jueves, julio 02, 2009

El hotel boutique-Pedro Ángel Palou (El Universal-Opinión 02/07/09)

De un tiempo a la fecha han proliferado ciertos establecimientos que no llegan a hotel y cuyas pretensiones les impiden quedarse en el modesto grupo de los confiables hostales. Existen dos tipos claramente diferenciados: los que parecen una casa (o lo fueron y a la muerte de la longeva abuelita conservan los muebles, las mullidas alfombras, las viejas porcelanas) y los remodelados por costosos arquitectos y diseñadores japoneses.
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Hace seis días, por motivos de trabajo, pernocto en un hotel boutique —la persona que me recogió en el aeropuerto y me trajo aquí lo pronunció en cursivas, lo juro. Está en Palermo y es como la casa de mi abuelita. El barrio merece un artículo aparte. En sus caminatas juveniles, cuando aún veía, Borges venía hasta aquí, al arrabal, a la casa de su admirado Evaristo Carriego. He visto la casa, por cierto, y espero que nunca la conviertan en hotel boutique, para bien del recuerdo y la milonga.
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Unas cuadras, después de la vía, se llega a Palermo-Soho, lugar lleno de restaurantes y jóvenes parejas y en donde Francis Ford Coppola compró una casa y, sí, no lo van a creer, después de rodar una película, decidió convertirla en hotel boutique, la puta que los parió, como diría un chófer de taxi que no daba con mi posada de lujo:
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— Pero si es una casa familiar, che —me comentó cuando al fin dimos con el sitio.
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— Pero mire, no se ofenda, ese letrero, esas mustias letras dicen el nombre de mi hotel.
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— Y sí… como yo le digo a mi hermano, si alguna vez reencarno en argentino, haré de mi casa un hotel. Si serán boludos…
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Pagué y toqué el timbre.
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Este es uno de los inconvenientes de los hoteles boutique: hay que llamar, anunciarse y el portero eléctrico vibra dejándonos pasar al patiecito —aquí no hay lobby— donde una mujer que podría haber sido mi tía Conchita hace un gran esfuerzo por tenderme un llavero.
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Para que no me olvide donde estoy y no ose pensar que se trata de un hotel cualquiera han llenado mi recámara de fotos familiares en sepia. El primer día ni siquiera las miré. Al cabo de casi una semana a alguna le cuento mi día, a otra —gordita y con un vestido de flores— le rezo y he volteado la del que pudo ser el esposo de la abuela, un vetusto general cuyos bigotes rivalizan con las hileras de medallas.
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Es tan íntimo mi hotel boutique que me da miedo desarreglar la cama, ensuciar el inodoro o dejar tiradas las toallas en el baño. Qué delicia el anonimato del gran hotel donde sólo pueden decir: “Allí va el de la 308”. En donde ahora duermo, en cambio, siento que me miran con recelo: “Allí va el que ensucia el inodoro”. “Mirá que mal, ahora quiere desayunar el muy desprolijo, después de que deja todo tirado”.
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Por la mañana, un joven tímido me pregunta si quiero huevos. Por supuesto que quiero huevos, quiero todo lo que haya porque en los hoteles boutique no hay cena, no existe un piano bar de solitarios y tengo mucha hambre:
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— ¿Revueltos o fritos?
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— Revueltos —digo yo que estoy a punto de desmayarme
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— ¿Con jamón o con salchicha?
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— Con jamón. Tengo prisa.
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Cuando el joven tímido se retira me levanto y me sirvo de una hermosa jarra de cristal cortado una copa de jugo de naranja. Una tetera de plata que bien pudo en mejores tiempos ocultar al genio de Aladino me permite servirme café.
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Espero diez minutos y el joven regresa, sudoroso:
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— Se nos acabó el jamón, ¿ desea salchicha?
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Sólo un par de huevos. Con o sin salchicha me da igual”, pienso, pero le digo que sí, que está bien, por no herir su susceptibilidad. Si su familia no hubiese convertido la casa de su abuelita en hotel boutique él nunca le haría unos huevos a un desconocido.
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Cuando al fin llegan me los tengo que comer de golpe, han tocado a la puerta para avisar que ya vinieron por mí y que me espera un nuevo día de trabajo.
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Si hubiese estado en un hotel normal, vuelvo a pensar.
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En el taxi la amable chica que me trajo del aeropuerto inquiere:
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— ¿Qué tal el hotel?
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Como puedo desvío la pregunta, le hablo del ñandú, los gauchos, la yerba mate. Nada como poner color local de por medio cuando no se tiene nada que decir.
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Un cuarto de hora después pasamos por un enorme hotel, uno de verdad. Suspiro muy hondo y me digo que yo, si reencarno en argentino seré seguramente botones de este hotel, es al menos por hoy mi sueño más hondo.

Un poema, uno, ad hoc.

Amor (Rosario Catellanos)
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Sólo la voz, la piel, la superficie
Pulida de las cosas.
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Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco
Rebalsaría y la mano ya no alcanza
A tocar más allá.
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Distraída, resbala, acariciando
Y lentamente sabe del contorno.
Se retira saciada
Sin advertir el ulular inútil
De la cautividad de las entrañas
Ni el ímpetu del cuajo de la sangre
Que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
Ya para siempre ciego del sollozo.
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El que se va se lleva su memoria,
Su modo de ser río, de ser aire,
De ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene
Y lo reduce a voz, a piel, a superficie
Ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
La oculta soledad aguarda y tiembla.
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El amigo que me enseñó este poema, comentó dos cosas: resume tu situación y le encantaba a Cortázar.

Dosfilos 106

Diario Milenio-Puebla (02/07/09)
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Como siempre, me hallo atento a que llegue bien a mis manos la revista Dosfilos. He distribuido ya el número más reciente que corresponde a los meses de marzo-abril, es el 106 luego de su larga trayectoria. Cada vez resulta una grata sorpresa recibir la revista Dosfilos, ilustrada por Luis Fernando. La leo y la releo con mucho placer. Sin duda, un esfuerzo extraordinario de su director para mantener, desde 1974, en circulación la revista y que ha sido un espacio para muchos escritores poblanos desde que el primer taller literario comenzó a funcionar en la Casa de la Cultura, allá por 1979, coordinado por el maestro Miguel Donoso Pareja.
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La Dosfilos 106 incluye ahora en sus páginas textos interesantísimos, muy recomendables para cualquier lector que quiera conocerlos. Por ejemplo, H. Javier G. Parada, escribe un ensayo que intitula “Aproximaciones monásticas hacia Thomas Merton” y José Vicente Anaya habla de Ernesto Cardenal, texto que leyó el autor el 5 de diciembre del año pasado durante la ceremonia de entrega del premio del Festival de Poesía.
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Anaya resalta del “poeta sacerdote” sus grandes temas: el amor terrenal, carnal, el amor a la vida misma. Es decir, dice Anaya, que Cardenal trata el tema del amor “en todas sus acepciones”. Y para argumentarlo cita al propio Cardenal: “Todos los apetitos y las ansias del hombre, el comer, el sexo, la amistad, son un solo apetito y una sola ansia de unión de unos con otros y con el cosmos”.
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Dosfilos también incluye un escrito de Patrick Doonan y Gary James: “Suzi Quatro: ayer y hoy y…”, en traducción de Georgia Aralú González Pérez, un grupo de Detroit de los años setenta. Como sucede con las reseñas, no debo dejar de mencionar aquí el ensayo que entrega Mario Calderón acerca de “Híkuri”, el libro de poesía de José Vicente Anaya editado por la Universidad Autónoma de Puebla en 1987 y con el cual obtuvo el Premio Internacional de la revista Plural.
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La revista Dosfilos también contiene una entrevista de Clara Uribe con el poeta Marco Antonio Campos donde se habla del nacimiento y los cambios que ha tenido Punto de Partida, revista de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México creada por Gastón García Cantú y dirigida luego por Eugenia Revueltas con el objeto de dar espacio y voz a los creadores jóvenes de la época. En Punto de Partida muchos de los reconocidos escritores mexicanos publicaron su primer texto, de ahí la importancia de la revista.
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Remito al lector a los poemas de Jorge Salmón y Laura Yasan que publica Dosfilos, son de muy buena calidad. Poetas de oficio. Ya circula Dosfilos 106

