jueves, mayo 28, 2009

"El dinero del Diablo"-Fragmento (http://www.poder360.com y http://eluniversal.com.mx/graficos/pdf09/adelanto_dinerodiablo/index.html)

(Diciembre 2008)
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Cuando estaba a punto de entregar este manuscrito, el portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, entregaba un comunicado que especificaba que recién en 2014 se podrá realizar la apertura de los archivos secretos que contienen los documentos del controvertido papa Pacelli. La razón, según él, estriba en la dificultad de catalogar los más de dieciséis millones de documentos existentes. La comunidad judía internacional exige poder verlos. La verdad histórica también.
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Este libro busca estar allí, en medio del debate. Es sumamente significativo que Benedicto XVI quien acaba de defender públicamente al Papa Pío XII en su homilía para recordar el aniversario de su muerte, haya dicho recientemente que el proceso de beatificación que había anunciado en 2008 y que da pie a esta novela, se va a retrasar para analizar los reclamos de la comunidad judía y reflexionar profundamente sobre el tema.
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Los documentos más comprometedores que pertenecieron a Pío XII, sin embargo, desaparecieron el mismo día de su muerte. La madre Pascualina-su leal asistente personal- se encerró en el departamento de Pacelli y llenó tres grandes sacos de tela. Ella misma los bajó, sudorosa, y los arrojó al incinerador del Palacio Lateranense. No se movió de allí hasta que fueron reducidos a cenizas.
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Esta es una obra de ficción basada en documentos originales y en investigaciones realizadas en archivos secretos, gracias a la colaboración de algunas personas que pertenecen a redes de espionaje dentro y fuera del Vaticano, lo que me impide mencionarlos por su nombre en los agradecimietos. Muchos de ellos se negaron a colaborar e incluso me amenazaron, al conocer que esta novela era el objetivo de mis investigaciones, como si la montaña de fango aún pudiese alcanzarlos.
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Al final del libro el lector curioso encontrará una amplia bibliografía, que le permitirá continuar adentrándose en los vericuetos del poder sostenido por los hombres de barro, tan lejanos a las aspiraciones divinas. De nada sirve saber quién empuñó el arma sino quién dio la orden y qué es lo que quiso ocultar o enterrar para siempre.
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Los que más han amado al hombre le han hecho siempre el máximo daño. Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes
Nietszche
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Prólogo
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El desierto quema.
El desierto esconde.
El desierto es inmenso, como la pérdida. Ignacio Gonzaga siente que no debe volver por ningún motivo. Ha huido de la mentira, de la estulticia, de la falta de fe y ahora ha vuelto a creer en el amor.
Sólo el amor salva: es poderoso.
Es el único motivo de su existencia: estar allí, en medio de la muerte. Servir en el lugar del mundo, acaso el último donde hace falta.
En medio de esos campamentos de refugiados, los otros no son los únicos desplazados. No es el único con miedo. Como si todos los que se desplazan no quisieran llegar nunca: o hacerlo lo más tarde posible.
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-Toda guerra es estúpida –le había dicho hacía muchos años su querido Padre General, a quien llamaban con miedo el Papa Negro- Diminuto y transparente a causa de la radiación de la bomba atómica, su superior. Él había presenciado en Hiroshima cómo el mal se convertía en un hongo denso, irrespirable.
-Y es estúpida –decía el sobreviviente de la peor guerra- porque sacrifica lo único que vale la pena, la vida de un ser humano, el argumento central de la creación.
El jesuita ahora, en el desierto, no estaba tan seguro de ello. Los humanos, al fin y al cabo eran los amos de la guerra y del dolor. Engendros, más que creaciones divinas.
Adonde se voltea la cabeza aparece la dueña las horas, de los días y de la muerte.
El odio ha sido sembrado en donde quiera: los humanos nos alimentamos de él y de la mentira, su corrupta hermana.
Por una mentira él ha huido.
Desde la mañana hasta el anochecer dedica sus horas a ofrecer consuelo: lo mismo a un herido que a quien ha perdido las extremidades o la vista.
El mundo explota, es una gran bomba de tiempo.
Ellos son los retazos de la cobardía, del silencio, del estupor.
Una mujer esta mañana le ha tomado la mano, apretándosela con fuerza. Hablaba árabe. Él la dejó, pero después de unos minutos quiso quitársela; ella entonces se aferró aún más a la mano del sacerdote.
Soltó lágrimas y le suplicó que no la dejara sola.
-Voy a morir, ayúdame -le decía al tiempo que señalaba con la mano libre a su hija pequeña que se arrastraba entre la arena.
La niña no tenía un brazo.
Le preguntó qué era lo que le había pasado a su hija.
-El fuego, el fuego –repetía la mujer aturdida. Ardía en fiebre.
Tenía razón: no habían escapado de la guerra, eran los refugiados del infierno.
Y el mundo se caía en pedazos. Imposible salvarlo.
Y él no tenía fuerzas ya para oponerse al mal. Sólo en las películas triunfa siempre el bien, se dijo. Esa noche el agua caliente de la ducha improvisada no lograría lavarlo.
Una llamada telefónica desde Jerusalén en la tarde. Una cita a comer. La esperanza de ver siquiera por unas horas otro escenario menos macabro.
¿Y la niña sin brazo? ¿Qué podía hacer él por ella o por la madre moribunda? Las trompetas derriban las murallas de Jericó. Todo se hace añicos, incluso la esperanza.
Aprovechó la llamada de su amiga forense, doctora también de la muerte, para salir rápidamente del lugar. Traspasar la frontera, saber que siempre se está en el otro lado.
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1
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El primer cuerpo apareció el Domingo de Resurrección. En su pequeña habitación de Borgo Sancto Spirito, el jesuita había sido decapitado y, recostado sobre la cama, sostenía entre las manos una nota de advertencia: ¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? Su cabeza, ya separada del cuerpo, yacía sobre el escritorio en una charola ensangrentada. La habitación, en completo desorden. Quien quiera que hubiese estado allí buscaba algo, desesperado y a juzgar por el estado en el que había quedado el cuerpo del padre Jonathan Hope, no lo encontró.
El Padre General fue avisado de inmediato y dio la orden de embalsamar el cuerpo allí mismo, en la enfermería. Debían proceder con cautela, hacer ellos las investigaciones, le dijo a su secretario privado, el italiano Pietro Francescoli.
-Ni una palabra a nadie de lo ocurrido. ¿Me entiende? Que nuestro médico firme el acta de defunción ya, cuanto antes sería mejor.
Francescoli era metódico y servicial. Esto último podía lograrlo tantas veces como se lo propusiera con su superior, pero el Padre General era impredecible y eso siempre lo sacaba de sus casillas, a pesar de los veinte años de conocerse:
-¿Y qué les decimos a sus familiares?
-Que murió de un infarto, un ataque al corazón y que a causa del calor en Roma, decidimos enterrarlo. Envíe mis condolencias personales.
-¿Algo más? -Sí, busque de inmediato al padre Gonzaga y pídale que venga desde donde quiera que esté. Y limpien hasta la última gota de sangre.
-Si lo embalsamamos, Gonzaga tendrá mucho más difícil su trabajo.
Las manos delgadas del Padre General se crisparon y golpeó el escritorio, en un gesto teatral: -Usted haga lo que le digo. Tome varias fotos antes de la asepsia total –pronunció la palabra asepsia de forma que su subordinado entendiera a qué tipo de higiene se refería.
-¿Y a los demás? Más temprano que tarde empezarán los rumores.
-Los rumores, querido Francescoli, seguramente ya salieron de esta casa y los está escuchando el Santo Padre directamente. Estoy seguro de que ya habrá dado órdenes a alguno de los miembros de La Entidad para meter sus narices aquí, mientras usted y yo perdemos el tiempo. O mejor, mientras usted pierde el tiempo.
La Entidad era el nombre neutro con el que en el Vaticano se llamaba actualmente al servicio secreto. El mismo cuerpo que antes se llamó La Santa Alianza. Francescoli hizo una mueca ante el mero nombre; para alguien como él no tener el control de las cosas era el peor pecado, le parecía repugnante no saber quién era un espía infiltrado, tal vez tu mejor amigo o tu propio confesor. Se daría prisa.
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Ignacio Gonzaga había salido muy de mañana de Amman para ver a su amiga Shoval Revach. Habían quedado en comer juntos en el Crown Plaza de Jerusalén, un lugar impersonal en una ciudad hecha de misterio y asombro, pero que a ella le encantaba porque podía ir caminando desde sus oficinas en el Tribunal Superior. A pesar de sus jefes, Gonzaga había decidido pasar estos años ayudando a los campamentos de iraquíes refugiados en Jordania. Iba en la carretera cuando sonó su celular. Reconoció el número, la comunicación sólo podía provenir de Francescoli. Dudó durante tres tonos si contestarle o no. Al final cedió: un resorte de obediencia quedaba en el antiguo secretario privado del Papa Negro, Pedro Arrupe. Desde la muerte de su Padre General había hecho hasta lo imposible para negarse a aceptar otra autoridad que la de su memoria. Pasaba apenas los cincuenta; se veía en forma, con el cabello apenas salpicado de canas. El cuerpo delgado y alto se le balanceaba al caminar, como si la cabeza le pesase en demasía. Tanta obstinación como para esconderse en el lugar más complejo de la tierra en estos días:
-¿Qué se te ha perdido, Francescoli?
-A mí nada, Ignacio –se tuteaban desde hacía veinte años, los dos estudiaron en la Gregoriana, pero ambos recelaban del otro. Sus carreras semejaban una competencia atlética, no teológica- eres tú quién se ha extraviado en el desierto, ¿de quién te escondes?
-No me has hablado para confesarme, ¿llevas puesta tu estola?
-Es cierto, dejémonos de ironías. Es urgente que regreses a Roma.
-No puedo dejar el campamento ahora, se los he explicado una y mil veces. Quizá dentro de un año.
-No entiendes, no se trata de eso. Es para que resuelvas un nuevo caso –subrayó la palabra, como si estuviese hablando con Hércules Poirot- el Padre General te necesita en Roma hoy mismo.
-¿De qué se trata?-Un crimen, igual que las veces anteriores. Tenemos que darnos prisa. El General te espera hoy por la noche.
-Imposible.
-Lo único imposible para ti ha sido atravesar la vida con la llama de la verdad por delante sin quemarle las barbas a quienes se han topado en tu camino.
-Tengo cosas que hacer, me tomas en medio de un viaje. Estoy en carretera.
-Hoy, aunque sea en la madrugada.
-Mañana; salgo en el primer vuelo.
Colgó. No quería seguir discutiendo con Francescoli. El desierto es una piel que calcina. Se volvió a poner los lentes oscuros y aceleró. Francescoli era hombre de pocos rodeos. Algo muy importante lo hacía pedirle que regresase a Italia. Algo relacionado con su pasado como investigador, por llamarlo de algún modo. El Padre Arrupe solía bromear con ello.
-Llamen al detective -decía de Gonzaga, cuando algo gordo se presentaba en algún lugar del mundo- Y era él quien tenía que esclarecer las cosas, convencerlos de que la verdad libera. ¡Qué estupidez!, la verdad es una soga que estrangula lentamente. La verdad es seca y calcinante, como la arena del desierto y, por si fuera poco, también enceguece.
Llegó a Givat Ram un cuarto de hora antes de la cita con Shoval. Le dejó las llaves de su Land Rover al valet parking del hotel y fue directo al bar. Gonzaga tenía aún las maneras y los caprichos de un niño mimado –su padre fue uno de los hombres más ricos de Navarra o, más bien, de España- y realizaba su ayuda humanitaria en Medio Oriente con su propia camioneta blindada y muchas veces con generosas sumas de dinero que sacaba de sus cuentas privadas en Suiza. Era hijo único y sus padres habían ya fallecido.
