sábado, febrero 28, 2009

El horror de la ficción

Diario Milenio-Puebla (26/02/09)
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En algunas de mis anteriores colaboraciones he dicho que desde hace muchos años nos hemos habituado (o nos han habituado, más exactamente) a presenciar la violencia cotidiana sin que ésta nos deje el mínimo sentimiento de culpabilidad. Tenemos ante nosotros una gran cantidad de notas que narran hechos sangrientos, y nosotros recurrimos a las bromas quizá como un último escaño de los mecanismos defensivos.
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Circula en la red un caso que me ha dejado pensativo y mirando hacia arriba, hacia las estrellas. No es muy creíble, porque me ha llegado anónimamente y en todos los casos (como sucede con las leyendas) han cambiado el lugar de los acontecimientos. Las notas de la red no dan nombres ni hay un estado que se haya pronunciado de manera oficial. No hay nada, sólo la terrible historia que pudo ser escrita, aun sin los parámetros de la verosimilitud, por una anónima mente truculenta.
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Narra la nota de la Internet que hace pocos días en el entronque de la carretera Colima-Jalisco (un e-mail más dice en Nuevo Laredo) un camión congelador propiedad de una fábrica de paletas (otro e-mail agrega que era de una fábrica de alimentos enlatados) chocó contra el auto de una señora, a quien se le ofreció un pago extraordinariamente más alto a los daños causados por el percance. Sin embargo ella no aceptó y llamó al seguro, a los peritos y a la policía.
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El conductor del camión (otro e-mail más afirma que era una camioneta) se sube hasta donde está el volante, pone los seguros y luego se da un tiro en la cabeza. Al revisar el camión (o la camioneta, para el caso es lo mismo), se descubre que en el congelador hay diez cadáveres de niños sin órganos. Se dice que las autoridades detuvieron todo tipo de información para no causar pánico.
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Ahora la misma versión circula en Ameca, Jalisco y ha causado un aterrador miedo entre los habitantes, que comienzan a creer que sus hijos serán robados de las escuelas y que se han visto autos sin placas rondando las calles, etcétera. Todo como en las mejores leyendas. Se pide precaución en el cuidado de los niños en las escuelas y en los hospitales.
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Lo que no encaja muy bien en esta historia son un par de argumentos: ¿Por qué la señora no se deja de embrollos y no acepta la cantidad ofrecida por el conductor del camión para irse tranquilamente a su casa? ¿Qué le hubiera costado al mismo conductor darse a la fuga, ya que el camión no estaba inservible?
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Son preguntas para Columbo. He buscado en páginas electrónicas algo que me pueda ilustrar el caso y no hay nada, absolutamente nada. A fuerza de repetirse una versión, llega a creerse. Estas versiones son síntomas de los malos tiempos. El e-mail termina: “No dudes en reenviar este mensaje, salva a un niño”. El horror como ficción en las páginas de la Internet.

Del minutario

Diario Milenio-Puebla (19/02/09)
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La excelencia de los minutarios es que en poco espacio pueden entrar varios temas. Estuve hace unos días en Morelia, Michoacán. Me invitaron de parte del Instituto de Cultura a la entrega del premio “Eréndira” a la trayectoria literaria de cuarenta años a mi amigo y casi hermano, el poeta Gaspar Aguilera Díaz, quien ha hecho tanto por la cultura purépecha. La ciudad es patrullada por la policía federal; me imagino que luego de los lamentables hechos del 15 de septiembre de 2008, ahí se ha reforzado la vigilancia.
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Estoy viendo la televisión y es muy probable que hace veinte años no me hubiera dolido tanto la cabeza, ni me hubiera preocupado ante el desolador panorama que los analistas políticos presentan para el futuro del país. Me produce vértigo y náuseas lo que veo aquí, tan cerca de mí.
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Pero ante el miedo a la crisis, siempre hay recursos: se obtiene un récord más a las páginas de Guinness para México: casi cuarenta mil parejas se besaron en el zócalo del DF el pasado día del amor y la amistad. Hubo, según las crónicas, tolerancia a hacia las distintas preferencias sexuales.
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Muchos son los que hablan de una crisis inevitable y nadie sabe a ciencia cierta qué es, sólo se presienten sus efectos. Lo que a mí me queda claro es que la gran mayoría de mexicanos no la hemos provocado. Veo en el mismo programa que ha muerto una mujer bombera, la primera que muere en un siniestro. Declaran los responsables que se trató de accidente, como cuando se sube un auto a la banqueta y mata súbitamente a alguien. Sin embargo, se agrega que el equipo de bomberos es muy deficiente. Lo creo.
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¿Nos vamos a acostumbrar definitivamente a la violencia cotidiana?
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Aconsejan los trabajadores de la salud mental que no se piense en eso. Para qué, si sólo se produce daño uno mismo. “Váyase el cine,” aconsejan, “camine cortas distancias y deje en casa los problemas que mañana encontrará quizá un empleo”. Y dice López-Dóriga, lo pregunta dos veces: ¿usted sabe cuántos besos caben en el zócalo? A mí me duele tanto la cabeza que no me detengo a calcularlo. Mejor trato de dormir.
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Escucho luego las noticias en la radio, en “Panorama informativo”. Es lo mismo: pocas opciones ofrecen los expertos que saque del bache al mundo. Me acordé de Mafalda cuando mira a un globo terráqueo sobre una cama de hospital al tiempo que piensa “es verdad, ahora sí estás enfermo”. La violencia se ha vuelto cotidiana, por más que los comunicadores traten de esconderla.
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Nada será igual de aquí a los pocos minutos que ya están corriendo. Yo por lo pronto creo en el futuro de la humanidad. Felicidades Gaspar Aguilera, disfruta de tu reconocimiento. Se lo merece tu calidad humana y tu labor de poeta.

"De quimeras y algo más"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 25/02/09)

“El androide y las quimeras”, editado por Páginas de espuma, reciente entrega de Ignacio Padilla, es el segundo volumen de la tetralogía de cuentos: Micropedia.
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Al libro lo conforman dos partes: “El androide en nueve tiempos” y “Quimeras de tres orillas”.
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La primera parte contiene los cuentos: “Las Furias de Menlo Park”, “Romanza de la niña y el pterodáctilo”, “Las tres Alicias”, “Pacto de caballeros”, “Las entrañas del Turco”, “Guía de ruso para principiantes”, “Antes del hambre de las hienas”, “Viaje al centro de una chistera” y “Of Mice and Girls”.
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Mientras que la segunda parte está compuesta por tres cuentos: “Galatea en Brighton”, “Miranda en Chalons”, “Circe en Galápagos”.
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Los doce relatos, según cuenta Padilla, en las referencias que aparecen en la parte final del libro, tienen una base teórica. A Ignacio sólo le correspondió armar las historias que cada texto exigía.
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Los cuentos presentados por el ganador del Premio Juan Rulfo 2008 -por su cuento Los anacrónicos-, coinciden en su brevedad, pero también por la maestría con la que atrapa a sus lectores, casi de manera inexplicable.
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Soy un lector lento. Pensaba leer este libro con calma, un cuento por día, pero cuando empecé a leerlo, me di cuenta, de pronto, que ya había terminado de leer la primera parte en un abrir y cerrar de ojos.
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A Ignacio Padilla lo caracteriza el manejo de un lenguaje amplio y cuidadoso. Esta no es la excepción. El lector que se topará con un libro que mezcla el estilo borgiano (lo fantástico) con el cortazariano (por aquello de la contundencia aplicada en cada final).
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Padilla construye un mundo tan real que no parece fantástico. He ahí el don de la verosimilitud. El hecho de imaginarse al autor de las dos Alicias: en el país de las maravillas y a través del espejo, en sus últimos días, desesperado por recomponer su libro y dar paso a una tercera versión de Alicia, es relatado por Ignacio de una manera agraciada que termine creyendo que lo leído era una crónica, cuyo único fin era dar veracidad al acontecimiento.
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Como bien dice la contraportada del libro, este libro es un catálogo de muñecas, androides, quimeras, de igual forma, creo, de obsesiones y descubrimientos que terminan en: la destrucción y la fatalidad.Cuentos concisos y precisos. Leves y exactos. Redondos. Bellos y envolventes. Una lectura que estoy seguro a más de uno hará pensar y pasar un rato ameno, provechoso.

