lunes, agosto 10, 2009

La cultura del botón

Diario Milenio-México (10/08/09)
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Favor de oprimir play
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No sé de otro adminículo que lo eche a uno tanto a perder como el botón de mando. A veces, cuando me hago guiar por ese oscuro instinto paranoico sin cuya intervención la vida sería tanto menos sinuosa y atribulada cuanto más rectilínea y aburrida, imagino a una turbia cuadrilla de ingenieros electrónicos dando forma a un complot para hacer del usuario un ignorante supino y un perfecto inútil, a fuerza de poner en sus garras —que de puro habituarse a oprimir botones irán dejando atrás su calidad de manos— un menú de botones, mismos que le darán la sensación falaz de controlar al mundo desde un sofá. Cada día son menos, se angustia uno de pronto, los mortales que entienden qué pasa exactamente cuando oprimen un cierto botón. Pues si ya el solo empeño de leer el instructivo del infecto artefacto parece de antemano tan atractivo como un curso relámpago de sánscrito, la idea entender sus entrañas y mecanismos suena a proeza digna de mentes alquimistas. Ya entrado en los dominios del sci-fi, me entrego a imaginar a los citados cuatro malvados ingenieros soltando risotadas nihilistas porque en uno de los millones de aparatos lanzados a la venta está el botón que acciona el fin del mundo. Nada más el usuario apriete la opción power, el universo entero volará en pedazos.
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Me explico: crecí oyendo noticias sobre la guerra fría, cuando el razonamiento en torno a estas cuestiones no pasaba de ser un pequeño botón en el control remoto de la paranoia. Inquilinos recientes del imaginario colectivo, los botones de mando eran, por delante de agujas y pantallas, la zona erógena del aparatejo. Apretar un botón y ser obedecido por la máquina era un acto de magia que suscitaba las teorías más estrambóticas. Como aquella según la cual bastaba que un burócrata apretara un botón —situado, dependiendo de la fuente, en el Pentágono, en el Kremlin o en ambos— para enfrascar al mundo en una guerra nuclear. De la cual, se entendía, nadie saldría vivo. ¿Y si alguien, por error, apretaba el botón? ¿Un suicida misántropo, quizás? Da un poco de vergüenza reconocer que alguna vez creyó uno posibles semejantes sandeces, pero es sabido que la necedad carece de botón de apagado. Vamos, que ni el de pausa se le ve.
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El imperio de los impulsos
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No estarían aquí, por cierto, estas palabras de no mediar la colaboración de los botones. Decenas de botones que bajan y suben por obra y gracia de unos resortes cuyo funcionamiento entiendo a medias, pero a partir de allí lo ignoro todo. Lejos de aquellos años sorprendentes, cuando por apretar miles de veces unos cuantos botones para salvar princesas digitales me crecían las ampollas al parejo de las uñas, vivo hoy rodeado de botones casi tan familiares como mis dedos, con los cuales se llevan de maravilla. Me he habituado a vivir entre aparatos dotados de incontables botones reales y virtuales, sin los cuales me miro contrayendo una nueva paranoia, que es la de naufragar a orillas del pleistoceno. Y es que ahora los botones gozan de gran prestigio. Cada uno maneja los suyos a su modo, consciente de que no precisa entenderlos para ejercer el uso y abuso. Convertirse en inútil poderoso es sentir que se vuela sin pagar.
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Según la vieja lógica, oprimir un botón suponía desencadenar una cierta acción mecánica. En la era digital, mantenerlo oprimido infinitamente es desencadenar un número infinito de acciones y reacciones. Y por más que los dedos de un videojugador de toda la vida se reconozcan ágiles y sensibles, no les puedo pedir que sean consecuentes y asuman, cada vez que aprietan un botón, su responsabilidad en las cuantiosas operaciones implicadas a partir de un impulso en tal medida fácil y gratuito. ¿No es acaso el gatillo un botón, favorito por cierto de legiones de imbéciles entregados al mimo de impulsos primitivos y resentidos? ¿Qué son, al fin, los manipuladores, sino pícaros listos para encontrar botones de mando en cada una de nuestras debilidades? ¿Cuántas cabezas no rodarían si para ello bastara a sus malquerientes con apretar botones en la sombra?
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Los rebeldes sin pausa
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La gente, sin embargo, cree en los botones. Peor aún, hay gentíos ansiosos de volverse rebaños, pero sólo si quien los lleva a trasquilar cuenta con los botones decisivos. Que levante la mano y la gente se calle, que alce el dedo y ninguno se distraiga, que le suba al volumen y todos le aplaudan; que sepa hacerlos ir y venir, sonreír y enojar, vitorear o agredir, apoyado en la sola pulsación de su antojo. Un capricho, a todo esto, por demás anacrónico, tomando en cuenta los millones de millones de botones que están hoy día en manos y a la orden de Perico de los Palotes. Aun en los rincones mejor vigilados, no falta por ahí el botón de una cámara, o una grabadora, que por sí solos bastan para combatir a quien se siente dueño de todos los botones, y cualquier día de estos pasmar a su rebaño.
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A veces, sin embargo, lo que más pasma es que nadie se pasme. “No puedo apretar un botón y reinstalar a Zelaya”, ha respondido Barack Obama, nada más enterarse que el humorista Manuel Zelaya sugirió, aplaudido por un rebaño de autonombrados cubanófilos mexicanos, que el presidente de los Estados Unidos tenía en las manos la solución al conflicto hondureño: algo muy similar al bloqueo contra Cuba, sólo que ahora bendecido por Fidel. Y he ahí a los izquierdistas tenochcas, obsequiando ovaciones generosas a quien exige en sus meras narices que el futuro de toda una república de Centroamérica se decida ahora mismo en la Casa Blanca.
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¿Alguien puede creer que el cachorro de Chávez pida los privilegios de un Stroessner, Somoza o Pinochet, y encima lo ovacionen los fans de Castro Ruz? He ahí el gran peligro del botón: no hay que reflexionar, y ni siquiera estar del todo despierto, para accionarlo u obedecer a él. ¿Qué otra cosa puede querer el mandón Mel Zelaya, sino que le devuelvan sus botones? ¿Qué más busca Hugo Chávez, sino sumar de nuevo a su control remoto los prácticos botones hondureños? ¿Qué no daría este par por devolverle a Obama los botones que un día tuvo Richard Nixon?

viernes, agosto 07, 2009

De regreso

Salí de vacaciones por unos días, me desconecté de todo. Por fin vuelvo, pero mañana en la bitácora escrita ex-profeso a la partida de Carmen, podrán leer los detalles.

La conspiración de acuario

Diario Milenio-Puebla (06/08/09)
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Escrito por Marilyn Ferguson hacia 1985, el proyecto del libro La conspiración de acuario tuvo una inesperada cantidad de lectores. Los más de 500 mil ejemplares vendidos en Estados Unidos, aparte de su traducción a siete idiomas, dan testimonio de su éxito y de sus reediciones. Pudiera pensarse en lectores que necesitaban un asidero momentáneo a la vida. La versión castellana es de la editorial Kairós y cuenta con un prólogo de Salvador Peniker.
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Como se puede deducir por el propio tema, el material que preparó y editó Marilyn Ferguson (lleva por subtítulo “Transformaciones personales y sociales de este fin de siglo”), estuvo planeado y pensado para los lectores que entraran, sin importar la mucho la edad, a la experiencia de “comenzar a vivir el XXI”. Quizá era el propósito adentrarse a una experiencia con una anticipación de veinte años. Del tema, en su momento (ya han pasado casi diez años) se habló demasiado.
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De acuerdo al autor del prólogo, la idea que finalmente animó a Ferguson fue la aparición de un nuevo lenguaje utópico que tomara en cuenta (o que por lo menos no lo hiciera a un lado), el legado de la ciencia y de la mística.
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Por supuesto que el trabajo de Ferguson (no sé si haya una edición reciente de este libro), logró transformar la mentalidad de muchos de los sus lectores al cambiar su sistema de valores: “sobrevivir en una época de aceleración sin precedentes”.
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Marilyn Ferguson es autora de otro título que, al igual que La conspiración de acuario, también tuvo un éxito inmediato: La revolución del cerebro. En síntesis: la tesis de Ferguson es que las etapas de la transformación son muy difíciles dada la resistencia neurológica que los hombres oponemos siempre. Este libro es un pequeño peldaño para tratar de dejar a un lado esa resistencia. Sin embargo, sigue existiendo el miedo al cambio.
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Leo en la cuarta de forros que “La conspiración de acuario agrupa a millones de personas que están cambiando a la sociedad a través de su propio potencial humano”. Yo sólo he querido dejar aquí la referencia, me cuesta adentrarme al método. Debe existir la disposición de la gente hacia una actitud de exploración. Es el compendio de los cambios personales y sociales que habrá de presidir nuestra entrada el siglo XXI. Y de eso ya han pasado diez años, casi. Aún no es tiempo, pienso, de evaluar los logros. Sólo los casos muy aislados algo nos arrojan. Pero aquí está la referencia y el temor al cambio (lo dicen los psicólogos clínicos) aún se manifiesta casi en todas las personas. Finalmente, admite Ferguson que en La conspiración de acuario se da una lucha en todos los frentes contra la entropía: “buscamos lo improbable y queremos el azar”. Útil sugerencia, difícil para los hombres del XXI. La gran paradoja de los psicoterapeutas: ¡cámbiennos, no se atrevan a cambiarnos!

