmiendo bajo las mantas. La respiración acompasada. Las pestañas inmóviles.
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El edificio donde vivíamos era lúgubre, ciertamente, pero tenía la ventaja de estar bien ubicado. Se podía vivir ahí sin necesidad de poseer un auto. Cuando necesitaba llevarla al hospital para su consulta de rutina, era posible hacer el trayecto en transporte público. Había pequeños restaurantes llenos de cucarachas, pero de ahí podíamos encargar comida sin cargo adicional. Había lavanderías y una oficina de correos y una estación de policía. Todo eso se veía con claridad desde las ventanas de su cuarto piso. Las luces rojas. Los semáforos.
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Esa noche me senté un rato en su sillón favorito antes de dar por terminada mi visita. Observé a través de la ventana como la había visto hacerlo a ella con frecuencia. La ciudad, afuera, temblaba. Me dio esa impresión en todo caso. Coloqué las piernas sobre el otomano y recargué la cabeza sobre el cojincillo del respaldo. Las grietas del techo formaban un mapa o un bosque de árboles torcidos o una red donde habría de caer una presa. Cerré los ojos, como la anciana, y pensé que estaba acaso tan exhausta como ella. O tan perdida. ¿Es necesario, en verdad, vivir tantos años? Abrí los ojos y me persigné aún antes de incorporarme. En la oscuridad, el departamento parecía un pequeño museo de sí misma. Las fotografías. Las alfombras. Las cortinas. Las cucharas y los tenedores. Los floreros. El papel tapiz. Cada objeto había sido conservado con esmero. Prohibido tocar. La mesa. Las sillas. No pude evitar preguntarme quién se quedaría con todo eso al final. Recogí la bolsa de plástico en que llevaba una barra de pan y las rodajas de jamón con las que me prepararía un sándwich. Después de echar un último vistazo al departamento, salí y cerré la puerta con llave. Bajé las escaleras a paso lento hasta el segundo piso. ¿Cuánto mide en pasos la eternidad?
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En la televisión seguían dando los mismos noticiarios. Las muertas eran ahora dos muchachas sin nombre, como siempre. Evité ver las imágenes pero escuché desde la cocina el recuento de los hechos. La sirenas de la policía interrumpieron mis pensamientos. El agua hirviendo. Mientras untaba la mayonesa sobre el pan imaginé el cielo azul sobre sus cuerpos. La luz. La luz cuando choca contra los huesos. Las bocas abiertas. Caí sobre una silla. Vi hacia la pared. Todavía con el cuchillo en la mano derecha, inmóvil como la estatua que ya era, pensé que no habían tenido tiempo ni para sentirse cansadas. Pensé que, de haberse salvado, podrían sentarse ahora mismo y recargar las piernas sobre algo.

martes, septiembre 08, 2009

"Los alimentos terrenales"Jaime Mesa

"Los alimentos terrenales"-Alberto Ruy Sánchez

"Los alimentos terrenales"-María del Rosario García Estrada

"Los alimentos terrenales"-8avo programa: Víctor Toledo

"Los alimentos terrenales"-6to programa: Fritz Glockner

"Los alimentos terrenales"-5to programa: Vicente Herrasti

"Los alimentos terrenales"-4to programa: Frank Loveland

"Los alimentos terrenales"-3er programa: José Prats.

"Los alimentos terrenales" 1er programa Nacho Padilla

lunes, septiembre 07, 2009

Sonatina neoyorquina

Diario Milenio-México (07/09/09)
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Más acá de Times Square
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Los turistas frecuentemente se preguntan cómo es que los locales apenas si conocen las diversiones de su ciudad, más cuando éstas abundan y son famosas. ¿Cómo pueden los parisinos no frecuentar Montmartre, los romanos jamás entrar en el Coliseo, los neoyorquinos eludir Times Square? Por la misma razón, diría Borges, que en el Corán jamás aparece un camello. Voy atando estos cabos a media mañana, entre la calle 34 y la 42 de Manhattan, no porque me disponga a descubrir el hilo negro sino porque me gana una cierta alegría inexplicable. No tengo tiempo para hacer turismo, y ni siquiera un poco de shopping. Como tantos anónimos que van y vienen por las aceras de la Séptima Avenida —pícara, cochambrosa, vivísima— tengo trabajo y voy corriendo hacia allá. Si en otras ocasiones me sobró el tiempo para vagar sin rumbo y según yo sacarle jugo a la ciudad, ahora voy con premura de neoyorquino y de pronto me escucho canturrear.
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Seguramente en otra ciudad atraería la atención y hasta los pitorreos de los viandantes, pero si alguna garantía me ofrece Manhattan, ésta es que lo que yo haga a nadie le interesa. Puedo gritar, cantar o quitarme la ropa, que de seguro nadie se detendrá por ello. Puedo reír, berrear, blasfemar a placer y no seré sino un ínfima parte del paisaje. Todo lo cual me anima a seguir entonando cierta canción de los Flaming Lips que de pronto, llegando a Park Avenue, se transfigura en otra de Caetano Veloso. ¿Por qué es al fin tan raro que a la gente le dé por cantar por las calles? ¿Soy un freak si lo intento? ¿Tendría que buscar a un loquero y contárselo? Si he de dar mi opinión, es mucho más extraño el pueblerino que no cruza la puerta de su casa sin ampararse contra el qué dirán, y al cabo como dice la canción de Rita Lee: más loco está quien me lo dice y no es feliz.
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Cantar de vagabundos
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Llámenme imbécil, cursi, frívolo, ñoño, hueco, que de todas maneras seguiré canturreando. Tal es por el momento la única sabiduría a mi disposición. Tengo quince minutos para llegar al autobús que me llevará a Queens y no hay forma de que baje el volumen. Pienso que habrá decenas, centenares, miles de vagabundos y perturbados que cantarán también, no muy lejos de aquí, sin más móvil que el de sentirse vivos en una isla encantada sospechosa de ser centro del mundo. Una isla prodigiosa donde todo es posible y casi nada es digno de llamar la atención, entre otras cosas porque aquí desde siempre todo es llamativo. Además, ya lo dije, no tengo tiempo para distracciones. Ello me abre un espacio para albergar la fugaz ilusión de ser ahora y aquí un neoyorquino más. Alguien que no se ocupa de otra vida que la propia y va y viene dichosamente ensimismado, cantando nada más porque está vivo y libre y ésas son dos razones para celebrar.
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Hay gente que detesta verlo a uno contento. Suponen que sonríe nada más por joderlos, o porque es un idiota y un vacío y un bembo. Esperan que uno espere a tener un motivo de peso y substancia, como si ya la pura libertad de cantar por la calle no lo fuera de sobra, de repente. Todavía recuerdo el primer día que pude ir y venir por Nueva York. Tenía trece años y un enorme deseo de que mis padres me soltaran un rato para perseguir solo el hechizo de estas calles. Hablar con vendedores callejeros, comprarme un pretzel en alguna esquina, sentarme un rato al lado de un bueno-para-nada. Cosas simples que a un niño de trece años le suenan prodigiosas de por sí, pues ya el sólo intentarlas supone verse libre y soberano como todos sabemos que son los neoyorquinos. ¿Que es difícil la vida, y todavía más en la ciudad competitiva por excelencia? ¿Y qué esperaban, pues? ¿Que cayeran los mangos de los árboles y el alcalde les diera la bienvenida? No quiere uno ser libre para vivir fácil, si de quienes lo intentan están llenas las cárceles.
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El riesgo del idilio
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Da escalofríos pensar que hace apenas ocho años un amargo puñado de ignorantes se preparaba para llevar a cabo una matazón en las Torres Gemelas. Los pobres infelices y sus gurús no podían soportar la idea disolvente de que en una ciudad como Manhattan la gente pudiera ir cantando por las calles. O gritando, o saltando, o conversando a solas. Que uno pudiera darse al desenfreno si acaso se le hinchaba su libertina gana, sin que a nadie tuviese que importarle, ni escocerle, ni llamar su atención en modo alguno. Si otras ciudades juran garantizar los buenos ratos a sus visitantes, a Nueva York todo eso le viene guango. Joderse la existencia, o alegrársela, es la responsabilidad de cada uno. ¿Hay acaso motivo mejor para cantar?
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Como tantos amantes de Nueva York, desconfío de esas ciudades piadosas en teoría donde la vida propia es asunto de todos. ¡Ay, sí, qué generosos! ¿Esperan que me crea que me señalan porque quieren mi bien y por él se preocupan? ¿Quién me asegura que va a coincidir su concepto de bien con el mío? ¿Y si todo cuanto ellos juzgan positivo viene a ser, ya en los hechos, impositivo? Canto, pues, por las calles de Manhattan celebrando que nadie puede evitarlo, ni hay a quien le interese si entono o desentono. Y si bien no me atrevo a dudar que de aquí a diez minutos podré estar maldiciendo, o gruñendo, o chillando, porque al cabo Manhattan nunca podrá tener más corazón que el que yo le conceda porque así se me antoja, más tarde o más temprano me tocará entender que en el centro del mundo nada es gratis, ni siquiera el deleite de cantar porque sí. O, para ser sincero, porque en una mañana de recorrer las calles de Nueva York existe siempre el riesgo de enredarse de nuevo en el idilio y decirse que uno ama a esta ciudad igual que se ama todo lo entrañable. Sin razón, e inclusive contra toda razón. Sin dejar de cantar, cedo a los pueblerinos y su coro de beatas sin beat el monopolio entero del buen juicio.