martes, febrero 24, 2009

La imposible soledad del mexicano

Diario Milenio-México (24/02/09)
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Apesar de lo que se haya argumentado en aquel famoso ensayo escrito justo a la mitad del siglo XX, tengo la impresión de que el mexicano está estructuralmente imposibilitado para estar solo. La explicación no radica en ningún entramado cuasi metafísico con fecha de origen en la conquista del continente ni en algún complejo psicologista teñido con datos del novohispano. No le debemos esa artera imposibilidad tampoco a la modernidad, o la falta de modernidad, a la que se le achacan tantas cosas en estos tiempos. La razón, me parece, es más práctica y, como se dice, más prosaica, y le corresponde, además, al presente. En una sociedad donde casi todo funciona como puede, y no como debe, uno siempre acabará necesitando, como bien lo decía aquella canción de los Beatles, de la ayuda de sus amigos. Para lo cual hace falta, por principio de cuentas, tener amigos —un complejísimo proceso que, como todo mundo sabe, precisa de un uso bastante improductivo, aunque también bastante placentero, del tiempo que, en esos otros países donde todo funciona como debe y no como puede, simplemente no existe.
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Para ejemplo basta el mítico botón. Si el Mexicano (así con la mayúscula M esencialista) algún día pretende, emulando a cierta película estadounidense, encerrarse en su propio laberinto acompañado únicamente de su computadora, no faltará el súbito corte de luz que acabará (porque en su falta de planeación ese Mexicano no se habrá hecho de un regulador de voltaje) con su disco duro, razón por la cual tendrá que salir de su habitáculo para lidiar (sin posibilidad alguna de éxito) con el vendedor de computadoras y, luego, con el amigo aquel que conoce a un amigo que, a su vez, tiene un conocido experto en este tipo de percances. Si por alguna milagrosa razón, no hubiera corte de luz en esa zona, no faltaría de cualquier manera el husmear (es uno de los derechos humanos en la ciudad de los muchos) ya discreto o indiscreto de la vecina o, de plano, el toquido sobre la puerta, de preferencia a deshoras, del vecino ése que invitó a sus cuates al depa pero se olvidó del descorchador. He ahí el meollo del asunto: ese Mexicano no puede estar solo.
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Pero sigamos con el ejemplo. Supongamos que ese Mexicano que desea contra toda posibilidad real vivir en la más absoluta de las soledades tiene que pagar, como cualquier otro mexicano, la luz (puesto que de otra manera no logrará su cometido de estar encerrado en su laberinto con su computadora). Como es bien sabido, pagar por los servicios básicos es un sofisticado proceso que, en su gran mayoría, requiere de la presencia física del contribuyente. Así entonces, a menos que ese Mexicano tenga un ejército de mensajeros rescatando y pagando recibos de esto y de lo otro en distintos bancos y comercios de la ciudad (lo cual, de hecho, implicaría un contacto bastante organizado con sus subordinados), ese Mexicano tendrá que desplazarse por las calles de la ciudad hasta formar parte de las colas que tienden a organizarse por el más endeble de los motivos. ¿Y qué sucede en las colas de las más diversas ciudades mexicanas? La gente habla, por supuesto. La gente pregunta o le espeta al silencioso que busca afanosamente su propia soledad la historia en turno. La gente se le acerca y, sin respetar los 4 u 8 metros de distancia personal, le toca el codo o le roza el hombro mientras le invita un cafecito —aguado, sí, pero caliente— porque la mañana, ya ve usted, se puso fría y así nomás no se puede vivir. Ahora que si a ese Mexicano le han cortado la luz... Y si a ese Mexicano se le ocurre, en pleno uso de sus facultades, enfermarse…
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Los laberintos nacionales no están hechos de pasillos huecos por donde resuenan los ecos de las voces aisladas. Ese ruidito incómodo. Ese constante rechinar. El poder que se ejerce desde arriba sin afán alguno de reconocer como ciudadanas a las voces que emergen de todos los puntos del territorio de lo social vive, en efecto, en el centro de su propio laberinto de la soledad. El poder que se mira a sí mismo verse (y se encuentra además hermoso) vive, en efecto, en un laberinto hecho de espejos propios. Su propia saciedad. Los verticales, los unívocos, los que sí tiene para mandar a otros a que paguen la luz, pues, pueden gozar o sufrir, según les venga en gana, de esa soledad que los otros, los muchos otros que, por ser muchos, en realidad somos los unos, estamos estructuralmente imposibilitados a tocar. Si el Poder toca la puerta y la Mexicana que se esconde dentro contesta, en un prurito de humildad, “no hay nadie”, seguramente es porque sabe que pronto le cortarán la luz. Presas de la cacofonía o de la imprecación o del relajo, las voces que se multiplican por las paredes porosas y escindidas de esos laberintos llenos de gente le pertenecen por igual a la queja y a la animadversión. Tal vez no sería descabellado pensar que también le han pertenecido a una soterrada conversación que pocos, dentro de sus propios laberintos, se han aprestado a escuchar.

El sueño de ser otro

Diario Milenio-México (23/02/09)
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1 De la sangre al espíritu
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Alguna vez ha dicho Javier Bardem que su sueño de actor sería llegar a viejo y reunir en una sola habitación a cuanto personaje ha interpretado, esperando que fueran todos tan diferentes que no pudieran entenderse entre sí. Para los detractores del actor, que ya sólo por serlo tienen ante sí una labor titánica e ingrata, semejante declaración es constancia sobrada de megalomanía, pero lo cierto es que hasta hoy nadie le ha visto a Bardem dos personajes afines. Inquisidor, sicario, desempleado, escritor, policía, Village People, cuadrapléjico, con cada uno se ha inventado de nuevo y es seguro que entre ellos jamás se han dirigido la palabra; si han de estar juntos es para formar parte de una tribu imposible, su Village People personal. Todo lo cual, parece, no acaba de ser grato a los ojos de aquellos entre sus detractores que lo son con mayor virulencia porque se consideran parte de su tribu.
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Pierde el tiempo quien busca explicaciones razonables a los celos tribales, fruto de alguna mezcla emponzoñada de envidia, despecho, frustración y revancha, entre otros pestilentes ingredientes. Vale más, para el caso, apreciar a esta expresión folclórica del rencor por la riqueza de su aportación. Escuchar en las calles de Madrid denuestos repetidos contra un actor de la calidad de Javier Bardem parece francamente estrambótico, aunque seguramente menos de lo que se verá de aquí a unos años, cuando sus malquerientes se miren finalmente obligados a frenar el mezquino regateo y benévolamente le perdonen la vida. ¿Cómo certificar que uno hace bien las cosas, sino mediante el generoso juicio reprobatorio de los guardianes del espíritu tribal? ¿No es verdad que lo que estas personas más aprecian y esperan es la repetición prosaica y desvergonzada de lo que antes ya vieron y disfrutaron? ¿Cómo se atreve Bardem a ser otro, y otro, y otro, con la correspondiente dificultad para volverlo símbolo de nada o ejemplo para nadie? ¿Qué le cuesta ser lo bastante humilde para aburrirse un poco mientras sus detractores se divierten? Me queda la impresión de que si un día Bardem les diera gusto, por esa sola causa lo crucificarían. Lo menos fotogénico de los celos tribales no es que les falte causa, sino que acepten una u otra cualquiera con tal de seguir vivos y calientes.
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2
Videntes y autodidactas

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Uno de los aspectos en teoría entrañables del sentimiento de tribu tiene que ver con el convencimiento de que se pertenece a ella en cualquier circunstancia, pero pasa que tanta coincidencia de vísceras dificulta advertir que la entidad tribal carece, entre otras cosas, de cuerpo y opinión, y puede ser tan grande o tan pequeña como resuelvan quienes se expresan en su nombre. Un grupo de exaltados, una camarilla, una banda de asesinos. Cualquiera puede hablar en nombre de la tribu y echar pestes de quien juzga que ha traicionado su espíritu. Pues quienes interpretan el sentir de la tribu encuentran que la suya es ánima quisquillosa. Qué trabajo sabroso debe de ser ese de encontrarle alma a los conceptos y dialogar con ella de tú a tú. Invocar, por ejemplo, ya no al abuelo ni al marido difuntos, sino al Espíritu de la Mexicanidad. ¿Quién necesita un médium para esa chamba, si ya a todos nos consta que dicho fantasmón habla hasta por los codos que tampoco tiene? ¿Cómo quieren que uno le pague algún respeto al tal espíritu, cuando éste tiene la costumbre de elegir por voceros a los más ignorantes, insidiosos y falsos entre sus lamesuelas?
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No es, por supuesto, un mal exclusivo de mexicanos y españoles, y quizá forme parte de la razón de ser de toda tribu. No se espera que se abran las tribus por gusto, ni que sus miembros más talentosos asciendan más allá de lo tolerable. Cierta vez, un amigo australiano se gastó un par de horas intentando explicarme por qué los australianos que conquistaban el mercado norteamericano dejaban para siempre de ser australianos. De los Bee Gees a Nicole Kidman, pasando por Paul Hogan y cualquier otro actor que haya interpretado en Hollywood a un connacional suyo, le parecían todos gringos inconfundibles. Nada muy diferente decían los brasileños de Tom Jobim, que vivía habituado a la reverencia de todas las tribus y el desdén de la propia.
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3
Nostalgia por el otro
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Pergeño estos renglones luego de ver la entrega de los Independent Spirit Awards, un ritual refrescante que se ahorra en pompa y mal gusto lo que invierte en ingenio y espontaneidad. Razones más que buenas para que sea completamente opacado por la gala del Óscar, cuyo más grande mérito consiste en asumir como universal una entrega de premios estrictamente local, con la epidemia de agoreros consecuente: orgullosos no tanto de entender de cine, como de predecir los resultados de acuerdo con el espíritu de la academia que los juzga. Un espíritu ñoño, si he de dar mi opinión en torno al tema abstracto por excelencia. Medio mundo se ufana de conocer el espíritu de los que llama suyos, hasta el punto de poder advertir en qué momento dejan de ser suyos y deben ser sumados a una lista de traidores que crece cada vez que un miembro de la tribu tiene el atrevimiento de crecer por su cuenta. ¿Pues qué se cree?, tiemblan de indignación los administradores del espíritu tribal, honroso cargo para el que cada quién se designa a sí mismo, no faltaba más.
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Si el Óscar agasaja mayoritariamente a los afortunados establecidos, el cine independiente se celebra a sí mismo asumiendo su perpetua escasez de presupuesto como una condición más pasional que heroica. Sin conocer los límites de cada tribu a la que alguna vez he pertenecido, celebro en el momento los premios a Penélope Cruz, Charlie Kaufman y Mickey Rourke, nombres que pertenecen a todas las tribus y a ninguna. Ser uno, y otro, y otro, le guste o no al gurú de la tribu. Qué envidia, Javier Bardem. Salud por ese club de perfectos extraños.

