martes, septiembre 01, 2009

Batallas de Nueva York

Diario Milenio-México ('01/09/09)
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No es un parque temático, aunque igual lo parece. Tampoco es propiamente una pasarela, pero hay leyendas vivas que van y vienen. Se llama, oficialmente, Centro Nacional de Tennis Billie Jean King, si bien uno se guía por el conjuro mágico: US Open. Imposible ignorar la mística imperante: nada más dar un paso hacia dentro del estadio de tenis más grande del mundo, sabe uno que no está ya en Nueva York, sino en alguna suerte de coliseo esencial donde cada septiembre se escribe la Historia.
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El Arthur Ashe es más que un estadio. Más allá de la cancha central donde ahora mismo juega Roger Federer, serpentea un laberinto de puertas y pasillos por cuyos meandros uno goza extraviarse. Más todavía cuando una rubia avanza por delante de ti, abre la puerta, cruza, la detiene, te obsequia una sonrisa y entonces haces tu mejor esfuerzo por fingir que es normal toparse con Martina Navratilova, la más grande de todas aquí y en cualquier parte. Momento ideal para tener presente que en un torneo Grand Slam lo extraordinario es moneda corriente. Dos minutos después, un recién cincuentón de mirada sagaz y sonrisa sarcástica cruza la misma puerta, con su mochila de raquetas Dunlop colgando de la espalda y el ímpetu de algún novato ilusionado. Es, nada más, John McEnroe. Cuatro veces campeón aquí, como Martina.
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En el día inaugural, los dos reyes vigentes abren fuego y apenas encuentran resistencia. Devin Britton, rival de Roger Federer en la primera ronda, recién ha confesado que su única meta es no ser aplastado en el partido. Alexa Glatch tampoco tiene cancha para ilusiones, más allá de saberse obstáculo pequeño en el camino de Serena Williams. Acaso, al fin, la única sorpresa estuvo en los dos quiebres de servicio que Britton le ha arrancado al suizo arrasador, quien ganó 6-1, 6-3 y 7-5. Serena, por su parte, ha demolido a Glatch sin el menor asomo de piedad por dos parciales de 6-4 y 6-1.
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Es todavía temprano para la épica. Los más fuertes ajustan los tornillos, en un descuido se les puede ganar antes de que terminen de ambientarse. Los demás sudan tinta para seguir aquí, y el resultado es una efervescencia que le quita el aliento al recién llegado. Si en los últimos días del torneo reina el drama de los sobrevivientes, el inicio es no menos que un festín donde, conviene recordarlo, todo puede pasar. Para botón de muestra basta el local John Isner, que le ha dado una zurra a Victor Hanescu en cuatro sets, sobre la cancha del estadio Louis Armstrong.
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Decir que cualquier cosa puede suceder equivale a saber que nada será fácil para nadie. Camino de la cancha, Serena recorría los pasillos tensa y ensimismada por el duelo pendiente; un par de horas más tarde, tendida y perniabierta en el gimnasio con los tobillos a medio vendar, la campeona del año pasado se entretiene jugando a la trivia con mamá Oracene: una y otra se precian de conocer a fondo las canciones de Ice Cube. Tal es el otro lado de la magia, pues antes que un complejo de estadios y canchas —son catorce escenarios simultáneos— éste es un club de tenis. Si afuera se atropellan los cazautógrafos, en los salones priva el relajamiento. No conviene tener demasiado presente la dimensión del desafío mayor, hay que hacer como si no fuera mucho más que otro partido de tenis. El duelo se disputa primero en la cabeza que en la cancha.
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Ya con la noche encima y el discurso reciente de André Agassi, Venus Williams se esfuerza por estar a la altura, pero pasa que Vera Dushevina ha asumido lo poco que tiene por perder, le rompió ya el primero de sus servicios y va tras el segundo: señal de que un Grand Slam pesa igual para todos. La rodilla maltrecha, el saque tambaleante… ¿Dónde está Venus? Llega la muerte súbita y en un descuido el set es de la rusa, que sin embargo sigue a siete triunfos del cielo. Tras un segundo set no menos errático, Venus se recupera ganando seis juegos al hilo, cede un servicio más y acaba recetando un sufrido 6-7, 7-5 y 6-3 que le devuelve apenas el alma al cuerpo. Puesto en términos simples, aquí no pasó nada.

Reencarnación

Diario Milenio-México (01/09/09)
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Se había visto a sí misma a su lado al pasar frente a los espejos del recibidor: era una pareja triste.
Los espejos de los recibidores son con frecuencia espejos biselados.
La aflicción estaba y no en las prendas de vestir: un vestido azul cielo de corte recto sobre el cuerpo de ella y un traje de un gris muy claro sobre el cuerpo de él.
La aflicción se oía en el repiqueteo del tacón sobre el piso de mármol.
La aflicción es una cuestión de exceso de orden.
¿Es la aflicción lo mismo que el desconsuelo?
Seguramente ella se habría preguntado eso antes.
No sé qué pudo haberse preguntado él.
Si en lugar de haber llegado a una fiesta se hubieran quedado a solas en su casa sin duda alguna habrían llorado.
Sin duda alguna: esa frase me espanta.
Cabe la posibilidad de que el hombre y la mujer habrían guardado silencio en habitaciones distintas de la misma casa.
Las casas grandes se acomodan a la soledad de sus habitantes.
Una oración completa es como una habitación donde una mujer o un hombre lloran sin notarlo.
La tristeza con frecuencia se expresa a través del llanto.
Es también común que la tristeza resulte inexpresable.
¿Es lo mismo la tristeza que la aflicción?
El hombre no habría podido creer que ella repitiera las palabras de una adivinadora.
La mujer le había explicado ya la diferencia entre una adivinanza y una reencarnación.
Hay algo que va a ser dicho.
El hombre habría preferido que ella fuera sonámbula.
Si ella hubiera sido sonámbula, él habría podido salvarla del precipicio.
Las sonámbulas suelen vestir largos vestidos de color blanco.
Tú hablas dormido, le había asegurado con algo de rabia.
Afligir es un verbo que viene del latín affligere.
Afligir hace referencia tanto al sufrimiento físico como a la pesadumbre moral.
Quiero que me cambien mis percepciones, había pedido.
Los que detentan el poder utilizan gran parte de su tiempo en vigilar que el hombre o la mujer sea reproducido convenientemente.
Alguien había puesto a funcionar un viejo aparato de música cerca de ahí.
El hombre no podría creer que la mujer le asegurara que la reencarnación es un camino de regreso.
El hombre no podría creer que su tristeza, que su aflicción, ese sufrimiento físico y esa pesadumbre moral, se transmitiera a través de las palabras que pronunciaba al estar dormido.
Nadie tiene idea de quién fue el primer hombre afligido de la tierra, eso es cierto.
Estupefacto puede ser un adjetivo o un sustantivo.
Mientras platicaban alrededor de la pequeña mesa redonda del jardín de atrás, un ventanal se había partido en dos.
El ruido del cristal cuando se rompe.
Tuvimos un hijo y, a los dos años, murió.
El espectador viene a ver cómo se gasta el actor.
Una pareja pasa apresurada enfrente de los espejos biselados de un recibidor.
Si tuviera que precisar, diría que todo esto ocurre en 1947.
Un espectáculo es una duración.
Hay alguien que calla y alguien que habla mientras una música peculiar entra por el ventanal roto que da a un amplio jardín.
Una mujer lleva a un niño en los brazos, contra su pecho, dentro de un avión.
Excepto por la vigilancia en los aeropuertos, el avión es un rápido medio de transporte.
En 1947 la vigilancia en los aeropuertos era menor.
El hombre no habría podido creer que la mujer hubiera llevado a un niño muerto entre los brazos.
La aflicción es un gasto del cuerpo.
Lo que ha sido dicho resulta materialmente imborrable.
El lenguaje es así.
Ella habría insistido en que una adivinanza es distinta a una reencarnación.
Las personas usualmente no lloran en sus casas sino en un panteón.
Algunos cementerios se han transformado con el tiempo en atracciones turísticas.
¡El actor es un muerto que habla, es un difunto el que se me parece!
La muerte es con frecuencia un error y es también algo inevitable.
Los sucesos imperdonables detienen el pasar del tiempo.
El crimen es un lugar al que hay que regresar.
El lenguaje es así.
Lo mismo puede ser dicho de la muerte accidental.
Ella le habría asegurado que no tuvo culpa alguna en el deceso del infante.
Si ella hubiera sido una sonámbula, él habría podido empujarla desde el precipicio.
Convertirse en un asesino o en una asesina es una tarea relativamente fácil.
Tú hablas dormido, había insistido con la misma rabia.
Prefiero la palabra ira a la palabra rabia.
En un momento dado, el hombre habría sido capaz de ver el cuerpo del niño entre los brazos de la mujer.
Algunas veces es necesario beber un buen cognac.
Ojalá dejen de considerar su cuerpo como si fuese un telégrafo inteligente.
Como está lleno de orificios, por el cuerpo pasan demasiadas cosas.
Las lágrimas no son un signo de algo más.
La aflicción, en todo caso, es muy parecida al desconsuelo.
La pareja que camina enfrente de los espejos biselados del recibidor tiene prisa por volver atrás.
¿Existió, alguna vez, un mundo sin pesar?
Los jardines cuidados con esmero da la apariencia de estar cerrados.
Hay una mujer en el proceso de abrir los brazos.
Que alguien profiera las palabras: te lo traje de regreso.
El abrazo suele ser tomado como un signo de bienvenida o de paz.

lunes, agosto 31, 2009

Un silogismo, uno.