martes, junio 30, 2009

Clases de escritura

Diario Milenio-México (30/06/09)
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La pregunta no es nueva de ninguna manera y se seguirá haciendo mientras existan hombres y mujeres con manuscritos bajo el brazo: ¿es posible enseñar a alguien a escribir? La cultura norteamericana de la posguerra respondió a esta interrogante con un sí definitivo y entusiasta, asegura Louis Menand en un artículo del New Yorker hace no mucho tiempo. En “Muestra o declara. Deberían impartirse clases de creación literaria?”, el profesor de Harvard y colaborador asiduo tanto del New Yorker como del New York Times Review of Books recorre la larga aunque moderna historia de los programas universitarios de escritura creativa tanto a nivel de licenciatura como de posgrado en Estados Unidos para llegar a una verdecito más bien optimista: aun y cuando el autor nunca publicó un poema, el haber pertenecido a una de estas clases lo hizo partícipe “de una empresa frágil, aquella de la poesía contemporánea” cuya influencia se dejó sentir en todas las otras decisiones que tomó en su vida tanto como lector como ciudadano. “No la cambiaría por nada”, dice de su experiencia como estudiante en uno de esos talleres intensamente personales, a veces desgastantes y, a veces, en efecto creativos que se imparten en muchas universidades norteamericanas y, cada vez en mayor número, en países tan diversos como Gran Bretaña y México, Nueva Zelanda y Corea del Sur. ¿Pero es posible, de verdad, producir escritores en un aula?
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Menand, académico al fin, toma la ruta más documentada. Aunque ya existían clases relacionadas a la escritura desde 1897 (en Iowa hubo una clase llamada “Verse Making” desde esa fecha), el concepto universitario de Escritura Creativa o, como usualmente se denomina en español, Creación Literaria, no empezó bien a bien sino hasta en los 1920s, cuando se llevó a cabo la Bread Loaf Writer´s Conference en Middlebury, lugar en el que Robert Frost fungió como el primer Escritor en Residencia. Fue en 1936 cuando Iowa dio inicio sus ahora muy famosos Talleres de Escritura, otorgando por primera vez un grado de Maestría en Bellas Artes (diferente a una Maestría en Ciencias o Ciencias Sociales porque es un grado terminal) a escritores creativos. Después de la segunda guerra mundial, los programas para escritores no hicieron más que crecer. John Hopkins y Stanford le dieron la luz verde a sus seminarios de escritura en 1947. Cornell haría lo mismo apenas un año después. El proceso se multiplicó en los 60s, la década en que se contrataron más profesores universitarios en todos los tiempos. Si para los inicios de los 80s había 79 programas en Escritura Creativa en Estados Unidos, su número ha alcanzado un temerario 822 en tiempos más recientes. Los programas de posgrado, en este caso a nivel de maestría, han crecido a un ritmo comparable: de 15 en 1975, el número ha saltado a 153 hoy en día. La pregunta, por supuesto, sigue siendo la misma: ¿es posible, de verdad, enseñar a alguien a escribir en un salón de clase?
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Aunque hay pocas reglas, escritas o no, acerca de lo que un profesor debe enseñar en una clase de escritura, Menand también le dedica atención a los cambios de énfasis que se registraron lo largo del siglo XX en este aspecto. Del “mostrar vs. declarar”, que se convirtió más que en un lema, en un verdadero mantra de los talleres literarios de inicios del siglo, al llamado a “encontrar la voz propia” que resonó tanto en los 60s, es claro que la escritura —su función y su lugar, su círculo de influencia y sus “tecnologías”, su misma enseñanza— se ha transformado de acuerdo a conversaciones sociales más amplias. Pocos de los que entran a un salón de clase donde se imparten clases de escritura creativa se proponen transmitir “inspiración”, pero muchos creen que es posible “ejercitar” un oficio. Lugares como Iowa incluso llegar a afirmar que ellos pocos tienen que ver con la resonancia de varios de sus graduados (5 premios Pulitzer entre ellos), asegurando que no hacen más que mantener juntos por un cierto tiempo a aquellos de entre sus solicitantes que muestran mayor talento. “Es más lo que ellos traen”, dicen sin resabios, “que lo que se llevan de aquí”.
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El tema se presta, cual debe, a un sinnúmero de pullas y a charlas interminables (de preferencia alrededor de unas cuantas cervezas). Lo cierto es que un batallón importante y muy diverso de escritores norteamericanos contemporáneos se ha graduado de programas universitarios que bien pudieron ayudar (o no) al desarrollo de su oficio, pero que evidentemente no destrozaron su vocación personal o su genio. Menand nos recuerda que escritores tan diversos como Raymond Carver, Joyce Carol Oates y Ian McEwan son resultado de programas universitarios. Oates estudió la licenciatura en Escritura Creativa en Syracuse, mientras que Carver tomó clases en Chico State University, en Humboldt State Collage y en Sacramento State Collage antes de convertirse en un Wallace Stegner Fellow en Stanford. McEwan tomó clases con Malcolm Bradbury. Autores más contemporáneos como Ricky Moody, Tama Janowitz y Mona Simpson, asistieron a talleres de escritura casi al mismo tiempo en el programa graduado de Columbia y lo mismo hicieron, también casi al mismo tiempo aunque en la Universidad de California en Irving, Michael Chabon, Alice Sebold y Richard Ford.
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Yo, que no tengo nada resuelto al respecto, me pongo a pensar en estos datos y no puedo evitar relacionarlos de alguna manera con lo que ocurre en México. ¿Son más eficientes en realidad la bohemia y el café, el antro y la calle, el maestro personal y los talleres? ¿Es de verdad deseable que existan programas de escritura en instituciones universitarias del país?
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Veamos.

lunes, junio 29, 2009

El mito espeluznante

Diario Milenio-México (29/06/09)
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Jingle Thrills
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Me van a perdonar, pero no guardo luto sino horror. Por más que el bombardeo sea unánime y la noticia insista en atañer a todo el universo, no consigo eludir la visión de una nada gigantesca, si bien profusamente iluminada. Como esos fondos de inversión cuyos esquemas piramidales dejarán a la postre a sus inversores con las manos repletas de papel mojado, el mito Michael Jackson apenas tiene carne de dónde morder. Si me pongo en lugar de uno entre los millones que hoy se dicen sus deudos, encuentro menos información confiable sobre su vida real que la provista a los espectadores de King Kong, por citar a otro freaky de ficción. Y entre esos pocos datos hay tantos números involucrados —fueron del negro al rojo, con los años— que cabe preguntarse cuáles serían las dimensiones del mito sin la indiscreta colaboración de tantas cifras a la postre fatales. Toneladas de dólares yendo y viniendo para saciar la codicia infinita de la industria disquera y la megalomanía hueca de su hijo y producto predilecto. En medio, algunos álbumes y videoclips, producidos por los mejores profesionales que el dinero podía comprar. Nada muy diferente del proceso que lleva a la realización de un jingle publicitario. Contra los cuales uno nada tiene, pero tampoco espera que contengan emociones genuinas.
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Cierta vez, el gerente de una emisora radial me habló de una estrategia de comercialización que encontré poco menos que diabólica: pretendían convencer a la totalidad de sus anunciantes de enviarles solamente comerciales cantados, de forma que la música jamás se detuviera, y acaso ni siquiera se diferenciara. Digo que era una idea casi diabólica porque muy bien se sabe que al hombre del tridente no suelen ocurrírsele proyectos inviables, si bien no necesito ni esforzarme para imaginar un infierno ambientado exclusivamente con sonsonetes publicitarios y proselitistas. ¿Cómo explicarle al ingenioso gerente que un jingle y una canción son productos no menos distintos entre sí que, digamos, un slogan y un poema? Ni para qué. Ya entrados en la era de Madonna y Michael Jackson, donde cualquier cosa puede valer cualquier cantidad, se entiende que la cosa se reduzca a números. Del mejor álbum que grabó Michael Jackson pesará siempre más el dato de las copias vendidas que el de la producción de Quincy Jones.
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Vivir pantalla adentro
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El pecado de Warhol no fue vender como arte una lata de sopa Campbells, sino hacerse con tantos émulos al vapor. “Andy Warhol es el único genio que he conocido con un IQ de 60”, dijo Gore Vidal, seguramente sin reparar en el rebaño que ya venía detrás. Como era de esperarse, la diferencia —abismal, en teoría— entre vender sopas y elevar la cotización de una obra de arte donde la estrella es una marca de sopa, fue haciéndose sutil hasta borrarse en los dominoos de la práctica, donde no importa ya la intención, ni la emoción, sino la nitidez —que no la transparencia— del engaño. Fue justo en los mejores años del mito Michael Jackson que la tecnología hizo accesible todo engaño visual imaginable. Si podía concebirse, también podía filmarse.
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No olvido aquel concierto en el Estadio Azteca. El cantante de pronto despegaba del escenario y lo circunvolaba, al mando de un moderno artefacto personal equipado con sendas especies de turbina. Una excentricidad más costosa que osada, aunque sus seguidores —entre ellos muchos miles de niños— la festejaron inclusive después de enterarse que el cantante se valía de un stuntman para el efecto. Un doble intrépido que alborotaba al gentío mientras él descansaba, detrás del escenario. Un recurso muy válido, dirían, habituados a la escasez total de retroalimentación escénica. Si la gente no espera que la pantalla le devuelva otra cosa que nuevas imágenes, en las cuales no es concebible que incida un vil mortal, por qué había de quererse nada distinto cuando los personajes de la pantalla se trasladan a cualquier escenario. Desde el planeta Tierra, nada que concerniese al personaje —ni siquiera delitos evidentes que hasta entre presidiarios tienen el peor de todos los estigmas— podría nunca ser entendido como humano, ni por tanto juzgado o comprendido. Como si sucediera todo dentro de un foro, donde los abusados padres del niño abusadito salen bailando al ritmo de veinte millones de dólares y nadie se preocupa porque nada es real. Neverland no parece sino la capital de Nothingland.
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El peso de la marca
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Nada tuvo de extraño que se le viera en Disneylandia celebrando los 60 años de Liz Taylor —una mujer famosa desde los cinco años, que hasta entonces jamás había puesto un pie en una sucursal bancaria, y ni siquiera manoseado un cheque—. Uno y otra habituados al crosslifting de la fama mundial, no podían por menos de encontrarse en el mismo laberinto de cápsulas que se vuelve la vida cuando el usuario debe vivirla entera acorralado. Si ya el trabajo de conservarse humano implica largas y tortuosas sesiones de levantamiento de cruz, espanta imaginar el precio de vivir al cuidado de la propia etiqueta. Ser uno mismo sopa y cantarse su jingle. Vamos, en su lugar ya me habría metido no sólo drogas varias y poderosas, sino al cabo una cápsula repleta de cianuro.
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En 2001, el mito Jackson celebró treinta años de carrera en el Madison Square Garden, para lo cual pagó más de un millón de dólares a Marlon Brando por hacerse presente. Lejos de imaginar el extremo de tóxica irrealidad en el que hay que girar para verse obligado a rentar amigos célebres en el nombre de una leyenda plástica, puede uno sin embargo asomarse a la historia por los rastros de soledad y aislamiento que el personaje iba dejando tras de sí, condenado a elegir entre misantropía y antropofobia. Una historia alarmante donde las haya, agazapada tras el payasito angélico que asegura querer a todo el mundo con esa voz de autómata de Spielberg que hacía de él un niño de caricatura. Un niño escalofriante, si se piensa dos veces. Una especie de self-made monster que de pronto, no obstante, lo hizo a uno bailar, pero hace mucho tiempo le provocaba más miedo que otra cosa. Nadie mejor que Michael Jackson debió de haber sabido que ni el diablo es capaz de volar sin pagar. Ya lo decía el constructor de androides de Blade Runner: Flama que alumbra el doble dura la mitad.

domingo, junio 28, 2009

Me encuentro entre espantajos, emisarios del bien
y absurdos sacerdotes,
buscando la poesía que sea capaz de plasmar
la infinita belleza y la eterna dulzura
de la doncella del canto.
Y así poder honrarla.

Pero no sé escribir poesía.
Tengo mi corazón y una eterna devoción.

¿Te basta?

Lo que es el ocio. Uno de los tantos test del facebook.