Bajo el cielo del Narco

Diario Milenio-México (04/08/09)
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Tuve buenos amigos durante la posadolescencia. Eso lo sabía entonces, en efecto, cuando se trataba de descubrir el mundo e irse a cualquier extremo (especialmente los menos pensados), pero lo sé cada vez más ahora, cuando me descubro citando sus palabras a la menor provocación. Uno de esos memorables amigos posadolescentes dijo alguna vez, por ejemplo, “no es raro que no exista, sino que exista, ¿no crees?”, con la pluma en la mano izquierda y la mirada perdida detrás de una nube gigantesca. Se refería al amor, por supuesto, fenómeno contra el cual escribíamos en ese entonces un largo manifiesto foribundo. La idea había empezado, como tanto en esa época, a raíz de un sesudo chiste. Nos molestaba la cursilería amorosa. La manera en que los nuevos amantes orquestaban los desplantes de su posesión nos causaba una especie de alicaída conmoción interna. La doméstica actitud resignada que emergía de hombres y mujeres hasta hacía poco independientes y activos, nos dejaba sumidos en largos trances metafísicos. La repetición cansina de los gestos y las palabras nos condujo a la parodia y, de ahí, entre risas, a la redacción del manifiesto aquel, todavía inédito. La pausa dentro de la cual se produjo la frase (“lo increíble es que siga existiendo”) fue sin duda uno de esos raros momentos que con frecuencia tacho de epifánicos. En efecto, a pesar de que la crítica contra el amor como lo veíamos existir frente a nuestros ojos era precisa y necesaria y vitrólica, los dos tuvimos la suficiente cantidad de autocrítica como para inclinar la cerviz y aceptar lo inaceptable. Maravillados.
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La frase vino a colación no hace mucho, leyendo las noticias sobre las sangrientas prácticas del narco en la frontera norte del país. Un día antes había cruzado la frontera de nueva cuenta, internándome en los terrenos de esta plaza que, según los diarios, se sigue peleando el Teo, alias El Tres Letras. Recordé que mis amigos (que siguen siendo, por cierto, amigos posadolescentes) ya no salen tanto como antes, prefiriendo las reuniones en domicilios particulares para así evitar, de ser posible, las balaceras. Se me vinieron a la memoria también las tantas y tantas historias que involucraban el secuestro del primo, o del nieto, o del padre. Vi una vez más los ojos preocupados; los puños enhiestos; los rostros ajados. Bajé la velocidad, como me era indicado con un ademán de mano, frente al retén militar que hace cinco años, cuando dejé esta ciudad fronteriza, todavía no se encontraba en el camino que utilizo para llegar a casa. Volví a bajar la velocidad cuando pasó a mi derecha y a toda prisa el convoy de cuatro camionetas con logo de la policía: las sirenas en alto, las luces rojas. ¿Así que esto es vivir en el imperio del narco?, me dije, más que preguntarme. ¿Así que así se vive en estado de sitio? ¿Así que esto era la guerra?
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Cuando finalmente llegamos a casa, nos aseguramos de cerrar bien las puertas. En voz sospechosamente baja, como si temiéramos las represalias de los fantasmas, nos dimos a la tarea de repetir todos los lugares comunes de la plática norteña: la desaparición del amigo del amigo; los truculentos detalles que animan las vidas de los secuestradores: su falta de empatía, su crueldad sin límites, la forma de su trabajo; el miedo que provoca que el vecino se asome a la ventana para ver, y que lo anima también a correr la cortina una vez visto lo que alcanzó a ver; la corrupción de una policía que está, a todas luces, al servicio del narco y no del estado; la corrupción de los políticos. La muerte que, en efecto, tiene permiso. Fue en ese momento que aquella frase epifánica provocada por los modos vulgares del amor vino a la memoria, aunque algo tergiversada (ahora diríamos: intervenida). Después de los miles y miles de muertos que ha producido una guerra iniciada por voluntad presidencial, y sin el permiso de la sociedad, desde 2006, lo raro no es que no exista una sociedad civil organizada y presta a ponerle el límite a una clase gobernante a todas luces inepta y torpe, sino que todavía exista. No es para nada extraño que una buena parte de la sociedad lúcida y pensante haya decidido anular su voto, sino que otros, los más, sigan apostándole, a través del mero acto de ir a las urnas, a la democracia. No es inusual que el miedo nos paralice, sino que también, a veces, provoque las ganas de hablar, y de hacerlo en el volumen más fuerte. No es rara la crueldad, aunque en estos lares y con la cifra de feminicidios creciendo en Ciudad Juárez y otros sitios de la república alcance límites casi impensables, sino que, en ocasiones, no exista.
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Eso pensaba exactamente ayer cuando, al desayunar en una pequeña taquería tijuanense (es decir, de Sonora), vi llegar a una pareja de adultos, recién bañados ellos, tomados de la mano. Eran amantes, eso se les notaba a la legua, puesto que se miraban de ése modo (y por amantes quiero decir que era evidente que conocían sus cuerpos, no que fueran necesariamente adúlteros). Y, mientras consumían sus alimentos, hablaban en el tono bajo que remite a la intimidad compartida. Se trataban, además, con cortesía. Se daban las gracias. Si mi amigo posadolescente y yo los hubiéramos visto entonces, cuando se nos vino a la mente la idea desparpajada del manifiesto contra el amor, seguramente habríamos escrito otra cosa. Lo raro, en todo caso, me dije en ese momento, no es que bajo el cielo del narco siga creciendo la saña y la muerte, la corrupción y la crueldad, sino que existan estos dos, aquí, recién bañados, prodigándose el uno al otro con los gestos siempre inéditos, siempre irrepetibles, siempre transparentes, de algo que, si fuera un poco más valiente, llamaría ahora sí, con todas las de la ley, amor.

lunes, agosto 03, 2009

La vileza positiva

Diario Milenio-México (03/08/09)
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Bendiciendo el desdén
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Hay palabras que ansían ser corrompidas. Esas que todo el mundo sabe positivas, de manera que una vez aplicadas sirven para encubrir cualquier turbiedad y suscitar aplausos más o menos unánimes. No vayamos más lejos, “positivo” compite con ventaja entre los adjetivos más corruptos del diccionario. Hoy día puede uno darse a propagar aberraciones de ínfima ralea y absolverse colgándoles el término de marras. Si antiguamente las buenas conciencias encontraban normal el ejercicio cotidiano de discriminar, quienes hoy las condenan y a su modo reemplazan encuentran por lo menos reconfortante ponerse a la vanguardia de la discriminación positiva. Creen, angélicamente, que aplicar las recetas más deleznables en el nombre de los mejores propósitos puede resolver otros problemas que los de su conciencia perezosa.
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Vayamos ahora lejos: Europa. Abundan por ahí las buenas intenciones hacia Latinoamérica. O mejor, los deseos positivos, que en varios de los casos no son sino una forma en apariencia tersa, si bien no tan sutil como ellos piensan, de discriminación común, corriente y mentirosa. A espaldas de los límites que solían poner los viejos discriminadores, los positivos son generosos en permisividad. De ahí que cuanto les parece del todo inaceptable en sus países, lo encuentren necesario ahí donde, suponen con candor, toda la situación del subdesarrollo plantea prioridades y métodos excepcionales. Una manera fina y educada de relegar al otro a la barbarie y dar por solventada la cuestión. Pues al fin no se trata de arreglar otra cosa que las tribulaciones histriónicas del discriminador positivo, de quien nadie dirá que es un insensible. El problema de las buenas conciencias es que no pueden con su malestar, les urge resolverlo para volver a su estado de gracia. Y eso, a los sátrapas de este lado del mar, les viene como bala en el revólver. Allá nadie quisiera saber nada de bombas y pistolas informales; a menos que la pólvora truene de este lado, en cuyo caso no faltará la justificación positiva: discriminación pura y además bendecida.
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2
Excepciones sudacas
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“Hay que darles en la cabeza y continuar hasta acabar con ellos”, declaró, nada más aterrizar en Palma de Mallorca, Juan Carlos de Borbón, en referencia a ETA, que ya pocos se tocan el corazón para reconocer en ella a una simple banda de asesinos. Y el problema tal vez no esté en que sean matones, sino que están muy cerca. Por eso nadie salta cuando el rey emplea términos que en otras circunstancias serían privilegio de terroristas. ¿Cuántas veces no habrán hablado los etarras de darle en la cabeza al soberano español? ¿Quién tiene tiempo ahora, con los verdugos en pie de guerra y un par de muertos frescos ahí tendidos, de apelar a la corrección política? ¿No es cierto que para eso está Latinoamérica, o África, o cualquiera de aquellas aldeas distantes donde los asesinos liberticidas se llaman combatientes de la libertad y hacen lo suyo en nombre de algún rebaño abstracto al que con puntería de tirano han apodado pueblo?
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No imagino siquiera cómo reaccionarían sus connacionales si un día de estos al presidente Rodríguez Zapatero se le ocurriera declarar a España un “estado proletario”, pero supongo que para hacerlo cierto tendría que secuestrar canales, estaciones y periódicos, penalizar la crítica y asumir el control total del gobierno. Todo ello a lo largo de unas cuantas horas, pues más de eso difícilmente duraría en el cargo. Y ya entrados en fantasías extremas, valdría preguntarse qué opinaría Miguel Ángel Moratinos, en su papel de ministro español de asuntos exteriores, de enterarse que el gobierno de Sarkozy brinda protección y armamento a ETA. O que ETA financió la campaña de un gobierno portugués hostil a España, en cuyo territorio los etarras se mueven como en su casa. Todas ellas suposiciones no sólo inverosímiles, sino inclusive estúpidas y por supuesto fuera de contexto. ¿O es que nos olvidamos de que esas desmesuras sólo están bien para los sudacas?
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3
De terror a terror
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Como habitante de Latinoamérica, no sólo no agradezco la permisividad de las buenas conciencias europeas, sino que la rechazo como a un pan con veneno. Entiendo que para llamar su atención, de ordinario ocupada en asuntos centrales y distraída de los periféricos, cuenta menos vender razones que folklore. Afortunadamente, no ando vendiendo nada. Dejé la canastita con la vendimia en la aldea donde vivía con mi tribu, esperanzados en el advenimiento del próximo caudillo regañón que nos sume al rebaño y nos redima en el nombre de aquellos disparates que entre los europeos del siglo XXI ya sólo invitan a la carcajada franca o la simpatía hipócrita. Me abruma, ciertamente, su buena voluntad, pero al final observo que ésta es más útil para matones y mandones, que acá pueden seguir cometiendo a placer —apoyados, de pronto, por entidades públicas y hasta gobiernos— las mismas tropelías por las que allá les darían duro y a la cabeza. ¿Y si fuera mejor para todos que en lugar de albergar tantas ideas pías fueran a confesarse de una vez?
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Hoy día, el ministro Moratinos trabaja activamente para fortalecer sus lazos con el gobierno de Hugo Chávez, en cuyo futuro invita a confiar, calculando tal vez que durará por proletarias décadas. Lo de menos es que éste persiga, embargue y criminalice a los inversionistas españoles, si lo que busca el optimista ministro es entenderse bien con el caudillo y hacer negocios de poder a poder. Lo de menos, también, es que hasta el mismo rey conozca en carne propia las bravatas del fanfarrón de rojo, o que se multipliquen las evidencias de su amplio compromiso con el terrorismo. Tal como la censura franquista dispensaba de sus atentos cuidados a cuanto libro viajaba hacia Latinoamérica, los bienpensantes de hoy duermen tranquilos en la creencia de que ciertos derechos básicos en Europa son en nuestros países privilegios burgueses intolerables. Si ellos tienen —y vigilan de cerca— a Zapatero, Merkel o Sarkozy, nosotros bien podemos contentarnos con el primer espíritu gemelo de Ahmadineyad que sepa calentar el odio del rebaño y vigilar cada uno de sus movimientos. Si esto no es asquerosa discriminación, ETA y sus abertzales son un club de filántropos.