Batallas de Nueva York

Diario Milenio-México (07/09/09)
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“En lo que viene no quiero pensar; mientras menos pienso, mejor juego.” Tras haberle servido con hacha a Thomas Berdych en la cancha del Grandstand, el chileno Fernando González todavía duda que consiga alcanzar los cuartos de final, donde podría enfrentar a Rafa Nadal. Sabe que ha hecho un gran juego, pero insiste en que la jugada más importante será siempre la próxima. Eso sí, se le ve muy sonriente. Tranquilo. Satisfecho. Como se está después de una victoria en tres sets, a menos que uno sea Federer o Nadal y tenga que enfrentar expectativas siempre demasiado grandes.
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¿Será por eso que el Matador llegó a la conferencia con los nervios de punta, tras encargarse no sin ciertos trabajos de borrar en tres sets a un Nicolás Almagro más errático que él? En todo caso, nada más que uno entre los jugadores aún vivos —Gael Monfils, verdugo fresco de José Acasuso— ha logrado salvarse de ceder algún set. Hay tanta cancha para especular que de cualquiera puede decirse que está débil o fuerte. “No quiero hablar del tema de las lesiones”, puntualiza Nadal, que ya en el tercer set ha hecho una pausa médica por molestias presuntamente abdominales, “no sé si estoy al cien, al cuarenta o al ciento diez por ciento; hay torneos que uno empieza muy mal y termina ganándolos, y otros en que sucede lo contrario; sólo sé que pasado mañana voy a estar en la cancha y espero darlo todo”.
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Todo es lo que ha entregado Venus Williams. Tras perder los seis juegos del primer set, le ha ganado a la belga Kim Clijsters siete al hilo, y al poco rato ha perdido el servicio para ya nunca más recuperarlo. Uno de esos partidos tan extraños que terminan por ser espectaculares, si luego de dos sets sin pies ni cabeza cualquier expectativa parece ya ridícula. Más todavía cuando se juega ya la cuarta ronda y hay demasiados grandes nombres afuera.
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Si anteayer aún flotaba la pregunta de cómo habría jugado Jelena Jankovic de no haberse enterado, horas antes, de la muerte de su abuela materna, hoy persiste la duda en torno a Dinara Safina, cuyo partido del sábado en la noche fue cambiado del estadio Arthur Ashe al Louis Armstrong por consideraciones entre torpes, mezquinas y quizá, gulp, sexistas. “Soy la número uno del mundo”, se ha quejado la rusa, “y a última hora me han dicho que me van a sacar de la cancha central para dar prioridad al juego entre James Blake y Tommy Robredo, sólo porque era un tres de cinco sets”. ¿Cómo saber qué tanto pudo pesar tamaño ninguneo sobre su desempeño desigual ante Petra Kvitova?
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Una vez agotada la primera semana del torneo, los duelos resultantes ganan gravedad. La tensión se condensa, la incertidumbre crece, en cada uno de los tres estadios se escenifican dramas tan intensos como la zacapela entre Vera Zvonareva y Flavia Penetta, que en la última orilla del segundo set, tras una joya de muerte súbita, resucitó para robarse el partido con números apenas creíbles: 3-6, 7-6(6), 6-0.
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Si el sábado fue el día de las grandes batallas, el domingo lo ha sido de los hondos dolores. Gilles Simon y José Acasuso se han retirado heridos con el partido a medio perder; Nadal y Almagro recibieron atención médica simultánea; Flavia Penetta debió hacer lo propio justo antes de asestarle el 6-0 final a Zvonareva, que con seguridad tardará un rato largo en recobrarse del sonoro golpazo. Puede olvidarse pronto el mal trago de una eliminación, siempre que esto no pase en un Grand Slam. Y pasa que el dolor se ha despachado con cucharón sopero.
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No es muy difícil arriesgar pronósticos para el partido Federer-Robredo, pero lo demás luce digno de pandemónium. Djokovic-Stepanek, Wozniacki-Kuznetzova, Oudin-Petrova, Soderling-Davydenko, Isner-Verdasco, Dulko-Bondarenko. Y eso es sólo una parte del octavo día, ya que para el siguiente se esperan otras tundas no menos peliagudas.
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Hace algo más de un año, a la mitad de Wimbledon 2008, el legendario comentarista Bud Collins jugaba con la idea de dos jugadores —Federer y Nadal— y ciento veintiséis invitados de función más o menos decorativa. Ya no parece el caso, por suerte para el tenis, aun si somos legión los que prendemos velas por ver la primera final americana entre los dos rivales que han hecho historia en Wimbledon, Australia y Roland Garros.
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Quién pudiera mirarse tan solo y a sus anchas como Serena Williams...