Entendía el voto de pobreza muy a su manera: había que tener reservas y liquidez, la única forma de huir si se daba el caso. ¿Qué hacía él en Jordania, conviviendo con refugiados de Iraq? Hacía tiempo que no se lo preguntaba: sus ojos preferían mirar hacia otro lado.
Entró al anodino bar del lugar –un enorme edificio blanco, como si un arquitecto loco hubiera querido hacer una nueva Torre de Babel justo a la entrada de la ciudad- y pidió un whisky doble sin hielo.
El color de la malta, sus singulares brillos, esa tenue amargura que sin embargo se desliza por la garganta como la seda y aturde de inmediato. Lo saboreó como un premio, sólo que él no había ganado nada en los últimos tiempos. En la guerra sólo se adquiere una certeza: la de la miseria lo humano, se dijo cuando la vio llegar y saludarlo agitando su brazo delgado y bronceado.
Shoval Revach, el torbellino –le dijo y la besó en ambas mejillas. Estaba bellísima, con un vestido rojo sin mangas; el largo cabello ondulado le caía sobre los hombros, el cuello largo, los ojos hechos con algún extraño mineral. Parecía más una sofisticada diseñadora de modas que la mejor médico forense de Israel.-Ignacio Gonzaga, el seductor encubierto –reviró ella y el tajo dolió un poco.
La invitó a sentarse.
-No, no. Entremos ya al restaurante, tengo una tarde de perros.
-Y yo tengo que volver a Roma.
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Francescoli realizó la encomienda de limpieza con singular rapidez. El médico personal de su familia se encargó, en la enfermería de Borgo Sancto Spirito, de los detalles menos agradables y el cuerpo –sus dos pedazos cercenados, claro- estuvieron antes de mediodía listos en un hermético ataúd de metal. Francescoli mismo realizó la misa de cuerpo presente en la capilla delante de los jesuitas que administraban no sólo su casa en el Vaticano, sino el centro de su poder mundial, en aquel vetusto edificio que pronto necesitaría una gran remodelación. En esos asuntos banales pensaba Francescoli mientras pronunciaba su sermón y pedía el descanso del alma de Jonathan Hope. Todo Paraíso, tierra de la vida, es también territorio de la muerte.
¿Puede descansar un alma como esa, a la que se sorprendió con tal violencia?, se preguntó. La mente es un saboteador poderoso y la de Francescoli se perdía en su retórica: iba de las facturas y lo cotidiano a su propia metafísica de bolsillo. Se escuchó a sí mismo decir:
-Las almas de los justos no atraviesan el Purgatorio, reciben la visita de Cristo y él las conduce al Paraíso. Nuestro hermano descansa junto al Padre Eterno. (Mientras lo decía, sin convicción alguna, pensaba en realidad en las palabras del Evangelio de Mateo: Que su sangre recaiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos) Algo en el ambiente le parecía una premonición funesta. Dentro de su mente sólo se hallaba la cabeza cortada de Jonathan Hope, los ojos que pedían clemencia, asustados. Apartó la tétrica imagen de sus pensamientos e hizo la señal de la cruz.
Todos se santiguaron. Luego les dio la comunión. Más que una misa era su forma velada de colaborar en el esclarecimiento de los hechos: estaba seguro de que el asesino se encontraba entre ellos y que una mirada lo delataría, mostrando o bien su lado débil o su zona de hielo, despiadada. Necesitaba penetrar en la mirada del criminal, pero no tenía las armas de Gonzaga, ni su sangre fría.
Nada hubo revelador en las pupilas de los treinta y seis hombres que lo acompañaban en la homilía, salvo los ojos llorosos del padre di Luca, el viejo ecónomo de la casa. Lo llamó aparte al término del acto.
En su despacho de burócrata Francescoli se veía mucho más cómodo que tras el altar. Cuestionó sin rodeos al viejo sacerdote:
Enzo, ¿Usted sabe qué fue lo que pasó con el padre Hope?
El padre di Luca asintió con la cabeza: -
La mayoría lo sabe; los que aún no, conocerán la verdad antes del anochecer. En el comedor se cuenta todo.
-¿Y cuál es esa verdad?
-Padre Francescoli, no juegue con mi dolor. A Hope lo asesinaron.
-¿Quiénes? ¿Por qué lo dice en plural?
-Yo qué sé, por costumbre. ¿Usted diría a Hope lo asesinó, en singular, si no supiese quien ejecutó la infamia? -Nunca lo vi cerca de Hope; por eso me extraña ahora su dolor, sus lágrimas.
-¿No me diga que soy su principal sospechoso? Pierde el tiempo, Francescoli. Llame mejor a la policía.
-No intento suplantar a nadie, Enzo. Es sólo que usted es el más viejo aquí. Podría saber más.
-Cuando se llega a mi edad comienza a ser cómodo pasar inadvertido, Francescoli. Uno es invisible, escucha cosas.
-¿Cómo? ¿Qué ha escuchado, Enzo?
-Padre, nada de valor. Sólo que Jonathan Hope estaba metiéndose en asuntos muy turbios. Totalmente oscuros, diría yo.
-¿Y quién se lo dijo?
-El propio Hope. Anteayer, después de la cena. Lo observé muy cansado, demacrado incluso. Le pregunté si se encontraba bien. Entonces me dijo unas cuantas cosas, nada que pareciera especialmente peligroso; tan sólo que estaba tocando fondo en sus investigaciones, que sentía mucho miedo, que no quería regresar solo al Archivum Secretum Apostolicum Vaticanum.
-¿Tú sabías que Hope trabajaba en el Archivo Secreto?
-No al principio, todos nos quedamos con su nombramiento de ayudante en la Biblioteca Vaticana, lo demás era misterioso o al menos privado.
-¿Y le dijo qué estaba haciendo en el Archivo Secreto?
-Tomaba notas, nos decía, para un trabajo especial que le había pedido el propio Secretario de Estado. Tenía acceso a secciones prohibidas.
-¿Qué tan prohibidas?
-No lo sé. Trabajaba en un lugar casi sin luz, la Sección de Papeles Familiares e Individuales. A Francescoli aquel nombre no le dijo nada. Prefirió terminar la pesquisa:
-Gracias, padre. Perdone la molestia. Lo acompaño en su pena por el padre Hope.
-¡Que el Señor lo tenga en su Gloria!
-Eso espero, Enzo, eso espero.
Jonathan Hope era un acucioso historiador de la iglesia, un ratón de biblioteca, pero también un ser inofensivo. Nunca se hubiese atrevido a divulgar ningún secreto, pensó Francescoli. Luego se imaginó los últimos días de Hope, presa del pánico, sin saber qué hacer con el pozo oscuro, como le decía Enzo di Luca, que había abierto metiendo las narices donde los papeles apestan a algo más que humedad.
Eso buscaban sus asesinos: las notas de Hope. ¿Las habrán obtenido? Sonreía. Pietro Francescoli tenía algo importante que comunicarle al Padre general antes de la llegada de Gonzaga. Pronunciaba siempre así las palabras, Padre en Mayúscula y general en minúscula. Él era un siervo, el hijo menor de su superior a quien obedecía como una mascota.
-¡Gran día para un aprendiz de detective!, se dijo sonriendo. La humildad no era una de sus virtudes, esa se las regalaba con gusto a los franciscanos.
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Gonzaga disfrutaba la compañía de su amiga Shoval Revach, se sentía con ella en total confianza, como con ninguna otra mujer. Podían quedarse callados durante mucho tiempo, sin que eso causara el menor malestar en ninguno de los dos. Ella celebraba el sentido del humor ácido del jesuita con otro no menos negro que le venía de sus familiares rabinos, particularmente de un tío suyo que aún vivía en Haifa dedicado a contar una y mil veces los mismos cuentos jasídicos a su casi infinita descendencia y parentela.
A simple vista nada los unía, salvo esa amistad de una década. Él, dedicado profesionalmente a perpetuar la vida como sacerdote, (aunque en los últimos años en Medio Oriente mediante una forma precaria de lo animado, la supervivencia mínima en medio de las ruinas del odio). Ella, en cambio, a la muerte, encontrando en la sala de autopsias las razones de la maldad y el crimen. Sin embargo, en los dos había la misma pasión por la verdad, proveniente más de la inteligencia que del corazón. Gonzaga había callado sus emociones o eso creía hasta ahora, al hacer sus votos y Shoval reconocía que la única forma de llevar su profesión siendo mujer era no aparentando interés por hombre alguno. En ambos casos la castidad era consecuencia de sus propias actividades, como si más allá de los votos o del exceso de trabajo no tuviesen elección.
Shoval comenzó a contarle su vida cotidiana en la oficina. Había dejado la sala de autopsias hacía apenas seis meses para incorporarse al Tribunal Supremo de Justicia y odiaba su trabajo. El presidente del Tribunal, además, se complacía con acosarla:
-Lo que empezó como una galantería: flores, pequeños regalos, invitaciones a cenar y que yo interpretaba como deferencias profesionales se ha vuelto una verdadera monserga.
-Díselo.
-Eres sacerdote, Ignacio, no entiendes estas cosas. Ya se lo dije, claro y cristalino como el agua. Pero para él debió ser agua salada del Mar Muerto. Le he picado el orgullo y ahora es un macho herido que hará lo imposible por acostarse conmigo.
-¿Casado?
-Obviamente. Un ortodoxo, además. Encaja perfecto en el perfil.
-Los seres humanos no somos perfiles, Shoval, somos máquinas complejas, diría que incomprensibles.
-Mi trabajo es encontrar los motivos. Desactivar la complejidad. Simplificar es el arte del forense.
-¿Y qué motiva a tu perseguidor, además del orgullo herido?
-Soy un trofeo. Algún día me colgará en el muro de honor de sus conquistas y pasaré al olvido.
-Renuncia, si no puedes soportarlo.
-¿Y echo por la borda veinte años de trabajo? No estoy loca, ya no son las épocas de escapar de la ciudad e irse a un kibutz a cantar bajo la luna y hacer crecer tomates. Se acabaron las utopías y los kibutz, Ignacio.
Gonzaga le tomó la mano. Shoval temblaba, poco faltaba para que saliese espuma de su boca. Se repuso, acostumbrada a controlar sus impulsos y cambió la conversación:
-¿A qué regresas a Roma? –le preguntó mientras cortaba con elegancia quirúrgica su rodaballo a las brasas con salsa de pimienta rosa.
-A ver al padre General -siempre lo pronunciaba así, padre en minúscula, General en mayúscula. Desde sus épocas cercanas al Papa Negro, Gonzaga se sabía un soldado, como Loyola. Aunque cada vez se le complicaba más entender la razón de ser de su cruzada personal. Tomó aire y siguió:
-Un asunto particularmente difícil, según parece, del que no sé nada. Ven conmigo. –Él mismo se sorprendió de proponérselo.
-Aunque hoy los judíos no tengamos que escondernos en Roma quizá necesites una catacumba para que tus superiores no se asusten con mi presencia.
Gonzaga hizo caso omiso del comentario e insistió:
-Tómate unas vacaciones, las mereces. Dime, desde cuándo…
-Desde nunca. La palabra vacaciones no aparece en mi diccionario.
-Lo que quiere decir que en la oficina te deben muchos días de asueto. Lo ves, no es nada difícil. Hablas, pides permiso y te tomas un descanso cerca del Tíber.
-¿Por qué habría de ir, Ignacio?
-Tal vez te necesite.
-Yo siempre te necesito, ¿entiendes la diferencia? –puso su mano sobre la del sacerdote, quien no se atrevió a mirarla, sonrojado como un adolescente.
Jerusalén siempre le pareció el crisol del misterio. Una ciudad labrada en la arena en la que se resguardaban los lugares santos de la cristiandad habitada por judíos y algunos árabes no dejaba de ser una paradoja.
Pasó por el muro de las lamentaciones y contempló a los hombres realizando su penitencia. Al desierto había ido, él mismo, a expiar una culpa desconocida. Estar en Jerusalén significa siempre pasar de la sensación de sentirse extranjero, incluso rechazado, a finalmente sentirse familiar, parte de esa experiencia común que inició con Abraham y Moisés. Eso se dice ahora mientras contempla el fervor religioso de los judíos.
-¿A qué ha venido tan lejos? –le había preguntado Shoval alguna vez. Ahora lo sabía: a regresar.
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2
Roma, 1929
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Esa madrugada del primero de enero, los aires de Año Nuevo no parecían para nada propicios. Su Santidad Pío XI se despertó otra vez como un simple mortal. Volvió a ser quien había sido hasta hacía siete años: Ambrogio Damiano Achille Ratti, el hombre, el viejo archivista y paleógrafo, el aguerrido alpinista que conquistó tantos picos como se había propuesto y que había sobrevivido toda una noche colgado en un acantilado, en medio de la tormenta en el Monte Rosa. Sólo que esta vez no estaban junto a él los antiguos documentos que tanto amaba ni las nevadas cumbres de sus montañas. En la alta cama que, horizontal, le privaba de otro horizonte que el de sus pies hinchados, se supo solo, pequeño, miserable. Hacía siglos que no había habido un Papa más pobre que él, se dijo. Y así, sin dinero siquiera para renovar el Palacio Lateranense en el que la ruina del Vaticano lo encerraba, poco podría hacer por la Iglesia. Era un papa prisionero, no un digno heredero de Benedicto XV, su protector y amigo.