jueves, julio 30, 2009

Cien poemas para hablar con Dios en español

Diario Milenio-Puebla (30/07/09)
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Me ha llegado en días pasados un libro que recientemente ha editado el gobierno del estado de Jalisco (Cien poemas para hablar con Dios en español) Antología de poesía religiosa, una investigación y selección del poeta Raúl Bañuelos, José Brú y Dante Medina.
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Como bien se sabe, la poesía mística tiene una gran tradición en las letras del mundo. Una de sus primeras manifestaciones se halla en la literatura medieval dentro de lo que se conoció (y se conoce) como hagiografías, la vida de los santos narrada literariamente.
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Coincide esta lectura de la investigación de Bañuelos, et al, con otra más que ahora tengo el gusto de leer de José Luis Camacho, quien ha realizado una tesis sobre el poeta español Fernando Rielo: “un representante de la mística hispánica contemporánea”.
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Ahí, en la tesis que defiende Camacho, escribe que es muy difícil, después del movimiento que Europa conoció como Romanticismo, seguirle la pista a los poetas místicos, porque había una especie de ruptura entre el pensamiento social de la época y lo que se estaba escribiendo. Es verdad. Sin embargo, el mismo autor de la tesis hace referencia a algunos poetas (como Merton, Bécquer o Concha Urquiza) cuya obra se ha abocado a la poesía mística concibiéndola como un estado de conciencia único y de experiencia trascendental. Es el equivalente a lo que la Edad Media conoció como “los poetas trovadores de Dios” o “los escritores que lograron hablar con Dios”.
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Sin duda lo que leo ahora en este libro coordinado por Raúl Bañuelos, Cien poemas para hablar con Dios en español, es el resultado de la influencia que todos los poetas aquí reunidos han retomado de la gran tradición.
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Permitiéndome una ligera libertad, voy a citar un párrafo que extraigo de la tesis de Camacho para ilustrar esa influencia no sólo en Rielo, sino quizá en todos los poetas que antóloga Bañuelos, Brú y Dante. Las palabras son del propio Fernando Rielo: “Yo recuerdo que siempre recitaba de memoria a Bécquer. Fue ése el poeta que me conmovió.” Bécquer, aunque no directamente y desde el Romanticismo, también es un poeta místico.
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En la antología de los investigadores de Cien poemas para hablar con Dios en español hay voces importantísimas: Ramón López Velarde, Elías Nandino, Leopoldo Lugones, Miguel de Unamuno, Fray Luis de León, Eliseo Diego, Ernesto Cardenal, Octavio Paz, Vicente Aleixandre o Pedro Garfias.
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Remato esta nota con parte de los versos del soneto incluido de Xavier Villaurrutia: “Este miedo de verte cara a cara,/ de oír el timbre de tu voz radiante/ y de aspirar la emanación fragante/ de tu cuerpo intangible, nos separa”.
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Cien poemas para hablar con Dios en español, una antología de consulta necesaria.

miércoles, julio 29, 2009

"Y volver, volver..."-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla-29/07/09)

Luis Sepúlveda, escritor de origen chileno, ha entregado a los lectores su más reciente novela “La sombra de lo que fuimos” con la que obtuvo el Premio Primavera de Novela 2009 y es publicada bajo el sello Espasa.
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“La sombra de lo que fuimos” empieza narrando la reunión de tres viejos revolucionarios que se da treinta y cinco años de su última tertulia. El que convoca: Pedro Nolasco; el punto de reunión: un almacén de Santiago de Chile. Pero camino al lugar de encuentro Nolasco se topa con un tocadiscos que ha sido lanzado desde alguna ventana, impidiendo así su presencia en la cita. Sin embargo, los amigos que se re-encuentran no son los mismos de antes, a pesar de ello y en ausencia de su ahora difunto amigo, deciden apropiarse uno de sus preceptos: ¿Qué, nos la jugamos?, el cual será su punto de lanza para vivir una que otra peripecia.
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Una novela que goza de un ritmo agradable y una perfecta construcción narrativa, lo que habla de la calidad del autor y la dedicación que tuvo a la hora de escribir dicha obra. Algo que todo lector agradecerá.
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“La sombra de lo fuimos” se inscribe en lo que algunos osan llamar: educación sentimental –que debe su nombre a “La educación sentimental”, novela de Flaubert-, o lo que Lukács llamó “novela psicológica de la desilusión”. Aquí algunos de los preceptos de Lukács que me parecen dignos de destacar, pues se hayan dentro de la novela de Sepúlveda: 1) su visión se fija en la Historia, como una nostalgia del pasado. Lo que indica que además, hay un reconocimiento de la función del tiempo en la novela; 2) la novela es la biografía de la nostalgia, es la expresión de la ambivalencia del hombre como sujeto, escindido entre el mal y los valores, entre la historia y la utopía; entre otros y así es como el lector debe entenderla, creo, al enfrentarse con esta novela.
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Sin los puntos, arriba señalados, no podía explicarse su excesiva carga de regionalismos.
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“La sombra de lo que fuimos” es una novela de fácil lectura y dejará al lector con un buen sabor de boca si se toma en cuenta la inscripción literaria ya comentada, de otra forma, podría parecer una novela plagada de sentimentalismo, cuyo único propósito es seguir escribiendo sobre las afectaciones generadas por la dictadura de Pinochet a una generación que para conservar la vida tuvo que huir despavoridamente de su tierra natal, perdiendo una vida y entregándose a otra plagada de recuerdos y de muchas ganas por volver a lo que un día fue.

martes, julio 28, 2009

Película como Aleph

Diario Milenio-México (28/07/09)
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En una de las escenas de Los Cuatro Amigos, una película dirigida por Arthur Penn en 1981, el inmigrante yugoeslavo Daniel Prozor le promete a Louis Carnahan, su compañero de dormitorio en Northwestern University, que el día en que el hombre llegara a la luna pensaría en él. Hacia el final de la película, justo después de haberse enredado en una pelea de bar, con vómito sobre el pecho del rival incluido, y descansando ya de la resaca en la casa que uno de sus mejores tres amigos comparte con una vietnamita, Danilo ve, efectivamente, las escenas que le dieron vuelta a los televisores del mundo: Neil Armstrong daba ese paso que era pequeño para el hombre, pero enorme para la humanidad. Entonces, fiel a su promesa, Danilo pronuncia el nombre del amigo y, porque va con su temperamento, ríe y llora al mismo tiempo.
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Que ciertos artefactos culturales tienen la virtud (o la desgracia, dependiendo del punto de vista) de crear extraños puentes con el momento en que aparecen o, como en el caso de esta cinta, con el momento en que vuelven a aparecer, me quedó claro cuando, por curiosidad, consulté el calendario después de ver esta escena: era, en efecto, un 20 de julio y, por el mundo entero aunque especialmente en Houston, se celebraba un aniversario más de la llegada del hombre a la luna.
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Vi la cinta de Penn, quien también dirigió Bonnie and Clyde así como Alice´s Restaurant, hace más años de los que quisiera admitir. Y, para demostrar una vez más que el cine no sólo ocurre en la pantalla, la memoria me permitió traer a colación el cine de barriada en el que me introduje entonces con los amigos entrañables de los que eventualmente me separó el fin de la adolescencia y el inicio de esa edad borrosa y amenazante que es la edad adulta. O semi adulta. O ya no adolescente en todo caso. Muy parecida a la trama de la película, el trío que entró al cine pagando a medias los boletos y con un aliento que traicionaba algunos días de desvelo y de fiesta, se debatía entonces contra los valores de la clase media y el aburrimiento que sentía ya pisándole los pies. El ruido inusitado de las cadenas. Justo como Georgia, la única mujer de ese cuarteto de amigos, el trío alzaba la voz contra toda clase de hegemonía, incluso la del amor, y se proponía cambiar el mundo o morir, de preferencia antes de los 30.
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Georgia, justo como Danilo, deja su barrio proletario en el este de Chicago; ella, para viajar por los Estados Unidos en su papel de hippie, y luego post-hippie, libertaria, y él para convertirse en el primer integrante de su familia en obtener un título universitario. A Tom, el tercer amigo, le toca ir a Vietnam; y a David, el judío, le corresponde hacerse cargo del negocio de la familia a una temprana edad. Que a Georgia le resulta natural amar a sus tres amigos lo demuestra el hecho de haberle ofrecido su virginidad a Danilo (quien caballerosamente la rechaza), para luego tener un hijo con Tom y terminar casándose con David. Todo eso antes de dejarlo todo atrás para treparse en un bocho rojo y descapotable que la llevará, junto con una nueva comuna de amigos, hasta Nueva York. Se trata, en efecto, del final de los años 60s. Y el fluir de las escenas parece indicar que todo terminará mal.
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A la película la encontré por azar, después de muchos años de no buscarla. Con el paso del tiempo me llegué a convencer de que o la había imaginado o era el producto de alguna alucinación más bien romántica. Todavía la tomé del anaquel pensando que se trataba de un alevoso, si no es que ridículo, error, y me preparé para la decepción con un tanto de palomitas. Bastó, por supuesto, revisar las primeras escenas para darme cuenta de que la película existía y de que, como algunos libros o ciertos momentos, se había quedado en algún lugar interno, en algún lugar muy hondo, bajo la llave tosca de la melancolía.
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Es recomendable, dicen algunos, leer un libro cuando el lector es más joven que los personajes y, luego, leerlo otra vez, cuando el lector ha rebasado ya la edad de los personajes. Nunca como con Los Cuatro Amigos he experimentado el vértigo que ocasiona el cambio radical del punto de vista que provoca el paso de los años. Poco sabía yo entonces, cuando tenía más o menos la edad de Danilo o de Georgia, acerca de lo qué venía después. Lo temía, como ellos; pero a diferencia de ellos, que alcanzarían su propio futuro en el contexto de, más o menos, dos horas, yo tendría que salir del cine y esperar años enteros para saber el desenlace. La vida real.
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Y los años, como se dice, pasaron. Salí del cine. Me despedí esa noche de mis amigos sobre una banqueta cuarteada y bajo un árbol que insisto en recordar como un árbol de jacarandas. Cada uno tomó un camino distinto para ir a su casa. Recordé el adiós, por supuesto, viendo la película. Y viéndola con absoluta incredulidad también vi los anuncios del futuro que, de manera obvia y sin embargo difícil de descifrar, me perdí entonces, en aquella edad. Me llamó mucho la atención, por ejemplo, la arrebatada identificación que establecí con el inmigrante que yo todavía no era, y que no tenía la menor idea de que iba a ser. Me tomó todavía algunos años dejar el país de origen y recorrer, como Danilo, la entrada en el nuevo. Tampoco sabía entonces, ahí, en las filas de atrás de un cine de barriada en la compañía tensa y romántica de los amigos salvajes, que con el paso de los años terminaría casándome con un yugoeslavo que, para colmo de males (o de bienes, dependiendo una vez más del punto de vista), terminó pareciéndose en demasía al joven actor —Craig Wasson— que le dio vida a un idealista y apasionado y temperamental Danilo Prozor. ¿Cómo iba a saber yo entonces que, justo como pasaba en la pantalla, alguna vez estaría yo inclinada sobre las tumbas de esos que habían llegado del viejo mundo y que no dudaron en cambiarse el apellido impronunciable, el Skvorc, por el que después heredaría, o no, a través de una ceremonia que en su desgarbo y en su alegría le habría agradado sin duda alguna a la rebelde de Georgia?
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Cabe la posibilidad, por supuesto, de que todo lo que cuento ahora sea real.

lunes, julio 27, 2009

Aviso importante.