jueves, septiembre 03, 2009

Palabras para Wimpy’s

Diario Milenio-Puebla (03/09/09)
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Cada ciudad debe de tener su café tradicional. Puebla lo tiene y se llama Wimpy’s. Luego de haber permanecido mucho tiempo en la Avenida Reforma, entre la 3 y la 5 Sur y enfrente de la parroquia La Santísima. Me puedo imaginar que en cualquier ciudad del mundo les ha mortificado que las autoridades no tengan una especie de reglamento donde se prohíba la modificación del entorno y de sus lugares tradicionales, los que permanecen porque se lo han ganado sólo con el tiempo.
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En el año 2000 el Wimpy’s de la Reforma se mudó, luego de una larga batalla de parte de sus dueños por conservar el espacio, a la 3 Poniente, entre la 3 y la 5 Sur. Ahora en ese lugar se venden mascotas, nada qué ver con el Wimpy’s que ahí perduró algunos años. Por ese tiempo ya la familia Fernández de Lara y Alonso había instalado el Wimpy’s que conocemos y frecuentamos ahora, el de la 7 Poniente, a un ladito nomás de los conocidos cines Puebla.
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El pasado 15 de agosto, el Wimpy’s de La Concha, el único que se conserva en Puebla, festejó sus apenas jóvenes setenta años. Fundado originalmente por la Familia Fernández de Lara, esos setenta que tiene encima fueron el motivo de su remodelación. La familia Fernández de Lara y Alonso ha mostrado una gran sensibilidad por mantener y cuidar de la tradición del buen café, siempre se han preocupado por su buen funcionamiento y han entendido que un sitio como éste es un lugar de reunión a donde vienen los amigos para hablar de sus tragedias o de sus logros en la vida. Es, en esencia, un buen pretexto para estar con los demás, con quienes algo nos identifica, lo mismo que hubieran querido las tías de Gerardo y de Armando Fernández de Lara, particularmente Elisa, quien hizo del Wimpy’s su propia casa.
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A través de los años el café, el Wimpy’s, ha sido el sitio de preferencia de muchas generaciones. Se podrían mencionar aquí a los personajes que ahí han hecho historia pero es seguro que cometería injustas omisiones. El Wimpy’s, en setenta años, ha reunido a la clase política, a los periodistas, a los grupos de médicos, de arquitectos, de estudiantes o de los poetas y sus musas. En el Wimpy’s, de acuerdo a Pilar Bravo, se llegaron a reunir quienes decidían el futuro político del estado y de la universidad.
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Festejemos entonces el setenta aniversario de este café que es ya (se lo ha ganado con su presencia) un clásico en Puebla. Un café tradicional que no escatimará ningún esfuerzo por permanecer entre nosotros mucho, mucho más tiempo.
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En esta época que nos han invadido las franquicias sobrevive el Wimpy’s.
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Y como lo dirían los publicistas que no tenían otro recurso que sus altavoces encima de su auto: “Vengan a disfrutar del buen café al Wimpy’s, los esperamos con la atención debida en la 7 Poniente 102-b”. Larga vida al Wimpy’s. Felicidades.

Compadres-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 03/09/09)

De verdad no sé qué sea más alarmante: si que 40.2% de los mexicanos le pediría a Peña Nieto que fuera su compadre o que 30.9% no se lo pediría a ninguno de los candidatos punteros de los partidos para la campaña presidencial de 2012. Las cifras fueron publicadas la semana pasada en la Encuesta Nacional del Gabinete de Comunicación Estratégica, con una muestra de 16 mil entrevistados por todo el país (EL UNIVERSAL, 27/08/2009).

La proporción de personas que se emparentarían espiritualmente con el gobernador del Estado de México es interesantísima por ser espejo de otra todavía más grave: 41% de los mexicanos piensa que los diputados y senadores que se sentaron guapachosamente en su curul el martes pasado van a ser iguales a sus antecesores y 35.4% piensa que van a ser peores.

Los mexicanos se perciben a sí mismos, entonces, como dentro de una economía de agárrese el que pueda: dado que el clima político de la administración pública va a ser igual o peor durante la nueva legislatura, mejor blindarse con un compadre de lujo.

Y es que en México todo sigue siendo, a fin de cuentas, personal . En la ventanilla hay que pedir las cosas porfavorcito a pesar de que el que está al otro lado gana un sueldo por hacer lo que le estamos demandando que haga y si uno no tiene una buena relación con el director técnico no hay talento que le dé derecho a pisar la grama.

En Una muerte sencilla, justa, eterna, que a la fecha se sostiene como el ensayo de crítica literaria más agudo sobre el inabarcable legado cultural de la Revolución Mexicana, Jorge Aguilar Mora notó que la distribución de la jerarquía entre Los Dorados de Francisco Villa —cuerpo pretoriano de élite de la División del Norte—, tenía más que ver con la forma en que se organizan los clanes —mediante lazos espirituales y de sangre— que con la racionalidad meritocrática de los ejércitos posteriores al napoleónico. Es decir: el reparto del mando y la lealtad estaba relacionado, en el cuerpo militar más grande en la historia de América Latina (al menos según Friedrich Katz), con quién era primo o compadre de quién. De ahí que la ferocidad y resistencia de la División del Norte fueran el factor decisivo en sus batallas, pero también que haya sido relativamente sencillo, al final, disgregarla: muerto el compadre se acabó la rabia.

Claramente en el México que se percibe a sí mismo como una nación que transitó exitosamente a la democracia —en la misma encuesta una mayoría muy cómoda considera que las elecciones de 2009 fueron confiables— el poder sigue emanando un aura de impunidad que 40% de la población preferiría compartir. No sé si es que unos 44 millones de mexicanos piensan que se beneficiarían de tener una charola o si, simplemente, supongan que estarían a mejor resguardo de la crisis si el que es percibido como el próximo presidente les bautizara un hijo, pero es un hecho que calculan que se beneficiarían de algún modo de estar relacionados con él.