Todos los que le van al América son putos y/o pendejos;
es un milagro que el América haya goleado al Toluca;
sólo Dios hace milagros;
Dios es americanísta;
entonces Dios es puto y/o pendejo

Adiós a los Kennedy-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 31/08/09)

Dice David Huerta que los chismes son como el polvo que ensucia los libros que guardan nuestras bibliotecas: por más que uno lo limpie no se va nunca. La figura de Edward Kennedy (1932-2009), como la de toda su familia, siempre estuvo contaminada de maldicencia. La Wikipedia, estándar de la sabiduría pop en nuestros tiempos, señala como los dos datos más prominentes de su vida que lo expulsaron de Harvard por copiar en un examen de español y que dejó morir a Mary Jo Kopechne para salvar su carrera política en el celebérrimo accidente de Chappaquiddick.
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Esta sombra de duda que pendió siempre sobre la figura de los Kennedy fue al mismo tiempo una cruz —vivieron bajo un nivel de escrutinio que sólo padecen las estrellas de cine— y un capital de popularidad inagotable para una nación que adora a los justicieros y forajidos: el Llanero Solitario o el Hombre Araña habrían sido los malos en cualquier otro país. Que si el origen de su fortuna venía del tráfico ilegal de alcohol en la era de la prohibición, que los Kennedy no habrían llegado a nada sin el fraude electoral de Illinois que llevó a Jack a la Casa Blanca en 61, que si por ser católicos eran más leales al Vaticano que a la Constitución, que en el fondo eran una bola de borrachos.
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Sin embargo, la presencia de Edward Kennedy en la curul más tradicional de la más tradicional de las instituciones estadounidenses —la del senador senior por Massachussets—, generaba una suerte de tranquilidad para todos. Enloquecieran lo mucho que pueden enloquecer los conservadores gringos, Ted siempre estaría ahí para cerrarles la puerta y promover, al mismo tiempo, la agenda más radical que podía soportar el cuerpo legislativo.
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Sospecho que todos los que en algún momento han sentido una afinidad por la ciudad de Washington —amor difícil si lo hay, pero amor a fin de cuentas— compartirán la misma sensación de orfandad esta semana, que me ha recordado tanto a aquellos meses de la década de los 90 en México en que se murieron en fila Cantinflas, Fidel Velásquez, Emilio Azcárraga y Octavio Paz. (Recuerdo que tras la velación del Nobel en Bellas Artes, un grupo de escritores por entonces jóvenes y más bien heterodoxo nos detuvimos a tomar una cerveza en La Ópera. En algún momento el poeta Luigi Amara dijo entre el desasosiego que nos producía habernos quedado sin figuras tutelares a las cuales culpar de nuestras desdichas: “Ahora nomás falta que en el 2000 gane el PAN”.)
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Un adagio de la clase política estadounidense dice que en Washington se puede sobrevivir a todo menos a una mujer muerta o un niño vivo. La figura de Ted Kennedy es tan excepcional que sobrevivió —y muy temprano en su carrera— a una mujer muerta. El final de su lento y doloroso proceso de extinción empalma, curiosamente, con otro final sucedido hace unas semanas: el de Michael Jackson —tan excepcional también que fue encontrado un sinnúmero de veces con niños vivos y tampoco fue a la cárcel.
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Desde ayer sábado el cuerpo del “León del Senado”, que encarnó a la manera de una sirena de popa con sobrepeso casi todas las batallas legislativas de la izquierda gringa, descansa en el cementerio de Arlington, en Virginia, junto a las tumba de los malogrados John y Robert Kennedy. El único miembro de la familia política más notable de Estados Unidos que conserva cierta visibilidad es la esposa de un gobernador republicano, fisiculturista y en realidad austriaco, que sale hasta en la película de Los Simpson.
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¿Qué vamos a hacer sin los Kennedy? Es como si de pronto nos quitaran nuestro derecho inalienable a usar pantalones vaqueros, a bebernos una coca-cola helada, a ver una serie magníficamente producida en la televisión o a nuestra iPod. Es como si los usos y tradiciones del siglo XX, que comenzaron a emborronarse con los avionazos del Pentágono y las torres gemelas, y estuvieron a punto de difuminarse por completo con la elección de Barack Obama y la pulverización de la economía especulativa de Wall Street, hubieran llegado, esta semana, a su tímida, discreta, elegantísima salida del escenario. Adiós al siglo americano.

El prócer inservible

Diario Milenio-México (31/08/09)
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La gloria no hace cuentas
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Cuando uno entra en la carrera de Ciencias Políticas, suele hacerlo con cierta grandeza en mente. Supone ya que va a hacer grandes cosas, pues habrá de toparse con enormes obstáculos; de ahí que luego apenas si mencione que en realidad estudia para administrador público. Para quien se ha planteado la peligrosa idea de hablar ante las masas y acaso enardecerlas, la idea de sentarse a contar chiles por el abstracto bien de la comunidad parece poca cosa, y más que eso semeja un engorro fatal del que nadie quisiera ocuparse. Nadie, pues, que haya oportunamente contraído las ínfulas del prócer que pide apoyo y votos con los brazos en alto. Ahora, cuando lo escribo, me causa un repelús insoportable, pero entonces, con pocos años y la cabeza llena de épica plástica, la idea parecía tan seductora como cualquier patraña grandilocuente. ¿Quién iba a preocuparse por asuntos ingratos como el de vigilar los pesos y centavos cuando estaba pendiente salvar a la patria?
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Cursaba todavía el primer semestre cuando el profesor de teoría política nos hizo una revelación confortadora. Al principio, nos dijo, un cargo en la administración pública intimida a quien llega a ocuparlo, pero en un par de meses se da cuenta de que es una vacilada. Si aquello era verdad, nosotros, futuros rescatistas de la nación, tendríamos por tanto tiempo de sobra para entrar en la Historia sin distraernos de más en la monserga de andar administrando lo que ni nuestro era. Cierto es que había más de uno entre los estudiantes que se entendía muy bien con los conceptos administrativos y ciertos temas de economía, pero ello pocas veces era útil para entrar en debate y alcanzar lucimiento entre los compañeros, si en esas lides lo más socorrido era soltar al aire opiniones osadas, a menudo sin otro fundamento que la vehemencia de quien las sostenía. Opiniones hinchadas de lo que uno entendía como conciencia histórica, untadas de una suerte de sensibilidad social apenas distinguible de la culpa católica, porque al final aquella era una universidad privada y nosotros unos privilegiados.
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Que vivan los ineptos
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Poca o ninguna gloria parecería aguardar al burócrata serio y dedicado que administra con responsabilidad, si afuera menudean los que viven de reclamar y ofrecer imposibles, sin por ello tener que sacarle punta a un lápiz. Por el contrario, su papel es odioso y anticlimático. Se le suele tildar de cuadrado y obtuso si se atreve a decir que tal o cual proyecto resultan inviables, o que para llevarlos a cabo es preciso seguir estrictas directrices y cumplir con preceptos indispensables. ¿Quién es ese aguafiestas para echar tierra sobre cuentas alegres? De ahí a sepultar al interfecto bajo un manto de burla y menosprecio apenas hay distancia, pues allí donde abunda la demanda no suele tolerarse el límite en la oferta. Repartir lo que no hay, ni hubo, ni por lo visto habrá, no requiere hacer cuentas, ni estudiar un proyecto, ni consultar con un especialista. Basta con que los técnicos al servicio del pueblo encuentren la manera de dar cuerpo y sentido al despropósito, al menos mientras llegan las elecciones.
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A juzgar por el éxito de un número creciente de servidores públicos improvisados y folclóricos, el título de administrador público vale hoy en día menos que un puesto en el comercio informal. Conforme iluminados, dicharacheros y chistositos van seduciendo a cámaras y micrófonos, su entusiasta clientela se reproduce en proporción geométrica. Si otros les piden tiempo para resolver, éstos resuelven todo sin tener que bajar del escenario. Quisieran despachar directo en el templete, al ritmo del clamor de una manada alegre y monocorde que se solaza en la certeza de ser tan ignorante como el de la voz. De pronto no se vota ya por el más apto, sino por quien se precia de su ineptitud, en aras de esa angélica sencillez que lo equipara con el menos dotado. Tiene que haber legiones de votantes que se sienten seguros al verse gobernados por torpes e ignorantes. Qué mejor prueba de eso que ocho años de Bush Junior.
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Una ola para el Sr. Lic.
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Nunca he entendido por qué quienes votan por el candidato de apellido Mengánez son conocidos como menganistas. Hasta donde entendemos, no se vota para endiosar a nadie, sino apenas pensando en darle trabajo. Votamos porque creemos que esa persona debería tener una oportunidad, pero como en lugar de ser sus empleadores nos comportamos como sus hinchas, o en su caso como sus adversarios, no se ve cómo va a arreglárselas alguien para evaluar los costos y beneficios de la oportunidad. Dondequiera que uno se consiga una chamba, entiende que será observado, fiscalizado y evaluado conforme su trabajo rinda frutos. Esperar que sus jefes lo agasajen con hurras y papel de China cada vez que parece que trabaja es una ingenuidad que en todo caso sirve para reírse a costillas de sí mismo. ¿Cómo entender que esa misma persona tolere, e inclusive celebre, disparates afines en baquetones a los que en su momento dio su voto, es decir su confianza, es decir su dinero?
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Entender, al final, no es importante, y en todo caso tampoco es posible cuando la realidad se empeña en demostrarnos que ascender a los puestos en teoría reservados a los administradores resulta más sencillo para los payasos. El payaso y el trono son de repente consustanciales, pues pasa que al payaso ni quién le pida cuentas, y aún si las ofrece no deja otra salida que la risa, y por supuesto espera los aplausos. Más que un gobernante, el señor licenciado Mengánez parecería el ganador de algún programa de concursos. Si pretende seguir por la senda del triunfo, no necesita administrar lo que hay; basta con que reparta lo que no hay. Para conseguir eso, no hace falta una profesión, ni más conocimientos que los del merolico. Nadie sino él entiende dónde está la bolita, y eso no existe escuela que lo enseñe. Pues a lo que ha aprendido el tal servidor público es a ser inservible y así ostentarlo. Tal es su orgullo y por eso le aplauden.

domingo, agosto 30, 2009

Sin ningún rumbo los festejos del bicentenario: Pedro Ángel Palou-El Sol de Puebla por Celina Peña Guzmán (29/08/09)

Gravísimo quitar la Colonia y la Conquista de los libros de historia en las primarias, Pedro Ángel Palou criticó la forma en cómo se editaron los nuevos libros de educación básica


CIUDAD DE MÉXICO.- El ex secretario de Cultura de Puebla, Pedro Ángel Palou, dijo que los festejos del centenario de la Independencia que organizó Porfirio Díaz sí tenían definido un proyecto de nación: "En cada ciudad se iba a inaugurar una obra", pero ahora vemos que no hay rumbo.


El ex rector de la UDLA condenó la mutilación de los libros de historia de primaria, en un país donde la gente sí lee, pero sólo aquellos libros accesibles a su bolsillo.


"Fue un error gravísimo, muy mandado, de quitar la Colonia y la Conquista y la historia de México".Palou García mostró su descontento con la forma con que en todo el país se desarrollan los preparativos del Festejo de la Independencia de México y el Bicentenario.


Palou, miembro del Sistema Nacional de Creadores, ha dedicado el último lustro a una trilogía dedicada a personajes históricos, rastreado documentos, cartas, y actas en archivos, sobre Zapata, Morelos. Morir es nada y Cuauhtémoc. La defensa del Quinto Sol.


Pero en su última novela, "El Dinero del Diablo", Palou da un giro hacia la novela policiaca, a partir de una investigación minuciosa en fuentes documentales, para exponer la historia oculta del Vaticano.


LA GENTE SÍ LEE


-¿Cómo percibió la respuesta de sus lectores?
-Finalmente, regreso de una larga gira por Latinoamericana, y cuando en mayo salió el libro, tuve muchas reuniones con los medios de comunicación pero no pude estar como ahora con los lectores. Y en un día tan especial como éste que hay una venta nocturna, aquí en la Librería Rosario Castellanos, me siento muy contento.


-¿Cuál fue el proceso de escritura del libro?
-Me llevó más de dos años. Un año de investigación en trabajo de archivos e investigación dura en archivos de universidades, como lo comentaron los presentadores, y ya por supuesto, la propia escritura que es divertida.
Es una novela policial con dos tramas paralelas. Con una trama que ocurre, alrededor de la muerte del Papa Pío XI en 1929 y otra que ocurre en esta época cuando se quiere canonizar a Pío XII. La novela juega con esos dos tiempos.


-¿Cuándo se presenta el libro en Puebla?
-Vamos a presentar el libro en Profética en septiembre. Todavía no hay día. Se movió la fecha que ya teníamos. Espero que vayan a presentarla Ignacio Padilla y Paco Ignacio Taibo II.


-¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores?
-La novela salió en mayo. Ya se agotó la primera edición 12 mil ejemplares. Ha agotado dos ediciones en Colombia, 6 mil ejemplares, en España. Globalmente estamos editando ya los 50 mil ejemplares de la segunda edición.


-En esta nueva novela, acudes al género policiaco, pero has realizado una trilogía narrativa sobre los héroes nacionales con esa experiencia ¿cómo se recibe la eliminación de temas como la Conquista y la Colonia de los nuevos libros de texto?
-La SEP ha hecho en esos días declaraciones que cada una es vez caen en un absurdo más grande. Han dicho que van a hacer un cuadernillo para sexto. Si o no estaban esos temas, estaban sacadas del libro, y sus primeras declaraciones del secretario Alonso Lujambio, de que no había error, de que los nuevos contenidos de que iban a ser historia.


Habla de cómo está el país.


Fue un error gravísimo, muy mandado, de quitar la Colonia y la Conquista y la historia de México, habla de cómo este país, este gobierno, no tiene rumbo, no tiene ideología, no tiene proyecto de nación. Las celebraciones del bicentenario es un catálogo de absurdos, esto es sintomático, de que estamos viviendo un país donde no hay proyecto de nación, no sabemos qué queremos, no hay un proyecto político y económico, se critica mucho a Porfirio Díaz, pero en el Centenario de la Independencia estaba muy claro que cada municipio debía hacer un proyecto importante de obra pública, hospitales, escuelas, carreteras. El tema de los libros de historia y los festejos del bicentenario refleja exactamente lo contrario que no hay rumbo.Nosotros estamos conmemorando algo más, la Independencia y la Revolución. Yo estoy filmado un programa para Discovey Channel "Unidos por la Historia".


Hay países como Argentina, Colombia, Venezuela, Perú, Chile, hay proyectos muy interesantes. En Argentina, ya salieron los primeros 50 tomos, de una colección masiva, popular, comprable, donde están todas las ediciones fundacionales, con prólogos de especialistas pero muy accesibles, pero aquí necesitamos ediciones de los Sentimientos de la Nación, del Plan de Iguala, de las leyes de Reforma, no hay visión. En otros países está muy claro que celebrar el bicentenario de la Independencia es un tema político de alta trascendencia histórica. México, a la mejor no estábamos en el momento de hacer un gran fasto de fiesta, pero sí un gran ejercicio de debate público.


-¿Por qué no hubo un boom en México de la novela histórica como sí ha sucedido en otros países latinos?
Hasta hace muy poco la novela histórica era un subgénero, el escritor serio no lo quería tocar, de los pocos que lo tocaron con seriedad Fernando del Paso, con la mejor que se ha escrito Noticias del Imperio, y Carlos Fuentes, con una novela que sucede en tres países, La Campaña que pasó sin pena ni gloria, la última novela que publicó en el Fondo de Cultura Económica, en México se consideraba la novela histórica como un género menor como la policiaca, hoy en día, los que hay Eugenio Aguirre ha escrito lo mismo sobre Guadalupe que sobre Hidalgo, pero somos cinco o seis personas que escribimos novela histórica de México con cierto rigor, hasta ahora ha sido solamente patrimonio de los historiadores, y como si el novelista sólo tuviera que escribir ficción pura. Así como el PRI hizo de la historia, una especie de monopolio, siempre era la historia oficial, siempre era la familia revolucionaria, el absurdo de que las letras de oro del Congreso, Carranza, el verdugo de Zapata encima. Había que festejarlos a todos como si fuera una sola revolución.


-¿Por qué la gente sólo lee Harry Potter o Crepúsculo?
-La gente que lee Crepúsculo y Harry Potter es porque tiene más de 200 pesos. Hace mucho que debimos haber descubierto el papel del libro de bolsillo, en México los libros son inaccesibles para la mayoría de los lectores; pero uno se sube a un metro y se da cuenta lo que lee la gente de México, lo que está a su alcance, lee lo que su bolsillo le permite, desde Cuauhtémoc Cárdenas, en el gobierno de la Ciudad de México, ha hecho esfuerzos interesantes. Para cultura, en la SEP se ha gastado muchísimo en políticas de lectura, alguien que lo ha hecho bien en el Conaculta es Paloma Saez.

Pero en general, hemos gastado dinero en los administradores de programas de lectura, ir a secundarias porque se acababa de hacer lo de la biblioteca de aula, los libros son para usarlos, y la respuesta de él es terrible, yo no puedo dárselos porque se van a estropear, los libros están intactos, cuando costó el programa de bibliotecas de aula, el libro, cómo estaban y decía el libro, si usted quiere, y la gente criticó mucho al principio del programa, el 90 por ciento de los libros regresaron, para que otro lo leyera, no debemos seguir con lugares comunes. Los mexicanos leemos pero los libros son inaccesibles.


LA LITERATURA MEXICANA DEJA SU ERA PROVINCIANA


Los escritores Nicolás Alvarado, Ignacio Padilla y Paco Ignacio Taibo II celebraron la aparición de la nueva novela del escritor poblano Pedro Ángel Palou durante la presentación de "El Dinero del Diablo" en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica.


Los presentadores resaltaron la capacidad de Palou de moverse con habilidad entre los géneros literarios y reivindicar que ningún escritor está limitado en sus temas por sus orígenes.Una serie de súbitos asesinatos en las recámaras de la Santa Sede en Roma, aparentemente sin ninguna relación, tienen sus orígenes en un pasado lejano. Las respuestas a estos asesinatos podrían encontrarse en las intrigas políticas de 1929 una vez que el Vaticano se enfrenta al poderío creciente de Mussolini y Hitler, en las postrimerías del papado de Pío XI y la renovación papal de Pío XII.


Los homicidios, sin aparente conexión, transcurren rápidamente, mientras el padre Gonzaga, investigador y detective, regresa del Oriente Medio para indagar las muertes en el Vaticano, acompañado de la guapa forense israelí, Shoval Revach. Pero llegar del Oriente a la Santa Sede no será nada fácil.


Luego de la presentación del libro, el escritor firmó dedicatorias de su nueva novela. La presentación se realizó en la librería del Fondo de Cultura Económica (FCE), Rosario Castellanos, de la Ciudad de México; en lo que fue el legendario cine de los años cincuenta, "Bella Época", después de una extensa gira por Latinoamericana y Europa para dar a conocer su nueva novela "El dinero del Diablo".


Al evento literario asistieron escritores como Eduardo Casar, Pablo Boullosa; novelistas poblanos, amigos del autor, como Fritz Glockner, Gerardo Oviedo, y el especialista en temas administrativos David Villanueva Lomelí.


La novela fue finalista del premio Iberoamericano de narrativa, Planeta-Casamérica 2009.


Durante la presentación el escritor Paco Ignacio criticó la vieja idea, prevaleciente en buena parte de la segunda parte del siglo XX mexicano donde novelistas y cuentistas estaban condenados por su geografía y sus orígenes a ciertos temas en su escritura:


"Usted, como es de Chilpancingo, nada más puede escribir novelas de cocoteros, le decían a algunos autores y así lo tenían que hacer", explicación tan clara de Paco Ignacio Taibo II, que originó las carcajadas entre el auditorio.


El novelista e historiador, que ha pasado con desparpajo de la novela policiaca a biografías noveladas como la de Pancho Villa afirmó que no hay ninguna temática inapresable para los escritores y novelistas, y reivindicó la paternidad de cada uno de los escritores de sus temas: "A cada novelista le pertenecen sus temas".

jueves, agosto 27, 2009

El internet, mal usado-Pedro Ángel Palou

1. La Internet es una web, una red y un útero. En ella se refugian los mediocres, en él flotan los fetos de los imbéciles.
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2. Hay algo de infantil en las identidades de los cibernautas. O al menos de perpetua adolescencia. Pellicer decía: Tengo veintitrés años y creo que el mundo empezó conmigo. Podríamos ampliarlo ahora: tengo entre catorce y treinta y cinco años y creo que el mundo sólo existe dentro de los límites de la red. Y, por supuesto, nació conmigo.
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3. Un ¿ser? oculto tras el anonimato de la red puede insultar a alguien con nombre y apellidos que habita en el mundo real. Los insultos, las descalificaciones, el ataque son siempre de lo más vil. Descalifico para existir, al menos virtualmente. El otro, el vituperado, jamás puede devolver el insulto. Si acaso, poner la otra mejilla.
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4. El Internet y sus comisarios son la nueva Cosa Nostra. De su totalitarismo y su adhesión ciega al insulto y la diatriba depende que el “Anónimo de las 10:46”, por ejemplo, no sea insultado a su vez por discrepar mínimamente de la voz del consenso. Por eso es estúpido participar en un foro: nadie escucha allí los argumentos de los otros. Es una especie de uniforme coro griego en el que la Voz colectiva silencia el pensamiento individual.
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5. En el Internet –y no en la prensa, como creían Nieztche y Kart Krauss- es donde ha triunfado de una vez y para siempre el nihilismo rampante. Bienvenidos a su morada digital.
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6. Matriz congenital de los retrasados mentales y su religión hecha de consenso. Algunos periodistas de hotel, diplomados en periodismo de cocina utilizan la red como su fuente de ¡información!, y lo allí vomitado pasa a sus páginas de tinta con las que, de cualquier manera, las abuelitas arreglan el piso de las jaulas de sus periquitos australianos. Dicho cristiano: la mierda vuelve siempre a la mierda.
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7. Lo que no entienden quienes así actúan es que forman parte de una metaconspiración de la que son, a la vez, sicarios y victimas. A la sombra del fascismo que combaten y, curiosamente, pregonan. Decía Windham Lewis que en un mundo donde los imbéciles son reyes queda un resquicio de esperanza. Al menos.
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8. ¿Cómo estar vivos en un mundo así, donde los aprendices de periodismo universitario convertidos en jueces morales dictaron ya sus sentencias y sus Fatwas neo-islamistas? Si las palabras han sido prostituidas por esos mismos profesores que les enseñaron a balbucear, si el pensamiento ha sido uniformizado por sus blogs y sus videos en You Tube. El ser se transfigura sólo por la destrucción de las cosas que la literatura puede operar. Un mecanismo explosivo así, la escritura, un arma de destrucción masiva contra la nueva ciudad del sentido común: el Internet.
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9. Los situacionistas, con Guy Debord a la cabeza y su Sociedad del Espectáculo, criticaron en los sesentas la vida separada que se había vuelto la vida cotidiana, ¿qué dirían ahora de la vida separadísima que representa la vida virtual de los pobres cibernautas adiestrados por sus maestros del pensamiento uniforme a ya no pensar sino en términos de negro y blanco. ¡Muera la ambigüedad!, les dijeron. Y mataron la literatura en ellos, puesto que la literatura es la tierra del matiz.
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10. Masa vociferante de pequeños extrotskistas y sus nuevos giñoles, rejuvenecidos por My Space y Facebook. ¡Oh, Diosa fortuna!
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11. El Internet es una falsa democracia, la demowikicracia, donde las correcciones y enmiendas son dictadas por el árbitro del mercado.
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12. El Internet es una máquina antiliteraria a la que hace falta dinamitar desde adentro. Se necesita una buena cantidad de uranio.
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13. Un escritor es en cambio ese no lugar, esa ninguna parte en la que toda libertad se consume.
14. Un escritor porta en él, siempre que sea digno de ese nombre, su parte contraria. Sobre todo si escribe novelas.
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15. Lo único que le importa al escritor es tener un lector –aunque sea uno- cuando él ya haya muerto y no estorbe la persona que escribió el libro. Un lector que tiemble de miedo, de ternura, de terror incluso ante las páginas escritas. Uno que sienta la desesperanza y actúe en consecuencia.
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16. Esquizocrítica transficcional, línea de fuga, como quería Deleuze, la escritura verdadera. La escritura como recuento de los recuentos de la destrucción. Nada más y nada menos.
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17. Un escritor es una voz que da voz a los muertos, preferentemente a sus escritores muertos.
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18. Toda teoría de la literatura seria sólo puede ser escrita desde la práctica y desde una teoría del mundo que se va haciendo, progresivamente, o regresivamente según sea el caso, con la obra. La ficción como contra-mundo.
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19. Combatir la magia negra del devenir-mundo de la mercancía con la ciencia gnóstica que es la novela.
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20. La novela como turbina mental para el escritor y como maquina de guerra contra el mundo. Para el lector como un dispositivo frágil, explosivo: una estratagema de destrucción de lo que, oh paradoja, lo virtual ha convertido en real.

miércoles, agosto 26, 2009

Un poema, uno.