LO OBSCURO DE TU PERSONALIDAD- HOROSCOPO EGIPCIO
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HIJOS DE SELKET: Del 16 de febrero al 15 de marzo
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Simbología:
Es la contraparte femenina del dios Ptah con cabeza de leona. Asociada con la agricultura y el trabajo.
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Características:
Siempre van hacia delante con paso firme y perseverante. Incansables y de fortaleza física. Son metódicos, confiables y pacientes. Son obstinados y suelen tener fuertes prejuicios; aunque, a veces, saben escuchar. Bajo su apariencia modesta, poseen una mentalidad resuelta y lógica. Aunque son introvertidos, su energía los convierte en excelentes oradores. Poseen intuición. Darán apoyo moral y material a sus amistades y familiares. Necesitan que su pareja sea fuerte, dinámica y que les brinde protección.
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Planeta regente:
Es Neptuno, que los dota de bondad, espiritualidad y misticismo. Son personas románticas y serviciales.
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Objetivo de vida:
Nacieron para servir, ayudar, colaborar, entender y curar. Una de sus más importantes misiones será enseñarles a otras personas a actuar de corazón. Siempre se encuentran dispuestos a sacrificarse por los suyos.
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Cualidades:
Ningún otro signo posee la cualidad del auto sacrificio tan desarrollado como Selket y su mayor fuerza es la capacidad de inspirar, apoyar, elevar y curar a otros.
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Defectos:
Le cuesta tomar decisiones. Debe canalizar su energía hacia objetivos concretos para no dispersarse. Su reto es superar su miedo y tomar conciencia de su potencial.
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Misión para evolucionar:
No asumir la postura de víctima ni querer siempre lograr la aprobación de los demás. Para crecer, su espíritu debe aprender a ser más realista, objetivo y práctico.

jueves, junio 25, 2009

El hartazgo de la publicidad

Diario Milenio-Puebla (25/06/09)
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Creo que me he saturado de información estos últimos días, así que muchas ideas andan por acá revoloteando en mi cabeza. Me ha llegado harta información que leo o veo porque así se me da la gana y la voy acumulando, ordenando. En medio de las campañas políticas de los partidos para las elecciones del 5 de julio y el llamado al “voto blanco o nulo”, encuentro que la violencia sigue ocupando su lugar en donde quiera.
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Hace un par de días vi en los diarios que se dio el hallazgo de dos cadáveres metidos en cajuelas, que vienen duras las lluvias y que la inconformidad ciudadana por el caso de la guardería ABC en Hermosillo, donde han muerto hasta la fecha, por mera negligencia de quienes la custodiaban, más de 47 niños. No hay aún culpables. Pero el descontento de la gente va a terminar en nada, escondido en la impunidad y atrás de las cortinas humo.
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Con todo esto (hay noticias excelentes), el festejo nacional de los setenta años del poeta (un verdadero poeta) José Emilio Pacheco ha comenzado. Se lo merecen su obra y su trayectoria. No he dejado de leer a José Emilio Pacheco desde que publicó No me preguntes cómo pasa el tiempo (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1969).
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Hay cosas que en verdad uno no quisiera ver. Toda esa infame guerra de comerciales políticos que hartan a la gente. Así que el homenaje a Pacheco se opaca ante la violencia y los spots de los partidos que ya todo mundo se aprende de memoria sin proponérselo, claro.
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Verán, lectores: al PRD lo van a castigar con el voto porque esa niña que dice “Cámara, candidato, etc.,” simplemente no es nada simpática. Es sobrina de Jesús Ortega, pero uno le cambia al canal cada vez que aparece. En un sondeo rápido entre mis vecinos, todos han estado de acuerdo en lo que digo.
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Luego que ya hemos cambiado de canal y aparece el chamaco fresa diciendo “¿Pero quién va a contar los votos? / Para que nuestra democracia crezca…” y va de nuevo: a otro canal y ahí el Chelís, ya experto en política, hace una pésima propaganda a otro partido: “Si logramos esto lograremos esto otro, etc.” Qué imágenes de la televisión. ¿Y qué me dicen de AMLO, como en trance diabólico, haciendo jurar a Juanito quién sabe cuántas cosas en Iztapalapa?
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Tengo dos alternativas: dejar que pasen las elecciones para volver a encender la televisión, o irme a comprar videos piratones de esos que venden ahí en el Portal Iturbide, que contienen música de los maravillosos sesenta y setenta, así pasará más rápido el tiempo. Yo prefiero con todo seguirle la pista a las buenas noticias, muchas de las otras sólo nos enferman.
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Hago votos porque no quede impune lo sucedido en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora y que este huracán que llega a México y que se llama Andrés no haga mucho de las suyas. Hasta muy pronto.

miércoles, junio 24, 2009

"Encontrarse con Kundera"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 24/06/09 y 01/07/09)

A Carmen, el canto que embellece mi vida.
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Kundera, quizá como pocos escritores, mantiene una consistencia literaria muy fuerte, además de tener una levedad muy constante, incluso Calvino en “Las seis propuestas para el próximo milenio” -titulo de la conferencia que impartiría La Universidad de Harvard dentro de la cátedra Charles Eliot Norton Poetry Lectures-, hizo referencia al autor y en especifico a su novela “La insoportable levedad del ser” para ilustrar el punto. Cuando uno habla de consistencia en Kundera siempre será temática, cada una de sus novelas se preocupa por plantear temas que cuestionen y revisen la condición humana y al referirse a la levedad, no es otra cosa, que su escritura misma, parece tan sencilla, que no se siente la monstruosidad de los cuestionamientos, las certezas y los conocimientos que se plasman en cada novela, en este caso en cada ensayo.
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“Un encuentro” está compuesto por doscientas trece páginas que contienen nueve capítulos, aparece publicado por Tusquets dentro de la colección Marginales. Esta reunión de ensayos es un paseo a través de las reflexiones y los recuerdos de Milán; así como un repaso por sus viejos temas existenciales y estéticos y un regreso a sus viejas querencias: Rabelais, Janécek, Fellini, Malaparte. Es un libro como todos los de Milán: transparente, claro, conciso y cuestionador. La única diferencia es el género, en este caso, se trata de una serie de ensayos mezclados con textos muy personales: una carta escrita a Carlos Fuentes. En cada uno de ellos Kundera plasma su postura estética ante la literatura y la música. Es una gran introspección que Milán decide compartir con sus lectores, casi como una gran conversación capitulada y estructurada. Un tema lleva al otro, nada está al azar ni viene de la pura casualidad. Se podría decir que su estructuración obedece a la de una novela, quizá; mientras que su lenguaje tan personalizado corresponde al de un diario y el estilo ocupado al de un ensayo.
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Aquí, el principal protagonista es la novela y lo que el autor intenta decir por medio de tal. Kundera hace un extensa revisión por esas novelas que lo marcaron y explica el por qué. El exilio, las luchas sociales e ideologías del momento, son cosas que sin duda marcan al artista y son plasmadas en su obra ya como crítica, ya como simple contribución a la memoria colectiva.
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Un instructivo para entender más a Kundera, puede ser otra atinada definición a este tremendo libro.
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Nota: Debido a un error de imprenta y mio, se publicó mal en la versión impresa, razón por la cual, la republicaré la siguiente semana.

Los alimentos terrenales (Invitado José Prats)

Los alimentos terrenales (Invitado Frank Loveland)

Los alimentos terrenales (Invitado Vicente Herrasti)



Versión corregida.

Los alimentos terrenales (Invitado Ignacio Padilla)

martes, junio 23, 2009

Nueva novela histórica

Diario Milenio-México (23/06/09)
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Después del paseo en la sierra y para ustedes (ya saben)
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Las preparaciones de las fiestas del Bicentenario han generado una proliferación más bien desmesurada de libros con temas históricos. No sólo han ido en aumento las monografías académicas sobre los grandes personajes y/o episodios nacionales, sino que también han crecido los ensayos así llamados personales que, en el contexto del aniversario, se organizan alrededor de temas de corte histórico en los que los autores han trabajado con minuciosa atención. Pocos géneros, sin embargo, han aumentado tanto en estos días como el de la novela histórica. Basta con leer entrevistas a los más variados escritores para enterarse de que o acaban justo de publicar una novela histórica o están trabajando ahora mismo en eso. Los cronistas de deportes, los poetas experimentales, los novelistas gráficos, los cuentistas más variados, los periodistas, los abogados, las amas de casa e incluso los que estaban en contra de escribir, escriben ahora novela histórica. Por si hiciera falta aliciente alguno, tanto editoriales como instituciones culturales de los estados y de la federación han establecido una plétora de premios diseñados especialmente para producir y promover novelas históricas. Que los montos asociados a dichos premios sean peculiarmente elevados sólo sirve para acentuar el lugar privilegiado que tiene o se le ha asignado a la novela histórica en el mundo de los libros de hoy. Pareciera ser que tanto la iniciativa privada como pública están convencidas de que, en tiempos que combinan a los festejos del Bicentenario con una de las más graves crisis económicas a nivel mundial, la novela histórica es una especie de paladín que salvará las ventas de libros y las prácticas de lectura de la nación por venir. Ambas entidades parecen confiar en el poder de convocatoria que históricamente, valga la redundancia, ha mostrado tener la novela histórica.
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Estas circunstancias hacen necesario —es más, lo vuelven imperativo si no es que indispensable— hablar de la novela histórica y de la nueva novela histórica. Es importante, tanto por motivos estéticos como políticos, diferenciar entre aquellos libros hechos para confirmar el estado de las cosas y aquellos libros hechos para subvertir el estado de las cosas. Ésa es, para iniciar, la más básica de las diferencias entre una y otra.
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El lector de novela histórica lo dice todo cuando confiesa que lee ese tipo de libros para “aprender” algo. Asumiendo que la lectura en general es una pérdida de tiempo (que en efecto lo es, o en todo caso, debe serlo), el lector confía en que un libro basado en hechos reales (como se le llama a esa estrecha relación con el referente) le convidará una serie de datos, es decir, una cierta forma de información, que a bien tendrá transformarlo en un individuo culto. Sin volverse un aburrido erudito (¡válgame dios!), el lector “productivo” puede aprovechar esos ratos de ocio para convertirse en alguien con quien se puede conversar al final de la cena, por ejemplo, o durante las difíciles aunque ciertamente placenteras etapas iniciales del cortejo. A ese tipo de lector habría que agregarle la igualmente relevante figura del lector “perverso” que, en pose más bien progre, asegura que lee novela histórica para alejarse del canon de la Historia Oficial (con mayúscula) y así internarse en la compleja vida cotidiana de los grandes personajes. Este lector sabe que por lo regular “la ropa sucia se lava en casa”, pero asiduo a los talk shows o al Big Brother se aproxima al libro como quien va tras bambalinas en busca de los cómos y porqués de los triunfos o desgracias ajenas. En eso, como en tantas otras cosas, las estrategias propias de la ficción (la atención al detalle, la capacidad de mostrar en lugar de declarar, la apelación a los sentidos, la combinación de puntos de vista) le sirve mucho a un producto que lejos de cuestionar, afirma el status quo. Al novelista histórico le preocupa, ante todo, reproducir con fidelidad un mundo que construye basado en datos de documentos que, por lo regular, oculta. Recuérdese que sólo el historiador está obligado a documentar sus fuentes y utilizar los famosos pies de página para comprobarlo. Más que basarse en un documento, el novelista histórico se basa, pues, en la información contenida en el documento, asumiendo así que el documento es atemporal y no histórico, justo como la información que genera.
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Pero la historia, como todos lo sabemos, siempre está punto de ocurrir. La historia, quiero decir, difícilmente es cosa del pasado. La historia, que puede ser tantas cosas, no puede dejar de ser, sin embargo, una lectura contextualizada de documentos inéditos. El nuevo novelista histórico lo sabe y, por saberlo, transforma al documento —la materialidad del documento, su estructura, el proceso de su producción y de su hallazgo— en el verdadero eje de su texto. Lejos de concentrarse únicamente en la información contenida en el documento, la nueva novela histórica o ficción con documentos cuestiona, violenta, usa, recontextualiza, pimpea, transgrede la forma y el contenido del mismo. Más que reproducir una época o revelar una serie de secretos de preferencia escandalosos, la nueva novela histórica trae al presente un pasado que está a punto de ser aquí. Ahora. Lo hacen así autores tan diversos como por ejemplo Michael Ondaatje en Billy the Kid o Teresa Cha en Dictee, o Marguerite Duras en La Menta Inglesa. En términos de trama, estos libros se alejan de los grandes personajes, así sean hombres o mujeres, optando en su lugar por los andantes anónimos de las calles cotidianas. Pero la intención no es tanto rescatar voces sino aceptar la autoría ajena de textos escritos por otros. Se trata, pues, de un intercambio entre autores y grafías, sistemas de representación y márgenes. Lejos de la metáfora de la voz que viaja a través del tiempo para ser “escuchada”, es decir, normalizada por la escritura, la nueva novela histórica enfrenta sistemas de escritura en un presente que le arranca al tiempo a través del acto tan político como lúdico de la escritura. En este sentido, la nueva novela histórica no rescata voces sino que devela (y produce al develar) autores. Tal vez ahí radica la razón por la cual la nueva novela histórica está imposibilitada para confirmar nuestro presente. En estrecha relación tanto con la forma como con el contenido del documento, haciendo del documento y de su contexto la fuente misma del cuestionamiento que los produce en el presente, la nueva novela histórica trastoca.