Lacifra habla además del hecho de que cuatro de cada 10 mexicanos se sienten tan a los cuatro vientos entre el rodar de cabezas de los narcos y el escalar de precios de las tiendas, que ya de plano renunciaron a la realidad: prefieren encargarle el chamaco a un tótem a dejar esa paternidad putativa tan rara y antigua que es el padrinazgo en manos de un amigo de toda la vida. Hay una última lectura de la encuesta que no por perversa me parece menos considerable. Ni Marcelo Ebrard, ni Santiago Creel, los otros dos políticos percibidos como viables para la Presidencia por los mexicanos, se acercan a la cifra de personas que ambicionarían encompadrar con ellos. Esto podría implicar que aunque a la gente le parecen viables, también supone que son otro tipo de políticos. No hay que olvidar que las preguntas dirigen las respuestas: a lo mejor la gente no sueña con que un presidenciable le bautice un hijo, pero ya metidos en gastos, preferirían que si alguien va a ser su compadre, sea un priísta.

miércoles, septiembre 02, 2009

"¿La fuga: necesidad o cobardía?"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 02/09/09)

¿Qué hay de seductor en la idea de la fuga? ¿Por qué todos sentimos el deseo de huir y sólo pocos se atreven a hacerlo? Son dos preguntas que aparecen a en la contraportada de la novela “El dilema de Houdini” de Norma Lazo (Mondadori, 2009), dos preguntas capaces de atrapar a cualquiera, ya que todos alguna vez hemos sentido cómo las cadenas de la rutina se vuelven pesadas e imposibles de cargar.
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Eso sienten los cuatro personajes de esta novela: Sofía, una mujer atrapada en su melancolía y soledad -causadas por la pérdida de Lázaro, su esposo- recurre a medicamentos como el Lexotán, el Valium y otros para escaparse por un momento de su realidad; Carmelo, un viejo artista-escapista dispuesto a igualar las hazañas de Houdini, no encuentra la manera de librarse de una relación por demás tortuosa; Sebastián, un ex-niño prodigio trata de olvidar el trauma que le ocasionó a sus padres al no poder acoplarse a los planes que le tenían; por último Lancelot, un tigre de Bengala hambriento –la gran metáfora de la novela- que al emprender la huída del zoológico en que lo tienen cautivo, causa un caos capaz de paralizar, enternecer y enfurecer a buena parte de la ciudad, convirtiéndose en la noticia del momento en los medios locales. Cada uno de estos personajes están ensimismados en su propia travesía. Sofía, Carmelo y Sebastián necesitan escapar antes de morir asfixiados. Los tres precisan aprender de Houdini el arte de escapar y del tigre de Bengala las agallas para decidirse a escapar. Al final, alguien logrará huir y los otros morirán en el intento.
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Aparentemente huir es sencillo: basta con tener una buena razón y ganas; sin embargo se necesita renunciar a todo lo construido a lo largo de muchos años, volver a nacer y borrar todo aquello que se conocía por vida. Una novela para llevarse a la reflexión, donde la fuga puede ser la única solución, una salida fácil o inclusive una adicción.
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“El dilema de Houdini” está divida en cinco capítulos trepidantes y emocionantes. Aquél que se acerque a esta novela seguramente logrará identificarse con los personajes y sufrir con su necesidad de huir. Una novela que se agrega a la lista de los libros que llegan en el momento justo y necesario.

martes, septiembre 01, 2009

Batallas de Nueva York

Diario Milenio-México ('01/09/09)
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No es un parque temático, aunque igual lo parece. Tampoco es propiamente una pasarela, pero hay leyendas vivas que van y vienen. Se llama, oficialmente, Centro Nacional de Tennis Billie Jean King, si bien uno se guía por el conjuro mágico: US Open. Imposible ignorar la mística imperante: nada más dar un paso hacia dentro del estadio de tenis más grande del mundo, sabe uno que no está ya en Nueva York, sino en alguna suerte de coliseo esencial donde cada septiembre se escribe la Historia.
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El Arthur Ashe es más que un estadio. Más allá de la cancha central donde ahora mismo juega Roger Federer, serpentea un laberinto de puertas y pasillos por cuyos meandros uno goza extraviarse. Más todavía cuando una rubia avanza por delante de ti, abre la puerta, cruza, la detiene, te obsequia una sonrisa y entonces haces tu mejor esfuerzo por fingir que es normal toparse con Martina Navratilova, la más grande de todas aquí y en cualquier parte. Momento ideal para tener presente que en un torneo Grand Slam lo extraordinario es moneda corriente. Dos minutos después, un recién cincuentón de mirada sagaz y sonrisa sarcástica cruza la misma puerta, con su mochila de raquetas Dunlop colgando de la espalda y el ímpetu de algún novato ilusionado. Es, nada más, John McEnroe. Cuatro veces campeón aquí, como Martina.
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En el día inaugural, los dos reyes vigentes abren fuego y apenas encuentran resistencia. Devin Britton, rival de Roger Federer en la primera ronda, recién ha confesado que su única meta es no ser aplastado en el partido. Alexa Glatch tampoco tiene cancha para ilusiones, más allá de saberse obstáculo pequeño en el camino de Serena Williams. Acaso, al fin, la única sorpresa estuvo en los dos quiebres de servicio que Britton le ha arrancado al suizo arrasador, quien ganó 6-1, 6-3 y 7-5. Serena, por su parte, ha demolido a Glatch sin el menor asomo de piedad por dos parciales de 6-4 y 6-1.
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Es todavía temprano para la épica. Los más fuertes ajustan los tornillos, en un descuido se les puede ganar antes de que terminen de ambientarse. Los demás sudan tinta para seguir aquí, y el resultado es una efervescencia que le quita el aliento al recién llegado. Si en los últimos días del torneo reina el drama de los sobrevivientes, el inicio es no menos que un festín donde, conviene recordarlo, todo puede pasar. Para botón de muestra basta el local John Isner, que le ha dado una zurra a Victor Hanescu en cuatro sets, sobre la cancha del estadio Louis Armstrong.
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Decir que cualquier cosa puede suceder equivale a saber que nada será fácil para nadie. Camino de la cancha, Serena recorría los pasillos tensa y ensimismada por el duelo pendiente; un par de horas más tarde, tendida y perniabierta en el gimnasio con los tobillos a medio vendar, la campeona del año pasado se entretiene jugando a la trivia con mamá Oracene: una y otra se precian de conocer a fondo las canciones de Ice Cube. Tal es el otro lado de la magia, pues antes que un complejo de estadios y canchas —son catorce escenarios simultáneos— éste es un club de tenis. Si afuera se atropellan los cazautógrafos, en los salones priva el relajamiento. No conviene tener demasiado presente la dimensión del desafío mayor, hay que hacer como si no fuera mucho más que otro partido de tenis. El duelo se disputa primero en la cabeza que en la cancha.
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Ya con la noche encima y el discurso reciente de André Agassi, Venus Williams se esfuerza por estar a la altura, pero pasa que Vera Dushevina ha asumido lo poco que tiene por perder, le rompió ya el primero de sus servicios y va tras el segundo: señal de que un Grand Slam pesa igual para todos. La rodilla maltrecha, el saque tambaleante… ¿Dónde está Venus? Llega la muerte súbita y en un descuido el set es de la rusa, que sin embargo sigue a siete triunfos del cielo. Tras un segundo set no menos errático, Venus se recupera ganando seis juegos al hilo, cede un servicio más y acaba recetando un sufrido 6-7, 7-5 y 6-3 que le devuelve apenas el alma al cuerpo. Puesto en términos simples, aquí no pasó nada.