Cartesiana

Diario Milenio-México (23/02/09)
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La Periodista y yo coincidimos como presentadores de un libro. Aunque nunca nos habíamos topado cara a cara hasta entonces, yo tenía noticias suficientes de quién era ella y ella creía saber a la perfección quién era yo, de ahí que me recibiera con un “Qué bien que hayas logrado un espacio cultural en Televisa; lo único que me preocupa es ¿cómo vives con la autocensura?”. En vano hube de explicarle que, a lo largo de casi dos años que llevo trabajando en dicha televisora, nunca he sido víctima y ni siquiera testigo de episodios de censura, ya infligida desde dentro, ya desde fuera. Y digo en vano porque no hubo manera de convencerla de ello. (Acaso valga consignar aquí que La Periodista trabaja en La Jornada).
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Minutos después presentábamos ya el libro y ella aprovechaba cada oportunidad para digresiones pasionarias en las que enarbolaba una agenda a todas luces política y, sobre todo, para hacer mofa, a mi juicio paranoide, de la empresa en la que trabajo y de lo que ésta, a su entender, representa. Me declaro culpable: no pude sino contestarle con la expresión de mis fuertes reservas a propósito de su visión y de la del medio en que colabora. La cosa terminó (casi) en pleito, para deleite de la concurrencia morbosa y gozosa y de la representante de la editorial, feliz de haber brindado al público un buen espectáculo y de haber postulado el libro presentado como capaz de generar consensos en virtud de su calidad, incluso entre personas tan opuestas como La Periodista y yo.
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Cuando menos entretuvimos. (El entripado quién me lo quita).
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El sábado pasado vi una película que me gustó mucho. Trata de un cura, que puede o no ser compasivo, que puede o no ser generosísimo, que puede o no ser inmoral, que puede o no ser pederasta. Su némesis es una monja, que puede o no ser un monstruo de oscurantismo y de conservadurismo, que puede o no ser una mentirosa a su vez inmoral (y por tanto puede o no ser una traidora a los principios de la fe que con tanto celo profesa), que puede o no ser una heroína, que puede o no ser la salvadora de generaciones de niños por venir.
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La acción esta ambientada en 1964. El cura y la monja trabajan en una escuela religiosa en la que, gracias a una beca, acaba de matricularse un primer alumno negro. El cura es particularmente amable con este alumno negro: se erige no sólo en su único amigo en ese entorno hostil y nuevo sino en una suerte de figura paterna, fuente de escucha y orientación cuando, en casa, su propio padre no le prodiga sino gritos y golpes. Un día, el alumno negro es llamado al cubículo del cura y regresa a clase en actitud de desazón y con aliento alcohólico. Sin más información que ésa, la monja se convence de que el cura ha abusado sexualmente del niño. Acosa y después acusa al cura, pero no logra extraerle una confesión y menos una renuncia. Habla con la madre del niño pero ésta, consciente de la homosexualidad incipiente de su hijo, de las palizas que le propina su padre por ello, de lo solo y desamparado que está el niño y de que su permanencia en la escuela parecería su única vía para salir de la pobreza, le manifiesta su beneplácito por la relación de éste con el cura, sea ésta de naturaleza sexual o no: al menos alguien lo atiende y lo escucha. Pese a ello, la monja cree su deber alejar al cura de la escuela: así, urde una mentira para atemorizarlo y logra que pida su cambio a otra congregación. Al final, el cura es transferido a otra escuela, más prestigiada, más poblada. Al final, la monja rompe en llanto. ¿Ha sido injusta o justa con el cura? ¿Ha salvado o condenado al alumno negro? ¿Ha faltado a sus votos con su mentira? ¿Ha puesto en riesgo ahora a más niños? Lo único cierto es que sus certezas se tambalean. Ahora duda.
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-Ceno con El Escritor. Le narro mi encuentro con La Periodista, anticipando su simpatía conmigo. He aquí, sin embargo, que El Escritor y La Periodista también son amigos. Y que, si bien El Escritor no comparte sus ideas, tiene afecto por ella y el mayor de los respetos por su trabajo. (En ello tiene razón: La Periodista es solemne, sí, pero también seria.) Así, no puede evitar lanzarme una pregunta azorada:
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— ¿Pero por qué te cae tan mal?
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Antes de responder, me tomo unos segundos para meditar mi respuesta (la pregunta lo amerita):
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—Porque me cuestan mucho trabajo las personas que tienen certezas.
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Sólo entonces accede El Escritor a brindar conmigo.

viernes, febrero 20, 2009

Finalistas del I Premio de Narrativa Breve Rivera del Duero

El jurado del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero ha elegido a los seis autores finalistas de esta primera edición del certamen. Las seis obras han resultado seleccionadas entre los más de quinientas manuscritos presentados por escritores de veinticinco nacionalidades diferentes. El perfil de cada uno de los finalistas es muy heterogéneo aunque todos ellos están ligados desde hace tiempo al mundo de las letras, habiendo publicado otras obras con anterioridad.
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AUTORES Y OBRAS FINALISTAS
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· Fernando Iwasaki (Lima, 1961), con España, aparta de mi esos premios
· Eduardo Halfón (Guatemala, 1971), con Los cuentos del cuartel.
· Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), con Mirar al agua.
· Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), con Llegado el momento.
· Pedro Ángel Palou García (Puebla, 1966) con Demonios en casa.
· Luciano González Egido (Salamanca, 1928), con Vísperas de la nada.
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SEIS AUTORES INTERNACIONALES
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· Fernando Iwasaki es escritor, columnista y docente universitario. Su vida y sutrayectoria profesional han transcurrido entre España y su país natal, Perú. Enla actualidad dirige la revista literaria Renacimiento, la Fundación CristinaHereen de Arte Flamenco y es columnista del diario ABC. Es autor de ensayos,novelas y cuentos como Tres noches de corbata, Inquisiciones Peruanas y Helarte de Amar. Ha recibido varios galardones como el otorgado por la Conference on Latin American History Grant Award o el Premio Algaba.
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· Eduardo Halfon es un joven escritor guatemalteco, autor de obras como Decabo roto, El ángel literario, Siete minutos de desasosiego y El boxeador,escritos que han sido traducidos al serbio y portugués. En el año 2007 integró la lista de seleccionados Bogotá 39.
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· Javier Sáez de Ibarra es natural de Vitoria, aunque desde hace años reside en Madrid. Trabaja como profesor de Lengua y Literatura en un instituto. Ha publicado los libros de relatos El lector de Spinoza y Propuesta imposible que tuvo una excelente acogida de la crítica; y el poemario Motivos. Escribe ensayos y textos de creación que han aparecido en diferentes revistas.
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· Juan Carlos Márquez es un escritor bilbaíno cuyo trabajo ha sido reconocidocon diversos premios, como el Tiflos de Cuento (2008), el premio Rafael González Castell (2005) y el "Unión Latina", premio Juan Rulfo al escritornovel (2003). Su última obra, Norteamérica profunda, ha sido finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España.
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· Pedro Ángel Palou García es un autor mexicano nacido en Ciudad de Pueblaque ha alumbrado una gran diversidad de obras, incluyendo ensayos, novelas,textos literarios y crónicas históricas. A lo largo de su vida ha desempeñado multitud de ocupaciones, como la de profesor universitario, investigador,editor, promotor cultural, chef o árbitro de fútbol, trabajando en el periodo entre 199 y 2005 como Secretario de Cultura del Gobierno del Estado dePuebla. Pedro Ángel Palou se describe como un autor polifacético que ha alumbrado más de treinta novelas, algunas de las cuales han sido galardonadas con reconocimientos de prestigio, como el Premio Nacional de Historia, el Premio Nacional de Literatura o el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores por su obra Con la muerte en los Puños.
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· Luciano González Egido nació en 1928 en Salamanca, aunque en 1963 setrasladó a Madrid. Trabajó en el periodismo, el cine y la televisión y no es hasta 1993 cuando publica su primera novela, iniciando una carrera en la quele han sido concedidos ya varios reconocimientos, entre ellos el Premio Miguel Delibes por El cuarzo rojo de Salamanca, el Premio Nacional de la Critica por El corazón inmóvil, el I Premio de la Critica de Castilla y León por La piel del tiempo y, en 2004, el Premio Castilla y León de las Letras.
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ENTREGA DEL I PREMIO DE NARRATIVA BREVE RIBERA DEL DUERO
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La Denominación de Origen Ribera del Duero entregará el 26 de marzo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el I Premio Internacional de Narrativa Breve. Al evento está prevista la asistencia de personalidades del mundo de la cultura, a quienes acompañarán otros invitados por el Consejo Regulador ribereño. El I Premio de Narrativa Breve fue convocado por el Consejo Regulador Ribera del Duero el pasado año, durante el XXV Aniversario de esta Denominación de Origen. El certamen literario, de carácter bienal, está organizado en colaboración con la Editorial Páginas de Espuma, destacado sello en el género del Cuento español y latinoamericano. El interés que ha despertado el I Premio Internacional de Narrativa Breve, que en su primera edición ha recibido más de quinientas obras (se adjunta dossier con los datos de participación), lo convierten en uno de los más importantes en su categoría,tanto en España como en Latinoamérica.

miércoles, febrero 18, 2009

"¡Qué viva el ocio!"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 18/02/09)

No hay fin de semana más saludable para estos días de crisis que el pasado. Aclaro nada tiene que ver con el catorce de febrero. La sanidad de la que hablo me la provocó un par de ensayos demasiado frescos y combativos. El culpable, querido lector y lectora, es Rafael Lemus con su libro “Contra la vida activa” editado por -la desenfadada y bien dirigida- editorial Tumbona. Este libro viene a ser el round (o número) nueve, perteneciente a la colección “versus”. Lemus escribe dos ensayos: “Elogios de las cosas” y “Elogio del aburrimiento”. En ambos textos el nombrado autor invita al lector a reflexionar sobre su situación y contexto actual en el que se encuentra. Le pide unos minutos de su atención para discutir sobre un tema: la búsqueda de una vida feliz, plena. Lo que todo humano desea en esta vida.
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Pero momento querido lector, nuestro autor en cuestión no receta determinadas fórmulas para alcanzar la meta. Al contrario, combate toda ecuación conocida y sugiere que se despierte a la realidad que rodea y perjudica a cada uno de los humanos que habitan el planeta. Lemus, de manera combativa y amena, apunta que la vida contemporánea es extraña, contradictoria, pues en estos días la felicidad se vende como este asunto de trabajar muchas horas libres para obtener un sueldo “bien merecido”, aunque mal pagado, y así poder comprar artículos diferentes y objetos varios que nos harán la vida más placida. Y sobre todo se busca combatir al ocio (tiempo libre), ya que la nueva visión ve a tal como un mal social.
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Empero han olvidado que el ocio es saludable, porque es un respiro, una oportunidad para estar con uno mismo, para tirarse en el pasto y gozar de algo natural o simplemente para no hacer nada. Pero eso es insano y criticado. Los padres no pueden ver a sus hijos tirados en la cama un fin de semana, porque, dicen, desperdician su vida. Que mejor deben buscarse algo productivo que hacer como trabajar para obtener algún sueldo y volverse activos socialmente. Sólo así podrán entender lo que es la vida y convivir en ella. Lo cual no está alejado de la realidad. La estabilidad emocional, personal y social se gana trabajando ocho horas diarias en una oficina, soportando malos tratos del patrón; maltratando al cliente; comiendo fast food en el tiempo libre; viboreando al colega del escritorio vecino; llegando a casa fundido a medio comer luego ver las noticias y enterarse que al mundo se lo lleva el carajo. Eso señala Lemus es la calidad de vida que se anhela. Y se anhela, porque se tiene miedo a “no hacer nada”. En ese “no hacer nada” se puede leer un libro, ver una película, hacer el amor, ver la salida del sol en el mar, en fin, captar bellos momentos que podrán dar plenitud a la vida. Sin embargo, eso es no ganar dinero, es perder el tiempo y la vida es corta como para darse ese lujo.
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Un libro para leer en un rato de inactividad que al menos le arrancará una sonrisa, en el peor de los casos; en el mejor, le dará la esperanza de que aún es tiempo de no malgastar su vida, convirtiéndose en un ente sin ociosidad, como fueron en un inicio los trabajadores de “Metrópolis” (Fritz Lang). Hay que aspirar a la rebelión o la vida que plantea Jean-Pierre Jeunet en su “Amélie”.

