jueves, marzo 19, 2009

"Juan Eduardo Cirlot: su poesía y su grandeza"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 18/03/09)

A Carmen, por su amor y paciencia.
A Pedro Ángel Palou, por Bronwyn.
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Pocos poetas como Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) se dan en el ámbito de la poesía. Mejor dicho, casi ninguno como Cirlot se ha dado. En México se le conoce, quizá, como el autor del “Diccionario de símbolos” (Siruela). Pero pocos hablan de Cirlot como poeta, crítico de arte o músico.
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Intentaré hacer un bosquejo del poeta, a propósito de la reciente edición que Siruela entrega a los seguidores de Cirlot: “Del no mundo”, que abarca la obra poética de Juan Eduardo de 1961 a 1973, exceptuando “Bronwyn” (Siruela), la gran obra poética de Cirlot concebida bajo el augurio del movimiento surrealista, donde el lector que se acerque al ciclo de Bronwyn –personaje que interpreta Rosemary Forsyth en la película “El señor de la guerra” de Franklin Schaffner-, podrá ver cómo Cirlot experimenta con la sonoridad de las letras que conforman el nombre del personaje femenino, cómo crea imágenes poéticas con tan pocas palabras, la brevedad en todo su esplendor. Y desde luego podrá ver la magnificencia poética-amorosa convertida en palabras. Un amor, el de Cirlot a Bronwyn, que se puede tocar, pero que jamás se puede concebir de otra forma que no sea a través de la poesía, pues la dama no le pertenece.
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“En la llama”, (Siruela), antologa aquellos poemas que fueron publicados de 1943-1959, en tiradas cortas y fuera del ámbito comercial de aquella época. Donde la experimentación y toque cirlotiano -como señala la contraportada-, siempre estará alejado de postulados garcilasistas, de la poesía social, pero le acompañara la vanguardia europea que quedó cercenada en España gracias a la guerra civil. En esta etapa poética Cirlot deja ver cómo sus conocimientos sobre simbolismo, música, arte y su acercamiento al surrealismo se han consumado en cada uno de los poemas que escribió en estos años.
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“Del no mundo” contiene una poesía más experimental, más atrevida. Cirlot se atreve a romper las estructuras sintácticas para buscar que las palabras signifiquen otra cosa. Aquí uno se puede topar con un poeta que se preocupa por la existencia, la totalidad, la nada y la muerte. El ritmo y la rima, excesivamente musical siguen apareciendo en estos poemas, así como su juego con las letras de algún nombre, con el fin del que sonido también tenga otro sentido. Como parte de esa preocupación por la existencia, aparecen una serie de aforismos donde el poeta busca responder cuál es el fin de existir en este mundo lleno de deseos que al mismo tiempo son muestra de carencias. Cirlot fue un poeta que, como señala Luis Antonio de Villena en una reseña que hace para “El cultural.es”: “perteneció cronológicamente a la llamada “Primera generación de postguerra” -la de Hierro, Otero, la de García Baena- pero nada tenía que ver con aquellas actitudes plurales, sino era desde su cercanía juvenil al mundo del postismo y a Carlos Edmundo de Ory que al fin lindaba con el surrealismo, una de las grandes fuentes cirlotianas”. Cada uno de los libros ha sido presentado y comentado por sus tres grandes estudiosos: Victoria Cirlot (“Bronwyn”), Enrique Granell (“En la llama”) y Clara Janés (“Del no mundo”).

martes, marzo 17, 2009

El amor acaba

Diario Milenio-México (17/03/09)
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El análisis de 292 juicios de divorcio del siglo XIX, de los cuales 212 (73%) fueron promovidos por mujeres y sólo 61 (20%) por hombres, le da pie a la historiadora Ana Lidia García Peña para argumentar que el divorcio fue desde el inicio un arma de resistencia femenina para escapar del yugo matrimonial, especialmente de la violencia verbal y física que lo caracterizaba. No es éste el caso, añade cautelosa García Peña en su libro El fracaso del amor. Género e individualismo en el siglo XIX mexicano, de heroínas libertarias en busca de cambiarlo todo, sino de mujeres comunes y corrientes, de diversas clases sociales (la gran mayoría de los divorcios decimonónicos le corresponden, por clase, a los grupos medios de la sociedad) que “no buscaron la independencia o ser iguales a los hombres; en realidad, no querían cambiar las relaciones de poder entre los géneros sino que simplemente utilizaron instituciones ya existentes que las protegían, para desobedecer a sus violentos maridos” [92]. Yo no sé que se encierra con exactitud dentro de la palabra “simplemente” en la cita anterior, pero los pocos, por desgracia muy pocos, casos extraídos del expediente y citados de manera literal en el texto de análisis histórico, dejan una materia ominosa sobre el adverbio.
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“Hace doce años”, dice María Rita de la Vega en 1817, “que soy casada con el indicado mi marido y puede decirse que en todos ellos no he tenido un solo día de gusto o de descanso en la pésima vida que paso con él. De día y de noche, esté enferma o sana, me halle grávida o parida, en mi casa o en la ajena, jamás se pasa un periodo de 24 horas en que no me golpee lo menos dos o tres veces, pero esto ¿con qué rigor? Con cintazos, palos, cuartas, reatas, a mordida, bofetadas, pellizcos. No desconoce mi cuerpo ningún género de crueldad o padecimiento porque todos lo ha ejercido en él mi verdugo”.
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“A cada instante acecha mi vida”, dice Dolores Aceituno en 1877, “como últimamente lo hizo que me encerró en un cuarto y después de golpearme con la espada y marro hasta que se cansó, me tomó de los hombros y me echó a la calle. Repetidas veces, mi marido espera las altas horas de la noche en que estregada yo al sueño me toma con sus manos por el cuello y descarga sobre mí puros golpes aun estando grávida, por lo que tengo siete cicatrices en la cabeza”.
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Entre tantas otras, pues, María Rita de la Vega y Dolores Aceituno utilizaron el recurso de la narrativa —detallada y personal, con descripciones puntuales, uno se atrevería a calificarlas de realistas, de sus cuerpos— dentro de un discurso de victimización femenina para, de manera acaso no simple, servirse de las instituciones que existían, al menos oficialmente, para su protección.
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Aún sin pretender la igualdad o buscar la independencia, las mujeres decimonónicas lograrían hacer del divorcio, que hasta 1859 era eclesiástico y desde entonces hasta el 1914 fue civil aunque no vincular, una estrategia de resistencia —un acto digno de llamar la atención especialmente en un medio que, tanto legal como socialmente, insistía en restarles, no aumentarles, derechos. García Peña argumenta, pues, que, hecho por y para hombres, el proceso de individuación que se llevó a cabo a través de la reforma liberal enfatizó la construcción del sujeto masculino, excluyendo del mismo concepto de individuo, y sus derechos, a las mujeres. De ahí que García Peña sostenga que los únicos los beneficiados del reformismo individualista borbónico y liberal hayan sido los hombres.
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Sostener lo anterior no es difícil, quitarle el velo de lo evidente y descubrir, no por debajo, como harían los hermeneutas de la sospecha, sino en la misma construcción de la tautología, los escabrosos medios a través de los cuales esto fue posible, es lo que hace leíble, es decir, disfrutable a El fracaso del amor, uno de los pocos libros académicos de historia que me ha mantenido volviendo sus páginas sin saber a ciencia cierta, que es una manera exquisita de experimentar el asombro, qué me espera a la vuelta de la frase. ¿Qué se descubre cuando se descubre que la ausencia de cualquier mención de violencia doméstica en los códigos civiles del 66, 71 y 84 se registró mientras los juzgados liberales también evitaban, a toda costa, la incorporación de los relatos del maltrato conyugal que esgrimían las esposas al demandar el divorcio?
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Un fenómeno que había sido, y de manera legítima y amplia, de interés público y social durante la época colonial, el maltrato conyugal, tan abrumadoramente presente en los divorcios iniciados por mujeres, se convirtió en un asunto privado y, por lo tanto, mudo, gracias a una reforma liberal que abogó por los derechos y la libertad del individuo. La violencia doméstica, que era una violencia masculina, se privatizó y, además, se estereotipó, como es posible comprobar en cualquier novela o tratado de nuestros próceres liberales, como una patología de los pobres. La privatización de la violencia conyugal, además, implicó la exclusión de las narrativas del conflicto doméstico, casi todas ellas autorizadas y esgrimidas por mujeres, casi todas ellas elaboradas a partir de las inscripciones que la violencia misma dejaba en el cuerpo, de los juzgados liberales, cuyos abogados preferían ceñirse a las fórmulas jurídicas que encubrían, en muchos casos, hasta la causa misma de la petición de divorcio.
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Lo privado, así entonces, al menos en sus orígenes decimonónicos mexicanos, parece ser un parapeto. En honor a la precisión: lo privado es un parapeto que resguarda narrativas femeninas acerca de la violencia masculina. Silenciado, oscurecido, vuelto materia íntima y, luego entonces, materia muda, lo privado, que había sido cosa pública en juzgados coloniales todavía aquejados de manera obsesiva por la culpa y el pecado y la expiación, entrará en su fase subterránea, en su fase secreta, es decir, en su fase femenina. Lo privado, pues, no es, sino que deviene, a través de un impulso liberal, en femenino. Lo femenino no es, sino que deviene, privado.