Reencarnación

Diario Milenio-México (01/09/09)
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Se había visto a sí misma a su lado al pasar frente a los espejos del recibidor: era una pareja triste.
Los espejos de los recibidores son con frecuencia espejos biselados.
La aflicción estaba y no en las prendas de vestir: un vestido azul cielo de corte recto sobre el cuerpo de ella y un traje de un gris muy claro sobre el cuerpo de él.
La aflicción se oía en el repiqueteo del tacón sobre el piso de mármol.
La aflicción es una cuestión de exceso de orden.
¿Es la aflicción lo mismo que el desconsuelo?
Seguramente ella se habría preguntado eso antes.
No sé qué pudo haberse preguntado él.
Si en lugar de haber llegado a una fiesta se hubieran quedado a solas en su casa sin duda alguna habrían llorado.
Sin duda alguna: esa frase me espanta.
Cabe la posibilidad de que el hombre y la mujer habrían guardado silencio en habitaciones distintas de la misma casa.
Las casas grandes se acomodan a la soledad de sus habitantes.
Una oración completa es como una habitación donde una mujer o un hombre lloran sin notarlo.
La tristeza con frecuencia se expresa a través del llanto.
Es también común que la tristeza resulte inexpresable.
¿Es lo mismo la tristeza que la aflicción?
El hombre no habría podido creer que ella repitiera las palabras de una adivinadora.
La mujer le había explicado ya la diferencia entre una adivinanza y una reencarnación.
Hay algo que va a ser dicho.
El hombre habría preferido que ella fuera sonámbula.
Si ella hubiera sido sonámbula, él habría podido salvarla del precipicio.
Las sonámbulas suelen vestir largos vestidos de color blanco.
Tú hablas dormido, le había asegurado con algo de rabia.
Afligir es un verbo que viene del latín affligere.
Afligir hace referencia tanto al sufrimiento físico como a la pesadumbre moral.
Quiero que me cambien mis percepciones, había pedido.
Los que detentan el poder utilizan gran parte de su tiempo en vigilar que el hombre o la mujer sea reproducido convenientemente.
Alguien había puesto a funcionar un viejo aparato de música cerca de ahí.
El hombre no podría creer que la mujer le asegurara que la reencarnación es un camino de regreso.
El hombre no podría creer que su tristeza, que su aflicción, ese sufrimiento físico y esa pesadumbre moral, se transmitiera a través de las palabras que pronunciaba al estar dormido.
Nadie tiene idea de quién fue el primer hombre afligido de la tierra, eso es cierto.
Estupefacto puede ser un adjetivo o un sustantivo.
Mientras platicaban alrededor de la pequeña mesa redonda del jardín de atrás, un ventanal se había partido en dos.
El ruido del cristal cuando se rompe.
Tuvimos un hijo y, a los dos años, murió.
El espectador viene a ver cómo se gasta el actor.
Una pareja pasa apresurada enfrente de los espejos biselados de un recibidor.
Si tuviera que precisar, diría que todo esto ocurre en 1947.
Un espectáculo es una duración.
Hay alguien que calla y alguien que habla mientras una música peculiar entra por el ventanal roto que da a un amplio jardín.
Una mujer lleva a un niño en los brazos, contra su pecho, dentro de un avión.
Excepto por la vigilancia en los aeropuertos, el avión es un rápido medio de transporte.
En 1947 la vigilancia en los aeropuertos era menor.
El hombre no habría podido creer que la mujer hubiera llevado a un niño muerto entre los brazos.
La aflicción es un gasto del cuerpo.
Lo que ha sido dicho resulta materialmente imborrable.
El lenguaje es así.
Ella habría insistido en que una adivinanza es distinta a una reencarnación.
Las personas usualmente no lloran en sus casas sino en un panteón.
Algunos cementerios se han transformado con el tiempo en atracciones turísticas.
¡El actor es un muerto que habla, es un difunto el que se me parece!
La muerte es con frecuencia un error y es también algo inevitable.
Los sucesos imperdonables detienen el pasar del tiempo.
El crimen es un lugar al que hay que regresar.
El lenguaje es así.
Lo mismo puede ser dicho de la muerte accidental.
Ella le habría asegurado que no tuvo culpa alguna en el deceso del infante.
Si ella hubiera sido una sonámbula, él habría podido empujarla desde el precipicio.
Convertirse en un asesino o en una asesina es una tarea relativamente fácil.
Tú hablas dormido, había insistido con la misma rabia.
Prefiero la palabra ira a la palabra rabia.
En un momento dado, el hombre habría sido capaz de ver el cuerpo del niño entre los brazos de la mujer.
Algunas veces es necesario beber un buen cognac.
Ojalá dejen de considerar su cuerpo como si fuese un telégrafo inteligente.
Como está lleno de orificios, por el cuerpo pasan demasiadas cosas.
Las lágrimas no son un signo de algo más.
La aflicción, en todo caso, es muy parecida al desconsuelo.
La pareja que camina enfrente de los espejos biselados del recibidor tiene prisa por volver atrás.
¿Existió, alguna vez, un mundo sin pesar?
Los jardines cuidados con esmero da la apariencia de estar cerrados.
Hay una mujer en el proceso de abrir los brazos.
Que alguien profiera las palabras: te lo traje de regreso.
El abrazo suele ser tomado como un signo de bienvenida o de paz.

lunes, agosto 31, 2009

Un silogismo, uno.