martes, febrero 17, 2009

Las ruinas convocantes

Diario Milenio-México (17/02/09)
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A un lado de la carretera que pasa por el poblado de La Rumorosa, en el centro de un pequeño valle rodeado de rocas gigantescas, emergen espectrales las ruinas de las edificaciones que alguna vez conformaron Campo Alaska. Ya no son lo que fueron, es cierto, pero lo que fueron —una estación militar y un fortín y una escuela y una casa de gobierno durante los salvajes veranos mexicalenses, antes de convertirse en un manicomio y un hospital para tuberculosos entre 1929 y 1955— refulge de manera extraña en las paredes vandalizadas y los techos abiertos al cielo en dos de los tres edificios originales del complejo. Basta con detenerse un poco para sentir sobre el rostro el viento cortante de la sierra. Basta con cerrar los ojos para oír los rumores que vienen de lejos. Hasta aquí llegaba o de aquí partía —según se fuera o se regresara de Mexicali— el Camino Nacional que, gracias a constantes explosiones de dinamita, empezara a construirse hacia 1916 y que, según dicen, el compositor Agustín Lara bautizó en alguna memorable ocasión como La Rumorosa debido al peculiar sonido del viento en la zona. De la mano del viento, los rumores. Aquí: Alaska.
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Siempre hay algo entre seductor y espantoso en los edificios donde han vivido los locos. Imposible avanzar sin sentir que se avanza exactamente sobre los pasos de sus sombras. Una huella, dos. Imposible alzar la vista y observar el cielo a través de la alta ventana cruzada por rejas sin invocar la mirada perdida o ansiosa que se posó hace tantos años ahí, por primera vez. Imposible tocar la argolla que, sobre el piso, todavía recuerda las extremidades encadenadas de los desdichados de Alaska. Imposible entrar, pues, al gran edificio que, después de ser una estación militar se convirtiera en el Pabellón para Dementes, sin experimentar la extrañeza primigenia de lo que estuvo por 26 años más allá de la razón. Ahí, con espaciadas visitas médicas y con la atención más bien interrumpida de unos cuantos enfermeros, en el corazón de una comunidad formada casi exclusivamente por hombres —los ingenieros, los militares, los trabajadores— un puñado de enfermos y de enfermas (un total de 45 en 1955) se enfrentaron al paisaje lunar de La Rumorosa con la misma falta de esperanza que suele acompañar a las expulsiones radicales y los largos exilios.
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Y ahí, en Campo Alaska, mientras la mano se desliza cautelosamente sobre la baldosa y la frente se recarga sobre lapared blanquísima en un gesto de cansancio y de desolación confundidas, queda de alguna manera en claro porque cuando terminó la vida administrativa y médica del Manicomio La Castañeda en 1968, las autoridades de la Ciudad de México decidieron también desaparecer el edificio completo. Poco importó entonces el diseño arquitectónico que, desde el primero de septiembre de 1910, produjo un orgullo claramente modernizador entre magos del progreso del gabinete porfiriano. Poco importó que la fachada del edificio se hubiera convertido, unos 50 años después de su fastuosa inauguración, en un emblema de Mixcoac —un poblado más bien bucólico a inicios de siglo y un barrio populoso y pujante a mediados del mismo. Lo que importó fue, sin duda, deshacerse de la evidencia: esa ruina que, por serlo, tendría la posibilidad infinita de convocar a las voces —las del pasado y las del futuro— que pululan en los otros muchos lados de la razón. De ahí el hechizo de la ruina, su poder.
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A mediados de la década de los 20s, mientras intentaba de alguna manera evadir el calor asfixiante del verano mexicalense, el gobernador Abelardo Rodríguez se llevó la casa de gobierno y parte de su ejército a la sierra, allá donde el aire freso y la nieve del invierno hicieron pensar a más de uno en la palabra Alaska. Un punto equidistante entre Tijuana y Mexicali también le permitió al gobernador Rodríguez una férrea vigilancia sobre zonas neurálgicas fronterizas, así como una facilidad de movimiento que garantizaría el ejercicio expedito de su poder. Que apenas unos años después, ese mismo sitio fuera utilizado para concentrar enfermos mentales y tuberculosos vuelve a hacer intrigante el lazo que une a los grandes proyectos de modernización pre y posrevolucionaria con el surgimiento de instituciones especializadas en el tratamiento de los locos.
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A la orilla de la orilla, en las inmediaciones de un paisaje que recuerda los horizontes de planetas ya desaparecidos o todavía sin nacer, Campo Alaska sigue convocando los ecos de sus propios delirios —los ecos de la posrevolución temprana, un tiempo animado por una fe casi ciega en la capacidad redentora del progreso, y los ecos del dolor de los locos, como siempre mostrando el lado más frágil y más oscuro de esos procesos de modernización que tanto suelen animar a los gobernantes más diversos. Ahora ya no queda nadie: apenas unas cuantas paredes a punto de caerse. Ahora sólo queda el viento, incansable. Es el mismo viento que azota, diríase que sin piedad, a una nación convulsa y volátil y rota a la mitad.

lunes, febrero 16, 2009

Debates-TV & Novelas

Rodrigo Fresán (Página 12-15/02/09)
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Si por un lado se suele agitar el latiguillo de que si los grandes escritores clásicos vivieran escribirían guiones para televisión, también se insiste en el potencial novelístico de muchas series de la más reciente producción norteamericana. Aun así, la Gran Novela Americana parece seguir siendo un asunto estrictamente literario. ¿O no? ¿O ya no tanto?
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No pasa semana sin que algún intelectual de renombre diga eso de “Si Cervantes/Shakes-peare/Austen/Dickens/Dumas/Proust viviera, hoy estaría escribiendo guiones para la HBO” o algo por el estilo. Y lo dicen con la misma feroz satisfacción con que el publicista Dan Draper ilumina un slogan cualquier noche de estas, en las oficinas de la agencia Sterling-Cooper, en cualquier episodio de Mad Men.
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Semejantes afirmaciones un tanto alucinadas se continúan con un más acertado “vivimos una edad dorada de la televisión” para rematar con “la caja boba es inteligente”. Pero, enseguida, la cosa vuelve a complicarse cuando alguien suelta como si nada un “La Gran Novela Americana se escribe en estos días como guión de serie televisiva”. Y, así, otra vez, volvemos a sintonizar el colorido fantasma de Scherezade y el epiléptico ruido blanco del zapping.
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Está claro que, hoy por hoy, la televisión ha incorporado lo mejor del gran cine (sí es posible pensar que si Mario “El Padrino” Puzo estuviera aún entre nosotros escribiría para la HBO y habría sonreído un cameo en Los Soprano), se ha quitado de encima tabúes y límites gracias a esa zona libre que son los canales de pago. Y que buena parte de los mejores actores y actrices a los que ya nada tiene para ofrecerles o pedirles un celuloide cada vez más adolescente y efectista (pienso en Glen Close en Damages o Gabriel Byrne en la tan tensa como reposada In Treatment) gravitan con naturalidad y gracia hasta la pantalla pequeña cada vez más grande y ocupando un espacio cada vez mayor en las salas de los hogares de esta nueva Gran Depresión. En los años ‘20, la gente buscaba olvidarse de todo con los lujosos musicales de Hollywood. Aquí y ahora, gratifican más los revolcones cortesanos de esa Dallas medieval llamada Los Tudor o el trance casi hipnótico producido por la jerga hermética de House, Bones o de la tarde o temprano inevitable fundación de CSI Palermo.
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Y sin necesidad de salir de casa.
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Pero: ¿la Gran Novela Americana? Y de ser así: ¿entonces se supone que Gran Hermano y cualquier otro reality son algo así como ejercicios vanguardistas de escritura automática?
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No hace mucho, el escritor y guionista Richard Price (autor de varios capítulos de la serie) se refería a la magnífica The Wire como “esa gran novela rusa que transcurre en Baltimore”. Y sus palabras tienen su gracia: The Wire –posiblemente lo mejor que ha dado el formato en estos tiempos revolucionarios– bien podría llamarse La guerra y la guerra. Y, sí, hay algo de aliento tolstoiano en su ambición panorámica, en el perfecto trazado de personajes, en una trama que se expande y se contrae y no deja piedra sin voltear o esquina sin investigar. Pero no creo que sus intenciones pasen por ser una nueva especie de novela sino, sencillamente, por consagrarse como un nuevo estilo de televisión. Algo parecido a lo que la novela experimentó entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX.
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“Esto no es televisión”, proclama, críptico, el lema de la HBO cuando en realidad debería decir: “Esto sí es, por fin, televisión y lo que la televisión siempre debería haber sido; disculpen, por favor, las molestias ocasionadas por la demora, prometemos que no volverá a ocurrir”.
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¿Y cómo fue que empezó todo, cuál fue el momento en que la bestia comenzó a despertarse de ese largo y apenas interrumpido letargo? A mí me gusta pensar que lo que vivimos ahora nació con el Twin Peaks de David Lynch, el Seinfeld de Jerry Seinfeld y Los Simpson de Matt Groening. Cada una, a su manera, conseguía lo mismo: alterar para siempre nuestra idea de tempo dramático televisivo. Así, de pronto, un medio de lenguaje hasta entonces escolar, económico y legible, proponía las opciones de no comprender nada, de que no pasara nada y de que el desgastado territorio de la family sitcom se reinventara en un lujoso caos animado y amarillo donde se invocaban desde los espectros de los viejos y sangrientos dibujos animados al fantasma verdadero de Thomas Pynchon.
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Ahí comenzó todo y aleluya. Pero creo que no es conveniente confundirse. De acuerdo: Band of Brothers podría ser una novela de James Jones, Six Feet Under una novela de Anne Tyler, Deadwood una novela Elmore Leonard, Battlestar Galáctica una novela de Dan Simmons, Mad Men una colaboración entre John O’Hara y John Cheever, Los Soprano una novela de George Pelecanos, Perdidos una novela de Philip K. Dick, El Ala Oeste una novela de Tom Wolfe, John Adams una novela de Gore Vidal, Mujeres desesperadas una novela de... pero no son novelas. Ni lo quieren ser. Y, atención, los guiones –que yo sepa– no los firma nadie que pueda demostrar
fehacientemente haber escrito la Gran Novela Americana. Tampoco creo que les interese: hay más dinero en escribir para la tele.
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Y dos apuntes curiosos: ¿dónde están las adaptaciones catódicas de Grandes Novelas Americanas como Moby-Dick, El gran Gatsby, la Trilogía Snopes, Las aventuras de Augie March, la Tetralogía de Conejo, Falconer o Meridiano de sangre? Respuesta: en ninguna parte –queda clara que la agenda de HBO, Showtime, AMC & Co. es muy diferente a la de la BBC– y para qué complicarse cuando se pueden comprar bastardas y graciosas novelas de Charlaine Harris y Jeff Lindsay, ennoblecerlas y rebautizarlas como True Blood y Dexter y convertirlas en clásicos del video?
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Y otra cosa: si se trata de insistir en la potencia novelística de la nueva televisión, ok, de acuerdo. Pero introduzco un matiz: las grandes series de hoy solo funcionan –novelísticamente hablando– cuando el espectador/lector dispone, por lo menos, de una temporada completa y puede administrar tiempos e intensidades como si se tratase de un libro. De otro modo, buena parte de lo mejor que se emite por estos días –semana a semana– resulta insuficiente y no satisface del mismo modo en que alguna vez lo hicieron los sucesivos capítulos de algún folletín victoriano. Así, no es que estemos viviendo una edad dorada de la TV sino una edad dorada del DVD. Créanme: se los dice alguien que tuvo la paciencia y la disciplina de esperar varios años a que concluyera Los Soprano y recién entonces irse a vivir, feliz, a esa casa de New Jersey durante un par de meses.
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Volviendo a lo del principio: a la hora de la eufórica traslación espacio/temporal de los grandes titanes de la literatura, nadie se detiene a preguntarse si ellos serían felices con el cambio. Fitzgerald y Faulkner y Huxley y Mann y Yates –entre muchos otros– no la pasaron demasiado bien escribiendo para las cámaras de los grandes estudios.
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Por otra parte y hasta donde yo sé, Hank “Californication” Moody todavía sueña con escribir la Gran Novela Americana.
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Y quiere que primero la lean.
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Y después, si hay suerte, que la miren por TV.