A María del Carmen

Si sólo pudieses acercarte,
venir a este sollozo que sufre y permanece.
Si sólo pudieses, desde lejos,
mirar este desierto,
esta calma sin manos, este cuerpo
yacente, sin piernas, debatiéndose.

Si solamente pudieras oírme,
si acaso, sólo, pudieras oír cómo te amo
sin alas, sin agua, sin labios
cómo te amo, ¡sí, sólo cómo te amo!

Per tú desconoces mi existencia
y vas perdiéndote en mi propio desamparo.
Tú desconoces el paisaje que levanta
cada una de estas miradas rotas.

Y vives en una casa sin puerta ni ventanas
y no me oyes llorar cuando atardece
y no adviertes la sangre que mancha tu vestido.

Juan Eduardo Cirlot
Oda a Ígor Strawinsky y otros versos (1944)
dentro del libro de poema En la llama (Siruela, 2005)

"Todo por una chica"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 26/08/09)

Dígame romántico, querido lector, pero últimamente he creído que algunos autores llegan a la vida de uno en el momento más adecuado y de formas inusuales e inesperadas.
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Hace un par de años vi la película “Un gran chico” (About a boy), protagonizada por Hugh Grant y Toni Collette, y me gustó tanto que no descansé hasta conseguir el DVD. Cuando volví a revivirla –hace aproximadamente 3 meses- me percaté, observando detalladamente en los créditos traseros de la caja, que estaba basada en una novela del mismo nombre y Hornby era el autor. Mi siguiente objetivo fue conseguir la novela editada por Anagrama, sin embargo “Todo por una chica” (Anagrama, 2009) se cruzo en mi camino y exigió ser leída, gritaba: “léeme por un carajo” y ante tal súplica accedí.
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Sam, un chico de dieciséis años, cuenta la historia, su historia, con un poco de ironía, sarcasmo y extrema soltura. Sam, hijo de padres divorciados, vive con su madre de treinta y dos quien aun busca el amor y pasa su tiempo libre comparándose con artistas y deportistas que se aproximan a su edad. Nuestro protagonista es como todos los adolescentes un poco retraído pero con una sola pasión: el skate, lo demás se puede pudrir. A diferencia de muchos efebos Sam casi no tiene amigos, sólo colegas de juego; empero cuenta con un gran confidente: Toni Hawk (el Pelé del skate), que no es más que un poster dónde tal personaje aparece retratado y descansa en el reverso de la puerta de su cuarto. Un día, su mamá lo obliga a ir a una fiesta y es ahí donde conocerá a Alicia una bella chica que le cambiará la vida por completo. Cada consejo que Sam necesite tanto para conquistar a Alicia como en la vida diaria, Toni Hawk se lo otorgará por medio de su libro “Hawk: Occupation: Skateboarder”. Éstos consejos fungirán como verdades absolutas para Sam, como si proviniesen de la mismísima Biblia.
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“Todo por una chica” retrata fielmente la vida de un adolescente adentrando al lector a la vida de Sam, una vida que extrañamente pasa a convertirse en nuestra. Con Sam volvemos a sufrir, reír, cuestionar, aprender, aprehender todo aquello que a los dieciséis años era capaz de robarnos el hambre, el sueño y la tranquilidad. Ésta es una novela de iniciación, pero también de educación sentimental, pues sabe fotografiar una etapa tan complicada y maravillosa de la vida como lo es la adolescencia, además de que recurre tanto a sucesos recientes: 11-S, la guerra contra los talibanes; como a personajes de la vida pop actual y por si fuera poco, utiliza expresiones tan presentes que pareciera que un amigo de mi hermana es quien cuenta su historia. A pesar de que “Todo por una chica” plantea la vida de un adolescente que en el camino va aprendiendo la necesidad de no correr antes de saber caminar, Hornby nunca recurre a la falsa moralina ni busca censurar a la adolescencia, al contrario, invitada a cada lector a reflexionar sobre la vida misma y a entender que sabiendo actuar en el momento todo tiene una solución, sin necesidad de que la felicidad se sacrifique y el futuro cambien de manera drástica.

martes, agosto 25, 2009

La cita

Diario Milenio-México (25/08/09)
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La investigación ocupó todas sus energías durante siete meses, pero cuando finalmente dio con ella sintió que le había costado toda una vida. Leyó periódicos y visitó zoológicos, se presentó con padecimientos fingidos ante distinto tipo de psiquiatras y de veterinarios, y se hospedó en innumerables hoteles. Al final, cuando paró el taxi y le indicó que lo llevara al Cosmos estaba casi cierto de que ahí la encontraría. Se daba un margen de error de 1 por ciento. Al empleado del hotel le dejó saber que le gustaría un cuarto amplio, de preferencia en los pisos altos, “para tener una mejor vista a toda la ciudad”, se excusó, y como era temporada baja no tuvo problema en obtenerlo. Fue justo un poco después de las seis de la tarde que se instaló en su recinto.
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Notó el aroma casi desde que abrió la puerta, pero se contuvo. Cuando el botones dejó la habitación, desdobló su ropa con parsimonia y la colgó en los ganchos de madera. Colocó los objetos de uso personal en el baño: el peine, las cremas, la brocha para la rasura. Luego volvió sobre sus pasos y se instaló frente a la ventana. La ciudad, en efecto, a sus pies. El viento de la tarde. Las nubes ralas. Un auto de bomberos avanzaba a toda prisa por una calle estrecha pero como la habitación estaba a prueba de sonidos no pudo escuchar la sirena. Ulises nuevo. A lo lejos, como si se tratara de diminutos muñecos de plástico, muchos hombres caminaban sobre las aceras. Hombres de traje y hombres en jeans. Hombres en harapos. Hombres con cabello y hombres calvos. Hombres con muletas y hombres que se deslizaban como anguilas entre la muchedumbre de hombres. El suspiro que emitió, discreto pero contundente, parecía pertenecerle a un hombre enamorado. Acaso lo fuera.
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Lo último que hizo ese día fue extraer sus papeles del portafolios y colocarlos, en riguroso orden, sobre el escritorio de la habitación. Los hojeó de principio a fin como si no los hubiera visto antes. Había de todo ahí: notas garabateadas a lápiz y recortes de periódicos amarillentos; copias de lo que daba la impresión de ser libros viejos y páginas recién impresas; sobres con estampillas foráneas y recetas antiguas. Un collage era todo aquello. Una colección de pistas o de deseos. Estaba a punto de terminar su actividad cuando alguien tocó a la puerta. Dio un respingo. Un latigazo de electricidad resbaló por su columna vertebral. Parecía salir de una larga parálisis cuando por fin se incorporó y se dirigió a la puerta. Antes de decir cualquier cosa se asomó por la mirilla. No había nadie ahí. Cuando la abrió con sigilo lo confirmó: ahí sólo se extendía el pasillo con su mullida alfombra escarlata y sus paredes tapizadas en papel de oro viejo. La luz tenue que emanaba de los candelabros sólo acentuaba la soledad absoluta del pasadizo. En la punta de sus zapatos, justo como lo presentía, estaba el sobre cerrado, blanco y rectangular, que contrastaba con los diseños geométricos y el color de la alfombra. Lo abrió antes de cerrar la puerta: Aléjese. Váyase de este lugar. Pronto ya no tendrá manera de escapar. El investigador sonreía cuando cerraba la puerta tras de sí. Un hombre satisfecho.
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Fue después de recibir el mensaje que alzó el teléfono y pidió la cena en su habitación. Venado en salsa de manzanas negras. Conejo con alcachofas y endivias. Paté de hígado de cenzontle en rodajas de pan de centeno. Compota de ciruelas. Champán. Mientras esperaba sacó las herramientas de su segunda maleta y las fue colocando una a una sobre el peinador. Un taladro. Un desarmador. Unas pinzas. Un serrucho. Una cinta métrica. Un martillo. Un mazo. Unos clavos. Unos tornillos. Un pequeño ejército avanzando en línea recta. Cuando llegó la cena los introdujo en desorden y a toda prisa en la misma maleta.
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-¿Así que nos visita por primera vez? -preguntó el muchacho mientras quitaba las campanas de cristal de los platos, dejando que un aroma entre dulzón y viejo inundara la habitación.
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El investigador le dijo que así era, en efecto.
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-Hizo una selección peculiar -abundó el mesero, viendo de reojo los platos de la cena. Le sonrió entonces. La sonrisa le produjo el mismo efecto sobre la columna vertebral: un rumor de hormigas apresuradas sobre los huesos. Era, justo entonces, una estatua. Un pedazo de piedra venido de tiempo atrás. Algo arrancado de la eternidad. Iba a decirle algo cuando el hombre joven le dio la espalda. La alfombra apagó el ruido de sus pasos. El ruido de la noche. Entonces empezó su tarea.
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Extrajo una vez más las herramientas de su maleta y con el taladro en la mano derecha se dirigió al clóset. No tardó mucho en despejar la ropa que había colgado apenas un rato antes. Con las manos sobre la madera, tanteando sus huecos con los nudillos apretados, dio con el lugar de la incisión. Iba a utilizar el mazo cuando se dio cuenta que había tornillos nuevos en las esquinas del panel de la caoba. Fue por el desarmador. Cuando se dio cuenta de que necesitaba el otro, regresó por el desarmador de estrella. Las gotas de sudor sobre las sienes le daban la apariencia de ser un hombre apresurado. Poco a poco, el panel cedió. Antes de separarlo por completo de la pared, antes de introducir la cabeza por el orificio, se limpió el sudor con un pañuelo blanco. Luego se hincó y, luego, inclinó el torso. Con ayuda de los codos se deslizó hacia el otro lado del clóset.
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Pensó que los datos obtenidos en tantos meses de investigación lo habrían preparado para cualquier cosa, pero no fue así. Nunca es así. La imaginación tiene, siempre, sus límites. Había pensado que la jaula sería grande, como lo era, pero no que tendría el glamour ancestral de un camerino. Había imaginado que ella estaría encorvada, como lo había leído en tantos diarios, en franca actitud pre-humana, pero no que lo haría mientras se oscilaba lenta, oh, tan lentamente, de un columpio hecho de metales finos. Había pensado en su mirada cientos de veces, recortando su propia figura en las pupilas oscuras de la última mujer, pero nada lo había preparado para la monótona tristeza del momento. Ella le sonrió, como antes el mesero. Y, cuando le indicó con las yemas de los dedos unidos sobre la boca, que tenía hambre, él regresó por el pasadizo para ir trayendo uno a uno los platos de la cena.
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Luego sólo se entretuvo viéndola comer mientras él degustaba trago a trago la botella de champán.
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-Pensé que no existías -le dijo.
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-Así es -le contestó ella con una voz apenas acostumbrada al habla.