Todos los que le van al América son putos y/o pendejos;
es un milagro que el América haya goleado al Toluca;
sólo Dios hace milagros;
Dios es americanísta;
entonces Dios es puto y/o pendejo

Adiós a los Kennedy-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 31/08/09)

Dice David Huerta que los chismes son como el polvo que ensucia los libros que guardan nuestras bibliotecas: por más que uno lo limpie no se va nunca. La figura de Edward Kennedy (1932-2009), como la de toda su familia, siempre estuvo contaminada de maldicencia. La Wikipedia, estándar de la sabiduría pop en nuestros tiempos, señala como los dos datos más prominentes de su vida que lo expulsaron de Harvard por copiar en un examen de español y que dejó morir a Mary Jo Kopechne para salvar su carrera política en el celebérrimo accidente de Chappaquiddick.
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Esta sombra de duda que pendió siempre sobre la figura de los Kennedy fue al mismo tiempo una cruz —vivieron bajo un nivel de escrutinio que sólo padecen las estrellas de cine— y un capital de popularidad inagotable para una nación que adora a los justicieros y forajidos: el Llanero Solitario o el Hombre Araña habrían sido los malos en cualquier otro país. Que si el origen de su fortuna venía del tráfico ilegal de alcohol en la era de la prohibición, que los Kennedy no habrían llegado a nada sin el fraude electoral de Illinois que llevó a Jack a la Casa Blanca en 61, que si por ser católicos eran más leales al Vaticano que a la Constitución, que en el fondo eran una bola de borrachos.
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Sin embargo, la presencia de Edward Kennedy en la curul más tradicional de la más tradicional de las instituciones estadounidenses —la del senador senior por Massachussets—, generaba una suerte de tranquilidad para todos. Enloquecieran lo mucho que pueden enloquecer los conservadores gringos, Ted siempre estaría ahí para cerrarles la puerta y promover, al mismo tiempo, la agenda más radical que podía soportar el cuerpo legislativo.
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Sospecho que todos los que en algún momento han sentido una afinidad por la ciudad de Washington —amor difícil si lo hay, pero amor a fin de cuentas— compartirán la misma sensación de orfandad esta semana, que me ha recordado tanto a aquellos meses de la década de los 90 en México en que se murieron en fila Cantinflas, Fidel Velásquez, Emilio Azcárraga y Octavio Paz. (Recuerdo que tras la velación del Nobel en Bellas Artes, un grupo de escritores por entonces jóvenes y más bien heterodoxo nos detuvimos a tomar una cerveza en La Ópera. En algún momento el poeta Luigi Amara dijo entre el desasosiego que nos producía habernos quedado sin figuras tutelares a las cuales culpar de nuestras desdichas: “Ahora nomás falta que en el 2000 gane el PAN”.)
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Un adagio de la clase política estadounidense dice que en Washington se puede sobrevivir a todo menos a una mujer muerta o un niño vivo. La figura de Ted Kennedy es tan excepcional que sobrevivió —y muy temprano en su carrera— a una mujer muerta. El final de su lento y doloroso proceso de extinción empalma, curiosamente, con otro final sucedido hace unas semanas: el de Michael Jackson —tan excepcional también que fue encontrado un sinnúmero de veces con niños vivos y tampoco fue a la cárcel.
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Desde ayer sábado el cuerpo del “León del Senado”, que encarnó a la manera de una sirena de popa con sobrepeso casi todas las batallas legislativas de la izquierda gringa, descansa en el cementerio de Arlington, en Virginia, junto a las tumba de los malogrados John y Robert Kennedy. El único miembro de la familia política más notable de Estados Unidos que conserva cierta visibilidad es la esposa de un gobernador republicano, fisiculturista y en realidad austriaco, que sale hasta en la película de Los Simpson.
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¿Qué vamos a hacer sin los Kennedy? Es como si de pronto nos quitaran nuestro derecho inalienable a usar pantalones vaqueros, a bebernos una coca-cola helada, a ver una serie magníficamente producida en la televisión o a nuestra iPod. Es como si los usos y tradiciones del siglo XX, que comenzaron a emborronarse con los avionazos del Pentágono y las torres gemelas, y estuvieron a punto de difuminarse por completo con la elección de Barack Obama y la pulverización de la economía especulativa de Wall Street, hubieran llegado, esta semana, a su tímida, discreta, elegantísima salida del escenario. Adiós al siglo americano.