Nostalgia por Monópolis

Diario Milenio-México (14/02/09)
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1. La gula original
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Hay juegos infantiles que uno rememora con la nitidez propia de un suceso reciente, como podría ser el caso del Turista. Amén de ser un juego apasionante y absorbente, se trataba una suerte de aventura maratónica que conseguía tener a varios rufiancitos quietos durante varias horas en torno a un gran tablero de cartón. Un juego de avidez, también; quizá lo más cercano al póker que podía uno jugar sin sufrir la censura de sus mayores. Si al principio el placer consistía nomás en dar la vuelta al tablero y por ese solo hecho hacerse de una guapa marmaja, no había después deleite comparable al de ver caer a los otros en la casilla donde acababa uno de plantar un hotel. Y luego dos, y tres, en una desbocada carrera por convertir a los demás competidores en clientes cautivos y empobrecidos. Recuerdo que no había gozo comparable al de ir desplumándolos uno por uno, luego ir absorbiendo sus negocios y propiedades, de manera que nadie más lograra hacer negocios en todo el tablero. Sueño de niño goloso: poseer la pelota, la cancha, el estadio, la liga.
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Comprende uno el sentido del Turista cuando lo juega en su versión más descarnada, que es el Monopolio. Se juega a ser magnate y poseer el mundo. Incluso se presume, con arrebatadora candidez, que quien gana en el juego tiene las aptitudes para ser un magnate en la vida real. Corrección: un monopolista, que es algo así como un emperador comercial. Más que una estricta visión de negocios, lo que despierta un juego como el Monopolio es una panorámica napoleónica, de la mano de un cáustico sentido del humor que permite cebarse en los contrarios y hacerlos picadillo con la ironía y el desdén propios del nuevo rico, todo dentro de un juego que al final no enriquece ni empobrece a nadie, si bien a veces llama a monstruos ocultos que habrían hecho mejor en jamás asomarse. Pocos necios existen tan temerarios e intransigentes como un mal perdedor del Monopolio. Se les ha visto destrozar tableros, y hasta tomar tribunas y bloquear avenidas.
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2. Marchante mata filántropo
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Hay quien espera del jugador que va ganando que sea generoso y reparta los beneficios del negocio hasta acabar con él. Expectativa no menos gaznápira que la del agiotista empeñado en exprimir al cliente y al empleado hasta que ya no queden unos ni otros. Quien posee un negocio busca las condiciones óptimas para ganar una rebanada mayor del mercado. Si habla públicamente al respecto, se entiende que será en favor de ese objetivo y contra todo cuanto lo dificulte. No me imagino al dueño de la tortillería pidiendo que dejemos los tacos por las tortas, así sea compadre del panadero y el tortero sea una gran persona. La gente de negocios se dedica a hacer negocios, antes que obras de caridad, toda vez que éstas suelen precisar de aquéllos. Es muy fácil jugar al filántropo cuando se es el emperador universal del software y se ha aplastado sin piedad, y de pronto sin ética, a los competidores de cada ramo. Desde su nicho de superprohombre, Bill Gates deduce impuestos, abona capital a su imagen pública, legitima la práctica monopólica y al cabo contribuye a prestigiar productos de calidad dudosa, con frecuencia sujetos al consumo forzoso. Cada vez que un Amigo de la Humanidad aparece en escena, no está de más esconder la cartera.
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Hoy día, casi todo el mundo le compra algo al señor Carlos Slim, seguramente el único mexicano que jugaría al póquer de tú a tú con Mr. Microsoft. Sólo que él, en lugar de viajar por el mundo repartiendo zorrunamente muestras gratis de sus cachivaches, se ha concentrado en seguir con lo suyo. Agnóstico en el tema de la computación, se asocia con Bill Gates y al propio tiempo posee franquicias de Mac Shop. En menos de dos décadas, ha hecho de un herrumbroso monopolio telefónico estatal una empresa moderna e internacional, que no obstante hasta hoy goza de privilegios imperiales, rémoras de una era abominable donde el emperador en turno sexenal partía y distribuía las rebanadas de su pastel entre una corte de ávidos incondicionales, que no tan casualmente se referían a ellas como huesos. Hace veinticinco años, el señor Slim sólo habría logrado estar a la cabeza de Teléfonos de México mediante la posesión temporal de un hueso.
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3. La sombra del Ogro Único
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Imagino la decepción de Carlos Slim tras haberle comprado tantos coches usados a Carlos Salinas, a quien para pintar de cuerpo entero sólo hay que recordarlo ganando año con año por decreto no escrito el maratón de su pueblo-feudo, igual que un reyecito de caricatura. ¿Quién se lanza a comprar un tendajón administrado por tantos sucesivos emperadores caprichosos y opacos? ¿Cómo estarían los números de Telmex antes de aquella ola de privatizaciones, cuyo trámite opaco tanto contribuyó a desvirtuar? ¿Cómo entender entonces que quien ha invertido fortunas en corregir algunos de esos descontroles manifieste añoranza por las doradas épocas de los números rojos y el verbo impostado? 1976, 1982. Tiempos de ideas fijas y ganones exclusivos. La mera era del compadrazgo imperial, cuando los monopolios se amarraban en mitad de un bautizo y bastaba un plumazo para invalidar toda probable competencia. Gobierno único de partido único. Mercado único, productos únicos, precios y calidad al antojo del único productor.
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Parece espeluznante la perspectiva de caer bajo esa nueva forma de humillación total que es el capitalismo autoritario, hoy en boga en versiones tan distintas como la rusa y la china, monopolios de facto cuyo Soberano tira los dados y éstos indefectiblemente le obedecen. Un imperio opresivo administrado por un gang que a nadie rinde cuentas, donde para salvar fortuna y pellejo es preciso plegarse a la estricta voluntad de los únicos dueños del poder político. Inyecciones letales, envenenamientos, censura, persecución, gulag. El sagrado atavismo al servicio del pensamiento único. No de otro modo se monopoliza la fuerza y se uniforma la opinión general. ¿Qué empresario moderno quisiera trabajar en esas condiciones?
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Según ha declarado el señor Slim, sus palabras fueron incomprendidas. Tiene mucha razón: no entiendo una palabra.

