lunes, mayo 11, 2009

Esos libros increíbles

Diario Milenio-México (12/05/09)
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1 Intríngulis crediticios
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Tal vez el gran problema de escribir un libro —cuando menos la gran preocupación— consiste en ser creído. Lleva uno ventaja, sin duda, mas no por eso se hace fácil conservarla, pues basta una expresión inverosímil, un adjetivo fuera de lugar, una mínima inconsistencia argumental, para que los lectores quisquillosos arruguen la nariz, como quien considera ya la posibilidad de regatearle crédito a lo leído. Aun cuando se narra aquello que pasó, luego de haberlo visto o averiguado, es preciso contarlo de manera que la verdad parezca verdad, pues se sabe que en los dominios de la crónica no sólo abundan las falsedades, sino también las exageraciones. Y si la historia pertenece al reino de la ficción, donde más que narrar la realidad se la corrige y además encapsula en un proyecto estético, está por verse que sea suficiente con emular y replicar la verdad, si encima hay que dotarla de aquella intensidad vivencial sin la cual quedaría, en el caso mejor, como una triste verdad irrelevante. ¿Quién va a querer sentarse a escribir un libro para llenarlo de irrelevancias, mentiras obvias o verdades dudosas?
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Responder a la pregunta anterior es adentrarse en un género aparte. Allí donde no importa gran cosa la improbable veracidad de lo expresado, pues se escribe para sacarle raja a un momento, ya sea por las ventas automáticas o por el tema del posicionamiento. Se espera buena fe de los lectores. Complicidad, también. Todo depende de la fama del súbito autor, sin la cual no habría libro, ni historia, ni lectores. Unos porque tuvieron el poder, otros porque acabaron en la cárcel, otros más porque están o estuvieron de moda, todos quieren vendernos lo que nos dicen que es su verdad, asumiendo que muchos nos tronamos los dedos por conocerla. Total, si tantas divas se maquillan y afectan al extremo y aún así la gente jura que las conoce, qué tanto es un tantito a la hora de leer verdades corregidas y acomodadas de acuerdo a conveniencias fantasmales que el lector da por hechas de cualquier manera. Pues el chismoso al cabo se lo cree todo por deformación propia de su oficio. Qué más da si se narra la verdad; lo que cuenta es que haya algo que contar.
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2 ¿Tú lo lees? Yo tampoco
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Parientes próximas de los discursos públicos, que asimismo suelen valerse de negros oficiosos para ser redactados, las memorias al vapor deben su credibilidad casi exclusivamente a la fe del lector, que se empeña en creer incluso lo improbable por así convenir al interés, el morbo, la simpatía o lo que sea que le despierte el personaje narrador. Más que, tal como ofrecen, desnudar al autor, estos libracos fueron pergeñados para satisfacer al qué dirán. No son un ejercicio de exhibicionismo, como de ocultación. Brillan también como instrumentos de revancha, dado que sus autores intelectuales rara vez llegan a enterarse de que existe una ética al respecto, y al autor material no suele preocuparle más que cobrar su cheque y jalar la cadena.
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La presencia de un nuevo libelo es siempre sorprendente en las estanterías. “¿Y éste?”, nos extrañamos, a menudo con menos curiosidad que repelús. Da grima imaginar que ciertas mercancías consigan venderse, tanto como que exista quien se crea mentiras evidentes. A veces inclusive provoca ternura, como es el caso de ese libro cuyo título no es preciso recordar, firmado por Roberto Madrazo. Lo he visto en un estante, hace pocos días, y lo cierto es que me ha ganado la risa. ¿Quién lee eso, en caridad del Verbo? Vamos, que el mero texto de la solapa ya se antoja infumable, por increíble. Pues más allá de lo que pueda decir en su defensa, y hasta en su denuesto, todo el mundo —y esto me temo que es literal— conoce al autor por tramposo. No lo leímos, lo vimos. Levantaba los brazos al fin de un maratón cuyo trayecto sólo corrió a medias. No dudo, por supuesto, que entre sus detractores haya tramposos aún más avezados, pero es que a éste lo vi. Si alguien me ve con su libro en la mano, se va a reír con ganas a mis costillas. O quizá voy a darle ternura de la mala. Para el caso, prefiero que me atrapen con un libro de Niurka. No ha de ser muy sincera, pero al menos será más verosímil.
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3 Leer para ignorar
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Un par de días después, topéme con el libro donde Carlos Ahumada se confiesa, luego de su odisea como preso político de la esperanza. Era una pila enorme de volúmenes que subrayaban su calidad de hit, sólo que como dicen tantos perezosos, yo ya vi la película. Es decir, los videos, que extrañamente no acompañan al libro en un indispensable dvd —en cuyo caso me lo habría llevado de inmediato—. Hasta hoy casi nadie habrá olvidado las imágenes del tahúr y los gangsters que extorsionaban en nombre de los pobres, y de un día para otro se volvieron estrellas del video. No están en internet (qué pudor sospechoso) pero su huella peca de imborrable. Nada puede añadírseles, son perfectas. En ellas se demuestra la calaña de toda la camarilla, pero se corre el riesgo de tomar partido, cuando lo único claro es que no hay uno solo digno de crédito, por más papeles que consiga apilar.
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Insisto, yo no sé si me digan la verdad, pero como lector les creo poco o nada. Del maratonista milagroso al presidente legítimo —cuesta diferenciarlos, de repente— me es más fácil dar crédito al horóscopo, cuyo autor no pretende convencerme de necedades que yo mismo no crea porque me da la gana. Así el que se confiesa lograra desnudarse del alma y no falseara ni un solo relato, sospecho que creerle cualquier cosa me instala en los dominios de la superstición inducida. Como si su lectura me convirtiera en ignorante supino. O aún peor, en idólatra. Y ahora, con su permiso, me regreso al estante de ficción. Como lector ansioso, me urge que alguien me cuente algo creíble.

sábado, mayo 09, 2009

Así escribo. Doy parte de rescate por Xavier Velasco (Nexos-Número 377-Mayo2009)

El parapeto mide dos por uno y medio. Diría que es una celda, si no hubiera esta vista espectacular. Juraría que es un escondite, si no tuviera pinta de escaparate. Aceptaría que es sólo un balcón, si no lo empleara a diario para librar combate con monstruos y demonios. Pasado el mediodía, un poco a espaldas de la novela en curso, descargo estas palabras sobre una página vacía del cuaderno —enorme, de argollas, especial para bocetos— que uso como pizarra, o agenda, o bitácora, o casi cualquier cosa porque sus hojas gruesas y anchas son la tierra más libre que he conocido. Diría que combato para defenderla, pero hay días que actúo como su enemigo y culpo de ello a monstruos y demonios, que a todo esto me deben la vida. Somos uno y legión, no quiero imaginar qué papelón haríamos a solas.
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Peleo contra el pánico a no ser suficiente, luego de haberme dicho durante tantas lunas que lo sería de sobra, pues de noche se piensa uno capaz de cualquier cosa y ay, de día le toca demostrarlo. En la niñez, el día era un desierto abominable del que frecuentemente me redimía la tarde. Horas largas mirando las ventanas del aula donde nada asomaba sino nubes y cielo, pero ya lo demás se adivinaba lo bastante suculento para darse a inventarlo de cualquier forma. No sería un pupitre el parapeto ideal para iniciarse en los combates literarios, pero tenía dentro lápices, plumas, libretas, cuadernos: armas legales todas cuyo uso clandestino quedaría encubierto por esos cientos de columnas de garrapatas contrahechas, que para diario horror de mi madre yo osaba hacer pasar por caligrafía. ¿Cómo le iba a explicar a la inocente que la bonita letra se lleva mal con el malandrinaje?
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Aun hoy, que por fin las recorto a punta de ronquidos, las mañanas me tratan con la punta del pie. No bien abro los párpados, miro el reloj y me propongo estar en mi puesto no después de las diez. Cosa algo complicada, pues aún no hay nada propiamente puesto sobre el balcón que mira a la barranca. Falta el sillón. La música. El tapete. Los víveres. La sombrilla. La idea es no moverse del parapeto, una vez que comiencen las escaramuzas. Pero ya he dicho que éstas arrancan mal...
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Alguien adentro quisiera una coartada para quedarse el día entero holgazaneando. Imposible, le digo, de vuelta en los zapatos del capataz, asombrado de estar de pie a estas horas en que, jura mi madre, ya los perros buscan la sombra, y a mis ojos semejan aún la madrugada. Metabolismo nocturno, dicen. Por años me propuse alcanzar la espartana disciplina de aquellos novelistas admirables que hacen lo suyo desde que amanece; hoy aduzco que mis dominios íntimos se rigen por la hora del Pacífico.
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Al capataz le he dado un poder indecente. Nadie como él asume que lo que es yo no entiendo por la buena. Cada tarde, nada más terminar, planto en un calendario de pared tres pegotes en forma de dígitos, correspondientes a la última página escrita. Y como el calendario está frente a la cama, no hay manera de abrir los párpados al mundo sin reparar en ese mapa de productividad, orgullo de Dracón que consigna la entrega, o en su caso la holganza, sin otros argumentos que los cuantitativos. Sintomáticamente, de esa cifra acostumbran pender el buen humor de la tarde y la serenidad de la noche.
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No escribo la novela en el cuaderno, sino en una libreta donde no caben otros menesteres. La novela es celosa y yo le correspondo. Solamente con ella uso las hojas rayadas Maruman tamaño B5, dentro de una carpeta con veintiséis argollas de metal, así como la tinta Waterman negra que aproximadamente cada siete cuartillas devora mi Mont Blanc Julio Verne, traqueteado y querido juguetazo con la forma de un Nautilus y el peso de una daga. Es en esas recargas recurrentes que percibo el avance del proyecto y le gano terreno a la ansiedad. Voy nadando en el mar, lastrado por el peso muerto de mi historia y resuelto a salvarla contra todo pronóstico.
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Al parapeto lo rodea el rumor de los pájaros de la barranca. Una sonata múltiple que crece conforme la tarde avanza y la tinta, a su vez, fluye hasta terminarse. Bombeo el combustible y vuelvo a la carga. Limpio el punto con manos y antebrazos, me embadurno feliz de sangre color negro. Retorno a alimentar la ampolla del dedo corazón de la mano derecha que de pronto amenaza con punzar y ya ni caso le hago porque estoy combatiendo a monstruos y demonios y me he apostado entero a salvar a la historia y sobrevivirlos. Lo que importa es pelear, ha escrito Javier Cercas. Si alguien quiere pelear, entrométase ahora. Dígame dónde quiere que le encaje la pluma.
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Xavier Velasco. Escritor. Su libro más reciente es Este que ves.