lunes, agosto 24, 2009

Breves, los epitafios

Diario Milenio-México (24/08/09)
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Paradojas digitales
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Hay por ahí —cree uno, a la defensiva— un resabio de dignidad en resistirse al paso del progreso cuando éste no termina de convencer. Pero lo que en principio es excepción no tarda en propagarse y convertirse en regla. Poseer una computadora personal era, veinte años atrás, privilegio rayano en vanagloria. Hoy día, carecer de una —o el colmo: no saber manejarla— provoca en los demás una combinación de lástima y azoro. Lo mismo pasa con los celulares y está muy cerca de ocurrir con los facebooks. ¿Cómo puede cualquiera sobrevivir sin uno? ¿Cómo es que no respondo los e-mail al instante, o cuando menos al día siguiente, y apago el celular si se me da la gana? ¿He de aceptar la dictadura del progreso, cuando estoy poco cierto de que éste sea tal, y hasta a veces me temo que sea retroceso?
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Entiende uno que contra el progreso tendrá siempre la guerra perdida, pero ello no es bastante para rendirse en nombre del progresismo. De entrada, no hay consenso en el término. Demasiados, entre quienes se llaman aliados de progreso, suelen ser más retrógrados que un cristero estalinista. Y hay, por contra, anticuados recalcitrantes cuyas ideas resaltan por osadas y frescas, allí donde la regla consiste en esperar que la computadora piense en lugar de uno. Para quien de por sí se pasma ante el trabajo de un narrador como Javier Marías, enterarse que ha traducido Tristram Shandy y escrito tantos miles de cuartillas con esa calidad y sin computadora tendría que semejar hazaña aparte. Como hoy nos lo parece la idea de cabalgar de Puebla a Veracruz o escribir una carta de quince cuartillas —traduzco: veintisiete mil trescientos caracteres, con espacios—, afanes ambos más bien estrambóticos para los que ya nadie tiene tiempo. Nunca antes en su historia la humanidad se había ahorrado tantas horas, ni había dispuesto de tan pocos minutos.
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Sólo la premura dura
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Es justamente en el transcurso de Tristram Shandy donde Lawrence Sterne se pregunta por qué la narración de un solo día de vida no puede merecer el espacio de una enorme novela. O hasta varias, si así fuese preciso. Ya con esa advertencia, los lectores asisten azorados a la consecución de la bribonada: quien se ha dicho dispuesto a relatar entera su existencia no pasará del día de sy alumbramiento. ¿Qué le costaba a ese señor Sterne, opinará más de uno entre los progresistas perezosos, extenderse hasta el fin de su infancia y resumirlo todo en tres mil caracteres? Que si se ve con calma ya son demasiados, pues el tiempo escasea, los blogs se multiplican y hay quien aún espera que leamos libros. ¿Cómo es que no hay paciencia para nuestra impaciencia?
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Ahora, con su permiso y a pesar de las prisas imperantes, necesito apretar el botón de pausa. Me es francamente incómodo ir adelante con estas líneas sin confesar que me sangra la lengua. Me la he estado mordiendo desde el primer párrafo y es cierto que después de un par de días sin celular ni computadora me miro naufragar en décadas pasadas y ya impresentables. Vamos, la mera idea de tener que mandar un fax me suena poco menos obsoleta que curarme una tisis con sangrías. Por ancha que de pronto parezca la nostalgia, me falta ingenuidad para ubicarme en un mundo de baja definición. Si, como algunos piensan, era aquél y no éste un paraíso, la historia nos demuestra que a lugares así nadie regresa. Progresar es también avanzar hacia el fin. Todavía no se inventa el destino con reversa y el edén siempre estará en otra parte.
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Queda, pues, el cinismo; pero igual hay matices. Si me rindiera al fin al culto a la tecnología, tendría que ofrendar mi profesión. Ser novelista en la era del Twitter es también preguntarse si hay que pedir disculpas por escribir doscientos caracteres seguidos. Se espera que narre uno a borbotones, con la cabeza puesta en la impaciencia ajena, y a cambio de ello ganarse la atención de miles o millones de incondicionales de la nadería intempestiva. Se cree que un texto breve requiere un tiempo corto (!). En el reino de la narrativa espasmódica, un balbuceo adquiere vocación de novela y tres juntos son una trilogía. Circulando, señores, que se hace tarde.
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Don’t tweet me in
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Diría que nada tengo contra las máquinas, si no tuvieran ellas ese prurito de imponerse sobre la voluntad de quien las maneja. Bienvenidas, señoras, pero aquí mando yo. En caso de conflicto, puedo desconectarlas e incluso reemplazarlas. Cierto es que tuve un blog, pero llegado un punto me negué a que fuera él quien me tuviera. Hoy que he comenzado otro, no falta quien opine que me paso de largo con los párrafos, y lo cierto es que encuentro en el reparo motivo suficiente para pasarme más, no solamente porque me da la gana sino también, y esto es lo que interesa, porque el texto lo exige. Pues el texto también es una máquina, y en todo caso elijo alimentarlo y obedecerlo porque ocurre que es mío y no tengo objeción en hacerme suyo. Tampoco tengo prisa, ni me gusta servir los guisos crudos.
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Parecería evidente que a la moda del Twitter y sus 140 caracteres tiránicos le pasará lo mismo que al diskette y el fax. Cualquier día twittear será un verbo anticuado, y sus exégetas unos retrógradas. Pues al fin nada hay más aburrido que repetir ad náuseam lo entretenido. Si medio mundo piensa que estar perpetuamente conectado y habitar una casa de cristal ya no es excepcional sino reglamentario, no me queda otra cosa que responder a la pregunta clásica twittera —“¿Qué estás haciendo ahora?”— con otra interrogante no menos conocida, en sólo 24 caracteres: ¿Qué carajos te importa? Hecha esta salvedad en el nombre de la autodeterminación elemental, procedo a retomar los aparatos y negociar de vuelta con la modernidad. No se puede vivir de espaldas a ella, pero menos aún a espaldas de uno mismo

viernes, agosto 21, 2009

El día y su frase 2

Si Dios existe y Jesús también, estoy seguro que también tienen otros nombres: Espacio y Tiempo, pues en contra de la voluntad humana son capaces de convertir a la belleza en incertidumbre; luego el viento se alía para ocultar toda huella, he ahí al Espíritu Santo.

jueves, agosto 20, 2009

¿Por qué novelas?-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión (20/08/09)

La mayoría los grandes libros de ficción cuentan intrigas de amor, muerte o amor y muerte. La muerte a veces es sólo simbólica y el amor puede ser desatado por ciertos emblemas, pero el fin de la intriga siempre es el mismo: grandes pasiones con finales trágicos. Todas las novelas siempre se tratan de lo mismo y por más que la lectura de cualquiera de estos libros pida siempre, como sintetizó Coleridge, un ejercicio de suspensión de la incredulidad, si el deseo de contemplar en detalle la caída de un personaje fuera el motivo principal para leer un libro, al terminarse el realismo se habrían terminado los lectores.
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Las novelas cuentan la organización de la vida interior en periodos específicos de tiempo, pero si fueran sólo eso estarían limitadas a material de investigación para antropólogos e historiadores. Los lectores de a pie no las comprarían. También está el argumento de la ejemplaridad cervantina, según el cual las novelas tendrían algo de ilustración ética sobre la situación de los valores en el tiempo en que la pieza fue escrita. Es cierto, pero también lo es que nadie lee novelas como parte de un proceso de edificación interior.
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La literatura pregunta sobre las convenciones morales del periodo en que fue escrita —las cuestiona, las tuerce, se ríe de ellas—, pero si tiene éxito es precisamente porque nunca dicta un programa de recomposición para la sociedad que la produjo. La novela, entonces, tampoco es un mecanismo de demostración sociológica.
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Lo curioso, en todo caso, es que mientras el arte de la novela está sujeto a una constante reflexión sobre sí mismo, en el sentido de que criticarla es siempre preguntarse por la pertinencia general de su existencia, como lectores de materiales literarios dispuestos en la página bajo la forma de lo que llamamos poesía, nunca nos hacemos esas preguntas.
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No tenemos problema, cuando nos ponemos a leer poemas, en reconocer que lo hacemos en busca de cierta sabiduría y cierta empatía, pero sobre todo por razones estéticas: nos gustan José Lezama Lima o César Vallejo porque nos conceden un placer plástico; porque decían cosas que intuimos como verdaderas de una forma que se atiene sólo a parámetros estéticos —orgánicos y originales—.
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Los poemas se siguen leyendo porque el hallazgo de cierto orden en la disposición del sonido de las palabras produce placer —el ritmo es la cocaína del lenguaje—; son artefactos concretos y medibles.
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En la poesía, la forma es un fenómeno transparente, cuantificable y accesible para todos los lectores disciplinados.
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Las novelas son sólo novelas y lo único que se puede medir en ellas es el número de páginas, pero creo —aunque ya nadie hable nunca de ello— que su goce al final es también solamente estético: las leemos para ver cómo fueron organizadas, como se podía contar esa historia que sí es moral y sí es ejemplar, que nos trae noticias trágicas de lo íntimo, pero, sobre todo, que no podría ser contada de otra forma que aquella en que lo fue.
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Gabriel García Márquez encontró una dicción, una sintáxis y un ritmo que empataban a la perfección con la historia de un pueblo onírico. Escribió Cien años de soledad. Lo mismo le pasó a Julio Cortázar con el París de los tempranos años 60 desde la perspectiva de un intelectual latinoamericano: Rayuela cuenta la historia de Oliveira, pero sobre todo se cuenta a sí misma; relata de la única forma en que se podía relatar exitosamente la vida copiosa y revuelta de su personaje principal.
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La historia que de verdad cuentan las novelas es la de cómo fueron contadas. Lo que lo que nos hace seguir leyéndolas es que suponen una organización sólo estética de nuestras teorías sobre el mundo. Son, como los poemas, artefactos plásticos; lo que pasa es que como además las historias que cuentan apelan a nuestras emociones, a nuestra política, a situaciones concretas en las que probablemente nos hayamos encontrado alguna vez, las leemos con menos distancia de la que le aplicamos a los poemas.