La oscuridad era casi total, aún no amanecía. Lo despertó el ruido de las ratas que corrían por los techos y entre los muros. Escondidas y agazapadas de día, se volvían locas de noche. Miles de ratas infestaban el Vaticano, llenaban las salas de recepción y los sótanos, las viejas cañerías y los precarios servicios. La misma Basílica de San Pedro era un hervidero de ratas. Sus dieciséis años como humilde bibliotecario, primero en Milán en la Ambrosiana y luego en la Vaticana, le habían dado alguna lección contra las plagas: el único camino era exterminarlas antes de que acabaran con todo.
Y él no tenía siquiera para fumigar. Su imperio se desmoronaba, corroído por la pobreza y los dientes afilados de cientos de miles de roedores.
¿Cómo podría deshacerse de la peste? Abrió la amplia ventana y el frío se coló dentro de su cuerpo, las habitaciones eran de siempre heladas y no había tampoco dinero para calentar los aposentos del Vicario de Cristo en la tierra. Malos tiempos para ser Pontífice, se dijo mientras contemplaba el obelisco egipcio con la enorme cruz que lo coronaba. Bajó la vista y reparó en los cuatro leones aparentemente feroces de su pedestal. El obelisco había caído una y otra vez. Y había vuelto a ser erigido. Del Circo Máximo a su remoción en el incendio de Roma con Nerón hasta que Sixto V lo repuso. Y allí estaba, imponente desde el 2 de agosto de 1587. ¿Cuántos herederos de San Pedro lo habían contemplado al amanecer? Su mente de historiador hizo el rápido repaso: treinta y cuatro.
Salía de nuevo el sol, se trataba de un Nuevo Año: No se puede ser pobre y poderoso a la vez, pensó. Y no estaba dispuesto a rendirse.
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Se escuchó un fuerte ruido en la habitación papal. Uno de los pocos sirvientes que quedaban entró a preguntarle al Pontifex Maximus si se le ofrecía algo. Él negó con la cabeza y le hizo ademán con la mano de que se retirara. No hablar con la servidumbre e incluso con la Guardia Suiza –un decreto impuesto por León XII– era una de las cosas que más le molestaban desde que terminó el complejo cónclave que lo eligió y él entrara a la camera lacrimosa, a vestirse de blanco. ¡Quince votaciones se necesitaron para que hubiese al final humo blanco y el camerlengo pudiese anunciar Habemus Papa. La disputa en realidad se estuvo dirimiendo entre el Cardenal Merry del Val, un conservador de mano férrea y el Cardenal Gasparri, quien había sido el Secretario de Estado de Picoletto, como la gente llamaba a Benedicto XV por su tamaño diminuto, a quien habrían podido también haber bautizado el Monstruo por su andar jorobado o su único ojo, producto de un accidente infantil.
Achille Ratti, a sus setenta y un años, seguía siendo un hombre imponente, con un cuerpo más de luchador greco-romano que de místico. El hijo de un comerciante de seda, simplemente. Podía haber sido un estibador en Génova o un sicario a sueldo. No tenía la complexión de los ascetas que pululaban por las cámaras de su palacio y entornaban los ojos al rezar como si estuviesen hablando con Dios mismo.
Lo que lo salvaba en medio de la envidia y la intriga del Vaticano era su férrea preparación teológica, dispuesta al más complejo y prolongado debate escolástico. A sus más cercanos les daba miedo iniciar una disputa con Pío XI, nadie podía vencerlo. Sabía qué padre de la Iglesia, en qué año había pronunciado la frase exacta con la que había zanjado disputas de siglos. Por ello veía con nostalgia las épocas de poder y esplendor del papado. En 1215, el Cuarto Concilio Lateranense había proclamado que el Patricius Romanus poseía absoluta autoridad no sólo en materias espirituales sino acerca de todos los asuntos temporales.
–Se nos pasó un poco la mano –decía Benedicto XV, bromeando con el viejo bibliotecario al que había hecho primero su nuncio en Polonia y luego elevado con velocidad a Cardenal.–Fuimos dueños de casi todo Italia, nuestras dieciocho patrimonia.
–No nos quejemos mucho, Ratti –le decía el antiguo Papa– Clemente XI llegó a deber cien millones de scudi.
–Hemos ido y venido entre el Infierno y la Gloria, Santo Padre.
–Hasta Pío IX, el último Papa Re.
–No me negará, Ratti, que de todas formas se trata de una contradictio in abjectio. Hace tiempo que no predicamos con el ejemplo. La pobreza ahora nos obliga a regresar al origen de la Iglesia.
–La Iglesia es un cúmulo de contradicciones, Santo Padre. Pío Nono lo expresó mejor que nadie, dolorido por su falta de influencia al preguntarse cómo puede el Supremo Pontífice, siendo meramente el habitante de un país extranjero, permanecer ajeno a la influencia local.
–Pobre hombre, con su epilepsia y su debilidad a cuestas huyendo asustado de Roma mientras lo iba perdiendo todo a causa de los revolucionarios: uno a uno fueron independizándose los estados papales. Una a una perdió todas sus patrimonia. Una salida desesperada fue proclamar su Syllabus de Errores.
–Y probablemente una solución tardía.
Empezaron a recitar los errores que recordaban, como dos niños que se cuentan chistes entre ellos:
–Error número setenta y siete: Es un error afirmar lo siguiente: “La Religión Católica ya no debe ser tratada como la única religión del Estado y todas las otras prácticas excluidas”.
–Error número ochenta –seguía el historiador alpinista que no podía quedarse atrás del Papa– “Es un error afirmar lo siguiente: ‘El Pontífice Romano puede y debe reconciliarse con la civilización moderna’”.
Luego reían estruendosamente. Hablaban en latín, pero las risas eran a todas luces italianas.
Y no sólo Pío Nono había redactado desesperadamente su lista de errores, también había llamado al Concilio Vaticano Primero para llamarse a sí mismo Pastor Aeternus: había que insistir en que el lugar del Papa en el mundo y sobre todo en Italia era todo menos temporal: allí por decreto se declaró que el Sumo Pontífice hablaba ex cathedra, desde la silla de San Pedro y eso lo hacía nada menos que infalible.
Nada pueden las palabras contra las hordas de la revolución, se dijo entonces Achille Ratti quien volvía a ser Pío XI, por algo había escogido el nombre de aquel Pontífice epiléptico pero enérgico que le encantaba mencionar a Benedicto XV y cuyo cuerpo estuvo a punto de no ser enterrado sino arrojado a las aguas del Tíber por una muchedumbre hambrienta de justicia: dos papados más verían abatirse la ruina y la pobreza sobre el antiguo poder papal. Saco de Huesos, como los obispos norteamericanos llamaron a León XIII, poco pudo hacer a pesar de impedir a los católicos italianos votar en las elecciones.
Como sus dos predecesores Guiseppe Sarto al convertirse en Pío X en 1903, volvió a impartir su bendición desde dentro del balcón de San Pedro en inequívoco gesto de que el Papa se encontraba prisionero del gobierno italiano. Otro tanto haría Benedicto XV.
Eso tenía que terminar. Achille Ratti entró a la camera lacrimosa, en donde nunca pensó estar, mientras los sirvientes lo vestían de blanco y ajustaban sus ropas y abrió por vez primera las ventanas del balcón para pronunciar a todos los vientos su bendición Urbe et Orbi.
La muchedumbre debajo gritó con júbilo:
–¡Viva Pío Undicesimo! ¡Viva Italia!
De inmediato puso toda su energía en obtener dinero. Al proceso le llamó la Cuestión Romana, pero el viejo Rey Emmanuel en el Palazio Quirinale respondió con el mismo argumento:
–Italia, Santo Padre, muere de hambre.
Habló por teléfono con un viejo amigo cercano al Rey, el general Cittadini, sin lograr nada. Las huelgas se sucedían como los días, después de Alemania, Italia era el país con mayor inflación de Europa hasta que un día un hombre oscuro empezó a congregar a las masas gritando:
–¡Nuestro programa es simple, deseamos gobernar Italia!
Él era un genio con las palabras, sus hombres creaban pánico. Pueblo tras pueblo incendiaron todas las casa del popolo socialistas y cualquier policía local que intentase actuar contra los condottieri fascistas era forzado a renunciar.
Por eso ahora el papado estaba bajo otras presiones y asfixiado por la bota de Benito Mussolini. Picoletto no podía haber imaginado que el frustrado periodista que escribió el infamante libelo Dios no existe y una lasciva novelita, La amante del Cardenal, iba a crecer como la espuma junto con sus camisas negras en una arena que no había explorado aún cuando vivía su predecesor, el poder.
Se preparó para dar la bendición de Año Nuevo a la muchedumbre que llenaba la Plaza de San Pedro. Oraba un poco, como el atleta que fue, para tomar fuerza o para concentrarse; le imponía ver siempre a esos miles de fieles necesitados de un solo gesto, una bendición, la sonrisa lejana del Papa desde su balcón. Italia como él, era miserable por esos días, necesitaba de consuelo. Eso lo sabía de sobra. Había repetido su consigna una y mil veces desde su elección: La Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
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Algo había aprendido del infatigable Picoletto y sus luchas internas: estaba resuelto a que la Iglesia dejara el aislamiento realmente reciente de su larga historia de poder e influencia. El llamado al activismo no era un asunto para pusilánimes, había que luchar a capa y espada contra la amenaza del ateísmo proveniente del comunismo y su llamada insistente a los más necesitados para rebelarse ante su Iglesia.
En estos siete años Pío XI había consagrado los primeros obispos nacidos en China y Japón, a pesar de la férrea oposición de la Curia.
–Las misiones –solía decir– allí está el futuro de la Iglesia. No se trata sólo de bendecir Urbe et Orbi, se trata de salir de la prisión del Vaticano y llegar hasta la última alma del planeta.
Para eso, como para sus ideas de renovación de la Biblioteca Vaticana y del Instituto de Arqueología, también necesitaba dinero. El dinero era su única preocupación. Una muy terrenal.–Dios tiene al Papa en la tierra, pero yo ¿qué tengo sino un ejército de ineptos acostumbrados a la buena vida?
Las arcas estaban vacías y los bancos alemanes lo atosigaban con el pago de los intereses de sus préstamos. La usura es todo lo que se agrega al capital, había denunciado San Ambrosio, se dijo con su pasión por el pasado y los documentos, pero tuvo que apartar la frase de su mente y concentrarse en algo más mundano.
Mussolini y él habían estado en el poder durante los mismos años: siete. Para el Papa habían sido largos, llenos de penuria, para Il Duce, los más hermosos de su vida. Pero ambos hombres tenían ambiciones más grandes. Pío XI quería salvar el cuerpo casi agonizante del Vaticano y Mussolini se había percatado de que su antiguo anticlericalismo le impediría convertirse en el nuevo Emperador Romano; tenía que pactar con su antiguo enemigo.
Una serie de gestos inequívocos fue sucediéndose desde 1923 cuando Mussolini prohibió la masonería y eximió al Vaticano del pago de sus impuestos al omnívoro gobierno. Il Duce había dicho claramente: “Todo dentro del Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”.
Mussolini siempre deseó ser él mismo como un antiguo emperador romano.
Iban y venían correos entre ambos hombres. Al Papa le preocupaba que Mussolini no estuviese casado y viviera con su amante Donna Rachele.
Desde hacía varios meses Pío XI no dudó en descargar todo el trabajo del viejo Cardenal Gasparri –tenía ya setenta y ocho años– como Secretario de Estado, para dedicarse sólo a convencer a Il Duce de contraer matrimonio. Gasparri llamó a su lado al Nuncio en Alemania, Eugenio Pacelli. Eran tiempos que requerían la energía de sus mejores hombres. Había que pactar con Benito Mussolini, costara lo que costara; llevaba tres años arreglando la famosa cuestión romana.
Dio la bendición, sonrió con benevolencia y entró a su despacho, agotado para leer el largo informe sobre la situación en Rusia de su hasta entonces protegido, el jesuita Micthel D’Herbigny, uno de sus más conspicuos espías en la Santa Alianza.