Lágrimas en el clóset. ¿Por qué el arte de conmover se cotiza a la baja en los círculos intelectuales? (Milenio-Laberinto 09/05/09)

En una comida reciente con académicos, un maestro de filosofía descalificó a Philip Roth por el tinte melodramático de sus novelas. Le respondí que, en mi opinión, a veces Roth peca de farragoso, pero su compenetración emotiva con los personajes y su talento para hurgar en los tumores del alma no me molestaban en absoluto; por el contrario, gracias a su vena melodramática yo le perdono su proclividad a la retórica. Pues de todos modos lo encuentro muy lacrimógeno, insistió el profesor. No quise enfrascarme en una discusión áspera, como lo hubiera hecho a los veinte años, pues la moderación etílica me ha condenado a escuchar sandeces y arbitrariedades en respetuoso silencio. Pero no puedo tolerar que se siga vilipendiando a un género al que debo tantas efusiones de llanto placentero, sin traicionar a mi propia naturaleza. ¿Por qué el arte de conmover se cotiza a la baja en los círculos intelectuales? ¿Quién le teme a su capacidad perturbadora? Si el intelecto llegara a predominar sobre la emoción en la literatura, el cine y el teatro, hasta erradicarla por completo, como quería Ortega y Gasset, ¿la ecuanimidad resultante sería un avance o un retroceso?
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Quien usa el adjetivo melodramático en sentido peyorativo niega implícitamente la posibilidad de que exista un buen melodrama. ¿Son despreciables Casablanca, Lo que el viento se llevó o Esplendor en la hierba? Ni el esteta más exigente puede negar que en manos de cineastas como Fassbinder, Clint Eastwood, Almodóvar, el melodrama puede alcanzar un vuelo poético extraordinario. La crítica cinematográfica, televisiva o teatral debería distinguir cuáles melodramas utilizan recursos baratos para provocar emociones y cuáles intentan elevarse por encima de la sensiblería. Pero como es más fácil poner etiquetas que hilar fino en un juicio crítico, el melodrama ha corrido la misma suerte de algunas especies zoológicas —el asno, el cerdo, la rata— cuyos nombres son insultos. Avergonzados de sus propias lágrimas, los enemigos del melodrama combaten el sentimentalismo, como si las emociones fueran un material artístico deleznable. Desearían colocarse por encima de ellas, o cuando menos, observarlas en frío desde una prudente distancia. Pero sin el alivio de la catarsis la vida sería insoportable para millones de seres, incluyendo a los intelectuales más analíticos y abstraídos.
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Cuando los odios religiosos o las disputas ideológicas niegan el valor de la vida humana, es decir, cuando las entelequias aplastan a los sentimientos, hasta la telenovela más burda puede reconciliar al hombre con sus afectos primarios, como lo ha señalado Orhan Pamuk en su estupenda novela Nieve, que narra la visita del poeta Ka a una remota ciudad de la frontera turca, donde los integristas musulmanes y los modernizadores laicos libran una guerra a muerte por imponer su ley. En ese clima de discordia civil, donde proliferan los atentados sangrientos, sólo hay una afinidad entre los bandos antagónicos: la telenovela mexicana Mariana [Los ricos también lloran], que todas las noches paraliza las actividades bélicas de la ciudad y conmueve hasta las lágrimas a los jefes de las facciones en pugna. Al observar el efecto de la telenovela sobre el ánimo colectivo, el poeta recién llegado al pueblo “se da cuenta de que el sarcasmo del intelectual, las preocupaciones políticas y las pretensiones de superioridad cultural lo habían hecho vivir una vida estéril alejado del sentimentalismo al que inducía aquella serie”. Orhan Pamuk no califica el valor artístico de la telenovela que unificó al pueblo turco (seguramente uno de los éxitos mundiales de Verónica Castro): sólo advierte que en una sociedad desangrada por el odio fanático, el melodrama contrarresta el poder manipulador de los dogmas políticos o religiosos y restablece las prioridades naturales de la existencia.
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Desde luego, es lamentable que en Turquía o en México la masa televidente no tenga opciones para distinguir un melodrama valioso de otro ramplón. En determinadas circunstancias, la telenovela puede cumplir una función civilizadora, como ha observado Pamuk, pero la repetición de fórmulas gastadas embrutece al público en vez de humanizarlo. Con una dramaturgia más creativa, y un menor apego a los cartabones de mercadotecnia, la telenovela podría ampliar los horizontes culturales de su público y darle elementos de juicio para exigir un mejor entretenimiento. Las mafias de mediocres incrustadas en las televisoras mexicanas lo saben y por eso han cerrado filas para impedir una renovación del género. No creo, sin embargo, que esa renovación debiera consistir en un alejamiento del melodrama, como creen algunos críticos de la televisión comercial. Se trataría, más bien, de conmover al auditorio sin falsear la realidad, dentro de unas coordenadas éticas y sociales que reflejaran la verdadera complejidad de la vida amorosa. Pero suponiendo que la sutileza y el decoro artesanal tuvieran cabida en la telenovela mexicana, como la tienen ya en las telenovelas de Colombia, Argentina o Brasil, que nos han arrebatado el mercado internacional: ¿habría en México libretistas y directores que supieran aprovechar esa apertura? Lo dudo, porque en las filas del cine marginal o del teatro universitario, de donde podrían salir los nuevos cuadros de la televisión mexicana, existe un fuerte prejuicio esnob contra el melodrama.
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Los jóvenes egresados del CUEC o del CCC creen a pie juntillas que los protagonistas de una historia de amor nunca deben llorar ante cámaras, y cuando tienen en sus manos a un actor de valía, le ruegan que por favor evite al máximo las gesticulaciones, es decir, que no actúe. Para colmo, muchos de ellos creen que la edición vertiginosa y la cámara al hombro los colocan a la vanguardia del cine contemporáneo, cuando en realidad están siguiendo una moda imbécil, impuesta por el videoclip. Una película con actores impávidos, en la que los tumbos de cámara marean al espectador y ninguna escena puede durar más de 30 segundos no puede conmover a nadie. Para escudriñar los movimientos del alma salen sobrando los movimientos de cámara. El melodrama requiere otro lenguaje visual y una mirada más atenta a los sentimientos de los personajes. Muchos de los recursos que utilizan los aspirantes al título de cineastas pueden servir para abrirles las puertas de algún festival, pero no para llegar al corazón del espectador. La contrapartida del menosprecio al melodrama es la sobrestimación del distanciamiento crítico. Por ese camino se puede llegar a falsear la vida sentimental, no a ponerse por encima del sentimentalismo. Pero un joven director ávido de prestigio no quiere contar historias, ni construir personajes, sino exhibir su voluntad de estilo. Pedirle fidelidad y respeto a la química de las pasiones sería tan difícil como vencer los prejuicios de un doctor en filosofía que se encierra a llorar en el clóset con la cara oculta por un tomo de Kant.
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Enrique Serna es escritor. Entre sus libros se encuentran: Las caricaturas me hacen llorar y Fruta verde.
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Las telenovelas han sido la educación sentimental de millones de personas en nuestro país, incluso entre los escritores es difícil escapar a la tentación que suponen estos ejemplos de melodrama, y prueba de ello es este sondeo que realizamos entre varios de ellos. Si bien la mayoría de los convocados aseguraron que nunca habían visto una, otro grupo reconoció su preferencia por alguna teleserie. Aquí el resultado. (Héctor González)
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Cristina Rivera Garza: Cuna de lobos.
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Mónica Lavín: Cuna de lobos.
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David Miklos: Cuna de lobos.
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Álvaro Enrigue: Mundo de juguete.
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Francisco Hinojosa: Gutierritos.
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Ana Clavel: Yesenia.
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Ignacio Padilla: La vida en el espejo.
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Élmer Mendoza: Cuna de lobos.
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Margo Glantz: Renata y Café con aroma de mujer.
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Juan Villoro: Cuna de lobos y Café con aroma de mujer.
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Pedro Ángel Palou: Alborada y Café con aroma de mujer.
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Mauricio Carrera: Amor en custodia.
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Andrés de Luna: Mirada de mujer.
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Ana García Bergua: Nada personal y la inglesa Los de arriba y los de abajo.
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Mario Bellatin: Rubí.

jueves, mayo 07, 2009

El año mil

Diario Milenio-Puebla (07/05/06)
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Apropósito de tanta calamidad que nos ha traído la vida al inicio del siglo XXI he leído, en el espléndido ensayo de Georges Duby (Gedisa, 1996) que el año mil representó para los hombres europeos un año de miedo y temor, ante ellos mismos y ante la naturaleza. La Edad Media, bautizada así por los hombres del Renacimiento y de acuerdo a Le Goff, fue una etapa difícil para el hombre en su relación con la naturaleza.
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Me llamó la atención (hoy que hablamos de epidemias) el texto que apareció en Milenio el pasado 28 de abril bajo la autoría de Francisco Báez Rodríguez, “El otro virus… los untores” y que se refiere precisamente a una creencia popular que durante la Edad Media asoló a Europa: la presencia de los untores, personas que esparcían las enfermedades untando las manijas de las puertas con la sustancia que infectaría a quien se atreviera a tocarlas. La presencia de los untores (dice bien Báez Rodríguez) son quizá meras conjeturas que desmovilizan a las sociedades. Lo cierto es que, siguiendo al historiador Duby, el año mil, los hombres de Europa vieron “Los prodigios del milenio”. Hacia el 1014, un enorme cometa se vio claramente y durante meses en el cielo durante el reinado de Roberto. Era un cometa de intenso brillo que se ocultaba con el canto del gallo. Fue una señal milagrosa que tenía la forma de una espada.
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Luego, el 29 de junio de 1033, hubo un eclipse de sol “muy tenebroso” que duró desde la sexta hora del día hasta la octava: “El sol tornó el color del zafiro y llevaba en la parte superior la imagen de la luna en su primer cuarto”.
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Duby habla también de un combate de estrellas que observó Ademar de Chabannes en 1023, cuando “las estrellas combatieron entre sí como lo hacían en ese mismo momento las potencias de la tierra”.
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Y siempre que pasaba el gran acontecimiento sobrevenía una desgracia. A la aparición del cometa siguió el incendio de muchas ciudades, castillos y monasterios italianos; luego de la lluvia de estrellas el Emperador Enrique murió sin dejar hijos, y cuando hubo pasado el eclipse “la sangre cubrió la sangre” porque se oía hablar de “fechorías desconocidas entre los pueblos”.
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El año mil también vio los desórdenes biológicos, mismos que Georges Duby divide en Monstruos, Epidemias y Hambres. La complexión del hombre –reflexiona—también está sometida al desorden y aparecen los monstruos, el hambre y las epidemias que a su vez anuncias discordias.
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Ahora que se ha incrementado el miedo en el mundo por lo que todos conocemos y un untor moderno podría ser el jugador de las Chivas Héctor Reynoso, quien escupió al chileno Sebastián Penco, rival del Everton de Viña del Mar, durante un partido contra el Guadalajara en la Copa Libertadores, lo que lo hará quedar fuera hasta que termine el torneo. Un untor chiva de corazón. Que no haya otros como él.