He tomado una decisión importante que a muchos alegrará, a otros no les importará y a unos pocos les sorprenderá, quizá uno que otro intentará convencerme de lo contrario.
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Hoy me retiro de la escritura creativa, nunca he sido poeta, si acaso un intento. Por eso mejor me aparto. Me concentraré en mi columna, en leer mucho y en la vida, la maldita vida.

La columna ante el espejo

Diario Milenio-México (27/07/09)
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1 Antípodas ortopedias
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Es verdad que escribimos y leemos extravagancias con el fin de llevar una doble vida. Vivir una ficción es método eficaz para hacer que la vida se parezca a la vida, tal como uno quisiera imaginársela. Complicada, de pronto, porque sí. Difícil, por qué no. Tortuosa incluso, si para eso es ficción y trae paracaídas. Hay quienes se preguntan cuál es el objeto de asistir a relatos extravagantes, acaso porque se han enviciado tanto de realidad que ya empezaron a creer en ella, que es la madre de todas las extravagancias. No vayamos más lejos, ahora mismo acometo el párrafo presente como quien se aventura a desplazarse por tierras pantanosas. Leer un periódico, y aún más escribir para él, es el modo que algunos habitantes regulares de la ficción tenemos de hacer tierra. Una experiencia no siempre placentera, toda vez que la realidad acostumbra malvenir a sus prófugos con una salva de choques eléctricos que rara vez son causa de alegría. Para mayor desgracia, la realidad resulta un requisito para poder gozar de la ficción. Sin ella, no habría nada por enderezar.
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Hace algunas semanas que un novelista amigo me hablaba de la contaminación inversa. Esto es, cuando la realidad se mete en la ficción de un modo tan grosero e impertinente que logra desvirtuar su cometido y la vuelve irritante como un infomercial. Pocos quieren perderse en la clase de ficciones cuyo autor necesita opinar sobre todo, por encima de la historia que cuenta. El narrador se torna ciudadano y ya le da por confundir la página con púlpito. Nada que no le pueda ocurrir a cualquiera que viva atribulado por los golpes de la realidad y se niegue a callar la rabia resultante. Ahora bien, la ficción qué culpa tiene. Cuando un novelista es también columnista, queda comprometido a aterrizar regularmente en la realidad; así sea para luego sacarle la vuelta, los ojos o la lengua. Y hay que hacerlo con saña, además, si al cabo lo que uno hace, su oficio principal, consiste en corregir lo incorregible y darle un orden a lo inconmensurable. ¿Esperan que al bajar al limitado mundo de lo posible lo haga uno con la sonrisa puesta?
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2 Terapia de combate
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Tampoco es que me queje, si pasa lo contrario. Saber que cuando menos un día a la semana —el domingo, en mi caso, se diría que religiosamente— puede uno invadir la realidad cuchillo en mano, aunque tal vez no logre ni rasguñarla, es aferrarse a un equilibrio precario en apariencia, de hierro en realidad. Pasarla bomba, en términos periodísticos. ¿Qué sería de la literatura si no tuviera vicios como el de hurgar con morbo en el periodismo? Igual que el periodista, el ficcionante anda en busca de sangre fresca y caliente, aunque no todo quepa en la ficción. De repente es preciso dar la cara a la realidad en sus propios terrenos, y en lo posible darse a abofetearla. Si no, como quien dice, a qué vino uno. Pero la realidad es animal cobarde y traicionero. Imposible saber si lo que uno quería que fuese bofetada terminará cumpliendo el papel de caricia.
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Se escribe una columna periodística con el cuchillo en alto y los sentidos en alerta máxima, pues apenas hay tiempo para arrepentirse. Quiere uno disminuir las probabilidades de meter una pata —beneficiosas para la novela,donde se tiene tiempo y espacio ilimitados, pero letales en el periodismo— aunque sabe que ni la más extrema precaución garantiza la ausencia de tropiezos mayores, como cualquier día de estos despertarse diciendo lo contrario de lo que se quería decir. Sucede incluso en medio de un idilio, cuando está uno seguro de que todo lo sabe; cómo no iba a pasar en la escritura, donde no hay más maestro que el error. Fatalmente, para casos como estos hay una ley de Murphy según la cual sólo el error más grande consigue llegar vivo a las rotativas, de modo que uno se lo topa por fin en la página impresa, cuando sabrá el demonio cuántos enterados ya lo habrán atrapado con los dedos en la puerta. “Habrá quien lo celebre”, se dice uno, abatido por el autodesprecio narcisista que la ocasión exige. No pocos ficcionantes, por lo tanto, vemos a la columna periodística como una suerte de terapia draconiana cuyo fantasma nos persigue la semana entera; sin la cual, nos tememos, dejaríamos en desuso al reloj y la brújula: pérdidas catastróficas para un novelista.
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3 Bipartición fecunda
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La profesión se va comiendo al individuo. A medida que el juego se desarrolla, su costumbre no sólo gana peso sino asimismo profundidad. Se ejerce ya no sólo en soledad, herramientas en mano, sino en todo lugar, con o sin compañía. Hay apenas escasas oportunidades de reparar en asuntos ajenos a la obsesión reinante. Inclusive el amor, fuerza inconmensurable, agacha la cabeza ante el empuje monomaniático de un deforme profesional. En el caso de la escritura, se vive a veces, si no todas las veces, sólo para buscar el alimento de los monstruos que mantiene. Una novela, un blog, un guión o una columna periodística suelen ser adefesios celosos y voraces. Uno mismo los mira intercambiar mordidas a la hora de expropiar trozos de realidad y llevarlos a sendas madrigueras.
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Poco descanso queda entre tanto trajín, pero es que no quiere uno descansar. Alimentar al propio tiempo a dos o más proyectos en esencia distintos y excluyentes no es propiamente oficio de locos, pero así lo parece y de eso se trata. Si la ficción no es más que el territorio de la ilusión, la realidad lo es del desengaño. El heroísmo de ciertas profesiones —el periodismo entre ellas— consiste en condenarse a nunca más vivir fuera de los dominios del desengaño. Por lo pronto, es domingo y termina la columna. Es decir que ya es lunes y no hay marcha atrás. A diferencia del resto del mundo, la columna está lista. Me queda la impresión más bien literaria de que tengo control sobre un pequeño trozo del destino. Suspiro, como al fin de una noche de pasión con la mujer equívoca. Me consuelo pensando que lo demás del mundo no está mejor y todo necesita corrección. Ante la intransigencia de la realidad, la doble vida elige ir adelante.

jueves, julio 23, 2009

Retos de la gestión cultural-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión 23/07/09)

La cultura es el hilo conductor que une el pasado con el futuro porque es lo único que nos explica en toda su dimensión las contradicciones de nuestro presente. Desde esa óptica privilegiada debe discutirse la política cultural —al fin y al cabo una política pública debe dejar de lado la improvisación y la coyuntura para convertirse en el eje estratégico desde el que se planee en materia gubernamental.
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En México hay que ir a fondo, y ya, en la materia. Legislar en primera instancia. Utilizar al INEGI y realizar el primer censo cultural del país. No se pueden tomar decisiones sin información, pero no se puede interpretar la información sin un adecuado análisis cultural.
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Se ha trabajado recientemente —el caso uruguayo es un ejemplo destacado— sobre la perspectiva de que la cultura da trabajo, de que genera desarrollo. Para documentar este argumento se ha recurrido a los índices de PIB generado por la cultura —particularmente por la industria cultura— e incluso a estudios más sofisticados del sector. Sin apartarnos de la veracidad y contundencia de este aserto creemos que la cultura es mucho más que un simple vector de la economía (aunque sin duda uno mucho más importante que el que los propios economistas destacan): es lo que le da sentido a cualquier cifra o a cualquier diagnóstico.
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Las identidades, por más evanescentes o reconstruidas que sean, le dan cuerpo al ser humano, son su memoria y su sentido. El hombre analiza la historia y la hace al mismo tiempo.
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Este país está urgido de políticas culturales regionales que descubran la vocación de cada zona y la potencien, no que repitan las mismas fórmulas (casas de cultura en los 70, institutos de cultura en los 80, consejitos de cultura en los 90 y una mezcla muy gagá de todo lo anterior en la primera década del siglo XXI), porque la cultura ha dejado de ser el bastión de la construcción de una ideología —el Estado revolucionario— para pasar a convertirse en una amalgama de préstamos y en un problema burocrático. A la presidenta del Conaculta no le basta con ser eficiente, le urge imaginar. Le urge creatividad.
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Prioridades de la política cultural estatal o regional deben ser la puesta a punto de la infraestructura cultural, la definición de microrregiones culturales y la identificación de sus fortalezas y de sus puntos débiles, para después pasar a trabajar con la formación artística y de públicos. Al último, no al principio de la pirámide, debe estar el artista porque existen otros lugares alejados del centro del espectro (universidades, institutos, conservatorios, talleres, etcétera) donde el aprendizaje del oficio se va generando lo mismo en las artes plásticas que en las escénicas o la literatura.
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El Estado mexicano ha invertido más en política cultural que ningún otro estado en América Latina y, sin embargo, el embudo cultural reproduce la falta de oportunidades sociales.
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El artista como el universitario es ya un privilegiado en un país con nuestras carencias: hay más talleres de escritura que de lectura en este país, con lo que hay muchos aprendices de escritor que no leen, ni leerán, y que más temprano que tarde dejarán el oficio para buscar otro lugar.
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Parece que en México queremos seguir dando palos de ciego en materia de política cultural. Lo que tanto se criticó —el concepto de animación cultural francés ya allí mismo caduco—: se gastan fortunas en festivales con asistencias mínimas y se ha olvidado que el grueso de la población carece del más mínimo acceso a la cultura. La cultura ni se anima ni se promueve solamente. Mal haría cualquier orden de gobierno en concebirse a sí mismo como una especie de enorme ¡atizador! de la cultura…
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La política cultura requiere que aunque sea por una vez nos pongamos serios. Empecemos a debatir.