Fragmentos de una conversación, al filo de la madrugada

estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*pues estoy leyendo unos aforismos de nietzche, pero más estoy leyendo q haciendo lo q debo hacer, bueno aunq eso es parte
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*jij, considero que es parte
*Nietzsche es un gran cabrón,
**peligroso
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*jajaja, si hay unos muy sarcásticos y divertidos, aunq a otros no les entiendo mucho
*a sus aforismos
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*es que está loco
*solo
*deprimido
*qué mejor postura para comprender el amor, la amistad, la felicidad, la vida, Dios
*careciendo de ella
*el carecía mucho de ello
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*jjaja, si caray a veces ya no se qué es mejor, ser desgraciado igual que muchos grandes o normal como muchos pero más contentos
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*a vees me he atrevido a pensar que quizá hubiera sido más feliz, siendo normal
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*esq es imprensiinante a todo lo q te lleva a crear cuando estás en esos estados...
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*con carrera común, que dé de comer
*comúnmente en mis estados de depresión
*pero después leo algo de Nietzsche, gran vitalista, algún poema de Casar, siempre alegre y digo: ne, esto es hermoso, por eso duele, lo demás es ficción
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*jjaja si tambien eso de estar trsite y dañado por siempre jamás es un mito de intelectualidad
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*dicen que el autor de Romeo y Julieta dijo que el hombre es una marioneta del destino
*aunque ahora sería del sistema
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*eyyy
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*en cambio el artista, es una marioneta de los sentimientos y lleva una cruz plasmada de mitos, incertidumbres y melancolías
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*:
*cierto
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*por qué esa carita?
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*pss nomás, porq sonó muy acá yo creo
Pingtajo 8-,Poeta neodark y super-fugado,Ho Chi Min: la vida y el amor están en un palabra: Carmen. dice:
*jij
*la inmortalizaré
estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo dice:
*jaja sí, hazlo

lunes, junio 22, 2009

Queridísimos malvados

Diario Milenio-México (22/06/09)
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Las fronteras del malo
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Los villanos, ni hablar, tienen su sex appeal. Uno tiende a seguir, cuando menos en tierra de ficción, a quien supone libre de todo qué dirán y capaz de brincarse cualquier tranca. Creemos, al entrar en su campo magnético, que lo hacemos en nombre de nuestros demonios más osados, si bien las evidencias apuntan hacia los más cobardes. Aun con la mala prensa que suele acompañarla, nadie niega el poder tentador y libertario de la cobardía. De su mano es posible conseguir cualquier cosa, en la medida que se esté dispuesto a recurrir a todos los medios y no se tenga el mínimo escrúpulo. Inclusive se alcanza, bajo su cobijo, alguna retorcida sensación de osadía. ¿Quién, de entre los cobardes que se unen a una turba de asesinos de ocasión, no se siente atrevido sólo por eso? Más todavía: se sabe, y con razón. Quienes jamás hemos matado a nadie, y ni siquiera llegamos a planearlo, miramos con una mezcla de desprecio, respeto y horror hacia la línea divisoria entre los asesinos y el resto de la gente. Creemos, desde una ancha zona de confort moral, que esa es una de las fronteras que no se pueden cruzar de vuelta. Será por eso que nos gusta asomarnos. Cobardes somos todos, pero tal cual se dice en estos casos: hay niveles.
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Tengo, en lo personal, debilidad por villanos hoy clásicos como Frank Booth y Bobby Perú, hijos aventajados de David Lynch, o el Albert Spica de Peter Greenaway. Sujetos a su modo sofisticados, aun a pesar de su primitivismo. Partiendo de este estándar, asumo de algún modo que Michael Corleone no es en rigor un villano, sino hasta casi un hombre de bien, y al mismo Tony Soprano lo encuentro un tanto blando, de repente. Esos bandidos que matan a quien se ponga enfrente pero también respetan y enaltecen los valores familiares tienen, para mi gusto de espectador morboso, un lado demasiado frágil para hallar un lugar entre aquellos malvados repugnantes a quienes da vergüenza perdonar y cuya tumba nunca conocerá las flores. Para algunos, entre los que me cuento, personajes así —insufribles en la vida real, gloriosos en la ficción— son un hallazgo fundamental. Nadie, a veces, como ellos para explicarnos cómo funciona el mundo.
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Para volar sin pagar
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Ya se sabe que la maldad tiene la inconveniencia de ser estúpida, pero muy por debajo de esas exquisiteces filosóficas está una realidad que de repente se les encima. Hay quienes, por tempranas carencias o violencias, no tuvieron más elección que ser villanos, pero en las cárceles también abundan quienes afirman que salieron malos. Y contra eso, se entiende, nadie puede pelear. Dentro o fuera del tambo, los nacidos malandros asumen su naturaleza con una suerte de cómodo fatalismo. Ya que se le va a hacer, si así son. No se saben ninguna otra canción. Ni siquiera imaginan la posibilidad de ser de otra manera, y por lo tanto entienden que su sobrevivencia estriba en el imperativo de mejorar. Esto es, hacerse peores, y en lo posible armarse la peor de las leyendas. Defender a balazos y cuchilladas una lógica idiota impulsada por una inteligencia impecable. La maldad será estúpida, pero también es rica en recursos y ligera de escrúpulos. En esas condiciones, cualquiera vuela gratis.
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Escribo sobornado por la levedad propia de quien lleva veinte horas volando sin pagar. Soy, asumo, uno entre muchos rehenes de la serie El cártel de los sapos. Me la dio un buen amigo, que por lo visto sabe demasiado. Me ha dicho que se vende en todas partes. Desde entonces —hará unos pocos días— no he vivido pendiente de otra cosa que una oportunidad para plantarme frente a la pantalla y volver a ese mundo de mentiras donde apenas parece posible que cualquier cosa llegue a ser más real. No hay cómo sustraerse de una ficción a tal extremo convincente, donde la villanía ocurre como mera consecuencia de un quehacer poco o nada afecto a la lealtad. Un trabajo tan simple y ordinario que su esencia se enuncia en los términos más simples: comprar barato y vender caro.
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Calentando la lumbre
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Milton Jiménez, se llama el personaje más canalla de la espléndida serie colombiana, pero se le conoce mejor con un alias cuyo escaso rango subraya tenebrosamente sus orígenes: El Cabo. “¡Quihubo Cabito!”, saluda alguno de los protagonistas y uno ya casi sabe que la historia está a punto de calentarse. No poca cosa si se toma en cuenta que el hilo argumental es más bien una cuerda que a las primeras lo ata a uno a su transcurso vertiginoso, propulsado por diálogos filosos y una factura a prueba de balas. Lejos de esos malvados que le dan hartas vueltas a sus motivaciones más recónditas, el que interpreta Robinson Díaz es uno de esos personajes veloces e incontestables que no aceptan vivir más allá del presente inmediato. El Cabo no asesina ni tortura nada más por placer, sino como una mera expresión vital. Si otros gozan cantando y bailando, él precisa primero ponerse a mano con los próximos cadáveres. Hace lo que hay que hacer, pero si le preguntan encuentra necesario enterrar a legiones de enemigos reales y potenciales, pues nada hay que no sepa resolver a plomazos. No tiene mujer, ni hijos; su versión personal del amor tiene que ver con el uso y abuso de chicas complacientes cuya ambición las tiene a su merced. Según mis cálculos, desde Keyser Söze no me tocaba ver villano tan redondo.
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No están los tiempos para malvados refinados. Esos que antes de jalar el gatillo se sienten obligados a dar explicaciones, como si todavía les intimidara el trascendente paso que van a dar. Por lo demás, el formato ambicioso de las series —los guionistas tienen decenas de horas para explayarse— deja hueco de sobra para que el personaje tenga oportunidad de dibujarse. No conozco aún el libro, pero lo que es la serie de El cártel de los sapos deja un estándar alto tras de sí, y a saber cuántos verdaderos malvados comidos por los celos profesionales.