Fosca marcha de nuevo

Diario Milenio-México (16/02/09)
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Fosca es hosca. Y no lo digo yo: lo dice el Diccionario italiano-español. Busco “fosca” y encuentro “fosco, ca”, lo que indica que fosca es un femenino (de hecho, pienso ahora, es lo femenino). ¿Que más dice la entrada? Así reza (aunque sacrílega):fosco, ca, adj. hosco, fosco,lóbrego triste, melancólico.
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Y, de hecho, es todo eso. Falta ahora saber por qué. Muy sencillo: por un amor no correspondido.
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La cinta se llama Passione d’Amore, fue filmada en 1981 y es de Ettore Scola. Basada en una novela de 1869, escrita por el también italiano Igino Ugo Tarchetti y titulada con el nombre de su protagonista femenina, cuenta la historia de Fosca, una mujer de mala salud y peor apariencia. Fosca nació con cara de pocos amigos y, por tanto —frívola que es la gente—, pocos tuvo. Lo que sí tuvo fue un marido trapacero, que se casó con ella por puro interés y, no bien hubo recibido y dilapidado la dote, la abandonó. También tuvo una condición física precaria —vagos pero malhadados padecimientos cardiacos— que, sumada a lo triste de su sino sentimental, pronto se tradujo en uno de esos cuadros de neurosis histérica emblemáticos de las novelas del siglo XIX. Así, Fosca grita como sirena de ambulancia. Y come poco y mal. Y llora. Y violenta a quien se cruza en su camino. Así, su único placer es uno solitario. No el onanismo (al menos no que sepamos: a diferencia de mí, Scola es demasiado elegante para sugerir tal cosa) sino la lectura.
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Pero he aquí que Fosca ha agotado ya la biblioteca de su primo, un coronel que le ha brindado cobijo en el campamento militar en que reside. Así, solícito, el primo pide a uno de sus subalternos, Giorgio, que preste lecturas a su pariente impaciente. Giorgio le llevará los libros y, además, una disposición compasiva, buena conversación y un poco de alegría. Fosca se enamora. Queda presa de la passione d’amore que consigna el título y decide cercar a su presa en lo que se antoja una personalizada y neurótica campaña militar. Le implora. Lo amenaza. Lo hostiga. Giorgio comienza por sentir piedad, luego hartazgo. La desdeña pero ella persiste. Huye pero ella lo persigue.
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En 1994, el compositor y letrista Stephen Sondheim estrenará en Broadway un musical basado en las tribulaciones de Fosca: Passion. En él, escribirá para su heroína deforme de cuerpo, faz y alma, un lamento que se antoja también manifiesto del amor dolido:
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Loving you is not a choice: it’s who I am.
Loving you is not a choice,
And not much reason to rejoice,
But it gives me voice to say to the world:
This is why I live,
You are why I live.
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Amarlo, en efecto, no es elección: es lo que la define. No es elección ni causa de gran regocijo, pero le da voz para decir al mundo “Es por esto que vivo”. (Es por él que vive.)
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Y al final de la canción:
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I will live and I would die
For you.
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Fosca vivirá y moriría por su amor. También lo haría morir, si fuera menester.
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Si he pensado tanto en Fosca a últimas fechas es porque un nuevo avatar suyo ha aparecido en el horizonte, si bien en una trama bastante menos edificante. Las fotografías disponibles en internet la revelan, si no hermosa, cuando menos más presentable que su antecesora. Las semejanzas, entonces, habrán de presentarse en lo que toca al comportamiento. Ama y, al parecer, es amada durante un par de años. Después es abandonada y queda desairada. Entonces, presa de esa passione d’amore que todo devasta a su imperial paso, se entrega a la grande histérie, puesta en escena arrolladora en el peor sentido del término, amplificado su efecto por unos medios de comunicación siempre golosos de truculencia. Se dice escritora y, aunque no demasiado buena, lo es (prueba de ello son sus columnas publicadas en El Universal en 2004). Dice haber sumido en el oprobio a su Giorgio (en esta versión es mucho menos apuesto y responde al nombre de Luis Téllez aunque, en efecto, parece un buen soldado) por “despecho”, porque sólo quería “su afecto” y no lo tuvo.
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Hoy Fosca marcha de nuevo. De ahí que no sorprenda que su seudónimo literario sea, precisamente, Fosca March. O, como lo expresa justo en una de aquellas columnas periodísticas, la Hija de su Rechifosca March.

Las columnas del Sampe


Diario Milenio-Puebla (12/02/09)
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Ernesto de la Torre Villar, un bibliófilo en el recuerdo (1917-2009)
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En el ya hoy lejano mes de octubre de 1987 me hice cargo de la edición un libro de cuyo autor guardo ahora gratos recuerdos. Me refiero a La historia de la educación en Puebla (Universidad Autónoma de Puebla) de Ernesto de la Torre Villar. Desde entonces cultivé una gran amistad con él.
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Ernesto de la Torre Villar nunca olvidó sus raíces. Venía a Puebla con bastante regularidad. Lo llegue a ver muchas veces y desayunábamos juntos, casi siempre en compañía de su hijo adoptivo Ramiro Navarro de Anda, colaborador suyo en muchas de sus investigaciones.
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Nacido en Tlatlauqui en 1917, Ernesto de la Torre Villar falleció en la ciudad de México el 7 de enero de este 2009. Había cumplido 91 años. De su larga trayectoria como investigador dejó títulos imprescindibles: Breve historia del libro en México, Elogio y defensa del libro, Metodología de la investigación bibliográfica, archivística y documental y su Bibliografía de los escritores de Puebla y Tlaxcala.
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Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Seminario de Cultura Mexicana, Ernesto de la Torre Villar fue además director del Archivo Histórico de la Secretaría de Hacienda y director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.
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No olvido mencionar la acuciosa investigación que don Ernesto de la Torre Villar realizó acerca de Fray Pedro de Gante, a quien llamó “Maestro de América” o sus escritos sobre Las leyes de descubrimiento y conquista en los siglos XVI y XVII.
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Un dato más, anecdótico si se quiere: tengo sobre mi escritorio el manuscrito corregido por Ernesto de la Torre de su último libro publicado en la Universidad de las Américas: El colegio de San Juan, centro de formación de la cultura poblana.
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Debo decir, sin que medie ninguna jactancia de mi parte, que me hice cargo del proceso de captura y corrección de este texto que el maestro firma con la colaboración de Ramiro Navarro de Anda, quien murió de manera sorpresiva un poco antes que él.
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He pensado mandar a encuadernar el original de El colegio de San Juan con el fin de donarlo a la biblioteca Lafruaga de la Universidad Autónoma de Puebla. Ahí se conservará en la colección que se resguardan de originales. Así estaré tranquilo porque sé que el texto se quedaría aquí, en su tierra, en su casa.
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Diario Milenio-Puebla (05/02/09)
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Updike, el cronista de un sistema en decadencia
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Autor de una vastísima obra literaria, John Updike (Penn-sylania, 1932-Massachusetts, 2009) es el gran cronista de un sistema en permanente decadencia. Escribe un crítico que Updike es la herencia directa de J.D. Salinger. No lo sé, pero sí podría asegurar que no se explicaría la narrativa de un Raymond Carver (Catedral, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Quieres hacer el favor de callarte, por favor, Tres rosas amarillas, Short cuts), de un Don DeLillo (Cosmópolis, Libra, Americana, Submundo) o de un Bret Easton Ellis (Psicosis americana, Menos que cero, Las leyes de la atracción), sin la influencia de John Updike. Mucho le debe a Updike la narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo XX.
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Si Truman Capote, Gore Vidal o Norman Mailer fueron mordaces críticos de las formas de vida americana, Updike, como lo escribe José de la Colina, supo, además de dejar un eficaz testimonio de la clase media de su país, corporizar la escritura.
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Es por eso que en una de sus últimas novelas, Terrorista, sentencia que “los demonios trabajan día y noche, confundiendo las cosas y torciendo lo recto”.
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Recurro al Diccionario de literatura universal de Océano y extraigo de ahí sólo algunos datos: Updike estudió dibujo en Oxford.
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Antes se graduó (en 1954) en la Universidad de Harvard. Fue colaborador de la revista New Yorker. Su primer libro de poesía, La gallina de la carpintería —extraño título en la producción de Updike— fue editado en 1958, año en el que aparece también "La feria del asilo", un corto texto narrativo.
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John Updike publicaría luego una gran cantidad de novelas, entre las que recuerdo Brasil, Parejas, Todos los días domingo, El centauro y El libro de Bech. Toda la narrativa de Updike está llena de personajes marginales en la cotidianidad, aunque llenos de vida en su literatura: un sacerdote onanista, un maestro que recibe maltrato familiar y las complejas relaciones de pareja.
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Me detengo ahora en las novelas que harían de John Updike el gran cronista de la clase media de una sociedad en decadencia: la norteamericana. De Corre, Conejo a Conejo en paz, median El regreso de Conejo y Conejo es rico. Le sigue después Conejo en el recuerdo y otras historias.
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En el personaje central, Harry "Conejo" Angstrom, se reflejan los valores morales del modo de vida americano: Conejo Angstrom –fumador empedernido– en la nostalgia de una juventud llena de canchas de basquetbol/ Harry Angstrom en la experimentación de la vida misma, trabajando al lado de su padre en un taller de linotipo; y con un hijo, Nelson, que va creciendo llenándolo de angustia/ Angstrom administrando una agencia de Toyota propiedad de su suegro/ y Angstrom, el Conejo Angstrom, viendo la llegada de los nietos y temiendo la muerte hasta que ésta llega.
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Updike murió el 27 de enero. Obtuvo en dos ocasiones el premio Pulitzer. La primera por Conejo es rico en 1982, y la segunda por Conejo en paz en 1991. Con su muerte se apaga una de las voces más lúcidas de su generación.
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“Amo escribir y estoy llegando al final de mi carrera,” dijo no hace mucho John Updike.
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Diario Milenio-Puebla (29/01/09)
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La obra selecta de José Manuel Enciso
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El 11 de diciembre del año pasado, en el marco de los festejos para celebrar el XV aniversario de haber sido declarado el Centro Histórico de Zacatecas Patrimonio de la Humanidad, se dio a conocer el libro Obra selecta del pintor, grabador, acuarelista José Manuel Enciso, un libro que será una referencia obligada para quienes deseen estudiar la historia de la pintura en México.
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José Manuel Enciso nació en 1919, el 17 de febrero, en Zacatecas. Su biografía arroja datos muy interesantes: desde su infancia supo de su inclinación hacia las artes plásticas y durante su juventud logró explorar otras manifestaciones del arte como el teatro, la poesía y la tauromaquia. Fue director del IZBA (Instituto Zacatecano de Bellas Artes) e integrante de la Junta Municipal de Monumentos Coloniales. Ha obtenido, durante su larga trayectoria, premios y reconocimientos en el ámbito nacional. Su obra, como lo podrá constatar el interesado, incluye una gran diversidad de técnicas.
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Los comentarios de la Obra selecta estuvieron a cargo de Ismael Martínez Guardado y de José de Jesús Sampedro. A manera de presentación, el poeta Roberto Cabral del Hoyo dejó algunas lúcidas líneas y Ricardo Barajas Pro, con el título “Retratos de lo cotidiano” deja constancia de la obra del artista gráfico en el prólogo.
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Dice Cabral del Hoyo que las técnicas empleadas por José Manuel Enciso son las de un consumado maestro. “Frente a ellas —escribe— mi actitud se vuelve intransigente. Es en el retrato de la persona amada donde más le exigimos al artista (…) el toque mágico capaz de hacer patente la belleza que únicamente nosotros creemos percibir”.
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Los motivos temáticos de la Obra selecta son la ciudad, las figuras rurales, la serie “Lopezvelardeanos”, los bodegones, los cristos y sus matices y los personajes anónimos.La obra selecta la edita el Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde”, dirigido por David Eduardo Rivera y la fotografía es de Javier Ponce Torres y de Eduardo Román Quezada. Una edición pulcra, excelente.
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En la introducción, Barajas Pro hace un recuento de la historia de las artes plásticas en el estado de Zacatecas. Habla de la trascendencia de Julio Ruelas, los hermanos Pedro y Rafael Coronel, Goitia y Manuel Felguérez. Al referirse a José Manuel Enciso, opina que con él “da inicio un proceso cognitivo fundamentado en la arquitectura, en la historia colonial y en la reconcentración de un imaginario poético donde la unicidad es explorada como un elemento primordial de la vida diaria de México”.
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Es por eso que termina escribiendo: “La vida y la obra de José Manuel Enciso describen un apostolado por la difusión plástica de nuestra entidad, por el estudio y el entendimiento del pasado y del presente, por el trazo espontáneo del futuro.”

sábado, febrero 14, 2009

Una foto, una.