Paracaidismo institucional-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 23/07/09)

No soy el ni el primero ni el último de los ciudadanos que lamenta por escrito la costumbre ya casi entrañable de hacer un uso político de la fealdad en el mero corazón del país. El gesto paradigmático de banalización del Zócalo en los últimos años fue la toma a que lo sujetaron los petroleros a principios de los noventa. Lo transformaron durante un buen par de meses en un campo de refugiados de la ONU.
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La llegada al gobierno local de López Obrador convirtió este uso oposicionista en un gesto de gobierno financiado por nuestros impuestos: ni más ni menos que la Plaza de la República –según el escritor chileno José Donoso el único espacio verdaderamente imperial del continente americano- transformada a perpetuidad en un juguete. La pista de hielo más grande y fea del mundo; el sitio más impráctico para una Feria del Libro; el albergue para las carpas deprimentísimas de la exposición Huellas de la historia –que está muy bien, pero estaría mejor en otro predio.
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La plaza que está ahí para recordarnos toda la sangre y todos los impuestos que hemos derramado los mexicanos para poder serlo, sujeta al paracaidismo institucional. El caso no sólo no es único en la historia, está intrínsecamente mezclado con la fundación misma de la ciudad.
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Después de años de batallar contra todo y ganar siempre contrapronóstico, Hernán Cortés tuvo un momento de sosiego casi melancólico. En el otoño de 1521, el extremeño del que nunca se esperó nada y que terminó sometiendo a un imperio, se retiró a Coyoacán a pensar en lo que tenía que hacer después de haber duplicado los territorios de Carlos I. Su carta del 15 de mayo de 1522 dejó un testimonio sorprendentemente culposo sobre ese momento de reflexión en torno a algo que ya nunca nadie más iba a volver a ver: el apogeo de la ciudad que él llamaba –desde el feraz monolingüismo castellano- Temixtitán.
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El que haya vivido un periodo montado en una tormenta –Borges decía que tal vez todos los seres humanos tenemos todas las experiencias humanas- sabe exactamente de qué tipo de melancolías estoy hablando. Esa hora lenta y honesta en que uno se talla la cara y piensa: Ya le partí el cuajo a esto; ¿ahora qué hago con los pedazos?
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La ciudad cayó el 13 de agosto; el 17, ya encerrado en Coyoacán, dio la orden de que le encargaran a Moctezuma su limpieza.
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Inmediatamente después fundó el primer Cabildo, que en una de sus primeras recomendaciones señaló que la capital del nuevo reino debería estar en Coyoacán, Tacuba o Texcoco.
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Es en ese momento en el que Cortés desconfía de las estrategias para lo inmediato que habían estado imponiendo el derrotero de su vida: el modelo de hombre de acción para el resto del futuro, se detuvo y pensó. Hacia finales de septiembre propuso la estrategia simbólica en la que tal vez se haya basado el éxito del dominio de Castilla para los siguientes 300 años. Que la capital del reino que hasta entonces habían improvisado él y sus hombres se asentara en el corazón del antiguo imperio.
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Poco menos de un año después el propio Cortés justifica su decisión ante el rey –defendida a sangre y fuego, como todo en su vida-: la ciudad de México “era cosa tan nombrada y de que tanto caso y memoria siempre se ha fecho” que había que aprovechar las ventajas políticas de esa situación. “Como antes fue señora y principal de todas estas provincias, lo será también de aquí en adelante”.
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Más allá de que la limpieza de Tenochtitlán debió de ser tortuosa; aun si trabajaron en ella todos los supervivientes de su caída, la oposición del Cabildo debió de ser muy recia: Alonso García Bravo no comenzó la traza de la capital hasta fines de diciembre y gracias a que Cortés ya había mandado a sus hombres más leales a sentar sus predios en lo que hacía sólo meses había sido tierra sagrada.
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Aceptémoslo de una vez para ver si así podemos remediarlo: la ciudad de México tal como la conocemos fue fundada por paracaidistas.

Los pobres árboles del zócalo

Diario Milenio-Puebla (23/07/09)
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Recuerdo nítidamente un accidente ocurrido ya hace ya treinta largos años. No sé qué organización cultural invitó a Chava Flores a dar un concierto en el Zócalo de la ciudad. Quizá lo que aquí cuento se pueda rastrear en alguna hemeroteca si es que se registro ese hecho. Por lo pronto sólo puedo confiar en mi memoria.
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Chava Flores (en 1979) cantó y bromeó con el público como era su costumbre, dándole la espalda a la fuente de San Miguel. Ésa es la única ocasión que lo vi en mi vida. Entonces, casi al terminar su participación, se vino abajo la rama de un árbol cayéndole sobre la cabeza a un hombre que estaba muy cerca de mí. Tardaron en darle los primeros auxilios pero jamás indagué, ni a través de la prensa, qué fue lo que a él le ocurrió. En aquel momento no hubo mucha alharaca: se olvidó rápido el asunto.
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Han pasado treinta años y también, por consecuente, varias administraciones del ayuntamiento en Puebla y, hasta hace unas cuantas semanas desde entonces, no se había dado un accidente como el ocurrido el pasado domingo 5 de junio en el que una niña de seis años lamentablemente perdió la vida luego de que un árbol le cayera encima. Según lo he leído en la prensa, los funcionarios del ayuntamiento conocían del peligro.
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Ante lo sucedido la administración actual del ayuntamiento, ha ordenado podar de una buena vez los árboles con el fin de evitar una tragedia más. Sin embargo, no se ha tratado de una simple poda. Estoy de acuerdo con Julio Glockner: ha sido una labor infame, de destrucción sin precedentes, la que se está haciendo sin ningún criterio, al tirar los árboles completos sin mediar quizá un dictamen certero de lo que debe o no debe podarse. Por lo pronto creo se les ha pasado la mano a los trabajadores del ayuntamiento y el zócalo luce ahora, como opina la gente que gusta de pasear por ahí, “pelón”.
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La administración del ayuntamiento ha tomado otras medidas más como la destitución de algunos funcionarios. Laudatorio, pero ya no se puede volver atrás.
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Pobres árboles del Zócalo.
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El ayuntamiento contrató a gente especializada en el tema pero, al igual que Julio Glockner, no estoy tan seguro de que se haya hecho un buen dictamen para determinar qué se debía y que no se debía podar.
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Pobres árboles del zócalo, nunca antes habían sufrido semejante agresión. Luce diferente el panorama, infame, sin sombra. Pero a lo mejor muchos estamos malinterpretando las cosas y esto sólo se deba a la dignificación del Centro Histórico.

1968-1971, Los jefes del rock

miércoles, julio 22, 2009

"El dinero del diablo"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla-22/07/09)

Alrededor de abril, en este mismo diario, una serie de amigos reunimos nuestros artículos en un suplemento -“Virtud y fortuna”- para rendirle homenaje al escritor poblano más reconocido en los últimos años y que para fortuna de nosotros, resulta ser también nuestro amigo: Pedro Ángel Palou. Las flores ahí vertidas ni fueron en vano ni estuvieron de más, fueron sinceras, precisas. El texto con el que participé (“Pedro Ángel Palou: consistencia literaria”), se concentra en algo que encuentro a lo largo de su obra novelística: la consistencia en la voz narrativa-poética.
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A lo largo de la producción de Pedro Ángel uno se puede encontrar con temas variados que van desde lo histórico hasta lo fantástico, teniendo así una falta de linealidad aparente, como alguna vez reclamó el colérico Lemus. La linealidad para algunos la encontró hasta su trilogía de los fracasos históricos: “Zapata”, “Morelos” y “Cuauhtémoc. Sin embargo, en Pedro existe una linealidad que va más allá de lo temático y viene a romper el orden canónico: consistencia en la voz narrativa, esa es su linealidad.
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La novela que me convoca, “El dinero del diablo”, editada por Planeta, (finalista III Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica) es la combinación perfecta de fantasía e Historia, temas que a Palou fascinan y que están hilvanados por voz poética que nos contó la vida de Zapata o nos habló de Magnolia.
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Esta novela está divida en dos momentos: el histórico y, digámoslo de una forma extraña, el ficcional-fantástico-real. Momentos que se intercalan para contar cómo una serie de asesinatos acontecidos en las recámaras del Vaticano desencadenan una investigación efectuada por el detective Gonzaga, quien podría encontrar la respuesta que necesita para resolver el acertijo en los días de 1929, cuando el poder de la Santa Sede crece al amparo de Mussolini y Hitler, al mismo tiempo que de forma extraña Pío XI es sucedido por Pío XII.
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La conjugación de Historia y ficción-fantasía-realidad no es el único acierto de esta novela, está también la perfecta construcción de los personajes como Gonzaga, el detective que además de ser un jesuita rebelde y adinerado, es mal visto por la Iglesia; sin embargo es el más indicado para llevar la investigación, pues goza de una fabulosa distancia. Otro acierto es el manejo de tiempos en cada uno de los momentos; el momento histórico se asemeja a la narración efectuada por algún historiador: siempre hablando en pasado, pero la clase o la conversación con dicho historiador bien pudo haber sucedido ayer u hoy. Por último, el ficcional-fantástico-real: algo que está pasando o tiene poco de haberse realizado, da la sensación de estar ahí, al lado de Gonzaga.
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Una novela, querido amigo, que al leerla lo divertirá al mismo tiempo que podrá tener una postura crítica ante la canonización de Pío XII.