Palou presenta "El dinero del diablo". Finalista del Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa América.

Diario Milenio-México/Cultura/Madrid • Redacción (27/05/09)
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Ella, que todo lo tuvo y El dinero del diablo son dos novelas distintas que, sin embargo, coinciden en el país en el que fueron ambientadas, Italia; de la mano de las ciudades de Florencia y El Vaticano, el país transalpino está en las obras ganadora y finalista del III Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa América.
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La escritora y periodista Ángeles Caso fue la encargada de presentar ayer martes los libros, en un acto que contó con la participación de los autores galardonados, Ángela Becerra y Pedro Ángel Palou.
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La obra del poblano Pedro Ángel Palou, El dinero del diablo, es un thriller sobre un tema que a todos nos interesa, seamos o no creyentes, según la opinión de Ángeles Caso, para quien la Iglesia “está muy presente en nuestras vidas y sigue teniendo un gran poder, sobre todo económico”.
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La novela finalista es una “ficción documental” que comienza con la beatificación de Pío XII —conocido como "el papa de Hitler"— y que está basada en testimonios de espías que han trabajado en el entorno de El Vaticano.
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Palou afirma que al investigar para escribir este libro se dio cuenta de que el papel que jugó en su momento Eugenio Pacelli —Pío XII— era mucho más complejo de lo que en un principio imaginó. “El único monarca absoluto que queda en el mundo es el papa,” afirmó el autor, al ser preguntado sobre si esta posible relación entre la Iglesia y el nazismo hubiera podido ocurrir en la época de Juan Pablo II o Benedicto XVI. Palou explicó que ha utilizado documentos reales para construir un thriller de ficción sobre este personaje.
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Precisó que está basado en testimonios de “espías” que han trabajado en el entorno de El Vaticano y que le han proporcionado información, aunque ello le ha costado, según el autor, algunas amenazas.
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Palou calificó su obra como “ficción documental”, aunque aclaró que los documentos que aparecen sobre El Vaticano son reales, y a la pregunta de si El Vaticano actual es un sitio tan lleno de intrigas como él lo retrata, contestó que el piano que utiliza habitualmente el papa actual es un regalo de Hitler a Pío XII.
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Ángeles Caso definió a Ella, que todo lo tuvo, obra ganadora, como una novela “psicológica, tal y como la definen los franceses”, que se adentra en el alma de una mujer “que lo ha perdido todo en un accidente y se ve imposibilitada para seguir adelante con su vida”.
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La autora Ángela Becerra, colombiana afincada desde hace dos décadas en España, explicó que su obra surgió de su pasión por Florencia, una ciudad que la sedujo “desde joven” y en la que ambienta una historia que imaginó al ver en un bar solitario a una misteriosa mujer sentada en la barra, “que parecía estar en decadencia, que había sido bella y ahora parecía haberlo perdido todo”.
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La autora de obras como De los amores negados confesó que la historia permaneció en su mente durante mucho tiempo, porque “es difícil adentrarse en los recovecos de la soledad de una persona”. Ella, la protagonista del libro, es una escritora “rota, inhabilitada para la escritura”, que viaja a Florencia para “intentar reconstruirse”, según comentó la escritora sobre esta novela que aborda temas como la soledad del ser humano, la delgada línea que separa locura de cordura o el deseo de ser comprendido, sobre todo cuando uno ha vivido una situación límite.
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En la presentación realizada en la Casa de América, el director de Planeta, Carlos Reves, destacó que además de la dotación económica el mérito es la difusión de las obras en veintidós países.

La euforia del fracaso

Diario Milenio-Puebla (28/05/09)
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Vamos Puebla / vamos Franja / vamos todos triunfadores / vamos / vamos / con coraje… Ése era el himno del equipo del Puebla de la Franja hace años, antes de que casi lo desplazara el “Somos muchos / más que once…”. Hace mucho no escuchaba una mezcla entre el otro himno “Qué chula es Puebla” y el “Vamos triunfadores” hasta que el pasado martes 26 desfilaron encima de los camiones de dos pisos de la Secretaría de Turismo, los jugadores, el director técnico y el cuerpo técnico del equipo de La Franja.
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Se vio un José Luis Sánchez Solá encantado, contento, relajado, luciendo una camisa blanca y holgada y saludando a todo el mundo. La gente que se aglomeró en el zócalo y que disputó las playeras que lanzaban los integrantes del equipo, vio a un equipo que luchó hasta lo último pese al gol de Pumas –de Darío Verón–, los alejó de sus aspiraciones de disputar la final en la fiesta grande del futbol mexicano.
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¿Pero qué festejaba el Equipo de la Franja?
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Yo creo que nada, sólo fue un paseo que congregó a un gran número de gente que (esto es quizá lo interesante del caso) cree aún en su equipo al que le tiene confianza. Entre las pancartas había varias que pedían la permanencia del Chelís como director técnico, otras que decían “estamos orgullosos de ustedes”, etcétera. La euforia lució ante el fracaso. Al Puebla, como a cualquier otro equipo de futbol, le hubiera gustado tener en sus manos la copa de campeón. No pudo ser, pero no quedó en el esfuerzo.
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El Puebla, como decían los viejos cronistas deportivos, "acarició la gloria". Sin embargo apareció, casi solo, descuidado un Darío Verón que levantó la mano repetidas veces pidiendo el servicio. Nada que hacer: fue contundente con la cabeza y el gol dejó fría a la afición del Puebla en el Estadio Olímpico Universitario, mientras el Tuca Ferreti brincaba como en el aire.
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Luego escuchamos las declaraciones del Chelís: se quiere quedar en el Puebla cuando hace meses había renunciado. Esas declaraciones por cierto no fueron muy bien vistas por la prensa nacional.
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La afición lo aprueba. La afición le quiere dar otra oportunidad. Para muchos aficionados él hizo más de lo que se esperaba. ¿Si el Chelís se queda asegura el buen funcionamiento del equipo? Creo que no. No es mal presagio, pero esas continuidades nunca han sido buenas (salvo raras excepciones) en el futbol mexicano. Y el América de seguro que no piensa en el Chelís Sánchez Solá, quien ha declarado ya oficialmente que se queda un año más: el truene. De cualquier manera, ¿qué festejó el equipo el pasado martes 26? Buena y noble la afición que los recibió en el zócalo como campeones.

Convive el Puebla de la Franja con su afición en un desfile (periódico digital de Puebla)

Inventar un paisaje

Diario Milenio-México (25/05/09)
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Hay escritores que se sientan y hay escritores que caminan; Rulfo era de los segundos. Todos leen, de preferencia vorazmente, pero no todos leen el mundo con el cuerpo. Mejor dicho: con los pies. Más que una afición, caminar fue para Rulfo una pasión y, por contradictorio que parezca, una disciplina. Recorría la Ciudad de México a pie, ciertamente, degustando los cambios del clima y los rostros de la gente. Pronto también se inscribió en clubes de alpinismo que lo llevaron a explorar de cerca los volcanes del centro del país —el Popocatepetl y el Iztaccihuatl incluidos. De hecho, una de las fotografías más entrañables del escritor jalisciense lo retrata de espaldas al fotógrafo, pensativo, pipa en boca, en alguno de los picos del Nevado de Toluca. Las lagunas del sol y la luna literalmente a sus pies.
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Sus empleos como agente de ventas y como burócrata del Instituto Nacional Indigenista sin duda contribuyeron también a afianzar su gusto por el viaje terrestre, el deslizamiento que lo pegaba más a la tierra. Que Rulfo llevaba los ojos bien abiertos en todas y cada una de sus andanzas queda muy claro al mirar, inclusive si es sólo de reojo, sus fotografías. Ahí están, íntimamente relacionadas a las minuciosas descripciones de sus libros, las imágenes que poco a poco, y de manera por demás consciente, dan cuenta del proceso de producción del paisaje rulfiano. Su manera de ver y su manera de leer convergen de maneras significativas, por ejemplo, en una de las imágenes que hizo del escritor Efrén Hernández —un explorador de las vanguardias tanto en términos de narrativa como de teatro, que utilizaba, como luego Rulfo, el recurso de la digresión, desatando hilos narrativos en textos donde la anécdota no constituía un eje central. Tal vez en ningún otro sitio como en el retrato que Rulfo le hizo a Hernández en el camino hacia el Iztaccihuatl haya quedado plasmada con mayor claridad la relación silenciosa y emocionada que los unía a ambos. Ahí, rodeado de árboles que se antojan atemporales y coronado por la nieve sempiterna de la mujer dormida, ese volcán, aparece un hombre absolutamente solo. Delgado, con la cabeza inclinada hacia la tierra, Hernández no sólo no da la cara sino que también escatima hasta su sombra misma. Rulfo lo vio así un día.
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Se sabe, por supuesto, que el paisaje no está ahí, inerte y definitivo. Se sabe que el paisaje es natural sólo a medias. Lo que sucede entre el horizonte y la mirada: eso es el paisaje. El escritor, por cierto, fue más bien claro y explícito respecto a la necesidad de “inventar”, es decir, de producir un paisaje propio. En el capítulo dos, intitulado “Hacia la novela”, del libro Los Cuadernos de Juan Rulfo, se lista una serie de elementos —aparentemente relacionados— bajo el mote de “Hay demasiadas cosas intraducibles”: Hay demasiadas cosas intraducibles,/ pensadas en sueños/ intuidas/ a las cuales uno puede encontrarles su verdadero significado solamente con el sonido original… el color./ Inefable. El idioma de lo inefable/ La aventura de lo desconocido/ Inventar un paisaje/ o un nuevo paisaje de México.” De eso, entre otras cosas, se trata también la escritura y la fotografía de Juan Rulfo. Los dos elementos entremezclados.
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Si, como asegura Eric Santner, “la fotografía es un medio privilegiado porque parece funcionar como un sitio de comercio con los muertos (o mejor dicho, con los no muertos)”, no es de extrañarse que el autor de Pedro Páramo mantuviera una relación estrecha y constante con la fotografía a lo largo de su vida. Y aquí vale la pena añadir que su trabajo con la fotografía antecedió al de la escritura y que, además, continuó una vez que éste terminó su obra literaria en 1955. Así, mirando con absoluta atención a su entorno y capturando desde rostros hasta edificios, desde plantas hasta vistas panorámicas, Rulfo se dedicó en realidad a documentar una historia natural de ese nuevo paisaje mexicano de creación personalísima y propia.
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La historia natural según Walter Benjamin, el pensador alemán, da cuenta de cómo “las formas simbólicas a través de las cuales se estructura la vida pueden vaciarse de sentido, perder su vitalidad y descomponerse en una serie de significados enigmáticos, jeroglíficos que de alguna manera continúan dirigiéndose a nosotros —llegando a nuestra piel psíquica— aunque ya no poseamos la llave de su significado”. El punto en la definición bejamineana así como en la obra de Rulfo no sólo es identificar esos pedazos de cultura material donde han quedado las huellas de otras, sino crear una estructura donde el autor y el narrador, y junto con ellos el lector, queden expuestos al enigmático llamado que de ellos emanaba y emana. Estar expuesto, construir una obra expuesta y vivir una vida expuesta a todos esos llamados es lo que Eric Santner llamó la vida de la criatura. No sé si Rulfo consiguió vivir la “vida de la criatura” cada uno de los días de su vida, pero sí estoy segura que esa vida expuesta es una parte fundamental de su trabajo como artista visual y como escritor de textos experimentales de mediados del siglo XX.
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Al producir un nuevo paisaje mexicano, tal como era su intención, Rulfo nos enseñó a ver verdaderamente nuestro entorno —tanto el externo como el interno— nos enseñó, como hace la poesía, a poner atención en lo visible y en lo inefable. Acaso sea por eso que no pocos consideran a Rulfo también como nuestro gran poeta del siglo XX.