miércoles, mayo 06, 2009

"El gran Mankell"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla-06/05/09)

Henning Mankell (1948) nacido en Estocolmo, Suecia es un escritor por demás consagrado en el ámbito literario actual y recién lo conocí en días pasados al enfrentarme a su más reciente novela: “El Chino” publicada por Tusquets a finales del año pasado.

Mankell es conocido por desenvolverse de manera magistral en el género de la novela negra donde el protagonista estrella es un detective llamado Kurt Wallander.
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“El Chino” es un thriller sorprendente que atrapa al lector desde sus primeras líneas con la narración de un asesinato cruento y múltiple en un pueblo frio y desolado de Suecia: Hesjövallen. Un hecho sin precedentes que empieza a llamar la atención de la prensa local y nacional, a pesar de que la información empieza a ser manejada con absoluto hermetismo. La sospecha y móvil principal que manejará la policía se basa en que dicho asesinato tuvo que ser perpetuado por un demente, pero Birgitta Roslin, una jueza de avanzada edad, empieza a seguir el caso a través de la prensa y a interesarse por tal suceso, pues se percata que entre las víctimas se encuentra la familia adoptiva de su madre. Este interés la lleva a buscar un acercamiento con las investigaciones y es a través de un amigo personal que es presentada con Vivi Sundberg, una de las principales encargadas de la investigación de tan brutal asesinato. Gracias al acercamiento con Vivi Sundberg podrá tener acceso a la casa donde vivió la familia adoptiva de su madre y obtener un diario de alguno de los parientes donde narra sus experiencias al frente de la construcción de un ferrocarril. Al mismo tiempo la jueza Birgitta irá sacando sus teorías y conclusiones, basadas en la única pista: una cinta de seda roja. A la par que se va narrando esa trama se presenta la historia de los hermanos Wu, San y Guo Si, que quienes irán viviendo un sinfín de peripecias que los conducirán al sufrimiento y la muerte, no sin antes dejar testimonio a través de un diario que cobra mayor intensidad cuando narra el sufrimiento que en 1860 miles de chinos padecieron al construir un ferrocarril en la costa oeste de los Estados Unidos. Pero la búsqueda de Birgitta, que no sólo tiene tintes policiacos, sino también políticos la llevarán a interrumpir tal, cuando siente que su vida está en peligro.
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Este tipo de novelas es de las que deben agradecerse en épocas como esta donde la imagen está por encima de todo. Mankell logra que uno se lleve al sueño esta novela, un sinfín de veces soñé con las escenas. Son cuatrocientas setenta y un páginas que se leen de forma amena. Una novela que además es una visión crítica a la eficacia policiaca para resolver casos delicados, a esa izquierda europea que es se quedó en un idealismo romántico, a esa China evolucionada, pero que no respeta los derechos primordiales del humano.
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Descubrir a Mankell ha sido algo maravilloso, quien se anime, se llevará una grata sorpresa.

El hombre es un ser lleno de ritos. No se explica su vida sin ellos.

¿Y qué hacer cuando un acto que causa placer y proviene del deseo, se convierte en rito?, ¿cómo lo devolvemos a su condición primaria?

Ernesto Guevara, dijo alguna vez que para matar una idea no basta con matar a un hombre, se necesita más. Probablemente nunca lo entenderemos. Aún existen muchos Imperios, Emporios, Caciques, Idealistas, Religiosos, Políticos, Brujos, Fanáticos, Estudiantes, Alumnos, Masones, Yunquistas, Opus deis, Iluminatis, Templarios, Deportistas, Modelos, Ejemplos a seguir, Ejemplos a no seguir, Ídolos, Dioses, etc.

¿Y los humanos?

¿Qué se hace cuando las palabras abandonan al hombre y con ello toda expresión ya sentimental, ya intelectual, ya banal?

No sé, no tengo alguna palabra para ello, pero quizá, sí, una idea: la guerra.

martes, mayo 05, 2009

¿De qué sirven los recesos rutinarios si la escritura sigue de huelga y el cansancio trabaja más de doce horas?

Radiografías violentas

Diario Milenio-México (05/05/09)
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Como si se trataran de violentas radiografías, los desastres naturales tienden a poner de manifiesto males que la vida cotidiana vuelve —con sus prisas y sinsabores, con sus encuentros y rutinas— transparentes. Se requiere una cierta cantidad de olvido y una que otra estrategia de distracción, después de todo, para soportar una realidad no sólo imperfecta —ese sería, de hecho, el menor de los males— sino esencialmente injusta y mezquina, en resumen: insoportable. Así, aunque todos vivamos al tanto de los juegos sucios que componen no pocos de nuestros rituales, y aunque participemos ya pasiva o activamente en muchos de ellos, es más común hacerse el desentendido que poner una atención ya estética o ética no sólo a lo que nos rodea, sino también a las bases mismas de eso que nos rodea y, por rodearnos, nos funda. Pocos eventos, pues, nos obligan a desarrollar una conciencia del entorno de manera más rápida y puntual como los fenómenos que, fuera de nuestro control, nos avasallan, provocando muertes masivas. El temblor de 1985, por ejemplo, dejó al descubierto la serie de corruptelas públicas que debilitaron las trabes de los edificios que terminaron destrozando los cuerpos y las vidas de miles de víctimas. El huracán Katrina obligó a muchos norteamericanos a constatar la vergonzante falta de cuidado y protección que el gobierno de Estados Unidos brinda a los más frágiles de sus ciudadanos. Por eso no es de extrañar que la epidemia de influenza que ha azotado a la ciudad de México durante las últimas semanas de abril haya también levantado el velo de normalidad que ha encubierto, entre otra cosas, los defectos congénitos del sistema de salud pública en México, dejándonos ver lo que ya sabíamos: hospitales mal equipados, escasez de medicamentos, pobre infraestructura. Pero en la radiografía apareció también algo con lo que se contaba ya al menos desde 1985: una sociedad civil que, amasando una masiva voluntad de millones ha podido cuidar de sí y de una también masiva ciudad de México.
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La epidemia también ha puesto frente a nuestros ojos lo que ha estado frente a nuestros ojos por tanto tiempo: la intromisión constante de transnacionales que, aprovechando el costo de la mano de obra local y los acuerdos que logran establecer con autoridades locales, muestran poca preocupación por el medio ambiente y las condiciones sanitarias de las comunidades circundantes. La teoría de la dependencia y sus acólitos pueden haber perdido la popularidad de la que gozaron hacia el segundo tercio del siglo XX frente al embate de las nuevas historias sociales que, al pensar en la agencia de los elementos internos de un sistema, cuestionaron el peso real de las estructuras externas sobre las economías y sociedades latinoamericanas, pero la presencia de transnacionales con poco sentido de responsabilidad comunitaria es tan real ahora como entonces
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La facilidad con la que sale a flote el lenguaje coercitivo de la orden y la restricción es tal vez uno de los daños colaterales más obvios del paso de la epidemia. Sin necesidad del diminutivo ni las verdades a medias, con el justificado afán de contener el contagio y disminuir, así, el número de muertos, el lenguaje más uniforme de la imposición brota a la menor provocación. Lávese las manos. No salude. Cúbrase la boca al estornudar o al toser. No se aproxime. Vivimos justo entre las páginas de un manual gigantesco que está siendo leído en voz alta —y con ayuda de un micrófono— por aquellos que viven encerrados dentro de las oficinas del poder.
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Pocas cosas como el A/H1N1 dejan ver de manera más clara la suspicacia y la tensión que genera la presencia de los mexicanos en Estados Unidos. Acostumbrados como están a darle la espalda a la vecindad que tienen con México tanto desde sus orillas como desde dentro, los Estados Unidos ahora tienen que ver lo que ya saben que verán: la creciente presencia de trabajadores mexicanos sobre cuyos hombros descansa su sistema de vida. Como es bien sabido, el primero de mayo no es festejado en Estados Unidos excepto por trabajadores mexicanos que, exportando tradiciones de lucha, marchan por ciertas avenidas. Que frente a esos contingentes algunos hayan abogado por denominar al A/H1N1 como la influenza mexicana, mientras que otros hicieron un llamado incluso para cerrar las fronteras, no es más que la manifestación más virulenta de la falta de diálogo y la falta de conocimiento que producen ansiedad y miedo, especialmente en zonas donde, de acuerdo con el censo oficial, el número de mexicanos es cada vez mayor y el uso de una de sus lenguas —el español— no sólo es cada vez más obvio sino también más inevitable.
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Las teorías de la conspiración que se han expandido casi con tanta o más virulencia que el A/H1N1 han dejado en claro también aquella vieja verdad que dice que los ciudadanos mexicanos no sólo no confían en sus políticos sino que gozan de una envidiable capacidad narrativa y argumentativa. Éstas últimas, por cierto, no deberían pasarles desapercibidas a aquellos a cargo de promover prácticas de escritura tanto en la ciudad capital como en el país entero.
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Si pongo atención a los que dicen los amigos, y los amigos de los amigos, el paso del A/H1N1 también ha dejado al descubierto una extraña belleza en los espacios públicos de la Ciudad de México. Vacías acaso por primera vez, las calles y plazas que aparecen en las fotografías de la capital sugieren paisajes después de la batalla —esa melancolía, esa desesperanza, ese abatimiento—. Todo parece indicar que, de manera paradójica, algunos de los que están frente a esas calles, viendo pasar el aire y el silencio a través de las ventanas, han tenido la oportunidad de componer una forma inmediata de recogimiento. Algo, finalmente, de serenidad.