Los niños de La Raza

Diario Milenio-Puebla (20/08/09)
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Hace pocos días se dio a nivel nacional una escandalosa noticia: dos niños, de diez y trece años, fueron contagiados de VIH-Sida mediante una transfusión en el hospital La Raza.
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La nota apareció casi en todos los medios impresos y electrónicos. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos emitió una recomendación al director general del IMSS, Daniel Karam Toumeh, para que se investigue cómo y quién ordenó que se realizaran esas transfusiones en marzo y abril de 2008. Por lo pronto, quienes hayan sido los responsables han dañado ya para siempre el futuro de dos niños que nunca pensaron, ni ellos ni sus familiares, a qué se estaban exponiendo al recibir una transfusión sanguínea.
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A casi treinta años de haberse manifestado los primeros casos de contagio en humanos por VIH-Sida, me parece injustificable un descuido como éste. Se ha dicho que el contagio se dio por incorrectas acciones y omisiones de los servidores públicos. A treinta años de distancia, debiera suponerse que nadie se podría contagiar por este motivo cuando una transfusión de sangre debe ser algo sumamente controlado. Pero el caso se dio. Se ha pedido también que la institución de la que depende el hospital La Raza repare el daño a los niños y a sus familiares. ¿Cómo se podrá reparar un daño de ese tipo? Hasta el momento no hay aún responsables, no se sabe bien a bien quiénes ordenaron el tratamiento. Los niños que recibieron la transfusión son enfermos de anemia aplástica grave y leucemia aguda mieloblástica. Quizá para mucha gente el hecho pasó desapercibido, pero es algo que horroriza y que le puede suceder a cualquiera.
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En el programa matutino “Panorama informativo” que conduce Alejandro Cacho, el secretario de Salud federal declaró, ante la insistencia de un reportero, que los niños recibieron sangre de un donante portador del VIH-Sida cuyos estudios habían arrojado negativo, ya que estaba en "periodo ventana". “Eso fue lo que pasó,” dijo. ¿No se trata, pues, de un verdadero descuido?
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En el mismo comunicado de la CNDH se dice que se incumplió con lo dispuesto por la norma oficial, en donde se establece que todas las unidades de sangre o de sus componentes para fines de transfusión halogénica, deberán tener anotada en una etiqueta el resultado de pruebas de detección de enfermedades transmisibles.
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Yo ahora consigno el hecho porque no me imagino el futuro de esos dos niños, que bastante han luchado con su enfermedad como para haber adquirido un virus que representa, por desgracia todavía, un enorme estigma social.

El día y su frase 1

“A veces el transcurso del día te invita dejarlo todo, pero el abrazo o el esbozo de una tierna sonrisa del otro, te permiten querer llegar al siguiente día”
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Yo

miércoles, agosto 19, 2009

De frases y libros

La semana pasada Alberto Chimal estuvo en Puebla, fue un placer conocerlo. Platicando con él, le comenté que mi primer libro leído fue Macario de B. Traven, pero el que realmente me catapulto al mundo de la lectura fue Diablo Guardián de Xavier Velasco, hablamos del año 2003, como verán soy un lector joven y no me avergüenza, al contrario me enorgullece, pues gracias a Velasco llegué a Faulkner y otros más. El otro culpable, pero ya en planos más amistosos y educativos fue Pedro Ángel Palou, pues al tomar un curso que impartió en Casa del Escritor me vi obligado a leer a Kafka, Rulfo y más.
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Yo no soy de esos mamadores que dicen: de chico me chuté todo Verne o cosas así, es cierto no he leído mucho “clásico”, pero a mi cada libro me va llevando a otro. Así ha sido mi modo de leer y me gusta.
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Dada esta pequeña explicación, entremos a lo que truje. Aunque Macario fue el primer libro leído, Diablo Guardián es el correcto para iniciar este proyecto.
Aquí el fragmento o frase:

“El amor: qué cosa tan prohibida. No jugaba con los demás porque nadie entre los demás quería jugar con él, pero escribía cosas de amor (…) porque al amor no había forma de tocarlo si no así: escribiendo sobre él, encerrándose en soliloquios impensables en una escuela primaria para varones, donde todas las niñas son oficialmente detestadas, como no sea para fantasear con dedearles la pepita y enchufárselas”. (Velasco: pág. 25).
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Al leer este fragmento, supe inmediatamente que el escritor había pasado por un sistema educativo similar al mío: el lasallista. De esos extraños códigos, que sólo alguien que pasó por el mismo trauma lo entendería. Quizá otro vaso comunicante sería el siguiente aspecto: en esa época la escritura era un asunto lejano, pero tenía una manía extraña: cambiarle la letra a las canciones amorosas. Había canciones de grupos que me latían, pero no todo lo que decían o cómo lo decían, entonces quitaba una palabra y ponía otra, al terminar ese cortar y pegar, solía escribirle alguna dedicatoria, en esa época lo único próximo que tenía a una mujer, eran mis primas de edad cercana con las que jugaba de repente a esos divertimentos propios de las niñas de diez u once años, todo con tal de estar cercana a una. A la distancia, suena enfermizo, pero hasta cierto punto comprensible, espero.
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La afinidad con el escritor, me hizo lector. Pensar que había otro como yo, fue la clave para ver a la lectura como una mejor forma de vivir la vida. Y ahora que lo pienso bien, esa extraña soledad me hizo acercarme a este mundo, pues nunca tuve un hermano con el cual jugar.

Dos avisos, dos

Hoy nacen dos nuevas formas de perder el tiempo y seguir llenando de texto mi blog. La primera consiste en estar compartiendo algunas frases de ciertos libros que me han marcado y explicar el por qué de la frase seleccionada.
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Al regresar Carmen, la bitácora -en honor a ella-, que duró dos meses y seis días pasa a mejor vida y damos paso a otra cosa, no es precisamente una bitácora, pero sí buscar una frase o crear alguna que sea capaz de definir el día a día.

"De encuentros y partidas"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 19/08/09)

A Carmen, porque tu regreso hará nuevamente bella a Puebla
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Fabio Morábito nos entrega su primera novela: “Emilio, los chistes y la muerte” (Anagrama, 2009). Novela que pasó por un proceso largo, pues antes de escribirla se dedicó al cuento, el ensayo y la poesía, destacando libros como “Lotes baldíos” (Premio Carlos Pellicer) y “De lunes todos los años” (Premio Aguascalientes), además tradujo al reconocido poeta: Eugenio Montale.
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“Emilio, los chistes y la muerte” se divide en tres partes y consta de ciento sesenta y seis páginas que cuentan la historia de un niño de doce años: Emilio que, aún gozando de la inocencia propia de un infante, ya conoce el significado del divorcio y la soledad. También se presenta la historia de Eurídice, una masajista que perdió a su hijo de doce años. Ambos cruzarán sus caminos en un cementerio viejo de la ciudad, casi derruido por no decir olvidado. Eurídice carga un duelo y tiene ganas de borrar el tiempo y la memoria; todo esto mientras Emilio tiene una extraña capacidad memorística que consiste en grabarse todos los nombres que ve en el cementerio.
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La vida, el destino, la suerte o las coincidencias hacen que estos dos personajes al ver que tienen un vaso comunicante -la soledad-, opten por buscarse. Ella encuentra en él al hijo que perdió y él haya a su primera amiga. El humano actúa según las circunstancias se lo permiten, por eso no es de extrañarse que estos personajes actúen como lo hacen: Emilio a punto de entrar a la adolescencia y lo que ello implica en el ámbito de la sexualidad; por otro lado Eurídice tiene mucho amor que dar, pues con la muerte de su hijo se encuentra vacía, incompleta.
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Ambos podrán saciar sus inquietudes y necesidades de forma clandestina en el único lugar que comparten y que por ende los une: el cementerio. Sin quererlo, la decisión que han tomado marcará sus acciones venideras. Y no es raro que el cementerio sea el escenario principal, pues con los muertos se van las verdades absolutas y quedan los recuerdos que alargan la vida, al mismo tiempo que manipulan la verdad; maniobras propias de la memoria.
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Fabio Morábito relata esta historia con una fluidez sorprendente, la cual sin duda es producto de sus años de trabajo en el género de la poesía. En “Emilio, los chistes y la muerte” el escritor invita a sus posibles lectores a reflexionar sobre la imposibilidad de ver al otro. Y creo, lo logra. Pues en el mundo real uno va deambulando sin saber exactamente qué lo une con el otro. Juan Carlos Canales, poeta tremendo y amigo, al hablar de las relaciones humanas, sobre todo las amorosas, comenta que cuando se logra descifrar por qué se encuentra con esa persona, la relación se acaba, ya que el misterio es lo que mantiene la unión. Así los personajes de la novela de Morábito: cruzan sus caminos sin entender exactamente por qué, pero al momento en que logran tener un pequeño ápice de luz, huyen sin dejar aviso alguno, aunque también suelen regresar por simple comodidad o miedo.