El prócer inservible

Diario Milenio-México (31/08/09)
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La gloria no hace cuentas
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Cuando uno entra en la carrera de Ciencias Políticas, suele hacerlo con cierta grandeza en mente. Supone ya que va a hacer grandes cosas, pues habrá de toparse con enormes obstáculos; de ahí que luego apenas si mencione que en realidad estudia para administrador público. Para quien se ha planteado la peligrosa idea de hablar ante las masas y acaso enardecerlas, la idea de sentarse a contar chiles por el abstracto bien de la comunidad parece poca cosa, y más que eso semeja un engorro fatal del que nadie quisiera ocuparse. Nadie, pues, que haya oportunamente contraído las ínfulas del prócer que pide apoyo y votos con los brazos en alto. Ahora, cuando lo escribo, me causa un repelús insoportable, pero entonces, con pocos años y la cabeza llena de épica plástica, la idea parecía tan seductora como cualquier patraña grandilocuente. ¿Quién iba a preocuparse por asuntos ingratos como el de vigilar los pesos y centavos cuando estaba pendiente salvar a la patria?
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Cursaba todavía el primer semestre cuando el profesor de teoría política nos hizo una revelación confortadora. Al principio, nos dijo, un cargo en la administración pública intimida a quien llega a ocuparlo, pero en un par de meses se da cuenta de que es una vacilada. Si aquello era verdad, nosotros, futuros rescatistas de la nación, tendríamos por tanto tiempo de sobra para entrar en la Historia sin distraernos de más en la monserga de andar administrando lo que ni nuestro era. Cierto es que había más de uno entre los estudiantes que se entendía muy bien con los conceptos administrativos y ciertos temas de economía, pero ello pocas veces era útil para entrar en debate y alcanzar lucimiento entre los compañeros, si en esas lides lo más socorrido era soltar al aire opiniones osadas, a menudo sin otro fundamento que la vehemencia de quien las sostenía. Opiniones hinchadas de lo que uno entendía como conciencia histórica, untadas de una suerte de sensibilidad social apenas distinguible de la culpa católica, porque al final aquella era una universidad privada y nosotros unos privilegiados.
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Que vivan los ineptos
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Poca o ninguna gloria parecería aguardar al burócrata serio y dedicado que administra con responsabilidad, si afuera menudean los que viven de reclamar y ofrecer imposibles, sin por ello tener que sacarle punta a un lápiz. Por el contrario, su papel es odioso y anticlimático. Se le suele tildar de cuadrado y obtuso si se atreve a decir que tal o cual proyecto resultan inviables, o que para llevarlos a cabo es preciso seguir estrictas directrices y cumplir con preceptos indispensables. ¿Quién es ese aguafiestas para echar tierra sobre cuentas alegres? De ahí a sepultar al interfecto bajo un manto de burla y menosprecio apenas hay distancia, pues allí donde abunda la demanda no suele tolerarse el límite en la oferta. Repartir lo que no hay, ni hubo, ni por lo visto habrá, no requiere hacer cuentas, ni estudiar un proyecto, ni consultar con un especialista. Basta con que los técnicos al servicio del pueblo encuentren la manera de dar cuerpo y sentido al despropósito, al menos mientras llegan las elecciones.
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A juzgar por el éxito de un número creciente de servidores públicos improvisados y folclóricos, el título de administrador público vale hoy en día menos que un puesto en el comercio informal. Conforme iluminados, dicharacheros y chistositos van seduciendo a cámaras y micrófonos, su entusiasta clientela se reproduce en proporción geométrica. Si otros les piden tiempo para resolver, éstos resuelven todo sin tener que bajar del escenario. Quisieran despachar directo en el templete, al ritmo del clamor de una manada alegre y monocorde que se solaza en la certeza de ser tan ignorante como el de la voz. De pronto no se vota ya por el más apto, sino por quien se precia de su ineptitud, en aras de esa angélica sencillez que lo equipara con el menos dotado. Tiene que haber legiones de votantes que se sienten seguros al verse gobernados por torpes e ignorantes. Qué mejor prueba de eso que ocho años de Bush Junior.
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Una ola para el Sr. Lic.
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Nunca he entendido por qué quienes votan por el candidato de apellido Mengánez son conocidos como menganistas. Hasta donde entendemos, no se vota para endiosar a nadie, sino apenas pensando en darle trabajo. Votamos porque creemos que esa persona debería tener una oportunidad, pero como en lugar de ser sus empleadores nos comportamos como sus hinchas, o en su caso como sus adversarios, no se ve cómo va a arreglárselas alguien para evaluar los costos y beneficios de la oportunidad. Dondequiera que uno se consiga una chamba, entiende que será observado, fiscalizado y evaluado conforme su trabajo rinda frutos. Esperar que sus jefes lo agasajen con hurras y papel de China cada vez que parece que trabaja es una ingenuidad que en todo caso sirve para reírse a costillas de sí mismo. ¿Cómo entender que esa misma persona tolere, e inclusive celebre, disparates afines en baquetones a los que en su momento dio su voto, es decir su confianza, es decir su dinero?
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Entender, al final, no es importante, y en todo caso tampoco es posible cuando la realidad se empeña en demostrarnos que ascender a los puestos en teoría reservados a los administradores resulta más sencillo para los payasos. El payaso y el trono son de repente consustanciales, pues pasa que al payaso ni quién le pida cuentas, y aún si las ofrece no deja otra salida que la risa, y por supuesto espera los aplausos. Más que un gobernante, el señor licenciado Mengánez parecería el ganador de algún programa de concursos. Si pretende seguir por la senda del triunfo, no necesita administrar lo que hay; basta con que reparta lo que no hay. Para conseguir eso, no hace falta una profesión, ni más conocimientos que los del merolico. Nadie sino él entiende dónde está la bolita, y eso no existe escuela que lo enseñe. Pues a lo que ha aprendido el tal servidor público es a ser inservible y así ostentarlo. Tal es su orgullo y por eso le aplauden.

domingo, agosto 30, 2009

Sin ningún rumbo los festejos del bicentenario: Pedro Ángel Palou-El Sol de Puebla por Celina Peña Guzmán (29/08/09)

Gravísimo quitar la Colonia y la Conquista de los libros de historia en las primarias, Pedro Ángel Palou criticó la forma en cómo se editaron los nuevos libros de educación básica


CIUDAD DE MÉXICO.- El ex secretario de Cultura de Puebla, Pedro Ángel Palou, dijo que los festejos del centenario de la Independencia que organizó Porfirio Díaz sí tenían definido un proyecto de nación: "En cada ciudad se iba a inaugurar una obra", pero ahora vemos que no hay rumbo.


El ex rector de la UDLA condenó la mutilación de los libros de historia de primaria, en un país donde la gente sí lee, pero sólo aquellos libros accesibles a su bolsillo.


"Fue un error gravísimo, muy mandado, de quitar la Colonia y la Conquista y la historia de México".Palou García mostró su descontento con la forma con que en todo el país se desarrollan los preparativos del Festejo de la Independencia de México y el Bicentenario.


Palou, miembro del Sistema Nacional de Creadores, ha dedicado el último lustro a una trilogía dedicada a personajes históricos, rastreado documentos, cartas, y actas en archivos, sobre Zapata, Morelos. Morir es nada y Cuauhtémoc. La defensa del Quinto Sol.


Pero en su última novela, "El Dinero del Diablo", Palou da un giro hacia la novela policiaca, a partir de una investigación minuciosa en fuentes documentales, para exponer la historia oculta del Vaticano.


LA GENTE SÍ LEE


-¿Cómo percibió la respuesta de sus lectores?
-Finalmente, regreso de una larga gira por Latinoamericana, y cuando en mayo salió el libro, tuve muchas reuniones con los medios de comunicación pero no pude estar como ahora con los lectores. Y en un día tan especial como éste que hay una venta nocturna, aquí en la Librería Rosario Castellanos, me siento muy contento.


-¿Cuál fue el proceso de escritura del libro?
-Me llevó más de dos años. Un año de investigación en trabajo de archivos e investigación dura en archivos de universidades, como lo comentaron los presentadores, y ya por supuesto, la propia escritura que es divertida.
Es una novela policial con dos tramas paralelas. Con una trama que ocurre, alrededor de la muerte del Papa Pío XI en 1929 y otra que ocurre en esta época cuando se quiere canonizar a Pío XII. La novela juega con esos dos tiempos.


-¿Cuándo se presenta el libro en Puebla?
-Vamos a presentar el libro en Profética en septiembre. Todavía no hay día. Se movió la fecha que ya teníamos. Espero que vayan a presentarla Ignacio Padilla y Paco Ignacio Taibo II.


-¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores?
-La novela salió en mayo. Ya se agotó la primera edición 12 mil ejemplares. Ha agotado dos ediciones en Colombia, 6 mil ejemplares, en España. Globalmente estamos editando ya los 50 mil ejemplares de la segunda edición.


-En esta nueva novela, acudes al género policiaco, pero has realizado una trilogía narrativa sobre los héroes nacionales con esa experiencia ¿cómo se recibe la eliminación de temas como la Conquista y la Colonia de los nuevos libros de texto?
-La SEP ha hecho en esos días declaraciones que cada una es vez caen en un absurdo más grande. Han dicho que van a hacer un cuadernillo para sexto. Si o no estaban esos temas, estaban sacadas del libro, y sus primeras declaraciones del secretario Alonso Lujambio, de que no había error, de que los nuevos contenidos de que iban a ser historia.