lunes, mayo 25, 2009

Esos libros ponzoñosos

Diario Milenio-México (25/05/09)
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Lectores al cuartel
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Igual que todo el mundo, me he topado con muchos libros malos, pero hasta hoy jamás logré tener entre las manos un libro envenenado. Podría acaso reprochar en algunos que me hayan aburrido, decepcionado o inclusive indignado, pero de ahí a encontrar que sus palabras me infligieron un daño irreparable, o siquiera pudieron llegar a ocasionármelo, media más de un sarcasmo de distancia. Dice uno que determinada novela le causó “daño cerebral” con la sola intención de ironizar en torno a su mala factura, cuando sería más justo proceder a olvidarla mediante la lectura de otra, y otra. Terapia al cabo libre como ninguna, donde el paciente elige a su soberano antojo las páginas que habrá de administrarse, en las dosis que más y mejor le plazca. No imagino, por tanto, a un lector regular que se refiera a libros envenenados. Una idea que ya ha probado su popularidad entre supersticiosos e idólatras, así como su relativa utilidad en manos del gurú correspondiente.
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Resulta pintoresco que quien habla de libros envenenados sea la misma persona que lanza una campaña masiva de lectura, pero lo cierto es que ésta comienza justamente por pintar una línea entre los libros sanos y los ponzoñosos. Clasificación harto peliaguda que por lo visto sólo un líder bolivariano puede llevar a cabo con minuciosidad. Pues no se trata de que la gente lea lo que quiera, sino exclusivamente lo que según el líder debe leer. Que se aprenda las reglas de supervivencia bolivariana mediante un Plan Revolucionario de Lectura, cuyo menú de libros doctrinarios sería algo así como un gran catecismo. Es decir, una gran advertencia. Hugo Chávez invierte los saldos últimos de la bonanza petrolera en publicar y hacer leer una amenaza cruda en varios tomos: he ahí el buen camino, cuidado con desviarse. Y tanto le entusiasma al líder el asunto que recomienda a su rebaño la “lectura en colectivo” y el “intercambio de saberes”, todo a través de consejos comunales y bibliotecas populares, donde cada quien lee lo ya prescrito y opina bajo estricta supervisión.
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La hora del dictado
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No creo necesario puntualizar que a ojos de cualquier lector asiduo este escenario es el infierno en la tierra. Palurdos al servicio de palurdos supervisando los libros que uno lee y cuidando de que los interprete de acuerdo a los ideales de la revolución. Libros no pocas veces pergeñados por burócratas y esbirros del régimen, cuya factura invita a no leerlos ni en defensa propia, que es como por lo visto serán deglutidos. Leer para evitar ser estigmatizado, o para conservar el puesto, o para que que los otros sepan que leyó. Pretender que se lee, saltarse los renglones como el niño que escapa un minuto de la fila durante el homenaje a la bandera. Alzar el libro con el gesto del líder cuando empuña un ejemplar de la Constitución que se mandó hacer. Que se vea que uno lee, aunque no lea. Y todavía mejor, que al proclamar que lee lo que no lee borre toda sospecha en cuanto a otras lecturas. Nadie en el paraíso del bovino ilustrado quiere saber de libros envenenados.
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Fiel a sus objetivos, el Plan Revolucionario de Lectura no solamente incluye la edición masiva de títulos afines al chavismo, sino también el paulatino retiro de ejemplares ajenos al proyecto. Si a ello se suman las insalvables trabas burocráticas que entraña en Venezuela la importación de libros, se entenderá que el plan no es que la gente lea libremente, sino justo al contrario. Que la lectura sea una obligación supervisada por comisarios de la conciencia. Que nadie lea lo que se le ocurra, como cualquier burgués antojadizo. Hay un menú de libros cuyo contenido se juzga libertario en teoría e instructivo en la práctica. Nada muy diferente de un manual de inducción en varios tomos, editado por orden de quien aspira a ser el más grande patrón del continente. He ahí todas las nuevas normas de conducta, según las cuales todos deberán guiarse, y ninguno podrá llamarse a sorpresa si comete el exceso de opinar diferente, allí donde las opiniones sobre todas las cosas ya están dadas y sólo resta repetirlas.
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Por las piras futuras
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Quienes experimenten escalofríos de sólo imaginar una lectura en medio de una asamblea comunal chavista ya habrán captado la sutileza esencial. No se trata, como proclama el Plan Revolucionario de Lectura, de “democratizar el libro y la lectura”, sino de difundir un catecismo en cuyos postulados se sostendrá un gobierno que se queda sin dólares y solicita urgentemente la participación de inquisidores voluntarios. Gente a quien pertrechar de prejuicios. Gente que haya leído “en colectivo” —como se lee en la iglesia, donde la réplica es inconcebible— los bastantes panfletos para dictaminar que cierto compañero es menos compañero de lo que parece. Es decir, que tal vez sea menos persona, y por lo tanto tenga menos derechos; o ya ninguno, si leyó muchos libros envenenados. La mano dura necesita sustento, por eso invita a todos sus gobernados a que se lean la cartilla a sí mismos. Cuando llegue el momento, ya se les pedirá que expresen su opinión al riguroso unísono contra cualquiera que ose pensar distinto.
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No quiero imaginar las dificultades de un venezolano para leer un texto como El perfecto idiota latinoamericano, urgente en las actuales circunstancias (alguien, también, tendría que obsequiárselo a Obama). Sí me figuro, en cambio, el auge subrepticio de esos libros oficialmente envenenados que ahora mismo serán bocado delicioso para tantos lectores sojuzgados por la entronización de la ignorancia. ¿Qué clase de medidas draconianas planea imponer el líder de la boina, si cada día se hace con más activos y dispone de menos efectivo? ¿Qué atropellos futuros anuncia su proyecto de catequización colectiva? ¿Qué suerte de obediencia enajenada espera de un lector quien proclama que existen libros envenenados? ¿Cuánto tiempo le toma a un ignorante señalar al autor de un libro envenenado como envenenador, y a sus lectores como apestados? ¿Para cuándo las próximas hogueras?

sábado, mayo 23, 2009

Celebridades del crimen

Diario Milenio-Puebla (21/05/09)
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Los temas llegan solos. Ahora y por mera casualidad me encontré con un libro editado por Más+Libros, de una autora a quien yo por lo menos no conocía que tratara el siempre enigmático caso de los asesinos en serie.
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Me ha causado (desde el mismo título) una grata impresión: Celebridades del crimen. Y como es mi larga costumbre leer todo lo referente al tema, en un par de horas había leído la investigación de Ángeles Pérez Aguirre con un prólogo de Antonio Sánchez Galindo.
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La edición no es de lo más cuidado que pudiera estar: fotos un tanto borrosas y una tipografía convencional, aparte de un diseño que no envidiaría nadie que estudie los primeros cuatrimestres de la carrera.
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Sin embargo (aparte de los ya clásicos casos de Landrú, el “Barba Azul” o de Peter Kürter “El Vampiro de Düsseldorf”, aparecen otros más que se agregan a mi biblioteca para la imprescindible consulta, como los casos de otro Chacal de Tacubaya, que no es por supuesto Goyo Cárdenas, sino Joaquín Rodríguez Silva, quien al ser sorprendido allá por los años treinta del siglo pasado al intentar violentar a una jovencita de 13 años de edad, dio muerte con una navaja a dos mujeres que quisieron defender a la joven.
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Declaró después, con toda la saña del mundo: “Me hice un lío… cuando ellas me querían matar y yo me defendía tratando de desarmarlas, les di los golpes que Dios me permitió”.
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Aquí también está el caso de Edmund Emil Kemper, un hombre que fantaseaba con matar a sus padres. Todos sus juegos –dice la autora— en relación con la muerte. Su madre lo mandaba a dormir al sótano, para que no abusara de sus propias hermanas. Las víctimas de Ed, como era popularmente conocido, eran mujeres que levantaba en las paradas de los autobuses para luego acuchillarlas.
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Luego guardaba las cabezas como fetiche, las colocaba delante de él y así se masturbaba. Fue enviado a un sanatorio mental de los Estados Unidos.
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En la introducción se advierte que este libro trata de los asesinos seriales, pero también de los brutales como Higinio Sobera de la Flor.
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El libro omite por descuido quizá los datos de la autora, pero proporciona los datos del autor del prólogo, quien es director general de los Sistemas de Prevención del Delito y Tratamiento al Delincuente en los estados de México, Jalisco y en el Distrito Federal.
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La otra hipótesis que maneja la autora Ángeles Pérez Aguirre es que los criminales pueden servir, como cualquier otro gran maestro, de ídolos a las nuevas generaciones.
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Se pregunta (la misma pregunta que aparece cuando se habla de los asesinos en serie), ¿cuáles son los factores que influyen en quien comete un crimen?
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Y agrega datos tecnológicos recientes, aparte de la falta de amor y el desapego emocional, como el uso de la Internet, la música, el cine y (hay que decirlo) los genes.
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Sociopatía consumada: es el concepto.

martes, mayo 19, 2009

La página cruda

Diario Milenio-México (19/05/09)
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De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda.Juan Rulfo, Luvina
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No ha pasado por el fuego, se entiende. Como la fruta, está verde y, en términos de los alimentos, es de difícil digestión. Si se refiere a la seda o a un lienzo, quiere decir que no está curado. Cuando en relación con los negocios, se conecta a algo que no está todavía bien elaborado. En lingüística, en lo tocante a los extranjerismos, quiere decir que no ha sido sometido a la adaptación formal. Nadie la ha cazado en los bosques de las palabras juntas ni la ha puesto, luego de desplumarla o de destajarla, según sea el caso, en un cazo de agua hirviendo. Nadie la ha visto morir, poco a poco, en medio de lastimeros estertores. La página cruda. Lo que sigue, esto:
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a) ESCRITURA DE LO INMEDIATO: La novela es una estructura (flexible y variable, es decir, histórica) que construimos para que por ahí se filtre la vida cotidiana. El tema de la novela —el que subyace por debajo o el que levita por encima de cada supuesta anécdota— es siempre el aquí y el ahora que, en toda su densidad y falta de claridad, emerge en un desorden o en un orden peculiar a cada paso. De ahí que se diga, como usualmente se dice, que escribir es la atención más extrema. De ahí que se diga, también, que toda novela es una estructura ligada al cuerpo y su modo de percepción.
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b) ESCRITURA SIN SENTIDO: Hace muchos años leí un libro de historia que todavía recuerdo hasta la fecha: La Gran Masacre de Gatos de Robert Darnton. Hay muchas cosas interesantes en ese libro, pero la que recuerdo tiene que ver más con la metodología del escrito que con el tema en sí. Recomendaba Darnton a los jóvenes historiadores que leían documentos históricos detenerse sobre todo en aquellos aspectos de los escritos que escapaban a su entendimiento. Tal resistencia al entendimiento era, según Darton, la señal más clara de que ahí residía ese “algo” de la época que, por pertenecerle de manera tan orgánica, por ser en sí misma “la época”, la constituía. Ese consejo yo lo he tomado no sólo para mi trabajo como historiadora sino también, acaso sobre todo, para mi trabajo con la escritura. Sólo eso que no entiendo, sólo eso que representa una resistencia a mi lógica o mi entendimiento o mi poder de normalización, vale la pena de ser escrito. Y por eso, por que presenta esa resistencia a mi lógica —que es una lógica de mi época— sólo puedo acabar escribiendo sin sentido sobre lo que no muestra su sentido. Aclaro, no se trata únicamente de identificar el sin sentido, sino también de utilizar todas las herramientas gramaticales y sintácticas y semánticas que están a mano para capturar eso que es lo único que vale la pena escribir a su manera y no la mía.
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c) ESCRITURA EN SUCIO: Si algo he aprendido en mi constante ejercicio de la escritura electrónica es a desconfiar de las versiones finales. Aclaro de antemano: no es ésta una defensa de la negligencia o una apología de la flojera. Más bien, es un llamado de atención acerca de la riqueza que conlleva trabajar —cuidar y revisar un texto— para producir en éste lo que le pertenece a lo inmediato, es decir al aquí y ahora que se alerta ante todos nuestros sentidos de la percepción. Hay que trabajar mucho para producir una escritura en sucio. Hay que evitar el proceso convencional que lleva a la página cocida: matar a la presa (lo real) y cocinarlo (sacarle el jugo) de tal modo que se convierta en una entidad perfecta sí, pero inerte y sin vida. Hay que resistir la versión final y conservar, siempre, la posibilidad de que eso que saltó una vez hacia la percepción lo vuelva a hacer desde la página.
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d) ESCRITURA FUERA DEL CIRCUITO DE LA COMUNICACIÓN: Un libro escrito con este sentido de la escritura del aquí y ahora, es decir, sin sentido y en sucio, no puede constituirse como un libro comunicativo. Pero un verdadero libro no tiene por qué comunicar un mensaje, puesto que para eso ya están los anuncios de la televisión, los manuales de instrucciones, los manifiestos políticos. La claridad y el entendimiento no son responsabilidad de la escritura. Tengo la sospecha que un escritor que verdaderamente escribe, escribe siempre sobre algo que no sabe (es lo inmediato, es lo que saltó a los sentidos, es lo que no se entiende y no tiene sentido, después de todo), de ahí que lo que requiere del lector no es una recepción pasiva y clara del mensaje (desconocido), sino la implicación audaz y dinámica en un juego de acertijos. La frase, “el lector es quien concluye el libro”, no podría ser más cierta en este tipo de libros. Es el lector quien, después de un trabajo consigo mismo a través del texto, terminará por entregarle al autor de la estructura que llamamos novela, el mensaje del mismo.
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e) ESCRITURA QUE IRRITA: ¿Y quién te dijo que la escritura te haría feliz?, ¿Y quién te dijo que un libro te aclararía el mundo en un acto de epifánica pasividad? Y para terminar, ¿y quién te dijo que la lectura te confirmaría y, al confirmarte, te daría la paz?