martes, agosto 18, 2009

Irrevocable

Diario Milenio-México (18/08/09)
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Para Pepe Vázquez y Matías de Hoyos, tijuarisinos
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Vi el gesto por primera vez una clara tarde de septiembre, estoy segura de ese dato. Tenía ya buen rato caminando cuando la calle me ofreció una disyuntiva: moverme un poco hacia la derecha para iniciar el acenso del puente o deslizarme un poco hacia la izquierda para introducirme en la boca de un túnel. Como sabía perfectamente a dónde iba —un parque de pequeños eucaliptos donde me esperaban ya a esa hora algunos amigos— avancé hacia arriba con una decisión tan firme que, más que una decisión, dio la apariencia de ser un movimiento “natural”. Que la selección de vía fue todo menos “natural” quedó claro cuando no pude evitar asomarme a lo que había quedado atrás o, con mayor precisión, a un lado, abajo: la apertura del túnel, la oscuridad ostentosa de su hueco, la superficie compacta de sus anchos muros. Grafiti sobre todo ello. Fue entonces que lo vi. Nunca supe a ciencia cierta qué hacía el hombre frente a la pared pero, juzgando por la manera en que elevó la vista y se detuvo en seco, asumí que se trataba de algo ilegal o, cuando menos, inesperado. Bajé la vista porque él hizo lo mismo, arrepentida en el acto de haber visto algo que no lograba identificar y, sin cambiar la velocidad de los pasos, seguí en dirección a mi destino. La irrupción del gesto no había tomado más de un par de segundos. Acaso menos.
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—De seguro estaba orinando —dijo uno de los convidados a la reunión del parque cuando les conté lo acontecido. Negué con la cabeza sin mucho ánimo, pero en lugar de describir el movimiento de los ojos, en lugar de convidarlos a entrar en algo que parecía una lechosa culpa o un desasosiego nebuloso, tomé un trozo de queso y me dispuse a masticarlo. Hay cosas, estoy convencida de eso incluso ahora, intransferibles. Muchas de ellas son, por naturaleza, inexplicables.
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—Pudo haber estado haciendo un agujero en la pared —mencionó otro a la distraída momentos después—, pero ¿para qué?
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La pregunta parecía dirigirse al cielo tan azul; al sol, que caía; a las ramas que oscilaban con gracia bajo el embate de un viento más bien sereno y suave. No quise decirle a nadie que esa era la pregunta que me hacía. Acaso alguien pensó en la palabra dinamita esa noche, ya en su camino a casa. Tal vez otro imaginó billetes enrollados o joyas pequeñísimas.
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¿Cómo recuerda uno ciertas cosas y olvida otras? Esa es otra interrogante que carece de respuestas. Lo cierto es que de entre todas las cosas que acontecieron esa tarde e, incluso, en ese viaje, sólo conservé lúcido y claro el recuerdo de esa mirada que me obligó a hacerme preguntas imposibles. ¿Qué actividad había interrumpido mi paso por la acera? ¿De qué culpa o de qué marasmo había casi ascendido su mirada para volver a caer otra vez? ¿Cómo fue que me atreví a dejarlo solo con todo aquello? Luego, como tantos otros motivos, terminó diluyéndose entre las cuestiones prácticas de la vida cotidiana y otros recuerdos más comprensibles o más entrañables. En todo caso, lo había olvidado por completo cuando el azar me llevó de regreso a la ciudad del parque.
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Caminé por la ciudad con cierta regularidad mientras cumplía compromisos de trabajo. Los huesos siempre lo agradecen; los pies, que se desentumen; las piernas que, con el paso de las horas, parecen otra vez ágiles o firmes. Caminé porque la mente, así, descansa. Puse tanta atención en el mobiliario citadino —los candiles públicos, la herrería protectora de raíces y troncos, las bancas— como en los escaparates del comercio. Observé, como siempre, los cuerpos y los rostros de los transeúntes con quienes compartía una ciudad a todas luces ajena. Llegué a aburrirme, incluso, pero no a cansarme de colocar un pie delante del otro para saber si podía hacerlo todavía. Si aguantaría un poco más. Cuando el camino me ofreció la disyuntiva entre iniciar el ascenso del puente o introducirme por la boca del túnel, esta vez elegí deslizarme un poco hacia la izquierda con una naturalidad que casi parecía una decisión firme o, en todo caso, irrevocable.
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—Aquí fue —dije en voz alta, tocando la superficie de la piedra. Bajo las yemas de los dedos, entre el inicio y el final de una palabra pintarrajeada con aerosol, había una pequeña grieta. Con la uña del dedo índice intenté escarbar entre la superficie que no era, como la había imaginado, compacta, sino más bien húmeda y arenosa detrás de una ligera capa de cemento. No lo conseguí, por supuesto. Entonces hurgué en mi bolso hasta encontrar las tijerillas que algunas veces utilizaba en el arreglo de las uñas. Introduje sus puntas curvas y filosas en la fisura que, pronto, fue cediendo. Todo estaba asombrosamente callado en el túnel: hacia mi izquierda se extendía un color negro que no me dejaba siquiera imaginar la mítica luz del final y, hacia la derecha, estaba la boca abierta hacia la ciudad. Desde arriba llegaban ecos de los pasos de aquellos que se dirigían con toda seguridad al parque. Yo seguí en mi tarea con una concentración de la que sólo soy capaz a veces. Pero no tardé mucho en dar con la orilla del papel enrollado, y tardé todavía menos en extraerlo con la ayuda de la pinza con la que le doy forma a mis cejas.
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¿Cuántos años habían pasado entre un encuentro y otro? Hay preguntas para las que cualquier respuesta es incorrecta. Desenrrollé con cuidado pero también con ansiedad el pedazo de papel y, cuando finalmente fui capaz de leerlo, alcé la vista. Un hombre ascendía en su camino hacia el parque y yo estaba ahí, con el mensaje en la mano. AUXILIUM. Eso era todo lo que decía en una letra uniforme y, si cabe colegir esas cosas, serena. Salí corriendo, por supuesto. Salí corriendo hacia la oscuridad. Supuse que me tomaría otros tantos años, tal vez siglos enteros, llegar a saber de qué lado del muro estaba el escritor de ese mensaje. Supuse que, si corría lo suficiente bajo el amparo de la oscuridad, de verdad lo sabría.

lunes, agosto 17, 2009

Silencio, manda la ley

Diario Milenio-México (17/08/09)
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1 Para mandar y mandar
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“Se prohíbe la publicación y divulgación de impresos y otras formas de comunicación social que produzcan terror en los niños, inciten al odio, a la agresividad, la indisciplina, deformen el lenguaje y atenten contra los sanos valores del pueblo, la moral y las buenas costumbres, la salud mental y física de la población; en caso de infracción de éstos, los órganos rectores en materia de educación solicitarán a la autoridad correspondiente la suspensión inmediata de las actividades o publicaciones de que se trate, sin perjuicio de la aplicación de las sanciones contenidas en el ordenamiento jurídico.”
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Me he tomado la libertad —condenable, ojalá— de dejar en suspenso un par de términos del párrafo anterior, ambos correspondientes a la nacionalidad del pueblo en cuestión, de modo que que al leerlo y releerlo —vale la pena: es una gema del humor involuntario— cada cual se imagine sometido de pronto a sus rigores. Observemos de cerca, para empezar, la delicada redacción de cuartel que engalana sus líneas rigurosas y recuerda otras joyas del autoritarismo, como aquella sentencia que rezaba: “El que manda, manda, y si se equivoca, vuelve a mandar”. Ordenamientos en apariencia sin sentido que más de uno confundirá con despropósitos, cuando lo único claro es que no admiten más propósito que el propio, ni dan lugar a réplica posible, pues ya se infiere que el solo acto de cuestionarlos supone el riesgo de infringir sus órdenes y ser objeto pronto de coerción.
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Ahora bien, para ser perseguido por una ley así no es preciso siquiera cuestionar nada, pues ya su ambigüedad abre portones amplios a la temible autoridad correspondiente, desde el momento en que nos habla de “otras formas de comunicación social”. Si a uno, por ejemplo, le diera por decir lo que piensa en voz alta y hubiese por ahí un miembro del citado pueblo, no sería difícil que algún representante de la autoridad, celoso de los sanos valores de marras, se aprestara a suspender inmediatamente sus actividades. Es decir, a callarle la boca. Y eso para empezar, pues ya la ley alude a sanciones ulteriores.
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2 Aniñando al rebaño
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Observemos ahora la primera de las infracciones mencionadas. Los autores del párrafo prohibicionista comienzan alertando contra todo aquello que sea susceptible de asustar a los niños. La obra entera de Poe, Lovecraft y centenares de cocos afines quedaría proscrita, junto a una infinidad de cuadros, esculturas y murales susceptibles de perturbar el sueño de los pequeños. ¿Cómo saber qué tantas impresiones son susceptibles de espeluznar a un niño de cuatro años, por ejemplo? A juzgar por el celo de los redactores, debemos asumir que todo eso lo entenderá la sabia autoridad correspondiente, que asimismo tendrá el olfato necesario para diferenciar qué palabras o imágenes incitan al odio, la agresividad o la indisciplina, en cualquiera de sus sentidos posibles. Imaginemos el caudal de conocimientos de los que sin lugar a dudas dispondrá la autoridad correspondiente para que su criterio haga honor a la ley, así como la inmensa sensatez precisa para la titánica tarea. Pues no cualquiera puede velar con celo y justicia por los sanos valores, la moral, las buenas costumbres y la salud mental y física de millones de ciudadanos, que en un descuido pueden quedar expuestos a un atentado por parte de los enemigos del pueblo.
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Por fortuna, la autoridad correspondiente no está sola, pues para ello cuenta con los órganos rectores en materia de educación, que como es de esperarse son sensibles y celosos en estos asuntos, y con seguridad detectan y corrigen hasta la mínima deformación del lenguaje. Pedagógicamente, la idea es que los profesores no se limiten a adoctrinar a sus estudiantes, sino además actúen como gendarmes para que en lo futuro todo miembro del pueblo pueda expresarse con la elegancia propia de quienes redactaron las invaluables líneas de la ley aludida. ¡He ahí, ciudadanos, la expresión de un lenguaje indeformable que no asusta a los niños, ni los malacostumbra ni los incita a portarse mal o siquiera pensar lo que no deben! No es por tanto casual que el parrafillo empiece por los niños, si su ímpetu mandón parte de ver en cada ciudadano a un menor de edad susceptible de ser enmendado. Sólo la autoridad correspondiente se asume con derecho a cumplir dieciocho años.
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3 A callar todo el mundo
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Si nos ponemos en el lugar de la autoridad correspondiente, veremos que aplicar una ley inaplicable no es en realidad un problema, sino una prerrogativa para inquisidores, fiscales y gendarmes, ya que al cabo es tan amplia y elástica que cualquiera puede haberla infringido, de modo que en principio todo el mundo es culpable. Cada uno, por tanto, deberá hacer un rígido examen de conciencia cada vez que se exprese en sociedad, más todavía si lo hace por escrito, pues hasta la más leve de las interjecciones o la más inocente interrogación es susceptible de saltarse las bardas y caer en los pérfidos terrenos de la ilegalidad. Si va uno a expresar algo, lo que sea, más le vale que actúe con la cautela propia de los alumnos de una rígida escuela correccional donde no sería grave, ni raro ni notorio recibir un severo castigo sin razón de por medio. ¿O es que acaso una ley irracional necesita razones para aplicarse con todo rigor?
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No acabaría uno de contar la cantidad de gorilatos que nada más en la historia de Latinoamérica se han dado a promulgar leyes como la aquí reproducida. Tiranías miedosas que recurren a ordenamientos imbéciles, para que nadie dude que la inteligencia en nada va a ayudar a contrarrestarlos. La inteligencia, así, es el peor enemigo del ciudadano, allí donde el poder impone astutamente la primacía de la estupidez. Quienes solíamos ver tras estas leyezuelas al fantasma de la ultraderecha setentera, hoy vemos con horror que sus nuevos autores hablan de “socialismo del siglo XXI”. Un igualitarismo de cuartel donde el que manda siempre vuelve a mandar y espera nada menos que total obediencia de un rebaño de niños forzados al que apoda pueblo venezolano. Nada nuevo, al final. Boinas rojas, casacas verdes y el celo paternal de alguna autoridad correspondiente.