Habla de cómo está el país.


Fue un error gravísimo, muy mandado, de quitar la Colonia y la Conquista y la historia de México, habla de cómo este país, este gobierno, no tiene rumbo, no tiene ideología, no tiene proyecto de nación. Las celebraciones del bicentenario es un catálogo de absurdos, esto es sintomático, de que estamos viviendo un país donde no hay proyecto de nación, no sabemos qué queremos, no hay un proyecto político y económico, se critica mucho a Porfirio Díaz, pero en el Centenario de la Independencia estaba muy claro que cada municipio debía hacer un proyecto importante de obra pública, hospitales, escuelas, carreteras. El tema de los libros de historia y los festejos del bicentenario refleja exactamente lo contrario que no hay rumbo.Nosotros estamos conmemorando algo más, la Independencia y la Revolución. Yo estoy filmado un programa para Discovey Channel "Unidos por la Historia".


Hay países como Argentina, Colombia, Venezuela, Perú, Chile, hay proyectos muy interesantes. En Argentina, ya salieron los primeros 50 tomos, de una colección masiva, popular, comprable, donde están todas las ediciones fundacionales, con prólogos de especialistas pero muy accesibles, pero aquí necesitamos ediciones de los Sentimientos de la Nación, del Plan de Iguala, de las leyes de Reforma, no hay visión. En otros países está muy claro que celebrar el bicentenario de la Independencia es un tema político de alta trascendencia histórica. México, a la mejor no estábamos en el momento de hacer un gran fasto de fiesta, pero sí un gran ejercicio de debate público.


-¿Por qué no hubo un boom en México de la novela histórica como sí ha sucedido en otros países latinos?
Hasta hace muy poco la novela histórica era un subgénero, el escritor serio no lo quería tocar, de los pocos que lo tocaron con seriedad Fernando del Paso, con la mejor que se ha escrito Noticias del Imperio, y Carlos Fuentes, con una novela que sucede en tres países, La Campaña que pasó sin pena ni gloria, la última novela que publicó en el Fondo de Cultura Económica, en México se consideraba la novela histórica como un género menor como la policiaca, hoy en día, los que hay Eugenio Aguirre ha escrito lo mismo sobre Guadalupe que sobre Hidalgo, pero somos cinco o seis personas que escribimos novela histórica de México con cierto rigor, hasta ahora ha sido solamente patrimonio de los historiadores, y como si el novelista sólo tuviera que escribir ficción pura. Así como el PRI hizo de la historia, una especie de monopolio, siempre era la historia oficial, siempre era la familia revolucionaria, el absurdo de que las letras de oro del Congreso, Carranza, el verdugo de Zapata encima. Había que festejarlos a todos como si fuera una sola revolución.


-¿Por qué la gente sólo lee Harry Potter o Crepúsculo?
-La gente que lee Crepúsculo y Harry Potter es porque tiene más de 200 pesos. Hace mucho que debimos haber descubierto el papel del libro de bolsillo, en México los libros son inaccesibles para la mayoría de los lectores; pero uno se sube a un metro y se da cuenta lo que lee la gente de México, lo que está a su alcance, lee lo que su bolsillo le permite, desde Cuauhtémoc Cárdenas, en el gobierno de la Ciudad de México, ha hecho esfuerzos interesantes. Para cultura, en la SEP se ha gastado muchísimo en políticas de lectura, alguien que lo ha hecho bien en el Conaculta es Paloma Saez.

Pero en general, hemos gastado dinero en los administradores de programas de lectura, ir a secundarias porque se acababa de hacer lo de la biblioteca de aula, los libros son para usarlos, y la respuesta de él es terrible, yo no puedo dárselos porque se van a estropear, los libros están intactos, cuando costó el programa de bibliotecas de aula, el libro, cómo estaban y decía el libro, si usted quiere, y la gente criticó mucho al principio del programa, el 90 por ciento de los libros regresaron, para que otro lo leyera, no debemos seguir con lugares comunes. Los mexicanos leemos pero los libros son inaccesibles.


LA LITERATURA MEXICANA DEJA SU ERA PROVINCIANA


Los escritores Nicolás Alvarado, Ignacio Padilla y Paco Ignacio Taibo II celebraron la aparición de la nueva novela del escritor poblano Pedro Ángel Palou durante la presentación de "El Dinero del Diablo" en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica.


Los presentadores resaltaron la capacidad de Palou de moverse con habilidad entre los géneros literarios y reivindicar que ningún escritor está limitado en sus temas por sus orígenes.Una serie de súbitos asesinatos en las recámaras de la Santa Sede en Roma, aparentemente sin ninguna relación, tienen sus orígenes en un pasado lejano. Las respuestas a estos asesinatos podrían encontrarse en las intrigas políticas de 1929 una vez que el Vaticano se enfrenta al poderío creciente de Mussolini y Hitler, en las postrimerías del papado de Pío XI y la renovación papal de Pío XII.


Los homicidios, sin aparente conexión, transcurren rápidamente, mientras el padre Gonzaga, investigador y detective, regresa del Oriente Medio para indagar las muertes en el Vaticano, acompañado de la guapa forense israelí, Shoval Revach. Pero llegar del Oriente a la Santa Sede no será nada fácil.


Luego de la presentación del libro, el escritor firmó dedicatorias de su nueva novela. La presentación se realizó en la librería del Fondo de Cultura Económica (FCE), Rosario Castellanos, de la Ciudad de México; en lo que fue el legendario cine de los años cincuenta, "Bella Época", después de una extensa gira por Latinoamericana y Europa para dar a conocer su nueva novela "El dinero del Diablo".


Al evento literario asistieron escritores como Eduardo Casar, Pablo Boullosa; novelistas poblanos, amigos del autor, como Fritz Glockner, Gerardo Oviedo, y el especialista en temas administrativos David Villanueva Lomelí.


La novela fue finalista del premio Iberoamericano de narrativa, Planeta-Casamérica 2009.


Durante la presentación el escritor Paco Ignacio criticó la vieja idea, prevaleciente en buena parte de la segunda parte del siglo XX mexicano donde novelistas y cuentistas estaban condenados por su geografía y sus orígenes a ciertos temas en su escritura:


"Usted, como es de Chilpancingo, nada más puede escribir novelas de cocoteros, le decían a algunos autores y así lo tenían que hacer", explicación tan clara de Paco Ignacio Taibo II, que originó las carcajadas entre el auditorio.


El novelista e historiador, que ha pasado con desparpajo de la novela policiaca a biografías noveladas como la de Pancho Villa afirmó que no hay ninguna temática inapresable para los escritores y novelistas, y reivindicó la paternidad de cada uno de los escritores de sus temas: "A cada novelista le pertenecen sus temas".