jueves, junio 18, 2009

Otra sobre Sogem

Diario Milenio-Puebla (18/06/09)
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Parece ser, según deduzco de los correos electrónicos que recibí acerca de mi colaboración de la semana pasada donde me ocupo de la problemática de la Sogem, que la crisis por la que atraviesa la escuela de escritores es a nivel nacional.
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En 2004 por ejemplo, comenzó sus labores en San Luis Potosí, en la Universidad Autónoma. Tuvo –como sucedió en Puebla y en Querétaro– bastantes interesados que se inscribieron, pero el proyecto no duró mucho: fracasó. Los alumnos que ahí estaban buscaron entonces otras opciones como los talleres que ofrecía la cultura oficial (en Puebla también se cerraron muchas opciones en ese sentido), y fue así como han estado trabajando desde entonces. En el caso de San Luis Potosí los resultados están a la vista, con una colección de libros de cuento y poesía de jóvenes creadores editados por el ayuntamiento el año pasado. En Puebla, como bien se ha visto, en años no se ha editado nada en absoluto. Si alguien conoce una sola edición, que me lo diga por favor.
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Entre otros correos que recibí resumo parte de uno de Gerardo de la Torre: "Querido amigo: De acuerdo a tu nota sobre la Sogem te comento a grandes rasgos lo siguiente: desde que hace unos meses ingresé al Consejo y decidimos renovar y mejorar la escuela, que iba en picada con horarios no cubiertos y una plantilla docente compuesta en su mayor parte de exalumnos improvisados como maestros por Teodoro Villegas.
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"Desde el Consejo Directivo se lo hicimos ver a Teodoro y le pedimos que comenzara a realizar cambios. Se opuso siempre, aliándose con un grupo de opositores.
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"Comenzó entonces una andanada de calumnias y mentiras entre las que se decía que queríamos desaparecer la escuela o vendérsela a Televisa. Al fin, esta semana se decidió nombrar director a Mario González Suárez y gracias a eso hemos acabado con buena parte de aquel soez escándalo. Añado algo más. Teodoro dejó en la Escuela un terrible déficit global y jamás informó de la situación de las demás escuelas del sistema Sogem. No sabemos cuántas escuelas existen ni cómo se administran ni cómo funcionan."
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Y un exalumno de Sogem-Puebla me envía otro comentario: “si yo salí de ahí es porque simplemente no hay opciones para aprender nada: salones improvisados, maestros que no llegan, alumnos que van y no van, profesores que no se dignan a mirar y mucho menos a analizar tus trabajos. Mentira que todo esté bien acá. Se ha dicho que quienes dirigen la Sogem en Puebla no han querido aceptar que la escuela cierra sus puertas. Lo único malo es que ahora para un escritor que quiere serlo no hay opciones para acelerar el aprendizaje”. Quién sabe cuánto más pueda sostenerse la Sogem en Puebla.

miércoles, junio 17, 2009

"Filosofía en seis horas y cuarto"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 17/06/09)

A Carmen, porque tu ausencia se convierte en más amor.
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Filosofar antes de morir. Apreciar la belleza del pensamiento humano antes de finiquitar el paso por el mundo. Según Gombrowicz, la filosofía no debe ser considerada con un acto intelectual, sino como algo que nace de la sensibilidad del hombre. Postura que va sosteniendo a lo largo de una serie de pláticas que Witold sostuvo con su esposa Marie-Rita Labrosse y su joven admirador Dominique de Roux, las cuales se convertirían en el “Curso de Filosofía en seis horas y cuarto”, publicado recientemente por Tusquets dentro la serie Fábula.
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Cristina Fernández Cubas –quien prologa el libro- nos plantea a un Witold que después de vivir en Argentina, regresa a Europa donde sus complicaciones respiratorias, acrecientan, padece asma y tiene setenta y cuatro años de edad. Se acerca su fin y es cuando nace la inquietud por hablar de filosofía, una de sus mayores pasiones en la vida. No hay mejor forma de morir que disfrutando los últimos momentos. Este curso propuesto por Witold se puede ver publicado gracias a los apuntes de sus únicos alumnos.
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“Curso de filosofía en seis horas y cuarto” es un breve recorrido por algunos autores fundamentales en la filosofía, quizá no todos, pero al menos sí los más elementales para entender el siglo XX y el XXI: Kant, Schopenhauer, Hegel, Sartre, Heidegger, Marx y Nietzsche. Con absoluta pasión y familiaridad Witold da un paseo por cada uno de estos autores, no se detiene en detalles absurdos ni en pensamientos complementarios, va a lo que importa: las ideas en concreto, sin dejar a un lado las influencias y herencias que cada uno de ellos tuvo. Porque no hay idea que no esté influenciada por otra.
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Aquél que se acerque Gombrowicz podrá penetrar dos planteamientos interesantes que hace sobre Nietzsche y Marx. Del primero dice que no es nada sencillo seguirlo, pues al matar a Dios (simbólicamente), plantear al hombre como un ser que habita solo en el cosmos y debe aprender a valerse por sí mismo, sin mayor regla que la vida misma, sin fórmulas ni recetas. Quizá por eso da miedo Nietzsche. Mientras que del segundo, Witold hace un severo análisis del Marxismo que a pesar de ser una corriente de pensamiento muy sana, a la larga se convirtió en aquello contra lo que luchaba, pues en algunos aspectos sólo quedó como un acto de liberación necesario, pero carente del sustento ideológico y al final mucho de lo propuesto por el marxismo fue aprovechado por el capitalismo.
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Ameno. Completo. Corto y hasta divertido, son algunos de los calificativos que se me ocurren para este libro. Amplia recomendación para estas vacaciones venideras, pues serán seis horas y cuarto llenas de conocimiento y de vida.

martes, junio 16, 2009

Modos de circulación cultural

Diario Milenio-México (16/06/09)
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La famosa carta que Virginia Woolf redactara para un joven poeta en 1932 iba llena de consejos. Ahí, en ese ensayo que la escritora británica escribió para John Lehmann, editor de Penguin Mew Writing, a cargo de la serie Hogarth Letters, no sólo esbozaba una defensa puntual a favor de la poesía contemporánea sino que también, acaso por lo mismo, incluía consejos para el joven escritor de poesía. Entre otras tantas cosas, hizo ahí un llamado más bien abierto a tomar riesgos. En una prosa sin adornos pero sí con ironía, Woolf le pedía al joven escritor que aprovechara, y esto sin ambages, la feliz época que se sucede antes de publicar el primer libro. En lugar de percibir el estado de “inédito” como una maldición de la que hay que zafarse tan pronto como sea posible, la Woolf conminaba al joven escritor a alargar esta etapa. Es justo entonces, en esos productivos y gozosos años que el joven poeta puede (y debe) cometer todos los errores, seguir todas y cada una de sus intuiciones, y caer en todas las extravagancias posibles (y hasta en las imposibles). Una vez publicado, le recordaba la escritora, las cosas serían distintas. Una vez publicado, se crearán expectativas, y no sólo por parte de los lectores. El escritor esperaría entonces algo, algo específico y no todo, de sí mismo. El escritor habría entonces caído.
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El ensayo de la Woolf parecería indicar que, hacia finales del primer tercio del siglo XX, esto en la Gran Bretaña, no sólo se esperaba que los jóvenes tomaran con cierta radicalidad y otro tanto de desobediencia su vocación por las letras, sino que incluso se les exhortaba a inscribirse dentro de las tradiciones poéticas de su tiempo de formas dinámicas y, de ser posible, críticas y contestatarias. Releo la reciente traducción que de ese ensayo publicara no hace mucho la UNAM y no puedo evitar pensar, con una inconsolable nostalgia, con algo así como una rabiosa melancolía, en lo mucho que hizo falta una misiva de este tipo en el mundo poético de México hacia el último tercio del siglo XX. Luego, pasado ya el trago tristísimo ante lo que no fue, no puedo evitar pensar así mismo en algunos poetas mexicanos que, no siendo inéditos y encontrándose ya, como diría Dante, en la mitad del camino de la vida, parecen haber recibido esta feliz misiva no hace mucho. En efecto, las recientes entregas de los poetas Jorge Esquinca (Uccello), Tedi López Mills (Parafrasear) y Myriam Moscona (El que nada) me hacen pensar que ciertos patrones de circulación cultural que, en el México de finales del siglo XX han sido sin duda verticales y que generacionalmente se han transmitido de viejos a jóvenes, están cambiando. Como se ha anotado en ya más de una reseña, se trata de trabajos donde el riesgo impera y el deleite material de la escritura que desobedece (o que sólo se obedece a sí misma) es más que notorio. Son sus voces como las conocíamos, en efecto, pero esta vez vienen alteradas por el aire fresco de la experimentación, la falta de miramientos, la contestación. Algo debió haber pasado, me digo, algo importante debe estar aconteciendo en el entorno de la poesía mexicana para que estos autores se decidieran hacia inicios del siglo XXI a apuntalar su veta más experimental. Me parece que estamos ante el borgeano caso del autor que produce a su predecesor o del lector que, en su loco afán, logra crear a su escritor. Me parece que estamos ante una inversión radical de los modos de circulación cultural en México.
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Dominada tanto simbólica como burocráticamente por la figura del patriarca, la poesía mexicana de fines de siglo XX se convirtió (con sus raras excepciones) en un producto respetuoso, bien comportado, prematuramente cansino. Se producía, y esto hay que recordarlo con puntualidad, en un mundo literario en el que los apoyos económicos, los viajes, e incluso las traducciones de libros fundamentales dependían de las elecciones y los gustos de un pequeño y poderoso grupo central que sobrevivía amparado por estratégicas, aunque nunca lineales, conexiones con el estado. Era un mundo estructurado a través de diálogos jerárquicos, en el que todo escritor mayor de 40 solía recibir el mote de “maestro”, que usualmente se llevaban a cabo en lugares privados. Que las invitaciones no se le extendían a cualquiera queda claro en el recuento de la rabia infrarrealista de esos días, sin ir más lejos. Las bibliotecas eran cotos cerrados que se extendían detrás de mostradores altísimos desde los cuales atendía un empleado, el único autorizado para caminar entre los anaqueles y tocar los libros. Las librerías, concentradas en el centro del país y, dentro del centro del país, en ciertos barrios de la ciudad capital, vendían libros tan caros que era preciso, si uno era lector convencido y justo, expropiarlos—tarea ingrata pero no por ella menos edificante.
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Luego, tal vez secretamente entremezclados, se sucedieron dos hechos hacia finales del siglo XX: murió el patriarca y el internet se fue convirtiendo poco a poco en un modo de navegación cotidiana. De súbito (al menos esa era la apariencia) fue posible tener acceso a libros publicados y traducidos en otras latitudes del planeta sin tener que atender a los gustos y las selecciones del pequeño y poderoso grupo central. Las bibliotecas, en una especie de revolución inadvertida pero no por ello menos radical, abrieron sus anaqueles al público lector. Cualquiera que haya encontrado libros que no buscaba en esos recorridos ha experimentado en carne propia las relevantes y liberadoras consecuencias de tal decisión. Ya había unas cuantas becas en la capital del país—las del Centro Mexicano de Escritores y las pocas que otorgaba el INBA—pero también hacia fines del XX se extendió su alcance. Pocos entre los participantes de estos programas, que yo sepa, se refieren a escritores mayores de 40 con el mote de “maestro”. No son la panacea, por supuesto, pero en sus mejores momentos se ha llevado a cabo en esos programas el tipo de diálogo intra y transgeneracional que me hace pensar en los felices neo-destinatarios de la carta que Virginia Woolf le escribiera a un joven poeta en 1932.
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En fin, que lo diré: los libros experimentales recién publicados por autores como Esquinca, Moscona o López Mills, entre otros tantos que andan circulando por ahí bajo el sello de pequeñas pero muy activas editoriales independientes también dirigidas por arriesgados editores, son producto de ese aguerrido grupo de jóvenes autores y lectores que no sólo crecieron sin la sombra asfixiante del patriarca sino también con la acomedida participación en diálogos de ida y vuelta a lo largo y ancho del cielo electrónico que ha producido el internet. Con los dientes afilados de la más ardiente contemporaneidad, esa poesía (¿mexicana?) me vuelve a hablar.