lunes, mayo 04, 2009

Lunes gris

Diario Milenio-Puebla (30/04/09)
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El lunes pasado, los habitantes de Puebla amanecieron reflexivos y tristes. Se veía a la gente un tanto temerosa por las calles. El día anterior, el domingo, se dijo que el estado entraría en estado de contingencia debido para evitar el contagio de la así conocida fiebre (o influenza) porcina: un virus nuevo que ataca al humano y que parece de muy fácil propagación.
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La historia es harto conocida, basta sintonizar el radio o ver la televisión para estar informados. No sé hasta qué punto llegue a ser creíble lo que los medios electrónicos han manejado. Las cifras son alarmantes.
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La ciudad lucía gris. A mediodía, las autoridades decretaron la suspensión de las clases en todos los niveles educativos. Luego, un poco después, se sintió un temblor que hizo crecer el miedo. Y en la tarde llovió. Desde muy temprana hora se agotaron los cubrebocas y todo tipo de gel antibacteriano. Hasta el momento no los hay. En el Centro Histórico los restaurantes y comercios lucían vacíos; y en los bancos, a la gente que se le ocurría estornudar delante de la fila se le veía con malos ojos.
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Se suspendieron las actividades educativas y culturales (como el programa Barroquísimo), pero las personas abarrotan los autobuses. Muchas van protegidas y llevan a la práctica las recomendaciones de la SSA: no saludar de mano ni de beso y lavarse las manos todas las veces que sea posible. Si te quiero, te lo demuestro alejándome.
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Algunos tenemos miedo, otros andan como si no pasara nada. De acuerdo a lo declarado por el doctor Roberto Calva, director de la Atención a la Salud de la Secretaría de Salubridad, en Puebla no se ha registrado un solo caso de influenza porcina.
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Lunes gris. Las calles se van vaciando poco a poco. El ruido que producen los autos se percibe en la lejanía, tímido. Los turistas van al zócalo con sus protectores nasales. Se anunció ese mismo lunes que los desfiles del trabajo y del 5 de Mayo serían definitivamente suspendidos. He seguido de cerca lo que ocurre en Puebla. Las entrevistas a los secretarios de Salud de todos los estados no paran: aparece más y más información, se actualiza.
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Estamos en la antesala del pánico. Se refleja el miedo en los rostros. Y de repente llueve sobre el centro.
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El terror de un lunes gris en Puebla.

Más allá del juego sucio

Diario Milenio-México (04/05/09)
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Otros tiros a gol
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Hay prestigios nacidos para tornarse estigmas. Escupir, por ejemplo. Durante los primeros años adolescentes, quienes éramos buenos en las esquivas artes del gargajo certero y substancioso la pasábamos bomba escupiendo de bicicleta a bicicleta, y hasta no pocas veces callando al enemigo con un gallo acertado a medio paladar. Gestas muy celebradas por nuestros menores, que a los diez años no podían rivalizar con la flema, el alcance y la puntería de un labregón de quince. Todo lo cual podía transformarse en vergüenza fatal si acaso una vecina de buen ver se aparecía y lo escuchaba a uno jalar el pollo desde medio esófago, práctica repugnante que en teoría debía causar náuseas a cuanta dama se preciara de serlo, amén de señalar al agresor como un pelafustán o como un niño. Esto último, lo que más se teme cuando ya se ha dejado atrás la infancia y es urgente pintar la raya divisoria. El día menos pensado, no vuelve uno a escupir, ni por supuesto a ser escupido.
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Existen incontables inmundicias que a un niño le divierten, pero a muy pocos bembos causa gracia que un adulto las ponga en escena. Ningún alumno pasará por alto que el profesor se escarbe la nariz o el ombligo cuando es objeto de la atención general. Solamente los niños se lucen eructando y gargajeando en tales circunstancias, donde hasta los peditos saben ser bienvenidos. Los niños y los punks, en todo caso. Curiosamente, apenas nos extraña si ciertos deportistas — que ya sólo por eso suelen ser objeto de toda suerte de loas edificantes— son exhibidos en el acto de entregargajearse. Hay decenas de casos documentados de futbolistas escupidores, y éstos son una muestra insignificante, iniciada a partir de que las cámaras invadieron de zoom la intimidad del juego, sugiriendo que tal vez lo importante no sea ya competir, ni ganar, sino humillar. Darle al otro hasta con la bacinica, como solía decirse. O en su defecto con la escupidera.
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Hablando de rufianes
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No había ocurrido aún el incidente del hoy famoso futbolista mexicano que en una sola noche se reveló capaz de disparar viscosos proyectiles por buzón y napias, cuando ya lamentaba uno ante la cámara lenta, víctima de una risa nacida del azoro, las escenas donde el tenista sueco Robin Soderling se oprime con el índice una fosa nasal para lanzar el moco por la otra. Dos ocasiones, una de cada lado, con sendos resultados voladores. Ya no a lo lejos, en ese territorio futbolero donde el operador de la cámara necesita la suerte de un buen ángulo, sino en extreme close-up. Tampoco hay veintidós competidores entre los cuáles elegir al de pronto estelar. Ya sea que se disponga a sacar o recibir, al menos una cámara lo toma de frente. La probabilidad de que su gesto en curso resulte transmitido, cuando menos en parte, va más allá del cincuenta por ciento. Añadamos a ello que Soderling jugaba contra Rafa Nadal, razón más que bastante para elevar el rating a niveles inalcanzables para un moco. Al menos en el ámbito del tenis, incompatible con el juego sucio.
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Se sabe que las porras futboleras conocen de muy cerca la pamba gallega, desde los tiempos de la míticabotella con agua de riñón, pero en otros deportes tales extremos son aún por fortuna inconcebibles. Se ha dado el raro caso, pero la mayoría jamás hemos visto a dos tenistas darse con la raqueta frente a su público. El radical la toma en todo caso contra los jueces, aunque no les escupe y ni siquiera llega a insultarlos. No faltaría más. En un juego estratégico donde los puntos se construyen a puro golpe de ráfaga mental, la violencia mayor consiste en distraer al oponente mediante interrupciones chapuceras que el público castiga con abucheos. Pues se comparte al fondo un sentido de justicia que las reglas del juego permiten y estimulan. Nadie quisiera ver a su favorito ganar con malas artes y peores maneras. Que es justamente lo que intentó Soderling hace casi dos años, en la cancha central de Wimbledon, también frente a Nadal. Se preparaba éste para servir el quinto juego del partido cuando unas cuantas risas le hicieron ver al frente y descubrir que aquél remedaba sus movimientos con el talante de un niño envidioso. Nada importante en otras disciplinas, barbarie inusitada en términos tenísticos.
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“Es un tipo muy raro”, declararía Nadal respecto a Robin Soderling después de eliminarlo de Wimbledon 2007, “lo he saludado varias veces y nunca me contesta”. Sería un patán, más bien. Uno con mala leche, valga la redundancia. Ya a medio 2009 —hace unos pocos días, sobre la arcilla del Abierto de Roma— Soderling ha salido a la cancha y de antemano sabe que Nadal va a ponerlo en ridículo a raquetazo limpio. Antes que eso suceda, el rufián descerraja los dos mocos de marras ante la cámara. Cuadro por cuadro se les ve caer, como los moscos del comercial. Al final del partido, el fiero escandinaco sufre un demoledor 6-1, 6-0. A ver si eso también lo puede remedar.
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La etiqueta del fuego
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A uno le gusta el tenis también por cuanto tiene de similar al duelo. Los contendientes usan armas redondas para despedazarse, sin faltarse jamás al respeto y a menudo excediendo la cortesía. Ya en la final de Roma, un juez señala falta en el servicio de Novak Djokovic, ante lo cual Nadal da unos pasos al frente, mira la marca y lo contradice, de manera que el árbitro da por bueno el servicio y el punto se repite, tal como corresponde. Luego, ya con Rafa Nadal atenazando el trofeo, Djokovic se resiste pero al fin accede a la petición de escenificar ahí mismo una de sus celebradísimas imitaciones off-court del campeón español, luego de que este acepta atestiguarla. Un detalle en extremo divertido cuando el juego no está ya de por medio y a la vida se le celebra sin complejos.
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En rigor, un duelista que juega sucio es un matón. Y uno que se distrae en sacarse los mocos sin pudor será probablemente un duelista muerto. Yo no sé si el deporte sea tan edificante como dicen, orondos, sus funcionarios, pero algunos seguimos admirando a aquellos que respetan las reglas de los duelos de pelota, quizás por ese niño que tiene una idea estricta de la justicia y aún se cree que son cosa de vida o muerte.