Con Vivian Abenshushan y Luigi Amara

Tumbona estuvo en Puebla, en Profética.

La editorial Tumbona estuvo en Profética el pasado viernes para presentar su serie de libros versus.
En la foto el poeta Luigi Amara y Pablo Duarte, ambos miembros de la editorial.

jueves, febrero 12, 2009

"Contra la presión, clamo paz"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 11/02/09)

A Pedro Ángel Palou por su presencia constante,
a Roberto Martínez por su consejo y
a Carmen Barranco, por la pasión que le da a mi vida.
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¿Qué se puede hacer cuando no se tiene una idea? Nada, absolutamente nada. Simplemente la idea se esfumó, como el agua o el tiempo. Un día está y al otro ni su estela se logra ver. Huye sin avisar.
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A veces la presión, el cambio de vida y ritmo influyen. Quizá la idea se resista al cambio y prefería irse a un lugar donde esté más a gusto, donde la calma impere.
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Mientras escribo estas líneas tengo en la cabeza la presión de presentar un examen en el área de la lingüística este martes (ayer), luego este miércoles preparar una clase enfocada al razonamiento verbal. Y sólo quisiera gritar, aventar todo y matar a los que me robaron mi vida, mi calma, la escasa sonrisa.
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Me doy cuenta que el mundo no me gusta. Me daría asco que de grande me termine convirtiendo en todo aquello contra lo que lucho: mochería, extremo catolicismo, falta de credibilidad en el otro, falta de valoración al otro, exigencia desmedida y sin sentido al prójimo y una lista sin fin.
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Quizá por eso disfruto de ir a la Ciudad de México e inmiscuirme en el metro, único espacio para compartir tu soledad con una inmensa mayoría, pero también es el ínfimo espacio para intentar estar con uno mismo. En Puebla eso es imposible, es tan pequeña que te puedes encontrar a quien menos deseas saludar, nuevamente vuelvo a la escasez de paz. Esta ciudad no es angelical, es demoniaca. Siempre vivir a expensas del qué dirán. No se puede ser porque siempre habrá un contario que nos señale con un mal social.
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Entre todo este mar, encuentro un aforismo de Juan Eduardo Cirlot que viene en su colección de aforismos “Del no mundo”, el cual titula al libro que fue publicado el año pasado por Siruela.
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“Nadie, en realidad, puede ayudar. Nadie puede hacer nada por ti, ni en lo esencial ni en lo circunstancial. No debes esperar nada, desear nada, confiar en nada. Tienes, sin embargo, que seguir actuando (pero, progresivamente menos, orientado a lo sólo necesario), porque tu circunstancial lo exige. (Por ahora).”
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Empero, creo, al final está lo único que alienta mi día, saber que siempre tendré la mano de mi bella, la sonrisa de mi Lilith. Y las letras, la pasión por leer y escribir. El placer de algún día charlar con grandes y cercanos amigos sobre libros, novelistas y poetas.

martes, febrero 10, 2009

El Yo masculino

Diario Milenio-México (02/09/09)
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Jorge Volpi se arriesga a hacer lo que pocos, escritores o no, hacen: alejarse conscientemente del lugar conocido —y por ello más o menos cómodo— para internarse en un territorio no sólo distinto (en relación a la obra individual) sino también poco explorado (en relación a las tradiciones de escritura que en él convergen). No me refiero, por supuesto, a la fragmentación y subsecuente yuxtaposición de fragmentos que caracterizan las páginas de El Jardin Devastado —una estructura narrativa que en mucho honra, por lo demás, a la estructura misma de los dolores tanto sociales como personales que quiebran sus páginas. Tampoco me refiero a la dura brevedad del texto— esa concisión con la que el doliente, a falta de la cercanía con el lenguaje que según los estudiosos define a las experiencias de dolor más profundo, llena sus líneas de expresión. Tampoco hablo del entrecruzamiento de tiempo y espacio —entre Iraq y México y Estados Unidos— que da cuenta del carácter trasnacional de diversas experiencias del sufrimiento humano de nuestra época. Me refiero, más bien, a lo que está ahí, desde el primer párrafo de la primera página de la primera sección de este libro extraño: el cuerpo y el deseo y la sexualidad masculina.
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Si en la exploración del deseo femenino que se lleva a cabo en Hotel Limbo Mónica Lavín problematizó la relación que une al hombre que contempla y a la mujer que es contemplada, otorgándole a través del quehacer de la memoria un estatus histórico y no histérico a la sexualidad femenina, Jorge Volpi consigue desarticular los goznes que han caracterizado la narrativización del sexo y el deseo masculino en su El Jardin Devastado. Por más distintos que parezcan sus merodeos y estrategias narrativas, estos dos libros insisten en hacer aparecer al cuerpo y sus sexualidades en toda su brutal humanidad (que es, con frecuencia, su más básica vulnerabilidad). Ahí donde una conecta para visibilizar, restituyendo el cuerpo a su propia historia y viceversa, el otro deconstruye con la misma finalidad. El dolor, después de todo, nunca va más allá del cuerpo: ahí se genera y ahí vive. De eso se alimenta. En eso consiste.
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No son pocas las novelas que, al intentar internarse en la cartografía de la sexualidad masculina, empiezan, y con frecuencia terminan, con el desnudo femenino. Las formas y recovecos de cuerpo de la mujer, sus reacciones y características más nimias han formado parte del repertorio del casanova que, de tanto ver hacia fuera, y precisamente por hacerlo, invisibiliza su propio cuerpo. Muchas de las narraciones masculinas sobre la sexualidad masculina parten de ese básico supuesto (que en realidad es una treta): como el cuerpo masculino heterosexual es la regla básica, éste se disuelve en una transparencia omnipresente. Por eso es significativo que El Jardin Devastado de Jorge Volpi empiece bajo las sábanas, con un cuerpo enclenque que se repite: “Orino, luego existo”.
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Crítica puntual de las distintas formas de indiferencia que hacen del dolor una experiencia intransferible, el Jardin Devastado es también, acaso por lo mismo, una historia de amor en su versión más atemporal: eso que sucede, según Volpi, cuando los cuerpos “nos asediamos, nos engañamos, nos herimos, nos contagiamos, nos laceramos, nos torturamos, nos destruimos. Al final nos abandonamos. Y luego esperamos al siguiente de la fila”. Ese parece ser el recuento de una sexualidad trasnacional, ejercida en el efímero gesto del encuentro y en la larga, a veces sinuosa, si no es que borrascosa, memoria que regresa, ya culpígena o ya melancólica, con los objetos que van conformando esa historia natural de la pareja perdida. El cuerpo que orina es, también, el cuerpo que pierde o que huye: ese cuerpo anónimo tras el cual corre —despavorido, ansioso, con dientes— el éxtasis que viene del pasado para contemplar ahora —el ahora del abandono que es también el ahora de la memoria— su propio rostro en el espejo de lo que no está.
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Se trata del temido momento del yo. El yo masculino. No por nada el subtítulo de este libro extraño es Una memoria —un concepto fuertemente asociado a las literaturas no canónicas y/o francamente marginales que proliferaron desde el último cuarto del siglo XX como una forma de acicate contra la supuesta muerte del autor. En el mundo de los estereotipos, las narrativas del yo —de la autobiografía al testimonio pasando por la confesión— le pertenecen, casi de manera automática, a las mujeres y las así llamadas minorías. Los escritores (repito: en el mundo de los estereotipos) se dedican a cosas serias como construir un universo con su propio paisaje interior (sic). Las minucias y las emociones y, sobre todo, los recuerdos personales, especialmente si son del orden amoroso, le corresponden a los aficionados o, peor tantito, a los sentimentales. Acaso sea precisamente por ese tipo de definiciones artreras que el subtítulo brilla por su ausencia en la portada del libro, haciendo su aparición entre espectral e indecisa en la portadilla. Una memoria, en efecto. ¿Pero lo es? Y, de serlo, ¿de quién es? ¿Importa, de verdad, el nombre? Estas preguntas básicas tienen la virtud de poner en cuestión la subjetividad que produce la escritura y, de paso, la subjetividad misma de quien la recibe, creando así un texto, y una experiencia de lectura —es decir, una comunión— volátil, agreste, imperfecta, honda. Y es por haber logrado ese tipo de cruda experiencia a lo largo de sus páginas que el austero capítulo final cae con una fuerza descomunal, una fuerza pocas veces lograda en la tan bien comportada literatura de nuestros mexicanos tiempos, sobre sus hojas. Se trata de un hacha. El candor de un hacha.