lunes, marzo 16, 2009

Fábula de viernes 13

Diario Milenio-México (12/03/09)
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El sitial de los dichos
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La noticia de una tragedia aparatosa suele lucir más espectacular cuanto más familiar resulta el escenario. ¿Qué sería de la ciudad de Dallas, ya de por sí escasa de atractivos, sin el nombre y la huella de Lee Harvey Oswald? ¿Quién va a la Zona Cero de Manhattan y se libra de curiosear y morbosear en todas direcciones, de forma que la nueva familiaridad redunde en un encore imaginario del espectáculo nunca mejor fisgado? Campea un aire de fatalidad helénica en esos escenarios de repente siniestros que acaso nos advierten de la fragilidad de todo cuanto lo sostiene a uno aquí, y hay quienes hasta creen —al amparo de la vieja sentencia: no hay camino más seguro que el que acaban de robar— que estar ahí les brinda cierta seguridad, cuando menos en el plano esotérico. Sabrá el diablo qué es lo que gana el paisaje con tan ineludibles conmemoraciones, pero el hecho es que somos ya legión los habitantes del sur de la Ciudad de México que asistimos al rico espectáculo imaginario de una madrugada siniestra: la del último viernes 13, cuando el estudiante de derecho José Luis Romo Trujano arrolló a un policía, lo paseó agazapado en el cofre por un trecho de mil cuatrocientos metros y lo lanzó más tarde contra el camellón donde los paramédicos se toparían ya con un cadáver.
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Thriller en Insurgentes
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Para deleite de los cabalistas, los hechos ocurrieron justamente en el trecho que separa al Monumento a Álvaro Obregón y la estatua del papa Juan Pablo II, y el infeliz borracho de ocasión que conducía la Volkswagen Sportvan de su desgracia estudió hasta ese día en la Universidad Panamericana, que está por cierto en manos del Opus Dei. Quienes de niños jugamos en el parque de Chimalistac no olvidaremos el detalle siniestro de la mano del hombre que cayó balaceado por León Toral, sumergida en formol tras una vitrina al interior del monumento. Por eso ahora nos espeluznamos a detalle y hondura al reconstruir la escena de la madrugada del viernes 13:
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No bien el coche llega al área de control del alcoholímetro, un policía le indica que se orille, el conductor reduce la velocidad, quién sabe si dudando en detenerse o ya buscando el hueco para la huída, pues sucede que trae una de esas pítimas de nevero que hacen saltar todos los dígitos del alcoholímetro. El policía se ubica frente al coche, como suelen hacerlo sus colegas cuando se trata de evitar una fuga, y uno puede inferir que José Luis, nublado por los humos de la bacanal, carece por ahora de la destreza propia del chilango en las sufridas artes de aventar lámina. De ahí que en vez de hacer a un lado a los policías a través de pequeños acelerones y enfrenones, se lance hacia adelante con el ímpetu del outlaw que de pronto lo apuesta todo por evitar un arresto que lo tendría enjaulado hasta la tarde del sábado 14.
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Lo que viene después semeja el desenlace de una road movie cuya última escena, de no ocurrir así, parecería a los ojos de cualquier espectador la típica gringada que hace la trama inverosímil, por no decir grotesca: el Papa deteniendo al pecador. Según se afanarán más tarde policías y testigos en dejar claro, José Luis se dispara de la esquina de Insurgentes y Arenal con el cuerpo del policía Fernando Corona Mercado incrustado en el cofre y el rostro fijo a medio parabrisas. Nada que no le hayamos visto hacer a Bruce Willis, de modo que tal vez la mente del borracho no encuentre esta película del todo extravagante, y así vuele evadiendo semáforos, ya con las consiguientes patrullas detrás, por Miguel Ángel de Quevedo, Vito Alessio Robles, Encanto, Olivo, Hortensia y Francia, donde la fantasía del policía heroico y el forajido en fuga termina no bien se interpone la efigie dorada del Pontífice. Con la estatua quebrada en el suelo y el cuerpo de Fernando tendido sobre el camellón, José Luis es extraído del coche por sus perseguidores más cercanos, que bien pronto lo informan de la muerte del pasajero accidental. Pero el aún beodo se resiste a creerlo. Supone que lo quieren asustar. Se dice y les repite que no es un asesino ni un delincuente, sólo venía de una reunión con sus amigos...
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Difusas moralejas
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Hay en toda esta fábula siniestra piezas que no terminan de encajar. Quien no sea familiar con el caos chilango, encontrará inaudito no sólo que un estudiante de derecho se atreva a echarle el coche encima a un policía sino, el colmo, que éste se le ponga delante para impedirlo. Lucha a muerte: pellejo contra lámina. Lo hemos visto decenas de veces, el de azul es tan macho que se planta ante nuestra defensa, con la torpe arrogancia de quien ignora lo más elemental: todo vehículo de cuatro o más ruedas es un arma arrojadiza en potencia. Aquí la gente se le escapa a los policías porque juega con ellos al gato y al ratón. Ningún ratón con patas alcanzará jamás a un gato con ruedas, y si eso sucediera siempre habría manera de arreglarse. Nos cuesta respetar a los policías porque a todos nos han chantajeado y tememos que vuelva a ocurrir, una vez que por ellos y sus jefes aprendimos lo elásticas que pueden ser las leyes. En términos jurídicos, nos hemos enseñado a ser sus secuaces. Cuando uno se nos planta enfrente, no creemos que tratamos con la autoridad, sino con un malandro que quiere intimidarnos para cobrar la cuota de un apandillamiento fugaz.
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Mal puede un estudiante de derecho ignorar las consecuencias jurídicas de sus actos, aún en medio de la peor papalina, ni por supuesto las ventajas que un sistema de leyes elásticas puede otorgar a sus regateadores. Tampoco ignoraría que los escuadrones del alcoholímetro son técnicamente incorruptibles. Y mientras los jerarcas de la policía culpan de todo a los giros negros que nada tuvieron que ver con la tragedia, la moraleja no apunta hacia las quejas del secretario de Seguridad Pública, que ha aprovechado la ocasión para recordar a los bares su nueva hora de cierre “para evitar tragedias como ésta”, sino justo hacia el peligro contrario: que la mojigatería de nuestros legisladores incremente las reuniones privadas donde el alcohol, por cierto, corre sin diques, pues no hay ni que pagar por los tragos. De una de ésas venía José Luis, que ahora va a pasarse unos lustros liquidando la cuenta por jugar al Bruce Willis aquí cerca, entre Chimalistac y la Florida. En el thriller de horror donde tantos pudimos un día haber estado.

La disparition

Diario Milenio-México (16/03/09)
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Tal es el título de la novela publicada en 1969 por Georges Perec, aquella cuya fama deriva en buena medida de su carácter lipogramático. Me explico: un lipograma es el texto en que se omiten deliberadamente todas las voces que contienen determinada letra, y he aquí que, en La Disparition, Perec no emplea una sola “e”. Así, G.P. nombrará a su protagonista Anton Voyl y lo lanzará a una ominosa trama. Disparition: vacío, adiós, omisión. “¿Hay un animal con un corpus circular, mas no clausurado, acabado por un trazo casi rígido?”; con tal animal, motor para la acción, hallamos lo no hallado, grafía proscrita.
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Para mi apretada sinopsis de la novela me he esmerado en imitar el procedimiento perecquiano, en cultivar un minilipograma marcado por la ausencia de la e. No ha sido fácil. Si pierdo la e pierdo el nombre de Georges, que tiene dos, y el apellido Perec, con otras dos (de ahí mi recurso a la iniciales G.P.). Pierdo también las expresiones “llamarse” y “responder al nombre de”, por lo que Anton Voyl se ve obligado a ser “nombrado”. La trama, sin e, no podrá ser misteriosa y menos enigmática sino apenas (que no meramente) ominosa. Habrá, sí, vacío, adiós y omisión pero —¡ay!— no ausencia. Y mi traducción de la frase “Y a-t-il un animal qui ait un corps fait d’un rond pas tout à fait clos finissant par un trait plutôt droit?” devendrá crípitica al no poder sustituir corps por cuerpo sino por el latinajo corpus, al obligar al círculo a estar “no clausurado” en vez de “no cerrado”, al devenir el trazo que da su forma a la e no “más bien recto” sino “casi rígido”. ¿Por qué me ha costado tanto trabajo? Primero, claro, porque no soy Perec: porque mi pluma, de sí menor, no se ha visto fogueada en el extravagante ejercicio de las limitaciones autoimpuestas. Pero también porque escribo en español y no en francés, y he aquí que el vocabulario de nuestra lengua supone una recurrencia todavía mayor de la letra e.
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La Dispatition tiene tres traducciones inglesas, y si bien una —la de John Lee— es tramposa ya desde el título, que apela a la contracción para escribir Vanish’d!, las otras dos resuelven bien el problema de la elisión de la e en al llamarse A Void (la de Gilbert Adair) o A Vanishing (la de Ian Monk). También hay una española, hecha en comité, que, cosa harto reveladora, opta por eliminar la a en lugar de la e, lo que redunda en un nuevo título —El secuestro— y una mayor facilidad de adaptación a nuestra lengua, ese español que es todo encanto y entendimiento, pendiente y dependiente de la e.
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Conclusión exprés: escribir en español sin e es empresa ya no heroica sino eminentemente errada. Y estúpida.
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Todo esto me vino a la cabeza la semana pasada, cuando mi teléfono celular tuvo a bien (peor: a mal) quedarse sin e. Pulsaba yo el teclado y en la pantalla aparecía ora la q, ora la w, ora la r… pero nada de e, lo que habría de lanzarme a toda suerte de complicaciones a la hora de enviar mensajes de texto, modo privilegiado de la comunicación en estos tiempos fragorosos. “¡Perdón!”, quise decir a mi asistente, asumiéndome jefe consciente de sus errores, pero no pude escribirle sino “Sorry!” antes de añadir un “t djo la grabadora n mi casa sta tard; como vrás, mi tclado s jodió” (huelga decir por qué hube de decretarlo jodido y no meramente echado a perder). Lo peor, sin embargo, vino cuando un amigo, que visitaba en ese momento la exposición Zares, integrada por piezas del Museo del Ermitage, me pidió le recordara cuál era la que más me había gustado. La tragedia estribaba en que se trataba de una caja de rapé, azul, sembrada de diamantes. Problema: sin e, la caja de rapé devenía caja de rap, suerte de boombox más adecuada a Diddy que a Dmitri. Solución: describirla como “una cajita para tabaco, azul con diamants, qu stá n la misma sala dl rtrato d Catalina la Grand” antes de ofrecerle disculpas por mi “catalanismo involuntario”.
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La semana que pasé sin e fue terrible. Fue un tiempo sin esposa Eunice ni abuela Elvira ni madre Teresa (es la mía: no la de Calcuta) ni padre Miguel (mi progenitor, no mi confesor). Sin escritura —nada de ensayo pero tampoco novela, cuento o poesía— y sin algo extático, evanescente, erótico, entrañable o aun hermoso que redimiera esta existencia que ya no era sino vida.
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Gracias, pues, al técnico de Iusacell. Gracias por haber terminado no sólo con la disparition sino también con la desaparición, por haberme devuelto al encantador, eterno, entorno de la e.