Del exilio y la espera

Tengo miedo de tu exilio,
de la distancia
y del regreso.
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Decíamos que la felicidad
traiciona la escritura,
preferiría no volver a escribir.
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Al ayudarte a partir, sabía en el fondo
que me estaba ayudando a morir.
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Ahora que intento escribir,
presiento que la felicidad
se me va de las manos.
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Las palabras han sido mis aliadas,
pero tengo miedo de la combinación
que puedas tener con ellas.
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Tengo miedo de tu silencio,
de tu regreso
y de las palabras.

martes, julio 21, 2009

El gesto de la actriz

Diario Milenio-México (21/07/09)
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La había visto, es cierto, pero, para ser franca, no la había visto. La recordaba de alguna telenovela en la que una barbilla usualmente erguida y una voz en volumen algo alto la habían ayudado a representar a una prostituta joven y de cierta clase. Creo que la tenía en mis recuerdos entre el adjetivo dramático y el adjetivo estridente. Su rostro también me había dejado huella después de aparecer —acaso demasiado efímeramente— en un par de películas. Pero, a decir verdad, yo a Cecilia Suárez no la había visto hasta que vi, al menos dos veces, las secuencias morosas y magistrales de Párpados Azules, la ópera prima de Ernesto Contreras. Después de esa actuación, una de las más memorables entre las ejecutadas por ese grupo de actrices mexicanas que buscan con afán un lugar propio más allá de la televisión y el cine comercial, me será muy difícil olvidar el espacio íntimo y perturbador de ese rostro. La belleza, en este caso, es lo de menos (aunque nunca está de más). Lo que en verdad cuenta, al menos después de ver Párpados Azules, es que en ese rostro se desdoblan, iluminándolo a voluntad, los gestos de la actriz verdadera. Sutil como el filo de la proverbial navaja. Delicada hasta el colmo de la herida. En posesión del control que, por serlo, se parece tanto al estar a punto (de morir o de vivir, da lo mismo). Abierto, como lo demanda la frase “dar la cara”, pero igualmente vuelto de manera inevitable sobre sí mismo, el rostro de Cecilia Suárez estremece.
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Dicen las varias máquinas de búsqueda en internet que Cecilia Suárez nació el 22 de noviembre de 1971, en Tampico, Tamaulipas, un estado en el que, de acuerdo con La Tuta, uno de los capos líderes del grupo de narcotraficantes conocido como La Familia, “está el mal de toda la república”. Sin afán de contradecir (no vaya a ser la de malas), y tal vez presa de esa aspiración no necesariamente localista (yo también soy de Tamaulipas) de poner todas las cosas en su justa balanza, habrá que recordar que, antes de irse a estudiar actuación a Illinois, y antes de cualquier otra cosa de hecho, la Suárez es de esas broncas tierras del noreste mexicano. Así que algo bueno debe haber, en definitiva, en ese lugar donde se concentra tanto y tan contemporáneo “mal”.
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Ha sido muchas antes pero, en Párpados Azules, Cecilia Suárez es Marina Farfán, una empleada de una empresa de uniformes que aparece primero en la pantalla frente a un mostrador de vidrio, doblando ropa. De movimientos regulares, hombros caídos y actitud ensimismada, la mujer es esa máquina anómala que produce un ruido apenas audible e ineludible a la vez. Esa actitud, entre resignada e invisible, entre mecánica y frágil, es la misma que utiliza cuando el azar le regala de un premio: boletos para dos y estancia por diez días en un hotel con todos los gastos cubiertos. La actriz abre los ojos y sin apenas mover otro músculo del rostro sugiere que hay algo, que hay mucho más, de hecho, detrás la expresión que transforma la cara en una intrigante máscara. Que la timidez de la que hace gala no es signo de indefensión lo deja claro Marina cuando confronta al dueño de la panadería que le escatima el cambio correcto; o cuando, a pesar de los malabares manipuladores de la hermana, se niega a caer en un chantaje a todas luces alevoso; o cuando después de haber recibido un número de teléfono, se decide a marcarlo. “Qué bueno que me hablaste”, le dirá después, en un restaurante y frente a platos de spaghetti, Victor Mina, el otro tímido.
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Más solitaria que tímida, a Marina Farfán le resulta difícil introducirse en, y luego permanecer dentro de los confines de, la conversación. Más silenciosa que inexpresiva, Marina se concentra en detalles nimios del paisaje o de los objetos sin apenas darnos otro tipo de información. ¿Cómo son los mundos a los que su rostro nos anuncia que parte cuando el exterior deja de interesarle? El espectador no lo sabe, es cierto, pero quiere saberlo porque el rostro de la actriz anuncia a través de gestos minúsculos que lo que yace detrás es enorme o misterioso o, en todo caso, irrepetible. Marina Farfán comparte por primera vez un día de campo en plena ciudad con Víctor Mina pero, eludiendo el lugar común del diálogo donde los futuros amantes comparten las historias de su vida, Marina habla escuetamente y luego, cuando le toca el turno de escuchar, prefiere concentrarse en el misterio de los hilos que conforman el mantel. No hay desdén o comentario moral ni en su silencio ni en la magistral fotografía del momento. Al contrario, lo que despierta ese gesto, capturado por la cámara en un gran acercamiento, es curiosidad. ¿Dónde está Marina Farfán cuando está con Víctor Mina en un camellón citadino? Producir esa tensa interrogante —ese inaugural deseo— con un guión minimalista y de la mano de diminutas inflexiones es lo que constituye una verdadera lección de actuación. Sin necesidad de movimientos abruptos y a contracorriente de una cinta que avanza con deliciosa dilación, la actriz da a entender que la velocidad, aquí, es interna. Hay mundos inauditos, mundos de suyos inexpresables, detrás del azul de los párpados. De eso, tal vez por eso, estos dos tímidos se enamoran. El proceso ocurre abierta y morosamente frente a los ojos del espectador y, sin embargo, permanece oculto tras la paradójica apertura del rostro. ¿A qué horas pasó todo? ¿En qué momento el enojo se transformó en propuesta de matrimonio? ¿Dónde se fraguó el sí que Marina Farfán le regala, dentro de una versión posmo del arca de Noé citadino, a Víctor Mina?
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El director no sólo despliega un gran control actoral sino que contribuye con una dirección de cámara que pone en juego el sentido “natural” del tiempo y el sentido “histórico” del espacio. Despojada de la muchedumbre que la distingue con frecuencia, la Ciudad de México emprende aquí un viaje por ese mítico túnel del tiempo del sentido cronológico. Tanto la edad de los departamentos —el diseño de los mosaicos, por ejemplo, le corresponde a la década de los 40— como la inexistencia de los objetos de la tecnología contemporánea —tanto el celular como la computadora brillan por su ausencia en esta cinta— develan un punto melancólico de mediados de siglo XX. Sin embargo, los anuncios del tráfico y las selecciones musicales traen ecos más recientes. Estos empleados cuasikafkianos no son, tampoco, apropiadamente (es decir, estereotipadamente, sobredramatizadamente) pobres. Entre más evoco escenas completas de la película, más me convenzo de que habría sido muy difícil subvertir esos contextos de tiempo y de espacio, utilizando además una trama mínima, sin la contenida y delicada y magistral actuación de la Gran Cecilia Suárez. Salut.

Aquí mi vida medida según una aplicación del Facebook

Alfredo calculó su tiempo de vida, y el resultado fue:
Has nacido en Jueves
Desde que naciste han pasado: 24 años
Desde que naciste han pasado: 293 meses
Desde que naciste han pasado: 8,916 días
Desde que naciste han pasado: 213,985 horas
Desde que naciste han pasado: 12,839,100 minutos
Desde que naciste han pasado: 770,346,058 segundos
Tu corazón ha latido más de 898,737,000 veces!

lunes, julio 20, 2009

Permiso para infringir

Diario Milenio-México (20/07/09)
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El arte de licenciarse
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A los dieciséis años supe que no es lo mismo licencia que permiso. Si quería ejercer como hijo consentido, necesitaba de un permiso provisional para conducir, toda vez que una licencia de manejo sólo podía obtenerla con dieciocho años. La diferencia estaba en que el permiso no garantizaba infracciones, ni era reconocido por las compañías aseguradoras. Ya en la práctica, pues, el documento solamente servía para iniciarse en las lides de la extorsión y el soborno. Se daba uno permiso para sortear la falta de licencia justo en aquellos años en que más infracciones cometía.
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“¿Saben, muchachos, por qué causa infracción seguir a una ambulancia?”, había preguntado el instructor del curso requerido para obtener el permiso de marras. No lo recuerdo bien, pero debo de haber levantado la mano buscando una excepción. “¿No será porque las ambulancias corren a exceso de velocidad?”, respondí preguntando, a lo que el instructor asintió, satisfecho. Ya no quise insistir, me conformé con dar por hecho que era lícito perseguir a la Cruz Roja, mientras no rebasara la velocidad máxima, y por un tiempo me sumé a la infaltable pandilla de buitres que suelen disputarse el primer sitio del raudo cortejo. Un lance de alto riesgo, pues supone ir tan cerca de la sirena que ningún otro carro consiga meterse, y lo bastante lejos para no ir a estrellarse con la ambulancia.
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Uno recuerda sus años azarosos menos por las licencias que le dieron que por aquellas que se tomó, muchas veces no tanto en busca de problemas como tratando de sacudírselos. Ir tras una ambulancia para salir de un embotellamiento es opción atractiva para quienes se miran agobiados por alguna premura desquiciante, que a su vez los faculta para mirarse tan urgidos de una sirena como el herido que va en la ambulancia. Si unos creen que su edad les da licencia, otros llevan por causa una premura fuera de control. No tienen tiempo para pedir permiso.
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Entendamos al raptor
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Se sabe que las causas nobles en la teoría permiten que en la práctica sus seguidores se den ciertas licencias. Pues como tantas causas imperativas, la suya tiene siempre más prisa que paciencia. Hay que ver qué canalla va a estorbar a propósito a una ambulancia, cuya causa es sin duda noble y urgente. El problema es que hoy día son tantas las causas y sus prisas que se ha hecho harto difícil distinguirlas. No podemos saber si detrás de la ambulancia viene un coche repleto de secuestradores. O si tal vez dentro de la ambulancia, previamente tomada por narcotraficantes, viaja una tonelada de cocaína. Imposible enterarse, asimismo, si los maleantes en cuestión tienen o no licencia para hacer lo que hacen; es decir, si lo que los impulsa es la pura ambición o alguna cierta causa permisiva. En cuyo caso no serían maleantes sino combatientes, y así reclamarían licencia para todo.
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El problema de ciertas causas presurosas es que sus impulsores rechazan otros juicios que los propios. No hay quien los fiscalice, pues de entrada se asumen portadores y ejecutores de verdades tan grandes que nada puede anteponerse a ellas. Y son ellas, no ellos, las que les dan licencia de cometer las peores tropelías y asociarse con carne de patíbulo con tal de ir adelante con La Causa. No piensan en sí mismos, nos aclaran, y si somos escépticos seguramente nos darán el trato que se gana quien no deja pasar a una ambulancia.
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Las causas que se juran desinteresadas y se anuncian mesiánicas difícilmente aceptan auditores. Insinuar que algo chueco se mueve en sus entrañas es para sus adeptos una canallada, si ellos mismos jamás se cansan de repetir a quien quiera escucharlos que es muy honroso hacer todo cuanto hacen y estar donde están. Tanto se han pertrechado de coartadas y eufemismos, que saben distinguir entre un secuestrador y otro secuestrador, si pasa que uno de ellos es también combatiente, y por lo tanto tiene licencia.
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El tamañito del crimen
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Me encantaría saber qué esperarían los simpatizantes de las FARC, en el caso de una eventual victoria, de los que hoy se dedican entre otras cosas al secuestro, la extorsión, el narcotráfico y el asesinato. ¿Será que, ya con el poder en las manos, renegarían de los viejos medios y arrestarían a sus antiguos socios y valedores? ¿Para qué, pues, si ya sus bienquerientes se han mostrado de acuerdo en concederles todas las licencias? ¿Quién más que ellos suspira por vivir al amparo de un poder licencioso y prohibir al unísono las disensiones?
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Hay quien dice que es cosa de opinión. Ser abierto a las opiniones ajenas implica, según esto, respetar a quien no las respeta. Basta con que uno opine que un matón no es matón para que lo redima la relatividad —táctica socorrida en las prisiones, donde cada quien hurga buscando su inocencia— y al cabo lo rescate la legitimidad. Traficar, secuestrar, chantajear, financiar candidatos y hacerse de gobiernos secuaces son, según sus apóstoles, actos legítimos y dignos de encomio. Se les mira correr exaltados, furiosos, tras la ambulancia de una causa mayúscula, esgrimiendo las mismas licencias que acostumbran usar los esbirros de las satrapías. Hablan de libertad, pero ya se les queman las habas por tomarle el dictado a su caudillo.
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Dar o darse licencias es trámite sencillo. Lo complicado es luego retirarlas. Una vez que los combatientes del autoritarismo libertario se han permitido todas las crueldades en el nombre de una abstracción a modo, y encima han recibido la sonora aprobación de su hinchada, no parece que aspiren sino a ir adelante con esa permisividad selectiva. Pues los hinchas están en tantas partes que ahora mismo no paran de sucederse las evidencias de complicidad. Una vez que se admite que la causa es más grande que el crimen, nada hay más fácil que perder a éste de vista tras la inmensa figura de aquélla. ¿Crimen? ¿Cual crimen, si aquí está mi licencia?