lunes, mayo 18, 2009

El héroe de anteayer

Diario Milenio-México (18/05/09)
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Viejas nuevas de siempre
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Quiere uno que la vida sea siempre extraordinaria. Que nada se repita y sea todo rigurosamente novedoso. No en balde nuevo es la palabra mágica de la publicidad y la propaganda. Si a un detergente se le cambia el empaque, ya se tiene un pretexto para gritar que es nuevo. Quedan y quedarán charlatanes prestos a propagar la nada nueva idea del hombre nuevo, que a la hora de darse a conocer resulta por supuesto peor que los anteriores. Abundan asimismo los olfatos entusiastas que encuentran novedades con simpleza envidiable, pero candor total. Pero uno, que no por eso lo necesita menos, cree que lo nuevo, cuando es de verdad, no necesita de la ayuda de nadie para manifestarse y arrasar, si su sola ocurrencia no deja espacio a los escepticismos. Vivir lo extraordinario es ser extraordinario y atravesar la nube inconcebible, aunque luego se esté condenado a volver a la tierra y recordarlo todo desde la ordinariez de la nostalgia, tan embustera ella. Vivir para revivir: he ahí la recompensa y la compensación.
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Épica por duplicado
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Revivo aquí una gesta que hasta anteayer fue nueva. Una pelea dura que me ha tenido en vilo por cuatro horas de calambres, aullidos y alaridos, tras los cuales me acecha el impulso de contarla. Mas no tengo el poder de revivirla entera, y acaso ni siquiera el de hacerla lucir tan novedosa como sin duda fue. A espaldas de la cierta tentación de sentarme a narrar nada más que un partido de tenis, me veo precisado a ir un poco más lejos, pues de otro modo corro el riesgo de quedarme en la mera superficie. Partamos, pues, no del instante precedente al primer raquetazo, sino los que siguieron al último. Demos por hecho que el que termina ha sido un partido épico y es lógico que el alarido general haga de la Caja Mágica —la novísima sede del Abierto de Madrid— un pandemónium apenas consecuente con el duelo tremendo que acaba de ocurrir. Asumamos que Novak Djokovic y Rafael Nadal han ido más allá de sus fuerzas y capacidades, de modo que ya el mero apretón de manos al término de la semifinal no permite otra cosa que un abrazo conmovedor y extraordinario. Hagamos ahora una pequeña pausa...
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Si observamos la imagen congelada de los dos gladiadores abrazándose, notaremos que en una orilla de la pantalla se asoma un quinto brazo, de talla incomparablemente menor. Es un niño, que se ha prendido del antebrazo de Rafa Nadal y no piensa soltarlo. Tendrá unos diez, once años. Se ha colado a la cancha en el momento álgido y ahora, cuando el estadio aún se viene abajo, se abraza del tenista como si fueran viejos conocidos. Luego, al soltarlo le pide la bandana como recuerdo, pero aún no termina. Sabe que es su momento, que la vida es extraordinaria aquí y ahora, y hasta quizás intuye que en el futuro revivirá incansablemente estos instantes de indudable gloria. No le han contado nada: él ha visto a Nadal ganar dos muertes súbitas y salvar tres match-points con una enjundia heroica que no le ha permitido sino seguir a su héroe a cualquier precio.
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Y ahí va una vez más, tras de Nadal, una vez que éste deja la raqueta y camina hacia media cancha a levantar los brazos ante el público. Uno de los empleados de seguridad se apresta a detener al niño invasor, pero alguien lo detiene, seguramente porque una cosa es tratar de poner orden y otra hacerlo delante de las cámaras. Presa de una emoción que no sólo a él lo tiene con carne de gallina, el ganador se hinca sobre la cancha y levanta los brazos, un segundo antes de que el pequeño admirador, a su lado, lo imite con fervor de iluminado. Hélos ahí, juntos y de rodillas. Temblando, de seguro, como casi todos al final de un partido inenarrable que se ha resuelto casi por azar. Dos segundos más tarde, Nadal se levanta, el niño hace lo propio y se mueve de la escena, no sin antes alzar la mano y despedirse. Pues ya a todos les consta que es una estrella.
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Objetivo subjetivo
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Se aconseja a quien habla o escribe para niños que tire bolas rápidas constantemente, so pena de aburrirlos y perder para siempre su atención. Con tantas cosas nuevas para ver y hacer, atrapados por una percepción del tiempo que extiende los minutos y amaga a toda hora con traer al fantasma del aburrimiento, los niños se consuelan de su vida ordinaria —mucha voz, poco voto— encontrando exotismo por doquier, a lo cual los adultos corresponden con la ternura-envidia que provoca plantarse ante el reflejo de la fe más o menos perdida. Y digo más o menos porque hace un par de días que me vi en el lugar del niño impertinente, como tantos en ese justo momento, y entendí que mis gritos frente a la pantalla no eran menos indispensables que su gesta. Pero esas impresiones se borran pronto. Basta con asistir más tarde al noticiero y observar que la gesta se ha transformado en gesto. El conductor explica, las imágenes ilustran sus palabras y el marcador reluce en la pantalla. La conjunción de miles de subjetividades se degrada a una simple visión objetiva. A ver, niño metiche, te me sales de aquí.
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Hace más de cuatro años que sigo, a menudo con pasión infantil, el paso por las canchas de Rafa Nadal. A partir de esa forma de combatir, el tenis parecía un juego nuevo. Jamás había visto en un competidor esa fuerza mental puesta al servicio de semejante furia vencedora. No me extrañan las hordas de niños intrépidos que hoy día se agolpan a pedirle un autógrafo, ni creo que sean pocos los que también gritaron, aullaron y se revolcaron frente la pantalla, el sábado pasado. En lo que a mí respecta, no he podido por menos de estallar en un llanto nervioso y desatado, no bien la última bola se estrelló en la red. Salve, niño metiche. Quién pudiera ser nuevo, como tú.

viernes, mayo 15, 2009

Ensayo para la posteridad*

I
El motivo de este texto es divertido, pero incoherente. ¿Cómo voy a escribir sobre los escritores de “mi generación” si yo fui el más apartado?, sino de cada uno, al menos de la mayoría, le dije al editor de la revista Devuelta: Ignacio Montoya, con el fin de colaborar en uno de sus números con el fin de hacer una revisión por aquellos escritores de mi generación que, como yo, dejaron de escribir inexplicablemente y bien podríamos ser personajes de las innumerables novelas de Enrique Vila Matas.
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¿Qué hacían los escritores de su generación?, se preguntará el amable lector. ¿Mi generación?, ¿cuál generación?, ¿teníamos tal? No recuerdo ninguna, tampoco manifiestos, ni posturas públicas artísticas de nada. No, mi generación nunca promulgó con la idea de conformar grupos como Los Contemporáneos, Los Estridentistas o el Crack. Se movían por la conveniencia o la obligación. Todos padecían de la contradicción. Se decían apolíticos, pero se enrolaban a mítines políticos con el afán de hacer historia, el que más recuerdo fue el convocado por el intento de mártir nacional: Andrés Manuel López Obrador. De repente, decidían alejarse de todo aquél que públicamente aceptara simpatía por tal o cual escritor, por tal o cual burócrata; y esas son posturas políticas, pero las renegaban. Lo que sí recuerdo es que mi generación fue abandonando poco a poco a literatura como punto de partida y empezó a irse por otros rumbos, respetables todos ellos, pero que nunca compartí ni lo haré ahora. Todo lo veían científicamente, cuadradamente y así no se puede ver a nada que se considere artístico. Sólo había un personaje que, por raro y apartado, me llamaba la atención, sin duda, me refiero a Rodrigo Millán.
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Millán se apartaba de todos y de nadie. Me explico, era un ser que sí convivía con sus allegados, pero hacía todo lo posible por mantenerse lejano, extraño. Mientras me dedicaba a organizar un sinfín de eventos literarios con escritores que admiraba y que a la larga acabaron siendo mis amigos, y al mismo tiempo escribía mis poemas que se iban cocinando entre los talleres literarios y los amores fracasados; Millán, en tanto, ganaba un que otro premio literario convocado por algunas de las Universidades del país. Quizá le faltó lo que Alí Calderón desmerecía: el prestigio o reconocimiento de la plebe literaria ya local, ya nacional.
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II
¿Qué si he leído a los de mi generación? Si por generación entendemos a los nacidos en los ochentas, puedo considerar que si leí a uno que otro. Regularmente esa oportunidad se daba cuando me los cruzaba en el camino. Con algunos inclusive llegué a publicar en suplementos que dirigí. Unos publicaban textos escritos con más fuerza y seguridad que otros. La lista de escritores es larga, empero toda lista como toda antología pasa por un filtro que no es estético; sí amistoso, convenenciero, conciliador o todas las opciones anteriores juntas.
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Consideraría dignos (as) de ser nombrados (as) a los (as) siguientes: Leonardo Ávila, Alan Arroyo, Carmen Barranco, Israel Aguilar, Juan Rivas, Indira Díaz, Sandra Palacios, Rodrigo Millán, Verónica Xochipiltécatl, Luis Miguel Orozco, Abigail Rodríguez, Alejandra Vergara, Mariel Martínez y quizá tardíamente: Conrado Zepeda, también pueden considerarse como parte de este grupo generacional a Viridiana Carreto y Anyi Valerdi que a pesar de haberse desenvuelto en el mundo de las artes plásticas no eran ajenas al de las letras. Seguramente, para algunos, he olvidado otros tantos que desde mi perspectiva no son significativos.
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Esta generación nunca tuvo padres literarios definidos ni unificables. El posmodernismo, pensamiento que nos caracterizó, no nos lo permitía. Unos optaban por Paz, Borges, Cortázar, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Del Paso, Pitol, Elizondo; otros se iban más atrás y tomaban a la generación Beat, Faulkner, Hemingway o Cirlot; mientras que algunos más tenían como guías a los escritores del momento: Rivera Garza, Volpi, Bellatin, Palou, Padilla, Serna, Mankell, Sada, Tabucchi, Coetzee, Vila Matas, entre otros más.
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III-1
Una vez hecha esa revisión, es oportuno pasar a analizar uno de los textos que me fue proporcionado por el editor de esta revista. Rodrigo Millán, autor de ‘El aleph’ y Rodrigo Millán, autor de ‘El aleph’, ambos de mi contemporáneo: Rodrigo Millán Alemán. No, ni es broma de mal gusto ni me equivoqué al escribir los nombres. Así se llaman los cuentos.
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El primer cuento, es divertido y atrevido. Su trama se centra en presentar un gran problema literario surgido en Septiembre de 1945 tras la publicación de un cuento llamado: El aleph, tanto en Buenos Aires, Argentina; como en la Ciudad de México, firmados cada uno por autores distintos: Jorge Luis Borges y Rodrigo Millán, respectivamente. Cada cuento tiene la misma trama, la diferencia la hacen sus escenarios, el nombre de sus personajes y una frase. Acto seguido, el autor plantea la polémica que se desata en el mundo literario: unos defienden a Borges, otros a Millán. Una disputa por la legitimidad de los textos, hasta que hace su aparición Bioy Casares, íntimo de Borges, para acallar la discusión con una idea que le resulta inexplicable de describir, pero deduce que ambos en algún lugar, quizá en los sueños, se encontraron con la misma idea y que la diferencia yace en que ambos textos fueron escritos por diferente autor.
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El cuento dos, por otro lado, es aún más sorprendente. En éste, se dibuja a un personaje que descubre en una biblioteca una revista donde aparece publicado el texto de Millán y al verlo nombrado de forma idéntica que el cuento de Borges, le da por compararlos, hecho que lo llevó a la investigación, que a su vez lo trasladó a una serie de artículos donde se hace un repaso por algunas de las escenas planteadas en el cuento número uno y después pasa plasmar en un tipo artículo las experiencias gratas que le provocó haber descubierto esa extraña similitud entre los cuentos de Millán y Borges.
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III-2
Lo que propone Millán en esos dos cuentos es sorprendente. Lástima que no volvimos a ver más de él, en cuanto a creación literaria, porque estamos inundados de textos académicos, reseñas de libros y artículos para revistas destacadas. Sus allegados dicen que Millán llevaba años trabajando en un libro de cuentos, pero nunca lo terminó y no ha sido publicado debido a que el autor está decidido a nunca publicarlo en vida.
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Lo planteado por Millán es consistente con la visión que tiene de la literatura y que fue plasmada en cada uno de los ensayos que escribió. Su estilo bien cuidado, hace que se vea excesivamente bello, poético. Plasma una ecuación muy provocativa: Millán es Borges, como Borges es Millán, como ambos son literatura. Literatura donde bien Borges pudo haber sido personaje de Millán o alter ego del mismo y viceversa. Sea cual fuere el resultado, lo que menos debe importarnos es la mano que lo escribió, sino la forma y el motivo por el cual fue concebido tal texto. En este caso, Millán quiere decirle al lector que lo único importante en la literatura es el texto en sí, pues embellece la vida de uno, al mismo tiempo que revela una enfermedad social: la persona por encima de lo creado por ésta. No hay más síntoma de egoísmo que ese.
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IV
¿Por qué dejamos de escribir? Toda la literatura escrita por mi generación, es superable. Es cierto que nos animamos a experimentar de formas grandiosas, propusimos juegos por demás atrevidos, originales, sin embargo no fue suficiente. Ocurrió lo que más se temían otros escritores y lo que menos quisimos aceptar los de mi generación: la Literatura murió y la matamos nosotros. La matamos con nuestros excesivos paternalismos, con nuestra terquedad por superar a Borges, Cortázar, Pitol y compañía, con nuestra excesiva necesidad por acabar con el otro y menospreciar su literatura. La ambición nos mató y con ello a la literatura misma. Inclusive ese temor por no repetir, nos orilló a cometer dicho crimen.
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Sólo nos han quedado los fracasos y el placer de seguir leyendo a los grandes escritores que tanto nos han alegrado la vida desde que descubrimos la literatura.
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Pare cerrar, no hay mejor forma de hacerlo que con Cortázar: “Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas[1]”. Tal vez en la frase de Cortázar se puede resumir el mal que carcomió a cada uno de los escritores que conformamos la generación de los nacidos en los ochentas.
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[1] Cortázar, Julio. Cuentos Completos. Punto de lectura. Buenos Aires. 2007. Cuento: El perseguidor. Página 328. Tomo I.
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*Ensayo escrito para la materia de Crítica literaria impartida por Sheng-li