Algo más sobre el maltrato a los animales

Diario Milenio-Puebla (12/03/09)
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Como consecuencia de la nota anterior que publiqué en este espacio de Milenio, llegaron a mi buzón electrónico una gran cantidad de mensajes que me dejaron muy sorprendido, porque entendí que hay una gran cantidad de personas que se preocupa por el tema del maltrato a los animales.
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Sé que es difícil que suceda algo (que algo proceda legalmente) en el caso de Jaltenco.
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Entre las misivas que recibí había una que contenía una frase terrible: “¿Si hay quienes matan personas sin cargo de conciencia alguno qué se espera del trato hacia los animales?” Sin embargo y pese a todo, tengo en mis archivos cartas hasta de Yucatán, donde la gente protesta por la gravedad de los hechos de Jaltenco. Varios blogs de amigos subieron el texto y uno que otro comentario que yo mismo envié.
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Encontré en Puebla una sociedad protectora de animales con cuyos miembros estoy en proceso de contactarme y navegando por la Internet me topé con varias direcciones similares en toda la República mexicana.
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Respondí a mis amables lectores lo siguiente, lo reproduzco con las debidas correcciones: “Me alientan a seguir tratando estos temas. Hace tiempo escribí sobre la cruel matanza de las focas en Canadá, imágenes ingratas que transmitió López Dóriga en la televisión. Leí desde siempre, desde que era pequeño, a Carlo Coccioli, italiano radicado en México desde 1953 y quien siempre habló del sufrimiento de los animales. Me indigna cualquier maltrato, venga de quien venga, en contra de los indefensos animales”. Debí agregar aquella frase que es también de Coccioli: “Los animales están más cerca del cielo porque no saben que van a morir.”
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Destaco aquí las generosas palabras de Marielena Hoyo, exdirectora del zoológico de Chapultepec (1983-1997), activista independiente de los derechos de los animales no humanos, miembra honoraria de la Asociación Franciscana y miembra del Consejo Consultivo Ciudadano por los Animales. Marielena Hoyo escribe una nota semanal para Crónica sobre el tema de los animales y, como ella misma lo subraya, sus tribulaciones. Éste es un pequeño extracto de su e-mail: “No sabes qué importante es que personas ajenas al medio, pero con la gran sensibilidad que demostraste, nos ayuden con su opinión”.
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Toda su vida la ha dedicado Marielena Hoyo a la protección de los animales y ha mostrado siempre una gran sensibilidad. La recuerdo perfectamente en las entrevistas que le hicieron para la televisión. Siempre admiré su firme disposición hacia la protección de los animales.
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En una ocasión, en aquel tiempo que podía yo beber una cerveza, no recuerdo si fue en Torreón, un hombre arremetió a patadas contra un perro callejero. Nunca he sabido cómo pude apartarlo, pero lo hice. Días después no me abandonaba una terrible inquietud. La sigo teniendo, creo.

miércoles, marzo 11, 2009

El Condicional

Diario Milenio-México (10/03/09)
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Escuché mi nombre en el altavoz del aeropuerto pero tardé un par de minutos en reconocerlo. Cuando finalmente lo identifiqué como mío, cuando me sentí ligada a ese nombre, cerré el libro que estaba leyendo y, como si me dispusiera a cumplir con una cita largamente aplazada, me dirigí a la cabina de sonido. El lento rasgar de los zapatos. El reflejo del cuerpo sobre los mosaicos de mármol. El tiempo.
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El hombrecillo que me miró detrás de unos pesados anteojos de carey volvió repetir el nombre con una sonrisa socarrona y un hastío difícil de ocultar antes de pedirme una identificación oficial. Se la dí sin preguntar nada. Un pasaporte: una mueca. E, igual, sin preguntar nada, recibí luego un sobre amarillo tamaño carta.
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—Eso es para usted —dijo el hombre con el mismo hastío y la misma sonrisa. La eternidad encarnada.
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Toqué el sobre pero no me atreví ni a verlo ni a abrirlo. No recuerdo si le dí las gracias o si me despedí. Caminé por los pasillos del aeropuerto con el paquete bajo el brazo, tratando de no prestarle atención pero imposibilitada para pensar en algo más en realidad. Cuando lo abrí, lo hice sin pensarlo, en uno de esos pestañeos proverbiales por entre los cuales, a veces, se trasmina el mundo. Un acto intempestivo. Una verdadera irracionalidad.
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Supongo que esperaba una bomba o una serpiente, algo peligroso e inusitado, pero lo único que salió del anónimo sobre fue una libreta de tapas negras, bordes rojos y hojas cuadriculadas. Un objeto ciertamente entrañable, pero anodino. La abrí. Pasé mis ojos y mis manos sobre sus hojas sin huella. Pronto me cercioré que no había nada, en efecto, dentro. Ninguna palabra. Ninguna oración. Ninguna fecha. Además de la cuadricula azul y los bordes rojos, la libreta estaba completamente vacía. Iba a entretenerme con alguna idea obsesiva acerca de los libros deshabitados o las estructuras vacantes cuando cayó al piso la nota que decía: “Aquí irían todos los poemas que no has escrito.” Pensé, de inmediato, en el uso del condicional. Luego me llamó la atención el locativo. Sólo hasta el final me asestó un golpe la certeza: lo que no has escrito. El aliento de alguien tras la nuca. La punta del zapato. La sombra que se va. Entonces alcé la cara y, de izquierda a derecha, espié mi entorno. Parpadeé. Había logrado fingir un poco de desinterés pero, apenas unos segundos más tarde, los aires de la impaciencia me alborotaban el cabello. Supuse que debería estar cerca y que, si me conocía tanto, también yo sería capaz de reconocer su rostro. Intenté vislumbrar el guiño o el ademán que no me dejara duda: ésa era su mano o su ojo o su pie. Ahí había nacido la intención y luego, como de la nada, el envío. Un sobre tamaño carta: una libreta que reconocía. Aquí irían. Nadie, sin embargo, se volvió a verme. Nadie desapareció de improviso o se ocultó malamente detrás de una columna. Nadie se inmutó.
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Recordé mientras tanto que muchos años atrás, en la ciudad que estaba dejando en ese momento, había comprado yo, en una tarde llena de viento y coronada de jacarandas, una libreta similar. El viento me obligó a cerrar los ojos. El aroma de las jacarandas me obligó a abrirlos. La había adquirido con la malsana intención de escribir ahí lo que había suscitado ese viento y esas jacarandas. Rememoré la ansiedad: la sensación de vivir con sólo mitad de la respiración. El pulso en la garganta. La distorsión de los rostros. Rememoré la velocidad del intercambio: el ruido de las monedas y la bolsa de plástico y hasta el aroma del local. No había podido escribir nada, de eso también me acordé, aunque fui incapaz de identificar el motivo o la circunstancia. No supe si había sido falta de tiempo o una simple distracción o la incomodidad del avión. No supe si había iniciado alguna frase, alguna palabra y, luego, en el momento menos pensado, me había dado por vencida, o si había claudicado aún antes de inclinarme sobre las hojas cuadriculadas. Por un momento tuve la sensación de que no había logrado salir nunca de ese momento. Aquí irían. Entonces giré la cabeza y, como si mi tiempo verdaderamente se acabara, corrí de regreso a la cabina de sonido. Cuando pregunté por el hombrecillo de los anteojos de carey, la mujer que estaba frente al micrófono me miró como si le estuviera hablando en un idioma no reconocido por las Naciones Unidas.
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—Pero si él me entregó esto hace unos minutos apenas –dije, tratando de explicar.
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La mujer me vio de arriba a abajo y, con una sonrisa socarrona y un hastío difícil de ocultar, decidió ignorarme.
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—Señorita —lo intenté otra vez, pero pronto comprendí que era imposible. Ella ya trataba de localizar a otro pasajero por el altavoz. El eco.
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Regresé a la sala de espera arrastrando los zapatos. Me senté. Coloqué la libreta sobre mi regazo e, inclinada sobre sus hojas cuadriculadas, la abrí una vez más. Aquí irían, eso me dije ciertamente. Si los escribiera, aquí, de seguro, irían todos.