Despedidas

Diario Milenio-México (04/05/09)
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Humbert Humbert maneja entre lágrimas por un camino polvoriento en medio de la nada. La silueta que se recorta en la puerta de la casa es la de Lolita, la que agita la mano en señal de adiós definitivo, la que no quiso vivir con él y morir con él y todo con él, la que un día fue la luz de su vida y el fuego de sus entrañas, la que un día lo atrajo nomás por su taxonomía —era una nínfula o, como sentenciara José Luis Guarner, una nínfula con ínfulas— pero que, hoy que la ha perdido, se le revela objeto de un amor verdadero, de uno que no tiene reparo en ofrendársele aun si envejecida, aun si astrosa, aun si embarazada de otro, aun si incapaz de corresponder ese amor.
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Despedida romántica (versión desesperanzada).
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La película es malísima pero contiene una de mis secuencias favoritas en toda la historia del cine. Sean Penn es un estafador de poca monta. Madonna es una misionera no demasiado adepta a la postura del misionero (a fin de cuentas es Madonna) pero sí a curar el dolor de los heridos de guerra (a fin de cuentas sale de misionera). El capricho del destino los ha llevado a cruzar sus senderos: han corrido un cúmulo de aventuras (más bien idiotas e irritantes, por cierto) en el Shangai de los años 30, en un afán compartido por hallar un cargamento de opio tan ilegal como indispensable a ambos. En el camino, parecen haberse enamorado pero no se lo han dicho. Su misión ha fracasado y tal escollo los ha llevado a carecer ahora de un pretexto para seguir juntos. Una última cena y adiós. Sean camina con Madonna por las calles desiertas de un Shangai caótico, la encamina a un taxi negro y lustroso. Sólo aquí comienza la escena. Mientras suena una melodía desolada, compuesta por George Harrison y rasgada en esa guitarra que llora gentilmente, ella —rubia y hermosísima y aterida— aborda el taxi. Él le dice unas palabras finales, pretendidamente hilarantes pero en realidad amargas. Comienza a alejarse pero se arrepiente. Precipita medio cuerpo por la ventanilla del auto pero sólo atina a golpearse el cráneo. Ella se conmueve, le hace una caricia en la cabeza, ambos ahogan una risita y, finalmente, se besan. No bien sus labios se rozan, el taxi arranca. Ella lo sigue con la mirada mientras él recorre el callejón solo, perdido su paraíso apenas entrevisto.
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Despedida romántica (versión chabacana pero entrañable).
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Como Dorothy Parker dijo una vez a su novio, que te vaya bien. Como Colón anunció cuando se supo botado, fue divino, Isabel, divino. Como Abelardo dijo a Eloísa, no te olvides de escribirme de vez en cuando. Como Julieta exclamó al oído de su Romeo, querido, ¿por qué no encarar las cosas de una buena vez? Fue sólo una de esas cosas, escribió Cole Porter, ese coleporteur (es decir contrabandista) de las emociones. Una de esas cosas locas, una de esas campanas que tañen de vez en vez, sólo una de esas cosas. Y sigue implacable: adiós, querida y amén; ojalá nos veamos de cuando en cuando. Fue una gozada, pero sólo fue una de esas cosas.
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Despedida cínica.
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Juan García Esquivel fue un genio. Un músico innovador y experimental. De lo que nadie podrá acusar a Esquivel, eso sí, es de sinceridad: su música de departamento de soltero de la era espacial es pura pirotecnia, despliegue virtuoso y ensoberbecido de humor socarrón y de elegante espectacularidad. Hay, sin embargo, una excepción a esa regla: una grabación (y una sola) en la que el maestro tamaulipeco cede a la ternura y a la tristeza para entregar a la posteridad tres minutos y catorce segundos conmovedores. La canción es unstandard del cancionero popular mexicano: “Adiós, Mariquita linda”. Comienza con una guitarra que resuena dulce, a la que pronto se suma un piano insistente y neurótico —el del propio Esquivel— y después maracas acompasadas y plañideras. Conforme avanza, sigue añadiendo elementos: una guitarra de surf melancólica, metales funestos, un silbido solitario, una marimba paroxística, un coro espectral. Aunque la versión es instrumental, creemos escuchar el lamento de ese enamorado que se aleja de su Mariquita linda, que se va porque ya no lo quiere como él la quiere a ella.
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Despedida tristísima.
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Con esta entrega, termino la etapa de mi vida en que fui colaborador semanal de MILENIO Diario. Agradezco a Carlos Marín. Agradezco a Ariel González. Agradezco a Javier García-Galiano. Agradezco al generoso lector. Y digo adiós con una disculpa por no encontrar el adjetivo preciso para calificar esta despedida.

viernes, mayo 01, 2009

El alma de América Latina-Jorge Volpi (El País/Babelia 02/05/09)

"Nadie sale indemne de su lectura", afirma Jorge Volpi sobre Las venas abiertas de América Latina, el libro de Eduardo Galeano que Hugo Chávez regaló a Barack Obama. El escritor mexicano reflexiona sobre su vigencia e imagina que el presidente de EE UU corresponda con el obsequio de Forgotten Continent, de Michael Reid.
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El gesto no es banal. Acostumbrado a protagonizar escándalos en todas sus citas internacionales, esta vez Hugo Chávez sorprende a sus detractores. En lugar de burlarse del mandatario de una república vecina, intercambiar denuestos con el rey de España o reventar los acuerdos, en la V Cumbre de las Américas se comporta con moderación, casi con mesura. A diferencia de Fidel Castro, su ídolo y maestro, quien fulmina la euforia despertada por Barack Obama entre sus colegas latinoamericanos, el presidente de Venezuela no logra sustraerse a su encanto. Poco antes, congregado con su pandilla del ALBA en Cumaná, amenazó con encararlo, pero cuando al fin lo tiene a su lado, escucha sus tersas palabras y constata el tono de su piel, decide un cambio de estrategia. Obama no es Bush e insultarlo sólo le restaría simpatías: lo único que le importa a un caudillo democrático. En un gesto de caballerosidad -y, admitámoslo, de repentina sutileza-, Chávez prefiere confrontarlo de manera civilizada. No un insulto, sino un libro. Y no cualquiera: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Una bomba literaria que muy probablemente Obama no ha leído, pero que -seamos justos- en efecto tendría que leer.
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Podrán decirse muchas cosa sobre esta obra de culto de la izquierda latinoamericana, que es maniquea o extremista, que distorsiona o exagera, pero nadie sale indemne de su lectura: ante este abigarrado relato de las vejaciones -en su mayor parte ciertas- que América Latina ha sufrido a manos de Estados Unidos, uno no puede sino terminar escandalizado. Publicada en 1971, y elevada al inmediato rango de best seller en lengua española -setenta ediciones hasta 2007-, no esconde su interpretación marxista ni sus ataques al capitalismo y al imperialismo. Si en 1969 el Zavalita de Vargas Llosa se preguntaba en Conversación en La Catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?", Galeano se demoró apenas dos años en dar su respuesta para América Latina. Su horizonte teórico, la llamada "teoría de la dependencia", hacía recaer todos los males de la región en los otros: los explotadores europeos y luego estadounidenses que no han dejado de enriquecerse a sus expensas. La tesis de Galeano, defendida con pasión y singular destreza narrativa, quizás no baste para explicar nuestro subdesarrollo, pero los hechos que enumera tampoco pueden desdeñarse aduciendo su ceguera ideológica. Como pocos panfletistas de nuestro tiempo, Galeano supo poner el dedo en la llaga y, a 35 años de distancia -y a 20 de la caída del muro-, conserva intacta su capacidad de indignar.
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Imaginemos la escena: acomodado en su asiento del Air Force One rumbo a Washington, Obama toma el libro que le obsequió Chávez y, más por aburrimiento que por curiosidad, lo hojea al desgaire, lee un par de párrafos y, como le ha ocurrido a miles, queda atrapado por la un tanto engañosa pero siempre inquietante narración de Galeano. Alguien tan sensible a las humillaciones sufridas por los afroamericanos podría descubrir en sus páginas más de una coincidencia con su educación radical, y sin duda le ayudaría a comprender mejor a quienes desconfían de Estados Unidos, incluso de esa parte de Estados Unidos que, escapando a los prejuicios, le permitió convertirse en presidente.
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Las venas abiertas de América Latina no es un manual de historia sino un vigoroso panfleto, y así debe ser leído y criticado. Su pesimismo resulta indigesto -los empresarios son siempre rapaces, los gobernantes siempre corruptos, los pobres siempre víctimas-, pero en esta época en que el capitalismo sufre su propia crisis de identidad conviene no olvidar las injusticias cometidas en su nombre. Su lectura puede resultar adictiva -mérito para su autor, peligro para sus fanáticos, sobre todo si se trata de líderes populistas como Chávez- y quien pretenda tener un panorama más amplio de América Latina ha de disponer de un antídoto. Desde su aparición, cientos de libros han tratado de descalificar a Galeano, pero ninguno se ha mantenido vigente durante casi cuatro décadas (y menos escalar al puesto seis de Amazon.com).
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Alejado de las réplicas viscerales de tantos escritores latinoamericanos, en especial de esa malograda imitación de derecha, el Manual del perfecto idiota latinoamericano de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa (1997), convendría oponer a Galeano el brillante ensayo del periodista británico Michael Reid, Forgotten Continent. The Battle for Latin America's Soul (2007), cuya traducción al español está por aparecer. Responsable de la sección de las Américas de The Economist, Reid tampoco oculta su perspectiva ideológica, su preocupación ante el populismo y su defensa de la tradición liberal. El título es explícito: para Reid, América Latina se ha convertido en una de las zonas más olvidadas del planeta, pues si bien los desafíos que enfrenta continúan siendo mayúsculos, no se comparan con el ascenso de China o el infierno de África. Tras revisar las distintas teorías que explican el subdesarrollo de la región -y de discrepar con Galeano con particular vehemencia-, Reid analiza el auge y la caída del consenso de Washington, critica la deriva populista de Chávez y ensalza la transformación de Chile o Brasil (y se permite ser más severo con México). Frente al pesimismo de Galeano, Reid enuncia un optimismo moderado: las democracias latinoamericanas de principios del siglo XXI acarrean un sinfín de lastres, pero la solución a sus problemas no se halla en la vía revolucionaria del pasado sino en acentuar las reformas institucionales del presente: entre estos dos extremos radica la verdadera "lucha por el alma de América Latina".
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Imaginemos un final para esta historia: de vuelta en la Casa Blanca, con unas densas ojeras al no haber podido abandonar la lectura de Las venas abiertas de América Latina, Barack Obama estampa su firma en una copia de Forgotten Continent: "For my friend Hugo Chávez". Si por una vez los dos líderes se atrevieran a conocer los argumentos del otro, y a evaluarlos serenamente, sin amenazas ni insultos, "entre iguales", sería ya un gran avance para la región.
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Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) ha publicado recientemente la novela El jardín devastado (Alfaguara, 2008. 192 páginas. 18 euros) y la recopilación de ensayos Mentiras contagiosas (Páginas de Espuma. Madrid, 2008. 256 páginas. 15 euros).