sábado, agosto 15, 2009

Contra el sacrificio de las focas en Canadá

Diario Milenio-Puebla (13/08/09)
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Cuando comencé a escribir las primeras páginas de un minutario, di cuenta de una noticia que transmitió en su programa nocturno López Dóriga y que trataba de lo que él mismo llamó “la matanza anual” de las focas del Canadá. En realidad esas escenas me resultaron repugnantes: sobre el hielo la sangre se derramaba con mayor intensidad y en los ojos de las focas se veía la perturbación y la proximidad de la muerte. Decía Coccioli que los animales han ganado el cielo, porque no saben que van a morir. Por esa expresión de las focas, ante unos hombres armados diestramente con un piolet, pienso que ellas sí intuían su muerte.
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Eso (palabras más, palabras menos) fue lo que escribí aquella vez y lo dejé en el registro de ese minutario que al final y luego de pensarlo bien, decidí eliminar de mi ordenador con un simple supr, aunque aún desconozca la verdadera razón.
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Ahora de nueva cuenta atrapo el tema porque, a fuerza de familiarizarla –los medios juegan un papel importante—, la gente cada vez ha perdido la sensibilidad ante este hecho atroz y pueden verlo y comentarlo sin que algo se mueva en lo más mínimo dentro de sus conciencias. Incluso las autoridades de Canadá argumentan que se permite la caza de focas, porque éstas son una plaga. Y cada año los medios electrónicos vuelven a dar la noticia de manera tan normal como anunciar un jabón o un medicamento contra la gastritis.
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Retomo además el tema, ya que “Prensa Anima Naturalis” había dado la noticia de que el pasado domingo 9 del presente, aprovechando la visita del primer ministro canadiense a México, ellos mismos como los miembros del PETA (Personas por la Ética en el Trato a los Animales), seguirían al primer ministro canadiense Stephen Harper, en el Consulado de Canadá, World Trade Center, portando letreros que con leyendas como ésta: “Sr. Harper: Detenga la matanza de focas en Canadá”.
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El objetivo, como lo señala la nota, es “que Harper use su poder para que se ponga fin a la matanza anual de focas en Canadá, la mayor masacre de animales marinos del planeta. Durante la matanza, miles de crías de focas reciben disparos o violentos golpes en la cabeza. Los cazadores de focas las enganchan por los ojos, los cachetes o la boca para no estropear su piel. Entonces las arrastran por el hielo, a menudo mientras los animales aún están conscientes. Muchas son muy jóvenes como para escaparse nadando de sus atacantes, y las matan delante de sus madres”.
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Es muy desagradable, como el lector lo puede suponer.
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Pero en un mundo donde (como lo ha dicho José Luis Durán King) el hombre es el mejor depredador del hombre y a diario se registran noticias violentas como la del pozolero y otros asesinos seriales, ¿qué representa la matanza de las focas en Canadá? Es indignante.

jueves, agosto 13, 2009

Las neo-Camelias

Diario Milenio-México (11/08/09)
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"Antes, por lo menos, respetábamos a los niños y las mujeres”, le dice Don Epifanio Vargas —un narco vuelto político— a Teresa Mendoza, la futura Reina del Sur en la famosa novela de Pérez Reverte. Recordarán los que leyeron este libro a inicios de 2008 que Teresa Mendoza no era todavía la empresaria que logró establecer un imperio ilegal en la boca del mediterráneo, sino sólo la novia —que no la buchona— del Güero Dávila, un piloto al que por haber querido pasarse de listo se lo tronaron en plena pista de aterrizaje. Don Epifanio, fiel a su palabra, le proporciona a Teresa los contactos que la ayudarán a evadir la venganza del narco, aunque ya para entonces ha pasado por la violación de rigor y la persecución a salto de mata y el clásico encañonamiento en la sien. De ahí que el “antes” que pronuncia Don Epifanio Vargas cuando medita sobre la posibilidad de ayudarla salga de su boca con un pesado dejo de nostalgia. Antes, eso parece estar diciendo, la cosa era entre machos. Antes se respetaba, parece colegirse como resultado lógico luego entonces, a las mujeres y a los niños. Algo, pues, debió haber cambiado mientas tanto.
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Es de presumirse entonces que sólo en ese mítico “antes” pudo haber existido un personaje como Camelia la Tejana, aquella mujer que inmortalizaron Los Tigres del Norte en el corrido “Contrabando y Traición”, la canción, sin duda, de 1971. A la luz de noticias que incluyen el decapitamiento de una porrista (edecán) tijuanense, quien presuntamente tenía lazos sentimentales con hombres del narco, resulta difícil creer e incluso seguir la historia del romance entre Camelia y Emilio Varela. Como se recordará, Emilio y Camelia se hicieron amantes mientras lograban cruzar una carga de “yerba mala” a través de la frontera entre México y Estados Unidos. Una vez conseguida la misión, y sin miramiento alguno, Varela le da su parte del negocio a Camelia, aconsejándole que rehaga su vida mientras él se prepara para regresar a su casa, con su mujer, “el verdadero amor de su vida”. Unos 30 años después, es difícil imaginar siquiera una despedida tan civilizada entre integrantes del narcotráfico. Ahí está, por ejemplo Emilio Varela, invitando a Camelia a continuar en otro sitio, y sobre todo con otros, la vida que merece tener. Y ahí está, sobre todo, Camelia que en lugar de conformarse con las condecoraciones femeninas del narco (joyas, coches, viajes) tiene a bien vengarse a sí misma (“sonaron 7 balazos”, dice la canción) y, además, quedarse con la totalidad de la carga que había ayudado a pasar. Las Camelias de ahora no suelen ser así. Todo parece indicar que el amor en los tiempos del narcotráfico tiene nuevas reglas.
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Una década después del apogeo del corrido de Camelia, aunque todavía en ese “antes” mítico que pronunciaba Don Epifanio Vargas, existió también Sara Cosío Vidaurry, la novia (supuestamente secuestrada) en compañía de quien capturaron a Rafael Caro Quintero, uno de los capos más poderosos del narco durante la década de los 80. Descrita por su padre como una joven “de carácter muy fuerte”, la hija de una familia bien de Jalisco sólo tenía 17 años y estudiaba el bachillerato en el momento de la captura en 1985. Que Sara Cosío haya sobrevivido al romance con el capo que fue a dar a la cárcel y contra el cual ella declaró, es sólo otra prueba que las reglas de “antes”, en efecto, pudieron haber sido distintas.
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De “antes”, aunque también de ahora, son las así llamadas buchonas, esas mujeres bellas y de poca educación que acompañan a los hombres del narco en coches último modelo, portando joyas ostentosas y luciendo su físico. Una especie de “esposa trofeo”, aunque sin el estatus civil incluido. Una especie de paloma que “ostenta un volumen de pecho exagerado”. El ejemplo más contemporáneo es la tristemente célebre Miss Sinaloa 2008, Laura Elena Zúñiga Guisar, la joven mujer que andaba en compañía de Ángel Orlando García Urquiza, presunto operador del cártel de Juárez, cuando lo capturaron con armas y miles de dólares en su haber. Tal vez “antes” ella no habría terminado en la cárcel, pero ahora así fue. Habiéndose desempeñado como modelo de una agencia, Laura Zúñiga había hecho notar con anterioridad la poca remuneración del oficio (lo más que llegó a obtener por un trabajo hecho para la compañía Pepsi fue un salario de 40 mil pesos, cuando el promedio era de 2 mil pesos por pasarela), además de la marcada discriminación en favor de extranjeras en el medio. Quejas similares contra la falta de empleo y los bajos salarios fueron asociados a la profesora de literatura de la Universidad Autónoma de Baja California, Alejandra González Licea, cuando fue capturada mientras recaudaba dinero del narco en Tijuana. De buchona a profesora de literatura, es claro que las neo-Camelias se han diversificado.
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De ahora, y definitivamente no de “antes”, fue la noticia del asesinato brutal de Adriana Ruiz Muñiz, la modelo y edecán del equipo de fútbol de primera división A, Xoloitzcuintles, propiedad de la familia Hank, quien se presume sostenía alguna relación de tipo sentimental (así se dice) con gente del Teo, o incluso con el Teo mismo, el capo que se pelea la plaza de Tijuana. Ejecutada por encargo, torturada y decapitada cuando aún estaba viva, el cadáver de Adriana Ruiz es tal vez la prueba más obvia de los cambios ocurridos en las relaciones que se establecen entre los hombres del narco, por un lado, y las mujeres y los niños, por otro. ¡Qué lejos estuvo esta neo-Camelia bajacaliforniana de imprecar a su Emilio Varela! Menos como Teresa Mendoza y más como las anónimas mujeres asesinadas tanto en Ciudad Juárez como en otras ciudades de un país en guerra, las neo-Camelias como Adriana Ruiz confirman que en el paso de la mariguana a la cocaína y luego a la heroína, con guerra presidencial de por medio, las jerarquías del género del narco son cada vez más mortíferas.

miércoles, agosto 12, 2009

Una invitación, una.


"¿Quién dijo que la risa es ajena a la literatura? "-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 12/08/09)

Caro lector, Anagrama se encuentra celebrando cuarenta años de editar en español a los mejores escritores a nivel mundial, desde Sergio Pitol hasta Trino Maldonado, de Vladimir Nabokov a Nick Hornby. Cualquiera que se haya acercado a algún libro publicado por Anagrama sabe que por calidad literaria no se puede quejar.
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Jorge Herralde, fundador y editor de Anagrama –como sabrá la mayoría-, es un enorme lector riguroso y exquisito, combinación que, probablemente, ha hecho enorme a esta editorial.
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Herralde para celebrar su pasión por la lectura y la edición, Herralde comparte con sus lectores “El mejor humor inglés”, una antología que reúne a algunos escritores pertenecientes al catálogo de la editorial: P. G. Wodehouse, Saki, Evelyn Waugh, Tom Sharpe, Roald Dahl, Alan Bennett. Julian Barnes, Martin Amis, Ian McEwan, Douglas Adams y Nick Hornby. Once escritores de categoría. El Manchester United del humor inglés, quizá no estén todos los que el lector quisiera, pero aparecen los que tratan con mayor fineza el humor, porque para escribirlo hay que tener tino y calidad.
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“El mejor humor inglés” reúne pequeñas muestras literarias de alguna obra representativa de cada autor. Hay humor de todos los colores y sabores: Wodehouse nos regala un humor transparente, puro; Waugh se va por el lado de la ironía; mientras que Sharpe mezcla la ironía con el humor límpido; Dahl en cambio opta por el humor negro; por otro lado están Amis y McEwan que trabajan el humor más complicado –acaso el más delicado-, aquél cuya carga sexual es amplia y pudiera parecer ofensivo para algún lector, por ejemplo McEwan relata cómo un joven intenta iniciarse sexualmente con su hermana (que aún juega a las escondidillas), insisto de entrada la escena pareciera espeluznante, pero la belleza con que es tratado el tema a lo largo del texto es una muestra de que siempre puede escribirse sobre lo más escabroso y salir bien librado. Un humor más juvenil, vendría a ser el producido por Adams y Hornby.
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Particularmente este libro ha sido un disfrute tremendo, pues a todos los escritores antologados por Herralde sólo los conocía de nombre y jamás me había acercado a ellos ya por falta de tiempo, ya por desconocimiento. Sin duda es un buen libro para acercarse a este tipo de escritores, pues cumple con el objetivo: te deja con ganas de leer más.
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Quien pueda conseguir el libro será un afortunado, debido a que es una edición no venal.
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Bienvenido sea, querido lector, al último empuje del año. Ánimo que si los mayas no fallan, en el 2012 este mundo cambiará, probablemente desaparezcamos y nos matemos los unos a los otros, ya de forma descarada. Disfrute la vida de aquí a esa fecha, mientras tanto seguiré leyendo para continuar entregando estas pequeñas reseñas, que espero disfrute.
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Fugaz invitación
La fuga literaria y Profética tienen el placer de invitarlos a la presentación de la novela “Los esclavos” de Alberto Chimal, publicada por Almadía. El día es jueves 13 de agosto y la hora 7:00 PM. Acompañarán al autor Sheng-li Chilián y Jaime Mesa.