lunes, marzo 09, 2009

Felipe, el fidelófilo

Diario Milenio-México (09/03/09)
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Noche de cuchillos light
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Se le veía oficioso desde el gesto mismo. Su expresión facial a un tiempo grave, amable y solícita reflejaba en empeño de quien nunca se cansa de hacerse útil. Hábil para esgrimir las ideas prestadas y fustigar con ellas a las impensables, el secuaz Pérez Roque daba más la apariencia de mayordomo que la de canciller, y uno creía con él que sus inclinaciones de escudero tendrían que dar frutos durante tantos años como lo permitiera aquella proverbial ductilidad caravanera que en su tiempo alcanzó prestigio universal. Sus palabras encarnaban ya una reverencia permanente, al punto que era fácil temerse que el pobre hombre albergara en su rectilínea conciencia todo un Comité de Defensa de la Revolución. ¿Tendría el canciller alguna opinión personal, quizás extravagante o un poco demasiado notoria? En todo caso, se le advertía cómodo eligiendo entre las estrictamente autorizadas. Bien lo ha dicho Kundera, nunca sabe uno cuándo va a empezar a gritar el Estado que tal o cual palabra lo subvierte.
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Pero he aquí que Felipe era el Estado, igual que mientras crecen mis uñas se solazan diciendo que son yo, hasta que cualquier día el cortauñas viene y las pone en su lugar. Hoy que tu dictadura te ha tirado al basurero..., le ha escrito Ciro Gómez Leyva al recién ex canciller Felipe Pérez Roque en una brevería no menos contundente que regocijante. Borrado de la Historia por supuestos errores cuya naturaleza nadie aclara, el otrora mejor amigo del Gran Ventrílocuo sólo se asoma a ella como caricatura de sí mismo: ese esbirro sin gracia que abandona la escena para siempre con chusquedad de cómico involuntario. No ajeno a la sutil comedia imperante, Ciro echa mano de un adjetivo que por sí mismo contribuye a explicar la situación del hoy ex compañero: sobradísimo. Término, a todo esto, sobrado de acepciones, entre las que se cuentan creído, valentón, pagado de sí mismo, atrevido, rico, audaz y licencioso, encabezadas todas por la más obvia: demasiado, que sobra. En sus mejores sueños, a los kleenex les da por sentirse pañuelos.
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Ahí viene la cuchilla
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Todos hemos sufrido alguna vez el desdén de un subordinado autoritario; ese entusiasmo administrativo que tan a tiempo advirtió Dostoievski. Llegado el caso, fastidian y disgustan en especial los cojones prestados con los que el individuo pretende hacer valer la sinrazón de sus razones superiores. Se le nota seguro, desafiante, sobrado. Cree que su burda réplica de mandón le será agradecida con todos los estímulos y privilegios que espera quien trabaja día y noche por hacerse imprescindible. ¿Quién le explica al cretino los peligros que implica ser único y vistoso allí donde cualquiera que alza la cabeza se arriesga a coincidir con el paso tenaz de la cuchilla? La ingenuidad angélica del sirviente arrogante consiste en apostar por igualarse con quien lo necesita desigual. Ante la paranoia vitalicia que supone la permanencia del tirano, incluso el genuflexo aventajado —sospechoso por cuanto tiene de solícito— corre el riesgo de significarse un poco más allá de lo aceptable. Y un poco, en ciertas ínsulas, es siempre demasiado. Un poco más de filo y ruedan las cabezas.Sabe uno que debe sobrevivir a una dictadura feroz cuando la mejor forma de distinguirse es esmerarse en jamás distinguirse. Empeñarse en ser algo al extremo de renunciar a ser alguien y no olvidar jamás esa renuncia. Opinar con autoridad prestada, de ser posible sin mucha gracia, ideas cuyo dueño se adivina desde la entonación que las anuncia, y que ya Dostoievsky encontraba lo bastante vulgares para hallarlas a orillas del arroyo. Se vive en dictadura cuando nada que sea o parezca nuevo está libre de las sospechas oficiales y aun debajo del agua se evita mencionarlo por miedo a que lo escuchen las paredes del océano. La dictadura condecora en público la cabeza agachada del don nadie con la desgracia súbita de los jerarcas que como nadie le han lamido las botas. La dictadura monta un espectáculo donde el caído en desgracia se confiesa culpable, en coincidencia con la opinión de un líder habituado a ejercer como predicador, inquisidor y juez, en nombre de principios ajustables a su oportunidad y capricho. A menudo, por ello, quienes más saben de esto reconocen la huella de una dictadura por la sintaxis de sus represaliados.
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La firma del gendarme
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No hay ni que analizarla: es la misma. Independientemente del idioma, se reconoce a la sintaxis de cuartel por esa parquedad siniestra donde ya no leemos las palabras del abajofirmante, como las del genízaro que lo atenaza. Adivinamos tras las frases atropelladas, que en nada se distinguen de las de otros que igual se dijeron culpables de cargos nebulosos y prestaron su mano para borrarse de la Historia, el ambiente opresivo del centro de detención, o con alguna suerte nada más los severos regaños del líder que, dictador al fin, conoce como nadie los intríngulis de esa burda filigrana donde puntos y comas a destiempo recuerdan a los potenciales respondones cuánto puede llegar a temblar una mano que se creía firme. No interesa a la dictadura que la sintaxis del caído en desgracia sea siquiera un poco verosímil, si de lo que se trata es de verlo vencido y dispuesto a firmar un papel en su contra. Acostumbrado a compartir la autoría de las ideas del patrón, el paje Pérez Roque no calculó que el precio de hacerse escudero sería acabar firmando su propia condena.
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¿No es la del último ex boy-scout de la Revolución una sintaxis similar a la de personajes tan disímbolos como Arnaldo Ochoa y Heberto Padilla? La misma que acusaba Solyenitzin en los capítulos iniciales de Archipiélago Gulag, donde la fuerza del Estado se expresaba no en la contundencia, como en la vaguedad de las acusaciones y lo endeble de las pruebas contra los condenados. La sintaxis de un rastreador de culpas que dicta confesiones y sentencias con estilo orgullosamente idéntico. La sintaxis que consigna el ingreso del ciudadano ex compañero en la fosa común de la Historia. La sintaxis que nunca se atreverá a escribir un epitafio.

Universos para lelos

Diario Milenio-México (09/03/09)
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Apenas he hablado de otra cosa desde el miércoles pasado. Y no sólo desde la archianunciada conferencia de prensa sino desde muy temprano aquella mañana, cuando la persona con quien tenía mi primera reunión de trabajo del día —una funcionaria de un medio de comunicación público— me compartía los rumores que le llegaban desde la sala de redacción. De ahí acudí a otra cita, ahora con alguien que es a un tiempo creador, crítico y promotor cultural y que detenta un cargo institucional (si bien la institución que lo emplea es una asociación civil y no una dependencia gubernamental). Con él, el tema redujo su espectro: ya hablábamos sólo de la posible sustitución en Conaculta, la misma que, de producirse, ya tenía día (ese mismo) y hora (aquellas trece-cuarenta-y-cinco). Nueva lista de nombres, ahora todos posibles candidatos a la Presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Nueva especulación. Nueva excitación.
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Después vino el anuncio, que escuché en la radio de mi automóvil. (De hecho, procuré acelerar mi siguiente cita —un trámite personal— a fin de estar de vuelta a bordo a la hora señalada, todo por no perderme la noticia en directo.) Los rumores, llevados y traídos desde hacía meses, se confirmaban: Sergio Vela dejaba su puesto, Consuelo Sáizar lo asumía a partir de ese mismo instante. SMS súbito en mi celular: “Fuera Vela!!!!!” rezaba el texto, redactado por un amigo periodista que nunca ha compartido mi buena opinión de Sergio (ni, como se verá, mi puntillosidad por abrir siempre los signos de admiración, incluso en los mensajitos celulares). Discusión electrónico-epistolar derivada de la comunicación primigenia: que si pobre Sergio, que si ya se veía venir, que si es un tipo decente, que si no hizo nada, que si siempre anduvo en terreno minado, que si él mismo se lo buscó, que si su gestión no merecía un final así. También sobre Consuelo: que si es una chingona, que si es muy trabajadora, que si siempre quiso el puesto, que si siempre negó que lo quería, que si es muy amiga de la Maestra, que si ya no tanto, que si tiene todo para hacerlo bien. (Un acuerdo al fin y, con él, la despedida y un descanso para mis pulgares, agotados ya de tanto chismear.)
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Un alto para comer, ahora con una amiga editora. Nuevo filón del tema: ¿y quién ira a quedarse en el Fondo? (No es ésta una metáfora existencial: nos referíamos al Fondo de Cultura Económica.) Nuevo SMS, ahora al teléfono de mi contertulia, emitido desde una redacción de periódico: que todo parece indicar que Joaquín Diez Canedo. ¿Será, tú? Pues ha de ser.
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Así ese día. Así también los siguientes, repletos de balances, de preguntas, de tristezas, de esperanzas, de preocupaciones y, otra vez, de chismes. Postura uno a propósito de Vela: que es un gran director de escena y un buen abogado pero no un buen funcionario público. Postura dos: que su gestión fue lo peor que pudo ocurrir al aparato cultural mexicano (ésa se manifiesta, sobre todo, vía cadenas de correo electrónico). Postura tres: que nunca tuvo la oportunidad de demostrar lo que podía hacer, víctima —como de hecho lo fue— del fuego amigo. Postura consensual del mundo editorial y literario a propósito de Consuelo Sáizar: albricias.
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Postura más o menos consensual del resto de los actores culturales de nuestro país a propósito de la misma Sáizar: incertidumbre. (Ejemplo de ello será el correo que me envía una amiga curadora —otra que no gusta de abrir signos, ahora de interrogación—: “Y qué piensas de nuestra nueva presidenta de Conaculta? En las artes visuales nadie la conoce, todos preocupados. Tú?”.) Cenas, comidas, citas, cafés, correos se dedican al tema. Y todo ante la indiferencia del resto de la población.
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Los periódicos, cegados por el fulgor del affaire Téllez, han asignado un lugar discreto a la información y uno prácticamente nulo a su análisis. El más importante de los noticiarios nocturnos ni siquiera ha considerado el relevo en Conaculta digno de su teaser. Los escritores, los periodistas culturales, los artistas, los curadores, los promotores nos rasgamos las vestiduras o brindamos de contento o nos preocupamos por el futuro mientras el resto del mundo no ve la vela apagada ni encendida, no experimenta ni añora el consuelo.
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Constatación terrible: lo que suceda en la cultura es cosa que no preocupa sino a un ghetto, al que pertenezco. Ahora ruego me disculpen: debo seguir con mis cavilaciones de marginal.