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Inger, Permutaciones-Juan Eduardo Cirlot



Inger, permutaciones : " Este poema parte del ciclo permutatorio iniciado en 1954 con las metamorfosis sobre las " golondrinas " de Bécquer. Continuó esta serie con ' El Palacio de Plata ' (1955), su reedición en 1968, ' Bronwyn, n ' (1969) - de carácter fonetista como esta obra - y ' Bronwyn, permutaciones ' (1970). La parte I de ' Inger, permutaciones ' se compone de las 120 que da el nombre Inger ( 1 x 2 x 3 x 4 x 5 ). La parte II se compone de libres combinaciones formadas con el material fónico procedente de tales permutaciones. Al margen del origen de esta técnica ( relacionada con la música dodecafónica, el Tseruf cabalístico y una zona de las matemáticas ), este poema se propone menos una función lírica que constituir una suerte de rito ante el imposible. Rito que está realizado, en verdad, en la segunda parte del poema, siendo la primera de mero carácter técnico " ( Juan Eduardo Cirlot, Prólogo de ' Inger, permutaciones ' - 1971 -. Texto extraído de la compilación poética ' Del No mundo ' ( 1961-1973 ), Libros del Tiempo ( Poesía ), Editorial Siruela, 2008 Madrid. )
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Música: ' Suite otoñal' ( 1947 ), compuesta por Juan Eduardo Cirlot. Texto recitado por Javier Maderuelo. C.D. que forma parte del Catálogo de la exposición realizada en homenaje a Juan Eduardo Cirlot en el IVAM ( Instituto Valenciano de Arte Moderno ) - Centre Julio González de Valéncia, del 19 de septiembre al 17 de noviembre de 1996 ( Generalitat Valenciana, conselleria de cultura, educació y ciència ). Edición C. D.: E.G. Tabalet, Alboraia ( València ).
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Imágenes: Casa de L' Ardiaca, Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona ( c/. Sta LLúcia, Ciutat Vella )

miércoles, abril 29, 2009

El Puebla de la Franja y las broncas financieras

Nadie lleva mascarillas en la secretaría mexicana de Salud (El País/Alerta sanitaria 30/04/09)

El Gobierno admite que los cubrebocas se repartieron para tranquilizar a la gente
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La cita promete. El hombre que, en teoría, más sabe en México del virus de la gripe porcina está dispuesto a contarlo todo. Se llama Miguel Ángel Lezana y es el director general del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades. Su despacho está en el paseo de la Reforma. El taxista, con la mascarilla azul cubriéndole la nariz y la boca, se abre paso entre un tráfico que, aunque más liviano porque no hay colegios y los restaurantes están cerrados, sigue requiriendo muchas dosis de pericia y paciencia. El pasajero también lleva mascarilla. Y los agentes de tráfico, y los demás conductores, y la mayoría de los transeúntes. También las llevan los soldados de un retén del Ejército dedicado, precisamente, a repartir mascarillas. La sorpresa llega cuando el periodista entra en la secretaría de Salud...
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Nadie lleva mascarillas. Ni la recepcionista, ni nadie del servicio de limpieza, ni las secretarias, ni el jefe de Prensa ni, por supuesto, el doctor Lezana. Así que la primera pregunta no puede ser otra. ¿Por qué no llevan ustedes mascarillas? "Porque la porosidad que tienen permiten fácilmente el paso de las partículas, y porque además es muy poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con ninguna superficie". Y entonces -la siguiente pregunta también es obvia-, ¿por qué han repartido millones de mascarillas? "Bueno, es más una demanda de la población. La gente se siente más segura llevándolas, más tranquila, y no les hace ningún daño". La declaración del funcionario no deja de ser sorprendente, sobre todo porque, durante los primeros días del brote, la población asistió angustiada a la escasez de mascarillas, y los políticos en tropel -en vez de hacer el discurso de Lezana- se lanzaron a prometer mascarillas como si en ellas estuviera la salvación.
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Lezana explica entonces que el virus sólo es capaz de vivir en el aire cuestión de segundos, pero que donde sí se hace fuerte es sobre los objetos. "Si yo tengo el virus y estornudo sobre la grabadora, el virus puede permanecer ahí 24 e incluso 48 horas. Si usted luego la toca y se lleva las manos a la boca, a la nariz o a los ojos, se puede contagiar. Por eso lo importante es lavarse mucho las manos, limpiar mucho los objetos que otras personas han tocado".
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Miguel Ángel Lezana explica la historia del brote. O, mejor dicho, de los tres brotes de los que tuvieron noticia. Dice que uno de ellos se localizó en el Estado de Veracruz, en una localidad llamada La Gloria. Se inició el día 9 de marzo y concluyó el día 10 de abril. Un 30% de la población resultó afectada, pero -en contra de lo que sostienen algunos moradores del lugar- no se produjeron defunciones. La noticia de otro brote llegó el día 12 de abril. Una mujer de 39 años de edad, encuestadora de profesión, fue ingresada en un hospital y falleció al día siguiente. La paciente llevaba varios días de médico en médico. De forma simultánea, al Gobierno empezaban a llegar noticias alarmantes del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias. Estaban ingresando un alto número de adultos jóvenes, previamente sanos, con una neumonía que evolucionaba rápidamente. Al menos cuatro habían fallecido a las pocas horas... Por si fuera poco, el día 21 tuvieron noticias de que dos niños en California -un crío en San Diego y una niña en el condado de Imperial Camping- habían desarrollado un cuadro de gripe.
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El día 23, el Gobierno dio la alerta sobre un brote de influenza. ¿Es posible que no existieran vínculos entre los brotes? ¿Que se desarrollaran de forma independiente y simultánea? "Es imposible" ¿Tiene que haber vínculos humanos? "Exactamente. Los virus requieren de la maquinaria genética para poder reproducirse. Tuvo que haber contacto". Dado que La Gloria, en Veracruz, es el único lugar donde hay una explotación de cerdos, ¿es posible que todo esto empezara allí? "La granja está a 80 kilómetros. No está en el pueblo". ¿Por qué están muriendo los jóvenes? No tenemos idea de lo que está pasando. Tenemos una hipótesis: están resistiendo mejor niños y ancianos porque fueron vacunados contra la gripe". ¿Cuántos casos hay confirmados? "Plenamente, siete". Pero el Gobierno ha venido repitiendo que había 20 confirmados y 170 sospechosos... "Tenemos un problema de comunicación".

martes, abril 28, 2009

Cuando todos éramos artistas visuales

Diario Milenio-México (28/04/09)
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No lo sabíamos, por supuesto, pero todos aquellos que escribimos alguna vez a máquina, colocando el papel cuidadosamente en un rodillo y presionando las ruidosas teclas con una fuerza que no pocas veces dejaba adoloridas las yemas de los dedos, fuimos también artistas visuales. Va mi argumento.
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La máquina en cuestión, la que era de escribir, parecía un animal antediluviano. Ya no era en efecto la mole aquella en color negro creada a inicios del siglo XX debido al aumento de trabajos de oficina que, una vez colocada en su sitio, resultaba imposible mover, pero comparada con nociones de peso contemporáneos, incluso los modelos anunciados como más ligeros, aquellos diseñados con efectos de movilidad, eran en realidad bastante pesados. Poco importaba eso, sin embargo. Si a uno le gustaba escribir y había que entregar algún manuscrito, allá iba uno con su Letrera 33 de un lado para otro: de los salones de clase a los parques, de la casa de algún amigo a la cabina del tren (había trenes entonces, y cabinas dentro de ellos). El proceso en general recibía el nombre de “pasar a máquina”, suponiendo, como solía ser el caso, que toda escritura era primero realizada a mano —en sucio— para luego sujetarse a varias revisiones antes de llegar a la limpieza del aparato mecánico. Mecanografiar: pasar en limpio. Escribir era, pues, escribir demasiado. Escribir era estar escribiendo todo el tiempo. Escribir era estar corrigiendo.
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El proceso daba inicio con la selección del papel. Nadie que yo conociera compraba paquetes de 500 hojas (no sé si existían en el mercado al menudeo) en grandes y pulcros almacenes de artículos para oficinas. Lo que hacíamos entonces era ir a la papelería de la esquina que, con suerte, era uno de esos comercios viejísimos, con grandes estantes de madera, donde un dueño permanentemente encorvado guardaba con algo de misterio sus múltiples tesoros: estampillas, borradores, tintas, papel. Había que tocar el papel, examinarlo. La textura, el porcentaje de algodón, el grosor. De ser posible, había que aproximarlo a la nariz para aspirarlo. La prueba de los sentidos. Habiendo tomado una decisión, uno salía con 25 o 50 piezas dentro de una pequeña bolsa de plástico.
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Para mecanografiar había, pues, que colocar el papel entre los rodillos de caucho del carro de la máquina y, luego, había que apretar la palanca que liberaría la hoja sólo lo suficiente para poder emparejar sus esquinas de manera manual. El carro se movía de derecha a izquierda por medio de un muelle (resorte) al tiempo que se oprimían las teclas; el movimiento estaba regulado por un mecanismo de escape, de forma que el carro recorría la distancia de un espacio para cada letra. El carro volvía a la derecha por medio de una palanca, que servía también para girar el rodillo a un espacio de una línea mediante una carraca y un trinquete. Las líneas de linotipia estaban colocadas en círculo; cuando una de las teclas, dispuestas en un teclado en hilera en la parte frontal, era oprimida, la línea de linotipia correspondiente golpeaba contra la parte inferior del rodillo por acción de la palanca. Una cinta entintada corría entre la línea de linotipia y el rodillo, y el carácter, al golpear esta cinta, efectuaba una impresión en tinta en el papel que estaba sujeto sobre el rodillo. La cinta se transportaba por un par de carretes y se movía de forma automática después de cada impresión. Repartida en dos únicos colores, el negro y el rojo, la cinta era en realidad una amenaza de huelga.
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Entonces empezaba el apretar de las teclas. Y entonces daba inicio el ruidazal. A medida que avanzaba el párrafo, la habitación se iba llenando de una tonada estridente que no dejaba de tener su ritmo secreto. Entre el cuerpo y la máquina: el sonido. A eso se le agregaba muchas veces la voz de la escribiente que, acostumbrada a utilizar tantos sentidos como le fuera posible, no dudaba en agregar la enunciación de la palabra que quedaba en el papel. Pequeña pieza de música de cámara y tecnología con cuerpo.
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Entre el ruido de las teclas, especialmente si el mecanógrafo era veloz, brotaban de cuando en cuando los errores. No se podía regresar y borrar sin que quedara huella del acto. No había una tecla que anunciara delete, en inglés. Había que detenerse en seco, desenrollar un poco la hoja para que, ya liberada, fuera posible pasar la pequeña brocha que, saturada de un líquido blanco, cubriría el error. Yuxtaposición en el tiempo. Palimpsesto. Luego, había que esperar a que el líquido secara y entonces, y sólo entonces, era posible enrollar la hoja otra vez y continuar con el proceso. Con el tiempo, la brocha fue sustituida por diminutos papeles correctores que se colocaban sobre la letra equivocada para que la tecla la volviera a marcar, esta vez en blanco. Equivocarse era, siempre, equivocarse dos veces.
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El trabajo más artesanal, el que requería de mayor maestría e imaginación, el que nos daba el título de artistas visuales por derecho propio era, sin duda, colocar los pies de página. No había, por supuesto, una función especial en el entramado de la máquina de escribir que ayudara con eso. Había que diseñar el espacio del papel, componerlo. Había, pues, que interrumpir el párrafo y calcular (que era imaginar) cuántas líneas sobrarían y cuántas, por otra parte, ocuparía escribir el nombre del autor y el título del libro del que se había tomado la cita textual. Un error aquí, en esta parte baja de la hoja, tenía consecuencias fatales. Si la hoja se liberaba de improviso del carrete, cosa que era muy posible porque recuérdese que no había manera de ver dónde terminaba, resultaba extremadamente difícil volver a alinearla con precisión. Si se había calculado mal y no había ya espacio para incorporar todos los datos requeridos o si por casualidad se colaba un error en esas últimas y peligrosísimas líneas, entonces había que empezar otra vez. Desde el principio. Todo. Sísifo en ciernes. Así las cosas, 25 o 50 veces, antes de regresar una vez más a la papelería y aspirar el olor de los viejos objetos encantados. Antes de salir con la pequeña bolsa de plástico pegada al pecho, ensoñando.
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Enrollar la hoja, emparejarla, apretar la tecla. Dar inicio