Las vidas de Álvaro Enrigue-Carlos Fuentes (16/05/09 El País/Babelia)

La sentencia latina -"nada nuevo bajo el sol"- se aplica a la creación literaria de modo irónico. No, no hay nada "nuevo". El crítico ruso Vladimir Propp reduce a diez o doce los "temas" constantes de la fábula literaria: el abandono del hogar, la aventura en el mundo, la pareja y sus vicisitudes, el retorno al hogar (el hijo pródigo), etcétera. De modo que, si los temas son eternos, lo que varía es la manera de contarlos. Tres grandes novelas del siglo XIX -Ana Karenina, Effi Briest y Madame Bovary- tratan del mismo asunto, el adulterio, pero nadie dejaría de distinguirlas como obras singulares a causa de autoría, estilo, intención...
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La excelente novela de Álvaro Enrigue Vidas perpendiculares pertenece a una -a muchas- tradiciones y hace gala de todas ellas. La situación inmediata oculta las tradiciones mediatizadas. Estamos en Lagos de Moreno, Jalisco, donde don Eusebio es panadero y casado con Mercedes, madre de Jerónimo, que será el centro de la narración. En Lagos se vive "entre la misa y las vacas" y se cree implícitamente en "la hegemonía cultural jalisciense". Capturado en "los parámetros del catolicismo militante mexicano de provincia", Jerónimo habla muy poco y pasa por retrasado. En realidad, posee el don del recuerdo. Su secreto es su memoria.
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A partir de ello, de manera en apariencia sucesiva, Jerónimo nos conduce a sus múltiples "pasados". Ha sido un cazamonjes asesino, padrote y explotador de putas en el Nápoles español del siglo XVII. Ha sido una muchacha griega en la Palestina del siglo cero. Ha sido un brahmán hindú en un tiempo perdido. Y ha sido, sobre todo, vástago anónimo de una tribu sin nombre en la aurora del tiempo.
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Vienen a la mente del lector antecedentes tan célebres como el Orlando de Virginia Woolf, donde el personaje del título recorre el tiempo histórico cambiando de sexo en las distintas épocas que van de un Londres congelado y revivido por la música de Handel, a Constantinopla, a Inglaterra entre las dos guerras mundiales. Orlando traza un devenir, al cabo, lineal -del pasado al presente- en el que cambian el tiempo histórico y el sexo del personaje.
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En Vidas perpendiculares, en cambio, no viajamos del pasado -o los pasados- de Jerónimo a su presente jalisciense. Los "pasados" de Jerónimo no se suceden. Sólo suceden, uno al lado del otro, no en progresión, sino en simultaneidad temporal. Ésta es no sólo la diferencia, sino la gran apuesta de Enrigue y es la apuesta de la novela a partir de Joyce. Trascender la narración sucesiva por la narración simultánea. Darle a la novela la misma instantaneidad que a la pintura, trátese de Velázquez, que nos da el cuadro inmediato de Las meninas, o de Picasso, que lo descompone en sus partes para ir de la narrativa al hecho de narrar: todo se descompone, todo se multiplica. La instantaneidad frontal de Las meninas se convierte en la instantaneidad de lo que no vemos aunque lo adivinamos: el atrás, el arriba, el abajo, así como los lados del cuadro.
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Semejante estética obedece a múltiples transformaciones que asociamos con la revolución del conocimiento en el siglo XX. Einstein y Heisenberg, en la ciencia, transforman tiempo y espacio de acuerdo con la posición del observador y su lenguaje: todo se vuelve relativo. En términos literarios, esto significa que no hay realidad sin tiempo y espacio -y tampoco realidad sin el lenguaje de tiempo y espacio-. Creo que esto es importante para leer Vidas perpendiculares, porque Enrigue da un paso de más. Su novela pertenece al universo cuántico de Max Planck más que al universo relativista de Albert Einstein: un mundo de campos coexistentes en constante interacción y cuyas partículas son creadas o destruidas en el mismo acto.
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Saber esto no es indispensable, desde luego, para leer y disfrutar las Vidas perpendiculares de Enrigue. El talento narrativo del autor trasciende sus posibles orígenes teóricos para entregarnos el sentido -o, mejor, los sentidos- de cada época simultánea a la vida del joven Jerónimo en Guadalajara, en una escuela jesuita de Estados Unidos y en una ciudad de México admirable -y novedosamente- presentada en su hora mejor, la más desolada, y en su hora más desolada, "triste como un boliviano".
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Es esta inmediatez lo que le otorga su presencia al pasado-presente cercano a la evocación de Faulkner ("Todo es presente, ¿entiendes? Ayer no terminará hasta mañana y mañana empezó hace diez mil años:..."). Enrigue penetra a través de los sentidos -sobre todo el olfato- en la concreción de sus fábulas cuánticas. En una de las más llamativas, Saulo, antes de tomar el camino a Damasco, nos es presentado como un hombre raquítico, vivaz y enfermo, "celoso y abstinente", desquiciado por su "irregularidad sentimental" ante la griega narradora. El cazamonjes napolitano y los brahamanes indostánicos están todos inmersos en el mundo de los sentidos, escupen saliva, se limpian las uñas, y como no son momias, sudan.
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Creo que la estrategia narrativa de este inteligentísimo autor culmina en unas páginas de un poder arrasante -tormenta, terremoto- en las que el narrador ha perdido -o aun no tiene- su identidad, sino que es parte de la gran jauría pre-histórica, la manada de la aurora de los tiempos, la tribu del origen que corre por el cerro del lobo, mitad animales, mitad hombres, siguiendo con instinto a la vez obediente y feroz al jefe, al único que consiente imitación...
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Este segmento le da a Vidas perpendiculares su verdadera originalidad, que no consiste en inventar el agua tibia, sino en saberse parte de una tradición que se remonta al origen del mundo, y el origen del mundo es la muerte.
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Vidas perpendiculares depende en alto grado de la confianza que el autor le da al lector, y éste, al autor. Aquí van desapareciendo los capítulos tradicionales, las transiciones de un tiempo a otro se diluyen cada vez más, hasta que el Río Bravo y el Río Jordán coexisten entre dos alisados de la falda de una mujer.
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No cuento las historias mexicanas que dan sustento a esta obra, porque, con fatalidad retrospectiva, hay que matar a Octavio del Río. Prefiero evocar la sensualidad final, la cachondería luminosa y oscura, de un personaje -Tita- que en un alarde creativo, Enrigue nos presenta en dos o tres páginas desbordantes como una mujer "coqueta, maternal, berrinchuda o escéptica" cuyas pulseras vuelan como cascabeles, que tiene pecas en el escote y "las pupilas más hondas del mundo".
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Vidas perpendiculares. Álvaro Enrigue. Anagrama. Barcelona, 2008. 240 páginas. 16,50 euros.