domingo, marzo 08, 2009

Violencia contra los animales

Diario Milenio-Puebla (05/03/09)
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El dólar ayer cerró a 16 pesos. Se habla de importantes despidos en muchas empresas, y la desesperación de la gente está tomando tintes de riesgo ante la violencia y la inseguridad. En medio de todo esto, un hombre de 30 años, Javier Cervantes Hernández, quien fundó una asociación protectora de animales en el fraccionamiento Alborada Jaltenco, iniciativa que hubiera gustado mucho a Carlo Coccioli, de pronto se da cuenta que su casa ha sido invadida por un grupo de encapuchados quienes (de acuerdo a la columna de Carlos Monsivaís aparecida en El Universal el 1 de marzo) mataron con machetes y tubos a cerca de 37 gatos y perros que tenía bajo su cuidado y atención.
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Los encapuchados amenazaron a los testigos, luego de aventar a una camioneta los cadáveres de los animales. Como bien puede suponerse, la vivienda de Javier Cervantes quedó completamente llena de sangre. De acuerdo a las declaraciones del alcalde del PRD Germán Romero Lugo, los mismos vecinos de Alborada Jaltenco se habían quejado en repetidas ocasiones por el olor y los insectos que provocaba la presencia de los perros y gatos por lo que, y de acuerdo a la ley, Cervantes Hernández estaba cometiendo una presunta violación a la Ley de Condominios, al mantener a tantos animales en su departamento.
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Cuando todo pasó y después de golpear a un amigo de Javier Cervantes que intentó detener la agresión, un grupo defensores de los animales rescató a algunos aún con vida.
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Deberían de verdad anotar el caso y protestar por el sangriento hecho los grupos defensores de los animales. Hace tiempo, en un programa de televisión de esos que advierten que las imágenes que se transmitirán pueden no ser nada gratas, pasaron una escena que alguien grabó con una cámara oculta: unos cretinos, en estado de ebriedad, metieron al microondas una pecera y la programaron para que, al cabo de unos pocos minutos, se comenzaran a reír al ver cómo los peces que ahí estaban se retorcían y saltaban al tiempo que el agua comenzaba a hacer ebullición.
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¿Y qué me dicen de los delincuentes que grabaron en un celular la manera en que se incendiaba un indigente, a quien le habían rociado gasolina para inmediatamente después aventarle un cerillo?
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No cabe duda que la falta de sensibilidad es ya una constante. Y estoy seguro que mucha gente vio el video más de una vez, como se puede ver la repetición de un gol de Gio.
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En la columna que Carlo Coccioli escribía para Excélsior, en el 2003 hablaba de un hombre llamado Rafael Carrera, quien sin un centavo tenía en su casa más de cien perros callejeros. "Quién se ocupa de un perro hambriento?," se preguntaba el columnista. "Nadie, sobre los perros agonizantes sólo pesa la muerte."
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Los comentarios que el autor de esta columna ha recibido:
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Mensaje reenviado
De: blanca palomino blancapaov@yahoo.com.mx
Enviado: jueves, 5 de marzo, 2009 14:09:46
Asunto: Violencia contra los animales, producto de nuestra cultura y economia
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Sr. Sampedro.
Comparto con usted el sentir de que la poblacion cada vez nos degradamos mas, maxime cuando los recursos economicos son pocos. Nuestra poblacion mal dirige sus reclamos sociales y aunque es cierto que se cometen errores en tratar de ayudar a tantos animales abandonados, nada justifica convertirse en asesinos.
Como podra una autoridad retener a una muchedumbre enardecida, cuando ya no haya para comer? si ella misma propicia, apoya y promueve ejecusiones por mano propia.
Que terrible es vivir en un pais sin leyes y que desgracia para las especies tener por compañia a la humana.
Saludos.
Blanca
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Sr. Juan Gerardo Sampedro:Muchisimas gracias por darle un espacio, en el cual nos hace reflexionar sobre la insensibilidad que se va siendo más frecuente hacia nuestra sociedad a la que incluyo a los animales de compañía.
Atentamente,
Perla Romero
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Hola, Lic. Sampedro, soy protectora independiente, una más que cada que encuentra a un perrit@, gatit@ en apuros entra como Hada madrina, para que ya en las mejores condiciones físicas se le busque el mejor hogar, debo decirle antes que nada que le agradezco mucho su reportaje, es un material altamente valioso, un contenido que mientras más lo revisa uno, encuentra un sin fin de situaciones, Lic. Sampedro, muchas gracias por apoyar a nuestro grito, estamos desolados y aún más estamos temerosos, todos los días conocemos en "hogares" un maltrato más. Es muy grato saber que su reportaje lleva escencialmente un mensaje de la necesidad de rescatar los valores que hemos perdido, la pregunta es: se podrá?. Le mando un abrazo y nuevamente muchas gracias, Adriana.
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Adriana Benítez
PueblaImmunization Business Manager / Marketing
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Estimado Juan Gerardo,
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Felicidades por tu columna!
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Creo que has dado en el clavo y te comento que el sábado se hicieron marchas pacíficas para exigir se castigue a los culpables del atroz hecho. Por otra parte, te comentaba que has dado en el clavo ya que esto sí es el inicio del caos y está en manos de las autoridades detenerlo; es verdad, los desquiciados empiezan martirizando animales pequeños, luego se van a otros más grandes y de ahí pasan a los humanos, generalmente las víctimas son aquellas que su silencio es grande al igual que los animales, como por ejemplo los indigentes, los niños y las mujeres.
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Con gran tristeza he escuchado opiniones de personas que dicen que no comprenden como es que la sociedad se indigna por la masacre de unos cuantos perros, cuando en México se asesinan seres humanos a diestra y siniestra, a lo que yo contesto, si la sociedad se hubiera quedado insensible ante la matanza de pobres seres inocentes sin voz ni protección, entonces si ya no habría humanidad y si no se castiga el hecho de que irrumpan unos encapuchados armados en una casa y destacen mascotas, que mensaje se le está dando a la sociedad: bueno pues, yo lo entendería como que es correcto que la justicia se tome cómo a cada quien le convenga y entonces detrás del anonimato se escuden los hechos más crueles e inhumanos del mundo.
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Saludos,
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MUCHAS GRACIAS POR SU REPORTAJE SOBRE EL MALTRATO ANIMALES ME RECONCILIA CON LA VIDA EL QUE AUN EXISTAN PERSONAS COMO USTED...........NO TODO ESTA PERDIDO,....LE HA DADO LUZ A MI VIDA HOY Y POR ELLOS Y POR ELLO. MUCHAS GRACIAS ANDREA
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El conocido amor que demuestro hacia los animales empaña la objetividad con el que transmito el caso Jaltenco entre que me conocen, sin embargo sus palabras finales en su nota "El caso Jaltenco es el principio del caos", me sirven de mucho pues ud. describe lo que en realidad me preocupa y me ocupa.
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Siempre he sido espectante pero con lo sucedido en Jaltenco no quiero seguir cruzada de brazos, no porque el miedo que me embarga por haber sido víctima de robo, por la preocupación de ver salir a mi familia quedándome con la esperanza de recibirlos de regreso y bien, me activa, me encamina a ver qué puedo hacer desde mi ser, desde donde estoy, y letras como la de usted Sr. Sampedro me animan y me dicen que no soy la única que quiere contribuir a mejorar la vida de este hermoso país.
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Quiero ser parte de un proyecto que, a través de la educación a los niños, se contagie de valores de respeto sobre todo hacia los más débiles, del respeto a la vida en cualquiera de sus manifestaciones. Quisiera que la muerte cruel de tantas vidas (sean animales o humanos) sirva para despertar y ver que estamos retrocediendo a pasos agigantados, que ahora los "seres humanos" además de prepotentes y creernos soberanos y dueños de las vidas ajenas nos estamos autodestruyendo con tales actitudes.
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Si venimos de una "evolución" estoy de acuerdo pero de esa evolución nos crearon con la RESPONSABILIDAD de proteger y PRESERVAR LA VIDA, pero hacemos lo contrario al grado que nos estamos exterminando unos con otros....
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Estimado Sr. Sampedro,

Gracias por su comentario sobre el penoso caso en Jaltenco, las protectoras de animales en la ciudad y en varios estados de la República apoyamos a Javier de diversas formas, escribiendo a los políticos, a organizaciones internacionales y a los medios, a éstos últimos especialmente para exigir objetividad e imparcialidad en la información que han presentado del caso ya que, desafortunadamente, no han cesado de manipular los hechos pretendiendo desprestigiar la labor y la imagen de Javier.
Esperamos (y exigimos constantemente) que pronto se esclarezcan los hechos y se castigue a los autores materiales e intelectuales de tan cruenta masacre, nosotros no lo olvidamos y nos encargaremos de que las autoridades no lo olviden.

Atentamente

Rocio Rosas
Comité por un Trato Digno para los Animales
http://www.poruntratodigno.org/

jueves, marzo 05, 2009

"La palabra sencilla, como poesía transparente y precisa"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 04/03/09)

“Textofilia” hace su aparición en el ruedo de la edición y la publicación de obras con “Poemas de la mano izquierda” de Luis M. Verdejo, uno de los libros que recientemente salió a la venta.
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La edición sin duda es preciosa, sencilla, muy bien lograda.
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Una portada que asemeja o ilustra a los Bambús. Asunto que no resulta gratuito pues a lo largo del poemario el autor hace constante referencia a ellos.
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El poemario está conformado por cuatro divisiones o partes: Pintores, Frescura, Estas cosas también y Elegías.
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En cada una de ellas, el lector asiste a un diálogo poético muy intenso y sabroso.
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Sin usar tantas palabras rebuscadas, Luis M. Verdejo construye un poemario bien logrado. Recurre al uso exacto de imágenes que buscan exigir al lector utilice su imaginación. Un ejemplo puede ser “es terrible saber que:”, poema que aparece dentro de Frescura: la frescura/ la frescura/ la gota de agua/ de lluvia/ llena de luz/ en la hoja e la higuera/ o en un hoja/ más grande/ de planta/ que no conozco/ la frescura de luz/ ya no estará/ cuando nos volvamos/ (si es que nos volvemos)/ a ver// ella/ no estará ya// ya no.
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La imposibilidad de saber que todo en esta vida suele o parecer ser efímero: los bellos paisajes, las personas que se aman, la naturaleza, al placer de tocar y saborear una fruta, pero también la ubicación del ser con todo lo que le rodea; sentimientos que plasma con asombrosa maestría Luis M. Verdejo.
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Un poeta que además se dedica al arte plástica. Ha realizado algunas exposiciones como: “Infancias botánicas” junto al japonés Hosumi Masafumi y “Dos de barro” al lado de la escultora Jimena Granados. Actualmente cura la maestría en pintura en la Academia de San Carlos. Estos estudios influyen en que logre crear con poesía que sin duda, parece un cuadro de pintura. Un poeta que dialoga con los pintores y anhela ser parte de los trazos de pintores como Van Gogh o Cézzane. Pintores abre con un poema titulado “Vicent”: si existen los campos/ encendidos/ de Van Gogh/ si están en algún sitio/ quisiera/ caminar en ellos/ adentrarme en su aire/ en su luz// y si existen/ plenos de viento/ de mareas/ ¿existes tú también, / Van Gogh?/ ¿estás/ eres todavía?
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La poesía y la pintura, son las únicas maneras de plasmar la belleza del mundo. Quizá una de las pocas vías que existen para buscar un diálogo con las generaciones venideras. Una constancia de presencia es este poemario.
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Habría que agradecerle al poeta la frescura con que construye cada poema y plante cada tema, pues viene a demostrar que no se necesita recurrir a las palabras rebuscadas para construir poesía.