domingo, julio 19, 2009

Una flor, es una flor.

Que a uno le digan poeta es demasiado, pero que provenga de una mujer que sí es poeta, es belleza pura, flor eterna.
Y eso es lo que hizo Ana en su blog.
Gracias, pues, por la flor inmerecida.

jueves, julio 16, 2009

Temporada de zopilotes

Diario Milenio-Puebla (16/07/09)
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El prolífico escritor Paco Ignacio Taibo II recientemente ha publicado una historia narrativa de la Decena Trágica, bajo el sello Planeta. En la portada se deja leer una sentencia dura, pero no por menos irrebatible: “En este país hay muchos hijos de la chingada y los peores son los seis generales que dieron el golpe contra Madero”. En este episodio de México y de Francisco I. Madero, en Taibo II se conjuntan sus oficios de historiador y de novelista.
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Taibo II describe a un Madero confiado, dedicado en una época de su vida a la homeopatía a favor de los pobres, un presidente que nunca se enriqueció con el poder. Cuando matan a Gustavo Madero, luego de los engaños y trucos de Victoriano Huerta, los médicos que le practican la autopsia dan cuenta que tiene unos cuantos billetes escondidos en uno de los calcetines. Por más que buscaron los golpistas, no hallaron nada que inculpara a la familia de Madero y que tuviera que ver con la corrupción.
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Trascribo por su importancia y porque se trata de unas cuantas líneas que hablen del contenido de Temporada de zopilotes, la cuarta de forros: "La tensión estaba en el aire. La ciudad de México era un hervidero reaccionario y porfirista donde los generales que juraban fidelidad al presidente Madero conspiraban por las noches para dar un golpe de Estado.
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”¿Pero qué ocurrió exactamente durante aquellos días de febrero de 1913? Paco Ignacio Taibo II hace una reconstrucción minuciosa de la confabulación: su gestación en octubre de 1912 en La Habana, un corrupto embajador norteamericano presionado para que el levantamiento se lleve a cabo, las calles del centro tomadas por el ejército… La traición se respiraba por toda la ciudad.
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”Pero el presidente no quería verlo:
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”Gustavo, su hermano, se lo decía:
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”Nos van a matar a todos.
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”Y así sería.”
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En Temporada de zopilotes Paco Ignacio Taibo II parece coincidir con uno de los más destacados biógrafos de Madero, Alfonso Taracena, al describirlo como un hombre cuya causa y actividad política fue intensa, dándose cuenta de que todo dependería del “espíritu público”.
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Escribe Jorge Fernández de Castro y Finck que la vida de Madero dignifica al hombre y justifica la creación del género humano. Durante el próximo 2010, año del bicentenario, el texto de Paco Ignacio Taibo II ocupará un lugar privilegiado dentro de los festejos que se preparan para tal ocasión. Temporada de zopilotes describe bien al hombre nacido en Parras, Coahuila el 30 de octubre de 1873. Temporada de zopilotes, una excelente investigación.

martes, julio 14, 2009

Un fragmento gracioso, uno.

-¿Qué dijeron los cinco judíos más célebres de la historia?- preguntó Shoval.
-No lo sé -Gonzagaya se reía entre dientes, pensando la respuesta.
-El primer judío, Moíses, dijo: "Todo es ley"; el segundo, Jesús, dijo: "Todo es amor"; el tercero, Marx, dijo: "Todo es dinero"; el cuarto, Freud, dijo: "Todo es sexo."
Hizo una pausa y tomó champán, aguardando la curiosidad de su compañero. Gonzaga entonces preguntó:
-¿Y el quinto?
-El quinto, Einstein, dijo: "Todo es relativo."

El dinero del diablo, Pedro Ángel Palou

La sal soluble de los solitarios

Diario Milenio-México (14/07/09)
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Así que esto es lo que la gente hace sola en sus vidas”, expresaba, no sin un trémulo asombro, un contenido personaje de Don DeLillo. La cita es de memoria, así que no recuerdo el título de la novela ni los nombres de los personajes ni la escena específica, pero recuerdo las palabras tan claramente como el primer día que se incrustaron en mi esfera de percepción. “Así que esto es”, parecía expresar el pasmado narrador en una quietud que en mucho se asemejaba a la quieta rutina que registraba desde su omnisciencia limitada (siempre me lo imaginé invisible casi, en la esquina de un cuarto sin muebles). No había en esas palabras ni pesar ni condescendencia ni juicio moral alguno. Había, en cambio, sorpresa, una especie de extrañada admiración. Algo de empatía. Los ojos abiertos; la boca. No son éstas, por supuesto, las reacciones que típicamente provocan las personas solitarias en el mundo contemporáneo. Al contrario, en una sociedad que diagnostica la soledad como una patología, los solos suelen suscitar o suspicacia o pena ajena o, de plano, terror. Nada más enigmático que la persona sola. Nada más inquietante.
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¿Cuántas películas sobre asesinos seriales no incluyen a la soledad, especialmente al aislamiento infantil, como la cause del origen y eventual desarrollo de las características anti-sociales que llevarán, de preferencia de manera directa, a la trasgresión y el crimen? ¿Cuántas veces no voltea uno a ver, ya con curiosidad o con alevosía o con lástima, al comensal que saborea sus alimentos en la parsimoniosa compañía del aire en la mesa de un restaurante? ¿A cuántas personas se les felicita por haber logrado salvar su soledad de la misma manera en que a otros se les congratula por trabajar (así se dice ahora) en su matrimonio? ¿Por qué es que sale siempre más barato alquilar un cuarto para muchos en un hotel que un cuarto para uno? Los ejemplos abundan. Estigmatizados como anomalías peligrosas, discriminados por su falta de pericia social, relegados porque no hay nadie a su lado que los defienda o los vuelva más, los solos sufren con frecuencia los tratos comunes a las minorías raciales o étnicas o de género. Tal vez por eso no son muchos los retratos que hagan justicia a ese estado acaso intransferible pero definitivamente complejo que el solitario no comparte con nadie.
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De ahí que Párpados Azules, la ópera prima que Ernesto Contreras estrenó exitosamente en 2008, resulte tan peculiar. Estelarizada por dos solitarios, esta película no podía ser sino una anticomedia de amor. De expresiones sutiles y ritmos morosos, rutinarios y silentes hasta le exasperación, los personaje principales se encuentran a pesar de sí mismos en una ciudad que, bajo la vista de los solos, ha dejado atrás la velocidad y las muchedumbres para convertirse en un páramo que habría complacido sin duda a un tal Pedro (y que acaso prefiguró los paisajes de la ciudad bajo el embate de la influenza). A contracorriente de los métodos y formas de cierto cine mexicano de nuestros días (qué lejos el trepidar belicoso de Iñarritu; qué fuera de foco la imaginería de Del Toro; aunque, para bien, qué cerca de los rostros que aparecen, como por encanto, frente a la cámara de Francisco Vargas), estos párpados se abren y cierran con una delicadeza casi de otro mundo, atestiguando con su debida distancia y también con su debida intimidad el acaecer ant-iclimático de la vida solitaria. Como si Saturno los divisara desde las alturas antes de devorar sus cuerpos, los solitarios son avizorados por la cámara en tomas verticales que los hacen aparecer más pequeños. Y, luego, transformada de súbito en una Grildig de diminutas proporciones, la cámara captura los gestos de una mano —esos dedos que se ocupan de deshilar un mantel poco a poco— con el cuidado sólo ofrecido a Gulliver. ¿Así que esto es lo que hace a solas en su vida el oficinista en quien nadie repara y la empleada que pasa desapercibida? El espectador se ve tentado a hacerse estas preguntas con un asombro que en mucho me recuerda las palabras del personaje inolvidable y, sin embargo, tan difícil de precisar que inventara DeDelillo. Los solos se van en medio de las conversaciones hacia mundos que no comparten. Fuga sideral. Los solos, que se apegan poco a las cosas o a los seres, olvidan con facilidad. O, anclados en eras específicas del pasado, recuerdan una y otra vez los mismos nombres, los mismos gestos, los mismos espectros. Desacostumbrados a los ritos de la plática, los solos dejan pasar esos largos minutos silenciosos con un estremecimiento apenas. Y luego, en las pocas ocasiones en que se deciden a remontar la elevada montaña de la conversación, no dejan de caer de bruces en el ridículo o en la abyección o, a veces, las menos, en la simpatía de los iguales. Evitando la psicología fácil (hay que agradecerle al guionista y director que no explique el origen de la soledad de sus personajes como si se tratara de un diagnóstico médico y social), los personajes “no saben” por qué son así, pero tampoco parecen obsesionados por saberlo. Sus batallas son otras, y se llevan a cabo detrás de esos párpados azules que no pocas veces le pertenecen a la imaginación.
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Solitario era, después de todo, el observador obsesivo aquel que, después de pasar horas con la cara pegada al cristal de la pecera del acuario parisino, terminó convertido en un ajolote. Solitario hasta el hartazgo era también el hombre que, dentro de una casona de Puente de Alvarado, se detuvo fascinado frente al jardín que lo empujó al encuentro de esa otra gran solitaria que fue Carlota. Solitarios, en fin, los mexicanos que perdieron una nación en 1521. Y no lo digo yo, sino esos autores anónimos de Tlatelolco que redactaron, en náhuatl, la relación de la conquista en 1528: “Golpeábamos en tanto los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros. Con escudos fue su resguardo, pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad.”