En defensa de la filosofía

Diario Milenio-Puebla (14/05/09)
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Preocupados por el aún intento de la Secretaría de Educación Pública de eliminar de los programas de estudio de educación media superior la humanística disciplina de la filosofía, un grupo representativo de “Observatorio Filosófico” en Puebla, a través de la doctora Célida Godina Herrera, ha hecho circular sus puntos de vista y su preocupación referente al tema.
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Es lamentable, como han expresado ya muchos investigadores y periodistas, que la SEP pretenda eliminar, así de golpe, la enseñanza de la filosofía. Siempre ha representado un peligro la enseñanza de las humanidades para el sistema. No deben cerrarse espacios filosóficos sino, por el contrario, se deben abrir más espacios de reflexión.
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Plantean en su documento los representantes del “Observatorio Filosófico”, que como personas consagradas a los estudios y a la formación filosófica de los jóvenes universitarios, se encuentran preocupados por el destino de la filosofía en el nivel medio superior bajo las actuales autoridades de la SEP, quienes, en su opinión, se inspiran, “al menos en esta ocasión, por un estrecho y miope utilitarismo”. Sólo por decreto presidencial se ha suprimido en estos niveles la enseñanza explícita de la filosofía, sustituyéndosela por una difusa e inaceptable transversalidad.
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Es en el ámbito de la filosofía donde se plantean las preguntas acerca de quién es el hombre, cuál es su destino, qué es la historia, qué es la cultura, qué es la ciencia, qué es la técnica, qué es lo sagrado, etcétera. Las ciencias particulares no pueden sustituir a la filosofía en su vocación de universalidad y radicalidad, de ahí su función indispensable en la formación de los jóvenes.
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“Creemos –escriben—, y en esto estamos con la explícita recomendación de la Unesco de que deben abrirse espacios de formación y reflexión filosófica en todas partes y para todas las edades, es decir, que no deben cerrarse espacios filosóficos, como hoy lo está haciendo la SEP, sino en abrir más espacios de reflexión.”
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Ahora se ha formado un movimiento nacional, con apoyo internacional, en favor de la causa de la filosofía en México y se han dado a conocer un par de documentos para pedir que las autoridades rectifiquen su posición. El sitio de comunicación de la comunidad filosófica nacional se llama “Observatorio Filosófico” y su sitio es: http://sites.google.com/site/observatoriofilosoficomx/Home, por si el lector quiere asomarse.

martes, mayo 12, 2009

La turbulenta vida de los etcéteras

Diario Milenio-México (12/05/09)
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Aparecen usualmente al final de las oraciones, pero en realidad están en todos lados: ya como signo que reemplaza lo por todos conocido, ya como puerta por donde pasa lo infinito, ya como señal del mismísimo olvido. Según la Real Academia de la Lengua, la expresión et cetera, que viene del latín, se usa “para sustituir el resto de una exposición o enumeración que se sobreentiende o que no interesa expresar. Se emplea generalmente en la abreviatura”. Reducido a su expresión mínima, ese todo lo demás me ha provocado una especie de pesar no muy hondo por mucho tiempo, esa camaradería que surge de manera casi automática ante las cosas frágiles o las causas perdidas. Siempre al final de la línea, siempre en-lugar-de, siempre en la cola del mundo sustituyendo lo de menos importancia o alargando innecesariamente una lista de referencias con frecuencia bastante inútiles, ¿cómo no sentir una ligerísima pero evidente tristeza por los Etcéteras? Me los imaginaba grises, sin lugar propio; apenas un agregado de última hora, un añadido más. Apéndice universal. Solía suponer que más de uno albergaría el denotativo deseo de dejar de ser un Etcétera para convertirse en algo específico y concreto, algo cerrado y con nombre propio. Algo con forma. Supuse, en fin, tantas cosas. Mi actitud hacia Los Etcéteras y su Extraña (o Turbulenta) Vida Secreta, sin embargo, ha cambiado. Véase si no.
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En la oración: “En X (donde X es un parque conocido) había de todo: niños y ancianos y perros y etc.”, el Etcétera juega un papel nada menor. Reducido a tres letras y a un singular acaso vergonzoso, ese Etcétera, sin embargo, deja entrar a todo lo que no es ni niños ni ancianos ni perros en el tal lugar X. Acaso podría tratarse de seres anodinos o cosas intrascendentes —aunque esto como tantas otras cosas suele depender del cristal con que se mire— pero en definitiva se incluyen ahí, en ese Etcétera súbitamente engrandecido, un número demencial y creciente de elementos más bien inenarrables. Y esa es una tarea, si me lo preguntan ahora, no sólo portentosa sino también fundamental en el proceso de extender lo límites de lo real. Ese Etcétera, habrá que decirlo con todas sus consonantes y vocales, está en lugar del Infinito Mismo. Quiérase o no, esa expresión cotidiana y accesible tiene el don de agigantar los dones de la imaginación.
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El Etcétera, además, aparece a menudo en la oración en lugar de Lo Indecible o en lugar, aun más, del Olvido (y todos sabemos que el Olvido es el otro término con el que se conoce Lo Infinito). “Fui a la casa de X por mi corbata y mi televisor y mi pisapapeles y etc”. Cuando el emisor no puede recordar una larga lista de referencias, el Etcétera Salvador sirve como escudo contra la mala memoria o el Alzheimer temprano. Se trata de un Etcétera que se aprovecha de las asociaciones básicas de un determinado campo semántico.
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Como pocos otros vocablos, el Etcétera nos da vida y, en el centro de su ambivalencia, también nos la quita. Asumo que todos estamos al tanto de que todos y cada uno de nosotros hemos sido un Etcétera alguna vez en la vida. Por ejemplo, en la oración: “Y en la fiesta X estaban Juanita y Lucrecia y Ozuna y Martha y etc.”, ese último Etcétera amenazador nos incluye en la lista de los poco memorables o los de menor importancia pero, he aquí lo relevante, nos incluye. Un poco como el Estado mexicano en la post-revolución temprana, el Etcétera incorpora a todos los involucrados pero a condición de una básica subordinación, en este caso al anonimato o la desmemoria.
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El Etcétera no sólo cumple funciones metafóricas ligadas al poder sino que también construye su propia geografía. Por los caminos del Todo Lo Demás se elevan colinas encantadas y se abren paso ríos de turbulenta aguas. Debe haber océanos y cadenas de montañas y fenómenos acaso impensables en sus inmediaciones. Debe tener, incluso, sus Fronteras y su Más Allá. En todo caso, todos alguna vez hemos estado en Etcétera: “Visité Chiconcuac y Huixquilucan y Atarasquillo y etc.”.
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El caso es que entre ser código no-tan-secreto para designar El Infinito o Lo Inconmensurable y ser puerta que se abre para que lo Real se expanda, Los Etcéteras no deben pasársela nada mal. Cómplices de la imaginación desatada y camaradas en armas del lado más débil de las jerarquías, los Etcéteras parecieran querer subvertir el mundo tal y como lo conocemos, poniéndose a sí mismo en lugar del enigma. Aliados de la menudencia cotidiana, del diminutivo y la ruina, los Etcéteras se nutren de lo mismo que alimenta a la escritura: lo que pasa desapercibido pero que encierra, en sí, un laberinto. Cuentan, además, con la protección del anonimato más radical (nadie anda por las calles tratando de revelar la identidad de un Etcétera, por ejemplo). Así entonces, no sólo ya no siento pesar alguno —ni hondo ni superficial— por Los Etcéteras sino que su elusiva condición de tránsfuga gramatical me causa un extraño anhelo. Allá van libres ellos, esos Etcéteras, con visado para todas las oraciones del mundo y sin identidad fija a la que tengan que responder o a la que tengan que serle fiel. Como plan de vida no está nada mal, eso cavilo, mientras pienso también en mis clases y en dos libros y los sobrenombres del aire y etc.

lunes, mayo 11, 2009

¿Para qué queremos la vida si en lugar de disfrutarla nos llenamos de deudas, trabajamos en lo que no nos gusta, estudiamos porque sí y vivimos bajo una serie infinitesimal de convencionalismos que aplastan al ser puro, para convertirlo en un ser social?

Esos libros increíbles

Diario Milenio-México (12/05/09)
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1 Intríngulis crediticios
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Tal vez el gran problema de escribir un libro —cuando menos la gran preocupación— consiste en ser creído. Lleva uno ventaja, sin duda, mas no por eso se hace fácil conservarla, pues basta una expresión inverosímil, un adjetivo fuera de lugar, una mínima inconsistencia argumental, para que los lectores quisquillosos arruguen la nariz, como quien considera ya la posibilidad de regatearle crédito a lo leído. Aun cuando se narra aquello que pasó, luego de haberlo visto o averiguado, es preciso contarlo de manera que la verdad parezca verdad, pues se sabe que en los dominios de la crónica no sólo abundan las falsedades, sino también las exageraciones. Y si la historia pertenece al reino de la ficción, donde más que narrar la realidad se la corrige y además encapsula en un proyecto estético, está por verse que sea suficiente con emular y replicar la verdad, si encima hay que dotarla de aquella intensidad vivencial sin la cual quedaría, en el caso mejor, como una triste verdad irrelevante. ¿Quién va a querer sentarse a escribir un libro para llenarlo de irrelevancias, mentiras obvias o verdades dudosas?
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Responder a la pregunta anterior es adentrarse en un género aparte. Allí donde no importa gran cosa la improbable veracidad de lo expresado, pues se escribe para sacarle raja a un momento, ya sea por las ventas automáticas o por el tema del posicionamiento. Se espera buena fe de los lectores. Complicidad, también. Todo depende de la fama del súbito autor, sin la cual no habría libro, ni historia, ni lectores. Unos porque tuvieron el poder, otros porque acabaron en la cárcel, otros más porque están o estuvieron de moda, todos quieren vendernos lo que nos dicen que es su verdad, asumiendo que muchos nos tronamos los dedos por conocerla. Total, si tantas divas se maquillan y afectan al extremo y aún así la gente jura que las conoce, qué tanto es un tantito a la hora de leer verdades corregidas y acomodadas de acuerdo a conveniencias fantasmales que el lector da por hechas de cualquier manera. Pues el chismoso al cabo se lo cree todo por deformación propia de su oficio. Qué más da si se narra la verdad; lo que cuenta es que haya algo que contar.
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2 ¿Tú lo lees? Yo tampoco
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Parientes próximas de los discursos públicos, que asimismo suelen valerse de negros oficiosos para ser redactados, las memorias al vapor deben su credibilidad casi exclusivamente a la fe del lector, que se empeña en creer incluso lo improbable por así convenir al interés, el morbo, la simpatía o lo que sea que le despierte el personaje narrador. Más que, tal como ofrecen, desnudar al autor, estos libracos fueron pergeñados para satisfacer al qué dirán. No son un ejercicio de exhibicionismo, como de ocultación. Brillan también como instrumentos de revancha, dado que sus autores intelectuales rara vez llegan a enterarse de que existe una ética al respecto, y al autor material no suele preocuparle más que cobrar su cheque y jalar la cadena.
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La presencia de un nuevo libelo es siempre sorprendente en las estanterías. “¿Y éste?”, nos extrañamos, a menudo con menos curiosidad que repelús. Da grima imaginar que ciertas mercancías consigan venderse, tanto como que exista quien se crea mentiras evidentes. A veces inclusive provoca ternura, como es el caso de ese libro cuyo título no es preciso recordar, firmado por Roberto Madrazo. Lo he visto en un estante, hace pocos días, y lo cierto es que me ha ganado la risa. ¿Quién lee eso, en caridad del Verbo? Vamos, que el mero texto de la solapa ya se antoja infumable, por increíble. Pues más allá de lo que pueda decir en su defensa, y hasta en su denuesto, todo el mundo —y esto me temo que es literal— conoce al autor por tramposo. No lo leímos, lo vimos. Levantaba los brazos al fin de un maratón cuyo trayecto sólo corrió a medias. No dudo, por supuesto, que entre sus detractores haya tramposos aún más avezados, pero es que a éste lo vi. Si alguien me ve con su libro en la mano, se va a reír con ganas a mis costillas. O quizá voy a darle ternura de la mala. Para el caso, prefiero que me atrapen con un libro de Niurka. No ha de ser muy sincera, pero al menos será más verosímil.
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3 Leer para ignorar
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Un par de días después, topéme con el libro donde Carlos Ahumada se confiesa, luego de su odisea como preso político de la esperanza. Era una pila enorme de volúmenes que subrayaban su calidad de hit, sólo que como dicen tantos perezosos, yo ya vi la película. Es decir, los videos, que extrañamente no acompañan al libro en un indispensable dvd —en cuyo caso me lo habría llevado de inmediato—. Hasta hoy casi nadie habrá olvidado las imágenes del tahúr y los gangsters que extorsionaban en nombre de los pobres, y de un día para otro se volvieron estrellas del video. No están en internet (qué pudor sospechoso) pero su huella peca de imborrable. Nada puede añadírseles, son perfectas. En ellas se demuestra la calaña de toda la camarilla, pero se corre el riesgo de tomar partido, cuando lo único claro es que no hay uno solo digno de crédito, por más papeles que consiga apilar.
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Insisto, yo no sé si me digan la verdad, pero como lector les creo poco o nada. Del maratonista milagroso al presidente legítimo —cuesta diferenciarlos, de repente— me es más fácil dar crédito al horóscopo, cuyo autor no pretende convencerme de necedades que yo mismo no crea porque me da la gana. Así el que se confiesa lograra desnudarse del alma y no falseara ni un solo relato, sospecho que creerle cualquier cosa me instala en los dominios de la superstición inducida. Como si su lectura me convirtiera en ignorante supino. O aún peor, en idólatra. Y ahora, con su permiso, me regreso al estante de ficción. Como lector ansioso, me urge que alguien me cuente algo creíble.