El libro fuera de sí

Diario Milenio-México (03/03/09)
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Desconfío de los libros que se dejan leer rápidamente. Sucede más o menos así: el lector selecciona el libro por la recomendación de un amigo o por la atractiva portada o por la fuerza del primer párrafo o por el prestigio de la autoría de sus páginas. El lector, en todo caso y por razones múltiples aunque no obvias, toma el libro, poseyéndolo. El lector, en algún momento (seguramente no el menos pensado), se sienta y abre, no sin cierta parsimonia, sus hojas. De ser posible, el lector huele sus páginas, embebido, y pasa las yemas de los dedos sobre las letras impresas como si de verdad no pudiera ver nada. Mano de súbito ciego. El lector empieza. Y ahí, justo en ese instante, se da inicio un vertiginoso viaje en un tobogán de letras que no terminará sino dos o cinco horas después. El lector no se levanta para comer o contestar el teléfono o ir al baño. Lo que es peor: el lector no interrumpe la lectura ni para hacerse del lápiz con el que subrayará, es decir, con el que re-escribirá, el libro que lee.
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¿Una lectura ideal? Lo dudo. ¿Un buen libro? A veces. ¿Un libro fácil de leer y digerible? Seguramente.
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Tres confesiones en un párrafo minúsculo: Sospecho del libro que se lee de “una sentada” y que me pide, como un amante celoso, una atención única y, además, pasiva. Sospecho del libro que, aspirando a borrar al mundo que hace posible su lectura, cree que puede sustituirlo. Sospecho del libro que inicia sin otro objetivo más que el de llegar a su fin.
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Mi lectura ideal es de otra factura. Veamos. Tomo el libro e inicio una lectura atropellada y zigzagueante. De hecho, es tan atropellada y zigzagueante esa lectura que casi parece no dar inicio. Creo que puedo leerlo sin lápiz pero pronto entiendo que eso no será posible. Interrumpo la lectura, busco el proverbial lápiz que nunca encuentro, veo el cielo, pienso en el libro dentro del mundo del libro y fuera del mundo del libro. El libro, lo sé bien desde ese instante, me saca de quicio: es demasiado esto o muy poco lo otro, en todo caso lo aviento contra la pared. Juro que no volveré a abrir sus páginas. Salgo. Afuera no hago otra cosa más que pensar en el libro —en su escritura que es un obstáculo, en su estructura que me asquea o me asombra o las dos cosas juntas, en todos y cada uno de los elementos que me imposibilitan bajar por sus páginas como si estuviera en un tobogán. Oscuro, tal vez; seguramente denso. Ilegible. Cosa hechas de páginas crudas. Pienso, quiero decir, en todas y cada una de las cosas que me obligan a pensar en ese libro y no en cualquier otra cosa. Un par de horas después lo tomo de nueva cuenta. No sólo lo subrayo una y otra vez —una vez por el acuerdo, otra vez por el desacuerdo— sino que también escribo pequeños mensajes inentendibles en sus márgenes. Se trata de pequeñas misivas para el otro lector que alguna vez, pasados ya los años, seré. Es ahí, en ese momento, que empiezo a pensar en otro libro —el mío. El producto de esta lectura se convertirá, eso creo en el aquí y ahora de mi apasionamiento, en un próximo libro. La convicción es tanta que, sin reparar en detalles, sin darme cuenta de lo absurdo de la situación, inicio la escritura de ese otro engendro en las últimas páginas, usualmente vacías, del libro leído. Son palabras hechizas, garabateadas a toda velocidad, urgentes. Escribirlas es una forma de no acabar. Colocarlas ahí, al final, es una forma de posponer el final.
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Pero a medida que se acerca el final, cuando ya quedan sólo quince o diez páginas por leer, empiezo a sufrir —es un pesar absurdo, como todo en esta lectura, pero es real— y, por eso, interrumpo la lectura una vez más. La postergo. Cierro el libro y lo coloco, como si se tratara de un objeto doméstico, y no de un animal con rabia, sobre alguna repisa de color azul. Salgo. Afuera me comporto como si no pasara nada, como si no estuviera yo viviendo dentro de las páginas de un libro. Hablo. Sonrío incluso. Cuento chistes o me intereso por el drama de los otros. Hasta puede que piense en el clima o en mis obligaciones cotidianas. Hasta puede que vaya a fiestas o saque a pasear el perro del vecino. Todo o cualquier cosa con tal de no cerrar sus páginas. Todo, o casi cualquier cosa, con tal de seguir dentro. Pero las cierro. Eventualmente todo libro debe cerrarse. Cuando lo hago, me consuela saber que lleva consigo, a través de los subrayados y los ilegibles mensajes en sus márgenes, mi marca. Y que yo, en un justo intercambio de cicatrices, me llevo la suya. Es, ahora, en todo caso, un libro mío. Se trata, a final y a principio de cuentas, de un libro mío. Un libro apropiado. Un libro fuera de sí. Un libro conmigo.
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¿Una lectura ideal? Lo dudo. ¿Un buen libro? Con mucha frecuencia. ¿Un libro fácil de leer y digerible? Nunca.
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El libro no ayuda a descubrir el secreto que hay en el lector; el libro, cuando es libro, produce ese secreto en el lector.
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El libro no es una revelación (de lo que ya estaba ahí) sino un encubrimiento (de lo que está en-proceso-de-estar-ahí).
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El libro no expresa; el libro produce.
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Un final: El libro que me gusta es un libro con otro tipo de velocidad.

lunes, marzo 02, 2009

El revés del estandarte


Diario Milenio-México (02/03/09)
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Era un tipo tan de izquierdas, tan de izquierdas, que una noche dio vuelta y apareció por el otro lado.”
Toni Martínez
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Extremos y razones
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“No es lo mismo.” “Tampoco es para tanto.” “Una cosa es una cosa y otra cosa es otra.” Tiene que ser sencillo, para quien ha hecho ya carrera y patrimonio diciendo defender los derechos ajenos, dar la pelea por los propios privilegios. Finalmente la extrema izquierda y la extrema derecha están lo suficientemente próximas para compartir armas, mañas, municiones y papel higiénico. Está claro que no pueden vivir la una sin la otra, tanto así que se inventan cuando es preciso, y de paso se cumplen el favor mutuo de magnificarse. Es cosa cotidiana que a sus representantes más conspicuos se les descubra con divertida frecuencia refocilándose en alguna práctica que los suyos condenan desde sendos púlpitos, comúnmente inflamados de indignación. No menos común es resultar inmerecidamente obsequiado con esos argumentos rocambolescos según los cuáles ellos pueden permitirse trampas y desacatos que son imperdonables en sus enemigos. En cuentas resumidas, el privilegio pertenece a quien, según su propio juicio, tiene Mucha Razón.
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A ver. Tengo la sensación de haber visto la misma película. Un militar que hereda a su hermano un poder absoluto de medio siglo no es un dictador si según él le asiste La Razón. ¿En qué cuartel siniestro habría cabido una certeza así? Ya nada más el puro convencimiento de que a uno tiene toda la razón y el otro nada de ella remite no sólo a la más rancia idea del autoritarismo, sino de la ignorancia y la estupidez. Lo que antes se llamaba fascismo, y ahora no tiene nombre porque es de izquierda y cuenta con derechos especiales. Los que antes se llamaban privilegios. Oficialmente, aparte, los fascistas son de derecha. Y esto nos deja en un entuerto mayor, pues vemos que un fascista derechista, valga la demasía, no tiene más que llamarse izquierdista para hacer de sus privilegios derechos y lanzarse a las calles a echarnos en la cara kilos de Su Razón. Si no te gusta, serás tú el fascista.
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En el altar del odio
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Hoy día, Ernesto Cardenal acusa de fascista a Daniel Ortega, quien a su vez ha integrado su propia Lista Oficial de Fascistas —como lo manda el género, pintoresca, insidiosa y paranoica—. Curiosamente, Cardenal afirma que hoy día en Latinoamérica no existe una dictadura evidente y prolongada. Cura al fin, medio siglo de barbas le parecerá poco. O será que una cosa es pelearse con jerarquías menores del infierno y otra plantarle cara al mismísimo Mefisto. Pero en fin, me confundo. Veo alas y trinches, no sé cuál sea de quién. ¿En qué iglesia pasa hoy lista el poeta, cuando su némesis está íntimamente aliado con secuaces de la talla de Chávez, Ahmadineyad y los siempre aclamados hermanos Castro? Debe de ser fuente de gran zozobra tener que solapar a los mejores amigos de tus enemigos sólo para evitarte el trance de caer de la gracia del compañero Yahvé, pero al cabo sólo el poeta sabe qué tal le iría en Managua sin la bendición del Señor de las Barbas, de cuya prédica es oveja fiel y sumisa. “Gran genio de la oratoria”, le ha llamado por escrito, escatimando apenas las mayúsculas.
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Muchos en el lugar del padre Cardenal tampoco pueden ver dictadores evidentes, y menos prolongados. Hay algo que se mete entre los párpados una vez que se tiene toda la razón, o se cree en las palabras de quien dice tenerla y en tanto se detesta a los que no la tienen, ni por supuesto la merecerían. No se es original a la hora de odiar, se empieza y se termina replicando el estilo de los clásicos. Ya nos dirá quien odia sin duda ni pausa como hace para no copiar a sus maestros y acabar convertido en algún adefesio similar, pero el problema llega más lejos. El odio es pegajoso, como la necedad. No es difícil saltar un día de la cama y descubrirse contagiado por la cizaña reinante. Si ese juego llegara a funcionar, acabaríamos todos acusándonos con sobrada razón de fascistas.
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Prédica y escopeta
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Hay por supuesto cantidad de matices que permiten diferenciar entre socialismo nacionalista y nacional-socialismo. Nada que no consiga disimular en tres patadas uno de esos funámbulos ambisiniestros cuyo radicalismo no está a discusión, y en realidad no hay nada que lo esté porque los radicales no discuten. ¿Quién que posea el 100% de la razón se va a sentar a razonar con nadie, si lo que le urge es darse a predicarla? No deja de zumbar en el oído el hecho que aquellos que más ciertos están de poseer esta razón rica en salvoconductos son quienes menos aceptan razonar. Como si la razón no fuese ya un medio, sino el fin último. Se llega a La Razón y allí se vive para siempre dichoso. Una idea derechista, por cierto. Y ojo: de las más empalagosas.
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Hace un par de semanas que el juez Baltazar Garzón, verdugo planetario de fascistas incautos, fue atrapado con el ministro de justicia cazando sin permiso. Hoy día el ministro se ha quedado sin trabajo, mientras el juez soporta el fuego a mansalva de la derecha en pleno, cuyos halcones lo tildan de extremista. ¿Garzón de extrema izquierda, como los terroristas a los que persigue? Sólo un fascista histérico sostendría esa burrada. Pero ahí está nuestro héroe, cazando sin permiso como cualquier etarra fugitivo. Acabando con ciervos, conejos, pájaros, jabalíes y otros seres que para su desgracia no tienen los abogados de Pinochet, ni las coartadas de los abertzales, ni el peso y la fortuna de los falangistas. De manera que si alguien se pregunta quién paga por los casos que el juez pierde, ya puede ir a buscarlos en la mira de su escopeta, que es territorio libre de justicia. Lo ha dicho Ray Loriga en muy pocas palabras: Cuando la izquierda caza y la derecha llora, ¿en qué creer?