lunes, julio 13, 2009

Número secuestrado

Diario Milenio-México (13/07/09)
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1 ¿Quién piensa en mí?
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Hay quienes aseguran que el sonido más dulce que alguien puede escuchar es el que corresponde a su nombre de pila, pero algunos seguimos preferiendo otro sonido por encima de todos los demás. Como ojalá parezca evidente, me refiero al ring del teléfono. No el de la oficina, ni el celular —de repente mejor emparentados con el odioso ring del despertador— sino el de la casa. Su intrusión repentina, no pocas veces impertinente, suele ser sin embargo tan bien recibida como lo fuera en otros tiempos la música del carro de las gelatinas. Un ruido siempre ajeno, por cuanto tiene de llegado de otro mundo, mas siempre familiar, si se juzga por las expectativas que despierta. Pues siempre hay alguien cuyo ring esperamos, así sea en lo profundo del subconsciente, de ahí que cada nuevo timbrazo desate en el incauto respuestas más o menos pavlovianas. Es como si la vida nos saltara hacia dentro de los tímpanos, hasta ese instante un tanto amodorrados por el rumor de la rutina hogareña. No falta incluso quien de sólo escuchar el ring providencial, se apresure a gritar: ¡Es para mí!
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Ignoro las razones que tendrá cada cual para no dar su número a cualquiera, pero cierto es que a muy pocos les faltan. Las mías, por ejemplo, tienen que ver con la expectativas que cada nuevo ring me despierta. Además, no siempre va a tener quien llama el tino de encontrarnos literalmente sin hacer nada, y en más de una ocasión habrá de distraernos de quehaceres absorbentes, cuya interrupción será en principio el precio a pagar por atender al telefonazo. Algo que se perdona, y con frecuencia también se agradece, si quien llama es persona conocida y con suerte apreciada. Ya no digamos cuando se trata de esa llamada mágica, tan improbable como aguardada, que un día, de la nada, nos ilumina el mundo y al destino lo vuelve cómplice entrañable. Una sola llamada y el sol sale radiante a media tempestad. Basta, no obstante, con descolgar y topar con alguna voz extraña —número equivocado, por ejemplo— para que a la tormenta se le sume el granizo. Diríase que el destino se nos burla en la cara. Nadie te quiere, ja, ja.
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2. En la morosidad de su hogar
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Opinaba Oscar Wilde en sus Frases y filosofías para el uso de los jóvenes que vivir endeudado es la única forma de permanecer en la memoria de las clases comerciales. Un privilegio entonces, cuando el departamento de cobranza no tenía la opción de aturdir al moroso con llamadas constantes e impertinentes cada día, y de pronto varias veces el día. Un acoso leonino que se radicaliza en épocas de crisis, cuando la liquidez reluce por escasa y hasta un tarjetahabiente olvidadizo parece un delincuente potencial, a ojos de la jauría de telefonistas de rapiña enviados a joderlo noche y día, ya con recordatorios paternalistas, ya con racimos de amenazas en tono robótico. Y si el interesado está de viaje, de poco servirá que quien conteste así se los informe, pues a ellos se les pide llamar a diario de todas maneras. Quienes los mandan se han asumido depositarios legítimos del derecho de acoso a sus clientes, por métodos no muy distintos del chantaje, toda vez que el asedio termina secuestrando la línea telefónica. Bajo tamaño yugo terrorista, ni quién quiera que suene el jodido teléfono.
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Tal vez la única ventaja del usuario en esta situación sea que, a diferencia de otros acosos, el de los abogados termina abruptamente cuando el moroso se pone a mano. Tras un solo conjuro las hienas se hacen humo y la vida hogareña recobra su pulso. Los chicos del departamento legal levantan el pulgar salen del catálogo de nuestras pesadillas, donde hasta ayer como en su casa, precedidos por otro ring traidor, y otro, y otro. Puede que sea por eso que la gente se reserva con celo el número de casa. Muy pocos ignoramos que ese aparato alcahuete juega en más de un equipo y es un reconocido quintacolumnista. Nadie como él para abrir las ventanas al primer zopilote que llega preguntando por tus ojos.
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3. Los cables invasores
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No es lo mismo, por cierto, deshacerse de un tinterillo que de un vendedor. Esos sí son feroces e inaplacables. Peor todavía, detestan su trabajo. Llaman a cualquier hora para asestarnos en su voz monocorde toda suerte de ofertas jamás solicitadas, de manera que viven habituados a la humillación. Han recibido los peores desdenes e insultos, amén de resistir a decenas de miles de colgones, pues quienes los emplean han descubierto la misma abusiva verdad de la que se valen los spammers —acosadores mercantiles por correo electrónico— para hacer su negocio. En términos porcentuales, la estrategia es barata y acaba funcionando. Basta con que unos cuantos de cada mil prospectos muerdan el anzuelo para cuadrar los números de un éxito redondo, al menos en teoría. Pues habría que contar, asimismo, la cantidad de usuarios que ante el acoso telefónico de una marca o empresa terminan convertidos en adversarios. Si he de dar el ejemplo más injusto, considero una afrenta del cinismo que hasta la compañía que me provee el servicio telefónico usa mi línea para intentar venderme sus productos en mi casa. La línea que yo pago, y que si se me olvida liquidar a tiempo quedará suspendida, de forma que no pueda hacer ni recibir llamadas. A menos que les pague, y entonces pueda disfrutar otra vez del privilegio de compartir sus gastos publicitarios. Cierto: el que llama paga, pero sólo contestan quienes ya pagaron la cuenta por la línea.
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Una de las ventajas de las llamadas de los seres queridos está en que no suelen ser más inoportunas que la persona en sí. Saben cuándo llamarnos, y en qué tono tratarnos si algo nos incomoda. Saben hablar, al menos; lo cual no siempre puede decirse de aquellos merolicos telefónicos que saltan, como un pésimo bromista, tras un par de timbrazos esperanzadores que entraron en la casa bajo camuflaje y procedieron a zurrarse en la sala. En mi experiencia, no hay cómo pararlos. Son terminators del auricular. También son vengativos, y algunos hasta tienen sentido del escarnio. Con la última esperanza puesta en la estadística, resisto la invasión de los androides promotores con el compromiso íntimo de jamás comprar nada que un extraño me llame para venderme, así sea su madre a seis meses sin intereses. Como dicen los gringos, thanks for nothing.

jueves, julio 09, 2009

¿Plagio o intertextualidad?

Diario Milenio-Puebla (09/06/09)
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Escribe el poeta Alejandro Aura en Volver a casa, Premio Aguascalientes 1973, que “por encargo del Rey/ se informa/ a los que componen cantos/ que a partir de ahora/ lo que se llamó plagio/ pierde su carácter de delito/ y se autoriza su práctica/ desmedida/ a fin de que en la tierra/ vuelva a florecer/ el canto colectivo”. Se trata de un poema llamado “Intermedio anímico”.
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El poema de Aura lo cito porque el jueves anterior se presentó en Puebla, en la librería Profética, el poemario de Javier Sicilia Tríptico del desierto (Premio Poesía Aguascalientes 2009), en medio de lo que muchos interpretaron como una acusación de plagio por parte del crítico Evodio Escalante y publicado en "Laberinto", suplemento cultural de Milenio.
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El poema de Aura celebra que las canciones pudieran ser de todos. El libro de Javier Sicilia es, digámoslo así, un tanto tramposo.
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En una entrevista radiofónica, Sicilia se defiende de la acusación de Escalante y recurre al recurso de la intertextualidad.
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Helena Beristáin, en su clásico Diccionario de retórica y poética, define a la intertextualidad que ésta se da en la relación del texto analizado y otros textos leídos o escuchados. Así, un texto puede ser un collage de otros textos pero, lo subraya bien Beristáin, los textos evocados deben ir entre comillas o cursivas o como plagios (Kristeva).
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Lo anterior hace escribir a Daniel Saldaña París que las comillas son una especie en extinción.
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Transcribo parte del texto de Daniel Saldaña: "El crítico Evodio Escalante ha hecho bien en llamar la atención de la comunidad literaria hacia un fenómeno inquietante, escandaloso: las comillas están desapareciendo.
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"Esos signos menores, que sobreviven mal colocados en los carteles de las fondas (Favor de cerrar la puerta al salir. ‘Atentamente’, ‘la administración’. ‘Gracias’), aparecen cada vez menos donde tendrían que estar: en los libros de poesía.
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Muestra de ello es el galardonado Tríptico del desierto, de Javier Sicilia (…) Escalante olvida en su fervor, que el mismo Eliot, por quien voluntaria y voluntariosamente aboga en la corte de la originalidad, atentó contra las comillas en no pocas ocasiones, plagiando descaradamente o modificando apenas algunos fragmentos de la Biblia, de Shakespeare, de John Donne y de muchos otros, sin tomarse la molestia de indicar sus fuentes."
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¿Esto último justifica entonces el plagio o la intertextualidad, provenga de donde provenga? No lo creo. Si, como lo ha dicho Javier Sicilia, él trabaja su poesía con el recurso de la intertextualidad, estaríamos de acuerdo, muy de acuerdo con él, siempre y cuando, en efecto, usara las comillas o las itálicas, que para algo deben funcionar.