El oficio de soplar

Diario Milenio-México (09/02/09)
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La espía que tembló
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Hace unos días que Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, se hizo notar a lomos de uno de esos desplantes patanescos que hacen las mieles de la hinchada más rústica. Cuestionada por una asambleísta opositora en torno al affair de espionaje político que debería tenerla brincando en el comal de la pública execración, la presidenta levantó el brazo al frente, quién sabe si nostálgica, y la interrumpió: ¡Mire cómo tiemblo! lnteresada apenas en explicar nada, la funcionaria arremetió contra sus detractores, a quienes acusó de tener una larga historia de espionaje. Puesto en otras palabras, lo que más extraña a los involucrados en el escándalo es que exista un escándalo, ahí donde, a su espeluznado entender, no tendría que haber ni noticia. Es posible que para quienes crecieron cobijados por las enaguas del Generalísimo, la idea del micrófono oculto brinde una sensación de seguridad, acaso comparable a la del insectronic. Qué placer deleitoso, ver caer a los enemigos recién achicharrados sobre una práctica charola de metal. Escuchar con audífonos cuanta imprudencia vació el infeliz espiado en el teléfono, contemplar su hundimiento como se ve a una mosca electrocutada cuyas patas aún atinan a moverse. Mira cómo tiemblo, parecería que dicen.
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Es de dudarse que la señora Aguirre tenga hoy día el pulso en equilibrio, mientras varios de sus cercanos amigos y compinches son implicados en tramas de corrupción y tráfico de influencias que ya amenazan con salpicarla. Lo más entretenido del asunto es que existen no sólo documentos probatorios, sino de paso, slurp, grabaciones. El País, asimismo, publica en su edición dominical un reportaje sobre la mujer del brazo alzado que tal vez no haya hecho tremolar sus sensibles falanges, pero apuesto este párrafo a que le trajo un jaquecón de miedo, amén de por supuesto quitarle el apetito. Un retrato implacable de una oportunista habituada a imponerse —“es de las que tutean a quienes sabe que no la pueden tutear”, resalta el reportaje— cuyos consejeros acostumbran usar tarjetas telefónicas prepagadas, para eludir orejas alertas y dedos oficiosos. Cuando Aguirre declara que “aquí nadie ha espiado”, los avezados se dan a decodificar el mensaje en sentido inverso. Nadie espía, esto es, todos espíamos. En tres palabras, no nos hagamos.
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De orejas y falanges
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Espiar es, en principio, un juego de niños. Se juega a los espías usando un nombre en clave, se espía a las niñas cuando van al baño, se meten las narices en los fajos de cartas de amor de los padres. Tiene uno por entonces la excusa de ser niño y no entender por qué, ya en términos adultos, ésas son chingaderas. Debería darte vergüenza, regaña la mamá al niño entrometido, preocupada por inculcarle un pundonor cada día más fuera de moda. No recuerdo cuántos entre mis malos actos me hicieron, a decir de mi madre, sujeto de vergüenza debida, pero de haberle un día respondido algo así como mira cómo tiemblo es seguro que habría vivido la verguenza de quedarme chimuelo en el acto. Las personas decentes, creían los antiguos, no meten las narices donde no les incumbe.
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Ahora bien, nadie ignora que entre los niños menudean, como en todas partes, los canallas de oreja ancha y dedo largo. Esos lambisconcitos bien peinados que le llamaban Prof al profesor y hasta le sacudían el saco, por lo común manchado de polvo de gis. Se los veía al frente, con los ojos pelones de un delator a sueldo, gozando intensamente la encomienda de apuntar a los malportados en el pizarrón e ir sumándoles taches a cada nuevo signo de indisciplina. No niego que me habría gustado verme alguna mañana en su lugar, para darme el placer de apuntarlos y fastidiarlos por mis puros cojoncitos, y entonces sí decirles mira cómo tiemblo. Un desafío autoritario que se enorgullece antes de la impunidad que de la inocencia, y desde ese cinismo se pretende simpático. En mis peores momentos de escuincle insoportable, me recuerdo atacando al enemigo con bravatas estilo ¿Y a quién crees que le va a creer mi mamá?
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Profesión: acusetas
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Delatar en secreto, como enviar amenazas anónimas o hurgar en los buzones ajenos, es una tentación que nos afecta a todos pero sólo somete a las cucarachas. Es demasiado fácil, se pasa de indigno, nadie quisiera ser atrapado en maniobras de siempre execrables. Y si bien aseguran los expertos que todos lo hemos hecho alguna vez, no menos verdad es que la experiencia de vernos convertidos en menos que un insecto rastrero nos dejó los cachetes tan candentes que solemos cuidarnos de recaer. Espiar para acusar puede ser labor digna para quienes se enfrentan a obvios criminales, pero la idea de encerrarse en un sótano o una camioneta sin ventanas para hurgar en la vida de un hijo de vecino y encontrar sus probables puntos débiles, apunta hacia uno de esos trabajos vergonzosos que a gritos solicitan un eufemismo que los reemplace. Verdugo. Madrina. Palero. Alcahuete. Soplón. Nada que un niño pueda decir en la escuela cuando se le pregunta por el oficio de sus padres. Francamente, a mí mismo me daría vergüenza tener que contratar a uno de estos profesionales. Y temblaría, sin duda, si ya lo hubiera hecho y me arriesgara a ser exhibido.
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El chiste, sin embargo, no está en avergonzarse, sino al contrario, crecerse al castigo. Seguirse hacia adelante, espiando al que se deje y extorsionando a quien pueda ofrecerse. Jugar un ajedrez donde todas las piezas son quintacolumnistas naturales y se le teme más al alfil propio que al caballo ajeno. Recuerdo que en la escuela había profesores cuyas debilidades entomológicas los hacían rodearse de cucarachas, cuyas frecuentes y entusiastas delaciones premiaban con diversos privilegios, como el nunca tener que temblar por nada, por más que, como decía la plegaria, se hubiera “merecido el infierno y perdido el cielo”. ¡Prof, me está molestando!, se curaba en salud el coleopterito.
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Ganarse el pan cazando recompensas por atrapar presuntos infractores morales. Colaborar a oscuras con el insectronic. Qué oficio pestilente. En una de éstas, los sufridos consejeros de doña Esperanza deberían recordarle que en asuntos como éstos, donde orejas y dedos pelean por los trozos más grandes de carroña, no tiembla uno de miedo, como de repelús.

Ella piensa, yo juzgo (¿Y ellos?)

Diario Milenio-México (09/02/09)
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¡Qué haría yo sin ti! —exclamo, conmovido y retórico (y un pelín solemne).
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—Me buscarías por cielo, mar y tierra —responde ella, por si fuera poco ingeniosa.
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El mismo intercambio se reproduce con enorme frecuencia y a propósito de los más variopintos dones de amor. Qué haría yo sin ella que, con su mezcla de psicoanálisis lacaniano y superheroísmo sentimental, es la única capaz de derrotar una y cada vez mi perenne ansiedad. Qué haría yo sin ella que, no conforme con haber estudiado las formas de organización de la sociedad y los desórdenes del alma, sabe poner orden y organización a nuestras finanzas. Qué sería de mí sin sus formas sicalípticas (porque, además de ser pródiga en bondades, lo es en buenuras), sin su humor desternillante, sin su perfeccionismo rayano en lo Martha Stewart para la conducción de los trabajos domésticos, sin su talento de estratega militar para planear mi vida profesional, sin su lectura literalmente indispensable de todo cuanto escribo (es mi editora impecable y mi correctora de estilo implacable), sin su prodigiosa capacidad para buscar y rebuscar en libros, revistas, periódicos e internet, de la que me beneficio y que me ha llevado a asentar (aunque hasta ahora nunca por escrito, homenaje que le debía) que yo sólo sé lo que me investiga mi mujer.
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Aquí, sin embargo, no terminan las virtudes de Eunice, y es que ni siquiera he listado la principal: ella piensa. Y mucho, lo que resulta no sólo excepcional (conozco pocas personas verdaderamente abocadas de manera sistemática al ejercicio reflexivo… y ni siquiera estoy seguro de contarme entre ellas) sino, además, de gran ayuda cuando, al término de una semana pletórica en tribulaciones de todo tipo, no tengo ni la más peregrina idea de qué tema abordaré en este espacio y qué enfoque habré de darle. Así el pasado jueves cuando, a mi arribo de una jornada repleta en avatares del surménage, me regaló la premisa de esta entrega de mi columna mientras me dispensaba quesadillas en tortilla de nopal y chocolate caliente light (en efecto, también tiene dones de cocinera y de dietista).
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“¿Ya viste lo de Maciel?”, inquirió, en referencia a la nota publicada el pasado martes en el New York Times, de acuerdo a la cual el sumo sacerdote del oprobio sexual habría tenido no sólo debilidad erótica por los acólitos sino, además, casa chica. Asentí entre bocados. “¿Y ya viste lo que dicen los Legionarios?”. Negué con un sorbo, pues no había leído todavía la reacción de Álvaro Corcuera, actual líder de La Legión de Cristo. “Ah, pues dicen que qué barbaridad y que qué dolor pero que ésa es cosa que no les toca juzgar a ellos sino a Dios.”
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—¿Por qué no me extrañará? (chomp, chomp).
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—No, si a mí tampoco me extraña. Sólo que se parece mucho a la declaración de Jesús Ortega sobre su intención de no juzgar a López Obrador por apoyar candidaturas de otro partido. ¿Igualitos, no? Dos cultos con su dogma y con su padre inmaculado e inobjetable y eterno. Deberías de escribir tu columna sobre eso. ¿Otra quesadillita?
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Y así lo hago, preciosa: tienes toda la razón. Buena tu idea. Tanto así que —cosa rara en mí— me ha llevado a desarrollar una propia: la revaloración del juicio.
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La vida me ha llevado a toparme con un par de iluminados. De esos que se adscriben a disciplinas espirituales esotéricas y se dicen henchidos de optimismo y van por el mundo clamando, orgullosos, que ellos no juzgan. Y la gente los aplaude, acaso en razón de lo no muy de moda que está la conjugación del verbo juzgar en nuestros días. Pues bien, yo sí juzgo y lo hago igualmente orondo. Y creo deber moral de todo ser humano juzgar, es decir discernir lo bueno de lo malo, lo hermoso de lo horrible, y actuar en consecuencia.
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Juzgo a Maciel un monstruo y a los Legionarios de Cristo inmorales (además de suicidas) por no condenarlo.
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Juzgo a López Obrador un megalómano y a los perredistas incongruentes (además de, otra vez, suicidas) por no expulsarlo.
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Juzgo a mi mujer maravillosa. Por eso vivo con ella.
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Cierto es también que juzgo su hábito de comerse las uñas deplorable y que me lo aguanto. ¿Habré caído en inmoralidad? Si es así, discúlpeseme: igual que los Legionarios y que el PRD, me encuentro bajo los efectos prolongados de un estado alterado de conciencia.