Lucky star

Diario Milenio-México (02/03/09)
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Eunice y Susana ya no eran esas chicas que, llegada la hora, guardaban los esténciles con textos de Habermas y de Lukacs en la misma mochila de la que sacaban mallas y leotardos para correr a la clase de danza contemporánea. De entrada, ahora no podían verse sino los fines de semana. Y, acaso en virtud del fragor laboral, preferían dedicar su tiempo libre a actividades algo más reposadas, como ir al Palacio de Hierro a elegir un televisor para la nueva casa de Susana.
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Ahí estaban las amigas, rodeadas de Sonys y de Panasonics, de Zeniths y de Zondas, cuyos atributos y costos explicaba el dependiente. Susana quería conocer la opinión de su amiga, preguntarle si las bondades del sistema Trinitron valdrían la diferencia sustancial en el precio, pero no pudo hacerlo: al girarse para dirigirse a Eunice no la encontró a su lado. ¿Se habría distraído mirando un vestido? Una pesquisa sumaria habría de derribar de un plumazo tal hipótesis: lo que Eunice veía, a apenas un pasillo de distancia, era la tele.
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Parpadeaba en la pantalla una imagen en frenético movimiento que la joven escrutaba con deleite rayano en el pasmo. Habida cuenta de los gustos comunes a ambas amigas, uno habría imaginado que se trataba de Callas o de Baryshnikov. Nada de eso. Había música, sí, pero más redolente de la discoteca que de la sala de conciertos. También había baile, y de primer orden, pero con un vocabulario en todo ajeno al que las amigas habían intentado dominar años atrás.
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En un limbo blanco, una rubia coqueta ejecutaba cabriolas sicalípticas. Daba intrincados saltitos, anudando sus pies como si jugara rayuela. Se alargaba en el suelo con lasciva displicencia antes de tornar sobre su propio eje y ponerse de pie en un solo movimiento. Era hermosa, sí, pero de una belleza común. Y su vestimenta se antojaba de plano adolescente. Lo notable, entonces, era su plasticidad: el arco profundo y perfecto de su espalda, el quiebre a un tiempo lúbrico y preciso de su cadera. También su contagiosa joie de vivre, su desparpajada sensualidad.
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—Es una cantante nueva —acotó el solícito dependiente. Se llama Madonna.
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—No sé si cante —terció Eunice, emergente de su trance. Pero baila como pocas que haya visto yo.
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Susana se alzó de hombros y extendió al vendedor su tarjeta de crédito.
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Eunice habría de contarme esta anécdota poco después de iniciado nuestro amor, cuando apenas descubríamos nuestras coincidencias y, entre ellas, la admiración por Madonna. Fue entonces que le conté que, en efecto, antes que cantante, Madonna era una bailarina profesional con las mejores credenciales: las de la escuela de Martha Graham. Si la chica había dejado su Michigan natal para aventurarse a un Manhattan hostil, había sido para estudiar con Pearl Lang, otrora primera bailarina de la compañía de Graham y para entonces directora del American Dance Center, fundado en complicidad con Alvin Ailey.
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Recordé esto el viernes pasado, al enterarme de la muerte, a los 87 años, de quien resulta a la fecha poco conocida por el gran público, a no ser en tanto nota a pie de página en la historia de una leyenda de la danza o en la de una leyenda del pop. Recordar me ha llevado a investigar y, gracias a internet, a ver a Lang bailar. Así, he descubierto a una artista notabilísima, no sólo dueña de su propio cuerpo y de la técnica de Graham —toda ángulos imposibles y talante trágico— sino también de una capacidad de empatía emocional indispensable a todo gran creador escénico. La veo encarnar a una mujer habitada por el espíritu de su amante muerto —la coreografía se llama La poseída— y, aunque por lo general insensible a la danza, percibo su dolor, su locura, su escisión. Lo que no veo (no todavía) es qué pueden tener en común sus bailes tortuosos con los muy gozosos, golosos de Madonna.
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En preparación de este texto interrogo a Eunice: ¿qué fue lo que tanto le impresionó al ver bailar a Madonna?
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—Su técnica es buena pero eso es lo de menos: lo que hace de Madonna una gran bailarina es que siempre logra dibujar a la perfección un personaje
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Me viene entonces a la cabeza una cita sobre Pearl Lang leída horas antes: “Sus coreografías tratan de algo: no son vacuos despliegues aeróbicos con fondo musical estridente”.
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Es entonces que percibo con claridad la influencia. Es entonces que comprendo que Madonna, suertuda, tuvo una estrella de la suerte. Y que esa estrella lleva el nombre refulgente de Pearl Lang.

sábado, febrero 28, 2009

Opinión-Soufflé poético por Israe León O’farril (La Jornada de Oriente (24/02/09)

La poesía suele ser un tema espinoso, sobre todo cuando lo tocamos en ciertos círculos, concretamente en aquellos donde se duda de la virilidad de aquel a quien dice gustarle. Como he comentado en otras ocasiones, la poesía para muchos es una cuestión de mariquitas o de ñoños que no pueden conquistar al público femenino con la simple presencia masculina, paquete de por medio; a la vez, suele confundirse con líneas cursis que se recitan a adolescentes inflamadas de hormonas, líneas salidas generalmente de telenovelas más cursis aun, si es que eso es posible. Incluso pueden ser obtenidas enviando “poema al 71111”, integrando la maravillosa tecnología a la destrucción de la verdadera poesía. Recuerdo que alguien mencionó por ahí cuando pregunté por algún poeta del momento que Arjona era un excelente ejemplo.
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La poesía ha de enfrentar otro problema fundamental: la incomprensión. Cuántos de nosotros nos hemos encontrado totalmente confundidos y patidifusos ante las elucubraciones de un escritor que seguramente se dio una cruzada entre solventes, hierba y peyote, especialmente cuando nos adentramos a la poesía contemporánea, donde priva el verso libre sobre la métrica y rima. Resulta cada vez más difícil diferenciar entre poesía o masturbación mental. De cualquier manera, la poesía no debe buscar ser clara, no ha de encantar a almas simples que no busquen complicaciones. Ha de ser pulso de época, enfrentarse al ser y sus circunstancias para dotarle de voz; y dicha voz dista de ser asible por medios mortales y por supuesto no es mensurable por métodos científicos, por más que los lingüistas así lo digan. Por cierto, uno no se mete a leer un libro de poesía de un tirón, sino que se deja cautivar sutilmente por algunas líneas, y ha de leerse y leerse para poder realmente extractar todo el jugo de las palabras, de los ritmos, de los juegos. En este momento he de confesar que soy un lector púber de poesía, empecé quizá demasiado tarde. No obstante, me parece que ese descubrir ha sido, por decir lo menos, en extremo agradable.
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Por supuesto, entrarle a la poesía requiere sacrificio personal y en ocasiones, literalmente cometer suicidio social, pelearse con los padres, hermanos y novias superficiales... requiere en pocas palabras lanzarse a un mundo fuera de lo normal.
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Decía un amigo boricua y excelente poeta que si una línea de un poema nos gustaba, entonces la poesía completa había cumplido con su cometido. Me parece un punto de partida genial. Sin embargo, para todos aquellos que decidan emprender su entrada a la poesía, puedo recomendar una receta fundamental.
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Quizá se pudiera empezar con una leve pizca de Sabines, que a la par de ser rico en expresión, es bajo en metáforas complejas que nos provoquen un infarto por coagulación poética. Más adelante, pudiéramos añadir un tanto más de Benedetti, ligero y entrañable como pocos, además de que no aumenta esa llantita incómoda en el costado del intelecto. Revuelva suavemente con un puñito de Lorca, Alberti, Cernuda y aderece al gusto con Neruda... tendrá un leve sabor surrealista que bien se queda en el paladar.
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Acto seguido, cernir un poco de Villaurrutia sobre una base de Novo, mezclar copiosamente con Pellicer y matizar con un tanto de Maples Arce, hornear media hora hasta dorar. El resultado tendrá un buqué vanguardista, con gusto a conflicto y pinta individualista. Lo contemporáneo le dará un ligero toque moderno y ciertamente escurridizo, difícil de atrapar.
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Ya que estamos en eso, igual y le entramos con dos cucharadas de Taboada para conseguir un auténtico sentido oriental al guiso; y si se prefiere, incluso un poco más de Baudelaire, Rimbaud, Valéry, para dotarlo con algo de deliciosa malicia que nunca viene mal.
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Como postre, y excelente preámbulo al escarceo del ayuntamiento carnal posterior a la cena, bien se pueden paladear unos toques de Girondo, que a fuerza de simpleza, nos explota en la boca como una pléyade de sensaciones diversas. Pudiera sugerir un barroquísimo vino para acompañar la cena con algo de la décima musa, o quizá un tanto de Lezama, pero me dan harta güeva, además de que igual perdemos el subsecuente encuentro carnal. Mejor le entramos al mismo Sabines cosecha del 51.
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En fin, la poesía, como hemos dicho bien puede cambiarnos la existencia cuando aflojamos el cuerpo y los sentidos. Vivimos en un mundo tan soezmente material y pragmático, que aspectos tan etéreos nos parecen inútiles, vanos. Y aunque hay que tragar y cuentas que pagar, la poesía puede ser un excelente escape para no pensar en el abono de la colcha. Después de todo, igual y hasta un poco de sexo nos consigue. Si eso no les es suficiente, entonces mídanse el pulso, probablemente ya han muerto.