lunes, junio 15, 2009

Así no juego

Diario Milenio-México (15/06/09)
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Esas palabras dúctiles
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Tenía razón Isaiah Berlin —ya varias veces citado al respecto— cuando afirmaba que la democracia no vale para tres hurras, aunque sí para dos, y eso ya debería bastar. Esperar un sistema que merezca o se arrogue los tres hurras es tanto como dejar morir a la equidad en las manos de la unanimidad. Pasa, no obstante, que la equidad no a todos les acomoda, de ahí que con frecuencia el escéptico a ultranza tenga su propia idea de lo que debería ser o cuando menos significar el término democracia. Abundan, por ejemplo, los que viven convencidos de que ésta sólo puede ser tal cuando les favorece, pues nadie mejor que ellos abandera los ideales y métodos del gobierno-del-pueblo-por-el-pueblo. No es posible, razonan, que exista un verdadero espíritu democrático allí donde ellos no detentan el mando, de preferencia en forma incontestable. Maestros naturales de la retaliación preventiva, no titubean para tachar de antidemocrático a cualquiera que contradiga sus dichos, si nada en este mundo les parece tan natural como encontrar que la democracia son ellos.
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No es difícil, para quien ha vivido bajo décadas de simulación participativa, señalar a un demócrata de pacotilla, e inclusive arriesgarse a tipificarlo. Es, al fin, gente que en esencia no sabe perder, y en tanto se comprende que la idea de jugar y competir les incomode. En todo caso aceptan intentarlo siempre y cuando sean ellos quienes pongan las reglas, y en un momento dado improvisen las excepciones. Necesitan certezas. Desde pequeños han mamado de la lógica chueca del tramposo que solamente apuesta a las cartas marcadas. ¿Hay acaso mejor antifaz para un fullero que el de fanático de la equidad? ¿Cómo dejar de lado las virtudes decorativas de la palabra democracia, de por sí acomodable al gusto del usuario? ¿Qué se hace cuando un término indispensable se pervierte en las bocas de sus malquerientes, hasta que su sentido se difumina y ya cualquier acepción le acomoda?
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Un poco de autocensura
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No somos pocos los que experimentamos cierto escozor al momento de emplear las palabras que ya trajeron y llevaron tantos simuladores de oficio; tampoco es infrecuente que se intimide uno al momento de abrir la boca para usar los vocablos previamente relativizados y estigmatizados por pastores que se dicen libertarios y rebaños que se saben obedientes. Recuerdo, no hace mucho, el salto repentino de un amigo iraní cuando se me salió el palabrón. “¿Democracia?”, respingó, con una mezcla de asco y hartazgo, un poquito esperando que me disculpara por soltar exabruptos de tal calibre a la hora de la cena. En el caso mejor, yo tenía que ser un ingenuazo, dado que tanto en su país tanto como en el mío todo ese asunto de la democracia representativa pasaba apenas de ser un simulacro desprestigiado, inmeritorio de un solo hurra. Pensé por un momento en preguntarle si la renuncia a toda aspiración democrática sería preferible, a su entender, pero la cena estaba lo bastante sabrosa para capitular en el debate incipiente. Quién me mandaba usar palabras altisonantes en un momento tan encarecido.
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Un método eficaz para restar valor a los conceptos, así como a los términos que los designan, consiste en dividirlos en bueno y malo. Inventamos la envidia “de la buena” para darnos permiso de envidiar. Dice uno que su amor es “del bueno” para que quede claro que es cierto y constructivo, a diferencia de otros que ni amor son. Juran los rebasados por el tiempo que la música nueva es lo bastante mala para ya no ser música. Se ensalza, en suma, la legitimidad de lo propio para anular la validez de lo ajeno. Se recurre al escarnio, si es preciso, para que el adversario termine de entender esa verdad de Perogrullo según la cual una cosa es una cosa y otra cosa es otra. “¡Por favor!”, clama el dueño absoluto de la verdad, y acto seguido suelta la carcajada. Así que si uno insiste en ir en contra de sus dictados y certezas, tendrá que hacerlo en el insoportable papel de hazmerreír. “¡Por favor!” es entonces el eufemismo amable para el “¡No seas imbécil!” que en realidad se expresa.
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Jugar o no jugar
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Cuando la democracia sirve de cobijo y mascarada a sus acérrimos enemigos, de manera que las opciones en competencia son en esencia antidemocráticas, participar en ella parece un ejercicio de ingenuidad o cinismo. Se siente uno, en resumen, tan imbécil como cuando, de niño, jugaba con tramposos incurables y pretendía ganarles limpiamente. ¿Quién jugaría al futbol aceptando unas reglas disparejas que ceden al contrario una portería más pequeña, o un número mayor de jugadores? Pocos juegos parecen tan aberrantes y contraproducentes como una democracia con las reglas torcidas. Luego de setenta años de jugar en desventaja contra un sistema y unos individuos que jamás han sabido perder, causa vergüenza propia y ajena mirarse limitado por los mismos sujetos, más sus clones, resueltos a ser ellos, y nadie más, quienes dicten las reglas y las interpreten. “Así no juego”, dice uno en esos casos y se retira, cuando menos en nombre del amor propio.
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Está visto que el juego democrático que se anuncia para el próximo mes no pasará de ser un vergonzoso despropósito. Educados en la cultura de la farsa, nuestros legisladores —posesivo sin duda bochornoso del que en principio preferiría excluirme— han pergeñado ya una serie de reglas aberrantes que los dejan a ellos y a los suyos por delante de todos, con el favor de un árbitro servil injertado en censor oficioso. Sólo ellos, como administradores del partidato en curso, tienen la atribución de ser votados. Si un ciudadano mexicano pretende ocupar cualquier puesto de elección, debe antes integrarse a una de esas burocracias repugnantes donde para subir es preciso doblarse ante los enemigos declarados de la democracia que juran representar. ¿Cómo evitar así la sensación de que al votar en estas condiciones está uno siendo cómplice de tamaños granujas? ¿Somos acaso idiotas, o es que lo parecemos? ¿Alguien conoce a algún imbécil “de los buenos”?

jueves, junio 11, 2009

La crisis de la Sogem

Diario Milenio-Puebla (11/6/09)
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Como los lectores informados lo saben, la Sociedad General de Escritores de México, a nivel nacional y con la salida de la dirección de Teodoro Villegas, está pasando por una verdadera crisis de credibilidad. En estas mismas páginas, hace tiempo, se había adelantado algo del fracaso que ahora ya no puede ocultar la Sogem en Puebla.
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Me he estado enterando, a través de las cartas que han aparecido en los medios nacionales, de la elevada discusión que en torno a la crisis de la Sogem han venido sosteniendo Bernando Ruiz y Gerardo de la Torre, representante de literatura, lo que deja ver la gran división interna que aparece luego de los 24 años de su fundación. La revista Proceso, en sus últimos números, ha dado cuenta de tal situación. Parece que el asunto se agrava y parece que todo tiende a pensar, si no pasa otra cosa, en la desaparición de la Sogem, lo que, en palabras de René Avilés Fabila, sería lamentable.
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Me entero que han nombrado director general de Sogem a Mario González Suárez, una buena decisión de Lorena Salazar, presidenta del Consejo Directivo, lo que puede salvar la mala racha.
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Pero en Puebla las cosas andan muy mal. Aquí lo dijimos cuando se abrió la primera convocatoria: la Sogem en Puebla ya no tenía razón de ser por varias razones, entre otras porque en el estado de habían abierto talleres sin costo alguno en el que participaron varias generaciones. Ese proyecto, claro está, también concluyó por la falta de visión de las autoridades de la Secretaría de Cultura.
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El proyecto de la Sogem en Puebla, que fue aceptado por el empresario Pedro Ocejo Tarno, director del Instituto Municipal de Cultura de Puebla, sin tener muy en claro los contenidos, la continuidad entre las materias impartidas. Quienes realizaron y le propusieron el proyecto de regresar la escuela de escritores a Puebla, piensan que éstos se hacen en serie como la repostería de la Bimbo, y no es así.
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Los contenidos se hicieron para salir del paso y nada más. Sin embargo hay que ver las cifras: de los 35 (creo) alumnos inscritos en la primera generación, ahora solamente hay 17.
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Todo indica que la Sogem de Puebla no cuenta con una dirección adecuada, puesto que los alumnos se han manifestado públicamente inconformes. La respuesta de quienes rescataron la Sogem ha sido el silencio o, en su caso, la información distorsionada.
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Es lamentable que quienes trabajaron el proyecto no lo hayan hecho pensando en la formación de los jóvenes escritores, sino en su permanencia en la burocracia cultural. No hay duda: los resultados lo dicen y habíamos opinado que lamentablemente la Sogem era y es sólo un juguetito que les duraría lo que dura esta administración de cultura municipal. Quizá pensando en eso los organizadores mismos explicaron que ese proyecto era sólo para tres años. En lo que no pensaron fue en la deserción y en la poquísima demanda que ahora tienen. Lástima.

miércoles, junio 10, 2009

"Arcángeles: doce herejes revolucionarios"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 10/06/09)