Lo que llega a los correos electrónicos, buscando hacernos pensar

El jueves por la noche el señor Calderón dio un mensaje a la nación diciendo que se había dado un brote de influenza porcina la cual es un virus "nuevo e incurable" y que ya había causado varios muertos, de inmediato dijeron: no salgan a la calle, no vayan a la escuela, al cine, a los antros, etc. Pero jamás dijeron: "No tengan miedo". Claro, si es lo único que buscan (muhajajaja).

Leyendo un poco y por supuesto, no escuchando toda la bola de sandeces que dicen en la televisión, encontré por ejemplo que el virus es el mismo que apareció hace unos años y fue conocido como la "Gripe Asiática", lo cual se trato de una cortina de humo para ocultar la grave situación económica que se vivía en Asia en esos momentos. ¡CHEQUEN ESTO!:

La situación en México es similar, el mismo jueves por la noche el Senado de la República estaba aprobando la iniciativa de ley para legalizar las drogas, con lo que se permite la portación de dosis mínimas de marihuana, cocaína, opio, cristal y otras drogas; perdonen mi falta de atención, pero no he visto en ningún noticiero que hayan hablado de esto y la ley será puesta en aprobación por la cámara de diputados el día de mañana (martes 28).

¿Nada grave verdad? Pues otra de las leyes que se aprobaron el jueves 23 es la "ley de La Policía Federal" con la cual se le otorgan, entre otras cosas se aprueba lo siguiente:

La utilización de agentes policiales sin uniforme en los casos en que lo amerite alguna investigación. (¡Bravo! policías encubiertos, "civiles" armados, más robos y secuestros impunes) La intervención de las llamadas telefónicas. (Adiós privacidad).

La policía federal ahora podrá intervenir e incluso retener los correos electrónicos si así lo requiere. Se les otorga toda la facilidad para solicitar a las empresas privadas información personal de sus clientes para los fines de su investigación.

La corporación realizará acciones de vigilancia, identificación, monitoreo y rastreo en la Red Pública de Internet sobre sitios web, con el fin de prevenir conductas delictivas. (O mejor dicho para prevenir golpes de estado, marchas, movimientos civiles, etc. No olvidemos que el centenario de la Revolución esta a la vuelta de la esquina).

Por otra parte, el 18 de abril, el Fondo monetario internacional aprobó un crédito de 47,000 millones de dólares que solicito el gobierno de México para afrontar la crisis, si 47,000 millones, o sea U$47,000,000,000 o bien $658,000,000,000 de pesos mexicanos, en un plazo de un año, esto significa que si había deuda externa, ahora la hay y en grande, pero como siempre el que paga es el pueblo, pero regresando al tema, los noticieros solamente dieron la noticia, no hablaron del riesgo que significa un préstamo de tal magnitud ni cómo afecta a la población.

Y la última razón para haber creado tal psicosis por una enfermedad curable es esta:

El presidente Obama hizo una visita a México el 16 de abril, ¿de qué se hablo? Algunos dicen que de seguridad nacional, lo cierto es que Obama venía a cerrar un trato (El comando Norte) con el que se acepta que militares estadounidenses entren a México y poco a poco se apoderen del territorio, de los pozos petroleros y de las reservas de los mantos acuíferos. ¡Carajo! ni el mismísimo Antonio López de Santa Anna.

Todo esto bien pudo haber sido el causante de algunas marchas, cierres de carreteras, movilizaciones civiles, e incluso levantamientos armados por parte del Narco, pero todo fue aplacado por la curiosamente oportuna Influenza, tan oportuna que hizo que las dependencias de gobierno (los sindicatos) no laboraran; la gente no saliera a las calles y por lógica no comentara nada. Lo único que podían hacer era quedarse en casa sin otra opción que prender la televisión y cada 15 minutos ver algún spot para prevenir la influenza, y cada 2 o 3 horas algún noticiero hablando todo el tiempo de lo mismo.

Ahora bien, ¿es una Epidemia o un terrorismo de Estado?
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El pasado 2 de abril durante la reunión del grupo de G7 integrado por EU, R. Unido, Canadá, Alemania, Italia y Japón se dieron 2 conclusiones fundamentales.

1- La economía mundial necesitaba un cambio
2- El FMI. Destinaria 500,000 millones de dólares para ayudar a las economías emergentes, (países pobres dispuestos a colaborar) pues bien los dados estaban en el aire.
3- Luego vino la reunión privada del presidente Obama y Felipe Calderón el 16 y 17 de abril.
Sorpresivamente el jueves 23 de abril el presidente de México convoco a una reunión de emergencia con su gabinete, y por la noche el secretario de salud José ángel córdoba Villalobos anunciaba en cadena nacional la aparición del virus de la influenza, y las medidas inmediatas como la suspensión de las clases a todos los niveles en el DF y el estado de México.

El 24 de abril el G7 declara la economía mundial debería ponerse en marcha este año y que se lanzarían todas las acciones necesarias.

Finalmente lunes 27 de abril la empresa farmacéutica Sanofi Aventis anuncia que inyectara 100 millones de euros en una nueva planta de vacunas y donaría 236,000 dosis a México como apoyo al control de la enfermedad.

De todo lo anterior veamos lo siguiente:

1. Desde hace más de 2 años la industria farmacéutica a nivel mundial tenía problemas financieros por la baja en la venta de medicamentos.
2. Si no creas guerras crea enfermedades (la economía mundial debería ponerse en marcha).
3. México perfecto trampolín para lanzar la enfermedad, de aquí saldrían turistas a diferentes partes del mundo, curiosamente los países que reportan enfermos que estuvieron en México, y que están reforzando su cerco sanitario son los países que integran el G7 que raro.

Lo que pasara esta semana que viene. Muy probable la suspensión de actividades en todas las empresas del DF y Estado de México, ya las clases se suspendieron hasta el día 6 de mayo, donde el gobierno hará un análisis de la farsa y vera conveniente el que siga, o la declaración tan estudiada "gracias a las medidas que se tomaron a tiempo y el apoyo de la ciudadanía pudimos controlar la enfermedad".
4. Ponte a pensar de que se está hablando a nivel internacional ahora ¿del virus o de la crisis financiera? Esto de antemano es un alivio para el banco mundial y las bolsas del mundo.Distribuye este correo a todos tus contactos no se vale nos quieran ver la cara como lo han hecho en el pasado, (chupacabras, ovnis, leche contaminada etc.)

Y si puedes saca copias para la gente que no tiene internet, esta gente como siempre es la más afectada, mira los noticieros y las ventas de las farmacias se ha incrementado y el costo de los cubrebocas ya llego a 7 pesos imagínate las risas de quien esto orquesto al ver a la gente con cubrebocas.

Si alguien debate que con el paro México perdería mucho pues no, para eso es el fondo que destino el FMI, e imagínate las ganancias de la farmacéutica a nivel mundial, y como lo acaba de anunciar el Secretario de Economía de México por dinero no paramos para combatir la enfermedad, y por último los empresarios considerarían este paro un alivio y muchos vivales como siempre pagaran la mitad a sus empleados.