Algunas décimas populares para Sergio Pitol en sus 75 años (Diario Milenio/Laberinto (28/02/09)

Qué privilegio haber sido de Pitol contemporáneo, dice Pacheco en los versos que escribió para celebrar al autor de No hay tal lugar.
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1
Ya pocos toman en cuenta
Aquellos años veloces,
Grises, radiantes y atroces
Que llamamos los cincuenta.
Quizá la memoria inventa
Y su incógnito crisol
Le da una luz de farol
A una época más que muerta.
Pero si el ayer despierta
Es por magia de Pitol.
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2
Medio siglo de escribir
Sobre Sergio, es demasiado.
Entiéndase, ya he agotado
Lo que tengo que decir.
Así, voy a recurrir,
Sin miedo y de corazón,
A una forma de expresión
Que en otras manos es luz:
Décimas de Veracruz,
Que ojalá suenen a son.
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3
El ingenio del Potrero
Vio la infancia de Pitol.
Hoy nunca se pone el Sol
En su mapa de viajero.
Su mundo es el orbe entero.
De él se adueñó por lectura
Y su brillante escritura
Lo vuelve de muchos modos
El paraíso de todos
Los que entren en su aventura.
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4
Qué privilegio haber sido
De Pitol contemporáneo.
Es como un don simultáneo
Aquel de haber compartido
Algo de lo que ha ceñido
Como materia en su obra.
Nada en ella está de sobra,
Todo conecta con todo
Y encuentra exacto acomodo
La risa con la zozobra.
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En las Obras reunidas V de Sergio Pitol (Puebla, 1933) del FCE, tomo de ensayos aparecidos originalmente en Adicción a los ingleses, La casa de la tribu y El mago de Viena —este último con el que le otorgan el Premio Cervantes 2005—, se incluyen seis coplas de José Emilio Pacheco a manera de epílogo, y que fueron leídas por Rosa Beltrán en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 30 de marzo de 2008, en el homenaje que se le rindió a Pitol por sus 75 años, donde también le fue entregada la Medalla de Oro de Bellas Artes.
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Sobre el quinto tomo, con el que se concluye la recopilación de la obra de Pitol, se comenta que el autor se muestra en sus textos “diverso y excéntrico, pues cada uno de los ensayos incluidos en este volumen esclarecen el camino del lector apasionado que es, del viajero incansable por geografías literarias poco frecuentadas: Rusia, Polonia, China, Hungría, y las zonas marginales de las lenguas literarias clásicas”.
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José Emilio Pacheco

Ensayo-Mazatlán mentir

Diario Milenio/Laberinto-México (28/02/09)
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El juego del engaño que Volpi utiliza en el libro Mentiras contagiosas rige el siguiente texto donde recuerda a la generación del crack y el surgimiento de su vocación.
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Son las once siete de la mañana —lo sé porque el secretario de acuerdos me trae un documento para firma, en un descuido vacío la taza encima y, al alzar la vista, reparo en las impertinentes manecillas del reloj en la pared de enfrente— cuando suena la chillante versión electrónica de la Marcha eslava de Chaikovski que hace un par de días descargué en mi celular. No reconozco el número: empieza con un misterioso 6 y eso, en mi profesión, resulta preocupante. Una gentil voz femenina me ordena: “Le llamamos de Mazatlán, esté usted listo a las doce treinta porque volveremos a llamarlo”, y cuelga sin más. Imagino lo peor. Mazatlán. Siento un escalofrío. Observo la foto de mi esposa —de acuerdo, ex esposa— y de mis tres hijas, y suspiro. ¿Qué hacer en un caso como éste? Desconozco si el manual de procedimientos señala algún protocolo, y me quedo paralizado. En esta profesión uno escucha tantas historias. Una llamada anónima. Y luego… No tiemblo —detesto el melodrama— pero el sudor empapa mi camisa. Me limito a esperar a que las manecillas del reloj —esa circunferencia de cifras y de angustia— desgasten los minutos. Podría decir que el curso de mi vida transcurre ante mí en un relámpago, como en las películas, pero no sería exacto: veo las orejas de Happy, el apático beagle que acompañó mi infancia; recuerdo la admonición constante de mi padre: “la verdad te hará libre”; recito los veinticinco primeros artículos del Código de Procedimientos Penales del Distrito Federal —¿por qué justo esos?—; lamento el día en que mis hijas me anunciaron a coro que se irían a vivir a Michigan con su madre; reniego de mi reciente ascenso y no logro borrar de mi vista el rostro malencarado del Tuercas mientras balbucea su declaración preliminar.
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A las doce treinta en punto reaparece la Marcha eslava. Se me pone la carne de gallina. Mazatlán. Con esa fría puntualidad norteña. Contesto. La gentil voz femenina me dice que a continuación me hablará el director del Instituto. ¿Instituto? No entiendo nada. “Jorge Volpi”, asevera, más que preguntarme. “Sí”, contesto tímidamente. “¡Felicidades! —estalla entonces—, se ha hecho usted acreedor al Premio Mazatlán de Literatura”. Sigo sin entender, pero guardo silencio. ¿Qué clase de amenaza es esta? “¿De literatura?”, musito. “¿Sabe usted por qué lo ha ganado?”, me pregunta el director con voz flemática. Quizás allí radica lo oscuro. “No”, confieso. “Por su libro Mentiras contagiosas”. “Mentiras contagiosas”, repito. “Felicidades, hombre. Ya nos comunicaremos con usted para fijar los detalles, pero por lo pronto enhorabuena”, y cuelga.
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Mazatlán. Libro. ¿Una broma? ¿Una sofisticada advertencia? ¿Alguien trata de decirme algo? Todo parece un sinsentido. Porque, si bien en la adolescencia llegué a acariciar la idea de convertirme en escritor, yo nunca he escrito un libro. Y menos uno que tenga el ominoso título de Mentiras contagiosas. La educación que me proporcionó mi padre, un orgulloso general del ejército, tenía una divisa fundamental entre las mil normas que debíamos poner en práctica cada día: “nunca mientas”. Mi hermana Rosalba y yo podíamos incumplir cualquier orden, menos esta: desafiarla equivalía a semanas de ostracismo familiar y a una culpa que era como una cama de clavos. Por años no me atreví a mentir, y menos a intentar esa apología de lo falso que es la escritura. A diferencia de otros niños, detestaba los cuentos infantiles y las películas de Disney porque no se apegaban a la sacrosanta realidad; para satisfacción paterna, prefería leer los periódicos, refugios contra el engaño y la manipulación (eso creía). De niño quería ser científico justo para poseer certezas indudables; luego, cuando mis profesores de física se empeñaron en arruinar esta expectativa, me decanté por la historia: soñaba con ser medievalista y dedicarme a desenterrar castillos y armaduras.
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Sólo en la adolescencia tuve un lapso de rebeldía: en la escuela católica donde me habían confinado encontré de pronto a un joven tan extraño como yo mismo: se llamaba Eloy y se dedicaba a escribir frenéticos poemas desde los diez años. Su temperamento atrabiliario terminó por fascinarme: nos hicimos inseparables, par de inadaptados en medio de aquellas hordas que soñaban con ser futbolistas o ingenieros. Un buen día me dijo: “Mira esta convocatoria, es para el concurso de cuento de la escuela, tenemos que participar”. No era una pregunta. Me dijo que ese mismo premio lo había ganado Carlos Fuentes en los cuarenta, como si ese nombre significase algo para mí. Por alguna razón le hice caso. Por las noches, a escondidas del general, pergeñé la historia de un campesino mexicano cuyas desventuras eran también, simbólicamente, las de la patria. Los jurados debían ser ciegos, o el nivel intelectual de los demás participantes similar al de un simio, porque obtuve el tercer lugar. Eloy quedó en quinto. Un tal Ignacio quedó en primero. Mentiría, y no quiero hacerlo, si dijera que no me hinché de orgullo. Por un segundo —no, por unos meses— fantaseé con la idea de convertirme en escritor. Tramar cuentos y novelas. Incluso un libro de ensayos. Pero luego pensé en el general y, como si se tratase de una enfermedad que de pronto hubiese remitido, recuperé la cordura. Qué idea tan insensata: dedicar la vida a las mentiras. No podía traicionarlo así. Al término del año, Eloy abandonó la escuela —reprobó todas las materias menos Literatura— y yo decidí estudiar Derecho en la UNAM. A la mitad de la carrera encontré un trabajo en la Dirección Jurídica del Distrito Federal —¡ahora recuerdo que mi jefe era mazatleco!—, me consagré en cuerpo y alma a las leyes —y a la verdad— y nunca más volví a la literatura: a la fecha incluso soy un lector más bien reticente. ¿Cómo iba yo, pues, a ganar un premio literario con un libro titulado —insisto— Mentiras contagiosas?
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Pasada la conmoción, asumí el malentendido. Nada más que eso. Alguien marcó un número equivocado, pronto encontrarían al verdadero ganador. No ocurrió así: al día siguiente, mientras escribía un acta de consignación, mi secretaria me dijo que tenía a una periodista en la línea.
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“¿Qué siente? —me preguntó de sopetón y, antes de que pudiera responder algo, añadió—: ¿Y qué opina de lo que dice ese periódico de Sinaloa?” Otra vez no entendía nada. “Prefiero no hacer comentarios”, exclamé, ufano, como si me refiriera a uno de los casos que veo a diario; ella pareció satisfecha, y colgó. A los pocos minutos, otros periodistas. Repetí lo mismo. Y luego, otra vez, el director del Instituto. “Lo esperamos el domingo, su vuelo está arreglado”.
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Sólo entonces se me ocurrió buscar en internet. Google. “Mentiras contagiosas”. Apareció una portada —una bella foto de Lola Álvarez Bravo— y, sí, sí, mi nombre inscrito en ella. Un caso de homonimia, por supuesto. Mi apellido, de origen italiano, es poco común en México, pero todo es posible. Volví a Internet. Wikipedia. “Jorge Volpi”. Apareció una ficha: en efecto, existía otro Jorge Volpi. Escritor mexicano. Perteneciente a una cosa llamada “grupo del Crack” (tendría que fijarme bien en eso). Y a continuación, horror de horrores, más coincidencias: también nació en julio de 1968, el mismo año que yo, aunque con diferencia de un día; también estudió en una escuela católica; también ganó el tercer lugar en un concurso de cuento en la preparatoria. Pero después de eso, tranquilizadoramente, él escribió más de diez libros… Y yo ninguno.
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Extraño, me dije de nuevo, pero cosas más raras se han visto. Todo se aclararía en su momento. No ocurrió así: el viernes recibí mi boleto de Aeroméxico para venir a Mazatlán. Pensé en llamarle al director del Instituto y aclarar el error. Estuve a punto de hacerlo, lo juro. Pero no pude. Lo siento, no pude. Lo confieso aquí, ahora, ante todos ustedes. Vine a Mazatlán a recibir un premio por un libro que yo no escribí. He traicionado al general y, lo que es peor, he traicionado mi vida al servicio de la verdad. Asumo públicamente las consecuencias: la mentira me ha contaminado. Nada puedo hacer al respecto. Pienso en el otro Volpi, el auténtico autor de este libro: lamento haber usurpado su lugar. Pero ustedes tienen que entenderme: sus mentiras me han otorgado, por un momento, otra vida. Me han arrancado de mis propias mentiras. Me han salvado. No se enfaden, por favor. No llamen a la policía. No me juzguen. Antes permítanme decir, simplemente, lo orgulloso que estoy de haber ganado este premio. Y de haber venido a Mazatlán. Se trata —nunca mejor dicho— de un honor inmerecido.
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De verdad, muchas gracias.
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Jorge Volpi