En tiempos donde la falta de identidad y la pérdida de héroes parecen ser una de las principales carencias en México, Paco Ignacio Taibo II escribe “Arcángeles. Doce historias de revolucionarios herejes del siglo XX”. Un libro que hace justicia a aquellos personajes que han sido olvidados por la historia oficial o que si han sido nombrados no se les ha dado el valor que se merecen.
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Con un tono placentero, -casi a modo conversacional- novelesco, Taibo II cuenta las vidas de personajes como Juan R. Escudero, Larissa Reisner, Friedrich Adler, Ioffé, Durruti, Francisco Acaso, San Vicente, Diego Rivera y el Sindicato de pintores, P´eng P´ai, Hölz, Librado Rivera y Raúl Díaz Argüelles.
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No falta ningún detalle, todo ha sido registrado por Taibo II, incluso las peripecias que tuvo al escribir este libro.
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“Arcángeles” es la memoria de personajes que dieron todo por una causa, la vida misma con tal de construir algo mejor, teniendo como armas a las ideas mismas. Personajes que de una u otra forma guardan similitudes con aquellos luchadores del siglo XIX, pues no sólo usaron la pistola como defensa, la literatura, la prensa escrita o la pintura también era un modo efectivo de reclamar justicia y dar voz. Luchadores que estando en la cárcel o en el exilio clandestino encontraban la manera de seguir comandando peleas, publicando artículos y que más de una vez lograron salir de la cárcel para volver a ser aprehendidos y escapar de nuevo.
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Biografías que han sido trabajadas con el rigor y la disciplina propias de un historiador o investigador, pero han sido estructuradas con la exactitud de un cirujano y contadas con las herramientas narrativas de un novelista: la ironía, la metáfora.
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Un libro que se une a “Ernesto Guevara, también conocido como el Che”, “Pancho Villa: una biografía narrativa” y “Tony Guiteras, un hombre guapo” para vigorizar y dar salud a un México tan necesitado de héroes verdaderos, de gente que estuvo dispuesta a cambiar el mundo a cambio de nada. “Arcángeles” debería ser ya un libro de cabecera para esa izquierda mexicana tan desahuciada, quizá algunos personajes puedan hallar la receta para recomponer el camino.

martes, junio 09, 2009

Unidades de dispersión

Diario Milenio-México (09/06/09)
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A) DEFINICIÓN EN NEGATIVO
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No son sedentarios, eso queda claro desde el inicio. Son errantes, se entiende, en al menos ambos sentidos del término, en eso también tendríamos que estar de acuerdo desde el inicio. Pero, hablando estrictamente y al pie de la letra, no son vagabundos, o en todo caso se trataría de un cierto tipo de vagabundos intermitentes puesto que tienen entre sus costumbres conocidas la puntada de quedarse por temporadas (a veces largas) en ciertos sitios. Algunos hasta se dan tiempo para hacer amigos, adquirir escritorios y sillas y camas o, incluso, construir sus propias casas. Algunos, impelidos más por la necesidad que por la conveniencia, hasta encuentran trabajos que luego listarán en sus CVs imaginarios como “toda suerte de trabajos”. No son desarraigados bien a bien porque tienden a formar comunidades en los territorios por donde pasan. Se les conoce, por ejemplo, en ciertos bares o cafés, en los pasillos de ciertas silenciosas bibliotecas, en las azoteas de algunos tétricos edificios, o en los cuarto de invitados de ciertos amigos. No son exiliados, al menos en el sentido político que el siglo XX le dio al término, porque van y vienen más o menos a conveniencia propia y con pasaportes civiles. Podrían ser migrantes profesionales si tuvieran la disposición o el tiempo para pasar horas y horas haciendo colas en distintas oficinas de gobierno para firmar los documentos que confirmarían tal identidad. Podrían ser diaspóricos si a la definición oficial (dispersión de grupos humanos que abandonan su lugar de origen) se le suprimiera la palabra “origen”, para poder decir, luego entonces, que se trata de seres humanos que abandonan lugares, sean estos de origen o no.
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B) PASAR POR
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Hablo de escritores, por supuesto. Hablo del problema (o morbo o afán) de identificar y explorar el trabajo de una serie de escritores que han pasado por territorios conocidos como Latinoamérica durante el siglo XX. Y “pasar por” es aquí una mancuerna de palabras que me he tardado mucho tiempo en seleccionar. No son escritores que son de Latinoamérica, pero pasar por Latinoamérica no quita la posibilidad de haber nacido ahí. No se trata de escritores que hayan viajado por Latinoamérica, aunque para pasar por ahí sea necesario iniciar más de un viaje. Podrían ser Malcolm Lowry o Graham Green o D. H. Lawrence, pero más bien serían como Witold Gombrowicz o Leonora Carrington o, sí, en efecto, Roberto Bolaño. No son, en definitiva, Vladimir Nabokov o Joseph Conrad o Samuel Beckett, conocidos entre otras cosas por su versátil uso de una nueva lengua, sino Gerardo Deniz o Maria Negroni o, en efecto, Bolaño, escritores que habiendo pasado por Latinoamérica escriben todavía en una de las formas del lenguaje dentro del cual crecieron. Ojo: aún y cuando vivan en los Estados Unidos, dentro de cuyo territorio se escribe hoy en día buena parte de la literatura latinoamericana de nuestros tiempos, no son US Latino writers, ni New Latino writers, ni US writers. Se trata de escritores que pasan por América Latina, sí, haciéndose también pasar por muchas otras cosas, abriéndole así la puerta a la despersonalización lo mismo que a la desterritorialización —que no es sino otra forma de enunciar la forma fluida y poco cabal de las identidades contemporáneas. He aquí el asunto: me refiero a ese tipo de escritores que habitan de manera esporádica (que no diásporica) sitios y lenguas con los cuales desarrollan una relación de dinámica resistencia más que de amable acomodo.
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C) EL QUID DEL ASUNTO
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La traducción del latín al español sería, según el diccionario de la Real Academia: el qué cosa del asunto. Era finales de primavera y, sin embargo, la tarde se deslizaba gris y lenta del otro lado de las ventanillas cuando, de repente, de la nada como se dice usualmente, brotó de algún lugar de ese cielo gris un granizo atronador y por demás blanquísimo que me hizo levantar la vista del libro que leía sólo para pensar, literalmente de la nada, en lo triste, lo verdaderamente triste o, en todo caso, ligeramente perturbador que habría sido para Bolaño saber y ser testigo del enorme éxito de sus libros traducidos al inglés. Supongo que el gris de fines de primavera y la súbita aparición del granizo algo tuvieron que ver con el mórbido pensamiento que me hizo recordar un artículo escrito por la académica Sarah Pollack en el que explica la serie de retuércanos culturales y políticos que, tras bambalinas aunque no tanto, ayudan a explicar la súbita y más que presurosa “normalización” de los textos bolañianos en el mercado, y se dice así en efecto, el mercado del libro en Estados Unidos*. Cualquier otro habría estado feliz, se asume, pero Bolaño, quien a todas luces gustaba de presentar sus libros como armas de un valiente (y valiente es un vocablo al que recurría con frecuencia para calificaciones literarias) andariego algo crepuscular pero no menos apasionado por la “auténtica” y “verdadera” literatura tendría que haber respondido con, al menos, algo de incredulidad y, luego, con algo de compulsivo enojo y, por qué no, hasta con ancestral rechazo. No sabremos nunca, por supuesto, lo que habría hecho (y con toda seguridad es casi mejor que sea así), pero esa tarde de primavera gris sombreada, además, por la irrupción del blanquísimo granizo (¿pero puede algo tan blanco en verdad “sombrear” una tarde de primavera?), no pude sino preguntarme cómo se le hace entonces para proteger al libro, al libro verdadero, al libro que es, al menos, dos libros (ambos con el filo dentro), de la normalización del mercado y la campechanería de la moda y la ramplona cascada del halago que es, a fin de cuentas, más mohín o hartazgo que halago. No estoy del todo conforme con respuesta que me di entonces frente a la ventanilla del autobús del mediodía (porque era, además de fines de primavera, en efecto, un poco después del mediodía) pero fue ésta: habría que pensar en Bolaño no como una excepción exótica (y concéntrica), claro, sino como uno entre la saga de escritores que andan por ahí, pasando por sitios y lenguas de Latinoamérica de manera esporádica, desarrollando, mientras tanto, en el mismo trance de pasar por ahí, una relación de dinámica resistencia más que de agradable acomodo con ese cúmulo de cosas a los que por falta de mejor término acabamos nombrando no pocas veces como “el entorno”. ¿Hay, de verdad, un hilo que va de esos 24 años que Witold Gombrowicz pasó en Argentina a, por ejemplo, Lina Mourane, esa escritora chilena que vive y produce una obra en español en el Nueva York de nuestros días? ¿Existe un hilo, se entiende que estético, entre los libros de Horacio Castellanos Moya, el centroamericano que pasa temporadas bastante largas tanto en Estados Unidos como en Europa y, digamos, Eunice Odio, la poeta costarricense que murió en México? ¿Son Unidades de Dispersión de cepa tan distinta escritores como el peruano César Moro y el centroamericano Rodrigo Rey Rosas?
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*El artículo existe y lleva por título “The Peculiar At of Cultural Formations: Roberto Bolaño and the Translation of Latin American Literature in the United States”, el cual se puede encontrar donde yo lo encontré ya hace algún tiempo: internet.