El presidente anuncio que la enfermedad es curable, y siempre nos manejan cifras a medias ¿donde están los muertos y donde están concentrados los enfermos?, Yo anexo los siguientes puntos:

1. Si realmente es tan contagioso, ¿cómo y donde están las familias de los muertos?2. Si la influenza porcina es una mutación del virus original de los cerdos, entonces el brote de la infección debería haber comenzado en el campo y no en las ciudades.
3. ¿Por qué no han mostrado una entrevista con algún enfermo? (he visto que entrevistan a familiares, diciendo que su familiar está enfermo y que ya está estable gracias a los medicamentos, ¿pero si el familiar ha estado en contacto directo con el virus que lo lógico no es que esté enfermo o en cuarentena?)
4. ¿Por qué no han dicho el nombre del retroviral que esta “curando” a la gente enferma?

lunes, abril 27, 2009

Miembros, miembras y calambres

Diario Milenio-México (27/04/09)
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Confusos pero corteses
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Hasta donde sabemos, sólo las matemáticas conocen la perfecta equidad. En los demás terrenos, campean a menudo desigualdades, desequilibrios y toda suerte de afines despropósitos. Lo cual parece desconsolador, en especial a ojos de esos fanáticos de la equidad forzada cuya utopía última es un mundo perfectamente arrebañado; aunque al final la inequidad total es tan esclavizante como la equidad perfecta. ¿Quién va a querer vivir a expensas del imperio de las variables, o bajo la presión total de las constantes? El hecho, sin embargo, es que la promoción de la igualdad, en especial allí donde menos se le precisa, concede al promotor un rango moral que al cabo le da acceso a privilegios inigualables, valga la expresión. Ya puedo imaginar la mano igualadora que ahora mismo caería sobre el presente párrafo y extendería a su cucho entender el alcance del mismo, pues he aquí que recién me he referido al promotor, cuando debí haber sido igualitario y escribir promotor o promotora. ¿O es que quiero ser visto como un macho de mierda?
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Tal vez todo empezó con el primer zopenco que empleó la socorrida expresión señoras y señores, redundancia en teoría caballerosa que para el caso nunca debió pasar del damas y caballeros. Pues como bien sabemos, el término caballeros no incluye a las damas, y viceversa. ¿Por qué digo que el orador de marras era un zopenco y no una zopenca? Amén de suponer, dando cuerda un instante a la causa igualadora, que la cultura machista bajo la cual crecimos debió de producir antes oradores que oradoras, me atrevo a suponer que el lector —y entre éstos las lectoras, que como es evidente me interesan más— no precisa de redundancias tartufescas para entender que me refiero igual a una mujer que un hombre, y para el caso qué más puede importar, si al fin ni idea tengo de su identidad. Si al hablar o escribir tengo que detenerme ante cada probable inequidad lingüística, voy a acabar más ocupado en hacer caravanas domingueras que en abordar la substancia del tema. Al final, lo único claro será mi buena educación.
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Del cumplido al calambur
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En una de sus primeras declaraciones públicas como ministra española de Igualdad, Bibiana Aído se acomodó en la agenda cultural de su país —posicionarse, que le llaman— como una terrorista gramatical, no bien tuvo la justiciera ocurrencia de acuñar ante cámaras y micrófonos el término miembra. Una expresión graciosa de raíz, que a más de uno tal vez le suene un poco a falo de transexual, y a otros —esto es, no únicamente a otras— les anime a acuñar el término integranta. En un país donde —inmunda coincidencia— las agresiones domésticas arrojan cifras espeluznantes de mujeres golpeadas, cuando no asesinadas por maridos palurdos y trogloditas —no sé si debería decir trogloditos—, siempre será más fácil hacer justicia con las puras palabras. Que no se diga que quien se halla a cargo no se dispone a ir lejos en el combate contra el sexismo.
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Hasta donde recuerdo, en los primeros años de la adolescencia se burlaba uno de los compañeros incautos invitándoles a probar de un hipotético postre de miembrillo. Si el otro no entendía, o pasaba por alto la letra sobrante, quedaba uno además como ingenioso. Se retorcía el lenguaje para jugar con él, y así tras los miembrillos venían los tecojotes, seguidos de otras frutas no menos agresivas para la hombría virtual del interpelado, que en todo caso se defendía recurriendo a la rauda perversión de una fórmula clásica de las buenas maneras. ¿Mame usted?, preguntaba y se ponía a salvo, por el momento, en su camino al trono de los machos frustrados pero risueños. Desde entonces y hasta hoy, retorcer el lenguaje por cortesía extrema y desmedida es no sólo un afán ridículo y vacío, si también sirve de amplia coyuntura para hablar de sí mismo con la siempre aromática vanidad de los falsos humildes —de ambos sexos, se entiende—. Hablar a compañeras y compañeros, igual que a mexicanos y mexicanas, no es echar mano de una virtud justiciera, como de una herramienta cosmética. Elude uno decir lo que en el fondo piensa para que quienes le oyen piensen bien de uno. Equidad de antifaces en el festín de l@s buen@s concienci@s.
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La justicia del diablo
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No exageré en el barbarismo precedente. Ya espero con penosa resignación el momento en que a las changarras descubiertas por Carlos Marín les sigan los conciencios, tan hombrecitos ellos, y algún iluminado nos ilustre sobre la mejor forma de pronunciar la arroba con la que tantas plumas obsequiosas se lucen dirigiéndose a sus amig@s, como si los cariños en verdad entrañables necesitaran de esas precisiones. ¿Habría que decir amigaos, amigoas, amigues, amigs? ¿Y si para expresar lo mucho que valoro su amistad, ya entrado en el abuso de los signos, escribiera mejor amig$? Parece idiota, claro. Lo es, como toda mentira transparente. Pero pasa con estas cortesías gaznápiras que su repetición inmisericorde hace ver mal a quien no acude a ellas, si ya en el auditorio se multiplican las sensibilidades comisarias, dispuestas a apuntar con el dedo al malvado insensible que se atreva a esquivar el protocolo de la redundancia. Más que a un puñado de amistades de ambos sexos, se diría que quien habla se dirige a un gentío acomplejado, resentido y regañón. ¿No sería más cortés empezar asumiendo que se habla ante personas inteligentes?
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La perfecta equidad supone subsistir cada uno en su casa de cristal, como en la alegoría de Kundera. Ser transparentes todos, por decreto. Dejar que nuestros dichos y hechos nos avalen, y por tanto mostrarlos a quien quiera mirarlos o se interese por fiscalizarlos. Vivir sonriente y a la defensiva, una mano en la boca y otra en la retaguardia. Lanzarse a destacar por igualitario en el reino de los tartufos impecables. Ya nunca más torcer el lenguaje para jugar con él –no sea que se lastime a algún hipersensible presente, o bien ausente, o bien imaginario– sino sólo para aplicar justicia en la gramática. Una utopía infernal en cuyo edén han desaparecido casi todas las letras, excepto las precisas para repetir: beeee.

El filántropo

Diario Milenio-México (27/04/09)
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No, no fue un altruista. No construyó hospitales ni rescató niños de la calle ni instituyó bolsas de trabajo. Tampoco fue mecenas de artistas (a no ser de sí mismo, artista que vale por dos pues dos talentos tuvo: la escritura y la pintura). Si me aventuro entonces a decir que Ludwig Bemelmans fue un filántropo es sencillamente porque le gustaba la gente y porque su obra —la literaria como la pictórica— refleja un talante indulgente, un temperamento fundamentalmente bueno pero nunca bonachón. Y es que fue todo menos un simple o un cursi.
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Cuando digo que fue todo menos eso no hablo por hablar. En efecto, en sus dos ramas de elección, Bemelmans lo hizo todo. Escribió cuentos infantiles y crónicas de guerra y crónicas del gran mundo y novelas dulcemente satíricas y hasta un guión de cine. Pintó portadas de revistas y oleos que colgaron en galerías y murales para alegrar las paredes. (Alegrar es justo la palabra: un Bemelmans —ya hecho de letras, ya de pinceladas— es siempre alegre.) Y, en el camino, celebró el espíritu humano, no con pompa ni con solemnidad, no con ñoñería ni con condescendencia, sino con humor sofisticado pero también ingenuo y juguetón, con plena consciencia de la falibilidad de las personas (y sobre todo de los grupos de personas) pero también del carácter eminentemente entrañable de los seres humanos.
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Su padre, el belga Lambert Bemelmans, habría de ser un pintor de mediano éxito. Ludwig, sin embargo, no comenzó por seguir los pasos de su progenitor dado que su contacto con él no fue sino escaso (en 1904, cuando el crío tenía seis años, Herr Bemelmans se fugó con la sirvienta); así, dejó su Austria natal de la mano de su madre, una alemana, y no regresó a ella sino adolescente, cuando comenzó su aprendizaje como mesero en el hotel de un tío.
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Uno de sus libros más divertidos —porque se trata, ante todo, de un humorista— lleva por título Hotel Bemelmans y la cosa se comprende: el hombre fue educado para hotelero y por tal avenida profesional intentó transitar primero en su país y después en el Ritz-Carlton de Nueva York, a donde habría de enviarlo su familia a edad temprana en razón de una disposición presuntamente incorregible. Por suerte, fracasó. Le gustaba hacer dibujos —caricaturas, sobre todo— y con frecuencia tomaba como modelos a los clientes del comedor y los retrataba en el anverso del menú. Hasta que el gerente lo sorprendió y lo despidió… pero no sin antes recomendarlo a un amigo suyo galerista, que le procuró sus primeras comisiones como ilustrador.
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Un vistazo a las portadas de Bemelmans para el New Yorker ayuda a captar el espíritu de su obra toda. En la mayoría, hordas de gente aparecen empecinadas en una sola cosa (montar a caballo, bailar en un cabaret, esquiar en nieve), ignorantes de la mirada de divertido azoro de un tercero, a menudo representado con la pechera blanca y la pajarita de un mesero. “Están todos orates”, parece decirse el testigo ante la escena de desmesura; en su actitud, sin embargo, hay más de ironía benevolente que de diagnóstico psiquiátrico o de juicio moral.
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Ya pinte, ya escriba, Bemelmans parece ver el mundo siempre con esa mirada crítica pero generosa. Así la serie de libros infantiles en torno al personaje de Madeline —su más famosa creación, llevada al cine en 1998—, una niña de unos siete u ocho años que encuentra deleite en las peculiaridades de sus compañeras de internado, en las pataletas de su vecinito español (es el hijo malcriado del embajador) o en su propia apendectomía. Así su único guión filmado (Yolanda and the Thief, dirigido por Vincente Minnelli en 1945), en el que Lucille Bremer encarna a una heredera atolondrada pero tan linda de alma como de faz y de figura, enamorada de un Fred Astaire maleante que se hace pasar por su ángel de la guarda para estafarla. Así, finalmente, en los murales que a la fecha adornan el Bemelman’s Bar del Hotel Carlyle de Manhattan, escenas socarronamente costumbristas de la vida neoyorquina en las que son perros y conejos quienes beben martinis y hacen días de campo en Central Park.
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Hoy que este artista más o menos olvidado cumpliría 111 años –hermosa cifra– vale la pena recordar el epitafio que en vida dijo le hubiera gustado fuera suyo y que la posteridad escatimó a su tumba: “Tell them it was wonderful” o, en español, “Díganles que fue maravilloso”.
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Quienes lo admiramos nos damos por enterados.