lunes, junio 08, 2009

Dos columnas, dos de Velasco

Diario Milenio/Cultur-México (08/06/09)
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Con la historia en las manos
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Y al fin Roger sacó la espada de la piedra. Un suceso, más que un partido de tenis. Tal como contará el vencedor, una vez transcurrida la premiación, desde que Robin Soderling emboscó en cuatro sets a Rafael Nadal, él no ha hecho sino cargar con la suma de las expectativas. Incluso en restaurantes y banquetas lo han acosado las mismas preguntas. ¿Está seguro de que va a ganar? ¿Cree que será lo mismo lograrlo sin tener que enfrentar al Carnicero de Manacor? “Sentí como si hubiera jugado tres o cuatro finales del Abierto Francés en una semana”, dirá con la sonrisa puesta y la copa en las manos.
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No han faltado las opiniones de grandes jugadores que señalaron a esta final francesa como el partido más importante en la vida profesional del ya mítico Roger. Un juicio que le ajusta todavía mejor al aspirante Robin, quien nunca antes pasó de la tercera ronda en un torneo de Grand Slam. Y si bien Federer no ha perdido ocasión de señalar su récord de 9-0 frente al sueco, no menos cierto es que nunca antes sufrió tanto para llegar al séptimo partido. Había un cierto apetito morboso flotando en el ambiente de la capital histórica del regicidio, aun si el público de la cancha Philippe Chatrier se declaraba abiertamente federerista. En circunstancias tales, el hasta entonces dueño de un trofeo de Grand Slam menos que Pete Sampras —quien, por cierto, jamás estuvo en una final de Roland Garros— no halló mejor terapia que llamar al room service en la noche del sábado. Más allá de sus números, debía enfrentar a quien había dado cuenta de Ferrer, Nadal, Davydenko y González en hilera.
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Justo al comienzo los golpes son duros. Rígidos los de Soderling, precisos los de Federer. Ya se ve que a lo largo del partido le dará tormento con su reciente golpe favorito: una dejada súbita desde media cancha, y a veces desde el fondo, que pone la pelota a un paso de la red y quiebra sin cesar las piernas y los ánimos de los tenistas de más estatura —pesadilla anteayer vivida por Del Potro—. El sueco sirve mal, además. No consigue meter el primer saque, ni tiene fuerza con el segundo. Lo atormentan los nervios, juega contra sí mismo. Lejos de sus estándares recientes, se anota su primera doble falta, varios errores no forzados y, hasta el quinto juego, ni un solo winner. Tras veintitrés minutos de dominio sin réplica, Federer cierra el set con 6-1. De 37 puntos en disputa, se ha llevado 26.
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Una vez fuera de la primera manga, Soderling amenaza con despertar, y lo logra en alguna medida durante su servicio, pero con el de Federer nomás no puede. Nueve aces en el set, cuatro de ellos sólo en la muerte súbita, para un 7-6(1) algo engañoso. Baste decir que en sus primeros diez juegos al servicio, el espadachín suizo ha cedido un total de ocho puntos. Sólo después de entonces llegará Soderling al primero de sus dos puntos de rompimiento en el partido (tras los cuales habrá de ver pasar sendas pelotas intransigentes).
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Tras la felpa sufrida en la muerte súbita, Soderling abre el tercer set con un servicio errático que termina en un rompimiento tempranísimo. En realidad, la única amenaza contra el dominio férreo de Federer es la lluvia, que a más de uno le recuerda los vaivenes de la última final de Wimbledon. Ya sobrevivió al susto de ver a un espontáneo embanderado caerle encima en mitad de la cancha, decidido a calzarle un gorro suizo. Por encima de viento, lluvia o imponderables, Roger Federer continúa sirviendo con el hacha; sólo cuando va a hacerlo por el partido, a lo largo de un 5-4 eléctrico, muestra que la ocasión puede un poco más que él. Pero no más que un poco, pues del 30-40 ominoso salta de vuelta al mando del partido:
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Uno, dos puntos: championship point —”punto para la Historia”, tendría que declamar el juez de silla—. Y como ha sido regla en las casi dos horas que le ha tomado devorarse a Soderling, basta el servicio para que Roger Federer se deje caer sobre la tierra roja que había temido nunca conquistar. Ya su sola expresión mientras posa en la cancha su raqueta —ni él ni Nadal la tiran, menos la azotarían— da cuenta del tamaño de la gesta. Llora como cualquiera lo haría en su lugar, aunque ningún cualquiera quepa aquí. Solamente otros cinco han ganado los cuatro Grand Slams, sólo Sampras había ganado catorce. Nadie sino él, por tanto, figura en ambos clubes. Salve, Roger.
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En contraste con la elegancia proverbial del campeón, Robin Soderling no se tienta el corazón para robarle un chiste al difunto Gerulaitis (“Nadie le gana diecisiete veces seguidas a Vitas Gerulaitis”, advirtió alguna vez a Jimmy Connors), aludiendo a sus nueve derrotas previas ante el suizo. “¡Nadie puede meterse en todas las finales de Grand Slam!”, le dice Agassi a Federer, no bien le da el trofeo y un abrazo sensiblemente fuerte —ha estado en su lugar, tiene los cuatro Grand Slams y ganar éste le tomó una década—.
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“Creo que es la victoria más satisfactoria de mi vida”, exhala el campeón ante el micrófono de un reverente John McEnroe, y descuidadamente añade: “...a Rafa le gané hace dos semanas, en Madrid”. Es decir que además de sacar la espada de la piedra y sentarse en el trono de la Historia, Federer se ha sacado la espina de la arcilla. Ha caído dos veces en menos de un año y otras tantas ha vuelto, con la elegancia de un duelista redivivo. De lo cual se desprende una noticia más: a quince días de Wimbledon, Roger Federer está al mero principio de una Historia vacía de precedentes. Sin siquiera certeza de que Nadal consiga reponerse de la lesión en la rodilla y defender su título, tal parece que todo está en las manos del que a partir de ahora no podrá dar un paso hacia adelante sin alejarse hacia esa cima solitaria donde hoy por hoy no existe el más allá.
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Berlusconi en pelota
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Silvio y sus visitadoras
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Hará no muchos años que en su columna semanal de El País Juan José Millás afirmó un poco en broma que eludía el tema Berlusconi porque no quería problemas con la mafia. Hace dos días, el fotógrafo Antonello Zappadu —italiano, casado con una colombiana— declara al mismo periódico que le da más miedo Il Cavaliere que las FARC. Pues pasa que el periódico, sobreviviente ya de la embestida furibunda del gobierno de José María Aznar, enfrenta los cañones del imperio Belusconi por causa de unas cuantas fotografías que lo retratan de puerco entero. Las fotos que Zappadu fue cazando a lo largo de años de querúbico acecho a su edén libertino en la isla de Cerdeña —la hoy popularísma Villa Certosa— y El País publicó hace pocos días, a todo color. Nada del otro mundo, finalmente. Un par de chicas topless y un ex primer ministro polaco desnudo, no se sabe si en trance de taparse o sólo alzar la toalla en busca de un condón. Nada que se asemeje a las escenas últimas del esperpéntico Saló de Pasolini, pero la porquería del caso es que gran parte de los gastos del parque temático de Berlusconi corre por cuenta del erario italiano, y de hecho sus visitadoras arriban a Cerdeña en vuelos oficiales.
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Berlusconi parece mirarse ante el espejo como una suerte de villano de Ian Fleming, aunque más que adversario de James Bond semeje un contrincante de Austin Powers. De ahí que, ante el escándalo, censure las imágenes al tiempo que las juzga “inocentes”, cargue contra El País y espere salirse con la suya. ¿Qué tan chueco tiene que estar el mundo para que un lacra de las dimensiones del so-called Cavaliere pueda ganar una querella judicial así fuera de sus fronteras, donde no puede reformar las leyes ni es el dueño virtual de la televisión privada y la pública? En cualquier caso, Il Cavaliere tenía que haber imaginado la clase de respuesta que recibiría, teniendo tanta cola por pisar. Ayer mismo, El País publicó el breve testimonio del fotógrafo, un editorial duro y una prédica asqueada de José Saramago como acompañamiento para una bomba: Anatomía de Berluscolandia, el espléndido reportaje de Miguel Mora, que para mala suerte del sátrapa vive actualmente en Roma y por lo visto sabe demasiado.
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La omertà del desenfreno
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Conocí a Miguel Mora hace unos años: un tipo arrollador. La clase de periodista a quien no se le puede negar nada, no solamente porque sabe de sobra a lo que va, sino también porque es simpatiquísimo. Te hace preguntas mientras te hace reír, se va hasta la cocina con la anuencia total del entrevistado, que ya casi le aplaude las agudezas. Es con esa ironía minuciosa que Mora lleva a sus lectores a un paseo asombroso por Berluscolandia, donde la proporción de cuatro mujeres por cada hombre —chicas no siempre mayores de edad que aspiran a la fama política o mediática, lo que ocurra primero— garantiza a los invitados del playboy mandatario dosis interminables de comprensión femenina.
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Hace unos días, Hugo Chávez reculó en su intención manifiesta de debatir con Mario Vargas Llosa porque éste, a su bolivariano entender, está en ligas menores y él figura en las grandes. Muy lejos de querer imaginar un duelo verbal entre Comandante y Cavaliere, encuentro que otra vez el bravucón se ha topado con uno más fuerte que él. A saber cuántos propios y extraños estén ahora mismo leyendo el reportaje, disponible en la página web del periódico, traducido asimismo al inglés y el italiano, donde se hace evidente un maridaje entre asombroso y nauseabundo entre política, negocios y placer. ¿Cómo, si no al mando de una enorme y macabra maquinaria mafiosa de silencios, consiguió Berlusconi mantener tanto tiempo guardado tamaño secreto? No estaría de más irse enterando a qué penalidades se arriesga una visitadora de Berluscolandia que se va de la lengua en torno a las actividades secretísimas de ese viejo cochino al que encima de todo llaman Papi.
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Las pollitas de Papi
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En una de sus múltiples balas al corazón, Mora cita al filósofo Paolo Flores d’Arcais: “la pregunta no es lo que pasa o ha pasado en Villa Certosa, sino lo que habría ocurrido en Estados Unidos si se hubiera sabido que Obama ha pasado las vacaciones de Navidad con 30 vedettes de 18 años y sin su mujer, o en Alemania si se descubriera que Angela Merkel veranea con 30 gigolós macizos”. Poca cosa, todavía, pues además hay que tomar en cuenta que Berlusconi se ha distinguido por un discurso rígido y puritano, condimentado con chistes zopencos y metidas de pata persistentes. De ahí que Miguel Mora remate su retrato patético mirando a la cereza del pastel, pues he aquí que encima de todo queda la hipocresía. Vemos a Berlusconi a la luz de esta imagen y es como si asistiéramos de nuevo a la alocada huída del congresista de La Cage Aux Folles. Atrapado in fraganti, con el rosario en cazzo sea la parte.
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La semana pasada, la NBC transmitió un extenso programa especial desde el interior de la Casa Blanca. Treinta y dos cámaras, guiadas por más de una veintena de productores, se instalaron durante una semana en el 1600 de la avenida Pennsylvania. A la vista de unos cuantos juegos para niños, distribuidos en el jardín y visibles desde el Salón Oval, el presidente Obama reconoce el placer que le da poder ver a sus niñas jugando tras los ventanales de la oficina, pero añade que el fin de semana llegan los hijos de sus colaboradores a jugar ahí, y eso también los hace trabajar mejor… No deja de hacer gracia que algo así suceda en la que hasta hace cinco meses era la residencia del mundialmente odiado Bush Jr., cuyo fantasma se ha evaporado así de pronto y fácil, por obra y gracia de un sistema similar al que Silvio Berlusconi se ha encargado de corromper y derrumbar, a lomos de una truculenta dictadura mediática.
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“Perro no come perro”, pensará Berlusconi de Mora, asumiéndose acaso su colega, toda vez que sus múltiples tentáculos lo hacen colega de medio mundo. Habría que decir, en cualquier caso, que hay de perros a perros. Mis perros, por ejemplo, comen perros calientes sin el menor reparo moral. Puesto en otras palabras: hay que ver los tamaños de Miguel Mora, residente de la boca del lobo. Algo me dice que lo está gozando.